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Domingo  de Resurrección A - Iglesia del Hogar: En familia, como Iglesia doméstica preparamos la acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa festiva

 

Introducción a las lecturas

Reflexionemos los padres

Reflexionemos con los hijos

Relación con la Santa Misa

Vivencia familiar

Nos habla la Iglesia

Leamos la Biblia con la Iglesia

Oraciones

 

Recursos adicionales para la prepración

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Introducción a las Lecturas del Domingo  de Resurrección

Primera lectura: Hech 10, 34 a. 37-43

Esta lectura es muy apropiada para recordarnos que nosotros también somos testigos de la Resurrección de Cristo. Ayuda mucho compartir las experiencias, buenas y malas, de haber dado testimonio de nuestra fe en Jesús resucitado. También podemos entrenarnos en familia a dar testimonio porque es más fácil hacerlo en un ambiente favorable de acogida. Como consecuencia seremos más firmes aún ante el rechazo o la burla.

Segunda lectura: Col 3, 1-4

San Pablo nos ofrece unos criterios para que veamos si hemos resucitado no solamente por estar bautizados, por habernos confesado, por haber comulgado sino también para averiguar acerca de lo que pensamos. ¿Qué es lo que realmente estamos buscando en esta vida? Vale la pena de hacer un esfuerzo porque el premio será grande según la última frase de la lectura.

Evangelio: Jn 20, 1-9

Nosotros también en la oscuridad estamos buscando muchas veces al Señor resucitado. Y nos parece que solamente estamos encontrando un lugar vacío que no nos ilumina ni nos es una ayuda para crecer en la fe. Después de leer el Evangelio nosotros podremos también revisar un poco cuales son los signos que Jesús ha dejado en nuestra vida y que nos ayudan al descubrir que está resucitado.

Reflexionemos los padres

Decálogo para la Pascua

1. Vive con alegría tu existencia.
Si Jesús resucitó es porque, precisamente,
quiere traernos una transfusión de vida..
Secretos para ser felices.

2. No dejes que los acontecimientos
ni las dificultades puedan contigo.
Si Jesús pudo con su cruz;
¿por qué no vas a tener tú voluntad para hacerles frente?

3. Bríndate allá donde te encuentres.
No vale quien tiene, sino aquel que sirve.
Jesús se vació para que aprendiésemos una lección:
la grandeza está en ser solidario.

4. Si tienes rencor por algo y con alguien ¡olvídalo!
La Pascua, el paso del Señor,
nos ha dejado un camino limpio y despejado.
Limpiemos también el nuestro.

5. No seas incrédulo.
Asómate en este tiempo pascual a la belleza de la fe.
Si la tienes, no la pierdas. Si, por lo que sea, la tienes débil,
busca motivos y razones para recuperarla.

6. Escucha con atención la Palabra de Dios.
Su lectura te hará vibrar con el mismo ímpetu
con el que se estremecieron los Apóstoles o María.

7. Reza y da gracias a Dios por el fruto
de la Pascua: la Resurrección.
Teniendo tantos resortes para la alegría
y el optimismo, no tenemos derecho al desaliento:
¡Jesús nos acompaña!

8. Busca el lado positivo de tu vida.
No te castigues demasiado.
¡El Señor pagó ya un alto precio por nosotros!
Acéptate como eres y… aceptarás también a los demás.

9. Mira con ilusión al futuro.
No hay camino que no merezca la pena ser recorrido,
ni montaña que no pueda ser escalada.
Con la fe, y la mirada puesta en Dios, podrás conquistar
aquello que sea bueno para ti y para los demás.

10. Da gracias a Dios por lo que tienes e, incluso,
por aquello que –precisamente porque no te conviene– no alcanzas.
No siempre, lo que el paladar apetece,
es saludable para el cuerpo.

P. Javier Leoz

 

Reflexionemos con los hijos

DESPERTAD
Despertad, la vida nos ha tocado
La Vida ha salido a nuestro encuentro
Ascendió a la cruz, débil y fracasada
y, a los tres días, retorna gloriosa y eterna
¡DESPERTAD, LA VIDA NOS HA TOCADO!
Y, nuestra fe, se hace firme en esa misma vida
resucitada y resucitadora, alentadora y futura
resucitada y resucitadora, alentadora y futura
divina y esplendorosa.
Hoy, más que nunca, sentimos que todo cambia
Que la noche ya no es oscura ni definitiva
Que, al final del todo, una luz potente y luminosa
se abre para todo el que no desespera y aguarda
¡DESPERTAD, LA VIDA NOS HA TOCADO!
Cristo, el Hijo de Dios y de María,
ha bajado al abismo y traspasándolo
ha hundido todo su ser en lo que era temblor: la muerte
Cristo, el anunciado y esperado por profetas y reyes,
ha dinamitado con el poder de Dios
lo que era amenaza y cárcel segura para el hombre
¡DESPERTAD, LA VIDA NOS HA TOCADO!
Cantad y festejad, vitoread y saltad
porque, nuestra puerta de salida de este mundo
ya no está en la muerte ni tampoco en el absurdo.
Hoy, Cristo, ha resucitado y con su resurrección
nos trae vida, y de sobra, para todos los creyentes.
Despertad, hermanos, y anunciemos esta gran noticia
a todos aquellos que, aún conociéndola,
hace tiempo que la olvidaron o la dejaron adormecida.
Despertad, hermanos, y acerquemos
esta explosión de alegría y júbilo
a aquellos hombres y mujeres que necesitan
un poco de consuelo, de optimismo y de futuro.
¡DESPERTEMOS, CRISTO HA RESUCITADO!

 

Relación con la Santa Misa

El Señor Jesús resucitado se hace presente de manera especial cada vez cuando, durante la celebración eucarística, se proclama la Palabra de Dios y se convierte el pan en Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre.

Vivencia Familiar

Durante la octava de Pascua adoptamos la costumbre de los creyentes rusos. En lugar de saludarnos diciendo “hola”o “buenos días” decimos: “Cristo ha resucitado”, y el otro contesta diciendo: “Verdaderamente ha resucitado”.

Nos habla la Iglesia

MENSAJE URBI ET ORBI DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Domingo de Pascua, 2012

Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero

«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual).

Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.

Pero María Magdalena, como los otros discípulos, han tenido que ver a Jesús rechazado por los jefes del pueblo, capturado, flagelado, condenado a muerte y crucificado. Debe haber sido insoportable ver la Bondad en persona sometida a la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia injuriada por la venganza. Con la muerte de Jesús, parecía fracasar la esperanza de cuantos confiaron en Él. Pero aquella fe nunca dejó de faltar completamente: sobre todo en el corazón de la Virgen María, la madre de Jesús, la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche. En este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal. No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia. Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de la vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza una palabra que ya parecía vana.

Y he aquí que, al alba del día después del sábado, se encuentra el sepulcro vacío. Después, Jesús se manifiesta a la Magdalena, a las otras mujeres, a los discípulos. La fe renace más viva y más fuerte que nunca, ya invencible, porque fundada en una experiencia decisiva: «Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta». Las señales de la resurrección testimonian la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza: «Mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja».

Queridos hermanos y hermanas: si Jesús ha resucitado, entonces –y sólo entonces– ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo. Entonces Él, Jesús, es alguien del que podemos fiarnos de modo absoluto, y no solamente confiar en su mensaje, sino precisamente en Él, porque el resucitado no pertenece al pasado, sino que está presente hoy, vivo. Cristo es esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones. Y está presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada situación humana de sufrimiento e injusticia.

Que Cristo resucitado otorgue esperanza a Oriente Próximo, para que todos los componentes étnicos, culturales y religiosos de esa Región colaboren en favor del bien común y el respeto de los derechos humanos. En particular, que en Siria cese el derramamiento de sangre y se emprenda sin demora la vía del respeto, del diálogo y de la reconciliación, como auspicia también la comunidad internacional. Y que los numerosos prófugos provenientes de ese país y necesitados de asistencia humanitaria, encuentren la acogida y solidaridad que alivien sus penosos sufrimientos. Que la victoria pascual aliente al pueblo iraquí a no escatimar ningún esfuerzo para avanzar en el camino de la estabilidad y del desarrollo. Y, en Tierra Santa, que israelíes y palestinos reemprendan el proceso de paz.

Que el Señor, vencedor del mal y de la muerte, sustente a las comunidades cristianas del Continente africano, las dé esperanza para afrontar las dificultades y las haga agentes de paz y artífices del desarrollo de las sociedades a las que pertenecen.

Que Jesús resucitado reconforte a las poblaciones del Cuerno de África y favorezca su reconciliación; que ayude a la Región de los Grandes Lagos, a Sudán y Sudán del Sur, concediendo a sus respectivos habitantes la fuerza del perdón. Y que a Malí, que atraviesa un momento político delicado, Cristo glorioso le dé paz y estabilidad. Que a Nigeria, teatro en los últimos tiempos de sangrientos atentados terroristas, la alegría pascual le infunda las energías necesarias para recomenzar a construir una sociedad pacífica y respetuosa de la libertad religiosa de todos sus ciudadanos.

Feliz Pascua a todos.

 

Leamos la Biblia con la Iglesia

Lunes: Hech 2, 14.22-33; Mt 28, 8-15

Martes: Hech 2, 36-41; Jn 20, 11-18

Miércoles: Hech 3, 1-10; Lc 24, 13-35

Jueves: Hech 3, 11-26; Lc 24, 35-48

Viernes: Hech 4, 1-12; Jn 21, 1-14

Sábado: Hech 4, 13-21; Mc 16, 9-15

 

Oraciones

1. Oración pascual I de San Antonio de Padua

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Ustedes están aquí reunidos para celebrar la Pascua de la Resurrección; y por eso les suplico que, con el dinero de la buena voluntad, junto con las piadosas mujeres, compren los aromas de las virtudes. Con esos aromas ustedes pueden ungir los miembros de Cristo con la amabilidad de la palabra y el perfume del buen ejemplo. También les suplico que, pensando en su muerte, vengan y entren en el sepulcro de la contemplación celestial, en la que contemplarán al ángel del Eterno Consejo, el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre.

En la resurrección final, cuando venga a juzgar al mundo a través del fuego, se les aparecerá en su gloria, no diría diez veces, sino para siempre. Eternamente y por los siglos de los siglos, ustedes lo contemplarán como es, con El gozarán y con El reinarán.

Se digne concedernos esta gracia aquel Jesús, que resucitó de los muertos. A El sean el honor y la gloria, el imperio y el poder, en el cielo y en la tierra, por los siglos eternos.

Y todo fiel, en este día de júbilo pascual, diga: "¡Amén! ¡Aleluya!".

(Domingo de Pascua)

 

2. Oración pascual II de San Antonio de Padua

¡Dichoso, en cambio, aquel que arranca de si el corazón de piedra y toma un corazón de carne! (Ez 11, 19) - Afectado por las miserias de los pobres, él sufre con ellos y desea que su compasión llegue a ser el alivio de ellos y el alivio de ellos señale la destrucción de su avaricia. Si alguno tuviere en su huerta una planta estéril, sin duda la erradicaría desde la raíz y en su lugar plantaría otra que diera fruto. ¡La avaricia es el árbol estéril "¿Para qué ocupa la tierra? ¡Córtala!" (Lc 13, 7), desarráigala, y en su lugar planta la limosna, que te dará frutos de vida eterna.

Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

(La Resurrección del Señor II)

 

3. Oración pascual de nuestros días

Padre resucitado, que sienta la paz que me muestras,

Que no se cierren mis “puertas” por el miedo,

Que me aferre al Espíritu que me regalas,

Para vivir intensamente el compromiso de sentirme enviado…

Señor mío y Dios mío, perdona mis debilidades, mis dudas, mis temores…

Porque aun siendo a veces como Tomás, deseo buscarte, estar contigo…

Porque aunque me encierre en mis silencios o en mis ruidos, en mis comodidades o en mis ocupaciones…

Tú sabes cómo entrar en mi vida, como hacerla distinta, como insuflar aire en mis vacíos y oxigenar mi alma endurecida.

Que el Espíritu renovado de la resurrección,

Nacido de la victoria sobre la muerte y alimentado por el Amor más generoso…

Impulse mi fe, mi permanencia en Ti, y aliente el ánimo modesto de quien quiere quererte, seguirte y responderte, Padre…

Tu Amor es mi paz, mi paz es tu perdón, y tu perdón es mi camino de testimonio al amparo de tu Fuerza.

AMEN

(Fuente: Boletín de Pastoral Familiar)

4. Oración pascual de los niños
Señor Jesús, hoy estoy muy contento.Hoy todo el mundo está muy alegre y feliz porque Tú has vencido a la muerte;Tú has resucitado y has abierto el caminode la vida.¡Gracias Padre porque has resucitado a tu Hijo Jesús!Gracias, Jesús, porque los que creemosen ti, también un día resucitaremos contigo y viviremos para siempre.Nos alegramos con María, tu madre y nuestra madre, Madre de toda la Iglesia.

 



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