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Cuaresma Domingo 2 Ciclo B: Comentarios de Sabios y Santos II -preparemos el Domingo con ellos

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A su disposición

Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - La Transfiguración (Lc 9, 28-36; Mc 9, 2-8; Mt 17, 1-8)

Comentario Teológico: Directorio Homilético - Evangelio del II domingo de Cuaresma

Santos Padres: San Agustín - La transfiguración

Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - La Transfiguración del Señor

Aplicación: San Juan Pablo II - Los tres montes

Aplicación: Benedicto XVI - Misterio de la Pasión y de la Resurrección

Aplicación: Papa Francisco - La gracia de escuchar y la gracia de purificar los ojos de nuestro espíritu

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Testimonio del Padre sobre Jesús en la Transfiguración

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: Joseph M. Lagrange, O. P. - La Transfiguración (Lc 9, 28-36; Mc 9, 2-8; Mt 17, 1-8)

Ocho días (Lc) aproximadamente, o sea seis completos (Mc, Mt) después de la confesión de Pedro, aconteció algo extraordinario: la transfiguración. Pudiera decirse que en la vida de Jesús nada hay de paralelo, si no existiesen la transfiguración y la oración de Getsemaní, que son como la estrofa y la antiestrofa. En los dos casos se hace acompañar Jesús de Pedro, Santiago y Juan, para los ellos: en los dos casos, los discípulos son vencidos por el sueño, y en los dos recibe Jesús una visita de lo alto. Pero en tanto que la transfiguración es prenda cierta de la gloria de Jesús, la escena de Getsemaní lo presenta en su mayor abatimiento, testimonio irrefutable de que estaba sujeto a las condiciones de la naturaleza humana. Algunos Padres de la Iglesia han pensado que fueron escogidos los mismos testigos para que el recuerdo de la luz resplandeciente les sostuviese en el escándalo de la agonía. Pedro fue escogido como jefe que estaba designado; Juan, por ser el discípulo amado, y Santiago, su hermano que no lo abandona, porque debía ser el primer apóstol que derramaría su sangre por el Evangelio.

 La solicitud tomada por los evangelistas sinópticos por precisar en esta sola circunstancia el intervalo de tiempo que medió entre los dos hechos indica bien a las claras que veían alguna relación entre ellos. Y, en efecto, la transfiguración es la confirmación de lo que Jesús quiso enseñar incitando a la confesión de Pedro, aceptada después y rectificada en un punto decisivo tan difícil de admitir, el de los sufrimientos del Mesías, al mismo tiempo que mantenía la fe en su gloria. Tan luminoso es todo en esta nueva escena, que deslumbra. Jesús había dicho a los judíos: «Si vosotros hubieseis creído a Moisés, me creeríais a mí, pues él ha escrito de mí» (Jn 5, 46). Moisés bajó del cielo para dar testimonio de Jesús, y de Elías, no ignoraban que anunciaría la llegada del Mesías. Elías estuvo representado por el Bautista, y se asocia ahora en persona al homenaje de Moisés, y los dos conversan con Jesús. Lo que el pasado de Israel tenía de más divino se inclinaba delante del nuevo profeta y apoyaba cuanto había anunciado el escándalo de su muerte. La gloria, sin embargo, que Jesús había reclamado para su resurrección se manifestaba ya en él como cosa que por derecho propio le pertenecía. Jesús, en fin, había aceptado el nombre del Hijo de Dios, y ese nombre le era dado por una voz que no podía ser otra que la de su Padre.

 Si de una sola mirada se considera la religión a través de la historia, la nueva alianza, apoyándose en la antigua revelación, de la cual se desprende para agrupar a todos los pueblos, la perpetuidad del plan de Dios terminando en la superioridad manifiesta de Jesús sobre los hombres más grandes del pasado, el culto que hoy, al igual que a su Padre, se le rinde, no es de extrañar que toda esta maravillosa historia se vea ya bosquejada en algunos rasgos de la transfiguración. Esto no pudo ser obra de un genio, pues el genio no puede disponer del porvenir.

Además, el hecho es narrado con tal sencillez y realismo, que excluye la intención y la invención de crear un símbolo.

Es verdad que allí no es nombrada la montaña, pero esto mismo es indicio de que el relato no es una amplificación con apariencia histórica de una teofanía anunciada por el Antiguo Testamento. En este caso, hubiera sido nombrado el Hermón o el Tabor según el salmo (Sal 89, 13 [heb.]). «El Tabor y el Hermón cantarán tu nombre». Acaso esto haya dado motivo para que la tradición señalase el Tabor, más bajo que el Hermón, el cual hubiera exigido una difícil subida, y estaba más apartado del centro de la predicación de Jesús; aunque es más probable que provenga del recuerdo de hecho tan memorable. La subida al Tabor es penosa, pero se concibe que Jesús escogiera aquella cumbre aislada, dominando todas las planicies de su alrededor para invitar a sus discípulos a orar. La pequeña villa que la coronaba no impedía que allí hallase lugar solitario.

 Fatigados por la marcha –estaban en verano–, los tres discípulos se durmieron mientras Jesús oraba. Al despertar vieron su faz transfigurada, sus vestidos brillaban con una blancura que ningún lavandero podría conseguir. Moisés y Elías conversaban sobre la muerte que había de sufrir en Jerusalén, o cumplir, dice san Lucas, como un deber impuesto. Pedro toma la palabra, y –¡cómo se ve que es él!– su buena voluntad no carece de cierto aire de suficiencia. No en vano subraya él que se encuentra allí con sus compañeros, y podrán levantar pronta-mente tres tiendas de follaje, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Los discípulos, como fieles servidores, dormirían a campo raso, velando a los aposentados en las tiendas. No había comprendido que ni Jesús, que en estos momentos manifestaba su gloria, ni Moisés ni Elías, huéspedes del cielo, tenían necesidad de abrigo.

 La respuesta les vino de lo alto, desde una nube. Esta nube no era una nube cualquiera. Los discípulos se sobrecogieron de espanto cuan-do vieron que se interponía entre el sol y ellos, como para envolver a Moisés y Elías con Jesús. Una voz se dejó oír: «Éste es mi Hijo muy amado, escuchadle». Entonces comprendieron que aquella voz era la del Padre, que venía de la misma nube, que otras veces, en el desierto de Sinaí, se extendió sobre el Tabernáculo mientras la gloria del Señor penetraba en él (Ex 40, 34). Fue entonces indicio sensible de la benévola presencia de Dios para con su pueblo: y aparecía ahora una vez más, porque en adelante Dios se manifestaría por su Hijo. Era, además, claro que el designado por la voz era Jesús, porque los discípulos, ofuscados de momento y mirando a su alrededor, ya no vieron más que a Él.
(Lagrange, J. M., Vida de Jesucristo según el Evangelio, Edibesa, Madrid, 2002, p. 231 – 234)

 

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Comentario Teológico: Directorio Homilético - Evangelio del II domingo de Cuaresma

 64. El pasaje evangélico del II domingo de Cuaresma es siempre la narración de la Transfiguración. Es curioso cómo la gloriosa e inesperada transfiguración del cuerpo de Jesús, en presencia de los tres discípulos elegidos, tiene lugar inmediatamente después de la primera predicación de la Pasión. (Estos tres discípulos – Pedro, Santiago y Juan – también estarán con Jesús durante la agonía en Getsemaní, la víspera de la Pasión). En el contexto de la narración, en cada uno de los tres Evangelios, Pedro acaba de confesar su fe en Jesús como Mesías. Jesús acepta esta confesión, pero inmediatamente se dirige a los discípulos y les explica qué tipo de Mesías es él: «empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».

 Sucesivamente pasa a enseñar qué implica seguir al Mesías: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Es después de este evento, cuando Jesús toma a los tres discípulos y los lleva a lo alto de un monte, y es allí donde su cuerpo resplandece de la gloria divina; y se les aparecen Moisés y Elías, que conversaban con Jesús. Estaban todavía hablando, cuando una nube, signo de la presencia divina,c omo había sucedido en el monte Sinaí, le envolvió junto a sus discípulos. De la nube se elevó una voz, así como en el Sinaí el trueno advertía que Dios estaba hablando con Moisés y le entregaba la Ley, la Torah. Esta es la voz del Padre, que revela la identidad más profunda de Jesús y la testimonia diciendo: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9,7).

 65. Muchos temas y modelos puestos en evidencia en el presente Directorio se concentran en esta sorprendente escena. Ciertamente, cruz y gloria están asociadas. Claramente, todo el Antiguo Testamento, representado por Moisés y Elías, afirma que la cruz y la gloria están asociadas. El homileta debe abordar estos argumentos y explicarlos.

 Probablemente, la mejor síntesis del significado de tal misterio nos la ofrecen las bellísimas palabras del prefacio de este domingo. El sacerdote, iniciando la oración eucarística, en nombre de todo el pueblo, da gracias a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, por el misterio de la Transfiguración: «Él, después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección». Con estas palabras, en este día, la comunidad se abre a la oración eucarística.

 66. En cada uno de los pasajes de los Sinópticos, la voz del Padre identifica en Jesús a su Hijo amado y ordena: «Escuchadlo». En el centro de esta escena de gloria trascendente, la orden del Padre traslada la atención sobre el camino que lleva a la gloria. Es como si dijese: «Escuchadlo, en él está la plenitud de mi amor, que se revelará en la cruz». Esta enseñanza es una nueva Torah, la nueva Ley del Evangelio, dada en el monte santo poniendo en el centro la gracia del Espíritu Santo, otorgada a cuantos depositan su fe en Jesús y en los méritos de su cruz. Porque él enseña este camino, la gloria resplandece del cuerpo de Jesús y viene revelado por el Padre como el Hijo amado. ¿Quizá no estemos aquí adentrándonos en el corazón del misterio trinitario? En la gloria del Padre vemos la gloria del Hijo, inseparablemente unida a la cruz. El Hijo revelado en la Transfiguración es «luz de luz», como afirma el Credo; este momento de las Sagradas Escrituras es, ciertamente, una de las más fuertes autoridades para la fórmula del Credo.

 67. La Transfiguración ocupa un lugar fundamental en el Tiempo de Cuaresma, ya que todo el Leccionario Cuaresmal es una guía que prepara al elegido entre los catecúmenos para recibir los sacramentos de la iniciación en la Vigilia pascual, así como prepara a todos los fieles para renovarse en la nueva vida a la que han renacido. Si el I domingo de Cuaresma es una llamada particularmente eficaz a la solidaridad que Jesús comparte con nosotros en la tentación, el II domingo nos recuerda que la gloria resplandeciente del cuerpo de Jesús es la misma que él quiere compartir con todos los bautizados en su Muerte y Resurrección. El homileta, para dar fundamento a esto, puede justamente acudir a las palabras y a la autoridad de san Pablo, quien afirma que “Cristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Fil 3,21). Este versículo se encuentra en la segunda lectura del ciclo C, pero, cada año, puede poner de relieve cuanto hemos apuntado.

 68. En este domingo, mientras los fieles se acercan en procesión a la Comunión, la Iglesia hace cantar en la antífona las palabras del Padre escuchadas en el Evangelio: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Lo que los tres discípulos escogidos escuchan y contemplan en la Transfiguración viene ahora exactamente a converger con el acontecimiento litúrgico, en el que los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor. En la oración después de la Comunión damos gracias a Dios porque «nos haces partícipes, ya en este mundo, de los bienes eternos de tu reino». Mientras están allí arriba, los discípulos ven la gloria divina resplandecer en el Cuerpo de Jesús. Mientras están aquí abajo, los fieles reciben su Cuerpo y Sangre y escuchan la voz del Padre que les dice en la intimidad de sus corazones: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».
(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014, nº 64 -68)

 

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Santos Padres: San Agustín - La transfiguración

 1. Hermanos amadísimos, debemos contemplar y comentar esta visión que el Señor hizo manifiesta en la montaña. En efecto, a ella se refería al decir: En verdad os digo que hay aquí algunos de los presentes que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino. Con estas palabras comenzó la lectura que ha sido proclamada. Después de seis días, mientras decía esto, tomó a tres discípulos, Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña. Estos tres eran de los que había dicho hay aquí algunos que no gustarán la muerte hasta que no vean al Hijo del hombre en su reino. No es una cuestión sencilla. Pues no ha de tomarse la montaña como si fuese el reino. ¿Qué es una montaña para quien posee el cielo? Esto no solamente lo leemos, sino que en cierto modo lo vemos con los ojos del corazón. Llama reino suyo a lo que en muchos pasajes denomina reino de los cielos. El reino de los cielos es el reino de los santos. Los cielos, en efecto, proclaman la gloria de Dios1. De esos cielos se dice a continuación en el salmo: No hay discurso ni palabra de ellos que no se oiga. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los confines de la tierra su lenguaje. ¿De quiénes, sino de los cielos? Por tanto, de los apóstoles y de todos los fieles predicadores de la palabra de Dios. Reinarán los cielos con aquel que hizo los cielos. Ved lo que hizo para manifestar esto.

 2. El mismo Señor Jesús resplandeció como el sol; sus vestidos se volvieron blancos como la nieve y hablaban con él Moisés y Elías. El mismo Jesús resplandeció como el sol, para significar que él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Lo que es este sol para los ojos de la carne, es aquél para los del corazón; y lo que es éste para la carne, lo es aquél para el corazón. Sus vestidos, en cambio, son su Iglesia. Los vestidos, si no tienen dentro a quienes los llevan, caen. Pablo fue como la última orla de estos vestidos. El mismo dice: Yo, ciertamente, soy el más pequeño de los Apóstoles, y en otro lugar: Yo soy el último de los Apóstoles. La orla es la parte última y más baja de un vestido. Por eso, como aquella mujer que padecía flujo de sangre y al tocar la orla del Señor quedó salvada, así la Iglesia procedente de los gentiles se salvó por la predicación de Pablo. ¿Qué tiene de extraño señalar a la Iglesia en los vestidos blancos, oyendo al profeta Isaías que dice: Y si vuestros pecados fueran como escarlata, los blanquearé como nieve? ¿Qué valen Moisés y Elías, es decir, la ley y los profetas, si no hablan con el Señor? Si no da testimonio del Señor, ¿quién leerá la ley? ¿Quién los profetas? Ved cuan brevemente dice el Apóstol: Por la ley, pues, el conocimiento del pecado; pero ahora sin la ley se manifestó la justicia de Dios: he aquí el sol. Atestiguada por la ley y los profetas: he aquí su resplandor.

 3. Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor, es bueno estarnos aquí. Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de allí hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Nada respondió a esto el Señor, pero

 Pedro recibió, sí, una respuesta. Pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. El buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es el Verbo de Dios, Verbo de Dios en la ley, Verbo de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad.

 4. Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. No se dijo: «Estos son mis hijos amados». Una cosa es, en efecto, el Único, y otra los adoptados. Se recomendaba a aquél de donde procedía la gloria a la ley y los profetas. Este es, dice, mi hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle, puesto que en los profetas a él escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.

 5. El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no vieron a nadie más que a Jesús solo. ¿Qué significa esto? Oísteis, cuando se leía al Apóstol, que ahora vemos en un espejo, en misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas desaparecerán cuando venga lo que ahora esperamos y creemos. En el caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la carne: Eres tierra y a la tierra irás. Y cuando el Señor los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda el que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Te queda el que Dios es todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria. Allí se realiza lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mí Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?» Y me mostraré a él. ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico; pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

6. Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende, predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. Cuando se lee al Apóstol, oímos en elogio de la caridad: No busca lo propio. No busca lo propio, porque entrega lo que tiene. Y en otro lugar dijo algo que, si no lo entiendes bien, puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol ordena a los fieles miembros de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno. Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a modo de negoció, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir, no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la justicia; escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte: «Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para obtener lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, ¡oh avaro!; escucha. En otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie  busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: "Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven. Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el camino; descendió el manantial para tener sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».
(SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 78, 1-6, BAC Madrid 1983, 430-435)

 

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - La Transfiguración del Señor

 El misterio de la Transfiguración del Señor pertenece al segundo período de su vida. Jesús, incomprendido por las turbas y rechazado por las autoridades oficiales del judaísmo, se ha retirado a la soledad para consagrarse a la instrucción de los discípulos que lo rodean, revelándoles progresivamente el misterio de su persona y de sus acciones. Y ahora se transfigura ante ellos, para mostrarles por anticipado lo que será la gloria del último día. Quiere enseñarles que en ese Jesús humilde que ellos conocen y a quien acompañan todos los días, habita la gloria de la divinidad, que deben tener confianza en Él porque es Dios, que deben seguirlo en el arduo camino que sube a Jerusalén: hacia la gloria por la cruz.

 El evangelio del domingo pasado nos mostró a Jesús duramente tentado en el desierto. El de hoy- nos lo presenta resplandeciente de gloria. Es todo el contenido del Misterio Pascual: dolor y gozo, sufrimiento y premio, muerte y resurrección. Analicemos algunos detalles de la perícopa evangélica que hoy nos ocupa.

 Dice el texto que Jesús subió a una montaña alta. En la Escritura, la montaña aparece generalmente como el lugar privilegiado de la presencia de Dios. En el Antiguo Testamento, la montaña por excelencia fue el Sinaí, donde Moisés recibió las Tablas de la Ley, la misma montaña que escalara el profeta

 Elías. El monte en que Jesús se transfiguró es así, en cierto modo, el nuevo Sinaí, el monte de la Nueva Alianza.

 Ya en la cumbre de esa montaña, Jesús se transfiguró delante de sus discípulos y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante. Con estas palabras el evangelista quiere indicar que el cuerpo de Cristo se iluminó, se tornó resplandeciente, relampagueante, adquirió "brillo", cl color blanco que nos habla de la inmaculada realidad del cielo. La gloria de Dios, el poder y el resplandor del Dios creador y del Dios que intervino con brazo poderoso en la historia de la salvación, esa gloria que el mismo Jesús había anunciado para el fin de su vida en la tierra, su gloria, se manifiesta ahora por anticipado ante los tres discípulos amados. Uno de los testigos, Juan, escribiría luego en su evangelio: "Hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad". Y otro de ellos, Pedro, confesaría en su segunda epístola: "Jesús recibió de Dios Padre el honor y la gloria... Nosotros oímos esta voz que venía del cielo mientras estábamos con él en la montaña santa". Al fin y al cabo, Cristo era la Luz, la Luz del mundo, en quien habitaba la plenitud de la divinidad. El resplandor de su alma, normalmente empañado por la opacidad de la materia, se manifiesta ahora de manera admirable en su propio cuerpo.

 Nos dice el texto que se formó una nube que los cubrió. En la Escritura, la nube aparece habitualmente como un signo de la presencia del Señor. Dios hizo de las nubes su tienda, cubrió el Sinaí con la nube de su inmensidad, invadió con la nube de su gloria el recién inaugurado Templo de Salomón, reposó con la nube de su Espíritu sobre el seno de María para hacerla fecunda. Esa nube desciende hoy sobre el monte de la Transfiguración.

 Advertimos la presencia de Moisés y de Elías, esos dos personajes de los que nos dice la historia que, como Jesús, ayunaron también durante cuarenta días. Moisés, el legislador, viene a saludar al que trae la nueva Ley, acompañando a Elías, el profeta, precursor del Profeta definitivo. Estos dos personajes, presentes en el nuevo Sinaí, manifiestan que ha llegado la plenitud de los tiempos. La Ley y los Profetas conversan con Jesús: ¿cómo describir mejor la sinfonía de los dos Testamentos, su unidad y continuidad?

 Todas estas circunstancias que rodean el misterio de la Transfiguración constituyen un conjunto admirable. El Señor, con sus vestidos blancos, recordando a los sumos sacerdotes de Israel que se revestían con ornamentos preciosos, reúne junto a sí a los dos profetas y a los tres apóstoles bajo la nube luminosa que antaño señalara la presencia de Dios en el Templo. Cristo aparece aquí como la plenitud de todo, plenitud del sacerdocio, plenitud de la antigua alianza, plenitud del Templo.

 Al culminar el prodigio, Jesús anunció su muerte y su resurrección, figuradas en el sacrificio de Isaac que se relata en la primera lectura ("Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros", escuchamos en la segunda). Tendría que pasar por la muerte pero en camino hacia la gloria. Gloria no sólo de Él, como Verbo encarnado, sino también de todo su Cuerpo Místico, la Iglesia. Gloria que será perfecta cuando se cierre la historia, pero que desde ahora adorna incoativamente a la Iglesia en su estadio actual. Es la esperanza de la Iglesia toda: después de la transfiguración de la Cabeza, la transfiguración del Cuerpo. La transformación de cada uno de sus miembros.

 Ya nosotros por el Bautismo hemos comenzado nuestro pro-ceso de Transfiguración. La vida de la gracia es el germen de la gloria. Por otra parte, la práctica de las virtudes nos va transformando poco a poco, nos va transfigurando lentamente, condicionando el resplandor que tendremos por toda la eternidad. Somos luz. Pero aún en claroscuro. Nuestra lucha en la tierra es ineludiblemente en la oscuridad de la fe. Cuando en la cumbre del monte, Pedro exclamó: "¡Qué bien estamos acá! Hagamos tres carpas", se equivocaba de medio a medio —"no sabía lo que decía"— al pretender eternizar ese momento de privilegio, al querer esquivar el dolor y la Pasión. Hubiera deseado que Cristo permaneciese para siempre en la montaña cuando su misión le exigía descender al llano, con la turba ruda. "¡Qué bien estarnos acá!". No, hermanos, es hora del sacrificio cuaresmal. Es menester bajar y no quedarse en el monte. El mundo no puede salvarse sin la Cruz. En el llano, Cristo ya no está transfigurado sino que retorna su aspecto ordinario. Así es nuestra vida normal, oscura, en la fe. Una que otra vez percibimos, al modo de un relámpago fugaz, la gloria de Dios. Pero luego se nos hace difícil reconocer a Jesús "en el llano" pedestre, en la Iglesia pecadora, en el mundo, en la historia. No perdamos, sin embargo, la esperanza. Cada día nos acercamos un poco más a la gloria del ciclo. En nuestro viaje de peregrinos, la luz de Cristo transfigurado va iluminando nuestros pasos hacia lo alto, hacia ese cielo que ya se está incoando en la tierra, hacia esa gloria que ya comienza a reverberar en la cruz. Cuando llegue el día terminal, entonces el Señor reformará nuestro cuerpo vil conforme a su cuerpo glorioso. Entonces veremos a Dios cara a cara, veremos la luz de su gloria, y quedaremos encandilados. Con todo nuestro ser, con nuestra alma y con nuestro cuerpo. Hechos luz.

 Mientras tanto debemos ser apóstoles. Es cierto que al bajar de la montaña, Jesús prohibió a sus discípulos contar a nadie lo que habían visto hasta su resurrección de entre los muertos. Pero ya la Resurrección se ha realizado. Podemos, pues, hablar, anunciar a Cristo, y tenemos el deber de hacerlo. Con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida.

 Vamos a seguir el Santo Sacrificio de la Misa. La transustanciación intensifica la transfiguración de la Iglesia. Y la recepción de la Sagrada Eucaristía deposita en nosotros destellos de la gloria de Cristo. En los primeros siglos, los cristianos gustaban ir a comulgar cantando el salmo 34: "Acercaos a él y seréis iluminados". Al recibir el Cuerpo de Cristo, la gloria del Tabor nos invadirá desde adentro, con mucha mayor intensidad que a los tres apóstoles-testigos, los cuales contemplaron esa gloria tan sólo desde afuera, como meros espectadores. Comamos, pues, y bebamos la "prenda de nuestra gloria". Comamos y bebamos el cielo.
(SÁENZ, A.,Palabra y vida, Gladius Buenos Aires 1993, p. 87-91)

 

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Aplicación: San Juan Pablo II - Los tres montes

 La liturgia del II domingo de cuaresma es en cierto sentido la liturgia de los tres montes.

 En el primero escuchamos las palabras dirigidas por Dios a Abraham, según narra el libro del Génesis: “Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio sobre uno de los montes que yo te indicaré” (Gen 22,2).

 La prueba de Abraham. “Dios puso a prueba a Abraham” (Gen 22,1).

 Fue ésta la prueba de su fe.

 Abraham levantó un altar en el lugar indicado, puso leña en él y sobre la leña colocó a su hijo Isaac: el hijo único. El hijo de la promesa. El hijo de la esperanza.

 Abraham estaba dispuesto a ofrecerlo a Dios en holocausto, a derramar su sangre y quemar su cuerpo en la hoguera.

 En el momento decisivo llegó el veto de Dios: “No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo” (Gen 22,12).

 En un arbusto cercano Abraham encontró un carnero y lo ofreció en el altar preparado. Se verificó la prueba de la fe. Dios renovó su promesa ante Abraham, tras haberlo sometido a la prueba: “multiplicaré tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa” (Gen 22,17).

 Descendencia no tanto según la carne cuanto según el espíritu. Descendientes de Abraham en la fe son en cierto sentido los seguidores de las tres grandes religiones monoteístas del mundo: judaísmo, cristianismo e islamismo. “Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido” (Gen 22,18).

 Los descendientes de la fe de Abraham creen que Dios tiene el poder de probar al hombre. Tiene derecho a la ofrenda que procede de su espíritu.

 La liturgia del II domingo de Cuaresma nos lleva a otro monte, a Galilea. Más allá de la llanura de Galilea se alza majestuoso el monte Tabor, el monte de la transfiguración según la tradición cristiana.

 Jesús de Nazaret, que vino entre los descendientes de Abraham como Mesías enviado por Dios, en este monte fue transformado milagrosamente ante los ojos de sus Apóstoles Pedro, Santiago y Juan. A los ojos de los Apóstoles se manifestó transfigurado en la gloria, y con Él, Moisés y Elías. Al milagro de la visión se añadió el milagro de la audición. Oyeron la voz que salía de la nube: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9,7). Las mismas palabras que había oído ya Juan el Bautista junto al Jordán, en ocasión de la primera venida de Jesucristo, después del bautismo.

 La teofanía del Monte Tabor tiene carácter pascual. Preanuncia la gloria de Cristo resucitado. Al mismo tiempo prepara a los Apóstoles a la muerte del Cordero de Dios. A la teofanía del Gólgota.

 Al Monte Gólgota, tercer monte, nos lleva Pablo Apóstol con las palabras de la Carta a los Romanos. La teofanía del Gólgota está indicada en las palabras siguientes: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros” (Rom 8,31-32).

 Sabemos que el Padre ha entregado a su Hijo en el Gólgota; sabemos que precisamente así se llama esta colina fuera de la muralla de Jerusalén en la que Dios “no perdonó a su Hijo” (8,32).

 Y con ello demostró “hasta el fin” que “está con nosotros”; “¿cómo no nos
dará todo con Él?” se pregunta el Apóstol (8,32).

 Este mismo Dios que no permitió a Abraham sacrificar con la muerte a su hijo
Isaac, no preservó a su propio Hijo.

 ¿Acaso no ha confirmado con esto hasta el fin nuestra elección?

 ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? se pregunta el Apóstol (8,33).

 Él mismo ha tomado en sus manos la causa de la justificación del hombre...”Dios es el que justifica” (8,33). Y así es, ¿quién puede condenar al hombre? (cf. 8,34).

 Semejante sentencia sólo puede pronunciarla Cristo, que conoció en el Gólgota el peso de los pecados de los hombres.

 Pero en el Gólgota Jesucristo sufrió la muerte por nosotros, “más aún -escribe el Apóstol-...resucitó y está a la derecha del Padre e intercede por nosotros” (8,34).

 La liturgia de este domingo nos invita a subir a un monte, al lugar de la teofanía de la antigua y nueva Alianza. De acuerdo con el espíritu de Cuaresma, se nos invita a meditar en estos montes las grandezas de Dios (Hechos 2,11) los misterios de nuestra redención, los misterios de nuestra justificación en Cristo.

 Este domingo de Cuaresma nos enseña que estamos llamados a una gran transformación espiritual.

 Debemos participar en la Transfiguración de Cristo como sus discípulos en el Monte Tabor.

Debemos prepararnos para la santa Pascua.

 El maestro de esta actitud nuestra mediante la cual Cristo baja a nuestro corazón realizando una transformación y la conversión, es Abraham: el padre de los creyentes.

 En efecto, parece resonar en nuestro corazón las palabras del Salmista: “Tenía fe aun cuando dije: ¡Qué desgraciado soy!” (115/116,10).

 ¿Acaso no se sentía así de desgraciado cuando caminaba hacia el monte indicado por Dios para inmolar a su hijo? ¿O no fue sólo la fe la que hizo repetir entonces: “Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles” (115/116,15)? A partir de Abraham comenzó la familia humana a aprender esa fe que se hace patente en la actitud interior del espíritu humano, que se manifiesta en el sacrificio del corazón.

 Jesucristo es el Maestro definitivo y perfecto de tal actitud: “consummator fidei nostrae!” (cf. Heb12,2).

 El fruto de la liturgia del domingo II de Cuaresma debe ser la disponibilidad a ofrecer sacrificios espirituales en los que nuestra fe se pone de manifiesto. Lo pedimos con las palabras del salmo: "Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo" (115(116), 16-18).

 A nosotros, redimidos y justificados en la sangre de Cristo, ninguna prueba ni experiencia nos cierran el horizonte de la vida.

 Lo aclaran más todavía en Dios.

 Sepamos ver cada vez más este horizonte, ofreciendo los sacrificios espirituales de cuanto constituye nuestra vida.

 Que la participación en la Eucaristía nos una siempre, y hoy sobre todo, en esta comunidad a la que el Padre revela y entrega a su Hijo: “Este es mi Hijo amado; escuchadle” (Mc 9,7).
(Homilía en la parroquia de la Inmaculada Concepción , Roma, 7 de marzo de 1982)

 

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Aplicación: Benedicto XVI - Misterio de la Pasión y de la Resurrección

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este día nos prepara sea para el misterio de la Pasión —como escuchamos en la primera lectura— sea para la alegría de la Resurrección.

La primera lectura nos refiere el episodio en el que Dios pone a prueba a Abrahán (cf. Gn 22, 1-18). Abrahán tenía un hijo único, Isaac, que le nació en la vejez. Era el hijo de la promesa, el hijo que debería llevar luego la salvación también a los pueblos. Pero un día Abrahán recibe de Dios la orden de ofrecerlo en sacrificio. El anciano patriarca se encuentra ante la perspectiva de un sacrificio que para él, padre, es ciertamente el mayor que se pueda imaginar. Sin embargo, no duda ni siquiera un instante y, después de preparar lo necesario, parte junto con Isaac hacia el lugar establecido. Y podemos imaginar esta caminata hacia la cima del monte, lo que sucedió en su corazón y en el corazón de su hijo. Construye un altar, coloca la leña y, después de atar al muchacho, aferra el cuchillo para inmolarlo. Abrahán se fía de Dios hasta tal punto que está dispuesto incluso a sacrificar a su propio hijo y, juntamente con el hijo, su futuro, porque sin ese hijo la promesa de la tierra no servía para nada, acabaría en la nada. Y sacrificando a su hijo se sacrifica a sí mismo, todo su futuro, toda la promesa. Es realmente un acto de fe radicalísimo. En ese momento lo detiene una orden de lo alto: Dios no quiere la muerte, sino la vida; el verdadero sacrificio no da muerte, sino que es la vida, y la obediencia de Abrahán se convierte en fuente de una inmensa bendición hasta hoy. Dejemos esto, pero podemos meditar este misterio.

En la segunda lectura, san Pablo afirma que Dios mismo realizó un sacrificio: nos dio a su propio Hijo, lo donó en la cruz para vencer el pecado y la muerte, para vencer al maligno y para superar toda la malicia que existe en el mundo. Y esta extraordinaria misericordia de Dios suscita la admiración del Apóstol y una profunda confianza en la fuerza del amor de Dios a nosotros; de hecho, san Pablo afirma: « [Dios], que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8, 32). Si Dios se da a sí mismo en el Hijo, nos da todo. Y san Pablo insiste en la potencia del sacrificio redentor de Cristo contra cualquier otro poder que pueda amenazar nuestra vida. Se pregunta: « ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió; más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?» (vv. 33-34). Nosotros estamos en el corazón de Dios; esta es nuestra gran confianza. Esto crea amor y en el amor vamos hacia Dios. Si Dios ha entregado a su propio Hijo por todos nosotros, nadie podrá acusarnos, nadie podrá condenarnos, nadie podrá separarnos de su inmenso amor. Precisamente el sacrificio supremo de amor en la cruz, que el Hijo de Dios aceptó y eligió voluntariamente, se convierte en fuente de nuestra justificación, de nuestra salvación. Y pensemos que en la Sagrada Eucaristía siempre está presente este acto del Señor, que en su corazón permanece por toda la eternidad, y este acto de su corazón nos atrae, nos une a él.

Por último, el Evangelio nos habla del episodio de la Transfiguración (cf. Mc 9, 2-10): Jesús se manifiesta en su gloria antes del sacrificio de la cruz y Dios Padre lo proclama su Hijo predilecto, el amado, e invita a los discípulos a escucharlo. Jesús sube a un monte alto y toma consigo a tres apóstoles —Pedro, Santiago y Juan—, que estarán especialmente cercanos a él en la agonía extrema, en otro monte, el de los Olivos. Poco tiempo antes el Señor había anunciado su pasión y Pedro no había logrado comprender por qué el Señor, el Hijo de Dios, hablaba de sufrimiento, de rechazo, de muerte, de cruz; más aún, se había opuesto decididamente a esta perspectiva. Ahora Jesús toma consigo a los tres discípulos para ayudarlos a comprender que el camino para llegar a la gloria, el camino del amor luminoso que vence las tinieblas, pasa por la entrega total de sí mismo, pasa por el escándalo de la cruz. Y el Señor debe tomar consigo, siempre de nuevo, también a nosotros, al menos para comenzar a comprender que este es el camino necesario. La transfiguración es un momento anticipado de luz que nos ayuda también a nosotros a contemplar la pasión de Jesús con una mirada de fe. La pasión de Jesús es un misterio de sufrimiento, pero también es la «bienaventurada pasión» porque en su núcleo es un misterio de amor extraordinario de Dios; es el éxodo definitivo que nos abre la puerta hacia la libertad y la novedad de la Resurrección, de la salvación del mal. Tenemos necesidad de ella en nuestro camino diario, a menudo marcado también por la oscuridad del mal.

Como los tres Apóstoles del Evangelio, también nosotros necesitamos subir al monte de la Transfiguración para recibir la luz de Dios, para que su rostro ilumine nuestro rostro. Y es en la oración personal y comunitaria donde encontramos al Señor, no como una idea, o como una propuesta moral, sino como una Persona que quiere entrar en relación con nosotros, que quiere ser amigo y renovar nuestra vida para hacerla como la suya. Y este encuentro no es sólo un hecho personal; el Evangelio debe ser comunicado, anunciado a todos. No esperemos que otros vengan a traer mensajes diversos, que no llevan a la verdadera vida; convertíos vosotros mismos en misioneros de Cristo para los hermanos en los lugares donde viven, trabajan, estudian o sólo pasan el tiempo libre.

Queridos hermanos y hermanas, desde el Tabor, el monte de la Transfiguración, el itinerario cuaresmal nos conduce hasta el Gólgota, monte del supremo sacrificio de amor del único Sacerdote de la alianza nueva y eterna. En ese sacrificio se encierra la mayor fuerza de transformación del hombre y de la historia. Asumiendo sobre sí todas las consecuencias del mal y del pecado, Jesús resucitó al tercer día como vencedor de la muerte y del Maligno. La Cuaresma nos prepara para participar personalmente en este gran misterio de la fe, que celebraremos en el Triduo de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Encomendemos a la Virgen María nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Ella, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, cristianos maduros, para poder participar juntamente con ella en la plenitud de la alegría pascual. Amén.
(Benedicto XVI, Visita Pastoral a la Parroquia San Juan Bautista de la Salle, en Torrino, Roma, Domingo 4 de marzo de 2012)

 

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Aplicación: Papa Francisco - La gracia de escuchar y la gracia de purificar los ojos de nuestro espíritu

En la oración al inicio de la misa hemos pedido al Señor dos gracias: «escuchar a tu amado Hijo», para que nuestra fe se nutra de la Palabra de Dios, y —la otra gracia— «purificar los ojos de nuestro espíritu, para que podamos gozar un día de la visión de la gloria». Escuchar, la gracia de escuchar, y la gracia de purificar los ojos. Esto está precisamente en relación con el Evangelio que hemos escuchado. Cuando el Señor se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan, éstos oyen la voz de Dios Padre, que dice: «Éste es mi Hijo. Escuchadlo». La gracia de escuchar a Jesús. ¿Para qué? Para alimentar nuestra fe con la Palabra de Dios. Y ésta es una tarea del cristiano. ¿Cuáles son las tareas del cristiano? Tal vez me diréis: ir a misa los domingos; hacer ayuno y abstinencia en la Semana Santa; hacer esto... Pero la primera tarea del cristiano es escuchar la Palabra de Dios, escuchar a Jesús, porque Él nos habla y Él nos salva con su Palabra. Y Él, con esta Palabra, hace también que nuestra fe sea más robusta, más fuerte. Escuchar a Jesús. «Pero, padre, yo escucho a Jesús, lo escucho mucho». « ¿Sí? ¿Qué escuchas?». «Escucho la radio, escucho la televisión, escucho las habladurías de las personas...». Muchas cosas escuchamos durante el día, muchas cosas...

Pero os hago una pregunta: ¿dedicamos un poco de tiempo, cada día, para escuchar a Jesús, para escuchar la Palabra de Jesús? En casa, ¿tenemos el Evangelio? Y, cada día, ¿escuchamos a Jesús en el Evangelio, leemos un pasaje del Evangelio? ¿O tenemos miedo de esto, o no estamos acostumbrados? Escuchar la Palabra de Jesús para alimentarnos. Esto significa que la Palabra de Jesús es el alimento más fuerte para el alma: nos nutre el alma, nos nutre la fe. Os sugiero, cada día, tomar algunos minutos y leer un pasaje del Evangelio y oír lo que allí pasa. Escuchar a Jesús, y esa Palabra de Jesús cada día entra en nuestro corazón y nos hace más fuertes en la fe. Os sugiero también tener un pequeño Evangelio, pequeñito, para llevar en el bolsillo, en el bolso y cuando tengamos un poco de tiempo, tal vez en el autobús... cuando se pueda en el autobús, porque muchas veces en el autobús estamos un poco obligados a mantener el equilibrio y también a defender los bolsillos, ¿no?... Pero cuando estás sentado, aquí o allá, puedes leer, incluso durante el día, tomar el Evangelio y leer dos palabritas. ¡El Evangelio siempre con nosotros! Se decía de algunos mártires de los primeros tiempos —por ejemplo de santa Cecilia— que llevaban siempre con ellos el Evangelio: ellos llevaban el Evangelio; ella, Cecilia llevaba el Evangelio. Porque es precisamente nuestro primer alimento, es la Palabra de Jesús, lo que nutre nuestra fe.

Y luego la segunda gracia que hemos pedido es la gracia de la purificación de los ojos, de los ojos de nuestro espíritu, para preparar los ojos del espíritu para la vida eterna. Purificar los ojos. Yo estoy invitado a escuchar a Jesús y Jesús se manifiesta; y con su Transfiguración nos invita a contemplarlo. Mirar a Jesús purifica nuestros ojos y los prepara para la vida eterna, para la visión del Cielo. Tal vez nuestros ojos están un poco enfermos porque vemos muchas cosas que no son de Jesús, incluso que están contra Jesús: cosas mundanas, cosas que no hacen bien a la luz del alma. Y así esta luz se apaga lentamente y sin saberlo terminamos en la oscuridad interior, en la oscuridad espiritual, en la oscuridad de la fe: oscuridad porque no estamos acostumbrados a mirar, a imaginar las cosas de Jesús.

Esto es lo que nosotros hoy hemos pedido al Padre, que nos enseñe a escuchar a Jesús y a contemplar a Jesús. Escuchar su Palabra, y pensad en lo que os decía del Evangelio: ¡es muy importante! Y mirar: cuando leo el Evangelio imaginar y contemplar cómo era Jesús, cómo hacía las cosas. Y así nuestra inteligencia, nuestro corazón siguen adelante por el camino de la esperanza, donde el Señor nos pone, como hemos escuchado que hizo con nuestro padre Abrahán. Recordad siempre: escuchar a Jesús, para hacer más fuerte nuestra fe; contemplar a Jesús, para preparar nuestros ojos a la hermosa visión de su rostro, donde todos nosotros —que el Señor nos dé la gracia— nos encontraremos en una misa sin fin. Así sea.
(Visita Pastoral a la Parroquia Santa María de la Oración, Roma, II Domingo de Cuaresma, 16 de marzo de 2014)

 

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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El Testimonio del Padre sobre Jesús en la Transfiguración

            Primero, pondremos los textos[1]:

“Una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17, 5)

“Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 7)

“Vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”  (Lc 9, 35)

En todos los pasajes es una voz que habla del Hijo y procede de una nube.

La nube es la presencia de Dios en medio del pueblo elegido.

En los pasajes de la Transfiguración el texto común a los tres lo trae Marcos: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Mateo agrega: “en quien me complazco” y Lucas “mi Elegido”.

 

1.     La nube referida al Padre.

La nube

La nube, como la noche o la sombra, puede significar una doble experiencia religiosa: la proximidad benéfica de Dios o el castigo de aquel que oculta su rostro. Más aún: es un símbolo privilegiado para significar el misterio de la presencia divina: manifiesta a Dios al mismo tiempo que lo vela.

Según el relato del Éxodo, los hebreos fueron guiados por una “columna” que reviste doble aspecto: “Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche”[2].  El Señor está presente a su pueblo en todo tiempo a fin de que pueda proseguir su marcha. Asegura también su protección contra sus enemigos; la columna modifica su aspecto, no ya según el tiempo, sino según los hombres: para los israelitas era luminosa y para los egipcios tenebrosa; se habla incluso de “columna de fuego y de nube”[3], que manifiesta así el doble aspecto del misterio divino: santidad inaccesible al pecador, proximidad de gracia para el elegido.

Dios habló desde el Sinaí; una nube había recubierto la montaña durante seis días, mientras que Yahveh descendía en forma de fuego. La nube sirve para realzar la trascendencia divina. Ya no hay fuego y nube, sino fuego en la nube: la nube viene a ser un velo que protege la gloria de Dios contra las miradas impuras; se quiere marcar no tanto una discriminación entre los hombres cuanto la distancia entre Dios y el hombre. La nube, accesible e impenetrable a la vez, permite alcanzar a Dios sin verlo cara a cara, visión que sería mortal. Desde la nube que cubre la montaña, llama Yahveh a Moisés, único que puede penetrar en ella. Por otra parte, si la nube protege la gloria, la manifiesta también: “la gloria de Yahveh se apareció en forma de nube”[4]; se mantiene inmóvil a la entrada de la tienda de reunión o determina los desplazamientos del pueblo.

Más tarde, en ocasión de la consagración por Salomón, el templo quedó “lleno” de la nube, de la gloria[5]. Ezequiel verá cómo esta nube protege la gloria que va a abandonar el templo[6], y el judaísmo soñará con su regreso juntamente con el de la gloria[7].

En correspondencia con las teofanías del Éxodo, el día de Yahveh va acompañado de nubes y nubarrones; con ello se representa la venida de Dios como juez, ya a través del simbolismo natural, ya gracias a la metáfora del vehículo celestial. El Hijo del hombre, antes de venir sobre las nubes del cielo es concebido de la Virgen María, recubierta por la sombra del Espíritu Santo y por el poder del Altísimo. Como en el Antiguo Testamento, la nube manifiesta la presencia de Dios y la gloria de su Hijo transfigurado[8]. Lo sustrae luego a las miradas de los discípulos, probando que mora en el cielo, más allá de las cosas visibles, pero presente a sus testigos. Todavía como en el Antiguo Testamento, la nube será su carro celestial cuando el Hijo del hombre venga el último día, con o sobre las nubes[9]. Entre tanto, el vidente del Apocalipsis contempla a un Hijo de hombre “sentado sobre una nube blanca”[10] y viniendo escoltado por las nubes[11]: tal es el aparato del Señor de la historia[12]

La nube aparece en el relato de la Transfiguración.        Mt: “Una nube luminosa que los cubrió”. Mc: “Se formó una nube que los cubría”. Lc: “Vino una nube, que los cubría”.

La nube o una “nube luminosa”era en el Antiguo Testamento símbolode la

presencia de Dios en el Tabernáculo. También aparece así en la dedicación del templo, como vimos más arriba. En la “anunciación” a María, se evocará la acción de Dios sobre ella con el mismo verbo que en los relatos de la transfiguración. La manifestación de esta “nube luminosa” es una teofanía: es el símbolo de la presencia de Dios allí. Uno de los símbolos más característicos del Antiguo Testamento está aquí en juego. Por eso los apóstoles, al “ser cubiertos” por la “nube” en la Transfiguración tuvieron “miedo” (Mt-Lc). En el Antiguo Testamento se decía que no se podía ver a Dios y vivir[13]. Esto es lo que se acusa en el Tabor.

Siendo la “nube luminosa” símbolo de la presencia de Dios, es por lo que sale de ella “una voz”, que es la del Padre[14].

La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora “con su sombra” también a los demás[15].

 

2.     La voz del Padre

¿A quién va dirigida la voz del Padre?
La voz va dirigida a los apóstoles.

¿Qué dice la voz?
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17, 5)
 “Este es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 7)
 “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” (Lc 9, 35)

La voz es una declaración de la filiación mesiánica de Jesús que alude a la confesión de Pedro[16]. Lo que Pedro confesó es afirmado ahora divinamente. Como en el bautismo le presenta también investido de la misión del Siervo de Isaías. A la luz pospentecostal se verá todo el sentido trascendente de la filiación propiamente divina[17].

 En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: “Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan” (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: “Unos ocho días después” (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la “exaltación” de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz[18].

La voz del Padre señala a Jesús como su “Hijo amado” (Mt, Mc). Lucas, tiene una variante: en vez de llamarlo “mi Hijo amado” lo llama “mi Elegido”.

“Mi Hijo amado”. El Padre proclama con estas palabras la dignidad de Jesús.

“Mi Hijo, el Amado” añadiendo: “en él me complací”. La frase la traen los tres sinópticos. Se dice que ese Hijo es “el Amado” por excelencia. Los LXX traducen, ordinariamente, por esta expresión la forma hebrea “Yahid”, el “Único”. “El Amado” no indica que Jesús sea el primero entre los iguales, sino que indica una ternura especial; en el Antiguo Testamento no hay gran diferencia entre “amado” y “único”. Es muy probable que aquí “el Amado” pueda ser equivalente del “Único”, o mejor, del “Unigénito”, puesto que habla el Padre. En el Nuevo Testamento es término que se reserva al Mesías. En el caso presente el Padre se dirige a su Hijo divino. En una palabra, aquél es su hijo propio, na­tural, eterno, imagen perfecta suya y de su bondad[19].

“En quien me complazco” hemos traducido siguiendo a la Biblia de Jerusalén. La traducción literal sería “en quien me complací”, lo que puede ser la traducción griega o corresponder al perfecto estático semita, que puede, a su vez, corresponder al presente. De ahí el poder traducírsele por me estoy complaciendo siempre[20].

Las palabras del Padre se refieren al pasaje de Isaías:

“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma”[21].

 Respecto de Isaías podemos hablar del gozo que el Padre tiene en su Hijo encarnado, en su Mesías y en su obra. Isaías toca el tema del “Siervo de Yahvé”, y que confirma abiertamente en Mt 12, 18 aunque modificando “siervo” por “hijo”.

Cristo no va como pecador a su bautismo, sino, para cumplir “toda justicia”: el plan de Dios.

El Padre presenta a Cristo no sólo como el verdadero Hijo de Dios, por filiación divina, sino también como el auténtico Mesías, el de la espiritualidad y el dolor, y no el Mesías nacionalista y de triunfalismo político, que estaba esperado en el medio ambiente rabínico y popular. Era el Mesías anunciado por el profeta Isaías[22], como “Siervo de Yahvé”.

Cristo es presentado, no ya como el simple “Siervo” de Yahvé, ni como el “Elegido” del profeta, sino como verdadero Hijo suyo.

El título de “Elegido” es un título que designa al Mesías, al Cristo de Dios[23]. También hace referencia a Isaías[24]. “Elegido de Dios” también lo llama Juan Bautista[25] que equivale a “Hijo de Dios”. Esto mismo enseñan San Juan Crisóstomo, San Agustín[26] y San Ambrosio[27]. El “Elegido” es el nombre que el libro de Henoc da al Mesías alternando con el de “Hijo de hombre”.

“Elegido” usan autores importantes como Bover, Merk, Nestle, Lagrange, Tich, Hort, Soden, etc. Lucas insiste menos en la filiación natural que en la elección mesiánica. Quiere acentuar el papel del Hijo en cuanto hombre de cuya muerte se ha hablado antes y se volverá a hablar. La voz pretende autorizar la misión mesiánica de Jesús[28].

 

“Escuchadle”

Finalmente, en los sinópticos la voz del Padre manda escuchar al Hijo:

“Escuchadle"

Presentado el Mesías verdadero, a un tiempo Dios y Mesías doliente, no cabría más que una actitud ante el “Enviado” de Dios: “Escuchadle”, en su doctrina, en su mesianismo, en su enseñanza de pasión y muerte. Esta es la voz y el mandato del Padre. No se puede, pues, nadie escandalizar de Cristo-Mesías. Es a él, y no al Mesías del fariseísmo, al que hay que escuchar, que es seguir[29].

Según el sentido hebraico de la palabra Semá, escuchar es no sólo prestar atención sino también abrir el corazón[30] y poner en práctica lo escuchado[31], es obedecer.

El Padre dio de su Hijo el mismo testimonio que había dado en el bautismo (3, 17), añadiendo las últimas palabras: escuchadle, por las cuales declaraba que Jesús era el legislador y doctor enviado por Él, a quien todos deben creer y obedecer su doctrina, sobre todo el sufrimiento mesiánico, la doctrina de la cruz[32], sobre la cual hablaba Jesús con Moisés y Elías. “Escuchadle”, por otra parte, parece ser una alusión al vaticinio de Moisés en Dt 18, 15: “Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis”[33].

El relato de la transfiguración tiene un paralelismo con la revelación que tuvo Moisés en el Monte Horeb y muchos elementos son comunes. Dios por medio de Moisés dio su ley al pueblo de Israel y lo primero que dice al pueblo es “escucha”[34]. En el monte Tabor el Padre señala al nuevo Moisés, Jesús, el nuevo legislador y dice escuchadle. San Ambrosio[35] comentando el pasaje del Deuteronomio (6, 4) dice que lo primero que pide Dios es que se lo escuche.

Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la enseñanza de Dios.

Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: “Escuchadlo”. HartmutGese comenta esta escena de un modo bastante acertado: “Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma” (p. 81). Con esto concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: “Escuchadlo”[36].

 

Notas

[1]Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 1998.
[2] Ex 13, 21
[3] Ex 14, 24
[4] Ex 16, 10
[5] 1 R 8, l0ss; cf. Is 6, 4ss
[6] Ez 10, 3ss; cf. 43, 4
[7] 2 M 2, 8
[8] Mt 17, 1-8 p
[9] Mt 24, 30 p; 26, 24 p
[10]Ap 14, 14
[11]Ap 1, 7
[12] Cf. León Dufour,Vocabulario de Teología Bíblica…, voz: nube
[13] Ex 33, 19; Lv 14, 13; etc.
[14] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mt  17, 5…,274-75
[15]Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I)…,368
[16] Mc 8, 29 p
[17]Alonso, La Sagrada ESCRITURA, Evangelios (I), Comentario a Mc 9, 7, BAC
  Madrid 1964, 418
[18]Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I)…, 356-57
[19] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Vb) Evangelios, comentario a Lc 3, 22
[20] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mc 1, 11…, 491
[21]Is 42, 1
[22] 42, 1- 4
[23] Cf. Lc 23, 35
[24] 42, 1
[25]Jn 1, 34
[26]Santo Tomás de Aquino, Catena Aúrea, comentario a Jn 1, 31. En adelante  CatenaAúrea…[27]CatenaAúrea, comentario a Lc 9, 35
[28] Cf. Leal, La Sagrada ESCRITURA, Evangelios (I), Comentario a Lc 9, 35…,647
[29] Cf. De Tuya, Biblia Comentada (Va) Evangelios, comentario a Mt 17, 5…,275
[30]Hch 16, 14
[31] Mt 7, 24ss
[32] Mc 8, 31p
[33] Cf. Del Páramo, La Sagrada ESCRITURA, Evangelios (I), Comentario a Mt 17, 5…, 188
[34]Dt 6, 4
[35] Cf. San Ambrosio, Sobre los misterios, 1, 2, 7. Cit. en La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia. Antiguo Testamento 3, Ciudad Nueva  Madrid 2003, 372.
[36] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (I)…, 368

 

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Ejemplos

Sacrificó a su hijo para salvar a los demás

La subida del corazón

La subida del corazón hacia la felicidad es muy parecida a la subida a un piso muy alto por unas escaleras empinadas. Vamos subiendo, subiendo, y nos encontramos de pronto un descanso. Allí nos quedamos. Pero de pronto vemos que la escalera sigue subiendo, y emprendemos de nuevo la subida. Otro descanso; otra parada. La escalera sigue, y nosotros seguimos cada vez más trabajosamente la subida.

Así vamos subiendo hacia la dicha que en las alturas nos espera. De vez en cuando descansaremos en las cosas. Lo importante es seguir subiendo. Y cada vez más trabajosamente; cada vez más agobiados con el peso de la cruz.(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 511)

 

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