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DIRECTORIO GENERAL
PARA LA CATEQUESIS
EN LA IGLESIA
PARTICULAR
La catequesis en la Iglesia particular
“ Subió al monte y llamó a los que
él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él y
para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios ” (Mc 3, 13-15).
“ Bienaventurado eres Simón, hijo de
Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia ” (Mt 16,17-18). La Iglesia de Pentecostés, impulsada
por el Espíritu Santo, va engendrando las Iglesias de Jerusalén ” (Hch 8,1); “
La Iglesia de Dios que está en Corinto ” (1 Co 1,2); “ Las Iglesias de Asia ”
(1 Co 16,19); “ Las Iglesias de Judea ” (Ga 1,22); “ Las siete Iglesias: Efeso,
Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea ” (cf Ap 1,20-3,14).
Significado y
finalidad de esta parte
215. De cuanto queda expuesto en las
partes precedentes acerca de la naturaleza de la catequesis, su contenido, su
pedagogía y sus destinatarios, nace la pastoral catequética que, de hecho, se
realiza en la Iglesia particular. Esta quinta parte expone los
elementos más importantes.
216. El primer capítulo trata del
ministerio catequético y sus agentes. La catequesis es una responsabilidad
común pero diferenciada. Los obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y
fieles laicos actúan en ella según su respectiva responsabilidad y carismas.
La formación de
los catequistas, analizada en el segundo capítulo, es elemento decisivo en la
acción catequizadora. Si es importante dotar a la catequesis de buenos
instrumentos de trabajo, más importante es aún preparar buenos catequistas. En el tercer capítulo se estudian
los ‘lugares’ donde, de hecho, se realiza la catequesis. En el cuarto capítulo se analizan
los aspectos más directamente organizativos de la catequesis: los organismos
responsables, la coordinación de la catequesis y algunas tareas propias del
servicio catequético. Las indicaciones y sugerencias aquí
propuestas no pueden llevarse a cabo de modo inmediato y a la vez en todos los
lugares de la Iglesia. En las naciones o regiones donde la acción catequética
no ha podido alcanzar un suficiente nivel de desarrollo, estas orientaciones y
sugerencias señalan una serie de metas a alcanzar gradualmente.
El ministerio de la
catequesis en la Iglesia particular y sus agentes
La Iglesia particular (640)
217. El anuncio, la transmisión y la
vivencia del Evangelio se realizan en el seno de una Iglesia particular (641) o
diócesis. (642) La Iglesia particular está constituida por la comunidad de los
discípulos de Jesucristo (643) que viven en un espacio sociocultural
determinado. En cada Iglesia particular “ se hace presente la Iglesia universal
con todos sus elementos esenciales ”. (644) Realmente, la Iglesia universal,
fecundada como primera célula el día de Pentecostés por el Espíritu Santo, “ da
a luz a las Iglesias particulares como hijas y se expresa en ellas ”. (645) La
Iglesia universal, como Cuerpo de Cristo, se manifiesta así como “ Cuerpo de
las Iglesias ”. (646)
218. El anuncio del Evangelio y la
Eucaristía son los dos pilares sobre los que se edifica y en torno a los cuales
se congrega la Iglesia particular. Al igual que la Iglesia universal, también “
ella existe para evangelizar ”. (647) La catequesis es una acción
evangelizadora básica de toda Iglesia particular. Mediante ella, la diócesis
ofrece a todos sus miembros y a todos los que se acercan con el deseo de
entregarse a Jesucristo, un proceso formativo que les permita conocer,
celebrar, vivir y anunciar el Evangelio dentro de su propio horizonte cultural.
De esta manera, la confesión de fe, meta de la catequesis, puede ser proclamada
por los discípulos de Cristo “ en su propia lengua ” (648) Como en Pentecostés,
hoy también la Iglesia de Cristo, “ presente y operante ” (649) en las Iglesias
particulares, “ habla todas las lenguas ” (650) ya que, cual árbol que crece,
echa sus raíces en todas las culturas.
El ministerio de la
catequesis en la Iglesia particular
219. En el conjunto de ministerios y
servicios, con los que la Iglesia particular realiza su misión evangelizadora,
ocupa un lugar destacado el ministerio de la catequesis. (651) En él
cabe señalar los rasgos siguientes: a) En la Diócesis la catequesis es
un servicio único, (652) realizado de modo conjunto por presbíteros,
diáconos, religiosos y Laicos, en comunión con el obispo. Toda la comunidad
cristiana debe sentirse responsable de este servicio. Aunque los sacerdotes,
religiosos y laicos realizan en común la catequesis, lo hacen de manera
diferenciada, cada uno según su particular condición en la Iglesia (ministros
sagrados, personas consagradas, fieles cristianos) (653) A través de ellos, en
la diversidad de sus funciones, el ministerio catequético ofrece de modo pleno
la palabra y el testimonio completos de la realidad eclesial. Si faltase alguna
de estas formas de presencia la catequesis perdería parte de su riqueza y
significación. b) Se trata, por otra parte, un
servicio eclesial, indispensable para el crecimiento de la Iglesia. No es una
acción que pueda realizarse en la comunidad a título privado o por iniciativa
puramente personal. Se actúa en nombre de la Iglesia, en virtud de la misión
confiada por ella. c) El ministerio catequético tiene,
en el conjunto de los ministerios y servicios eclesiales, un carácter propio,
que deriva de la especificidad de la acción catequética dentro del proceso de
la evangelización. La tarea del catequista, como educador de la fe, difiere de
la de otros agentes de la pastoral (litúrgica, caritativa, social...) aunque,
obviamente, ha de actuar en coordinación con ellos. d) Para que el ministerio
catequético en una Diócesis sea fructífero, necesita contar con otros agentes,
no necesariamente catequistas directos, que apoyen y respalden la actividad
catequética realizando tareas que son imprescindibles, como: la formación de
catequistas, la elaboración de materiales, la reflexión, la organización y
planificación. Estos agentes, junto con los catequistas, están al servicio de
un único ministerio catequético diocesano, aunque no todos realicen las mismas
funciones, ni por el mismo título.
La comunidad cristiana y la responsabilidad de catequizar
220. La catequesis es una
responsabilidad de toda la comunidad cristiana. La iniciación cristiana, en
efecto, “ no deben procurarla solamente los catequistas o los sacerdotes, sino
toda la comunidad de los fieles ”. (654) La misma educación permanente de la fe
es un asunto que atañe a toda la comunidad. La catequesis es, por tanto, una
acción educativa realizada a partir de la responsabilidad peculiar de cada
miembro de la comunidad, en un contexto o clima comunitario rico en relaciones,
para que los catecúmenos y catequizandos se incorporen activamente a la vida de
dicha comunidad. De hecho, la comunidad cristiana
sigue el desarrollo de los procesos catequéticos, ya sea con niños, con jóvenes
o con adultos, como un hecho que le concierne y compromete directamente. (655)
Más aún, la comunidad cristiana al final del proceso catequético acoge a
los catequizados en un ambiente fraterno “ donde puedan vivir, con la mayor
plenitud posible, lo que han aprendido ”(656)
221. Pero la comunidad cristiana no sólo
da mucho al grupo de los catequizandos, sino que también recibe mucho de él.
Los nuevos convertidos, sobre todo los jóvenes y adultos, al convertirse a
Jesucristo, aportan a la comunidad que los acoge una nueva riqueza humana y
religiosa. Así, la comunidad crece y se desarrolla, ya que la catequesis no
sólo conduce a la madurez de la fe a los catequizandos, sino a la madurez de la
misma comunidad como tal. Aunque toda la comunidad cristiana
es responsable de la catequesis, y aunque todos sus miembros han de dar
testimonio de la fe, no todos reciben la misión de ser catequistas. Junto a la
misión originaria que tienen los padres respecto a sus hijos, la Iglesia confía
oficialmente a determinados miembros del Pueblo de Dios, especialmente
llamados, la delicada tarea de transmitir orgánicamente la fe en el seno de la
comunidad. (657)
El Obispo, primer responsable de la catequesis en la
Iglesia particular
222. El Concilio Vaticano II pone de
relieve la importancia eminente que, en el ministerio episcopal, tiene el
anuncio y la transmisión del Evangelio: “ Entre las principales tareas de los
obispos destaca la predicación del Evangelio ”. (658) En la realización de esta
tarea los obispos son, ante todo, “ pregoneros de la fe ” (659) tratando de
ganar nuevos discípulos para Cristo y son, al mismo tiempo, “ maestros
auténticos ” (660) transmitiendo al pueblo que se les ha encomendado la fe que
ha de profesar y vivir. En el ministerio profético de los obispos, el anuncio
misionero y la catequesis son dos aspectos íntimamente unidos. Para desempeñar
esta función los obispos reciben “ el carisma cierto de la verdad ”. (661) Los obispos son “ los primeros
responsables de la catequesis, los catequistas por excelencia ”. (662) En la
historia de la Iglesia es patente el papel preponderante de grandes y santos
obispos que marcan, con sus iniciativas y sus escritos, el período más
floreciente de la institución catecumenal. Concebían a la catequesis como una
de las tareas básicas de su ministerio. (663)
223. Esta preocupación por la
actividad catequética llevará al obispo a asumir “ la alta dirección de la
catequesis ” (664) en la Iglesia particular, lo que implica entre otras cosas: — Asegurar en su Iglesia la
prioridad efectiva de una catequesis activa y eficaz, “ promoviendo la
participación de las personas, de los medios e instrumentos, así como de los
recursos económicos necesarios ”. (665) — Ejercer la solicitud por la
catequesis con una intervención directa en la transmisión del Evangelio a los
fieles, velando al mismo tiempo por la autenticidad de la confesión de fe y por
la calidad de los textos e instrumentos que deban utilizarse. (666) — “ Suscitar y mantener una
verdadera mística de la catequesis, pero una mística que se encarne en una
organización adecuada y eficaz ” (667) actuando con el convencimiento profundo
de la importancia de la catequesis para la vida cristiana de una Diócesis. — Cuidar de que “ los catequistas se
preparen de la forma debida para su función, de suerte que conozcan con
claridad la doctrina de la Iglesia y aprendan teórica y prácticamente las leyes
psicológicas y las disciplinas pedagógicas ” (668) — Establecer en la diócesis un
proyecto global de catequesis, articulado y coherente, que responda a las
verdaderas necesidades de los fieles y que esté convenientemente ubicado en los
planes pastorales diocesanos. Tal proyecto ha de estar coordinado, igualmente,
en su desarrollo, con los planes de la Conferencia episcopal.
Los presbíteros,
pastores y educadores de la comunidad cristiana
224. La función propia del
presbítero en la tarea catequizadora brota del sacramento del Orden que ha
recibido. “ Por el sacramento del Orden, los presbíteros se configuran con
Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo
su Cuerpo que es la Iglesia, como cooperadores del orden episcopal ”. (669) Por
esta ontológica configuración con Cristo, el ministerio de los presbíteros es
un servicio configurador de la comunidad, que coordina y potencia los demás
servicios y carismas. En relación con la catequesis, el
sacramento del Orden constituye a los presbíteros en “ educadores en la fe ”.
(670) Tratan, por ello, de que los fieles de la comunidad se formen
adecuadamente y alcancen la madurez cristiana. (671) Sabiendo, por
otra parte, que su “ sacerdocio ministerial ” (672) está al servicio del “
sacerdocio común de los fieles ”. (673) los presbíteros fomentan la vocación y
la tarea de los catequistas, ayudándoles a realizar una función que brota del
Bautismo y se ejerce en virtud de una misión que la Iglesia les confía. Los
presbíteros llevan a cabo, de esta manera, la recomendación del Concilio
Vaticano II, cuando les pide que “ reconozcan y promuevan la dignidad de los
laicos y la parte que les corresponde en la misión de la Iglesia. (674)
225. Más en concreto, destacan como
tareas propias del presbítero en la catequesis, y particularmente del párroco,
las siguientes: (675) — suscitar en la comunidad cristiana
el sentido de la común responsabilidad hacia la catequesis, como tarea que a todos
atañe, así como el reconocimiento y aprecio hacia los catequistas y su misión; — cuidar la orientación de fondo de
la catequesis y su adecuada programación, contando con la participación activa
de los propios catequistas, y tratando de
que esté “ bien estructurada y bien orientada ”. (676) — fomentar y discernir vocaciones
para el servicio catequético y, como catequista de catequistas, cuidar la
formación de éstos, dedicando a esta tarea sus mejores desvelos; — integrar la acción catequética en
el proyecto evangelizador de la comunidad y cuidar, en particular, el vínculo
entre catequesis, sacramentos y liturgia; — garantizar la vinculación de la
catequesis de su comunidad con los planes pastorales diocesanos, ayudando a los
catequistas a ser cooperadores activos de un proyecto diocesano común. La experiencia atestigua que la
calidad de la catequesis de una comunidad depende, en grandísima parte, de la
presencia y acción del sacerdote.
Los padres de familia, primeros educadores de la fe de
sus hijos (677)
226. El testimonio de vida
cristiana, ofrecido por los padres en el seno de la familia, llega a los niños
envuelto en el cariño y el respeto materno y paterno. Los hijos perciben y
viven gozosamente la cercanía de Dios y de Jesús que los padres manifiestan,
hasta tal punto, que esta primera experiencia cristiana deja frecuentemente en
ellos una huella decisiva que dura toda la vida. Este despertar religioso
infantil en el ambiente familiar tiene, por ello, un carácter “ insustituible
”(678) Esta primera iniciación se consolida
cuando, con ocasión de ciertos acontecimientos familiares o en fiestas
señaladas, “ se procura explicar en familia el contenido cristiano o religioso
de esos acontecimientos ”. (679) Esta iniciación se ahonda aún más si los padres
comentan y ayudan a interiorizar la catequesis más sistemática que sus hijos,
ya más crecidos, reciben en la comunidad cristiana. En efecto, “ la
catequesis familiar precede, acompaña y enriquece toda otra forma de catequesis
”. (680)
227. Los padres reciben en el
sacramento del matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación
cristiana de sus hijos, (681) a los que testifican y transmiten a la
vez los valores humanos y religiosos. Esta acción educativa, a un tiempo humana
y religiosa, es un “ verdadero ministerio ” (682) por medio del cual se
transmite e irradia el Evangelio hasta el punto de que la misma vida de familia
se hace itinerario de fe y escuela de vida cristiana. Incluso, a medida que los
hijos van creciendo, el intercambio es mutuo y, “ en un diálogo catequético de
este tipo, cada uno recibe y da ”. (683) Por ello es preciso que la comunidad
cristiana preste una atención especialísima a los padres. Mediante contactos
personales, encuentros, cursos e, incluso, mediante una catequesis de adultos
dirigida a los padres, ha de ayudarles a asumir la tarea, hoy especialmente
delicada, de educar en la fe a sus hijos. Esto es aún más urgente en los
lugares en los que la legislación civil no permite o hace difícil una libre
educación en la fe. (684) En estos casos, la “ iglesia doméstica ”
(685) es, prácticamente, el único ámbito donde los niños y los jóvenes pueden
recibir una auténtica catequesis.
Los religiosos en
la catequesis
228. La Iglesia convoca particularmente
a las personas de vida consagrada a la actividad catequética y desea “ que las
comunidades religiosas dediquen el máximo de sus capacidades y de sus
posibilidades a la obra específica de la catequesis ” (686) La aportación peculiar de los religiosos,
de las religiosas y de los miembros de sociedades de vida apostólica a la
catequesis brota de su condición específica. La profesión de los consejos
evangélicos, que caracteriza a la vida religiosa, constituye un don para toda
la comunidad cristiana. En la acción catequética diocesana, su aportación
original y específica nunca podrá ser suplida por la de los sacerdotes y
laicos. Esta contribución original brota del testimonio público de su
consagración, que les convierte en signo viviente de la realidad del Reino: “
La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la
Iglesia es lo que caracteriza la vida consagrada a Dios ” (687) Aunque los
valores evangélicos deben ser vividos por todo cristiano, las personas de vida
consagrada “ encarnan la Iglesia deseosa de entregarse a la radicalidad de las
bienaventuranzas (688) El testimonio de los religiosos, unido al testimonio de
los laicos, muestra el rostro total de la Iglesia que es, toda ella, signo el
Reino de Dios. (689)
229. “ Muchas familias religiosas,
masculinas y femeninas, nacieron para la educación cristiana de los niños y de
los jóvenes, particularmente los más abandonados ”. (690) Ese mismo carisma de
los fundadores hace que muchos religiosos y religiosas colaboren hoy en la
catequesis diocesana de adultos. En el curso de la historia siempre “ se han
encontrado muy comprometidos en la acción catequética de la Iglesia ”. (691)
Los carismas fundacionales (692)
no quedan al margen cuando ¡os religiosos participan en la tarea
catequética. Manteniendo intacto el carácter propio de la catequesis, los
carismas de las diversas comunidades religiosas enriquecen una tarea común con
unos acentos propios, muchas veces de gran hondura religiosa, social y
pedagógica. La historia de la catequesis demuestra la vitalidad que estos
carismas han proporcionado a la acción educativa de la Iglesia.
230. La acción catequética de los
fieles laicos tiene, también, un carácter peculiar debido a su particular
condición en la Iglesia: “ el carácter secular es propio de los laicos ”. (693)
Los laicos ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo, compartiendo
todo tipo de tareas con los demás hombres y mujeres, aportando a la transmisión
del Evangelio una sensibilidad y unas connotaciones específicas: “ esta
evangelización.., adquiere una nota específica por el hecho de que se realiza
dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo ”. (694) En efecto, al vivir la misma forma
de vida que aquellos a quienes catequizan, los catequistas laicos tienen una
especial sensibilidad para encarnar el Evangelio en la vida concreta de los
seres humanos. Los propios catecúmenos y catequizandos pueden encontrar en
ellos un modelo cristiano cercano en el que proyectar su futuro como creyentes.
231. La vocación del laico para la
catequesis brota del sacramento del Bautismo, es robustecida por el sacramento
de la Confirmación, gracias a los cuales participa de la “misión sacerdotal,
profética y real de Cristo ” (695) Además de la vocación común al apostolado,
algunos laicos se sienten llamados interiormente por Dios para asumir la tarea
de ser catequistas. La Iglesia suscita y discierne esta llamada divina y les
confiere la misión de catequizar. El Señor Jesús invita así, de una forma
especial, a hombres y mujeres, a seguirle precisamente en cuanto maestro y
formador de discípulos. Esta llamada personal de Jesucristo, y la relación con
El, son el verdadero motor de la acción del catequista. “ De este conocimiento
amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de evangelizar, y
de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo ” (696) Sentirse llamado a ser catequista y
recibir de la Iglesia la misión para ello, puede adquirir, de hecho, grados
diversos de dedicación, según las características de cada uno. A veces, el
catequista sólo puede ejercer este servicio de la catequesis durante un período
limitado de su vida, o incluso de modo meramente ocasional, aunque siempre como
un servicio y una colaboración preciosa. No obstante, la importancia del
ministerio de la catequesis aconseja que en la diócesis exista, ordinariamente,
un cierto número de religiosos y laicos, estable y generosamente dedicados a la
catequesis, reconocidos públicamente por la Iglesia, y que —en comunión con los
sacerdotes y el Obispo— contribuyan a dar a este servicio diocesano la
configuración eclesial que le es propia. (697)
Diversos tipos de
catequista, hoy especialmente necesarios
232. El tipo o figura del catequista
en la Iglesia presenta modalidades diversas, ya que las necesidades de la
catequesis son variadas. — “ Los catequistas de tierras de
misión ”. (698) a quienes se aplica por excelencia el título de catequista: “
sin ellos no se habrían edificado Iglesias hoy día florecientes ”. (699) Los
hay que tienen “ la función específica de la catequesis ” (700) y los hay
también que “ cooperan en las distintas formas
de apostolado ”. (701) — En algunas Iglesias de antigua
cristiandad, con gran escasez de clero, se deja sentir la necesidad de una figura
en cierto modo análoga a la del catequista de tierras de misión. Se trata, en
efecto, de hacer frente a necesidades imperiosas: la animación comunitaria de
pequeñas poblaciones rurales, carentes de la presencia asidua del sacerdote; la
conveniencia de una presencia y penetración misioneras “ en las barriadas de
las grandes metrópolis ”. (702) — En aquellas situaciones de países
de tradición cristiana que reclaman una “ nueva evangelización ”. (703) la figura
del catequista de jóvenes y la del catequista de adultos se hacen
imprescindibles para animar procesos de catequesis de iniciación. Estos
catequistas deben atender también a la catequesis permanente. En estos
menesteres el papel del sacerdote será, igualmente, fundamental. — Sigue
siendo básica la figura del catequista de niños y adolescentes, con la delicada
misión de inculcar “ las primeras nociones de catequesis y preparar para los
sacramentos de la Reconciliación, primera Comunión y Confirmación ”. (704) Esta
tarea se hace hoy aún más imperiosa cuando esos niños y adolescentes “ no
reciben en sus hogares una formación religiosa conveniente ”. (705) — Un tipo de catequista que conviene
promover es el del catequista para encuentros presacramentales. (706) destinado
al mundo de los adultos, con ocasión del Bautismo o de la primera Comunión de
los hijos, o con motivo del sacramento del Matrimonio. Es una tarea con una
originalidad propia en la que con frecuencia pueden confluir la acogida, el
primer anuncio y la posibilidad de un primer acompañamiento en la búsqueda de
la fe. — Sectores humanos de especial
sensibilidad necesitan urgentemente de otros tipos de catequista. Dichos
sectores son: las denominadas personas de la tercera edad, (707) que necesitan
una presentación del Evangelio adaptada a sus condiciones; las personas
desadaptadas y discapacitadas, que necesitan una pedagogía catequética
especial, junto a su plena integración en la comunidad; (708) los emigrantes y
las personas marginadas por la evolución moderna. (709) Otras figuras de catequista pueden
ser igualmente aconsejables. Cada Iglesia particular, al analizar su situación
cultural y religiosa, descubrirá sus propias necesidades y perfilará, con
realismo, los tipos de catequista que necesita. Es una tarea fundamental a la
hora de orientar y organizar la formación de los catequistas.
La formación para
el servicio de la catequesis
La pastoral de
catequistas en la Iglesia particular
233. Para el buen funcionamiento del
ministerio catequético en la Iglesia particular es preciso contar, ante todo,
con una adecuada pastoral de los catequistas. En ella varios aspectos deben ser
tenidos en cuenta. Se ha de tratar, en efecto, de: — Suscitar en las parroquias y
comunidades cristianas vocaciones para la catequesis. En los tiempos actuales,
en los que las necesidades de catequización son cada vez más diferenciadas, hay
que promover diferentes tipos de catequistas. “ Se requerirán, por tanto,
catequistas especializados ” . (710) Conviene determinar los criterios de
elección. — Promover un cierto número de “
catequistas a tiempo pleno ”, que puedan dedicarse a la catequesis de manera
más intensa y estable, (711) junto a la promoción de “ catequistas
de tiempo parcial ”, que ordinariamente serán los más numerosos. — Establecer una distribución más
equilibrada de los catequistas entre los sectores de destinatarios que
necesitan catequesis. La toma de conciencia de la necesidad de una catequesis
de jóvenes y adultos, por ejemplo, obligará a establecer un mayor equilibrio
respecto al número de catequistas que se dedican a Ja infancia y adolescencia. — Promover animadores responsables
de la acción catequética, que asuman responsabilidades en el nivel diocesano,
zonal o parroquial. (712) — Organizar adecuadamente la
formación de los catequistas, tanto en lo que concierne a la formación básica
inicial como a la formación permanente. — Cuidar la atención personal y
espiritual de los catequistas y del grupo de catequistas como tal. Esta acción
compete, principal y fundamentalmente, a los sacerdotes de las respectivas
comunidades cristianas. — Coordinar a los catequistas con
los demás agentes de pastoral en las comunidades cristianas, a fin de que la
acción evangelizadora global sea coherente y el grupo de catequistas no quede
aislado de la vida de la comunidad.
Importancia de la formación de los catequistas
234. Todos estos quehaceres nacen de
la convicción de que cualquier actividad pastoral que no cuente para su
realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro
su calidad. Los instrumentos de trabajo no pueden ser verdaderamente eficaces
si no son utilizados por catequistas bien formados. Por tanto, la adecuada
formación de los catequistas no puede ser descuidada en favor de la renovación
de los textos y de una mejor organización de la catequesis. (713) En consecuencia, la pastoral
catequética diocesana debe dar absoluta prioridad a la formación de los
catequistas laicos. Junto a ello, y como elemento realmente decisivo, se deberá
cuidar al máximo la formación catequética de los presbíteros, tanto en los
planes de estudio de los seminarios como en la formación permanente. Se
recomienda encarecidamente a los Obispos que esta formación sea exquisitamente
cuidada.
Finalidad y
naturaleza de la formación de los catequistas
235. La formación trata de capacitar
a los catequistas para transmitir el Evangelio a los que desean seguir a
Jesucristo. La finalidad de la formación busca, por tanto, que el catequista
sea lo más apto posible para realizar un acto de comunicación: “ La cima y el
centro de la formación de catequistas es la aptitud y habilidad de comunicar el
mensaje evangélico ”. (714) La finalidad cristocéntrica de la
catequesis, que busca propiciar la comunión con Jesucristo en el convertido,
impregna toda la formación de los catequistas. (715) Lo que ésta
persigue, en efecto, no es otra cosa que lograr que el catequista pueda animar
eficazmente un itinerario catequétíco en el que, mediante las necesarias
etapas: anuncie a Jesucristo; dé a conocer su vida, enmarcándola en el conjunto
de la Historia de la salvación; explique su misterio de Hijo de Dios, hecho
hombre por nosotros; y ayude, finalmente, al catecúmeno o al catequizando a
identificarse con Jesucristo en los sacramentos de iniciación. (716) En
la catequesis permanente, el catequista no hace sino ahondar en estos aspectos
básicos. Esta perspectiva cristológica incide
directamente en la identidad del catequista y en su preparación. “ La unidad y
armonía del catequista se deben leer desde esta perspectiva cristocéntrica, y
han de construirse en base a una familiaridad profunda con Cristo y con el
Padre en el Espíritu ”. (717)
236. El hecho de que la formación
busque capacitar al catequista para transmitir el Evangelio en nombre de la
Iglesia confiere a toda la formación una naturaleza eclesial. La formación de
los catequistas no es otra cosa que un ayudar a éstos a sumergirse en la
conciencia viva que la Iglesia tiene hoy del Evangelio, capacitándoles así para
transmitirlo en su nombre. Más en concreto, el catequista —en
su formación— entra en comunión con esa aspiración de la Iglesia que, como
esposa, “ conserva pura e íntegramente la fe prometida al Esposo ” (718) y,
como “ madre y maestra ”, quiere transmitir el Evangelio en toda su
autenticidad, adaptándolo a todas las culturas, edades y situaciones. Esta
eclesialidad de la transmisión del Evangelio impregna toda la formación de los
catequistas, confiriéndole su verdadera naturaleza.
Criterios
inspiradores de la formación de los catequistas
237. Para concebir de manera
adecuada la formación de los catequistas hay que tener en cuenta, previamente,
una serie de criterios inspiradores que configuran con diferentes acentos dicha
formación: — Se trata, ante todo, de formar
catequistas para las necesidades evangelizadoras de este momento histórico con
sus valores, sus desafíos y sus sombras. Para responder a él se necesitan
catequistas dotados de una fe profunda, (719) de una clara identidad cristiana
y eclesial (720) y de una honda sensibilidad social. (721) Todo plan formativo
ha de tener en cuenta estos aspectos. — La formación tendrá presente,
también, el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia. Se trata de
formar a los catequistas para que puedan impartir no sólo una enseñanza sino
una formación cristiana integral, desarrollando tareas de “ iniciación, de
educación y de enseñanza ”. (722) Se necesitan catequistas que sean, a un
tiempo, maestros, educadores y testigos. — El momento catequético que vive la
Iglesia invita, también, a preparar catequistas integradores, que sepan superar
“ tendencias unilaterales divergentes ” (723) y ofrecer una catequesis plena y
completa. Han de saber conjugar la dimensión veritativa y significativa de la
fe, la ortodoxia y la ortopraxis, el sentido social y eclesial. La formación ha
de ayudar a que los polos de estas tensiones se fecunden mutuamente. — La formación de los catequistas
laicos no puede ignorar el carácter propio del laico en la Iglesia y no debe
ser concebida como mera síntesis de la formación propia de los sacerdotes o de
los religiosos. Al contrario, se tendrá muy en cuenta que “ su formación recibe
una característica especial por su misma índole secular, propia del laicado, y
por el carácter propio de su espiritualidad ”. — Finalmente, la pedagogía utilizada
en esta formación tiene una importancia fundamental. Como criterio general hay
que decir que debe existir una coherencia entre la pedagogía global de la
formación del catequista y la pedagogía propia de un proceso catequético. Al
catequista le sería muy difícil improvisar, en su acción catequética, un estilo
y una sensibilidad en los que no hubiera sido iniciado durante su formación.
Las dimensiones de
la formación: el ser, el saber, el saber hacer
238. La formación de los catequistas
comprende varias dimensiones. La más profunda hace referencia al ser del
catequista, a su dimensión humana y cristiana. La formación, en efecto, le ha
de ayudar a madurar, ante todo, como persona, como creyente y como apóstol.
Después está lo que el catequista debe saber para desempeñar bien su tarea.
Esta dimensión, penetrada de la doble fidelidad al mensaje y a la persona
humana, requiere que el catequista conozca bien el mensaje que transmite y, al
mismo tiempo, al destinatario que lo recibe y al contexto social en que vive.
Finalmente, está la dimensión del saber hacer, ya que la catequesis es un acto
de comunicación. La formación tiende a hacer del catequista un educador del
hombre y de la vida del hombre. (724)
Madurez humana,
cristiana y apostólica de los catequistas
239. Apoyado en una madurez humana
inicial, (725) el ejercicio de la catequesis, constantemente
discernido y evaluado, permitirá al catequista crecer en equilibrio afectivo,
en sentido crítico, en unidad interior, en capacidad de relación y de diálogo,
en espíritu constructivo y en trabajo de equipo. (726) Se procurará,
sobre todo, hacerle crecer en el respeto y amor hacia los catecúmenos y
catequizandos: “ ¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el
amor de un padre: más aún, el de una madre.
Tal es el amor que el Señor espera
de cada anunciador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia ” (727) La formación cuidará, al mismo
tiempo, que el ejercicio de la catequesis alimente y nutra la fe del
catequista, haciéndole crecer como creyente. Por eso, la verdadera formación
alimenta, ante todo, la espiritualidad del propio catequista, (728) de
modo que su acción brote, en verdad, del testimonio de su vida. Cada tema
catequético que se imparte debe nutrir, en primer lugar, la fe del propio
catequista. En verdad, uno catequiza a los demás catequizándose antes a sí
mismo. La formación, también, alimentará
constantemente la conciencia apostólica del catequista, su sentido
evangelizador. Para ello ha de conocer y vivir el proyecto de evangelización
concreto de su Iglesia diocesana y el de su parroquia, a fin de sintonizar con
la conciencia que la Iglesia particular tiene de su propia misión. La mejor
forma de alimentar esta conciencia apostólica es identificarse con la figura de
Jesucristo, maestro y formador de discípulos, tratando de hacer suyo el celo
por el Reino que Jesús manifestó. A partir del ejercicio de la catequesis, la
vocación apostólica del catequista, alimentada con una formación permanente,
irá constantemente madurando.
La formación
bíblico-teológica del catequista
240. Además de testigo, el
catequista debe ser maestro que enseña la fe. Una formación bíblico-teológica adecuada
le proporcionará un conocimiento orgánico del mensaje cristiano, articulado en
torno al misterio central de la fe que es Jesucristo. El contenido de esta formación
doctrinal viene pedido por los elementos inherentes a todo proceso orgánico de
catequesis: — las
tres grandes etapas de la Historia de la salvación: Antiguo Testamento, vida de
Jesucristo e historia de la Iglesia; — los
grandes núcleos del mensaje cristiano: Símbolo, liturgia, moral y oración.
En el nivel propio de una enseñanza
teológica, el contenido doctrinal de la formación de un catequista es el mismo
que el que la catequesis debe transmitir. Por otra parte, la Sagrada Escritura
deberá ser “ como el alma de toda esta formación ”. (729) El Catecismo de la
Iglesia Católica, será referencia doctrinal fundamental de toda la formación,
juntamente con el Catecismo de la propia Iglesia particular o local.
241. Esta formación
bíblico-teológica debe reunir algunas cualidades: a) En primer lugar, es preciso que
sea una formación de carácter sintético, que corresponda al anuncio que se ha
de transmitir, y donde los diferentes elementos de la fe cristiana aparezcan,
trabados y unidos, en una visión orgánica que respete la “ jerarquía de
verdades ”. b) Esta síntesis de fe ha de ser tal
que ayude al catequista a madurar en su propia fe, al tiempo que le capacite
para dar razón de la esperanza en un tiempo de misión: “ Se revela hoy cada vez
más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural
dinamismo de la profundización de su fe, sino también por la exigencia de dar
razón de la esperanza que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y
complejos problemas ”. (730) c) Debe ser una formación teológica
muy cercana a la experiencia humana, capaz de relacionar los diferentes
aspectos del mensaje cristiano con la vida concreta de los hombres y mujeres, “
ya sea para inspirarla, ya para juzgarla, a la luz del Evangelio ”. (731) De
alguna forma, y manteniéndose como enseñanza teológica, debe adoptar un talante
catequético. d) Finalmente ha de ser tal que el
catequista “ pueda no sólo transmitir con exactitud el mensaje evangélico, sino
también capacitar a los mismos catequizandos para recibir ese mensaje de manera
activa y poder discernir lo que, en su vida espiritual, es conforme a la fe ”.
(732)
Las ciencias humanas en la formación de los
catequistas
242. El catequista adquiere el
conocimiento del hombre y de la realidad en la que vive por medio de las
ciencias humanas, que han alcanzado en nuestros días un incremento
extraordinario. “ Hay que conocer y emplear suficientemente en el trabajo
pastoral no sólo los principios teológicos sino también los descubrimientos de
las ciencias profanas, sobre todo en psicología y sociología, llevando así a
los fieles a una más pura y madura vida de fe ”. (733) Es necesario que el catequista entre
en contacto al menos con algunos elementos fundamentales de la psicología: los
dinamismos psicológicos que mueven al hombre, la estructura de la personalidad,
las necesidades y aspiraciones más hondas del corazón humano, la psicología
evolutiva y las etapas del ciclo vital humano, la psicología religiosa y las
experiencias que abren al hombre al misterio de lo sagrado...
Las ciencias sociales proporcionan
el conocimiento del contexto sociocultural en que vive el hombre y que afecta
decisivamente a su vida. Por eso es necesario que en la formación de los
catequistas se haga “ un análisis de las condiciones sociológicas, culturales y
económicas, en tanto que estos datos de la vida colectiva pueden tener una gran
influencia en el proceso de la evangelización ”
(734) Junto a estas ciencias recomendadas
explícitamente por el Concilio Vaticano II, otras ciencias han de estar
presentes, de un modo u otro, en la formación de los catequistas, especialmente
las ciencias de la educación y ciencias de la comunicación.
Criterios que
pueden inspirar el empleo de las ciencias humanas en la formación de los
catequistas
243. Estos son: a) El respeto a la autonomía de las
ciencias: “ La Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana y
especialmente la de las ciencias ”. (735) b) El discernimiento evangélico de
las diferentes tendencias o escuelas psicológicas, sociológicas y pedagógicas:
sus valores y sus límites. c) El estudio de las ciencias
humanas —en la formación de los catequistas— no es un fin en sí mismo. La toma
de conciencia de la situación existencial, psicológica, cultural y social del
hombre, se hace con vistas a la fe en que se le quiere educar. (736) d) La teología y las ciencias
humanas, en la formación de catequistas, deben fecundarse mutuamente. En
consecuencia hay que evitar que estas ciencias se conviertan en la única norma
para la pedagogía de la fe, prescindiendo de los criterios teológicos que
dimanan de la misma pedagogía divina. Son disciplinas fundamentales y
necesarias, pero siempre al servicio de una acción evangelizadora que no es
sólo humana. (737)
244. Junto a las dimensiones que
conciernen al ser y al saber, la formación de los catequistas, ha de cultivar
también la del saber hacer. El catequista es un educador que facilita la
maduración de la fe que el catecúmeno o el catequizando realiza con la ayuda
del Espíritu Santo. (738) Lo primero que hay que tener en
cuenta en este decisivo aspecto de la formación es respetar la pedagogía
original de la fe. En efecto, el catequista se prepara para facilitar el
crecimiento de una experiencia de fe de la que él no es dueño. Ha sido
depositada por Dios en el corazón del hombre y de la mujer. La tarea del
catequista es solo cultivar ese don, ofrecerlo, alimentarlo y ayudarlo a
crecer. (739) La formación tratará de que madure
en el catequista la capacidad educativa, que implica: la facultad de atención a
las personas, la habilidad para interpretar y responder a la demanda educativa,
la iniciativa de activar procesos de aprendizaje y el arte de conducir a un
grupo humano hacia la madurez. Como en todo arte, lo más importante es que el
catequista adquiera su estilo propio de dar catequesis, acomodando a su propia
personalidad los principios generales de la pedagogía catequética. (740)
245. Más en concreto: el catequista,
particularmente el dedicado de modo más pleno a la catequesis, habrá
de capacitarse para saber programar en el grupo de catequistas- la acción
educativa, ponderando las circunstancias, elaborando un plan realista y,
después de realizarlo, evaluándolo críticamente. (741) También ha de
ser capaz de animar un grupo, sabiendo utilizar con discernimiento las técnicas
de animación grupal que ofrece la psicología. Esta capacidad educativa y este
saber hacer, con los conocimientos, actitudes y técnicas que lleva consigo, “
pueden adquirirse mejor, si se imparten al mismo tiempo que se realizan, por
ejemplo durante las reuniones tenidas para preparar y revisar las sesiones de
catequesis ” (742) El fin y la meta ideal es procurar
que los catequistas se conviertan en protagonistas de su propio aprendizaje,
situando la formación bajo el signo de la creatividad y no de una mera
asimilación de pautas externas. Por eso debe ser una formación muy cercana a la
práctica: hay que partir de ella para volver a ella. (743)
La formación de los
catequistas dentro de las comunidades cristianas
246. Entre los cauces de formación
de los catequistas destaca, ante todo, la propia comunidad cristiana. Es en
ella donde el catequista experimenta su vocación y donde alimenta
constantemente su sentido apostólico. En la tarea de asegurar su maduración progresiva
como creyente y testigo, la figura del sacerdote es fundamental. (744)
247. Una comunidad cristiana puede
realizar varios tipos de acciones formativas en favor de sus catequistas: a) Una de ellas consiste en
alimentar constantemente la vocación eclesial de los catequistas, fomentando en
ellos la conciencia de ser enviados por la Iglesia. b) También es muy importante
procurar la maduración de la fe de los propios catequistas, a través del cauce
normal con el que la comunidad educa en la fe a sus agentes de pastoral y a los
laicos más comprometidos. (745) Cuando la fe de los catequistas no
es todavía madura, es aconsejable que participen en un proceso de tipo
catecumenal para jóvenes y adultos. Puede ser el proceso ordinario de la propia
comunidad o uno creado expresamente para ellos. c) La preparación inmediata de la
catequesis, realizada con el grupo de catequistas, es un medio formativo
excelente, sobre todo si va seguida de una evaluación de todo lo experimentado
en las sesiones de catequesis. d) También pueden realizarse, dentro
del marco de la comunidad, otras actividades formativas: cursos de
sensibilización a la catequesis, por ejemplo a comienzo del año pastoral;
retiros y connivencias en los tiempos fuertes del año litúrgico (746) cursos
monográficos sobre temas que parezcan necesarios o urgentes; una formación
doctrinal más sistemática, por ejemplo estudiando el Catecismo de la Iglesia
Católica... Son actividades de formación permanente que, junto al trabajo
personal del catequista, aparecen como muy convenientes. (747)
Escuelas de
catequistas y Centros superiores para peritos en catequesis
248. La asistencia a una Escuela de
catequistas (748) es un momento particularmente importante, dentro del proceso
formativo de un catequista. En muchos lugares tales escuelas funcionan a un
doble nivel: para “ catequistas de base ” (749) y para “ responsables de
catequesis ”.
“ Se recomiendan, asimismo, las
iniciativas parroquiales... que tienen por objeto la formación interior de los
catequistas, como las escuelas de oración, las convivencias fraternas y de
coparticipación espiritual y los retiros espirituales. Estas iniciativas no
aíslan a los catequistas, sino que les ayudan a crecer en la espiritualidad
propia y en la comunión entre ellos ”
249. Estas escuelas tienen la
finalidad de proporcionar una formación catequética, orgánica y sistemática, de
carácter básico y fundamental. Durante un tiempo suficientemente prolongado, se
cultivan las dimensiones más específicamente catequéticas de la formación: el
mensaje cristiano, el conocimiento del hombre y del contexto sociocultural y la
pedagogía de la fe. Las ventajas de esta formación
orgánica son grandes y conciernen a: — su sistematicidad, al tratarse de
una formación menos absorbida por lo inmediato de la acción; — su calidad, al contar con
formadores especializados; — su integración con catequistas de
diferentes comunidades, que fomentan la comunión eclesial.
250. A fin de favorecer la
preparación de los responsables de la catequesis en parroquias o zonas, así
como para aquellos catequistas que se van a dedicar más estable y plenamente a
la catequesis, (750) es conveniente a nivel diocesano o interdiocesano promover
escuelas para responsables. El nivel de estas escuelas será,
obviamente, más exigente. Es frecuente que en ellas, junto a un tronco
formativo común, se cultivarán aquellas especializaciones catequéticas que la
diócesis juzgue particularmente necesarias en su circunstancia. Puede ser también oportuno, por economía
de medios y posibilidades, que la orientación de estas escuelas esté dirigida,
más ampliamente, a los responsables de las diversas acciones pastorales,
convirtiéndose en Centros de formación de agentes de pastoral.
Sobre una base formativa común (doctrinal
y antropológica), las especializaciones vendrán pedidas por las diferentes
acciones pastorales o apostólicas que se van a encomendar a tales agentes.
Centros superiores
para peritos en catequesis
251. Una formación catequética de
nivel superior, a la que puedan acceder también sacerdotes, religiosos y
laicos, es de una importancia vital para la catequesis. Por ello, se renueva el
deseo de “ fomentar o crear Institutos superiores de pastoral catequética con
objeto de preparar catequistas idóneos para dirigir la catequesis a nivel
diocesano o dentro de las actividades a las que se dedican las congregaciones
religiosas. Estos institutos superiores podrán ser nacionales o incluso
internacionales. Deben asemejarse a los estudios universitarios en lo tocante
al plan de estudios, duración de los cursos y condiciones de admisión ”. (751) Aparte de formar a los que van a
asumir responsabilidades directivas en la catequesis, estos Institutos
prepararán también a los profesores de catequética para seminarios, casas de
formación o escuelas de catequistas. Tales institutos se dedicarán, igualmente,
a promover la correspondiente investigación catequética.
252. Este nivel de formación es muy apto
para una fecunda colaboración entre las Iglesias: “ Aquí es donde podrá
manifestar su mayor eficacia la ayuda material ofrecida por las Iglesias más
acomodadas a sus hermanas más pobres. En efecto, ¿puede una Iglesia hacer algo
mejor en favor de otra que ayudarla a crecer por sí misma como Iglesia? (752)
Obviamente, esta colaboración debe inspirarse en un delicado respeto por las
peculiaridades de las Iglesias más pobres y por su propia responsabilidad.
Es muy conveniente, en el campo
diocesano o interdiocesano, tomar conciencia de la necesidad de formar personas
en este nivel superior, como se procura hacer para otras actividades
eclesiales o para la enseñanza de otras disciplinas.
La comunidad
cristiana como hogar de catequesis (753)
253. La comunidad cristiana es la
realización histórica del don de la “ comunión ” (koizonth),, (754)
que es un fruto del Espíritu Santo. La “ comunión ” expresa el núcleo
profundo de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, que
constituyen la comunidad cristiana referencial. Esta se hace cercana y se
visibiliza en la rica variedad de las comunidades cristianas inmediatas, en las
que los cristianos nacen a la fe, se educan en ella y la viven: la familia, la
parroquia, la escuela católica, las asociaciones y movimientos cristianos, las
comunidades eclesiales de base... Ellas son los “ lugares ” de la catequesis,
es decir, los espacios comunitarios donde la catequesis de inspiración
catecumenal y la catequesis permanente se realizan. (755)
254. La comunidad cristiana es el
origen, lugar y meta de la catequesis. De la comunidad cristiana nace siempre
el anuncio del Evangelio, invitando a los hombres y mujeres a convertirse y a
seguir a Jesucristo. Y es esa misma comunidad la que acoge a los que desean
conocer al Señor y adentrarse en una vida nueva. Ella acompaña a los
catecúmenos y catequizandos en su itinerario catequético y, con solicitud
maternal, les hace partícipes de su propia experiencia de fe y les incorpora a
su seno. (756) La catequesis siempre es la misma.
Pero estos “ lugares ” (757) de catequización la colorean, cada uno con
caracteres originales. Es importante saber cuál es la función de cada uno de
ellos en orden a la catequesis.
La familia como ámbito
o medio de crecimiento en la fe
255. Los padres de familia son los
primeros educadores en la fe. Junto a los padres, sobre todo en determinadas
culturas, todos los componentes de la familia tienen una intervención activa en
orden a la educación de los miembros más jóvenes. Conviene determinar, de modo
más concreto, en qué sentido la comunidad cristiana familiar es “ lugar ” de
catequesis. La familia ha sido definida como una
“ Iglesia doméstica ”. (758) lo que significa que en cada familia cristiana
deben reflejarse los diversos aspectos o funciones de la vida de la Iglesia
entera: misión, catequesis, testimonio, oración... La familia, en efecto, al
igual que la Iglesia, “ es un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde
donde éste se irradia ”. (759) La familia como “ lugar ” de
catequesis tiene un carácter único: transmite el Evangelio enraizándolo en el
contexto de profundos valores humanos. (760) Sobre esta base humana
es más honda la iniciación en la vida cristiana: el despertar al sentido de
Dios, los primeros pasos en la oración, la educación de la conciencia moral y
la formación en el sentido cristiano del amor humano, concebido como reflejo
del amor de Dios Creador y Padre. Se trata, en suma, de una educación cristiana
más testimonial que de la instrucción, más ocasional que sistemática, más
permanente y cotidiana que estructurada en períodos. En esta catequesis
familiar resulta siempre muy importante la aportación de los abuelos. Su
sabiduría y su sentido religioso son, muchas veces, decisivos para favorecer un
clima verdaderamente cristiano.
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