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Testigos de la
Castidad
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San Luis Gonzaga
Año 1591 fiesta 21 de junio |
(Luis
en alemán significa: batallador glorioso).
San Luis Gonzaga nació en Castiglione, Italia, en
1568.
Hijo del marqués de Gonzaga; de pequeño aprendió
las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño sin saber lo
que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los
militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia
juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos
dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
La primera comunión se la dio San Carlos Borromeo,
Arzobispo de Milán.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos
gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres. Y así se
libró de muchas tentaciones.
Su director espiritual fue el gran sabio jesuita
San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser
santo: 1º. Frecuente confesión y comunión. 2º. Mucha devoción a la Sma.
Virgen. 3ro. Leer vidas de Santos.
Ante una imagen de la Sma. Virgen en Florencia
hizo juramento de permanecer siempre puro. Eso se llama "Voto de castidad".
Cuando iba a hacer o decir algo importante se
preguntaba: "¿De qué sirve esto para la eternidad?" y si no le servía para la
eternidad, ni lo hacía ni lo decía.
Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra
Señora del Buen Consejo, le pareció que la Sma. Virgen le decía: "¡Debes
entrar en la Compañía de mi Hijo!". Con esto entendió que su vocación era
entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita.
Le pidió permiso al papá para hacerse religioso,
pero él no lo dejó. Y lo llevó a grandes fiestas y a palacios y juegos para
que se le olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le
preguntó: "¿Todavía sigue deseando ser sacerdote?", y el joven le respondió:
"En eso pienso noche y día". Entonces el papá le permitió entrar de jesuita.
(En un desfile de orgullosos jinetes en caballos elegantes, Luis desfiló
montado en un burro y mirando hacia atrás. Lo silbaron pero con eso dominó su
orgullo).
En 1581 el joven Luis Gonzaga, que era seminarista
y se preparaba para ser sacerdote, se dedicó a cuidar a los enfermos de la
peste de tifo negro. Se encontró en la calle a un enfermo gravísimo. Se lo
echó al hombro y lo llevó al hospital para que lo atendieran. Pero se le
contagió el tifo y Luis murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23
años. Murió mirando el crucifijo y diciendo "Que alegría cuando me dijeron:
vamos a la casa del Señor".
La mamá logró asistir en 1621 a la beatificación
de su hijo.
San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios
para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha
nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El
repetía la frase de San Pablo: "Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre,
no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo".
Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad
lo obligaba a quedarse días enteros quieto en su cama. Pero esta quietud le
trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto
lo animó muchísimo a volverse mejor. (A veces sentía remordimiento porque le
parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Su confesor San Roberto, que lo
acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber
cometido ni un sólo pecado mortal en su vida.
Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a
volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente.
Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de
poder hacerse religioso y santo.
Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o
visión a San Luis en el cielo, y decía: "Yo nunca me había imaginado que Luis
Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso".
Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en
ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era
enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad,
aceptaban hacer las paces y no pelear más. El era extraordinariamente amable y
bien educado.
Después de muerto se apareció a un jesuita
enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la
devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
San Luis fue avisado en sueños que moriría el
viernes de la semana siguiente al Corpus, y en ese día murió. Ese viernes es
la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la
fiesta de este santo le dice: "Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en
la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén".
(cortesía de ewtn)
Santo Tomás de Aquino
En una escena de la vida de Santo Tomás, se aprecia también un
artesonado con lazo mudéjar, unos ángeles -de directa inspiración flamenca-
le ciñen el cíngulo de castidad. En el frente del estradillo donde se
encuentra arrodillado el santo hay una filacteria que reproduce las palabras
pronunciadas por los ángeles: "Ex parte Deii te cingimus cingulo
catitatis quod nulletenus disolvetur".
Aquí las líneas de fuga, al contrario de la Recepción del hábito, está
hacia la izquierda lo que nos permite vez una comunicación con otra estancia
a la derecha bajo cuyo vano se encuentras dos espectadores que contemplan la
Recepción del Cíngulo: La tentadora de faz angelical, y el caballero, de
lujoso manto, que lee un libro.
4 de Marzo
San Casimiro de Polonia
(año 1484)
En
su idioma, el polaco, Casimiro significa: "el que impone la paz". (Kas =
imponer, Mir = paz).
Casimiro nació en 1458 en Cracovia. Era el tercero de
los trece hijos de Casimiro, rey de Polonia. Muchos santos han salido de
familias muy numerosas, y de esta clase de familias llegan a la Iglesia
Católica excelentes vocaciones.
Su madre Isabel, hija del emperador de Austria, era
una fervorosa católica y se esmeró con toda el alma porque sus hijos fueran
también entusiastas practicantes de la religión. Ella en una carta a una
amiga hace una formidable lista de las cualidades que debe tener una buena
madre, y seguramente que esas cualidades fueron las que practicó con sus
propios hijos.
Y además de la educación que le dieron sus padres,
Casimiro tuvo la gran suerte de que el rey le consiguió dos maestros que
eran buenísimos educadores. El Padre Juan y el profesor Calímaco. El Padre
Juan era Polaco y dejó fama de ser muy sabio y muy santo, pero su mayor
honor le viene de haber sido el que encaminó a San Casimiro hacia una
altísima santidad. El Profesor Calímaco era un gran sabio que había sido
secretario del Papa Pío II, y después estuvo 30 años en la corte del rey de
Polonia ayudándole en la instrucción de los jóvenes. Calímaco dijo:
"Casimiro es un adolescente santo", y el Padre Juan escribió también:
"Casimiro es un joven excepcional en cuanto a virtud".
Claro está que no basta con recibir una buena
educación de parte de los papás y tener buenos profesores, sino que es
necesario que el joven ponga de su parte todo el empeño posible por ser
bueno. Pues de los otros doce hermanos de Casimiro, que tuvieron los mismos
profesores, ninguno llegó a la santidad, y algunos hasta dieron malos
ejemplos. En cambio nuestro santo llegó a unas alturas de virtud que
admiraron a los que lo conocieron y lo trataron.
Dicen los biógrafos de San Casimiro que su más grande
anhelo y su más fuerte deseo era siempre agradar a Dios. Para eso trataba de
dominar su cuerpo, antes de que las pasiones sensuales mancharan su alma.
Siendo hijo del rey, sin embargo vestía muy sencillamente, sin ningún lujo.
Se mortificaba en el comer, en el beber, en el mirar y en el dormir. Muchas
veces dormía sobre el puro suelo y se esforzaba por no tomar licor. Y esto
en un palacio real donde las gentes eran bastante inclinadas a una vida
fácil y de muchas comodidades y comilonas.
Para Casimiro el centro de su devoción era la Pasión y
Muerte de Jesucristo. En aquellos tiempos los maestros espirituales
insistían frecuentemente en que para ser fervoroso y crecer en el amor a
Dios aprovecha muchísimo el meditar en la Pasión de Jesucristo. Nuestro
santo pasaba mucho tiempo meditando en la Agonía de Jesús en el Huerto y en
los azotes que padeció, como también en la coronación de espinas y las
bofetadas que le dieron a Nuestro Señor. Ratos y ratos se estaba pensando en
la subida de Jesús al Calvario y en las cinco heridas del crucificado, y
meditando en el amor que llevó a Jesús a sacrificarse por nosotros. Le
gustaban los cristos muy sangrantes, y ante un crucifijo se quedaba tiempos
y tiempos meditando, suplicando y dando gracias.
Otra gran devoción de Casimiro era la de Jesús
Sacramentado. Como durante el día estaba sumamente ocupado ayudando a su
padre a gobernar el Reino de Polonia y de Lituania, aprovechaba el descanso
y el silencio de las noches para ir a los templos y pasar horas y horas
adorando a Jesús en la Santa Hostia.
Sus preferidos eran los pobres. La gente se admiraba
de que siendo hijo de un rey, nunca ni en sus palabras ni en su trato se
mostraba orgulloso o despreciador con ninguno, ni siquiera con los más
miserables y antipáticos. Un biógrafo (enviado por el Papa León X a recoger
datos acerca de él) afirma que la caridad de Casimiro era casi increíble, un
verdadero don del Espíritu Santo. Que el amor tan grande que le tenía a
Dios, lo llevaba a amar inmensamente al prójimo, y que nada le era tan
agradable y apetecible como la entrega de todos sus bienes en favor de los
más necesitados, y no sólo de sus bienes materiales, sino de su tiempo, sus
energías, de su influencia respecto a su padre y de su inteligencia. Que
prefería siempre a los más afligidos, a los más pobres, a los extranjeros
que no tenían a nadie que los socorriera, y a los enfermos. Que defendía a
los miserables y por eso el pueblo lo llamaba "el defensor de los pobres".
Su padre quiso casarlo con la hija del Emperador
Federico, pero Casimiro dijo que le había prometido a la Virgen Santísima
conservarse en perpetua castidad. Y renunció a tan honroso matrimonio.
Los secretarios y otras personas que vivieron con
Casimiro durante varios años estuvieron todos de acuerdo en afirmar que lo
más probable es que este santo joven no cometió ni un solo pecado grave en
toda su vida. Y esto es tanto más admirable en cuanto que vivía en un
ambiente de palacio de gobierno donde generalmente hay mucha relajación de
costumbres. La gente se admiraba al ver que un joven de veinte años
observaba una conducta tan equilibrada y seria como si ya tuviera sesenta.
A su padre el rey le advertía con todo respeto pero
con mucha valentía, las fallas que encontraba en el gobierno, especialmente
cuando se cometían injusticias contra los pobres. Y el papa atendía con
rapidez a sus peticiones y trataba de poner remedio.
Casimiro llegó lo mismo que San Luis Gonzaga, San
Gabriel de la Dolorosa, San Estanislao de Koska, San Juan Berchmans, y Santa
Teresita de Jesús, a una gran santidad, en muy pocos años.
Se enfermó de tuberculosis, y el 4 de marzo de 1484, a
la corta edad de 26 años, murió santamente dejando en todos los más
edificantes recuerdos de bondad y de pureza. Lo sepultaron en Vilma, capital
de Lituania.
A los 120 años de enterrado abrieron su sepulcro y
encontraron su cuerpo incorrupto, como si estuviera recién enterrado. Ni
siquiera sus vestidos se habían dañado, y eso que el sitio donde lo habían
sepultado era muy húmedo.
Sobre su pecho encontraron una poesía a la Sma.
Virgen, que él había recitado frecuentemente y que mandó que la colocaran
sobre su cadáver cuando lo fueran a enterrar. Esa poesía que él había
propagado mucho empieza así:
Cada día alma mía, di a María su alabanza. En sus
fiestas la honrarás y su culto extenderás, etc., etc.
Hasta después de muerto quería que en su sepulcro se
honrara a la Virgen María a quien le tuvo inmensa devoción durante toda su
vida.
San Casimiro trabajó incansablemente por extender la
religión católica en Polonia y Lituania, y estas dos naciones han conservado
admirablemente su fe católica, y aún en este tiempo cuando las gentes ven
que está en peligro su religión, invocan al santo joven que fue tan
entusiasta por nuestra religión. Y él demuestra con verdaderos prodigios lo
mucho que intercede ante Dios en favor de los que lo invocan con fe.
Santa María Goretti:
Una adolescente mártir
por conservar la castidad
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Una
niña buena |
María nace el 16 de octubre de
1890, en Corinaldo (Ancona, Italia), en el seno de una familia pobre de
bienes terrenales pero rica en fe y virtudes. Es la tercera de los siete
hijos de Luigi Goretti y Assunta Carlini. Al día siguiente de su
nacimiento es bautizada y consagrada a la Virgen. Recibirá el sacramento
de la Confirmación a los seis años. Después del nacimiento de su cuarto
hijo, Luigi Goretti emigra con su familia a las grandes llanuras de los
campos romanos, todavía insalubres en aquella época. Se estableció en
Ferriere di Conca, al servicio del conde Mazzoleni, donde María no tarda
en revelar una inteligencia y una madurez precoces. Es como el ángel de
la familia: no hay en ella atisbo de capricho, desobediencia o mentira.
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Piadosa y esforzada |
Tras un año de trabajo agotador,
Luigi contrae el paludismo y fallece en diez días. Para Assunta y sus
hijos empieza un largo calvario. María llora a menudo la muerte de su
padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de la
verja del cementerio. Quizás su padre se encuentre en el purgatorio, y
como ella no dispone de medios para encargar misas por el reposo de su
alma, se esfuerza en compensarlo con sus plegarias. Pero no hay que
pensar que la muchacha practica la bondad sin esfuerzo, ya que sus
sorprendentes progresos son fruto de la oración. Su madre contará que el
rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado
alrededor de la muñeca. De la contemplación del crucifijo, María se
nutre de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
María suspira por el día en que recibirá la
Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta
los once años, pero un día le pregunta a su madre: "Mamá, ¿cuándo tomaré
la Comunión?. Quiero a Jesús". "¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el
catecismo? Además, no sabes leer, ni tenemos dinero para comprarte el
vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre."
"¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin
Jesús!" "Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar
como una pequeña ignorante." Finalmente, María encuentra un medio de
prepararse con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo acude
en su ayuda para proporcionarle ropa de comunión. Recibe la Eucaristía
el 29 de mayo de 1902. |
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Su
amor a la castidad |
La recepción de la Eucaristía
aumenta su amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de
conservar esa virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un
intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus
compañeras, le dice con indignación a su madre: "Mamá, ¡qué mal habla
esa niña!". "Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones". "No
quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...", y la
palabra "morir" queda entre sus labios. Un mes más tarde, la voz de su
sangre terminará la frase. |
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Las
dificultades y el mal presentimiento |
Al entrar al servicio del conde
Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su
hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero
la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con
Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y
carente de discreción en sus palabras. Después de la muerte de Luigi,
Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los
Serenelli. María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por
apoyar a su madre: ––Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos
mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos
ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre
está en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni
de la instrucción religiosa de los más pequeños. María se encarga de
todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la
mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su
obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte,
Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de
Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de
diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su
habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho
de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de
los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a
su esposa: ––¡Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está
endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento. |
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Alessandro |
Al estar en contacto con los
Goretti, algunos sentimientos religiosos han hecho mella en Alessandro.
A veces se suma al rezo del rosario que realizan en familia, y los días
de fiesta asiste a Misa. Incluso se confiesa de vez en cuando. Pero todo
ello no impide que haga proposiciones deshonestas a la inocente María,
que en un principio no las comprende. Más tarde, al adivinar las
intenciones del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la
adulación y las amenazas. Suplica a su madre que no la deje sola en
casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico,
pues Alessandro la ha amenazado: "Si le cuentas algo a tu madre, te
mato". Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María
pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no
recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede
importancia a aquella súplica. |
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Intento deshonesto y atentado de asesinato |
El 5 de julio, a unos cuarenta
metros de la casa, están trillando las habas en la era. Alessandro lleva
un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las
habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento
en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice: "Assunta,
¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?". Sin
sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la
cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de
comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
"¡María!", grita Alessandro. "¿Qué quieres?". "Quiero que me sigas".
"¿Para qué?". "¡Sígueme!". "Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del
brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña
grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la
víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se
pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia
arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita: "No
hagas eso, que es pecado... Irás al infierno." Poco cuidadoso del juicio
de Dios, el desgraciado levanta el arma: "Si no te dejas, te mato". Ante
aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a
gritar: "¡Dios mío! ¡Mamá!", y cae al suelo. Creyéndola muerta, el
asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla
gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa
otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación.
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|
No
consiguió matarla |
María ha recibido catorce
heridas graves y se ha desvanecido. Al recobrar el conocimiento, llama
al señor Serenelli: "¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga." Casi
al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito
estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano:
"Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama". En aquel momento,
Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo
que se presenta ante sus ojos, exclama: "¡Assunta, y tú también, Mario,
venid!". Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la
escalera a toda prisa. La madre llega también: "¡Mamá!", gime María.
"¡Es Alessandro, que quería hacerme daño!". Llaman al médico y a los
guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy
excitados, den muerte a Alessandro en el acto. |
|
En el
hospital no hay nada que hacer |
Después de un largo y penoso
viaje en ambulancia, hacia las ocho de la tarde, llegan al hospital. Los
médicos se sorprenden de que la niña todavía no haya sucumbido a sus
heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón
izquierdo, el diafragma y el intestino. Al comprobar que no tiene cura,
mandan llamar al capellán. María se confiesa con toda lucidez. Después,
los médicos le prodigan sus cuidados durante dos horas, sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a
la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consigue que le
permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas
para consolarla: "Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están
mis hermanos y hermanas?". |
|
No
había cumplido los doce años |
A María la devora la sed: "Mamá,
dame una gota de agua". "Mi pobre María, el médico no quiere, porque
sería peor para ti". Extrañada, María sigue diciendo: "¿Cómo es posible
que no pueda beber ni una gota de agua?". Luego, dirige la mirada sobre
Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y se resigna. El
capellán del hospital la asiste paternalmente y, en el momento de darle
la sagrada Comunión, la interroga: "María, ¿perdonas de todo corazón a
tu asesino?". Ella, reprimiendo una instintiva repulsión, le responde:
"Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga
conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone,
porque yo ya lo he perdonado." En medio de esos sentimientos, los mismos
que tuvo Jesucristo en el Calvario, María recibe la Eucaristía y la
Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
El final se acerca. Se le oye decir: "Papá". Finalmente, después de una
postrera llamada a María, entra en la gloria inmensa del paraíso. Es el
día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde. No había cumplido los
doce años. |
|
Conversión del asesino |
El juicio de Alessandro tiene
lugar tres meses después del drama. Aconsejado por su abogado, confiesa:
"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada.
Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Es condenado a treinta
años de trabajos forzados. Aparenta no sentir ningún remordimiento del
crimen. A veces se le oye gritar: "¡Anímate, Serenelli, dentro de
veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Pero María desde el
Cielo no lo olvida. Unos años más tarde, monseñor Blandini, obispo de la
diócesis donde está la prisión, siente la inspiración de visitar al
asesino para encaminarlo al arrepentimiento. "Es muy terco, está usted
perdiendo el tiempo, Monseñor", afirma el carcelero. Alessandro recibe
al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico
perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja
alcanzar por la gracia. Después de salir el prelado, llora en la soledad
de la celda, ante la estupefacción de los carceleros. |
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Franciscano declara en el proceso de beatificación de María |
Una noche, María se le aparece
en sueños, vestida de blanco en los jardines del paraíso. Trastornado,
Alessandro escribe a monseñor Blandino: "Lamento sobre todo el crimen
que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre
niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor,
sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a
Dios públicamente, y a la pobre familia, por el enorme crimen que
cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la
tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le
devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena.
Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos,
mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de
san Francisco. Gracias a su buena disposición, Alessandro es llamado
como testigo en el proceso de beatificación de María. Resulta algo muy
delicado y penoso para él, pero confiesa: "Debo reparación, y debo hacer
todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía.
Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera
mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que
sufrir por mi causa". |
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El
asesino y la madre |
En la Navidad de 1937, se dirige
a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus
hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la
madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando.
"Assunta, ¿puede perdonarme?". "Si María te perdonó, ¿cómo no voy a
perdonarte yo?". El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se
ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la
Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta. |
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Santa
María Goretti |
La fama de María Goretti se
extendía cada vez más y fueron apareciendo numerosas muestras de
santidad. Después de largos estudios, la Santa Sede la canonizó el 24 de
junio de 1950 en una ceremonia que se tuvo que realizar en la Plaza de
San Pedro debido a la gran cantidad de asistentes. En la ceremonia de
canonización acompañaron a Pío XII la madre, dos hermanas y un hermano
de María. Durante esta ceremonia Su Santidad Pío XII exaltó la virtud de
la santa y sus estudiosos afirman que por la vida que llevó aún cuando
no hubiera sido mártir habría merecido ser declarada santa. Sus restos
mortales descansan en el santuario de Nettuno de los pasionistas.
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Un
ejemplo que debe ser permanente |
En la homilía pronunciada por el
papa Pío XII en la festividad de Santa María Goretti como mártir el 6 de
julio de 1959, entresacamos unos párrafos: «De todo el mundo es conocida
la lucha con que tuvo que enfrentarse, indefensa, esta virgen; una
turbia y ciega tempestad se alzó de pronto contra ella, pretendiendo
manchar y violar su angélico candor. (...) Fortalecida por la gracia del
cielo, a la que respondió con una voluntad fuerte y generosa, entregó su
vida sin perder la gloria de la virginidad.
»En la vida de esta humilde doncella, tal cual
la hemos resumido en breves trazos, podemos contemplar un espectáculo no
sólo digno del cielo, sino digno también de que lo miren, llenos de
admiración y veneración, los hombres de nuestro tiempo. Aprendan los
padres y madres de familia cuán importante es el que eduquen a los hijos
que Dios les ha dado en la rectitud, la santidad y la fortaleza, en la
obediencia a los preceptos de la religión católica, para que, cuando su
virtud se halle en peligro, salgan de él victoriosos, íntegros y puros,
con la ayuda de la gracia divina. Aprenda la alegre niñez, aprenda la
animosa juventud a no abandonarse lamentablemente a los placeres
efímeros y vanos, a no ceder ante la seducción del vicio, sino, por el
contrario, a luchar con firmeza, por muy arduo y difícil que sea el
camino que lleva a la perfección cristiana, perfección a la que todos
podemos llegar tarde o temprano con nuestra fuerza de voluntad, ayudada
por la gracia de Dios, esforzándonos, trabajando y orando.
»No todos estamos llamados a sufrir el
martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución de esta virtud
cristiana. Pero esta virtud requiere una fortaleza que, aunque no llegue
a igualar el grado cumbre de esta angelical doncella, exige, no
obstante, un largo, diligentísimo e ininterrumpido esfuerzo, que no
terminará sino con nuestra vida. Por esto, semejante esfuerzo puede
equipararse a un lento y continuado martirio, al que nos amonestan
aquellas palabras de Jesucristo: El reino de los cielos se abre paso a
viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo arrebatan.
»Animémonos todos a esta lucha cotidiana,
apoyados en la gracia del cielo; sírvanos de estímulo la santa virgen y
mártir María Goretti; que ella, desde el trono celestial, donde goza de
la felicidad eterna, nos alcance del Redentor divino, con sus oraciones,
que todos, cada cual según sus peculiares condiciones, sigamos sus
huellas ilustres con generosidad, con sincera voluntad y con auténtico
esfuerzo.» |
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Vocación a la santidad y fortaleza |
La influencia de María Goretti
continúa en nuestros días. El Papa Juan Pablo II la presenta
especialmente como modelo para los jóvenes: "Nuestra vocación por la
santidad, que es la vocación de todo bautizado, se ve alentada por el
ejemplo de esta joven mártir. Miradla sobre todo vosotros los
adolescentes, vosotros los jóvenes. Sed capaces, como ella, de defender
la pureza del corazón y del cuerpo; esforzaos por luchar contra el mal y
el pecado, alimentando vuestra comunión con el Señor mediante la
oración, el ejercicio cotidiano de la mortificación y la escrupulosa
observancia de los mandamientos" (29.IX.91). La realidad y el poder de
la ayuda divina se manifiestan de una manera particularmente tangible en
los mártires. Elevándolos al honor de los altares, "la Iglesia ha
canonizado su testimonio y declara verdadero su juicio, según el cual el
amor implica obligatoriamente el respeto de sus mandamientos, incluso en
las circunstancias más graves, y el rechazo de traicionarlos, aunque
fuera con la intención de salvar la propia vida" (Veritatis splendor,
n. 91). Indudablemente, pocas personas son llamadas a padecer el
martirio de la sangre. Sin embargo, ante las múltiples dificultades, que
incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad
al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de
Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud
de la fortaleza, que –como enseña san Gregorio Magno– le capacita para
amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno" (id,
93). |
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Renunciar a todo y no perder a Cristo |
Por eso el Papa no teme decir a
los jóvenes: "No tengáis miedo de ir contracorriente, de rechazar los
ídolos del mundo". y explica: "Mediante el pecado, damos la espalda a
Dios, nuestro único bien, y elegimos ponernos del lado de los ídolos que
nos conducen a la muerte ya la condenación eterna, al infierno". María
Goretti "nos alienta a experimentar la alegría de los pobres que saben
renunciar a todo con tal de no perder lo único que es necesario: la
amistad de Dios... Queridos jóvenes, escuchad la voz de Cristo que os
llama, también a vosotros, al estrecho sendero de la santidad"
(29.IX.91).
Santa María Goretti nos recuerda que "el
estrecho sendero de la santidad" pasa por la fidelidad a la virtud de la
castidad. "Para algunas personas que se hallan en ambientes donde se
ofende y se desacredita la castidad –escribe el cardenal López
Trujillo–, vivir castamente puede exigir una dura lucha, a veces
heroica. De todas formas, con la gracia de Cristo, que se desprende de
su amor de Esposo por la Iglesia, todos pueden vivir castamente, incluso
si se hallan en circunstancias poco favorables a ello."
"Que la alegre infancia y la ardiente juventud
aprendan a no abandonarse desesperadamente a los gozos efímeros y vanos
de la voluptuosidad, ni a los placeres de los vicios embriagadores que
destruyen la apacible inocencia, engendran sombría tristeza y debilitan
más pronto o más tarde las fuerzas del espíritu y del cuerpo", advertía
el Papa Pío XII con motivo de la canonización de Santa María Goretti. El
Catecismo de la Iglesia católica recuerda lo siguiente: "O el hombre
controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se
hace desgraciado" (n. 2339). |
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Esperanza en la Providencia con amor al prójimo y dignidad de mujer |
Para poder crear un clima
favorable a la castidad, es importante practicar la modestia y el pudor
en la manera de hablar, de actuar y de vestir. Con esas virtudes, la
persona es respetada y amada por sí misma, en lugar de ser contemplada y
tratada como objeto de placer. Siguiendo el ejemplo de María Goretti,
los jóvenes pueden descubrir "el valor de la verdad que libera al hombre
de la esclavitud de las realidades materiales", y podrán "descubrir el
gusto por la auténtica belleza y por el bien que vence al mal" (Juan
Pablo II, id).
Con ocasión del centenario de su muerte, el 30
de junio de 2002, el cardenal Sergio Sebastiani ilustró las virtudes de
esta santa: «Confianza en la providencia, amor hacia el prójimo, rechazo
de la violencia y respeto de la propia dignidad de mujer, oración y
unión con Dios, heroísmo del perdón por amor a Cristo, fe en la vida
ultraterrena».
«El martirio de "Marietta" –como era conocida
por sus familiares y amigos– es el culmen de un itinerario humano y
espiritual que había llegado a la radicalidad evangélica en la
cotidianidad de su vida de preadolescente y por esto mantiene todavía
hoy actualidad y frescura». |
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Una
santidad que no se improvisa |
«Estas opciones, como la de
entregar la vida a Cristo y perdonar al agresor no se dan por
casualidad: la santidad no se improvisa». «La pureza de la niña, su
capacidad de perdón y la conversión del asesino son temas de reflexión
no sólo para los creyentes, sino también para quien no cree porque
ayudan a cultivar una dimensión "elevada" de la vida.»
Para el biógrafo de la santa, el padre
Giovanni Alberti, de la Congregación de los Pasionistas, a los que está
confiado el Santuario de Nettuno dedicado a María Goretti, la santa es
un modelo que hay que «proponer a los adolescentes de hoy porque,
enamorada de Cristo, le supo seguir de modo radical». «Sus gestos, sus
opciones, su tacto hacia el agresor son los de una niña que ha sabido
comportarse como una mujer, pequeña mujer orgullosa de serlo».
(cortesía de fluvium.org) |
Luigi y María Beltrame: Primer matrimonio
beatificado
Un abogado del Estado y una profesora han subido
juntos a los altares igual que lo hiceran a la basílica romana de Santa María
Mayor el 25 de noviembre de 1905 para contraer matrimonio.
Juan
Pablo II ha manifestado su alegría pues, «por
primera vez dos esposos llegan a la meta de la beatificación». Luigi
(1880-1951) y María (1884-1965) Beltrame Quattrochi, originarios de Roma,
fueron un matrimonio feliz.
María era profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias
asociaciones (Acción Católica, Scout, etc.). Luigi fue un brillante abogado
que culminó su carrera siendo vice-abogado general del Estado italiano.
Estuvieron casados durante cincuenta años y tuvieron cuatro hijos: Filippo
(hoy padre Tarcisio), nacido en 1906; Stefania (sor Maria Cecilia), nacida en
1908 y fallecida en 1993; Cesare (hoy padre Paolino), nacido en 1909; y
Enrichetta, la menor, que nació en 1914. Dos de ellos, Filippo y Cesare, se
encontraban entre los sacerdotes que concelebraron la Misa de beatificación
con el Papa. La tercera, Enrichetta, se sentaba entre los peregrinos que
llenaron hasta los topes el templo más grande de la cristiandad.
El Papa subrayó que la primera beatificación de un matrimonio llega justo «en
el vigésimo aniversario de la exhortación apostólica «Familiaris Consortio»,
que puso de manifiesto el papel de la familia, particularmente amenazado en la
sociedad actual». Recién licenciado en Derecho, el joven siciliano tuvo la
suerte de descubrir a una muchacha florentina alegre y decidida, que no
dudaría en ejercer como enfermera voluntaria en la guerra de Etiopía y en la
Segunda Guerra Mundial. Luigi y María eran una familia acomodada y a la vez
generosa, que supo acoger en su casa romana a muchos refugiados durante el
último gran conflicto y organizar grupos de «scouts» con muchachos de los
barrios pobres de Roma durante la postguerra.
Pero eran, sobre todo, una pareja normal -con las aficiones típicas de la
clase media romana desde la política hasta la música-, que se apoyaban el uno
en el otro para sacar adelante a sus cuatro hijos. Por su cargo de abogado del
Estado, Luigi conoció a los grandes políticos de la postguerra mientras que
María fue profesora y escritora. No fundaron ninguna orden religiosa, ni
tuvieron experiencias místicas, pero convirtieron su trabajo en servicio
habitual a los demás y volcaron todo su cariño en la vida familiar hasta la
muerte de Luigi, en 1951 y de María en 1965. La santidad de ambos creció en
pareja pues, de hecho, antes de casarse, Luigi Beltrame Quattrocchi no vivía
su fe cristiana con especial fervor.
La vocación religiosa prendió, en cambio, muy pronto en sus cuatro hijos, tres
de los cuales viven todavía y acudirán mañana a la ceremonia en la Plaza de
San Pedro. Según Tarsicio, sacerdote diocesano de 95 años, «nuestra vida
familiar era muy normal» mientras que Paolino, padre trapense de 92 años,
recuerda «el ambiente ruidoso y alegre de nuestra casa, sin beaterías o
ñoñerías». Enrichetta, que tiene 87 años y se consagró privadamente a Dios,
asegura que sus padres no discutieron jamás delante de los hijos. «Es lógico
que hayan tenido divergencias, pero nosotros nunca las vimos. Los problemas
los resolvían hablando entre ellos».
El heroismo de la pareja se puso a prueba cuando esperaban a Enrichetta, la
última de sus dos hijas, y los médicos diagnosticaron una complicación
gravísima que aconsejaba abortar. Uno de los mejores ginecólogos de Roma les
dijo que las posibilidades de supervivencia de la madre eran de un 5 por
ciento, pero ambos prefirieron arriesgar. Enrichetta nació en 1914 y agradece
a sus padres «aquel acto de heroismo cristiano».
Los dos nuevos beatos, explicó el Papa durante la homilía de la beatificación,
vivieron «una vida ordinaria de manera extraordinaria». «Entre las alegrías y
las preocupaciones de una familia normal, supieron realizar una existencia
extraordinariamente rica de espiritualidad. En el centro, la eucaristía
diaria, a la que se añadía la devoción filial a la Virgen María, invocada con
el Rosario recitado todas las noches, y la referencia a sabios consejos
espirituales».
«Estos esposos vivieron a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana el
amor conyugal y el servicio a la vida --añadió el Santo Padre--. Asumieron con
plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación,
dedicándose generosamente a los hijos para educarles, guiarles, orientales, en
el descubrimiento de su designio de amor».
En la historia hay otros casos de santidad de matrimonios reconocidos
oficialmente por la Iglesia. Es la primera vez, sin embargo, que la ceremonia
de beatificación se realiza de manera conjunta. La beatificación se convirtió
en el momento culminante de la fiesta de la familia que ha organizado este fin
de semana la Iglesia católica en Italia, al cumplirse los veinte años de la
publicación de la exhortación apostólica «Familiaris Consortio», el documento
sobre la vida matrimonial más importante escrito por Juan Pablo II. En la
tarde del sábado anterior, 50 mil personas se habían congregado en la plaza de
San Pedro para participar con el obispo de Roma en un encuentro de fiesta,
oración y testimonio. El pontífice pidió en esa circunstancia «un decidido
salto de calidad en la programación de las políticas sociales» a favor de la
familia y volvió a recordar que la familia no puede ser equiparada a otro tipo
de formas de convivencia.
La fiesta, sin embargo, quedó algo estropeada por una torrencial lluvia que
azotó la plaza de San Pedro con ráfagas violentas. Por este motivo, a última
hora, se decidió celebrar la misa en la Basílica del Vaticano. La fachada de
Maderno reservó en esos momentos un espectáculo único: miles de peregrinos,
que se resguardaban del aluvión tratándose de cubrir con sillas, entraron en
masa mojados hasta los topes en la gran basílica. Al final de la celebración,
antes de presidir la oración mariana del «Angelus», Juan Pablo II condenó con
palabras durísimas la violencia que ha tenido lugar estos tres últimos días en
Belén y presentó a la familia como un signo de esperanza en este mundo
atenazado por el miedo a los atentados y la violencia. «La familia, de hecho
--dijo--, anuncia el Evangelio de la esperanza con su misma constitución, pues
se funda sobre la recíproca confianza y sobre la fe en la Providencia. La
familia anuncia la esperanza, pues es el lugar en el que brota y crece la
vida, en el ejercicio generoso y responsable de la paternidad y de la
maternidad». «Una auténtica familia, fundada en el matrimonio, es en sí misma
una "buena noticia" para el mundo», concluyó.
Su hijo Cesare Beltrame Quattrocchi, de 92 años, quien al abrazar la vida
religiosa asumió el nombre de Paolino, recuerda con sencillez la figura de sus
padres. «Si bien nunca había imaginado que un día serían proclamados santos
por la Iglesia, puedo afirmar sinceramente que siempre percibí la
extraordinaria espiritualidad de mis padres. En casa, siempre se respiró un
clima sobrenatural, sereno, alegre, no beato. Independientemente de la
cuestión que debíamos afrontar, siempre la resolvían diciendo que había que
hacerlo «de tejas para arriba». Entre papá y mamá se dio una especie de
carrera en el crecimiento espiritual. Ella comenzó en la parrilla de salida,
pues vivía ya una intensa experiencia de fe, mientras que él era ciertamente
un buen hombre, recto y honesto, pero no muy practicante. A través de la vida
matrimonial, con la decisiva ayuda de su director espiritual, también él se
echó a correr y ambos alcanzaron elevadas metas de espiritualidad. Por poner
un ejemplo: mamá contaba cómo, cuando comenzaron a participar diariamente en
la misa matutina, papá le decía «buenos días» al salir de la iglesia, como si
sólo entonces comenzara la jornada. De las numerosas cartas que se dirigieron,
que hemos podido encontrar y ordenar, emerge toda la intensidad de su amor.
Por ejemplo, cuando mi padre se iba de viaje a Sicilia, era suficiente que
llegara a Nápoles para que enviara un mensaje, en el que contaba a su mujer lo
mucho que la echaba de menos. Este amor se transmitía tanto hacia dentro
--durante los primeros años de matrimonio vivían también en nuestro piso los
padres de ambos y los abuelos de ella-- como hacia fuera, con la acogida de
amigos de todo tipo de ideas y ayudando a quien se encontraba en la necesidad.
La educación, que nos llevó a tres de nosotros a la consagración, era el pan
cotidiano. Todavía tengo una «Imitación de Cristo» que me regaló mi madre
cuando tenía diez años. La dedicatoria me sigue produciendo escalofríos:
«Acuérdate de que a Cristo se le sigue, si es necesario, hasta la muerte».
Esta causa de beatificación ha sido también especial por otro motivo: la
Congregación para las causas de los santos aceptó un sólo milagro para los dos
siervos de Dios. Según revela el postulador -el padre Rossi-, se trata de
Gilberto Grossi, un joven que hoy es neurocirujano, pero que en el momento en
el que lo experimentó trabajaba en la casa Beltrame Quattrocchi catalogando
los escritos de los dos esposos. «Su invocación a Dios por la curación de
alteraciones óseas, que con frecuencia le obligaban a permanecer inmóvil, fue
dirigida por intercesión de ambos cónyuges», revela el postulador. «Al
reconocer su "común intercesión" --concluye el postulador--, podemos decir que
los teólogos han subrayado que los esposos no sólo están unidos en una
dimensión humana, sino también espiritual». Rossi explica que «Luigi y María
no tenían aparentemente nada de "extraordinario". Lo que les distingue es la
"manera extraordinaria" con la que vivieron». «Los dos esposos fueron
cristianos convencidos, coherentes y fieles a su propio bautismo; supieron
acoger el proyecto de Dios sobre ellos y respetaron su prioridad; fueron
personas de gran caridad, entre sí, con los hijos y con el prójimo,
promoviendo el bien y la justicia; fueron personas de esperanza, que supieron
dar el justo significado de las realidades terrenas, con la mirada puesta
siempre en la eternidad». Según el padre Rossi, estos dos nuevos beatos dejan
al mundo un «mensaje de esperanza, consuelo y apoyo a la familia cristiana,
asaltada hoy por tantos problemas y asediada en sus valores fundamentales, en
su ideal, en su configuración genuina».
Cuando se aprobó la causa de beatificación conjunta del primer matrimonio en
la historia de la Iglesia, a la Congregación vaticana para las Causas de los
Santos le surgió un problema: ¿cuándo se celebrará su fiesta? En general, la
fiesta de los beatos y santos suele celebrarse el día de su muerte, día de su
abrazo con Dios. ¿Debería celebrarse en fechas diferentes la memoria de Luigi
y Maria Beltrame Quattrocchi creando así dos fiestas? Juan Pablo II, que desde
hacía años soñaba con poder beatificar a una pareja, tomó entonces una
decisión revolucionaria: la fiesta de los dos beatos se celebraría
conjuntamente en un mismo día, en el aniversario de su boda. Y dado que Luigi
y María contrajeron matrimonio el 25 de noviembre de 1905, en este año se
celebra por primera vez su memoria. Por el momento, la fiesta sólo se celebra
en Roma, la diócesis de los nuevos beatos, pues la beatificación, que el Papa
celebró el pasado 21 de octubre, tiene carácter local. Dado que en este
domingo se celebraba Cristo Rey, las parroquias romanas recordarán a sus
beatos este lunes. En caso de que sean canonizados, entonces la fiesta
alcanzará un carácter universal.
Tomado de Juan Vicente Boo, corresponsal ABC, 20.X.01, y de Zenit ZS01102106,
ZS01102107, ZS01102205, y ZS01112510.
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