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Domingo Pascua de Resurrección A - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la prepración


A su disposición:
Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. sobre las tres lecturas de la Misa del día.

Comentario Teológico: clerus.org - Esperanza y gozosa proclamación

Comentario Teológico: Xavier Leon - Dufour - Resurrección

Santos Padres: San Agustín - La Pascua, fiesta de cada día.

Aplicación: San Luis Bertrán - "Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí" Marcos 16,6

Aplicación: Benedicto XVI - Resucitó al tercer día

Ejemplos



La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. sobre las tres lecturas de la Misa del día.

Sobre la Primera Lectura (Hechos 10, 34 a. 37-43).
La Resurrección de Cristo es en la Historia de la Salvación el acontecimiento básico. Lo es para Cristo, ya que su Resurrección ilumina su mensaje, garantiza su misión y da sentido a su Vida, a su Pasión y a su Muerte. Y lo es para nosotros. Es la virtud y el poder del Resucitado el que nos hace nacer a la nueva vida, nos inunda de Espíritu Santo y prepara y asegura nuestra resurrección y glorificación.

- De ahí que en el Kerigma o predicación apostólica el punto central es la Resurrección de Cristo. Así lo constatamos en este discurso de Pedro (v 40) igual que en los restantes esquemas del sermonario Petrino que Lucas nos ha conservado: Hechos 2, 14; 3, 12; 4, 9; 5, 29. Ser Apóstol es, ante todo, para dar testimonio de la Resurrección como testigo ocular y cualificado (Hechos 1, 22).

- En el presente discurso Pedro interpreta la vida de Jesús a la luz de su Resurrección: Aquella su primera Epifanía Mesiánica del Jordán (Lc 3, 22), en la que Jesús fue ungido de Espíritu Santo, es un anticipo y prenuncio de la Unción gloriosa de la Resurrección. En ésta, ungido de Espíritu Santo y de poder, queda constituido: Mesías (Ungido)-Señor. Es decir, el Mesías-Redentor es a través de la Resurrección Mesías-Señor. San Pablo desarrolla el mismo pensamiento cuando escribe a los Romanos: El Hijo de Dios nacido de David según la carne, a raíz de la Resurrección fue constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu (Rom 1, 4).

- A raíz de la Resurrección inicia Jesús un nuevo estadio de vida y de actuación: el de Señor (Hch 2, 36), Jefe y Salvador (5, 31), Juez y Salvador de vivos y muertos (10, 42), Señor en gloria o Hijo de Dios en poder, que dirá San Pablo (Fip 2, 11; Rom 1, 4), o Espíritu Vivificante, (1 Cort 15, 45). Por tanto, la Resurrección de Cristo es para todos una llamada apremiante a la fe, a la conversión, al amor. El Centurión que es, incircunciso, recibe el Espíritu Santo, solo para la fe en el Resucitado, es prueba fehaciente de que Cristo es el Salvador de todos. Y por eso, exultantes de gozo pascual, ofrecemos, Señor, el Sacrificio por el que tu Iglesia es maravillosamente regenerada y vigorizada.


Sobre la Segunda Lectura (Colosenses 3, 1-4).
San Pablo, a la luz de la Resurrección de Cristo, ilumina la esencia y las exigencias de la vida cristiana:
- El Bautismo, con sus ritos de inmersión y emersión, significa nuestro morir con Cristo al pecado y nuestro resucitar con Cristo a nueva vida. El hombre viejo, o sea la herencia de Adán, queda sepultado en las aguas bautismales. Renacemos a la vida de gracia; la que recibimos del Resucitado. El bautizado está en comunión con la vida celeste de Cristo.

- El Bautismo debe marcar con su sello (imprime carácter) todo el ser y todo el vivir del cristiano son bienes para él no los caducos y efímeros, sino los que Cristo le ha ganado con la Pasión y le regala con la Resurrección. En su virtud somos ya ciudadanos del cielo, donde sentado a la derecha del Padre está Cristo (v l),quien, como precursor, entró a favor nuestro para prepararnos el lugar (Heb 6,20; Jn 14, 2).

- Todo al presente se desarrolla en fe: Vida escondida con Cristo en Dios (v 3). Cuando llegue la Parusía gloriosa de Cristo también nosotros entraremos a participar en cuerpo y alma en la gloria del Resucitado: cuando Cristo, vida nuestra, se manifieste, también vosotros os manifestaréis juntamente con El, revestidos de gloria (v 4).Y transfigurara nuestro cuerpo deleznable, conformándolo al Cuerpo suyo glorioso, con aquella su eficiente virtud que es poderosa para someter a Sí el universo (FIp 3, 21). Ipse enim verus est Agnus qui abstulit peccata mundi; qui mortem nostram moriendo destruxit et vitam resurgendo reparavit (Pref.).

Sobre el Evangelio (Juan 20, 1-9).
Pedro y Juan, tras explorar el Sepulcro vacío, comprenden lo que a lo largo de la vida mortal de Jesús jamás habían entendido: Jesús es la Vida. Con su muerte ha vencido a la Muerte. El Sepulcro vacío es testigo de la victoria del Resucitado: Quapropter, profusispaschalibusgaudiis, totus in orbe terrarum mundus exultat (Pref.).

- Es el primer día de la semana (v 1). Por este hecho será siempre más el Día del Señor, el Domingo cristiano (Ap 1, 10), en el cual para siempre se rememorará, se revivirá, se actualizará la Pascua: la Muerte y Resurrección de Cristo. Nosotros, los cristianos de hoy, la celebramos con igual júbilo que Pedro y Juan. la Iglesia peregrina, en su Eucaristía, conmemora la Redención, la actualiza, y se prepara para el retorno glorioso del Señor. Vive en Pascua perenne: Sin fermento de pecado, porque nuestra Pascua es Cristo (1Cor 5, 8).

- Vieron los lienzos en el suelo, sudario plegado... Estos datos hacen imposible la explicación de un robo. El muerto no ha sido robado. El se ha huido del poder de la muerte. Queda la mortaja como testigo. Pedro y Juan ven y creen: El sepulcro vacío les abre los ojos para entender lo que tantas veces les había profetizado Jesús, de que al tercer día resucitaría. Luego, en las apariciones que les otorgará el Resucitado, les hará ver cómo las Profecías Mesiánicas hablan de un Mesías Redentor que morirá para nuestro rescate y resucitará para nuestra justificación; el Mesías que a través de la muerte es nuestra Vida, Adán Nuevo, Espíritu Vivificante.
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)

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Comentario teológico: clerus.org - Esperanza y gozosa proclamación

Las lecturas bíblicas del día de pascua rebozan de esperanza y son una gozosa proclamación del acontecimiento central de la fe cristiana: la resurrección del Señor. En la pascua la historia y el mundo se han visto envueltos en un proceso de transformación que ya ha iniciado hasta la plena consumación de la plenitud divina. Cristo ha roto la prisión de la muerte y del límite humano, del pecado y del temor y ha inaugurado el reino de la redención y de la gracia. La creación entera, penetrada por la vida del Cristo Resucitado, adquiere hoy una nueva dimensión. El mundo se llena de vida, la historia de esperanza, y el hombre se transforman en hijo. La Pascua es, por tanto, la conquista de un sentido y de un fin nuevo para todo el cosmos: "¡El es nuestra esperanza!" (Col 1,27). En el corazón del anuncio cristiano (1a. lectura) y de la transformación de la humanidad (2a. lectura) está siempre presente la fuerza vivificante de el acontecimiento definitivo de la pascua de Cristo (evangelio).

La primera lectura (Hech 10, 34a-37-43) está tomada del discurso de Pedro en la casa del Cornelio, el centurión romano de Cesarea, el primer pagano recibido como cristiano por uno de los apóstoles y que representa a todos aquellos que buscan la verdad con corazón sincero y que constituyen para Dios "un pueblo consagrado a su nombre" (Hch 15,14). El tiempo pascual se inaugura, por tanto, con el anuncio de Cristo a todas las naciones y a todos los hombres sin distinción. Los versículos que son proclamados hoy en la liturgia recuerdan el kerigma usado en la predicación de la iglesia primitiva. El anuncio estaba centrado todo él en la figura y la actividad de Jesús, el resucitado, a través de cuatro etapas fundamentales y que constituyen todo un modelo para toda acción evangelizadora: (a) se parte de la realidad y de las personas concretas, de las esperanzas e ilusiones de la gente, de lo que el pueblo conoce (v. 37: "ustedes están enterados de lo ocurrido en el país de los judíos comenzando por Galilea después del bautismo de Juan"); (b) toda esta realidad y la expectativa de los hombres se pone en relación con el contenido fundamental del evangelio, como anuncio de paz, de liberación, de justicia y salvación, don de Dios para todos los pueblos (v. 38: "me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo; él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por que Dios estaba con él); (c) se insiste en que esto no es una teoría o una simple doctrina sino que es un acontecimiento dentro de la historia humana, una fuerza liberadora de Dios en medio de la debilidad y de la injusticia del mundo, un evento que tiene como protagonista a Jesús, muerto en manos de los hombres pero resucitado por Dios (v. 39: "a él a quien mataron colgándolo en un madero, Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se apareciera a nosotros…"); (d) finalmente se sacan las consecuencias prácticas: se debe hacer una opción y tomar una decisión (v. 43: "todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados, por medio de su nombre"). En síntesis, los apóstoles con el kerigma daban testimonio de la acción liberadora de Jesús durante su ministerio terreno, de la injusta muerte a la que fue sometido y del poder de Dios sobre la muerte y sobre todas las fuerzas tenebrosas del mundo que deshumanizan al hombre.

En la segunda lectura (Col 3,1-4) se insiste precisamente en la decisión de fe que supone el haber escuchado el kerigma: "ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba" (v. 1). El misterio pascual de Cristo es presentado con el conocido esquema bíblico espacial de la exaltación de la tierra hacia el cielo, de la muerte a la vida, de la humanidad a la vida eterna y divina. Pablo lanza a los colosenses un mensaje de conversión utilizando el mismo esquema de exaltación de la pascua, aplicándolo al bautismo cristiano y a la entera existencia: "piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra" (v. 2). "Las cosas de arriba" es lo que Pablo llama en otros textos "el hombre nuevo", el "espíritu", la "gracia", es decir, "la vida escondida con Cristo en Dios" (v. 3), que constituye el presente de la vida cristiana y se experimenta solamente en la fe. Es una vida ciertamente "escondida" a los simples ojos físicos y a la lógica humana. Por otra parte, "las cosas de la tierra", las cosas de aquí abajo, es lo que Pablo llama "el hombre viejo", "la carne", "el pecado", que en el bautismo han pasado a formar parte del pasado del creyente, sepultadas en el agua de la fuente bautismal (cf. Rom 6,2-7). Esta vida "escondida", pero real, ya presente en cada creyente como una pequeña semilla de eternidad, se manifestará en plenitud al final: "cuando aparezca Cristo, que es vida para ustedes, entonces también aparecerán gloriosos con él" (v. 4).

El evangelio (Jn 20,1-9) nos relata la visita de María Magdalena, de Simón Pedro y del "otro discípulo" (¿Juan?) al sepulcro del Señor el primer día de la semana al rayar el sol. En la narración no se describe la resurrección, que es un evento que trasciende la historia y se sitúa más allá de lo puramente experimentable con medios humanos, sino que se quiere ofrecer el testimonio de la irrupción del Cristo resucitado en la vida de la iglesia. María busca con ansias, aun en medio de las tinieblas cuando no había salido el sol; luego corre donde Pedro y el otro discípulo (v1. 1-2). Pedro llega al sepulcro y comprueba una serie de datos (piedra rodada, sepulcro vacío, vendas abandonadas, lienzo doblado) que se convierten en auténticos "signos" para quien es disponible a la fe, para quien los ve con profundidad; el "otro discípulo", que llegó antes que Pedro a la tumba pero no entró hasta después, "vio y creyó" (v. 8). Este último discípulo, difícil de identificar con certeza, llega a convertirse en el modelo del creyente, de aquel que después de "ver" los signos, "comprende las Escrituras" (v. 9). Este ha visto realmente ya que ha comprendido la unidad del entero plan salvador de Dios. El texto joánico es un bellísimo ejemplo de cómo es la comunidad entera (mujeres, Pedro, el "otro discípulo") la que llega a obtener una comprensión plena del misterio del Resucitado. Todos han sido necesarios: la audacia y el amor de la mujer que sale desconcertada del sepulcro; la atención y la cautela de Pedro, y la intuición y comprensión creyente del "otro discípulo".
(clerus.org)


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Comentario Teológico: Xavier Leon - Dufour - Resurrección

La idea bíblica de resurrección no se puede en modo alguno comparar con la idea griega de inmortalidad. Según la concepción griega, el alma del hombre, incorruptible por naturaleza, entra en la inmortalidad divina tan luego la muerte la ha liberado de los lazos del cuerpo. Según la concepción bíblica, la persona humana entera está destinada por su condición presente a caer en poder de la *muerte: el *alma será prisionera del seol mientras que el *cuerpo se pudrirá en la tumba; pero esto sólo será un estado transitorio del que el hombre resurgirá vivo por una gracia divina, como se reincorpora uno levantándose de la tierra en que yacía, como vuelve uno a despertar del sueño en que había caído. La idea, formulada ya en el AT, ha venido a ser el centro de la fe y de la esperanza cristianas desde que Cristo mismo volvió a la vida en calidad de "primogénito de entre los muertos".

AT. I. EL SEÑOR DE LA VIDA. Los cultos naturistas del antiguo Oriente asignaban un lugar importante al mito del Dios muerto y resucitado, traducción dramática de una experiencia humana común: la del resurgir primaveral de la vida después de su sopor invernal. Osiris en Egipto, Tammuz en Mesopotamia, Baal en Canaán (convertido en Adonis en baja época) eran dioses de este género. Su drama, acaecido en el *tiempo primordial, se repetía indefinidamente en los ciclos de la naturaleza; actualizándolo en una representación sagrada contribuían los ritos -así se creía - a renovar su eficacia, tan importante para poblaciones pastoriles y agrícolas.

Ahora bien, desde los comienzos, la revelación del AT rompe absolutamente con esta mitología y con los rituales que la acompañan. El *Dios único es también el único señor de la vida y de la muerte: "él da la muerte y da la vida, hace bajar al seol y subir de él" (1Sa 2,6; Dt 32,39), pues tiene poder sobre el seol mismo (Am 9,2; Sal 139,8). También la resurrección primaveral de la naturaleza es efecto de su *palabra y de su *Espíritu (cf. Gén 1,11s.22. 28; 8,22; Sal 104,29s). Con más razón tratándose de los hombres: él es quien rescata su alma de la fosa (Sal 103,4) y les devuelve la vida (Sal 41,3; 80,19); no abandona en el .seol el alma de sus amigos ni les dejó ver la corrupción (Sal I6,10s).

Estas expresiones se entienden sin duda en forma hiperbólica para significar una preservación temporal de la muerte. Pero los milagros de resurrección operados por Elías y Eliseo (1Re 17,17-23; 2Re 4,33ss; 13, 21) muestran que Yahveh puede vivificar a los muertos mismos sacándolos del seol, al que habían descendido. Estos retornos a la vida no tienen evidentemente ya nada que ver con la resurrección mítica de los dioses muertos, a no ser esta representación espacial que hace de ellas una subida del abismo infernal a la tierra de los vivos.

II. LA RESURRECCIÓN DEL PUEBLO DE DIOS. En una primera serie de textos se emplea esta imagen de la resurrección para traducir la *esperanza colectiva del pueblo de Israel. Éste, herido por los *castigos divinos, se puede comparar con un enfermo acechado por la muerte (cf. Is 1,5s) y hasta con un cadáver al que la muerte ha convertido en su presa. Pero si se convierte, ¿no lo volverá Yahveh a la vida? "Venid, volvamos a Yahveh... A los dos días nos devolverá la vida; al tercer día nos levantará y viviremos delante de él" (Os 6,Is).

No es esto un mero voto de los hombres, pues no faltan promesas proféticas que atestiguan expresamente que sucederá así. Después de la prueba del *exilio resucitará Dios a su pueblo como se vuelven a la vida osamentas ya áridas (Ez 37,1-14). Despertará a *Jerusalén y hará que se levante del polvo donde yacía como muerta (Is 51,17; 60,1). Devolverá la vida a los muertos, hará que se levanten sus cadáveres, que se despierten los que están acostados sobre el polvo (Is 26,19). (...). Dios triunfa, pues, de la muerte en beneficio de su pueblo.

Incluso la parte fiel de Israel pudo caer por un tiempo en poder de los infiernos, como el *Siervo de Yahveh, muerto y sepultado con los malvados (Is 53,8s.12). Pero día vendrá en que, también como el Siervo, este *resto justo prolongue sus días, vea la *luz y comparta los trofeos de la *victoria (Is 53,10ss). Primer esbozo, todavía misterioso, de una promesa de resurrección, gracias a la cual los justos que sufren verán al fin surgir a su defensor y tomar su causa en su mano (cf. Job 19,25s, reinterpretado por la Vulgata).

III. LA RESURRECCIÓN INDIVIDUAL. La revelación da un paso adelante con ocasión de la crisis macabea. La persecución de Antíoco y la experiencia del martirio plantean entonces en forma aguda el problema de la *retribución individual. Es una certeza fundamental que haya que aguardar el reinado de Dios y el triunfo final del pueblo de los santos del Altísimo, anunciados desde muy atrás por los oráculos proféticos: (Dan 7,13s.27; cf. 2,44). Pero ¿qué será de los *santos muertos por la fe? El apocalipsis de Daniel responde: "Gran número de los que duermen en el país del polvo despertarán; éstos son para la vida eterna; los otros, para el oprobio, para el horror eterno" (Dan 12,2). La imagen de resurrección empleada por Ezequiel e Is 26 se debe, pues, entender en forma realista: Dios hará que los muertos vuelvan a subir del seol para que tengan participación en el *reino. Sin embargo, la nueva *vida en que entren no será ya semejante a la vida del mundo presente: será una vida transfigurada (Dan 12,3). Tal es la esperanza que sostiene a los *mártires en medio de su *prueba: se les puede arrancar la vida corpórea; el Dios que crea es también el que resucita (2Mac 7,9. 11.22; 14,46); al paso que para los malos no habrá resurrección a la vida (2Mac 7,14).

A partir de este momento la doctrina de la resurrección se convierte en patrimonio común del judaísmo. Si la secta saducea, por prurito de arcaísmo, no la admite (cf. Act 23,8) y hasta se burla de ella planteando a propósito de la misma cuestiones ridículas (Mt 22,23-28 p), los fariseos la profesan, así como la secta de la que proviene el libro de Henoc (probablemente el antiguo esenismo). (...)

NT. I. EL PRIMOGÉNITO DE ENTRE LOS MUERTOS. 1. Preludios. Jesús no cree sólo en la resurrección de los justos el último día. Sabe que el misterio de la resurrección debe ser inaugurado por él, a quien Dios ha dado el dominio de la *vida y de la *muerte. Manifiesta este poder que ha recibido de Dios volviendo a la vida a varios difuntos por los que habían venido a suplicarle: la hija de Jairo (Mc 5,21-42 p), el hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11-17), su amigo Lázaro (Jn 11). Estas resurrecciones que recuerdan los milagros proféticos son ya el anuncio velado de la suya, que será de un orden muy diferente.

Jesús añade predicciones claras: el Hijo del hombre debe morir y resucitar al tercer día (Mc 8.31; 9, 31; 10,34 p). Es, según Mt, el "signo de Jonás": el Hijo del hombreestará tres días y tres noches en el seno de la tierra (Mt 12,40)). Es el signo del *templo: "Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días..."; ahora bien, "hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2,19ss; cf. Mt 26,61 p). Este anuncio de una resurrección de los muertos se hace incomprensible aun a los mismos doce (cf. Mc 9,10); con más razón a los enemigos de Jesús, que toman pretexto de él para poner guardias en su sepulcro (Mt 27,63s).

2. La experiencia pascual. Los doce no habían, pues, comprendido que el anuncio de la resurrección en las Escrituras concernía en primer lugar a Jesús mismo (In 20,9); por eso su muerte y su sepultura los habían desesperado (cf. Me 16,14; Lc 24,21-24.37; Jn 20,19). Para inducirlos a creer se requiere nada menos que la experiencia pascual. La del sepulcro vacío no es suficiente para convencerlos, pues podría explicarse por un sencillo rapto del cadáver (Le 24,11s; Jn 20,2): sólo Juan cree en seguida (Jn 20,8).

Pero luego comienzan las apariciones del Resucitado. (...) Jesús aparece "durante muchos días" (Act 13,31); en otro lugar se precisa: "durante cuarenta días" (1,3), hasta la escena significativa de la ascensión. Los relatos subrayan el carácter concreto de estas manifestaciones: el que aparece es ciertamente Jesús de Nazaret; los apóstoles lo ven y lo tocan (Lc 24, 36-40; Jn 20, 19-29), comen con él (Lc 24,29s.41s; Jn 21,9-13; Act 10, 41). Está presente, no como un fantasma, sino con su propio cuerpo (Mt 28,9; Lc 24,37ss; Jn 20,20.27ss). Sin embargo, este cuerpo está sustraído a las condiciones habituales de la vida terrenal (Jn20,19; cf. 20, 17). Jesús repite, sí, los gestos que realizaba durante su vida pública, lo cual permite reconocerle (Lc 24,30s; Jn 21,6.12); pero ahora se halla en el estado de *gloria que describían los apocalipsis judíos.

El pueblo, en cambio, no es espectador de estas apariciones como lo había sido de la pasión y de la muerte. Jesús reserva sus manifestaciones a los *testigos que él se ha escogido (Act 2,32; 10,41; 13.31), siendo el último Pablo en el camino de Damasco (lCor 15,8): de los testigos hace sus *apóstoles. Se les muestra a ellos “y no al mundo" (Jn 14,22), pues el *mundo está cerrado a la fe. Incluso los guardias del sepulcro, aterrorizados por la teofanía misteriosa (Mt 28,4), no veían a Cristo mismo. Igualmente el hecho de la resurrección, el momento en que Jesús resurge de la muerte, es imposible de describir. Mateo se limita a evocarlo en un lenguaje convencional tomado de las Escrituras (Mt 28, 2s): temblor de tierra, claridad deslumbradora, aparición del *ángel del Señor... Entramos aquí en una esfera trascendente que sólo pueden traducir las expresiones preparadas por el AT, aun cuando la realidad a que se aplican es en sí misma inefable.

3. El evangelio de la resurrección en la predicación apostólica. Desde el día de *pentecostés se convierte la resurrección en el centro de la predicación apostólica, porque en ella se revela el objeto fundamental de la fe cristiana (Act 2,22-35). Este *evangelio de pascua es ante todo el testimonio tributado a un hecho: Jesús fue crucificado y murió; pero Dios lo resucitó y por él aporta a los hombres la salvación. Tal es la catequesis de Pedro a los judíos (3,14s) y su confesión ante el sanedrín (4, 10), la enseñanza de Felipe al eunuco etiópico (8,35), la de Pablo a los judíos (13.33; 17,3) y a los paganos (17,31) y su confesión delante de sus jueces (23,6...). No es otra cosa que el contenido mismo de la experiencia pascual.

Un punto importante se hace notar siempre a propósito de esta experiencia: su conformidad con las Escrituras (cf. lCor 15,3s). Por una parte la resurrección de Jesús realiza las promesas proféticas: promesa de la exaltación gloriosa del *Mesías a la diestra de Dios (Act 2,34; 13,32s), de la glorificación del *Siervo de Yahveh (Act 4,30; Flp 2,7ss), de la entronización del *Hijo del hombre (Act 7,56; cf. Mt 26,64 p). Por otra parte, para traducir este misterio que se sitúa más allá de la experiencia histórica común, los textos escriturarios suministran un arsenal de expresiones que esbozan sus diversos aspectos: Jesús es el *santo, al que Dios libra de la corrupción del Hades (Act 2,25-32; 13,35ss; cf. Sal 16,8-11); es el nuevo *Adán, a cuyos pies ha puesto Dios todo (lCor 15,27; Heb 1,5-13; cf. Sal 8); es la *piedra desechada por los constructores y convertida en piedra angular (Act 4, 11; cf. Sal 118,22)... Cristo glorificado aparece de esta manera como la clave de toda la Escritura, que anticipadamente se refería a él (cf. lc 24,27.44ss).

4. Sentido y alcance de la resurrección. A medida que la predicación apostólica confronta la resurrección y las Escrituras, elabora una interpretación teológica del hecho. la resurrección, siendo la glorificación del Hijo por el Padre (Act 2,22ss; Rom 8,11; cf. Jn 17,1ss), pone el *sello de Dios sobre el acto de *redención inaugurado por la encarnación y consumado por la *cruz. Por ella es constituido Jesús "Hijo de Dios en su poder" (Rom 1,4; cf. Act 13,33; Heb 1,5; 5,5; Sal 2,7), "*Señor y Cristo" (Act 2,36), (cabeza y salvador" (Act 5,31), "juez y Señor de los vivos y de los muertos" (Act 10,42; Rom 14,9; 2Tim 4,1). Habiendo retornado al Padre (Jn 20,17), puede ahora dar a los hombres el *Espíritu prometido (Jn 20,22; Act 2,33).

Así se revela plenamente el sentido profundo de su vida terrenal: ésta era la manifestación de Dios acá en la tierra, de su amor, de su gracia (2 Tim 1,10; Tit 2,11; 3,4). Manifestación velada, en la que la *gloria sólo era perceptible bajo signos (Jn 1, 11) o durante breves momentos, como el de la *transfiguración (le 9,32. 35 p; cf. Jn 1,14). Ahora que Jesús ha entrado definitivamente en la gloria, la manifestación continúa en la Iglesia, por sus *milagros (Act 3,16) y por el don del Espíritu a los hombres que creen (Act 2,38s; 10,44s).
De este modo Jesús, "primogénito de entre los muertos" (Act 26,23; Col 1,18; Ap 1,5) ha entrado el primero en este mundo *nuevo (cf. Is 65, 17...) que es el universo rescatado. Siendo el "señor de la gloria" (ICor 2,8; cf. Sant 2,1; F1p 2,11), es para los hombres el autor de la salvación (Act 3,6...). Fuerte con el poder divino, se crea un pueblo santo (lPe 2, 9s), al que arrastra en pos de sí.

II. El PODER DE lA RESURRECCIÓN. la resurrección de Jesús resuelve el problema de la *salvación tal como se nos plantea a cada uno de nosotros. Objeto primero de nuestra fe, es también la base de nuestra esperanza, cuyo alcance determina. Jesús resucitó "como *primicias de los que duermen" (lCor 15,20); esto funda nuestra espera de la resurrección el último día. Más aún: él es en persona "la resurrección y la vida : quien crea en él, aunque hubiese muerto, vivirá" (Jn 11,25); esto funda nuestra certeza de participar desde ahora en el misterio de la vida nueva, que Cristo nos hace accesible a través de los signos sacramentales.

1. la resurrección el último día. la fe judía en la resurrección de los cuerpos fue avalada por Jesús, con sus perspectivas de integridad corporal recobrada (lc 14,14) y de radical transformación (Mt 22,30ss p); (...) Sin embargo, esta fe no adquiere su significado definitivo sino después de la resurrección personal de Jesús. la comunidad primitiva tiene conciencia de mantenerse en este punto fiel a la fe judía (Act 23,6; 24,15; 26,6ss); pero la resurrección de Jesús le da ahora ya una base objetiva. Resucitaremos todos porque Jesús ha resucitado: "El que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rom 8,11; cf. lTes 4,14; lCor 6,14; 15,12-22; 2 Cor 4,14).

En el evangelio de Mateo el relato de la resurrección de Jesús subraya ya este punto en forma concreta: en el momento en que Jesús, descendido a los infiernos, vuelve de ellos *vencedor, los justos que aguardaban allí su acceso al gozo celestial surgen para hacerle un cortejo nupcial (Mt 27,52s). (...) Es una anticipación de lo que sucederá el último día. (...)
San Pablo desarrolla mucho más la escenificación de la resurrección general: voz del ángel, trompeta para reunir a los elegidos, *nubes de la parusía, procesión de los elegidos... (lTes 4,15ss; 2Tes 1,7s; lCor 15,52). Este marco convencional es clásico en los apocalipsis judíos; pero el hecho fundamental es más importante que estas modalidades. Contrariamente a las concepciones griegas, en las que el alma liberada de los lazos del cuerpo va sola hacia la inmortalidad, la esperanza cristiana implica una restauración integral de la persona; supone al mismo tiempo una total transformación del *cuerpo, hecho espiritual, incorruptible e inmortal (iCor 15,35-53). Por lo demás Pablo, en la perspectiva en que se sitúa no aborda el problema 'de las resurrecciones de los malos; sólo piensa en la de los justos, participación en la entrada de Jesús en la gloria (cf. iCor 15,12...). La espera de esta "redención del cuerpo" (Rom 8,23) es tal que para expresarla el lenguaje cristiano confiere a la resurrección una especie de inminencia perpetua (cf. iTes 4,17). Sin embargo. la impaciencia de la *esperanza cristiana (cf. 2Cor 5,1-10) no debe conducir a' vanas especulaciones sobre la fecha del *día del Señor.

El Apocalipsis traza un cuadro impresionante de la resurrección de los muertos (Ap 20,11-15). La muerte y el Hades los restituyen a todos para que comparezcan ante el juez, tanto a los malos como a los buenos. Mientras que los malos se hunden en la "muerte segunda", los elegidos entran en una vida nueva, en el seno de un universo transformado que se identifica con el *paraíso primitivo y con la *Jerusalén celestial (Ap 21-22). Cómo expresar de otra manera sino bajo la forma de símbolos una realidad indecible que la experiencia humana no puede alcanzar? Este fresco no está reproducido en el cuarto evangelio. Pero constituye el trasfondo de dos breves alusiones que subrayan sobre todo el papel asignado al Hijo del hombre: los muertos surgirán a su llamada (Jn 5, 28; 6,40.44), los unos para la vida eterna, los otros para la condenación (Jn 5,29).

2. La vida cristiana, resurrección anticipada. Si Juan desarrolla tan poco el cuadro de la resurrección final, es que lo ve realizado anticipadamente desde el tiempo presente. Lázaro saliendo de la tumba representa concretamente a los fieles arrancados a la muerte por la voz de Jesús (cf. Jn 11,25s). También el sermón sobre la obra de vivificación del Hijo del hombre contiene afirmaciones explícitas: "Llega la *hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la hayan oído vivirán" (Jn 5,25). Esta declaración inequívoca coincide con la experiencia cristiana tal como la expresa la primera epístola de san Juan: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida..." (1Jn 3,14). Quienquiera que posea esta vida no caerá nunca en poder de la muerte (Jn 6,50; 11.26; cf. Rom 5,8s). Esta certeza no suprime la espera de la resurrección final; pero desde ahora transforma una vida que ha entrado en relación con Cristo.

San Pablo decía ya lo mismo subrayando el carácter pascual de la vida cristiana, participación real en la vida de Cristo resucitado. Sepultados con él en el *bautismo, hemos resucitado también con él, porque hemos creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos (Col 2,12; Rom 6,4ss). La vida *nueva en que entonces entramos no es otra cosa que su vida de resucitado (Ef 2,5s). En efecto, en aquel momento se nos dijo: "¡Despierta, tú que duermes! Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (Ef 5,14). Esta certeza fundamental rige toda la existencia cristiana. Domina la moral que ahora ya se impone al *hombre nuevo *nacido en Cristo: "Resucitados con Cristo buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Col 3, 1ss). Esta certeza es también la fuente de su *esperanza. En efecto, si el cristiano aguarda con impaciencia la transformación final de su cuerpo de miseria en cuerpo de gloria (Rom 8,22s; Flp 3,1os.20s), es que ya posee las arras de este estado futuro (Rom 8,23; 2Cor 5,5). Su resurrección final no hará sino manifestar claramente lo que ya es en la realidad secreta del misterio (Col 3,4).
(LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 2001)

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Santos Padres: San Agustín  - La Pascua, fiesta de cada día.

1. Siempre habéis de tener bien presente, hermanos, que Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, sobre todo en estos días que nos han recordado gracia tan grande, días en que la celebración anual no nos permite olvidar ese acontecimiento que tuvo lugar una sola vez. Iluminados por la fe, fortalecidos por la esperanza e inflamados por la caridad, asistamos a las solemnidades temporales y suspiremos incesantemente por las eternas. Pues si Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no iba a darnos todo con él? Cristo sufrió la pasión; muramos al pecado; Cristo resucitó; vivamos para Dios; Cristo pasó de este mundo al Padre: no se apegue aquí nuestro corazón, antes bien sígale al cielo; nuestra cabeza pendió del madero: crucifiquemos la concupiscencia de la carne; yació en el sepulcro: sepultados con él, olvidemos el pasado; está sentado en el cielo; transfiramos nuestros deseos a las cosas sublimes; ha de venir como juez: no llevemos el mismo yugo que los infieles; ha de resucitar también los cadáveres de los muertos: merezcamos la transformación del cuerpo transformando la mente; pondrá a los malos a su izquierda y a los buenos a su derecha: elijamos nuestro lugar con las obras; su reino no tendrá fin: no temamos en absoluto el fin de esta vida. Toda la enseñanza para obtener nuestra paz está en aquel por cuyas llagas hemos sido sanados.

2. Por tanto, amadísimos, celebremos diariamente la Pascua meditando asiduamente todas estas cosas. La importancia que concedemos a estos días no debe ser tal que nos lleve a descuidar el recuerdo de la pasión y resurrección del Señor cuando cada día nos alimentamos con su cuerpo y sangre; con todo, en esta festividad el recuerdo es más brillante; el estímulo, más intenso, y la renovación, más gozosa, porque cada año nos coloca, como ante los mismos ojos, el recuerdo del acontecimiento.

Celebrad, pues, esta fiesta transitoria y pensad que el reino futuro ha de permanecer por siempre. Si tanto nos llenan de gozo estos días pasajeros en los que recordamos con devota solemnidad la pasión y resurrección de Cristo, ¡qué dichosos nos hará el día eterno en que le veremos a él y permaneceremos con él, día cuyo solo deseo y expectación presente ya nos produce alegría! ¡Qué gozo otorgará a su Iglesia, a la que, regenerada por Cristo, quita el prepucio -por hablar así- de su naturaleza carnal, es decir, el oprobio de su nacimiento! Por eso se dijo: Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados y el prepucio de vuestra carne, os vivificó con él perdonándoos todos los pecados. Pues como todos mueren en Adán, así también serán todos vivificados en Cristo. Por lo cual en el bautismo de Cristo se manifiesta lo que estaba oculto bajo la sombra de la antigua circuncisión; y el mismo quitar la piel de la ignorancia carnal pertenece ya a esa circuncisión no efectuada por mano humana. Pero cuando te vuelvas al Señor, dijo, desaparecerá el velo.
(SAN AGUSTÍN,Sermones (4), Sermón 229 D, 1-2, BAC Madrid 1983, XXIV, pág. 310-12)


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Aplicación: San Luis Bertrán - "Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí" Marcos 16,6

1.- Supliquemos a la Virgen gloriosa, que tan alegre y regocijada está el día de hoy que nos alcance la gracia, diciéndole: Ave Maria.

2.-Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Estas palabras son las que un ángel, enviado por Dios a dar testimonio de la resurrección de Cristo, dirigió a unas mujeres que habían ido al sepulcro a buscar al Salvador difunto. Y quiso decirles que no buscasen entre los muertos, al que ya vivía para siempre, pues había resucitado.

3. Este misterio de la resurrección de Cristo es importantísimo para que vivamos bien como gente que espera otra vida; produce al mismo tiempo una grandísima alegría, porque como os decía esta mañana2, con él se nos confirman todas las misericordias del Señor; pero es igualmente dificultosísimo para ser creído. Los filósofos de Atenas que escuchaban de muy buena gana a San Pablo predicar, cuando vino a hablarles de que Cristo había resucitado de entre los muertos, no le dejaron pasar adelante, porque consideraron este hecho como imposible (cfr. Hch 17,32). Y aunque después de diligentísima inquisición algunos filósofos alcanzaron a entender que el alma es inmortal y que existen razones naturales que persuaden de ello, sin embargo el que un muerto resucite a una vida inmortal, lo han considerado siempre imposible, naturalmente hablando, porque según sus principios filosóficos es imposible que lo que se ha corrompido una vez luego vuelva a tener el mismo ser. Ahora bien, toda nuestra fe depende de creer esta verdad, según lo que enseña San Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, pues todavía estáis en vuestros pecados. Por consiguiente, aun los que murieron creyendo en Cristo, están perdidos sin remedio. Si nosotros sólo tenemos esperanza en Cristo mientras dura nuestra vida, somos los más desdichados de todos los hombres (1 Co 15,17-19). De donde se sigue que el Salvador del mundo tuvo mucho cuidado en manifestar su resurrección a os Apóstoles, para que ellos nos la predicasen a nosotros después.

4. En esto se ocupó no sólo el día de la resurrección, sino durante lo cuarenta días que transcurrieron hasta su Ascensión, tal como nos lo refiere San Lucas: A los Apóstoles se les manifestó también después de su Pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles en el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al Reino de Dios (Hch 1,3). Es decir, que les dio muchas señales por las que pudiesen entender que, quien había muerto tan cruelmente, era el mismo que ahora había resucitado gloriosamente. Entre los argumentos que les dio, dos son los principales.

Uno, el testimonio de los ángeles; el otro, el testimonio de las Escrituras con las cuales probó Cristo a sus discípulos este misterio, como veremos mañana.

5. Hoy nos presenta el Evangelio el testimonio de los ángeles. ¿Y por qué ninguno de nuestra Señora? ¿Cuál es la causa por la que ella nada dice acerca de este misterio? No cabe duda de que la primera en ver a Cristo resucitado fue María Santísima. ¿Por qué, entonces, no nos dice ella nada sobre ello? Es sabido que el testimonio de las madres en lo que toca a la honra de sus hijos, aunque sea verdadero, es tenido por sospechoso. De ahí el que, aunque ella fue la primera en conocerlo y con más certeza que nadie, los evangelistas no mencionen para nada su testimonio.

6. Como decíamos, hoy San Marcos nos presenta el testimonio de los ángeles. Y dice el evangelista que, pasado el sábado, esto es, el día en que no era lícito a los judíos emplearse en ningún ministerio corporal, y pasada la fiesta, la cual se acababa al anochecer, las tres Marías, la Magdalena, como capitana, y la madre de Santiago el menor y la madre de San Juan, compraron aromas para ir al sepulcro y ungir el cuerpo de su dulcísimo Maestro. Se levantaron antes del amanecer, y tengo para mí que no necesitaron que nadie las despertara, sobre todo la Magdalena, a la cual cada momento le parecía un año, para irse a prestar ese servicio a su Maestro, ya finado, y consolarse llorando a sus pies.

Llegaron al monumento cuando el sol estaba amaneciendo y las tinieblas de la noche no se habían despedido del todo. E iban por el camino con grande ansia, preguntándose: ¿Quién nos rodará la piedra de la puerta del sepulcro? (Mc 16,3).

7. Muchos y grandes misterios han advertido y declarado los santos padres en esta historia. A mí me basta ponderar el amor y la devoción de estas santas mujeres para confusión de mi tibieza y flojedad. Compraron especias aromáticas y ungüentos preciosos para ungir a Jesús. ¡oh benditas mujeres!, pero ¿no sabéis que Nicodemo vino con José de Arimatea a sepultar el cuerpo de vuestro Maestro, y trajeron como cien libras de especias aromáticas para embalsamarlo?¿No sabéis que lo envolvieron en una sábana limpísima y lo ataron muy bien, y así lo pusieron en el sepulcro? ¿Por qué de nuevo le traéis perfumes para ungirlo? ¿A qué viene esa diligencia? ¿Por ventura fue por no estar en casa e ir por las calles destrenzadas como las valencianas?

 Perdonad, señoras, que aunque me parece muy mal la costumbre que tenéis, no debía mencionarla hoy, pues estas mujeres del Evangelio fueron motivo de vergüenza para los hombres con la diligencia y cuidado que pusieron en visitar el sepulcro, y por eso merecieron ser las primeras en recibir la noticia de que Jesucristo había resucitado. La diligencia de la Magdalena y de sus compañeras no nació de liviandad, sino del grandísimo amor y de la grandísima caridad, pues la persona que de veras ama a otra, no puede reposar si no se emplea con sus propias manos en servir a quien quiere. No queda satisfecha ni contenta si no se señala en su servicio y da muestras en el exterior del amor que arde en su pecho. Por donde podéis entender muy bien, cuán pocos son los que de veras aman a Dios, pues son muy raros los que sienten ansias por señalarse en su servicio.

8. Fueron, pues, las santas mujeres a ungir de nuevo el cuerpo de su Maestro porque pensaron que quizás no estaba bien ungido; y la causa es porque el Viernes Santo, cuando bajaron a Cristo de la Cruz era muy tarde, y además su Madre lo detuvo mucho entre sus brazos besando las llagas de aquel sacratísimo cuerpo y lavándolas con las lágrimas de sus ojos. De tal suerte que hubo muy poco tiempo para ungirle antes de que sobreviniese la noche, en la cual, según la costumbre de los judíos, nadie podía ocuparse en semejantes obras. "No debe estar bien ungido nuestro Maestro, se decían las mujeres entre sí. Los hombres no lo harían tan cumplidamente como lo haremos nosotras. Por eso, vayamos, y unjámoslo de nuevo". ¡oh gloriosas Marías! ¿Y no tenéis miedo de ver y tocar con vuestras manos a un cuerpo muerto y tan desfigurado, como quedó el de vuestro Maestro? Muchas veces, los hombres tienen miedo de entrar en un cementerio y se les despeluznan los cabellos cuando ven el cuerpo de un difunto, aunque sea su hijo. ¿Y vosotras, siendo mujeres, no teméis de ir al sepulcro a reconocer al crucificado, y de tocar con vuestras manos su cuerpo?

9. ¡oh amor, y cuánta fortaleza y esfuerzo das a los que posees! El amor todo lo hace fácil, todo lo puede, todo lo vence. Estas mujeres amaron tanto a Cristo mientras estaba vivo, que no creían que pudiera causarles horror después de muerto. Se dirigen al sepulcro con toda diligencia. San Marcos precisa que vinieron al monumento al salir el sol (Mc 16,2). San Juan, por su parte, señala que el sepulcro estaba cerca de Jerusalén (cfr. Jn 19,42). ¿Y cómo es posible, señoras, que llegarais tan tarde al sepulcro?... ¿Y cómo queréis que no tardasen en llegar? Era imposible dejar de detenerse por el camino. Fueron por donde el Señor había pasado, y no pudieron menos de detenerse en cada estación, llorando de nuevo al recordar lo que el Señor allí había padecido. "¡oh, dice la Magdalena, que se me rompen las entrañas, porque aquí mi dulce Maestro topó con su Madre, y tanto ella como él sintieron un intenso dolor". "Aquí cayó con la Cruz nuestro Maestro", decía la otra, y no podían pasar de allí sin lamentarse y sentirlo de nuevo. Aquí se volvió a las hijas de Jerusalén, y les dijo: No lloréis por mí, más bien llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos (lc 23,28). Y como iban recorriendo las distintas estaciones, y lamentándose a cada paso, fue preciso que se detuvieran. ¿Y quién podrá contar las lágrimas que derramaron, los suspiros que dieron y los lamentos que expresaron al llegar adonde estaba la Cruz?

Esta es la razón por la que se retrasaron y llegaron al sepulcro cuando ya esclarecía el día. Y cuando se acercaban al sepulcro, decían entre sí: ¿Quién nos rodará la piedra de la puerta del monumento? (Mc 16,3). ¡oh santas mujeres! ¡Qué espantado me hacéis estar! Sabéis que la boca de la sepultura estaba cerrada con una piedra tan grande que diez de vosotras no podrían mover. Sabéis allende de esto que la puerta del sepulcro está sellada y protegida por unos guardas que no permiten a nadie que ose acercarse a él. ¿Y vosotras compráis ungüentos y vais tan decididas a ungir al difunto?

¿Cómo es posible que alcancéis lo que pretendéis, habiendo tantos impedimentos?... Pues, señores que me escucháis, no pretendáis importunar a estas mujeres. No porfiéis en hacer entrar en razón a las que se rigen por el amor. Porque si mucho les preguntáis, yo sé que os responderán: "Si no hay manera de poderlo ungir, por lo menos podremos tocar el sepulcro y llorando haremos compañía al que está allí encerrado". ¿Cómo?... "¿Tan crueles han de ser los guardas que no nos dejen llorar sobre el sepulcro del difunto, a quien verán que amamos tanto?" Por eso, señores, no disputemos con ellas; sigámoslas más bien por ver lo que les acaece, porque a quien lleva tan buenos deseos es imposible que Dios no lo favorezca. "¡oh, si viniese alguien, que nos abriese el sepulcro!", se decían ellas. Bien ven la dificultad, pero ésta no les hizo volver atrás. Tampoco vosotros, señores, volváis atrás por muchas dificultades que el demonio os ponga en el camino hacia Dios. Pues cuando a vosotros os falten las fuerzas, Dios suplirá. Abrid bien los ojos, porque Dios allanará todas las dificultades, como les acaeció a estas santas mujeres, que mirando hacia el sepulcro, vieron que la piedra que era muy grande, había sido rodada hacia un lado (Mc 16,4).

10.-¡oh qué batalla se desató en sus corazones entre sus diferentes afectos al ver que la piedra estaba quitada! Se maravillaron al no saber quién la había corrido. Se alegraron de ver que había desaparecido el impedimento que les permitía realizar su deseo de ungir el cuerpo de Cristo. Y por otra parte temieron no se lo hubiesen llevado. Y es que no hay amor que no sienta el recelo de perder aquello que ama. Este recelo les hizo acelerar el paso y meterse por la boca del monumento de soslayo. Entonces, dice el evangelista San Marcos, que se encontraron con un joven que estaba sentado a la derecha del monumento, vestido de blanco, y ellas se pasmaron al verle (cfr. Mc 16,5). El joven les dijo: "No os espantéis. Buscáis a Jesús Nazareno; pues ha resucitado". Al parecer, este ángel, en cuanto resucitó el Señor, vino como un terremoto y quitó la piedra que cerraba el monumento, no para que el Señor tuviese por donde salir, pues cerrado el monumento pudo resucitar el que nació cerrado el vientre de su Madre.

Y fue tan grande el espanto de los guardas, que cayeron en el suelo como muertos. Este ángel, que vino a darnos la noticia de la resurrección de Cristo, se apareció como un joven y con las demás particularidades que nos dice el evangelista, para darnos a entender el estado de la resurrección final que nos venía a revelar. Se apareció en forma de mozo alegre y en la edad florida de la vida, para denotar que la carne del Señor había florecido tal como lo había anunciado David: Floreció y resucitó mi carne, y así le alabaré con todo mi afecto (Sal 27,7); y también para darnos a entender que todos hemos de resucitar en el estado de la edad perfecta. No existirá ni la imperfección de la niñez, ni la de la vejez. Por otra parte, el ángel estaba sentado, para denotar el señorío que Cristo tiene sobre la muerte, y el señorío de su alma sobre el cuerpo, el cual todos lo obtendremos. Y estaba sentado a la derecha para darnos a entender que el que había resucitado era inmortal y poseía la vida eterna, de la misma manera que la tendremos todos cuando resucitemos. Y, finalmente, estaba vestido con vestiduras blancas y resplandecientes como la nieve, para darnos a entender la claridad del cuerpo de su Señor resucitado, conforme a la cual resucitarán también nuestros cuerpos.

11.- En cuanto lo vieron, como era una aparición del otro mundo, quedaron pasmadas, y más aún al ver que allí no estaba el cuerpo de su Maestro. Y al verlas el ángel en esta situación, las consoló en seguida diciéndoles: No temáis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde le pusieron (Mc 16,6). ¡oh dichosas mujeres! Y cuánta razón tenéis para alegraros pues habéis hallado mucho más de lo que buscabais y deseabais. Buscabais al Salvador muerto, y lo hallasteis resucitado. Así es, señores, que me escucháis. Buscad a Dios, que yo os aseguro que sentiréis más contento, no sólo en la otra vida sino en ésta, del que jamás pudisteis pretender. A algunos les parece que en el servicio de Dios todo es tristeza y desabrimiento. Eso hallaréis si servís al mundo y a vuestros apetitos, que os prometen descanso, y en cambio os enredan en grandes trabajos. Pensáis que en el servicio de Dios os hallaréis tristes y desconsolados. ¿Qué haré yo, decís, si dejo el juego, o si dejo aquella mujer? Y en realidad todo ocurre al revés. Nadie tuvo mayor consuelo que en servir a Dios. Por eso decía San Agustín: Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé 3.

12.-Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. ¡oh ángel glorioso! ¿Y por qué no les decís a estas mujeres dónde está el Señor a quien buscan? ¿Qué tienen que ver ellas con el lugar en donde estuvo? Lo único que desean es saber el lugar donde ahora está, pues si vinieron al sepulcro, no fue por ver éste, sino al difunto. ¿Por qué diferís el decirles en dónde está el Señor? Sin duda que no lo hizo por respeto, sino para aumentar en ellas el deseo de verle y hacerlas más dignas de adorarle. Luego añadió: Id, pues, a decir a sus discípulos, y a Pedro, que os precederá en Galilea. Allí lo veréis, como os lo dijo (Mc 16,7). Por Galilea ha de entenderse aquí un lugar que está en el Monte olivete.

13.- ¿Qué significa esto, ángel del cielo? ¿No hallasteis a otras personas, más que a estas mujeres, para que transmitieran la noticia de que Jesucristo había resucitado? ¿Es, acaso, porque ellas no sabrían callarse, pues son de tal condición que, si saben algo, revientan si no lo cuentan? ¿Es, acaso, porque son amigas de contar noticias y de oírlas?... Señoras, no es por nada de esto. Todo esto sería malicia. La razón fue para que recobrasen la honra que habían perdido. Mujer fue la que le trajo a Adán el manjar de la muerte; y por eso mujeres tenían que ser las que llevaran a los discípulos las nuevas de la vida. San Jerónimo afirma: Se les encarga a las mujeres que lo anuncien a los Apóstoles, porque por la mujer fue anunciada la muerte, y por la mujer tenía que anunciarse la resurrección a la vida4. Además, el ángel las envía a ellas y no a los hombres, porque no hubo hombre alguno que tuviese el ánimo y el valor que ellas tuvieron. Los amigos de Cristo estaban de tal manera encerrados que al menor ruido les parecía que todo el mundo se les echaba encima; y ellas, por el contrario, sin miedo a nada, muy de mañana salieron y se fueron al sepulcro. Y es que para Dios no hay hombre ni mujer. El que más le ama ése es el más favorecido y agradable a sus ojos.

14.-Id, pues, a decir a sus discípulos, y a Pedro, que os precederá en Galilea. ¿Y, por qué a San Pedro en particular? ... Porque Pedro no osaba contarse entre los discípulos de Cristo, porque le había negado. Escribe San Jerónimo: Se encarga que se lo digan en especial a Pedro, porque éste se juzgaba indigno de ser su discípulo después de haber negado por tres veces a su Maestro. Pero los pecados pasados no dejan huella, si se los detesta5. Como si dijera: "Decidle a San Pedro que lo cuento entre mis discípulos, pues ha llorado su pecado". Por tanto, pecadores, no desconfiéis de alcanzar misericordia, si detestáis la culpa, pues no hay quien busque de verdad la misericordia y no la halle. Si este Señor, que hoy resucita, tuvo misericordia del ladrón el día que estaba en la Cruz, con mucha mayor razón la hallará el pecador el día de la gloria. Si estando muriendo pudo alcanzar el ladrón que le perdonase, también alcanzará lo mismo el cristiano el día de la resurrección. Hoy es un día de gracia; un día propio para que Dios nos otorgue mercedes. Sale el Señor glorioso del sepulcro, y no hay que dudar que le verán los que vayan a Galilea, los que estuvieren de paso, los que mudaron su mala vida y trataron de pasarse al servicio de Dios. El les dará aquí, sin duda, la gracia, y después la Gloria, a la cual nos conduzca nuestro Señor Jesucristo. Amén
(SAN LUIS BERTRÁN, Obras y sermones, vol. II, pp.14-18)

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Apliclación: Benedicto XVI - Resucitó al tercer día

Queridos hermanos y hermanas:
"Et resurrexit tertia die secundum Scripturas", "Resucitó al tercer día según las Escrituras". Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.

Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el "santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado", como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al "tercer día", la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.

"La fe de los cristianos -afirma san Agustín- es la resurrección de Cristo". Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: "Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos" (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.

La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es "prueba segura", es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: "Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10, 9).

Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.
¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? "Si Cristo no resucitó, -decía el apóstol san Pablo- es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe" (1Co 15, 14).

Pero ¡resucitó!
El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es "el que vive" (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.

Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.
De modo especial en la octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria.

En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras (Lc 34, 32), nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.
Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados.

Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección.

Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros. De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.
(Homilía del Papa Benedicto XVI en la Audiencia General 26 de marzo de 2008)

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Ejemplos

“Te haré fusilar el viernes.......Domingo hablaremos de tu nueva religión.

Durante la revolución francesa un tal Larevelliére se presentó a Napoleón para persuadirle que le apoyase en el propósito de fundar una nueva religión. “Estoy dispuesto a ayudarte” respondió Napoleón, “pero, para sustituir el cristianismo por otra religión, será necesario que tú presentes argumentos convincentes en favor de ella. Por eso, hagamos así: viernes próximo por la tarde yo te haré fusilar y tú el domingo siguiente, por la mañana, resucitarás y volverás a verme. Podremos así ponernos de acuerdo.

El argumento decisivo de que la religión cristiana es la única verdadera, aunque todas son válidas para la salvación, es que su fundador, Jesucristo, resucitó de la muerte. De ningún fundador de religiones se testimonia que haya resucitado de la muerte. Sólo de Jesús se predica que apareció a sus discípulos y que su tumba se ha encontrado vacía.

Dios Padre dejó que crucificaran a su Hijo encarnado,, Jesucristo, pero lo resucitó de la muerte y garantizó, así, todo lo que Jesús había hecho y enseñado. Decía S.Pablo a los corintios: "Si Cristo no fue resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que creen ustedes......seríamos los más infelices de los hombres" (1 Cor 15,14.19)

 

 

 


(Cortesía: iveargentina.org y otros)

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