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Natividad del Señor -   Preparemos con la ayuda de los Comentarios de Sabios y Santos II: la Acogida de la Palabra de Dios durante la eucaristía parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Exégesis: Alois Stöger - El nacimiento de Jesús (Lc.2,1-14)

Comentario Teológico: Benedicto XVI - Nacimiento de Jesús

Santos Padres: San León Magno - La Natividad del Señor

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - La Natividad del Señor

Aplicación: Benedicto XVI - Dios con nosotros

Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Vio una luz grande

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Belén

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Natividad del Señor

Directorio Homilético - Solemnidad de Navidad

Lea también: ¿La Navidad y su fecha son un invento cristiano para tapar una fiesta pagana previa? No, afirmar esto es una falsedad

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentqarios II  A Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Alois Stöger - El nacimiento de Jesús (Lc.2,1-14)

En tiempos del emperador romano Augusto, que reinaba en todo el mundo de entonces, nace Jesús en Belén, como lo había anunciado el profeta Miqueas ( Miq_5:1; Luc_2:1-7). En una notificación solemne anuncian ángeles del cielo quién es este niño recién nacido y qué importancia tiene la hora de este nacimiento en la historia de la salvación (Luc_2:8-14). Los pastores anuncian y propagan la fe que había surgido en ellos gracias al mensaje, a los signos y lo que habían visto (Luc_2:15-20).

Pablo nos transmitió un antiguo himno sobre la encarnación, la muerte y la resurrección de Jesús, que se cantaba en la celebración litúrgica: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose en el porte exterior como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios, a su vez, lo exaltó y le concedió el nombre que está sobre todo nombre, para que, en el nombre de Jesús, toda rodilla se doble... y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp_2:6-11). La historia de la infancia de Jesús está sostenida por los mismos pensamientos que este himno. Jesús se despojó y se humilló cuando nació, pero Dios exaltó a este niño mediante la solemne notificación de los ángeles, y en el punto culminante de la narración (Lc.2:10) resuena la confesión: «Un Salvador, que es el Mesías, el Señor.» Como a la cruz del despojo de sí y de la humillación siguió la proclamación de Dios por los ángeles (en la resurrección), así al nacimiento en la pobreza sigue la solemne notificación por mensajeros celestiales de Dios. Ahora bien, la exaltación del Crucificado fue acompañada de la proclamación del Evangelio por los apóstoles por todo el mundo; la exaltación del niño recién nacido fue dada a conocer por los testigos de la proclamación divina; aunque, como corresponde a la historia de la infancia, no al mundo entero, sino únicamente a un pequeño grupo. La historia de navidad lleva el sello del Evangelio, del que dice Lucas: «Entonces (antes de la ascensión al cielo) les abrió la mente para que entendieran las Escrituras; y les dijo: Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer, que al tercer día había de resucitar de entre los muertos, y que, en su nombre, había de predicarse la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto» (Lc.24:45-49).

Lucas, historiógrafo de Dios, tenía el mayor empeño en situar el nacimiento de Jesús, con la notificación divina, en las circunstancias históricas concretas, en pintarlo con colores de la época y en referirlo a la historia del mundo. Así como la historia de la pasión y de la resurrección pertenece, como hecho histórico, a la historia del mundo, así también la historia del nacimiento. El pesebre y la cruz son los puntos cardinales del hecho salvador en Cristo; hay correspondencia mutua entre ambos. Lo que allí sucedió cumplió lo que había preanunciado la Escritura. «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, fue sepultado y al tercer día fue resucitado según las Escrituras» (ICor 15,3). También nació según la Escritura. (...)

a) Nacido en Belén (Lc/02/01-07).

1 Sucedió, pues, que por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se hiciera un censo del mundo entero. 2 Este primer censo tuvo lugar mientras Quirinio era gobernador de Siria. 3 Y todos iban a empadronarse, cada cual a su propia ciudad.

El historiador Lucas sitúa la historia de la salvación en el transcurso de la historia universal. El emperador romano Augusto (30a.C.-14 d.C.) reina sobre la tierra entera, sobre los países comprendidos en el imperio romano. La inscripción de Priene (del año 9 a.C.) celebra el nacimiento de Augusto. Se dice que Augusto «dio nuevo aspecto al mundo entero: éste se habría arruinado si en él, que ahora nace, no hubiese brillado una suerte común. Rectamente juzga quien en este natalicio reconoce el comienzo de la vida y de toda fuerza vital... La Providencia que gobierna toda vida colmó a este hombre de tales dotes para bien de los hombres, que nos lo envió como salvador a nosotros y a las generaciones venideras... En su aparición se han colmado las esperanzas de los antepasados; él no sólo ha sobrepujado a todos los pasados bienhechores de la humanidad, sino que hasta es imposible que surja uno mayor. El nacimiento del Dios ha introducido en el mundo la buena nueva que con él se relaciona. Con su nacimiento debe comenzar un nuevo cómputo del tiempo». El año 27 a.C. Augusto recibió del senado el título honorífico de Sebastos, es decir, Augusto, con lo cual fue declarado digno de adoración.

Mediante una disposición suya, el emperador Augusto, que reina sobre el mundo, se pone, sin tener conciencia de ello y conforme al designio de la divina Providencia, al servicio del verdadero Salvador del mundo, en quien se cumple lo que los hombres habían esperado de Augusto y que él pudo dar hasta cierto grado, pero no en toda su plenitud. Augusto ordenó que se constituyera un censo. Éste abarcaba dos cosas: un registro de la propiedad rústica y urbana (para fines del catastro) y una estimación de sus valores para el cálculo de los impuestos. La orden del emperador alcanzó a Palestina por medio del gobernador de Siria, Quirinio. Herodes el Grande, que entonces reinaba todavía en Palestina, hubo de aceptar aquella disposición, pues era rey por gracia del emperador. Aquel censo fue el primero que se hacía entre los judíos. Tuvo lugar en tiempo de Quirinio, gobernador de Siria. ¿Por qué hace notar Lucas todos estos detalles? Quería sin duda determinar exactamente el tiempo. Pero con ello se pone también de relieve que Palestina había perdido su libertad. Todos fueron a empadronarse. Según noticias que se hallaron en Egipto, gentes que estaban fuera del país, tuvieron que ir a inscribirse a su lugar de residencia; también las mujeres debían comparecer con sus maridos ante los funcionarios. Cada cual se dirigió a su ciudad, en la que tenía alguna propiedad. Así, José tuvo que ir a Belén.

4 También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, 5 para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

José fue con María a Belén. Sin duda tenía allí alguna posesión. En tiempos de Domiciano había en Belén parientes de Jesús, que eran labradores. Los descendientes de David habían poseído tierras en Belén. Lucas no hace mención de esto. A él le interesa más el que María y José tuvieran que ir a Belén. Llama a este lugar la ciudad de David; José era de la casa y familia de David. Todo esto suscita recuerdos religiosos. El Mesías tiene que nacer en Belén; procede de la casa de David y poseerá el trono de su padre. El profeta Miqueas lo había predicho: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña para ser contada entre las familias de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel, cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad» (Miq_5:1). Dios pone la historia del mundo al servicio de la historia de la salvación; subordina a sus eternos designios la orden de Augusto.

A María se la llama esposa de José; éste la había llevado ya a su casa, pues de lo contrario, según la usanza galilea, no habría podido viajar sola con José. José convivía con María, pero sin llevar vida conyugal. Estaba encinta: era virgen y futura madre. Con ello se expresa lo que el relato de la anunciación había ocultado con el velo del misterio.

6 Y mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del alumbramiento. 7 Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada.

El relato del nacimiento es introducido solemnemente en el estilo de la Biblia. Mientras María y José estaban en Belén, llegó el tiempo del alumbramiento. Jesús está sujeto a la ley de Augusto y a la ley de la naturaleza. Era obediente.

El nacimiento se refiere con sobriedad, con sencillez, objetivamente, en pocas palabras. Dio a luz a su hijo. María trajo al mundo a su hijo con verdadera maternidad. De Isabel se dice: Dio a luz un hijo (Miq_1:57); de María: Dio a luz a su hijo.

La concepción virginal resuena en todas partes. Dio a luz a su hijo primogénito. ¿Se dice esto porque fuera Jesús el primero de varios hijos varones? La palabra no exige necesariamente esta interpretación. Una inscripción funeraria del año 5 d.C. hallada en Egipto da buena prueba de ello. Una mujer joven difunta, llamada Arsinoe, se expresa así: «En los dolores de parto del primogénito me condujo el destino al término de la vida». El hijito único, primogénito, de Arsinoe, era a la vez el unigénito. Lucas elige este título porque Jesús tenía los deberes y derechos del primogénito (Miq_2:23) y porque era el portador de las promesas.

María presta a su hijo los primeros servicios maternos. Lo envolvió en pañales. Los niños recién nacidos se envolvían fuertemente en jirones de tela a fin de que no pudieran moverse; se creía que así crecerían derechas las extremidades. Lo acostó en un pesebre, como en el que comen los animales. Este detalle de que el niño recién nacido tuviera como primera cuna un pesebre lo explica el evangelista con estas palabras: Por no haber sitio para ellos en la posada. María y José, llegados a Belén, habían buscado alojamiento en un albergue de caravanas (un khan). Era éste un lugar, por lo regular al descubierto, rodeado de una pared con una sola entrada. En el interior había a veces alrededor un pórtico o corredor de columnas, que en algún tramo podía estar cerrado con pared, formando un local algo grande o varios pequeños. En medio, en el patio, estaban los animales; las personas se cobijaban en el pórtico, estando reservados los espacios cerrados a los que podían permitirse aquel «lujo». Cuando María sintió que se acercaba su hora, no había allí lugar para ella. Se fue a un sitio que se utilizaba como establo; en efecto, donde había un pesebre debía de haber un establo. El Señor prometido es un niño pequeño, incapaz de valerse por sí mismo, acostado en un pesebre. Se despojó, se humilló y tomó la forma de esclavo. «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo: cómo por nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros fuerais enriquecidos con su pobreza» (2Co_8:9). En el albergue no había sitio para él. «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (2Co_9:58). «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jua_1:11).

b) Dado a conocer por el cielo (Lc/02/08-14).

8 Había unos pastores en aquella misma región que pasaban la noche al aire libre, vigilando por turno su rebaño.

Los pastores eran gentes despreciadas. Tenían la mala fama de no tomar muy a la letra lo tuyo y lo mío; por esto mismo no se aceptaba su testimonio en los tribunales. Los pastores, los recaudadores de impuestos y los publicanos eran tenidos por incapaces, entre otras cosas, de actuar como jueces y como testigos, ya que eran sospechosos en cuestiones de dinero. Dios elige a los despreciados y a los pequeños; son capaces, aptos para recibir la revelación y para la salvación.

El ganado menor -contrariamente al ganado mayor- pasaba todo el tiempo, de día y de noche, en los pastos desde la fiesta de pascua hasta las primeras lluvias de otoño, es decir, desde marzo hasta noviembre. Por la noche se llevaba a los animales a apriscos o majadas para que estuvieran protegidos contra los ladrones y contra las bestias feroces. Del cuidado y protección del ganado se encargan los pastores, que se hacían cabañas con ramas para protegerse contra la intemperie y para el reposo nocturno. Los pastores, en su calidad de vigilantes, son de esas personas que observan lo que pasa a su alrededor, que están preparados a cada hora del día y de la noche. Precisamente esa actitud es decisiva en el tiempo final. «¡Y aun si llega (el señor) a la segunda o a la tercera vigilia de la noche, y los encuentra así (en vela), ¡dichosos aquellos!» (12,38).

9 Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los envolvió en claridad. Ellos sintieron un gran temor. 10 Pero el ángel les dijo: No tengáis miedo. Porque mirad: os traigo una buena noticia que será de grande alegría para todo el pueblo. 11 Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. 12 Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Dios mismo da a conocer a los pastores por medio de su ángel lo grande de la hora del mundo que ha comenzado con el nacimiento de Jesús. De repente e inesperadamente aparece el ángel en medio de una luz deslumbradora. Con resplandores de luz se manifiesta la gloria de Dios (Exo_16:10). Los pastores se ven envueltos en ese resplandor que dimana de los ángeles y que tiene su origen en Dios. En el ángel les está cercano Dios y su revelación. El temor es la reacción de los hombres ante la proximidad de Dios.

El ángel anuncia a los pastores un mensaje de alegría y de victoria (evangelium). Juan Bautista toma a su cargo este anuncio del ángel. «Anunciaba el Evangelio al pueblo» (Exo_3:18). Jesús continuará este anuncio: Tiene que anunciar a otras ciudades el Evangelio del reino de Dios (cf. 8,1), pues para ello le ha ungido Dios, «para anunciar el evangelio» (4,18). A Jesús suceden los apóstoles en el encargo de «anunciar el Evangelio de Jesucristo» (Hec_5:42). La hora del nacimiento de Jesús es el comienzo de la buena nueva de gozo y de victoria, del Evangelio. Es traído al mundo de parte de Dios; en él se manifiesta la gloria de Dios.

El Evangelio del ángel no produce temor, sino gran alegría. Lo que ha asomado ya dondequiera que se ha anunciado el tiempo de la salvación (Lc_1:14.46s.48.68) se produce ahora todavía en mayor abundancia. Estalla la alegría. Los pastores son los primeros que reciben esta gran alegría. Ésta acompañará siempre a la predicación del Evangelio; porque el Evangelio anuncia y trae la salvación y con ella la alegría. «Volvieron, pues, los setenta llenos de alegría diciendo: ¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!» (Lc_10:17). Incluso la persecución por este Evangelio desencadenará la alegría: «Y llamando a los apóstoles (los miembros del sanedrín), después de azotarlos, les ordenaron que no volvieran a hablar del nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salían gozosos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos de padecer afrentas por el nombre de Jesús» (Hec_5:40s). Esta alegría alcanzará, no sólo a los pastores, sino a todo el pueblo. Los pastores son las primicias de los que reciben la alegría del tiempo de salvación; su gozo es fuente de una oleada de alegría que se extenderá a Israel y al mundo entero. ¿Cuál es el objeto de esta buena nueva de gran alegría? Hoy ha nacido... A éste hoy han mirado todas las promesas; hoy se ven cumplidas. Hoy se ha cumplido la Escritura» (Hec_4:21). El tiempo del cumplimiento y del fin ha comenzado.

El niño que ha nacido es el Salvador, el Mesías, el Señor. El título fundamental es Salvador. Jesús, después de su exaltación, es anunciado por Pedro como Señor y Mesías. «Sepa, por tanto, con absoluta seguridad toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis» (Hec_2:36). Jesús («Yahveh es salvación») es Salvador, el Señor es el Señor divino, el Mesías es el ungido, el rey. El núcleo de la profesión de fe de la cristiandad: «Jesucristo es Señor» ( Flp_2:11), viene de Dios por boca de los ángeles. Esta profesión conviene ya a Jesús desde el día mismo de su nacimiento.

En la ciudad de David. Es significativo que el lugar del nacimiento de Jesús no se designe con su nombre corriente, Belén, sino con el nombre de dignidad de la historia de la salvación. Para que naciera Jesús en la ciudad de David, subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén (Flp_2:4). Allí tenía David su patria, y José su ciudad, porque era de la casa y familia de David. Jesús es «hijo de David», en él se cumplen las promesas de que se había hablado desde la anunciación (Flp_1:32s).

El mensaje del ángel está compuesto de tal forma que trae a la memoria la inscripción de Priene. Augusto es enviado como salvador. Pone término a todas las querellas. El natalicio del Dios emperador era para el mundo el comienzo de las buenas nuevas de alegría; las que siguen son las noticias de la declaración de mayor edad del príncipe heredero y sobre todo de la subida al trono del emperador. Al mensaje del culto al emperador contrapone el Nuevo Testamento el solo Evangelio del nacimiento de Jesús.

Habla el lenguaje de su tiempo, pues quiere hablar en forma realista y al alcance de todos. Conoce la expectación y la esperanza de los hombres, y responde con el Evangelio del nacimiento del niño en el estado y en el pesebre.

Los pastores reciben signos, por los que podrán reconocer la verdad del mensaje: un niño pequeño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Por estos tres signos reconocerán al Señor Jesucristo. Todo esto está en contradicción con la expectación judía, en contradicción con lo que dice el mensaje. ¿Un niño desvalido, Salvador del mundo? ¿El Mesías, un niño envuelto en pañales? ¿El Señor, acostado en un pesebre? Al recién nacido se aplica lo que se dijo del Crucificado: Es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles (1Co_1:23). Pero «lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios, más poderoso que los hombres» (1Co_1:25).

13 Y de repente, apareció con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios, diciendo: 14 Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres, objeto de su amor.

Al mensaje se añade la alabanza; el anuncio termina en un responsorio hímnico de una multitud de los ejércitos celestiales. Numerosos ángeles rodean al único que anuncia la buena nueva. Los ejércitos celestiales son -según la concepción de los antiguos- las estrellas, ordenadas en gran número en el cielo y trazando sus órbitas, pero también los ángeles que las mueven. Los ángeles forman la corte de Dios, que es llamado también Dios Sebaot (Dios de los ejércitos). Al introducir al primogénito en el mundo, dice Dios: «Adórenlo todos los ángeles de Dios» (Heb_1:6). Los ángeles se interesan vivamente en el acontecer salvífico. Son «espíritus al servicio de Dios, enviados para servir a los que van a heredar la salvación» (Heb_1:14).

El canto de los ángeles es una aclamación mesiánica. No es deseo, sino proclamación de la obra divina, no es ruego, sino solemne homenaje de gratitud. En dos frases paralelas se expresa lo que el nacimiento de Jesús significa en el cielo y en la tierra, para Dios y para los hombres. Dado que el cielo y la tierra están afectados por este nacimiento, tiene éste un significado de alcance universal. Con el mensaje de navidad cobra nuevo giro el universo. El cielo y la tierra son reunidos por Jesús.

Gloria a Dios en las alturas. «Dios habita en las alturas.» En el nacimiento de Jesús, Dios mismo se glorifica. En él da a conocer su ser. Jesús es revelación acabada de Dios, reflejo de su gloria (Heb_1:3); él anuncia la soberanía de Dios, la trae y la lleva a la perfección; en él se hace visible el amor de Dios ( Jua_3:16). Al final de su vida podrá decir: «Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a término la obra que me habías encomendado que hiciera» (Jua_17:4).

En la tierra paz a los hombres, objeto de su amor. En la tierra viven los hombres. Por el recién nacido reciben paz. Jesús es príncipe de la paz. «Porque nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un hijo, que tiene sobre su hombro la soberanía y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz, para dilatar el imperio y para una paz ilimitada, sobre el trono de David y sobre su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre. El celo de Yahveh Sebaot hará esto» (Isa_9:5). La paz encierra en sí todos los bienes salvíficos. La paz es restauración con creces de todo lo que los hombres habían perdido por el pecado; la paz es fruto de la alianza que había concluido Dios con Israel y que es renovada por Jesucristo. «La alianza es alianza de paz» (Isa_50:10). La fe es reconciliación, gozo consumado; la predicación de Jesús es «Evangelio de la paz» (Efe_6:15). Él mismo es la paz.
(Stöger, A., El evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

Nota
Según el Monumentum Ancyranum, Augusto ordenó hacer tres veces el cómputo de los ciudadanos romanos. Indicaciones de diversas fuentes históricas permiten deducir que hacia el año 8 a.C. se hicieron censos de la población en diversas partes del imperio romano, por ejemplo, en las Galias el año 9 a.C. Aun prescindiendo de Luc_2:1, de las fuentes históricas resulta más que verosímil un registro de la población de todo el imperio romano. El procurador de Judea dependía del gobernador de Siria. Publio Sulpicio Quirinio, siendo gobernador de Siria, llevó a cabo el censo de la población hacia el año 6 d.C., lo cual dio lugar a una sublevación del pueblo. Fuera de Luc_2:2, nadie informa sobre un censo en Palestina por Quirinio en tiempo anterior a Cristo. Es cosa demostrada que Quirinio actuaba ya en Siria a.C.; no aparece claro si era gobernador. Desde allí dirigió un censo en Apamea. Parece que tenía un puesto directivo en todos los asuntos del Próximo Oriente en colaboración con las autoridades provinciales romanas. En las palabras de Luc_2:2 ¿se ha de ver una «inexactitud cronológica de un escritor distante de los hechos narrados»? Aunque se pueden hacer objeciones, la solución del problema parece ser la siguiente: el censo que emprendió Quirinio el año 6 d.C. parece haber comenzado ya antes de C. (el año 8 a.C.). Los trabajos del censo duraron bastante tiempo. En Egipto, donde los censos de la población eran ya práctica antigua, duraban todavía cuatro años por los tiempos de Cristo. En Palestina se llevaba a cabo por primera vez, por lo cual se hizo más lentamente. La primera etapa consistió en el registro de la propiedad rústica y urbana, la segunda en la estimación que fijaba los impuestos que se habían de pagar efectivamente. La primera etapa del registro tuvo lugar por el tiempo del nacimiento de Jesús; de ella habla Luc_2:1s; la segunda etapa, que era mucho más desagradable para el pueblo y provocó la sublevación por tratarse de la estimación de los impuestos, tuvo lugar el año 6 d.C.
El papiro procede del año 104 d.C. y fue hallado en Fayyum; muestra condiciones análogas a las que presupone Lc, y también los mismos términos técnicos. En él se lee: «Gayo Vibio Máximo, gobernador de Egipto, dice: Dado que se avecina la tasación de la propiedad, tenemos que ordenar a todos los que por alguna razón se hallan fuera de su circunscripción que regresen a su hogar patrio a fin de efectuar la tasación de vigor y de aplicarse al debido cultivo del campo».

Según una antigua tradición (Justino +165; Orígenes +254) nació Cristo en una gruta: «En Belén se muestra la gruta; allí nació, y el pesebre en la gruta, allí fue envuelto en pañales.» Esta gruta fue profanada con el culto de Tammuz-Adonis, lo cual se debió seguramente al hecho de ser el lugar sagrado para los cristianos. Bajo el reinado de Constantino se edificó sobre la gruta la iglesia del Nacimiento. ORÍGENES, Contra Celsum 1,51 (PG 11, 756); JUSTINO, Diálogo con Trifón 78,5 (PG 6, 657).

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Comentario Teológico: Benedicto XVI - Nacimiento de Jesús

«Y mientras estaban allí [en Belén] le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Lc 2,6s).

Comencemos nuestro comentario por las últimas palabras de esta frase: no había sitio para ellos en la posada. La meditación en la fe de estas palabras ha encontrado en esta afirmación un paralelismo interior con la palabra, rica de hondo contenido, del Prólogo de san Juan: «Vino a su casa y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Para el Salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado (cf. Col 1,16), no hay sitio. «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). El que fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad (cf. Hb 13,12) nació también fuera de sus murallas.

Esto debe hacernos pensar y remitirnos al cambio de valores que hay en la figura de Jesucristo, en su mensaje. Ya desde su nacimiento, él no pertenece a ese ambiente que según el mundo es importante y poderoso. Y, sin embargo, precisamente este hombre irrelevante y sin poder se revela como el realmente Poderoso, como aquel de quien a fin de cuentas todo depende. Así pues, el ser cristiano implica salir del ámbito de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes, para entrar en la luz de la verdad sobre nuestro ser y, con esta luz, llegar a la vía justa.

María puso a su niño recién nacido en un pesebre (cf. Lc 2,7). De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor —estaríamos tentados de decir: indigno—, pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo (cf. Stuhlmacher, p. 51).

Ya en Justino mártir († 165) y en Orígenes († ca. 254) encontramos la tradición según la cual el lugar del nacimiento de Jesús había sido una gruta, que los cristianos situaban en Palestina. El hecho de que, tras la expulsión de los judíos de Tierra Santa en el siglo II, Roma transformara la gruta en un lugar de culto a Tammuz-Adonis, queriendo evidentemente borrar con ello la memoria cultual de los cristianos, confirma la antigüedad de dicho lugar de culto, y muestra también la importancia que Roma le reconocía. Las tradiciones locales son con frecuencia una fuente más fiable que las noticias escritas. Se puede por tanto reconocer un notable grado de credibilidad a la tradición local betlemita, con la que enlaza también la Basílica de la Natividad.

María envolvió al niño en pañales. Podemos imaginar sin sensiblería alguna con cuánto amor esperaba María su hora y preparaba el nacimiento de su hijo. La tradición de los iconos, basándose en la teología de los Padres, ha interpretado también teológicamente el pesebre y los pañales. El niño envuelto y bien ceñido en pañales aparece como una referencia anticipada a la hora de su muerte: es desde el principio el Inmolado, como veremos todavía con más detalle al reflexionar sobre la palabra acerca del primogénito. Por eso el pesebre se representaba como una especie de altar.

San Agustín ha interpretado el significado del pesebre con un razonamiento que en un primer momento parece casi impertinente, pero que, examinado con más atención, contiene en cambio una profunda verdad. El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. Sin embargo, ahora yace en el pesebre quien se ha indicado a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo, como el verdadero alimento que el hombre necesita para ser persona humana. Es el alimento que da al hombre la vida verdadera, la vida eterna. El pesebre se convierte de este modo en una referencia a la mesa de Dios, a la que el hombre está invitado para recibir el pan de Dios. En la pobreza del nacimiento de Jesús se perfila la gran realidad en la que se cumple de manera misteriosa la redención de los hombres.

Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: «El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende.»
Peter Stuhlmacher hace notar que probablemente también tuvo un cierto influjo la versión griega de Habacuc 3,2: «En medio de dos seres vivientes... serás conocido; cuando haya llegado el tiempo aparecerás» (p. 52). Con los dos seres vivientes se da a entender claramente a los dos querubines sobre la cubierta del Arca de la Alianza que, según el Éxodo 25,18-20, indican y esconden a la vez la misteriosa presencia de Dios. Así, el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para «el buey y el asno», para la humanidad compuesta por judíos y gentiles.

En la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2, Éxodo 25,18-20 y el pesebre, aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.

Después de esta pequeña divagación, volvamos al texto del Evangelio. Allí se lee: María «dio a luz a su hijo primogénito» (Lc 2,7). ¿Qué significa esto?

El primogénito no es necesariamente el primero de una descendencia sucesiva. La palabra «primogénito» no se refiere a una numeración consecutiva, sino que indica una cualidad teológica, expresada en las recopilaciones más antiguas de las leyes de Israel. En las prescripciones sobre la Pascua se encuentra la frase: «El Señor dijo a Moisés: “Conságrame todo primogénito; todo primer parto entre los hijos de Israel, sea de hombre o de ganado, es mío”.» (Ex 13,1s). «Rescatarás siempre a los primogénitos de los hombres» (Ex 13,13). Así pues, la palabra sobre el primogénito es también ya una referencia anticipada a la narración que sigue después sobre la presentación de Jesús en el templo. En cualquier caso, con esta palabra se alude a una pertenencia singular de Jesús a Dios.

La teología paulina ha desarrollado ulteriormente en dos etapas la reflexión sobre Jesús como primogénito. En la Carta a los Romanos, Pablo llama a Jesús «el primogénito de muchos hermanos» (8,29). Como Resucitado, él es ahora de modo nuevo «primogénito» y, a la vez, el principio de una multitud de hermanos. En el nuevo nacimiento de la resurrección, Jesús ya no es solamente el primero por dignidad, sino el que inaugura una nueva humanidad. Una vez que la puerta férrea de la muerte ha sido abatida, ahora son muchos los que pueden pasar por ella junto a él: todos aquellos que en el bautismo han muerto y resucitado con él.

En la Carta a los Colosenses, esta idea se amplía aún más: se llama a Cristo «primogénito de toda criatura» (1,15) y «el primogénito de entre los muertos» (1,18). «Todo fue creado por él» (1,16). «Él es el principio» (1,18). El concepto de primogenitura adquiere una dimensión cósmica. Cristo, el Hijo encarnado, es, por decirlo así, la primera idea de Dios y precede a toda creación, la cual está ordenada en vista de él y a partir de él. Con eso, es también principio y fin de la nueva creación, que ha tenido inicio con la resurrección.

En Lucas no se habla de todo eso, pero para los lectores posteriores de su Evangelio —para nosotros—, en el humilde pesebre de la gruta de Belén está ya este esplendor cósmico: aquí ha venido entre nosotros el verdadero primogénito del universo.

«En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,8s). Los primeros testigos del gran acontecimiento son pastores que velan. Mucho se ha reflexionado sobre el significado que puede tener el que sean precisamente los pastores los primeros en recibir el mensaje. Me parece que no es necesario emplear demasiado talento en esta cuestión. Jesús nació fuera de la ciudad, en un ambiente en que por todas partes en sus alrededores había pastos a los que los pastores llevaban sus rebaños. Era normal por tanto que ellos, al estar más cerca del acontecimiento, fueran los primeros llamados a la gruta.

Naturalmente se puede ampliar inmediatamente la reflexión: quizá ellos vivieron más de cerca el acontecimiento, no sólo exteriormente, sino también interiormente; más que los ciudadanos, que dormían tranquilamente. Y tampoco estaban interiormente lejos del Dios que se hace niño. Esto concuerda con el hecho de que formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (cf. Lc 10,21s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios.

La tradición monástica, en particular, ha desarrollado un ulterior acento: los monjes eran personas que velaban. Querían estar ya despiertos en este mundo mediante su oración nocturna, pero sobre todo velando en su interior, permaneciendo abiertos a la llamada de Dios a través de los signos de su presencia.

Por último, se puede pensar además en el relato de la elección de David para rey. Saúl fue repudiado por Dios como rey. Samuel es enviado a casa de Jesé, en Belén, para ungir como rey a uno de sus hijos, que el Señor le indicaría. Ninguno de los hijos que se presenta ante él es el elegido. Todavía falta el más joven, pero está pastoreando el rebaño, como explica Jesé al profeta. Samuel lo manda traer de los pastos y, según las indicaciones de Dios, unge al joven David «en medio de sus hermanos» (cf. 1 S 16,1-13). David viene de pastorear las ovejas, y es constituido pastor de Israel (cf. 2 S 5,2). El profeta Miqueas mira hacia un futuro lejano y anuncia que de Belén había de salir el que un día apacentaría al pueblo de Israel (cf. Mi 5,1-3; Mt 2,6). Jesús nace entre los pastores. Él es el gran Pastor de los hombres (cf. 1 P 2,25; Hb 13,20).

Volvamos al texto de la narración de la Navidad. El ángel del Señor se presenta a los pastores y la gloria del Señor los envolvió de claridad. «Y se llenaron de gran temor» (Lc 2,9). Pero el ángel disipa su temor y les anuncia una «gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.» (Lc 2,10s). Se les dice que encontrarán como señal a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y «de pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace”» (Lc 2,13-14). El evangelista dice que los ángeles «hablan». Pero para los cristianos estuvo claro desde el principio que el hablar de los ángeles es un cantar, en el que se hace presente de modo palpable todo el esplendor de la gran alegría que ellos anuncian. Y así, desde aquel momento hasta ahora el canto de alabanza de los ángeles jamás ha cesado. Continúa a través de los siglos siempre con nuevas formas y, en la celebración de la Natividad de Jesús, resuena siempre de modo nuevo. Se comprende bien que el pueblo sencillo de los creyentes haya después oído cantar también a los pastores, y que hasta el día de hoy se una a sus melodías en la Noche Santa, expresando con el canto la gran alegría que desde entonces hasta el fin de los tiempos se nos ha dado a todos.

Pero ¿qué es lo que han cantado los ángeles, según la narración de san Lucas? Ellos ponen en relación la gloria de Dios «en el cielo» con la paz de los hombres «en la tierra». La Iglesia ha retomado estas palabras y ha compuesto con ellas todo un himno. En los detalles, sin embargo, la traducción de las palabras del ángel es controvertida.

El texto latino que nos es familiar se traducía hasta hace poco de la siguiente manera: «Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.» Esta traducción es rechazada por los exegetas modernos —con buenas razones— en cuanto unilateralmente moralizante. La «gloria de Dios» no es algo que los hombres puedan suscitar («sea dada gloria a Dios»). La «gloria» de Dios ya existe, Dios es glorioso, y esto es verdaderamente un motivo de alegría: existe la verdad, existe el bien, existe la belleza. Estas realidades existen —en Dios— de modo indestructible.

Más relevante es la diferencia en la traducción de la segunda parte de las palabras del ángel. Lo que hasta hace poco se traducía como «hombres de buena voluntad», ahora se expresa de esta manera en la traducción de la Conferencia Episcopal Alemana: «Menschen seiner Gnade», hombres de su gracia. En la traducción de la Conferencia Episcopal Italiana se habla de «uomini che egli ama», hombres que él ama. Ahora bien, nos preguntamos entonces: ¿Quiénes son los hombres que Dios ama? ¿Hay también algunos a los que tal vez no ama? ¿Acaso no ama a todos como criaturas suyas? ¿Qué quiere decir por tanto la añadidura: «que Dios ama»? También puede hacerse una pregunta similar respecto a la traducción alemana. ¿Quiénes son los «hombres de su gracia»? ¿Hay personas que no son de su gracia? Y si es así, ¿por qué razón? La traducción literal del texto original griego suena así: paz a los «hombres de complacencia». También aquí queda naturalmente pendiente la pregunta: ¿Quiénes son los hombres en los que Dios se complace? Y ¿por qué?

Pues bien, en el Nuevo Testamento encontramos una ayuda para comprender este problema. En la narración del bautismo de Jesús, Lucas nos dice que, mientras Jesús estaba orando, se abrieron los cielos y desde allí vino una voz que decía: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3,22). El hombre en que se complace es Jesús. Lo es porque vive totalmente orientado al Padre, vive con la mirada fija en él y en comunión de voluntad con él. Las personas de la complacencia son por tanto aquellas que tienen la actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo.

Detrás de la diferencia entre las traducciones está en último análisis la cuestión sobre la relación entre la gracia de Dios y la libertad humana. Aquí se pueden dar dos posiciones extremas: en primer lugar, la idea de la absoluta exclusividad de la acción de Dios, de tal manera que todo depende de su predestinación. En el otro extremo, en cambio, una postura moralizante, según la cual todo se decide a fin de cuentas mediante la buena voluntad del hombre. La traducción precedente, que hablaba de hombres «de buena voluntad», podía ser malentendida en este sentido. La nueva traducción puede ser malinterpretada en el sentido opuesto, como si todo dependiera únicamente de la predestinación de Dios.

Según el testimonio de la Sagrada Escritura no cabe duda alguna de que ninguna de las dos posiciones extremas es correcta. Gracia y libertad se compenetran recíprocamente, y no podemos expresar la acción de una sobre la otra mediante fórmulas claras. Es verdad que no podríamos amar si antes no hubiésemos sido amados por Dios. La gracia de Dios siempre nos precede, nos abraza y nos sustenta. Pero sigue siendo también verdad que el hombre está llamado a participar en este amor, y que no es un simple instrumento de la omnipotencia de Dios, sin voluntad propia; puede amar en comunión con el amor de Dios, o también rechazar este amor. Me parece que la traducción literal —«de la complacencia» (o «de su complacencia»)— respeta mejor este misterio, sin disolverlo en sentido unilateral.

Por lo que se refiere a lo alto del cielo, aquí es obviamente determinante el verbo «es»: Dios es glorioso, es la Verdad indestructible, la eterna Belleza. Ésta es la certeza fundamental y confortadora de nuestra fe. Existe sin embargo también aquí de modo subordinado —según los tres primeros mandamientos del decálogo— una tarea para nosotros: esforzarnos para que la gran gloria de Dios no sea enturbiada y malentendida en el mundo; para que se dé la gloria debida a su grandeza y a su santa voluntad.

Pero ahora hemos de reflexionar aún sobre otro aspecto del mensaje del ángel. En él retornan las categorías de fondo que caracterizan la percepción de sí mismo y la visión del mundo que tenía el emperador Augusto: soter (salvador), paz, ecúmene, ampliadas aquí sin duda más allá del mundo mediterráneo y referidas al cielo y a la tierra; y también por fin la palabra acerca de la buena nueva (euangélion). Ciertamente, estos paralelismos no son casuales. Lucas quiere decirnos: lo que el emperador Augusto ha pretendido para sí se ha cumplido de modo más elevado en el Niño, que ha nacido inerme y sin ningún poder en la gruta de Belén, y cuyos huéspedes fueron unos pobres pastores.

Reiser subraya con razón que en el centro de ambos mensajes está la paz y que, en este sentido, la pax Christi no está necesariamente en contraste con la pax Augusti. Pero la paz de Cristo supera la paz de Augusto, como el cielo está muy por encima de la tierra (cf. Wie wahr ist die Weihnachtsgeschichte?, p. 460). La comparación entre los dos tipos de paz no ha de ser considerada, pues, de modo unilateralmente polémico. En efecto, Augusto «ha establecido durante 250 años la paz, la seguridad jurídica y un bienestar, que hoy muchos países del antiguo Imperio romano todavía sólo pueden soñar» (ibíd., p. 458). Se deja totalmente a la política el propio espacio y la propia responsabilidad. Pero cuando el emperador se diviniza y reivindica cualidades divinas, la política sobrepasa sus propios límites y promete lo que no puede cumplir. En realidad, ni siquiera en el período áureo del Imperio romano la seguridad jurídica, la paz y el bienestar estuvieron exentos de peligro, ni jamás se lograron plenamente. Basta una mirada a Tierra Santa para darse cuenta de los límites de la pax romana.

El reino anunciado por Jesús, el reino de Dios, es de carácter diferente. No se refiere sólo a la cuenca mediterránea y tampoco únicamente a una determinada época. Concierne al hombre en la profundidad de su ser; lo abre hacia el verdadero Dios. La paz de Jesús es una paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14,27). Aquí se trata en definitiva de la cuestión sobre el significado de redención, liberación y salvación. Una cosa es obvia: Augusto pertenece al pasado; Jesucristo en cambio es el presente y es el futuro: «el mismo ayer y hoy y siempre» (Hb 13,8).

«Cuando los ángeles los dejaron... los pastores se decían unos a otros: “Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor.” Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre» (Lc 2,15s). Los pastores se apresuraron. El evangelista había dicho de modo análogo que María, después de que el ángel le hablara del embarazo de su pariente Isabel, fue «de prisa» a la ciudad de Judá en la que vivían Zacarías e Isabel (cf. Lc 1,39). Los pastores se apresuraron ciertamente por curiosidad humana, para ver aquello tan grande que se les había anunciado. Pero estaban seguramente también pletóricos de ilusión porque ahora había nacido verdaderamente el Salvador, el Mesías, el Señor que todo el mundo estaba esperando, y que ellos eran los primeros en poderlo ver.

¿Qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios? Si algo merece prisa —tal vez esto quiere decirnos también tácitamente el evangelista— son precisamente las cosas de Dios.
El ángel había anunciado también una señal a los pastores: encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Éste es un signo de reconocimiento, una descripción de lo que se podía constatar a simple vista. Pero no es una «señal» en el sentido de que la gloria de Dios se había hecho patente, de tal modo que se pudiera decir claramente: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso. En este sentido, el signo es al mismo tiempo también un no signo: el verdadero signo es la pobreza de Dios. Pero para los pastores que habían visto el resplandor de Dios sobre sus campos, esta señal es suficiente. Ellos ven desde dentro. Y esto es lo que ven: lo que el ángel ha dicho es verdad. Así, los pastores vuelven con alegría. Dan gloria y alaban a Dios por lo que han visto y oído (cf. Lc 2,20).
(Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Ed. Planeta, Barcelona, 2012, p. 42-50)


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Santos Padres: San León Magno - La Natividad del Señor

María, antes de concebir corporalmente, concibió en su espíritu

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.

Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.

Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.

Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?
(San León Magno, Sermón 1, en la Natividad del Señor, 2.3: PL 54, 191-192)


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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - La Natividad del Señor

Ha terminado el Adviento. ¡Ya está aquí el esperado de las Naciones! ¡Nos ha nacido el Niño! Aquí descansan las expecta­tivas. Termina la espera de María Santísima, quien durante nueve meses se preparó para este momento. Estaba ardiente de deseo por ver con sus mismos ojos a Aquel en el cual ya creía. Ahora el Niño descansa en sus brazos. "Feliz de tí María porque has creído", decíale Santa Isabel. Ya era feliz por su fíat. Hoy se ve colmada de dicha, Hoy el mismo Dios, con ojos humanos, la reconoce por Madre suya. Hoy Dios estira sus brazos para acariciar y endulzar con sus delicias a la Madre.

Si es cierto que termina el Adviento para María, también termina la espera para la Iglesia. No podemos seguir buscando y ansiando al que ya está aquí. Termina también un Adviento de siglos. Hoy es el día esperado por Adán y Eva después de la desobediencia, a quienes se les había prometido un Redentor. En Adán se alegra toda la humanidad. Se colma de alegría Abraham, porque le llega su descendencia, que será el punto de partida de un pueblo tan numeroso como las estrellas del cielo. Se alegra el guerrero Rey David, a quien Dios le prometió que reinaría uno de sus vástagos. ¡Cuántas expectativas descansan en Belén! ¡Cuántos hombres, desgranando el tiempo, ponían sus ojos en este "punto de fuga" de la larga perspectiva de años anhelando tan grandioso acontecimiento! Todo tiende a Belén, todo se espera de Belén.

Porque así como ha culminado la larga espera, así también algo empieza. Todo está como nuevamente expectante por lo que hará este Niño. Aunque es pequeño, sin embargo ya le queman los ardores de "comer la Pascua". Este Niño Salvador será quien ha de morir para salvar a todos los hombres. Es por ello que desde Belén ya comienza a dar sus primeros pasos para subir a Jerusalén, para dignificarla con su entrega victimal.

Pero hoy, descansemos en la Madre con su Hijo, quien está cobijado entre sus brazos. Hagamos un alto por el camino de la vida, porque aquí está la Vida. ¡No sigas peregrino, si no tienes descanso; mira al Niño, detente en El; El es nuestro descanso, nuestra posada, nuestro consuelo y, como si fuese poco, nuestro servidor y Señor!

Descansemos en este lugar tan pobre, sólo una cueva oculta; descansemos donde el Hijo de Dios descansa y duerme en los brazos de su Madre. Tratemos de verlo desde la interioridad de María, frágil intento de nuestra parte, pero esclarecedor. El Após­tol nos invita a revestimos de los mismos sentimientos de Cristo. Revistámonos hoy de los sentimientos que embargan a la Madre.

La Virgen Madre

El alumbramiento de María fue distinto al de las demás mujeres. Sobre Ella no pesaba la condena adherida al pecado original, la cual recaía sobre toda mujer: "parirás hijos con dolor".

María Santísima había entregado todo su ser a Dios, se había consagrado perpetuamente bajo voto de virginidad. Dios supo respetar tal entrega en el momento de la Encarnación, ya que concibió virginalmente por obra del Espíritu Santo. También la respeta ahora. El nacimiento del Verbo Encarnado, no menos­cabó la integridad de la Madre. Nos dice hermosamente San Agustín: "La virginidad de María tiene tanto más valor y belleza cuanto que Cristo no sólo se la reservó celosamente después de haber sido concebido de Ella, sino que eligió por Madre a una Virgen que previamente estaba consagrada a Dios".

¡Cuán respetuoso es Dios de la libertad del hombre! Él ve este don de María, y lo adorna y embellece con otros dones.

Intentemos poner figuras plásticas que nos ayuden a en­tender el Misterio de la Madre Virgen. ¿Quién de nosotros no ha visto un campo blanco por la nieve? La nieve no sólo es festiva, sino que guarda un cierto esplendor por su luminosidad. El sol se refleja sobre ella produciendo una luz blanca que encandila nuestras pupilas. Por otra parte, cuando se la contempla, el es­pectador tiene ciertos reparos para poner sus pisadas y lastimar su tersura. La nieve guarda una suavidad, una textura superficial que es intacta. Pues bien, esta imagen de la nieve purísima nos hace comprender la virginidad prístina de María. Ella guarda una luz especial, un resplandor del Sol Eterno, su pureza participada. La Virgen es luminosa, pero a la vez es como un paisaje níveo y festivo. Frente a este espectáculo, Dios quiso respetarlo para transitar por él sin tocarlo, ni estropearlo. Así se gozó el Verbo en la pulcritud bellísima de María, su Madre.

Los Padres comparan el Nacimiento virginal con la salida de Cristo del Sepulcro y con su entrada en el Cenáculo a puertas cerradas. También dicen que así como los rayos del sol penetran un cristal sin romperlo ni mancharlo, así el Verbo Encarnado, Luz divina, atravesó el límpido cristal de su Madre sin estropearlo. Para los Padres de la Iglesia, María es como la Estrella que produce el rayo e ilumina sin detrimento de sí misma; por lo demás, el rayo no la priva de su claridad. Así la Madre de Dios, Estrella maravillosa, sin corrupción de sí misma, dio a luz al Hijo que no le quitó su integridad.

Por todo lo cual, la liturgia de la Iglesia canta en el prefacio de la Misa de Nuestra Señora: "Conservando la gloria de su virginidad, dio al mundo la Luz Eterna".

Alabemos, pues, la integridad de la Madre, hoy adjunta a la corona de la más bella y pura virginidad existente, la corona de la Maternidad. Así resulta Virgen antes, durante y después del parto. ¿Quién no se ha admirado por los ojos serenos de una paloma? ¿Quién no se ha sorprendido al contemplar los ojos expresivos de una madre que acaba de dar a luz? i Admirémonos al contemplar los ojos cándidos y maternales de Santa María! Aquella que esperó ser toda de Dios por su regalo virginal, se encontró regalada por un Hijo que conservó su primera donación.

¡Cuánto enamoró este lirio purísimo al Esposo Divino, que siendo robado de su descanso por el amor de esta Virgen, la hizo Madre de Dios y de los hombres, y ello manteniéndola intacta!

Navidad virgen en el mundo

Es Navidad, y parece que en el mundo actual hace mucho que no nieva. ¡Miremos la pureza en el alma y en el cuerpo de María! Tal contemplación resulta ejemplar para los sacerdotes, religio­sos, religiosas, jóvenes y en algunos aspectos para los mismos matrimonios en su vida conyugal. La virginidad de María atrajo primero en su alma la fecundidad de Dios, luego también en su cuerpo. Hemos de imitar a María para que volvamos a enamorar al Espíritu. Ofende mucho al Señor el cristiano que vive una vida de impureza; ello lo aleja de Él, además de ofender su propio cuerpo, que es Templo del Espíritu. En la pureza engendró María al Verbo; por eso Ella, la mujer de las Bienaventuranzas, nos enseña a vivir cumpliendo este precepto del Divino Amor: "Bien­aventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

Esta virtud que permite concebir a Dios, hace del hombre un ser espiritual y fuerte. Lo hace similar a los ángeles, lo hace libre de la tiranía del pecado y por eso parecido a la Pureza Prístina de Dios. También lo hace más ágil para ver a Jesús y recorrer los caminos de la santidad, como San Juan, el Apóstol Virgen, quien por su pureza aventajó a San Pedro en descubrir al Señor resucitado. Hace que el hombre, por fin, se vuelva más apto para amar al prójimo, para engendrarlo espiritualmente en la caridad, poniendo cauterio en los afectos del amante y permitiéndole de esa manera tender al apostolado de manera límpida y cristalina.

El joven, el niño, el sacerdote, la religiosa, la futura madre, deben hacer de su vida una navidad de pureza. La tierra entera volverá a dar sus frutos cuando, inundada por esta virtud, reciba siempre de nuevo la Palabra de Dios. Ella sólo será posible si adjuntamos a la virginidad la virtud de la humildad. "Hermosa es la unión de la virginidad y de la humildad –decía San Bernardo– y no poco agrada a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad".

Navidad, misterio de luz y de vida

El Verbo viene como Luz para iluminar las tinieblas de nuestro corazón. El Verbo es la Luz, y este Sol Divino, que siempre y desde siempre fue la Luz, hoy amanece para alumbrar con su verdad y gracia a los corazones. Desde Oriente vino una estrella que guió a los Reyes, pero ella palidece al encontrarse en el pesebre con la Luz Eterna. Hoy salió el Sol en Oriente y esparce sus rayos en Belén. A los primeros que ilumina son a María y a José. Sus rayos son poderosos, cautivantes, medicinales.

Dejémonos iluminar por la Luz encamada. Vayamos hacia Él, para que Él se acerque a nosotros.

Al modo como la luz natural todo lo ilumina, dando vida, calor, dilatando los cuerpos y siendo como el alma de todo lo creado, así la luz sobrenatural actuará sobre aquel que quiera ser iluminado. Cristo-Luz nos dará la vida, el calor de su caridad fogosa dilatará nuestro corazón hasta las fronteras del suyo. De esta manera aprenderemos a amarlo y será Él, con su luz, como el alma de nuestra alma. Entonces brillará en nuestro ser íntimo el Sol de Vida.

La Navidad es misterio de Vida, nos dice San León: "Vino el Hijo de Dios, para que el hijo del hombre pudiera ser hijo de Dios". Con su Vida, nos dará la vida sobrenatural de la gracia que santifica. A este don hemos de vivirlo, no con una medida escasa, sino en abundancia. El Señor no nos trae una medida mezquina, sino rebosante.

Allí en Belén está el Niño recién nacido, que no merece morir, pero que lo ha de hacer por nosotros, de manera que ya no vivamos más en la esclavitud del pecado, sino en la libertad de los hijos de Dios. Vino la vida al mundo para que los que está­bamos muertos por el pecado, viviéramos para siempre en Él. El Señor no sólo nos librará del mal mayor, que es el pecado, sino que también nos hará libres de la misma muerte, haciéndonos triunfar con Él en su Resurrección sobre los muertos. Desde que el Niño está en Belén, podemos decir: "¿Dónde está, muerte, tu victoria, dónde está, muerte, tu aguijón?"

Allí está el pequeño Jesús. Lo encontramos en los brazos de su Madre. Revistámonos de los mismos sentimientos de María, aprendamos de Ella a vivir sus virtudes, en especial la pureza y la humildad, para que el Niño Dios se encuentre tan a gusto en nuestras almas como en los brazos de su Madre siempre Virgen. Pidámosle que toda nuestra existencia sea un continuo Belén de modo que la Luz del Salvador se encienda en cada uno de nosotros y su vida nos invada con su plenitud.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 32-37)


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Aplicación: Sn Juan Pablo II "Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Estr. Salmo resp.).

Resuena en esta noche, antiguo y siempre nuevo, el anuncio del Nacimiento del Señor. Resuena para quien está en vela, como los pastores de Belén hace dos mil años; resuena para quien ha acogido la llamada del Adviento y, vigilante en la espera, está dispuesto a acoger el gozoso mensaje, que se hace canto en la liturgia: “Hoy nos ha nacido un Salvador”.

Vela el pueblo cristiano; vela el mundo entero en esta noche de Navidad que se relaciona con la de hace un año, cuando fue la apertura de la Puerta Santa del Gran Jubileo, Puerta de la gracia abierta de par en par para todos.

“Hoy”. En esta noche el tiempo se abre a lo eterno, porque Tú o Cristo, has nacido entre nosotros surgiendo de lo alto. Has venido a la luz del regazo de una Mujer bendita entre todas, Tú, el “Hijo del Altísimo”. Tu santidad ha santificado de una vez para siempre nuestro tiempo: los días, los siglos, los milenios. Con tu nacimiento has hecho del tiempo un “hoy” de salvación.

3. “Hoy nos ha nacido un Salvador”. Celebramos en esta noche el misterio de Belén, el misterio de una noche singular que, en cierto sentido, está en el tiempo y más allá del tiempo. En el seno de la Virgen ha nacido un Niño, un pesebre ha sido cuna por la Vida inmortal. Navidad es la fiesta de la vida, porque Tú, Jesús, viniendo a la luz como todos nosotros, has bendecido la hora del nacimiento: una hora que simbólicamente representa el misterio de la existencia humana, uniendo el padecimiento del parto a la esperanza, el dolor a la alegría. Todo esto ha ocurrido en Belén: una Madre ha dado a luz; “ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16,21), el Hijo del hombre. ¡Misterio de Belén!

Nuestra confianza no puede vacilar, del mismo modo que no puede faltar la admiración por lo que estamos conmemorando. Nace hoy el que da al mundo la paz.

“Hoy nos ha nacido un Salvador”. El Verbo llora en un pesebre. Se llama a Jesús, que significa “Dios salva”, porque “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21).
No es un palacio real donde nace el Redentor, destinado a establecer el Reino eterno y universal. Nace en un establo y, viniendo entre nosotros, enciende en el mundo el fuego del amor de Dios (cf. Lc 12, 49). Este fuego no se apagará jamás.

¡Que este fuego arda en los corazones como llama de caridad efectiva, que se haga acogida y sostén para muchos hermanos aquejados por la necesidad y el sufrimiento!

Señor Jesús, que contemplamos en la pobreza de Belén, haznos testigos de tu amor, de aquel amor que te ha llevado a despojarte de la gloria divina, para venir a nacer entre los hombres y a morir por nosotros. Mientras el Gran Jubileo entra en su fase final, infunde en nosotros tu Espíritu, para que la gracia de la Encarnación suscite en cada creyente el compromiso de una respuesta más generosa a la vida nueva recibida en el Bautismo.

Haz que la luz de esta noche, más resplandeciente que el día, se proyecte sobre el futuro y oriente los pasos de la humanidad por los caminos de la paz. ¡Tú, Príncipe de la paz, Tú Salvador nacido hoy por nosotros, camina con tu Iglesia por las veredas que se abren ante ella en el nuevo milenio!
(24 diciembre de 2000)


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Aplicación: Benedicto XVI - Dios con nosotros

Queridos hermanos y hermanas
«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5). Lo que, mirando desde lejos hacia el futuro, dice Isaías a Israel como consuelo en su angustia y oscuridad, el Ángel, del que emana una nube de luz, lo anuncia a los pastores como ya presente: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). El Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un «Dios con nosotros». Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado. Cristo resucitado lo dijo a los suyos, nos lo dice a nosotros: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí. Y, entonces, también yo debo decir como los pastores: Vayamos, quiero ir derecho a Belén y ver la Palabra que ha sucedido allí. El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos enseñan cómo responder de manera justa al mensaje que se dirige también a nosotros. ¿Qué nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnación de Dios?

Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos. El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intereses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros.

Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así, despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia. Hay quien dice «no tener religiosamente oído para la música». La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos «sin oído musical» para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo. Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen «no tener este oído musical» y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste. El gran teólogo Orígenes dijo: si yo tuviera la gracia de ver como vio Pablo, podría ahora (durante la Liturgia) contemplar un gran ejército de Ángeles (cf. In Lc 23,9). En efecto, en la sagrada Liturgia, los Ángeles de Dios y los Santos nos rodean. El Señor mismo está presente entre nosotros. Señor, abre los ojos de nuestro corazón, para que estemos vigilantes y con ojo avizor, y podamos llevar así tu cercanía a los demás.

Volvamos al Evangelio de Navidad. Nos dice que los pastores, después de haber escuchado el mensaje del Ángel, se dijeron uno a otro: «Vamos derechos a Belén... Fueron corriendo» ( Lc 2,15s.). Se apresuraron, dice literalmente el texto griego. Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad. ¿Qué podía haber de mayor importancia? Ciertamente, les impulsaba también la curiosidad, pero sobre todo la conmoción por la grandeza de lo que se les había comunicado, precisamente a ellos, los sencillos y personas aparentemente irrelevantes. Se apresuraron, sin demora alguna.

En nuestra vida ordinaria las cosas no son así. La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto – se piensa – siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una máxima de la Regla de San Benito, reza: «No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)». Para los monjes, la liturgia es lo primero. Todo lo demás va después. Y en lo fundamental, esta frase es válida para cada persona. Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida. Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones – por más importantes que sean – para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo. El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas.

Algunos comentaristas hacen notar que los pastores, las almas sencillas, han sido los primeros en ir a ver a Jesús en el pesebre y han podido encontrar al Redentor del mundo. Los sabios de Oriente, los representantes de quienes tienen renombre y alcurnia, llegaron mucho más tarde. Y los comentaristas añaden que esto es del todo obvio. En efecto, los pastores estaban allí al lado. No tenían más que «atravesar» (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones. Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente. Pero la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros. Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo.

Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él. Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro. Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí. Transeamus usque Bethleem, dice la Biblia latina. Vayamos allá. Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él. Pero también a través de senderos muy concretos, en la Liturgia de la Iglesia, en el servicio al prójimo, en el que Cristo me espera.

Escuchemos directamente el Evangelio una vez más. Los pastores se dicen uno a otro el motivo por el que se ponen en camino: «Veamos qué ha pasado». El texto griego dice literalmente: «Veamos esta Palabra que ha ocurrido allí». Sí, ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15). En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así. El Ángel había dicho a los pastores: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor.

Cuánto desearíamos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su señal nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es así. Él tiene el poder y es la Bondad. Nos invita a ser semejantes a Él. Sí, nos hacemos semejantes a Dios si nos dejamos marcar con esta señal; si aprendemos nosotros mismos la humildad y, de este modo, la verdadera grandeza; si renunciamos a la violencia y usamos sólo las armas de la verdad y del amor. Orígenes, siguiendo una expresión de Juan el
Bautista, ha visto expresada en el símbolo de las piedras la esencia del paganismo: paganismo es falta de sensibilidad, significa un corazón de piedra, incapaz de amar y percibir el amor de Dios. Orígenes dice que los paganos, «faltos de sentimiento y de razón, se transforman en piedras y madera» ( in Lc 22,9). Cristo, en cambio, quiere darnos un corazón de carne. Cuando le vemos a Él, al Dios que se ha hecho niño, se abre el corazón. En la Liturgia de la Noche Santa, Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos. Escuchemos de nuevo a Orígenes: «En efecto, ¿para qué te serviría que Cristo haya venido hecho carne una vez, si Él no llega hasta tu alma? Oremos para venga a nosotros cotidianamente y podamos decir: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí ( Ga 2,20)» ( in Lc 22,3).

Sí, por esto queremos pedir en esta Noche Santa. Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en mí, en mi alma. Transfórmame. Renuévame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra, nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado.
(24 de diciembre de 2009)

 

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Aplicación: S.S. Francisco p.p. - Vio una luz grande

1. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1).
Esta profecía de Isaías no deja de conmovernos, especialmente cuando la escuchamos en la Liturgia de la Noche de Navidad. No se trata sólo de algo emotivo, sentimental; nos conmueve porque dice la realidad de lo que somos: somos un pueblo en camino, y a nuestro alrededor –y también dentro de nosotros– hay tinieblas y luces. Y en esta noche, cuando el espíritu de las tinieblas cubre el mundo, se renueva el acontecimiento que siempre nos asombra y sorprende: el pueblo en camino ve una gran luz. Una luz que nos invita a reflexionar en este misterio: misterio de caminar y de ver.

Caminar. Este verbo nos hace pensar en el curso de la historia, en el largo camino de la historia de la salvación, comenzando por Abrahán, nuestro padre en la fe, a quien el Señor llamó un día a salir de su pueblo para ir a la tierra que Él le indicaría. Desde entonces, nuestra identidad como creyentes es la de peregrinos hacia la tierra prometida. El Señor acompaña siempre esta historia. Él permanece siempre fiel a su alianza y a sus promesas. Porque es fiel, «Dios es luz sin tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Por parte del pueblo, en cambio, se alternan momentos de luz y de tiniebla, de fidelidad y de infidelidad, de obediencia y de rebelión, momentos de pueblo peregrino y momentos de pueblo errante.

También en nuestra historia personal se alternan momentos luminosos y oscuros, luces y sombras. Si amamos a Dios y a los hermanos, caminamos en la luz, pero si nuestro corazón se cierra, si prevalecen el orgullo, la mentira, la búsqueda del propio interés, entonces las tinieblas nos rodean por dentro y por fuera. «Quien aborrece a su hermano –escribe el apóstol San Juan– está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1 Jn 2,11). Pueblo en camino, sobre todo pueblo peregrino que no quiere ser un pueblo errante.

2. En esta noche, como un haz de luz clarísima, resuena el anuncio del Apóstol: «Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11).

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros.

3. Los pastores fueron los primeros que vieron esta “tienda”, que recibieron el anuncio del nacimiento de Jesús. Fueron los primeros porque eran de los últimos, de los marginados. Y fueron los primeros porque estaban en vela aquella noche, guardando su rebaño. Es condición del peregrino velar, y ellos estaban en vela. Con ellos nos quedamos ante el Niño, nos quedamos en silencio. Con ellos damos gracias al Señor por habernos dado a Jesús, y con ellos, desde dentro de nuestro corazón, alabamos su fidelidad: Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil.

Que en esta Noche compartamos la alegría del Evangelio: Dios nos ama, nos ama tanto que nos ha dado a su Hijo como nuestro hermano, como luz para nuestras tinieblas. El Señor nos dice una vez más: “No teman” (Lc 2,10). Como dijeron los ángeles a los pastores: “No teman”. Y también yo les repito a todos: “No teman”. Nuestro Padre tiene paciencia con nosotros, nos ama, nos da a Jesús como guía en el camino a la tierra prometida. Él es la luz que disipa las tinieblas. Él es la misericordia. Nuestro Padre nos perdona siempre. Y Él es nuestra paz. Amén.
(24 de diciembre de 2013)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Belén

En María…
Contemplemos a la Madre de Dios en Nazaret. Miremos su exterior: aquella belleza del cielo; aquella modestia divina; aquella gracia en todos sus actos, gestos y movimientos; aquel mirar de Virgen, de Reina y de Madre; aquella simplicidad en el vestir; aquella dulzura angelical en su hablar; aquella alegría, luz y suavidad que esparce por todas partes, como las flores su aroma. Después entremos reverencialmente dentro de su alma, porque toda comienza en Dios, toda descansa en Dios, toda acaba en Dios. Alma divinizada, que pasa por las criaturas como si no existiesen, y vive como si no existiese en sí misma, sino toda en Dios. No depende de nada, no teme nada del mundo, nada espera, todo lo ama para llevarlo a Dios, en quien halla todas sus complacencias. Desde que es Madre de Dios, no vive ella, sino que en ella vive Jesucristo. Sabe lo que piensa, lo que quiere, adónde van todas las cosas, y piensa y quiere lo mismo. Por esta perfecta ordenación de todas sus facultades y de sus actos, su corazón es un cielo de paz y quietud. Las cosas exteriores pasan por ella como la luz por un cristal transparente, sin impresionarla. La santa voluntad de Dios es la almohada blanda y amorosa en que descansa su corazón.

Augusto dio el edicto del empadronamiento por designio divino, para servir a la presencia del Unigénito, porque este edicto obliga a la Madre a ir a su patria. Patria en que nacerá Jesús y que ya había sido anunciada por los profetas. Deben ir a empadronarse a Belén de Judea.
José y María intuyeron en el censo del César una providencia especial de Dios.

María: Estoy por dar a luz, mi Hijo es hijo de David como lo dicen los profetas, Belén…, Miqueas… la providencia de nuestro Padre… no fuerza las cosas, es suave, se acomoda y cumple infaliblemente su plan. Vamos José, así lo quiere Dios.

Después de largo viaje llegan a Belén. María está a punto de dar a luz y no encuentran posada.

María: No te preocupes José, sigamos buscando… ya abra algún lugar para nuestro Hijo. Sé tu deseo de darle lo mejor… es Rey, es Salvador, es Dios… claro que sí, tienes razón, su Providencia es inescrutable.
Miremos a la Madre de Dios con los ojos bajos, con el rubor de la vergüenza, pero con una paz amable y profundísima, que descansa en la santa voluntad de Dios. No quiere pensar por qué suceden aquellas cosas, ni se atribula por lo que vendrá; ya lo sabe el Señor, y esto basta. La noche obliga a tomar una resolución extrema, y ésta es la de ir a cobijarse en la cueva de los animales. Esta era la voluntad de Dios, y allá entra la Virgen Santísima con su tesoro, y San José con su responsabilidad, como si fuese un tálamo preparado por los ángeles. Ni negligencias, ni angustias, ni ociosidad, ni desesperaciones.
María: Te veo feliz y soy feliz. Así lo quiere Dios… no es lo mejor, arréglalo José, ponlo hermoso o al menos intenta. Soy feliz porque me gozo en el abismo del misterio de la Sabiduría de Dios.

(La cueva) con el rumor de animales dentro de la oscuridad y el vaho; aquel techo colgado de telarañas; aquel suelo mal allanado y lleno de estiércol; aquella falta de todo. Miremos cuán naturalmente la Virgen Santísima se acomoda con lo que encuentra, y con qué diligencia San José busca lo que puede. El norte y guía de los dos es siempre el mismo: lo que Dios quiere ahora… ¡qué libertad e independencia de todo lo de la tierra! Mientras se tiene algo, se depende de ello; quien no tiene nada, está por encima de todo. Jesucristo quería entrar en el mundo con esta divina independencia; le sobraba aquella misma casita de Nazaret; y por esta razón ha removido todo el universo con el decreto imperial, para que naturalmente viniese a parar a esta caverna de una roca.

Es el cumplimiento de la profecía de Isaías. Ha nacido el Emmanuel “Dios con nosotros”. En el pesebre vemos a Dios cara a cara. Jesús es el rostro humano de Dios.
El misterio de Navidad se contiene en un misterio más profundo: el misterio del Verbo Encarnado, del cual, nos habla el prólogo de San Juan: “y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros”.
¿Qué quiere decir esto? Que el Hijo de Dios, que es Dios como el Padre y el Espíritu Santo, se hizo hombre sin dejar de ser Dios y convivió con nosotros los hombres.
¿Y cómo se hizo hombre? Por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María.
Por eso el Niño que María lleva en su seno y da a luz en Belén es Dios con nosotros.
Ese Niño, que ha creado el cielo y la tierra y nos ha creado a nosotros, no puede moverse solo.
Ese Niño, envuelto en pobres pañales, ha vestido de hermosura el universo desde la más grande de las estrellas hasta la más pequeña flor.
Ese Niño que llora en la penumbra de la cueva es la alegría de los ángeles y santos. Es la felicidad que todos queremos alcanzar, es la felicidad eterna. Y es la luz de los hombres.
Ese Niño silencioso que sólo balbucea es la Palabra sin la cual nada existiría de lo que existe. Es la Sabiduría de Dios cuya Palabra es misteriosa a toda criatura.
Ese Niño que no puede caminar porque recién ha nacido es el que está en el cielo y en la tierra y en todo lugar.
Ese Niño que no ve más que a su Madre y a su padre, un buey y un asno es el que conoce las arenas del mar, las estrellas del cielo, las gotas de la lluvia y a cada uno de nosotros y también nuestros pensamientos.

Puso su morada entre nosotros

¿Y por qué ese Niño que es Dios se ha humillado asumiendo naturaleza tan baja?
El misterio del Verbo Encarnado, el misterio de la Navidad, es consecuencia del amor de Dios o de Dios que es amor.
Dios por su Verbo creó de carne al hombre y le insufló el Espíritu para que fuera carne viviente y por su Verbo hecho carne recreó al hombre para que en su carne viviese del Espíritu.
Dios se hace Niño para que nosotros contemplándolo en el pesebre nos hagamos dioses.
Quién puede llegar al Belén y volverse siendo el mismo.
Quién al ver a Dios entre nosotros, hecho uno de nosotros no se enciende en amor.
“Y el amor hace iguales” dice San Agustín. Si amo a Dios hecho hombre me hago como El.
El Niño nos trae la salud (se llama Jesús, el que da la salud). Si amamos al Niño de Belén, nos despojará del hombre viejo y nos hará hombres nuevos, nacidos de Dios, hijos de Dios.

El Niño, modelo de virtudes

Dios hecho Niño nos predica amor, “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único”. Dios hecho Niño nos predica humildad, “se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres”.
Dios hecho Niño nos predica obediencia, “no quisiste sacrificio ni oblaciones pero me has dado un cuerpo por eso he aquí que vengo Padre para hacer tu voluntad”.
Dios hecho Niño nos predica pobreza, y nació en un pesebre envuelto en pobres pañales.
Dios hecho Niño nos predica soledad voluntaria. El mundo no se enteró del nacimiento, ni Herodes ni los fariseos, sólo los pastores por revelación de los ángeles. Pastores solitarios y retirados del mundo que cuidaban su rebaño.

Contemplar el Belén

No sólo mirar. Porque mirar es ver la gruta: cómo está hecha, de que material, como están dispuestas las estatuillas, cuántos animales tiene, si tiene o no estrella, etc.
Contemplar el Belén es un mirar amante que descubre un hecho histórico que se perpetúa eternamente, en donde el tiempo se une a la eternidad en Jesús y Jesús permanece para siempre. Por eso la celebración anual de este hecho es memoria perpetua.
Contemplar el Belén nos hace cambiar, convertirnos, pensar de otra manera.
No podemos temblar como lo hacían los patriarcas ante la presencia de Dios en el Antiguo Testamento, ¿qué miedo puede darnos un Niño?
No se nos pide pedir perdón a un Dios furioso que entrega a los hombres al anatema sino a un Niño que llora por mis pecados.
No escuchamos la voz terrible: “apartaos de Mi malditos”, pues el Niño extiende sus bracitos para abrazarme.
No estamos ante la presencia del que habla como “quien tiene autoridad” para que callemos sino ante un Niño silencioso que espera con ansias que le digamos palabras amorosas.
No es un Dios que quiere holocaustos y sacrificios, víctimas de carneros y toros sino un Niño que quiere subido a nuestros brazos escuchar el latir de nuestro corazón.
No quiere que nos vistamos con ropas suntuosas para que aparezcamos otros ante El, quiere que nos vistamos con el vestido real de nuestra miseria y nuestro barro y así lo adoremos.
No quiere el beso de Judas, sí, el de la Magdalena.
No quiere vernos de pie rezando como los fariseos, sino de rodillas como el enfermo que dijo “si quieres puedes limpiarme”.
No quiere miradas veleidosas sino contemplación eterna. No quiere darnos una emoción pasajera sino la felicidad eterna.
Dice el Evangelio que los Reyes Magos adoraron al Niño le ofrecieron en sus dones su vida toda y como muestra de amor se volvieron por otro camino.
Contemplemos al Niño de Belén, volvamos por otro camino. Volvamos por el camino que Dios ha hecho al hacerse Niño porque así nosotros hechos niños como Él nos hagamos dioses.

Notas
Es el nombre que dan en España a la representación navideña del nacimiento de Jesús.
Es una práctica que trae San Luis María Grignion de Montfort en su “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” (nº 262-264) y que consiste en hacer todas las cosas entrando en María.
Casanovas Ignacio, S.J., Comentario y Explanación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, T. III-VI, Balmes Barcelona 1956, 276-7.
Ibíd., 284
Ibíd., 285.
7, 14
1, 14
Cf. 1 Jn 4, 8
Jn 3, 16
Flp 2, 7
Cf. He 10, 5-7
Mt 8, 2


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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Natividad del Señor

1.- Nos están paganizando la Navidad lo mismo que la fiesta de los difuntos con HALLOWEN.

2.- Estas fiesta se han convertido en días de adornos, luces, grandes cenas, de regalos, etc., con olvido de lo religioso.

3.- Me llegó por INTERNET, un narración ficticia escrita por Jesús invitado a la fiesta de su cumpleaños. Se quejaba de que él estaba sólo, sentado en un rincón. Nadie le hacía caso. Todos se divertían con gorros colorados, pero nadie se acordaba de su cumpleaños. Todo el centro de la atención era un viejo con barba blanca vestido de colorado (Papá Noel). Había regalos para todos, pero ningún regalo para él que celebraba su cumpleaños, y debía ser el protagonista de la fiesta. Además, los regalos que se daban unos a otros eran muy caros, y los regalos que Él quería no costaban dinero: una sonrisa para una persona que no la recibe de nadie, ser amable con quien nos resulta antipático, ayudar a quien lo necesita, etc.

4.- Pero sobre todo lo que Él espera es el regalo de nuestro amor. Que le hagamos un sitio en nuestro corazón. Que quitemos de nuestro corazón todo eso que es incompatible con Él. Si lo hacemos así Él estará en nuestro corazón más a gusto que en el pesebre, pues las pajas no le amaban, y nosotros sí podemos amarle.

5.- Jesús quiere que le amemos porque Él nos amó primero. Para eso vino al mundo. Para salvarnos y para que vivamos con esperanza y paz. La verdadera paz es la que viene de Dios.

6.- Si embargo Dios está cada vez más ausente de la sociedad. Cada vez hay menos gente en las misas de gallo, pero grandes multitudes en la movida juvenil. Y muchas cenas copiosas que se prolongan hasta la madrugada.

7.- Dos pensamientos podían presidir nuestra Navidad: alegría y solidaridad.

8.- Alegría porque Dios se ha hecho hombre para redimirnos. Dice San Pablo: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que despojándose de su rango, tomó la condición de hombre, pasando por uno de tantos» (Filipenses, 2:6s).

9.- Dios ha asumido la condición humana en todo menos en el pecado. No sólo en lo noble y grande del hombre, sino también en lo débil, pobre y doloroso. Nace como hombre, vive como hombre y muere como hombre. Corre nuestra suerte. Se solidariza con nuestra condición humana. Por eso el hombre no vive solo, no sufre solo, no muere solo. Dios está con él. Y es el alivio de nuestras penas y sufrimientos. Esto es motivo de alegría.

10.- Y también de solidaridad. Si Dios se hace solidario con el hombre, también nosotros con nuestros hermanos. Así lo desea Él. «Lo que hicisteis con estos...». El desentenderse es un pecado de omisión. Debíamos hacer algo en ayuda de los demás. Seamos solidarios y vivamos alegres.


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Directorio Homilético - Solemnidad de Navidad

CEC 456-460, 566: “¿Por qué el Verbo se hizo carne?”
CEC 461-463, 470-478: la Encarnación
CEC 437, 525-526: el misterio de la Navidad
CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David
CEC 65, 102: Dios ha dicho todo en su Verbo
CEC 333: Cristo encarnado es adorado por los ángeles
CEC 1159-1162, 2131, 2502: la Encarnación y las imágenes de Cristo

I POR QUE EL VERBO SE HIZO CARNE

456 Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos co nfesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre".

457 El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10)."El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "El se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):

Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdida la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacia falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

458 El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dio s al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

459 El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí ... "(Mt 11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: "Escuchadle" (Mc 9, 7;cf. Dt 6, 4-5). El es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

460 El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc., 54, 3). "Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos participantes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc 57 in festo Corp. Chr., 1).

II LA ENCARNACION

461 Volviendo a tomar la frase de San Juan ("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).

462 La carta a los Hebreos habla del mismo misterio:

Por eso, al entrar en este mundo, dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

463 La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Esa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad": "El ha sido manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).


III VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE

464 El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

465 Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la misma substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a Arrio que afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y que sería "de una substancia distinta de la del Padre" (DS 126).

466 La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne" (DS 251).

467 Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona (DS 301-302).

468 Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuído a su persona divina como a su propio sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad" (DS 432).

469 La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. El es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

"Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit" ("Permaneció en lo que era y asumió lo que no era"), canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: "Oh Hijo Unico y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos! (Tropario "O monoghenis").


IV COMO ES HOMBRE EL HIJO DE DIOS

470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):

El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (GS 22, 2).


El alma y el conocimiento humano de Cristo

471 Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituído al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).

472 Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso ... correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en "la condición de esclavo" (Flp 2, 7).

473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella m isma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).

474 Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8,31; 9,31; 10, 33-34; 14,18-20. 26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13,32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).


La voluntad humana de Cristo

475 De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS 556).


El verdadero cuerpo de Cristo

476 Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar la faz humana de Jesús (Ga 3,2). El séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.

477 Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, "venera a la persona representada en ella" (Cc. Nicea II: DS 601).


El Corazón del Verbo encarnado

478 Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres" (Pio XII, Enc."Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).

El Misterio de Navidad

525 Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:

La Virgen da hoy a luz al Eterno
Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban
Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño, ¡Dios eterno!
(Kontakion, de Romanos el Melódico)

526 "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario "nacer de lo alto" (Jn 3,7), "nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). El Misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el Misterio de este "admirable intercambio":

O admirabile commercium! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad (LH, antífona de la octava de Navidad).

(cortesía iveargentina.org)

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