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Esto vale no sólo para la Madre Patria...
Cuatro recetas para responder
al
«confesionalismo laicista»
Según el arzobispo de Pamplona, monseñor
Fernando Sebastián
Monseñor
Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona-Tudela, ha publicado una carta
pastoral en la que ofrece cuatro rectas para responder al «confesionalismo
laicista» que, según constata, está imponiendo el gobierno español.
Sus propuestas son:
-
no
tener miedo a los defensores del laicismo,
-
vivir
con coherencia las exigencias del cristianismo,
-
ir a lo
fundamental de la fe olvidando debates sobre cuestiones no fundamentales, y
-
participar en la vida social.
Respecto al primer consejo, monseñor Sebastián afirmó que «la Iglesia
ha vivido siempre entre dificultades y los cristianos han padecido con
frecuencia por presentarse y actuar como discípulos de Jesús. Estos
sufrimientos nos purifican y fortalecen», y añadió que las argumentaciones del
laicismo «no deben hacernos dudar de la verdad y del valor de nuestra fe ni de
las instituciones y actuaciones de la Iglesia».
Es necesario, para el prelado, «no desanimarse por ser pocos o por quedar
excluidos de las zonas de poder. Nuestra fuerza está en la fuerza de su
Palabra y de su vida. Precisamente en estas circunstancias es cuando más
tenemos que anunciar con sencillez y fidelidad el mensaje de Jesús, conservado
y actualizado continuamente por la Santa Madre Iglesia. Este es el mejor
servicio que podemos hacer a nuestros conciudadanos».
En cuanto al segundo consejo, para monseñor Sebastián, «la fuerza de la
Iglesia está en la fe, en la piedad, en la ejemplaridad de los cristianos. Si
vivimos de verdad nuestra fe, el testimonio de nuestra vida aclarará muchos
malentendidos y más tarde o más temprano convencerá a los hombres y mujeres
que buscan la verdad».
El arzobispo pide a los fieles «que vayan a misa los domingos», así como el
testimonio de las familias: «La familia cristiana, estable y fecunda, es signo
elocuente de la fuerza humanizadora y santificadora del amor de Dios, presente
y actuante en las raíces del amor humano. A partir de aquí podremos ofrecer el
testimonio de una vida sobria, alegre, justa, generosa, amante y defensora de
la vida y del mundo, sin desmayos, que busca de verdad el Reino de Dios y el
bien de los hermanos, sin quedarse en apariencias engañosas o en intereses
oportunistas».
La coherencia debe darse también en la unidad interna de la Iglesia: «Un
verdadero testimonio de vida cristiana requiere la unidad en la fe, en la
aceptación integral y equilibrada del evangelio de Jesús, tal como lo han
vivido los santos, como lo anuncian y predican los pastores de la Iglesia, en
comunión espiritual y visible con el Papa. La disidencia, las divisiones, las
condescendencias injustificadas, debilitan la credibilidad del evangelio y dan
argumentos a quienes, de una manera o de otra, pretenden ocultar la luz que ha
venido a este mundo».
El arzobispo pide también «ir a lo fundamental»: «no se trata de si los
curas y los obispos mandamos mucho o poco, ni resolveríamos nada con una
Iglesia más tradicional o más moderna. Lo que de verdad se debate en nuestra
sociedad, aunque no se formule claramente, es, si para vivir auténticamente
nuestra condición humana, tenemos que tener en cuenta la presencia del Dios de
Jesucristo cerca de nosotros, o más bien hemos de prescindir de cualquier
referencia religiosa como perteneciente a un estadio anterior del desarrollo
humano».
Por último, el prelado pide a los cristianos una mayor participación
social. En respuesta a quienes acusan a la Iglesia de querer influir en la
política, el prelado responde: «Evidente».
«Al menos como cualquier otra institución --aclara--. Pero la influencia de la
Iglesia en la vida política no es de naturaleza política, sino eclesial, es
decir, de naturaleza religiosa y moral. Anunciando la doctrina de Cristo,
educando las conciencias y animando a sus fieles a vivir santamente, la
Iglesia influye en el comportamiento global de las personas, y de esta manera
influye también en el ejercicio de sus actividades profesionales y en sus
actividades sociales, públicas y políticas».
«Como actividad humana, toda acción política tiene que ser moral y justa y
esta justicia no le puede venir en última instancia de sí misma, ni de los
consensos circunstanciales o de las presiones de un grupo determinado, sino
que le ha de venir de la conformidad con una referencia objetiva, ya sea de
naturaleza religiosa o simplemente ética. La Iglesia contribuye de forma
importante a la clarificación y fortalecimiento de esta conciencia moral de
los ciudadanos que quieren escucharla. No impone sino que propone. Así es como
ella contribuye al bien común temporal y político, dentro de un marco legal
estrictamente democrático», concluye.
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