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Sobre la corrupción
Autor: Cardenal Jorge Medina Estévez


Capítulo 2: El poder corruptor del dinero

Nadie pone en duda que el dinero es una necesidad en el mundo actual. Si se lo suprimiera sería inimaginable la sociedad moderna. Sabemos también que el dinero no es "intrínsecamente perverso" y que es posible hacer de él un uso moral, conforme a los designios de Dios, si se lo maneja como quien administra algo que El ha puesto en nuestras manos y de cuyo empleo habrá que darle cuentas.

Sin embargo, y a causa de la impronta que el pecado ha dejado en el corazón humano, es fácil que los hombres empleen mal el dinero y le atribuyan una importancia que no tiene. San Pablo nos previene que "la codicia es una idolatría" (Col 3, 5), con lo que nos está advirtiendo que el dinero puede llegar a adquirir los contornos de una "divinidad" a la que todo se pospone y a la que se está dispuesto a sacrificarlo todo. Sobran ejemplos para demostrar que esto es, por desgracia, una triste realidad. La enseñanza del Apóstol es el eco fiel de la de Jesús: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24; Lc 16, 13). Poco antes el texto de San Lucas habla del ."dinero injusto" (v. 9), en el sentido de que el dinero puede ser ocasión de cometer injusticias. Estas palabras de Jesús explican por qué nos advierte que "nos guardemos de toda codicia" (Lc 12, 15), es decir de todo apego inmoderado a los bienes de este mundo. Hacia el fin de su vida, San Pablo escribe un texto aleccionador: "... nosotros no hemos traído nada al mundo, y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y con qué vestirnos, estemos contentos. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán del dinero, y algunos, por dejarse llevar de él se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores" (1 Tm 6, 7-10).

En forma positiva Jesús proclamó bienaventurados a los pobres en el espíritu y a los limpios de corazón (Mt, 5, 3.8), bienaventuranzas que constituyen la oposición radical a la avaricia y al endiosamiento de los bienes materiales. En la parábola del sembrador, al explicar por qué la Palabra de Dios queda en algunos sin dar fruto, dice que a veces cae entre "abrojos y espinas", y que eso representa a los que la oyen, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin dar fruto (Mt 13, 6.22).



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