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Domingo 6 de Pascua A - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación



A su disposición

Directorio Homilético: Sexto domingo de Pascua

Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. sobre las tres lecturas

Comentario: Hans Urs von Balthasar - las tres lecturas

Comentario Teológico: San Juan Pablo II - Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual

Santos Padres: San Agustín TRATADO 74 - Acerca de las palabras "Si me aman, observen mis mandamientos" hasta "Permanecerá con ustedes y estará dentro de ustedes".

Santos Padres: San Agustín - Jn 14,15-21: Presente y futuro

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El que me conoce conoce al Padre

Aplicación: Eucaristía - Volveré

Aplicación: Adrien Nocent - Inhabitación

Aplicación: Alessandro Pronzato - Guardar mis mandamientos

Aplicación: P. Ervens Mengelle, I.V.E. - El Espíritu y el Reino de Dios

Ejemplos


La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo





Directorio Homilético: Sexto domingo de Pascua

CEC 2746-2751: la oración de Jesús en la Última Cena
CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, consolador/defensor
CEC 1083, 2670-2672: invocar al Espíritu Santo

LA ORACION DE LA HORA DE JESUS

2746 Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida "una vez por todas", permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la "hora de Jesús" sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

2747 La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración "sacerdotal" de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su "paso" hacia el Padre donde él es "consagrado" enteramente al Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

2748 En esta oración pascual, sacrificial, todo está "recapitulado" en El (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en El por su palabra, la humillación y la Gloria. Es la oración de la unidad.

2749 Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la "hora de Jesús" llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11. 13. 19. 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el Pantocrator. Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

2750 Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que él nos enseña: "Padre Nuestro". La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padrenuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el deseo de su Reino (la Gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su Designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el "conocimiento" indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo de la vida de oración


El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

228 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y "por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípul os y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.


388 Con el desarrollo de la Revelación se va iluminando también la realidad del pecado. Aunque el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento conoció de alguna manera la condición humana a la luz de la historia de la caída narrada en el Génesis, no podía alcanzar el significado último de esta historia que sólo se manifiesta a la luz de la Muerte y de la Resurrección de Jesucristo (cf. Rm 5,12-21). Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado. El Espíritu-Paráclito, enviado por Cristo resucitado, es quien vino "a convencer al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16,8) revelando al que es su Redentor.


Los apelativos del Espíritu Santo

692 Jesús, cuando anuncia y promete la Venida del Espíritu Santo, le llama el "Paráclito", literalmente "aquél que es llamado junto a uno", "advocatus" (Jn 14, 16. 26; 15, 26; 16, 7). "Paráclito" se traduce habitualmente por "Consolador", siendo Jesús el primer consolador (cf. 1 Jn 2, 1). El mismo Señor llama al Espíritu Santo "Espíritu de Verdad" (Jn 16, 13).


729 Solamente cuando ha llegado la Hora en que va a ser glorificado Jesús promete la venida del Espíritu Santo, ya que su Muerte y su Resurrección serán el cumplimiento de la Promesa hecha a los Padres (cf. Jn 14, 16-17. 26; 15, 26; 16, 7-15; 17, 26): El Espíritu de Verdad, el otro Paráclito, será dado por el Padre en virtud de la oración de Jesús; será enviado por el Padre en nombre de Jesús; Jesús lo enviará de junto al Padre porque él ha salido del Padre. El Espíritu Santo vendrá, nosotros lo conoceremos, estará con nosotros para siempre, permanecerá con nosotros; nos lo enseñará todo y nos recordará todo lo que Cristo nos ha dicho y dará testimonio de él; nos conducirá a la verdad completa y glorificará a Cristo. En cuanto al mundo lo acusará en materia de pecado, de justicia y de juicio.


1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16, 8-9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15,26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2,36-38; Juan Pablo II, DeV 27-48).


1848 Como afirma S. Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos "la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor" (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

La conversión exige la convicción del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: "Recibid el Espíritu Santo". Así, pues, en este "convencer en lo referente al pecado" descubrimos una "doble dádiva": el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito (DeV 31).



1083 Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las "bendiciones espirituales" con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y "bajo la acción el Espíritu Santo" (Lc 10,21), bendice al Padre "por su Don inefable" (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre "la ofrenda de sus propios dones" y de implorar que el Espíritu Santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo-Sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida "para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,6).


“Ven, Espíritu Santo”

2670 "Nadie puede decir: '¡Jesús es Señor!' sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al Camino de la oración. Puesto que él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante.

Si el Espíritu no debe ser adorado, ¿cómo me diviniza él por el bautismo? Y si debe ser adorado, ¿no debe ser objeto de un culto particular? (San Gregorio Nacianceno, or. theol. 5, 28).

2671 La forma tradicional para pedir el Espíritu es invocar al Padre por medio de Cristo nuestro Señor para que nos dé el Espíritu Consolador (cf Lc 11, 13). Jesús insiste en esta petición en su Nombre en el momento mismo en que promete el don del Espíritu de Verdad (cf Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13). Pero la oración más sencilla y la más directa es también la más tradicional: "Ven, Espíritu Santo", y cada tradición litúrgica la ha desarrollado en antífonas e himnos:

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor (cf secuencia de Pentecostés).

Rey celeste, Espíritu Consolador, Espíritu de Verdad, que estás presente en todas partes y lo llenas todo, tesoro de todo bien y fuente de la vida, ven, habita en nosotros, purifícanos y sálvanos. ¡Tú que eres bueno! (Liturgia bizantina. Tropario de vísperas de Pentecostés).

2672 El Espíritu Santo, cuya unción impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo Espíritu el que actúa en todos y con todos. En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia.

Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. sobre las tres lecturas

HECHOS 8, 5-8. 14-17:
Es una página hermosa de la expansión del Evangelio más allá de Jerusalén y de Judea:
- Y precisamente la persecución en la que ha perdido la vida Esteban servirá de ocasión providencial para que los mensajeros del Evangelio lleven la luz de la fe a nuevas zonas. Les había dicho el Maestro: "Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las Sinagogas. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra" (Mt 10, 17. 23).

- Fieles a esta norma del Maestro, los perseguidos en Jerusalén "se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria; e iban de un lugar a otro predicando la Palabra" (v 4). El diácono Felipe, el más cercano a Esteban (Act 6, 5) en ideología y en espíritu, huyendo de la persecución de Jerusalén se encamina a Samaria. Con su predicación y los milagros que la acompañan gana a los samaritanos a la fe en Jesús-Mesías (5-8). No será ésta la única vez en la historia de la Iglesia en que un plan de persecución y exterminio proyectado por los hombres queda trocado por la Providencia de Dios en plan de gracia y salvación. El Mensaje del Evangelio toma otros caminos. Los mensajeros se desinstalan porque el ímpetu del Espíritu los impele a nuevas conquistas.

- Aquella vez la persecución no iba directamente contra los Apóstoles (8, 1). Estos, más respetuosos con la Ley Mosaica y las Tradiciones que los helenistas, no son molestados en aquel motín que costó la vida a Esteban. Pedro, en su calidad de Pastor supremo, gobierna e inspecciona los nuevos núcleos ocomunidades cristianas que van surgiendo. Conocedor de los éxitos del diácono Filipo en Samaria, se dirige con Juan a la nueva Comunidad para administrar a los neófitos la Confirmación (16), completar la organización y desarrollo de la nueva Comunidad cristiana.

1 PEDRO 3, 15-18:
San Pedro adoctrina a los neófitos y les da normas de conducta para con los perseguidores.
- Bien que la persecución nace de la malicia o de la ignorancia de los perseguidores; mediante ella Dios realiza sus planes salvíficos (17) y trueca en bien lo que los hombres planean para mal. En la persecución se acrisola el cristianismo y brilla con destellos más fúlgidos la fe.

- Cuanto al comportamiento que el cristiano debe tener frente a los enemigos y perseguidores, San Pedro nos proporciona este magnífico programa:
a) Fe consciente, luminosa y radiante: "Siempre dispuestos a dar respuesta a quien os pregunte acerca de la esperanza que profesáis" (15). El cristiano no tiene otras armas que la verdad. Él la expone a vista de todos con hidalguía. Sin orgullo y sin complejos. El mensaje, del Evangelio presentado con nitidez desarma a quienes por ignorancia o prejuicios persiguen a los cristianos.
b) A la vez deben proceder con "suavidad y respeto (16a). La verdad se expone, no se impone. El buen cristiano, teólogo, apologista, misionero, testigo, mártir, a los no cristianos y aun a los que ni aceptan el Evangelio ni respetan a los fieles, él debe siempre amarlos y respetarlos. c) Conducta intachable: "Proceded siempre con buena conciencia" (16 b). Tal debe ser la luz de nuestra vida cristiana, que ella por sí sola disipe la niebla de todas las calumnias. Si nos atenemos a este programa seguro que la persecución no será dañosa a los fieles. La primera persecución, la que causó la muerte de Esteban, produjo al poco como fruto la conversión de Saulo, sin duda el más fiero de cuantos se oponían al Protomártir. El Concilio nos recuerda: "Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios (G. S. 44). La Iglesia sabe por fe y por experiencia de siglos: Etianpluresefficimurquotiesmetimur a vobis; semen est sanguis cristianorum. (Ter Apolog 5, 103.)

- Notemos también en la pericopa que hoy leemos dos testimonios que nos da Pedro de la divinidad de Cristo: a) Aplica a Cristo-Jesús lo que Isaías (8, 12) dice de Yahvé (15). b) Distingue en Jesús la doble naturaleza: la mortal de su carne y la Divina de su Espíritu (18).

JUAN 14, 15-21:
En el Discurso de despedida Jesús hace a sus discípulos preciosas promesas:
- Promesa de enviarnos el Espíritu Santo: Reitera Jesús esta promesa y denomina con varios títulos al divino Espíritu que el Padre nos dará y que morará siempre en nosotros (16). Es el Espíritu Paráclito: Consolador-Abogado-Defensor. Es el Espíritu de la Verdad (17). Es el Espíritu Santo (26). En el corazón de la Iglesia de Cristo y en el corazón de cada uno de sus fieles mora este divino Espíritu que es luz y verdad, gozo y vigor, santidad y vida inmaculada. Al impulso de este Espíritu la Iglesia y los fieles buscan y alcanzan metas de santidad y de expansión ilimitadas: QuiaDominusJesus, peccatitriumfater et mortis, ascenditsummacoelorum, Mediator Dei et hominum. (Praef.) El Resucitado asiste y está presente a su Iglesia. La victoria del Resucitado garantiza la fe de la Iglesia.

- Promesa de la presencia de Cristo: A la presencia sensible sigue una presencia espiritual y mística, más rica aún que la sensible: "No os dejaré huérfanos; vuelvo a vosotros" (18). Jesús vive glorificado. Y por la fe, el amor y, sobre todo por la Eucaristía, vive en nosotros. Este círculo de amor, de gozo y de vida nunca se interrumpirá: "Yo en el Padre-Vosotros en Mí-Yo en vosotros" (20).

- Promesa del amor del Padre: "El que me ama será amado por mi Padre" (21). El amor del Padre nos llega por Cristo. Un amor tan sincero, seguro y cálido que el Padre hace de nuestras almas su cielo, su más gozosa morada (23).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 125-128)

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Comentario: Hans Urs von Balthasar - las tres lecturas

1. Bautismo y confirmación.
La primera lectura puede desconcertarnos un poco, pues en ella se dice que en Samaría había hombres que estaban bautizados porque habían aceptado la fe en la palabra de Dios, pero todavía no habían recibido el Espíritu Santo. Y sólo reciben el Espíritu Santo cuando los apóstoles que bajan de Jerusalén les imponen las manos. Ciertamente con esto no se niega que el Espíritu Santo se confiere normalmente con el bautismo, pero aquí se ve claramente que bautismo y confirmación son dos articulaciones diferentes de un único proceso, y que la Iglesia pudo considerarlos como dos sacramentos (cfr. también la teoría de algunos Padres de la Iglesia según la cual los herejes conferirían un bautismo válido, pero sin poder comunicar el Espíritu Santo en él; hoy ya no compartimos esta opinión). Por lo demás, la presencia de Pedro y Juan asegura la unidad de los bautizados en Samaría con toda la Iglesia: Samaría era para los judíos un país herético.

2. El Espíritu de la verdad.
En el evangelio, Jesús, a punto de separarse ya del mundo visible, promete a los que permanezcan en su amor «el Espíritu de la verdad». Jesús se había designado a sí mismo como «la verdad», en la medida en que en él -en su vida,muerte y resurrección- se revela la esencia del Padre de un modo perfecto y definitivo: sólo mediante el destino humano de Jesús se ha demostrado como verdadera la afirmación de Jesús de que «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), nada más que amor, y que todos los demás atributos no son sino formas y aspectos de su amor. Los discípulos no podían comprender esta verdad que Cristo es y manifiesta en su vida, antes de que «el Espíritu de la verdad» descendiera sobre ellos. «Entonces», les dice Jesús, comprenderéis la unidad del amor entre el Padre y el Hijo, y la unidad entre Cristo y los hombres que aman. Esta unidad es el Espíritu, y él es el que la crea. Esta unidad exige a los hombres admitidos en el amor de Dios vivir totalmente para el amor, pues de lo contrario no podrían ser introducidos por el Espíritu en el amor divino. La gracia siempre contiene también la exigencia de acogerla y corresponderla.

3. Dar razón.
Lo que la segunda lectura exige del cristiano, que «esté siempre pronto a dar razón de su esperanza», no es sino la consecuencia de lo dicho en el evangelio. El cristiano debe mostrar con su vida que el Espíritu de la verdad le anima en todo. No se trata de afirmar con prepotencia y arrogancia que se posee la verdad; nuestra respuesta a los que nos preguntan debemos darla más bien con «mansedumbre y respeto». Con mansedumbre, porque nosotros no somos los dueños de la verdad, sino que ésta nos ha sido dada; y con respeto, porque necesariamente hemos de ser respetuosos con la opinión de los demás y con su búsqueda de la verdad. Por lo demás, la razón que debemos dar de nuestra esperanza no ha de consistir mayormente en discursos polémicos y en la manía de tener siempre razón, sino en estas dos cosas: en una «buena conducta» ante la que deben quedar confundidos los que nos «calumnian», y en el «padecimiento» por amor a la verdad, porque así nos asemejaremos más a la verdad que confesamos: también Cristo, el justo (y nosotros no lo somos), murió por los injustos; y el mejor testimonio que podemos dar de él es imitarle en esto como en todo. Y este testimonio puede costarnos finalmente «la carne», es decir, la vida terrestre, pero precisamente así, junto con el testimonio de Cristo, «volverá a la vida por el Espíritu».
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 67 s.)

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Comentario Teológico: San Juan Pablo II - Promesa y revelación de Jesús durante la Cena pascual

3. Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció a los apóstoles " otro Paráclito " (Jn.14,16).16 El evangelista Juan, que estaba presente, escribe que Jesús, durante la Cena pascual anterior al día de su pasión y muerte, se dirigió a ellos con estas palabras: " Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo... y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad " (Jn.14,13.16ss).17

Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo llama el Paráclito, y Parákletosquiere decir " consolador ", y también " intercesor " o " abogado ". Y dice que es " otro " Paráclito, el segundo, porque él mismo, Jesús, es el 18 primer Paráclito, al ser el primero que trae y da la Buena Nueva. El Espíritu Santo viene después de él y gracias a él, para continuar en el mundo, por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de salvación. De esta continuación de su obra por parte del Espíritu Santo Jesús habla más de una vez durante el mismo discurso de despedida, preparando a los apóstoles, reunidos en el Cenáculo, para su partida, es decir, su pasión y muerte en Cruz.

Las palabras, a las que aquí nos referimos, se encuentran en el Evangelio de Juan. Cada una de ellas añade algún contenido nuevo a aquel anuncio y a aquella promesa. Al mismo tiempo, están simultáneamente relacionadas entre sí no sólo por la perspectiva de los mismos acontecimientos, sino también por la perspectiva del misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que quizás en ningún otro pasaje de la Sagrada Escritura encuentran una expresión tan relevante como ésta.

4. Poco después del citado anuncio, añade Jesús: " Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho " (Jn.14,26).19 El Espíritu Santo será el Consolador de los apóstoles y de la Iglesia, siempre presente en medio de ellos-aunque invisible-como maestro de la misma Buena Nueva que Cristo anunció. Las palabras " enseñará " y " recordará " significan no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá inspirando la predicación del Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Espíritu Santo, pues, hará que en la Iglesia perdure siempre la misma verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro.
5. Los apóstoles, al transmitir la Buena Nueva, se unirán particularmente al Espíritu Santo. Así sigue hablando Jesús: " Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio " (Jn.15,26).20

Los apóstoles fueron testigos directos y oculares. " Oyeron " y " vieron con sus propios ojos ", " miraron " e incluso " tocaron con sus propias manos " a Cristo, como se expresa en otro pasaje el mismo evangelista Juan (1Jn.1,1-3; 4,14).21 Este testimonio suyo humano, ocular e " histórico " sobre Cristo se une al testimonio del Espíritu Santo: " El dará testimonio de mí ". En el testimonio del Espíritu de la verdad encontrará el supremo apoyo el testimonio humano de los apóstoles. Y luego encontrará también en ellos el fundamento interior de su continuidad entre las generaciones de los discípulos y de los confesores de Cristo, que se sucederán en los siglos posteriores.

Si la revelación suprema y más completa de Dios a la humanidad es Jesucristo mismo, el testimonio del Espíritu de la verdad inspira, garantiza y corrobora su fiel transmisión en la predicación y en los escritos apostólicos, 22 mientras que el testimonio de los apóstoles asegura su expresión humana en la Iglesia y en la historia de la humanidad.

6. Esto se deduce también de la profunda correlación de contenido y de intención con el anuncio y la promesa mencionada, que se encuentra en las palabras sucesivas del texto de Juan: " Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir " (Jn.16,12ss).23

Con estas palabras Jesús presenta el Paráclito, el Espíritu de la verdad, como el que " enseñará " y " recordará ", como el que " dará testimonio " de él; luego dice: " Os guiará hasta la verdad completa ". Este " guiar hasta la verdad completa ", con referencia a lo que dice a los apóstoles " pero ahora no podéis con ello ", está necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando pronunciaba estas palabras, era inminente.

Después, sin embargo, resulta claro que aquel " guiar hasta la verdad completa " se refiere también, además del escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo " hizo y enseñó ".24 En efecto, el misterio de Cristo en su globalidad exige la fe ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado. El " guiar hasta la verdad completa " se realiza, pues en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu Santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano. Esto sirve para los apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo " hizo y enseñó " y, especialmente, el anuncio de su Cruz y de su Resurrección. En una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo de esa misma historia.

7. Entre el Espíritu Santo y Cristo subsiste, pues, en la economía de la salvación una relación íntima por la cual el Espíritu actúa en la historia del hombre como " otro Paráclito ", asegurando de modo permanente la trasmisión y la irradiación de la Buena Nueva revelada por Jesús de Nazaret. Por esto, resplandece la gloria de Cristo en el Espíritu Santo-Paráclito, que en el misterio y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la presencia histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica, como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: " El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros " (Jn.16,14).25 Con estas palabras se confirma una vez más todo lo que han dicho los enunciados anteriores. " Enseñará ..., recordará ..., dará testimonio ". La suprema y completa autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada por la predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible, el Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta misión esté relacionada con la misión de Cristo y cuán plenamente se fundamente en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia sus frutos salvíficos, está expresado con el verbo " recibir ": " recibirá de lo mío y os lo comunicará ". Jesús para explicar la palabra " recibirá ", poniendo en clara evidencia la unidad divina y trinitaria de la fuente, añade: " Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros " (Jn.16,15).26 Tomando de lo " mío ", por eso mismo recibirá de " lo que es del Padre ".

A la luz pues de aquel " recibirá " se pueden explicar todavía las otras palabras significativas sobre el Espíritu Santo, pronunciadas por Jesús en el Cenáculo antes de la Pascua: " Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio ".27 Convendrá dedicar todavía a estas palabras una reflexión aparte.

2. Padre, Hijo y Espíritu Santo
8. Una característica del texto joánico es que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son llamados claramente Personas; la primera es distinta de la segunda y de la tercera, y éstas también lo son entre sí. Jesús habla del Espíritu Paráclito usando varias veces el pronombre personal " él "; y al mismo tiempo, en todo el discurso de despedida, descubre los lazos que unen recíprocamente al Padre, al Hijo y al Paráclito. Por tanto, " el Espíritu ... procede del Padre " 28 y el Padre " dará " el Espíritu.29 El Padre " enviará " el Espíritu en nombre del Hijo, 30 el Espíritu " dará testimonio " del Hijo.31 El Hijo pide al Padre que envíe el Espíritu Paráclito,32 pero afirma y promete, además, en relación con su " partida " a través de la Cruz: " Si me voy, os lo enviaré ".33Así pues, el Padre envía el Espíritu Santo con el poder de su paternidad, igual que ha enviado al Hijo,34 y al mismo tiempo lo envía con la fuerza de la redención realizada por Cristo; en este sentido el Espíritu Santo es enviado también por el Hijo: " os lo enviaré ".

Conviene notar aquí que si todas las demás promesas hechas en el Cenáculo anunciaban la venida del Espíritu Santo después de la partida de Cristo, la contenida en el texto de Juan comprende y subraya claramente también la relación de interdependencia, que se podría llamar causal, entre la manifestación de ambos: " Pero si me voy, os le enviaré ". El Espíritu Santo vendrá cuando Cristo se haya ido por medio de la Cruz; vendrá no sólo después, sino como causa de la redención realizada por Cristo, por voluntad y obra del Padre.

9. Así, en el discurso pascual de despedida se llega -puede decirse- al culmen de la revelación trinitaria. Al mismo tiempo, nos encontramos ante unos acontecimientos definitivos y unas palabras supremas, que al final se traducirán en el gran mandato misional dirigido a los apóstoles y, por medio de ellos, a la Iglesia: " Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes ", mandato que encierra, en cierto modo, la fórmula trinitaria del bautismo: " bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo ".35 Esta fórmula refleja el misterio íntimo de Dios y de su vida divina, que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, divina unidad de la Trinidad. Se puede leer este discurso como una preparación especial a esta fórmula trinitaria, en la que se expresa la fuerza vivificadora del Sacramento que obra la participación en la vida de Dios uno y trino, porque da al hombre la gracia santificante como don sobrenatural. Por medio de ella éste es llamado y hecho " capaz " de participar en la inescrutable vida de Dios.

10. Dios, en su vida íntima, " es amor ",36 amor esencial, común a las tres Personas divinas. EL Espíritu Santo es amor personal como Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto " sondea hasta las profundidades de Dios ",37 como Amor-don increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios " existe " como don. El Espíritu Santo es pues la expresión personal de esta donación, de este ser-amor.38 Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios, que solamente conocemos por la Revelación.

Al mismo tiempo, el Espíritu Santo, consustancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado) del que deriva como de una fuente (fonsvivus) toda dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante toda la economía de la salvación. Como escribe el apóstol Pablo: " El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado " (Rm.5,5).

16 Allonparakleton: Jn 14, 16.
17Jn 14, 13. 16 s.
18 Cf. 1 Jn 2, 1.
19Jn 14, 26.
20Jn 15, 26 s.
21 Cf. 1 Jn 1, 1-3; 4,14.
22 " La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo ", por lo tanto la
misma sagrada Escritura " se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita ": Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la
divina revelación, 11. 12.
2ªJn 16, 12 s.
24Act 1, 1.
25Jn 16,14.
26Jn 16, 15.
27Jn 16, 7s.
28Jn 15, 26.
29Jn 14, 16.
ª0Jn 14, 26.
ª1Jn 15, 26
ª2Jn 14, 16.
ªªJn 16, 7.
ª4 Cf. Jn 3, 16 s., 34; 6, 57; 17, 3. 18. 23.
ª5 Mt 28, 19.
ª6 Cf. 1 Jn 4, 8. 16.
ª7 1 Cor 2, 10.
ª8 Cf. S. Tomás De Aquino, SummaTheol. Ia, qq. 37-38.
ª9 Rm 5, 5.

 

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Santos Padres: San Agustín I TRATADO 74 - Acerca de las palabras "Si me aman, observen mis mandamientos" hasta "Permanecerá con ustedes y estará dentro de ustedes".

1. En la lectura del evangelio hemos oído estas palabras del Señor: Si me amáis, observad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceréis, porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros. Muchas son las cosas que hay que indagar en estas breves palabras del Señor; pero mucho es para nosotros buscar todas las cosas que hay que buscar en ellas o hallar todas las cosas que en ellas buscamos. No obstante, prestando atención a lo que nosotros debemos decir y vosotros debéis oír, según lo que el Señor se digna concedernos y de acuerdo con nuestra capacidad y la vuestra, recibid, carísimos, lo que nosotros os podemos decir, y pedidle a Él lo que nosotros no os podemos dar. Cristo prometió el Espíritu Santo a los apóstoles, pero debemos advertir de qué modo se lo ha prometido. Dice: Si me amáis, guardad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, que es el Espíritu de verdad, para que permanezca con vosotros eternamente. Este es, sin duda, el Espíritu Santo de la Trinidad, al que la fe católica confiesa coeterno y consustancial al Padre y al Hijo, y el mismo de quien dice el Apóstol: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. ¿Por qué, pues, dice el Señor: Si me amáis, guardad mis mandatos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, cuando dice que, si no tenemos al Espíritu Santo, no podemos amar a Dios ni guardar sus mandamientos? ¿Cómo hemos de amar para recibirlo, si no podemos amar sin temerlo? ¿O cómo guardaremos los mandamientos para recibirlo, si no es posible observarlos sin tenerle con nosotros? ¿Acaso debe preceder en nosotros el amor que tenemos a Cristo, para que, amándole y observando sus preceptos, merezcamos recibir al Espíritu Santo a fin de que no ya la caridad de Cristo, que ha precedido, sino la caridad del Padre se derrame en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado? Perversa es esta sentencia.

Quien cree amar al Hijo y no ama al Padre, no ama verdaderamente al Hijo, sino lo que él se ha imaginado. Porque nadie, dice el Apóstol, puede pronunciar el nombre de Jesús si no es por el Espíritu Santo. ¿Y quién dice Señor Jesús del modo que dio a entender el Apóstol sino aquel que le ama? Muchos lo pronuncian con la lengua y lo arrojan del corazón y de sus obras, conforme de ellos dijo el Apóstol: Confiesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Luego, si con los hechos se niega, sin duda también con los hechos se habla. Nadie, pues, puede pronunciar con provecho el nombre del Señor Jesús con la mente, con la palabra, con la obra, con el corazón, con la boca, con los hechos, sino por el Espíritu Santo; y de este modo solamente lo puede decir el que ama. Y ya de este modo decían los apóstoles: Señor Jesús. Y si lo pronunciaban sin fingimiento, confesándolo con su voz, con su corazón y con sus hechos; es decir, si con verdad lo pronunciaban, era ciertamente porque amaban. Y ¿cómo podían amar sino por el Espíritu Santo? Con todo, a ellos se les manda amarle y guardar sus mandatos para recibir al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no pudieran amar y observar los mandamientos.

2. No nos queda más que decir que el que ama tiene consigo al Espíritu Santo, y que teniéndole merece tenerle más abundantemente, y que teniéndole con mayor abundancia, es más intenso su amor. Ya los discípulos tenían consigo al Espíritu Santo, que el Señor prometía, sin el cual no podían llamarle Señor; pero no lo tenían aún con la plenitud que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían, porque aún no lo tenían con la plenitud con que debían tenerlo. Lo tenían en pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo tenían ocultamente, y debían recibirlo manifiestamente; porque es un don mayor del Espíritu Santo hacer que ellos se diesen cuenta de lo que tenían. De este don dice el Apóstol: Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado. Y no una, sino dos veces les infundió el Señor manifiestamente al Espíritu Santo. Poco después de haber resucitado, dijo soplando sobre ellos: Recibid al Espíritu Santo. ¿Acaso por habérselo dado entonces no les envió después también al que les había prometido? ¿O no es el mismo Espíritu Santo el que entonces les insufló y el que después les envió desde el cielo?

De aquí nace otra cuestión: por qué esta donación, que hizo manifiestamente, la hizo dos veces. Quizá en atención a los dos preceptos del amor: el amor de Dios y el amor del prójimo; y para que entendamos que al Espíritu Santo pertenece el amor, hizo esta doble manifestación de su donativo. Y si otra causa hubiera de buscarse, no por eso hemos de prolongar esta plática más de lo conveniente, con tal que tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto menos podremos hacerlo cuanto menos de El tengamos, y que lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más de El participemos. Por consiguiente, no sin motivo se promete no sólo al que no le tiene, sino también al que le tiene: al que no le tiene, para que le tenga, y al que ya le tiene, para que le tenga con mayor abundancia. Porque, si uno no pudiera tenerle más abundantemente que otro, no hubiera dicho Elíseo al santo profeta Elías: El Espíritu, que está en ti, hágase doble en mí.

3. Cuando Juan Bautista dijo que Dios no da el Espíritu con medida, hablaba del mismo Hijo de Dios, al cual no le fue dado con medida, porque en El habita toda la plenitud de la Divinidad. Ni aun el hombre Cristo Jesús sería el mediador entre Dios y los hombres sin la gracia del Espíritu Santo, pues El mismo afirma que en Él tuvo su cumplimiento aquel dicho profético: El Espíritu del Señor ha venido sobre mí; por lo cual me ha ungido y me ha enviado a evangelizar a los pobres. La igualdad que tiene con el Padre, no la tiene por gracia, sino por naturaleza; pero la elevación del hombre a la unidad de persona en el Unigénito no es efecto de la naturaleza, sino de la gracia, como lo atesta el Evangelio, diciendo: Mas el Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en El. A todos los demás se les da con medida, y después de dado se les vuelve a dar, hasta llenar en cada uno la medida de su perfección. Y por esta razón exhorta el Apóstol a no saber más de lo que conviene saber, sino saber con moderación según la medida de la fe que Dios ha distribuido a cada uno. No se divide con esto el Espíritu; se dividen los dones dados por el Espíritu, porque hay diversidad de dones, pero el Espíritu es siempre el mismo.

4. Con estas palabras: Yo rogaré al Padre y Él os dará otro paráclito, declara que también Él es Paráclito, que en latín quiere decir abogado. Y de Cristo se ha dicho que tenemos por abogado ante el Padre a Jesucristo, justo. Y en este sentido dijo que el mundo no era capaz de recibir al Espíritu Santo, conforme lo que estaba escrito: La prudencia de la carne es enemiga de Dios, porque no está ni puede estar sometida a la ley; como si dijera que la injusticia no puede ser justa. Llama mundo en este lugar a los amadores del mundo, cuyo amor no procede del Padre. Y, por lo tanto, el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es contrario al amor de este mundo, que tratamos de disminuir y desterrar de nosotros. El mundo, pues, no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce, porque el amor mundano no tiene esos ojos espirituales, sin los cuales no es posible ver al Espíritu Santo, que es invisible a los ojos de la carne.

5. En cambio, dice: Vosotros lo conoceréis, porque permanecerá con vosotros y estará dentro de vosotros. Estará dentro de ellos para permanecer con ellos; no permanecerá con ellos para estar en ellos, porque primero hay que estar en un lugar para permanecer en él. Pero para que entendiésemos que, al decir que permanecerá con vosotros, no era una permanencia semejante a la de un huésped en la casa, explicó esa permanencia añadiendo que estará dentro de vosotros. Es invisiblemente visible y no podemos conocerlo si no está dentro de nosotros. De este modo vemos dentro de nosotros nuestra propia conciencia; vemos el rostro de los otros, pero no vemos el nuestro; vemos, en cambio, nuestra conciencia y no vemos la de los otros. Pero la conciencia no tiene existencia fuera de nosotros, y el Espíritu Santo existe también sin nosotros y se da para estar dentro de nosotros. No obstante, no podemos verlo y conocerlo como debe ser visto y conocido si no está dentro de nosotros.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 74, 1-5, BAC Madrid 19652, 335-41)

 

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Santos Padres: San Agustín -  Jn 14,15-21: Presente y futuro

Dice el Señor: Todavía un poco y el mundo ya no me verá (Jn 14,19). ¿Qué decir? ¿Es que entonces le veía el mundo? En efecto, con el nombre de «mundo» quiere indicar a aquellos de quienes habló antes, diciendo con referencia al Espíritu Santo: A quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce (Jn 14,17). El mundo, es verdad, veía con los ojos de la carne a quien se había hecho visible mediante la carne, pero no veía a la Palabra que se ocultaba en la carne; veía al hombre, pero no a Dios; veía el vestido, pero no al hombre vestido. Mas como después, de su resurrección mostró a los discípulos también su carne, no sólo para que la vieran, sino incluso para que la tocaran, pero no quiso manifestarla a los que no eran de los suyos, quizá haya que referir a esta realidad las palabras: Todavía un poco y el mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo, y también vosotros viviréis (Jn 14,19).

¿Qué significa: Porque yo vivo, también vosotros viviréis? ¿Por qué se refiere a sí mismo en el presente y a ellos en futuro, sino porque les prometió que poseerían también la vida del cuerpo, pero un cuerpo resucitado, cual aquella en la que él les iba a preceder? Y como estaba tan próxima su resurrección, utilizó el presente para indicar esa inmediatez; refiriéndose a ellos, en cambio, no dijo: «vivís», sino viviréis, puesto que la suya se difiere hasta el fin del mundo.

De una manera breve y discreta, usando respectivamente el presente y el futuro, prometió las dos resurrecciones: la suya, que había de realizarse en breve, y la nuestra, que tendrá lugar al fin del mundo. Porque yo vivo -dice-, también vosotros viviréis: porque vive él, por eso viviremos nosotros también. Pues por un hombre entró la muerte y por un hombre entrará la resurrección de los muertos; y así como en Adán mueren todos, así todos volverán a la vida en Cristo. En efecto, nadie muere sino por Adán y nadie vive, sino por Cristo. Por haber vivido nosotros nos hallamos muertos; por vivir él, viviremos. Estamos muertos para él cuando vivimos para nosotros; pero dado que murió por nosotros, él vive para él y para nosotros. Y, por vivir él, viviremos nosotros también. Nosotros pudimos darnos la muerte, pero no podemos darnos de igual modo la vida.

En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre y que vosotros estáis en mí y yo en vosotros (Jn 14,20). ¿En qué día, sino aquel del que dice: También vosotros viviréis? Entonces podremos ver lo que ahora creemos. También ahora él está en nosotros y nosotros en él; mas ahora lo creemos, entonces lo conoceremos. Y aunque ahora lo conozcamos por la fe, entonces lo conoceremos por la contemplación. Mientras vivimos en este cuerpo actual corruptible, que apesga al alma, somos peregrinos lejos del Señor, porque caminamos en la fe, no en la visión (2 Cor 5,6). Entonces, pues, le veremos en su realidad, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2). En verdad, si Cristo no estuviese también ahora en nosotros, no diría el Apóstol: Si Cristo está en nosotros, el cuerpo está ciertamente muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia (Rom 8,10). Que también ahora estamos nosotros en él, lo indica con claridad cuando dice: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos (Jn 15,5). Por consiguiente, en aquel día en que vivamos con la Vida, que absorbe a la muerte, veremos que él está en el Padre, nosotros en él y él en nosotros, porque entonces llegará a la perfección lo que ahora ha comenzado ya él, es decir, su morada en nosotros y la nuestra en él.

El que tiene mis mandatos y los observa es quien me ama (Jn 14,21): el que los tiene en su memoria y los observa en su vida; el que los tiene presentes en sus palabras y los observa en sus costumbres; quien los tiene porque los escucha y los observa practicándolos, o quien los tiene porque los lleva a la práctica y los observa perseverando en ellos. Ése es -dice- quien me ama. El amor debe manifestarse en las obras para que no se quede en palabra estéril. Y a quien me ame, le amará mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a mí mismo (Jn 14,21). ¿Qué significa amaré? Deja entender que le ha de amar entonces, pero que no le ama ahora. No ha de entenderse así. Pues ¿cómo podría amarnos el Padre sin el Hijo o el Hijo sin el Padre? Si su obrar es inseparable, ¿cómo pueden amar de forma separada? Pero dijo: Yo le amaré, para añadir: Y me manifestaré a él. Le amaré y me manifestaré: es decir, le amaré, para manifestarme a él. Al presente nos ha amado para que creamos y guardemos el mandato de la fe; entonces nos amará para que le veamos y recibamos la visión misma como recompensa de la fe. También nosotros le amamos ahora creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído.
(San Agustín, Comentarios sobre el evangelio de San Juan 75,2-5)

 


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - El que me conoce conoce al Padre

Dícele Felipe: Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta. Le dice Jesús: Felipe: hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y no me has conocido? El que me ha visto a Mi también ha visto al Padre (Juan XIV, 8-9).

Decía el profeta a los judíos: Tú tenias rostro de mujer descarada, puesto que tratas con todos en forma imprudente. Por lo visto, tal cosa puede con todo derecho decirse no sólo de aquella ciudad, sino de todos cuantos imprudentemente se oponen a la verdad. Como Felipe dijera: Muéstranos al Padre, Cristo le responde: Felipe: ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido? Y a pesar de todo, los hay: que tras de semejantes expresiones todavía separan las substancias de! Padre y del Hijo; y eso que no podrás encontrar vecindad más aceptada. No faltaron herejes que por ellas fueron a dar al error de Sabelio.

Por nuestra parte, dejando a un lado a unos y a otros, como opuestos impíamente a la verdad, examinamos el exacto sentido de las palabras. Felipe: hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y no me conoces? Tero qué es esto acaso eres tú el Padre por el cual yo pregunto? Responde Cristo: ¡No! Por eso no dijo: No lo has conocido; sino: :No me has conocido, queriendo declarar tan sólo que no es el Hijo otra cosa sino lo que es el Padre, pero permaneciendo Hijo. ¿Por qué se atrevió Felipe a semejante pregunta? Había dicho Cristo: Si me conocéis a Mí, también habéis; conocido al Padre. Y lo mismo había dicho varias veces a los judíos. Ahora bien, pues así los judíos como Pedro con frecuencia habían preguntado a Jesús quién era el Padre, y lo mismo había hecho Tomas, pero ninguno había recibido una respuesta clara, sino que aún ignoraban quién era, Felipe, para no parecer molesto, ni molestara Jesús tratándolo a la manera de los judíos, en cuanto dijo: Muéstranos al Padre, añadió enseguida: Y eso nos basta. Ya no preguntamos más.

Cristo había dicho: Si me conocéis a Mi también habéis conocido a mi Padre, de modo que El por Sí mismo manifestaba al Padre. Pero Felipe invirtió el orden diciendo: muéstranos al Padre, como si ya conociera a Cristo exactamente. Cristo no accedió, sino que lo volvió al camino, persuadiéndolo a conocer al Padre por el mismo Jesús. Felipe quería verlo con los ojos corporales, tal vez porque sabia que los profetas habían visto a Dios. Pero, oh Felipe, advierte que eso se ha dicho hablando al modo humano y craso. Por eso decía Cristo: a Dios nadie lo vio jamás; y también: Todo el que oye el mensaje des Padre, vosotros jamás habéis oído mi voz, ni jamás habéis visto mi rostro. Y en el Anticuo Testamento Nadie puede ver ml rostro y seguir viviendo. Qué le responde Cristo: Felipe: tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me has conocido? No le dice: Y no me has visto, sino: No me has conocido. Pero, Señor: ¿ es acaso a Ti a quien quiero conocer? Yo quiero ahora conocer a tu Padre ¿ y Tu me dices: no me has conocido? ¡No hay lógica en esto! U sin embargo la hay y muy exacta. Puesto que el Hijo es una misma cosa con el Padre, aunque permaneciendo Hijo, lógicamente Jesús manifiesta en Sí al Padre. Pero enseguida, distinguiendo las Personas, dice: El que me ha visto a Mi también has visto al Padre, para que nadie diga que una misma Persona es Padre y es Hijo. Si el Hijo fuera al mismo tiempo Padre, no diría: Quien a Mi me ve también a El lo ve.

Más ¿ por qué no le dijo: Pides un imposible para quien es puro hombre? ¡Eso sólo a Mí me es posible! Como Felipe había dicho: Eso nos basta, como si ya lo viera, Cristo le declara que ni a El mismo lo ha conocido; pues si hubiera podido conocer a Cristo habría conocido al Padre ya. De otro modo: Ni a Mi ni al Padre puede alguno conocernos. Felipe buscaba el conocimiento mediante la vista; y como pensaba. que ya conocía a Cristo, quería ver del mismo modo al Padre. Cristo le declara que ni a El mismo lo conoce.

Si alguien en estas palabras quiere entender por conocimiento la visión, no lo contradiré. Pues dice Cristo: El que me conoce, conoce también al Padre. Pero no es eco lo que quiere significar Cristo, sino demostrar su consubstancialidad con el Padre. Como si dijera: El que conozca la sustancia mía, conoce por lo mismo al Padre. Instarás: pero ¿qué solución es ésa? También el que ve las creaturas conoce a Dios. Sin embargo, todos ven las creaturas y las conocen, pero a Dios no. Investiguemos qué es lo que Felipe anhela ver. ¿Es acaso la sabiduría del Padre o su bondad? ¡De ninguna manera! Sino qué cosa es Dios en su misma sustancia. A esto responde Cristo: El que me ve a Mi. Quien ve las creaturas no ve la sustancia de Dios. Cristo dice: El que me ve ha visto al Padre. Si El fuera de otra sustancia no lo habría aseverado.

Para usar de un lenguaje más craso, nadie que no conozca el oro puede ver en la plata la sustancia del oro, puesto que es imposible conocer una naturaleza en otra distinta. De modo que con razón Cristo increpó a Felipe y le dijo: Tanto tiempo he estado con vosotros. Como si le dijera: Tantas enseñanzas has recibido, tantos milagros has visto realizados por mi autoridad propia, cosas todas privativas de la divinidad y que solamente el Padre hace, como la remisión de los pecados, la revelación de lo íntimo y secreto, las resurrecciones, la creación de los miembros hecha mediante un poco de lodo ¿y no me has conocido? Como estaba Cristo vestido de nuestra carne, dice: No me ayas conocido. ¿Has visto al Padre? No busques más. En Mí lo has visto. Si me has visto ya no investigues más con vana curiosidad: en Mi mismo lo has visto. ¿No crees que yo estoy con el Padre. Es decir: ¿que yo me presento en su misma sustancia? Las cosas que Yo os manifiesto no son invención mía. ¿Adviertes la suma vecindad y cómo son una misma y única sustancia? El Padre que mora en mi El mismo realiza las obras. Mira cómo pasa a las obras habiendo comenzado por las palabras. Lógicamente debió decir: El es quien pronuncia las palabras; pero es que toca aquí dos cosas: la doctrina y los milagros; o también quiere decir que las palabras mismas ya son obras.

Mas ¿cómo hace el Padre esas obras? Porque en otro lugar dice Cristo: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. ¿Por qué aquí dice que es el Padre quien las hace? Es para indicar con esto que no hay intermedio entre el Padre y el Hijo. Es decir: No procede el Padre de un modo y Yo de otro; puesto que en otra parte asegura: Mi Padre en todo momento trabaja y Yo también trabajo. En ese pasaje indica no haber ninguna diferencia, y aquí declara de nuevo lo mismo.

No te extrañes de que las palabras a primera vista parezcan algo rudas. Pues las dijo después de haber dicho a Felipe: ¿No crees? dando a entender que en tal forma atemperaba sus expresiones que arrastraran a Felipe a la fe. Conocía los corazones de sus discípulos. ¿Creéis que Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mi? Convenía que vosotros, en oyendo Padre e Hijo, no preguntarais más, para confesar enseguida ser ambos una sola y la misma sustancia. Pero si eso no os basta para demostrar la igualdad de honor y la consubstancialidad, aprendedlo recurriendo a las obras. Aquello de: quien me ha visto también ha visto a mi Padre, si se hubiera referido a las obras, no habría añadido ahora: A lo menos por las obras creedme.

Luego, declarando que puede no únicamente éstas, obras, sino otras mucho mayores que éstas, lo hace mediante una hipérbole. Porque no dice: Puedo hacer obras mayores que éstas, sino lo que es mucho más admirable: Puedo comunicar a otros el poder de hacer obras superiores a éstas: En verdad, en verdad os digo: El que cree en Mi hará también las obras que Yo hago; y aun mayores que éstas, porque Yo voy al Padre. Quiere decir: En vuestras manos estará en adelante hacer milagro, por que yo ya me voy.

Una vez que hubo conseguido con su discurso lo que intensa, dice: Y todo cuando pidiereis en mi nombre lo haré, para que sea glorificado el Padre en el Hijo. ¿Adviertes cómo de nuevo El es el que obra? Pues dice: Lo haré. Y no dijo: Rogaré a mi Padre, sino: Para que sea glorificado el Padre en Mi. En otra parte decía: Dios lo glorificará en Si mismo. En cambio aquí dice: El glorificará al Padre. Porque así, cuando se vea que el Hijo puede grandes obras, el Engendrador será glorificado.

¿Qué Significa: En mi nombre? Lo que luego los apóstoles decían: En nombre de Jesucristo, levántate y camina. Pues todos los milagros que ellos obraban era El quien los hacía; y la mano del Señor estaba con ellos. Porque dice: Lo haré. ¿Adviertes cl poder absoluto? Los milagros que mediante otros se verifican, El los hace; ¿y no podrá hacer los que El mismo obra si no es dándole poder el Padre? ¿Quién podría afirma tal cosa? Mas, ¿por qué añade esto? Para confirmar sus palabras y manifestar que las anteriores las dijo atemperándose.

Lo que sigue: voy al Padre, significa: No perezco, en mi propia dignidad permanezco; estoy en los Cielos. Todo esto lo decía para consolarlos. Como era verosímil que sintieran en su animo alguna tristeza, pues no tenían aún una noción justa de la resurrección, con variadas palabras les promete que ellos comunicarán a otros esas mismas cosas y continuamente cuida de ellos y les declara que El permanecerá siempre; y no sólo que permanecerá, sino que incluso demostrará un poder aún mayor.

En consecuencia, vayamos en pos de El y tomemos nuestra cruz. Pues aun cuando ahora no amenaza ninguna persecución: pero es tiempo de otro género de muerte. Porque dice Pablo: Mortificad vuestros miembros, que son vuestra porción terrena. Apaguemos la concupiscencia, reprimamos la ira, quitemos la envidia. Este es un sacrificio en víctima viva; sacrificio que no acaba en ceniza, ni se expande como el humo, ni necesita leña ni fuego ni espada. Porque tiene en sí el fuego y la espada, que es el Espíritu Santo. Usa de este cuchillo y circuncida todo lo inútil, todo lo extraño de tu corazón. Abre tus oídos que estaban cerrados. Porque las enfermedades espirituales y las perversas pasiones suelen cerrar las puertas de los oídos.

El ansia de riquezas no permite oír las palabras de la limosna. La envidia, si se echa encima, aparta las enseñanzas acerca de la caridad; y cualquier otra enfermedad de ésas torna al alma perezosa para todo. Quitemos, pues, esas malas pasiones. Basta con querello y todas se apagan. No nos fijemos, os ruego, en que el anhelo de riquezas es una tiranía. La tiranía verdadera la constituye nuestra apatía y pereza. Muchos hay que aseveran no saber qué cosa es la plata, puesto que semejante codicia no es innata y connatural. Las inclinaciones naturales se nos infunden desde el principio. En cambio, durante mucho tiempo se ignoró lo que fueran el oro y la plata.

Entonces ¿de dónde vino semejante codicia? De la vanagloria y de la extrema indolencia. Porque de las pasiones, hay unas que son necesarias, otras connaturales, otras que no son ni lo uno ni lo otro. Por ejemplo: las que si no se satisfacen perece la vida, son necesarias y connaturales, como la del alimento la bebida y el sueño. En cambio, el amor sensual de los cuerpos se dice connatural, pero no es necesario, puesto que muchos lo han superado ž no han perecido. Por lo que mira a la codicia del dinero, ni es connatural ni necesaria, sino adventicia y superflua.

Si queremos no nos dominará. Hablando Cristo acerca de la virginidad, dice: El que pueda entender que entienda. Pero acerca de las riquezas no se expresa lo mismo, sino que dice: El que no renunciare a todo lo que posee no es digno de mí. Cristo exhorta a lo que es fácil; pero en lo que supera las fuerzas de muchos lo deja a nuestro arbitrio. Entonces ¿por qué nos privamos de toda defensa? El esclavo de pasiones vehementes no sufrirá tan graves castigos; pero el que se hace esclavo de pasiones más débiles, queda sin posible defensa.

¿qué responderemos al Juez cuando nos diga: Me viste hambriento y no me diste de comer? ¿Qué excusa tendremos? ¡Objetaremos nuestra pobreza’ Pero no somos más pobres que la viuda aquella que venció en generosidad a todos con los dos óbolos que dio de limosna. Dios no exige en los dones la magnitud, sino el fervor de la voluntad; lo cual forma parte de su providencia. Admiremos su bondad y ofrezcamos, en consecuencia, lo que nos sea posible. Así, tras de alcanzar grande clemencia de parte de Dios, así en esta vida como en la futura, podemos disfrutar de los bienes prometidos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
(San Juan Crisóstomo, Homilía LXI-XIV)

 

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Aplicación: Eucaristía - Volveré

-No os dejaré desamparados. Volveré. Esta promesa de Jesús, de volver, no se refiere aquí, y en este contexto de despedida en la última cena, a su venida gloriosa al final de los tiempos, sino a su retorno a la vida, tras la muerte, en la resurrección. Por eso dice "dentro de poco", es decir tras los tres días de su muerte, aunque su vuelta no será notada por todos.

Por eso añade que el mundo no le verá. En efecto, consumada la crucifixión y el entierro, la gente le dio por muerto. Y aunque es verdad que los evangelios recogen el rumor entre los soldados y oficiales de la desaparición del cadáver, lo cierto es que los rumores se disiparon y se quedaron tranquilos, dándole por muerto y desaparecido. En cambio Jesús les asegura que ellos, los discípulos, sí le verán, porque ellos lo quieren y creen en él, y hace falta fe para poder ver al resucitado. La muerte es un hecho histórico y datable, pero la vida resucitada trasciende el tiempo y el lugar. Resucitar es morir a esta vida para empezar una vida distinta, inimaginable pues que aún no tenemos la experiencia. Se trata de otra vida, es decir, de otra forma de vivir, sin la limitación de esta vida mortal. Por eso en otras religiones recurre al mito de la reencarnación, es decir vidas sucesivas e indefinidamente.

-Jesús ha vuelto. Ha resucitado. Ese es el punto clave de nuestra fe. Creemos en Jesús, creemos que es Dios, es decir, creemos que murió y resucitó y vive para siempre. Y aunque confesamos en el credo que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, eso no es más que una expresión literaria para reconocer su igualdad con el Padre, es decir, que es verdadero Dios. Pues también creemos que vive y está con nosotros. La vida resucitada, la otra vida o vida eterna, no es como ésta que limita la presencia de los seres vivos en un solo lugar. El cielo no es el lugar donde está Dios y los santos y adonde esperamos ir. El cielo es estar con Dios, no el lugar, porque Dios es el colmo de nuestra felicidad.

-El Señor está con nosotros. Jesús vive y está con el Padre, pero también vive y está con nosotros. Vive y está en los sacramentos, que son acciones de Cristo, no nuestras, que somos meros instrumentos de la acción de Dios. Vive y está, especialmente, en medio de nosotros, reunidos en su nombre para celebrar la eucaristía, que es memoria de su muerte y de su resurrección.

Vive y está en su Palabra, que proclamamos y escuchamos, reconociendo y confesando que es Palabra de Dios. Vive y está con nosotros y en nosotros por su Espíritu, es decir, en espíritu y de verdad, por eso nuestras acciones son, deben ser, cristianas, como si fueran de Cristo, siguiendo su ejemplo, obedeciendo su palabra. Vive y está, además, en los pobres, en los que sufren, en los que trabajan por la justicia y la paz. Porque así ha querido identificarse con ellos.

-Tenemos que hacer ver a Jesús.
Nuestra misión como cristianos es ésa, ser como Cristo, continuar su obra, hacer que Cristo siga predicando y sanando enfermos y consolando a los afligidos. No basta con decir lo que dijo e hizo Jesús, hay que decir y hacer como él, para que sea conocido en el mundo entero, para que todos crean que vive y está con nosotros.

Por eso debemos acercarnos, especialmente, a aquellos colectivos a los que quiso acercarse Jesús, a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los excluidos de nuestra sociedad, como él lo hizo con los de la suya. Sólo así podemos dar fe de que Jesús sigue vivo. Sólo así todos los que no creen podrán llegar a creer. Porque hay que ver para creer. Y en este caso hay que ver nuestras buenas obras, para creer en el Padre del cielo.

-Tenemos que dar razón de nuestra esperanza.
San Pablo nos dice, en la carta que hemos leído, que glorifiquemos a Cristo en nuestros corazones, es decir, que en las obras que salen del corazón se vea la gloria de Cristo, y que estemos dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos pregunte. No hay que dar razones, ¿cómo podríamos darlas?, tenemos que dar razón, es decir, fe, testimonio, la única prueba posible, la de nuestra vida. Hoy precisamente la Iglesia llama nuestra atención, particularmente, sobre el colectivo de los enfermos, de los que sufren. El mundo está lleno de dolor. Y muchas veces los aquejados por la enfermedad se ven discriminados, mal tratados, abandonados, excluidos, separados como indeseables, sobre todo ciertos enfermos infecciosos, desahuciados, en fase terminal. Visitar a los enfermos, consolar a los que sufren, hacer compañía a los abandonados y olvidados, acompañar a aquellos de los que todos huyen, siguen siendo obras de misericordia, obras de Cristo, obras que pueden dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza, para que el mundo, por fin, crea.

-A veces hablamos de Dios y de Jesús, como si estuvieran lejos, en el cielo. ¿No nos dice nada el saludo de cada domingo: que el Señor esté con nosotros? ¿Notamos que está con nosotros? ¿Estamos con él? ¿Lo atendemos en la oración?

-Jesús vive y está activo en los sacramentos: ¿Cómo los recibimos? ¿Somos conscientes, al administrarlos, que Jesús actúa en nuestras acciones? ¿Nos sentimos tocados por la gracia de Dios?

-Jesús vive y habla en su palabra: ¿Cómo escuchamos el evangelio? ¿Cómo hubiéramos escuchado a Jesús en aquel tiempo...? ¿Leemos con asiduidad el evangelio? ¿Qué hacemos para que se trasluzca en nuestra vida y obras?

-Jesús vive y está en la comunidad: ¿Somos comunidad? ¿Qué es lo que tenemos en común? ¿Nos sentimos unidos en la fe, en la esperanza y en el amor? ¿Estamos disponibles para trabajar por nuestra comunidad? ¿O tenemos tantas obligaciones que no nos queda tiempo para convivir y compartir con los hermanos de la parroquia?

-Jesús vive y está en los pobres y en los enfermos: ¿Lo atendemos? ¿Nos olvidamos? ¿Lo esquivamos?
(EUCARISTÍA 1993/25)

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Aplicación: Adrien Nocent - Inhabitación

-Promesa de enviar el Espíritu
Cristo se dirige a los discípulos y a cuantos celebramos su eucaristía. En su discurso de despedida anuncia el envío del Paráclito y su propia vuelta al fin de los tiempos; se dirige a toda la Iglesia. Ella nos lo transmite hoy. Cristo nos da a conocer su testamento: permanecer fieles a sus mandamientos es la señal de que se ama a Jesús. San Juan permanece atento a transmitir estas palabras a la joven Iglesia cuyas dificultades y luchas ve. El tema de la inhabitación -"Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros"- es un tema querido en el evangelio de Juan. Es esclarecedor sobre el significado profundo de la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Unido a esta observancia de los mandamientos y a este amor, el tema del envío del Espíritu es fundamental. El sostiene la Iglesia. Se tiene la impresión de que el don del Espíritu está condicionado por la observancia de los mandamientos, señal del amor. El que será enviado será "otro Defensor", el Espíritu de la verdad. Estará siempre con vosotros. ¿Cuál será el papel de este Espíritu de la verdad? Dar a conocer cada vez con mayor profundidad los misterios de Cristo el significado de su vida, de sus palabras y acciones; al propio tiempo, dará a los cristianos fuerzas para vivir en un mundo que no les comprende ni ve lo que ven ellos. En efecto, Jesús insiste en ello: este Espíritu sólo puede ser recibido, visto y conocido por los que creen y guardan los mandamientos amando. Con respecto a éstos, el Espíritu está con ellos, vive en ellos. Enviar "otro Defensor" puede parecer una expresión extraña. Sin embargo, las palabras de Jesús se explican fácilmente. En su vida terrena, Jesús estaba presente junto a sus discípulos, ahora otro "Defensor" ocupará el lugar de Jesús y continuará su obra. Así que los discípulos no están huérfanos. Para el mundo, Cristo habrá desaparecido, pero los discípulos le verán; le verán vivo. Se trata del regreso de Jesús, en su resurrección. Se anuncia a los discípulos el regreso de Cristo resucitado, pero se anuncia al mismo tiempo la venida al fin de los tiempos. Sin embargo, no habría que detenerse en el hecho de una visión física de Cristo; porque se trata de una verdadera comprensión de lo que él es: conocerán que él está con el Padre y que los discípulos están en él y él con sus discípulos. Señalemos el modo solemne como anuncia Jesús estos hechos: "Entonces", aquel día; el día de la resurrección gloriosa de la Pascua; pero Cristo piensa también en su Iglesia, con la que seguirá viviendo hasta el día definitivo del reencuentro. Jesús se manifestará, pero sólo a los que le amen, es decir, a los que reciban la palabra y la cumplan.

-La imposición de las manos y el don del Espíritu
La 1ª lectura relata la imposición de las manos por los Apóstoles Pedro y Juan para el don del Espíritu. Es innecesario insistir en la relación entre esta lectura y el evangelio elegido para este día. Se trata de ese Espíritu de la verdad que permanece en nosotros y nos guía. Algunos habitantes de Samaría reciben la predicación de Felipe; Pedro y Juan van a Samaría y continúan la predicación de Felipe. Pero imponen las manos para dar el Espíritu a los que habían sido bautizados. La frase puede ser mal interpretada: podría creerse que el bautismo no confiere el Espíritu, como si no fuera el Espíritu quien hacía renacer del agua para el perdón de los pecados, sino que sólo lo confería la imposición de las manos; no precisan los Hechos de qué don particular se trata. Sin embargo, en Efeso, san Pablo bautiza a los que sólo habían recibido el bautismo de Juan, y luego les impone las manos para que reciban el don del Espíritu (Hech 19, 1-7). En nuestra lectura, esta recepción de la fuerza del Espíritu se traduce en una especie de testimonio. De todos modos, observamos la unión que existe entre bautismo y don del Espíritu, que mucho más tarde denominaremos "confirmación".

-Cristo resucitado, nuestra esperanza
La carta de Pedro alude a unas circunstancias penosas para los cristianos y a la difícil situación de éstos, rodeados de incomprensión, y quiere animar a los así perseguidos a dar razón de su esperanza. Hay que estar dispuestos a sufrir por haber practicado el bien. Y propone el ejemplo de Cristo muerto por los pecados, el justo por los injustos. Pero la elección del texto para la liturgia de este día parece haberse fundado en la acción del Espíritu, tema de las otras dos lecturas. El Espíritu resucita a Cristo en cuerpo glorioso y le da la victoria sobre las potencias del mal. Ese mismo Espíritu es nuestra esperanza, pues por él obtenemos nuestro nuevo nacimiento y nuestra participación en la vida divina, en la vida misma de Cristo. Cristo murió en su carne, participando así en lo que es lote común de la humanidad; pero el Espíritu le da un modo de vida nuevo. Esta es nuestra esperanza. También nosotros seremos transformados en un cuerpo glorioso, y las dificultades de este mundo y las persecuciones no deben asustar a ningún cristiano, pues eso constituye una participación en la victoria de Cristo.
(ADRIEN NOCENT, EL AÑO LITURGICO: CELEBRAR A JC 4, SEMANA SANTA Y TIEMPO PASCUAL, SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 217 ss.)

 

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Aplicación: Alessandro Pronzato - Guardar mis mandamientos

Para comprender la expresión de Jesús, es necesario evitar una interpretación de la palabra "mandamientos". No se trata de normas, leyes, prescripciones, prohibiciones. Es necesario superar una visión meramente legalista y jurídica para dar a la palabra "mandamientos" el sentido más amplio de "enseñanzas". Aquí se trata, en efecto, de la enseñanza de Jesús en su conjunto. No es una lista de rígidas disposiciones legalistas, sino un mensaje. No es un código, sino un evangelio. Y es precisamente este evangelio el que es "acogido" como palabra de Dios, y es "observado", o sea, debe hacerse principio inspirador de la conducta.

CR/AMADO: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos". "El que acepta mis mandamientos y los guarda. ése me ama". "Al que me ama, lo amará mi Padre". De estas frases precisamente brota la figura del cristiano. No es uno que está obligado a llevar pesos y a someterse a un yugo opresor. Es uno que recibe la invitación para inserirse en una comunión de vida, en una lógica de amor. Cristiano es. esencialmente, alguien que sabe que es amado. "Lo amará mi Padre".

Al llegar aquí, me parece que es oportuno detenernos en el aspecto típicamente "pasivo" de nuestra existencia cristiana. Quiero decir la experiencia de sentirse objeto de amor. En el NT, el amor de Dios se expresa con la palabra "ágape" (A. Nygrem, Eros y Agape). Cristo nos informa de que el comportamiento de Dios en relación al hombre no está puesto bajo el signo de la justicia distributiva, sino del ágape. O sea, no estamos en el campo de la retribución, sino en el amor que da.

A-D/GRATUIDAD: He aquí, pues, las características específicas de este ágape divino: -El ágape es espontáneo, gratuito, esto es, sin motivo, indiferente a los valores. Es inútil buscar una causa de amor de Dios en las cualidades del hombre. "Sin motivo" no significa carente de razón, sino sin motivo exterior. Esto es, el amor de Dios no se basa en un motivo extraño a él. El motivo del amor de Dios reside exclusivamente en Dios. Él ama porque su naturaleza es amor, y basta. He ahí, pues, el motivo en que se inspira Jesús cuando busca a los que están perdidos, frecuenta a los publicanos y pecadores; una conducta inexplicable e injustificada desde el punto de vista de la ley.

Con Cristo se revela un amor que no se deja determinar por el valor de su objeto, sino solamente por la propia naturaleza divina. Un amor "motivado" es un amor humano. Un amor sin motivo es divino. El ágape, por esta razón, es indiferente a los valores, a las cualidades. Dios ama al pecador no a causa del pecado, sino a pesar del pecado. Y ama a los justos, no ciertamente por su buena conducta. Si les amase por eso, su amor perdería las características de ágape, o sea, de espontaneidad, de gratitud.

El amor de Dios no se deja imponer por los límites del comportamiento del hombre. "Él hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos" (/Mt/05/45). Qué mala noticia sería para nosotros saber que Dios nos ama porque somos buenos y en cuanto somos buenos...

-El ágape es creativo: A-D/CREADOR: Dios no ama lo que, en sí, es digno de amor. Sino que, amando, confiere valor al objeto de su amor. O sea: lo que en sí está privado de valor, adquiere valor al hacerse objeto de amor divino.

Dios no me ama porque valga algo, porque tenga cualidades, méritos. Me hago precioso porque él me ama. El ágape no constata los valores. Los crea. No los verifica, no hace el inventario de ellos. ¡Los produce! Confiere valor amando. El ágape es principio creativo de valores.

-El ágape es siempre preferencial. El amor es una preferencia otorgada a una persona. Y Dios nos prefiere a cada uno de nosotros. Dios dice a cada uno: "Tú eres a quien prefiero". Para él cada uno de nosotros es un absoluto, no una minúscula parte de un todo.

-El ágape crea comunión: A/COMUNION. El amor no se resigna a las rupturas, a las divisiones, a la separación. Quien ama da siempre el primer paso para restablecer los contactos, anular las distancias. No espera a que se mueva el otro, que venga a pedir. Es Dios mismo quien pide, después de todas las infidelidades de su "patner", toma la iniciativa, viene al encuentro del hombre. Y ahora este amor espera una respuesta de nuestra parte.

"Queridos: si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros" (/1Jn/04/11). Advirtamos que Juan no dice: si Dios nos ha amado, también nosotros debemos amarle, sino "debemos amarnos unos a otros". O sea, la respuesta se transfiere al prójimo. Dios pone en su propia cuenta lo que nosotros "secuestramos" en términos de amor a los hermanos.

Nos podemos engañar pensando que amamos a Dios. Se puede permanecer en lo abstracto, en la zona vaga del sentimiento, o también nos podemos contentar con las palabras. No existe un instrumento capaz de medir la intensidad de nuestro amor a Dios. La verificación más segura, y más comprometida, se cumple mediante la caridad hacia el prójimo. Aquí no existe incertidumbre. Este es el campo en que no sólo nosotros, sino también los demás, pueden controlar si amamos de verdad a Dios. De otra manera, nuestra vida estaría bajo la enseña de la mentira.

A-DEO/A-H: "Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso" (/1Jn/04/19). Y concluimos con san Juan, que nos lleva, en su segunda carta, a la frase del evangelio de la que hemos partido: "Ahora tengo algo que decirte, señora. No pienses que escribo para mandar algo nuevo. Sólo para recordaros el mandamiento que tenemos desde el principio, amarnos unos a otros. Y amar significa seguir los mandamientos de Dios. Como oísteis desde el principio, este es el mandamiento que debe regir vuestra conducta" (2Jn/05-06).
(ALESSANDRO PRONZATO, EL PAN DEL DOMINGO CICLO A, EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1986.Pág. 93 ss.)

 

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Aplicación: P. Ervens Mengelle, I.V.E. - El Espíritu y el Reino de Dios

El evangelio que acabamos de escuchar nos permite retomar yprofundizar los elementos que hemos estado considerando losúltimos domingos acerca del Reino de los Cielos.

1 - Amistad = Alianza
En definitiva ¿qué es el Reino de los Cielos? Para decirlo conun término sencillo podemos decir que es la Familia de Dios.Familia que se constituye a través de un pacto que establece unamor de amistad (griego agape, distinto del amor eros). ¿Cómo semanifiesta o se expresa esa amistad? El signo más común de la amistad consiste en el intercambiode bienes (por ejemplo, regalos, tiempo, consejos...). Cuantomayor es el valor que tiene el don, es signo de una mayor amistad, de la intensidad del amor (e.g. regalar una joya, regalar algúnobjeto particularmente querido...). El máximo signo es el dar la vida (e.g. la entrega mutua de los esposos, que es una formaespecial de amistad, en la cual cada uno dona, en cierto sentido, lavida al otro: "daría mi vida por ti" se suele escuchar)El evangelio que acabamos de oír trata precisamente de estetema, de la amistad que existe entre Cristo y nosotros. Y nosseñala cuáles son los dones que se intercambian. ¿Qué don oregalo podemos hacer nosotros a Cristo? Nos lo dice Él, e inclusoinsiste mucho sobre esto. El texto del evangelio que acabamos deescuchar pertenece al Sermón de la Última Cena, es decir se tratade las palabras que Nuestro Señor dirige a sus amigos horas antesde marchar hacia el Calvario, es su testamento espiritual.

Por eso son particularmente importantes. Cristo quiere quecomprendamos bien qué hemos de hacer para mantener suamistad. Fijémonos cómo insiste Jesús en nuestro signo deamistad para con Él: tres veces Jesús señala que el signo del amorhacia Él es guardar sus mandamientos (14,15.21.23), y lo va areafirmar de manera más rotunda si cabe una vez más: Vosotros soismis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos... os hellamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,14-15). ¿Cuáles son sus mandamientos? Que os améis unos aotros como yo os he amado (15,12) y el mandato de perpetuar supropio ejemplo: haced esto en memoria mía (Lc 22,19).Esto es, entonces, nuestro don para Cristo. Ahora ¿cuál es eldon que Cristo nos hace a nosotros?

2 - El Don del Espíritu
Lo primero que uno piensa es que el regalo que nos haceCristo es su vida, lo cual no está del todo desacertado. Sinembargo, la entrega de su vida corporal es, en realidad, medio paraotro don más precioso si cabe y que es el que hoy promete: Yorogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito. Paráclito es un términogriego que significa "aquel que es llamado/invocado junto a otro"(en latín ad-vocatus, abogado, cf. 692). Designa al Espíritu Santo, tercera persona de la Santísima Trinidad. Es el don más preciosoque Cristo nos podía hacer porque se trata de una persona divinacomo Él mismo lo enseñó (cf. Lc 11,13; Don de Dios Altísimo lollama el antiguo himno "Veni Creator").

Este don es prometido por Cristo justo antes de ascender a loscielos (cf. Lc 24,49; Hech 1,4-5). San Juan, por su parte, nosseñala cómo la entrega de ese don se da por mediación de Cristo.Para indicar esto inventa una frase: inclinando la cabeza entregó el espíritu (Jn 19,30). Pareciera que se refiere a la muerte de Cristo, pero resulta que esa expresión dar el Espíritu no era usada en laantigüedad para indicar la muerte. O sea, san Juan la inventó.¿Con qué sentido? Precisamente para indicar otra cosa diversa dela simple muerte. Es que la muerte de Cristo sirvió para quenosotros recibiéramos el Espíritu Santo, vivificante, gracias al cualtenemos la vida eterna (lo que el domingo pasado Felipe le pidió aJesús: muéstranos al Padre). Cristo, dice san Pedro en la segundalectura, para llevarnos a Dios murió una sola vez por los pecados, el justopor los injustos, muerto en la carne, vivificado en el Espíritu (3,18).

Entonces, llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eternapara todos los que le obedecen añade la carta a los Hebreos (5,9)

Pero, leyendo el evangelio de hoy, encontramos una dificultad: ¿Por qué dice Jesucristo os dará si ya lo tienen? ¿Acaso no dice Élmismo: mora con vosotros y en vosotros está? El futuro "dará" indicaque se habla de una donación todavía no efectuada. No es, portanto, cualquier donación del Espíritu Santo; no es la quepodemos suponer había sido ya otorgada a los discípulos, individual y privadamente, en orden a su personal santificación (cf. Jn 13,10: vosotros estáis limpios). Jesús anuncia una donaciónencaminada al establecimiento del reino de Dios sobre la tierra. Ypor eso dice para que esté con vosotros para siempre, perpetuamente, hasta el fin de los siglos. Esta última expresión es unaconfirmación de que la presencia y ayuda del Espíritu Santo seránun favor otorgado, no a los discípulos personalmente, sino a lafutura Iglesia y señaladamente a sus ministros. Así tuvimosocasión de verlo hace algunos domingos cuando Jesús, soplandosobre los apóstoles dijo: recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis lospecados les quedan perdonados... (Jn 20,22s). Que eso era para laIglesia y no para los apóstoles individualmente se ve en el hechode que en ese momento Tomás no estaba presente, pero Jesús noreiteró la acción la segunda vez, cuando Tomás sí estaba presente; ya no hacía falta porque la Iglesia, de la cual Tomás era uno de losmiembros privilegiados, lo tenía.

3 - El Espíritu en la Iglesia
Jesús, entonces, deposita su Espíritu en la Iglesia y a ella lecompete ahora dárselo a los hombres. La primera lectura nosbrindó un ejemplo bien concreto. Allí se nos contaba cómo losapóstoles, al enterarse de que los samaritanos habían creído, bajaron y oraron para que recibieran el Espíritu Santo... Entonces lesimponían las manos y recibían el Espíritu Santo (cf. 1ª lectura).

Toda esta serie de elementos que engloba el gran Don que nosdio Cristo están expresados en la tercera parte del Credo: "Creoen el Espíritu Santo... la Santa Iglesia Católica... la comunión delos santos... el perdón de los pecados... la resurrección... la vidaeterna..." Todo esto es efecto de la acción del Espíritu Santo.Ya en el AT, el Espíritu Santo se manifestaba a su maneraguiando al pueblo elegido. Concretamente bajo la figura de lanube luminosa: "estos dos símbolos son inseparables en lasmanifestaciones del Espíritu Santo... La Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así unvelo sobre la trascendencia de su Gloria: con Moisés en lamontaña del Sinaí, en la Tienda de la Reunión y durante la marchapor el desierto; con Salomón en la dedicación del Templo".

En el NT con mayor razón se lo ve presente: "Él es quiendesciende sobre la Virgen María y la cubre con su sombra para queella conciba y dé a luz a Jesús. En la montaña de laTransfiguración es Él quien vino en una nube y cubrió con su sombra aJesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan... Esfinalmente la misma nube la que ocultó a Jesús a los ojos de losdiscípulos el día de la Ascensión..." (697).

La nube manifiesta y oculta al mismo tiempo. Es interesanteobservar, en relación con esto, que Jesús llama al Espíritu Santo, como escuchamos en el evangelio, Espíritu de Verdad. Verdad, engriego, significa etimológicamente, re-velación o bien recordación, o sea volver a traer al corazón algo (a-lethos). Por eso esque Jesús, va a añadir, tan sólo unos versículos más adelante losiguiente: el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en minombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho (Jn14,26).

Evidentemente, recibir al Espíritu de Verdad, Don de Cristo,exige de nosotros que abandonemos todo aquello que espropiedad del príncipe de la mentira, es decir toda mentira, malicia oengaño, que cuidemos de no dañar la fama o reputación de nadiecon juicios temerarios, maledicencia (chusmerío) o calumnias, que evitemos cualquier forma de halago o adulación que aliente en lamala conducta. ¿Qué no podríamos añadir aquí acerca del usodebido de los medios de comunicación social? ¿o de la injerencia indiscreta en la vida de las personas? (cf. 2475-2499). Y todavíatendríamos que añadir las faltas contra los juramentos sagrados, esdecir los sacramentos, en especial las faltas contra el matrimonio (cf. 2380-2391). Si no está en la intención del hombre evitar esaclase de acciones, entonces es absurdo que pretenda cualquierclase de relación con Dios (así lo señala claramente Sal 50,16-23).Por otro lado, evitar todo eso es simplemente amar como Cristonos amó a nosotros, pecadores (Ro 5,8; cf. 1Jn 4,10).

4 - Conclusión
El Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo nos dicesan Pablo (Ro 14,17). Pero para desearlo, como vimos el domingopasado, es necesario un corazón puro. "Sólo un corazón puropuede decir con seguridad: ¡Venga a nosotros tu Reino!... El que seconserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: ¡Venga tu Reino!" (San Cirilo de Jerusalén,2819). Y es que, como dice san Gregorio Magno, "todo aquelloque el Espíritu Santo llenare con su presencia, se eleva al deseo delas cosas invisibles; y como los corazones mundanos no deseansino las visibles, no lo recibe este mundo, que no sabe levantarsehasta el amor de lo invisible. Las almas mundanas tanto menosespacio dejan para recibir al Espíritu Santo cuanto más se dilatanpor sus deseos hacia las cosas exteriores" (cf. Cat. Aurea en Jn14,15-17). El hombre natural (= materialista, gr. psychikós) no capta las cosas del Espíritu de Dios (1Co 2,14).
(MENGELLE, E., El Padre y su reino, IVE Press, New York, 2007)


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EJEMPLOS

Comprendo muy bien cómo te sientes, porque tengo yo un Hijo único que también se ha hecho "cristiano".
El rabino Abraham tenía fama de santo y dejó este mundo rodeado del afecto de su comunidad. Cuando llegó a la otra vida, los ángeles quisieron agasajarle y ofrecerle un homenaje. Pero el rabino, afligido y como ausente, no quería ser agasajado. Finalmente lo condujeron ante el tribunal, donde se sintió rodeado de una infinita y amorosa benevolencia y oyó una Voz que le decía:
- ¿Qué es lo que te aflige, hijo mío?
- Oh, Señor -respondió el rabino-, yo no merezco estos honores. Aunque fuera considerado un ejemplo para los demás, tiene que haber algo malo en mi vida, y mi único hijo, a pesar de mi ejemplo, ha abandonado nuestra fe y se ha hecho cristiano.
Entonces el Padre Eterno le respondió:
- Eso no debe inquietarte, hijo mío. Comprendo muy bien cómo te sientes, porque tengo yo un Hijo único que también se ha hecho "cristiano".
(Esto dicen que le pasó a Teodoro Herzl, el fundador del sionismo).


Los tres Juanes
El hombre es un ser muy complejo, más de lo que parece. Todo hombre encierra en sí tres hombres distintos. Juan, por ejemplo. En él se da el primer Juan, el hombre que él cree ser. También el segundo Juan, lo que de él piensan los demás. Y existe un tercer Juan, lo que él es en realidad.
El primero se cree con derecho a todo. Es exigente con los demás, comprensivo consigo mismo. Justicia para los demás, misericordia para él.
Está también el segundo Juan. Todo su empeño es que la gente le estime, y sufre si se le desprecia. "¡Ay de vosotros que ambicionáis los primeros puestos y ser saludados... que realizáis obras para ser vistos!".
Y está, además, el tercero, el verdadero, lo que es ante Dios. Éste es el único que interesa, el que cumple el plan de Dios. "He aquí mi madre y mis hermanos, el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los Cielos".


Hijo de Dios; igual honor
El emperador Teodosio favorecía a los arrianos que negaban al Hijo eterno el honor debido a Dios. El obispo Anfiloquio fue a la corte y pidió una audiencia al emperador y al príncipe heredero, lo que le fue concedido. El obispo entró, se inclinó profundamente ante el emperador, pero al príncipe sólo le saludó como de paso. El emperador se indignó y le preguntó con vehemencia si no sabía cómo había de portarse con el heredero del trono. El obispo le contestó con calma: "¿Ves? Te enfadas si se niega a tu hijo el debido respeto. De un modo análogo el Padre eterno tampoco consiente que se niegue a su Hijo unigénito el mismo honor que a Él."


Confianza
En cierta ocasión se levantó en alta mar una tempestad aterradora que hacía bailar como un juguete un gran barco; los pasajeros, pálidos de espanto, corrían enloquecidos de un lado al otro. Las olas se levantaban espumosas... los bancos del buque crujían... Mas, en medio de tal espanto, un niño jugaba tranquilo en el camarote. -¿Es que tú no temes, pequeño? -¿Cómo voy a temer? El timón está en manos de mi padre. También el joven creyente, en medio de cualquier prueba, sabe a ciencia cierta que el timón de su vida está en manos de su Padre celestial, y porque lo sabe, conoce que ninguna desgracia podrá quebrantarle.

 

CARTA DE JESÚS
Querido Amigo: ¿Cómo estás?
Te escribo esta carta porque quiero decirte cuanto te amo y me preocupo por ti y cuán grande es mi deseo de ayudarte.
Te vi ayer hablando con tus amigos y a lo mejor querías hablarme también. Esperé todo el día. Al llegar la tarde te di una hermosa puesta de sol para cerrar tu día y una fresca brisa para tu descanso después de un día tan fatigoso y esperé... pero nunca viniste. Si claro, me dolió pero aun te amo y quiero ser tu amigo.
Te vi dormir anoche y quise tocar tu frente, envié rayos de luna que cubrieron tu almohada y tu cara, para ver si te despertabas para hablar contigo, pero no, seguías en tu sueño. ¡Tengo tantos dones que darte! pero en la mañana era tarde y te fuiste apresurado a trabajar. Mis lágrimas se mezclaron con la lluvia que caía.
Hoy te veo triste, preocupado, solo, ¡Tan solo! Mi corazón comprende. También mis amigos me abandonaron y me lastimaron, pero yo te amo.
¡Oh, si tan sólo me escuchara! ¡TE AMO! Trato de decírtelo por medio del cielo azul y de los verdes prados. Te hablo al oído a través de las hojas de los árboles y el olor de las flores. Grito en los riachuelos de las montañas, doy a los pajaritos cantos de amor solo para ti. Te visto con el calor del sol. Te perfumo el aire con el aroma de la naturaleza. Mi amor por ti es más profundo que el mar, pero mayor y más grande es mi deseo de hablar y caminar contigo.
Yo sé cuan duro es vivir en la tierra, realmente lo sé y quiero ayudarte, si tan sólo tú me dejaras, demostrártelo.
Quisiera que conocieras a mi Padre, el desea ayudarte también. Mi Padre es así, ya tú le conocerás y le amaras igual que yo.
Llámame a cualquier hora del día o de la noche, pues yo nunca duermo y siempre te responderé; pídeme lo que quieras que si es para tu beneficio, yo te lo daré, habla conmigo, desahoga tus angustias y ansiedades; que yo siempre tengo tiempo para ti. ¡Por favor no te olvides de mi, tengo tanto que compartir contigo!
Ya no te molesto más. Se que tienes mucho que hacer. Perdona que te haya tomado tanto tiempo, pero no podía esperar más sin dejarte saber que te amo y te espero
Tu amigo fiel,
JESÚS DE NAZARET


(cortesía de NBCD e ivearg.org)

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