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Cuaresma Domingo 2 Ciclo B: Comentarios de Sabios y Santos -preparemos el Domingo con ellos

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A su servicio

Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. (a las 3 lecturas)

Santos Padres: San Jerónimo

Santos Padres: SAN LEÓN MAGNO

Magisterio: S.S. BENEDICTO XVI

Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino

Comentario Teológico: J.B. TERRIEN

Exégesis: Manuel de Tuya

Aplicación: Cardenal Gomá

Descripción: Fray Justo de Urbel

Aplicación: R. P. Juan B. Lehman

Aplicación: Fray Luis de Granada

Aplicación: FRAY LUIS DE LEÓN

Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J.

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¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F.

Sobre la Primera Lectura (Génesis 22, 1-2. 9. 15-18)

En este pasaje del Génesis que hoy nos ofrece la Liturgia, alcanza su clímax la historia de Abraham. Nunca en las relaciones de un hombre con Dios dieron la fe y la obediencia una respuesta tan espléndida:

- Dios, que había pedido al Patriarca la renuncia total a su pasado (Gén 12, 1: 'Sal de tu tierra y de tu país natal y de la casa de tu padre...'), ahora le exige la renuncia total de su futuro: 'Toma a tu hijo unigénito que tanto amas, Isaac, y ve a la tierra de Moria; y ofrécelo en holocausto' (v. 2). No se le pide el sacrificio de Ismael, sino el de Isaac: el hijo amado, unigénito de Sara, nacido milagrosamente, vehículo de las divinas Promesas. La fe de Abraham ante los mil interrogantes que le asaltan, nada pregunta ni nada objeta: Cree y obedece. Este acto heroico de fe le convertirá en tipo, modelo y Patriarca de todos los creyentes (Rom 4, 11).

- A la vez que la fe heroica de Abraham, es hermosa y heroica la docilidad y generosidad de Isaac. Este, no a la fuerza ni pasivamente, sino consciente y voluntariamente, se plega a la voluntad misteriosa de Dios; con esto es tipo y figura del 'Siervo de Yahvé', el Hijo obediente: 'Tanto se humilló que se sometió a la muerte, a la muerte de cruz' (Flp 2, 8).

- El sacrificio ofrecido cruentamente será un carnero (v. 13). Con ello la enseñanza moral y litúrgica de esta perícopa queda completa. Dios no quiere sacrificios humanos. Eran frecuentes en los cultos cananeos. Israel nunca caerá en esta aberración cultual. Otra enseñanza, la principal, es que lo que Dios aprecia en todo acto de culto es la disposición interior, el amor, la entrega, la disponibilidad de quien lo realiza.

- Dios, en premio al acto heroico de fe de Abraham y al de obediencia de Isaac, reitera las promesas: las que se realizarán en 'Cristo', 'Descendencia' de Abraham (Gál 3, 16). San Pablo nos resume la tipología de esta página de la Escritura: 'Por la fe, Abraham, puesto a prueba, ofreció a Isaac, su hijo unigénito, de quien le fue anunciado: Por Isaac tendrás la posteridad que llevará tu nombre. Pensó que poderoso es Dios aun para resucitarle de entre los muertos. Y por esto lo recobró; suceso que es también figurativo' (Heb 11, 18-20). Sí; todos estos sucesos 'prefiguraban': En la Nueva Alianza se nos da la Promesa por la fe en la Resurrección de Jesucristo (Rom 4, 24): 'Al recibir tan glorioso Sacramento, te agradecemos, Señor, que viviendo aún en la tierra nos dejas ya ser partícipes de los bienes celestes' (Postc.).


Sobre la Segunda Lectura (Rom 8, 31-34)

San Pablo nos quiere hacer vivir la seguridad y optimismo de nuestra Salvación. Salvación que mirada de parte de Dios no puede fallar:

a) El Padre nos da o nos envía para que nos salve a su propio Hijo Unigénito. ¿Cabe de su parte una voluntad más clara y más eficaz de salvarnos? (v. 32).

b) Satanás podía encausarnos, acusarnos y condenarnos en razón de nuestros pecados. Pero, ahora redimidos por Cristo, estamos ya justificados. 'Ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba ante nuestro Dios. Mas ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero' (Ap 12, 11). Lavados en su Sangre, somos 'justos' (v. 33).

c) Cristo Redentor, ahora a la diestra del Padre, es nuestro omnipotente Abogado (v. 34). Recordemos un comentario de San Juan de Ávila: 'Yo soy vuestro Abogado que tomé vuestra causa por mía. Yo vuestro fiador que salí a pagar vuestras deudas. Yo vuestro Señor que con mi sangre os compré. Yo vuestro Padre por ser Dios. Yo vuestro Hermano por ser hombre. Yo vuestra paga y rescate. ¿Que teméis deudas? Yo vuestra reconciliación. ¿Que teméis ira? Yo el lazo de vuestra amistad. ¿Que teméis enojo de Dios? Yo vuestro defensor. ¿Que teméis enemigos? Yo vuestro amigo'... 'Tú, Jesús, eres descanso entrañal, confianza que nunca falla' (O.C. BAC 1, p. 385).



Sobre el Evangelio (Mc 9, 1-9)

La escena de la 'Transfiguración' tiene un sentido, un valor y unas enseñanzas de gran interés:

- La tradición señala el Tabor, monte de 400 m. en la llanura de Esdrelón, como escenario de esta Cristofanía. Otros creen que tuvo lugar en alguna de las cimas del Hermón. Jesús quiere revelarse ante unos testigos privilegiados en su calidad de Mesías Trascendente: El Mesías Hijo del hombre, prenunciado por Daniel: El Mesías prenunciado por la Ley y los Profetas. Por eso Moisés y Elías están presentes en el Tabor para rendir homenaje a Jesús-Mesías. El Mesías según Daniel hará su Parusía o advenimiento en 'nube celeste' (Dn 7, 13): El Mesías, Profeta y Doctor, Siervo, Hijo obediente... Todas las profecías Mesiánicas se iluminan a la luz del Tabor.

- A la vez, la Transfiguración es un anticipo de la entronización gloriosa de Cristo. San Lucas nos dice: 'Al desvelarse (los Apóstoles) vieron su Gloria' (Lc 9, 31). Y a esta escena se refiere el Evangelista cuando dice: 'Contemplamos su Gloria, Gloria del Unigénito del Padre' (Jn 1, 14).

- Asimismo la Transfiguración de Cristo es preludio, modelo y promesa de la nuestra: 'Cristo transfigurará nuestro cuerpo deleznable, conformándolo al cuerpo suyo glorioso' (Flp 3, 21).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)

 

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Santos Padres; San Jerónimo

La Transfiguración
Y sigue el evangelista: «Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos»1. Lo que equivale a decir que los apóstoles vieron a Cristo tal como tenía que reinar. Viéndole transfigurado en el monte, lo vieron transfigurado en su propia gloria, tal como tenía que reinar.

Así pues, a esto se refieren las palabras «no gustarán la muerte, hasta que vean el reino de Dios»: a lo que ocurrió seis días después2.

En el Evangelio según San Mateo se dice «Y sucedió el día octavo»3. Parece, por tanto, que hay una diferencia desde el punto de vista literal: Mateo dice ocho días y Marcos seis. Pero hemos de tener en cuenta que Mateo incluye el primero y el último de los ocho días, mientras que Marcos cuenta sólo los seis que median entre uno y otro4.

Esto es lo que dice literalmente el Evangelio: que subió al monte, que se transfiguró, que aparecieron Moisés y Elías coloquiando con él, que Pedro, encantado por aquella visión tan hermosa, le dijo: Señor, ¿quieres que hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías?5 Y dice en seguida el evangelista: pues no sabían qué decir, ya que estaban atemorizados6. Y a continuación dice que se formó una nube, y que esta misma nube, que era blanca, les cubría con su sombra, y que vino una voz del cielo, que decía: «Este es mi hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, no vieron a nadie más que a Jesús.7 Éste es el contenido histórico del relato. En él se fijan los que aman la historia, los que aceptan solamente la opinión judaica, los que siguen la letra que mata, y no el espíritu que vivifica.

Nosotros no negamos la historia, sino que preferimos el sentido espiritual del texto. Por lo demás, esta interpretación no es propiamente nuestra: seguimos la interpretación de los apóstoles, sobre todo la del «vaso de elección»8, que a aquellas palabras, a las que los judíos daban un sentido que conduce a la muerte, supo él dar otro sentido que conduce a la vida, es decir, el apóstol que enseña que Sara y Agar simbolizan las dos alianzas, la del monte Sinaí y la del monte Sión. En efecto, como referencia a las dos alianzas interpreta esto el apóstol: «Estas mujeres son las dos alianzas»9. ¿Acaso no existió Agar? ¿Acaso no existió Sara? ¿Acaso no existe el monte Sinaí? ¿Acaso no existe el monte Sión? El apóstol no niega la historia, sino que descubre los misterios, y no dice simplemente que «las dos mujeres representan las dos alianzas», sino que «ellas son las dos alianzas».

«Y seis días después toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan». «Seis días después». Pedid al Señor que estas cosas sean explicadas según el mismo Espíritu, por quien han sido dictadas. «Y sucedió seis días después». ¿Por qué no nueve, o diez, o veinte, o cuatro, o cinco días después? ¿Por qué no se toma ningún número anterior o posterior, sino que se elige precisamente el seis? «Y sucedió, dice el Evangelio, seis días después». Éstos que están con Jesús —al menos se dice de algunos de los que están allí—: éstos no verán el reino de Dios, hasta después de seis días. Es decir, que hasta que no haya pasado este mundo representado en los seis días, no aparecerá el reino verdadero. Cuando hayan pasado los seis días, quien fuere Pedro, es decir, quien, como Pedro de la piedra, haya recibido de Cristo el nombre, merecerá ver el reino. Pues así como de Cristo nos llamamos cristianos, de la piedra es llamado Pedro, o sea, petrinos. Y si alguien de entre nosotros fuera un petrinos tal, esto es, tuviera una fe tan grande que sobre él se edificase la Iglesia de Cristo; si alguien fuera como Santiago y Juan, hermanos no tanto por la sangre cuanto por el espíritu; si alguien fuera Santiago, esto es, el que derriba, y Juan, esto es, gracia del Señor (pues cuando hayamos derribado a nuestros enemigos, entonces mereceremos la gracia de Cristo); si alguien estuviera en posesión de las verdades más sublimes y del conocimiento más excelente, y mereciera ser llamado hijo del trueno, aún entonces es necesario que sea llevado por Jesús al monte.

Observad al mismo tiempo que Jesús no se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura. Y los lleva a ellos solos, aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes y blanquísimos10. Incluso hoy en día Jesús está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús y son las turbas que no pueden subir al monte —al monte suben tan sólo los discípulos, las turbas se quedan abajo—; si alguien, por tanto, está abajo y es de la turba, no puede ver a Jesús en vestidos blancos, sino en vestidos sucios. Si alguien sigue la letra y está totalmente abajo y mira la tierra a la manera de los brutos animales, éste no puede ver a Jesús en su vestidura blanca. Sin embargo, quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para éste Jesús se transfigura al instante y sus vestidos se hacen blanquísimos.

Si esto, que hemos leído, lo interpretamos literalmente, ¿Qué tiene en sí de radiante, de espléndido, de sublime? Más, si lo interpretamos espiritualmente, las Sagradas Escrituras, esto es, los vestidos de la Palabra, se transfiguran al instante y se hacen blancos como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de hacer11. Toma cualquier texto de los profetas, o cualquier parábola evangélica: si lo interpretas literalmente, no tiene en sí nada de espléndido, nada de radiante. Más, si sigues a los apóstoles y lo interpretas espiritualmente, al instante se transforman los vestidos de la parábola y se hacen blancos: y Jesús se transfigura totalmente en el monte y sus vestidos se hacen muy blancos, como la nieve, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Quien está en la tierra, quien está abajo, no puede blanquear los vestidos, pero quien sube al monte con Jesús y, por así decir, deja la tierra abajo y se dispone a ascender a regiones altas y celestes, éste puede blanquear los vestidos como ningún batanero en la tierra sería capaz de hacerlo.

Alguien podría decirme o, aunque no lo diga, podría pensar para sus adentros: has explicado qué es el monte y has dicho qué es la palabra de Dios. Has dicho también que los vestidos son las Sagradas Escrituras, dime quiénes son esos bataneros que no son capaces de dejar unos vestidos tan blancos como los de Jesús. El trabajo de los bataneros consiste en blanquear lo que está sucio, cosa que no pueden llevar a cabo sin esfuerzo, pues es necesario estrujar la ropa, lavarla, y tenderla al sol. Si no es con mucho trabajo no llegan a adquirir el color blanco los vestidos sucios. Platón, Aristóteles, Zenón, el principal de los estoicos12, y Epicuro, defensor del placer, quisieron blanquear sus sórdidas teorías, por así decir, con blancas palabras, pero no pudieron conseguir unos vestidos tan blancos como los que posee Jesús en el monte. Porque estaban en la tierra y discutían solamente de cosas terrenas. Por ello, pues, ningún batanero, esto es, ningún maestro de la literatura mundana pudo blanquear tanto los vestidos como los tenía Jesús en el monte.

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús13. Si no hubiesen visto a Jesús transfigurado, si no hubiesen visto sus vestidos blancos, no hubieran podido ver a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Mientras pensemos como los judíos y sigamos con la letra que mata, Moisés y Elías no hablan con Jesús y desconocen el Evangelio. Ahora bien, si ellos hubieran seguido a Jesús, hubieran merecido ver al Señor transfigurado y ver sus vestidos blancos, y entender espiritualmente todas las Escrituras, y entonces hubieran venido inmediatamente Moisés y Elías, esto es, la ley y los profetas, y hubieran conversado con el Evangelio.

«Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con Jesús». En el Evangelio según San Lucas se añade esto: «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén»14. Esto es lo que dicen Moisés y Elías, y se lo dicen a Jesús, es decir, al Evangelio. «Y le anunciaban de qué modo iba a padecer en Jerusalén». Por tanto, la ley y los profetas anuncian la pasión de Cristo ¿Veis cómo es provechoso para nuestro alma la interpretación espiritual? Los mismos Moisés y Elías son vistos con vestiduras blancas, vestiduras blancas, que no poseen, mientras no están con Jesús. Si lees la ley, esto es, a Moisés, y si lees a los profetas, esto es, a Elías, y no los entiendes en Cristo, tampoco entenderás cómo Moisés habla con Jesús y cómo Elías habla con Jesús. Mas, si interpretas a Moisés sin Jesús y a Elías sin Jesús, tampoco le anuncian ellos consiguientemente la pasión, ni suben al monte con él, ni tienen sus vestiduras blancas, sino totalmente sucias. Ahora bien, si sigues la letra, como hacen los judíos, ¿de qué te aprovecha leer que Judá se acostó con su nuera Tamar, que Noé se emborrachó y se desnudó o que Onán, hijo de Judá, hizo una cosa tan torpe que me avergüenzo de decir? ¿De qué, repito, te aprovecha esto? Más si, por el contrario, lo interpretas espiritualmente, verás cómo los vestidos de Moisés se hacen blancos.

Así, pues, Pedro, Santiago y Juan, que habían visto a Moisés y Elías sin Jesús, precisamente porque vieron que conversaban con Jesús y que tenían los vestidos blancos, se dan cuenta de que están en el monte. Realmente estamos en el monte, cuando entendemos las Escrituras espiritualmente. Si leo el Génesis, o el Éxodo, o el Levítico, o los Números, o el Deuteronomio, mientras leo carnalmente, me veo abajo, mas, si entiendo espiritualmente, subo al monte. Te darás cuenta cómo Pedro, Santiago y Juan, viendo que estaban en el monte, esto es, en la comprensión espiritual, desprecian las cosas bajas y humanas y desean las cosas excelsas y divinas: no quieren descender a la tierra, sino detenerse enteramente en las cosas espirituales.

Y tomando la palabra, dice Pedro a Jesús: «Rabí, bueno es estarnos aquí»15. También yo mismo, cuando leo las Escrituras y entiendo espiritualmente algo más excelso, no quiero descender de allí, no quiero descender a cosa más bajas: quiero hacer en mi pecho una tienda para Cristo, para la ley y para los profetas. Por lo demás, Jesús, que ha venido a salvar lo que estaba perdido, que no ha venido a salvar a los que son santos sino a los que se encuentran mal, él sabe que si el género humano estuviera en el monte, no se salvaría, a no ser que descendiera a tierra.

Rabí, bueno es estarnos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.16 ¿Había acaso árboles en aquel monte? Y aún en el caso de que hubiese habido árboles y telas, ¿podemos pensar que es esto lo que Pedro quería hacer, es decir, hacerles unas tiendas, para que habitasen allí, y que es esto todo lo que Pedro pretendía? Quiere hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés, y otra para Elías, es decir, quiere separar la ley, los profetas, y el Evangelio, cosas que no pueden separarse. De todos modos, esto es lo que dice: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías». ¡Oh Pedro, aunque hayas subido al monte, aunque estés viendo a Jesús transfigurado, aunque veas sus vestidos blancos, sin embargo, porque Cristo aún no ha muerto por ti, todavía no puedes conocer la verdad! Que alguien diga: «Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», esto es como decirle al Señor: «Voy a hacer una tienda para ti, y otras semejantes para tus siervos». Cuando se tributa el mismo honor a personas de distinto rango, se hace injuria a la de rango superior. «Hagamos tres tiendas». Tres eran los apóstoles que había en el monte. Estaba Pedro, estaba Santiago y estaba Juan, y lo que Pedro pretende es que cada uno de los tres personajes (Jesús, Moisés y Elías) tomen consigo a uno de los tres apóstoles. No sabía, pues, lo que decía, al tributar el mismo honor al Señor y a los siervos17. En realidad hay una sola tienda para el Evangelio, para la ley, y para los profetas. Si no habitan juntamente, no puede haber concordia entre ellos.

Y se formó una nube, que les cubríó con su sombra18. La nube, según Mateo, era luminosa19. A mí me parece que esta nube era la gracia del Espíritu Santo. Una tienda ciertamente cubre y protege con su sombra a los que están dentro de ella. Pues bien, esto, que ordinariamente hacen las tiendas, lo hizo la nube. ¡Oh Pedro, que quieres hacer tres tiendas, mira la tienda del Espíritu Santo, que a todos nosotros igualmente nos protege! Si tú hubieses hecho estas tiendas, las hubieras hecho ciertamente humanas, esto es, las hubieses hecho de modo que dejaran fuera la luz y acogieran dentro la sombra. Esta nube, sin embargo, es lúcida y cubre al mismo tiempo; esta es la única tienda, que no excluye, sino que incluye el sol de justicia. Y además el Padre te dirá: «¿Por qué haces tres tiendas? Aquí tienes la verdadera tienda». Mira también el misterio de la Trinidad, al menos según mi manera de entenderlo, pues yo todo lo que soy capaz de entender, no lo quiero entender sin Cristo, el Espíritu Santo, y el Padre. Nada de ello puede serme agradable, si no lo entiendo en la Trinidad, que me ha de salvar.

Se formó una nube lúcida, y vino una voz desde la nube, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle»20. Lo que viene a decir el Evangelio es esto: ¡oh Pedro, qué dices: «Os haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías», no quiero que hagas tres tiendas! He aquí que yo os he dado la tienda, que os protege. No hagas tiendas igualmente para el Señor y para los siervos. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle». Éste es mi Hijo: no Moisés, no Elías. Ellos son siervos, éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi sustancia, Hijo, que permanece en mí y es totalmente lo que yo soy. «Éste es mi Hijo amadísimo». También aquellos son ciertamente amados, pero éste es amadísimo: a éste, por tanto, escuchadle. Aquellos lo anuncian, mas vosotros a éste tenéis que escuchar: Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: escuchad sólo al Hijo de Dios.

Mientras habla el Padre de este modo y dice: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle», no aparece el que habla. Habla una nube y se oía la voz, que decía: «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle». Hubiera podido suceder que Pedro dijese: está hablando de Moisés o de Elías. Pues bien, para que no les cupiera ninguna duda, mientras habla el Padre, a aquellos dos (Moisés y Elías) se les hace desaparecer, y permanece Cristo solo. «Éste es mi Hijo amadísimo, escuchadle». Se pregunta Pedro en su corazón: ¿quién es su Hijo? Yo veo a tres, ¿de quién está hablando? Y mientras trata de averiguar quién es, ve a uno solo. Y de pronto, mirando en derredor, buscando a los tres, encuentra solamente a uno. Es más, perdiendo a los tres, encuentra a uno. O mejor aún: en uno descubren a los tres. Pues mejor se descubre a Moisés y Elías, si se les inserta en Cristo.

Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie21. Yo, cuando leo el Evangelio y descubro allí el testimonio de la ley y los profetas, pongo mi atención solamente en Cristo: veo a Moisés y veo a los profetas, de manera que los comprendo, en tanto en cuanto hablan de Cristo. Al final, cuando llegue al esplendor de Cristo y lo vea como luz brillantísima de claro sol, entonces no podré ver la luz de una lámpara. ¿Acaso una lámpara puede iluminar, si se enciende de día? Si luce el sol, la luz de la lámpara no se percibe: de este mismo modo, estando Cristo presente, no se perciben a su lado en absoluto la ley y los profetas. No pretendo minusvalorar la ley y los profetas, al contrario, hago de ellos una alabanza, porque anuncian a Cristo, pero yo leo la ley y los profetas, no para quedarme en ellos, sino para, a través de ellos, llegar a Cristo.
(SAN JERÓNIMO, Comentario al Evangelio de San Marcos)

Notas
1 Mc 9, 2
2 Habiendo hablado anteriormente el evangelista de la venida gloriosa del «hijo del hombre» en el juicio final, profetizada por Jesús, por asociación parece aquí referirse a otro dicho de Jesús relativo a la venida del reino de Dios sobre las ruinas del judaísmo, es decir, sobre el final de Jerusalén. Algunos de los presentes en el discurso de Jesús no habrían muerto antes de aquel acontecimiento. Las aplicaciones de San Jerónimo aquí son llevadas a un plano de exégesis oratoria, que se prestaba más fácilmente a consideraciones morales.
3 Mt 17, 1. Aquí San Jerónimo, tal vez en el ardor de la oratoria, cita a Mateo, que en realidad, concuerda con Marcos en lo de seis días, en vez de Lucas, que habla de ocho días de intervalo entre un acontecimiento y otro, y no de seis (Lc 9, 28).
4 Cf. Jerón., In Matth. 17, 1.
5 Mc 9, 5
6 Mc 9, 6
7 Mc 9, 7-8
8 “Vas electionis” es San Pablo.
9 Ga 4, 24
10 Mc 9, 2-3
11 Ibíd.
12 Cf. Jerón. Epist. 133, 1
13 Mc 9, 4
14 Lc 9, 31
15 Mc 9, 5
16 Ibíd.
17 Cf. Jerón., In Matth. 17, 4
18 Mc 9, 7
19 Mt 17, 5
20 Mc 9, 7
21 Mc 9, 8
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Santos Padres: SAN LEÓN MAGNO
Insertamos las ideas y párrafos principales del sermón 51, parte del cual se lee en la presente domínica y en el sábado de las témporas de Cuaresma. Saltan a la vista las distintas aplicaciones, entre las que sobresalen la preocupación cristológica de este Papa, su concepto del Cuerpo místico y la encendida peroración final sobre el Salvador.

A) Las dos naturalezas

La lectura de este evangelio que de los oídos del cuerpo ha llegado a los del alma, nos invita a penetrar este misterio. El Señor predicó siempre la existencia de dos naturalezas en Él, y sin esta fe nadie puede salvarse.

Para confirmarnos más y más en esta doctrina, preguntó a los apóstoles cuál era su opinión personal, y cuando Pedro, superando lo que veía de temporal y humano, confesó, movido por el Padre, la gloria de la Divinidad, fue premiado al ser constituido en piedra inconmovible sobre la que se había de asentar la Iglesia.

'Mas la grandeza de este concepto (de Pedro) alabado por el Señor, necesitaba ser adoctrinada todavía sobre otra inferior naturaleza, para que no ocurriese con la fe de los apóstoles que, purificada lo suficiente para confesar la divinidad de Cristo, estimase, en cambio, incompatible e indigno de un Dios llevar la carga de nuestra debilidad y creyese glorificada en Él la naturaleza humana, hasta el punto de no poder sufrir los tormentos ni padecer la muerte'.

Por ello, apenas hubo Pedro confesado la fe en la divinidad de Jesús, pasó el Señor a hablar de su futura muerte, y cuando el mismo apóstol quiso disuadirle de ello, fue reprendido, y, con la misma idea, 'todas las exhortaciones que siguen van ordenadas a enseñarnos que los que quieran seguirle se han de negar a sí mismos y reputar en poco la pérdida de los bienes terrenos ante la esperanza de los celestiales, porque aquel salvará, finalmente, su alma que no tema perderla por Cristo'.

B) Fines de la transfiguración

a) El cielo, aliento en el sufrimiento

'Para que los apóstoles concibiesen con toda su alma esta dichosa fortaleza, no temblasen ante la aspereza de la cruz, no se avergonzasen de la pasión de Cristo y no tuviesen por denigrante el padecer, pues de tal modo superarían los suplicios y las torturas que no perderían la gloría del reino, tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano (Mt 17,1), y, subiendo con ellos solos a un monte elevado, les manifestó el resplandor de su gloria, porque, aunque creían en la majestad de Dios, sin embargo, ignoraban el poder del cuerpo, bajo el que se ocultaba la Divinidad... Pues aquella inefable e inaccesible visión de la misma Divinidad que se reserva en la vida eterna para los limpios de corazón, de ninguna manera podían verla y comprenderla los que estaban revestidos aún de la carne mortal'.

b) Evitar el escándalo de la cruz

'Con esta transfiguración pretendía especialmente sustraer el corazón de sus discípulos del escándalo de la cruz y evitar que la voluntaria ignominia de su pasión hiciese flaquear la fe de los mismos a quienes iba a manifestar la excelencia de su dignidad oculta'.

c) Esperanza del Cuerpo místico

'Fundamentábase asimismo con providencia no menor la esperanza de la santa Iglesia al reconocer la transformación con que iba a ser agraciado el Cuerpo (místico) de Cristo, pues cada miembro puede prometerse participar de la gloria que con anterioridad resplandeció en la cabeza. Lo cual ya antes había sido predicho por el Señor cuando hablaba de la majestad de su venida: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,43); y lo confirmó el apóstol San Pablo, al decir: Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom. 8,18). Y en otra parte: Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también os manifestaréis gloriosos con Él (Col. 3,3).

C) Sufrir antes de reinar

'Animado, pues, el apóstol Pedro con la revelación de estos misterios, despreciando las cosas mundanas y hastiado de las terrenas, sentíase arrebatado en un como éxtasis por las cosas celestiales, y, lleno de gozo por la contemplación, quería morar allí con Jesús, en donde se regocijaba con la visión de su gloria. Esto es lo que le mueve a exclamar: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elías. Pero el Señor no contestó nada a semejante insinuación, como indicando que, sin ser malo, era desordenado lo que pedía, ya que el mundo no puede salvarse sino con la cruz de Cristo, y a ejemplo del Señor debe acomodarse la fe de los creyentes, para que, aun sin dudar de las promesas de la bienaventuranza, entendamos que, entre las tentaciones de esta vida, antes hemos de pedir el sufrirlas que su gloria, pues la felicidad de reinar de ningún modo puede preceder al tiempo del sufrir'.



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Aplicación: FRAY LUIS DE LEÓN


Explica la esencia y causas del gozo de la posesión de Dios. Todo lo que dice de esta posesión por la gracia es mucho más aplicable a la gloria. Nos permitimos la libertad de agrupar en el primer párrafo los textos de la Sagrada Escritura que Fray Luis aduce 'data occasione' (cf. Los nombres de Cristo, Cristo Esposo: BAC, 2ª ed., Obras completas castellanas).

A) Gozo de la Visión de Dios

a) Deleite inefable

'Sea ésta la primera prueba y el argumento primero de su no medida grandeza, que nunca cupo en lengua humana, y que el que lo prueba lo calla más... De donde la Sagrada Escritura, en una parte adonde trata de aqueste gozo y deleite, le llama maná escondido (Apoc 2,17), y en otra, nombre nuevo, que no lo sabe leer sino aquel sólo que lo recibe; y en otra (Cant 2,4-6)... hace que se desmaye y que quede muda y sin sentido la Esposa que lo representa...

Mas ¿qué necesidad hay de rastrear por indicios lo que abiertamente testifican las sagradas Letras y lo que por clara y llana razón se convence? David dice en su divina Escritura (Ps 30,20): ¡Cuán grande es, Señor, la muchedumbre de tu dulzura, la que escondiste para l os que te temen! Y en otra parte (Ps 35,9): Serán, Señor, vuestros siervos embriagados con la abundancia de los bienes de vuestra casa, y daréisles a beber del arroyo impetuoso de vuestros deleites... Y en otra parte (Ps 45,5): Un río de avenida baña con deleite la ciudad de Dios. Y (Ps 117,15): Voz de salud y alegría suena en la morada de los justos. Y (Ps 88,16):

Bienaventurado es el pueblo que sabe lo que es jubilación. Y finalmente (Is 64,4): Ni los ojos lo vieron, ni lo oyeron los oídos, ni pudo caber en humano corazón lo que Dios tiene aparejado para los que esperan en El ' (cf. o.c., p.63l).

La Sagrada Escritura, no pudiendo expresar con una sola imagen este gozo, emplea muchas semejanzas. Unas veces le llama maná escondido : maná, porque no es de un solo paladar, sino hecho al gusto del deseo y lleno de innumerables sabores (Sap 16,20); y escondido, porque se goza en lo íntimo del alma. Otras, aposento de vino (Cant 2,4), como quien dice tesoro de lo que es alegría; y otras el vino mismo (5,1) y más que el vino (1,1; 4,10), porque ninguna alegría se le iguala. Mesa y banquete (Ps 22,5; Prov 9,5), por su abundancia y variedad. Sueño, que repara de las contradicciones, etc. (ibid., p.637-63S).

b) Definición y causas del gozo

1- Qué es deleite

'Deleite es un sentimiento y movimiento dulce que acompaña y como remata todas aquellas obras en que nuestras potencias y fuerzas, conforme a sus naturalezas o a sus deseos, sin impedimento ni estorbo se emplean. Porque todas las veces que obramos así, por el medio de aquestas obras alcanzamos alguna cosa que, o por naturaleza, o por disposición o costumbre, o por elección y juicio nuestro, nos es conveniente y amable. Y como, cuando no se posee y se conoce algún bien, la ausencia de él causa en el corazón una agonía y deseo, así es necesario decir que, por el contrario, cuando se posee y se tiene, la presencia de él en nosotros y el estar ayuntado y como abrazado con nuestro apetito y sentidos, conociéndolo nosotros así, los halaga y regala. Por manera que el deleite es un movimiento dulce del apetito' (ibid., p.632).

2- Causa del deleite

'La causa del deleite son, lo primero, la presencia y, como si dijéramos, el abrazo del bien deseado; al cual abrazo se viene por medio de alguna obra conveniente que hacemos, y es, como si dijésemos, el tercero de esta concordia, o por mejor decir, el que la saborea y sazona el conocimiento y el sentido de ella. Porque a quien no siente ni conoce el bien que posee, ni si lo posee, no le puede ser el bien deleitoso ni apacible...

Es, pues, necesario para el deleite, y como fuente suya de donde nace, lo primero, el conocimiento y sentido; lo segundo, la obra, por medio de la cual se alcanza el bien deseado; lo tercero, ese mismo bien; lo cuarto y último, su presencia y ayuntamiento de él con el alma' (ibid.).



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Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino

De la transfiguración de Cristo

Debemos ahora tratar de la transfiguración de Cristo. Sobre la cual proponemos cuatro puntos:
Primero: si fue conveniente que se transfigurase.
Segundo: si la claridad de la transfiguración fue la claridad y gloria.
Tercero: de los testigos de la transfiguración.
Cuarto: del testimonio de la voz del Padre.


ARTÍCULO 1

Si fue conveniente que Cristo se transfigurase

Dificultades:

Parece que no fue conveniente la transfiguración de Cristo (cf. Mt 17, 1-13; Mc 9, 1-13; Lc 9, 28-36).

1. No es propio de los seres reales, sino de los fantásticos, el tomar diversas formas. Pero el cuerpo de Cristo no era fantástico, sino real, como se probó atrás (S. Th. 3, 5, 1); luego no debió transfigurarse.

2. La figura es la especie cuarta de la cualidad; la claridad la tercera, por ser cualidad sensible; luego el haber tomado Cristo la claridad no debe llamarse transfiguración.

3. Cuatro son las dotes de los cuerpos gloriosos, según se declarará más adelante (S. Th. 3, 82; S. Th.3, 85), a saber, impasibilidad, agilidad, sutileza y claridad; y no hubo razón para transfigurarse tomando la claridad más que las otras dotes.

Por otra parte, dice San Mateo: “Jesús se transfiguró” (Mt 17, 2) en presencia de los tres discípulos.

Respuesta:

Después de anunciar su pasión, el Señor indujo a sus discípulos a seguirle en la pasión. Ahora bien, para que uno camine directamente y sin rodeos, debe conocer el fin, como el sagitario no arrojará bien la flecha si no mira primero el blanco al que debe dar. Por esto dijo Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, pues ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Y esto es más necesario cuando la marcha es difícil y áspera y el camino trabajoso, pero el fin alegre. Pues bien, Cristo llegó con su pasión a conseguir la gloria, no sólo del alma, que la tuvo desde el principio de su concepción, sino también del cuerpo, según lo que leemos en San Lucas: “Era preciso que Cristo padeciese todo esto para entrar en su gloria” (Lc 24, 26). A ésta conduce también a cuantos siguen los pasos de su pasión, según lo que se lee en les Actos: “Por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de los cielos” (Act 14, 21). Pues por esto fue conveniente que se transfigurase mostrando a los discípulos la gloria de su claridad, a la que configurará los suyos, según dice el Apóstol: “Reformará el cuerpo de nuestra vileza, conformándolo a su cuerpo glorioso” (Flp 3, 21). Que por esto dice San Beda, comentando a San Marcos: “Piadosamente proveyó que, mediante la breve contemplación del gozo eterno, se animasen a tolerar las adversidades”.

Soluciones:

1. Dice San Jerónimo: “Nadie piense de Cristo que, por haberse transfigurado, perdió su forma y su fisonomía primera, o dejó la realidad de su cuerpo para tomar un cuerpo espiritual o aéreo. Cómo se transfiguró, nos lo declara el evangelista, diciendo: ‘Resplandeció su rostro como el sol y sus vestidos quedaron blancos como la nieve’ (Mt 17,2). Y muestra aquí el resplandor del rostro y la blancura de los vestidos: no se suprime la substancia, pero cambia la gloria”.

2. Afecta la figura al exterior del cuerpo, pues “la figura está comprendida dentro del término o términos” del cuerpo. Por esto, todas aquellas cosas que afectan al exterior del cuerpo, se consideran como pertenecientes a la figura. Como el color, así también la claridad de un cuerpo no transparente se percibe en la superficie del cuerpo. Por esto el tomar esa claridad se llama transfiguración.

3. Entre las citadas cuatro dotes, únicamente la claridad es cualidad de la misma persona en sí misma; las demás dotes sólo se perciben en algún acto, movimiento o pasión. Mostró, pues, Cristo en sí mismo algunos indicios de las otras dotes; v. gr., la agilidad, caminando sobre las olas del mar (Mt 14, 25); la sutileza, saliendo del seno de la Virgen; la impasibilidad, en salir ileso de manos de los judíos, que querían precipitarle o apedrearle. Ni por eso se dice que se transfigurase, sino sólo por la claridad, que toca al aspecto de la persona.



ARTÍCULO 2

Si aquella claridad fue la claridad gloriosa

Dificultades:

Parece que no fue aquella claridad la de la gloria.

1. Dice cierta glosa, tomada de San Beda: “Se transfiguró delante de ellos (Mt 17,2). Mostró en el cuerpo mortal, no la inmortalidad, sino la claridad semejante a la inmortalidad futura”. Pero la claridad de la gloria no es la claridad de la inmortalidad; luego la claridad aquella que mostró a los discípulos no fue la claridad de la gloria.

2. Sobre las palabras de San Lucas: “No experimentarán la muerte antes de ver el reino de Dios” (Lc 9, 27), dice una glosa de San Beda: “El reino de Dios es la glorificación del cuerpo en la representación imaginaria de la bienaventuranza futura”. Pero la imagen de una cosa no es la cosa misma; luego la claridad aquella no fue la claridad de la bienaventuranza.

3. La claridad de la gloria no se halla sino en el cuerpo humano; pero la claridad aquella apareció no sólo en el cuerpo de Cristo, sino también en sus vestidos y en la nube luminosa que envolvió a los discípulos; luego parece que aquella claridad no fue la claridad de la gloria.

Por otra parte, sobre las palabras: “Se transfiguró ante ellos” (Mt 17, 2), dice San Jerónimo: “Se apareció a los apóstoles tal como se mostrará en el día del juicio”. Y sobre aquellas otras: “Hasta que vea al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16, 28), dice: “Queriendo manifestarnos qué tal será aquella gloria en que ha de venir, se lo reveló en la presente vida, como a ellos era posible aprenderlo, a fin de que ni en la muerte del Señor se dejen abatir por el dolor”.

Respuesta:

La claridad aquella que Cristo tomó en su transfiguración, fue la claridad de la gloria cuanto a su esencia, pero no cuanto al modo de ser. Pues la claridad del cuerpo glorioso emana de la claridad del alma, según dice San Agustín en la epístola a Dióscoro. Igualmente, la claridad del cuerpo de Cristo en su transfiguración emana de su divinidad y de la gloria de su alma, según dice el Damasceno. Que la gloria del alma no redundase en el cuerpo ya desde el principio de la concepción de Cristo, tenía su razón en la economía divina, para que su cuerpo pasible realizase los misterios de la redención, según atrás queda dicho (S. Th. 3, 14,1 ad 2). Pero con esto no se quitó a Cristo el poder de derramar la gloria en su cuerpo. Y esto fue lo que hizo cuanto a la claridad en su transfiguración, aunque de otro modo que en el cuerpo glorificado. Por eso en el cuerpo glorificado redunda la claridad como una cualidad permanente que afecta al cuerpo. De donde se sigue que el resplandor corporal no es milagroso en el cuerpo glorificado. Pero en la transfiguración redundó la claridad en el cuerpo de Cristo de su divinidad y de su alma, no como una cualidad inmanente y que afecta al mismo cuerpo, sino como una pasión transeúnte, a la manera que el aire es iluminado por el sol. Así que el resplandor que apareció en el cuerpo de Cristo fue milagroso, como el caminar sobre las olas del mar (cf. Mt 14, 25). Por esto dice Dionisio en su epístola a Cayo: “Sobre el poder humano obra Cristo lo que es propio del hombre, y esto lo demuestra la Virgen concibiendo sobrenaturalmente y el agua inestable sosteniendo la gravedad de los pies materiales y terrenos”.

De manera que no se ha de decir, como Hugo de San Víctor, que tomó Cristo las dotes gloriosas: la de claridad, en su transfiguración; la de agilidad, caminando sobre el mar; la de sutileza, saliendo del seno virginal; porque la dote significa una cualidad inmanente en el cuerpo glorioso. Antes se ha de decir que milagrosamente poseyó entonces lo que es propio de las dotes gloriosas. Una cosa semejante ocurrió en el alma de San Pablo en la visión en que vio a Dios, según se dijo en la Segunda Parte (S. Th. 2-2, 175, 3 ad 2).

Soluciones:

1. No se sigue de aquellas palabras que la claridad de Cristo no fue la claridad de la gloria, sino que no fue la claridad del cuerpo glorioso, porque el cuerpo de Cristo no gozaba aún de la inmortalidad. Y como, por dispensación divina, sucedía que no redundase en el cuerpo la gloria del alma, así también podía suceder que redundase la dote de la claridad y no la dote de la impasibilidad.

2. Se llama imaginaria aquella claridad, no porque no fuese verdadera claridad de la gloria, sino porque era cierta imagen que representaba aquella perfección de la gloria en virtud de la cual el cuerpo resulta glorioso.

3. Como la claridad del cuerpo de Cristo representaba la futura claridad de su cuerpo, así la claridad de los vestidos representaba la claridad de los santos, que será superada por la claridad de Cristo, como la blancura de la nieve es superada por la del sol. Por esto dice San Gregorio que los vestidos de Cristo se volvieron resplandecientes, “porque, en el supremo grado de la claridad celeste, todos los santos se le juntarán refulgentes con la luz de la justicia”. Los vestidos simbolizan los justos que allegará a sí, según aquello de Isaías: “Te vestirás de todos éstos como de un vestido” (Is 49, 18).

La nube luminosa significa la gloria del Espíritu Santo, “el poder del Padre”, como dice Orígenes, que protegerá a los santos en la gloria futura. Aunque también pudiera significar la claridad del mundo renovado, que será el tabernáculo de los santos. Por esto, cuando Pedro se disponía a construir los tabernáculos, la nube luminosa los envolvió.



ARTÍCULO 3

Si estuvieron bien escogidos los testigos de la transfiguración

Dificultades:

Parece que no fueron bien escogidos los testigos de la transfiguración.

1. Cada uno debe dar testimonio principalmente de las cosas que le son conocidas; pero cuál será la gloria futura a ninguno era conocida en los días de la transfiguración de Cristo, fuera de los ángeles; luego parece que éstos, y no los hombres, debieran ser elegidos para testigos de la transfiguración.

2. Los testigos de la verdad no deben ser fingidos, sino verdaderos; pero Moisés y Elías no se hallaron allí en realidad, sino imaginariamente, pues una glosa sobre aquello de San Lucas: “Eran Moisés y Elías, etc.” (Lc 9, 30), dice: “Es de saber que no el cuerpo o el alma de Moisés o Ellas aparecieron allí, sino que sus cuerpos fueron formados de otra materia creada. Podemos aún creer que por ministerio angélico se realizó esto y que los ángeles tomasen la representación de sus personas”. Luego no parece que fueron los más convenientes tales testigos.

3. Se dice que “todos los profetas dan testimonio de Cristo” (Act 10, 43); luego no sólo Moisés y Elías debieron asistir como testigos, sino también los profetas todos.

4. Se promete la gloria de Cristo a todos los fieles; a los que quiso encender en el deseo de la gloria por medio de su transfiguración; luego no debió tomar como testigos de transfiguración a solos Pedro, Santiago y Juan, sino a todos los discípulos.

Por otra parte, está la autoridad de la Sagrada Escritura (cf. Mt 17, 1; Mc 9, 1; Lc 9, 28).

Respuesta:

El motivo por que Cristo quiso transfigurarse fue para mostrar a los hombres la gloria y encender sus ánimos en el deseo de ella, como atrás queda dicho. Ahora bien, a la gloria de la bienaventuranza eterna son conducidos por Cristo los hombres, no sólo los que fueran después de Él, sino también los que le precedieron; por donde, caminando Él a la pasión, “las turbas, así los que le seguían como los que le precedían, clamaban Hosanna” (Mt 21, 9), como si le pidieran la salud. Por eso fue conveniente que se hallaran presentes como testigos, de los que le precedieran, Moisés y Elías, y de los que le siguieron, Pedro, Santiago y Juan, para que “con la palabra de dos o tres testigos fuese atestiguado el hecho” (Dt 19, 15).

Soluciones:

1. Por su transfiguración manifestó Cristo a los discípulos la gloria de su cuerpo, que a solos los hombres toca. Por esto fue conveniente que no los ángeles, sino los hombres solos fueran tomados por testigos.

2. Esa glosa se dice estar tomada de un libro llamado “De las maravillas de la Sagrada Escritura”, libro que no es auténtico y que falsamente es atribuido a San Agustín. Por esto, no hay que hacer caso de tal glosa. En cambio, dice San Jerónimo: “Consideremos que no accedió a dar a los escribas y fariseos la señal del cielo que le pedían, y aquí, para aumentar la fe de los apóstoles, les da una señal del cielo, bajando Elías de donde había subido y levantándose Moisés de la morada de los muertos”. Esto no se ha de entender como si Moisés hubiera tomado su cuerpo, sino que su alma se apareció mediante algún cuerpo que tomó, como suelen aparecer los ángeles. Elías apareció en su propio cuerpo, no que haya venido del cielo empíreo, sino de algún lugar eminente adonde haya sido arrebatado en el carro de fuego (cf. 2Re 2, 11).

3. Dice San Crisóstomo: “Por muchas razones fueron traídos a la escena Moisés y Elías”.

La primera es ésta: “Como las muchedumbres decían que Jesús era Elías o Jeremías o alguno de los profetas, trajo aquí a los príncipes de los profetas, para que, a lo menos, apareciese la diferencia entre los siervos y el Señor”.

Segunda razón: “Porque Moisés había dado la ley y Elías había gran sido gran celador de la gloria del Señor”. Y así, apareciendo, junto con Cristo, queda excluida la calumnia de los judíos, “que acusaban a Cristo de traspasar la ley y de blasfemar contra Dios usurpando su gloria”.

Tercera razón es “mostrar que tenía poder sobre la muerte y la vida, que era juez de los muertos y de los vivos, pues que había traído consigo a Moisés ya muerto y a Elías todavía vivo”.

Cuarta razón es que, según San Lucas, “‘hablaban con Él del fin que había de tener en Jerusalén’ (Lc 9, 31), es decir; de su pasión y de su muerte. Y así para fortalecer el ánimo de los discípulos” trae a la escena aquellos que por Dios se habían expuesto a la muerte, pues Moisés se presentó ante Faraón con peligro de la vida; y Elías al rey Acab (cf. Ex 5; 1Re 18).

Quinta razón “es que quería que sus discípulos, emulasen la mansedumbre de Moisés y el celo de Elías”.

Sexta razón, que añade San Hilario, para mostrar que había sido anunciado por la ley, dada por Moisés y por los profetas, entre los cuales ocupa Elías principal lugar.

4. Los grandes misterios no han de ser expuestos inmediatamente a todos, sino que por los mayores han de llegar; a su tiempo, a los otros. Y por eso dice San Crisóstomo que “tomó tres como principales”. Pues Pedro se distinguió por el amor que tuvo a Cristo, y, además, por los poderes que le fueron conferidos; Juan, por el privilegio del amor con que fue de Cristo amado por su virginidad, y luego, por la prerrogativa de la doctrina evangélica; Santiago, por, la prerrogativa del martirio (cf. Act 12, 2). Y, sin embargo, no quiso que éstos anunciasen a los demás lo que habían visto hasta después de la resurrección. El motivo es, dice San Jerónimo, “para que no pareciera cosa increíble por la grandeza del suceso y, después de tanta gloria, no resultase un escándalo la cruz que se había de seguir; o también para que no fuese totalmente impedida por el pueblo. Cuando estuvieren llenos de la gracia del Espíritu Santo, entonces debían presentarse como testigos de sucesos tan espirituales”.


ARTÍCULO 4

Si con razón se añadió el testimonio de la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy amado”

Dificultades:

Parece que no hubo razón para que se añadiese el testimonio del Padre, diciendo: “Este es mi Hijo muy amado” (Mt 17, 5).

1. Se dice en del libro de, Job: “Una vez habla Dios y, hablando segunda vez, no repite lo mismo” (Job 33, 14). Pero en el bautismo ya la voz del Padre había protestado lo mismo; luego parece no haber sido conveniente que declarase lo mismo (cf. Mt 3, 17) en la transfiguración.

2. En el bautismo, junto con la voz del Padre, se halló presente el Espíritu, Santo en forma de paloma (Mt 3, 16), lo que no sucedió en la transfiguración luego parece que no fue conveniente la protestación del Padre.

3. Cristo comenzó a enseñar después del bautismo (cf. Mt 4, 17), y, sin embargo, la voz del Padre no indujo a los hombres a escucharle; luego tampoco en la transfiguración los debió inducir.

4. No se debe comunicar a uno lo que no puede entender, según lo que se lee en San Juan: “Aun tengo mucho que deciros, pero no lo podéis comprender por ahora” (Jn 16, 12). Pero los discípulos no pudieron soportar la voz del Padre, pues dice San Mateo que “los discípulos, al oírla, cayeron rostro a tierra y se llenaron de temor” (Mt 17, 6); luego no debió dirigirse a ellos la voz del Padre.

Por otra parte, está la autoridad de la Sagrada Escritura (cf. Mt 17, 5; Mc 9, 6; Lc 9, 34).

Respuesta:

La adopción, de hijos de Dios se realiza mediante la conformidad de la imagen con el Hijo natural de Dios. Esto se verifica de dos maneras: la primera, por la gracia de la vida, presente, que es una conformidad imperfecta; la segunda, por la gloria, que es la conformidad perfecta, según lo que leemos en San Juan: “Ahora somos hijos de Dios, y no apareció aún lo que seremos, pues sabemos que, cuando apareciere, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1Jn3, 2). Pues, como conseguimos la gracia por el bautismo y en la transfiguración se nos muestra anticipadamente la claridad de la gloria, por esto, tanto en el bautismo como en la transfiguración, fue conveniente que se manifestara la filiación natural de Cristo por el testimonio del Padre, pues sólo el Padre, junto con el Hijo y el Espíritu Santo, es plenamente consciente de aquella perfecta generación.

Soluciones:

1. Esas palabras se han de referir a la locución eterna de Dios, por la que el Padre profiere a su único Verbo coeterno. Sin embargo, se puede decir que el mismo Dios lo profirió dos veces con voz corporal, aunque no por el misma motivo, sino para demostrar el modo diverso con que los hombres pueden participar la semejanza de la filiación eterna.

2. Como en el bautismo, en que se declaró el misterio de la primera generación, se manifestó la operación de toda la Trinidad, pues que allí estaba presente el Hijo encarnado, apareció el Espíritu Santo en forma de paloma, y el Padre se manifestó allí en la voz, así también en la transfiguración, que es el sacramento de la segunda generación, apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu Santo en la nube clara; porque así como en el bautismo confiere la inocencia, designada por la simplicidad de la paloma, así en la resurrección dará a sus elegidos la claridad de la gloria y el refrigerio de todo mal, designados por la nube luminosa.

3. Cristo vino a darnos actualmente la gracia y a prometernos de palabra la gloria. Por esto, convenientemente se introducen aquí los hombres para que escuchen, pero no en el bautismo.

4. Muy bien estuvo que los discípulos se sintiesen aterrados por la voz del Padre y se postrasen en tierra, para manifestar que la excelencia de aquella gloria que entonces se mostraba excede a todo sentido y facultad de los mortales, según lo que se lee en el Éxodo: “No me verá el hombre y vivirá” (Ex 33, 20). Y lo mismo dice San Jerónimo, que “la fragilidad humana no puede soportar la mirada de la gloria demasiado grande”. De esta fragilidad son curados los hombres por Cristo, conduciéndolos a la gloria. Lo cual se halla significado en lo que les dijo al fin: “Levantaos, no temáis” (Mt 17, 7).
(SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica IIIª, q. 45)

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Comentario Teológico; J.B. TERRIEN

Dotes de los cuerpos gloriosos

Presentamos un extracto del c.3 del l. 10 de La gracia y la gloria (t.2 p.195, Ediciones Fax, Madrid, 2ª ed., 1943). Este capítulo completa la doctrina sobre la resurrección de los muertos expuesta en el primer domingo de Adviento (cf. La palabra de Cristo t.1 p.30-36. 43-45) y en el último domingo de Pentecostés (cf. La palabra de Cristo t.8 p.944-945 y 1204-1205).

A) Dotes del cuerpo glorificado

¿Cuáles son las prerrogativas del cuerpo glorioso? San Pablo nos dice que, así como Cristo es la cabeza y modelo en el orden de la gracia, es por el mismo título el primogénito de los muertos, a cuya semejanza resucitamos (Rom 8,29; 1 Cor 15,20; cf. Apoc 1,5). Reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso (Phil 3,21).

Aun cuando no quiso mostrarnos toda la gloria de su cuerpo, privilegio reservado para la vida futura, sin embargo, antes de subir a los cielos nos permitió comprobar algunas de sus condiciones, y el Espíritu Santo nos ha revelado en las Sagradas Escrituras, a lo menos de una manera indirecta, las líneas generales de aquélla.

a) Impasibilidad

Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere (Rom 6,9). Nosotros, a su semejanza, resucitaremos impasibles, porque en la resurrección de los muertos se siembra en corrupción y se resucita en incorrupción..., porque es preciso se revista de incorrupción y que este ser mortal se revista de inmortalidad (ibid., 53). Al no existir la muerte, no existe tampoco nada de lo que es consecuencia de la mortalidad, como la enfermedad, el dolor, el hambre, la sed, etc.

b) Agilidad

El cuerpo resucitado de Cristo se trasladaba en un momento de un lugar a otro, venciendo todas las leyes físicas de la gravedad, la distancia, etc. De Emaús a Jerusalén, de aquí a Galilea, subiendo al cielo... También de nuestros cuerpos dice el Apóstol: Se siembra en flaqueza y se levanta en poder, libres en absoluto de cuanto pueda detener o retardar sus movimientos (ibid., 43).

c) Sutileza

El cuerpo del Señor atravesó la piedra del sepulcro y las puertas cerradas del Cenáculo con la misma facilidad que un rayo de sol traspasa un cristal. Sutileza admirable, que se asemeja a la de los espíritus, por lo cual los intérpretes creen verla incluida, a lo menos de una manera equivalente, en las palabras de San Pablo: Se siembra cuerpo animal y se levanta espiritual (ibid., 44).

d) Claridad

El Evangelio no alude después de la resurrección a la prerrogativa quizá la más gloriosa, como lo es la claridad, pero en el Tabor se mostró resplandeciente como el sol. En cuanto a nuestro cuerpo, el Apóstol dice: Se siembra en ignominia y se levanta en gloria (ibid., 43). Mirad a Cristo pendiente de la cruz; es el cuerpo en ignominia. Mirad la serena claridad del Cordero; es el cuerpo en gloria.

B) Causas de las dotes gloriosas

La causa eficiente es Dios, que nos concede estas prerrogativas. La causa meritoria y ejemplar, Cristo. La causa inmediata que las produce, nuestra alma, causa que hallamos insinuada también en la frase citada ya: Se siembra un cuerpo animal y se levanta espiritual, porque, si hay un cuerpo animal, también lo hay espiritual (ibid., 44). El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente; el último Adán, espíritu vivificante o vivificador (ibid., 45). La vida puramente animal de nuestro cuerpo, que influyó en el alma hasta hacer que el hombre fuera un alma viviente, es condición del tiempo de prueba; pero, en cambio, después de la resurrección el espíritu vivifica de tal modo al cuerpo, que le transmite sus propiedades.



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Magisterio: S.S. BENEDICTO XVI


Mensaje para esta Cuaresma

Amadísimos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua. Incluso en el " valle oscuro " del que habla el salmista ( Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un " límite impuesto al mal por el bien divino ", y es la misericordia ( Memoria e identidad, 29 ss.). En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual " Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas " ( Mt 9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La "mirada" conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el "proyecto" divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.

La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra "mirada" sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica Populorum progressio denunciaba " las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo... las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones " (n. 21). Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería " el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz ", sino también " el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin " ( ib. ). En esta línea, el Papa no dudaba en proponer " especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo " ( ib. ). Por tanto, la "mirada" de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese "humanismo pleno" que, según el mismo Pablo VI, consiste en el " desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres " ( ib., n. 42). Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre.

Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la "mirada" de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa "mirada". Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo. Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: " la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo ". Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas.

Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz auténtica. Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes.

No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: " La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral " (Enc. Redemptoris missio , 11).

Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos una "mirada" que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, " fuente viva de esperanza " (Dante Alighieri, Paraíso, XXXIII, 12), le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto a todos de corazón una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 29 de septiembre de 2005.




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Aplicación: Cardenal Gomá

LA TRANSFIGURACIÓN (2-8).

Y mientras oraba, se transfiguró Jesús delante de ellos: se metamorfoseó, dice el griego; no que su cuerpo se cambiara por otro cuerpo, sino que, conservando su figura y su indumentaria las mismas líneas, todo apareció en él brillante y luminoso. La transfiguración se obró en la misma presencia de los Apóstoles; delante de ellos para que, si le viesen por primera vez ya transformado, no creyesen que era otro. Dos detalles nos dan los tres sinópticos de este fenómeno: uno relativo al rostro del Señor: Y resplandeció su rostro como el sol; es éste lo más brillante que hay para el hombre en esta creación: La figura de su rostro se hizo otra, por la gloria maravillosa que en él resplandecía. Otro detalle se refiere a los vestidos de Jesús: Y sus vestiduras tornáronse resplandecientes y en extremo blancas, como la nieve; tampoco hay blancura como la de la nieve. El segundo evangelista tiene para expresarlo una frase altamente ponderativa: Cuales ningún batanero de la tierra podría blanquearlas; la locución es, seguramente, de Pedro, testigo del fenómeno. Todo ello es el símbolo de la majestad divina de Jesús: su alma santísima, hipostáticamente unida al Verbo, gozaba de la visión bienaventurada de la divinidad; el efecto connatural de esta visión es la gloria del cuerpo, que Jesús cohibió durante su vida mortal; pero ahora la deja como rezumar algo a través de su cuerpo, que por ello aparece unos momentos transfigurado.

Repentinamente se produce un nuevo episodio: ante los ojos atónitos de los Apóstoles se aparecieron dos varones de aspecto insólito: Y al momento se les aparecieron Moisés y Elías, en forma gloriosa, hablando con él. Moisés representaba la ley que preparó al pueblo de Dios para la venida del Mesías; al aparecer el gran Legislador junto a Jesús en este solemne momento, le rinde pleitesía como Legislador supremo y demuestra que no ha venido Él a derogar la ley, sino a cumplirla. Elías es el representante de los profetas: gran taumaturgo y celador de la gloria de Dios, aparece reverente ante quien ha venido con poder a instaurar el reino mesiánico. Conocieron los discípulos a estos personajes, sea por alguna señal exterior, como los rayos luminosos que salían de la cara de Moisés, o el carro de fuego de Elías, o porque se lo manifestase después Jesús.

Lucas nos da en este momento dos trazos especiales. Dice, en primer lugar, el objeto de la conversación de los santísimos personajes: Y hablaban de su salida (de este mundo), que había de cumplir en Jerusalén; por lo mismo, se ocupaban de la pasión y muerte, tal vez de la resurrección y ascensión del Señor, según estaba profetizado: alrededor de la muerte de Jesús gira toda historia y toda la economía de la revelación, de ambos Testamentos. En segundo lugar, es Lc. el único narrador que se refiere al sueño de los Apóstoles: Mas Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; y despertando, vieron la gloria de El (Jesús), y a los dos varones que en pie con El estaban. Dormitaban, mientras Jesús oraba; despiertos, en los esfuerzos para evitar el sueño, vieron la Transfiguración del Señor: quizás Jesús mismo les despertó; tal vez no llegaron a dormirse, según la interpretación que consiente el original, donde más bien se significa esfuerzo y lucha contra el sueño.

Y, al apartarse de él, Moisés y Elías, es decir, al hacer ademán de despedirse los santos varones, tomando Pedro la palabra, arrebatado por la dulzura de aquella visión, dijo a Jesús, tratando de retener a los que se iban: Señor, Maestro, bueno es que nos estemos aquí. Y en su afán de prolongar la visión maravillosa y el deleite que de ella derivaba, continuó: Si quieres, hagamos aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Marcos nos refiere la turbación de Pedro, su maestro, debido al miedo que sintió en aquellos momentos: gozo intenso del magnífico espectáculo, que quisiera prolongar para siempre; y miedo de la majestad gloriosa de los tres personajes, que les sacó fuera de sí: No sabiendo lo que se decía, pues estaban atónitos de miedo.

Un nuevo fenómeno se produce súbitamente, que deja a flor de labios las últimas palabras del ardoroso apóstol: Aun estaba él hablando, cuando vino una nube luminosa que los cubrió, a Jesús, Moisés y Elías: y tuvieron miedo, al entrar ellos en la nube. Suele Dios valerse de una nube para manifestar su presencia (Ex. 16, 10; 19, 9; 24, 15; 3 Reg. 8, 10; Ps. 103, 3): el resplandor de la nube es expresivo de la gloria de Dios que en ella se manifiesta; la nube cubrió a los tres santos personajes, ocultándolos a la vista de los Apóstoles, que quedan espantados. Y del seno de la nube sale una voz, voz del Padre, que confirma la confesión de Pedro y la aseveración de Jesús: Y he aquí que salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado, como Hijo Unigénito, en quien mucho me he complacido; esta voz de Dios es la aprobación divina de la pasión del Hijo, que de ella hablaba con Moisés y Elías. Y para que no temiesen de seguir a Jesús, hasta en las persecuciones, tormentos y muerte, sigue la voz: Escuchadle. Esta voz divina, que se oye en medio de la espléndida teofanía, en un momento en que en la cumbre del monte se halla representada, ante la misma presencia de Dios, toda la historia religiosa de la humanidad, es la consagración de la suprema ley del Cristianismo: la ley de las humillaciones y del dolor para llegar a la gloria. Al oírse esta voz, estaba Jesús solo: para que no les cupiese duda de que a él se refería la voz.

Sucumbió la humana debilidad en los Apóstoles ante el peso de tanta gloria, y dieron, espantados, con sus cuerpos rostro en tierra: Y al oírla, los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron mucho miedo. Suele la presencia sensible de lo sobrenatural causar terror a los pobres mortales (Is. 6, 5; Ez. 2, 1; Lc. 1, 29). Cesó la manifestación de la divinidad mientras estaban postrados; y para ahuyentar su temor y dar fuerza a sus miembros, se les acerca Jesús, para que cobren valor con su presencia: les toca, para que se cercioren de que está con ellos, y les dice palabras de aliento: Mas Jesús se acercó, los tocó y les dijo: Levantaos, y no temáis. La gloriosa escena había terminado, volviendo todos a su estado normal: Y alzando ellos en seguida sus ojos, y mirando en torno suyo, a nadie vieron con ellos, sino sólo a Jesús.

JESÚS IMPONE SILENCIO A SUS DISCÍPULOS (y 9).

Grabóse profundamente el glorioso episodio en el alma de los tres discípulos; pasados muchos años, aún lo recordarán dos de ellos en sus escritos (2 Petr. 1, 16-18; Ioh. 1, 14; 1 Ioh. 1, 1 sigs.); ¿qué cosa más humana que esperar con ansia el momento de referirlo a lo menos a sus compañeros? Jesús se lo prohíbe, como antes había prohibido dijesen que él era Jesucristo: Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús, diciendo: No digáis a nadie la visión. No era ahora ocasión de divulgar lo que hubiese podido originar el escándalo de la cruz, después de tanta gloria; o que pudiese fomentar los prejuicios de aquel pueblo sobre el reino mesiánico. Cuando se haya consumado la obra de la redención y esté fundada la Iglesia, después de su resurrección, podrán predicar todos los misterios de Jesús: Hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Cumplieron los Apóstoles fielmente el divino mandato: Y ellos callaron, y a nadie dijeron por entonces, mientras vivió Jesús vida mortal, nada de lo que habían visto. Marcos, inspirado por Pedro, testigo del hecho, dice: Y guardaron el dicho dentro de sí, siendo fieles al secreto que se les cometió; y añade que, seguramente entre ellos, se comentaba la alusión que acababa de hacer Jesús a su resurrección: Discurriendo qué querría decir: "Cuando hubiere resucitado de entre los muertos": porque no comprendían que el Hijo de Dios, que de tal manera acababa de ser glorificado, tuviese que morir.

En la cima del monte Tabor, y en el lugar señalado por la tradición para la Transfiguración del Señor, se levanta hoy, recientemente construida, bellísima y amplia Basílica de estilo bizantino. En su cripta está reproducido en mosaico el paso de la Transfiguración, en forma que la luz del sol naciente que se filtra por las vidrieras de los ventanales da a la escena extraordinaria luminosidad y relieve. Ha sido un feliz acierto del arte, que sugiere la representación del hecho glorioso. Nos permitirá el lector recordar, con gozo de nuestra alma, que un día del mes de mayo de 1928, celebrábamos solemne Misa Pontifical en aquel sagrado recinto y decíamos ante una devota peregrinación la homilía comentando el texto que acabamos de explicar, que es el del Evangelio de la misa que allí siempre se reza.

Lecciones morales.

A) V. 1. -Y llévalos aparte a un monte alto... - En ello nos enseña, dice San Remigio, que es preciso a todos aquellos que deseen contemplar a Dios abandonen los bajos placeres de la tierra y levanten el corazón a lo alto, empujado por el amor de las cosas celestiales; y que la gloria de la divina claridad no se goza en el valle profundo de la tierra, sino que es necesario buscarla en el reino de la felicidad, que es el cielo. Y los lleva aparte, para significar la necesidad de la absoluta separación del mal y de los malos para emprender con éxito el camino de la bienaventuranza.

B) v. 2. -Y se transfiguró. -Se transformó, dice San Jerónimo, sin perder su cuerpo verdadero, no tomando un cuerpo aéreo. El resplandor de su rostro y el candor de sus vestidos fue un cambio accidental determinado por la gloria del alma que en ellos se manifestaba. Es ello como las primicias y el gaje de nuestra transformación gloriosa en el cielo: sin perder nuestra personalidad ni nuestra naturaleza, adquiriremos las dotes gloriosas de sutilidad, agilidad y resplandor, lo que llama San Pablo el "cuerpo espiritual" (1 Cor. 15, 44), que nos harán semejantes al cuerpo transfigurado de Jesús, nuestro modelo en la tierra y en el cielo.

C) v. 4. - Bueno es que nos estemos aquí... - Si de tal manera inunda de gozo el corazón de Pedro la sola visión de la humanidad glorificada de Jesús, que no quiere separarse de allí, ¿qué será para aquellos que merezcan ver cara a cara los esplendores de la divinidad? Y si consideró como bien sumo ver el aspecto humano de Cristo transfigurado en el monte, con solos dos santos que le acompañaban, Moisés y Elías, ¿qué lengua podrá ponderar, ni entendimiento comprender, el gozo de los justos cuando en el monte de la celestial Jerusalén puedan contemplar en su misma esencia al mismo Autor de la gloria acompañado de millares de ángeles?, dice Rábano Mauro.

D) v. 7. - Jesús se acercó, los tocó y les dijo... - Porque estaban tendidos en el suelo y no podían levantarse, dice San Jerónimo, por esto se acerca con clemencia para que, tocándoles, se ahuyente su temor y se vigoricen sus miembros; y lo que hace con el gesto lo dice también la palabra: "No temáis". Nos enseña ello a confiar siempre en Jesús mientras no nos hagamos indignos de su ayuda. Aunque estemos rendidos, por nuestra pequeñez, ante la grandeza de las cosas que nos rodean, o bien por haber incurrido en pecado, Jesús vendrá, nos tocará con su gracia, especialmente en la recepción de los Sacramentos, y pronunciará a los oídos de nuestra alma palabras de aliento. Que no quiere Dios que nos amilane nuestra miseria física o moral, sino que ella nos sirva de acicate para recurrir a él y llamarle en nuestro auxilio.

E) Lc. v. 36. - Y ellos callaron... - Callaron, pero sería durante toda su vida materia provechosísima de meditación el hecho estupendo de que acababan de ser testigos. Porque se encierran en él grandes lecciones. Por la Transfiguración de Jesús, dice un intérprete, se confirma con poderosos argumentos nuestra fe; se excita nuestra pereza para el bien obrar, proponiéndosenos una gloria ingente e inacabable si imitamos a Cristo, siendo socios de sus padecimientos ; se nos da un ejemplo de humildad profunda, por cuanto siendo esta gloria de Jesús connatural a la visión beatífica que gozaba, por la unión substancial de su alma al Verbo de Dios, quiso cohibirla durante toda su vida, para hacerse compañero de nuestros dolores y redimirnos con acerbísima muerte.
(Cardenal Gomá, El Evangelio Explicado, Ed. Acervo,
Tomo II, Barcelona 1967, pág. 48-52)



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Exégesis: Manuel de Tuya

La transfiguración de Jesús

Los tres evangelistas sinópticos vinculan, literariamente, a continuación de la enseñanza de la necesidad de "negarse" a sí mismo, este pasaje de la transfiguración. Y lo sitúan, cronológicamente, "seis días después", (Mt-Mc) de la confesión de Pedro en Cesarea; lo que Lc dirá sólo en forma aproximada, "como unos ocho días después de estas palabras". Acaso suponga también el que parte de los discursos anteriores hubiesen sido pronunciados, cronológicamente, después de la escena de Cesarea. El hecho de señalarse esta fecha de la transfiguración con relación a la confesión de Pedro en Cesarea, en un estilo en el que frecuentemente la indicación cronológica es muy vaga, hace ver que las dos escenas debieron de haber impresionado fuertemente a los apóstoles, estando aún muy viva esta impresión a la hora de la catequesis y de la composición de los evangelios.

Los evangelistas no dicen el lugar de esta escena. Sólo dicen que Jesús "salió para un monte alto" (Mt-Mc). Algunos autores, pensando que la escena se desenvuelve en la región de Cesarea de Filipo, localizaron este hecho, incluso modernamente, en el Hermón (2.793 m.). La tradición cristiana lo vino a localizar en Galilea, en el monte Tabor, el actual Djebel et-Tor (562 m. sobre el Mediterráneo y 320 sobre la llanura en que se eleva). Los seis días de separación entre estas dos escenas, les daba tiempo sobrado para venir de Cesarea al Tabor, pues son 80 kilómetros.

Jesús subió allí para "hacer oración" (Lc). El Tabor, en la época de este episodio, no estaba del todo despoblado, pues hay de aquella época elementos de una fortificación. Algunos autores lo sitúan en el Hermón, por el sentido y preponderancia escénica que en los "apocalípticos" tiene este monte.

Elige para subir con él a este monte a "solos" (Mt-Mc) tres discípulos, que aparecen varias veces como los más íntimos testigos de los misterios del Señor: Pedro, Juan y Santiago el Mayor.

Y, ya arriba, ellos se quedaron algún tanto separados de él, descansando y medio dormidos (Lc v.32). Y "mientras oraba" (Lc) tiene lugar la transfiguración "delante de ellos" (Mt-Mc).

La descripción que dan los evangelistas de esta transfiguración de Jesús es hecha con rasgos sorprendentes.

Su "rostro tomó otro aspecto", dice Lc. Según Mt, su rostro "brilló como el sol". Así describen el rostro de los justos los libros apocalípticos (Apoc 1,16; 4 Esd 8,97): resplandecen con brillo de sol, luna, estrellas, relámpago.

Y un brillo excepcional dejó sus vestidos "blancos como la luz" (Mt). Mc dará una nota tan colorista como ingenua: sus vestidos quedaron tan blancos como no lo puede blanquear ningún batanero.

Y luego, o simultáneamente, "se les apareció" a ellos "Moisés y Elías", que aparecían igualmente "resplandecientes" [en dóxe] (Lc).

Eran el símbolo de la Ley y los Profetas, que lo entronizaban y aprobaban por Mesías (Jn 5,47). Los apóstoles aparecen como conocedores de que aquellos personajes son Moisés y Elías (v.4). Elías, en la conciencia popular, es el que debía volver para consagrar al Mesías y presentarlo a Israel.

Pero se aparecen "hablando con él". Lc recogerá el tema de aquellas palabras: hablan de "su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén".

Era el "legislador" del pueblo, Moisés, y el "precursor" del Mesías en la conciencia judía, los que aparecían reconociendo a Jesús como el que viene a "cumplir" su obra (Mt 5,17), y lo reconocen así como el Mesías, y que su mesianismo no era el nacional, político y temporal esperado, sino el mesianismo espiritual y de muerte. Así lo acreditan contra los fariseos y doctores judíos.

Pero, antes de esta aparición, los tres discípulos estaban dormidos (Lc v.32), y, como despertasen, vieron a Jesús y "su gloria". Esta "gloria" de Jesús debe de ser el aspecto que tenía de luz y de brillo, que antes describieron los evangelios. En San Juan, esta "gloria" es su divinidad, que se irradia, a través de su humanidad, en milagros y grandezas "como Unigénito del Padre" (Jn 1,14). Pero evocando en Juan y aquí también la antigua "gloria de Yahvé", símbolo de la presencia de Dios en el tabernáculo y en el templo. Por el uso de esta dóxa, de tipo tan yoanneo, se quieren ver influjos de Juan en la redacción de la escena de la transfiguración. Y con él "vieron" a Moisés y Elías.

Esto causó estupor a los tres discípulos, que durante algún tiempo lo contemplaron "asustados" (Mc v.6), tiempo en el que oyeron la conversación de Jesús con Moisés y Elías. Pero, pasado este primer momento de estupor, Pedro interviene.

Pedro "respondió" en el sentido aramaico de la expresión que significa también "tomar la palabra". Siempre, a través de los evangelios, aparece Pedro con una misma línea psicológica: de ímpetu y de prioridad.

Mientras la descripción un poco desdibujada de Mt-Mc hacía suponer que la intervención de Pedro se desarrolla durante esta aparición, es Lc el que precisa al momento: "Y como ellos (Moisés y Elías) se separaron de él, Pedro dijo..." (v.33).

Mc es el que relata así la propuesta de Pedro. Se dirige a Jesús llamándole "Rabí bueno". Y, reconociendo que sería cosa buena el "quedar allí", le propone hacer tres "tabernáculos>, o tiendas de campaña, una para Jesús y otras para Moisés y Elías.

Todo esto era extraño. Pero Lc y, sobre todo, Mc, reflejo de la catequesis de Pedro, dan la explicación de todo esto: "No sabía lo que decía, porque estaban asustados". Acaso Pedro pensaba que había llegado la hora de la inauguración del reino mesiánico, como pensarán lo mismo un día en la hora de la ascensión (Act 1,6), ante la figura transfigurada del Señor. A esto lleva la presencia de Elías, el "precursor" del Mesías.

Acaso, en esta hipótesis, estos "tabernáculos" evoquen los días del pueblo judío en el desierto, y cuyas experiencias habían de realizarse de alguna manera por el Mesías y su generación contemporánea. Algunos piensan que era por celebrarse entonces la fiesta de los "tabernáculos". Pero Cristo solía subir a Jerusalén a las fiestas de "peregrinación", como era ésta.

Pero los acontecimientos se suceden. La glorificación de Jesús va a tener un nuevo acto de significado trascendente.

"Cuando aún estaba hablando" Pedro, apareció una "nube luminosa" (Mt) que "los cubrió" (epeskiásen). Y salió una voz "de la nube" que dijo: "Este es mi Hijo el Amado [ho agapetós] (Mc-Mt): escuchadle". Lc pone como calificativo a Hijo la palabra "el Elegido", que es el nombre que se da al Mesías en el libro de Henoc.

Todo este pasaje está saturado de elementos bíblicos del A.T. profundamente evocadores. Concretamente su situación tiene paralelo con la teofanía del Sinaí (Ex 24,15-18; Dt 5,22-27).

La "nube luminosa" era el símbolo sensible de la presencia de Dios en el tabernáculo (Ex 14,24; 16,10; 19,9; 33,9; 34,5; 40,34; Núm 9,18-22; Lev 16,2.12.13), lo mismo que en la dedicación del templo (2 Crón 5,13.14; 7,1-3). La manifestación de esta "nube luminosa" es una teofanía: es el símbolo de la presencia de Dios allí.

Por eso, su complemento es la voz que "sale de la nube": es la voz de Dios, del Padre.

Esto mismo es lo que acusa bien lo que dice Lc, que, cuando la nube los cubrió, "tuvieron miedo de entrar en la nube". Era el temor sagrado de encontrarse en presencia de Dios. Se leía en los libros sagrados: "No puede el hombre ver (mi faz) y vivir" (Ex 33, 19; Lev 16,13,31; Jue 13,22, etc.). Era toda esta concepción volcada en su psicología.

Y el Padre, desde la nube, proclama que Jesús es su Hijo, "el Amado" (Mt-Mc), "el Elegido" (Lc). Los LXX vierten frecuentemente el nombre de "amado" por el de yahid, "único" (Gén 22, 2.12.16; Jer 6,26; Am 8,10 Zac 12,10, Prov 4,3). Por eso, "el Amado" por excelencia viene a responder al Único o Unigénito (Sal 2,7; Is 42,1). Pero, sobre todo, encuentra su sentido de Unigénito en el mismo contexto de Mt (11,27). Era la proclamación y aprobación divinas de que Jesús, su Hijo, era el Mesías.

Además, con estas palabras se evoca sobre él el pasaje de Isaías sobre el "Siervo de Yahvé" (Is 42,1-9). Es él sobre quien el Padre se "complace". La traducción de "hijo" pudiera venir de la palabra pais, que lo mismo puede significar "hijo" que "siervo". Si así fuese, se vería aún más la dependencia de Isaías. Pero, en la perspectiva de Mt, la palabra hijo ha de prevalecer. Es el Mesías doliente de Isaías-poco antes ya les anunció su pasión-, pero al mismo tiempo es su "Hijo". El verdadero mesianismo divino, doliente.

Por otra parte, poner en boca del Padre la proclamación de que Jesús es su Hijo, es proclamar su filiación divina. Al menos en la perspectiva literaria de Mt, que la pone después de dos pasajes en que habló de la divinidad de Cristo (Mt 11,25-27; 16,16), aunque Lc pone la escena aludida (Mt 11,25-27) después de la transfiguración, en la que Cristo alabó al Padre, confesándose su Hijo verdadero, esta voz proclama la filiación divina de Jesús, máxime a la hora redaccional de los evangelios y la fe de la Iglesia primitiva.

Y como a Legislador y Mesías viene del Padre la orden de obedecerle: "Escuchadle". Orden que probablemente se refiere no sólo a su enseñanza, sino también a lo que se les enseña allí y se les va a decir luego sobre la necesidad de su pasión y muerte (Mt 16, 23; par.).

Los discípulos, aunque llenos de "miedo" por estar cubiertos por la nube luminosa (Lc v.34), están atentos a este testimonio. Pero, al acabar de oír esta voz de Dios, "cayeron sobre su rostro, llenos de un gran temor" (Mt).

Y aún "oyéndose la voz" (Lc), Jesús se acercó a los discípulos y, dándoles un ligero golpe con su mano, para llamarles la atención, les mandó levantarse. Y cuando al alzarse volvieron sus ojos a Jesús, no vieron a nadie más que a Él, como siempre.

Para Bultmann, la escena de la transfiguración es una transposición de una escena del ciclo de la resurrección de Cristo. Entre otras razones, porque las palabras "Tú eres mi Hijo" (Sal 2,7) sólo se aplicaban a Cristo después de la resurrección.

Para otros sería una transposición de la fiesta de la entronización teocrática de Yahvé, en la que Cristo era ahora el rey entronizado.

Otras varias teorías no católicas dan diversas interpretaciones. El sentido doctrinal es claro: una teofanía en que se declara el mesianismo auténtico de dolor y cruz, proclamado por Moisés y Elías y el Padre. Es el mesianismo doliente del "Siervo de Yahvé".

Pero, al mismo tiempo, es la proclamación de la divinidad de Cristo, Hijo de Dios, revestido de su dóxa, o gloria divina. Es la fe de la primera Iglesia en esta escena (2 Pe 1,17; Act 7,55). Y tiene también un sentido preventivo-apologético, como en otros pasajes (Jn 13,19), para que el anuncio de su mesianismo divino y de cruz les evite el escándalo a la hora del cumplimiento de la "hora" del Padre.

La teoría de Bultmann es gratuita. No pertenece la escena al ciclo de la resurrección, cuando toda ella está revelando el mesianismo doloroso del "Siervo de Yahvé", aunque completado con la proclamación de la divinidad (Mc 1,1). Y con relación a la transposición de la fiesta yahvística, no aparece el elemento real de entronización teocrática, sino la proclamación de la divinidad de Cristo Mesías, pero presentándolo como el "Siervo de Yahvé". Cristo, en diversos momentos de su vida, acusó la grandeza de su divinidad en formas diversas (Lc 4,29-30; Jn 18,4-6; 2,15-18; par.). Pudiera decirse de estos casos que eran pequeñas "transfiguraciones". Esta debió de revestir una intensidad y una forma especialmente profundas.
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada,
B.A.C., Madrid, 1964, pág. 390-394)



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Descripción - contemplación: Fray Justo Perez de Urbel

La transfiguración

Con estas palabras aludía tal vez a un hecho que se realizó seis días más tarde. Seguido de su pequeña comitiva, Jesús se había internado ya en el corazón de Galilea. Y llega al pie de un monte. La sombra del Calvario acababa de turbar la mirada de Jesús y la alegría de sus discípulos; pero ahora van a surgir ante ellos los fulgores del Tabor. Una tradición, autorizada ya en el siglo IV por dos voces como la de San Jerónimo y San Cirilo de Jerusalén, nos dice que fue el Tabor el monte en que se detuvo el Señor a los seis días, cerca de ocho días, según San Lucas, después de haber dejado la tierra de Cesarea. Su posición aislada frente a la llanura de Jezrael, a poca distancia de Nazaret y Naim, sobre las cuales se levanta a una altura de seiscientos metros, le convertía en un mirador maravilloso, desde donde se atalayaba toda aquella región, desde el lago de Genesaret hasta las depresiones del Mediterráneo. Vértice propicio para las banderas militares, que en todos los momentos de guerra levantaron allí sus fortificaciones, era, al mismo tiempo, un lugar muy a propósito para las ascensiones del espíritu. Embellecido con la curva armoniosa de su óvalo achatado y aislado de los campos circundantes con un cinturón de encinas y teberintos, se siente como envuelto en las claridades del cielo y anegado en un remanso de paz y de reposo.

Los tres sinópticos nos cuentan el suceso con ligeras variantes: "Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó aparte, a un alto monte." Van con Él los tres discípulos que iban a ser testigos de su agonía: el Príncipe de los Apóstoles, el confidente de los más íntimos secretos y el primero en ofrecer el testimonio de su sangre. Los demás debían aguardar en el llano. Es en el atardecer de un día estival. Ya ha terminado la cosecha. Los campos están duros y resecos, y las últimas luces del día se deslíen en la monotonía de un gris amarillento, sobre el cual resaltan los manchones verdes y oscuros de bosques y praderas. Los pastores empezaban a encender sus fogatas a la redonda, y el viento del Oeste llegaba oculto entre las primeras sombras. Fatigados por la marcha del día y por el esfuerzo de la ascensión, los tres discípulos se envolvieron en sus mantos y se tendieron tal vez al abrigo de las ruinas de aquellos torreones que más tarde utilizara Flavio Josefo para defender aquella altura contra las cohortes de Vespasiano. Jesús, entre tanto, se entrega a la oración. Ora solo y aparte, y, mientras ora, su rostro empieza a brillar como el sol, y sus vestiduras se hacen blancas como la nieve, tan blancas -dice San Marcos-que ningún artífice podría hacer cosa semejante. Súbitamente de entre la luz, de entre aquella nube luminosa, fulgurante, que envolvía el cuerpo de Jesús, descubriendo por una vez los fulgores de su divinidad, salen rumores de palabras bíblicas. Jesús no está solo. Dos personajes ilustres, cándidos como Él, envueltos y caldeados en su luz, se acercan a Él y le hablan. Es el momento en que los Apóstoles se despiertan. Su sueño se desvanece ante aquel rumor ofuscante y ante aquel eco de voces que llegaban hasta ellos. Y miran llenos de asombro, y a través de aquella gasa de luz ven a Cristo transfigurado, y junto a Él a los dos personajes que con Él dialogan. Los ven, y en uno de ellos reconocen al más grande de los libertadores, a Moisés, al hombre coronado de rayos, que durante cuarenta días había conversado con Jehová en el monte Sinaí, y en el otro, al primero de los profetas, Elías, el sublime perseguido de impíos e idólatras, el que tenía en sus manos las llaves de la lluvia y sintió pasar la gloria del Señor en un silbido suave. Son las dos grandes figuras de la religión mosaica: el uno representa la ley, el otro representa la profecía, y, sin embargo, los dos se inclinan humildemente delante de Jesús. Los Apóstoles debieron pensar entonces en las acusaciones que los fariseos amontonaban sobre su Maestro. Tal vez su ingenuidad se había sentido preocupada cuando les decían que Jesús violaba la ley, pervertía las tradiciones y despreciaba a los doctores de Israel, y, no obstante, allí estaba lo mejor del judaísmo, confirmando su doctrina, sirviendo de marco a su persona, reconociendo en Él la realización de los viejos símbolos y profecías. Estaban con Jesús, reconocían su grandeza eminente y hablaban con Él "del exceso" de su corazón, o mejor de su éxodo, de la partida que iba a cumplir en Jerusalén, según San Lucas, de aquello que a los discípulos tanto les costaba comprender: de su pasión y muerte. Los tres discípulos apenas se detienen en aquellos fragmentos de palabras que llegan hasta sus oídos. Están como fuera de sí, aturdidos por la sorpresa y el terror; no ven más que las luces, el hechizo de aquella aparición inesperada, la belleza del rostro de su Maestro, aureolado de gloria; y Pedro, siempre impulsivo y precipitado, en su deseo de prolongar o perpetuar aquel momento, sin saber lo que dice, observa San Marcos, que lo había oído, ciertamente, más de una vez de la boca del mismo Pedro, exclama, dirigiéndose a Jesús: "Maestro: bien estamos aquí; si te parece, hagamos tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías." No había terminado de hablar, cuando la nube luminosa se desplegó como un pabellón, sobre la cumbre del monte, y, envolviendo a los dos personajes del Antiguo Testamento, los arrebató entre torbellinos de luz. Los mismos Apóstoles "entraron en ella", imaginándose, sin duda, que los iba a sacar del mundo de los vivos. Su espanto no tuvo ya límites, cuando, traída a través de aquellas ráfagas luminosas, llegó hasta ellos una voz que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien me he complacido: oídle." La proximidad del Altísimo les impresionó de tal manera, que cayeron cómo muertos, con el rostro contra el suelo. Poco después, el Señor se les acerca, los toca y los levanta. Miran en torno, y ven que todo ha desaparecido; la voz celestial, la nube, el legislador y el profeta. Sólo el Maestro estaba allí. El judaísmo se eclipsaba; Cristo permanecía para siempre.
(Fray Justo Perez de Urbel, Vida de Cristo,  Ed. Rialp, Madrid 1987, pág. 351-354)



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Aplicación: R.P. Alfonso Torres, S.J.


La Transfiguración

Los evangelistas nos dicen cuándo tuvo lugar la transfiguración. Nos encontramos, en el tercer año de la vida pública del Señor a vagar fuera de Palestina, y, cuando en las fuentes del Jordán, al pie del Hermón, oyó la magnífica confesión de San Pedro. Seis después, según nos refiere el Evangelista San Mateo, o casi ocho días después, como dice el evangelista San Lucas, contando, además, el día en que el Señor comenzó su conversación con los discípulos y el día en que tuvo lugar la transfiguración o el día al cual pertenecía la parte de la noche en que tuvo lugar la transfiguración, seis días después tuvo lugar la escena que ahora comentamos nosotros. El tiempo, pues, de la transfiguración nos es puntualmente conocido.

¿Dónde estaba el Señor en esos días? Los que han atendido únicamente a la confesión de San Pedro, como ésta tuvo lugar al pie del Hermón, piensan que allí se realizó también la transfiguración; pero, atendiendo a lo que sigue en los santos evangelios, después de haber contado el misterio de la transfiguración, se ve claramente que esta escena tuvo lugar en Galilea. Inmediatamente después de la transfiguración parecen en torno a Jesucristo no sólo las muchedumbres, sino también los escribas, hombres doctos, notables de Palestina, cosas que no podían explicarse si no es habiendo lugar la transfiguración en Galilea.

Hay una tradición según la cual el monte de la transfiguración fue el que nosotros llamamos el monte Tabor. Es un monte situado al oriente de Nazaret, a no larga distancia de esta ciudad, que se levanta aislado en los confines de la llanura de Esderelón, desde cuya cima se puede divisar media Palestina: al norte, los montes de Galilea, el lago, y todo esto teniendo por fondo la cordillera del Antelíbano; al este, todos los montes y parte de la llanura que hacia el Jordán y aun las montañas del otro lado del Jordán; al occidente está el mar Mediterráneo, y al sur toda la llanura del Esdrelón y, por último, los montes de Sanaría.

En los días de nuestro Señor, ese monte estaba desierto, al menos en la cima.

Tenemos, pues, las circunstancias de tiempo y lugar indicadas con toda precisión por los evangelistas y por la tradición cristiana. Miremos ahora paso a paso lo que los evangelistas nos han contado.

Comienzan diciendo que el Señor quiso retirarse a orar, de una frase que uno de ellos contiene se deduce con toda seguridad que el Señor se retiró a orar por la noche, como, según los mismos evangelios, solía retirarse con frecuencia, pasando las noches en oración. Llevó consigo a los tres discípulos predilectos: a San Pedro, a San Juan y Santiago el Mayor. Tres discípulos predilectos que vemos acompañar al Señor en el milagro de la hija de Jairo y, sobre todo, en la agonía del huerto de las Olivas, y están como separados de los demás como más íntimos de Jesús. Puesto en oración nuestro Señor, aquellos tres discípulos se entregaron al sueño. Cuando despertaron vieron a Jesús transfigurado. Los evangelistas acentúan mucho que la nota predominante de la transfiguración era un resplandor vivísimo, una luz purísima que irradiaba el Señor. Resplandecía su faz – dicen los evangelistas – como el sol y sus vestiduras aparecían blancas; según uno de ellos, con la blancura de la nieve, y, según otro evangelista, con la misma blancura inmaculada de una luz refulgente.

Con el Señor estaban dos personajes del Antiguo Testamento; Moisés y Elías. Conversaban con El, y conocemos, por la narración de San Lucas, la materia de esta narración. Dice San Lucas que estaban hablando acerca de la partida de Jesús, que había de realizarse en Jerusalén, o sea, acerca de la muerte del Señor, de su partida de este mundo, del misterio de la crucifixión. Atónitos los discípulos ante aquella visión, en la cual reconocieron a Moisés y Elías, sin que nosotros podamos decir si los reconocieron sólo por una interna inspiración o si los reconocieron por algún atributo exterior, como, por ejemplo, los rayos de luz que en otro tiempo habían aparecido sobre la frente de Moisés y el carro de fuego que en otro tiempo había arrebatado a Elías, quedaron mudos de espanto; menos San Pedro, que con su audacia de siempre, con su vehemencia, con su fervor, dirigiéndose familiarmente a nuestro Señor sin atender a la conversación que traía con aquellos santos personajes, le preguntó si quería que construyeran allí tres tabernáculos: uno para el Señor, otro para Elías y otro para Moisés.

Del fondo de aquella nube que envolvía la visión salieron unas palabras. El Padre celestial, dirigiéndose a los tres apóstoles testigos de la transfiguración, decía estas palabras: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me ha agradado: a Él oíd”. Les exhortaba a escuchar sus palabras. Al oír la voz, los discípulos se aterraron, se postraron en tierra, y allí estuvieron, con aquel terror sagrado que solía invadir aun a los mismos profetas en las antiguas apariciones de Yahvé, hasta que el Señor, mansamente tocándoles, les dijo: “Levantaos y no temáis”. Al levantar la cabeza vieron aquellos hombres que Jesús estaba sólo.

Mandóles el Señor que a nadie dijeran lo que habían visto por la misma razón que tantas veces explicaba, por la cual deseaba el Señor que enmudecieran los que eran testigos de sus milagros. No estaba el pueblo dispuesto aún para semejantes testimonios; quería el Señor conservar los fueros de su santa humildad.

Los mismos discípulos que presencian ahora la transfiguración han de presenciar después la agonía de Jesús en el huerto. No sin misterio escogió nuestro Señor los mismos testigos para la mayor glorificación que tuvo en los años de su vida pública y para la profunda humillación a que quiso Él voluntariamente someterse en el huerto de las Olivas.

Hay una relación íntima entre ambas cosas; y esa es la relación íntima parece que nos quiere poner ante los ojos el santo evangelio al conservarnos, lo mismo cuando narra la transfiguración que cuando narra la oración del huerto, los nombres de estos tres apóstoles.

En la vida de Cristo hay el conocidísimo contraste, que tantas veces hemos comentado nosotros, entre su gloria y su humillación, y ese contraste es como el tipo y el modelo de otro contraste que nosotros podemos experimentar en nuestra alma y que quizá veamos continuamente en las almas de nuestros hermanos. Nuestras almas, a veces, están en la luz y, a veces, están en la tinieblas; a veces gustan las dulzuras de las divinas consolaciones, a veces saborean las hieles amargas de la desolación; a veces se coronan con la corona del triunfo y a veces van cargadas con el peso de la cruz.

Lo primero de todo, parece que quieren certificarnos que nuestro corazón no puede estar siempre en un ser. No somos inmutables, y es mutabilidad nuestra se extiende hasta nuestro propio corazón, siempre vacilante, siempre cambiante, formando con sus cambios y vacilaciones la trama entera de nuestra vida. El que piense que, cuando entra a servir a Dios, va a quedar fijado inmutablemente en las consolaciones que un día experimente o en las desolaciones que invaden su espíritu, ignora una de las cosas más claras y triviales de la vida espiritual, de la vida cristiana, del santo evangelio y de la vida de Jesucristo. Ambas cosas son providenciales, y no sin fruto permite el Señor que el corazón oscile así entre luz y tinieblas, consolación y desolación, glorias y cruces; permite esto para provecho del hombre.

El misterio central de nuestra vida espiritual, como el misterio central de Jesucristo Redentor, es el misterio de la cruz. Y hasta cuando vemos nosotros en el Tabor a Moisés y Elías que hablan con Jesucristo acerca de su partida de este mundo tal y como había de cumplirse en Jerusalén, parece que entendemos que en la ley y los profetas era como misterio central de la redención ese mismo misterio sacrosanto de la cruz, que es el centro de la obra redentora de Jesucristo y es el centro de nuestra vida espiritual, es un misterio difícil de entender, es un misterio a que se resiste tenazmente nuestra propia naturaleza humana, ora a ese misterio signifique dolor, ora ese misterio signifique humillación. Y la providencia del Señor permite esos contrastes de luz y tinieblas, de gloria y de cruz, de consolación y desolación, para que las almas sean capaces de aceptar, y de entender, y de imitar el misterio sacrosanto de la cruz de Cristo.

La gloria de la transfiguración ilumina ese misterio. Lo ilumina porque nos da a entender cómo la vida santa no es simplemente padecer, sino que donde abundan las cruces, abunda la gloria, y donde abunda la desolación, abunda la consolación. Así, con la esperanza de esas consolaciones y de esa gloria, a la luz de esas verdades, el hombre entiende mejor el misterio de la cruz. Nos da a entender el misterio de la transfiguración, lo que esperamos a través de nuestras cruces, a través de nuestra desolación y de nuestras luchas. Aparece magnífica la gloria de Jesucristo nuestro Señor, que en esta ocasión no era más que una como redundancia de la gloria que había en la parte superior de su alma, con la cual veía a Dios, gozaba de Dios como gozan los bienaventurados en el cielo. Esa gloria que había en el alma de Cristo estaba como represada para permitir humillaciones y sacrificios; y hay un momento en que esa gloria se escapa, inunda el cuerpo el Señor, y entonces aparece con resplandor parecido al que esperamos conseguir el día de nuestra resurrección. A través de esos resplandores de la transfiguración de Cristo, atisbamos nosotros los bienes del cielo, y, cuando hemos atisbado esos bienes del cielo, en cuanto es posible atisbarlos a través de la oscuridad sagrada de la fe, entonces el corazón se esfuerza tanto, que todos somos capaces de repetir la sentencia de San Pablo. “Porque entiendo que los padecimientos del tiempo presente no guara proporción con la gloria que se nos ha de manifestar”. (Rm 8, 18)

Por otra parte entendemos por qué caminos quiere Dios que el mundo sea redimido; quiere que sea redimido por esos caminos de cruz, no solamente en la conversación que tiene con Moisés y Elías, sino en la misma palabra que el Padre celestial pronunció cuando dijo: “Ipsum audit: oídle a Él”. Que parece que viene a decir a los discípulos que le han de oír no solamente cuando les predica parábolas consoladoras y cuando infunde confianza en los corazones de los hombres, sino que le han de oír hasta cuando habla de la cruz, cuando revela el misterio de su pasión dolorosísima y de su muerte. Entonces le han de oír.

Y estas palabras del Padre son como el sello que el mismo Padre celestial pone a la cruz de Cristo. De modo que en realidad podemos decir que, si Él sufrió el misterio de la cruz y el misterio de la Transfiguración, fue para hacernos a nosotros entender y amar, para que tengamos ánimos y aceptemos el gran misterio de la cruz. No aceptar este misterio es, de alguna manera, oscurecer la gloria de Jesucristo; no aceptar ese misterio es, de alguna manera oscurecer nuestra gloria y es negarnos el camino de la propia santificación. Es oscurecer la gloria de Jesucristo por esta razón: porque, cuando el hombre no entiende el misterio de la cruz, como la gloria de Cristo está cifrada en este misterio, no entienden tampoco la gloria de Cristo, y, al no entenderla quien debe glorificarla, la oscurece.
(Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras. Lección I. La Transfiguración. Ed. BAC Madrid, 1978. pp. 489-497)


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Aplicación: P. Juan B. Lehmann,

1. La Transfiguración confortó a Jesús.

La Transfiguración en el Tabor interesaba en primer término al mismo Jesucristo, puesto que era una recompensa de sus labores y fatigas. Tres años de trabajo incesante había pasado en servicio de su Padre celestial, sembrando beneficios en favor de los hombres. Entonces le fueron concedidos unos instantes de indecible alegría, de máximo consuelo, al mostrarle su Padre la gloria que le tenía reservada, como premio de todo cuanto había hecho en la tierra, durante los treinta y tres años de convivencia humana. Al mismo tiempo la Transfiguración le confortaba para la Pasión y Muerte que le esperaban, y le llenaban el alma de pavor.

2. La Transfiguración confortó a los Apóstoles.

La Transfiguración interesaba también a los Apóstoles, testigos oculares de aquella misteriosa aparición. Muy de propósito los convidó el divino Maestro a acompañarle y a asistir a la maravillosa escena de la Transfiguración. Los tres elegidos, constituían, por así decirlo, las columnas del colegio apostólico. Ellos habían de ser los fundadores de la Iglesia. Fueron estos tres, los distinguidos por una confianza particular de parte del Maestro, los que a Él más estrechamente se ligaron, y los que de Él recibieron instrucciones más íntimas y detalladas. Aquellos tres Apóstoles representaron más tarde un poder, debido a su fe inconcusa, firmeza inalterable, fidelidad y amor a toda prueba y ardiente celo apostólico. Llenos del espíritu de Cristo, lo comunicaron a sus compañeros, convirtiéndose así en columnas, firmísimos puntales, sostenes poderosos y maestros competentes y autorizados de los demás Apóstoles primero, y más tarde de los primeros cristianos.

3. Valor del cristiano confortado.

¡Cuánto vale un solo hombre, hombre de verdad, de convicciones profundamente cristianas! ¡Cuánto bien puede hacer en la familia, en la sociedad, en la parroquia! Un solo hombre de fe arraigada, sin respeto humano, piadoso, caritativo y justo, es semejante en la parroquia a un árbol corpulento que da vida, fuerza y amparo a otras plantas tiernas que, a él enlazadas, resisten, firmes como él, las más furiosas borrascas. ¡Feliz de aquella parroquia que puede contar con tres hombres semejantes! Sus ejemplos arrastrarán a otros muchos seguir el mismo camino: el camino de Dios y de la virtud. Hay muchos que tienen buena voluntad en el servicio de Dios; pero no disponen de fuerza suficiente para confesar públicamente su fe. Les falta la constancia para proseguir en el camino emprendido: la senda de la práctica de la religión y el ejercicio de las virtudes verdaderamente cristianas. Son almas que necesitan que las impulsen, que las conforten, que las animen y las amparen. Débiles de por sí, no se sostienen ni permanecen fieles. Pero si encuentran quien las guíe, se dan de buena voluntad, y realizan grandes progresos en la santidad. Jesús lo sabía muy bien. Por eso escogió a tres entre sus doce discípulos, y entre estos tres a Pedro para que fuera la piedra fundamental, dándole esta orden: "Confirma a tus hermanos" (Lc., 22, 32). ¡Confirma a los Apóstoles y ellos confirmarán al mundo!
(P. Juan B. Lehmann, Salió el Sembrador...,
Tomo II, Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1947)

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Aplicación: Fray Luis de Granada

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Entre los principales pasos de la vida de nuestro Salvador, es muy señalado y muy devoto el de su gloriosa Transfiguración, cuando, tomando en su compañía tres discípulos suyos de los más amados y familiares, subió a un monte y, puesto allí en oración, como dice San Lucas, se transfiguró delante de ellos de tal manera, que su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se pararon blancas como la nieve.

Considera, pues, aquí primeramente el artificio maravilloso de que el Señor usó para traernos a Sí. Vio Él que los hombres se movían más por los gustos de los bienes presentes que por las promesas de los advenideros, conforme a aquella sentencia del Sabio que dice: "Más vale ver lo que deseas, que desear lo que no sabes."

Pues por esto después de haberles predicado muchas veces que su galardón sería grande en el Reino de los Cielos, y que estarían asentados sobre doce sillas, etc., ahora les dio a gustar una pequeña parte de este galardón, para que, mostrando al luchador el palio de la victoria, le hiciese cobrar nuevo aliento para el trabajo de la pelea.

Mas no mostró aquí la mejor parte de esta promesa, que es la gloria esencial de los bienaventurados, porque ésta sobrepuja todo sentido, sino sola una parte de la accidental, que es la claridad y hermosura de los cuerpos gloriosos; y esto con mucha razón, porque esta carne es la que nos impide este camino; ésta es la que nos aparta de la imitación de Cristo, y ésta la que nos estorba el llevar su Cruz; y por esto convenía que para despertarla y avivarla, le mostrasen la grandeza de esta gloria, para que así se esforzase más al trabajo de la carrera.

Por lo cual si desmayas oyendo que te mandan crucificar y mortificar tu carne, esfuérzate oyendo lo que dice el Apóstol: "Esperando estamos en Jesucristo nuestro Salvador, el cual reformará el cuerpo de nuestra humanidad, haciéndolo semejante al cuerpo de su gloriosa claridad".

Considera también cómo celebró el Señor esta tan gloriosa fiesta en un monte solitario y apartado, la cual pudiera Él muy bien, si quisiera, celebrar en cualquier valle o lugar público; para que entiendas que no suelen conseguir los hombres este beneficio de la transfiguración en lo público de los negocios del mundo, sino en la soledad del recogimiento; ni en el valle lodoso de los apetitos bestiales, sino en el monte de la mortificación, que es la victoria de las pasiones sensuales.

Pues en este monte solitario se ve Cristo transfigurado; en éste se ve la hermosura de Dios; en éste se reciben las arras del Espíritu Santo; en éste se da a probar una gota de aquel río que alegra la ciudad de Dios, y en éste, finalmente, se da la cata de aquel vino precioso que embriaga los moradores del Cielo. Precioso ¡Oh!, si una vez llegases a la cumbre de este monte, cuán de verdad dirías con el Apóstol San Pedro: "¡Bueno es, Señor, que estemos aquí!" Como si dijera: Troquemos, Señor, todo lo demás por este monte; troquemos todos los otros bienes y regalos del mundo por los bienes de este destierro.

Mas dice el Evangelista que no sabía Pedro lo que decía; para que entiendas cuánta es la grandeza de este deleite y cuánta la fuerza de este vino celestial, pues de tal manera roba los corazones de los hombres, que del todo los enajena y hace salir de sí, pues tan alienado estaba San Pedro, que no sabía lo que se decía, ni se acordaba de cosa humana, por la grandeza de la suavidad y gusto que aquí sentía. Ni quisiera él jamás apartarse de aquel suavísimo licor, por lo cual decía: "Señor, bueno es que nos estemos aquí. Si os parece, hagamos aquí tres moradas: una para Vos, y otra para Moisés, y otra para Elías."

Pues si esto decía Pedro, no habiendo gustado más que una sola gota de aquel vino celestial, viviendo aún en este destierro y en cuerpo mortal, ¿qué hiciera si a boca llena bebiera de aquel impetuoso río de deleites que alegra la ciudad de Dios?

Si una sola migajuela de aquella masa celestial así lo hartó y enriqueció, que no deseaba más que la continuación y perseverancia de este bien, ¿qué hiciera si gozara de aquella abundantísima mesa de los que ven a Dios y gozan de Dios, cuyo pasto es el mismo Dios?

Pues por esta maravillosa obra entenderás que no es todo cruz y tormento la vida de los justos en este desierto, porque aquel piadoso Señor y Padre que tiene cargo de ellos, sabe a sus tiempos consolarlos, visitarlos y darles algunas veces en esta vida a probar las primicias de la otra, para que no caigan con la carga ni desmayen en la carrera.

Mira también cómo estando el Señor en oración fue de esta manera transfigurado; para que entiendas que en el ejercicio de la oración suelen muchas veces transfigurarse espiritualmente las almas devotas, recibiendo allí nuevo espíritu, nueva luz, nuevo aliento y nueva pureza de vida, y, finalmente, un corazón tan esforzado y tan otro que no parece que es el mismo que antes era, por haberlo Dios de esta manera mudado y transfigurado.

Y mira también lo que se trata en medio de estos tan grandes favores: que es de los trabajos que se han de padecer en Jerusalén; para que por aquí entiendas el fin para que hace nuestro Señor estas mercedes, y cuáles hayan de ser los propósitos y pensamientos que ha de concebir el siervo de Dios en este tiempo, los cuales han de ser determinaciones y deseos de padecer y poner la vida por aquel que tan dulce se le ha mostrado y tan digno es de que todo esto y mucho más se haga por Él. De manera que, cuando Dios estuviere comunicando al hombre sus dulzores, entonces ha de estar él pensando en los dolores que ha de padecer por Él, pues tales dádivas como éstas tal recompensa nos demandan.
(Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, S.A., Madrid, 1956, pp. 125-131)



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EJEMPLOS


Almas transfiguradas

A) La radiante faz de Moisés

'Estuvo Moisés allí cuarenta días y cuarenta noches, sin comer y sin beber, y escribió Yavé en las tablas los diez mandamientos de la ley. Cuando bajó Moisés de la montaña del Sinaí, traía en sus manos las dos tablas del testimonio, y no sabía que su faz se había hecho radiante desde que había estado hablando con Yavé. Aarón y todos los hijos de Israel, al ver cómo resplandecía le faz de Moisés, tuvieron miedo de acercarse a él. Llamólos Moisés, y Aarón y los jefes de la asamblea volvieron y se acercaron, y él les habló. Acercáronse luego todos los hijos de Israel, y él les comunicó todo lo que le habla mandado Yavé en la montaña del Sinaí. Cuando hubo Moisés acabado de hablar, se puso un velo sobre el rostro. Al entrar Moisés ante Yahvé para hablar con Él, se quitaba el velo hasta que salía. Después salía para decir a los hijos de Israel lo que se le había mandado. Los hijos de Israel veían la radiante faz de Moisés, y Moisés volvía después a cubrir su rostro con el velo, hasta que entraba de nuevo a hablar con Yavé (Ex 34,28-35)'.

B) 'Su rostro, como el de un ángel'

'Esteban, lleno de gracia y de virtud, hacía prodigios y señales grandes en el pueblo. Se levantaron algunos de la sinagoga llamada de los libertos, cirenenses y alejandrinos, y de los de Cilicia y Asia, a disputar con Esteban, sin poder resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces sobornaron a algunos que dijesen: Nosotros hemos oído a éste proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Y conmovieron al pueblo, a los ancianos y escribas, y llegando le arrebataron y le llevaron ante el Sanedrín. Presentaron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la ley; nosotros le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y mudará las costumbres que nos dio Moisés. Fijando los ojos en él todos los que estaban sentados en el Sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel... (Act 6,8-15)'.

C) Arrebatado al tercer cielo

En el año 57, Pablo escribe a los corintios y les cuenta lo que le sucedió catorce años antes, esto es, hacia el 43. He aquí sus propias palabras: 'Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años - si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, tampoco lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer cielo; y sé que este hombre -si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado al paraíso, y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir. De tales cosas me gloriaré, pero de mí mismo no he de gloriarme si no es de mis flaquezas... Por lo cual, para que yo no me engría, fueme dado el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que me abofetea para que no me engría. Por esto rogué tres veces al Señor que se retirara de mí. Y Él me dijo: Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo el poder (2 Cor 12,2-9)'.

D) Fray Junípero, arrobado

'Estando una vez fray Junípero oyendo misa con mucha devoción, se quedó arrobado, por elevación de la mente, durante grande espacio. Y dejándolo allí solo, lejos de donde estaban los frailes, cuando volvió en si comenzó a decir con gran fervor: '¡Oh, hermanos míos! ¿Quién hay tan noble en este mundo que no llevase de buena gana por toda la ciudad una cesta de estiércol si le dieran un bolsillo lleno de oro? ¡Ay de mí! -exclamaba-, ¿Por qué no hemos de pasar un poco de vergüenza para poder ganar la bienaventuranza del cielo?' (cf. Florecillas de San Francisco , c. 12: BAC, Escritos completos de San Francisco de Asís y Biografías de su época p.245).

Ejemplo de penitencia
Una noche de otoño de 1804 un peregrino humildemente vestido llamaba a las puertas del convento benedictino de Ossiach. Se fingió mudo, y por señas pidió que le admitieran como criado. Al fin fue recibido por el santo Abad Tencho, y estuvo ocho años sin hablar, desempeñando los más humildes menesteres, y haciendo mucha penitencia.
A la hora de la muerte se dio a conocer a los monjes diciendo:
- “Soy Boleslao II, Rey de Polonia, que entre otros grandes pecados cometí el de dar muerte al santo Obispo de Cracovia, Estanislao, a quién yo mismo acuchillé junto al altar, por haber censurado mis crueles hazañas. El Papa Gregorio VII me excomulgó. Después arrepentido de mis culpas, fui a Roma en busca del perdón. Allí me confesé y fui absuelto, y para mejor expiar mis crímenes, he llevado estos años de penitencia”.
En prueba de esta verdad les mostró su anillo con el sello real.
Aún se conserva la sepultura en la iglesia de aquel convento con esta inscripción: “Aquí yace Boleslao, Rey de Bolonia, el que mató a Estanislao, Obispo de Cracovia”
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 144)

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(cortesía: iveargentina.org et otros)





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