Introducción
1. El
28 de agosto último, la Comisión de la Verdad y Reconciliación
cumplió con entregarnos el Informe Final de “sus
investigaciones sobre el proceso de violencia de origen político
que se vivió en el Perú entre los años 1980 y 2000”.
Nosotros asumimos dicho Informe, con las limitaciones que pueda
tener, porque es un trabajo valioso y punto de partida para seguir
adelante, pues, como lo dijimos en nuestro Mensaje del pasado 21
de Agosto: “El Perú quiere conocer la verdad, busca la justicia
y anhela la reconciliación”.
2. Como
Pastores de la Iglesia nos encontramos hoy muy preocupados por los
últimos enfrentamientos políticos que afectan negativamente a los
grandes objetivos del Perú. Hacemos un llamado a la paz y a
la serenidad en búsqueda de un clima de esperanza para nuestro
pueblo.
3. En
este tiempo de vigilante espera para celebrar la Navidad, nos
dirigimos a todos los Peruanos de “buena voluntad”, para que
caminando al lado de nuestros hermanos “más pequeños” (Mt
25,40), preparemos el camino del Señor (Mt 3,3).
Yo confieso que he pecado mucho...
4. Miremos,
con los ojos de Jesús, la reciente historia de nuestra patria,
particularmente el período que va de 1980 al 2000, marcado de
luces y sombras que nos interpelan.
5.
Hay “luces”
por las que debemos dar gracias a Dios. Tanto en la ciudad como
en el campo fueron muchos los que ofrecieron su vida por causa de
la justicia, levantaron su voz profética para acabar con la
espiral de violencia política, como otros tantos “samaritanos” se
compadecieron de los heridos y se acercaron para socorrerlos,
compartieron llanto y dolor ante la muerte o desaparición de sus
seres queridos.
6. Lamentablemente,
hubo también “sombras” que oscurecieron nuestra historia:
asesinato de personas y poblaciones, ejecuciones arbitrarias,
desapariciones forzadas, torturas, tratos inhumanos, violaciones
sexuales; destrucción de nuestros escasos medios de producción y
servicios, discriminación y exclusión, desplazados, la frustración
de muchos niños y jóvenes.
7. En
este contexto de conversión y arrepentimiento, la Iglesia en el
Perú y todos los peruanos debemos pedir perdón por nuestros
pecados de obra y omisión que permitieron y encubrieron la
violación de los más elementales derechos humanos. Pedir perdón
también por la corrupción pública o privada, el afán de lucro, las
estructuras sociales injustas, la indiferencia, la marginación y
el olvido de tantos hermanos y hermanas, de manera especial de los
más pobres del Perú.
8. Sin
embargo, no debemos desesperar. Contamos con la ayuda de Dios y
con la reserva moral que todavía existe en nuestra Patria, para
levantarnos y todos juntos forjar “nuevos cielos y nueva
tierra, en la que habite la justicia” (2Pe 3,13).
Ir a
las raíces de la injusticia
9.
En 1968, los Obispos reunidos
en Medellín denunciaron la existencia de “una situación de
injusticia que puede
llamarse de violencia institucionalizada”; al mismo tiempo
expresaron una profunda preocupación: “No hay que abusar de la
paciencia de un pueblo”[1].
“A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia también,
más
claramente, la gravedad de los pecados sociales que claman al
cielo, porque generan violencia, rompen la paz y la armonía entre
las comunidades de una misma nación, entre las naciones y entre
las diversas partes del Continente”[2].
10. A
pesar de los años transcurridos, lo que los Obispos del Perú
dijimos en 1971 tiene validez para nuestros días: “Compartimos
con las naciones del Tercer Mundo el ser víctimas de sistemas que
explotan nuestros recursos económicos, controlan nuestras
decisiones políticas, nos imponen la dominación cultural de sus
valores y de su civilización
de consumo. Esta situación, denunciada por el Episcopado
Latinoamericano en Medellín, se refuerza y mantiene por la
estructura interna de nuestros países, de creciente desigualdad
económica, social y cultural, de perversión de la política que no
sirve al bien de todos sino al de unos pocos”[3].
11. Para
que ese tiempo de vergüenza nacional no se repita nunca más,
“hemos de ir a las raíces de
ciertas situaciones dolorosas”[4].
En otras palabras, hacen falta:
“transformaciones globales,
audaces, urgentes y
profundamente renovadoras”[5].
“Denles ustedes de comer”
12. No
podemos quedarnos indiferentes e insensibles “cuando tantos
pueblos tienen hambre, cuando tantos hogares sufren miseria,
cuando tantos hombres viven sumergidos en la ignorancia, cuando
aún quedan por construir tantas escuelas, hospitales, viviendas
dignas de este nombre”[6].
13. También
es
bueno recordar las palabras
del Papa Juan Pablo II: “¿Cómo
no hacer atentos nuestros oídos y vigilantes nuestros corazones,
comenzando a poner a disposición aquellos cinco panes y
aquellos dos peces que Dios ha depositado en nuestras manos?
Todos podemos hacer algo por ellos, llevando a cada uno la propia
aportación. Ciertamente esto exige renuncias, que suponen una
interior y profunda conversión. Es necesario, sin duda, revisar
los comportamientos consumistas, combatir el hedonismo, oponerse a
la indiferencia y a la exculpación de las responsabilidades”[7].
14. Tratándose
de las reparaciones individuales o colectivas, tengamos presente
el camino recorrido por nuestros hermanos y hermanas víctimas de
la violencia política. “Toda falta cometida contra la justicia y
la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor
haya sido perdonado. Esta reparación, moral y a veces material,
debe apreciarse según la medida del daño causado; y obliga en
conciencia”[8].
En este
deber de
reparación, se debe hacer una clara diferencia entre las
reparaciones (individuales y colectivas) y los programas de
desarrollo que corresponde realizar al Estado.
Por una
reconciliación basada en la verdad y la justicia
15. Después
de los acontecimientos dolorosos que hemos sufrido y siendo el
Perú un pueblo mayoritariamente cristiano, debemos caminar hacia
una reconciliación integral, basada en la verdad y la justicia.
Esto implica reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos, con el
prójimo y con la naturaleza que nos rodea.
16. Reconciliación
significa también reforma institucional, conversión personal,
deshacer las murallas de la
marginación, del racismo solapado, de la desigualdad, de la
injusticia.
17. Sólo
así, desde la mirada del Señor podemos hablar del perdón y la
misericordia. En efecto, el perdón y la misericordia son la
manera suprema de establecer la justicia y rehacer los lazos entre
las personas. Recordemos que Dios le echa en cara a su pueblo su
maldad, pero también le manifiesta el amor que le tiene (Os
2,21-22). Es Dios quien nos llama al arrepentimiento y a
la conversión. Si este pueblo se arrepiente, el Señor le ofrece
de antemano su perdón. La misericordia no es impunidad, es un
llamado amoroso a la conversión.
18. La
oración del “Padre nuestro” nos invita a perdonar, para que
también nosotros recibamos el perdón de Dios: “Perdona nuestras
ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
El rencor y la sed de venganza atan, paralizan y alimentan una
espiral de violencia y confrontación permanente. “El perdón
no se opone a la justicia, sino a
la venganza”[9].
Conclusión
19. Este
tiempo de Adviento y Navidad es un momento particularmente apto
“para que los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la
unión; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”[10].
El perdón
es un signo
distintivo del cristiano (Mt 5,43-48; Lc 6,27-36), no el odio y el
rencor. No dejemos pasar la oferta de perdón y de vida nueva que
trae consigo el día en que la Virgen María dio a luz a Jesucristo,
nuestro hermano y redentor.
Lima, 13 de diciembre de 2003.
Los Obispos del
Perú.
1. Medellín.
Conclusiones. II Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, n.16. 1968.
2. Juan Pablo II.
Exhortación Apostólica Postsinodal Iglesia en América, 56.
3. Documento de la
Asamblea General del Episcopado sobre la justicia en el mundo,
para el Sínodo de los
Obispos # 2. Agosto, 1971.
4. Juan Pablo II,
Ayacucho, 1985.
5. Medellín.
Conclusiones. II Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, n.16. 1968.
6. Pablo VI. Carta
Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos, 1967, n.53.
7. Juan Pablo II. Mensaje
para la Cuaresma de 1996.
8. Catecismo de la
Iglesia Católica, 2487.
9. Juan Pablo II, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz, 2002
10.Plegaria
Eucarística sobre la Reconciliación II.