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Viernes Santo: Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 


A su disposición
Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. a las lecturas

Comentario Teológico: Benedicto XVI - "Tengo sed"

Santos Padres: San Agustín - La pasión del Señor.

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - La locura de la cruz

Aplicación: San Juan Pablo II - He aquí la cruz

Aplicación: Papa Francisco - Permanecer en la cruz de Jesús

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Viernes Santo

Aplicación: San Luis Bertrán - La pasión del Salvador

Aplicación: San Luis Bertrán - Los dolores de la Virgen

Ejemplos

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del viernes santo

Exégesis: P. José María Solé - Roma, C. F. M. a las lecturas

ISAÍAS 52, 13-53, 1-12:
En el poema del "Siervo de Yahvé" el pasaje que leemos hoy forma el Canto cuarto:
- Nos presenta al "Siervo" en su hora más trascendental: Pasión y Muerte. Dado que se trata de un "Justo" del todo inocente, su pasión y muerte nos es presentada como "Expiación" por los pecados de la muchedumbre. Pasión, por otra parte, que supera en sufrimientos físicos y morales toda medida (52, 13; 53, 1-3). Esta yuxtaposición de un sufrimiento sumo y de una suma inocencia, nos entra en el carácter "expiatorio" y "vicario" que tiene la Pasión del "Siervo". Él sufre por nuestros pecados. En nombre nuestro y a favor nuestro (4-6). Y su sacrificio es acepto a Dios, el cual retorna a vida al "Siervo" (11). En virtud del Sacrificio del Siervo, la muchedumbre pecadora queda justificada y el plan divino plenamente realizado (10-12).

- A la verdad, el Profeta alcanza en este poema la cima más alta de toda la revelación del A. T. La "Redención" será un "Sacrificio". Sacrificio no ritual, sino personal: El Mesías mismo será la Víctima. Siempre Jesús entendió así su misión y su función. Siempre el Mesianismo que Él vivió queda orientado hacia el Sacrificio Redentor: "El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a 'servir' (=Siervo de Yahvé); y a dar su vida en redención de la muchedumbre" (Mc 10, 45). Jesús con su ciencia y conciencia Mesiánica penetra como nadie este sentido de las Escrituras. El misterio de su Pasión gana más nuestro amor. Es una Pasión prevista, aceptada, amada. Pasión sin evasión posible en el "Siervo" obediente. Pasión sin ningún alivio.

- Por tanto, "Jesús es aquel 'Varón de dolores' (Is 53, 3) que conoce el dolor en toda su amplitud, en toda su intensidad, en toda su crueldad. Y esto es suficiente para hacerle hermano de todo hombre que llora y sufre; hermano mayor. Él conserva un primado que atrae hacia Sí la simpatía, la solidaridad, la comunión de todo hombre que sufre. Su dolor consciente, inocente, sufrido por amor, nos redime y salva" (Paulo VI: 27-IV-1970).

HEBREOS 4, 14-16; 5, 7-9:
Este pasaje de la Carta a los Hebreos ilumina la profecía del "Siervo de Yahvé" y la presenta realizada plenamente en Jesús.

- Jesús Sacerdote y Redentor: Hijo de Dios, el dolor no podía alcanzarle; pero Sacerdote-Redentor, acepta ser en todo igual a nosotros (15). Este rasgo de nuestro Redentor le torna inmensamente más amable a nuestros ojos y acrece sin medida nuestra confianza.

- Jesús Sacerdote y Víctima: Toda la vida de Jesús en la tierra fue pasión e inmolación. La Encarnación iba ordenada a la Pasión. En quien tenía de ello conciencia clara y cierta quedaba todo impregnado de dolor; dolor que hace de su vida una Pasión Hijo de Dios Encarnado para una vida de obediencia (= Siervo), aprende en su absoluta sumisión al plan Redentor de Dios, cuánto dolor y cuántas lágrimas, y cuánta sangre exige la redención de los hombres (5, 8). "Cristo necesita darse voluntariamente, gratuitamente, incluso dolorosamente, por nuestro bien, por la redención de la humanidad" (Paulo VI: ib.). El mismo amor que le impulsó a hacerse nuestro Sacerdote, sacerdote en todo semejante a los hombres (4, 15), le impulsó a hacerse Víctima por nosotros. Nos redimirá al precio de su propia vida.

- Jesús Sacerdote y Salvador: Ni cabía Sacerdote más excelso ni Víctima más valiosa. Es el Hijo de Dios quien para Redención nuestra se ofrece a ser Sacerdote y Víctima a favor nuestro. De ahí la confianza máxima que alienta a todos los redimidos: "Lleguémonos, pues, con segura confianza al Trono de la Gracia" (4, 16). El "Trono de la Gracia" es el Trono de Dios, desde que en él se sienta Sacerdote-Glorificado nuestro Hermano Jesús. "Y Glorificado, ha venido a ser para cuantos en Él creen autor de eterna salvación" (5, 9). En la Liturgia del Viernes Santo todos los ojos de todos los redimidos se elevan a este Trono de Gracia. Todos tenemos en Cristo la Redención y la Salvación: Per Filium tuum Jesum Cristum, Spiritus Sancti operante virtute vivificas et sanctificas universa, et populum tuum tibi congregare non desinis ut ab ortu solis usque ad occasum oblatio manda offeratur nomini tua (Prez Euc III).

JUAN 18-19, 42:
Juan narra la historia de la Pasión de Jesús a la luz de las profecías y de Pentecostés:
- Acentúa y subraya la voluntariedad, generosidad y serenidad con que Jesús se ofrece en sacrificio por amor nuestro. En todo guarda Él la iniciativa. Su muerte no es un asesinato. Es un Sacrificio. Sacrificio al que voluntariamente se ofrece la Víctima. Podrá decir la Liturgia: Amor Sacerdos immolat: A esta Víctima la inmola el Amor. De Getsemaní a la Cruz todo es llamarada de amor.
- Subraya cómo va cumpliendo todas las profecías, singularmente las del "Siervo de Yahvé", que nos hablan de un Justo condenado injustamente y que carga con la iniquidad de todos los pecadores para expiar por todos. La última palabra del Crucificado es: " ¡Todo cumplido!" (30). El "Siervo"-Hijo muere de Amor; pero muere en un supremo holocausto de Obediencia.

- No podemos, ser insensibles a tan inmenso Amor que se inmola para redimirnos. No podemos seguir en la línea del Adán rebelde. La fe y el amor nos injertan y nos integran en el Hijo hecho "Siervo" para aprender y paladear el sabor de la más dolorosa obediencia: "Leamos atentamente la Pasión del Señor. ¡Qué rica ganancia nos resultará de ello! Tu corazón de piedra se volverá blando cual cera... ¡Oh, mi Jesús; más que de los muertos que resucitaste me enorgullezco de los sufrimientos, injurias y burlas que por mí sufriste!" (Crisost. in Mt 85, 1; 87, 1).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona, 1979, pp. 101-104)

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Comentario Teológico: Benedicto XVI - "Tengo sed"

Al inicio de la crucifixión, como era costumbre, se ofreció a Jesús una bebida calmante paraatenuar los dolores insoportables. Jesús la rechazó. Quiso soportar totalmente consciente susufrimiento (cf. Mc 15,23). Al término de la Pasión, bajo el sol abrasador del mediodía, colgadoen la cruz, Jesús gritó: "Tengo sed" Un 19,28). Como solía hacerse, se le ofreció un vinoagriado, muy común entre los pobres, que también se podía considerar vinagre; se la teníacomo una bebida para calmar la sed.

Aquí encontramos de nuevo esa compenetración entre palabra bíblica y acontecimiento sobrela que hemos reflexionado a comienzos de este capítulo. Por un lado, la escena es del todorealista: la sed del Crucificado y la bebida agria que los soldados solían dar en aquellos casos.Por otro, oímos enseguida en el trasfondo el Salmo 69, aplicable a la Pasión, en el que elsufriente exclama: "En la sed me dieron vinagre" (v. 22). Jesús es el justo que sufre. En Él secumple la Pasión del justo descrita por la Escritura en las grandes experiencias de los orantesafligidos.
Pero, con esto, ¿cómo no pensar también en el canto de la viña del capítulo 5 del profetaIsaías, ese canto sobre el que hemos reflexionado en el contexto de la parábola de la viña? (cf.primera parte, pp. 302-306). En ella, Dios presentó su queja a Israel. Dios había plantado unaviña en una fértil colina, y la cuidó con mimo. "Esperaba que diera uvas, pero produjo agraces"(Is 5,2). La viña de Israel no lleva a Dios el fruto noble de la justicia, que se funda en el amor.Da los granos agrios del hombre que se preocupa solamente de sí mismo. Produce vinagre envez de vino. El lamento de Dios, que oímos en el canto profético, se concreta en esta hora enque al Redentor sediento se le ofrece vinagre.

Así como el canto de Isaías manifiesta el sufrimiento de Dios por su pueblo, más allá de sumomento histórico, así también la escena de la cruz sobrepasa la hora de la muerte de Jesús.No sólo Israel, sino también la Iglesia, nosotros, respondemos una y otra vez al amor solícitode Dios con vinagre, con un corazón agrio que no quiere hacer caso del amor de Dios. "Tengosed": este grito de Jesús se dirige a cada uno de nosotros.

Las mujeres junto a la cruz- la Madre de Jesús
Los cuatro evangelistas nos hablan -cada uno a su modo- de mujeres junto a la cruz. Marcos nos dice: "Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con éla Jerusalén" (15,40s). Aunquelos evangelistas no dicen nada directamente, en el simple hecho de que se mencione supresencia se puede percibir el desconcierto y la aflicción de estas mujeres ante lo ocurrido.

Juan cita al final de su relato de la crucifixión unas palabras del profeta Zacarías: "Mirarán alque traspasaron" (19,37; cf. Za 2,10). Al principio del Apocalipsis, estas palabras que aquíesclarecen la escena ante la cruz se aplicarán de manera profética al tiempo final: al momentodel retorno del Señor, cuando todos mirarán al que viene con las nubes -el Traspasado- y sedarán golpes de pecho (cf. Ap 1,7).

Las mujeres miran al Traspasado. Podemos pensar también en las otras palabras del profeta Zacarías: "Harán llanto como el llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito" (12,10). Mientras que hasta la muerte de Jesús sólo había habido escarnio y crueldad en torno al Señor, los Evangelios presentan ahora un epílogo reparador que lleva a supuesta en el sepulcro y a la resurrección. Las mujeres que le habían sido fieles están presentes.Su compasión y su amor son para el Redentor muerto.

Podemos, pues, añadir también tranquilamente la conclusión del texto de Zacarías: "Aquel díahabrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza" (13,1). El mirar al Traspasado y el compadecerse se convierten ya depor sí en fuente de purificación. Da comienzo la fuerza transformadora de la Pasión de Jesús.

Juan no sólo nos dice que las mujeres estaban junto a la cruz -"su madre, la hermana de sumadre, María la de Cleofás y María la Magdalena" (19,25)-, sino que prosigue: "Jesús, al ver asu madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre"". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió ensu casa" (19,26s). Ésta es la última disposición, casi un acto de adopción. Él es el único hijo desu madre, la cual, tras su muerte, quedaría sola en el mundo. Ahora pone a su lado al discípuloamado, lo pone, por decirlo así, en lugar suyo, como su propio hijo, y desde aquel momento élse hace cargo de ella, la acoge consigo. La traducción literal es aún más fuerte; se podríaexpresar más o menos así: la acogió entre sus propias cosas, la acogió en su más íntimocontexto de vida. Así pues, esto es ante todo un gesto totalmente humano del Redentor queestá a punto de morir. No deja sola a su madre, la confía a los cuidados del discípulo que lehabía sido tan cercano. De este modo se da también al discípulo un nuevo hogar: la madre quecuida de él y de la que él se hace cargo.

Cuando Juan habla de hechos humanos como éste, quiere recordar ciertamente acontecimientos ocurridos. Sin embargo, lo que le interesa es siempre algo más que los hechos concretos del pasado. El acontecimiento se proyecta más allá de sí mismo hacia lo que permanece. Así pues, ¿qué quiere decirnos con esto?

Un primer aspecto nos lo ofrece con la forma de llamar "mujer" a su madre. Es el mismotérmino que Jesús había usado en la boda de Caná (cf.Jn 2,4). Las dos escenas quedan asírelacionadas una con otra. Caná había sido una anticipación de la boda definitiva, del vinonuevo que el Señor quería ofrecer. Sólo ahora se hace realidad lo que entonces eraúnicamente un signo precursor de lo que estaba por venir.

El término "mujer" recuerda al mismo tiempo el relato de la creación, en el cual el Creadorpresenta la mujer a Adán. Adán reacciona ante esta nueva criatura diciendo: "¡Ésta sí que eshueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer" (Gn 2,23). San Pablo hapresentado a Jesús en sus cartas como el nuevo Adán, con el cual la humanidad recomienza deun modo nuevo. Juan nos dice que al nuevo Adán le corresponde nuevamente "la mujer", queél nos presenta en la figura de María. En el Evangelio eso queda como una alusión callada de loque se desarrollará después poco a poco en la fe de la Iglesia.

El Apocalipsis habla de la señal grandiosa de la mujer que aparece en el cielo, abrazando allí atodo Israel, o mejor, a la Iglesia entera. La Iglesia debe dar a luz a Cristo continuamente condolor (cf. 12,1-6). Otro paso en la maduración de la misma idea lo encontramos en la Carta alos Efesios, que aplica a Cristo y a la Iglesia la imagen del hombre que deja a su padre y a sumadre y se hace una sola carne con la mujer (cf. 5,31s). La Iglesia antigua, basándose en elmodelo de la "personalidad corporativa" -según el modo de pensar de la Biblia-, no hatenido dificultad alguna para reconocer en la mujer, por un lado, a María en sentido del todopersonal y, por otro, para ver en ella, abarcando todos los tiempos, a la Iglesia esposa y Madre,en la cual el misterio de María se prolonga en la historia.

Como María, la mujer, también el discípulo predilecto es a la vez una figura concreta y unmodelo del discipulado que siempre habrá y siempre debe haber. Al discípulo, que esverdaderamente discípulo en la comunión de amor con el Señor, se le confía la mujer: María -la Iglesia.

La palabra de Jesús en la cruz permanece abierta a muchas realizaciones concretas. Una y otravez se dirige tanto a la madre como al discípulo, y a cada uno se le confía la tarea de ponerlaen práctica en la propia vida, tal como está previsto en el plan de Dios. Al discípulo se le pidesiempre que acoja en su propia existencia personal a María como persona y como Iglesia,cumpliendo así la última voluntad de Jesús.

Jesús muere en la cruz
Según la narración de los evangelistas, Jesús murió orando en la hora nona, es decir, a las tresde la tarde. En Lucas, su última plegaria está tomada del Salmo 31: "Padre, en tus manosencomiendo mi espíritu" (Lc 23,46; cf. Sal 31,6). Para Juan, la última palabra de Jesús fue:"Está cumplido" (19,30). En el texto griego, esta palabra (tetélestai) remite hacia atrás, alprincipio de la Pasión, a la hora del lavatorio de los pies, cuyo relato introduce el evangelistasubrayando que Jesús amó a los suyos "hasta el extremo (télos)" (13,1). Este "fin", esteextremo cumplimiento del amor, se alcanza ahora, en el momento de la muerte. Él ha idorealmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad delamor, se ha dado a sí mismo.

En el capítulo 6, al hablar de la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, hemos conocidotambién otro significado de la misma palabra (teleioün), basándonos en Hebreos 5,9: en laTorá significa "iniciación", consagración en orden a la dignidad sacerdotal, es decir, el traspasototal a la propiedad de Dios. Pienso que, haciendo referencia a la oración sacerdotal de Jesús,también aquí podemos sobrentender este sentido. Jesús ha cumplido hasta el final el acto deconsagración, la entrega sacerdotal de sí mismo y del mundo a Dios (cf. Jn 17,19). Asíresplandece en esta palabra el gran misterio de la cruz. Se ha cumplido la nueva liturgiacósmica. En lugar de todos los otros actos cultuales se presenta ahora la cruz de Jesús corno laúnica verdadera glorificación de Dios, en la que Dios se glorifica a sí mismo mediante Aquel enel que nos entrega su amor, y así nos eleva hacia Él.
Los Evangelios sinópticos describen explícitamente la muerte en la cruz como acontecimientocósmico y litúrgico: el sol se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla,muchos muertos resucitan.

Pero hay un proceso de fe más importante aún que los signos cósmicos: el centurión -comandante del pelotón de ejecución-, conmovido por todo lo que ve, reconoce a Jesúscorno Hijo de Dios: "Realmente éste era el Hijo de Dios" (Mc15,39). Bajo la cruz da comienzola Iglesia de los paganos. Desde la cruz, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidadde la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero.

Mientras los romanos, como intimidación, dejaban intencionadamente que los crucificadoscolgaran del instrumento de tortura después de morir, segúnel derecho judío debían serenterrados el mismo día (cf. Dt 21,22s). Por eso el pelotón de ejecución tenía el cometido deacelerar la muerte rompiéndoles las piernas. También se hace así en el caso de los crucificadosen el Gólgota. A los dos "bandidos" se les quiebran las piernas. Luego, los soldados ven queJesús está ya muerto, por lo que renuncian a hacer lo mismo con él. En lugar de eso, uno deellos traspasa el costado -el corazón- de Jesús, "y al punto salió sangre y agua" Jn 19,34).Es la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales. Estaba prescrito que no se les debíapartir ningún hueso (cf. Ex 12,46). Jesús aparece aquí como el verdadero Cordero pascual quees puro y perfecto.

Podemos por tanto vislumbrar también en estas palabras una tácita referencia al comienzo dela obra deJesús, a aquella hora en que el Bautista había dicho: "Éste es el Cordero de Dios, quequita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Lo que entonces debió ser incomprensible -erasolamente una alusión misteriosa a algo futuro- ahora se hace realidad. Jesús es el Corderoelegido por Dios mismo. En la cruz, Él carga con el pecado del mundo y nos libera de él.

Pero resuena al mismo tiempo también el Salmo 34, donde se lee: "Aunque el justo suframuchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo sequebrará" (v. 20s). El Señor, el Justo, ha sufrido mucho, ha sufrido todo y, sin embargo, Dios loha guardado: no le han roto ni un solo hueso.

Del corazón traspasado de Jesús brotó sangre y agua. La Iglesia, teniendo en cuenta laspalabras de Zacarías, ha mirado en el transcurso de los siglos a este corazón traspasado,reconociendo en él la fuente de bendición indicada anticipadamente en la sangre y el agua. Laspalabras de Zacarías impulsan además a buscar una comprensión más honda de lo que allí haocurrido.

Un primer grado de este proceso de comprensión lo encontramos en la Primera Carta de Juan,que retoma con vigor la reflexión sobre el agua y la sangre que salen del costado de Jesús:"Este es el que vino con agua y con sangre, Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y consangre. Y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Tres son lostestigos en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo" (5,6ss).

Qué quiere decir el autor con la afirmación insistente de que Jesús ha venido no sólo con elagua, sino también con la sangre? Se puede suponer que haga probablemente alusión a unacorriente de pensamiento que daba valor únicamente al Bautismo, pero relegaba la cruz. Y esosignifica quizás también que sólo se consideraba importante la palabra, la doctrina, el mensaje,pero no "la carne", el cuerpo vivo de Cristo, desangrado en la cruz; significa que se trató decrear un cristianismo del pensamiento y de las ideas del que se quería apartar la realidad de lacarne: el sacrificio y el sacramento.

Los Padres han visto en este doble flujo de sangre y agua una imagen de los dos sacramentosfundamentales - la Eucaristía y el Bautismo-, que manan del costado traspasado del Señor,de su corazón. Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres. Pero losPadres, ante el costado abierto del Señor exánime en la cruz, en el sueño de la muerte, se hanreferido también a la creación de Eva del costado de Adán dormido, viendo así en el caudal delos sacramentos también el origen de la Iglesia: han visto la creación de la nueva mujer delcostado del nuevo Adán.

La sepultura de Jesús
Los cuatro evangelistas nos relatan que un miembro acomodado del Sanedrín, José deArimatea, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. Marcos (15,43) y Lucas (23,51) añaden que José erauno "queaguardaba el Reino de Dios", mientras que Juan (cf. 19,38) lo considera un discípulosecreto de Jesús, un discípulo que hasta aquel momento no se había manifestadoabiertamente como tal por temor a los círculos judíos dominantes. Juan menciona además laparticipación de Nicodemo (cf. 19,39), de cuyo coloquio nocturno con Jesús sobre el nacer y elvolver a nacer de nuevo había hablado en el tercer capítulo (cf. vv. 1-8). Después del drama delproceso, en el cual todo parecía una conjura contra Jesús y ninguna voz parecía levantarse ensu favor, venimos ahora a saber del otro Israel: personas que están a la espera. Personas queconfían en las promesas de Dios y van en busca de su cumplimiento. Personas que en lapalabra y en la obra de Jesús reconocen la irrupción del Reino de Dios, el inicio delcumplimiento de las promesas.

Habíamos encontrado en los Evangelios personas como éstas, sobre todo entre la gentesencilla: María y José, Isabel y Zacarías, Simeón y Ana, además de los discípulos; pero ningunode ellos pertenecía a los círculos influyentes, aunque provenían de distintos niveles culturales ydiferentes corrientes de Israel. Ahora -tras la muerte de Jesús- salen a nuestro encuentrodos personajes destacados de la clase culta de Israel que, aun sin haber osado declarar sucondición de discípulos, tenían sin embargo ese corazón sencillo que hace al hombre capaz dela verdad (cf. Mt 10,25s).

Mientras que los romanos abandonaban los cuerpos de los ejecutados en la cruz a los buitres,los judíos se preocupaban de que fueran enterrados; había lugares asignados por la autoridadjudicial precisamente para eso. En este sentido, la petición de José entra dentro de lo habitualen el derecho judío. Marcos dice que Pilato se asombró de que Jesús hubiera muerto ya, y queprimero se cercioró por el centurión de la verdad de esta noticia.

Una vez confirmada lamuerte de Jesús, concedió su cuerpo al miembro del consejo (cf. 15,44s).

Sobre el entierro mismo, los evangelistas nos transmiten varias informaciones importantes.Ante todo, se subraya que José hace colocar el cuerpo del Señor en un sepulcro nuevo de supropiedad, en el que todavía no se había enterrado a nadie (cf. Mt 27,60; Lc 23,53; Jn 19,41).Esto manifiesta un respeto profundo por este difunto. Al igual que el "Domingo de Ramos" sehabía servido de un borrico sobre el que nadie había montado antes (cf. Mc 11,2), así tambiénahora es colocado en un sepulcro nuevo.
Es importante además la noticia según la cual José compró una sábana en la que envolvió aldifunto. Mientras los Sinópticos hablan simplemente de una sábana, en singular, Juan habla de"vendas" de lino (cf. 19,40), en plural, como solían hacer los judíos en la sepultura. El relato dela resurrección vuelve sobre esto con más detalle. Aquí no entramos en la cuestión sobre laconcordancia con el sudario de Turín; en todo caso, el aspecto de dicha reliquia esfundamentalmente conciliable con ambas versiones.

Finalmente, Juan nos dice que Nicodemo llevó una mixtura de mirra y áloe, "unas cien libras".Y prosigue: "Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según seacostumbra a enterrar entre los judíos" (19,39s).Pero la cantidad de aromas es extraordinariay supera con mucho la medida habitual: es una sepultura regia. Si en el echar a suertes susvestiduras hemos vislumbrado a Jesús como Sumo Sacerdote, ahora el tipo de sepultura lomuestra como Rey: en el instante en que todo parece acabado, emerge sin embargo de modomisterioso su gloria.

Los Evangelios sinópticos nos narran que algunas mujeres observaban el sepelio (cf. Mt 27,61;Mc 15,47), y Lucas puntualiza que eran las mujeres "que lo habían acompañado desde Galilea"(23,55). Y añade: "A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo,conforme a lo prescrito" (23,56). Tras el descanso sabático, el primer día de la semana por lamañana, vendrán para ungir el cuerpo de Jesús y así dejar lista la sepultura de maneradefinitiva. La unción es un intento de detener la muerte, de evitar la descomposición delcadáver. Pero es un esfuerzo inútil: la unción puede conservar al difunto como difunto, nopuede restituirle la vida.

La mañana del primer día las mujeres verán que su solicitud por el difunto y su conservaciónha sido una preocupación demasiado humana. Verán que Jesús no tiene que ser conservadoen la muerte, sino que Él -y ahora de modo real- está de nuevo vivo. Verán que Dios, de unmodo definitivo y que sólo Él puede hacer, lo ha rescatado de la corrupción y, con ello, delpoder de la muerte. Con todo, en la premura y en el amor de las mujeres se anuncia ya lamañana de la Resurrección.
(RATZINGER, J. - BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 254 - 267)

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Santos Padres: San Agustín - La pasión del Señor.

1. La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo espara nosotros un ejemplo de paciencia, a la vez que seguridadde alcanzar la gloria. ¿Qué cosa no pueden esperar de la graciade Dios los corazones de los fieles? Por bien de ellos, el Hijoúnico de Dios y coeterno con el Padre tuvo en poco el nacercomo hombre y, por tanto, de hombre, sino que hasta sufrióla muerte de manos de quienes fueron creados por él. Grancosa es lo que se nos promete para el futuro, pero mucho mayores lo que recordamos que se hizo ya por nosotros. ¿Dóndeestaban los santos o qué eran ellos cuando Cristo murió porlos impíos? ¿Quién dudará de que él ha de donarles su vida,si les donó incluso su muerte? ¿Por qué duda la fragilidad humana en creer que será una realidad el que los hombres vivanalgún día en compañía de Dios? Mucho más increíble es loque ya ha tenido lugar: que Dios haya muerto por los hombres.¿Quién es Cristo sino la Palabra que existía en el principio,la Palabra que existía junto a Dios y la Palabra que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros.No hubiera tenido en sí mismo donde morir por nosotrossi no hubiese tomado nuestra carne mortal.

De esta manerapudo morir el inmortal y quiso donar la vida a los mortales:haciendo partícipes de sí mismo en el futuro a aquellosde quienes él se había hecho partícipe antes. Pues ni nosotrosteníamos en nuestro ser de dónde conseguir la vida ni él en elsuyo en dónde sufrir la muerte. Realizó, pues, con nosotros unadmirable comercio en base a una mutua participación: el donde morir era nuestro, el don de vivir será suyo. Pero la carneque tomó de nosotros para morir, él mismo la otorgó, puestoque es el creador; la vida, en cambio, gracias a la cual viviremosen él y con él, no la recibió de nosotros. En consecuencia,si consideramos nuestra naturaleza, la que nos hace hombres,no murió en su ser, sino en el nuestro, puesto que de ningunamanera puede morir en su naturaleza propia, por la que esDios. Si, en cambio, consideramos que es creatura suya, queél lo hizo en cuanto Dios, murió también en su ser, puesto queél es autor también de la carne en que murió.

2. Así, pues, no sólo no debemos avergonzarnos de lamuerte del Señor, nuestro Dios, sino más bien poner en ellatoda nuestra confianza y nuestra gloria. En efecto, recibiendoen lo que tomó de nosotros la muerte que encontró en nosotros,hizo una promesa fidedigna de que nos ha de dar la vidaen él; vida que no podemos obtener por nosotros. Quien nosamó tanto que, sin tener pecado, sufrió lo que los pecadoreshabíamos merecido por el pecado, ¿cómo no va a darnos quiennos hace justos lo que merecimos por la justicia? ¿Cómo no vaa cumplir su promesa de dar el galardón a los santos quienpromete sinceramente, quien sin cometer maldad alguna sufrióel castigo que merecían los malvados? Llenos de coraje, confesemos,o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificadopor nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor;gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, ylo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas ydivinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante,no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él,que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombrecomo nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de míel gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.Estaba contemplando quién, por quiénes y de dónde había pendido,y presumía de tan grande humildad de Dios y de la divinaexcelsitud. Esto el Apóstol.

3. Pero quienes nos insultan porque adoramos al Señorcrucificado, cuanto más piensan que saben, tanto más irremediablementehan perdido la razón, pues no entienden en absolutolo que creemos o decimos. En efecto, nosotros no decimos que murió en Cristo su ser divino, sino su ser humano.Si, por ejemplo, cuando muere un hombre cualquiera no sufrela muerte, en compañía del cuerpo, aquello que ante todo leconstituye como hombre, es decir, lo que le distingue de lasbestias, lo que faculta el entender, lo que discierne entre lodivino y lo humano, lo temporal y lo eterno, lo falso y lo verdadero,en definitiva, el alma racional, sino que, muerto el cuerpo,ella se separa con vida y, no obstante, se dice: "Ha muertoun hombre", ¿por qué no decir también: "Murió Dios", sinentender por ello que pudo morir el ser divino, sino la partemortal que había recibido en favor de los mortales? Cuandomuere un hombre, no muere su alma que mora en la carne; deidéntica manera, cuando murió Cristo, no murió su divinidadpresente en la carne. "Pero, dicen, Dios no pudo mezclarsecon el hombre y hacerse, juntamente con él, el único Cristo."Según esta opinión carnal y vana y cualesquiera otras opinioneshumanas, más difícil debería sernos el creer en la posibilidad dela mezcla entre el espíritu y la carne que entre Dios y el hombre,y, a pesar de todo, ningún hombre sería hombre si el espíritudel hombre no estuviese mezclado a un cuerpo humano.

¡Cuánto más difícil y extraña no será la mezcla entre espírituy cuerpo que entre espíritu y espíritu! Si, pues, para constituirun hombre se han mezclado el espíritu del hombre, que no escuerpo, y el cuerpo del hombre, que no es espíritu, Dios, quees espíritu, ¿no pudo, con mucha más razón, mezclarse, graciasa una participación espiritual, no ya a un cuerpo desvinculadodel espíritu, sino a un hombre poseedor de espíritu, para constituirde ambos un único Cristo?

4. Gloriémonos, pues, también nosotros en la cruz denuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificadopara nosotros, y nosotros para el mundo. Cruz que hemos colocado en la misma frente, es decir, en la sede del pudor, paraque no nos avergoncemos. Y si nos esforzamos por explicar cuáles la enseñanza de paciencia que se encierra en esta cruz o cuansaludable es, ¿encontraremos palabras adecuadas a los contenidoso tiempo adecuado a las palabras? ¿Qué hombre que creacon toda verdad e intensidad en Cristo se atreverá a enorgullecerse,cuando es Dios quien enseña la humildad no sólo con lapalabra, sino también con su ejemplo? La utilidad de esta enseñanzala recuerda en pocas palabras aquella frase de la Sagrada Escritura: Antes de la caída se exalta el corazón y antes dela gloria se humilla. Lo mismo afirman estas otras palabras:Dios resiste a los soberbios, y a los humildes, en cambio, les dasu gracia; e igualmente: Quien se ensalza será humillado yquien se humilla será ensalzado. Por consiguiente, ante la exhortacióndel Apóstol a que no seamos altivos, sino que tengamossentimientos humildes, el hombre ha de pensar, si le es posible,a qué gran precipicio es empujado si no comparte la humildadde Dios y cuan pernicioso es que el hombre encuentre dificultaden soportar lo que quiera el Dios justo, si Dios sufrió pacientementelo que quiso el injusto enemigo.
SAN AGUSTÍN,Sermones (y.), Sermón 218 C, 1-y., BAC Madrid 1983, XXIV, pág. 219-23

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - La locura de la cruz

El misterio del amor de Dios

Dice San Luis María Grignon de Monfort: "Éste es, a mi modo de ver, el mayor secreto del Rey, el misterio más sublime de la sabiduría eterna: la Cruz".

En ella, en efecto, llega a su extremo el misterio del Amor Redentor de Dios. Frente a la miseria humana del pecado, Dios ve la ocasión de multiplicar las muestras de su amor, hasta vaciarse de Sí mismo, como escribe con fuerza San Pablo, to­mando figura de esclavo, haciéndose pecado, y cargando nues­tra maldición sobre sus hombros. En su cuerpo triturado, Cristo recapitula los pecados de toda la humanidad, desde Adán hasta el último hombre que pisará la tierra. Cristo en su Pasión es el Hombre, tal como quedó en razón de la rebeldía del pecado: "Ecce Homo". A pesar de su inocencia absoluta, quiso que pesara sobre su conciencia el remordimiento de todos los re­beldes. Ante la majestad del Padre, Él se veía "como un gusano, no un hombre", pues fue "traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades", según leemos en los salmos.

El misterio de la Cruz es la clave de la obra de Nuestro Señor. Dicho misterio se hace presente ya desde el momento de su concepción en el seno de María Santísima. De ahí lo que se dice en la epístola a los Hebreos: "Por eso, al entrar al mundo, dice: No quisiste oblación ni sacrificio, pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: he aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad... Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo".

Toda la vida de Cristo puede considerarse como una ascen­sión hacia el Calvario. Para eso había venido al mundo, como lo declaró antes de su Pasión: "¿Qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si para eso he llegado a esta hora. ¡Padre, glorifica tu nombre!". ¡Qué misterio: Dios hace consistir su gloria en la humillación de la Cruz!

Esto permanecería como un enigma insoluble si Él mismo no nos hubiese explicado la razón: su Amor. Por medio del profeta, Dios había dicho "los atraeré con lazos de hombre". Con el misterio de su Encarnación y mediante su Pasión, Cristo se constituye en el lazo que restituye el vínculo roto por el pecado. Sobre el abismo de la rebeldía, se tiende el puente del Cuerpo de Cristo: Él acepta que nuestros pies manchados lo pisen, dejando en Él las huellas inmundas de nuestra inmundicia. Tal es el precio que acepta pagar en rescate de los cautivos. Y si el Padre acepta el holocausto de su Hijo es porque su amor desea adquirir mediante ese sacrificio infinitos hijos, que son los redimidos por la Sangre del Cordero sin mancha.

Verdaderamente que a los ojos de nuestra sola razón todo esto aparece como una locura, un verdadero delirio. Des­proporcionada es la rebeldía del hombre ante los beneficios de que Dios lo hace objeto, pero más desproporcionada es la per­severancia de este amor, que no se detiene ante ningún obstá­culo, buscando vencer las resistencias del corazón humano. Dios se hace mendigo de nuestra correspondencia.

En este día lo vemos puesto en Cruz, muerto, y con su Corazón abierto, víctima de su propio amor. Nuestra mente queda anonadada, pero en lo más íntimo de nuestra alma deben hoy resonar las palabras del Crucificado: "Tengo sed". Cristo tiene sed de mi amor. ¿Cómo negárselo ante la enormidad del suyo? Aquí no se trata de entender sino de aceptar: tengo en mis manos la posibilidad de calmar la sed de un Dios sediento.

La Cruz: encuentro de la muerte y la vida

En el Cuerpo Crucificado del Redentor se libra el combate en­tre la muerte, consecuencia del pecado, y la vida, don del Padre. Mas por la Cruz, "la muerte es engullida en la victoria". Y mediante, esta victoria de Cristo, la muerte deja de ser sólo el castigo del pe­cado para constituirse en el momento del reencuentro con Dios.

Esta confluencia de vida y muerte se expresa en dos cualida­des inseparables de la Cruz: la negación y la fecundidad.

El seguimiento de Cristo está signado por la cruz, que es negación del amor propio: "Si alguno quiere ser mi discípulo —nos dice el Señor—, niéguese a sí mismo, cargue su cruz, y siga tras de Mí". La identificación con Cristo Crucificado es, ante todo, interior. Consiste en la aceptación de la voluntad del Padre, tal como en el huerto de Getsemaní lo hizo Jesús, el cual, "aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer". La mortificación exterior no es sino la fiel expresión de esa adhesión consciente y libre a los designios divinos.

La contrapartida de esta renuncia es la fecundidad de la Cruz: "Si el grano de trigo arrojado en tierra no muere, queda solo; pero si muere produce fruto abundante". Cristo es el grano fecundo que será sembrado en el sepulcro, cuyo fruto es la Salvación de todo el género humano. Eso mismo obra en noso­tros la experiencia de la cruz. Al vaciamos totalmente de nosotros mismos, nos hace fecundos por el poder de Dios, que ya no encuentra obstáculos para la expansión de su gracia.

El dolor redentor

En los sufrimientos de Cristo se recapitula no sólo el pecado sino también el dolor de toda la humanidad. Pero así como con su muerte Él transforma la muerte en vida, con su propio dolor convierte al dolor humano en remedio espiritual.

La Redención no consiste sólo en la reparación de la ofensa hecha a Dios, sino también en la liberación del hombre, rompiendo las cadenas demoníacas del pecado y miserias consiguientes. Es obra de la Justicia de Dios, pero es sobre todo obra de su Misericordia. En la Cruz de Cristo se manifiesta que la sola justi­cia no basta para vencer la iniquidad. Queda el saldo del dolor, el cual sólo se paga mediante su aceptación voluntaria. Cristo acepta ocupar nuestro lugar en el patíbulo sin pedir nada a cambio, ni siquiera el castigo de sus verdugos: "Padre, perdóna­los: pues no saben lo que hacen".

En Cristo crucificado, Dios no se muestra como un deman­dante implacable, que exige el resarcimiento de sus derechos conculcados, sea como fuere, sino como un Padre, que en el exceso de su amor hacia los descarriados, no vacila en exponer a su propio Hijo a los ultrajes del demonio, "homicida desde el principio", a fin de rescatar, mediante su dolor, a sus hijos cau­tivos. Y este amor desbordante del Padre es también amor del Hijo, el cual, como dice San Pablo, "me amó y se entregó por mi'.

De esta manera, el Cristo doliente no sólo nos da ejemplo de sumisión al Padre, sino que nos brinda la posibilidad de partici­par activamente en su obra salvífica, siendo corredentores juntamente con Él, mediante la aceptación de nuestro propio sufrimiento.

Nuestro Salvador, al referirse a los sufrimientos que habría de pasar para redimirnos, habló de "beber el cáliz de su Pasión". Acatando la Voluntad del Padre, bebió la copa embriagadora que en la cima del Calvario descubrió la locura de un Dios ebrio de amor. Cada vez que recibimos la Eucaristía en la Santa Misa, también nosotros bebemos del Cáliz de Cristo. En este día no se celebra el Santo Sacrificio, pero la inmolación del Señor está presente de una manera especial.

En la presente celebración podemos recibir también el Cuerpo de Cristo. Que al hacerlo hoy, y cada vez que lo repitamos, nuestro corazón de tal manera se abra a la acción de la Gracia, que la locura divina nos invada y nos lleve a esa entrega total de nuestro ser, que es el comple­mento necesario para aquella donación absoluta de Sí que hizo el Hijo de Dios en el Calvario. A nuestra Madre Santísima, que estuvo junto a la Cruz como cooferente de la inmolación de su Hijo, le pediremos que nos consiga esta gracia.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 128-133)


Aplicación: San Juan Pablo II - He aquí la cruz

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).

Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.
Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre” (Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando “crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el mundo.

He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz (“ecce lignum crucis”). Es ella el signo del rechazo de Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la victoria.

Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré todos a mí” (Jn 12,32).

Nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas.

Este rechazo de Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo -repito-, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un grito:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).
“Padre, en tus manos entrego mí espíritu” (Lc 23,46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo: Padre, acoge a todos en la cruz de Cristo; acoge a la Iglesia y a la humanidad, a la Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz; a aquellos que no la entienden y a aquellos que la evitan; a aquellos que no la aceptan y a aquellos que la combaten con la intención de borrar y desenraizar este signo de la tierra de los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo! Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa dentro del corazón del hombre; sin mirar a los frutos de sus obras y de los acontecimientos del mundo contemporáneo: ¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo de la aceptación del hijo pródigo por parte del Padre. Permanezca como signo de Alianza, de la Alianza nueva y eterna.
(Alocución en el Vía Crucis, 4 de abril de 1980)

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Aplicación: Papa Francisco -  Permanecer en la cruz de Jesús

Queridos hermanos y hermanas
Os doy las gracias por haber participado tan numerosos en este momento de intensa oración. Y doy las gracias también a todos los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación social, especialmente a las personas enfermas o ancianas.

No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva.

Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos del Líbano: son ellos que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan.

Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue al Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la amistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza.

Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor.
(Palatino, Viernes Santo 29 de marzo de 2013)


Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Viernes Santo

Hoy, Viernes Santo, celebramos la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y hacemos adoración de la cruz, por lo cual, quiero tomar un texto de San Juan que se refiere propiamente a la exaltación de la cruz y que se lee justamente en la fiesta de la exaltación de la cruz:

El evangelio que vamos a comentar es parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo que se encuentra en el capítulo tres del evangelio de San Juan.

Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo.

“Nadie”, porque antes que bajase el Verbo que estaba en el cielo junto al Padre y al Espíritu Santo, aunque en verdad está en todas partes, ningún hombre podía subir al cielo porque sus puertas estaban cerradas. El pecado de Adán infestó a todos los hombres y ninguno podía penetrar en el cielo porque su entrada estaba clausurada. El que estaba en el cielo: el Verbo bajó hasta nosotros, bajó a la tierra, se hizo tierra, tomó nuestra naturaleza y la sanó con su muerte y resurrección y “ha subido al cielo” abriendo sus puertas para que nosotros también podamos subir allí. Hoy ya no se puede decir “nadie” ha subido al cielo. Innumerables hombres están en el cielo, han subido allí siguiendo a Jesús el primero que ascendió a lo más alto del cielo según su naturaleza humana, son los santos. El Verbo ha bajado del cielo por la Encarnación para que nosotros subamos al cielo por la redención del Verbo Encarnado. Siendo Dios ha bajado tomando la naturaleza humana para que nuestra naturaleza humana se eleve a la naturaleza divina y pueda ver a Dios tal cual es. Estábamos condenados a la muerte y El bajó para salvarnos, para que subamos al cielo y tengamos vida eterna.

Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

¿Y cómo Moisés levantó la serpiente en el desierto? Jesús hace referencia a un hecho histórico que es figura de lo que le va a revelar a Nicodemo y de lo que vivirá en su pascua redentora, por eso dice “Y cómo”. El hecho histórico es narrado en el libro de los Números.

“El pueblo de Israel extenuado del camino”, significan las pruebas por las que tenía que pasar antes de llegar a la tierra prometida. Tuvieron sed y Dios les dio agua, tuvieron hambre y Dios les dio el maná. Pero siempre ante las pruebas, como en este caso, se quejaron de Dios, hablaron mal de Él y de su representante Moisés. Y su queja brota de la añoranza de Egipto donde comían y bebían sin penurias. Donde comían y bebían siendo esclavos. Se quejan de las pruebas que Dios les envía siendo libres y añoran una vida carnal a pesar de la dureza de los trabajos del demonio que los esclavizaba. ¡Qué necios somos los hombres! ¡Cuántas veces nos quejamos de Dios teniendo la libertad en su filiación añorando los placeres del mundo que nos esclavizan a Satanás, señor del mundo!

El castigo de Dios no es para condenar a los hombres. Los castigos que nos manda Dios son saludables. Dios quiere sanarnos y por eso nos castiga como todo buen padre. Además, el castigo de las serpientes venenosas se orientaba por la figura de la serpiente de bronce a la realidad del Salvador crucificado.

 Los mordidos por las serpientes venenosas son los que ceden a la seducción del diablo y caen en pecado y el pecado es muerte. La serpiente venenosa es el Diablo que quiere nuestra muerte e inocula su veneno mortal por el pecado.
Dios mira a los hombres con misericordia porque ellos están angustiados por su miseria, la miseria de haber juzgado a Dios y la miseria de la enfermedad y la muerte. Manda a Moisés construir sobre un estandarte una serpiente de bronce para que los mordidos la miren y sanen.

Nicodemo conocía esta historia por las Escrituras. Jesús se la aplica a sí mismo y le revela que tiene que ser elevado como la serpiente de bronce y así elevado curará a los que lo miren. Mirar a Jesús elevado es mirar a Jesús crucificado pero con el desenlace final de su crucifixión: la resurrección, ascensión y exaltación a la diestra del Padre. Mirar a Jesús “levantado” es creer en su divinidad, “cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” porque murió según su naturaleza humana pero nos curó por su naturaleza divina. Murió como hombre por los hombres y nos vivificó por su divinidad pagando el rescate que nosotros no podíamos pagar. Creer en Jesús para tener vida eterna pero no sólo en el hombre Jesús sino en el hombre-Dios Jesús. Y el que no cree en su divinidad permanece en el pecado y en la muerte “si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”.

Y Jesús revela a Nicodemo el amor del Padre a los hombres:
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Y le vuelve a revelar la necesidad de la fe en su divinidad, en el Hijo único del Padre, para alcanzar la vida eterna. “Así como” en el desierto los mordidos por las serpientes venenosas miraban la serpiente de bronce elevada en un estandarte así los que miren a Jesús crucificado creyendo en Él, en que es el Hijo único hecho hombre, se salvarán porque en su crucifixión y resurrección se encierra el misterio de nuestra redención. Dios que se hace hombre para morir en cruz y rescatarnos de nuestros pecados, curarnos de la mordedura de la Serpiente infernal y darnos vida para siempre.

Jesús se anonadó tomando nuestra carne, sin dejar de ser Dios, bajó del cielo sin dejar de estar en el cielo, “se despojó de su rango y tomo la condición de esclavo” para morir en una cruz y por su anonadamiento “Dios lo levantó sobre todo” y lo puso a su derecha en el trono del cielo haciéndolo Señor de todas las cosas por derecho de conquista. Fue glorificado según su naturaleza humana.

“Y como” Dios no quiso en el desierto la muerte de los israelitas sino que les mando la salvación por la serpiente de bronce, así Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Por eso el enviado se llama Jesús que significa Salvador. Viene a salvar y no a castigar ni a condenar. Ha sido elevado para salvarnos y nuestra medicina está en creer en Él crucificado “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”, es decir, salvación.

Ya Nicodemo tú estás en el cielo con Jesús por haber creído en Él viéndolo “levantado”. Ya no sólo está en el cielo “el que bajó del cielo” sino todos nosotros estamos en el cielo con Él por su elevación ya que Él es nuestra cabeza. ¿Todos con Él en cielo? Todos los que creemos en Él, porque aunque fue “levantado” por todos, sólo alcanzan la salvación y la vida eterna los que se aplican la salud por medio de la fe.


Jn 3, 13-17
1 Jn 3, 2; cf. 1 Co 13, 12
21, 4b-9
Jn 8, 28
Jn 8, 24
Cf. Flp 2, 6-11
1 Co 1, 23-24



Aplicación: San Luis Bertrán - La pasión del Salvador

7. En la Pasión del Salvador son tres las cosas más importantes a considerar, según doctrina del glorioso y devoto San Bernardo. La primera es la Pasión en sí misma; la segunda la causa por la que el Salvador padeció; y la tercera, el modo como la padeció (San Bernardo, Sermón 4º para la Semana Santa"). Dicho de otra forma, lo que tenemos que considerar es el orden y la manera con que padeció. La primera consideración se refiere a la obra de la Pasión en sí misma. Y respecto de e sto son tres cosas a notar. La primera es fijarnos en quien padece; la segunda es ver lo que padeció y sintió; y la tercera es examinar cuál fue la mano de la cual recibió tan grandes tormentos y tan amarga Pasión.


8. El que padece es el Dios eterno, inefable, el Unigénito y muy amado Hijo del Padre, a quien adoran los ángeles, alaban los arcángeles, los principados, las virtudes, las dominaciones y todos los espíritus celestiales. A quien, por otra parte, obedecen la tierra y el mar, todos los elementos y todas las criaturas. El es quien hizo todo eluniverso de la nada y sin el cual todo lo creado volvería a la nada. Este es el que padece, que, en cuanto hombre, es el más hermoso de todos los nacidos; el más tierno y delicado de todos los hombres; no engendrado con la secuela de la corrupción como todos nosotros, sino de una Madre, Virgen incorrupta, a cuyos pechos fue criado; cuya complexión supera a cuantos han existido; y a quien la simple punzada de una espina le causaba más daño que a otro una lanzada; el inocentísimo cordero, de quien dice San Pedro: Que no cometió pecado alguno, ni se halló dolo en su boca (1 P 2,22).

9. Veamos ahora qué es lo que padeció. Y sin duda de ninguna clase hemos de afirmar que sufrió la muerte más cruel, más dolorosa y más afrentosa que ningún hombre padeció, ni padecerá jamás. Muy bien puede aplicársele a él aquello que dice Jeremías: ¡Oh vosotros, cuantos pasáis por este camino!, atended y considerad si hay dolor como el dolor mío (Lm 1,12). Y es que, a decir verdad, padeció todo lo que un hombre puede padecer. Padeció a causa de los amigos que le abandonaron. ¡Cuán grande debió ser su dolor al no ver a su lado a ninguno de sus amigos, cuando él se hallaba en tanto aprieto y necesidad! Como dice el Salmista: Pensativo miraba si se ponía alguno a mi derecha para defenderme; pero nadie dio a entender que me conocía (Sal 141,5). Ni siquiera ningún leproso, ni ninguno de los ciegos a los que había curado. ¡Cuánto se siente que os abandone vuestro amigo cuando más necesidad tenéis de él! Padeció en lo referente a sus bienes, porque hasta le quitaron sus vestiduras, y con ellas parte de la piel de su sagrada carne, y desnudo lo levantaron en la Cruz. Padeció en su fama, recibiendo las afrentas que sin cesar le dirigían llamándolo malhechor, endemoniado, alborotador del pueblo y engañador de la gente. Padeció en su honra, porque le hicieron muy grandes desacatos, mofándose de él, dándole bofetadas y pescozones, y diciéndole: "Adivina quién te dio", vistiéndole de púrpura, poniéndole una caña en la mano en lugar de un cetro real, y en lugar de una corona regia un capacete de crueles espinas.

También padeció en su alma una gran tristeza y una grandísima agonía, y no es de maravillar, porque pesaba sobre él todo el peso de nuestros pecados y de los de todo el mundo, como dice Isaías: El Señor ha cargado sobre sus espaldas la iniquidad de todos nosotros (Is 53,6). Además sufría de ver la agonía que sentía la Magdalena y mucho más la de su triste Madre, cuyo corazón estaba atravesado por la agudísima espada del dolor. En su cuerpo padeció cruelísimos azotes y llagas penosísimas en las partes más sensibles de su delicadísimo cuerpo, como eran las manos y los pies, y en la cabeza coronada de espinas, y en el rostro las bofetadas, y en las manos y los pies los duros clavos, y en todo su cuerpo abierto por los azotes. Padeció además el Salvador en todos los demás sentidos. En la vista sintió una grandísima pena al ver llorar a su Madre, a quien tanto amaba, y al discípulo predilecto, y a la Magdalena, atónita y abrevada en lágrimas y dolores; y al ver que su Madre le decía desde lo más íntimo de su corazón: "Hijo mío, muy amado y de mis entrañas, ¡cuánto sufro de ver así tu cabeza, tus manos, tu costado y todo tu cuerpo!". Por el sentido del oído sintió las palabras tan desacatadas que le proferían los que blasfemaban diciendo: ¡Ea, tú que destruyes el Templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz" (Mt 27,40). Si ha confiado en Dios, que ahora le libre, si le ama (ibíd. 43).

En el sentido del olfato padeció el mal olor de los cuerpos muertos que estaban en aquel lugar, en aquel muladar del Calvario. En el sentido del gusto fue atormentado con la bebida de la hiel y el vinagre. En el sentido del tacto, con los crueles clavos que le atravesaron las manos y los pies. ¡Oh qué dolor tan crecido sintió en toda su persona! (NOTA. San Luis señala en una nota marginal que toda esta doctrina es de SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma de Teología, III, q. 46, art. 5,6 y 7). En los demás sentidos debió templarse su dolor con alguna buena consideración; sin embargo es de creer que Cristo debió querer que el sufrimiento fuera puro, sin que su divinidad, ni la razón, atenuaran en nada el sentimiento que experimentaba su santísima humanidad. Ninguna vida fue, ni pudo ser, tan buena como la de Cristo; y, según esto, nadie pudo sentir tanto dolor como él, que veía cómo moría a manos de aquellos que más obligaciones tenían hacia él. Como dice el Salmista: Volviéronme mal por bien, y pagáronme con odio el amor que yo les tenía (Sal 108,5). Y el profeta Miqueas: Pueblo mío, ¿qué es lo que yo te he hecho, o en qué cosa te he agraviado? Respóndeme. ¿Acaso porque te saqué de la tierra de Egipto y te libré de la casa de la esclavitud, y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María? (Mi 6,3-4). Y en el Deuteronomio se afirma: ¡Generación depravada y perversa! ¿Así correspondes al Señor, pueblo necio e insensato? ¿Por ventura no es él tu padre, que te rescató, que te hizo y te crió? (Dt 32,5). Y también debió sufrir al ver que moría por los pecados y que, no obstante, luego habría cristianos, muy grandes pecadores. Así lo expresa el Salmista, diciendo: Ellos maquinaron inutilizar el precio de mi redención; corrí como sediento; y ellos hablaban bien de mí con la boca, mas en su corazón me maldecían (Sal 61,5).

10.- Pero veamos ahora cuál fue la causa de la Pasión de Cristo. Isaías nos la indica claramente: Por causa de nuestras iniquidades fue él llagado, y despedazado por nuestras maldades; el castigo del que tenía que nacer nuestra paz con Dios descargó sobre él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados (Is 53,5). Es decir, que para darnos vida espiritual quiso él padecer muerte temporal; y para apaciguarnos con Dios, sufrió él los golpes de la saña del Padre; por eso dice: El castigo del que tenía que nacer nuestra paz con Dios descargó sobre él. Se comportó como quien se mete a separar a dos que disputan, y al colocarse en medio, descargan sobre él los golpes, y los otros quedan en paz. Dios no halló otro medio mejor para librarnos de la muerte de la culpa, que el quitarle la vida a su Unigénito Hijo. No quiso que hubiese otra medicina para curar las llagas de nuestros pecados, que las llagas mortales del Hijo de la Virgen, como lo prefiguró el Espíritu Santo en el relato en el que se nos explica cómo el profeta Eliseo resucitó al hijo de la mujer de Sunam. Según el libro de los Reyes, este muchacho murió por haberle dado el sol en la cabeza, y por eso le dijo a su padre: La cabeza me duele, me duele la cabeza (4 R 4,19).

Para resucitarlo, el profeta envió a su criado con su báculo, para que se lo pusiese encima, pero no fue suficiente. Fue menester que el propio rofeta fuese en persona a su casa. Y entrando que hubo en el aposento donde el niño yacía muerto, cerró la puerta. Subió luego sobre la cama y echóse sobre el niño, poniendo la boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre sus manos; y encorvado así sobre el niño, la carne del niño entró en calor (ibíd. 34). Es decir, que le devolvió el calor al cuerpo del muerto, pero de momento no revivió. Levantóse luego el profeta y andando de aquí para allá, tornó y subió de nuevo a la cama recostándose sobre el muerto, y el niño bostezó siete veces al mismo tiempo que el profeta le insuflaba su aliento; y a la séptima vez el niño abrió los ojos y se levantó sano y salvo (cfr. ibíd. 35).

Maravillosamente nos enseña este relato, cómo fue necesario el que, para nuestro remedio, muriese el Hijo de Dios por nosotros. El niño representa al linaje humano que murió de dolor de cabeza; a saber, por el pecado de nuestro primer padre, a quien Dios constituyó como cabeza de todos. Para devolver la vida a este muerto, Dios envió primero a sus criados, es decir, a todo el ejército de patriarcas, profetas y justos antiguos, con el báculo de su ley. Pero con ello el niño no se levantó, porque ni la ley, ni los patriarcas, ni los profetas bastaron para justificar a los hombres. Y por eso se volvían hacia Dios y decían: En vano me he fatigado predicando a mi pueblo; sin motivo y en balde he consumido mis fuerzas (Is 49,4). Y así fue menester que viniese en persona el mismo Hijo de Dios, el cual vino a casa del doliente cuando se hizo hombre. Y estuvo con la puerta cerrada, dentro del aposento, mientras estuvo en las entrañas virginales de su Madre, que estuvieron cerradas por su integridad y porque este misterio fue muy secreto para los demás. Y estando allí se unió al muerto, es decir, juntó nuestra mortalidad con su naturaleza divina. Se encogió y se hizo a la medida del muerto, que es lo que el Apóstol afirma al decir: Se hizo semejante a los hombres y fue reducido a la condición de hombre (Flp 2,7). Puso sus ojos sobre los nuestros y sus manos sobre las nuestras, porque se acomodó y ajustó a todas nuestras necesidades, de manera que para todas ellas tuvo socorro. Y entonces, aunque el muerto seguía sin vida, comenzaron los preparativos para devolvérsela: La carne del niño entró en calor. En efecto, el linaje humano recibió algún calor con la presencia de Jesucristo en el mundo y con su conversación, pues en seguida comenzaron a reformarse nuestros pensamientos, palabras y obras. Y de esta forma, los hombres comenzaron a tener disposiciones para la vida; pero no la recobraron del todo hasta que, levantado el Señor y después de pasear de una parte a otra, esto es, después de haber dejado el silencio y encerramiento con que estuvo en casa de sus padres, salió afuera y se dio a conocer, enseñando y predicando; y hecho esto, subió al lecho de la Cruz.

11. ¡Oh, qué cama tan áspera y tan dura! Pero al Señor le resultó muy agradable, si pensamos en el gran deseo que traía de remediarnos. Desde este lecho insufló su aliento sobre la humanidad, que son las siete palabras que pronunció desde la cruz, y a la séptima, cuando a él se le acabó la vida, la recobramos nosotros, y abrimos los ojos, quedando el linaje humano justificado, libre de sus pecados y sin el velo que nos estorbaba para ver y gozar de Dios cuando acabe esta miserable vida. Ahora bien, si Dios es todopoderoso, como lo es, bien pudiera reparar el linaje humano y librarnos de los pecados, sin que fuera a costa de su Unigénito Hijo. ¿A quién la hacía Dios agravio? ¿Quién le iba a tomar en cuenta, si absolvía a los hombres de los pecados cometidos contra su divina majestad? No cabe duda de que Dios disponía de muchos modos y caminos para llevarnos hacia él. Mas escogió éste, porque así lo había prometido por medio de los profetas, y lo había dibujado y representado a través de muchas figuras de la Sagrada Escritura. Esta es la razón que el Salvador le dio a San Pedro, cuando le dijo: ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así? (Mt 26,54) El Hijo del hombre se va, conforme a lo que estaba escrito de él (ibíd. 24). Era menester que la palabra de Dios se cumpliese. Esta es la razón que el Salvador le dio a San Pedro, cuando le dijo: ¿Cómo entonces se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así? (Mt 26,54) El Hijo del hombre se va, conforme a lo que estaba escrito de él (ibíd. 24). En suma, que era menester que la palabra de Dios se cumpliese.

12. Pero cabe preguntarse: Antes de que Dios diese su palabra, ¿no había otra manera de remediarnos? ¿Por qué escogió ésta, tan trabajosa para su Unigénito Hijo, y tan dolorosa y angustiosa para su triste Madre, habiendo muchos hombres que le querían bien? Los santos doctores señalan muchas razones. Una de ellas es porque así, todo lo que nosotros le debíamos a Dios por nuestros pecados quedaba enteramente satisfecho y pagado. Y es que a todo el linaje humano le era imposible ofrecer a Dios una recompensa proporcionada a la injuria recibida, ya que carecíamos del caudal suficiente para pagar una deuda tan grande; y aunque tuviéramos alguna hacienda, se la debíamos por otros títulos; con lo cual resultaba que no teníamos con qué pagar la deuda contraída.

De donde se sigue que era necesario, para pagar a Dios lo debido, hallar algún hombre sin deuda alguna, y que al mismo tiempo fuese tan rico que le fuera posible pagar todo lo que debíamos a Dios; y éste no podía ser un simple o puro hombre (San Luis indica en una nota marginal: "Es doctrina común de los teólogos recogida por SANTO TOMÁS DE AQUINO en la Suma de Teología, III, q. 1, a. 2 y q.48). ¿Y cómo explicar que Dios, por una parte, se muestre tan riguroso al querer que le paguemos por entero la deuda que con él tenemos contraída, y por otra , se muestra tan liberal y misericordioso al darnos a su propio Hijo Unigénito? Pues, porque sólo si Dios se hacía hombre podría pagar por nosotros. En efecto, en cuanto Dios, posee una riqueza y una hacienda infinitas, y sus actos un valor sin medida para poder pagar al Padre. Y es que la hacienda que posee no se la debe a nadie, y puede merecernos la reconciliación con Dios, su gracia y su gloria, y aún le quedan bienes sobrados, pues la paga fue mucho mayor que la deuda.

Por eso Job, hablando en su lugar, decía: ¡Pluguiese a Dios que mis pecados, por los que he merecido la ira, se pesaran en una balanza, con la calamidad que padezco! (Jb 6,2). Y David, por su parte, exclama: No queden corridos por causa mía los que van en pos de ti, Dios de Israel. Pues por amor de ti he sufrido los ultrajes y se ve cubierto de confusión mi rostro. Mis propios hermanos, los hijos de mi misma madre, me han desconocido y tenido por extraño. Porque el celo de tu casa me devoró, y los baldones de los que te denostaban recayeron sobre mí (Sal 68,7-10). Es decir: No sean, Señor, confundidos ni frustrados los que os buscan por medio de mí, pues sabéis que por cumplir vuestra voluntad y reconciliar a los hombres con vos, he sufrido yo grandes afrentas y deshonras. Todos los denuestos y desvergüenzas que los hombres habían cometido contra vos, los he cargado sobre mí y yo he pagado por ellos. Por tanto, justo es que queden ellos libres y sin deuda, mayormente cuando vos sois el que mejor conoce las afrentas que yo he recibido de los hombres y el acatamiento y reconocimiento que se me debe: Bien ves los oprobios que sufro, y mi confusión y mi ignominia (ibíd. 20). Por todo lo dicho comprenderéis, hermanos, cómo la causa de la Pasión de Cristo fueron nuestros pecados, y que no había otra medicina para curarlos que su muerte, ni hubo otro precio para satisfacer por ellos, sino su sangre.

13.- No es razonable que pasemos de ligero por esta consideración, sino que conviene que nos paremos a reflexionar sobre el soberano amor que Dios nos muestra en este hecho. En efecto, es cosa de admirar el que, en su propio reino y por expresa voluntad y acuerdo de su propio Padre, sea condenado el inocentísimo Cordero y muy amado Hijo, por la salud y remedio del desacatado siervo y traidor. Como dice San Juan: Dios amó al mundo de tal manera que entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Mas, ¿cómo es posible que el Padre entregara a su Hijo a la muerte, para que el traidor y descomedido esclavo, que era el linaje humano, viera que ni a su propio Hijo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros? (Rm 8,32)

¿Quién considera esto con detención y no exclama con el espíritu inflamado aquello de San Gregorio: ¡Oh admirable dignación de tu piedad hacia nosotros! ¡Oh inapreciable amor de caridad que para redimir al esclavo entregaste a tu Hijo! ¿Quién oyó jamás cosa semejante?5. ¿Quién vio jamás que uno se lanzase a hacer bien a otro por las traiciones y deméritos cometidos por éste contra el propio bienhechor? Por los servicios y buenas obras prestadas suelen moverse los hombres a recompensar a quienes se los han hecho, y eso a base sólo de recompensas que no redunden en mal del que los hace. Pero, ¡Dios mío!, en esto venció vuestra bondad a nuestra malicia, pues vuestro gesto fue tan heroico, que no sólo no os detuvieron nuestros males a amarnos de esta manera, sino que incluso nos concediste mayores beneficios que si no hubiéramos pecado; y fueron, además, tan costosos, que le costaron la vida a vuestro Hijo Unigénito. ¡oh duros, endurecidos y empedernidos hijos de Adán, que no llega a enterneceros un amor tan grande, ni os ablanda ni calienta el gran fuego de la caridad que Dios os muestra al ofrecer un tan grande y aventajado precio por una mercancía tan vil y desaprovechada, como somos todos los hombres!

Por eso, hermanos, que no se os pase por alto la consideración del amor tan grande que Dios manifestó en este hecho, porque, si bien lo pensáis, de ninguna otra manera se hubiera podido descubrir mejor ese amor. Y es que, si lo recordáis a menudo, siempre se os pegará algo y prenderá en vosotros ese mismo amor. Dice San Pablo: Lo que más hace brillar la caridad de Dios hacia nosotros es que, entonces mismo, cuando éramos aún pecadores, fue cuando al tiempo señalado, murió Cristo por nosotros. Luego es claro que ahora mucho más, estando justificados por su sangre, nos salvaremos por él de la ira de Dios (Rm 5,8-9). Si Dios hubiera redimido al hombre de otro modo, a éste no le constaría cuánto le amaba Dios; pero habiéndole remediado con su sangre y con su vida, ¿qué más podía hacer para obligarnos a que le amásemos? Si os aficionáis simplemente al que os hace buena cara, ¿cuánto más a Dios?... Dios quiso además repararnos por este camino, para que viendo cómo castiga nuestros pecados en su propio Hijo, nos guardemos de ofenderle, y así evitemos que nos castigue más terriblemente en el infierno. Dice Isaías: El cíngulo de sus lomos será la justicia; y la fe el cinturón con que se ceñirá su cuerpo (Is 11,5).
(SAN LUÍS BERTRÁN, Obras y sermones, vol. I, pp.487-500).

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Aplicación: San Luis Bertrán - Los dolores de la Virgen

1. En este sermón de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, los predicadores suelen omitir la salutación a la Virgen, nuestra Señora y Madre de quien hoy tenemos ante nuestros ojos, tal como nos lo representa la Iglesia, clavado en un madero y con la mayor afrenta e ignominia que hombre alguno haya sufrido ni sufrirá jamás. Y la razón que aducen es que la Virgen estaba hoy muy ocupada por la tristeza y el sentimiento que le producía la muerte tan dolorosa y afrentosa que padecía su benditísimo Hijo. A tales predicadores les parece que hoy no es día de andar de negocios con ella, ni de pedirle favores. No se puede negar que el dolor que sintió aquella Paloma sin hiel y triste Madre de nuestro Redentor por la Pasión de su Hijo, fue el mayor dolor que pudo experimentar nunca criatura alguna. Dice San Juan Crisóstomo: Que todas las criaturas se compadecieron al ver morir a Cristo2. En efecto, el sol se obscureció, los ángeles lloraron, la tierra tembló, el velo del Templo se rasgó y las piedras se quebrantaron. Si la Pasión del Señor dejó tal huella en las piedras, hasta el punto que se rompieron y partieron, ¿cuán grande llaga, dolor y tristeza debió causar en el blando y tierno corazón de la Madre que lo parió? Si un ladrón obstinado en los males que había cometido, y cuyo corazón era más duro que las piedras y que el yunque de los herreros, viendo padecer sin culpa alguna al Salvador, y con tormentos tan amargos, se enterneció, y dijo a su compañero: Nosotros recibimos lo merecido por nuestras culpas, pero éste no ha hecho nada malo (Lc 23,41), ¿qué haría la que tan tiernamente le amó siempre? ¿Qué sentiría en esos momentos la Madre que lo parió, la que lo crió a sus pechos y la que le sirvió hasta aquella hora?

2. El profeta Isaías viendo de muy lejos, como quinientos años antes, la Pasión del Señor, escribía: Lo hemos visto y no es de aspecto bello, ni esplendoroso; nada hay que atraiga nuestros ojos, ni llame nuestra atención hacia él; despreciado y el desecho de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer; y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado, por lo que no hicimos ningún caso de él (Is 53,2-3). ¡Qué trocado y desmejorado lo vio el profeta! Salió de las entrañas de su Madre como el más hermoso y agraciado de los hijos de los hombres, cual sol que amanece; y ahora está en la Cruz cargado de dolores, angustias y tormentos. Está tan desfigurado que no hay quien lo reconozca: Por lo que no hicimos ningún caso de él. Si tanto se enterneció Isaías, viéndole de tan lejos, ¿cuál sería el sentimiento de la Madre que lo parió, teniéndole ahora tan cerca? Según San Lucas, cuando el Señor entró en Jerusalén con todo el triunfo del mundo, al mirar los muros de la ciudad y sus edificios, pensó en el estrago que luego harían sobre ellos los romanos, y sintió un gran dolor y lloró amargamente (cfr. Lc 19,41).

Pues, ¿cuán grande sería el dolor de la Virgen, y cuán amargas sus lágrimas, al ver al Dios de Jerusalén tan afrentado y maltratado, y muriendo sobre una Cruz por la malicia de los judíos? Si es verdad, bendita Señora, que cuando el Salvador era niño y envolvíais su cuerpo, llorabas ya amargamente al contemplar aquella sagrada cabeza que sería coronada de espinas, y decíais: ¡oh bendita cabeza, en la cual está encerrada toda la sabiduría de Dios!; ¡oh cabeza, cómo tengo que verte agujereada toda de espinas!; ¡oh rostro, que alegras a los ángeles del cielo, cómo tengo que verte abofeteado, escupido y afeado!; ¡oh ojos, más claros que el sol, cómo tengo que veros eclipsados!; ¡oh manos, que formasteis los cielos, cómo tengo que veros desgarradas!; ¡oh pies, a los cuales todo lo creado está sujeto, cómo tengo que veros atravesados de parte a parte!; ¡oh sagrado pecho, y cuán cruelmente has de ser abierto!; ¡oh cuerpo bendito, y cómo estarás temblando, colgado de un madero, azotado y desollado!; ¡oh boca dulcísima, y cómo has de ser abrevada con hiel y vinagre!; ¡oh Hijo de mi corazón, que ahora te tengo en mis brazos, y has de dejar los míos para estar en los de la Cruz!; ¡oh lumbre de mis ojos, que te puse en el pesebre entre dos animales, cómo estarás en el monte Calvario entre dos ladrones!; si con sólo contemplar e imaginarse todo esto el dolor de la Virgen fue tan crecido, que lo admirable es que pudiera soportarlo, ¿cuánto mayor será ese dolor ahora, cuando con sus propios ojos, y de tan cerca, ve a todo su bien padecer?

3. Por cierto, si el dolor se corresponde a la medida del amor, puesto que la Virgen amó a su Unigéntio Hijo más que criatura alguna, e incluso más que a sí misma, cabe pensar que su dolor debió ser mayor que el que nadie haya podido sufrir, y mayor incluso del que ella pudiera padecer por su persona. Yo creo que ella pudo decir con mayor razón que David: ¡Hijo mío, quién me diera que yo muriera por ti! (2 R 18,33). En el libro primero de los Reyes leemos que la mujer de Finees, cercana al parto, al oír la noticia del cautiverio del Arca de Dios y de la muerte de su suegro y de su marido, sorprendida repentinamente por los dolores, inclinóse y parió (1 R 4,19). Es decir, que el dolor del alma redundó de tal manera en su cuerpo que parió. Y añade el texto que, estando ya que se le salía el alma y a punto de expirar, le dijeron: ¡No desmayéis, señora, que habéis parido un hijo! Pero ella no respondió otra cosa que: ¡Acabóse la gloria de Israel, porque ha sido cogida el Arca de Dios! (ibíd. 21). Pues, si por sólo saber que el Arca estaba en manos de los filisteos y con ello perdía Israel su gloria, esta mujer sentía tanto dolor, ¿cuánto más crecido debió ser el dolor de la Virgen cuando vio a su Hijo, prefigurado por el Arca, en manos de sus enemigos, y que, por ello, el pueblo de Israel perdía su gloria, y había de ser, como lo es hoy, el más abatido de todos los pueblos del mundo?

4. No cabe duda de que el dolor de nuestra Señora en el día de hoy fue el más crecido del mundo; pero, por otra parte, estoy convencido de que ese dolor no entorpece de tal manera su caridad, que le impida encargarse de nuestras miserias, pues precisamente hoy ve que, para sacarnos de ellas, su Hijo bendito se carga con la pesada carga que lo llevó a la muerte. Ni tampoco se ha de creer que su dolor, con ser tan grande, se saliese de los límites de la razón y que le hiciese perder el juicio, como algunos opinan, pues es injurioso para la Virgen sin mancilla el pensar que pasión alguna llegara a sobrepujarla tanto, que le venciese la razón. Es más, el evangelista San Juan parece indicar lo contrario, cuando dice: Estaba junto a la Cruz la madre de Jesús (Jn 19,25). Pues cabe pensar que ella debió aprovechar aquellos momentos para hacerse una serie de consideraciones que la aliviasen del profundo dolor que la aquejaba. Sin duda debió considerar que su Hijo no moría contra su voluntad, sino por cumplir la voluntad de su Padre, que le quería más que ella, y que moría para dar vida a todos los hombres y para ofrecer un remedio universal al linaje humano. También debió pensar que en breve lo volvería a ver resucitado y rodeado de una gran gloria.

Con estas consideraciones debió procurar la prudentísima Virgen resistir a su dolor, de suerte que le quedase lugar para atender al remedio de nuestras necesidades. Más aún, viendo a su Hijo encargado de las causas de los hombres, sin duda deseó ella también ocuparse de ellas, para ayudarle a soportar sus trabajos. Por esta razón, debemos saludarla hoy nosotros también y pedirle su favor. Es más, haciéndolo así, cooperaremos también nosotros con algo por nuestra parte, que le sirva de alivio en los padecimientos de este día, como es invocarla en nuestro favor recordándole aquel primer gozo que recibió con la embajada del Arcángel Gabriel. Es decir, que ahora que siente el dolor por la
muerte de su Hijo, es bueno recordarle el gozo que experimentó al concebirlo; y hoy que le profieren tantos denuestos los hombres, será bueno que le entonemos nosotros los loores que le cantaron los ángeles al nacer. Por eso, hoy que no halla gracia en los hombres, vayamos a ella para que se compadezca de nosotros y nos alcance esa gracia, diciéndole: Ave Maria.
(SAN LUIS BERTRÁN, Obras y sermones, vol. I, pp.487-500).

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Ejemplos

¿DÓNDE ESTA DIOS CUANDO MÁS LO NECESITAMOS?
Susana saltó de su asiento cuando vio salir al cirujano. Le pregunto: ¿Cómo está mi pequeño, va a ponerse bien, cuándo lo podré ver?
El cirujano dijo: Lo siento, hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance.
Susana dijo consternada: ¿Porqué a los niños le da cáncer?
¿Es que acaso Dios ya no se preocupa por ellos?
¿DIOS dónde estabas cuando mi hijo te necesitaba?
El cirujano dijo: una de las enfermeras saldrá en unos momentos para dejarte pasar unos minutos con los restos de tu hijo antes de que sean llevados a la Universidad.
Susana pidió a la enfermera que la acompañara mientras se despedía de su hijo.
Recorrió con su mano su cabello rojizo. La enfermera le preguntó si quería conservar unos de los rizos, Susana asintió.
La enfermera corto el rizo, lo coloco en una bolsita de plástico y se la dio a Susana.
Susana dijo: Fue idea de Carlitos donar su cuerpo a la universidad para ser estudiado. Dijo que podría ayudar a alguien más. Eso es lo que él deseaba. Yo al principio me negué, pero él me dijo, Mami, no lo usaré después de que me muera, y tal vez ayudará a que un niño disfrute un día más junto a su mamá. Mi Garlitos tenía un corazón de oro, siempre pensaba en los demás y deseaba ayudarlos como pudiera.
Susana salió del Hospital infantil, por última vez, después de haber permanecido allí la mayor parte de los últimos seis meses.
Colocó la maleta con las pertenencias de Carlitos en el asiento del auto, junto a ella. Fue difícil manejar de regreso a casa, y más difícil aún entrar en una casa vacía. Llevó la maleta a la habitación de Carlitos y colocó las autos miniaturas y todas las demás cosas justo como él las tenía. Se acostó en la cama y lloró hasta quedarse dormida, abrazando la pequeña almohada de Carlitos.
Despertó cerca de la medianoche y junto a ella había una hoja de papel doblado, abrió la carta que decía:
Querida mami: Sé que vas a echarme de menos, pero no pienses que te he olvidado, o he dejado de amarte sólo porque ya no estoy ahí para decirte TE AMO.
Pensaré en ti cada día, mamita, y cada día te amare aún más. Algún día nos volveremos a ver.
Si deseas adoptar un niño para que no estés tan solita, podrá estar en mi habitación y podrá jugar con todas mis cosas.
Si deseas que sea una niña, probablemente no le gustaran las mismas cosas que a los niños y tendrás que comprarle muñecas y esas cosas.
No te pongas triste cuando pienses en mí, este lugar es grandioso. Los abuelos vinieron a recibirme cuando llegué y me han mostrado algo de acá, pero tomará algo de tiempo verlo todo.
Los ángeles son muy amistosos y me encanta verlos volar.
Jesús no se parece a todas las imágenes que vi de Él, pero supe que era él tan pronto lo vi. Jesús me llevo a ver a DIOS! ....Y qué crees mami? Me senté en su regazo y le hablé como si yo fuera alguien importante, le dije a Dios que quería escribirte una carta para despedirme y todo eso, aunque sabía que no estaba permitido.
Dios me dio papel y su pluma personal para escribirte esta carta. Creo que se llama Gabriel el ángel que te la dejará caer.
Dios me dijo que te respondiera a lo que le preguntaste. ¿Dónde estaba el cuándo yo lo necesitaba?
Dios dijo: En el mismo lugar que cuando Jesús estaba en la cruz. Estaba justo ahí, como lo está con todos sus hijos. Esta noche estaré a la mesa con Jesús para la cena. Sé que la comida será fabulosa.
Casi olvido decirte... Ya no tengo ningún dolor, el cáncer se ha ido. Me alegra, pues ya no podía resistir tanto dolor y Dios no podía resistir verme sufrir de ese modo, así que envió al ángel de la misericordia para llevarme.
El Ángel me dijo que yo era una entrega especial!
Firmado con amor de: Dios, Jesús y Yo.

(Cortesía: iveargentina.org y otros)


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