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Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Alois Stöger - La anunciación de Jesús (Lc 1, 26-38)



El relato de la anunciación de Jesús es una obra maestra en la forma, un «Evangelio áureo» en el contenido. Tres veces habla el ángel, y tres veces responde María. Tres veces se dice lo que Dios pretende hacer con María, y tres veces se expresa su actitud ante la oferta de Dios. El ángel entra donde está María (1,26-29). Anuncia el nacimiento del Mesías (1,30-34) y revela la concepción virginal (1,35-38).



a) Llena de gracia (1,26-29)

26 En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen, desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. El nombre de la virgen era María.

La anunciación de Jesús llama la atención hacia la anunciación de Juan. En el sexto mes... Juan sirve a Jesús. La concepción de la estéril remite a la concepción virginal de María. Aunque Jesús vendrá más tarde, es, sin embargo, anterior a él (Jua 1:27).

El mensajero de la anunciación es una vez más Gabriel. Viene de la presencia de Dios. Se inicia un movimiento del cielo a la Tierra. Gabriel fue enviado por Dios. No se limita a aparecer, como en la anunciación de Juan, sino que viene. Lo que ahora comienza es un venir de Dios a los hombres en la encarnación.

En la anunciación de Juan termina la misión del ángel en el templo de Dios, en el espacio sagrado, reservado, inaccesible. En la anunciación de Jesús termina la misión del ángel en una ciudad de Galilea, en la «Galilea de los gentiles» (Mat 4:15), en la parte de tierra santa que pasaba por ser no santa, a la que parecía haber descuidado Dios, de la que «no había salido ningún profeta» (Jua 7:52). En un principio no se menciona el nombre de la ciudad, como si no quisiera venir a los labios. Finalmente sale a relucir el nombre: Nazaret. La ciudad no tiene relieve alguno en la historia. La Sagrada Escritura del Antiguo Testamento no mencionó nunca este nombre, la historiografía de los judíos (Flavio Josefo) no tiene nada que referir sobre esta ciudad. Un contemporáneo de Jesús dice: «¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?» (Jua_1:46). Dios elige lo insignificante, lo bajo, lo despreciado por los hombres. La ley de la encarnación reza así: «Jesús... se despojó a sí mismo» (Flp 2:7). La historia de Juan comienza con el sacerdote Zacarías y su esposa Isabel, que era de la estirpe de Aarón; la historia de Jesús comienza con una muchacha, quizá de unos 12 ó 13 años. Estaba desposada, como convenía a una joven de aquella edad. El prometido de María se llamaba José. Todavía no la había llevado a su casa y todavía no había comenzado la vida conyugal. La desposada era virgen. José era de la casa de David. Dios lo dispuso todo de modo que el hijo de María fuera hijo de la virgen, hijo legal de José, descendiente de la estirpe regia de David. Dios lo dispone todo en su sabiduría.

El nombre de la virgen era María. Así se llamaba también la hermana de Aarón (Exo 15:20). No sabemos lo que significa este nombre: ¿Señora? ¿Amada por Yahveh?... Pero el nombre adquiere consagración y brillo tan luego resuena por primera vez en la historia de la salud. La misión del ángel que está en la presencia de Dios termina en María.

28 Y entrando el ángel a donde ella estaba, la saludó: ¡Alégrate, llena de gracia! El señor está contigo, bendita tú eres entre las mujeres (…)

Para la anunciación de Juan aparece el ángel y está sencillamente ahí, en la anunciación de Jesús entra el ángel donde está María y la saluda. El nacimiento de Juan se anuncia en el santuario del templo, el nacimiento de Jesús en la casa de la Virgen. En el Antiguo Testamento mora Dios en el templo, en el Nuevo Testamento establece su morada entre los hombres. «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jua 1:14).

El ángel saluda a María; a Zacarías no lo saludó. Saluda a esta muchacha de Nazaret, aunque en Israel un hombre no saluda a una mujer. El saludo se expresa con dos fórmulas. Cada una consta de saludo y de interpelación. La primera es: «¡Alégrate, llena de gracia!» Los que hablan griego saludan así: ¡Alégrate! Los que hablan arameo saludan como saludó Jesús a sus discípulos después de la resurrección: «¡Paz con vosotros!» (Jua 20:19.26). ¿Cuál es la idea de Lucas cuando pone en boca del ángel este saludo: «Alégrate»?

En Lucas, la historia de la infancia (1-2) está llena de palabras y de reminiscencias de la Biblia veterotestamentaria: es una pintura con colores tomados del Antiguo Testamento. También Mateo emplea para su historia de la infancia pruebas del Antiguo Testamento. Introduce los textos con fórmulas solemnes, mientras que Lucas narra con textos tomados del Antiguo Testamento. No indica sus fuentes, sino que nos deja a nosotros la satisfacción de descubrirlas y nos invita a reconocer a la luz de la palabra de Dios los hechos que él ha podido saber por la tradición.

Con esta exclamación: ¡Alégrate!, saluda el profeta Sofonías a la ciudad de Jerusalén cuando contempla el futuro mesiánico. «¡Canta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo el corazón, hija de Jerusalén!» (Sof 3:14). Análogamente Joel: «No temas, tierra, alégrate y gózate, porque son muy grandes las cosas que hace Yahveh» (J12,21; cf. Zac :9). «¡Alégrate!» era una fórmula fija, litúrgica y profética, que se utilizaba a veces cuando el oráculo profético tenía un desenlace favorable. Ahora saluda el ángel a María con esta fórmula mesiánica.

El ángel la llama llena de gracia. Los padres de Juan son irreprochables, porque observan la ley de Dios; María goza de la complacencia de Dios porque está colmada de su gracia. Dios le ha otorgado su favor, su benevolencia, su gracia. Ella «ha hallado gracia ante Dios». En la interpelación profética, con cuyas primeras palabras ha saludado el ángel a María, se desarrolla este favor divino: «El Señor ha descartado a tus adversarios y ha rechazado a tus enemigos; el Señor está en medio de ti. No verás más el infortunio... No temas... El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso salvador. Se goza en ti con transportes de alegría, te ama con delirio...» (Sof 3:15-17).

María es la ciudad en medio de la cual (en cuyo seno) habita Dios, el rey, el poderoso salvador. Ella es el resto de Israel, al que Dios cumple sus promesas, es el germen del nuevo pueblo de Dios, que tiene Dios en medio de ella (cf. Mat 18:20; Mat 28:20). El segundo versículo de la salutación comienza con las palabras: El Señor está contigo. Grandes figuras de la historia sagrada habían oído estas mismas palabras, que habían de sostenerlos y animarlos: Moisés, cuando en el desierto fue llamado por Dios para ser guía y salvador de su pueblo. El ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego, que ardía de una zarza (Exo 3:2). Cuando se creía incapaz de responder a su vocación, le dijo Dios: «Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que estoy contigo...» (Exo 3:12). Algo parecido sucedió al juez Gedeón: «Apareciósele el ángel de Yahveh y le dijo: Yahveh está contigo, valiente héroe... Gedeón le dijo: Si he hallado gracia a tus ojos, dame una señal de que eres tú quien me habla» (Jue 6:12.15-17). Con este saludo se sitúa María entre las grandes figuras de salvadores de la historia sagrada. Dios le ha otorgado su gracia especial y su protección.

Al saludo sigue de nuevo la alocución: Bendita tú entre las mujeres. También estas palabras son venerandas y están santificadas por una antigua tradición bíblica. La heroína Jael, que aniquiló al enemigo de su pueblo, es elogiada con estas mismas palabras: «Bendita Jael entre las mujeres» (Jue 5:24). A Judit, que terminó con el opresor de su ciudad natal, dice el príncipe del pueblo Ozías: «Bendita tú, hija, sobre todas las mujeres de la tierra por el Señor, el Dios Altísimo... Hoy ha glorificado tu nombre, de modo que tus alabanzas estarán siempre en la boca de cuantos tengan memoria del poder de Dios» (Jdt 13:18s). María cuenta entre las grandes heroínas de su pueblo; ella ha traído al Salvador que nos librará de todos los enemigos (cf. Luc 1:71).

29 Al oír estas palabras, ella se turbó, preguntándose qué querría significar este saludo.

El saludo había terminado. María se turbó por la palabra del ángel. Zacarías se turbó por la aparición del ángel, María se turba por su palabra. La humilde muchacha se turba por la grandeza del saludo.

Se preguntaba qué podía significar aquel insólito saludo. Dado que oraba y vivía entre los pensamientos de la Sagrada Escritura, tenía que surgir en ella un barrunto de la grandeza que se le anunciaba con aquellas palabras.


b) Promesa llena de gracia (1,30-34)

30 Entonces el ángel le dijo: No temas, María; porque has hallado gracia ante Dios. 31 Mira: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.

Moisés (Exo 3:11s) y Gedeón (Jue 6:15s) y Sión (Sof 3:16s) e Israel tenían necesidad de ser alentados así: Dios quiere salvar. «No temas, pues yo estoy contigo» (Isa 43:5). Todos ellos temían el encargo de Dios, porque se daban cuenta de su flaqueza. No de otra manera María. La gracia de Dios la asistirá. Por medio de María toma Dios la iniciativa de llevar a término la historia de la salud. Has hallado gracia ante Dios. Dios es quien hace lo grande precisamente en los pequeños. «Cuando me siento débil, entonces soy fuerte» (2Co 12:10).

El poder de la gracia hará cosas asombrosas: Mira. El ángel anuncia para qué ha elegido Dios a María. Las palabras de la anunciación evocan la profecía con que el profeta Isaías anunció al Emmanuel («Dios con nosotros»): «Mira: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel» (Isa 7:14; cf. Mat 1:23).

Las palabras de la anunciación que se referían a Juan, fueron dirigidas a Zacarías y hacían referencia a la mujer. En la anunciación de Jesús se dirige el ángel solamente a María: ésta concebirá, dará a luz e impondrá el nombre. No se menciona ningún hombre, ni ningún padre. Se prepara el misterio de la concepción virginal.

Tú concebirás en el seno. ¿Por qué decir esto? Tampoco la Sagrada Escritura habla así. Sin embargo, el profeta Sofonías había dicho dos veces: El Señor en medio de ti. Esto se realizará de una manera nunca oída. Dios morará en el interior, en el seno de la virgen. Estará con ella (Emmanuel). María será el nuevo templo, la nueva ciudad santa, el pueblo de Dios, en medio del cual mora él.

El niño ha de llamarse Jesús. Dios fija este nombre, María lo impondrá. No se da explicación del nombre, como tampoco se explicó el nombre de Juan. Todo lo que se dice de ellos explica sus nombres. Dios quiere ser salvador por medio de Jesús: «El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso salvador» (Sof 3:17).

32 Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, 33 reinará por los siglos en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin.

Juan será agrande a los ojos del Señor». Jesús es grande sin restricción y sin medida. Será llamado y será Hijo del Altísimo. El nombre reproduce el ser. El Altísimo es Dios. El poder del Altísimo envolverá a María en su sombra, por esto, su hijo se llamará Hijo de Dios.

En el niño que se anuncia se cumple la profecía que el profeta Natán hizo al rey David de parte de Dios, y que como estrella luminosa acompañó a Israel en su historia: «Cuando se cumplan tus días y te duermas con tus padres, suscitaré a tu linaje, después de ti, el que saldrá de tus entrañas, y afirmaré su reino. Él edificará casa a mi nombre, y yo estableceré su trono para siempre. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo... Permanente será tu casa y tu reino para siempre ante mi rostro, y tu trono estable por la eternidad» (2Sa 7:12-16). Jesús será soberano de la casa de David y a la vez Hijo de Dios. Su reinado permanecerá para siempre.

Reinará por los siglos en la casa de Jacob. En él se cumplirá lo que se dijo del siervo de Yahveh: «Poco es para mí que seas tú mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y reconducir a los supervivientes de Israel. Yo haré de ti luz de las naciones para llevar mi salvación hasta los confines de la tierra» (Isa 49:6). Jesús reunirá al pueblo de Dios, e incluso los gentiles; se le incorporarán. Fundará un reino que abarque el mundo, los pueblos y los tiempos.

34 Pero María preguntó al ángel: ¿Cómo va a ser esto, puesto que yo no conozco varón?

La respuesta al mensaje de Dios es una pregunta. Zacarías pregunta (Isa 1:18), y también María. Zacarías pregunta por un signo que le convenza de la verdad del mensaje; María cree en el mensaje sin preguntar por un signo. Zacarías creerá cuando vea resuelta su pregunta; María cree y sólo después busca solución a la pregunta que se le ofrece. La pregunta de María hace caer en la cuenta de la imposibilidad humana de conciliar maternidad y virginidad. María ha de ser madre, como lo ha comprendido por el mensaje del ángel: Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo. Pero al mismo tiempo es virgen: No conozco varón, no tengo relaciones conyugales. La pregunta de María sirve a la vez también de introducción a la explicación divina que ha de hallar este misterio (Isa 1:35). (…)



c) Concepción por gracia (Isa 1:35-38)

35 Y el ángel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te envolverá en su sombra; por eso, el que nacerá será santo, será llamado Hijo de Dios.

La acción de Dios es increíblemente nueva. Hasta aquí se trataba de personas ancianas y estériles, a las que se otorgó de manera maravillosa lo que la naturaleza sola no había sido capaz de lograr. Ahora se trata de una virgen que ha de ser madre sin ninguna cooperación humana. Jesús ha de recibir la vida «no de sangre (de varón y de mujer) ni de voluntad humana (de los instintos), ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jua 1:13),1 de la virgen. En esta concepción y en esta acción de Dios se supera todo lo que hasta ahora había sucedido a los grandes de la historia sagrada: a Isaac, Sansón, Samuel, Juan Bautista. ¿Quién es Jesús?

El Espíritu Santo vendrá sobre ti. Fuerza divina, no fuerza humana, será la que active el seno materno de María. El Espíritu Santo es una fuerza que vivifica y ordena. «La tierra estaba confusa y vacía..., pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas» (Gen 1:2). «Si mandas tu hálito (tu espíritu) son creados (los vivientes)» (Sal 104:30). El milagro de la concepción virginal y sin padre, de Cristo, es la suprema revelación de la libertad creadora de Dios. Un nuevo patriarca surge por la libre acción creadora de Dios, pero con la cooperación de la vieja humanidad, por María. Jesús es Hijo de Dios como ningún otro (Sal 3:38).

El poder del Altísimo te envolverá en su sombra. La nube que oculta al sol, envuelve en sombras y es a la vez signo de fertilidad, porque encierra en sí la lluvia. Del tabernáculo en que se manifestaba Dios en el Antiguo Testamento se dice: «La nube cubrió el tabernáculo, y la gloria de Yahveh llenó la morada» (Exo 40:34). Cuando fue consagrado el templo en tiempos de Salomón, una nube lo envolvió: «Los sacerdotes no podían oficiar por causa de la nube, pues la gloria de Dios llenaba la casa» (1Re 8:11). La gloria de Dios es luz radiante y virtud activa. Dios no está inactivo en el templo, sino que mora en él desplegando su acción. La gloria de Dios, que es fuerza, llena a María y causa en ella la vida de Jesús. En Jesús se manifiesta la gloria de Dios mediante la encarnación que se produce de María. María es el nuevo templo, en el que Dios se manifiesta a su pueblo en Jesús, María es el tabernáculo de la manifestación en el que habita el Mesías, el signo de la presencia de Dios entre los hombres.

La concepción virginal por el espíritu y la virtud del Altísimo indica que Jesús, el que nacerá, será santo, Hijo de Dios. A Jesús se le llama santo (Hec 2:27), es el Santo de Dios (Hec 4:34). Jesús, en cuanto concebido y dado a luz gracias al Espíritu, es desde el principio, desde su misma concepción, poseedor del Espíritu. Juan poseyó el Espíritu desde el seno materno, los profetas y los «espirituales» son penetrados del Espíritu durante algún tiempo. Jesús supera a todos los portadores de Espíritu. Por el hecho de poseer el Espíritu desde el principio, puede también comunicar el Espíritu (Hec 24:49; Hec 2:33).

Jesús es llamado Hijo de Dios, y lo es. Por haber nacido gracias a la virtud del Altísimo, por eso es Hijo del Altísimo (Hec 1:32; Hec 8:28), Hijo de Dios. No es hijo de Dios como Adán es también hijo de Dios (Hec 3:38) mediante creación por Dios, sino por generación, no como los que aman, que reciben como gran recompensa ser hijos del Altísimo (Hec 6:35), sino desde el principio, desde la concepción.

36 Y ahí está tu parienta Isabel: también ella, en su vejez, ha concebido un hijo; ya está en el sexto mes la que llamaban estéril, 37 porque no hay nada imposible para Dios.

María, contrariamente a Zacarías, no pidió ningún signo que acreditara su mensaje, todavía más difícil de creer, sino que creyó sin signo alguno; pero Dios le otorgó un signo. Dios no exige una fe ciega. Apoya con un signo la buena voluntad de creer.

Dios da un signo que se acomoda a María. En aquel momento nada podía afectarle tanto, para nada tenía tanta comprensión como para la maternidad. También ha concebido Isabel, que era tenida por estéril. Éste es el sexto mes. Los signos de la maternidad son manifiestos, son signos de la maravillosa intervención divina.

No hay nada imposible para Dios (literalmente: «La palabra de Dios nunca carece de fuerza»). Lo que dice el ángel a María, lo dijo ya Dios a Abraham: «¿Por qué se ha reído Sara, diciéndose: De veras voy a parir, siendo tan vieja? ¿Hay algo imposible para Yahveh?» (Gen 18:13s). La palabra de Dios está cargada de fuerza, es eficaz. La fe de María se ve apoyada por el hecho salvífico efectuado en Isabel, por el testimonio de la Escritura acerca de Abraham. La entera historia de la salvación y la vida de la Iglesia es signo.

Desde Abraham e Isaac, pasando por Isabel y Juan, se extiende un arco que llega a María y Jesús. La fuerza que sostiene la historia de la salud y la acción salvadora de Dios, que comenzó en Abraham, alcanzó en Juan su cumbre veterotestamentaria y halló su consumación en Jesús, es siempre la palabra de Dios, que nunca carece de fuerza. Abraham recibe de Sara un hijo porque ha hallado gracia a los ojos de Dios (Gen 18:3). María recibe su hijo porque ha hallado gracia (Gen 1:30). María se reconoce hija de Abraham en la fe y en la gracia; en su hijo se cumplen todas las promesas, que se habían hecho a Abraham y a su descendencia (Gal 3:16).

María está emparentada con Isabel. Así también María debe descender de la tribu de Leví y estar emparentada con el sumo sacerdote Aarón. Jesús pertenece a la tribu de Leví por su descendencia de María, y por su posición jurídica es tenido por hijo de José y, por consiguiente, por descendiente de David (y de Judá). En los tiempos de Jesús estaba viva la esperanza de que vendrían dos Mesías: uno de la tribu de Leví, que sería sacerdote, y otro de la tribu de Judá, que sería rey.2 Sin embargo, el plan de Dios era que Jesús reuniera en su persona la dignidad sacerdotal y la regia. ¿Hasta qué punto pensaba Lucas en esto? En todo caso su imagen de Cristo tiene más rasgos sacerdotales que regios, su Cristo es salvador de los pobres, de los pecadores, de los afligidos...

38a Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

El mensaje de Dios ha sido transmitido, la reflexión de María ha cesado, el signo se ha ofrecido; ahora se aguarda la respuesta. Dios suscita anhelos, atrae, solicita, elimina resistencias, persuade, pero no fuerza nunca. María ha de dar su consentimiento con libre decisión.

Por el mensaje comprendió María la voluntad de Dios. Esta voluntad la cumple como esclava del Señor. La voluntad de Dios lo es para ella todo. La historia de la salvación comienza con el acto de obediencia de Abraham. El Señor le dijo: «Sal de tu tierra... para la tierra que yo te indicaré. Yo te haré un gran pueblo... Fuese Abraham conforme le había dicho Yahveh» (Gen 12:1-4). Según una tradición judía, dijo Dios a Abraham: «¡Abraham!». Y Abraham dijo: «Aquí está tu siervo». Desde el principio hasta el fin, los preceptos de Dios exigen obediencia. Cristo entró en el mundo con un acto de obediencia (Heb 10:5-7), y con un acto de obediencia salió de él (Flp 2:8). El hombre sólo puede lograr la salvación si obedece: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mat 7:21).

En la frase de María no hay ningún «yo». Dios lo es todo para María. El término y la consumación del tiempo de la salud bajo la soberanía de su Hijo tendrá lugar cuando Cristo, al que el padre lo ha sometido todo, lo someta todo a aquel que todo se lo ha sometido, de modo que «Dios lo sea todo en todos» (1Co 15:28).

38b Y el ángel se retiró de su presencia.

Las palabras se retiró enlazan los dos cuadros de las anunciaciones; en efecto, también de Zacarías se dice que se retiró a su casa (1Ma 1:23). Ambos cuadros tienen una estructura común, ambos invitan a la comparación por su semejanza y sus diferencias. En el comentario se ha procurado penetrar en ellas. De estas consideraciones resuena siempre una cosa: Jesús es el mayor.

Una vez que María expresó su obediencia, quedó terminada la misión del ángel. No se dice cómo se verificó la concepción. Ante lo más grande se recomienda el silencio. Lo que no expresó Lucas, lo formuló Juan en estas palabras: «Y la Palabra se hizo carne» (Jua 1:14).
(STÖGER, ALOIS, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

(1) Según una antigua lectura reza así (Jn 01,13): «A todos los que lo recibieron, a todos los que creen en el nombre de aquel que no de sangre... sino de Dios nacieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios.» A pesar de los buenos testigos, esta lectura no parece ser genuina; en efecto, siendo la más fácil, no se explica cómo, a pesar de su alto valor apologético, no se ha impuesto frente a la otra lectura. Aun cuando el Evangelio de san Juan no se puede aducir como testimonio explícito del nacimiento virginal de Jesús, sin embargo, la complicada formulación de Jua 1:13 muestra que la filiación divina de los fieles por gracia tiene su modelo en el nacimiento virginal de Jesús.

(2) La asociación de realeza y sacerdocio en una persona pertenece a los tiempos más antiguos. Se esperó también para el futuro. Según Exo 19:6, es Israel un «reino de sacerdotes y un pueblo santo». El profeta Zacarías recibe el encargo de coronar al sumo sacerdote Josué (Zac 6:5-14). La coronación del sumo sacerdote significa que se le confía el poder civil. En la época de los Macabeos se realiza esta asociación: «Los judíos y sacerdotes resolvieron instituir a Simón por príncipe y sumo sacerdote para siempre, mientras no aparezca un profeta digno de fe» (1Ma 14:41). Por influjo macabeo se halla esta asociación, ante todo, en el Testamento de los doce Patriarcas. En el judaísmo tardío distinguieron además, los textos de Qumrán y el documento de Damasco, entre un Mesías sacerdotal y un Mesías regio, un Mesías de la tribu de Leví y otro de la tribu de Judá, estando el Mesías regio subordinado al Mesías sacerdotal.



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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo II - María, la "llena de gracia"


1. En el relato de la Anunciación, la primera palabra del saludo del ángel ?Alégrate? constituye una invitación a la alegría que remite a los oráculos del Antiguo Testamento dirigidos a la hija de Sión. Lo hemos puesto de relieve en la catequesis anterior, explicando también los motivos en los que se funda esa invitación: la presencia de Dios en medio de su pueblo, la venida del rey mesiánico y la fecundidad materna. Estos motivos encuentran en María su pleno cumplimiento.

El ángel Gabriel, dirigiéndose a la Virgen de Nazaret, después del saludo "alégrate", la llama "llena de gracia". Esas palabras del texto griego: "alégrate" y "llena de gracia", tienen entre sí una profunda conexión: María es invitada a alegrarse sobre todo porque Dios la ama y la ha colmado de gracia con vistas a la maternidad divina.

La fe de la Iglesia y la experiencia de los santos enseñan que la gracia es la fuente de alegría y que la verdadera alegría viene de Dios. En María, como en los cristianos, el don divino es causa de un profundo gozo.

2. "Llena de gracia": esta palabra dirigida a María se presenta como una calificación propia de la mujer destinada a convertirse en la madre de Jesús. Lo recuerda oportunamente la constitución Lumen gentium, cuando afirma: "La Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como 'llena de gracia' " (n. 56).

El hecho de que el mensajero celestial la llame así confiere al saludo angélico un valor más alto: es manifestación del misterioso plan salvífico de Dios con relación a María. Como escribí en la encíclica Redemptoris Mater: "La plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser Madre de Cristo" (n. 9).

Llena de gracia es el nombre que María tiene a los ojos de Dios. En efecto, el ángel, según la narración del evangelista san Lucas, lo usa incluso antes de pronunciar el nombre de María, poniendo así de relieve el aspecto principal que el Señor ve en la personalidad de la Virgen de Nazaret.

La expresión "llena de gracia" traduce la palabra griega "kexaritomene", la cual es un participio pasivo. Así pues, para expresar con más exactitud el matiz del término griego, no se debería decir simplemente llena de gracia, sino "hecha llena de gracia" o "colmada de gracia", lo cual indicaría claramente que se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. El término, en la forma de participio perfecto, expresa la imagen de una gracia perfecta y duradera que implica plenitud. El mismo verbo, en el significado de "colmar de gracia", es usado en la carta a los Efesios para indicar la abundancia de gracia que nos concede el Padre en su Hijo amado (cf. Ef 1, 6). María la recibe como primicia de la Redención (cf. Redemptoris Mater, 10).

3. En el caso de la Virgen, la acción de Dios resulta ciertamente sorprendente. María no posee ningún título humano para recibir el anuncio de la venida del Mesías. Ella no es el sumo sacerdote, representante oficial de la religión judía, y ni siquiera un hombre, sino una joven sin influjo en la sociedad de su tiempo. Además, es originaria de Nazaret, aldea que nunca cita el Antiguo Testamento y que no debía gozar de buena fama, como lo dan a entender las palabras de Natanael que refiere el evangelio de san Juan: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 46).

El carácter extraordinario y gratuito de la intervención de Dios resulta aún más evidente si se compara con el texto del evangelio de san Lucas que refiere el episodio de Zacarías. Ese pasaje pone de relieve la condición sacerdotal de Zacarías, así como la ejemplaridad de vida, que hace de él y de su mujer Isabel modelos de los justos del Antiguo Testamento: "Caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor" (Lc 1, 6).

En cambio, ni siquiera se alude al origen de María. En efecto, la expresión "de la casa de David" (Lc 1, 27) se refiere sólo a José. No se dice nada de la conducta de María. Con esa elección literaria, san Lucas destaca que en ella todo deriva de una gracia soberana. Cuanto le ha sido concedido no proviene de ningún título de mérito, sino únicamente de la libre y gratuita predilección divina.

4. Al actuar así, el evangelista ciertamente no desea poner en duda el excelso valor personal de la Virgen santa. Más bien, quiere presentar a María como puro fruto de la benevolencia de Dios, quien tomó de tal manera posesión de ella, que la hizo, como dice el ángel, llena de gracia. Precisamente la abundancia de gracia funda la riqueza espiritual oculta en María.

En el Antiguo Testamento, Yahveh manifiesta la sobreabundancia de su amor de muchas maneras y en numerosas circunstancias. En María, en los albores del Nuevo Testamento, la gratuidad de la misericordia divina alcanza su grado supremo. En ella la predilección de Dios, manifestada al pueblo elegido y en particular a los humildes y a los pobres, llega a su culmen.

La Iglesia, alimentada por la palabra del Señor y por la experiencia de los santos, exhorta a los creyentes a dirigir su mirada hacia la Madre del Redentor y a sentirse como ella amados por Dios. Los invita a imitar su humildad y su pobreza, para que, siguiendo su ejemplo y gracias a su intercesión, puedan perseverar en la gracia divina que santifica y transforma los corazones.


La santidad perfecta de María

1. En María, llena de gracia, la Iglesia ha reconocido a la "toda santa, libre de toda mancha de pecado, (...) enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular" (Lumen gentium, 56).

Este reconocimiento requirió un largo itinerario de reflexión doctrinal, que llevó a la proclamación solemne del dogma de la Inmaculada Concepción.

El término "hecha llena de gracia" que el ángel aplica a María en la Anunciación se refiere al excepcional favor divino concedido a la joven de Nazaret con vistas a la maternidad anunciada, pero indica más directamente el efecto de la gracia divina en María, pues fue colmada, de forma íntima y estable, por la gracia divina y, por tanto, santificada. El calificativo "llena de gracia" tiene un significado densísimo, que el Espíritu Santo ha impulsado siempre a la Iglesia a profundizar.

2. En la catequesis anterior puse de relieve que en el saludo del ángel la expresión llena de gracia equivale prácticamente a un nombre: es el nombre de María a los ojos de Dios. Según la costumbre semítica, el nombre expresa la realidad de las personas y de las cosas a que se refiere. Por consiguiente, el título llena de gracia manifiesta la dimensión más profunda de la personalidad de la joven de Nazaret: de tal manera estaba colmada de gracia y era objeto del favor divino, que podía ser definida por esta predilección especial.

El Concilio recuerda que a esa verdad aludían los Padres de la Iglesia cuando llamaban a María la toda santa, afirmando al mismo tiempo que era "una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo" (Lumen gentium, 56).

La gracia, entendida en su sentido de gracia santificante que lleva a cabo la santidad personal, realizó en María la nueva creación, haciéndola plenamente conforme al proyecto de Dios.

3. Así, la reflexión doctrinal ha podido atribuir a María una perfección de santidad que, para ser completa, debía abarcar necesariamente el origen de su vida.

A esta pureza original parece que se refería un obispo de Palestina, que vivió entre los años 550 y 650, Theoteknos de Livias. Presentando a María como "santa y toda hermosa", "pura y sin mancha", alude a su nacimiento con estas palabras: "Nace como los querubines la que está formada por una arcilla pura e inmaculada" (Panegírico para la fiesta de la Asunción, 5-6).

Esta última expresión, recordando la creación del primer hombre, formado por una arcilla no manchada por el pecado, atribuye al nacimiento de María las mismas características: también el origen de la Virgen fue puro e inmaculado, es decir, sin ningún pecado. Además, la comparación con los querubines reafirma la excelencia de la santidad que caracterizó la vida de María ya desde el inicio de su existencia.

La afirmación de Theoteknos marca una etapa significativa de la reflexión teológica sobre el misterio de la Madre del Señor. Los Padres griegos y orientales habían admitido una purificación realizada por la gracia en María tanto antes de la Encarnación (san Gregorio Nacianceno, Oratio 38, 16) como en el momento mismo de la Encarnación (san Efrén, Javeriano de Gabala y Santiago de Sarug). Theoteknos de Livias parece exigir para María una pureza absoluta ya desde el inicio de su vida. En efecto, la mujer que estaba destinada a convertirse en Madre del Salvador no podía menos de tener un origen perfectamente santo, sin mancha alguna.

4. En el siglo VIII, Andrés de Creta es el primer teólogo que ve en el nacimiento de María una nueva creación. Argumenta así: "Hoy la humanidad, en todo el resplandor de su nobleza inmaculada, recibe su antigua belleza. Las vergüenzas del pecado habían oscurecido el esplendor y el atractivo de la naturaleza humana; pero cuando nace la Madre del Hermoso por excelencia, esta naturaleza recupera, en su persona, sus antiguos privilegios, y es formada según un modelo perfecto y realmente digno de Dios. (...) Hoy comienza la reforma de nuestra naturaleza, y el mundo envejecido, que sufre una transformación totalmente divina, recibe las primicias de la segunda creación" (Sermón I, sobre el nacimiento de María).

Más adelante, usando la imagen de la arcilla primitiva, afirma: "El cuerpo de la Virgen es una tierra que Dios ha trabajado, las primicias de la masa adamítica divinizada en Cristo, la imagen realmente semejante a la belleza primitiva, la arcilla modelada por las manos del Artista divino" (Sermón I, sobre la dormición de María).

La Concepción pura e inmaculada de María aparece así como el inicio de la nueva creación. Se trata de un privilegio personal concedido a la mujer elegida para ser la Madre de Cristo, que inaugura el tiempo de la gracia abundante, querido por Dios para la humanidad entera.

Esta doctrina, recogida en el mismo siglo VIII por san Germán de Constantinopla y por san Juan Damasceno, ilumina el valor de la santidad original de María, presentada como el inicio de la redención del mundo.

De este modo, la reflexión eclesial ha recibido y explicitado el sentido auténtico del título llena de gracia, que el ángel atribuye a la Virgen santa. María está llena de gracia santificante, y lo está desde el primer momento de su existencia. Esta gracia, según la carta a los Efesios (Ef 1, 6), es otorgada en Cristo a todos los creyentes. La santidad original de María constituye el modelo insuperable del don y de la difusión de la gracia de Cristo en el mundo.


La Inmaculada Concepción

1. En la reflexión doctrinal de la Iglesia de Oriente, la expresión llena de gracia, como hemos visto en las anteriores catequesis, fue interpretada, ya desde el siglo VI, en el sentido de una santidad singular que reina en María durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva creación.

Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Protoevangelio (Gn 3, 15) como una fuente escriturística de la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: "Ella te aplastará la cabeza", ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies.

Ya hemos recordado con anterioridad que esta traducción no corresponde al texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Ese texto, por consiguiente, no atribuye a María, sino a su Hijo la victoria sobre Satanás. Sin embargo, dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

2. En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen. Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia.

A este respecto, la encíclica Fulgens corona, publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: "Si en un momento determinado la santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese período de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre" (AAS 45 [1953], 579).

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora.

3. El apelativo llena de gracia y el Protoevangelio, al atraer nuestra atención hacia la santidad especial de María y hacia el hecho de que fue completamente librada del influjo de Satanás, nos hacen intuir en el privilegio único concedido a María por el Señor el inicio de un nuevo orden, que es fruto de la amistad con Dios y que implica, en consecuencia, una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres.

Como testimonio bíblico en favor de la Inmaculada Concepción de María, se suele citar también el capítulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la "mujer vestida de sol" (Ap 12, 1). La exégesis actual concuerda en ver en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual, cuando afirma: "La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro" (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujer-comunidad está descrita con los rasgos de la mujer-Madre de Jesús.

Caracterizada por su maternidad, la mujer "está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz" (Ap 12, 2). Esta observación remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), donde participa, con el alma traspasada por la espada (cf. Lc 2, 35), en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, es decir, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.

Estas imágenes, aunque no indican directamente el privilegio de la Inmaculada Concepción, pueden interpretarse como expresión de la solicitud amorosa del Padre que llena a María con la gracia de Cristo y el esplendor del Espíritu.

Por último, el Apocalipsis invita a reconocer más particularmente la dimensión eclesial de la personalidad de María: la mujer vestida de sol representa la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima Virgen, en virtud de una gracia singular.

4. A esas afirmaciones escriturísticas, en las que se basan la Tradición y el Magisterio para fundamentar la doctrina de la Inmaculada Concepción, parecerían oponerse los textos bíblicos que afirman la universalidad del pecado.

El Antiguo Testamento habla de un contagio del pecado que afecta a "todo nacido de mujer" (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, "todos pecaron" y que "el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación" (Rm 5, 12. 18). Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, el pecado original "afecta a la naturaleza humana", que se encuentra así "en un estado caído". Por eso, el pecado se transmite "por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales" (n. 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que "no conoció pecado" (2 Cor 5, 21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia "donde abundó el pecado" (Rm 5, 20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la economía de la salvación exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención.

El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.



(BEATO JUAN PABLO II, Audiencias Generales de los días miércoles 8 de mayo, miércoles 15 de mayo y miércoles 29 de mayo de 1996)



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Santos Padres: San Juan Damasceno - La Natividad de la Virgen María (nº 3.6.7.9.10.12)


El Verbo, el brazo poderoso del Dios Altísimo, se construyó una escala viviente, cuya base está planatada en tierra y cuya cima se eleva hasta el cielo; sobre ella reposa Dios; ella es la que jacob contempló en figura; por ella Dios descendió en su inmovilidad, o más bien se inclinó, condescendiente, y así se dejó ver en la tierra y vivió entre los hombres. Porque estos símbolos representan su venida al mundo, su abajamiento misericordioso, su existencia terrena, el verdadero conocimiento de sí mismo dado a los que están en la tierra.

La escala espiritual, la Virgen, está plantada en la tierra porque de la tierra procede, pero su cabeza se eleva hasta el cielo. La cabeza de la mujer, en efecto, es el hombre; pero para ella que no conoció varón, Dios Padre tomó el lugar de cabeza suya; por el Espíritu Santo él estableció una alianza y, a modo de semilla divina y espiritual, envió a su Hijo, su Verbo. En virtud del beneplácito del Padre, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, no por una unión natural, sino por el Espñiritu Santo y la Virgen María, lo que está por encima de las leyes de la naturaleza. ¡Compréndalo el que pueda! ¡El que tiene oídos para oír, que oiga!...

María es el monte resplndesciente del Señor, que sobrepasa y trasciende toda colina y toda montaña, es decir, la altura de los ángeles y de los hombres; de ella, sinintervención de mano de hombre, ha querido desprenderse Cristo, la piedra angular.

¡Montaña de Dios, montaña de abundancia! Montaña opulenta, montaña que Dios se ha dignado elegir pot morada. Cima más santa que el Sinaí, a la que no cubren ni nube, ni tiniebla, ni tempestad, ni fuego terrible, sino el brillo luminoso del Espíritu Santo. Allí la Palabra de Dios había escrito la ley sobre tablas de piedra, por el Espñiritu, dedo de Dios; aquí, por la acción del Espñiritu Santo y por la sangre de María, la Palabra misma se ha encarnado y se ha dado a nuestra natutaleza como remedio más eficaz de salvación. Allí, el maná; aquí, el que dió el maná y su dulzura.

Que la morada famosa de Moisés construyó en el desierto con materiales precisos de toda especie, y antes que ellam la morada de nuestro padre Abraham, se eclipsen ante la morada de Dios, viviente y espiritual. Esta fue la morada no sólo del poder divino, sino de la persona del Hijo que es Dios, sustancialmente presente.

Que el arca toda recubierta de oro reconozca que nada tiene comparable con ella, como tampoco la urna de oro del maná, el candelabro, la mesa y todos los objetos del culto antiguo; ellos fueron honrados porque la prefiguraban, como sombras del verdadero prototipo.

¡Hija siempre virgen, que pudiste concebir sin intervensión humana! Porque el que concebiste tiene un Padre eterno. Hija de la raza humana, que llevaste al creador en tus brazos divinamente maternales. realmente eres más preciosa que toda la creación, porque ed ti sola el Creador recibió las primicias de nuestra naturaleza huamana. Su carne fue hecha de tu carne, su sangre, de tu sangre; Dios se alimentó de tu leche, y tus labios tocaron los labios de Dios. ¡Maravillas incomprensibles e inefables!

En la presciencia de tu dignidad, el Dios del universo te a´mó; porque te amó te predestinó y en los últimos tiempos te llamó a la existencia y te hizo madre, para engendrar a un Dios y alimentar a su propio Hijo, su Verbo.

Mujer, enteramente amable, ¡tres veces bienaventurada! "Tú eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre." Mujer, hija del rey David y Madre de Dios, el Rey Universal. Obra maestra, divina y viviente en la cuál se gozó el Dios Creador, cuyo espíritu, regido por Dios, está atento sólo a Dios, cuyo deseo se dirige solamente a lo que es deseable y contra aquél que lo engendró.

Tú tienes una vida superior a la naturaleza; porque no la tienes parab ti, ya que tampoco naciste para ti. La tienes para Dios; a causa de él viniste a la vida, a causa de él sirves a la salvación universal, para que se realice por ti el designio antiguo de Dios, que es la encarnación del verbo y nuestra divinización. Tu apetito es alimentarte de las palabras divinas y fortificarte con su savia, como olivo fértil en la casa de Dios, como el árbol plantado junto a las corrientes de las aguas del Espíritu, como el árbol de la vida que dio su fruto en el tiempo señalado: el Dios encarnado, vida eterna de todos los seres. Tú conservas todo pensamiento vivificante y útil apar el alma; pero todo pensamiento superfluo que sería perjudicial para el alma, lo rechazas antes de gustarlo. Tus ojos están siempre dirigidos al Señor miranbdo la luz eterna e inaccesible. Tus oídos escuchan la palabra divina y se deleitan con la cítara del Espíritu; por ellos entró la Palabra para encarnarse. Tu nariz respira con delicia los perfumes del Esposo que es él mismo un perfume derramado espontáneamente para ungir su humanidad: "Tu nombre es un unguento derramado" dice la Escritura. Tus labios alaban al Señor, y están adheridos a sus labios. Tu lengua y tu paladar disciernen las palabras de Dios y se sacian de la suavidad divina. ¡Corazón puro y sin mancha, que ve y desea al Dios sin mancha!

En este seno el Ser ilimitado ha venido a morar; de su leche, Dios, el Niño Jesús, se ha alimentado. ¡Puerta de Dios, siempre virginal! Tus manos sostienen a Dios, y tus rodillas son un trono más elevado que los querubines; por ellas fueron fortalecidas las manos debilitadas y las rodillas vacilantes. Tus pies, guiados por la Ley de Dios como por una lámpara brillante, corren tras él sin volverse atrás, hasta que hayan atraido al Amado hacia la amada.

En todo tu ser, María es la cámara nupcial del Espíritu, la ciudad del Dios vivo, a la que alegran los canales del río, es decir las olas caudalosas de los carismas del Espíritu; toda hermosa, enteramente cercana a Dios. Porque está por encima de los querubines y se eleva sobre los serafines, más próxima a Dios que ellos.

Maravilla que sobrepasa todas las maravillas; una mujer está colocada más alto que los serafines, porque Dios apareció un poco inferior a los ángeles. Calle el sabio Salomón, y no diga ya: "No hay nada nuevo bajo el sol."

Virgen llena de la gracia divina, templo santo de Dios, que el Salomón según el Espñiritum el príncipe de la paz, construyó y habita; note embellecen el oro y las piedras inanimadas, sino que, mejor que el oro, el Espíritu es tu esplendor. Por peidras tienes la perla preciosa por excelencia, Cristo, la brasa de la divinidad. Suplícale que toque nuestros labios para que, purificados, le cantemos con el Padre y el Espíritu, exclamando: "Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos..."

¡Oh soberana! recibe con agrado la palabra de un siervo pecador pero abrasado de amor, para quien tú eres la única esperanza de alegría, la protectora de la vida y, junto a tu Hijo, la reconciliación y la firme garantía de salvación. Aparta la carga de mis pecados, disipa la nuebe que oscurece mi espñiritu y el peso que me arrastra hacia la materia. Aparta las tentaciones, gobierna felizmente mi vida y consúceme de la mano hasta la felicidad del cielo. Concede al mundo la paz, y a todos los habitantes cristianos de esta ciudad, una laegría perfecta y la salvación eterna, por las oraciones de todo el cuerpo de la Iglesia. Así sea, así sea.

"Salve, llena de gracia, el Señor está contigo; tú eres bendita entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre", Jesucristo, el Hijo de Dios. A él la gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos infinitos. Amén.



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Aplicación: San Alfonso María de Ligorio - Inmaculada Concepción de María


Agradó a las tres divinas personas preservar a María de la culpa original

Inmensa ruina causó el maldito pecado de Adán a todo el género humano. Al perder Adán infelizmente la gracia, perdió a la vez todos los bienes con los que había sido enriquecido por Dios desde el principio, y atrajo sobre él y sus descendientes el enojo de Dios, el cúmulo de todos los males. Pero Dios quiso librar de esta desgracia universal a aquella Virgen bendita que él mismo había predestinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el que había de reparar el daño causado por el primero.

Vamos a considerar cuánto convino a cada una de las tres personas divinas preservar a esta Virgen de la culpa original. Veremos que convino al Padre preservarla como a su hija; al Hijo preservarla como a su made; al Espíritu Santo preservarla como a su esposa.


Punto 1º

1. María, hija primogénita del Padre

Convino, en primer lugar, al eterno Padre, hacer que María fuese creada inmune de toda mancha original porque ella era su hija primogénita como ella misma lo atestiguó: “Yo salí de la boca del Altísimo como primogénita antes de toda criatura” (Ecclo 24, 5). A la Virgen María aplican este pasaje los sagrados intérpretes, los santos padres y la misma Iglesia en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Puesto que, ya se la considere primogénita en cuanto fue predestinada con su Hijo en los divinos decretos antes de todas las criaturas, ya se la considere como primogénita de la gracia, como predestinada a ser Madre del Redentor después de la previsión del pecado, todos están de acuerdo en llamarla la primogénita de Dios.

Por lo cual fue más conveniente que María jamás fuera esclava de Lucifer sino poseída siempre y en absoluto por su Creador, como en efecto sucedió, ella misma lo dijo: “El Señor me poseyó como primicia de su camino, antes de sus obras más antiguas” (Pr 8, 22). Con razón la llama Dionisio, patriarca de Alejandría, la única hija de la vida, a diferencia de las demás, que, naciendo en pecado, son hijas de la muerte.



2. María, medianera de paz

También había de crearla el eterno Padre en su gracia, porque la predestinó para ser reparadora del mundo perdido; mediadora de paz entre Dios y los hombres.

Así la llaman los santos padres y sobre todo san Juan Damasceno que le dice: “Virgen bendita, tú has sido creada y has nacido para procurar la salvación a toda la tierra”. Por eso, dice san Bernardo, que María estuvo prefigurada en el arca de Noé; así como por ella se libraron del diluvio los hombres, así por María nos salvamos de naufragar en el pecado; pero con la diferencia de que por medio del arca se salvaron unos pocos, pero por medio de María ha sido liberado todo el género humano. San Atanasio la llama nuestra Eva, porque la primera fue madre de la muerte, mientras que la Santísima Virgen es madre de la vida. San Teófilo, obispo de Nicea, le dice: “Salve, la que destruiste la tristeza de Eva”. San Basilio la llama abogada entre los hombres y Dios; y san Efrén la reconciliadora de todo el mundo.

Ahora bien, el que trata asuntos de paz, de ninguna manera puede ser enemigo del ofendido, y mucho menos cómplice en el mismo delito. Para aplacar a un juez, la persona menos apropiada es un enemigo suyo, ya que en vez de aplacarlo lo irritaría más. Por eso, teniendo que ser María la mediadora de paz de los hombres con Dios, la razón más elemental exige que no hubiera sido jamás pecadora y enemiga de Dios, sino del todo su amiga y absolutamente limpia de todo pecado.

Además tenía que preservarla Dios de la culpa original pues era la predestinada a quebrantar la cabeza de la serpiente infernal, la que, al seducir a los primeros padres, acarreó la muerte a todos los hombres. Dios profetizó: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella quebrantará tu cabeza” (Gn 3, 15). Si María tenía que ser la mujer fuerte puesta en el mundo para vencer a Lucifer, es evidente que no podía ser vencida por él y hecha su esclava; por el contrario, tenía que estar exenta de toda mancha de pecado y de cualquier forma de sujeción al enemigo. El soberbio, como había infectado con su veneno a todo el género humano, desearía, más que nada, infectar la purísima alma de esta Virgen. Pero sea por siempre alabada la divina bondad que, por esta razón, la dotó de tanta gracia que, quedando ella inmune de todo rastro de culpa, pudo de ese modo abatir y confundir la soberbia del enemigo. Así lo explica san Buenaventura: “Siendo la cabeza diabólica la causante del pecado no pudo entrar en el alma de la Virgen, y por eso fue inmune a toda mancha”. Y más adelante lo aclara así: “Era del todo congruente que la bienaventurada Virgen María, por medio de la cual se nos arrancó el oprobio, venciera al diablo, y no sucumbiera ante él en lo más mínimo”.



3. María, destinada a ser Madre del Salvador

Pero ante todo y principalmente, el eterno Padre tenía que hacer a esta su hija inmune al pecado de Adán, porque la predestinó para ser madre de su Unigénito. “Tú –le dice san Bernardino de Siena– fuiste predestinada en la mente de Dios antes de toda criatura para engendrar a Dios hecho hombre”. Aunque no hubiera otro motivo, por el honor de su Hijo que es Dios, el Padre tenía que crearla pura de toda mancha. Dice santo Tomás, que todas las cosas que se relacionan con Dios, tienen que ser santas e inmunes de cualquier suciedad. Por eso David, hablando del Templo de Jerusalén y de la magnificencia con que se debía edificar decía: “”Que no se prepara morada para un hombre, sino para Dios” (1Cro 29, 1).

¿Cuánto más debemos creer que el sumo Hacedor, destinando a María para ser la Madre del mismo Hijo suyo, debía embellecer su alma con los tesoros más hermosos para que fuera la morada más digna posible de Dios? “Para preparar una digna morada para su Hijo, Dios –afirma Dionisio Cartujano– colmó a María de todas las gracias y de todos los carismas”. Y la Iglesia lo atestigua cuando reza: “Omnipotente y eterno Dios, que preparaste, por el Espíritu Santo, el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen María para merecer ser digna morada de tu Hijo...”

Ya se sabe que el primer timbre de gloria de los hijos es nacer de padres nobles. “Gloria de los hijos son sus padres” (Pr 17, 6). Y por eso los mundanos soportan mejor ser vistos como escasos de fortuna o de cultura, que ser de baja cuna. El pobre puede hacerse rico con su industria, y el ignorante, docto con el estudio, pero el que nace de humilde condición, difícilmente puede llegar a ser noble; y si llegara, alguien le podría echar en cara lo bajo de su linaje. Siendo esto así ¿cómo se puede ni imaginar que Dios, pudiendo hacer que su Hijo naciera de una madre noble, preservada de la culpa, le iba a destinar una madre manchada por el pecado permitiendo que Lucifer le hubiera podido echar siempre en cara el oprobio de tener por madre a una que había sido su esclava y enemiga de Dios?

¡No! El Señor no podía permitir esto jamás; antes bien proveyó al honor de su Hijo haciendo que su Madre fuera siempre inmaculada como tenía que ser para semejante Hijo. Así lo declara la liturgia de la Iglesia griega: “con providencia del todo singular, hizo Dios que la Santísima Virgen, desde el primer instante de su vida fuera tan absolutamente pura, como era necesario para que pudiera ser la digna madre de Cristo”.



4. María debía ser preservada a de la culpa

Es verdad averiguada, que no se ha concedido ninguna gracia a ninguna criatura de la que no esté enriquecida la Santísima Virgen. Afirma san Bernardo: “Lo que consta que se ha otorgado a aluno de los mortales, hay que creer que no se ha negado a tan excelsa Virgen”. Y santo Tomás de Villanueva dice: “Nunca se ha concedido nada a un santo, que no lo posea de manera más abundante, desde el principio de su existencia, la Virgen María”. Siendo verdad que entre la Madre de Dios y los siervos de Dios hay una distancia infinita, como dice san Juan Damasceno, ciertamente hay que decir, como enseña santo Tomás, que Dios ha conferido gracias privilegiadas, siempre de orden superior a la madre que a los siervos. San Anselmo, gran defensor de la Inmaculada, afirma a modo de pregunta: “¿Acaso no podía la Sabiduría de Dios preparar para su Hijo un hospedaje limpio, preservándola de toda mancha del género humano? Dios ha podido conservar limpios a los ángeles del cielo entre la ruina de tantos otros y ¿no habrá podido preservar a la Madre de su Hijo y reina de los ángeles, de la universal caída de los hombres?” Y yo añado: ¿Dios ha podido también dar a Eva la gracia de venir a la existencia inmaculada, y no iba a poder concedérsela a María?

Dios ha podido hacerlo y lo ha hecho. “Era lo justo –dice san Anselmo– que esa Virgen que Dios había dispuesto dar por Madre a su único Hijo, estuviera dotada de tal pureza, que no sólo fuera superior a la de todos los hombres y ángeles juntos, sino que fuera la mayor que pueda darse después de la pureza de Dios”. Y san Juan Damasceno precisa: “Dios veló sobre el cuerpo y el alma de la Virgen como convenía guardar a la que había de recibir a Dios en su seno, pues siendo como es Santo, descansa entre los santos”. Bien pudo decir el Padre eterno a esta su amada Hija: “Como lirio entre espinas, así es mi amada entre los jóvenes” (Ct 2, 2), porque todas ellas están manchadas con el pecado, pero tú fuiste siempre inmaculada, siempre amiga.



Punto 2º

1. María preservada por su Hijo

Convino en segundo lugar, que el Hijo preservara a María del pecado, como a Madre suya. Ningún nacido ha podido elegirse la madre a su placer. Si esto fuera posible ¿quién sería el que pudiendo tener por madre a una reina la escogiera esclava? ¿pudiendo tenerla noble la eligiera plebeya? ¿pudiendo tenerla amiga de Dios la escogiera su enemiga? Pues si sólo el Hijo de Dios pudo elegirse la madre como más le agradaba, bien claro está que tuvo que elegirla y hacerla tal cual convenía para Dios. Así piensa san Bernardo. Y siendo lo más decente para el Dios purísimo tener una madre limpia de toda culpa, así la hizo. Dice san Bernardino de Siena: “Hay una tercera forma de santificación que es la maternal, y es la que remueve toda culpa original. Esto sucedió en la Santísima Virgen. En verdad que Dios se preparó tal madre, tanto por las perfecciones de su naturaleza, como por las excelencias de la gracia, cual debía de ser su propia madre”. Con esto se relaciona lo que escribe el apóstol: “Así convenía que fuera nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, segregado de los pecadores” (Hb 7, 26). Advierte un autor que conforme a san Pablo, nuestro Redentor, no sólo tenía que estar inmune de pecado, sino también segregado de los pecadores “en cuanto a la culpa del primer padre Adán que subyace en todos”, como explica santo Tomás. Pero ¿cómo podía Jesucristo llamarse segregado de los pecadores si hubiera tenido una madre pecadora?

Afirma san Ambrosio: “No en la tierra sino en el cielo se eligió Dios este vaso para descender a él; y lo consagró como templo de la pureza”. El santo aquí alude a la sentencia de san Pablo: “El primer hombre, hecho de tierra era terreno; el segundo hombre, el que viene del cielo, es celestial” (1Co 15, 47). San Ambrosio llama a la Madre de Dios “Vaso celestial”, no porque María no fuera de la tierra ni fuera de naturaleza humana, como deliraron algunos herejes, sino porque es celestial por gracia, muy superior a los ángeles en santidad y pureza, como convenía a un Rey de la gloria que debía habitar en su seno. Así lo reveló el Bautista a santa Brígida: “El Rey de la gloria debía descender a un vaso purísimo y perfectísimo, superior a los ángeles y santos”. María fue concebida sin pecado para que de ella naciese sin contacto con la culpa, el Hijo de Dios. No porque Jesucristo hubiera podido contagiarse con la culpa, sino para que no sufriera el oprobio de tener una madre infectada por el pecado y que había sido esclava del demonio.

Dice el Espíritu Santo: “Gloria del hombre es la honra del padre, y deshonor del hijo un padre sin honra” (Ecclo 3, 13). Por lo cual –dice san Agustín– “Jesús preservó de la corrupción el cuerpo de María, porque redundaba en desdoro suyo que se corrompiera la carne virginal que él había tomado”. Pues si sería oprobio para Jesucristo nacer de una madre cuyo cuerpo estuviera sujeto a la corrupción ¿cuánto más el haber nacido de una madre infectada de la podredumbre del pecado? Y esto tanto más que la carne de Cristo es la misma que la de María; de modo que, como dice el mismo santo, aunque fue glorificada por la resurrección, permanece la misma que asumió de María. Dice Arnoldo de Chartres que son una y la misma carne la de Cristo y la de María, de modo que la gloria de Cristo no sólo es compartida con la gloria de la Madre, sino que es la misma. Siendo todo esto verdad, si la Santísima Virgen hubiera sido concebida en pecado, aun cuando el Hijo no hubiera contraído esa culpa, siempre sería cierta mancha haber unido a la suya la carne algún tiempo manchada por la culpa, vaso de inmundicia y sujeta a Lucifer.



2. María debía ser digna madre de Jesús

María no sólo fue madre, sino digna madre del Salvador. Así la proclaman todos los santos padres. San Bernardo le dice: “Tú sola has sido hallada digna de que en tu virginal palacio pusiera su primera mansión el Rey de reyes”. Y santo Tomás de Villanueva: “Antes de haber concebido ya era idónea para ser madre de Dios”. La misma santa Iglesia nos enseña que mereció ser madre de Jesucristo: “Oh bienaventurada Virgen, cuyas entrañas merecieron llevar a Cristo el Señor”. Esto así lo explica santo Tomás: “Se dice que la Bienaventurada Virgen mereció llevar al Señor de todas las cosas, no porque mereciera que él se encarnara, sino porque mereció, correspondiendo a la gracia que se le daba, aquel grado de pureza y santidad apropiado para ser convenientemente Madre de Dios”. Cosa que también escribe san Pedro Damiano: “Su singular santidad y gracia le mereció ser juzgada la única digna de engendrar en su seno a Dios”.

Por tanto, si María fue digna Madre de Dios –exclama santo Tomás de Villanueva– ¿qué excelencia y qué perfección no tendría que atesorar su alma para poder ser la Madre de Dios?

Enseña el mismo doctor Angélico, que cuando Dios elige a alguno para determinada dignidad, lo hace idóneo para ella; y, en consecuencia, habiendo elegido a María por su madre, ciertamente que la hizo digna con su gracia, conforme al Evangelio: “Has encontrado gracia ante el Señor. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 30-31). De lo que concluye el santo que la Virgen no cometió ningún pecado actual ni siquiera venial; de otra manera no hubiera sido digna madre de Jesucristo, porque la ignominia de la madre hubiera sido también del Hijo por tener una madre pecadora. Pues si María no hubiera sido idónea Madre de Dios si hubiera cometido un solo pecado venial que no priva al alma de la gracia divina, cuánto más indigna hubiera sido de haber incurrido en el pecado original que la habría convertido en enemiga de Dios y esclava del demonio. Por eso san Agustín proclamó aquella célebre sentencia: “Exceptúo siempre a la Santísima Virgen María, a la cual, por el honor del Señor no tolero ni que se nombre cuando se trata de su posible relación con el pecado. Pues bien sabemos que a ella se le concedió gracia de sobra para vencer absolutamente al pecado, siendo la que mereció concebir y dar a luz al que consta que no tuvo ningún pecado”.

Así que debemos tener por cierto que el Verbo Encarnado se eligió la madre cual le convenía y de la que no se tuviera que avergonzar, como dice san Pedro Damiano. Y Proclo dice: “Habitó en las entrañas que había creado sin sombra de mancha”. No fue para Jesús motivo de sonrojo oírse llamar por los judíos despectivamente, el hijo de María, como si fuera hijo de una mujer pobre. “¿No se llama su madre María?” (Mt 13, 55). Él había venido a la tierra para dar ejemplo de humildad y de paciencia. Pero sin duda le hubiera sido insoportable que los demonios le hubieran podido decir: “¿Acaso tu madre no fue una pecadora en otro tiempo nuestra esclava?” Hubiera sido indecente para Jesús nacer de una mujer deforme y contrahecha, o poseída del demonio en cuanto al cuerpo. Pero cuánto peor sería el haber nacido de una mujer deforme en cuanto al alma y poseída por Lucifer en lo pasado.



3. María preservada por el honor y deber del Hijo

Nuestro Dios, que es la misma Sabiduría, supo muy bien fabricarse en la tierra la casa que le convenía y donde debía habitar. “La Sabiduría se edificó una casa” (Pr 4, 1). “Dios santifica su morada. El Altísimo está en medio de ella, no será conmovida. Dios la socorre en la mañana” (Sal 45, 5-6). El Señor santificó esta su mansión desde el principio de su existencia para hacerla digna de él, porque a un Dios santo no le convenía elegirse una casa que no fuera santa. “La santidad es el ornato de tu casa” (Sal 95, 2). Si él declara que no entrará jamás a habitar en alma de mala voluntad ni en cuerpo sujeto al pecado, “en alma falsa no entra la Sabiduría, ni habita en cuerpo sometido al pecado” (Sb 1, 4). ¿Cómo se puede pensar que el Hijo de Dios haya elegido para habitar el alma y el cuerpo de María sin antes santificarla y preservarla de toda mancha de pecado, pues el Verbo habitó no sólo en el alma sino también en el cuerpo de María? Canta la Iglesia: “No te repugnó habitar en el seno de la Virgen”. Dios no se hubiera encarnado en el seno de ninguna otra virgen, porque ellas, aunque santas, estuvieron algún tiempo con la mancha del pecado original; pero no tuvo inconveniente en hacerse hombre en el seno de María, porque esta Virgen predilecta estuvo siempre limpia de cualquier mancha de pecado, y jamás sometida a la serpiente enemiga. Escribe san Agustín: “Ninguna casa más digna que María se pudo edificar el Hijo de Dios, pues nunca fue cautiva del enemigo, ni despojada de sus virtudes”.

¿A quién se le ocurre pensar –dice san Cirilo de Alejandría– que un arquitecto se construya una casa y se la deje para estrenar a su mayor enemigo? El Señor –afirma san Metodio– que ha dado el precepto de honrar a los progenitores, al hacerse hombre como nosotros ha tenido que sentirse feliz de observarlo otorgando a su madre toda gracia y honor. Por eso mismo –dice san Agustín– hay que creer con toda firmeza que Jesucristo ha preservado de la corrupción del sepulcro el cuerpo de María, como ya dijimos; porque, además, si no lo hubiera hecho no hubiera observado la ley que, así como manda honrar a la madre, reprueba todo lo que sea deshonrarla. Mucho menos hubiera provisto al honor de su madre si no lo hubiera preservado de la culpa de Adán. Pecaría el hijo que, pudiendo, no preservara a su madre de pecar. Pues lo que sería pecado en cualquiera es imposible que lo cometa el Hijo de Dios, y que pudiendo hacer a su Madre inmaculada, dejara de hacerlo. De ninguna manera –añade Gersón–; si tú, Rey supremo, quieres tener una Madre tienes que darle todo honor. Y no quedaría bien cumplido esto, si permitieras que la que tenía que ser santuario de toda pureza hubiera incurrido en el abominable pecado original.



4. María preservada para ser redimida del modo más perfecto

Por lo demás, es bien sabido que el Hijo de Dios vino al mundo más para salvar a María que a todos los demás hombres, como escribe san Bernardino de Siena. Y existiendo dos modos de salvar, como señala san Agustín, uno, levantando al caído, y otro proveyendo para que no caiga, éste es evidentemente el modo más excelente; de esta manera se evita el daño y la mancha que contrae el que ha caído en pecado. Este es el modo más noble de ser salvado y el más apropiado a la Madre de Dios. Así es necesario creer que fue salvada María. Lo dice san Buenaventura: “Justo es creer que el Espíritu Santo la salvó y la preservó del pecado original desde el primer instante de su concepción con una gracia del todo singular”. El cardenal Cusano dice: “Unos tuvieron quien los libró, pero la Virgen tuvo quien del pecado la inmunizó”. Los otros tuvieron un Redentor que los libró del pecado, pero la Santísima Virgen tuvo al Redentor que, por ser su Hijo, la libró de contraer el pecado.

En fin, concluyamos este punto con la sentencia de Hugo de San Víctor: “El Cordero fue como la Madre, porque todo árbol se conoce por su fruto”. Si el Cordero fue siempre inmaculado, siempre inmaculada tuvo que ser también la Madre. Este mismo doctor saluda a María llamándola así: “¡Oh excelsa Madre de Dios altísimo, digna Madre del que es más digno, la Madre más hermosa del Hijo más hermoso!”

Quería decir que sólo María es digna Madre de tal Hijo, como sólo Jesús es digno Hijo de tal Madre. Digámosle con san Ildefonso: “Amamanta, oh María, amamanta a tu Creador; amamanta al que te hizo tan pura y perfecta que mereciste tomara de ti tu condición humana.



Punto 3º

1. María preservada por ser Esposa del Espíritu Santo

Si el Padre debió preservar a María del pecado por ser su Hija, y el Hijo debió preservarla porque iba a ser su Madre, también el Espíritu Santo debía preservarla, pues era su Esposa.

María –dice san Agustín– fue la única que mereció ser llamada madre y esposa de Dios. Como asegura san Anselmo, “el Espíritu de Dios, vino corporalmente, por así decirlo, a María, para enriquecerla de gracia sobre todas las criaturas y moró en ella e hizo a su esposa reina del cielo y de la tierra”. Dice que vino a ella corporalmente en cuanto a lo inmenso de su amor, pues vino a formar de su cuerpo inmaculado, el inmaculado cuerpo de Jesús, como lo dijo el Arcángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (Lc 1, 35). “Por eso –afirma santo Tomás– se le llama a María templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo, porque por obra del Espíritu Santo fue transformada en Madre del Verbo Encarnado”.

Si un excelente pintor tuviera la esposa tan bella como él la pintara ¿qué diligencia no pondría en representarla lo más hermosa que se pudiera imaginar? ¿Quién podrá decir que el Espíritu Santo haya obrado de otro modo con María, y que pudiendo hacerse esta esposa tan hermosa como él quisiera, no la haya hecho? La hizo cual le convenía como lo atestigua el mismo Señor cuando, alabando a María, le dice: “Eres toda hermosa, amiga mía, y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7). Estas palabras, dice san Ildefonso y santo Tomás, se entienden propiamente de María. Y san Bernardino de Siena, con san Lorenzo Justiniano, afirma que se refieren precisamente a su Inmaculada Concepción. Por eso el Idiota le dice: “Eres toda hermosa, Virgen gloriosísima, no en parte sino del todo; y no hay en ti mancha de pecado ni mortal, ni venial ni original”.

Lo mismo quiso indicar el Espíritu Santo cuando llamó a esta su esposa huerto cerrado y fuente sellada: “Huerto cerrado eres, hermana y esposa mía, huerto cerrado y fuente sellada” (Ct 4, 12). María, dice san Jerónimo, es ese huerto cerrado y esa fuente sellada, porque los enemigos no entraron en ella jamás a turbarla o a ultrajarla, sino que siempre estuvo ilesa, santa en el alma y en el cuerpo.

Ni con ningún engaño ni fraude pudo prevalecer contra ella el enemigo. San Bernardo le dice algo parecido: “Tú eres huerto cerrado, en el que no pusieron las manos los pecadores para arrasarlo”.



2. María, obra maestra y predilecta del Espíritu Santo

Este Esposo divino amó más a María de lo que la pueden amar todos los ángeles y santos juntos. Él, desde el principio la amó y la exaltó con santidad superior a la de todos, como lo expresa David: “Su fundación sobre los montes santos; ama el Señor las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob... Un hombre ha nacido en ella, quien la funda es el mismo Altísimo” (Sal 86, 1-2-5).

Palabras que parecen significar que María fue santa desde su Inmaculada Concepción. Lo mismo quiere decir el Espíritu Santo en otros lugares: “Muchas hijas han amontonado riquezas, pero tú las superas todas” (Pr 31, 29). Y es que María ha superado a todas en riquezas de gracia porque ha tenido hasta la justicia original, como la tuvieron los ángeles y Adán y Eva. “Innumerables son las doncellas, única es mi paloma, mi perfecta. Ella la única de su madre, la preferida de la que la engendró” (Cr 6, 8-9). El hebreo dice: “íntegra, mi inmaculada”. Todas las almas son hijas de la gracia divina, pero entre éstas María es la paloma sin la hiel de la culpa, la perfecta sin mancha original, la única concebida en gracia.

Así es que el Arcángel, antes de ser Madre de Dios, ya la encontró llena de gracia, que por eso la saludó diciéndole: “Dios te salve, llena de gracia”. Y comenta Sofronio diciendo que a los demás santos se les da la gracia en parte, mientras que a la Virgen se le dio del todo. De manera que, como dice santo Tomás, la gracia no sólo santificó el alma de María, sino también su cuerpo, a fin de que pudiera la Virgen vestir con él al Verbo eterno. Todo esto lleva a comprender que María desde el primer instante de su concepción fue enriquecida por el Espíritu Santo con la plenitud de la gracia. Así argumentó Pedro de Celles: “La plenitud de la gracia se concentró en ella, porque desde el primer instante de su concepción, por la infusión del Espíritu Santo, quedó colmada de la gracia de Dios”. Dice san Pedro Damiano: “Habiendo sido elegida y predestinada por Dios, debía ser por completo poseída por el Espíritu Santo”. Dice el santo “poseída por completo” como para indicar la celeridad con que el Divino Espíritu la hizo su esposa sin consentir que Lucifer la poseyese.



3. María, exenta del débito del pecado

Quiero terminar este discurso en el que me he extendido más que en los otros, porque nuestra humilde Congregación tiene por su principal patrona a la Santísima Virgen María precisamente bajo el título de su Inmaculada Concepción.

Quiero terminar resumiendo brevemente las razones que demuestran con toda certeza esta verdad tan piadosa y de tanta gloria para la Madre de Dios, que ella ha sido preservada inmune de la culpa original.

Hay muchos doctores que han defendido que María ha estado exenta de contraer el débito del pecado. Y en efecto, si en la voluntad de Adán como cabeza de todos los hombres estaban incluidas las voluntades de todos, como sostienen autores apoyados en el texto de san Pablo: “Todos en Adán pecaron” (Rm 5, 12), sin embargo María no contrajo la deuda del pecado, porque habiéndola distinguido Dios con su gracia sobre el común de los hombres, debemos creer que en la voluntad de Adán al pecar no pudo estar incluida la voluntad de María.

Esta sentencia la abrazo como la más gloriosa para mi Señora. Y tengo por cierta la sentencia de que María no contrajo el pecado de Adán, y no solamente por cierta sino como próxima a ser definida como dogma de fe, como lo aseguran también muchos. Además de las revelaciones que confirman esta sentencia, especialmente las hechas a santa Brígida, aprobadas por el cardenal Torquemada y por cuatro sumos Pontífices, como se lee en varios pasajes del libro sexto de dichas revelaciones. No puede omitir las palabras de los santos padres tan concordes en reconocer este privilegio a la Madre de Dios. Dice san Ambrosio: “Recíbeme no de Sara; sino de María para que sea virgen incorruptible, pero virgen, por haber sido por gracia de Dios inmune de toda mancha de pecado”. Orígenes dice hablando de María: “No se vio infectada por el aliento de la venenosa serpiente”. San Efrén la aclama: “Inmaculada y del todo libre de cualquier mancha de pecado”.

San Agustín, comentando las palabras del Ángel: “Dios te salve, llena de gracia”, escribe: “Con estas palabras se demuestra que estuvo absolutamente excluida de la ira de la primera sentencia y que recibió la plenitud de toda gracia y bendición”. San Jerónimo: “Aquella espiritual nube, nunca estuvo en tinieblas, sino siempre investida de luz”. San Cipriano o quien sea el autor: “No era justo que aquel vaso de elección estuviera sujeto a la común mancha, porque siendo muy distinta de los demás, comunicaba con ellos en la naturaleza, pero no en la culpa”. San Anfiloquio: “El que crió a la primera virgen sin mancha, también creó a la segunda sin ninguna mancha de pecado”. Sofronio escribe: “La Virgen se llama inmaculada, porque no tiene ninguna corrupción”. San Ildefonso afirma: “Consta que ella estuvo inmune del pecado original”. San Juan Damasceno: “La serpiente no tuvo entrada a este paraíso”. Y san Pedro Damiano: “La carne de la Virgen procede de Adán, pero no admitió las culpas de Adán”. “Esta es la tierra incorruptible –dice san Bruno– que bendijo el Señor, libre por tanto de todo contagio de pecado”. San Buenaventura escribe: “Nuestra Señora estuvo llena de toda gracia previniente en su santificación, gracia preservadora contra el hedor de la culpa original”. San Bernardino de Siena: “No se puede creer que el mismo Hijo de Dios quisiera nacer de la Virgen y tomar su carne si estaba manchada de algún modo con la mancha del pecado original”.

San Lorenzo Justiniano asegura: “Fue colmada de todas las bendiciones desde su concepción”. El Idiota, glosando las palabras: “Has encontrado gracia”, dice: “Encontraste gracia muy especial, oh Virgen dulcísima, porque la tuviste desde que te viste preservada del pecado original”. Y lo mismo dicen tantos doctores.

Pero las razones que aseguran la verdad de esta sentencia en última instancia son dos. El primero es el consentimiento universal de los fieles. Todas las Órdenes y Congregaciones de la Iglesia siguen esta sentencia. Pero sobre todo lo que debe persuadir que nuestra sentencia es conforme al común sentir de los Católicos, es lo que dice el Papa Alejandro VII en la célebre bula Sollicitudo omnium ecclesiarum, del año 1661, en que se afirma: Se acrecentó más y se propagó la piedad y el culto hacia la Madre de Dios... de manera que, poniéndose las universidades a favor de esta sentencia –es decir, la que afirma la Inmaculada Concepción– ya casi todos los católicos la abrazan”. Y de hecho esta sentencia la defienden las universidades de La Sorbona, Alcalá, Salamanca, Coimbra, Colonia, Maguncia, Nápoles, y de otras muchas, en las que cada doctor se obliga con juramento a defender a la Inmaculada. Este argumento, escribe el célebre obispo D, Julio Torni, es del todo convincente, pues si el común sentir de los fieles da certeza de que María ya era santa desde el seno de su madre, y es garantía de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo ¿por qué este común sentimiento de los fieles no ha de garantizar la verdad de su Concepción Inmaculada?

Y el otro argumento que nos certifica la verdad de la exención de la Virgen de la mancha original, es la celebración universal ordenada por la Iglesia de su Concepción Inmaculada. Y acerca de esto yo veo por una parte que la Iglesia celebre el primer instante en que fue creada su alma e infundida en su cuerpo, como lo declara Alejandro VII en la bula citada, en la que se expresa que la Iglesia da a la Concepción de María el mismo culto que le da a la piadosa sentencia que afirma es concebida sin pecado original. Por otra parte entiendo ser cierto que la Iglesia no puede celebrar nada que no sea santo, conforme lo declaran los papas san León y san Eusebio que dice: “En la Sede Apostólica siempre se ha conservado sin mancha la religión católica”. Así lo enseñan todos los teólogos con san Agustín, san Bernardo y santo Tomás, el cual para probar que María fue santificada antes de nacer, se sirve del argumento de la celebración de su nacimiento por parte de la Iglesia, y reflexiona así: “La Iglesia celebra la Natividad de la Santísima Virgen; ahora bien, en la Iglesia no se celebra nada que no sea santo; luego la Santísima Virgen fue santificada en el seno de su madre”. Pues si es cierto que María fue santificada en el seno de su madre porque la Iglesia celebra su nacimiento ¿por qué no hemos de tener por cierto que María fue preservada del pecado original desde el instante de su concepción sabiendo que la Iglesia celebra precisamente esto?

Para confirmar la realidad de este gran privilegio de María son conocidas las gracias innumerables y prodigiosas que el Señor se complace en otorgar todos los días en el reino de Nápoles por medio de las estampas de la Inmaculada Concepción. Podría referir muchas de esas gracias de las cuales han sido testigos los padres de nuestra misma Congregación, pero quiero referir sólo dos que son verdaderamente extraordinarias.


Ejemplo

Dos conversiones logradas por la imagen de la Inmaculada

A una de las residencias de nuestra humilde Congregación en este reino, vino una mujer a decir a uno de nuestros padres que su marido hacía muchos años que no se confesaba, y que la pobre no sabía qué hacer para convencerlo, porque en hablándole de confesión la apaleaba. El padre le dijo que le diera una imagen de María Inmaculada. Al caer la tarde, la mujer de nuevo le rogó al marido que se confesara, y como no le hacía caso, le dio la estampa de la Virgen. Y apenas la recibió le dijo: Bueno ¿cuándo quieres que me confiese? Estoy pronto. La mujer se puso a llorar de alegría al ver cambio tan repentino. Llegada la mañana fue con su marido a nuestra iglesia. Al preguntarle el padre cuánto tiempo hacía que no se confesaba, le respondió que hacía veinte años. “Y ¿qué le movió a venir a confesar?”, le dijo el padre. “Yo estaba obstinado –le respondió– pero ayer me dio mi mujer una estampa de nuestra Señora y al instante sentí cambiado el corazón, tanto que cada momento me parecía mil años esperando que se hiciera el día para poder venir a confesarme”. Se confesó con gran dolor, cambió de vida y continuó durante mucho tiempo confesándose con el mismo padre.

En otro lugar de la diócesis de Salerno, mientras dábamos la santa misión, había un hombre muy enemistado con otro que le había ofendido. Uno de nuestros padres le habló del perdón de las injurias, pero él le respondió: “Padre ¿me ha visto en la misión? No; y es por esto. Ya comprendo que estoy condenado, pero no hay remedio, me tengo que vengar”. El padre se esforzó por convertirlo, pero viendo que perdía el tiempo le dijo: “Recíbame esta estampa de nuestra Señora”. “Y ¿para qué quiero esta estampa?”, le respondió; sin embargo, la aceptó. Y al punto, olvidando sus rencores accedió gustoso a lo que el padre le pedía. “Padre ¿quiere que perdone a mi enemigo? Estoy pronto a realizarlo”. Y se aplazó la reconciliación para la mañana siguiente. Mas llegada la mañana había cambiado de propósito y no quería ni oír hablar de reconciliación. El padre le volvió a ofrecer otra estampa de la Virgen. Por nada la quería recibir. Por fin, de mala gana, la recibió. Y apenas la tuvo en la mano dijo: “Se acabó ¿dónde está el notario?” Se hizo la reconciliación y se confesó.


Oración de anhelo por ver a María en el Cielo

Señora mía Inmaculada, yo me alegro contigo de verte enriquecida con tanta pureza. Doy gracias y siempre las daré a nuestro Creador, por haberte preservado de toda mancha de culpa, como lo tengo por cierto, y por defender este grande y singular privilegio de tu Inmaculada Concepción, estoy pronto y juro dar si fuera menester, hasta mi vida.

Quisiera que todo el mundo te reconociese y te aclamase como aquella hermosa aurora siempre iluminada por la divina luz; como el arca elegida de la salvación, libre del universal naufragio del pecado; por aquella perfecta e inmaculada paloma, como te llamó tu divino esposo; como aquel jardín cerrado que hizo las delicias de Dios; por aquella fuente sellada que jamás pudo enturbiar el enemigo; en fin, por aquella blanca azucena que eres tú, y que naciendo entre las espinas, que son los hijos de Adán, manchados por la culpa y enemigos de Dios, tú sola viniste pura y limpia, toda hermosa y del todo amiga del Creador.

Déjame que te alabe como lo hizo Dios: ”Toda tú eres hermosa y no hay mancha alguna en ti” (Ct 4, 7). Purísima paloma, toda blanca, toda bella y siempre amiga de Dios: “¡Qué hermosa eres, amiga mía, qué hermosa eres!” (Ct 4, 1).

María, tan bella a los ojos del Señor, no te desdeñes de mirarme piadosa; compadécete de mí y sáname. Hermoso imán de los corazones, atrae hacia ti el pobre corazón mío.

Tú que, desde el primer instante, te presentas pura y bella ante Dios, ten piedad de mí, que no sólo nací en pecado, sino que también después del bautismo he vuelto a mancillar mi alma con nuevas culpas.

¿Qué te podrá negar el Dios que te escogió por su hija, su madre y su esposa, que por esto te ha preservado de toda mancha, y te ha preferido en su amor a todas las criaturas?

Virgen Inmaculada, tú me has de salvar. Haz que siempre me acuerde de ti y tú nunca te olvides de mí. Mil años me parece que faltan hasta que pueda llegar a contemplar esa tu belleza en el paraíso, para sin fin amarte y alabarte, madre mía, reina mía, amada mía, María.
(SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Las Glorias de María, Parte II, Sección I, Discurso 1)



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