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Cuadro de texto: Si no encuentra lo que busca envíe su consulta a los MSC.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 





 

 

La División entre Cristianos

 

 

Consulta

De: lucas

Enviado el: Miércoles, 08 de Mayo de 2002 07:37 p.m.

Para: mscperu@eurosport.com

Asunto: Consulta a los MSC Misioneros del Sagrado Corazón

quisiera saber mas sobre las divisiones del critianismo.Dede ya,muchas gracias.

 

 

Respuesta

Querido hermano en Cristo.

Estimado Lucas.

 

Que la alegría del Señor esté en su corazón.

 

Gracias por su consulta.

 

Pensamos que encontrará una excelente respuesta en el documento que adjuntamos.

 

Que disfrute del fruto de la inquietud del autor que mirar las cosas muy de cerca.

 

¡Que Dios le bendiga!

Se lo desean y por ello rezan

 

Los MSC Misioneros del Sagrado Corazón en el Perú

http://www.iespana.es/mscperu/

"Desgraciadamente los científicos del siglo 19 estaban tan dispuestos de concluir que cualquier opinión acerca de la naturaleza era un hecho patente, como lo eran las sectas del siglo 17 pensando que cualquier opinión acerca de las Sagradas Escrituras era la explicación obvia... y la confabulación grosera de dos formas de ignorancia impaciente ha llegado a conocerse como el pleito entre ciencia y religión".(Chesterton).        

 

 

 

Las Sectas

Un problema pastoral

 

Introducción

 

No se trata aquí de profundizar el tema de las sectas, examinando la diferencia entre una y otra, su organización interna, su origen, el grado de presencia o peligrosidad de cada una, etc. Más bien se trata de reflexionar sobre la vulnerabilidad de la Iglesia ante este fenómeno, sugiriendo algunas pistas para hacerla más segura internamente, de manera que pueda soportar el impacto sin mayores consecuencias.

Lo que más ha causado daño a la Iglesia en su manera de enfrentar el problema de las sectas, ha sido la perspectiva ecuménica, que le ha impedido evaluar con objetividad el sentido de su presencia, y el enfoque científico, que ha desviado la atención hacia aspectos de poco interés para el pueblo sencillo, que es el más afectado por su agresividad proselitista.

Acerca del problema de las sectas es muy sencilla. Según mi opinión, se trata de un problema esencialmente pastoral. La Iglesia Católica necesita adaptar su aparato ministerial a las circunstancias actuales, de manera que no haya comunidades, por más pequeñas que sean, que queden sin la debida atención pastoral. Lo mismo tiene que hacerse con relación a cada creyente: que cada católico tenga la oportunidad de una atención personal.

Otro detalle importante. Viviendo en un mundo cultural y religiosamente pluralista, es importante que la apologética constituya una parte esencial de la formación básica de cada católico; es decir, que cada católico desde sus primeros pasos en la fe conozca bien su identidad y la respuesta a las objeciones que le vienen de parte de los que tienen otras creencias. Solamente así el católico podrá vivir su fe con plena dignidad, sin ningún complejo de inferioridad frente a los que de muchas maneras tratan de cuestionarlo y hacerlo tambalear, haciendo uso de las técnicas más refinadas.

Y para que esto sea posible, nada mejor que poner la Biblia en las manos del católico desde el inicio de su formación cristiana, con la preparación a la primera comunión.

En realidad, lo que pasa es que, al no conocer la propia identidad y la respuesta a los cuestionamientos que le vienen de afuera, el católico se siente inseguro y se va con el primero que lo aborda y lo acompleja, convenciéndolo de que, siguiendo en la Iglesia Católica, no podrá alcanzar la salvación.

Ojalá que este documento pueda ayudar a todos, y especialmente a los pastores de la Iglesia, a enfocar mejor el problema de la sectas, para hacerle frente en la manera más adecuada, reestructurando la pastoral y creando un nuevo perfil del católico, capaz de vivir su fe en un mundo pluralista y tentador.

Si se logra esto, bienvenidas sean las sectas con todos sin sinsabores. Una vez más podremos comprobar como Dios sigue escribiendo derecho en renglones torcidos. Y ojalá que una vez alcanzado el nuevo equilibrio, la Iglesia recobre el fervor misionero de antaño, lanzándose a la evangelización con nuevos bríos y mejor equipada.

Tratándose de artículos preparados para el boletín “Iglesia y Sectas”, no es de extrañarse si se encuentran repeticiones, que de todos modos sirven para aclarar mejor las ideas.

 

Primera Parte

Apologética: Pro y Contra

ECUMENISMO Y SECTAS:

DOBLE LENGUAJE OFICIAL

De aquí surgió el problema; de aquí tiene que empezar la solución. Solamente unificando el lenguaje se podrá unificar la acción pastoral, llamando cada cosa por su nombre y dando a cada una su espacio específico en el terreno de la praxis.

 

El hilo de la madeja

 

Desde cuando empecé a trabajar en el problema de las sectas, me resultó difícil comprender la razón por la cual personas inteligentes pudieran rechazar rotundamente cualquier tipo de apologética, no obstante los estragos que las sectas estaban causando en las filas católicas. Su fervor en favor del ecumenismo me parecía fuera de lugar, inconcebible en un contexto tan ajeno al diálogo y la comprensión.

Después de años de reflexión, por fin me parece haber encontrado el hilo de la madeja, que consiste en el doble lenguaje oficial, que marcha sobre dos carriles paralelos, sin nunca encontrarse: ecumenismo o sectas. Ecumenismo en los documentos más importantes, destinados a la Iglesia universal y al gran público no católico (Decreto conciliar sobre el ecumenismo “Unitatis Redintegratio” y la encíclica de Juan Pablo II “Ut unum sint”, más la larga entrevista al mismo Papa, que fue publicada bajo el título “Cruzando el umbral de la esperanza”); sectas en los documentos de menor importancia, destinados a las Iglesias particulares de una determinada región (por ejemplo, los discursos del Papa durante su visita a México o su Discurso Inaugural a la IV Asamblea del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, el mes de octubre del ’92).

 

Visión triunfalista

 

Sin duda, no será fácil encontrar una justificación satisfactoria al manejo de este doble lenguaje en asuntos de tanta importancia y con consecuencias tan trascendentales. Sinceramente me temo que responde a una cierta visión triunfalista de la Iglesia, que quiere presentarse frente a la humanidad como segura de sí misma, lista para abanderar las grandes causas del diálogo y la comprensión entre los pueblos, las ideologías y los credos.

En este contexto, evidentemente, el problema de las sectas, como elemento disgregador en el mismo seno de la Iglesia, podría representar una nota discordante. Por eso no se menciona en los grandes documentos.

El hecho es que el doble lenguaje oficial fue interpretado como una doble manera de ver el problema de la división religiosa: una positiva y otra negativa. Visión positiva: ecumenismo; visión negativa: apologética. Además, las dos visiones no fueron captadas como complementarias, sino como alternativas y excluyentes: o ecumenismo o apologética.

 

Irse con la finta

Abordándose así el problema de la división religiosa, no fue difícil optar por el ecumenismo. Por eso, los responsables de los seminarios, las facultades de teología y los centros de formación para religiosas o laicos incluyeron en su plan de estudio la cátedra de ecumenismo como medio para enfrentar el problema de la división religiosa.

Como era de esperarse, lo único que lograron fue crear a gente acomplejada con relación al problema de las sectas, sin salirse del consejo de siempre: “No se metan con ellos”. Es que la realidad era muy diferente de la que soñaban con el ecumenismo. En lugar de comprensión, encontraron un rotundo rechazo, y en lugar de diálogo un monólogo con unas ganas desmedidas de proselitismo, con miras a expandir cada uno “su” iglesia, a expensas de la Iglesia Católica.

Ni modo. Así es cuando se quiere utilizar la misma receta para enfermedades diferentes. Para enfermedades diferentes, hay que utilizar medicinas diferentes: el ecumenismo para restablecer la unidad y la apologética para fortalecer la fe del católico e impedir la división.

Se fueron con la finta, atraídos por el nombre de la medicina o el color de la etiqueta. Y allá están las consecuencias. ¡Cuánto mejor hubiera sido ser claros desde un principio! Pan al pan y vino al vino.

Sofismas

Tratándose por lo general de personas cultas, no les resultó difícil inventar cualquier excusa para justificar su posición y seguir adelante por el mismo camino:

— La fe no se defiende, se vive.

— La Iglesia durará hasta el fin del mundo. Nadie la podrá destruir. Por lo tanto, es inútil tratar de defenderla.

— Es malo pelear. Puesto que la apologética enseña a pelear, es mala.

— ¿Por qué perder el tiempo con la apologética? Mejor dedicarse a la evangelización.

Evidentemente, se trata de sofismas y nada más, para confundir a la gente sencilla, aprovechándose de la propia autoridad y haciendo uso de razonamientos huecos que no tienen nada que ver con la realidad. En efecto, cualquiera entiende que no se trata de defender la fe en abstracto, sino de ayudar al católico de la calle a tener una idea clara acerca de su identidad y no dejarse confundir por las sectas. Esta aclaración puede representar el inicio de un camino hacia Dios.

Lo mismo por lo que se refiere al destino de la Iglesia. Aquí no estamos hablando de la Iglesia en general, sino de la Iglesia en concreto, en un determinado lugar. Pues bien, esta Iglesia, presente aquí y ahora, no tiene ninguna garantía de permanecer hasta el fin del mundo, como la misma experiencia enseña en relación a tantas comunidades católicas que a lo largo de la historia han desaparecido por completo.

Respecto a la manera concreta de llevar a cabo la defensa de la fe, no es cierto que se enseña a pelear. Una cosa es “dar razón” de la propia fe con argumentos (1Pe 3,15) y otra cosa es pelear. De otra manera habría que acusar al mismo Jesús de ser un peleonero por haber rechazado con argumentos las solicitaciones de Satanás (Mt 4,1-11) o por dar respuesta a los ataques de los fariseos (Jn 8,30-59).

Por último, no es difícil notar como oponer la apologética a la evangelización es una forma equivocada de plantear el problema. En realidad, no existe ninguna oposición entre apologética y evangelización; más bien, existe complementariedad. La apologética abre el camino y lleva a la evangelización y la evangelización, si quiere ser auténtica y eficaz, tiene que suponer la apologética.

De otra manera se arriesga con construir comunidades católicas con pies de barro: muchos conocimientos, mucho entusiasmo, pero a la mera hora todo se derrumba al no contar con bases firmes. Se van con la finta: la emoción, las muchedumbres o el líder carismático. Y para seguir con todo esto, se llega a dejar la Iglesia de Cristo con las enormes riquezas que posee.

El caballo de Troya

La experiencia enseña que muchos católicos “comprometidos” han dejado la Iglesia por irse con la finta, practicando un ecumenismo ingenuo, sin tener los pies bien puestos sobre la tierra (apologética). Ahí están tantas sectas nuevas nacidas de un malentendido ecumenismo: “El Castillo del Rey” (Monterrey, N.L.), “Vino Nuevo” (Cd. Juárez, Chih.) y “Monte María” (hoy, “Tierra Prometida”, en Tlalnepantla, Estado de México.), para mencionar los casos más clamorosos de México.

¿Queremos enfrentar seriamente el problema de las sectas? Empecemos por llamar a cada cosa por su nombre. Cierta forma de pudor o cierta visión triunfalista del problema resultan fuera de lugar en asuntos de tanta importancia. Puesto que cada palabra tiene su sentido específico, ¿por qué no empezamos con utilizar las palabras correctas en el asunto de la división religiosa? De otra manera seguiremos con la confusión y esta nunca nos podrá resultar de mucha utilidad para enfrentar un problema de tal magnitud, como es el de las sectas.

Ojalá que desde arriba empiecen a llegar señales claras al respecto, deslindando claramente los terrenos del ecumenismo de los terrenos de la apologética, que representa la base para cualquier tipo de diálogo. De otra manera, seguiremos perdiendo gente, fascinada por un ecumenismo irreal, que está actuando al interior de la Iglesia como un verdadero “Caballo de Troya”.

LAS SECTAS:

PERSPECTIVAS DIFERENTES

No es lo mismo ver el problema de las sectas desde el punto de vista de los “expertos” en la fe, que del pobre católico de la calle. Por lo tanto, en lugar de tantas palabras bonitas, ¿no sería mejor hacer algo para sacar al católico de la duda y a vivir su fe con dignidad?

¿Por qué a nivel mundial por lo general existe un claro rechazo por todo lo que huele a defensa de la fe de parte del clero, las religiosas y los laicos más preparados y comprometidos?. El motivo es muy sencillo. Ven el problema desde arriba y no desde abajo, es decir desde el pueblo sencillo, confundido y angustiado por los continuos ataques de las sectas.

Diálogo o nada

Claro que, viendo el problema desde arriba, no se ve ninguna necesidad de defender la fe. Ellos están seguros en su fe, ¿Qué van a defender? Nadie les puede arrebatar la fe que tienen bien cimentada. Mas bien, se trata de dialogar, aclarar matices y comprenderse, en espera de una intervención de lo alto que logre el “milagro” de la unidad.

En esta perspectiva, al ver que las sectas no aceptan el diálogo, se lavan las manos como diciendo: “Nosotros hicimos lo que pudimos, allá ustedes si no quieren aceptar nuestra invitación al diálogo”.

Y así las sectas avanzan, sin encontrar ningún obstáculo de parte de los “teólogos” y los pastores “ecuménicos”. Puerta abierta: hagan lo que quieran del rebaño. Y el rebaño desorientado se dispersa, sin que nadie se sienta responsable por lo que sucede.

 

Encuentro entre los grandes

Es la perspectiva de los que están arriba: solucionar el problema con un encuentro entre los grandes, como se intentó hacer al tiempo de la Reforma Protestante con un diálogo entre el Papa y el Emperador, los teólogos católicos y Lutero.

No se dan cuenta de que los tiempos cambiaron. Hoy todo se decide en la calle, de persona a persona, y no en las cátedras de las universidades o en los palacios de los grandes. Además, el problema es esencialmente pastoral y no teológico, de participación, más que de filosofía y teología pura. En concreto, uno se va con quien lo ayuda más a dar un sentido a su vida y a sentirse alguien.

Hoy la religión se volvió en un asunto cualquiera, sin la sacralidad de un tiempo. Todos pueden preparar su coctel religioso para ayudar a la gente a sentirse bien. No existe el culto por la verdad. Una vez preparado el propio coctel, no queda más que darlo a conocer lo más que se pueda como se hace con cualquier producto comercial, usando cualquier medio lícito o ilícito. La Biblia representa un ingrediente más para hacer aceptable la receta.

En este contexto, es absurdo hablar de diálogo para lograr la unidad. Las sectas están bien conscientes de que sus postulados no pueden resistir ante un mínimo de crítica seria a nivel bíblico o teológico. De hecho, al tropezarse con alguien mínimamente preparado en campo bíblico, de inmediato huyen.

 

El pueblo sencillo

Veamos ahora el problema desde el punto de vista del pueblo sencillo, que ama su fe, pero no la conoce suficientemente. Por este motivo, frente a los cuestionamientos de las sectas (imágenes, bautismo de los niños, apostasía general, fin del mundo, virginidad de María, bestia del Apocalipsis, 666, etc.), se siente inseguro, tambalea y cae.

¿Qué pasa, al contrario, cuando conoce su identidad y está preparado para dar una respuesta a sus ataques? Se siente seguro en su fe y, en lugar de sentirse confundido al contacto con las sectas, la afirma más y hasta logra meter alguna duda en la mente de los que lo quieren confundir.

De hecho, en aquellos lugares donde se trabaja en esta línea (pueblo, barrio, ciudad o diócesis), las sectas no avanzan. Es que la sorpresa y el engaño, juegan un papel muy importante en el avance de las sectas. Es como cuando se acerca un huracán, sí se está prevenido, se reducen los daños.

Atrapados al pasado

Hoy se están repitiendo los errores del pasado. Para los “sabios”, la historia aún no ha llegado a ser la “maestra de la vida”. ¿Qué sucedió en el pasado?. Que mientras se concentró todo el esfuerzo en tratar de sanar la herida del Cisma de Oriente (año 1,054), no se prestó la debida atención a las inconformidades (herejías que se iban presentando por aquí y por allá), hasta que llegó Lutero y se fraguó la Reforma Protestante, infligiendo otra herida al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

¿Qué hubiera pasado si, en lugar de preocuparse tanto por el pasado, hubieran prestado más atención al presente, tratando de enfrentar la problemática presentada por los inconformes? Tal vez se hubiera evitado un desgarre tan grave para la Iglesia.

Problema emergente

Ahora bien, en el momento actual, ¿cuál es el problema que se está gestando con una increíble rapidez y una enorme fuerza arrolladora? El de las sectas, es decir la manía de fundar cada quien su iglesia independiente. Y nosotros, en lugar de ayudar al pueblo sencillo a tener motivos para quedarse “orgullosamente” católico, insistimos en el diálogo, el aprecio y el respeto, como si todo fuera lo mismo, y esto, para no perjudicar el diálogo ecuménico.

De seguir así de aquí a no muchos años nos encontraremos frente a otra grande división, de proporciones imprevisibles. Mientras soñamos con la unidad, estamos propiciando mayores divisiones. Y así Latinoamérica, el “continente de la esperanza”, el más católico de los cinco continentes, se está volviendo en un continente esencialmente protestante, de corte fundamentalista y agresivo.

 

Euforia y desencanto

Gracias a Dios, ya está pasando el momento de la euforia. Los responsables se están dando cuenta de que la solución al problema de la división aún queda muy lejos de vislumbrarse; no está a la vuelta de la esquina, como se pensaba antes.

El mundo ortodoxo aún encuentra en sí mismo serias resistencias para un acercamiento con Roma; el anglicanismo, al aceptar la ordenación de las mujeres, dejó de tener un lugar especial en el diálogo con los católicos y se acercó más al ámbito protestante; los luteranos, que pensaban haber dado un paso significativo en el entendimiento con el mundo católico mediante la declaración conjunta de teólogos luteranos y teólogos católicos acerca de la justificación, se ven frenados por la falta de aceptación de dicha declaración por parte de los responsables de la Iglesia Católica por no responder plenamente a los postulados de su Fe.

Ojalá que, frente a esta realidad y el fracaso de tantos grupos “ecuménicos” que prácticamente se volvieron en nuevas sectas al margen de sus iglesias de origen, “los de arriba” empiecen a ser más cautelosos y menos soñadores, y empiecen a reflexionar seriamente sobre el problema de las sectas para ver cómo ayudar al católico necesitado de orientación, antes que sea demasiado tarde.

 

Opción por los pobres

Desgraciadamente, con eso de las sectas, una vez más podemos constatar que de hecho para muchos la opción por los pobres no deja de ser una pose y nada más. Para ellos los pobres les valen un comino. Lo que buscan es codearse con los grandes, aparentar apertura y sentirse superiores al “vulgo” (el pueblo). No quieren ensuciarse las manos con la apologética, ayudando al hermano confundido y angustiado a encontrar una respuesta a las dudas dejadas por los miembros de las sectas.

Según ellos, es mejor hablar de amor, diálogo y comprensión, cuando en la práctica lo que hacen las sectas es sembrar el odio y la división. Frente a esta realidad, lo mejor que se puede hacer es dejar cualquier tipo de demagogia y tratar de amar de veras al prójimo, ayudándolo a fortalecerse en la fe y sentirse seguro frente a los ataques de las sectas.

Amor, sí; pero amor de veras, no de palabra y nada más. Lo mismo con el diálogo. Hay que estar preparado para dialogar con todos. De otra manera, es como lanzar a los soldados a la guerra sin armas.

Esto es precisamente lo que pretendemos hacer los que trabajamos en el campo de la apologética: amor a los hermanos más necesitados y ayudarlos a vivir su fe con dignidad, sin miedo a toparse con alguien que no la comparte y la ataca.

 

Como el profeta Jeremías

Nunca faltarán los falsos profetas, siempre dispuestos a estar de acuerdo con todos, atraídos por el prestigio y la comodidad. Así el pueblo queda siempre más desamparado frente a la embestida del enemigo. Es lo que está pasando con el problema de las sectas.

 

Falsas esperanzas

Gritar y gritar, poner en guardia, suplicar... y no ser escuchado, hasta no ver con los propios ojos el derrumbe del pueblo de Dios en muchos lugares, por culpa de gente irresponsable que anuncia “visiones falsas”: ésta ha sido la historia de muchos profetas del pasado y ésta ha sido y sigue siendo mi historia.

Recuerdo que antes de empezar mi experiencia misionera entre los indígenas chinantecos del estado de Oaxaca (México), al mencionar en un encuentro eclesial el peligro de las sectas, escuché este comentario: “Aquí, entre los indígenas, las sectas no representan un verdadero peligro. ¿Cuándo lograrán quitarles a nuestros inditos las imágenes de los santos?”. Así que, según esta opinión, compartida por muchos, el apego de los indígenas hacia sus imágenes iba a representar el principal baluarte para la preservación de su fe católica.

¿Y qué pasó? Que llegaron las sectas, atacaron directamente a las imágenes, privándolas de su magia cautivadora, y la fe católica se derrumbó. Comunidades enteras cambiaron de rostro. En lugar de pensar en una seria reestructuración de la pastoral, enfrentando seriamente el problema de la ignorancia religiosa, se fueron por la tangente, al considerar precisamente la ignorancia religiosa como garantía de defensa contra la invasión de las sectas. Al estilo de muchos políticos, que, en lugar de luchar para sacar al pueblo de la ignorancia, tratan de hundirlo siempre más, para seguir explotándolo, precisamente a causa de su ignorancia.

Parece una locura: considerar como aliada a la ignorancia para luchar en contra del error. ¿No sería mucho mejor confiar en el “esplendor de la verdad” y luchar con todos los medios para llevar a todos la luz del Evangelio y así prevenir al pueblo contra el peligro de la mentira y el engaño?

Ni modo. Nunca han faltado y nunca faltarán los falsos profetas, que hablan por su cuenta, no de parte de Dios, para agradar, quitar preocupaciones, hacer que la gente se sienta bien... y vivir del presupuesto. En lugar de enfrentar seriamente los problemas, prefieren alimentar falsas esperanzas. Lo que, sin duda, resulta mucho más cómodo para todos.

Cuántas veces he oído repetir: “Este pueblo es muy mariano. Nunca la Virgen permitirá que las sectas avancen”. En lugar de ver qué se puede hacer para ayudar al pueblo “mariano” a no dejarse confundir por las sectas, se echa el paquete a la Virgen, dando la vuelta al compromiso.

Sería como decir: “Oh Virgen Santa, ponemos en tus manos el problema de las sectas. No nos vayas a defraudar. Si mañana las cosas andan mal, acuérdate que tú tendrás la culpa y no nosotros”. Cómo sería diferente decir: “Oh Virgen María, ayúdanos a fortalecer la fe de tu pueblo. Danos ideas, fuerza y valor para buscar los medios mejores para enfrentar con éxito el problema de las sectas”.

 

El ecumenismo como pretexto

Nada peor que escudarse en el ecumenismo para no hacer nada. ¡Ojalá qué todos los que se declaran en favor del ecumenismo, hicieran algo para favorecer la unidad! Sin embargo, al momento de la verdad, uno se da cuenta de que se trata de pura palabrería. Nada concreto. Ningún encuentro, ningún diálogo...

En el fondo, para muchos se trata de una pose y nada más. Dar la impresión de ser abiertos, sentirse seguros, tener en la mano la carta buena que un día será garantía de victoria... sin mover ni un solo dedo en favor del pueblo, que se confunde y cede bajo la presión de las sectas.

Un día me comentó un sacerdote con orgullo:

— Soy el capellán de los evangélicos.

— ¿¡Cómo!?

— Soy el capellán de la cárcel y me llevo muy bien con los evangélicos.

— ¿Qué piensan los evangélicos acerca de la Iglesia?

— No nos interesa nada la Iglesia. A nosotros interesa solamente Cristo.

Y me comentó acerca del cambio de vida que se da entre ellos, su fervor apostólico... en fin, todo lo bueno que tienen los evangélicos. Y él, el pastor de los católicos, ¿qué hacía? Nada: mirar y nada más, feliz con su ecumenismo, mientras los evangélicos, muy buenos, predicaban el Evangelio y le robaban las ovejas bajo sus mismas narices.

En lugar de aprender de los evangélicos su fervor apostólico y empezar a evangelizar a los católicos, se sentía satisfecho con admirar el fervor de los evangélicos, llevarse bien con ellos y permitirles que hicieran estragos en las filas católicas, tanto, “lo que vale es Cristo y no la Iglesia”. ¡Qué bonito pretexto para no hacer nada y sentirse satisfecho, inteligente y moderno!

Otro sacerdote me dijo:

— En mi parroquia hay dos equipos de fútbol: uno católico y otro evangélico. Yo soy capellán de los evangélicos. Me llevo muy bien con ellos. Son más disciplinados, no toman... Me siento mejor con los evangélicos que con los católicos.

Así que vive de los católicos: bautismos, matrimonios, misas... y convive con los evangélicos. Y todo esto, en nombre del ecumenismo. Es que quiere la mesa ya puesta: va donde está ya todo listo. En lugar de luchar por convertir a los católicos, prefiere meterse con los católicos “ya convertidos” en evangélicos y seguir viviendo de los católicos “paganos”. Y, al hacer esto, se siente más importante, de vanguardia, mirando a los demás con un sentido de desprecio a causa de sus ideas “atrasadas”. En otros tiempos, esta actitud tenía un nombre muy preciso: traición. ¡Qué bueno que son pocos los que piensan de esa manera!

El precio de la paz

Desgraciadamente, en muchos casos el no hacer nada para ayudar a los “débiles en la fe” se ha vuelto en el precio que hay que pagar para establecer “buenas relaciones” con los demás grupos religiosos, que se desarrollan a costa de este tipo de católicos.

Se prefiere hablar de diálogo, respeto, testimonio, misión compartida, etc., para sentirse bien y dar una buena imagen de la fe, evitando meter los puntos sobre las íes, para no lastimar, o peor, causar un atraso en el proceso ecuménico. Y como siempre, los pobres pagan el pato. Los grandes se llevan bien entre sí y los pobres quedan angustiados y al antojo de los más astutos. El espíritu del mundo se vuelve en norma para establecer buenas relaciones entre los distintos grupos religiosos. Portándose así, mientras se habla de paz y unidad, aumenta la división y la discordia.

Pues bien, puesto que de hoy en adelante es oportuno hablar a nivel continental y no solamente latinoamericano (cf. Sínodo Especial para América), podemos afirmar con toda certeza que este es precisamente el estilo “norteamericano” de enfocar el problema de las sectas. Normalmente se invierte poco para atender a los católicos latinoamericanos. Por este abandono, muchos dejan la Iglesia Católica para pasar a lo que sea: sectas, luteranos, anglicanos bautistas, presbiterianos, etc.

Todos se aprovechan. Y los pastores ven y callan, para no meterse en problemas, echando la culpa de todo a la escasez de medios económicos y a la falta de preparación de los católicos latinoamericanos. Haciendo esto, ven disminuir la secular oposición de parte del protestantismo hacia la Iglesia Católica y aumentar su aceptación en la sociedad norteamericana, saliendo así de su aislamiento histórico. Como siempre, una paz y un prestigio a costa de los más débiles.

En la capital de un país sudamericano, el obispo anglicano pidió a un profesor del seminario católico que lo tuviera informado acerca de los seminaristas en crisis para hacerles su ofrecimiento: matrimonio, sueldo y parroquia. Y todo esto en nombre del ecumenismo, como si el problema de la fe se redujera a la búsqueda de buenas relaciones y unos cuántos dólares.

Conclusión

El pueblo católico se encuentra en grandes apuros por la acción demoledora de las sectas. Es necesario hacer algo para fortalecer su fe, aclarando su identidad y dando una respuesta acertada a los ataques del enemigo.

En esta lucha, el ejemplo de los auténticos profetas del pasado nos puede ser de inspiración y consuelo, especialmente en los momentos de mayor dificultad. Y que el engaño de los falsos profetas pueda ser descubierto a tiempo, como en el caso de los antiguos profetas, precisamente (Jer 28).

CAMINOS DE SALVACIÓN

Con el pretexto de que existen distintos caminos de salvación, se llega a vanificar el misterio de la Encarnación, el papel de la Iglesia y el mandato de Cristo de ir y predicar el Evangelio a todas las gentes. Distintos caminos de salvación, SI; todos iguales, NO.

Voluntad salvífica y universal

En la Biblia vemos claramente como Dios ama a todos los hombres y quiere que todos lleguen a la salvación. He aquí los pasajes bíblicos mas significativos al respecto.

¿Cómo no voy a tener compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que aún no distinguen entre el bien y el mal, y una gran cantidad de animales? (Jon 4,11).En las generaciones pasadas, él permitió que cada pueblo siguiera su propio camino; aunque no dejó de darse a conocer por sus beneficios, enviándoles desde el cielo lluvias y temporadas fructíferas, y llenando de alimento y alegría sus corazones (Hech 14,16-17).Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4).

Con el fin de que buscaran a Dios a ver si, aunque sea a tientas, lo podían encontrar; y es que en realidad no está lejos de cada uno de nosotros (Hech 17,27).

Así que para todos existe alguna posibilidad (camino) de salvación. En el fondo, ¿qué son el budismo, el musulmanismo y el conjunto de creencias y ritos que tenían los antiguos indígenas de México, si no “caminos de salvación”, es decir puntos de encuentro entre el amor misericordioso de Dios y la búsqueda del hombre?

Solamente algún fanático, con mente cerrada y enfermiza, puede pensar que fuera del cristianismo, o más bien, su manera de entender y vivir el cristianismo, todo es oscuridad, maldad y perdición.

Respeto y aprecio

En una sociedad pluralista, la actitud de tolerancia, respeto y aprecio por las distintas creencias, opiniones y valores representa algo fundamental. Solamente así se puede garantizar un espíritu de convivencia pacífica y colaboración entre todos, condición esencial para el progreso de los pueblos y las naciones.

Exigencias de la verdad

Pero al mismo tiempo no es correcto pensar que todos los caminos tienen la misma importancia y cada uno está libre de escoger el camino que más le guste o llame la atención, sin mayores consecuencias.

Es que la verdad tiene sus exigencias. No se puede impunemente conocer la verdad y darle las espaldas, para seguir con los propios criterios y así evitar entrar en conflicto consigo mismo o la sociedad, como hicieron los judíos del tiempo de Cristo. Una vez conocida la verdad, se hace necesaria su aceptación o se incurre en el pecado contra el Espíritu Santo, que es precisamente el Espíritu de la verdad (Mt 12,31-32).

Ahora bien, cada camino manifiesta un cierto grado de acercamiento y comprensión del misterio de Dios, hasta llegar a la plenitud en Cristo y su Iglesia. Cuando alguien, en su búsqueda de Dios llega a esta luz, no la puede rechazar así nomás, por intereses particulares. Es como cerrarle el paso a Dios y darle la espalda. Lo que representa una actitud extremadamente negativa, un pecado radical, que puede comprometer seriamente su destino final.

He aquí lo que dijo Jesús a este respecto:

El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, porque su conducta era mala. Todo el que obra mal detesta la luz y la rehuye por miedo a que su conducta quede descubierta. Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que toda su conducta está inspirada por Dios (Jn 3,19-21).

El problema de la cosmovisión

Subrayando demasiado el sentido salvífico que tienen esencialmente todas las religiones (se habla de semina Verbi = semillas del Verbo), se puede llegar a vanificar el misterio de la Encarnación, el papel de la Iglesia y el mandato de Cristo de ir y predicar el Evangelio a todas las gentes.

“Si todos se pueden salvar siguiendo el camino que ya tienen — opinan algunos —, ¿por qué no dejarlos así como están, evitándoles tantos sufrimientos, que pueden surgir con el anuncio del Evangelio, que muchas veces choca con la propia cosmovisión y sensibilidad?”.

Promoción humana y evangelización

¿Cuál sería, entonces, el papel del misionero? Dedicarse a la promoción humana. A los que piensan y actúan de esta manera, yo les digo: “Respeto su manera de pensar. Sigan con su promoción humana, que tanta falta hace para aliviar tantas miserias. Pero acuérdense de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Si ustedes no perciben la importancia del Evangelio en orden a la plena realización del hombre, dejen a otros que lo hagan. No quieran acapararlo todo, queriendo imponer a toda costa su visión del problema”.

A este respecto, así se expresa el Papa Juan Pablo II:

“Si se analizan las aspiraciones del hombre contemporáneo en relación con el sacerdote se verá que, en el fondo, hay en el mismo una sola y gran aspiración: tiene sed de Dios. El resto — lo que necesita a nivel económico, social y político — lo puede pedir a muchos otros. ¡Al sacerdote se le pide Cristo! Y de él tiene derecho esperarlo, ante todo mediante el anuncio de la Palabra.

Los presbíteros —enseña el Concilio— “tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios” (Presbyterorum ordinis)” (Juan Pablo II, Don y Misterio, p. 82, México 1997).

Conversión y sacrificio

No hay vuelta de hoja: no puede haber cambio, superación o conquista, sin sacrificio. Algo hay que dejar para avanzar. Algo hay que dejar para aceptar la salvación plena en Cristo Jesús. Esto vale para los individuos, las familias, los pueblos y las naciones. Querer aceptar a Cristo, siguiendo como antes, con la misma manera de pensar, los mismos valores y la misma cosmovisión, es un absurdo.

Evidentemente, cada forma de desprendimiento tiene que llevar siempre consigo un cierto sufrimiento:

“Sin derramamiento de sangre no hay salvación” (Heb 9,22).

Ecumenismo malentendido

Aplicando al interior del cristianismo esta manera de pensar, se llega a considerar las divisiones internas como “maneras diferentes de entender y vivir el Evangelio”, como si, en el fondo se tratara simplemente de “denominaciones diferentes”, sin ningún perjuicio en orden al plan de Dios y la salvación. Así que, en el fondo, no habría gran diferencia entre católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, etc. Todo se reduciría a un problema de palabras y tradiciones particulares, sin ninguna relevancia en orden al plan de Dios y la salvación. Por lo tanto, sin mayores consecuencias uno podría tranquilamente pasarse del catolicismo, al anglicanismo, luteranismo, etc.

Un ex-seminarista católico, ordenado sacerdote anglicano, así explicaba la decisión de su cambio: “Me gusta más la moral anglicana”. Así de simple. Y todo esto en un contexto ecuménico. Lo mismo pasa con sacerdotes, que por motivos sentimentales no dudan en cambiarse de Iglesia y llegan hasta ser ordenados obispos. La explicación: “Es que allá se admiten sacerdotes y obispos casados”.

Conclusión

 

Con el pretexto del ecumenismo y el respeto para con todos, se llega a la más grande confusión doctrinal, como si todo fuera lo mismo, quedando obsoletos los conceptos de herejía, apostasía, o excomunión.

En asuntos de tanta importancia, como son el Evangelio de Cristo y la salvación, es necesario ser extremadamente cuidadosos.

Una cosa es el respeto, el diálogo y la apertura para con todos, y otra cosa es pensar que todo es lo mismo. El mejor servicio que le podamos prestar al hombre, es encaminarlo hacia la búsqueda y la aceptación plena, sin reservas, de la verdad. No por nada dijo Jesús:

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).

LOS RIESGOS DE LA FE

No todo lo que luce es oro. Lo mismo pasa con la fe: no todo lo que se llama fe, es fe auténtica. Puede haber engaño, trampa... En realidad, para muchos la fe se ha vuelto en un producto comercial. Hay superofertas de fe. Por lo tanto, hoy más que nunca se necesita mucho discernimiento en el campo de la fe.

La fe es como un tesoro, que hay que saber buscar y cuidar. Y hay caminos que llevan a ella. Lo importante es no absolutizar un camino, ni darle un valor más grande del que tiene en la realidad.

Caminos o medios para llegar a la fe.

— La vista.

“Creo porque veo”, parece que diga este tipo de creyente. La fe por la vista. ¿Y qué se ve? El sol, la luna, las estrellas, la naturaleza que nos rodea (Rom 1,20) y una multitud de creyentes con sus ritos y objetos sagrados.

Consecuencia: “Donde hay algo bonito, llamativo y misterioso, o donde hay gente que cree, allá está Dios”. Lo que no corresponde siempre a la realidad.

— El sentimiento.

“Creo porque siento”. La música, el arte, el teatro, el testimonio y cierta manera de presentar la palabra de Dios, crean emociones y favorecen el desahogo, el olvido y la liberación de ataduras de tipo sicológico.

Consecuencia: “Donde hay emoción, allá está Dios; más emoción y más presencia de Dios”. Es lo que piensan muchos.

— La inteligencia.

“Creo porque pienso”. El razonamiento, la reflexión y la intuición llevan a conclusiones, que rebasan la simple experiencia y observación diarias.

Consecuencia: “Donde hay conocimiento, allá está Dios; el que más sabe, es el que más conoce a Dios”. Si no se añaden otros elementos, puede tratarse de un conocimiento “filosófico” de Dios, muy diferente del conocimiento “experiencial” de Dios.

Peligro:

Quedarse con el camino o medio

El camino o medio, en lugar de ser un trampolín para llegar a la fe, se puede transformar en una

trampa, que atrapa e impide el paso hacia la fe auténtica.

   Idolatría.

En lugar de pasar de la creatura al Creador, el hombre se queda con la creatura: los elementos de la naturaleza considerados como dioses o sus representaciones, las imágenes.

Otro peligro: confundir al hombre que habla de Dios con el mismo Dios o quedarse atrapados por la multitud de los creyentes, como dice el refrán: “¿Adónde va Vicente? Adonde va la gente”.

   Sicologismo.

En lugar de pasar de la emoción pasajera y superficial a la paz profunda y duradera, que puede derivar solamente de un encuentro real con Dios, el hombre se queda con las emociones y busca continuamente nuevas maneras para acrecentarlas, volviéndose dependiente de todo lo que pueda despertar nuevas y más intensas emociones: cantos, aplausos, oración, música, ruidos y testimonios verdaderos o falsos.

Dios, la idea de Dios, se vuelve en un ingrediente más para el coctel sicológico. Dios se vuelve en un medio más para olvidar los problemas, tener confianza y despertar las emociones. Hasta se habla de teoterapia = terapia (o curación) con Dios.

Para sus adeptos, lo ideal sería vivir continuamente en un estado de conciencia alterado. Igual que los alcohólicos y los drogadictos. Sus encuentros de oración parecen formas de “entretenimiento religioso”.

   Egolatría.

En lugar de ser un medio para llegar a Dios, la inteligencia se pone en el mismo lugar de Dios. Se sigue hablando de Dios, pero no como un Dios personal, creador, salvador y remunerador. El concepto de Dios se desvanece en pura palabrería. Se llega a la religión-ficción. Cada quien se esfuerza por inventar su sistema religioso, dando a las palabras y a los conceptos un sentido arbitrario.

La búsqueda de Dios se vuelve en un juego de palabras. En lugar de buscar la verdad, el hombre prefiere incursionar por caminos inéditos, dando ori