EL TIEMPO DE CUARESMA
REFLEXIONES, SUGERENCIAS Y RECOMENDACIONES
Mons. JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura
I. SU NATURALEZA
1. Un tiempo con características propias
La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua.
Tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de
memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso
más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno y
la limosna (ver Mt 6, 1-6.16-18).
“Con su duración de cuarenta días, la Cuaresma encierra una indudable fuerza
evocadora. En efecto, alude a algunos de los acontecimientos que marcaron la
vida y la historia del antiguo Israel, volviendo a proponer, también a nosotros,
su valor paradigmático: pensemos, por ejemplo, en los cuarenta días del diluvio
universal, que concluyeron con el pacto de alianza establecido por Dios con Noé,
y así con la humanidad, y en los cuarenta días de permanencia de Moisés en el
monte Sinaí, tras los cuales tuvo lugar el don de las tablas de la Ley. El
tiempo de Cuaresma quiere invitarnos sobre todo a revivir con Jesús los cuarenta
días que pasó en el desierto, orando y ayunando, antes de emprender su misión
pública”.1
De manera semejante como el antiguo pueblo de Israel marchó durante cuarenta
años por el desierto para ingresar a la tierra prometida, la Iglesia, el nuevo
pueblo de Dios, se prepara durante cuarenta días para celebrar la Pascua del
Señor. Si bien es un tiempo penitencial, no es un tiempo triste y depresivo. Se
trata de un tiempo especial de purificación y de renovación de la vida cristiana
para poder participar con mayor plenitud y gozo del misterio pascual del Señor.
La Cuaresma es un tiempo privilegiado para intensificar el camino de la propia
conversión. Este camino supone cooperar activamente con la gracia, para dar
muerte al hombre viejo que actúa en nosotros. Se trata de romper con el pecado
que habita en nuestros corazones, alejarnos de todo aquello que nos aparta del
Plan de Dios, y por consiguiente, de nuestra felicidad y realización personal.
La Cuaresma es uno de los cuatro tiempos fuertes del año litúrgico y ello debe
verse reflejado con intensidad en cada uno de los detalles de su celebración.
Cuanto más se acentúen sus particularidades, más fructuosamente podremos vivir
toda su riqueza espiritual.
Por tanto habrá que esforzarse, entre otras cosas:
- Para que se descubra que en este tiempo son distintos tanto el enfoque de las
lecturas bíblicas (en la santa misa prácticamente no hay lectura continua), como
el de los textos eucológicos (propios y determinados casi siempre de modo
obligatorio para cada una de las celebraciones).
- Para que los cantos, sean totalmente distintos de los habituales y reflejen la
espiritualidad penitencial, propia de este tiempo.
- Para lograr una ambientación sobria y austera que refleje el carácter de
penitencia de la Cuaresma.
2. Sentido de la Cuaresma
Lo primero que debemos decir al respecto es que la finalidad de la Cuaresma es
ser un tiempo de preparación a la Pascua. Por ello se suele definir a la
Cuaresma, “como camino hacia la Pascua”. La Cuaresma no es por tanto un tiempo
cerrado en sí mismo, o un tiempo “fuerte” o importante en sí mismo.
Es más bien un tiempo de preparación, y un tiempo “fuerte”, en cuanto prepara
para un tiempo “más fuerte” aún, que es la Pascua. El tiempo de Cuaresma como
preparación a la Pascua se basa en dos pilares: por una parte, la contemplación
de la Pascua de Jesús; y por otra parte, la participación personal en la Pascua
del Señor a través de la penitencia y de la celebración o preparación de los
sacramentos pascuales – bautismo, confirmación, reconciliación, eucaristía –,
con los que incorporamos nuestra vida a la Pascua del Señor Jesús.
Incorporarnos al “misterio pascual” de Cristo supone participar en el misterio
de su muerte y resurrección. No olvidemos que el Bautismo nos configura con la
muerte y resurrección del Señor. La Cuaresma busca que esa dinámica bautismal
(muerte para la vida) sea vivida más profundamente. Se trata entonces de morir a
nuestro pecado para resucitar con Cristo a la verdadera vida: “Yo les aseguro
que si el grano de trigo…muere dará mucho fruto” (Jn 20, 24).
A estos dos aspectos hay que añadir finalmente otro matiz más eclesial: la
Cuaresma es tiempo apropiado para cuidar la catequesis y la oración de los niños
y jóvenes que se preparan a la confirmación y a la primera comunión; y para que
toda la Iglesia ore por la conversión de los pecadores.
3. Estructuras del tiempo de Cuaresma
Para poder vivir adecuadamente la Cuaresma es necesario clarificar los diversos
planos o estructuras en que se mueve este tiempo.
En primer lugar, hay que distinguir la “Cuaresma dominical”, con su dinamismo
propio e independiente, de la “Cuaresma de las ferias”.
a. La “Cuaresma dominical”
En ella se distinguen diversos bloques de lecturas. Además el conjunto de los
cinco primeros domingos, que forman como una unidad, se contraponen al último
domingo – Domingo de Ramos en la Pasión del Señor –, que forma más bien un todo
con las ferias de la Semana Santa, e incluso con el Triduo Pascual.
b. La “Cuaresma ferial”
Cabe también señalar en ella dos bloques distintos:
- El de las Ferias de las cuatro primeras semanas, centradas sobre todo en la
conversión y la penitencia.
- Y el de las dos últimas semanas, en el que, a dichos temas, se sobrepone, la
contemplación de la Pasión del Señor, la cual se hará aún más intensa en la
Semana Santa.
Al organizar, pues, las celebraciones feriales, hay que distinguir estas dos
etapas, subrayando en la primera los aspectos de conversión (las oraciones, los
prefacios, las preces y los cantos de la misa ayudarán a ello).
Y, a partir del lunes de la V Semana, cambiando un poco el matiz, es decir,
centrando más la atención en la Cruz y en la muerte del Señor (sobre todo las
oraciones de la misa y el prefacio I de la Pasión del Señor, toman este nuevo
matiz).
En el fondo, hay aquí una visión teológicamente muy interesante: la conversión
personal, que consiste en el paso del pecado a la gracia (santidad), se
incorpora con un “crescendo” cada vez más intenso, a la Pascua del Señor: es
sólo en la persona del Señor Jesús, nuestra cabeza, donde la Iglesia, su cuerpo
místico, pasa de la muerte a la vida.
Digamos finalmente que sería muy bueno subrayar con mayor intensidad las ferias
de la última semana de Cuaresma – la Semana Santa – en las que la contemplación
de la Cruz del Señor se hace casi exclusivamente (Prefacio II de la Pasión del
Señor). Para ello, sería muy conveniente que, en esta última semana se pusieran
algunos signos extraordinarios que recalcaran la importancia de estos últimos
días. Si bien las rúbricas señalan algunos de estos signos, como por ejemplo el
hecho que estos días no se permite ninguna celebración ajena (ni aunque se trate
de solemnidades); a estos signos habría que sumar algunos de más fácil
comprensión para los fieles, para evidenciar así el carácter de suma importancia
que tienen estos días: por ejemplo el canto de la aclamación del evangelio; la
bendición solemne diaria al final de la misa (bendiciones solemnes, formulario
“Pasión del Señor”); uso de vestiduras moradas más vistosas, etc.
4. El lugar de la celebración
Se debe buscar la mayor austeridad posible, tanto para el altar, el presbiterio,
y los demás lugares y elementos celebrativos. Únicamente se debe conservar lo
que sea necesario para que el lugar resulte acogedor y ordenado. La austeridad
de los elementos con que se presenta en estos días la iglesia (el templo),
contrapuesta a la manera festiva con que se celebrará la Pascua y el tiempo
pascual, ayudará a captar el sentido de “paso” (pascua = paso) que tienen las
celebraciones de este ciclo.
Durante la Cuaresma hay que suprimir, pues, las flores (las que pueden ser
sustituidas por plantas ornamentales), las alfombras no necesarias, la música
instrumental, a no ser que sea del todo imprescindible para un buen canto.
Una práctica que en algunas iglesias podría ser expresiva es la de recubrir el
altar, fuera de la celebración eucarística, con un paño de tela morada.
Finalmente hay que recordar, que la misma austeridad en flores y adornos debe
también aplicarse al lugar de la reserva eucarística y a la bendición con el
Santísimo, pues debe haber una gran coherencia entre el culto que se da al
Santísimo y la celebración de la misa.2 La misma coherencia debe manifestarse
entre la liturgia y las expresiones de la piedad popular.3 Así, pues, tampoco
caben elementos festivos, durante los días cuaresmales y de Semana Santa, ni en
el altar de la reserva ni en la exposición del Santísimo.
5. Solemnidades, fiestas y memorias durante la Cuaresma
Otro punto que debe cuidarse es el de las maneras de celebrar las fiestas del
Santoral durante la Cuaresma. El factor fundamental consiste en procurar que la
Cuaresma no quede oscurecida por celebraciones ajenas a la misma. Precisamente
para lograr este fin, el Calendario romano ha procurado alejar de este tiempo
las celebraciones de los santos.
De hecho durante todo el largo período cuaresmal, sólo se celebran un máximo de
cuatro festividades (además de alguna solemnidad o fiesta de los calendarios
particulares): San Cirilo y San Metodio (14 de febrero); la Cátedra de San Pedro
(22 de febrero); San José, casto esposo de la Virgen María (19 de marzo) y la
Anunciación del Señor (25 de marzo). En todo caso en la manera de celebrar estas
fiestas no deberá darse la impresión de que se “interrumpe la Cuaresma”, sino
más bien habrá que inscribir estas fiestas en la espiritualidad y la dinámica de
este tiempo litúrgico.
Con respecto a la memoria de los santos, hay que recordar que durante la
Cuaresma todas ellas son libres y si se celebran, se debe hacer con ornamentos
morados, y del modo como indican las normas litúrgicas.
II. LAS LECTURAS BÍBLICAS DE LA CUARESMA
“La Cuaresma nos impulsa a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida
para conocer así la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde
debemos ir, cuál es el camino que hemos de seguir en la vida. De este modo, el
tiempo de Cuaresma nos ofrece un itinerario ascético y litúrgico que, a la vez
que nos ayuda a abrir los ojos a nuestra debilidad, nos estimula a abrir el
corazón al amor misericordioso de Cristo”.4
1. Visión de conjunto
Desde el primer momento es bueno señalar el hecho que en este tiempo la temática
de los diversos sistemas de lecturas es mucho más variada que en los otros
ciclos litúrgicos. Aunque todos los leccionarios de este tiempo tengan un telón
de fondo común (la renovación de la vida cristiana por la conversión), esta
temática se presenta desde ópticas muy diversas, cada una de las cuales tiene
sus matices propios y distintos. Si esta diversidad de enfoques se olvida, si se
unifica y reduce el conjunto a una temática única, muchas de las lecturas
litúrgicas pasarán, prácticamente, desapercibidas; fenómeno éste que
lamentablemente ocurre más de una vez.
Debemos, pues, subrayar en primer lugar que la característica principal de las
lecturas de Cuaresma no estriba tanto en la “novedad” de unas lecturas que se
van descubriendo gracias a los leccionarios post-conciliares, cuanto en la
abundancia de líneas afines que es preciso aunar espiritualmente, de modo que
cada una de ellas aporte su contribución a la renovación cuaresmal de quienes
usan los citados leccionarios.
La actitud fundamental frente a las lecturas cuaresmales debe ser, sobre todo,
la de una escucha reposada y penetrante que ayude a que el espíritu se vaya
impregnando progresivamente de los criterios de la fe, hay veces suficientemente
conocidos, pero no suficientemente interiorizados y hechos vida.
No se trata de “meditaciones” más o menos intelectualizantes, como de una
contemplación “gozosa” del Plan de Dios sobre la persona humana y su historia, y
de una escucha atenta ante la llamada de Dios a una conversión que nos lleve a
la paz y a la felicidad.
En el conjunto de los Leccionarios cuaresmales emergen con facilidad unas líneas
de fuerza en las que debe centrarse la conversión cuaresmal. Esta conversión
esta muy lejos de limitarse a un mero mejoramiento moral. Es más bien una
conversión radical a Cristo, el Hombre nuevo y perfecto, para existir en Él (ver
Col 2, 7).
Estás líneas de fuerza son las siguientes:
a. Lameditación en la historia de la salvación, realizada por Dios – Amor en
favor de la persona humana creada a su imagen y semejanza. Debemos
“convertirnos” de una vida egocéntrica, donde el ser humano vive encerrado en su
mentira existencial, a una vida de comunión con el Señor Jesús, el Camino, la
Verdad y la Vida, que nos lleva al Padre en el Espíritu Santo.
b. La vivencia del misterio pascual como culminación de esta historia santa:
debemos “convertirnos” de la visión de un Dios común a todo ser humano, a la
visión del Dios vivo y verdadero que se ha revelado plenamente en su único Hijo,
Cristo Jesús y en su victoria pascual presente en los sacramentos de su Iglesia:
“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea
en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3, 16).
c. El combate espiritual, que exige la cooperación activa con la gracia en orden
a morir al hombre viejo y al propio pecado para dar paso a la realidad del
hombre nuevo en Cristo. En otras palabras, la lucha por la santidad, exigencia
que hemos recibido en el santo Bautismo.
Estas tres líneas deben proponerse todas en simultáneo. La primera línea de
fuerza –la meditación de la Historia de la Salvación- la tenemos principalmente
en las lecturas del Antiguo Testamento de los domingos y en las lecturas de la
Vigilia Pascual. La segunda –la vivencia del misterio pascual como culminación
de la historia santa-, en los evangelios de los domingos III, IV y V (los
sacramentales pascuales) y, por lo menos en cierta manera, en los evangelios
feriales a partir del lunes de la semana IV (oposición de Jesús al mal, que
termina con la victoria pascual de Jesús sobre la muerte, mal supremo).
La tercera línea –el combate espiritual, la vida en Cristo, la vida virtuosa y
santa- aparece particularmente en las lecturas apostólicas de los domingos y en
el conjunto de las lecturas feriales de la misa de las tres primeras semanas.
Vale la pena subrayar que las tres líneas de fuerza de que venimos hablando se
hallan, con mayor o menor intensidad, al alcance de todos los fieles: desde los
que sólo participan en la misa dominical a los que toman parte además en la
Eucaristía de los días feriales. Con intensidades diversas pero con un contenido
fundamentalmente idéntico, todos los fieles beben, a través de la liturgia
cuaresmal, en una fuente que les invita a la conversión bajo todos sus aspectos.
2. Misas dominicales
Las lecturas dominicales de Cuaresma tienen una organización unitaria, que hay
que tener presente en la predicación.
Las lecturas del Antiguo Testamento siguen su propia línea, que no tiene una
relación directa con los evangelios, como el resto del año. Una línea importante
para comprender la Historia de la Salvación.
Los Evangelios siguen también una temática organizada y propia.
Y las lecturas que se hacen en segundo lugar, las apostólicas, están pensadas
como complementarias de las anteriores.
a. La primera lectura tiene en este tiempo de Cuaresma una intención clara:
presentar los grandes temas de la Historia de la Salvación, para preparar el
gran acontecimiento de la Pascua del Señor:
La creación y origen del mundo (domingo primero).
Abraham, padre de los creyentes (domingo segundo).
El Éxodo y Moisés (domingo tercero).
La historia de Israel, centrada sobre todo en David (domingo cuarto).
Los profetas y su mensaje (domingo quinto).
El Siervo de Yahvé (domingo de Ramos).
Estas etapas se proclaman de modo más directo en el Ciclo A, en sus momentos
culminantes.
En el Ciclo B se centran sobre todo en el tema de la Alianza (con Noé, con
Abraham, con Israel, el exilio, la nueva alabanza anunciada por Jeremías).
En el Ciclo C, las mismas etapas se ven más bien desde el prisma del culto
(ofrendas de primicias, celebración de la Pascua, etc.).
En el sexto domingo, o domingo de Ramos en la Pasión del Señor, invariablemente
se proclama el canto del Siervo de Yahvé, por Isaías.
Estas etapas representan una vuelta a la fuente: la historia de las actuaciones
salvíficas de Dios, que preparan el acontecimiento central: el misterio Pascual
del Señor Jesús. En la predicación hay que tener en cuenta esta progresión, para
no perder de vista la marcha hacia la Pascua.
b. La lectura Evangélica tiene también su coherencia independiente a lo largo de
las seis semanas:
-Domingo primero: el tema de las tentaciones de Jesús en el desierto, leídas en
cada ciclo según su evangelista; el tema de los cuarenta días, el tema del
combate espiritual.
-Domingo segundo: la Transfiguración, leída también en cada ciclo según el
propio evangelista; de nuevo el tema de los cuarenta días (Moisés, Elías,
Cristo) y la preparación pascual; la lucha y la tentación llevan a la vida.
-Domingo tercero, cuarto y quinto: presentación de los temas catequéticos de la
iniciación cristiana: el agua, la luz, la vida.
En el Ciclo A: los grandes temas bautismales de San Juan: la samaritana (agua),
el ciego (luz), Lázaro (vida).
En el Ciclo B: temas paralelos, también de San Juan: el Templo, la serpiente y
Jesús Siervo.
En el Ciclo C: temas de conversión y misericordia: iniciación a otro Sacramento
cuaresmal – pascual: la Penitencia.
- Domingo Sexto : la Pasión de Jesús, cada año según su evangelista (reservando
la Pasión de San Juan para el Viernes Santo).
El predicador debe tener en cuenta esta unidad y ayudar a que la comunidad vaya
desentrañando los diversos aspectos de su marcha hacia la Pascua, no quedándose,
por ejemplo en el tema de la tentación o de la penitencia, sino entrando también
a los temas bautismales: Cristo y su Pascua son para nosotros la clave del agua
viva, de la luz verdadera y de la nueva vida.
c. La segunda lectura está pensada como complemento de los grandes temas de la
Historia de la Salvación y de la preparación evangélica a la Pascua. Temas
espirituales, relativos al proceso de fe y conversión y a la concretización
moral de los temas cuaresmales: la fe, la esperanza, el amor, la vida
espiritual, hijos de la luz, etc.
3. Misas feriales
Este grupo de lecturas tiene gran influencia en la vida espiritual de aquellos
cristianos que acostumbran a participar activamente en la eucaristía diaria. Es
bueno señalar que el leccionario ferial de Cuaresma fue construyéndose a lo
largo de varios siglos y antes de la reforma conciliar siempre fue el más rico
de todo el año litúrgico. La reforma litúrgica lo respetó por su antigua
tradición y riqueza.
Al haberse construido con los siglos, su temática es bastante variada y muy
lejana, por tanto, de lo que es una lectura continua o un plan concebido de
conjunto, que son las formas a las que nos tienen acostumbrados los leccionarios
salidos de la reforma conciliar.
El actual leccionario ferial de la misa divide la Cuaresma en dos partes: por un
lado, tenemos los días que van desde el Miércoles de Ceniza hasta el sábado de
la III semana; y por otro, las ferias que discurren desde el lunes de IV semana
hasta el comienzo del Triduo Pascual.
a. En la primera parte de la Cuaresma (Miércoles de Ceniza hasta el sábado de
III semana), las lecturas van presentando, positivamente, las actitudes
fundamentales del vivir cristiano y, negativamente, la reforma de los defectos
que obscurecen nuestro seguimiento de Jesús.
En estas ferias, ambas lecturas suelen tener unidad temática bastante marcada,
que insiste en temas como la conversión, el sentido del tiempo cuaresmal, el
amor al prójimo, la oración, la intercesión de la Iglesia por los pecadores, el
examen de conciencia, etc.
En los orígenes de la organización de la Cuaresma, sólo había misa (además del
Domingo), los días miércoles y viernes. Por este motivo el leccionario de
Cuaresma privilegia las lecturas de estos dos días con lecturas de mayor
importancia que las de las restantes ferias. Dichas lecturas suelen ser
relativas a la pasión y a la conversión.
b. En la segunda parte de la Cuaresma, (a partir del Lunes de la IV semana hasta
el Triduo Pascual), el leccionario cambia de perspectiva: se ofrece una lectura
continua del evangelio según San Juan, escogiendo sobre todo los fragmentos en
los que se propone la oposición creciente entre Jesús y los “judíos”.
Esta meditación del Señor enfrentándose con el mal, personalizado por San Juan
en los “judíos”, está llamada a fortalecer la lucha cuaresmal no sólo en una
línea ascética, sino principalmente en el contexto de la comunión con Cristo, el
único vencedor absoluto del mal.
En estas ferias, las lecturas no están tan ligadas temáticamente una respecto de
la otra, sino que presentan, de manera independiente, por un lado la figura del
Siervo de Yahvé o de otro personaje (Jeremías especialmente), que viene a ser
como imagen y profecía del Salvador crucificado; y, por otro, el desarrollo de
la trama que culminará en la muerte y victoria de Cristo.
Finalmente es bueno indicar que a partir del lunes de la semana IV aparece un
tema quizá no muy conocido: el conjunto dinámico que, partiendo de las “obras” y
“palabras” del Señor Jesús, llega hasta el acontecimiento de su “hora”. Para no
pocos puede ser aconsejable hacer un esfuerzo de meditación continuada en estos
evangelios en su trama progresiva. Este tema puede resultar muy enriquecedor.
Aunque se conozcan a veces los textos, pocas veces se ha descubierto el
significado dinámico que une el conjunto de estas lecturas, conjunto que
desemboca en la “hora” de Jesús, es decir en su glorificación a través de la
muerte que celebramos en el Triduo pascual.
III. NORMAS LITÚRGICAS
1. Con respecto al conjunto de las celebraciones
Se omite siempre el “Aleluya” en toda celebración.
Esta mandado suprimir los adornos y flores de la iglesia, excepto el IV Domingo.
(Domingo de la alegría en nuestro camino hacia la Pascua). Igualmente se suprime
la música de instrumentos (excepto el IV Domingo), a no ser que sean
indispensables para acompañar algún canto.
Las mismas expresiones de austeridad en flores y música se tendrán en el altar
de la reserva eucarística y en las celebraciones extralitúrgicas, y en las
manifestaciones de piedad popular.
2. Con respecto a las celebraciones de la eucaristía
Excepto en los domingos y en las solemnidades y fiestas que tienen prefacio
propio, cada día se dice cualquiera de los cinco prefacios de Cuaresma.
Los domingos se omite el himno del “Gloria”. Este himno, en cambio, se dice en
las solemnidades y fiestas.
Antes de la proclamación del evangelio, tanto en las misas del domingo como en
las solemnidades, fiestas y ferias, el canto del “Aleluya” se substituye por
alguna otra aclamación a Cristo. Con todo, para subrayar mejor la distinción
entre las ferias y los días festivos, creemos mejor omitir siempre este canto en
los días feriales. Incluso en los domingos, es mejor omitir esta aclamación que
recitarla sin canto.
Los domingos no se puede celebrar ninguna otra misa que no sea la del día. En
las ferias, las señaladas en el Calendario Litúrgico con la letra (D), existe la
posibilidad de celebrar alguna misa distinta de la del día.
Si en las ferias se quiere hacer la memoria de algún santo, se substituye la
colecta ferial por la del santo. Los demás elementos deben ser feriales (incluso
la oración sobre las ofrendas y después de la comunión).
IV. RECOMENDACIONES Y SUGERENCIAS
1. Textos eucológicos
La Cuaresma es el tiempo del año que posee mayor riqueza de textos eucológicos
(conjunto de oraciones de un libro litúrgico o de una celebración). La misa no
sólo tiene propia la primera oración de cada día, sino incluso la oración sobre
las ofrendas y la oración después de la comunión. Pero, además de estos textos
obligatorios, subrayaríamos la importancia de otros formularios que pueden
usarse libremente:
a. El acto penitencial de la misa
Sería recomendable destacar, durante este tiempo, esta parte de la celebración.
Podrían, por ejemplo, variarse cada día de la semana las invocaciones (la nueva
edición del Misal Romano ofrece para ello una variedad de posibilidades), y
cantar a diario –no limitarse a rezar- el “Señor ten piedad”. Es una manera
sencilla de subrayar el carácter penitencial de estos días.
b. Oración de los fieles
Convendría emplear algunos formularios en los que se atendiese el significado
propio de este tiempo, y en los que se incluyeran algunas peticiones por los
pecadores, a tenor de lo que se dice al respecto en el Concilio Vaticano II (ver
Sacrosanctum Concilium, N. 109). Asimismo, y siguiendo el pedido del Santo
Padre, se pueden incluir peticiones por la paz del mundo, por la familia, por la
defensa de la vida, y por las vocaciones.
c. Prefacios
En el año A, todos los domingos tienen un prefacio propio que glosa el evangelio
del día. En los años B y C, tienen prefacio propio los domingos I y II y el
domingo de Ramos. Los restantes domingos, se usa uno de los prefacios comunes de
Cuaresma. El más apropiado para el domingo IV es el prefacio I, por sus
alusiones a la Pascua que, se avecina. En cambio el prefacio IV por sus
alusiones al ayuno, no es apropiado para el domingo.
Para las ferias hay cinco prefacios. Todos estos prefacios habrá que
distribuirlos de manera que ninguno de ellos quede olvidado. Por su carácter
penitencial, el IV está especialmente indicado para los viernes.
d. El espíritu de la Cuaresma en sus Prefacios
La última edición de Misal Romano en castellano (1988), trae cinco Prefacios de
Cuaresma, destinados a las cuatro primeras semanas de este tiempo.
La semana V y VI, como se recuerda, disponen de dos Prefacios de la Pasión del
Señor. Los cinco prefacios cuaresmales son éstos:
Prefacio I: Significación espiritual de la Cuaresma
A usarse sobre todo el domingo, cuando no hay señalado prefacio propio.
Este prefacio presenta cuatro líneas de fuerza:
En primer lugar define la actitud del cristiano en la cuaresma: “anhelar año
tras año la solemnidad de la pascua”. Este prefacio presenta la meta positiva
del proceso cuaresmal y de la vida cristiana: participar en plenitud del
misterio pascual del Señor Jesús. Lo que deseamos y celebramos es el misterio de
Cristo renovado en nuestra vida: la Iglesia, que se incorpora a la Pascua de su
Señor.
En segundo lugar la tarea cuaresmal se describe con tres pinceladas: librarnos
del pecado y purificarnos interiormente; dedicarnos con mayor empeño a la
alabanza divina (vida de oración); y finalmente vivir más intensamente el amor
fraterno (la caridad).
En tercer lugar subraya que la meta última a la que tiende el proceso cuaresmal
es “llegar a ser con plenitud hijos de Dios”, en Cristo, el Hijo por excelencia,
en quien hemos sido injertados por el Bautismo.
Finalmente, en cuarto lugar, el prefacio subraya que todo es iniciativa divina,
a la que la persona humana debe corresponder según el máximo de sus
posibilidades y capacidades: “por Él concedes a tus hijos anhelar, año tras
año...” La Palabra de Dios y los Sacramentos nos ayudan en nuestro camino hacia
la santidad.
Prefacio II: La penitencia espiritual
A usarse sobre todo el domingo, cuando no hay señalado un prefacio propio.
Este prefacio subraya el sentido de la penitencia cuaresmal. La Cuaresma es
presentada como un tiempo de gracia (tiempo de misericordia), que Dios nos
ofrece para conseguir la purificación interior del espíritu. Vernos libres del
pecado, de nuestros vicios y esclavitudes, reordenando adecuadamente nuestras
potencias y pasiones, aprendiendo a usar los bienes materiales como medios y no
como fines, comprendiendo su naturaleza perecedera y por tanto no apegándonos a
ellos desordenadamente. Este es el sentido de la penitencia cuaresmal: cambio de
mentalidad (metanoia), despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre
nuevo.
Prefacio III: Los frutos de las privaciones voluntarias
A usarse durante las ferias y los días de abstinencia y ayuno.
Este prefacio concreta aún más esta “penitencia” y señala el por qué de la
abstinencia y el ayuno. El ayuno tiene una doble finalidad: por una parte
mitigar nuestros apetitos desordenados, y por otra parte aliviar las necesidades
del prójimo con el fruto de nuestra renuncia. Con ello damos gracias a Dios y
nos hacemos discípulos e instrumentos de su amor.
Prefacio IV: Los frutos del ayuno
A usarse durante las ferias y los días de abstinencia y ayuno.
Es el más antiguo de los prefacios cuaresmales. Se limita a destacar el ayuno
como elemento central de la Cuaresma, presentándonos el aspecto “ascético” de
este tiempo litúrgico.
Prefacio V: El camino del éxodo cuaresmal
A usarse durante las ferias de este tiempo.
Este prefacio fue incorporado en la última edición del Misal Romano en
castellano (1988). Tiene un título dinámico y sugestivo. Presenta a Dios como
Padre rico en misericordia, quien toma la iniciativa de nuestra salvación porque
“por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros
delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados- y
con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,
4-6). El prefacio presenta el camino de la Iglesia en la Cuaresma como un “nuevo
éxodo”, donde la Iglesia está llamada a hacer penitencia y renovar su vocación
de pueblo de la alianza nueva y eterna, llamado a bendecir el nombre de Dios, a
escuchar su Palabra y a experimentar con gozo sus maravillas.
Además de estos cinco prefacios numerados, hay otros varios, prácticamente para
cada domingo, sobre todo en el Ciclo A.
El domingo primero, se centra en las tentaciones de Jesús en el desierto.
El domingo segundo, sobre la Transfiguración del Señor.
Los domingos tercero, cuarto y quinto, tienen unos prefacios claramente
bautismales, respondiendo a las lecturas evangélicas, que presentan los grandes
temas cuaresmales del agua (la samaritana), la luz (el ciego de nacimiento) y la
vida (Lázaro).
Como ya hemos indicado hay otros dos prefacios de Pasión, para los últimos días
de la Cuaresma y Semana Santa.
Son once prefacios en total. Podemos sacar provecho de ellos para nuestra
predicación y nuestra catequesis. En ellos están las ideas – fuerza del misterio
de salvación que sucede en nuestro camino cuaresmal-pascual.
e. Plegarias Eucarísticas
Pueden usarse las dos plegarias eucarísticas sobre la reconciliación, sobre todo
los días miércoles y viernes, que son los días más penitenciales de la Cuaresma.
f. Monición introductoria al Padrenuestro
Durante el tiempo de Cuaresma, puede ser sugestivo recalcar en la monición al
Padrenuestro la petición: “Perdónanos nuestras ofensas”, o bien “Líbranos del
mal”.
g. Bendición Solemne y Oraciones sobre el pueblo
La edición del Misal Romano en castellano (1988), ha incorporado una bendición
solemne para este tiempo, que en la edición anterior del Misal no existía. Por
ello será oportuno usarla sobre todo el Miércoles de Ceniza y los domingos de
Cuaresma.
También se pueden usar para los domingos las “oraciones sobre el pueblo” que
trae el Misal Romano al final del elenco de las Bendiciones Solemnes, y que son
las antiguas bendiciones romanas. Para los domingos las más aconsejables son las
de los números 4, 11, 18, 20 y 21. No hay que olvidar el domingo VI de Cuaresma
o de Pasión tiene bendición propia.
Si para las ferias se quiere emplear alguna de las “oraciones sobre el pueblo”,
las más apropiadas son las de los números, 6, 10, 12, 15, 17 y 24. La 17 resulta
muy apropiada para los días viernes.
2. Programa de cantos
a) Canto de entrada de la misa
Este canto ha de dar el color cuaresmal al conjunto de la celebración
eucarística. Debe ser penitencial o, en los días viernes y en las dos últimas
semanas, alusivos a la cruz del Señor. Por tanto hay que poner mucho cuidado en
su elección.
b) Salmo responsorial
Se debe respetar siempre en la liturgia de la Misa y no ser alegremente
sustituido por cualquier canto. No nos cansaremos de decir que el Salmo forma
parte integral de la Liturgia de la Palabra; que es Palabra de Dios, y que la
palabra divina nunca puede ser sustituida por la palabra humana.
En la medida de lo posible se debe cantar. Pero si la asamblea no puede cantar
la antífona propia del salmo de la misa, se pueden buscar algunas antífonas
aplicables a todas las misas, siempre y cuanto estas antífonas respeten el
sentido del salmo.
Así por ejemplo se pueden seleccionar antífonas penitenciales, cuando el salmo
sea penitencial (por ejemplo, “Perdón, Señor, Perdón”; o “Sí me levantaré”); o
aclamaciones que aludan a la pasión del Señor, cuando el salmo sugiera la
oración de Cristo en la cruz (por ejemplo “Protégeme Dios mío”).
En caso que esto tampoco se pueda hacer es preferible leer el salmo, y la
asamblea responder con la antífona indicada, a cantar una respuesta que no tenga
el mismo sentido del salmo.
c) Aclamación antes del evangelio
Pueden hacerse estas indicaciones:
- Es mejor reservarla únicamente para los días más solemnes (domingos y tres
primeras ferias de Semana Santa), y omitirla en las ferias.
- Nunca la debe cantar un solista (no es un segundo salmo responsorial), sino la
asamblea o un coro. Lo mejor es que sea un canto vibrante y aclamación a Cristo
que hablará en el santo evangelio.
d) Cantos de comunión
Deberán evitarse los que tuvieren un matiz penitencial, pues la comunión es
siempre un momento festivo. En el momento de comulgar no se trata de crear un
ambiente cuaresmal, sino acompañar festivamente la procesión eucarística. Por
ello es bueno para este momento de la Santa Misa escoger cantos alusivos al
convite eucarístico.
e) Preparación de los cantos de la Vigilia y de la Cincuentena pascual
Hay que dedicar durante la Cuaresma un tiempo cada semana para ensayar cantos
pascuales. Esto no se sitúa solamente en la línea de una necesidad práctica con
vistas a las fiestas y al tiempo litúrgico que se aproximan, sino que además
contribuirá a vivir la Cuaresma como un camino hacia la pascua, creando el deseo
de anhelar su celebración.
En esta línea, tiene tanta importancia los ensayos en sí como la explicación de
algunos textos cantados. En estos ensayos cuaresmales debería procurarse que el
repertorio pascual progresara de año en año, y, así, los cantos pascuales
superaran los de los otros ciclos, como la Pascua supera en solemnidad las otras
fiestas.
Como cantos más importantes podrían citarse:
Un “Aleluya” vibrante (y quizá nuevo) que, bien ensayado desde el principio de
la Cuaresma, lo podría saber bien toda la asamblea.
Un “Gloria” solemne y extraordinario, que podría estrenarse en la Noche santa de
Pascua y convertirse en el “Gloria” propio de la cincuentena, o por lo menos de
la Octava de Pascua. Es bueno recordar que el “Gloria” que se escoja debe
recoger en su totalidad el texto litúrgico del Misal Romano.
Aquel que cantará el “Pregón Pascual” en la Vigilia Pascual, deberá practicarlo
con la suficiente anticipación y nunca dejar su ensayo para el último momento.
3. Preparación del cirio pascual
El cirio pascual es quizás el signo más propio y expresivo de las celebraciones
pascuales. Por ello, no es suficiente comprarlo (sería imperdonable usar el
cirio de otros años, pues la Pascua es la renovación de todo), sino que es
necesario ambientar su futura presencia, y, lograr que los fieles lo anhelen,
pues el representa al Señor glorificado.
Por ello sugerimos que se organice el IV Domingo de Cuaresma una colecta entre
los fieles para adquirirlo. El IV Domingo de Cuaresma, es el domingo de la
alegría en el camino penitencial hacia la Pascua (domingo de laetare), y nos
invita a pensar en la Pascua como una celebración ya muy próxima.
Con ello resultaría más verdadera la expresión que se cantará en el pregón
pascual: “En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio
vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros
en la solemne ofrenda de este cirio”. Es evidente que esta expresión pierde todo
su sentido si se usa un cirio que ya ha sido, por decirlo así, “ofrecido”
anteriormente.
4. Oración, mortificación y caridad
Son las tres grandes prácticas cuaresmales o medios de la penitencia cristiana
(ver Mt 6,1-6.16-18).
Ante todo, está la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con
Dios. En la oración, el cristiano ingresa en el diálogo íntimo con el Señor,
deja que la gracia entre en su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre a
la acción del Espíritu cooperando con ella con su respuesta libre y generosa
(ver Lc 1,38). Por tanto debemos en este tiempo animar a nuestros fieles a una
vida de oración más intensa.
Para ello podría ser aconsejable introducir el rezo de Laúdes o Vísperas, en la
forma que resulte más adecuada: los domingos o en los días laborables, como una
celebración independiente o unidos a la Misa; invitar a nuestros fieles a formar
algún grupo de oración que se reúna establemente bajo nuestra guía, una vez por
semana durante media hora. De esta manera además de rezar podemos enseñarles a
hacer oración; incentivar la oración por la conversión de los pecadores, oración
propia de este tiempo; etc. Además, no hay que olvidar que la Cuaresma es tiempo
propicio para leer y meditar diariamente la Palabra de Dios.
Por ello sería muy bueno ofrecer a nuestros fieles la relación de las lecturas
bíblicas de la liturgia de la Iglesia de cada día con la confianza de que su
meditación sea de gran ayuda para la conversión personal que nos exige este
tiempo litúrgico.
La mortificación y la renuncia, en las circunstancias ordinarias de nuestra
vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de la
Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien
ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas; de aceptar con
humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que nos presenta el ritmo
de la vida diaria, haciendo ocasión de ellos para unirnos a la Cruz del Señor.
De la misma manera, el renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el
desapego y el desprendimiento. Incluso el fruto de esas renuncias y
desprendimientos lo podemos traducir en alguna limosna para los pobres. Dentro
de esta práctica cuaresmal están el ayuno y la abstinencia, de los que nos
ocuparemos más adelante en un acápite especial.
La caridad. De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos propone la
Iglesia, la vivencia de la caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda
San León Magno: “estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al
ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro
ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud,
que contiene en sí a las demás y cubre multitud de pecados”. Esta vivencia de la
caridad debemos vivirla de manera especial con aquel a quien tenemos más cerca,
en el ambiente concreto en el que nos movemos.
Sobre la vivencia de la caridad en la Cuaresma el Santo Padre nos señala: “En la
encíclica Deus est caritas, quise presentar este amor como el secreto de nuestra
conversión personal y eclesial. Comentando las palabras de san Pablo a los
Corintios: "Nos apremia el amor de Cristo" (2 Cor 5, 14), subrayé que "la
conciencia de que, en Él, Dios mismo se ha entregado por nosotros hasta la
muerte, tiene que llevarnos a vivir no ya para nosotros mismos, sino para Él y,
con Él, para los demás" (n. 33). El amor, como reafirma Jesús en el pasaje
evangélico de hoy, debe traducirse
después en gestos concretos en favor del prójimo, y en especial en favor de los
pobres y los necesitados, subordinando siempre el valor de las "obras buenas" a
la sinceridad de la relación con el "Padre celestial", que "ve en lo secreto" y
"recompensará" a los que hacen el bien de modo humilde y desinteresado (ver Mt
6, 1. 4. 6. 18). La concreción del amor constituye uno de los elementos
esenciales de la vida de los cristianos, a los que Jesús estimula a ser luz del
mundo, para que los hombres, al ver sus "buenas obras", glorifiquen a Dios (ver
Mt 5, 16). Esta recomendación llega a nosotros muy oportunamente al inicio de la
Cuaresma, para que comprendamos cada vez mejor que "la caridad no es una especie
de actividad de asistencia social (...), sino que pertenece a su naturaleza y es
manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Deus est caritas, n. 25). El
verdadero amor se traduce en gestos que no excluyen a nadie, a ejemplo del buen
samaritano, el cual, con gran apertura de espíritu, ayudó a un desconocido
necesitado, al que encontró "por casualidad" a la vera del camino (ver Lc 10,
31)”.5
Por ello será oportuno discernir, conforme a la realidad de nuestras
comunidades, qué campañas a favor de los pobres podemos organizar durante la
Cuaresma, y cómo debemos alentar a nuestros fieles a la caridad personal.
La oración, la mortificación y la caridad, nos ayudan a vivir la conversión
pascual: del encierro del egoísmo (pecado), estas tres prácticas de la Cuaresma
nos ayudan a vivir la dinámica de la apertura a Dios, a nosotros mismos y a los
demás.
5. La abstinencia y el ayuno
La práctica del ayuno, tan característica desde la antigüedad en este tiempo
litúrgico, es un “ejercicio” que libera voluntariamente de las necesidades de la
vida terrena para redescubrir la necesidad de la vida que viene del cielo: “No
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”(Mt
4,4; ver Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión del I Domingo de Cuaresma).
¿Qué exige la Abstinencia y del Ayuno?
La abstinencia prohíbe el uso de carnes, pero no de huevos, lactinios y
cualquier condimento a base de grasa de animales. Son días de abstinencia todos
los viernes del año.
El ayuno exige hacer una sola comida durante el día, pero no prohíbe tomar un
poco de alimento por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que respecta a
la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas (Constitución
Apostólica poenitemi, sobre doctrina y normas de la penitencia, III, 1,2).
Son días de ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Según acuerdo de los Obispos del Perú reunidos en Enero de 1985, y conforme a
las Normas complementarias de la Conferencia Episcopal Peruana al Código de
Derecho Canónico de Enero de 1986 aprobadas por la Santa Sede, el Ayuno y la
Abstinencia puede ser reemplazado por:
Prácticas de piedad (por ejemplo, lectura de la Sagrada Escritura, Santa Misa,
Rezo del Santo Rosario).
Mortificaciones corporales concretas.
Abstención de bebidas alcohólicas, tabaco, espectáculos.
Limosna según las propias posibilidades. Obras de caridad, etc.
¿Quiénes están llamados a la abstinencia y al ayuno?
A la Abstinencia de carne: los mayores de 14 años.
Al Ayuno: los mayores de edad (18 años) hasta los 59 años.
¿Por qué el Ayuno?
“ Es necesario dar una respuesta profunda a esta pregunta, para que quede clara
la relación entre el ayuno y la conversión, esto es, la transformación
espiritual que acerca al hombre a Dios. El abstenerse de la comida y la bebida
tiene como fin introducir en al existencia del hombre no sólo el equilibrio
necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría definir como
“actitud consumista". Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las
características de la civilización occidental. ¡La actitud consumista! El
hombre, orientado hacia los bienes materiales, muy frecuentemente abusa de
ellos. La civilización se mide entonces según la cantidad y la calidad de las
cosas que están en condiciones de proveer al hombre y no se mide con el metro
adecuado al hombre. Esta civilización de consumo suministra los bienes
materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar las
actividades creativas y útiles, sino cada vez más para satisfacer los sentidos,
la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicación
de sensaciones cada vez mayor. El hombre de hoy debe ayunar, es decir,
abstenerse de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los
sentidos: ayunar significa abstenerse de algo. El hombre es él mismo solo cuando
logra decirse a sí mismo: No. No es la renuncia por la renuncia: sino para el
mejor y más equilibrado desarrollo de sí mismo, para vivir mejor los valores
superiores, para el dominio de sí mismo”.6
6. La Confesión
La Cuaresma es tiempo penitencial por excelencia y por tanto se presenta como
tiempo propicio para impulsar la pastoral de este sacramento7, ya que la
confesión sacramental es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión
de los pecados graves cometidos después del Bautismo.8
No hay que olvidar que los fieles laicos saben, por una larga tradición
eclesial, que el tiempo de Cuaresma – Pascua, está en relación con el precepto
de la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez al año.
Por todo ello, habrá que ofrecer horarios abundantes de confesiones.
7. La Cuaresma y la Piedad Popular
La Cuaresma es tiempo propicio para una interacción fecunda entre liturgia y
piedad popular. Entre las devociones de piedad popular más frecuentes que
durante la Cuaresma podemos alentar están:
La Veneración a Cristo Crucificado
En el Triduo pascual, el Viernes Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor,
es el día por excelencia para la “Adoración de la Santa Cruz”. Sin embargo, la
piedad popular desea anticipar la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo
largo de todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima tradición
cristiana es el día conmemorativo de la Pasión de Cristo, los fieles dirigen con
gusto su piedad hacia el misterio de la Cruz.
Contemplando al Salvador crucificado captan más fácilmente el significado del
dolor inmenso e injusto que el Señor Jesús, el Santo, el Inocente, padeció por
la salvación del hombre, y comprenden también el valor de su amor solidario y la
eficacia de su sacrificio redentor. En las manifestaciones de devoción a Cristo
crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular como cantos y
oraciones, gestos como la ostensión y el beso de la cruz, la procesión y la
bendición con la cruz, se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios
de piedad que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.
No obstante, la piedad respecto a la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de
ser iluminada. Se debe mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al
acontecimiento de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la Muerte y la
Resurrección de Cristo, son inseparables en la narración evangélica y en el
designio salvífico de Dios.
La Lectura de la Pasión del Señor
Durante el tiempo de Cuaresma, el amor a Cristo crucificado deberá llevar a la
comunidad cristiana a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la
lectura de la Pasión del Señor.
Esta lectura, de gran sentido doctrinal, atrae la atención de los fieles tanto
por el contenido como por la estructura narrativa, y suscita en ellos
sentimientos de auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas,
porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para remisión de
los pecados de todo el género humano y también de los propios; compasión y
solidaridad con el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor
infinito que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en su Pasión para con
todos los hombres, sus hermanos; decisión de seguir los ejemplos de mansedumbre,
paciencia, misericordia, perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos
del Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su Pasión.
El Vía Crucis
Entre los ejercicios de piedad con los que los fieles veneran la Pasión del
Señor, hay pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través de este
ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con su afecto, el último
tramo del camino recorrido por Jesús durante su vida terrena: del Monte de los
Olivos, donde en el “huerto llamado Getsemani” (Mc 14, 32) el Señor fue “presa
de la angustia” (Lc 22, 44), hasta el Monte Calvario, donde fue crucificado
entre dos malhechores (ver Lc 23, 33), al jardín donde fue sepultado en un
sepulcro nuevo, excavado en la roca (ver Jn 19, 40-42).
Un testimonio del amor del pueblo cristiano por este ejercicio de piedad son los
innumerables Vía Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los
claustros e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina, a
la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía sugestiva. En el
ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen también diversas expresiones
características de la espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como
camino o peregrinación; como paso, a través del misterio de la Cruz, del exilio
terreno a la patria celeste; el deseo de conformarse profundamente con la Pasión
de Cristo; las exigencias del seguimiento de Cristo, según la cual el discípulo
debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día su propia cruz (ver Lc 9,23).
Por tanto debemos motivar su rezo los miércoles y/o viernes de Cuaresma.
8. La Virgen María en la Cuaresma
En el plan salvífico de Dios (ver Lc 2, 34-35) están asociados Cristo
crucificado y la Virgen dolorosa. Como Cristo es el “hombre de dolores” (Is 53,
3), por medio del cual se ha complacido Dios en “reconciliar consigo todos los
seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su
cruz” (Col 1,20), así María es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar
a su Hijo, como Madre y partícipe de su Pasión. Desde los días de la infancia de
Cristo, toda la vida de la Virgen, participando del rechazo de que era objeto su
Hijo, transcurrió bajo el signo de la espada (ver Lc 2, 35).
Por ello la Cuaresma es también tiempo oportuno para crecer en nuestro amor
filial a Aquella que al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó Ella
misma con Él, por nuestra salvación.
Este amor filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando ciertas
devociones marianas propias de este tiempo: “Los siete dolores de Santa María
Virgen”; la devoción a “Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores” (cuya memoria
litúrgico se puede celebrar el viernes de la V semana de Cuaresma; y el rezo del
Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.
También podemos i mpulsar el culto de la Virgen María a través de la colección
de Misas de la Bienaventurada Virgen María, cuyos formularios de Cuaresma pueden
ser usados el día sábado.
V. NORMAS LITÚRGICAS COMPLEMENTARIAS
1. Miércoles de Ceniza
La bendición e imposición de la ceniza se hace después del evangelio y de la
homilía. Con motivo de este rito penitencial, al empezar la misa de este día se
suprime el acto penitencial acostumbrado. Por ello, después que el celebrante ha
besado el altar, saluda al pueblo y, a continuación, se pueden decir las
invocaciones, “Señor ten piedad”, (sin anteponer otras frases, pues hoy no son
el acto penitencial), y la oración colecta, y se pasa a la liturgia de la
palabra. Después de la homilía se hace la bendición e imposición de la ceniza;
acabada ésta, el celebrante se lava las manos y se continúa la celebración con
la oración de los fieles.
Sobre el rito de la Imposición de la Ceniza el Santo Padre nos enseña: “En todas
las comunidades parroquiales se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la
imposición de la ceniza; este rito va acompañado de dos fórmulas muy densas de
significado, que constituyen una apremiante llamada a reconocerse pecadores y a
volver a Dios. La primera fórmula reza: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo
volverás" (cf. Jn 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, evocan
la condición humana, marcada por la caducidad y el límite, y quieren impulsarnos
a volver a poner nuestra esperanza únicamente en Dios. La segunda fórmula remite
a las palabras que pronunció Jesús al inicio de su ministerio itinerante:
"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). Es una invitación a poner como
fundamento de la renovación personal y comunitaria la adhesión firme y confiada
al Evangelio. La vida del cristiano es una vida de fe, fundada en la palabra de
Dios y alimentada por ella. En las pruebas de la vida y en todas las
tentaciones, el secreto de la victoria radica en escuchar la Palabra de verdad y
rechazar con decisión la mentira y el mal”.9
2. Domingo IV de Cuaresma
Por ser el domingo de la alegría (domingo de laetare) en el camino cuaresmal
hacia la Pascua, durante todo el domingo IV, desde las I Vísperas que se
celebran el sábado anterior, es conveniente poner flores en el altar y tocar
música durante las celebraciones. De esta manera se subraya a los fieles que
esta cerca la gran fiesta de la Pascua y que el fruto de nuestro esfuerzo
cuaresmal, será resucitar con el Señor a la vida verdadera.
3. Ferias de la V Semana de Cuaresma
Las ferias de la V Semana de Cuaresma –antigua semana de Pasión- tienen unas
pequeñas características propias: sin dejar de ser tiempo de Cuaresma, ya toman
algo del color propio de la próxima Semana Santa y con ello inauguran, en cierta
manera, la preparación del Triduo Pascual, llevándonos a la contemplación de la
gloria de la Cruz del Señor Jesús. Es conveniente recordar que en las
celebraciones eucarísticas de esta semana, se dice todos los días el prefacio I
de la Pasión del Señor.
Notas
1. S.S. Benedicto XVI, Audiencia General de los Miércoles, 1-III-06.
2. Ver Instrucción Eucharisticum mysterium, N. 60.
3. Ver Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, N. 13.
4. S.S. Benedicto XVI, Audiencia General de los Miércoles, 1-III-06.
5. S.S. Benedicto XVI, Homilía durante la celebración eucarística en la Basílica
de Santa Sabina, el Miércoles de Ceniza, 1-III-06.
6. S.S. Juan Pablo II, Catequesis, 21-III-1979.
7. Ver S.S. Juan Pablo II, Carta apostólica, “Novo Millennio Ineunte, 6-1-01, N°
37; Carta apostólica en forma de Motu Proprio, “Misericordia Dei”, 7-4-02.
8. Ver Código de Derecho Canónico, can. 959.
9. S.S. Benedicto XVI, Audiencia General de los Miércoles, 1-III-06.