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Domingo 4 de Adviento B - 'Hágase en mí según tu palabra': Comentarios de Sabios y Santos II  para ayudarnos a preparar la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación


A su disposción

Directorio Homilético

Comentario Teológico: Benedicto XVI - Anunciación a María

Aplicación: P. José A. Marcone, IVE La anunciación a María (Lc 1,26-38)

Aplicación: P. Gustavo Pascual, IVE - El instante de la encarnación Lc 1, 38

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios II a Las Lecturas del Domingo

 

Directorio Homilético

En primer lugar, presentaremos lo que el Directorio Homilético dice acerca del Domingo IV de Adviento en particular.

En segundo lugar, presentaremos
los números del Catecismo de la Iglesia Católica que el Directorio Homilético sugiere para la preparación de la homilía.

I . IV domingo de Adviento

96. Con el IV domingo de Adviento, la Navidad está ya muy próxima. La atmósfera de la Liturgia, desde los reclamos corales a la conversión, se traslada a los acontecimientos que circundan el Nacimiento de Jesús. Un cambio de dirección evidenciado en el Prefacio II del tiempo de Adviento. "La Virgen concebirá" es el título de la primera lectura del año A. Cierto es que todas las lecturas, de los profetas a los Apóstoles y a los Evangelios, giran en torno al misterio anunciado a María por el arcángel Gabriel. (Lo que se dice aquí a propósito de los Evangelios de los domingos y de los textos del Antiguo Testamento puede ser aplicado también al Leccionario ferial del 17 al 23 de diciembre).

97. En el Evangelio del año B se lee la narración de la Anunciación de Lucas; a la que sigue, en el mismo evangelio, la Visitación, que se lee en el año C. Estos acontecimientos ocupan un lugar destacado en la devoción de muchos católicos. La primera parte de la oración, el Ave María, considerada entre las más hermosas, se compone de las palabras dirigidas a María por el Arcángel Gabriel y por Isabel. La Anunciación es el primer misterio gozoso del Rosario; la Visitación, el segundo. La oración del Ángelus es una meditación ampliada de la Anunciación, recitada por muchos fieles cada día (por la mañana, al mediodía y por la noche). El encuentro entre el arcángel Gabriel y María, sobre la que desciende el Espíritu Santo, está representado en múltiples obras del arte cristiano. En el IV domingo de Adviento, el homileta tendría que trabajar sobre esta sólida base de la devoción cristiana y, así, conducir a los fieles hacia una comprensión más profunda de estos admirables acontecimientos.

98. "El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo". El poder y la fuerza de aquella hora nunca han disminuido. Ahora se siente de nuevo mientras de ella se impregna la asamblea en la que se proclama el Evangelio. Forja la hora peculiar de la celebración comunitaria. Estamos absortos en su Misterio. En cierto modo estamos presentes en la escena. Vemos al ángel que se presenta delante de la Virgen María en Nazaret de Galilea (también la Iglesia está contemplando la escena, siguiendo con estupor el drama de su encuentro, su intercambio de palabras). Mensaje divino, respuesta humana. Pero, mientras observamos, tomamos conciencia de que en esta visión no estamos aceptados sólo como simples espectadores. Cuanto ha sido ofrecido a María (acoger al Hijo de Dios en su seno) nos es ofrecido, en cierto modo, a cada una de las asambleas de fieles y a cada uno de los creyentes en la Liturgia del domingo IV de Adviento. En Navidad, ya dentro de pocos días, se nos va a entregar. Justo como ha dicho Jesús: "El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23).

99. La primera lectura del Año B, del segundo Libro de Samuel, nos invita a dar un paso atrás respecto a esta escena, incluso manteniendo la mirada fija en ella. La lectura nos ofrece una visión más amplia, la historia de la dinastía de David. La intención es la de ayudarnos a mirar con atención en los siglos que han transcurrido en esta historia hasta que surge, finalmente, el ángel delante de María. Es útil, por tanto, para el homileta ayudar a las personas a observar todo el escenario del acontecimiento. El generoso David está inspirado por un pensamiento noble, es decir, construir una casa para el Señor. ¿Por qué, se pregunta David, ahora que se ha establecido en su casa y ha obtenido una tregua en torno a sus enemigos gracias a la intervención del Señor, por qué Él tendría que continuar viviendo en el arca debajo de una tienda? ¿Por qué no una casa, un templo, para el Señor? Pero el Señor da a David una respuesta del todo inesperada. A la generosa oferta de David, el Señor responde con su generosidad divina superando enteramente lo que David ofrecía o nunca habría podido imaginar. Revocando la oferta de David, el Señor dice: "Tu no construirás una casa para mí", "el Señor te anuncia que te va a edificar una casa" (cf. 2 Sam 7,11), refiriéndose así a la dinastía de David que "dure tanto como el sol, como la luna, de edad en edad" (Sal 72,5).

100. Volviendo a la escena central de esta narración, vemos cómo la promesa hecha a David se ha cumplido de manera definitiva y, una vez más, de manera inesperada. María está "desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David" (Lc 1,27). El Ángel anuncia a María que dará a luz un Hijo, diciendo: "El Señor Dios le dará el trono de David su padre" (Lc 1,32). María misma es, de este modo, la casa que el Señor construye para el auténtico Hijo de David. Incluso, el deseo de David de construir una casa para el Señor se cumple de modo misterioso: con las palabras "hágase en mí según tu Palabra" (Lc 1,38), la Hija de Sión, por medio de su consentimiento de fe, en un instante construye un templo digno para el Hijo del Dios Altísimo.

101. El misterio de la Concepción Virginal de María es también el tema del Evangelio del Año A pero, en este caso, la narración se desarrolla desde el punto de vista de José, como nos narra Mateo. La primera lectura es un breve pasaje de Isaías en el que el profeta pronuncia la conocida frase: "Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel". Esta lectura puede ofrecer al homileta la ocasión para explicar cómo la Iglesia ve, justamente, el cumplimiento de los textos del Antiguo Testamento en los acontecimientos de la vida de Jesús. En el pasaje de Mateo, la asamblea escucha los detalles referidos, que circundan el Nacimiento de Jesús, concluyendo con la frase: "Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta". Un profeta habla en la historia, en circunstancias concretas. En el 734 a.C., el rey Acaz tenía que hacer frente a un enemigo poderoso; el profeta Isaías le exhortó a tener fe en el poder que Dios tenía para liberar Jerusalén, y ofreció al rey un signo enviado por el Señor. Cuando el rey, con hipocresía, lo rechazó, el contrariado Isaías le anunció que le sería dado, de todas formas, un signo, el signo de una Virgen, cuyo Hijo sería llamado Emmanuel. Pero ahora, por medio del Espíritu Santo, que ha hablado por el profeta, cuanto tenía sentido en aquellas precisas circunstancias históricas se amplía para conformarse en una circunstancia histórica mucho mayor: la Venida del Hijo de Dios que se hace carne. Todas las profecías y toda la historia, en definitiva, hablan de esto.

102. El homileta, una vez presentado este argumento, puede considerar la narración bien construida de Mateo. El evangelista se preocupa de mantener en equilibrio dos verdades sobre Jesús: que es el Hijo de David y que es el Hijo de Dios. Ambas son verdades esenciales para comprender quién es Jesús. Tanto María como José interpretan un papel preciso en el cumplimiento de este entrelazarse armónico del misterio.

103. Como hemos visto en la Anunciación en el contexto de la Historia de Israel, también la genealogía que precede a este Evangelio ofrece una clave importante para su interpretación. (La genealogía se lee el 17 de diciembre y en la Misa de la Vigilia de Navidad). El Evangelio de Mateo inicia solemnemente con estas palabras: "Genealogía de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abrahán". Continúa la narración tradicional de todas las generaciones: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, y así en adelante, pasando por David y sus descendientes, hasta José, donde el relato sufre un imprevisto y marcado cambio: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo". Resulta singular y extraordinario cómo el texto no prosigue diciendo: "José engendró a Jesús", sino que especifica cómo José es el esposo de María, de la cual nació Jesús. Es precisamente en este punto sobre el que recae el peso del IV domingo de Adviento, como viene indicado en el primer versículo: "El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera". Es decir, en circunstancias notablemente diferentes a todos los nacimientos precedentes, exigiendo, por tanto, esta narración peculiar.

104. La primera información se refiere al hecho que María, antes de ir a vivir con José, estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Es claro, por tanto, para los que escuchan y leen el pasaje que el niño no es de José sino que es el mismo Hijo de Dios. En la narración, además, esto no está todavía claro para José. El homileta podrá constatar el drama que soporta José. ¿Sospecha la infidelidad de María y por eso decide "repudiarla en secreto"? O quizá ¿tiene alguna intuición de la obra divina, que le lleva a temer de recibir a María como su esposa? Es desconcertante también el silencio de María. Ella, claramente, mantiene el secreto que existe entre ella y Dios, y será Dios quien clarificará la situación. Ninguna palabra humana sería suficiente para explicar un misterio tan grande. Mientras José consideraba estas cosas, un Ángel le revela en sueños que María ha concebido por obra del Espíritu Santo y que no debe temer. La Liturgia del Adviento invita a los fieles a no temer y a acoger, como José, el misterio divino que se está desarrollando en su vida.

105. Un Ángel confirma en sueños a José que María ha concebido por obra del Espíritu Santo. Así, de nuevo, todo se explica: Jesús es el Hijo de Dios. Pero José tendrá que cumplir dos gestos, dos actos que legitimarán el Nacimiento de Jesús a los ojos de la cultura y de la fe judías. El Ángel se dirige a él de modo explícito con estas palabras: "José, Hijo de David", y le ordena llevar a María a su casa, permitiendo que el misterio de ella le trasforme. Después, él tendrá que dar nombre al niño. Estos dos gestos hacen de Jesús "el Hijo de David". La narración de Mateo habría podido continuar con estas palabras: "Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor", mientras que, por el contrario, la narración viene interrumpida por la profecía de Isaías: "Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta", para citar después el versículo profético que hemos escuchado en la primera lectura. Lo que Isaías dijo a Acaz es poca cosa al respecto. Ahora la palabra "Virgen" se toma al pie de la letra, y Ella concibe por obra del Espíritu Santo. Y qué decir del nombre que tendrán que dar al niño ¿Emmanuel? Mateo, a diferencia de Isaías, explica su significado:
"Dios-con-nosotros". También estas palabras, como indican las circunstancias, están tomadas al pie de la letra. José, el Hijo de David, lo llamará Jesús; pero el misterio más profundo de su nombre es "Dios-con-nosotros".

106. En la segunda lectura de este mismo domingo, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, escuchamos un lenguaje teológico más antiguo y primitivo que el de Mateo pero que ya nos revela la importancia del equilibrio armónico en los títulos que expresan el Misterio de Jesús. San Pablo habla del "Evangelio que se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano de la estirpe de David; constituido, Hijo de Dios, con pleno poder por su Resurrección de la muerte". San Pablo ve ratificado el título de "Hijo de Dios" en la Resurrección de Jesús. San Mateo, como hemos visto con anterioridad, cuando explica el nombre del Emmanuel con el significado de "Dios-con-nosotros", expresa tal comprensión del Señor resucitado, haciendo referencia al principio de su existencia humana.

107. A pesar de ello, es Pablo quien muestra directamente el modo de relacionar lo que escuchamos en estos textos. Después de haber llamado con solemnidad a aquel que es el centro de su Evangelio "Hijo de David e Hijo de Dios", Pablo designa a los gentiles como los que están llamados "por Cristo Jesús". Además, los define como "a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo". El homileta debe mostrar cómo este lenguaje se aplica también a nosotros. Los cristianos escuchan la maravillosa historia del Nacimiento de Jesucristo que cumple de modo admirable lo que había sido prometido por medio de los profetas, pero después escuchan también una palabra sobre ellos: estamos llamados a pertenecer a Jesucristo, estamos llamados por Dios y estamos llamados a ser santos.

108. El Evangelio del Año C se refiere a lo que María realizó inmediatamente después del encuentro con el Ángel que le anuncia la concepción del Hijo de Dios. "En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña", a ver a su pariente Isabel que estaba encinta de Juan Bautista. Y al oír el saludo de María el niño saltó en el seno de Isabel. Es este el primero de tantos momentos en los que Juan anuncia la presencia de Jesús. Es instructivo reflexionar también sobre cómo María se comporta cuando es consciente de llevar al Hijo de Dios en su seno. Ella "aprisa" va a visitar a Isabel, para poder constatar que "nada es imposible para Dios"; y actuando así, aporta un gran gozo a Isabel y al Hijo que está en su seno.

109. En estos días convulsos de Adviento la Iglesia entera asume la fisonomía de María. El rostro de la Iglesia lleva impresos los signos distintivos de la Virgen. El Espíritu Santo actúa ahora en la Iglesia, como ha actuado siempre. Por tanto, mientras la asamblea en este domingo entra en el misterio eucarístico, el sacerdote reza en la oración sobre las ofrendas: "El mismo espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar". El homileta debe extraer el mismo nexo evidenciado por esta oración: a través de la Eucaristía, por el poder del Espíritu Santo, los fieles llevarán en su propio cuerpo lo que María llevó en sus entrañas. Como Ella, tendrán que hacer
"deprisa" el bien al prójimo. Sus buenas acciones, realizadas siguiendo el ejemplo de María, sorprenderán entonces a los otros con la presencia de Cristo, de modo que dentro de ellos se produzca un salto de gozo.
(CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, Ciudad del Vaticano, 2014, nº 96 - 109)

II  Cuarto domingo de Adviento

CEC 484-494: la Anunciación
CEC 439, 496, 559, 2616: Jesús es el Hijo de David
CEC 143-149, 494, 2087: "La obediencia de la fe"

I CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO ...

484 La anunciación a María inaugura la plenitud de "los tiempos"(Gal 4, 4), es decir el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la  plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).

485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo (cf. Jn 16, 14-15). El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es "Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt 2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn 2, 11). Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38).



II ... NACIDO DE LA VIRGEN MARIA

487 Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.


La predestinación de María

488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27):

El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (LG 56; cf. 61).

489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno (cf. Gn 3, 15) y la de ser la Madre de todos los vivientes (cf. Gn 3, 20). En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada (cf. Gn 18, 10-14; 21,1-2). Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil (cf. 1 Co 1, 27) para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel (cf. 1 S 1), Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación" (LG 55).



La Inmaculada Concepción

490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios

491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX: ... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (DS 2803).

492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1, 4).

493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"), la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura" (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.


"Hágase en mí según tu palabra ..."

494 Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 28-37), María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y , aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención (cf. LG 56):

Ella, en efecto, como dice S. Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes' y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María". (LG. 56).

439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico "hijo de David" prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2, 2; 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9. 15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4, 25-26;11, 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22, 41-46), esencialmente política (cf. Jn 6, 15; Lc 24, 21).


La virginidad de María

496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto" (Cc Letrán, año 649; DS503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra: Así, S. Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen, ...Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato ... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente" (Smyrn. 1-2).


La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7- 10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.



Jesús escucha la oración

2616 La oración a Jesús ya ha sido escuchada por él durante su ministerio, a través de los signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Mc 1, 40-41; Jairo: cf Mc 5, 36; la cananea: cf Mc 7, 29; el buen ladrón: cf Lc 23, 39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Mc 2, 5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Mc 5, 28; las lágrimas y el perfume de la pecadora: cf Lc 7, 37-38). La petición apremiante de los ciegos: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!" (Mt 9, 27) o "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: "¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!" Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: "Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!".

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: "Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis" ("Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a El dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en El nuestras voces; y la voz de El, en nosotros", Sal 85, 1; cf IGLH 7).


143 Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5). La Sagrada Escritura llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rom 1,5; 16,26).



Artículo 1 CREO

I LA OBEDIENCIA DE LA FE
144 Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.

Abraham, "el padre de todos los creyentes"

145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: "Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (cf. Hb 11,17).

146 Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta a los Hebreos: "La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven" (Hb 11,1). "Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia" (Rom 4,3; cf. Gn 15,6). Gracias a esta "fe poderosa" (Rom 4,20), Abraham vino a ser "el padre de todos los creyentes" (Rom 4,11.18; cf. Gn 15,15).

147 El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual "fueron alabados" (Hb 11,2.39). Sin embargo, "Dios tenía ya dispuesto algo mejor": la gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que inicia y consuma la fe" (Hb 11,40; 12,2). María : "Dichosa la que ha creído"

148 La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es imposible para Dios" (Lc 1,37; cf. Gn
18,14) y dando su asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).

Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. S. Pablo habla de la "obediencia de la fe" (Rm 1,5; 16,26) como de la primera obligación. Hace ver en el "desconocimiento de Dios" el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1,18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en él y dar testimonio de él.

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Comentario Teológico: Benedicto XVI - Anunciación a María

"En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David: la virgen se llamaba María" (Lc 1,26s). El anuncio del nacimiento de Jesús está ante todo relacionado cronológicamente con la historia de Juan el Bautista mediante la indicación del tiempo transcurrido tras el mensaje del arcángel Gabriel a Zacarías, es decir, "en el sexto mes" del embarazo de Isabel. Pero ambos acontecimientos y ambas misiones quedan también enlazados en este pasaje por la información de que María e Isabel son parientes, y por tanto también lo son sus hijos.

(...)

Pero conviene considerar primero con más detalle la narración del anuncio del nacimiento de Jesús a María. Veamos antes el mensaje del ángel, y después la respuesta de María.

En el saludo del ángel llama la atención el que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom -la paz esté contigo-, sino que use la fórmula griega cha?re, que se puede tranquilamente traducir por "ave, salve", como en la oración mariana de la Iglesia, compuesta con palabras tomadas de la narración de la anunciación (cf. Lc 1,28.42). Pero, en este punto, conviene comprender el verdadero significado de la palabra cha?re: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel -podríamos decir- comienza en sentido propio el Nuevo Testamento.

La misma palabra reaparece en la Noche Santa en labios del ángel, que dijo a los pastores: "Os anuncio una gran alegría" (cf. 2,10). Vuelve a aparecer en Juan con ocasión del encuentro con el Resucitado: "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor" (20,20). En los discursos de despedida en Juan hay una teología de la alegría que ilumina, por decirlo así, la hondura de esta palabra: "Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría" (16,22).

La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva.

"Alégrate" -como hemos visto- es en primer lugar un saludo en griego, y así en esta palabra del ángel se abre también inmediatamente la puerta a los pueblos del mundo; hay una alusión a la universalidad del mensaje cristiano. Y, sin embargo, es al mismo tiempo también una palabra tomada del Antiguo Testamento, y por tanto está en plena continuidad con la historia bíblica de la salvación. Han sido sobre todo Stanislas Lyonnet y René Laurentin quienes han demostrado que, en el saludo del ángel Gabriel a María, se retoma y actualiza la profecía de Sofonías 3,14-17, que suena así: "Alégrate, hija de Sión, grita de gozo Israel... El Señor, tu Dios está en medio de ti."

No es necesario entrar aquí en los pormenores de una confrontación textual entre el saludo del ángel a María y la promesa del profeta. El motivo esencial por el que la hija de Sión puede exultar se encuentra en la afirmación: "El Señor está en medio de ti" (So 3,15.17); literalmente traducido: "está en tu seno". Con esto,  Sofonías retoma las palabras del Libro del Éxodo que describen la morada de Dios en el Arca de la Alianza como un estar "en el seno de Israel" (cf. Ex 33,3; 34,9; Laurentin, Structure et Théologie..., pp. 64-71). Precisamente esta expresión reaparece en el mensaje de Gabriel a María: "Concebirás en tu vientre" (Lc 1,31).

Como quiera que se valoren los detalles de estos paralelismos, resulta evidente la cercanía interna de los dos mensajes. María aparece como la hija de Sión en persona. Las promesas referentes a Sión se cumplen en ella de forma inesperada. María se convierte en el Arca de la Alianza, el lugar de una auténtica inhabitación del Señor.

"Alégrate, llena de gracia." Es digno de reflexión un nuevo aspecto de este saludo, cha?re: la conexión entre la alegría y la gracia. En griego, las dos palabras, alegría y gracia (chará y cháris), se forman a partir de la misma raíz. Alegría y gracia van juntas.

Ocupémonos ahora del contenido de la promesa. María dará a luz un niño, a quien el ángel atribuye los títulos de "Hijo del Altísimo" e "Hijo de Dios". Se promete además que Dios, el Señor, le dará el trono de David, su Padre. Reinará por siempre en la casa de Jacob y su reino (su señorío) no tendrá fin. Se añade después un grupo de promesas relacionadas con el modo de la concepción. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios" (Lc 1,35).

Comencemos con esta última promesa. Por su lenguaje, pertenece a la teología del templo y de la presencia de Dios en el santuario. La nube sagrada -la shekiná- es un signo visible de la presencia de Dios. Muestra y a la vez oculta su morar en su casa. La nube que proyecta su sombra sobre los hombres retorna después en el relato de la transfiguración del Señor (cf. Lc 9,34; Mc 9,7). Es signo nuevamente de la presencia de Dios, del manifestarse de Dios en lo escondido. Así, con la palabra acerca de la sombra que desciende con el Espíritu Santo se reanuda la teología referente a Sión que se encuentra en el saludo. Una vez más, María aparece como la tienda viva de Dios, en la que él quiere habitar de un modo nuevo en medio de los hombres.

Al mismo tiempo, en el conjunto de estas palabras del anuncio se puede percibir una alusión al misterio del Dios trinitario. Actúa Dios Padre, que había prometido estabilidad al trono de David, y ahora establece el heredero cuyo reino no tendrá fin, el heredero definitivo de David, anunciado por el profeta Natán con estas palabras: "Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo" (2 S 7,14). Lo repite el Salmo 2: "Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy" (v. 7).

Las palabras del ángel permanecen totalmente en la concepción religiosa del Antiguo Testamento y, no obstante, la superan. A partir de la nueva situación reciben un nuevo realismo, una densidad y una fuerza antes inimaginable. Todavía no ha sido objeto de reflexión el misterio trinitario, no se ha desarrollado aún hasta llegar a la doctrina definitiva. Aparece por sí mismo gracias al modo de obrar de Dios prefigurado en el Antiguo Testamento; aparece en el acontecimiento sin llegar a ser doctrina. De igual modo, tampoco el concepto del ser Hijo, propio del Niño, se profundiza y desarrolla hasta la dimensión metafísica. Así, todo se mantiene en el ámbito de la concepción religiosa judía. Y, sin embargo, las mismas palabras antiguas, a causa del acontecimiento nuevo que expresan e interpretan, están nuevamente en camino, van más allá de sí mismas. Precisamente en su simplicidad reciben una nueva grandeza casi desconcertante, pero que se desarrollará en el camino de Jesús y en el camino de los creyentes.

También en este contexto se coloca el nombre "Jesús", que el ángel atribuye al niño, tanto en Lucas (1,31) como en Mateo (1,21). El nombre de Jesús contiene de manera escondida el tetragrama, el nombre misterioso del Horeb, ampliado hasta la afirmación: Dios salva. El nombre del Sinaí, que había quedado como quien dice incompleto, es pronunciado hasta el fondo. El Dios que es, es el Dios presente y salvador. La revelación del nombre de Dios, iniciada en la zarza ardiente, es llevada a su cumplimento en Jesús (cf. Jn 17,26).

La salvación que trae el niño prometido se manifiesta en la instauración definitiva del reino de David. En efecto, al reino davídico se le había prometido una duración permanente: "Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre" (2 S 7,16), había anunciado Natán por encargo de Dios mismo.

En el Salmo 89 se refleja de una manera impresionante la contradicción entre el carácter definitivo de la promesa y la caída de hecho del reino davídico: "Le daré una posteridad perpetua y un trono duradero como el cielo. Si sus hijos abandonan mi ley... castigaré con la vara sus pecados... pero no les retiraré mi favor ni desmentiré mi fidelidad" (vv. 30-34). Por eso el salmista repite la promesa ante Dios de manera conmovedora e insistente, llama a su corazón y reclama su fidelidad. En efecto, la realidad que vive es totalmente diversa: "Tú, encolerizado con tu Ungido, lo has rechazado y desechado; has roto la alianza con tu siervo y has profanado hasta el suelo su corona... todo viandante lo saquea, y es la burla de sus vecinos... Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos" (vv. 39-42.51).

Este lamento de Israel estaba también ante Dios en el momento en que Gabriel anunciaba a la Virgen María el nuevo rey en el trono de David. Herodes era rey gracias a Roma. Era idumeo, no un hijo de David. Pero, sobre todo, especialmente por su crueldad inaudita era una caricatura de aquella realeza que se le había prometido a David. El ángel anuncia que Dios no ha olvidado su promesa; se cumplirá ahora en el niño que María concebirá por obra del Espíritu Santo. "Su reino no tendrá fin", dice Gabriel a María.

En el siglo IV, esta frase fue incorporada al Credo niceno-costantinopolitano, en el momento en que el reino de Jesús de Nazaret abrazaba ya a todo el mundo de la cuenca mediterránea. Nosotros, los cristianos, sabemos y confesamos con gratitud: Sí, Dios ha cumplido su promesa. El reino del Hijo de David, Jesús, se extiende "de mar a mar", de continente a continente, de un siglo a otro.

Naturalmente, sigue siendo verdadera también la palabra que Jesús dijo a Pilato: "Mi reino no es de aquí" (Jn
18,36). A veces, en el curso de la historia, los poderosos de este mundo quieren apropiarse de él, pero precisamente entonces es cuando peligra: quieren conectar su poder con el poder de Jesús, y justamente así deforman su reino, lo amenazan. O bien queda sometido a la persecución persistente de los dominadores, que no toleran ningún otro reino y desean eliminar al rey sin poder, pero cuya fuerza misteriosa temen.

Pero "su reino no tendrá fin": este reino diferente no está construido sobre un poder mundano, sino que se funda únicamente en la fe y el amor. Es la gran fuerza de la esperanza en medio de un mundo que tan a menudo parece estar abandonado de Dios. El reino del Hijo de David, Jesús, no tiene fin, porque en él reina Dios mismo, porque en él entra el reino de Dios en este mundo. La promesa que Gabriel transmitió a la Virgen María es verdadera. Se cumple siempre de nuevo.

La respuesta de María, a la que ahora llegamos, se desarrolla en tres fases. Ante el saludo del ángel, primero se quedó turbada y pensativa. Su actitud es diferente a la de Zacarías. De él se dice que se sobresaltó y "quedó sobrecogido de temor" (Lc 1,12). En el caso de María, se utiliza inicialmente la misma palabra ("se turbó"), pero ya no prosigue con el temor, sino con una reflexión interior sobre el saludo del ángel. María reflexiona (dialoga consigo misma) sobre lo que podía significar el saludo del mensajero de Dios. Así aparece ya aquí un rasgo característico de la imagen de la Madre de Jesús, un rasgo que encontramos otras dos veces en el Evangelio en situaciones análogas: el confrontarse interiormente con la palabra (cf. Lc 2,19.51).

Ella no se detiene ante la primera inquietud por la cercanía de Dios a través de su ángel, sino que trata de comprender. María se muestra por tanto como una mujer valerosa, que incluso ante lo inaudito mantiene el autocontrol. Al mismo tiempo, es presentada como una mujer de gran interioridad, que une el corazón y la razón y trata de entender el contexto, el conjunto del mensaje de Dios. De este modo, se convierte en imagen de la Iglesia que reflexiona sobre la Palabra de Dios, trata de comprenderla en su totalidad y guarda el don en su memoria.

La segunda reacción de María resulta enigmática para nosotros. En efecto, después del titubeo pensativo con que había recibido el saludo del mensajero de Dios, el ángel le había comunicado que había sido elegida para ser la madre del Mesías. María pone entonces una breve e incisiva pregunta: "¿Cómo será eso, pues no conozco varón?" (Lc 1,34).

Pensemos de nuevo en la diferencia respecto a la respuesta de Zacarías, que había reaccionado con una duda sobre la posibilidad de la tarea que se le encomendaba. Él, como Isabel, era de edad avanzada; ya no podía esperar un hijo. Por el contrario, María no duda. No pregunta sobre el "qué", sino sobre el "cómo" puede cumplirse la promesa, siendo esto incomprensible para ella: "¿Cómo será eso, pues no conozco varón?" (1,34). Pero esta pregunta parece inexplicable para nosotros, puesto que María estaba prometida y, según el derecho judío, se la consideraba ya equiparada a una esposa, aunque no habitase todavía con el marido y no hubiera comenzado la comunión matrimonial.

A partir de Agustín, se ha explicado la cuestión en el sentido de que María habría hecho un voto de virginidad y se habría comprometido sólo para tener un varón protector de su virginidad. Pero esta reconstrucción está totalmente fuera del mundo judío en tiempos de Jesús, y parece impensable en ese contexto. Pero ¿qué significa entonces esa palabra? La exegesis moderna no ha encontrado una respuesta convincente. Se dice que María, que aún no había sido recibida por José, no había tenido contacto alguno con un hombre y habría entendido que debía ocurrir con urgencia inmediata lo que se le había dicho. Pero esto no convence, porque el momento de convivencia no podía estar lejano. Otros exegetas tienden a considerar la frase como una construcción meramente literaria, con el fin de desarrollar el diálogo entre María y el ángel. Sin embargo, tampoco esto es una verdadera explicación de la frase. Se podría pensar también en que, según la costumbre judía, el compromiso se establecía de manera unilateral por el hombre, y no se pedía el consentimiento de la mujer. Pero tampoco esta observación resuelve el problema.

Por tanto, el enigma de esta frase -o quizá mejor dicho: el misterio- permanece. María, por razones que nos son inaccesibles, no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal. El ángel le confirma que ella no será madre de modo normal después de ser recibida en casa por José, sino mediante "la sombra del poder del Altísimo", mediante la llegada del Espíritu Santo, y afirma con aplomo: "Para Dios nada hay imposible" (Lc 1,37).

Después de esto sigue la tercera reacción, la respuesta esencial de María: su simple "sí". Se declara sierva del Señor. "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).

Bernardo de Claraval describe dramáticamente en una homilía de Adviento la emoción de este momento. Tras la caída de nuestros primeros padres, todo el mundo queda oscurecido bajo el dominio de la muerte. Dios busca ahora una nueva entrada en el mundo. Llama a la puerta de María. Necesita la libertad humana. No puede redimir al hombre, creado libre, sin un "sí" libre a su voluntad. Al crear la libertad, Dios se ha hecho en cierto modo dependiente del hombre. Su poder está vinculado al "sí" no forzado de una persona humana. Así, Bernardo muestra cómo en el momento de la pregunta a María el cielo y la tierra, por decirlo así, contienen el aliento. ¿Dirá "sí"? Ella vacila... ¿Será su humildad tal vez un obstáculo? "Sólo por esta vez -dice Bernardo- no seas humilde, sino magnánima. Danos tu "sí"." Éste es el momento decisivo en el que de sus labios y de su corazón sale la respuesta: "Hágase en mí según tu palabra." Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana.

María se convierte en madre por su "sí". Los Padres de la Iglesia han expresado a veces todo esto diciendo que María habría concebido por el oído, es decir, mediante su escucha. A través de su obediencia la palabra ha entrado en ella, y ella se ha hecho fecunda. En este contexto, los Padres han desarrollado la idea del nacimiento de Dios en nosotros mediante la fe y el bautismo, por los cuales el Logos viene siempre de nuevo a nosotros, haciéndonos hijos de Dios. Pensemos por ejemplo en las palabras de san Ireneo: "¿Cómo podrán salvarse si no es Dios aquel que llevó a cabo su salvación sobre la tierra? ¿Y cómo el ser humano se acercará a Dios, si Dios no se ha acercado al hombre? ¿Cómo se librarán de la muerte que los ha engendrado, si no son regenerados por la fe para un nuevo nacimiento que Dios realice de modo admirable e impensado, cuyo signo para nuestra salvación nos dio en la concepción a partir de la Virgen?" (Adv haer IV, 33,4; cf. H. Rahner, Symbole der Kirche, p. 23).

Pienso que es importante escuchar también la última frase de la narración lucana de la anunciación: "Y el ángel la dejó" (Lc 1,38). El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo hasta el momento en que se declara a Jesús "fuera de sí" (Mc 3,21; cf. Jn 10,20), más aún, hasta la noche de la cruz.

En estas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado. Cuántas veces habrá escuchado y meditado aquel saludo: "Alégrate, llena de gracia", y sobre la palabra tranquilizadora: "No temas." El ángel se va, la misión permanece, y junto con ella madura la cercanía interior a Dios, el íntimo ver y tocar su proximidad.
(BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús, Editorial Planeta, Barcelona, 2012, p. 18 - 25).

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Aplicación: P. José A. Marcone, IVE La anunciación a María (Lc 1,26-38)

Introducción

Al llegar el cuarto domingo de Adviento, la Navidad ya está muy próxima. El mensaje que la Iglesia quiere que llegue a sus hijos sufre un cambio. Los primeros tres domingos se insiste sobre la necesidad de la conversión del corazón para estar preparados a la llegada de Cristo. Pero en este cuarto domingo la Iglesia quiere que entremos ya en la atmósfera propia del nacimiento de Jesús6.

La clave para encontrar el tema adecuado de predicación para este domingo, en los tres ciclos, está en esta frase del evangelio de San Mateo: "El engendramiento de Jesucristo fue de esta manera" (Mt 1,18). Aquello que debemos explicar en esta homilía es cómo fue la concepción de Jesús7.

1. La virginidad de María

Lo primero que hay que entender para entender la concepción de Jesús es la virginidad de María. En el texto de hoy está dicho tres veces. En primer lugar, dice: "Fue enviado el ángel Gabriel (…) a una virgen" (Lc 1,27; en griego: parthénos). En segundo lugar, repite: "El nombre de la virgen (parthénos) era María" (Lc 1,27).

En tercer lugar, lo dice la misma María: "¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón" (Lc 1,34). El verbo 'conocer' es usado en el lenguaje bíblico y en la cultura semítica para expresar el hecho de tener relaciones sexuales. Podríamos aducir muchísimos ejemplos del AT, pero en el ámbito de una homilía nos contentaremos con uno solo. En el primer libro de los Reyes se habla de que pusieron al servicio de David una hermosa joven para que esté a su servicio; y dice el texto bíblico: "La joven era extraordinariamente bella; cuidaba y servía al rey, pero el rey no la conoció" (1Re 1,4). En el NT se usa este mismo verbo para expresar que José no tuvo relaciones sexuales con María: "Tomó consigo a su mujer y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús" (Mt 1,25). María, al decir: "¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón", está manifestando su decisión de permanecer virgen perpetuamente, pues, de otra manera, su pregunta no tendría sentido.

En el relato de Mateo se le da una importancia especial a la virginidad de María. En efecto, después de narrar la anunciación que José recibe del ángel, quien le explica que el hijo de María proviene del Espíritu Santo, el evangelista concluye: "Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el Señor había dicho por medio del profeta: 'La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel', que traducido significa 'Dios con nosotros'" (Mt 1,22-23).

El texto profético al que se refiere San Mateo es Is 7,14. "Un profeta habla en la historia, en circunstancias concretas. En el 734 a.C., el rey Acaz tenía que hacer frente a un enemigo poderoso; el profeta Isaías le exhortó a tener fe en el poder que Dios tenía para liberar Jerusalén, y ofreció al rey un signo enviado por el Señor. Cuando el rey, con hipocresía, lo rechazó, el contrariado Isaías le anunció que le sería dado, de todas formas, un signo, el signo de una Virgen, cuyo Hijo sería llamado Emmanuel"8. No cabe, entonces, ninguna duda que la profecía de Isaías se refería al nacimiento de Jesucristo. Ahora bien, la concepción virginal de la madre de Jesucristo es un signo. ¿Un signo de qué? Un signo de que el hijo será 'Dios-con-nosotros', es decir, un signo de la divinidad de Jesucristo. Por eso es que es tan importante reconocer que Is 7,14 habla de una virgen y no de una simple 'joven' como traducen muchas biblias modernas, especialmente las protestantes. El ataque a la virginidad de María no tiene como primer objetivo el disminuir la dignidad de María, sino que el objetivo final y profundo es quitar uno de los signos de que Jesús es Dios, signo que fue dado ya en el AT9.

El término hebreo que usa Isaías para decir 'virgen' es almah (Is 7,14). "En hebreo la palabra más común que se traduce por virgen es betullah, pero aquí la que se usa es almah, que se traduce comúnmente por doncella. Algunos han pretendido que, entonces, no se refiere a una virgen. ¿Qué responder a esto? Primero, que el uso de la palabra almah no contradice la tradición cristiana, ya que, en la Biblia, siempre que aparece la palabra almah hace referencia a una joven en estado núbil, o sea, capaz ya de tener hijos, pero no casada; en algunos casos, incluso, hace referencia claramente a una virgen (Gen 24,43; Ex 2,2.8; Cant 1,2; 6,7; Sal 68,26; Prov 30,18-20). Pero además dijimos que Mateo usa la versión griega (…). Y aquí resulta que los traductores de ese entonces (siglo III a.C.) tradujeron la palabra hebrea almah por el griego parthénos, que significa primariamente virgen sin ninguna duda"10.

El Catecismo de la Iglesia Católica repite con gozo lo que afirma ya el evangelista Mateo: "La Iglesia ve en la concepción virginal de María el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: 'He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un Hijo' (Is 7, 14 según la traducción griega de Mt 1, 23)" (CEC, 497). Y el mismo Catecismo dice con absoluta claridad que esa concepción virginal de la que hablan Isaías y San Mateo es un signo que indica la divinidad de Jesús: "Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra" (CEC, 496).

Y luego vuelve a afirmar que la concepción virginal de María es un componente importante de la 'analogía de la fe', es decir, la coordinación perfecta y necesaria que hay entre todos y cada uno de los misterios de la fe. Dice el Catecismo: "El sentido de este misterio (el de la concepción virginal de María) no es accesible más que a la fe, la cual lo ve en ese 'nexo que reúne entre sí los misterios' (DS 3016), dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua" (CEC, 498). Por la analogía de la fe, quitado un misterio, caen, en diferentes medidas, todos los otros. Si quitamos el 'signo' de la concepción virginal cae uno de los argumentos que la Divina Providencia puso a nuestro alcance para que creamos en la divinidad de Cristo. He aquí el valor teológico de la concepción virginal de María.

Ahora bien, era necesario que ese 'signo' permaneciese para siempre. Por eso afirma el Catecismo: "La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María (cf. DS 427) incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre (cf. DS 291; 294; 442; 503; 571; 1880). En efecto, el nacimiento de Cristo 'lejos de disminuir consagró la integridad virginal' de su madre (LG 57). La liturgia de la Iglesia celebra a María como la Aeiparthenos, la 'siempre-virgen' (cf. LG 52)" (CEC, 499).

Por todo esto, el afirmar que María fue virgen antes, durante y después del parto para siempre no es solamente una verdad cara al sentimiento popular cristiano que ve en esa verdad la realización de la pureza sublimada en una creatura humana. Es mucho más que eso. Es una verdad teológica que, como dice el Catecismo, sirve de nexo para otras verdades teológicas, las cuales, sin ese nexo, como mínimo, pierden fuerza11.

Desde este punto de vista se puede interpretar mejor aquella reacción que tuvo San Ignacio de Loyola ante un moro (= musulmán) que negaba la virginidad de María en el parto. Cuenta Casanovas: "Yendo su camino se le presentó una ocasión difícil para un hombre que ignoraba las leyes de las virtudes. Encontróse en tierras de Aragón con un moro o morisco de los que quedaban en aquellas tierras. Entraron en conversación sobre asuntos religiosos y particularmente sobre la virginal pureza de la Madre de Dios. El moro ponía mácula en el parto de la Virgen Santísima. Ignacio no supo sino afirmar la verdad católica, pero quedó con el corazón encendido en amor, y dudoso de lo que debía hacer para defenderla con las armas que aun traía. Pasó el moro adelante, hacia la entrada de la villa, que distaba unos cuarenta pasos, desviándose del camino real que antes llevaba. Ignacio, lleno de reminiscencias caballerescas, mezclólas con la confianza en Dios, suplicándole guiase los pasos de su caballo para saber si había de matar a aquel hombre blasfemo. Suelta, pues, las riendas para que el animal se mueva con libertad, y quiso Dios que siguiese adelante por el camino que llevaba, sin volver hacia la villa adonde iba el moro"12.

Notemos tres cosas: 1. Este hecho sucede cuando San Ignacio ya está totalmente convertido y va en busca de la montaña de Monserrat para llevar allí vida eremítica. 2. San Ignacio deliberó acerca de matar al moro porque éste "ponía mácula en el parto de la Virgen Santísima". Es decir, que el moro no negaba la concepción virginal de María, sino que negaba que haya permanecido virgen durante el parto. 3. El negar que María haya permanecido virgen durante el parto era para San Ignacio 'una blasfemia'. Pero una blasfemia no en sentido figurado, como si dijéramos 'un grave insulto' a una persona muy amada. No era solamente la defensa de su dama, de la que ni siquiera podía pensarse un desliz de ningún tipo. Era una blasfemia en sentido propio: era una injuria hecha a Dios, porque esa negación traía consigo la negación de la divinidad de Cristo. Aun cuando el santo no haya formulado esto de la manera precisa en que nosotros lo hacemos, él percibía la gravedad teológica de la negación del moro. Para un santo, que sabe dar a las verdades de fe el peso que corresponde, esa negación era una cuestión de vida o muerte. Si no llegó a materializar su intención primera fue porque la Providencia Divina suplió lo que aún faltaba a la prudencia del santo en ciernes.

2. La divinidad de Cristo

En el texto del evangelio de hoy se señala varias veces la divinidad de Cristo. Y esto es fundamental para entender en qué consiste el engendramiento de Jesús. Si la virginidad de María es un signo de la divinidad de Cristo, la divinidad de Cristo es el punto de llegada y la razón de ser de toda la revelación del NT y de todas las verdades de la fe. Por eso dice el Directorio Homilético: "La Venida del Hijo de Dios que se hace carne: todas las profecías y toda la historia, en definitiva, hablan de esto"13.

De muchas maneras distintas se afirma la divinidad de Cristo en el texto de hoy. En primer lugar, el nombre de Jesús (Lc 1,31), en hebreo Yehoshúah, que significa Yahveh salva. Este nombre tiene una indicación de la divinidad de Jesús. Dice Manuel de Tuya: "Jesús, que es su nombre propio y el que contiene la misión que viene a realizar, transcripción del arameo Yeshuá, es decir, 'Dios salva', porque 'salvará a su pueblo de sus pecados' (Mt 1,21) (…). Obra eminentemente espiritual, frente al mesianismo político y nacionalista esperado. La fórmula con que Mateo transmite esta obra del Mesías es la misma con la que se habla de Yahvé en los Salmos: "Él (Dios) redimirá a Israel de todos sus pecados" (Sal 130,8). Jesús, el Mesías, realizará lo que se esperaba en el A.T. que haría el mismo Dios. Sugerencia muy fuerte, ya en el comienzo del evangelio, de que ese niño era Dios"14.

En segundo lugar, llama a Jesús "Hijo del Altísimo" (Lc 1,32). Se dice "será llamado Hijo del Altísimo" porque el nombre reproduce el ser. Es lo que el nombre indica: Hijo del Altísimo. El Altísimo es Dios. No es hijo de Dios como Adán, que también es hijo de Dios porque ha sido creado por Dios. Sino que aquí se está expresando que Jesús es Hijo del Altísimo porque es engendrado desde toda la eternidad por el Padre: "Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre", decimos en el Credo.

En tercer lugar, se dice que "reinará (…) eternamente y su reino no tendrá fin" (Lc 1,33), lo cual sólo pertenece a Dios.

En cuarto lugar, se dice que será Santo (Lc 1,35). Con el nombre de Santo se indicaba al Mesías, pero aquí, unido al nombre de Hijo de Dios, indica también el nombre incomunicable de Dios, que es, precisamente, el de Santo. En Is 6,3 los ángeles alaban a Dios repitiendo tres veces el nombre de 'Santo'. Isaías, sobre todo, llama a Dios 'el Santo de Israel' (Is 1,4; 5,16; 5,19; 5,24; 8,13; 10,17; 10,20; etc.)15.

En quinto lugar, se dice que será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35), en el sentido antes dicho, es decir, como segunda Persona de la Santísima Trinidad.

3. La encarnación del Verbo

En la primera lectura de este domingo, tomada del segundo libro de Samuel, se narra la siguiente historia. David, una vez consolidado su reino, quiere construir un Templo para Yahveh y para el arca de la Alianza. Pero Yahveh le responde a través del profeta Natán que será Él, es decir, Yahveh, el que construirá una Casa a David. Esa Casa será la dinastía de David. Y Dios termina diciendo a David: "Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre" (2Sam 7,16).

Estas palabras son aplicadas a Jesús cuando se dice: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin" (Lc 1,32-33).

Con el evangelio de hoy, con la anunciación del ángel a María, es decir, con la Encarnación del Verbo, se cumple aquella profecía del segundo libro de Samuel. Dios da a David el descendiente que reinará eternamente. El niño que nacerá milagrosamente de una virgen será 'hijo de David', es decir, verdaderamente hombre. Pero, al mismo tiempo, será 'Hijo de Dios', es decir, será Dios, como es Dios la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que junto con el Padre y el Espíritu Santo recibe la misma adoración y gloria.

Por eso, con mucha razón dice el Directorio Homilético: "María misma es, de este modo, la casa que el Señor construye para el auténtico Hijo de David. Incluso, el deseo de David de construir una casa para el Señor se cumple de modo misterioso: con las palabras 'hágase en mí según tu Palabra' (Lc 1,38), la Hija de Sión, por medio de su consentimiento de fe, en un instante construye un templo digno para el Hijo del Dios Altísimo"16.

Así como en la inauguración del Templo de Salomón la nube llenó la Casa de Dios (1Re 8,10) significando de esta manera la presencia de la divinidad en dicha Casa, así también ahora la nube, el Espíritu Santo, cubrirá con su sombra a María (Lc 1,35), quien es el nuevo Templo, y el mismo Dios habitará en ella. Y el Verbo se hizo carne y habitó en María. (cf. Jn 1,14).

Conclusión

"En estos días (…) de Adviento la Iglesia entera asume la fisonomía de María. El rostro de la Iglesia lleva impresos los signos distintivos de la Virgen"17. Esta frase significa que, en este tiempo de Adviento, todo católico debe identificarse con María. Lo que sucedió con María en la anunciación, es decir, que el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y engendró en ella a Dios hecho hombre, debe suceder con nosotros en este cuarto domingo de Adviento. Debemos abrir nuestro corazón al Espíritu Santo con tanta docilidad que Él pueda hacer en nosotros su obra maravillosa, y nazca en nosotros el Hijo de Dios. De tal manera que podamos decir junto con San Pablo: "Ya no vivo yo, es Cristo quien viven en mí" (Gál 2,20).

Esta apertura al Espíritu Santo se dio en María cuando dijo: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Esa actitud de María corresponde en nosotros a una aceptación plena de la voluntad de Dios sobre nosotros, en función del desarrollo del Reino de Dios.

"Cuanto ha sido ofrecido a María (acoger al Hijo de Dios en su seno) nos es ofrecido, en cierto modo, a cada una de las asambleas de fieles y a cada uno de los creyentes en la Liturgia del domingo IV de Adviento. En Navidad, ya dentro de pocos días, se nos va a entregar"18.

Pero de una manera todavía más real y más impresionante, la venida del Espíritu Santo engendrará y hará nacer a Jesucristo entre nosotros en esta Eucaristía. El sacerdote extenderá las manos sobre las ofrendas de pan y vino, e invocará al Espíritu Santo, quien vendrá y hará que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo vivo. De hecho, en este domingo cuarto de Adviento, el sacerdote dirá en la oración sobre las ofrendas: "Te pedimos, Padre, que el mismo Espíritu que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique estos dones que hemos colocado sobre tu altar".

Que esta acción del Espíritu nos lleve a todos a estar convenientemente preparados para recibir en nosotros al Hijo de Dios hecho hombre. Le pedimos esa gracia a la Santísima Virgen.
6 Por eso dice el Directorio Homilético: "Con el IV domingo de Adviento, la Navidad está ya muy próxima. La atmósfera de la Liturgia, desde los reclamos corales a la conversión, se traslada a los acontecimientos que circundan el Nacimiento de Jesús. Un cambio de dirección evidenciado en el Prefacio II del tiempo de Adviento. "La Virgen concebirá" es el título de la primera lectura del año A. Cierto es que todas las lecturas, de los profetas a los Apóstoles y a los Evangelios, giran en torno al misterio anunciado a María por el arcángel Gabriel" (CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 96).


7 El Directorio Homilético, hablando de la concepción de Jesús en el seno de María, dice: "Es precisamente en este punto sobre el que recae el peso del IV domingo de Adviento, como viene indicado en el primer versículo del evangelio del Ciclo A: 'El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera' (Mt 1,18). Es decir, en circunstancias notablemente diferentes a todos los nacimientos precedentes, exigiendo, por tanto, esta narración peculiar" (CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS00
9 Es necesario tener en cuenta que hablamos de 'signo', no hablamos de revelación explícita de la divinidad de Jesucristo en el AT.
10 MENGELLE, E., Dios Padre y su Reino, IVE Press, Nueva York, 2007. Dice también el mismo autor: "La cita de Is 7,14 es el único caso en que Mateo se adhiere totalmente a la versión griega del AT (LXX). En los capítulos que san Mateo dedica a la infancia de Cristo, los dos primeros capítulos de su evangelio, se puede apreciar que es un buen conocedor de la versión hebrea del AT (Texto Masorético). Sin embargo, aquí opta por la versión griega"(MENGELLE, E., Ibidem). Esto lo hace San Mateo para que no quede ninguna duda que el término almah del original hebreo debe traducirse por 'virgen', tal como lo hace la LXX al verter parthénos, es decir, una mujer en capacidad de engendrar que nunca ha tenido relaciones sexuales.
11 Para entender y explicar correctamente la virginidad de María es necesario leer con atención el texto completo del Catecismo de la Iglesia Católica que habla sobre este tema, es decir, los números 496 - 507. Para completar nuestra exposición copiamos aquí, en nota, un trozo más que puede servir para iluminar al pueblo cristiano: "A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de S. Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: La fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos (cf. S. Justino, Dial 99, 7; Orígenes, Cels. 1, 32, 69; entre otros); no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo" (CEC, 498).
12 CASANOVAS, I., San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, Editorial Balmes, Barcelona, 19803, Segunda Parte,
14 DE TUYA, M., Evangelio según San Mateo, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977. Respecto al nombre de 'Emmanuel' que trae el evangelio de Mateo, dice el mismo autor: "Mateo ve en este hecho de la concepción de Jesús el cumplimiento del vaticinio de Isaías sobre el Emmanuel (Is 7,10-16). Precisamente sucede 'para que se cumpliese lo que el Señor había anunciado por el profeta'. Mateo da aquí una interpretación de esta profecía, bastante olvidada en la tradición judía, pues sobre el origen del Mesías, unos sostenían una cierta preexistencia divina en Dios, con una aparición gloriosa, y otros un Mesías puramente humano, aunque de origen oculto. Sin embargo, es una profecía mesiánica" (DE TUYA, M., Ibídem).
16 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 100.
17 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 109.
18 CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio Homilético, 2014, nº 98.


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, IVE - El instante de la encarnación Lc 1, 38


El Instante es el punto donde se unen lo divino y lo humano. El Instante de la Encarnación es la plenitud de los tiempos19 y es un Instante de una densidad infinita que sobrepasa toda capacidad racional.

El Instante de la Encarnación se produce cuando el "hágase" de María. María es instrumento necesario en la actual economía de la salvación para que el Verbo de Dios se haga hombre. Dios pide el consentimiento, libre y amoroso, de esta virgen de Nazaret para realizar la obra más maravillosa de toda la historia.

María por la fe dona toda su persona a Dios para que Él haga en ella su voluntad.

En el Instante de la Encarnación María dice sí al plan de Dios, el Espíritu Santo forma una naturaleza humana única y singular y la une a la naturaleza divina en la Persona del Verbo. Es concebido el Hijo de Dios en una naturaleza como la nuestra, comienza a vivir Dios en el seno de la Virgen María, se cumplen las promesas de Dios del Antiguo Testamento sobre el Emmanuel y el heredero de la casa de Jacob y del trono de David. Comienza a existir el Mesías, que es ungido en ese Instante por el Espíritu Santo como sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Es el Instante en que el Verbo Encarnado se ofrece al Padre para seguir en todo su voluntad: "¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!"20.

 Es el Instante en que el Espíritu Santo cubre a María con su sombra y en el que María comienza a ser Madre de Dios. Es el Instante en que es concebido el Salvador cuyo nombre el ángel da a conocer a María: "le pondrás por nombre Jesús"21. Es la concepción del Hijo del Altísimo, del Hijo de Dios. Es el Rey eterno que en ese Instante es concebido, es el Santo de Dios. Es el Instante feliz en que el cielo se une con la tierra, Dios con el hombre en la más sublime y misteriosa de las uniones. Es el Instante en que nace la esperanza. Es el Instante en que aparece en el cielo el Oriente. Es el Instante en que se hace la luz. Es el Instante en que se vislumbra el camino de la paz. Es el Instante de la visita de Dios. Es el Instante en que comienza la Redención. Es el Instante en que aparece el cuerno de salvación que vencerá a los enemigos del hombre. Es el Instante del cumplimiento vaticinado por los profetas. Es el Instante de la misericordia. Es el Instante de la alegría verdadera.

Es el Instante de la dignificación del hombre porque es concebido el nuevo Adán y de la mujer porque la Nueva Eva es asociada y participa de la obra magnífica de Dios en la historia. Es el Instante de la exaltación de la humildad, la de Dios y la de María. Es el Instante de una elección bienhechora y de un don que encuentra una respuesta verdadera. Es el Instante que marca un camino nuevo, el de la humillación voluntaria que invita a imitar los sentimientos del Verbo Encarnado. Es el Instante del anonadamiento, de la kénosis.

Es el Instante que da cumplimiento al tiempo señalado. Instante en que la Misericordia toma rostro humano. Instante que parte la historia en dos, que hace grande al Israel de Dios, en el que la aldea de Nazaret se convierte en el lugar del Redentor. Es el Instante del júbilo mesiánico. Instante de la sublimidad en el silencio. Instante de la voz de Dios en lo escondido. Instante del amor sin medida. Instante de la convivencia de Dios humanado entre los hombres. Instante de la plenitud de gracia y de verdad22 en un hombre. Instante en que aparece la Gloria23. Instante en que se derrama de la fuente para nosotros, la gracia y la verdad24. Instante en que hemos conocido a Dios por su Unigénito encarnado… y así hasta el infinito.

¿Acaso puede lo finito alcanzar lo infinito? ¿Lo terreno lo celestial? ¿La mente humana la mente de
Dios?

El Instante fue, el mismo Protagonista nos lo ha revelado por sus testigos, porque solo Él podía  revelarlo, el que une ambas riberas. Nosotros del lado de acá no podíamos conocer lo eterno. Sólo el que trasciende todo lo creatural porque es el Creador podía revelarlo y lo reveló uniendo ambas riberas en el Instante de la Encarnación. Nosotros por Él podemos del lado de acá llegar a la trascendencia, al otro lado, donde mora Dios.

19 Cf. Ga 4, 4
20 Hb 10, 7
21 Mt 1, 21
22 Jn 1, 14
23 Ibíd.
24 Jn 1,

(cortesía IVEAgentina)

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