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Domingo 2 de Cuaresma B - Iglesia del Hogar: en Familia, como Iglesia doméstica, preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

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¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

introducción a Las Lecturas del Domingo

Motivación al Domingo: La Cuaresma es un tiempo para convertirnos y para hacer de este mundo un lugar más justo y más fraterno. Sin embargo, el odio entre los hombres y la maldad nuestra parecen hacer imposible este cambio deseado. Nos volvemos pesimistas y creemos sólo en la derrota. La Palabra de Dios nos enseña hoy que no hay razón para desesperar porque la victoria se ha ganado ya aunque nos queden aún las batallas de la vida. Es que Dios entregó a su propio hijo para que muriese en nuestro lugar. Desde entonces Dios nos puede mirar sólo con ojos de amor. Desde entonces los hombres no podemos mirarnos como enemigos porque debemos ver en cada uno a Cristo presente. Reconozcamos el amor de Dios Padre con nosotros y pidamos perdón al Señor por ser pusilánimes.

Primera lectura: Gén 22, 1-2. 9-13

Necesitamos tener presente que Isaac le nació a Abrahán cuando tenía ya más de 90 años. Imagínense tantos años sin tener hijos. Podemos imaginarnos que cuando llegó este hijo era muy querido, como decimos aquí en el Perú “su chochera”. Además este niño era la garantía de que se cumpliese la promesa de Dios que lo hizo mirar el cielo y las estrellas diciéndole que así sería su descendencia. ¿Qué es lo que el ejemplo de Abrahán nos reclama a nosotros?

Segunda lectura: Rom 8, 31-34

Tan grande es el amor de Dios por nosotros, que entregó a su único hijo. ¿Cómo podemos dudar y desesperar de cara al hecho  que Cristo, Dios y hombre, sentado a la derecha de Dios está intercediendo por nosotros? Quiere decir que ya se encuentra en el cielo nuestra humanidad. Y esta humanidad de Jesucristo Hijo de Dios es un signo que Dios quiere estar unido a cada uno de los hombres. Así aprendemos que el amor de Dios y el amor a nuestro prójimo son dos cosas tan ligadas que una no podría ser sin la otra. Lo mínimo debería ser que agradezcamos a Dios tanto amor.

Evangelio: Mc 9, 2-10

Jesús ha anunciado varias veces a los discípulos que estaban en camino a Jerusalén donde el hijo del hombre sería maltratado por sus compatriotas y entregado a los romanos para ser matado. También les ha hablado de la Cruz para que cada uno cargue la suya y le siga a Jesús. Tenemos en nuestra vida momentos difíciles, de amargura, de sufrimiento. Sin embargo, hay también momentos donde sentimos a Dios muy cerca. Acompañemos a los tres discípulos Pedro, Santiago y Juan, al monte Taber donde Jesús quiere revelar también la gloria de su divinidad y luego iremos con él al monte del Calvario.

 

Reflexionemos los padres.

Imagínese una pareja con un solo hijo. Seguramente los padres habrán soñado pensando en el momento cuando podrán disfrutar de los nietos y así ver cómo su hogar se multiplica. Imagínense que este hijo de repente sale y dice que siente la vocación a la vida religiosa en una congregación misionera que envía a sus miembros a países lejanos para anunciar la Buena Nueva. Recuerdo una pareja que pasó por un trance similar. ¿Qué hicieron? Del Perú enviaron a su hijo único a estudiar en una universidad famosa del Brasil. Muy pronto su hijo ya no les hablaba de su vocación, terminó sus estudios y se quedó allí desempeñándose como profesional. ¿No se les había pedido a los padres lo que Dios le pidió a Abrahán lo de sacrificar a su hijo para Dios? Como solía decir un santo: “Los hijos pertenecen a Dios, son solamente un préstamo”. De cara al hecho de que Dios ha entregado a su único hijo por amor nuestro los padres de familia deberían preguntarse y reflexionar cómo proceder para que sus hijos sean realmente hijos de Dios. Confrontando sus sueños y expectativas con la voluntad de Dios, con el monte de Tabor y el monte del Calvario, quizás necesitamos modificar algunos aspectos.

 

Reflexionemos con los hijos

Uno podría pensar que el tiempo de Cuaresma es un tiempo lúgubre, severo y también un poco triste porque estamos combetiendo con nuestros pecados y las tentaciones. Por eso es necesario siempre de nuevo pensar el por qué hacemos las cosas. ¿Por qué hacemos un esfuerzo cuaresmal de cambiar en nuestra manera de pensar, de hablar y de actuar. El Evangelio nos muestra a Jesús como antes de ir a su pasión manifiesta la gloria de su divinidad, la gloria de su resurrección. Estamos realizando un camino de 40 días. La meta es la fiesta de la resurrección. Lo que queremos realmente es resucitar con Jesús. Y el tiempo de Cuaresma quiere eliminar los obstáculos que nosotros ponemos para que esta resurrección sea cada vez más fuerte en nuestro corazón. A veces podemos hacer cosas agradables para Jesús que no sabíamos que podríamos hacerlo. Es que Jesús también durante estos 40 días nos quiere ayudar. Por eso el tiempo de Cuaresma es un tiempo fuerte, esforzado pero también un tiempo alegre porque sabemos hacia la alegría y la gloria que estamos caminando y con quien lo estamos haciendo. Cada cosa que hacemos es una respuesta al amor de Jesús que siempre está con nosotros. Es decir, hacemos las cosas por amor. Jesús nos ama en cada momento de nuestro día y nuestro esfuerzo cuaresmal es una respuesta a ese amor. Sería bueno a acostumbrarnos en la mañana, cuando despertamos y decimos nuestra oración de la mañana, ofrecerle a Jesús todas las cosas que vamos hacer, decir y pensar durante este día y pedir su ayuda para que podamos hacer para que todo sea de su agrado.

 

Conexión eucarística

Solemos decir: “Vamos a la Iglesia para participar en la celebración de la Santa Misa”. Es cierto, juntos celebramos el santo sacrificio de la Santa Misa. Con todo, el que actúa y el que realiza la celebración es el Señor Jesús. Es Él que nos habla, es Él que se sacrifica, es Él que nos alimenta con la santa comunión. No podemos ver a Jesús con nuestros ojos del cuerpo. Sin embargo nuestros ojos de la fe lo ven presente muerto y resucitado por amor nuestro. Sepamos ofrecernos también a nosotros mismos con el sacrificio de Jesús.

 

Vivencia familiar

Se anima a los miembros de la familia de revisar como han vivido su propósito durante la primera semana de Cuaresma. Siempre respetamos la privacidad de las personas, también de los niños. Solamente escucharemos sus reflexiones cuando se ofrecen espontáneamente a compartir su revisión.

 

Nos habla la Iglesia

Del Tabor al Calvario

23. El acontecimiento deslumbrante de la Transfiguración prepara a aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y Elías, con los que —según el evangelista Lucas— habla « de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén » (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en Jesús que piensa en la Cruz (cf. Lc 9, 43-45). Allí su amor virginal por el Padre y por todos los hombres alcanzará su máxima expresión; su pobreza llegará al despojo de todo; su obediencia hasta la entrega de la vida.

Los discípulos y las discípulas son invitados a contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, de la cual «el Verbo salido del silencio», en su silencio y en su soledad, afirma proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva de la resurrección (cf. Jn 12, 32; 19, 34.37). En la contemplación de Cristo crucificado se inspiran todas las vocaciones; en ella tienen su origen, con el don fundamental del Espíritu, todos los dones y en particular el don de la vida consagrada.

Después de María, Madre de Jesús, Juan, el discípulo que Jesús amaba, el testigo que junto con María estuvo a los pies de la cruz (cf. Jn 19, 26-27), recibió este don. Su decisión de consagración total es fruto del amor divino que lo envuelve, lo sostiene y le llena el corazón. Juan, al lado de María, está entre los primeros de la larga serie de hombres y mujeres que, desde los inicios de la Iglesia hasta el final, tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cf. Ap 14, 1-5).

(Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal 'Vida Consecrata')

 

Leamos la Biblia con la Iglesia

Lunes                    Dan 9,4b-10                                   Lc 6,36-38

Martes                   Is 1, 10.16-20                                 Mt 23,1-12

Miércoles              Jer 18,18-20                                   Mt 20,17-28

Jueves                  Jer 17,5-10                                     Lc 16,19-31

Viernes                 Gen 37,3-4.12-13a.17b-28             Mt 21,22-43.45-46

Sábado                 Miq 7,14-15.18-20                          Lc  15,1-3.11-32

 

Oraciones de la Cuaresma


Tu evangelio es terrible

Cristo,
he oído predicar tu Evangelio
a un sacerdote
que vivía el Evangelio.
Los pequeños, los pobres,
quedaron entusiasmados;
los grandes, los ricos,
salieron escandalizados,
y yo pensé que bastaría predicar
sólo un poco el Evangelio
para que los que frecuentan las iglesias
se alejaran de ellas
y para que los que no las frecuentan
las llenaran.
Yo pensé que era una mala señal
para un cristiano
el ser apreciado por la “gente bien”.
Haría falta -creo yo-
que nos señalaran con el dedo
tratándonos de locos y revolucionarios.
Haría falta -creo yo- que nos armasen líos,
que firmasen denuncias contra nosotros,
que intentaran quitarnos de en medio.
Esta tarde, Señor, tengo miedo,
tengo miedo porque sé
que tu Evangelio es terrible:
es fácil oírlo predicar,
es todavía fácil no escandalizarse de él,
pero vivirlo...
vivirlo es bien difícil.
Michel Quoist


Guíame, Señor

Guíame, Señor, mi luz,
en las tinieblas que me rodean,
¡guíame hacia delante!
La noche es oscura y estoy lejos de casa:
¡Guíame tú!
¡Dirige Tú mis pasos!
No te pido ver claramente el horizonte lejano:
me basta con avanzar un poco...
No siempre he sido así,
no siempre Te pedí que me guiases Tú.
Me gustaba elegir yo mismo y organizar mi vida...
pero ahora, ¡guíame Tú!
Me gustaban las luces deslumbrantes
y, despreciando todo temor,
el orgullo guiaba mi voluntad:
Señor, no recuerdes los años pasados...
Durante mucho tiempo tu paciencia me ha esperado:
sin duda, Tú me guiarás por desiertos y pantanos,
por montes y torrentes
hasta que la noche dé paso al amanecer
y me sonría al alba el rostro de Dios:
¡tu Rostro, Señor!
Henry Newmann



Letanía

Enséñame cómo se va a ese país
que está más allá de toda palabra
y de todo nombre.
Enséñame a orar a este lado de la frontera,
aquí donde se encuentran estos bosques.
Necesito que tú me guíes.
Necesito que tú muevas mi corazón.
Necesito que mi alma se purifique
por medio de tu oración.
Necesito que robustezcas mi voluntad.
Necesito que salves y transformes el mundo.
Te necesito a ti para todos cuantos sufren,
para todos cuantos padecen prisión,
peligro o tribulación.
Te necesito para todos cuantos han enloquecido.
Necesito que tus manos sanadoras
no dejen de actuar en mi vida.
Necesito que hagas de mí,
como hiciste de tu Hijo,
un sanador, un consolador, un salvador.
Necesito que des nombre a los muertos.
Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar el río.
Te necesito para mí, tanto si vivo como si muero.
Es preciso. Amén.
Thomas Merton


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