Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.
¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del
Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias
veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del
R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo
Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya
dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me
limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más
favorable.
Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio
al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.
Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a
revelar dos.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la
tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen
brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en
el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente
con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las
pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de
dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor.
Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales
espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.
Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del
Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en
la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de
susto y pavor.
Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con
bondad y tristeza:
— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para
salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado
Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán
paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el
pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada
por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a
castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de
las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a
pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión
reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se
convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo
guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo
Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi
Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se
convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.7
« J.M.J.
Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de
Iria-Fátima.
Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su
Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre
vuestra y mía.
Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de
Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la
mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el
mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora
irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra
con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia,
Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a
como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo
vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre
». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una
montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si
fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella,
atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso
vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los
cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado
de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que
le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo
murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y
diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones.
Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una
jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires
y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.
Tuy-3-1-1944 ».