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Solemnidad de Pentecostés A: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. - Sobre la Primera Lectura (Hechos 2, 1-11)

Exégesis: R.P. José Antonio Marcone, I.V.E. - Centralidad de Pentecostés en la obra de Lucas

Comentario Teológico: San Juan Pablo Magno - El testimonio del día de Pentecostés

Comentario Teológico a las 3 Lecturas

Comentario Teológico: ¿Qué es Pentecostés?

Santos Padres: San Gregorio Magno - "Recibid del Espíritu Santo"

Aplicación: Benedicto XVI - El Espíritu Santo es tempestad y fuego

Aplicación: Anónimo - También hoy el Espíritu está actuando en los creyentes

Aplicación: Gerardo Soler - Pentecostés

Aplicación: San Juan de Ávila - ¿Ha venido a ti este tal Consolador?

Aplicación: R.P. José Antonio Marcone, I.V.E. - Viento, fuego y paloma

Aplicación: Alessandro Pronzato - 'Con las puertas cerradas'

Aplicación: Hans Urs von Balthasar - 'El viento sopla donde quiere'

Ejemplos

Directorio Homilético: La Solemnidad de Pentecostés

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

 

 

COMENTARIOS A LA PALABRA DE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

 

 

 

 

Comentario Teológico a las 3 Lecturas

LA PRIMERA LECTURA (Hch 2,1-11),

LA SEGUNDA LECTURA (1 Cor 12,3-7.12-13)

EL EVANGELIO (Jn 20,19-23)

 

 

LA PRIMERA LECTURA (Hch 2,1-11),

 El relato de Pentecostés, es el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: «Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre... quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto»; Hch 1,5.8: «Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días... ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo»). Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. La efusión del Espíritu en Pentecostés, en efecto, marca el inicio de la misión de la Iglesia de la misma forma que el bautismo de Jesús indica el comienzo de la vida pública del Señor. En ambos casos se habla de un «descenso» del Espíritu (Lc 3,22: «El Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como de una paloma»; cf. Hch 2,3); se dona el Espíritu para la misión (Lc 4,18: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres»; cf. Hch 2,14-41); y en las dos ocasiones el descenso del Espíritu concluye un período de preparación e inaugura el de la actividad pública (cf. Lc 4,14-15).

El relato de Hechos 2 inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre «al llegar el día de Pentecostés» (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como «fiesta de las semanas» (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o «fiesta de la cosecha» (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua. Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí ligada al don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, por ejemplo, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36). Lucas añade: «estaban todos juntos en un mismo lugar» (Hch 2,1). Con esta indicación quiere sugerir que los presentes están unidos no sólo en un mismo sitio sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: «Mientras Jesús oraba.... el Espíritu Santo bajó sobre él»; Hch 1,14: «Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste»).

«De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban» (Hch 2,2). No obstante los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre «de repente» y, por tanto, en forma imprevisible y repentina. Es una forma de subrayar que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el hombre. El ruido llega «del cielo», es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de un ráfaga de viento impetuoso. El evangelista quiere describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con la misma palabra (hebreo: ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Basta pensar al gesto de Jesús en el evangelio de hoy, cuando «sopla» sobre los discípulos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo» (Jn 20,22), o a la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

«Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos» (Hch 2,3). Lucas se sirve de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un «fuego devorador» (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); «una hoguera perpetua» (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el hombre no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo». Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento, el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana. «Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse» (v. 4). La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los hombres a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia. El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los hombres que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El día de Pentecostés el Espíritu ha venido a perdonar y a renovar a los hombres para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos.

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra «les oía hablar en su propia lengua» (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

 

 

LA SEGUNDA LECTURA (1 Cor 12,3-7.12-13)

Pablo, utilizando un esquema trinitario, atribuye a Dios todos los dones espirituales que enriquecen y vitalizan a la comunidad cristiana. Del Espíritu Santo vienen los carismas (v. 4: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo»), del Señor Jesús la diversidad de ministerios (v. 5: «Hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo»), y del Padre la energía vital (v. 6: «pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos»). Y en el v. 7 afirma: «A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos». En cada miembro de la Iglesia se manifiesta el poder y la creatividad del Espíritu a través de la diversidad de dones y carismas, no para el uso privado sino para la construcción de la comunidad y para el servicio del prójimo en la caridad. El Espíritu es la fuente de los diversos dones. Bajo la acción del Espíritu la Iglesia se construye en la «unidad» a través de la «diversidad» de carismas y servicios. El Espíritu, por tanto, unifica diferenciando, y diversifica construyendo la unidad. El Espíritu reconcilia lo distinto y distingue en la comunión. Vive según el Espíritu quien promueve y valoriza la diversidad suscitada por él en función de la edificación del único Cuerpo del Señor, que es la Iglesia. En cambio, rechaza el Espíritu quien crea división, promueve la masificación y no es capaz de aceptar la diversidad.

 

 

EL EVANGELIO (Jn 20,19-23)

Jesús resucitado les comunica a los discípulos cuatro dones fundamentales: la Paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo. Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. Una única misión: la que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve también misión de la Iglesia para la cual el Señor dona su Espíritu. Jesús, como Dios cuando creó al hombre en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos en Ez 37, «sopló sobre ellos». Con el don del Espíritu el Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos comienza un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. Como «hombres nuevos», llenos del aliento del Espíritu, los discípulos deberán continuar la misión del «Cordero que quita el pecado del mundo»: la renovación de la humanidad como nueva obra creadora en virtud del poder vivificante del Resucitado.

 

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Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. - Sobre la Primera Lectura (Hechos 2, 1-11)

Resurrección-Apariciones-Ascensión, son ya Era del Espíritu Santo: 'Que después de la Resurrección se apareció visiblemente a todos sus discípulos y, ante sus ojos, fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad' (Pref.): San Lucas, que presentó a Jesús siempre dirigido por el Espíritu, presenta así ahora a su Iglesia:

- La Era Mesiánica era esperada como efusión de Espíritu Santo. Los Profetas así lo prometen: Joel es el más explícito: 'Derramaré mi Espíritu sobre toda carne. Obraré prodigios en los cielos y sobre la tierra' (Jl 3, 1). Y Habacuc nos describe la nueva Teofanía en luz y en fuego, en huracán y terremoto (Hab 3, 3). Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia, el comienzo de una nueva Era; el Padre y el Hijo nos envían al Espíritu Santo. La Era Mesiánica será la Era del Espíritu Santo. Se inicia con un diluvio de 'Fuego' (Espíritu Santo).

- Dios habla en 'signos' que es el mensaje que todos entienden. Los 'signos' que anuncian solemnemente la misión del Espíritu a la Iglesia son: Un ruido del cielo; un viento impetuoso; un diluvio de fuego en forma de lenguas ígneas. Este fragor celeste, este huracán, esta lluvia de fuego son expresivos símbolos de la llegada y de la obra que va a realizar el Espíritu Santo: Fragor celeste que despierta; Llama que enardece; Viento que eleva, espiritualiza; Fuego que ilumina, purifica, caldea. De hecho los Apóstoles, recibido el Espíritu, quedan transmudados, re-nacen. Son ya valientes, iluminados, puros, fieles, espirituales. A la luz del Espíritu Santo penetran el sentido de las enseñanzas de Cristo, hasta entonces enigmáticas para ellos.

- El don de lenguas, o 'glosolalia', es un carisma para alabar a Dios (cf. 1Cor 10, 14). Como en estado extático cantan los Apóstoles la Gloria de Dios en todas las lenguas. Los oyentes, a su vez, a la luz del Espíritu, los comprenden y se unen a ellos. Este fenómeno sobrenatural quiere demostrar que han cesado las disgregaciones (de lengua, raza, cultura, religión) que pesaban como maldición sobre los hombres (Gn 11, 19). El Espíritu Santo hará de todos los redimidos por Cristo un único Pueblo de Dios. La única condición para ser beneficiarios de esa gracia, de esa nueva creación, es la conversión y la fe: 'Convertíos y recibid el Bautismo en el nombre de Jesucristo en remisión de vuestros pecados. Y recibiréis el don del Espíritu Santo' (Hch 2, 38). Si el orgullo produjo discordia y frustración, la fe nos da armonía y salvación.


Sobre la Segunda Lectura (1Cor 12, 3-7. 12-13)
San Pablo nos presenta un cuadro muy interesante de la actuación interior del Espíritu Santo en las almas; y también de las manifestaciones carismáticas y maravillosas que enriquecieron desde los principios a la Iglesia y la mostraron: 'Sacramento universal de Salvación' (Lumen Gentium 48):
- El don de la fe y la confesión de la fe son gracias del Espíritu. Sin esta gracia no podemos llegar a la zona de la fe (3 b). A la vez, la gracia del Espíritu salvaguarda de todo error y desorientación nuestra fe (3 a). Si queremos que nuestra fe no sufra titubeos, confusionismos y desviaciones, pidamos humildemente la gracia del Espíritu Santo.

- En las primitivas Comunidades, en las que la jerarquía no podía actuar con la trabazón e institución que adquirió con el desarrollo de la iglesia, el Espíritu Santo suplía con una profusión de dones carismáticos los que hoy llama la teología: 'Gracias gratis datas'. Los carismas, de nuevo puestos de relieve por el Vaticano II, no se dan al fiel para su santificación, sino para el bien inmediato de la Comunidad (7). Fueron en las primeras Comunidades cristianas un factor importante para la consolidación de la fe y para su propagación. San Pablo nos da diferentes listas de los carismas más importantes (8-10; 12, 27-28; Rom. 12, 6-8; Ef. 4,11). Siempre insiste en que no se dan para provecho propio, ni menos para fomento de vanidad, ni como exhibicionismo religioso. Todos provienen del mismo Espíritu y van ordenados al bien de la Iglesia; y sobre todos ellos está la caridad, don esencial del Espíritu Santo, al que todos debemos aspirar y al que debemos valorizar más que los carismas.

- En la ordenación, y regulación y uso de los carismas hay que tener presente: al defender la unidad de la Iglesia no impidamos la diversidad de los carismas. Al respetar la diversidad de los carismas, no dañemos la unidad de la Iglesia. E ilustra su enseñanza con el símil del cuerpo humano: uno con variedad de miembros; pero en el que todos los miembros actúan en razón de la unidad. En el Cuerpo Místico, que es la Iglesia, el Espíritu es el Alma que lo informa, lo vivifica, lo santifica, lo vigoriza, lo unifica: 'Bautizados en un Espíritu para formar un Cuerpo' (13). 'Envió, Padre, al Espíritu Santo como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo' (Pleg. Euc. IV).


Sobre el Evangelio (Juan 20, 19-23)
San Juan nos da en este contexto la misión del Espíritu Santo que San Lucas describe en Pentecostés.

- El Resucitado se presenta a sus Apóstoles y les enseña las cicatrices de sus llagas, precio con el cual nos ha ganado el Espíritu Santo. Y les da el 'Signo' de la misión del Espíritu Santo: 'Sopla sobre ellos' (20). En hebreo, soplo y Espíritu se indican con la misma palabra.
- Con el don del Espíritu Santo les inunda de Paz: 'Paz a vosotros' (19. 20). 'Paz' en la Escritura es la síntesis de todos los bienes; y, ya en clave de Espíritu Santo, indica todos los dones, frutos y carismas del Paráclito. Los Apóstoles tendrán en todo primacía y plenitud.
- Para la Era del Espíritu Santo estaba prometida la remisión de los pecados (Jer 31, 34). Queda en manos de los Apóstoles el poder de perdonar (23), pues Cristo los envía como continuadores de su Obra Salvífica y les entrega la plenitud de sus poderes y autoridad (21).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra, Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)

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Exégesis: R.P. José Antonio Marcone, I.V.E. - Centralidad de Pentecostés en la obra de Lucas

El libro de los Hechos de los Apóstoles es la segunda parte de una sola obra de San Lucas conformada por el tercer Evangelio y por los Hechos, obra unitaria que nosotros llamaríamos hoy "Historia de los orígenes del Cristianismo".

En el cuadro general de la obra lucana la narración de Pentecostés constituye el inicio de la segunda parte de la obra (el libro de los Hechos), así como la inauguración del ministerio de Jesús constituye el encauzamiento de la primera (el Evangelio de San Lucas). Al primer bautismo de Jesús en el agua y en el Espíritu Santo (Lc 3,21 ss.) corresponde el primer bautismo de la Iglesia en el Espíritu Santo y en el fuego (Act 2,1-5). El primer capítulo del libro de los Actos, paralelamente a Lc 1-2, es como el antecedente o el hecho previo narrado para preparar y explicar lo que vendrá después. En cambio, con el capítulo segundo se abre paso la historia de la Iglesia naciente: la historia de la palabra predicada y escuchada, la historia de la fe propuesta y abrazada, la historia del Espíritu donado y participado, la historia de la salvación en el tiempo y en el espacio.

Lucas nos dice que Pentecostés es el punto de partida de toda la historia de salvación. Lucas narra en detalle este punto de partida, por eso primero describe el hecho histórico de Pentecostés (2,1-13) y, en segundo lugar, nos transmite el discurso de Pedro, el cual, después de haber sido, junto con los otros, testigo y partícipe del hecho, se convierte en intérprete delante de los demás (2,14-41).

Nosotros analizaremos ahora la narración del hecho histórico de Pentecostés (2,1-13). A) En primer lugar, Lucas adopta un género literario llamado teofánico. B) Además hace referencia a ciertos textos del AT que conectan el Pentecostés cristiano con el Pentecostés hebreo. C) Por otro lado, contrapone claramente el Pentecostés cristiano con la confusión de lenguas en Babel. D) Finalmente Lucas hace uso de ciertos vocablos que nos hablan de su intención de hacer una verdadera teología de la historia. Todos estos elementos nos permiten entender ya desde el inicio la concepción profundamente teológica que Lucas tiene de Pentecostés como hecho histórico y evento salvífico. Veamos cada uno de estos puntos.

A) Para Lucas Pentecostés es el antitipo de las teofanías veterotestamentarias. San Lucas, al narrar el hecho histórico de Pentecostés lo hace al modo como se narraban en el Antiguo Testamento las teofanías de Yahveh, es decir, la manifestaciones de Dios (cf. Ex.3,2ss; 19,16-20; Lev.9,23ss; Deut.4,11b.12.33-36; 5,4.22ss.; 1Re.19,11b-13; Is.6; Ez.1; Sal.18,8-16; 68,8s.; 77,16-20; 97,1-6; etc.). De esta manera Lucas pone de relieve su significado teológico: Pentecostés, para Lucas, es el antitipo de las teofanías antiguas entre las cuales está en primer lugar la del Sinaí (Ex 19,16-20). De manera que Pentecostés es la realidad por excelencia, es la teofanía por antonomasia (mientras las antiguas eran sólo sombras); es un momento histórico privilegiado en el cual Dios lleva adelante su plan de salvación, revelándose en modo aún más explícito por medio de Cristo y en el Espíritu.

B) Pero el Pentecostés cristiano, para Lucas, es también el cumplimiento del pentecostés hebreo. La fiesta hebrea que con el tiempo se llamó 'Pentecostés' era la fiesta de la siega, la fiesta de la cosecha. Esta fiesta se debía celebrar siete semanas después de la Pascua y por eso el nombre original era el de 'Fiesta de las Semanas'. Existen dos puntos de contacto textual entre el decreto del Deuteronomio (16,9-13) donde se establece legalmente la fiesta, y el relato lucano de Pentecostés. En primer lugar, la mención explícita de la fiesta en uno y otro texto (Deut 16,9; Act.2,1: "Al llegar el día de Pentecostés..."). En segundo lugar, la correspondencia entre el regocijo con que festejarán los israelitas "en el lugar elegido por Yahveh tu Dios para morada de su nombre" (Deut 16,11) y el hecho de que "todos quedaron llenos del Espíritu Santo" (Act 2,4; cf. también Act 2,13.15). Lo que Lucas quiere expresar con todo esto es lo siguiente: con la nueva efusión del Espíritu, Dios no se manifiesta más bajo el velo de su nombre sino directamente con su Espíritu. La presencia de Dios no se da ya por la habitación del nombre de Yahveh en un lugar material sino por la presencia del Espíritu mismo. Éste, en vez de habitar en un lugar físico, llena las personas. Todo esto queda remarcado si recordamos, como dijimos recién, que Lucas ve en el hecho de Pentecostés una teofanía, es decir, una manifestación de Dios Espíritu Santo.

Si ponemos esto en contacto con Act 2,5-13 (los beneficios de Pentecostés llegan a todos los hombres de toda la tierra) concluimos que este don del Espíritu Santo es ofrecido a todos; todos pueden beneficiarse de él, sin tener necesidad como antes de una peregrinación al templo, sino con la sola invocación del nombre del Señor Jesús. Notemos, finalmente, que la alegría con que el pueblo israelita debía celebrar la fiesta (Deut 16,11) se convierte ahora en la alegría mesiánica de todos los pueblos (2,5-13), los cuales se congratulan del advenimiento de la salvación en el "día grande del Señor" (Act 2,20; citación de Joel 3,4).

El Pentecostés cristiano es también cumplimiento del Pentecostés hebreo en cuanto éste se había convertido, además de fiesta de la cosecha, también en fiesta de la renovación de la Alianza realizada en el Sinaí. En el Pentecostés cristiano la teofanía de Dios que se realiza en el Espíritu Santo establece la Nueva y definitiva Alianza, que va a consistir principalmente en la presencia interior del Espíritu Santo en el alma del creyente.

C) Pentecostés, en el pensamiento de Lucas, se contrapone claramente también a Babel. Según Gen 11,1-9 el pecado de orgullo de los hombres manifestado en el querer desafiar al cielo con la construcción de una torre, fue castigado por Dios con una doble punición: la confusión de los lenguajes (11,7) y la dispersión por toda la tierra (11,8). De allí proviene el nombre de 'Babel', que significa 'confusión'. En Deut 32,8 se hace mención a esta división y dispersión de los hombres por toda la tierra: "El Altísimo dividió las naciones". Hay aquí una referencia a Gen 11,8. Ahora bien, S. Lucas, para describir el don del Espíritu hace uso de un verbo (diamerízo = dividir, repartir) que en toda la Biblia aparece solamente dos veces: justamente en Deut 32,8 ("repartió las naciones") y en Act 2,3 ("se repartieron las lenguas de fuego"). El verbo no ha sido elegido por casualidad: S. Lucas quiere insinuar que en Pentecostés, Cristo ha restaurado la unión entre los hombres y esto mediante el Espíritu Santo, que es causa eficiente de unidad. Así como a causa del orgullo del hombre éstos quedaron 'repartidos' por toda la tierra, así ahora a causa del Espíritu de unidad que se 'reparte' por todos los hombres éstos vuelven a configurar una unidad.

En los vv. 5-13 se narra la glosolália como efecto de la venida del Espíritu Santo, es decir el carisma de hablar en lenguas (cf. 1Cor 12,10; 14,2). Todos los hombres de todos los pueblos escuchan hablar a los apóstoles en su propia lengua. La enumeración de los pueblos de los vv. 9-11 es la de los pueblos mediterráneos. En conjunto se los describe de este a oeste y de norte a sur. De esta manera se contrapone el pecado de orgullo de Babel que trajo como efecto la confusión de lenguas, con la venida del Espíritu Santo que restituye la unidad en el lenguaje. De esta manera quedan remediadas las dos 'heridas' profundísimas creadas por el pecado de orgullo: la división de los hombres y la confusión de lenguas.

D) Otro indicio que nos hace conocer la teología escondida en la narración del hecho de Pentecostés es el verbo sumploroústhai, característico y exclusivo de Lucas (además en Lc 8,23; 9,51). Este verbo tiene un significado espacial: 'llenar' (el de Lc 8,23: la barca "se llenaba" con las olas); y otro significado temporal: 'cumplirse' el tiempo (el de Lc 9,511 y Act 2,3: "habiéndose cumplido el tiempo" o "habiendo llegado el tiempo"). De esta manera Lucas le da a Pentecostés un matiz de "plenitud de los tiempos", es un kairós en la historia de la salvación, es un momento extraordinario de culminación del movimiento salvífico2. Si es un momento de culminación en la historia de salvación, evidentemente está haciendo relación al pasado (es culminación de un proceso que se fue dando a lo largo del tiempo), y alude a la realización de las promesas antiguas y recientes (Lc 24,49; Act 1,8; ambas son promesas del Espíritu Santo hechas por Jesús). Pero dice también relación al presente en el cual confluyen las esperas del pasado y del cual parten las líneas de apertura hacia el futuro. Esto último se concreta en Act 2,5-13 porque el misterio de la glosolalia es símbolo y anticipación maravillosa de la misión universal de los apóstoles (cf. Act 2,39). Es este el primer esbozo de una teología de la historia que el discurso pentecostal de Pedro se encargará de perfeccionar.
(R.P. José Antonio Marcone, I.V.E. - Centralidad de Pentecostés en la obra de Lucas)

1 Esta citación tiene una importancia particular porque marca un momento clave del evangelio de San Lucas, el que marca el comienzo de la subida (éxodo) de Jesús a Jerusalén, el famoso "Iter Lucanum".
2 En el NT hay dos formas de decir tiempo: kairós y jrónos. Pero tienen matices muy diferentes. El segundo hace mención a la sucesión del tiempo según un antes y un después; el primero, en cambio, hace referencia a un momento determinado de la historia que está cuajado de significado para la historia que pasó y la que vendrá.


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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - El testimonio del día de Pentecostés

30. El día de Pentecostés encontraron su más exacta y directa confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en particular, el anuncio del que estamos tratando: " El Paráclito... convencerá al mundo en la referente al pecado ". Aquel día, sobre los apóstoles recogidos en oración junto a María, Madre de Jesús, bajó el Espíritu Santo prometido, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: " Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse ",1 " volviendo a conducir de este modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de todas las naciones ".2
Es evidente la relación entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo. En él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa del Paráclito. Este viene, enviado por el Padre, " después " de la partida de Cristo, como " precio " de ella. Esta es primero una partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta días después de la resurrección, con su ascensión al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión Jesús mandó a los apóstoles " que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre "; " seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días "; " recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra ".3

Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho en el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los apóstoles durante la oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente: " Israelitas ... Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros... a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó librándole de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio ".4

Jesús había anunciado y prometido: " El dará testimonio de mí... pero también vosotros daréis testimonio ". En el primer discurso de Pedro en Jerusalén este " testimonio " encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio del Espíritu Paráclito y de los apóstoles. Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el Espíritu de la verdad por boca de Pedro " convence al mundo en lo referente al pecado ": ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota. Proclamaciones de contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.5

31. Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la acción del Espíritu de la verdad, que " convence al mundo en lo referente al pecado " del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta vinculación el mismo " convencer en lo referente al pecado " manifiesta la propia dimensión salvífica. En efecto, es un " convencimiento " que no tiene como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos su condena. Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para salvarlo.6 Esto está ya subrayado en este primer discurso cuando Pedro exclama: " Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado ".7 Y a continuación, cuando los presentes preguntan a Pedro y a los demás apóstoles: " ¿Qué hemos de hacer, hermanos? " él les responde: " Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo ".8

De este modo el " convencer en lo referente al pecado " llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica.9 La conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: a Recibid el Espíritu Santo ".10 Así pues en este " convencer en lo referente al pecado " descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. El convencer en lo referente al pecado, mediante el ministerio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado -bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés- con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado.

De este modo se cumple la promesa referente al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: " recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ". Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés, habla del pecado de aquellos que " no creyeron " 11 y entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el pecado más grande que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: " Seré tu muerte, oh muerte ".12 Como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios " vence " el pecado humano. Aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del hombre. Pues, al pecado más grande del hombre corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres. En base a esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no duda en repetir cada año, en el transcurso de la vigilia Pascual, " Oh feliz culpa ", en el anuncio de la resurrección hecho por el diácono con el canto del " Exsultet ".

32. Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede " convencer al mundo ", al hombre y a la conciencia humana , sino es el Espíritu de la verdad. El es el Espíritu que " sondea hasta las profundidades de Dios ".13 Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente " las profundidades de Dios ". No basta sondear la conciencia humana, como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio íntimo de Dios, en aquellas " profundidades de Dios " que se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Es precisamente el Espíritu Santo que las " sondea " y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta se cierra el procedimiento de " convencer en lo referente al pecado ", como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecostés.

Al convencer al " mundo " del pecado del Gólgota -la muerte del Cordero inocente-, como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu Santo convence también de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento de la historia del hombre, pues demuestra su relación con la cruz de Cristo. El " convencer " es la demostración del mal del pecado, de todo pecado en relación con la Cruz de Cristo. El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal, que le es característica por el " misterio de la impiedad " 14 que contiene y encierra en sí. El hombre no conoce esta dimensión, -no la conoce absolutamente- fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser " convencido " de ello sino es por el Espíritu Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito.

En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensión del " misterio de la piedad ",15 como ha señalado la Exhortación Apostólica postsinodal " Reconciliatio et paenitentia ".16 El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensión del pecado fuera de la Cruz de Cristo. Y tampoco puede ser " convencido " de ella sino es por el Espíritu Santo: por el cual sondea las profundidades de Dios.
(JUAN PABLO II, Encíclica Dominum et Vivificantem, nn. 30-32)

1 Act 2, 4.
2 Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 17, 2: SC 211, p. 330-332.
3 Act 1, 4. 5. 8.
4 Act 2, 22-24.
5 Cf. Act 3, 14 s.; 4, 10. 27 s.; 7, 52; 10, 39; 13, 28 s. etc.
6 Cf. Jn 3, 17; 12, 47.
7 Act 2, 36.
8 Act 2, 37 s.
9 Cf. Mc 1,15.
10 Jn 20, 22.
11 Cf. Jn 16, 9.
12 Os 13, 14 Vg; cf. 1 Cor 15, 55.
13 Cf. 1 Cor 2, 10.
14 Cf. 2 Tes 2, 7.
15 Cf. 1 Tim 3, 16.
16 Cf. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 19-22: AAS 77 (1985), pp. 229-233.



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Santos Padres: San Gregorio Magno - "Recibid del Espíritu Santo"

1. La primera cuestión que de esta lección asalta al pensamiento es: ¿cómo después de la resurrección fue el verdadero cuerpo de Jesús el que, estando cerradas las puertas, pudo entrar a donde estaban los apóstoles?

Mas debemos reconocer que la obra de Dios deja de ser admirable si la razón la comprende, y que la fe carece de mérito cuando la razón adelanta la prueba. En cambio, esas mismas obras de Dios que de ningún modo pueden comprenderse por sí mismas, deben cotejarse con alguna otra obra suya, para que otras obras más admirables nos faciliten la fe en las que son sencillamente admirables.

Pues bien, aquel mismo cuerpo que, al nacer, salió del seno cerrado de la Virgen, entró donde estaban los discípulos hallándose cerradas las puertas. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que después de la resurrección, ya eternamente triunfante, entrara estando cerradas las puertas el que, viniendo para morir, salió a luz sin abrir el seno de la Virgen? Pero, como dudaba la fe de los que miraban aquel cuerpo que podía verse, les mostró en seguida las manos y el costado; ofreció para que palparan el cuerpo que había introducido estando cerradas las puertas.

En lo cual pone de manifiesto dos cosas admirables y para la razón humana harto contrarias entre sí, y fue mostrar, después de su resurrección, su cuerpo incorruptible y a la vez tangible, puesto que necesariamente se corrompe lo que es palpable, y lo incorruptible no puede palparse.
No obstante, por modo admirable e incomprensible, nuestro Redentor, después de resucitar, mostró su cuerpo incorruptible y a la vez palpable, para, con mostrarle incorruptible, invitar a los premios y, con presentarle palpable, afianzar la fe; además se mostró incorruptible y palpable, sin duda, para probar que, después de la resurrección, su cuerpo era de la misma naturaleza, pero tenía distinta gloria.

2. Y les dijo: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío yo también a vosotros. Esto es, como mi Padre, Dios, me envió a mí, Dios también, yo, hombre, os envío a vosotros, hombres.

El Padre envió al Hijo, quien, por determinación suya, debía encarnarse para la redención del género humano, y el cual, cierto es, quiso que padeciera en el mundo; pero, sin embargo, amó al Hijo, que enviaba para padecer. Asimismo, el Señor, a los apóstoles, que eligió, los envió, no a gozar en el mundo, sino a padecer, como Él había sido enviado. Luego, así como el Padre ama al Hijo y, no obstante, le envía a padecer, así también el Señor ama a los discípulos, a quienes, sin embargo, envía a padecer en el mundo. Rectamente, pues, se dice: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo también a vosotros; esto es: cuando yo os mando ir entre las asechanzas de los perseguidores, os amo con el mismo amor con que el Padre me ama al hacerme venir a sufrir tormentos.

Aunque también puede entenderse que es enviado según la naturaleza divina. Y entonces se dice que el Hijo es enviado por el Padre, porque es engendrado por el Padre; pues también el Hijo, cuando les dice (Is 15, 26): Cuando viniere el Paráclito, que yo os enviaré del Padre, manifiesta que Él les enviará el Espíritu Santo, el cual, aunque es igual al Padre y al Hijo, pero no ha sido encarnado. Ahora, si ser enviado debiera entenderse tan sólo de ser encarnado, cierto que no se diría en modo alguno que el Espíritu Santo sería enviado, puesto que jamás encarnó, sino que su misión es la misma procesión, por la que a la vez procede del Padre y del Hijo. De manera que, como se dice que el Espíritu Santo es enviado porque procede, así se dice, y no impropiamente, que el Hijo es enviado porque es engendrado.

3. Dichas estas palabras, alentó hacia ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Debemos inquirir qué significa el que nuestro Señor enviara una sola vez el Espíritu Santo cuando vivía en la tierra y otra sola vez cuando ya reinaba en el cielo; pues en ningún otro lugar se dice claramente que fuera dado el Espíritu Santo, sino ahora, que es recibido mediante el aliento, y después, cuando se declara que vino del cielo en forma de varias lenguas.

¿Por qué, pues, se da primero en la tierra a los discípulos y luego es enviado desde el cielo, sino porque es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo? Se da en la tierra el Espíritu Santo para que se ame al prójimo, y se da desde el cielo el Espíritu para que se ame a Dios.

Así como la caridad es una sola y sus preceptos dos, el Espíritu es uno y se da dos veces: la primera, por el Señor cuando vive en la tierra; la segunda, desde el cielo, porque en el amor del prójimo se aprende el modo de llegar al amor de Dios; que por eso San Juan dice (1 Jn 4,20): El que no ama a su hermano, a quien ve, a Dios, a quien no ve, ¿cómo podrá amarle? Cierto que antes ya estaba el Espíritu Santo en las almas de los discípulos para la fe; pero no se les dio manifiestamente sino después de la resurrección. Por eso está escrito (Jn 7, 39): Aún no se había comunicado el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba todavía en su gloria. Por eso también se dice por Moisés (Dt 32, 13): Chuparon la miel de las peñas y el aceite de las más duras rocas. Ahora bien, aunque se repase todo el Antiguo Testamento, no se lee que, conforme a la Historia, sucediera tal cosa; jamás aquel pueblo chupó la miel de la piedra ni gustó nunca tal aceite; pero como, según San Pablo (1 Co 10, 4), la piedra era Cristo, chuparon miel de la piedra los que vieron las obras y milagros de nuestro Redentor, y gustaron el aceite de la piedra durísima, porque merecieron ser ungidos con la efusión del Espíritu Santo después de la resurrección. De manera que, cuando el Señor, mortal aún, mostró a los discípulos la dulzura de sus milagros, fue como darles miel de la piedra; [4] y derramó el aceite de la piedra cuando, hecho ya impasible después de su resurrección, con su hálito hizo fluir el don de la santa unción. De este óleo se dice por el profeta (Is 10, 27): Se pudrirá el yugo por el aceite. En efecto, nos hallábamos sometidos al yugo del poder del demonio, pero fuimos ungidos con el óleo del Espíritu Santo, y como nos ungió con la gracia de la liberación, se pudrió el yugo del poder del demonio, según lo asegura San Pablo, que dice (2 Co 3, 17): Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.

Mas es de saber que los primeros que recibieron el Espíritu Santo, para que ellos vivieran santamente y con su predicación aprovecharan a algunos, después de la resurrección del Señor, le recibieron de nuevo ostensiblemente, precisamente para que pudieran aprovechar, no a pocos, sino a muchos. Por eso en esta donación del Espíritu se dice: Quedan perdonados los pecados de aquellos a quienes vosotros se los perdonareis, y retenidos los de aquellos a quienes se los retuviereis.
Pláceme fijar la atención en el más alto grado de gloria a que fueron sublimados aquellos discípulos, llamados a sufrir el peso de tantas humillaciones. Vedlos, no sólo quedan asegurados ellos mismos, sino que además reciben la potestad de perdonar las deudas ajenas y les cabe en suerte el principado del juicio supremo, para que, haciendo las veces de Dios, a unos retengan los pecados y se los perdonen a otros.

Así, así correspondía que fueran exaltados por Dios los que habían aceptado humillarse tanto por Dios. Ah lo tenéis: los que temen el juicio riguroso de Dios quedan constituidos en jueces de las almas, y los que temían ser ellos mismos condenados condenan o libran a otros.

4. El puesto de éstos lo ocupan ahora ciertamente en la Iglesia los obispos. Los que son agraciados con el régimen, reciben la potestad de atar y de desatar.

Honor grande, sí; pero grande también el peso o responsabilidad de este honor. Fuerte cosa es, en verdad, que quien no sabe tener en orden su vida sea hecho juez de la vida ajena; pues muchas veces sucede que ocupe aquí el puesto de juzgar aquel cuya vida no concuerda en modo alguno con el puesto, y, por lo mismo, con frecuencia ocurre que condene a los que no lo merecen, o que él mismo, hallándose ligado, desligue a otros. Muchas veces, al atar o desatar a sus súbditos, sigue el impulso de su voluntad y no lo que merecen las causas; de ahí resulta que queda privado de esta misma potestad de atar y de desatar quien la ejerce según sus caprichos y no por mejorar las costumbres de los súbditos. Con frecuencia ocurre que el pastor se deja llevar del odio o del favor hacia cualquiera prójimo; pero no pueden juzgar debidamente de los súbditos los que en las causas de éstos se dejan llevar de sus odios o simpatías. Por eso rectamente se dice por el profeta (Ez 13, 19) que mataban a las almas que no están muertas y daban por vivas a las que no viven. En efecto, quien condena al justo, mata al que no está muerto, y se empeña en dar por vivo al que no ha de vivir quien se esfuerza en librar del suplicio al culpable.

5. Deben, pues, examinarse las causas y luego ejercer la potestad de atar y de desatar. Hay que conocer qué culpa ha precedido o qué penitencia ha seguido a la culpa, a fin de que la sentencia del pastor absuelva a los que Dios omnipotente visita por la gracia de la compunción; porque la absolución del confesor es verdadera cuando se conforma con el fallo del Juez eterno.
Lo cual significa bien la resurrección del muerto de cuatro días, pues ella demuestra que el Señor primeramente llamó y dio vida al muerto, diciendo (Jn 11, 43): Lázaro, sal afuera; y que después, el que había salido afuera con vida, fue desatado por los discípulos, según está escrito (Jn 11, 44): Cuando hubo salido afuera el que estaba atado de pies y manos con fajas, dijo entonces a sus discípulos: Desatadle y dejadle ir. Ahí lo tenéis: los discípulos desatan a aquel que ya vivía, al cual, cuando estaba muerto, había resucitado el Maestro. Si los discípulos hubieran desatado a Lázaro cuando estaba muerto, habría hecho manifiesto el hedor más bien que su poder.

De esta consideración debe deducirse que nosotros, por la autoridad pastoral debemos absolver a los que conocemos que nuestro Autor vivifica por la gracia suscitante; vivificación que sin duda se conoce ya antes de la enmienda en la misma confesión del pecado. Por eso, al mismo Lázaro muerto no se le dice: Revive, sino: Sal afuera.

En efecto, mientras el pecador guarda en su conciencia la culpa, ésta se halla oculta en el interior, escondida en sus entrañas; pero, cuando el pecador voluntariamente confiesa sus maldades, el muerto sale afuera. Decir, pues, a Lázaro: Sal afuera, es como si a cualquier pecador claramente se dijera: ¿Por qué guardas tus pecados dentro de tu conciencia? Sal ya afuera por la confesión, pues por tu negación estás para ti oculto en tu interior. Luego decir: salga afuera el muerto, es decir: confiese el pecador su culpa; pero decir: desaten los discípulos al que sale fuera, es como decir que los pastores de la Iglesia deben quitar la pena que tuvo merecida quien no se avergonzó de confesarse.

He dicho brevemente esto por lo que respecta al ministerio de absolver, para que los pastores de la Iglesia procuren atar o desatar con gran cautela. Pero, no obstante, la grey debe temer el fallo del pastor, ya falle justa o injustamente, no sea que el súbdito, aun cuando tal vez quede atado injustamente, merezca ese mismo fallo por otra culpa.

El pastor, por consiguiente, tema atar o absolver indiscretamente; mas el que está bajo la obediencia del pastor tema quedar atado, aunque sea indebidamente, y no reproche, temerario, el juicio del pastor, no sea que, si quedó ligado injustamente, por ensoberbecerse de la desatinada reprensión, incurra en una culpa que antes no tenía.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Homilía VI, BAC Madrid 1958, pp. 660-665)

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Aplicación: Benedicto XVI - El Espíritu Santo es tempestad y fuego

Queridos hermanos y hermanas:
Cada vez que celebramos la eucaristía vivimos en la fe el misterio que se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor que Cristo realizó con su muerte y su resurrección. El único y mismo centro de la liturgia y de la vida cristiana -el misterio pascual-, en las diversas solemnidades y fiestas asume "formas" específicas, con nuevos significados y con dones particulares de gracia. Entre todas las solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, antigua fiesta judía que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Espíritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hch 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. No se lo arrebató a los dioses, como hizo Prometeo, según el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios" obteniéndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.

Dios quiere seguir dando este "fuego" a toda generación humana y, naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. Él es espíritu, y el espíritu "sopla donde quiere" (cf. Jn 3, 8). Sin embargo, hay un "camino normal" que Dios mismo ha elegido para "arrojar el fuego sobre la tierra": este camino es Jesús, su Hijo unigénito encarnado, muerto y resucitado. A su vez, Jesucristo constituyó la Iglesia como su Cuerpo místico, para que prolongue su misión en la historia. "Recibid el Espíritu Santo", dijo el Señor a los Apóstoles la tarde de la Resurrección, acompañando estas palabras con un gesto expresivo: "sopló" sobre ellos (cf. Jn 20, 22). Así manifestó que les transmitía su Espíritu, el Espíritu del Padre y del Hijo.

Ahora, queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad, la Escritura nos dice una vez más cómo debe ser la comunidad, cómo debemos ser nosotros, para recibir el don del Espíritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecostés, el autor sagrado recuerda que los discípulos "estaban todos reunidos en un mismo lugar". Este "lugar" es el Cenáculo, la "sala grande en el piso superior" (cf. Mc 14, 15) donde Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena, donde se les había aparecido después de su resurrección; esa sala se había convertido, por decirlo así, en la "sede" de la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 13). Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles, más que insistir en el lugar físico, quieren poner de relieve la actitud interior de los discípulos: "Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 14). Por consiguiente, la concordia de los discípulos es la condición para que venga el Espíritu Santo; y la concordia presupone la oración.

Esto, queridos hermanos y hermanas, vale también para la Iglesia hoy; vale para nosotros, que estamos aquí reunidos. Si queremos que Pentecostés no se reduzca a un simple rito o a una conmemoración, aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvación, debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra. Para que Pentecostés se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario -sin quitar nada a la libertad de Dios- que la Iglesia esté menos "ajetreada" en actividades y más dedicada a la oración.

Nos lo enseña la Madre de la Iglesia, María santísima, Esposa del Espíritu Santo. Este año Pentecostés cae precisamente el último día de mayo, en el que de ordinario se celebra la fiesta de la Visitación. También la Visitación fue una especie de pequeño "pentecostés", que hizo brotar el gozo y la alabanza en el corazón de Isabel y en el de María, una estéril y la otra virgen, ambas convertidas en madres por una intervención divina extraordinaria (cf.Lc 1, 41-45). (...)
Los Hechos de los Apóstoles, para indicar al Espíritu Santo, utilizan dos grandes imágenes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san Lucas tiene en su mente la teofanía del Sinaí, narrada en los libros del Éxodo (Ex 19, 16-19) y el Deuteronomio (Dt 4, 10-12.36).

En el mundo antiguo la tempestad se veía como signo del poder divino, ante el cual el hombre se sentía subyugado y aterrorizado. Pero quiero subrayar también otro aspecto: la tempestad se describe como "viento impetuoso", y esto hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los demás astros y nos permite vivir en él. Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual; y, como existe una contaminación atmosférica que envenena el ambiente y a los seres vivos, también existe una contaminación del corazón y del espíritu, que daña y envenena la existencia espiritual. Así como no conviene acostumbrarse a los venenos del aire -y por eso el compromiso ecológico constituye hoy una prioridad-, se debería actuar del mismo modo con respecto a lo que corrompe el espíritu. En cambio, parece que nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades contaminando la mente y el corazón, por ejemplo imágenes que enfatizan el placer, la violencia o el desprecio del hombre y de la mujer.

También esto es libertad, se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el alma, sobre todo de las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su libertad misma. En cambio, la metáfora del viento impetuoso de Pentecostés hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire físico, como con el corazón, el aire espiritual, el aire saludable del espíritu, que es el amor.

La otra imagen del Espíritu Santo que encontramos en los Hechos de los Apóstoles es el fuego. Al inicio alud a la comparación entre Jesús y la figura mitológica de Prometeo, que recuerda un aspecto característico del hombre moderno. Al apoderarse de las energías del cosmos -el "fuego"-, parece que el ser humano hoy se afirma a sí mismo como dios y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado o incluso rechazando al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de Dios, sino de sí mismo; se declara autónomo, libre, adulto. Evidentemente, esta actitud revela una relación no auténtica con Dios, consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de él, como el hijo pródigo de la parábola evangélica, que cree realizarse a sí mismo alejándose de la casa del padre. En las manos de un hombre que piensa así, el "fuego" y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: pueden volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia lo demuestra la historia. Como advertencia perenne quedan las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, donde la energía atómica, utilizada con fines bélicos, acabó sembrando la muerte en proporciones inauditas.

En verdad, se podrían encontrar muchos ejemplos menos graves, pero igualmente sintomáticos, en la realidad de cada día. La Sagrada Escritura nos revela que la energía capaz de mover el mundo no es una fuerza anónima y ciega, sino la acción del "espíritu de Dios que aleteaba por encima de las aguas" (Gn 1, 2) al inicio de la creación. Y Jesucristo no "trajo a la tierra" la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Espíritu Santo, es decir, el amor de Dios que "renueva la faz de la tierra" purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte (cf. Sal 104, 29-30). Este "fuego" puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.
Los Hechos de los Apóstoles nos sugieren, por último, otro pensamiento: el Espíritu Santo vence el miedo. Sabemos que los discípulos se habían refugiado en el Cenáculo después del arresto de su Maestro y allí habían permanecido segregados por temor a padecer su misma suerte. Después de la resurrección de Jesús, su miedo no desapareció de repente. Pero en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se posó sobre ellos, esos hombres salieron del Cenáculo sin miedo y comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y resucitado. Ya no tenían miedo alguno, porque se sentían en las manos del más fuerte.

Sí, queridos hermanos y hermanas, el Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos, algunos incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesión de María: "Envía tu Espíritu, Señor, para que renueve la faz de la tierra".
(BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa de Pentecostés en la Basílica de San Pedro, 31 de mayo de 2009)

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Aplicación: R.P. José Antonio Marcone, I.V.E. - Viento, fuego y paloma

Introducción
Pentecostés es una palabra griega que significa 'cincuenta días'. Según el calendario de las fiestas religiosas judías, durante los cincuenta días siguientes a la Pascua se celebraba una fiesta religiosa llamada 'fiesta de la siega' o 'fiesta de las semanas'. Los festejos de esta fiesta culminaban el día número 50 (de allí el nombre griego de 'pentecostés') y señalaba el fin de la cosecha de trigo. Era, por excelencia, la fiesta de la fecundidad. Para el judío, como en realidad debe ser, todos los acontecimientos importantes en la vida del hombre estaban empapados de sacralidad. Todo lo referían al Creador.

Posteriormente se asoció a esta 'fiesta de la siega o de las semanas' el recuerdo de la promulgación de la Ley del Sinaí, y por eso Pentecostés se había convertido para los judíos también en la fiesta de la renovación de la Alianza.

Dios, en su infinita providencia, quiso que el ritmo, por así decirlo, de los misterios de Cristo y la Iglesia con los que ha renovado el mundo estuviera marcado por las grandes fiestas del AT. Es lógico, ya que esas fiestas son la preparación del misterio de Cristo.

Pero ¿porqué usar una palabra griega para expresar una fiesta judía? Porque para los judíos de la época de Jesús les era más común la traducción griega de la Biblia hebrea que la Biblia hebrea misma. Jesucristo, cuando cita la Sagrada Escritura, lo hace refiriéndose a esa traducción griega llamada de los LXX.

Hoy se cumplen 50 días desde la Resurrección de Cristo. Hoy es la fiesta de Pentecostés, la fiesta de la fecundidad. Y hoy ha querido Jesucristo, desde el cielo, cumplir con su promesa de enviarnos el Consolador y el Abogado de nuestras almas. Por lo tanto, Pentecostés es la fiesta de la fecundidad, la fiesta de la vida, es decir, la fiesta del Espíritu que da vida.

1. En qué consiste la Solemnidad de hoy
¿En qué consiste fundamentalmente este misterio que hoy celebramos? Consiste en que Jesucristo se sustrae a la vista de nuestros ojos corporales (Solemnidad de la Ascensión, domingo pasado) porque quiere estar presente de un modo nuevo en nuestras almas, un modo más íntimo, más interior a nuestro corazón, es decir, más espiritual. Su figura corporal sensible hubiera sido un obstáculo para esto. Y quiere que esa presencia suya nueva en el alma de los cristianos sea hecha, sea causada por el Espíritu Santo. Y por eso es que hoy lo envía. En esto consiste, entonces, en primer lugar, el misterio de hoy: el Espíritu Santo causa en nosotros, en nuestros corazones la presencia espiritual e íntima de Cristo.

Pero además Cristo quiere que el Espíritu Santo tome las riendas de la vida de cada cristiano, de la vida de la Iglesia y de la vida del mundo. Es decir, hoy Cristo desde el cielo, nos revela al Espíritu Santo. El día de Pentecostés, desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch. 2,36), derrama profusamente el Espíritu, y el Espíritu Santo "se manifiesta, da y comunica como Persona divina" (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 731). "En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. (...) Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los 'últimos tiempos', el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado" (Catecismo de la Iglesia Católica,732).

En estas dos cosas, entonces, fundamentalmente, consiste la Solemnidad de Pentecostés: en primer lugar, el Espíritu Santo, enviado por Cristo, se da a conocer y se entrega como Persona Divina a los que creen en Cristo; y en segundo lugar, el Espíritu Santo viene a formar a Cristo en el corazón del creyente.

Con otras palabras: se revela como la tercera persona de la Santísima Trinidad que obra la presencia de Cristo en el cristiano, en la Iglesia y en el mundo.

2. ¿Cómo es el Espíritu Santo?
Pocas preguntas tan difíciles como esta. Sin embargo, la Biblia nos lo revela a través de imágenes.

Viento
La primera imagen con que la Sagrada Escritura nos revela al Espíritu Santo es la del viento. De hecho hoy en el Cenáculo donde estaban reunidos los Apóstoles con María se manifestó en un impetuoso viento que llenó la casa en la que estaban. Además el mismo nombre Espíritu en hebreo, (ruah) significa 'viento', 'soplo'.

Antes de comenzar a narrar la creación del mundo, el libro del Génesis, en sus primeros versículos, dice que sobre las aguas informes aleteaba el ruah, el viento, el soplo. Y luego relata la creación. Con esto se quiere manifestar que el Espíritu tiene una parte activa en la creación y es el que da la vida.

Luego cuando Dios crea al hombre, lo hace tomándolo del barro, y le infunde el soplo de vida, el ruah.

Vemos entonces porque Dios eligió la fiesta de Pentecostés, fiesta de fecundidad para enviar el Espíritu: porque el Espíritu Santo es Dador de Vida, como dice el así llamado Credo largo, el niceno-constaninopolitano.
En este sentido, ¿cómo actúa el Espíritu Santo ahora en nosotros?; ¿Cómo actúa en nosotros el Espíritu que es 'viento' de vida? Nos saca de la muerte y nos da la vida de la gracia y obra en nosotros la conformación con Cristo. Todo lo que en lo espiritual puede llevar el nombre de 'vida', viene del Espíritu Santo.

Pero además de ser el soplo que da vida al mundo y al alma, el Espíritu es un viento impetuoso que empuja las nubes a cumplir con su cometido y a los barcos hacia alta mar. El Espíritu empuja a las almas a realizar grandes empresas por Dios y a emprender la aventura más hermosa y peligrosa que pueda existir: la búsqueda de la santidad. "¡Duc in altum!", ¡vayamos al mar! ¡aventurémonos en la búsqueda de Jauja, la isla perdida, que es la unión con Dios! En este sentido el Espíritu Santo es energía, vigor, fuerza, ánimo, brío, movilidad y dinamicidad ("recibiréis la fuerza, que es el Espíritu Santo", Hech.1,8).

Fuego
Además, el Espíritu Santo hoy también se revela bajo la imagen del fuego, ese fuego que se posa sobre las cabezas de los Apóstoles. También S. Pablo concibe al Espíritu Santo como fuego, y por eso dice: "No extingáis el Espíritu" (1Tes.5,19).
Uno de los primeros usos del fuego es el de iluminar. Y por eso también es que se posa sobre la cabeza de los apóstoles y no, por ejemplo, en sus pechos. El Espíritu Santo ilumina la inteligencia del cristiano para que conozca el misterio de Cristo y sepa cómo actuar según los mandatos de Cristo.

Al fuego se lo usa para quemar. En el norte de Argentina se queman grandes extensiones de terreno para que el pasto surja con más fuerza. El fuego purifica y transforma. Cuando el fuego toma una madera primero le hace echar humo porque la purifica de todas sus impurezas. Luego se hace una brasa ardiendo y ya casi no se distingue entre la madera y el fuego: se han hecho una sola cosa. Así también el Espíritu Santo que entra en un alma, primero la purifica quemándole todos los pecados, vicios y defectos. Luego la va convirtiendo en S Mismo, hasta que el alma está tan unida al Espíritu que ya no se distingue entre la acción del Espíritu y la del alma. A esto se refería San Juan Bautista cuando decía que Jesús bautizaría con Espíritu Santo y fuego (Lc.3,16). Podría también traducirse legítimamente de esta manera: "con el Espíritu Santo que es fuego".

Y esto se logra por el amor que el alma le profesa al Espíritu y el amor que el Espíritu tiene por el alma. Por eso el fuego es también símbolo del amor que transforma al alma en el Amado. De hecho, el Espíritu, en Dios, es la Persona-Amor. A esto se refería N. S. Jesucristo cuando decía: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese ardiendo!" (Lc.12,49). El fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra es el fuego del Espíritu Santo, el fuego del amor.
El cristiano debe dejarse quemar completamente por ese fuego devorador que es el Espíritu Santo, consumirse en el amor a los demás, arder como arde la lámpara del Santísimo, en eterna oración; debe dejarse quemar como se quema el aceite de dicha lámpara. En un muro de las cercanías de mi parroquia leí un graffitti en contra de la Iglesia, irónico e instigando a la persecución religiosa, que decía: "La Iglesia que no arde, no ilumina". A pesar de ser escrita por los enemigos de la Iglesia, sin embargo esa frase es muy cierta. El cristiano que no arde en el fuego del Espíritu Santo no puede convertirse en luz para los demás. También nosotros debemos arder en el fuego del Espíritu Santo para iluminar y dar calor a los demás.

Paloma
Otra de las imágenes que usa la Sagrada Escritura para revelarnos al Espíritu Santo es la paloma: "Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él" (Mt.3,16). Así como la paloma desciende y reposa sobre Cristo, así el Espíritu Santo "desciende y reposa en el corazón purificado de los bautizados" (Catecismo de la Iglesia Católica,701).

Al final del diluvio es una paloma la que vuelve con una rama tierna de olivo en la boca, signo de que la tierra es habitable de nuevo (cf. Gén.8,8-12). Aquí la paloma es símbolo de obediencia, de fidelidad y causa de alegría; también símbolo de vida. El Espíritu nos induce a la obediencia a Dios, a la fidelidad y llena de alegría el corazón del que lo acepta.

Las virtudes de la paloma son: mansedumbre (no se irrita), docilidad (acepta las gracias y las secunda), sumisión (no es rebelde), obediencia, humildad (no busca desordenadamente su propia excelencia), paz, sencillez, simplicidad, ingenuidad, inocencia, candidez, candor, sosiego, quietud, fidelidad. Todo eso es el Espíritu Santo. De hecho, estas características de la paloma son similares a los frutos del Espíritu Santo que enumera San Pablo: "El fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza" (Gál.5,22-23).

Son comunes en nuestra sociedad actual algunos vicios contrarios a estas cualidades del Espíritu, que debemos desterrar de nosotros:
- La falsedad, el doblez de corazón, la falta de sinceridad, fingimiento, hipocresía, simulación, deslealtad, engaño, impostura, traición.
- La inestabilidad en los juicios, la inconstancia, la falta de criterios propios y justos, la falta de convicciones altas, la facilidad para ser influenciados por otros, incumplimiento.
- La ingratitud, desagradecimiento.
- La superficialidad, la chabacanería (ordinariez en el trato de cosas importantes, rebajándolas).
- Calumnia, murmuración, habladuría.
- Desconfiados, mal pensados: estamos más inclinados a creer en el mal que no vemos que a aceptar el bien que vemos.

Conclusión
El culto litúrgico de la Iglesia, como es la Solemnidad que hoy estamos celebrando, no es un mero recuerdo de lo que ha sucedido sino que hace presente el misterio que se celebra. Por eso, al celebrar litúrgicamente la venida del Espíritu Santo a la Iglesia y a todos sus fieles, estamos recibiendo realmente el Espíritu enviado por Jesús.

Que el Espíritu Santo, que es soplo que da vida, viento que empuja, fuego que consume en el amor y paloma que nos enseña la obediencia, penetre en lo más profundo de nuestras almas y las transforme. Se lo pedimos a aquella que es la hija de Dios Padre, la madre de Dios Hijo y la esposa de Dios Espíritu Santo.


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Aplicación: San Juan de Ávila - ¿Ha venido a ti este tal Consolador?

A) Exordio
'Quien de tierra es, de tierra habla; el que viene del cielo, sobre todo es (Jn. 3, 31). ¿Qué hará el hombre, que le está mandado que hable cosas del cielo?... Si hubiésemos de hablar de cosas de aquí abajo, daríamos buenas señas; pero hablar del Espíritu Santo... ¿Qué haremos para bien hablar? Es menester mucho la gracia del Espíritu Santo.

No en balde fue dada a los apóstoles para hablar... Fueron llenos de esta celestial gracia para dar a entender que nadie debe hablar ni predicar de este Santo Espíritu sino lleno y muy lleno de este don celestial y de este santo fuego... No han de ser las lenguas que han de hablar cosas de Dios y sus maravillas de agua, no de viento, no han de ser de tierra.

Venimos a oír la palabra de Dios, venimos a oír sus sermones, y venimos como a farsa, sin más amor y reverencia. Les digo de verdad que un gran riesgo corremos todos los que oímos sermones; gran peligro corremos si no oímos como debemos oír, con corazón encendido... Para tan gran negocio menester hemos la gracia, menester hemos el mismo Espíritu Santo, que se infunda en nuestros corazones y los ablande... La oración que no es inspirada del mismo Espíritu Santo, poco vale.
¿Qué remedio? Que nos vayamos a la Sacratísima Virgen. En gran manera es muy amiga del Espíritu Santo y El de ella... Conoce muy bien el Espíritu Santo las entrañas de la Virgen; conoce muy bien aquél su corazón limpísimo... No hizo la Virgen, ni pensó, ni habló cosa que en un punto desagradase al Espíritu Santo. En todo le agradó... Supliquémosla, pues tan amiga es de este Santo Espíritu, nos comunique su gracia para hablar de tan alto Huésped'.

B) Condiciones para su venida
a) Desearla y obrar según Él
'Si recibisteis al Espíritu Santo por la fe, creyendo, dijo una vez San Pablo a unos (Act. 19,2): ¿Habéis recibido al Espíritu Santo? Respondieron: No sabemos si lo hay, cuanto más haberlo recibido... ¡Oh si dijésedes verdad! ¿Habéislo recibido?¿Amáislo? ¿Habéislo servido? ¿Deseáislo? ¿Tenéis gran deseo que se infunda en vuestros corazones? Ni aun sabéis si lo hay. No aprovecha nada que lo deseéis; no basta que digáis que venga, que lo queréis recibir; todo no aprovecha si no hay obras dignas y que merezcan su venida. Factis autem negant (Tit. 1,16)'.

b) Gustar de su palabra
'Yo me voy, y rogaré a mi Padre que os envié otro consolador en mi nombre (Jn. 14, 16). Hasta aquí yo os he consolado; yo me iré, y yéndome yo, os enviaré otro consolador, otra persona... Dijo Jesucristo: El que me ama guardará mis palabras, y mi Padre lo amará, y a él vendremos y morada cerca de él haremos (Jn. 14, 23).

Que estudie y rumie sus palabras y las cumpla y guarde; esto os da por señal y prenda de su amor. Y, hermano, decid, ¿cómo os va cuando oís la palabra de Cristo? ¿Holgáisos cuando os hablan de El? ¿Alégraseos el corazón cuando le oís nombrar, cuando le predican, alaban y bendicen y glorifican en los púlpitos? Más os alegráis con invenciones, con novedades; esto oís de buena gana'.

c) Renuncia
'El que guardare mi palabra., éste me ama. ¿Cómo es eso? ¿Cómo tengo de guardar sus palabras? ¿Cómo le tengo de amar?

Habéislo de amar, y en esto mostraréis que verdaderamente le amáis, si por le amar olvidarédes y dejáredes todo cuanto os estorbare para lo amar y verdaderamente servir. Si vuestro ojo derecho, si la cosa que así la amáis como a vuestros ojos, os escandalizare menester, si vuestra mano derecha, si cualquiera cosa que mucho la habéis os apartare de este santo propósito, cortadla' (cf. Mt. 5, 29; 18, 9).

-¡Cosa recia es, padre! -Habéis de tener una navaja tan afilada, que, aunque os pongan delante padre y madre, hermanos y parientes, y amigos, y todo cuanto así se pudiera decir, si os aparta del amor de Jesucristo, cortadlo, no lo dejéis, holladlo, pasad, sobre ello; que, aunque esto parece género de crueldad, es gran piedad (cf. San Jerónimo, Epist. 14 ad Heliod. 2: PL 22,348).
'¡Cosa recia!... ¿Y que no solamente no tome la hacienda ajena, pero que tengo que dar la mía? ¿Y no solamente no tengo de hacer mal a nadie, pero hacer todo cuanto bien pudiere? Cosa recia y trabajosa es ésta... Poned algún consuelo, poned algún premio.

Pláceme. Mi Padre le amará; mi Padre le querrá bien -dice Jesucristo-, y el galardón que por cumplir mis palabras y guardar mis mandamientos le daré (en esto se les pagarán sus trabajos), que el Eterno Padre pondrá sus ojos sobre él, y a él vendremos y morada cerca de él haremos. No será la venida de pasada, pues ha de pararse a hacer morada y mansión...'


C) No contristéis al Espíritu Santo
a) Atención permanente al Huésped Divino
'El que espera o tiene este Huésped, así se ata, o para le recibir mejor o con mejor aparejo, o para, si fuere venido, conservarle para que no se vaya... ¿Por qué no hacéis como los otros? ¿Por qué sois tan enojosos? Desenvolveos, sed para algo... Si viéredes así alguno que hace esto, y que traiga cuidado sobre sí, y no sabe responder por sí, no defenderse, aquél lo tiene en el corazón; con aquél posa este Huésped; señales son éstas del Espíritu Santo. Nolite contristare Spiritum Sanctum (Ef. 4, 30). Mira cómo vives, no entristezcas al Espíritu Santo, que mora en nosotros. Vive con cuidado, como el que tiene un gran señor por Huésped, que no osa ir a fiestas ni a juegos; luego se acuerda de su Huésped y dice: ¿Quién lo servirá?... Quiero ir a mi casa, no me haya menester, no me eche menos, no haga falta... Corres, y juegas, y burlas, y comes y bebes sin temor de perderlo y sin ningún cuidado de le esperar y de lo recibir. ¡Oh qué dolor! Si lo esperas, y quieres y deseas, que venga, ¿qué es del cuidado? No hay hombre, por pobre que sea, que si le dicen que ha de venir el rey a reposar en su casa...'.

b) Vida limpia
'Cuando te convidaren con algún pecado, con alguna mala tentación, responde luego: Estoy esperando a la limpieza; ¿cómo me ensuciaré? Estoy esperando a mi Señor, ¿cómo me iré fuera de casa?.. Nescitis, quoniam membra vestra templum sunt Spiritus Sancti? (1 Cor. 6, 19). Miraos bien, que vuestros ojos, vuestras manos y vuestra boca, templo es del Espíritu Santo; no ensuciéis la casa del gran Señor. Pasas un deleite en tu carne, luego se va el Espíritu Santo. No se puede sufrir en ninguna manera el Espíritu Santo en el espíritu sucio; no pueden vivir juntos. No hay medio: o has de tomar lo uno o lo otro. Si has de tomar el Espíritu Santo, todo pecado y suciedad has de echar fuera; y si con algo te quieres quedar, irse ha el Espíritu Santo. Mira, pues, ahora cuál vale más, tener al Espíritu Santo consolador en tu corazón con limpieza o perder tan gran bien por un deleite que lo pasan las bestias en el campo'.

D) Cristo lo envía
Espanta el que Cristo enviase su Espíritu a los mismos que le crucificaron. Por tanto, también nos lo enviará a nosotros.
'-Es limpio; ¿cómo ha de venir a mí, que soy sucio?
-Ahí está el punto. ¿Por qué quiso tanto el Espíritu Santo a Jesucristo? Porque se puso Jesucristo tan de buena gana en la cruz, obedeciendo al Padre Eterno y al Espíritu Santo, por eso vendrá en nombre suyo a vosotros, y no tendrá asco de nuestra miseria; no dejará de venir; no se tapará las narices de ti. -¿Quién juntó oro con cieno, limpieza con la basura, rico con extrema pobreza, alteza con bajeza, tan grande bien con tanta flaqueza y poquedad? -Así es verdad que el hombre no es lugar propio para el Espíritu Santo, ni la cruz era lugar adonde pusieron a nuestro Redentor Jesucristo; mas por esta junta de Dios con la cruz es esotra del Espíritu Santo con el hombre. El Espíritu Santo amonestó e inspiró a Jesucristo que se pusiere en aquel lugar tan bajo y tan hediondo de la cruz, y por eso el Espíritu Santo viene a este otro lugar tan hediondo y bajo, que es el hombre. Rogádselo, importunádselo, llamadle en nombre de Jesucristo nuestro Señor, que cierto vendrá, y dárseos ha con todos sus dones; esclareceros ha el entendimiento; encenderá vuestra voluntad en amor suyo y daros ha gracia y gloria.

Entre las obras del santo figuran dos tratados que en realidad son dos sermones sobre esta festividad. Transcribimos el segundo
(Cf. Obras completas del santo Juan de Ávila, Tomo 2, BAC, pp. 429-445).

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Comentario Teológico: ¿Qué es Pentecostés?

PENTECOSTÉS
es la celebración del amor porque «el amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5) y «el fruto del Espíritu es amor» (Gal 5,22). Hoy celebramos todas las expresiones humanas de amor y de justicia, de paz y de fraternidad.

PENTECOSTÉS es la celebración de la purificación por la que el hombre es perdonado y recreado como «nueva creatura» (Jn 20,22-23)

PENTECOSTÉS es la celebración de los carismas y, por tanto, la celebración de la diversidad en la vida de la Iglesia y de los dones divinos que hacen viva y dinámica la comunidad cristiana.

PENTECOSTÉS es la celebración del universalismo y, por tanto, la celebración de la capacidad de la Iglesia para anunciar y encarnar el evangelio en todas las culturas y por luchar para destruir los egoísmos étnicos y raciales. Celebramos que el Espíritu «sopla donde quiere» (Jn 3, 8), obra en todas partes, dentro y fuera de la Iglesia, sin exclusivismos ni rigideces, sin exclusiones ni prejuicios.

PENTECOSTÉS es la celebración de la libertad porque «donde está el Espíritu del Señor está la libertad» (2 Cor 3,17). Es la fiesta de los hijos de Dios, de los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios (cf. Rom 12,14) para vivir en el amor, la plenitud de la libertad. Es la fiesta del Espíritu que guía el corazón del hombre más allá y con mayor eficacia que cualquier ley y cualquier norma, porque «la letra mata, mientras el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6).

 

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Aplicación: Anónimo - También hoy el Espíritu está actuando en los creyentes

Introducción

Las Profecías del Antiguo Testamento

El Espíritu Santo unge a Jesús

El Espíritu Santo en nosotros

Fraternidad signo de la presencia del Espíritu Santo

 

Introducción

No sé si han leído los Hechos de los Apóstoles alguna vez de manera continuada. Los leí ya en mi niñez porque había historias interesantísimas: la de Pedro y luego lo de San Pablo. Los Hechos de los Apóstoles son el libro del Espíritu Santo. Un escritor de los tiempos antiguos ya dijo que el Antiguo Testamento era el evangelio de Dios Padre, que los Evangelios lo eran de Dios Hijo y que los Hechos de los Apóstoles eran el evangelio del Espíritu Santo. La primera comunidad cristiana es muy consciente de la presencia del Espíritu Santo en su vida y en sus decisiones. Cuando se trata de decidir la cuestión    fundamental si uno se salva por la fe en Jesucristo o si uno tiene que observar además la Ley de Moisés, los apóstoles escribieron una carta a todos los cristianos de entonces diciendo: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponerles carga adicional". Ellos sabían que su palabra era la palabra del Espíritu Santo. Les sugiero que lean de un tirón los Hechos de los Apóstoles y probablemente les pasará lo mismo que a mí: les dará envidia porque en aquel entonces el Espíritu Santo se manifestó en signos prodigiosos, expulsión de demonios, curación de enfermos, conversión de miles de personas, les decía a los apóstoles lo que tenían que hacer. ¿Y nosotros? ¿Dónde existen hoy estos signos? ¿Acaso Dios no quiere que experimentemos lo mismo?

 

 

Las Profecías del Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, la primera parte de la Biblia que se extiende desde de la creación hasta la era de Jesús, leemos que el Espíritu Santo obró en personas dela Antigua Alianza con signos prodigiosos, también en los profetas. En nombre de Dios ellos anuncian la Nueva Alianza. Sus palabras hablan ante todo de Cristo pero indudablemente son también para nosotros que en Cristo somos uno con Dios y los hermanos: "Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne (es decir, en todos los hombres). Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños. Hasta en los siervos y siervas derramaré mi Espíritu"(Jl 3,1-2).

Como es de suponer los profetas hablaron de manera muy especial del Mesías que iba a venir como alguien sobre quien x reposará el Espíritu Santo de manera muy especial: "He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma, (dice el Señor). He puesto mi Espíritu sobre él, dictará ley a las naciones""(Is 42,1). Así habla el profeta Isaías en el capítulo 42, y Jesús mismo cita al profeta cuando habla en su tierra sobre su misión: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido el Señor. A anunciar la Buena Nueva a los pobres me ha enviado, a vendar corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la liberación, a pregonar un año de gracia de Dios, día de venganza de nuestro Dios; a consolar a los que lloran" (Is 61,1-2).

 

El Espíritu Santo unge a Jesús

Jesús vivía en la oscuridad del anonimato por treinta años. Sólo unas  pocas personas se habían enterado de que el Hijo de Dios se había hecho hombres y estos ni si­quiera tenían una idea cabal de ello. ¿Qué es lo que cambió  a Jesús, qué es lo que lo empujó a iniciar su vida publica? Fue la unción del Espíritu Santo. Jesús se hace bautizar por San Juan Bautista y cuando sale del agua : "Bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma"(Lc 3,21). Así fue "como Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10,38). En Jesús reside la plenitud del Espíritu Santo según la Escritura: "Reposará sobre él el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría e inteligencia, de ciencia y de temor del Señor" (Is 11,2). En ese poder Jesús de Nazaret  habla con autoridad, con ese poder realiza signos que hacen exclamar a la gente: "Todo lo ha hecho bien". Cuando Juan desde la cárcel manda preguntar a Jesús: "¿Eres tú el enviado o debemos esperar a otro?", Jesús le manda el siguiente mensaje:" Vayan di cuenten a Juan lo que han visto: los ciegos ven, los cojos andan, los muertos son resucitados y a o los pobres se les anuncia la buena noticia”.

Jesús quiere que compartamos con El ese Espíritu. A  manera de presagio, tal como  sucede en la Antigua Alianza que es promesa de lo que va a cumplirse de manera superabundante en la Nueva Alianza pactada en la sangre de Cristo, Jesús grita a los oídos de todos una maravillosa profecía. Quiero leerles sólo una cita de las muchas que nos hablan del deseo de Jesús a que recibamos el Espíritu. Escribe san Juan: "El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús, puesto de pie, gritó: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba , el que crea en mi, como dice la escritura: De su seno correrán ríos de agua viva’. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu pues todavía Jesús no había sido glorificado"(Jn 7,37-39). La glorificación de Jesús se realizará en su muerte y resurrección. Así el don del Espíritu Santo es un regalo que Jesús nos consigue por medio de su entrega en la  cruz.

 

 

El Espíritu Santo en nosotros

Dios no miente. Él cumple lo que ha prometido. Comenzando con los apóstoles  el día de Pentecostés, ha derramado su Espíritu con abundancia sobre su Iglesia y sobre sus hijos. No hay tiempo para comentar todo lo que nos dice la Sagrada Escritura sobre la acción del Espíritu Santo en nosotros. Escuchen sólo una enumeración escueta:

El Espíritu Santo es principio de vida nueva en nosotros, lo recibimos por la fe en Cristo Jesús. Por el bautismo habita en cada cristiano - nos hace templo de Dios – y nos convierte en hijos de Dios - es principio de nuestra resurrección - produce en nosotros la fe - nos regala un conocimiento de los sobrenatural, es decir, un conocimiento especial de las cosas de Dios - nos hace crecer en santidad - nos da intrepidez apostólica - fortalece nuestra esperanza - derrama en nuestros corazones el amor - nos une con Cristo - ora en nosotros - nos une con los demás cristianos en el Cuerpo Místico de Jesús - perdona nuestros pecados - nos da dones a cada uno para edificación de la Iglesia.;

 

 

Fraternidad signo de la presencia del Espíritu Santo

Permítanme comentar un poco más sólo uno de estos regalos que nos hace el Espíritu Santo: el regalo de la fraternidad. Como hemos escuchado en la segunda lectura, nadie pueda decir a siquiera "Jesús es el Señor" si no se lo da el Espíritu. Y escuchen esto: "Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un único cuerpo". Continúa diciendo el Apóstol: “Todos, ya seamos judíos o griegos, esclavos ó libres (¿puedo actualizar?: ya seamos limeños o provincianos, cholos o blancos, ricos o pobres, académicos o analfabetas), todos somos miembros del único cuerpo y a todos se nos ha dado de beber del único Espíritu”.

Les he enumerado lo que hace el Espíritu Santo en nosotros desde nuestro bautismo. ¿Por qué no vemos sus signos? De un lado la Escritura no miente pero del otro lado el Espíritu Santo respeta nuestra libertad. Creo que esta es la razón porque el Espíritu no entra con poder en nuestra persona y en nuestra comunidad. Vivimos una vida opuesta  a nuestra vocación, no obedecemos al Espíritu Santo.

Las divisiones que existen entre nosotros son una de las razones porque el Espíritu Santo no pueda desplegar su poder. Invoquemos, pues, al Espíritu Santo, pidamos a Jesús que cambie nuestro corazón para que sepamos dejar de lado discriminaciones y marginaciones y podamos comenzar a vivir nuestra vocación : ser miembros de un único Cuerpo del que  Cristo es la cabeza. Cuando comencemos en serio a obedecer las inspiraciones del  Espíritu Santo, estoy seguro que obrará también en nuestros tiempos y estaremos contemplando los mismos signos de poder y de paz y de santidad. Amén.

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Aplicación: Hans Urs von Balthasar - 'El viento sopla donde quiere'

1. «Se llenaron todos del Espíritu Santo».

El Espíritu Santo es la persona más misteriosa en Dios, por lo que puede manifestarse de múltiples formas: como viento recio y fuego, tal y como lo presenta la primera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés; pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior, como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es de dejarse guiar por su voz y su moción interior. Sea cual sea la forma en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el intérprete de Cristo, quien nos lo envía para que comprendamos el significado de su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera profundidad.

La llegada del Espíritu como un viento recio nos muestra su libertad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípulos, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exteriores tienen siempre en el Espíritu un sentido interior: su ruido, como de un viento recio, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego permite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un mensaje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca lo más íntimo de su corazón.

2. «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». Con esto estamos ya en la segunda lectura, que nos muestra al Espíritu que actúa en los corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene todavía algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos llevar» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejarnos llevar como hijos libres, para diferenciarnos de los esclavos, que se mueven por una orden extraña y exterior. A este «espíritu de esclavitud» Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes, que nos fascinan y esclavizan. Pero si seguimos al Espíritu de Dios en nosotros, nos damos cuenta de que esta fascinación que ejerce sobre nosotros lo terreno en modo alguno es una fatalidad: «Estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», sino que podemos ya, como hombres espirituales, ser dueños de nuestros instintos. Pero esto no por un desprecio orgulloso de la carne, sino porque, como hijos del Dios que se ha hecho carne, podemos ser hijos de Dios. Esto es lo distintivo del Espíritu divino: que no hace de nosotros hombres espirituales orgullosos o arrogantes, sino que hace resonar en nosotros el grito del Hijo: «¡Abba! (Padre)».

3. «El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo». El evangelio explica esta paradoja: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comunicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado de Dios mediante su vida y su enseñanza.
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994. Pág. 252 ss.)

 

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Aplicación: Alessandro Pronzato - 'Con las puertas cerradas'

H-13. "...Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos". Jesús encuentra a los discípulos atrincherados en casa, atenazados por el miedo, replegados sobre sí mismos masticando la propia desilusión.

El que ha hecho saltar los barrotes de la prisión de la muerte, ahora debe hacer saltar la prisión en que están atrincherados, asustados, los que van a ser mensajeros de la buena noticia.

En su ánimo la fe tomará el puesto del miedo, la paz sustituirá a la turbación. Hombres aplastados bajo el peso de la tragedia, que ha caído sobre ellos en los últimos días, serán puesto en pie, "equipados" con el poder de triunfar la fuerza del pecado. Un pelotón de gente que se obstina en mirar en dirección del pasado será proyectado hacia el futuro.

"Paz a vosotros". Es necesario precisar, como dice B. Maggioni, que "la paz y la alegría se dan únicamente al hombre que ha roto el apego a sí mismo y, consiguientemente, ya no es de ninguna manera rescatable para el mundo: la paz y la alegría nacen en la libertad, en la verdad, en el don de sí".

"Les enseñó las manos y el costado". El detalle no sirve tanto para demostrar la realidad de la resurrección, cuanto para subrayar el vínculo que une al Jesús del Calvario con el Jesús de la Pascua. Juan une estrechamente al resucitado con el crucificado. ¡El crucificado es el que ha resucitado!.

Las cicatrices de la pasión sirven, más que como un elemento apto para establecer la identidad de Jesús, para poner en evidencia la continuidad entre pasión y resurrección. La resurrección supone la cruz, no la suprime. La resurrección no es una especie de "revancha" que permita olvidar la cruz, como al despertar se disipan las imágenes de una pesadilla. La pascua no anula la pasión. Al contrario, la eterniza, dándonos la certeza de que el amor manifestado en el Gólgota permanece siempre presente en medio de nosotros (J. Perron). Jesús muestra los signos del amor que le han conducido a la cruz, para asegurar que ese amor "llevado hasta el extremo" no decaerá nunca.

Hay que subrayar también la alusión al costado, exclusiva de Juan, quien en su evangelio da mucha importancia al golpe de lanza asestado por el soldado a Jesús ya muerto. El agua y la sangre salidos del costado abierto del condenado asumen un valor simbólico preciso: indican el don del Espíritu y de los sacramentos. Por eso, aquí "el resucitado no hace otra cosa que conferir a los discípulos lo que les había conseguido en el Calvario" (J. Perron).

"... Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu santo...". La segunda escena, como decíamos más arriba, se centra en la misión de los apóstoles. Y esta misión es una continuidad con la de Cristo, que ha "partido" del Padre. El Padre ha enviado a su propio Hijo al mundo. Y el Hijo, a su vez, envía a los discípulos para que completen el designio universal de salvación.

La misión de la Iglesia, prolongación de la de Cristo (y no simple analogía), es obra del Espíritu. Solamente es posible a través del poder del Espíritu. Pero al Espíritu aquí no se le ve únicamente como "fuerza" que hace posible y fecunda la misión.

Es significativo, a propósito de esto, el verbo "exhalar", que no aparece en ninguna otra parte del nuevo testamento.

En la biblia griega aparece en dos ocasiones.

La primera vez para indicar la creación de Adán (/Gn/02/07).

La segunda en la visión de los huesos descarnados y llamados a la vida (/Ez/37/09). La semejanza es muy iluminadora.

Sobre todo, pentecostés se realiza el sexto día del Génesis. El acto realizado por el resucitado es un acto de creación. Asistimos, la tarde de pascua, a una nueva creación. Nace el hombre nuevo, ya no revestido con las "túnicas de piel", signo del pecado, sino con el vestido de luz y de gloria, como el resucitado. El hombre vuelve a ser "a imagen y semejanza de Dios".

Y la visión de Ezequiel introduce un elemento complementario. Simboliza la restauración, la "resurrección" de Israel como pueblo. Ya no una comunidad de muertos, sino una comunidad de vivientes. He aquí entonces que este nuevo acto creador de pentecostés asume una dimensión particular. Ya no es un acto individual, como para la creación de Adán, sino que afecta a los discípulos en su conjunto.

CREACION/C: La creación tiene por objeto una comunidad reunida (pentecostés, en hebreo, significa literalmente "hacer asamblea", "reunirse"). ES/INDIVIDUALISMO: "La naturaleza humana ha recibido pues su nueva creación espiritual bajo forma de Iglesia" afirma con mucho acierto Matta-el-Meskïn, padre espiritual del monasterio de San Marcario en Egipto. Y añade: "No existe individualismo en la nueva creación. De la Iglesia recibimos la naturaleza de hombre nuevo".

Por eso pentecostés es considerado la fiesta de la Iglesia, el aniversario de su nacimiento.

Y consiguientemente pentecostés es también la fiesta de la vida según el Espíritu, para aquellos que viven insertos en Cristo. Finalmente, muchos comentaristas evidencian cómo el relato de Juan tiene un tono litúrgico. Se precisa "el día primero de la semana". Nueva creación. Inauguración de un tiempo nuevo. Es el primer día de la semana. Parece entreverse una alusión al domingo cristiano.

Alguien nos descubre un esquema de celebración: saludo ("paz a vosotros"), invocación del Espíritu, fórmula de absolución. Y la presencia de Cristo reclama la mesa de la Palabra del Pan.

Detalles aparte, queda el hecho de que la asamblea que celebra realiza la presencia del Señor como el día de pascua. "En cada celebración se renueva el acontecimiento pascual, Cristo resucitado viene trayendo a sus fieles los mismos dones que la tarde de la resurrección: la alegría de su presencia, la paz, el perdón de los pecados, el poder del Espíritu para continuar en el mundo su misión" (D. Mollat).

Pero esta comunidad no goza de los dones pascuales "estáticamente", cerrada en sí misma. Esas personas son inmediatamente desalojadas, obligadas a moverse, a salir. Los discípulos pasan del miedo a la alegría y a la paz. Y parece que no tenemos tiempo de consumir tranquilamente esa paz que se nos ha ofrecido hace un momento. Se diría que la paz es arrebatada enseguida. En efecto, inmediatamente son enviados a afrontar un mundo hostil, a combatir los poderes del mal.

En una palabra: "Os doy la paz" y "Os quito la paz". Pentecostés se convierte así en la fiesta de la Iglesia que sale del temor, de la timidez, del lamento estéril. Una Iglesia que nace del poder del Espíritu no puede ser marginada. Ni tiene derecho a quejarse de ser marginada, impedida en su actuar, y de que no "cuenta". El único "bloqueo", el único impedimento es su miedo. No son los enemigos quienes la pueden "marginar", o limitar su presencia. Sólo ella puede perder su propia colocación exacta: en el centro del mundo. También los apóstoles estaban en casa por miedo a los judíos. Pero en el momento en que reciben el Espíritu, en que han sido investidos de aquel "soplo", los papeles se han invertido. Los adversarios son quienes temen esa presencia fastidiosa.

Los apóstoles no han reivindicado, preliminarmente, el reconocimiento del derecho a actuar. Han obligado a los otros a levantar acta de su acción revolucionaria. El viaje de la Iglesia -como el de los discípulos- no puede ser más que un viaje del miedo a la fe, del temor al coraje. Si se realiza al revés, ese viaje revela que la Iglesia ha perdido las huellas del resucitado.

Cuando no se sigue el impulso, los ritmos del Espíritu, entonces es cuando nos atrincheramos en casa para hacer el censo de los enemigos.
(ALESSANDRO PRONZATO, PAN-DOMINGO/B. Pág. 108 ss)

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Aplicación: Gerardo Soler - Pentecostés

La fiesta de Pentecostés es una manifestación del misterio de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hoy celebramos a JC resucitado, haciendo memoria "de la pasión salvadora" de Jesús, y de su "admirable resurrección y ascensión al cielo", como se dice en la Plegaria eucarística. Y esto lo podemos hacer por obra del Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y del Hijo. Desde la tarde de la Resurrección a la mañana de Pentecostés, el efecto de la resurrección de Jesús es permanente: dar, comunicar su Espíritu.

Por eso podemos decir que siempre es Pascua de Resurrección y siempre es Pentecostés. Con el "don" del Espíritu de JC resucitado podemos decir que Dios es definitivamente el "Emmanuel", el Dios-con-nosotros. Y donde está el Espíritu, está también el Padre y el Hijo.

"Estaban los discípulos en casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos". Es una descripción muy clara de una comunidad que no ha experimentado el Espíritu de JC resucitado.

Todavía estaban con el desconcierto de la pasión y de la muerte de Jesús. Pasión y muerte que para ellos fue también un escándalo. Por eso cuando experimentan y creen en JC resucitado "se llenaron de alegría". Alegría, gozo, paz, son "dones" del Espíritu Santo.

Podríamos preguntarnos hoy, nosotros que somos la comunidad que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús resucitado, por nuestros miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones... ¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!

"Exhaló su aliento sobre ellos". En este "exhalar" de JC resucitado sobre sus discípulos, contemplamos que son creados de nuevo. En la primera creación se nos dice que "Dios insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente" (/Gn/02/07). Como nosotros por el bautismo y la confirmación hemos recibido el Espíritu para una vida nueva. No la del hombre egoísta y pecador, sino la que valora y vive aquello que no pasará nunca. Nosotros, por el bautismo y la confirmación, nos hacemos portadores del Espíritu a los hombres hermanos, y trabajamos para que de hombres pecadores y dispersos vayamos construyendo el pueblo de Dios que es templo del Espíritu.

"Se llenaron todos de Espíritu Santo". El Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús resucitado, viene como un viento irresistible, que sopla donde quiere. Y la comunidad está reunida, y está reunida "en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús". La comunidad reunida en oración, y "con María la madre de Jesús". Estos son aspectos fundamentales de todo grupo cristiano si quiere ser una comunidad que experimente y viva del Espíritu: comunidad que reza, y en la que "María la madre de Jesús" está muy presente.

"Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas que se repartían". Estamos en la nueva y definitiva Alianza, inaugurada por obra del Espíritu que el Padre y el Hijo envían. En la alianza del Sinaí aparecen también el "ruido" y el "fuego". Es el "fuego" del Espíritu, la llama del amor viviente. Fuego que significa amor, amor nupcial, celoso, fiel, exclusivo, posesivo; amor más fuerte que la muerte. Fuego que es indomable e incontrolable. El Espíritu Santo, como dicen los Padres de la Iglesia, es "Fuego que procede del Fuego". El Espíritu Santo es el "amor que procede del Amor". Por eso dejémonos inflamar por Él; dejémonos amar por Él.

-Siempre es Pentecostés.
Pentecostés en griego significa 50, que en el simbolismo de los números bíblicos significa la perfección, plenitud, cumplimiento. San Lucas nos describe cinco "pentecostés", venidas del Espíritu Santo en diferentes momentos de la vida de la comunidad cristiana, para mostrarnos que siempre que viene el Espíritu es Pentecostés. No fue un solo y aislado Pentecostés. Nuestro bautismo fue Pentecostés, en la confirmación recibimos como "Don" el mismo de Pentecostés; la Eucaristía es acción del Espíritu Santo que nos reúne, nos comunica y hace entender la Palabra, y hace que la Palabra se haga Pan que alimenta, y nos envía a hacer las obras que el Padre quiere en favor de los hermanos.

Todos nosotros somos testigos de cómo el Espíritu nos va transformando, personal y comunitariamente; cómo el Espíritu va suscitando hombres y mujeres que luchan para la transformación de nuestro mundo.

"Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu". Por eso el misterio de Pentecostés está actuando siempre. Es el Espíritu que nos da la fe por la que confesamos que "Jesús es Señor". Es el Espíritu que nos congrega y nos hace una comunidad, la Iglesia. Es el Espíritu que suscita múltiples carismas, servicios, dones, regalos, ministerios, al servicio de la comunidad. El Espíritu es el que hace posible que siendo muchos, y teniendo distintas maneras de pensar y actuar, sepamos amarnos y ser "uno". El Espíritu Santo nos hace superar todas las divisiones, fruto del pecado, y salta todas las barreras sociales, de raza, de religión. El Espíritu Santo es la única bebida que da la Vida de Dios.
(GERARDO SOLER, MISA DOMINICAL 1988, 11)

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EJEMPLOS

La organización secreta
Sho Yi, una joven estudiante católica de Shanghái, fue obligada a tomar parte en los cursos comunistas sobre política. Ella se limitó a guardar silencio o a contestar en monosílabas. Un día esta conducta exasperaba al profesor. Dio un fuerte puñetazo en la mesa y rugió: "Los católicos sois todos iguales, o calláis o respondéis siempre lo mismo. Debéis tener una organización secreta. Confiésalo, ¿qué organización es esta?" "Sho Yi respondió: "Ya que pregunta usted le diré que nuestra organización secreta es el Espíritu Santo. En la Manchuria, en Arica, en América y aquí en la China creemos y decimos lo mismo, porque el Espíritu Santo habla por medio de nosotros. (Man 2, 297).

¿Quién soy yo...?
La Virgen María conoce por el Arcángel San Gabriel que su pariente Isabel va a tener un hijo en su vejez. Inmediatamente se pone en camino. Cruza Palestina y va a felicitarla y ayudarla en su trabajo. Cuando llega a su casa y le saluda, Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama:
-"¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?". (Lc. 1, 39-45).
Ese desconcierto -y mucho más- debería sentir el hombre, cada hombre, ante la venida del Espíritu Santo. ¿Quién soy yo para que todo un Dios venga a mí y a por mí?.
Parafraseando a San Juan, podemos decir: Tanto amó Dios al hombre que no ha parado hasta hacerse Él mismo hombre.
Un salto de verdadera locura. La distancia de Dios a hombre es infinita. Poco calamos en esa realidad si no nos desconcierta. "¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?. ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío...?". Pidamos al Espíritu Santo que nos asista también a reconocerlo presente y a asombrarnos de su amor.

Humildad y docilidad.
Cuando el cardenal Sarto, luego Papa San Pío X, era patriarca de Venecia tuvo que marchar a Roma para asistir al cónclave convocado por el fallecimiento de León XIII. Una señora veneciana le dijo al cardenal que había rezado para que el Espíritu Santo iluminara a los cardenales y le otorgaran el voto a él. El cardenal le contestó, sonriendo:
¡"Qué mala opinión tiene usted del Espíritu Santo!". Pero no
iba desacertada la señora.
El Espíritu Santo sabe lo que hace. Y eligió al que se creía inelegible, al humilde: "Porque ha mirado la poca cosa, la bajeza, de su esclava" (Lc. 1, 48).
No es la calidad, sino la humildad y docilidad de los instrumentos lo que le importa a Dios.

El águila real se resignó a vivir como gallina.
Un hombre encontró un huevo de águila. Se lo llevó a casa y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El huevo de águila fue incubado y nació junto con los demás pollitos, creció con la nidada y a lo largo de toda su vida hizo lo mismo que hacían los otros pollos. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piaba como los demás y nunca tentó de volar, sino que como todas las gallinas no podía sino saltar y volar por algunos metros no más.
Pero un día, levantando los ojos, vio allá arriba en el cielo una magnífica ave que flotaba elegante y majestuosa por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas. El aguilucho miraba asombrado hacia arriba. ¿"Qué es eso"? Preguntó a una gallina que estaba junto a él. "Es el águila, el rey de las aves" respondió la gallina. Pero no pienses en ello, Tú y yo somos diferentes" .Y el águila, criada con las gallinas vivió y murió creyendo que era una gallina de corral. Había renunciado a ser lo que era, un águila real.
Un famoso dicho reza así:: "Decíme con quien andas y te diré quién eres". Nos conformamos fácilmente con los de nuestro grupo de amigo o compañeros. No tenemos la fuerza de voluntad para vivir según nuestro convencimiento y nuestra fe. Nos acobardamos
Hechos a imagen y semejanza con Dios, y sobre todo, renacidos por el agua y el Espíritu Santo nos olvidamos de nuestra dignidad de hijos de Dios y discípulos del Señor. Jesús. Como Pedro en el patio del tribunal donde se juzgaba a Jesús, nos acobardamos a la primera contrariedad y no somos capaces de profesar con seguridad nuestra fe. Vivimos como los demás, nos conformamos con este mundo del cual Jesús no nos quiso alejar pero del cual nos quiso defender. "No te pido Padre que los saques del mundo, pero sí que los defiendas del Maligno" (Jn 17,15)
Si nuestro interés se concentra únicamente en los bienes materiales, si cortamos las alas a nuestros deseos de algo superior, corremos el riesgo de conformarnos a este mundo y reducir nuestras aspiraciones que nos conducirían a ser verdaderos discípulos de Jesús, auténticos cristianos. Nos limitamos a ser bautizados, a haber nacido de Dios, pero no nos comportamos como tales. Tal cual el aguilucho que aunque había nacido de un águila se conformó a vivir como gallina. Recordemos: ¡Somos templo del Espíritu Santo!

 

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Directorio Homilético: Solemnidad de Pentecostés

CEC 696, 726, 731-732, 737-741, 830, 1076, 1287, 2623: Pentecostés
CEC 599, 597,674, 715: el testimonio apostólico en Pentecostés
CEC 1152, 1226, 1302, 1556: el misterio de Pentecostés continúa en la Iglesia
CEC 767, 775, 798, 796, 813, 1097, 1108-1109: la Iglesia, comunión del Espíritu



696 El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas "como de fuego", como el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis el Espíritu"(1 Te 5, 19).

726 Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total" (cf. Jn 19, 25-27). Así es como ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.

V EL ESPIRITU Y LA IGLESIA EN LOS ULTIMOS TIEMPOS

Pentecostés

731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el Espíritu.

732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas después de la comunión)

El Espíritu Santo y la Iglesia

737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15, 5. 8. 16).

738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la unidad a aquellos que son distintos entre sí ... y hace que todos aparezcan como una sola cosa en él . Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual (San Cirilo de Alejandría, Jo 12).

739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la segunda parte del Catecismo).

740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la tercera parte del Catecismo).

741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la cuarta parte del Catecismo).

III LA IGLESIA ES CATOLICA
Qué quiere decir "católica"
830 La palabra "católica" significa "universal" en el sentido de "según la totalidad" o "según la integridad". La Iglesia es católica en un doble sentido:
Es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica" (San Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él "la plenitud de los medios de salvación" (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.

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1076 El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo (cf SC 6; LG 2). El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la "dispensación del Misterio": el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, "hasta que él venga" (1 Co 11,26). Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella ya de una manera nueva, la propia de este tiempo nuevo. Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama "la Economía sacramental"; esta consiste en la comunicación (o "dispensación") de los frutos del Misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia "sacramental" de la Iglesia.

Por ello es preciso explicar primero esta "dispensación sacramental" (capítulo primero). Así aparecerán más clarame nte la naturaleza y los aspectos esenciales de la celebración litúrgica (capítulo segundo).

1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de Dios" (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (cf Hch 2,38).

2623 El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los discípulos, "reunidos en un mismo lugar" (Hch 2, 1), que lo esperaban "perseverando en la oración con un mismo espíritu" (Hch 1, 14). El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf Jn 14, 26), será también quien la formará en la vida de oración.

"Jesús entregado según el preciso designio de Dios"

599 La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Los Judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús

597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato) lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los Judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Y aún menos, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que significa una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6), se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el espacio y en el tiempo:

Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: "Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy...no se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura" (NA 4).

Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo

674 La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinad o de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) del que "una parte está endurecida" (Rm 11, 25) en "la incredulidad" respecto a Jesús (Rm 11, 20). San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y San Pablo le hace eco: "si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 5). La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica, a continuación de "la plenitud de los gentiles (Rm 11, 25; cf. Lc 21, 24), hará al Pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13) en la cual "Dios será todo en nosotros" (1 Co 15, 28).

715 Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del "amor y de la fidelidad" (cf. Ez. 11, 19; 36, 25-28; 37, 1-14; Jr 31, 31-34; y Jl 3, 1-5, cuyo cumplimiento proclamará San Pedro la mañana de Pentecostés, cf. Hch 2, 17-21).Según estas promesas, en los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.

1152 Signos sacramentales. Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.

El bautismo en la Iglesia

1226 Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, S. Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos (Hch 2,41; 8,12-13; 10,48; 16,15). El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa", declara S. Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: "el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos" (Hch 16,31-33).

III LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACION

1302 De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

1556 "Para realizar estas funciones tan sublimes, los Apóstoles se vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos. Ellos mismos comunicaron a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos, el don espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los obispos" (LG 21).

La Iglesia, manifestada por el Espíritu Santo

767 "Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia" (LG 4). Es entonces cuando "la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del evangelio entre los pueblos mediante la predicación" (AG 4). Como ella es "convocatoria" de salvación para todos los hombres, la Iglesia, por su misma naturaleza, misionera enviada por Cristo a todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (cf. Mt 28, 19-20; AG 2,5-6).

775 "La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano "(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.

798 El Espíritu Santo es "el principio de toda acción vital y verdaderamente saludable en todas las partes del cuerpo" (Pío XII, "Mystici Corporis": DS 3808). Actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo en la caridad(cf. Ef 4, 16): por la Palabra de Dios, "que tiene el poder de construir el edificio" (Hch 20, 32), por el Bautismo mediante el cual forma el Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 13); por los sacramentos que hacen crecer y curan a los miembros de Cristo; por "la gracia concedida a los apóstoles" que "entre estos dones destaca" (LG 7), por las virtudes que hacen obrar según el bien, y por las múltiples gracias especiales [llamadas "carismas"] mediante las cuales los fieles quedan "preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia" (LG 12; cf. AA 3).

796 La unidad de Cristo y de la Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica también la distinción de ambos en una relación personal. Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo "amó y por la que se entregó a fin de santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29):

He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo formado de muchos ... Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que está escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia."(Ef 5,31-32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante, no forman más que una en el abrazo conyugal ... Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo "esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).

I LA IGLESIA ES UNA
"El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia" (UR 2)
813 La Iglesia es una debido a su origen: "El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas" (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador: "Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo" (GS 78, 3). La Iglesia es una debido a su "alma": "El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia" (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una:
¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos del universo y también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha madre, y me gusta llamarla Iglesia (Clemente de Alejandría, paed. 1, 6, 42).

1097 En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. La asamblea litúrgica recibe su unidad de la "comunión del Espíritu Santo" que reúne a los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. Esta reunión desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales.

La comunión del Espíritu Santo

1108 La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo. El Espíritu Santo es como la savia de la viña del Padre que da su fruto en los sarmientos (cf Jn 15,1-17; Ga 5,22). En la Liturgia se realiza la cooperación más íntima entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu de Comunión permanece indefectiblemente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (cf 1 Jn 1,3-7).

1109 La Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la Asamblea con el Misterio de Cristo. "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo" (2 Co 13,13) deben permanecer siempre con nosotros y dar frutos más allá de la celebración eucarística. La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad.

 

 



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