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La situación de lo católico,
dentro del Estado secular
El profesor Richard John
Neuhaus, Presidente del Instituto de Religión y Vida pública , en Estados
Unidos, y editor jefe de la revista First Things, pronunció la
última conferencia del Congreso Católicos y vida pública. Ofrecemos el texto
íntegro de la misma, traducida del inglés por don Pablo Cervera
La Iglesia, al proclamar de forma valiente y
anticipando sacramentalmente ese correcto ordenamiento final, declara el
destino, el telos, de todos nuestros esfuerzos humanos. Al mismo
tiempo, el Evangelio del Reino fija un límite a las ambiciones de toda
institución humana, incluidos los Estados. Se mantiene una clara distinción
entre lo penúltimo y lo último en el correcto ordenamiento del mundo. En los albores del tercer milenio, existe un amplio consenso en que el futuro de la política está en la progresión de la democracia liberal. Esto no significa que hayamos llegado, según la muy malinterpretada frase de Francis Fukuyama, «al final de la Historia». Lo que sí significa es que se da algo similar a un consenso global con respecto a que, de todas las formas que se han probado para ordenar el saeculum, la democracia liberal es la mejor, o más modestamente, la menos mala. Concepto de liberal
La palabra liberal merece una aclaración.
En el discurso público americano, como sin duda ya sabrán, el término
liberal normalmente implica el apoyo a un control gubernamental
expansivo, o a la reglamentación de la sociedad. Para la mayoría de los
europeos, el término liberal significa absolutamente lo contrario y
se asocia con un laissez faire (dejar hacer) en lo económico y en lo
político. Lo que los europeos llaman liberalismo, nosotros, en los Estados
Unidos, lo llamamos libertarianismo, que tiene muy poco en común con lo que
llamamos conservadurismo. Espero que lo que entiendo por democracia
liberal quede totalmente claro con mi disertación sobre la doctrina
social católica.
Otra aclaración preliminar: de vez en cuando haré
especial referencia al experimento americano con la democracia liberal. Al fin
y al cabo, yo soy americano. Más aún, los Estados Unidos, para bien o para
mal, son lo que los expertos en política denominan la sociedad líder
en el cambio histórico mundial. Insisto en el para bien y para mal. El futuro
de la democracia liberal y su desarrollo en otras sociedades depende
considerablemente –y añadiría peligrosamente– de su futuro en los Estados
Unidos. Críticas al liberalismo
Podemos resumir algunos de los puntos más
sobresalientes de la acusación que plantean los críticos cristianos del
liberalismo y de la modernidad (estos dos términos se suelen utilizar más o
menos indistintamente). Ya sea el encantador G.K. Chesterton, el casi
magistral Alasdair MacIntyre, el cáustico George Grant, el bravucón Stanley
Hauerwas, el atrevido O’Donovan, o el melancólico David Schindler, la
acusación suele ser básicamente la misma. Para que no haya ningún
malentendido, déjenme decir que estoy muy de acuerdo con la condena de un
cierto tipo de liberalismo. La discusión gira en torno a lo que entendemos por
liberalismo. La primera acusación consiste en afirmar que los pensadores
cristianos han estado más que dispuestos a recortar el mensaje cristiano para
acomodarse al paradigma cultural reinante del liberalismo. Estoy totalmente de
acuerdo. Esto, sin embargo, se debe ver más como una acusación de los
pensadores cristianos, y no del liberalismo. Si dudamos en declarar
públicamente que Jesucristo es el Señor, la culpa es nuestra. No podemos
alegar la excusa de que el liberalismo nos obligó a hacerlo. John Rawls,
Richard Rorty o el Tribunal Supremo, al afirmar que hablan en nombre del
liberalismo, nos pueden haber intimidado, pero el problema reside en nuestra
timidez. Mercados y liberalismo
Estos dogmas liberales –mantiene la acusación–
están indisolublemente ligados a la dinámica del capitalismo. El dogma liberal
y la dinámica de los mercados son tanto los cimientos que mutuamente refuerzan
como el fin de un orden social que está totalmente y sin fisuras al servicio
de las preferencias individualistas del Yo soberano, autónomo y sin
gravámenes. El resultado del liberalismo es el consumismo, y el consumismo lo
avasalla todo.
Es conveniente que haga una aclaración personal.
En los años 60, yo era un hombre de izquierdas, como el que más. No de la
izquierda contracultural de la experimentación con drogas y de un hedonismo
generalizado, pero sí de la izquierda identificada con, por ejemplo, el
movimiento por los derechos humanos, bajo el liderazgo de Martín Luther King
Jr, con quien tuve el privilegio de trabajar. En la segunda mitad de la década
de los 60, el liberalismo empezó a cambiar con el advenimiento del debate
sobre lo que entonces se llamaba ley del aborto liberalizada. En 1967
escribía sobre los dos liberalismos, uno, similar al precedente
movimiento de derechos civiles, que abarcaba a los vulnerables y estaba
motivado por un orden trascendente de justicia; y el otro, excluyente y sin
reconocer más ley superior que la realización de la voluntad individual. Mi
razonamiento era que, al abrazar la causa del aborto, los liberales estaban
abandonando el primer liberalismo que ha mantenido en pie todo lo que es
esperanzador en el experimento americano. Éste sigue siendo mi argumento a fecha de hoy. Yo creo que es de vital importancia que este argumento sea el propuesto en los años venideros. Para Estados Unidos y para el mundo, no hay marcha atrás en la reconstitución del orden secular que no se base en otros preceptos que no sean los de la tradición liberal. Existe un gran abismo entre esa tradición liberal y lo que hoy en día en Estados Unidos llamamos liberalismo. Por ese motivo, a algunos de nosotros nos llaman conservadores. El conservadurismo que es auténticamente y de forma constructiva conservador es conservadurismo en aras a la recuperación y la revitalización de la tradición liberal. La doctrina social de la Iglesia
Para ese fin, la doctrina social católica resulta
una guía de incalculable valor. Más específicamente, sugiero de forma audaz
que la encíclica Centesimus annus de 1991 es la propuesta más amplia,
coherente e irresistible de proyecto liberal democrático en el mundo hoy en
día. Como las demás iniciativas de enseñanza de Juan Pablo el Magno, esta
encíclica, estoy convencido, seguirá teniendo vigencia en el pontificado del
Papa Benedicto, el cual estaba en profunda sintonía con el pensamiento y la
obra de su predecesor.
A menudo, a la Centesimus annus se la
describe como una encíclica sobre economía, pero esto resulta en cierto modo
engañoso. Está claro que toca problemáticas económicas con mucho detalle. Una
razón para ello es que la encíclica conmemora y desarrolla la argumentación de
la Rerum novarum, muy preocupada, y con razón, con la problemática
del trabajador y la amenaza de una guerra de clases en una fase temprana del
capitalismo. Otra razón para esa atención a la economía es que el Papa, en ese
momento, hablaba al poco tiempo de haberse producido el suicidio, con ayuda
occidental, del imperio soviético. Dicho imperio se justificaba a sí mismo con
una falsa ideología que reducía el fenómeno humano a la dimensión económica.
De todas formas, es más exacto afirmar que la Centesimus annus versa sobre la sociedad libre, incluyendo la libertad económica. La discusión de la Rerum novarum, sobre el correcto sentido de la propiedad e intercambio, y de las circunstancias que suceden tras los trascendentales hechos de 1989, alcanza su punto álgido en los capítulos V y VI de la Centesimus annus: Estado y cultura, y La persona es el camino de la Iglesia. Cuando consideramos la encíclica en relación a la tradición liberal, hay que tener en cuenta una serie de consideraciones. La Centesimus annus no es un texto aislado. Su significado cobra todo su sentido dentro del amplio corpus doctrinal de un pontificado sumamente vital en lo referente a la enseñanza, y, por encima de esto, dentro del contexto de la moderna doctrina social católica desde tiempos de la Rerum novarum. Incluso, más aún, debe de entenderse como continuidad del ministerio de enseñanza de la Iglesia a lo largo de los siglos. Aún entonces, no debemos perder nunca de vista que el Papa escribía para y a la Iglesia universal, y no simplemente para y a Europa y los Estados Unidos. Signo de los tiempos Teniendo en cuenta estas y otras consideraciones, uno no puede evitar, sin embargo, que le impacte en qué medida la Centesimus annus es una lectura de los signos de los tiempos con referencias concretas a las experiencias históricas del mundo en este siglo. La encíclica no es historicista en el sentido estricto de esa palabra, pero se encuentra firmemente arraigada en un momento histórico determinado. Y, aun cuando no es un texto aislado, uno puede, gracias a este único texto, seguir la pista de los temas centrales del pontificado de Juan Pablo II. Aunque está escrita a y para la Iglesia universal, la Iglesia en cada lugar está invitada y obligada a leer la encíclica como si se dirigiese a sus propias circunstancias específicas. Alternativa al socialismo
Más aún, estoy seguro de que no nos equivocamos
cuando pensamos que el experimento americano tiene una presencia predominante
en la Centesimus annus. Después de todo, las democracias
occidentales, y en especial la de los Estados Unidos, son las alternativas
históricamente alternativas al socialismo que fracasó tan miserablemente. Creo
que es verdad decir que en este pontificado, por primera vez, la enseñanza
magisterial sobre la modernidad, la democracia y la libertad humana tiene una
referencia más fuerte a la revolución americana de 1776 que a la revolución
francesa de 1789. Lo que equivale a decir que responde más a las posibilidades
constructivas del ordenamiento democrático del saeculum, que a una
reacción contra la ideología anti-cristiana y anti-humana del secularismo tal
como se expresa en el totalitarismo democrático.
No hay crítica común mayor a la tradición liberal
que la que se basa en una premisa de individualismo desenfrenado.
Centesimus annus habla del individuo e incluso del sujeto
autónomo, pero normalmente hace referencia a la persona. Juan
Pablo II escribe, citando a la anterior encíclica Redemptor hominis,
que «esta persona humana es la ruta primordial que debe de recorrer la Iglesia
para llevar a cabo su misión…, el camino marcado por el mismo Cristo, el
camino que lleva invariablemente a través del misterio de la Encarnación y de
la Redención». Luego añade esta notable afirmación: «Esto, y sólo esto, es el
principio que inspira la doctrina social de la Iglesia». Es un logro destacado que la moderna doctrina social católica haya replantado tan claramente la idea del individuo y de la libertad en la tierra fértil de la verdad cristiana, de la que, en su desarrollo confuso y en conflicto, había sido extirpada. La flor de la libertad sólo florecerá en el futuro una vez que esté profundamente enraizada en la verdad sobre la persona humana. Idea del individuo Creo que es una equivocación enfrentar, como hacen algunos, el individualismo moderno con una comprensión católica más orgánica de la comunidad. Más bien deberíamos entrar en una unión más comprensiva con el logro moderno de la idea del individuo, cimentándolo más sólidamente y de una forma más enriquecedora en la comprensión de la dignidad de la persona, destinada desde la eternidad para la comunión eterna con Dios. El peligro de rechazar el individualismo es que la alternativa del mundo real no es una comprensión católica de la communio, sino una recaída en los colectivismos que son el gran enemigo de la libertad a la que somos llamados.
Como nos recuerda Centesimus annus, «aquí
no estamos tratando con la Humanidad en abstracto, sino con la
persona concreta, histórica». El problema con la distorsión
contemporánea del individuo como el Yo autónomo, sin cargas y soberano, no es
que esté equivocado con respecto a la impresionante dignidad del individuo,
sino que separa al yo de la fuente de esa dignidad. La primera causa de ese
error, dice Centesimus annus, es el ateísmo.
«Precisamente en la respuesta a la llamada de
Dios, implícita en el ser de las cosas, es donde el hombre se hace consciente
de su trascendente dignidad. Todo hombre ha de dar esta respuesta, en la que
consiste el culmen de su humanidad y que ningún mecanismo social o sujeto
colectivo puede sustituir». El gran error, tanto del determinismo colectivo
como del libertinaje individualista, es que su comprensión de la libertad
humana está separada de la obediencia a la verdad. La cultura es un fenómeno
comunal, pero lo es en el servicio de la respuesta de la persona a la verdad
trascendente. Juan Pablo II escribe, en uno de los pasajes más sugestivos de
la encíclica: «El punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el
hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios. Las culturas de
las diversas naciones son, en el fondo, otras tantas maneras diversas de
plantear la pregunta acerca del sentido de la existencia personal».
Esto nos remite a la singular proposición
referente a la prosperidad de la persona humana. «Esto, y sólo esto, es el
principio que inspira la doctrina social de la Iglesia». Este no es un
individualismo en el sentido peyorativo de la palabra, pero es conmensurable
con el logro moderno de la idea del individuo. Es conmensurable con la ideas
constituyentes del experimento democrático liberal, en el que el Estado se
entiende que está al servicio de la libertad, y la libertad se entiende como
lo que los fundadores americanos llamaron libertad ordenada –libertad
ordenada a la verdad–. Y existen, como recoge la Declaración de
Independencia Americana, «verdades auto-evidentes» que cimientan dicha
libertad y la dirigen a los fines transcendentes de «la naturaleza y la
naturaleza de Dios». Las referencias teístas de la Declaración no son, como alegan algunos comentaristas, añadidos religiosos para satisfacer a las masas, sino que son parte integral del argumento moral del documento –y la Declaración es, por encima de todo, un alegato moral–. Por otra parte, dichas referencias deben entenderse dentro del contexto de las innumerables declaraciones de todos los fundadores de que este ordenamiento constitucional se basa en verdades morales garantizadas por la religión. El experimento americano tiene muchas fuentes, incluyendo la sagrada comunidad de los puritanos y la teoría del contrato de John Locke. Está constituido por una síntesis puritana y de Locke, aunque esa verdad ha sido ignorada a menudo, para servir a los prejuicios del secularismo. Evangelio y sociedad moderna
Algunos escritores se quejan de que las creencias
subyacentes del experimento democrático son meramente una religión cívica.
Pero no habremos entendido a lo que Centesimus annus se refiere, si
pensamos que hay algo de mero en el mantenimiento de un orden público
que reconoce la fuente trascendente y el fin de la existencia humana. Claro
que dicho reconocimiento formal aporta simplemente una teología muy fina y
atenuada, pero crea la condición dentro de la cual la Iglesia puede proponer
un relato inmensamente más rico y más adecuado de la naturaleza y destino
humanos. Pero se objeta que esto es justamente el problema: en una sociedad
liberal, la Iglesia sólo puede proponer su verdad, colocando el Evangelio en
el mercado como otro bien de consumo más.
Ésta es una objeción que se hace a menudo, y hemos
de preguntarnos lo que la gente entiende por ella. ¿Están sugiriendo que la
Iglesia debería coaccionar a la gente a obedecer la verdad? En la encíclica
sobre la evangelización Redemptoris missio, el Papa dice: «La Iglesia
no impone nada, sólo propone». No impondría aunque pudiese. La fe verdadera es
necesariamente un acto de libertad. Si no conseguimos entender esto, me temo
que no conseguiremos entender lo que Juan Pablo II llama el principio que de
por sí inspira la doctrina social de la Iglesia. La Iglesia debe de proponer:
incesantemente, audazmente, persuasivamente, atractivamente. Los cristianos entienden y declaran públicamente esa soberanía superior cuando proclaman: «Jesucristo es el Señor». No hace falta que el Estado declare que Jesucristo es el Señor. Tampoco es deseable que lo declare. El papel del Estado limitado es el de respetar la soberanía política de la gente que reconoce una soberanía superior a la suya propia. Como afirma la encíclica, «a través del sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del reino de Dios se ha logrado de una vez por todas». Límite del Estado
Esa victoria denota la soberanía suprema por la
que el Estado está limitado, y la proclamación de esa victoria es la
contribución política más importante de la Iglesia. En una sociedad
democrática que ha sido eficazmente evangelizada, los ciudadanos no piden a su
Estado que confiese el señorío de Cristo. Su única exigencia es que el Estado
sea respetuoso con el hecho de que una mayoría de sus ciudadanos confiesan el
señorío de Cristo. Afirmamos no un Estado confesional, sino una sociedad
confesional, sin olvidar en ningún momento que el Estado es el servidor de la
sociedad, que es más importante que el Estado. La Iglesia realiza igualmente una aportación política de incalculable valor al insistir en los límites de la política. El gran peligro, según Centesimus annus, es que «la política se convierta en una religión laica que opere bajo la ilusión de crear el paraíso en este mundo. Pero ninguna sociedad política… puede nunca ser confundida con el reino de Dios… Al pretender adelantar el juicio aquí y ahora, la gente se pone en el lugar de Dios y se enfrenta a la paciencia de Dios». Responsabilidad de los laicos
El poder de la gracia penetra en el orden
político, especialmente cuando los laicos se colocan a la cabeza en el
ejercicio de la responsabilidad pública cristiana, pero no se puede pretender
que la política terrenal llegue a crear el orden correcto final por el que
suspiran nuestros corazones.
En tanto en cuanto las ambiciones del Estado son
controladas por la afirmación democrática de una soberanía superior y por los
propios límites de la política, así esas ambiciones son controladas por
diversas soberanías dentro de la sociedad misma. Junto con León XIII, Juan
Pablo II afirma que «el individuo, la familia y la sociedad están por encima
del Estado». El Estado existe para servir y proteger a los individuos e
instituciones que tienen prioridad. Las personas humanas, y lo que en otra
parte he descrito como las instituciones mediadoras de la sociedad, «disfrutan
de sus propias esferas de autonomía y soberanía», según la Centesimus
annus. Estas esferas de soberanía son menores que las del Estado, pero no
inferiores al Estado.
La impactante modernidad de los razonamientos de
la encíclica es evidente también en su colocación del Estado. A diferencia de
formulaciones previas, el Estado no se sitúa dentro de una jerarquía de
autoridades, en orden descendiente desde el mandato de Dios hasta el mandato
del señor de la casa. El razonamiento de la encíclica Centessimus annus
es profundamente democrático. Cristo es soberano sobre todo, y esa soberanía
es sostenida por aquellos que reconocen la soberanía de Cristo. El Estado
ilimitado, ya sea el basado en el ateísmo marxista o en los diseños de
ingeniería del racionalismo ilustrado, aspira al control totalitario. «Se
niega de este modo la intuición última acerca de la verdadera grandeza del
hombre, su trascendencia respecto al mundo material, la contradicción que él
siente en su corazón entre el deseo de una plenitud de bien y la propia
incapacidad para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de salvación que de
ahí se deriva». Al Estado limitado se le mantiene limitado a través de la
reivindicación democrática de la aspiración trascendente del corazón humano. El poder del Estado Debe de existir un escepticismo culto en torno al Estado, si se ha de mantener limitado. «A este respecto es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite». El escepticismo en cuanto al poder del Estado no significa, sin embargo, escepticismo sobre los objetivos que el Estado debe de servir. Todo lo contrario, en este caso. Sólo cuando esos objetivos se afirman de una forma clara y sin ambigüedades se pueden pedir cuentas al Estado. El número 45 de Centessimus annus rebate de una forma clara y sin ambigüedades el punto por el que el liberalismo contemporáneo ha distorsionado de forma más severa el sentido de la democracia en la tradición liberal. He aquí el párrafo crucial: «Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la subjetividad de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. [Luego viene el pasage crucial]. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la Historia». Religión y vida pública
La importancia de este párrafo y su vigencia en
nuestra situación contemporánea, difícilmente puede sobreestimarse. La
insistencia dogmática sobre el agnosticismo en el discurso público y en la
toma de decisiones ha creado la plaza pública desnuda. Gentes que,
como los fundadores americanos, mantienen ciertas verdades como auto-evidentes
son hoy «considerados poco de fiar desde un punto de vista democrático». En
una usurpación de poder que verdaderamente amenaza con «un totalitarismo
apenas disimulado», las instituciones del Estado declaran que la separación de
la Iglesia y del Estado significa la separación de la religión, y de la
moralidad basada religiosamente, de la vida pública, lo cual significa la
separación de las convicciones más profundas para la gente de la política, lo
cual significa el fin de la democracia y –recordando que la política son
personas libres decidiendo cómo deberíamos ordenar nuestra vida en común– el
fin de la política.
Al luchar por el alma de la tradición democrática
liberal, debemos alertar comprensivamente a algunos de nuestros conciudadanos,
que honradamente creen que cualquier llamamiento a la verdad trascendente
plantea la amenaza de una teocracia. Juan Pablo II reconoce lo extendido que
está este malentendido, y por ello prosigue el párrafo anterior con esto: «La
Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o
fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de
científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su
concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana.
Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido
esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre
se desarrolla en la Historia en condiciones diversas y no perfectas. La
Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la
persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad».
Digamos cándidamente que éste no parece haber sido
siempre el método de la Iglesia. No deberíamos dejar que fueran otros los que
reseñasen este punto. Juan Pablo II, en Tertio millennio adveniente,
y en muchas otras ocasiones, hacía un llamamiento a los cristianos para que
reconocieran las formas en que, de forma individual y corporativamente, habían
fallado en el respeto a la dignidad y la libertad de otros. A ese
reconocimiento deben añadirse, sin embargo, otros dos planteamientos. Primero:
cuando, en nombre de la democracia, la verdad trascendente es excluida de la
plaza pública, el resultado es «un abierto totalitarismo o un totalitarismo
apenas disimulado». Segundo: el totalitarismo democrático, que no reconoce
verdad superior a la que dicte la mayoría, crea una situación engañosamente
peligrosa para la libertad humana. Podíamos continuar analizando otros temas de la Centesimus annus que pueden relacionarse con la tradición democrática liberal, rejuveneciéndola y dirigiéndola hacia direcciones más prometedoras. Existe, por ejemplo, la conexión entre libertad y virtud, tanto personal como pública, que debe evocar un esfuerzo más intenso hacia la evangelización y la reevangelización de la sociedad. Los intereses que están en juego en dicho esfuerzo son muy elevados, como Juan Pablo II, en la Evangelium vitae, planteó con tanta urgencia con una dramática descripción del conflicto entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte. Pero ésta y otras cuestiones son para otra ocasión. Efectivamente, como el Papa Benedicto XVI ha sugerido, desplegar sistemáticamente y diseminar las impresionantes iniciativas de enseñanza de Juan Pablo el Magno será el trabajo de generaciones futuras. Un experimento en marcha Éste es, pues, un breve esquema de la situación de lo católico dentro del Estado secular. El Estado secular propiamente dicho es el Estado democrático liberal. Siendo todo lo comprensivos que podamos ser con algunos de los críticos de la tradición democrática liberal, haremos bien en recordarnos que todos los órdenes temporales, a excepción del reino de Dios, son profundamente insatisfactorios. De todos los que se han probado hasta la fecha, la democracia liberal es el menos insatisfactorio. El experimento democrático liberal es justamente eso, un experimento en marcha. Como todos los experimentos, puede tener éxito o fracasar. La doctrina social católica nos invita a consagrar nuestras oraciones y nuestras vidas a su éxito. (Richard John Neuhau cortesía A&O 474).
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