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Ser Cristiano es decir "No" y
es decir "Sí".
La homilía que pronunció dejando a un lado
los papeles Benedicto XVI el 8 de enero de 2006, en la fiesta del Bautismo del
Señor, al bautizar a diez bebés en la Capilla Sixtina.
* * *
Queridos padres, padrinos y madrinas;
queridos hermanos y hermanas:
¿Qué sucede en el bautismo? ¿Qué esperamos del bautismo? Vosotros habéis dado
una respuesta en el umbral de esta capilla: esperamos para nuestros niños la
vida eterna. Esta es la finalidad del bautismo. Pero, ¿cómo se puede realizar
esto? ¿Cómo puede el bautismo dar la vida eterna? ¿Qué es la vida eterna?
Se podría decir, con palabras más sencillas: esperamos para estos niños
nuestros una vida buena; la verdadera vida; la felicidad también en un futuro
aún desconocido. Nosotros no podemos asegurar este don para todo el arco del
futuro desconocido y, por ello, nos dirigimos al Señor para obtener de él este
don.
A la pregunta: "¿Cómo sucederá esto?" podemos dar dos respuestas. La primera:
en el bautismo cada niño es insertado en una compañía de amigos que no lo
abandonará nunca ni en la vida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos
es la familia de Dios, que lleva en sí la promesa de eternidad. Esta compañía
de amigos, esta familia de Dios, en la que ahora el niño es insertado, lo
acompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras
de la vida; le brindará consuelo, fortaleza y luz.
Esta compañía, esta familia, le dará palabras de vida eterna, palabras de luz
que responden a los grandes desafíos de la vida y dan una indicación exacta
sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda al niño consuelo y
fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valle
oscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre
fiable, no desaparecerá nunca. Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el
mundo, en Europa, en los próximos cincuenta, sesenta o setenta años. Pero de
una cosa estamos seguros: la familia de Dios siempre estará presente y los que
pertenecen a esta familia nunca estarán solos, tendrán siempre la amistad
segura de Aquel que es la vida.
Así hemos llegado a la segunda respuesta. Esta familia de Dios, esta compañía
de amigos es eterna, porque es comunión con Aquel que ha vencido la muerte,
que tiene en sus manos las llaves de la vida. Estar en la compañía, en la
familia de Dios, significa estar en comunión con Cristo, que es vida y da amor
eterno más allá de la muerte. Y si podemos decir que amor y verdad son fuente
de vida, son la vida - y una vida sin amor no es vida -, podemos decir que
esta compañía con Aquel que es vida realmente, con Aquel que es el Sacramento
de la vida, responderá a vuestras expectativas, a vuestra esperanza.
Sí, el bautismo inserta en la comunión con Cristo y así da vida, la vida. Así
hemos interpretado el primer diálogo que hemos tenido aquí, en el umbral de la
capilla Sixtina. Ahora, después de la bendición del agua, seguirá un segundo
diálogo, de gran importancia. El contenido es este: el bautismo - como hemos
visto - es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser
vivido. Un don de amistad implica un "sí" al amigo e implica un "no" a lo que
no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la
familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.
Así, en este segundo diálogo, se pronuncian tres "no" y tres "sí". Se dice
"no", renunciando a las tentaciones, al pecado, al diablo. Esto lo conocemos
bien, pero, tal vez precisamente porque hemos escuchado demasiadas veces estas
palabras, ya no nos dicen mucho. Entonces debemos profundizar un poco en los
contenidos de estos "no". ¿A qué decimos "no"? Sólo así podemos comprender a
qué queremos decir "sí".
En la Iglesia antigua estos "no" se resumían en una palabra que para los
hombres de aquel tiempo era muy comprensible: se renuncia ?así decían? a la
"pompa diaboli", es decir, a la promesa de vida en abundancia, de aquella
apariencia de vida que parecía venir del mundo pagano, de sus libertades, de
su modo de vivir sólo según lo que agradaba. Por tanto, era un "no" a una
cultura de aparente abundancia de vida, pero que en realidad era una
"anticultura" de la muerte. Era el "no" a los espectáculos donde la muerte, la
crueldad, la violencia se habían transformado en diversión. Pensemos en lo que
se realizaba en el Coliseo o aquí, en los jardines de Nerón, donde se quemaba
a los hombres como antorchas vivas. La crueldad y la violencia se habían
transformado en motivo de diversión, una verdadera perversión de la alegría,
del verdadero sentido de la vida. Esta "pompa diaboli", esta "anticultura" de
la muerte era una perversión de la alegría; era amor a la mentira, al fraude;
era abuso del cuerpo como mercancía y como comercio.
Y ahora, si reflexionamos, podemos decir que también en nuestro tiempo es
necesario decir un "no" a la cultura de la muerte, ampliamente dominante. Una
"anticultura" que se manifiesta, por ejemplo, en la droga, en la huida de lo
real hacia lo ilusorio, hacia una felicidad falsa que se expresa en la
mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio del otro, de la
solidaridad, de la responsabilidad con respecto a los pobres y los que sufren;
que se expresa en una sexualidad que se convierte en pura diversión sin
responsabilidad, que se transforma en "cosificación" - por decirlo así -
del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal que
exige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto. A esta
promesa de aparente felicidad, a esta "pompa" de una vida aparente, que en
realidad sólo es instrumento de muerte, a esta "anticultura" le decimos "no",
para cultivar la cultura de la vida. Por eso, el "sí" cristiano, desde los
tiempos antiguos hasta hoy, es un gran "sí" a la vida. Este es nuestro "sí" a
Cristo, el "sí" al vencedor de la muerte y el "sí" a la vida en el tiempo y en
la eternidad.
Del mismo modo que en este diálogo bautismal el "no" se articula en tres
renuncias, también el "sí" se articula en tres adhesiones: "sí" al Dios vivo,
es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y a
nuestra vida; "sí" a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto,
sino que tiene un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios
concreto que nos da la vida y nos muestra el camino de la vida; "sí" a la
comunión de la Iglesia, en la que Cristo es el Dios vivo, que entra en nuestro
tiempo, en nuestra profesión, en la vida de cada día.
Podríamos decir también que el rostro de Dios, el contenido de esta cultura de
la vida, el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez
Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de "no", sino que
presentan en realidad una gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da
sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia
(cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" al amor
responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la
responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la
verdad (octavo mandamiento); un "sí" al respeto del otro y de lo que le
pertenece (noveno y décimo mandamientos).
Esta es la filosofía de la vida, es la cultura de la vida, que se hace
concreta, practicable y hermosa en la comunión con Cristo, el Dios vivo, que
camina con nosotros en compañía de sus amigos, en la gran familia de la
Iglesia. El bautismo es don de vida. Es un "sí" al desafío de vivir
verdaderamente la vida, diciendo "no" al ataque de la muerte, que se presenta
con la máscara de la vida; y es un "sí" al gran don de la verdadera vida, que
se hizo presente en el rostro de Cristo, el cual se nos dona en el bautismo y
luego en la Eucaristía.
Esto lo he dicho como breve comentario a las palabras que en el diálogo
bautismal interpretan lo que se realiza en este sacramento. Además de las
palabras, tenemos los gestos y los símbolos; los indicaré muy brevemente. El
primer gesto ya lo hemos realizado: es el signo de la cruz, que se nos da como
escudo que debe proteger a este niño en su vida; es como una "señalización" en
el camino de la vida, porque la cruz es el resumen de la vida de Jesús.
Luego están los elementos: el agua, la unción con el óleo, el vestido blanco y
la llama de la vela. El agua es símbolo de la vida: el bautismo es vida nueva
en Cristo. El óleo es símbolo de la fuerza, de la salud, de la belleza, porque
realmente es bello vivir en comunión con Cristo. El vestido blanco es
expresión de la cultura de la belleza, de la cultura de la vida. Y, por
último, la llama de la vela es expresión de la verdad que resplandece en las
oscuridades de la historia y nos indica quiénes somos, de dónde venimos y a
dónde debemos ir.
Queridos padrinos y madrinas, queridos padres, queridos hermanos, demos
gracias hoy al Señor porque Dios no se esconde detrás de las nubes del
misterio impenetrable, sino que, como decía el evangelio de hoy, ha abierto
los cielos, se nos ha mostrado, habla con nosotros y está con nosotros; vive
con nosotros y nos guía en nuestra vida. Demos gracias al Señor por este don y
pidamos por nuestros niños, para que tengan realmente la vida, la verdadera
vida, la vida eterna.
Amén
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