El secreto de la vida  de cara a la prostitución



Jesús y la samaritana. Mosaico de San Apolinar Nuevo, Rávena (Italia)

 

Está de triste actualidad la lacra de la prostitución, y de ello se hacen eco y se lamentan todos los medios; pero no menos lo está, de un modo altamente delatador, no su verdadero remedio, sino la promoción, incluso tantas veces exacerbada, de todo aquello que la provoca. Urge, sin duda, alentar el auténtico remedio de esa humillante situación de la mujer, como, en definitiva, el de todas las demás lacras que denigran la condición humana, y no puede ser otro que rescatar, como hizo Jesús con la samaritana despertando la sed de infinito de su corazón, esa sagrada dignidad que constituye la verdad más honda de todo ser humano, y en este caso de la mujer. No es, desde luego, una ofensa menor, ¡todo lo contrario!, degradar el santuario de la vida, certera definición del seno en el que es concebido, alimentado y amparado todo ser humano. Tal es la grandeza de la mujer, aun de la que no engendró, llamada precisamente en su condición femenina a mantener el vigor de lo humano en nuestro mundo, desde la intimidad del hogar hasta las más complejas estructuras sociales, económicas y políticas. Por eso, el Mensaje final del Concilio Vaticano II a las mujeres no podía ser otro que éste: «Reconciliad a los hombres con la vida».

La lacra de la prostitución, signo bien elocuente de la degradación de toda una sociedad, no puede estar más en las antípodas de esa sagrada tarea de hacer un mundo auténticamente humano. Pero la tarea sigue en pie, y lo primero que es preciso curar, como hizo Jesús junto al pozo de Jacob, antes aún que la herida del cuerpo humillado –eso vendrá por añadidura–, la del alma que, al no encontrar el agua viva, se contaminó con las aguas que no sacian y llevan a la muerte. Unas aguas podridas que los fariseos de hoy, más clamorosamente sin duda que los de ayer, mientras se lamentan de sus consecuencias, no dejan de fomentar en todos los medios habidos y por haber. Vale la pena recordar las palabras que les dirige Jesús: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros ni os arrepentisteis ni le creísteis».

Vale la pena también recordar el pasaje evangélico de la Samaritana: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice Dame de beber, tú le habrías pedido, y te daría agua viva, que se convierte en un manantial que salta hasta la vida eterna»: así le dice Jesús, sentado junto al pozo de Jacob, a la mujer samaritana que iba por agua. Después le pide que llame a su marido y que vuelva, y al responderle: «No tengo marido», Jesús le descubre su vida: «Bien has dicho, pues has tenido cinco, y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho verdad». Lejos de sentir estas palabras como un reproche, aquella mujer se llena de estupor ante el misterio de Quien tiene delante: «Señor, veo que eres profeta... Sé que va a llegar un Mesías, y cuando llegue nos anunciará todo». La respuesta no se hizo esperar: «Yo soy, el que habla contigo».

La tarea de reconciliar con la Vida no tiene otro camino que ese encuentro personal que cambia de raíz el corazón, y la mirada sobre uno mismo, sobre los otros y sobre el mundo. Sin esto, no hay ley ni recurso alguno capaz de rescatar a la mujer de la prostitución. ¡Cómo podría haberlo legislando, precisamente, en contra de la vida, y recurriendo, en la dictadura del relativismo, a la rentable y abyecta contaminación de lo efímero, a la explotación inmisericorde de esa esclavitud! A aquella mujer de Samaria le bastó encontrarse con el Agua viva que salta hasta la vida eterna para recuperar su dignidad; y no sólo la suya, sino la de sus convecinos. Tal es el poder transformador del genio femenino, en expresión del Papa Juan Pablo II. Todo es bien diferente a la cultura de muerte hoy dominante en nuestro mundo, en efecto, cuando se ha conocido, como le sucedió a la samaritana, el secreto de la vida.

(fuente: A&O 477)


Iglesia y Estado
 

No se puede acusar a la Iglesia de invadir la esfera pública. El cardenal Newman escribió: «El mundo se contenta con caminar sobre la superficie de las cosas, mientras que la Iglesia busca regenerar la profundidad misma del corazón». Por eso, la Iglesia reivindica la libertad de expresar su juicio moral sobre las realidades humanas, porque su misión las abraza a todas. Si por influencia se entiende el hecho de que el magisterio de la Iglesia entra profundamente en el mismo vivir del hombre, entonces sí: la Iglesia debe estar presente. Y se trata de un bien, ya que Occidente se enfrenta a un peligro que no había conocido hasta ahora: la posibilidad de redefinir los contenidos esenciales de la misma naturaleza humana, defendiendo incluso que no existe ninguna verdad sobre el bien del hombre que no sea producto del consenso social. Pensar que debe existir una separación entre religión y vida pública, encerrando la fe en la conciencia privada de los creyentes, no es más que un residuo del pasado.

Se sostiene que, en la esfera privada, cada uno puede hacer lo que quiera, mientras que en la esfera pública valen sólo las reglas basadas en principios de justicia formal y procedimental. No estoy de acuerdo; la comunidad civil y política no se sustenta sólo en normas racionales obtenidas por consenso, sino también –y sobre todo– por una concepción compartida de una vida nueva. Negar esto es una prueba de ingenuidad. No creo que haya una sola persona que atribuya al bien humano una relevancia puramente subjetiva; existe un universo de valores morales que precede a las normas públicas. El progreso en el bien común sólo es alcanzable a través de la confrontación entre argumentos, que es algo serio si todos –la Iglesia incluida– pueden participar, y si existe la certeza de que existe una verdad acerca del bien común. Si, en lugar de esto, la condición suficiente para determinar las normas de la sociedad fuese sólo el consenso, el diálogo se convertiría en voluntad de imponer el propio punto de vista.


+ Carlo Caffarra
arzobispo de Bolonia,
en una entrevista


 


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