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Domingo de Ramos B: Comentarios de Sabidos y Santos - Preparemos  con ellos la acogida de la Palabra de Dios

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A su disposición
Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. sobre las tres lecturas

Comentario Teológico: Juan Pablo Magno - Entrada solemne y camino hacia la muerte

Comentario teológico: P. Leonardo Castellani, S. J - Domingo de Ramos: Los dolores del alma de Jesús

Santos Padres: San Agustín - La pasión del Señor

Aplicación: San Luis Bertrán - "Bendito el que viene en nombre del Señor" (Mateo 21,9)

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - Mi reino no es de este mundo

Aplicación: Juan Pablo Magno - El “¡Hosanna!” y el “¡Crucifícalo!”

Ejemplos Predicables




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Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. sobre las tres lecturas


Sobre la Primera Lectura (Is 50,4-7)
Se nos da en este domingo el tercer canto del Poema del Siervo de Yahvé:
- En este canto o profecía se pone de relieve cuán atento está el 'Siervo' - Mesías a la 'Palabra' = Voluntad de Dios: cómo es discípulo que a toda hora está presto a oír la palabra de su maestro. Jesús se aplica a Sí mismo el sentido de esta profecía Me­siánica y nos lo explica cuando dice: 'Yo de Mí mis­mo nada puedo hacer; según oigo transmito' (Jn 5, 30). 'Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió' (Jn 7, 16). 'No puede el Hijo hacer cosa alguna de Sí mismo, sino sólo lo que ve que hace el Padre. Pues el Padre ama al Hijo, y le manifiesta cuanto El hace' (Jn 5, 19). Y la encomienda y mensaje que recibe el 'Siervo' es mensaje de Salvación (v 4). Y eso mismo se aplica a Sí Jesús: 'El que escucha mis palabras tiene Vida Eterna; llega la hora y es ahora, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y cuantos la oigan recobrarán la vida' (Jn 5, 25). Nos trae Cristo gozo, vida, salvación.

-Esta misión del 'Siervo' = Mesías va a ser muy difícil. Pero el 'Siervo' acepta con plena y heroica docilidad y disponibilidad la voluntad de Dios: 'Yo no le he resistido, ni me he echado atrás (v 5). Jesús podrá decirnos aplicándose esta profecía: 'Por esto me ama el Padre, porque Yo entrego mi vida; volun­tariamente la entrego. Este es el mandato que he recibido de mi Padre' (Jn 10, 17). Y al iniciar la Pasión se ofrece a ella con plena generosidad: 'Debe conocer el mundo que Yo amo al Padre: y que pro­cedo conforme al mandato del Padre; levantaos; vámonos de aquí' (Jn 14, 31). Ahora que a la luz del N. T. sabemos que el 'Siervo' es el 'Hijo', nos ma­ravilla aún más esta plena obediencia; obediencia plenamente filial.

- En el cumplimiento de su misión el 'Siervo' va a correr la suerte de todos los Profetas de Dios. Es recibido con hostilidad. La actitud del 'Siervo' frente a las persecuciones es de una humildad y abnegación que sorprenden: 'He presentado mis espaldas a los que me golpeaban y mis mejillas a los que mesaban mi barba. No he hurtado mi faz a los ultrajes y a los salivazos' (6). ¡Cuán diferente este acento del de un Jeremías; p. ej.: 'Que sean confundidos mis per­seguidores y que no sea yo confundido. Haz venir sobre ellos el día de la desventura y destrúyelos con doble destrucción' (Jer 17, 18). El 'Siervo' = Mesías (lo veremos en la historia de la Pasión de Jesús) es el 'Cordero que, llevado al matadero, no abre su boca' (Is 53, 7). Que en la Cruz ora al Padre: 'Padre, per­dónalos, pues no saben lo que hacen' (Lc 23, 24).


Sobre la Segunda Lectura (Flp 2,6-11)
Es una exposición lírica y doctrinal del Misterio Redentor:
- Antítesis luminosa entre los dos estados de Cris­to: El 'glorioso', que le correspondía en su calidad de Hijo de Dios (y 6). Al tomar la naturaleza huma­na renuncia a todo derecho. Y escoge el estado de humillación (kénosis), y despojo (tapéinosis)y obe­diencia: en condición humana, sin privilegio alguno, con todas sus miserias y limitaciones (excepto la del pecado: cfr. Heb 4, 15); anonadado; 'Siervo' obe­diente; sujeto a la misma muerte: muerte de cruz (vv 7-8).

- En el trasfondo de este cuadro se adivina la contraposición entre el Adán viejo y el Adán Nuevo. Adán quiso usurpar los derechos divinos; ser como Dios. Y, desobediente, se rebeló. Cristo, el Nuevo Adán, renuncia a sus derechos divinos; se hace en todo como nosotros los hombres. Se somete en total obediencia al Padre. Con esto Cristo repara la obra nefasta de Adán. Nos salva.

- Con su obediencia, el Siervo, Adán Nuevo, gana para todos nosotros el perdón de nuestras desobe­diencias; y merece para sí mismo, para su humana naturaleza, la suprema exaltación a la diestra del Padre. Son muy claras en todo este pasaje paulino las alusiones al 'Siervo de Yahvé' de Isaías: 'Sier­vo' humillado hasta la más abyecta pasión y muerte (Is 53, 1-9). 'Siervo' galardonado: con su 'expiación' justifica y salva a la muchedumbre de los pecadores (Is 53, 12). Y restituido a la vida, es saciado de gozo y de gloria (Is 53, 11). San Pablo sabe mejor cuál es la Gloria de Cristo Resucitado: El 'Señorío' univer­sal (v. 10) a la diestra del Padre. Y como raíz y razón de este 'Señorío' y Gloria el 'Nombre', e. d., la Divina Filiación: 'Desde la Resurrección ha sido constituido Hijo de Dios Glorioso, según el Espíritu de Santidad' (Rom 1, 3). Gloria, laus et honor tibi sit, Rex Christe Redemptor!


Sobre el Evangelio (Mc 14.15)
San Marcos, en el relato de la Pasión, pone de relieve el cumplimiento de las Escrituras. Especialmente las referentes al 'Siervo de Yahvé' de Isaías. Por tanto, la Pasión es sometimiento a la voluntad del Padre, acto supremo de obediencia de Cristo.

- Igualmente se pone de relieve, en la profecía del 'Siervo', el sentido 'vicario' de la muerte de Cristo: Muere en sustitución de nosotros pecadores, El, que es inocente (Is 53, 4. 9); y el valor 'expiatorio': Por sus llagas todos hemos sido curados; por su muerte todos hemos sido vivificados (Is 53, 5-11).

- Es la doctrina del Misterio Redentor escrita con sangre por los Evangelistas y expresada teológica­mente por San Pablo: 'Cristo fue entregado para expiación de nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación = Salvación' (Rom 4, 25).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)



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Comentario Teológico: Juan Pablo Magno - Entrada solemne y camino hacia la muerte

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por qué desatan al borrico, les responden: "El Señor tiene necesidad de él" (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera "entrada solemne en Jerusalén".

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta "entrada". En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: "Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: "Toda la muchedumbre de los discípulos", como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la "entrada solemne en Jerusalén" constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice "toda la muchedumbre" de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a "la muchedumbre de los discípulos", que a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban "Hosanna", alabando "a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto" (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: "Esto no te sucederá jamás" (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

"El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás" (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

"He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos" (Is 50, 6).

"Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza... me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica" (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su "entrada en Jerusalén", El es "obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: "todo está cumplido", entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada "interior" de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: "Maestro, reprende a tus discípulos"; Jesús contestó: "Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras" (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma. En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.
Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que ellas.
(Juan Pablo II, Homilía en la Misa del Domingo de Ramos, 30 de marzo de 1980)



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Comentario teológico: P. Leonardo Castellani, S. J - Domingo de Ramos: Los dolores del alma de Jesús

En el Domingo de Ramos se lee durante la misa –y la gente no sabe lo que pasa– la Pasión según San Mateo; y el Viernes Santo se lee la Pasión según San Juan. La Iglesia quisiera que toda esta Semana se recordara de continuo y meditara la Pasión de Cristo. Pero para poder hacer eso, hay que ser fraile.

La Iglesia quisiera que se meditara la Pasión de Cristo toda la vida; que eso significan los Crucifijos; y los “Calvarios” que se yerguen sobre todas las montañas y lomas en los países católicogermanos de Europa; meditación a la que no puede agotar ninguna vida de hombre. La actual devoción al Corazón de Jesús significa lo mismo: es la pasión de Cristo contemplada en el interior, es decir, en sus afectos, que fueron infiernados; y en su causa, que fue el Amor; el amor no correspondido. Es decir, los dolores del alma. San Juan es el “scribaanimae Christi”, el notario del corazón de Jesús.

Haremos dos comentarios de la Pasión y Muerte de Cristo: uno sobre los dolores de su alma –sobre lo cual escribió un sermón inmortal E. Newman– y otro sobre la legalidad de la muerte de Cristo. Hoy día, después del historiador Gibbons, muchos escritores impíos sostienen que la muerte de Cristo “fue legal”.

Los dolores físicos de Cristo fueron extremos: una verdadera tempestad de horrores. Un día de intenso trabajo, el rito de la Pascua, el largo y emotivo Sermón-Testamento después del lavatorio de los pies pedían una noche de sueño: siguió la larga subida al Olivar desde la otra punta de la ciudad, rodeando el Templo; la bajada al Cedrón y la subida a Getsemaní, la doble oración del Huerto en la cual sudó sangre; y el apresamiento lleno de brutalidades; que no otra cosa significan el machetazo de Pedro a Malco y la huida despavorida de los Apóstoles. Después siguió la parada ante el Sanedrín y la bofetada; y las inmundas vejaciones, ultrajes y golpes en la galería de la Curia Sinagogal. Al amanecer Cristo tenía que estar desmayado o muerto; y entonces comienza la real pasión: le quedaban todavía doce horas de torturas sobrehumanas, a saber, los paseos horribles por toda la ciudad, los azotes a la columna –que ellos solos producían la muerte en muchos casos–, la coronación de espinas, el acarreo de la cruz, el enclavamiento, y las tres horas de espantosa agonía. Hasta la última gota de sangre. Despacio, diabólicamente graduado.

Los dolores de un hombre son una función de su sensibilidad; los dolores físicos al fin y al cabo desembocan en la conciencia, la cual les da su tercera dimensión: por eso un dolor físico cualquiera es infinitamente mayor en un hombre que en un animal. Y por eso la pasión física de Cristo, aunque la suma de las torturas no hubiese sido casi infinita, hubiese sido a causa de su exquisita sensitividad casi infinita; porque Cristo representa con respecto a nosotros algo como nosotros con respecto a un animal. Cristo tenía una cuarta dimensión.

Hay hombres que han sufrido horrores en su vida estando casi incólumes exteriormente: a causa de su sensitividad. El filósofo Kirkegor, por ejemplo; yo no he vacilado en estampar hace poco a su propósito la frase sagrada: “enclavaron sus manos y sus pies y contaron todos sus huesos”. Y sin embargo Kirkegor físicamente no sufrió mucho: tenía una pequeña renta para vivir, no tuvo enfermedades agudas, su wouldbesuegro lo amenazó una vez con un puñetazo pero no se lo dio, su gigantesco trabajo de escritor –que en 8 ó 10 años produjo una obra que en la actual edición alemana tiene 52 tomos– estaba compensado por el gozo de la creación de obras geniales... Pero Kirkegor era un melancólico, tenía los nervios de un gran artista; y lastimados encima. La lectura de su Diario lo pone poco a poco a uno delante de los dolores de Job; y uno se queda pasmado delante de un verdadero abismo de paciencia. Fue ciertamente un crucificado.

La pasión del Cristo se abre y se cierra con dos frases de dimensión infinita, que indican los dolores del alma de Jesús, que sólo él podía conocer. Al comenzar dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte”; y al terminar dijo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. Estas palabras responden al grito que puso en sus labios el profeta: “Todos los que pasáis por el camino, atended y mirad si hay dolor comparable a mi dolor.”

Estas palabras designan un dolor abismal, casi infinito: la Muerte y el Infierno, que son los dos males supremos hijos del Pecado. Porque el sentirse real y verdaderamente abandonado por Dios, eso es el Infierno. Y Cristo no exageraba ni mentía.

La primera sangre que derramó Cristo no se la arrancaron los azotes: se la arrancó la tristeza. “Empezó entristecerse y a atediarse y aterrorizarse”, anota el Evangelista. Vieron visiblemente los Apóstoles en el gesto de Cristo esos tres monstruos (Tristeza, Tedio y Terror) que cayeron sobre El al ingresar en el Oliveto; y la respuesta del Maestro a su muda o hablada interrogación fue descubrirles su alma “triste hasta la muerte”. La aprensión imaginativa de un gran peligro o un gran dolor –y más de un dolor irremediable– suele atormentar a veces más aún que el mismo hecho: a muchos los ha llevado a la desesperación y al suicidio. Ésa es la condición del hombre; pero esa condición, que nos ha sido dada para que luchemos y evitemos la catástrofe, a Cristo le fue dada para mayor tormento. “Y era su sudor como sudor de sangre que corría hasta la tierra”, empapadas las vestiduras por lo tanto. Púrpura real. “¿Quién es éste que viene desde Esrom, enrojecidas sus vestiduras como vestiduras de rey?”.

La tristeza de Cristo tenía tres raíces:

1) El Universal Pecado que había asumido como Cordero Sacrificial pesando asquerosamente sobre su conciencia santísima; 2) la previsión de todos los horrores próximos con la violenta y frustrada voluntad de rehuirlos y evitarlos; 3) la visión clarísima de la ingratitud de la humanidad. “Quae utilitas in sanguine meo?” (“¿Para qué ha servido mi sangre?”). ¡Judas!

De nosotros depende que haya servido o no. Podemos consolar el corazón de Dios.

“Comenzó a entristecerse”... Esa tristeza fue aumentando hasta el final, hasta llegar al grito de los condenados. Los Apóstoles no vieron más que la entrada al abismo. Más allá ningún hombre puede seguir al Hombre-Dios.

Es cuestión de recordar la frase ingenua y temeraria del paisano: “Si esto que dicen los curas es verdad, y todo eso fue por mí, yo tengo que hacer alguna cosa muy brava por vos.”
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 191-194)



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Santos Padres: San Agustín


1. La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es para nosotros un ejemplo de paciencia, a la vez que seguridad de alcanzar la gloria. ¿Qué cosa no pueden esperar de la gracia de Dios los corazones de los fieles? Por bien de ellos, el Hijo único de Dios y coeterno con el Padre tuvo en poco el nacer como hombre y, por tanto, de hombre, sino que hasta sufrió la muerte de manos de quienes fueron creados por él. Gran cosa es lo que se nos promete para el futuro, pero mucho mayor es lo que recordamos que se hizo ya por nosotros. ¿Dónde estaban los santos o qué eran ellos cuando Cristo murió por los impíos? ¿Quién dudará de que él ha de donarles su vida, si les donó incluso su muerte? ¿Por qué duda la fragilidad humana en creer que será una realidad el que los hombres vivan algún día en compañía de Dios? Mucho más increíble es lo que ya ha tenido lugar: que Dios haya muerto por los hombres. ¿Quién es Cristo sino la Palabra que existía en el principio, la Palabra que existía junto a Dios y la Palabra que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. No hubiera tenido en sí mismo donde morir por nosotros si no hubiese tomado nuestra carne mortal. De esta manera pudo morir el inmortal y quiso donar la vida a los mortales: haciendo partícipes de sí mismo en el futuro a aquellos de quienes él se había hecho partícipe antes. Pues ni nosotros teníamos en nuestro ser de dónde conseguir la vida ni él en el suyo en dónde sufrir la muerte. Realizó, pues, con nosotros un admirable comercio en base a una mutua participación: el don de morir era nuestro, el don de vivir será suyo. Pero la carne que tomó de nosotros para morir, él mismo la otorgó, puesto que es el creador; la vida, en cambio, gracias a la cual viviremos en él y con él, no la recibió de nosotros. En consecuencia, si consideramos nuestra naturaleza, la que nos hace hombres, no murió en su ser, sino en el nuestro, puesto que de ninguna manera puede morir en su naturaleza propia, por la que es Dios. Si, en cambio, consideramos que es creatura suya, que él lo hizo en cuanto Dios, murió también en su ser, puesto que él es autor también de la carne en que murió.

2. Así, pues, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino más bien poner en ella toda nuestra confianza y nuestra gloria. En efecto, recibiendo en lo que tomó de nosotros la muerte que encontró en nosotros, hizo una promesa fidedigna de que nos ha de dar la vida en él; vida que no podemos obtener por nosotros. Quien nos amó tanto que, sin tener pecado, sufrió lo que los pecadores habíamos merecido por el pecado, ¿cómo no va a darnos quien nos hace justos lo que merecimos por la justicia? ¿Cómo no va a cumplir su promesa de dar el galardón a los santos quien promete sinceramente, quien sin cometer maldad alguna sufrió el castigo que merecían los malvados? Llenos de coraje, confesemos, o más bien profesemos, hermanos, que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo llenos de gozo, no de temor; gloriándonos, no avergonzándonos. Lo vio el apóstol Pablo, y lo recomendó como título de gloria. Muchas cosas grandiosas y divinas tenía para mencionar a propósito de Cristo; no obstante, no dijo que se gloriaba en las maravillas obradas por él, que, siendo Dios junto al Padre, creó el mundo, y, siendo hombre como nosotros, dio órdenes al mundo; sino: Lejos de mí el gloriarme, a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Estaba contemplando quién, por quiénes y de dónde había pendido, y presumía de tan grande humildad de Dios y de la divina excelsitud. Esto el Apóstol.

3. Pero quienes nos insultan porque adoramos al Señor crucificado, cuanto más piensan que saben, tanto más irremediablemente han perdido la razón, pues no entienden en absoluto lo que creemos o decimos. En efecto, nosotros no decimos que murió en Cristo su ser divino, sino su ser humano. Si, por ejemplo, cuando muere un hombre cualquiera no sufre

la muerte, en compañía del cuerpo, aquello que ante todo le constituye como hombre, es decir, lo que le distingue de las bestias, lo que faculta el entender, lo que discierne entre lo divino y lo humano, lo temporal y lo eterno, lo falso y lo verdadero, en definitiva, el alma racional, sino que, muerto el cuerpo, ella se separa con vida y, no obstante, se dice: «Ha muerto un hombre», ¿por qué no decir también: «Murió Dios», sin entender por ello que pudo morir el ser divino, sino la parte mortal que había recibido en favor de los mortales? Cuando muere un hombre, no muere su alma que mora en la carne; de idéntica manera, cuando murió Cristo, no murió su divinidad presente en la carne. «Pero, dicen, Dios no pudo mezclarse con el hombre y hacerse, juntamente con él, el único Cristo.» Según esta opinión carnal y vana y cualesquiera otras opiniones humanas, más difícil debería sernos el creer en la posibilidad de la mezcla entre el espíritu y la carne que entre Dios y el hombre, y, a pesar de todo, ningún hombre sería hombre si el espíritu del hombre no estuviese mezclado a un cuerpo humano. ¡Cuánto más difícil y extraña no será la mezcla entre espíritu y cuerpo que entre espíritu y espíritu! Si, pues, para constituir un hombre se han mezclado el espíritu del hombre, que no es cuerpo, y el cuerpo del hombre, que no es espíritu, Dios, que es espíritu, ¿no pudo, con mucha más razón, mezclarse, gracias a una participación espiritual, no ya a un cuerpo desvinculado del espíritu, sino a un hombre poseedor de espíritu, para constituir de ambos un único Cristo?

4. Gloriémonos, pues, también nosotros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para nosotros, y nosotros para el mundo. Cruz que hemos colocado en la misma frente, es decir, en la sede del pudor, para que no nos avergoncemos. Y si nos esforzamos por explicar cuál es la enseñanza de paciencia que se encierra en esta cruz o cuan saludable es, ¿encontraremos palabras adecuadas a los contenidos o tiempo adecuado a las palabras? ¿Qué hombre que crea con toda verdad e intensidad en Cristo se atreverá a enorgullecerse, cuando es Dios quien enseña la humildad no sólo con la palabra, sino también con su ejemplo? La utilidad de esta enseñanza la recuerda en pocas palabras aquella frase de la Sagrada Escritura: Antes de la caída se exalta el corazón y antes de la gloria se humilla. Lo mismo afirman estas otras palabras: Dios resiste a los soberbios, y a los humildes, en cambio, les da su gracia; e igualmente: Quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. Por consiguiente, ante la exhortación del Apóstol a que no seamos altivos, sino que tengamos sentimientos humildes, el hombre ha de pensar, si le es posible, a qué gran precipicio es empujado si no comparte la humildad de Dios y cuan pernicioso es que el hombre encuentre dificultad en soportar lo que quiera el Dios justo, si Dios sufrió pacientemente lo que quiso el injusto enemigo.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4),BAC Madrid 1983, XXIV, pág. 219-223; Sermón 218 C. Lugar: Hipona. Fecha: Un Viernes Santo anterior al 410)



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Aplicación: San Luis Bertrán - "Bendito el que viene en nombre del Señor" (Mateo 21,9)

1.- La Iglesia nos propone hoy la consideración de la entrada del Señor en Jerusalén, que fue la más suntuosa que jamás tuvo ningún rey, ni emperador. Y fue tan admirable, porque una gran cantidad de gente, incluidos los niños cual tordicos, alondras o pardillos, cantaba las palabras de nuestro tema: Bendito el que viene en el nombre del Señor, según aquello que afirma David: De la boca de los niños y de los que están aún pendientes del pecho de sus madres, hiciste salir una perfecta alabanza (Sal 8,3). Y lo mismo debemos hacer nosotros, bendiciéndole por su venida. Vino de Betania, esto es, obedeciendo a su Padre, al Monte de las Olivas, es decir, a nuestra Señora, que es un monte muy alto y florido con todo clase de perfecciones; y se le llama Monte de las Olivas, por su misericordia, como dice el Salmo: Monte de Dios, monte fértil (Sal 67,16). Además, el camino por donde vino el Hijo de Dios a nosotros fue la Virgen, y mediante ella debemos encaminarnos todos a Dios, pues como canta la Iglesia en su liturgia: Virgen santísima, no te apartes de los pecadores, porque sin ellos nunca hubieras merecido el Hijo que tienes. La Virgen está simbolizada también por la paloma que Noé soltó del Arca y que luego le trajo un ramo de olivo en el pico. Por todo ello, supliquémosle nos alcance la gracia, diciéndole: Ave María.

2.- Nuestro Señor determinó entrar en Jerusalén con todo este aparato, cinco días antes de su Pasión, para que cuadrase lo figurado con la figura, ya que en el libro del Éxodo se establecía que cinco días antes de la Pascua llevasen el cordero pascual al lugar santo con ramos y cánticos (cfr. Ex. 12). Y esta entrada de nuestro Señor fue tan célebre que, como decía antes, jamás en el mundo hubo otra igual, tanto para los emperadores como para los reyes. Muchas veces había entrado él antes en Jerusalén, pero nunca le habían hecho tanta fiesta; y ahora, que va a morir, sí. Y esto lo hizo para que todos nos sintamos obligados a darle gracias a Dios por su gran misericordia, puesto que, para redimirnos a grandes y pequeños, quiso morir [1].

3.- Cuando los grandes señores entran en una ciudad lo hacen con gran aparato externo, con jaeces, carros, coches y con gente bien vestida, porque con todas esas cosas buscan que los honren; y por eso mismo colocan palios sobre sus cabezas, para que se vea cuán alto es su mando. Nuestro Señor, en cambio, no tuvo necesidad de nada de eso, y de ahí el que, en lugar de ponerle un palio por encima, le echasen las gentes sus ropas por tierra, demostrándonos con ello que es Señor de lo alto y de lo bajo. Los emperadores, cuando van a ser coronados, entran acompañados de muchos lacayos y de muchos caballeros con sus libreas; Cristo, sin embargo, iba sin mudarse de ropa y con un simple asno o pollino. Y es que los grandes de este mundo demuestran su grandeza con estas cosas exteriores, porque de por sí no son sino un poco de polvo; pero Cristo, como era Dios y hombre verdadero, no necesitó de nada de todo eso.

4.- Esta entrada de Cristo fue prefigurada en la que hizo David después de haber vencido al gigante Goliat, que sin mudarse de ropa, con su zamarra y cayado, fue recibido al canto de: Saúl ha muerto a mil y David ha muerto a diez mil (1 R 18,7). De igual manera Cristo iba a vencer el demonio el Viernes Santo y hoy presagia esta fiesta. También fue prefigurada esta entrada de Cristo en la entronización de Salomón como rey, cuando David mandó a Natán y a Sadoc que lo paseasen por Jerusalén como a un señor y lo proclamasen rey entre cantos y signos de júbilo por parte de todo el pueblo (cfr. 3 R 28-40). Por otra parte, nuestro Señor quiso entrar de esta manera, para dar cumplimiento a las profecías acerca de él, y para confundir la soberbia del mundo, mostrando cuán voluntariamente venía a padecer. Demostró su divinidad, moviendo los corazones de todos y las lenguas de los niños a ensalzarlo con sus alabanzas; y mostró asimismo su humildad al escoger los animales más simples del mundo para su entrada triunfal. Pues, en efecto, el asno era figura de la Sinagoga, y el pollino[2] de la gentilidad. Y es que ambos pueblos tenían que recibir la fe de Cristo.

5.- Pero notad que la gente de Jerusalén era tan inconstante y tan mal mirada que al que reciben hoy con grandes regocijos, le matarán dentro de cinco días. Si hubieran matado al hijo de un rey o de un emperador desconocido, aún sería pasadero. Pero que hoy reciban y coronen a Cristo como rey, y que luego le maten con muerte de cruz, es cosa que espanta. Los que hoy cantan Bendito el que viene en nombre del Señor, el próximo viernes gritarán que prefieren a Barrabás. Hoy esos mismos se quitan sus vestiduras para alfombrar el paso de Cristo, y el viernes le quitarán a éste las suyas. Hoy enraman su paso con palmas y olivos, y el viernes le colocarán una corona de espinas y le azotarán sus espaldas. Hoy Cristo camina entre sus Apóstoles, y el viernes lo pondrán sobre la cruz entre dos ladrones. Por las mismas calles en las que hoy le cantan y aclaman, el viernes lo llevarán ajusticiado al son de un pregonero público. Y la misma gente que hoy le alaba, el viernes lo matará. En fin, el Señor entra en Jerusalén como los justadores.[3] Cuando traen a un mantenedor[4] a la justa, veréis que lo acompañan muchos menestriles[5] con trompetas y atabales, e incluso sus parientes y amigos van tras él. Pero luego lo dejan sólo en la tela[6], en donde los aventureros asestan sus lanzas, y corre gran peligro. Pues bien, hoy llevan a Cristo con muchas honras y cantos, pero el viernes lo veréis en la tela de la cruz, en donde le aplicarán lanzadas, clavos y azotes.

6.- Por lo dicho podéis muy bien comprender cómo el mundo está armado a base de falsedades. Las mismas personas que hoy le reciben, con cantos y despojándose de sus ropas, por las mismas calles de Jerusalén, dentro de cinco días ésas mismas lo acosarán de vituperios y le quitarán sus ropas. Y una de las mayores afrentas que le hicieron es colgarlo desnudo sobre la cruz, siendo como era tan santo y tan justo. Por eso la Virgen se quitó su velo y lo cubrió para que no apareciese ante todos desnudo. De donde se sigue que no hay que confiar en el mundo, porque es como un saco roto por el que todo se cuela, o como una cesta que mientras está en el agua aparece llena, y cuando se la saca de ella se vacía. Las glorias del mundo hoy son, y mañana perecen. Así lo declaró Dios por Isaías: ¡Clama!, y no ceses. A lo que el profeta le replicó: ¿Qué es lo que he de clamar? Clama, dijo, porque toda carne es como heno, y toda su gloria es como flor del prado (Is 40,6). Es decir, que las glorias de este mundo, las riquezas, los deleites y las honras son como una flor del campo que por la mañana se abre y por la tarde se marchita. ¡Qué inconstante es el mundo! Todos los ríos desembocan en el mar (Ecl 1,7). Las aguas del mar son desabridas, gruesas y amargas. En cambio las de los ríos son dulces, finas y apacibles; pero en cuanto entran en el mar se tornan de la misma condición que las otras. Los ríos representan las prosperidades, deleites, fiestas y honras de este mundo que se acaban presto y desembocan en amargura. 7.- Dijo San Pablo: La escena de este mundo pasa (1 Co 7,31). Es como la estatua de Nabucodonosor, cuya cabeza era de oro, pero los pies los tenía de barro. Pues este mismo es el fundamento en donde se apoya y adonde desemboca la sabiduría, el poder y la elocuencia mundana. Y lo mismo ocurre con el pavo real que en cuanto mira a sus pies se deshace la hermosura de su cola. Por eso no hay que hacer caso de cuanto nos ofrece el mundo, porque un día alaba y al otro vitupera. A este propósito es de notar lo que escribe San Lucas cuando refiere que al ver Jesús la ciudad de Jerusalén lloró sobre ella, diciendo: ¡Si en este día hubieras conocido tú también la visita de la paz, pero se oculta a tus ojos! Porque vendrán días sobre ti en los cuales tus enemigos levantarán trincheras contra ti, te cercarán y oprimirán por todas partes; te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que vivan dentro de ti. No dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visitación (Lc 19,41-44). Es decir, que lloraba sobre ella porque la veía muy suntuosa, y al cabo de cuarenta años sería destruida. Con lo cual se nos enseña que en los momentos de regocijo de este mundo no debemos olvidar que su fin y paradero serán las amarguras.

8.- ¡Oh, si pensásemos más en cómo pasan las cosas de este mundo! Por una parte, los moros, los infieles y los herejes se pierden; y por otra, muchos cristianos se encuentran cautivos en las prisiones y en los hospitales. Por eso, todo lo de este mundo hay que ponerlo bajo los pies. Sólo los que gozan de Dios en el cielo tienen descanso para siempre. En este mundo todo es llanto y gemir, y cargar con la cruz, tal como el Señor nos lo recomendó al decir: Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,38).

9.- Comenta[7] los servicios que aquellas gentes prestaron a Cristo quitándose sus ropas y poniéndolas a sus pies por donde él pasaba. Esto hacen los mártires y los que mortifican la carne. Recomienda también durante esta semana la penitencia, la oración y el recogimiento. Pero, explica además, que aquellas gentes le cortaron ramos de palmas. Esto mismo hacen las religiosas y las vírgenes, según aquella sentencia del Salmista: El justo florecerá como una palmera en la casa del Señor (Sal 91,45). Característico de la palmera es que, aunque se encuentre plantada entre piedras, y expuesta al sol y al frío, siempre está verde. Pues eso mismo le ocurre al buen religioso. Por otra parte, la palmera tiene áspero el tronco y es muy alta como el chopo[8]; porque la vida religiosa ha de ser áspera y casi alcanza ya el premio de la otra vida en ésta. Ahora bien, de la palmera se recogen los frutos con dificultad, lo que no sucede con los otros frutales. Pues lo mismo acontece con el religioso, que el demonio le hace caer con dificultad, por su recogimiento y clausura; cosa que no tienen los seglares, y por eso están más expuestos a muchas ocasiones de pecado.

10.- Comenta asimismo la humildad de Cristo al entrar sobre un asno y no sobre un caballo, para que se cumpliese la profecía de Zacarías: Decid a la hija de Sión: he aquí que viene a ti tu rey, justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna (Za 9,9). De esta manera nos mostró su humildad, sin la cual no puede alcanzarse el cielo, según aquella sentencia evangélica: El que se humilla será ensalzado (Lc 14,11); y aquélla otra: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29). ¿Acaso no es verdad que el Espíritu de Dios sólo reposa sobre los humildes? El Espíritu Santo es como el pajarito que no se asienta sobre el tronco gordo, sino sólo sobre la ramita verde. Aplica esto a lo que estamos diciendo, y cuenta el ejemplo de aquel religioso que pedía a Dios regalos, y se quejaba a Cristo de que, si hubiera servido al turco, quizás hubiera obtenido mayores beneficios que sirviéndole a él. Y se cuenta que el tal religioso fue al instante mal herido, y que, cuando fue curado, escuchó que le decía el Señor: “Si no te tienes por más vil que el lodo que pisas, no serás digno de mis visitas”.

11.-Decid a la hija de Sión, esto es, al alma, que ése es tu rey, que viene y muere en la cruz para tu provecho. Estos días, los cristianos hemos de imitar a las abejas que van de flor en flor, chupan la miel y construyen su panal. Pues lo mismo hemos de hacer nosotros: acudir a las flores de las llagas de Cristo, pues es nuestro rey y creador. Todas las mujeres hermosas de la Sagrada Escritura, como Sara, Rebeca, Raquel, Micol, Judit y otras, prefiguraban el alma. Hemos de cuidarla mucho; desasirla de los vicios y pecados; y tratar de recibir en ella a nuestro esposo y Señor, Jesucristo. Las almas son suyas, y viene a ellas rico y generoso de misericordia para otorgarles abundantes gracias.

12.- Según el Evangelio, son tres los servicios que las gentes de Jerusalén prestaron a Cristo. Por una parte le cantaron: Bendito el que viene en nombre del Señor; por otra parte, se quitaron sus ropas y las extendieron por las calles por donde Cristo pasaba; y finalmente le cortaron ramos verdes[9]. Estas ropas representan a los mártires, que entregaron su cuerpo al martirio por Cristo. Y esta voluntad hemos de tener todos de estar dispuestos a morir por Cristo y por su Iglesia. También representan las limosnas que se dan a los pobres; pero lo lamentable es que algunos dan su limosna a las pupilas, después de haber pecado con ellas. Cuenta aquí el caso de aquella señora que, en este día, yendo en la procesión, se quitó el manto y lo entregó a un pobre, viendo en él como a la asnilla en la que iba Cristo. El camino que hizo Cristo en el día de hoy fue de Betania a Betfagé, de Betfagé al Monte de las Olivas, de éste al valle de Josafat, de éste a Jerusalén, de la ciudad al Templo, y del Templo de nuevo a Betania[10]6. Suplica a Cristo que nos conceda aquí su gracia y después la Gloria. Amén.
(San Luis Bertrán, Obras y sermones, vol. I, pp.445-448)


Notas
[1]San Luis pone esta nota a continuación: "Véase el Sermón tercero para este domingo de San Vicente Ferrer. Y además explica cómo hoy la Iglesia proclama la Pasión con cantos y alegría, con el fin de festejar los frutos de la muerte de Cristo, que consistieron en alcanzar nuestro remedio. En cambio el Viernes Santo proclama la Pasión con llanto, por el respeto que se merece la persona que la estaba padeciendo".
[2] Pollino: Asno joven.
[3] Justador: el protagonista de una justa. Justa: torneo o juego de a caballo en que se acreditaba la destreza en el manejo de las armas.
[4] Mantenedor: el que mantiene una justa; sinónimo de ‘justador’.
[5]Menestril: el que por oficio tañía instrumentos de cuerda o de viento.
[6] Tela: sitio cerrado dispuesto para lides públicas y otros espectáculos y fiestas.
[7] En este número y en el siguiente se ve claro el carácter de simple guion o apuntes para la predicación que tienen estos sermones. San Luis utilizaba estos escritos para desarrollarlos luego de palabra en el momento de la predicación.
[8]Chopo: nombre con el que se designan varias especies de álamos.
[9] San Luis remite aquí a Fray Luis de Granda, Sobre la vida de Cristo.
[10] San Luis remite al sermón de San Vicente Ferrer sobre este domingo.



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - Mi reino no es de este mundo

Era el mes de nisán. El libro del Éxodo ordenaba que en este mes se escogiera el cordero pascual y que dentro de cuatro días se llevara al lugar donde había de ser sacrificado. En el domingo de Ramos, el cordero era elegido por el pueblo de Jerusalén; el día de viernes santo se le sacrificaba.

El Señor pasó su último sábado en Betania, en compañía de Lázaro y sus hermanas. Ahora circulaba la noticia de que nuestro Señor se dirigía a Jerusalén. Como preparación para su entrada, Jesús envió a dos de sus discípulos a una aldea cercana, donde, les dijo, encontrarían un pollino atado en el que ningún hombre se había sentado todavía. Tenían que desatarlo y traérselo a Él.

Y si alguien os preguntare;
¿Por qué le desatáis?
Diréis así:
Porque el Señor lo ha menester.
Lc. 19, 31

Quizá no se ha escrito nunca una paradoja tan grande como ésta; por un lado, la soberanía del Señor, y por la otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión y pobreza, era consecuencia de que la Palabra, o el Verbo, se hubiera hecho carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que nosotros pudiéramos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual poder predicar; tomó prestados panes de cebada y peces que llevaba un muchacho con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestada una sepultura de la cual resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén. A veces Dios se permite tomar cosas de los hombres para recordarles que todo procede de Él. Para aquellos que le conocen, le es suficiente oír estas palabras: “El Señor tiene necesidad de tal cosa”

Al acercarse a la ciudad, “una gran muchedumbre” salió a su encuentro; en ella se encontraban no sólo los ciudadanos, sino también los que habían acudido a la fiesta y, naturalmente, los fariseos. También las autoridades romanas andaban vigilando durante las grandes fiestas para que no se produjera ninguna insurrección. En todas las ocasiones anteriores nuestro Señor rechazó el fácil entusiasmo del pueblo, huyó de toda publicidad y evitó todo cuanto pudiera ser ostentación y exhibicionismo. En cierta ocasión

Mandó a los discípulos
que no dijesen a nadie que El era el Cristo.
Mt. 16, 20

Al resucitar de entre los muertos a la hija de Jairo,
Le recomendó mucho
que nadie lo supiese.
Mc. 5 ,43

Después de mostrar la gloria de su divinidad en la transfiguración,
Les mandó que a nadie dijesen las cosas que habían visto,
sino cuando el Hijo del hombre
se hubiese levantado de entre los muertos.
Mc 9,8

Cuando las multitudes, después del milagro de los panes, intentaban proclamarle rey:
Partió otra vez a la montaña, Él sólo
Jn, 15

Cuando sus parientes le pidieron que fuera a Jerusalén y causara sensación ejecutando públicamente milagros, les dijo:
Mi hora no ha llegado todavía
Jn 7,6

Pero tan pública fue su entrada en Jerusalén, que incluso los fariseos dijeron:
He aquí que el mundo se va tras él.
Jn, 12, 19

Todo ello era algo opuesto a su modo acostumbrado de proceder. Antes solía amortiguar todos los arrebatos de entusiasmo de ellos; ahora los encandilaba. ¿A qué obedecía este cambio de actitud?

Porque su “hora” había llegado. Había llegado el momento de hacer por última vez pública afirmación de sus pretensiones. Sabía que esto era un paso hacia el Calvario y hacia su ascensión al cielo y establecimiento de su reino sobre la tierra. Una vez había reconocido las alabanzas que ellos le tributaban, la ciudad se hallaba ante la alternativa de confesarle como hizo Pedro, o crucificarle. Se trataba de ver si era su rey o de si no querían tener a otro rey más que al César. Ninguna aldea de Galilea, sino la ciudad real en tiempo de la pascua, era el lugar más indicado para que Él hiciera su postrera proclamación.

De dos maneras atrajo la atención hacia su realeza: primeramente por medio de una profecía familiar al pueblo, y en segundo lugar por los honores divinos que se le estaban tributando y que Él aceptaba como propios.

Mateo declara de manera explícita que aquella solemne procesión fue para que se cumpliera la profecía de Zacarías:

Decid a la hija de Sión;
He aquí que tu rey viene a ti, manso,
sentado sobre un asno
Mt 21,5

La profecía venía de Dios por medio de un profeta, y ahora el mismo Dios lo estaba cumpliendo. La profecía de Zacarías tenía por objeto hacer ver el contraste entre la majestad y la humildad del Salvador. Si contemplamos los antiguos relieves de Asiria y Babilonia, de Egipto, Persia y Roma, nos sorprende ver la majestad de los reyes, que cabalgaban triunfalmente montados en caballos o carros de guerra, e incluso a veces sobre los cuerpos de su postrados enemigos. En cambio, contrasta con ellos el rey que hace su entrada en Jerusalén montado en un asno. ¡Cuánto debió reírse Pilato, si este desde su fortaleza contempló aquel día el ridículo espectáculo de un hombre que estaba siendo proclamado rey y, sin embargo, hacía su entrada montado en la bestia símbolo de los seres despreciados, vehículo adecuado para uno que cabalgaba hacia fauces de la muerte! si hubiera entrado en la ciudad con el fausto y la pompa de los vencedores, habría dado ocasión para que creyeran que era un Mesías político. Pero la circunstancia que Él eligió corroboraba su afirmación de que su reino no era de este mundo. Nada había en aquella entrada que sugiriera que aquel pobre rey fuese un rival del César.

La aclamación de que le hizo objeto el pueblo fue otro modo de reconocer su divinidad. Muchas personas extendían sus vestidos por donde había de pasar Jesús; otros cortaban ramas de olivo y palma y se las esparcían a su paso. El Apocalipsis habla de una gran muchedumbre delante del trono del Cordero, con palmas de victoria en las manos. Aquí las palmas, tan a menudo usadas en la historia del pueblo judío para simbolizar la victoria, como cuando Simón Macabeo entró en Jerusalén, daban testimonio de su victoria, aun antes de quedar momentáneamente vencido.

Luego, citando unos versículos del gran Hillel referentes al Mesías, las multitudes le seguían gritando:

¡Bendito el rey
que viene ene el nombre del Señor!
¡Paz en el cielo, y gloria en las alturas!
Lc. 19, 38

Al admitir ahora que era enviado de Dios, repetían en realidad el cántico de los ángeles en Belén, ya que la paz que Él traía era la reconciliación del cielo y la tierra. También se repetía la salutación que los magos hicieron ante el pesebre, “el rey de Israel”

Un nuevo cántico fue entonado mientras clamaban:
¡Hosanna al hijo de David!
Hosanna en las alturas!
Mt 21, 9
¡Rey de Israel!
Jn 12,13

Él era el príncipe prometido de la línea de David; el que venía con una misión divina. “Hosanna”, que originariamente era una plegaria, se convertía ahora en un saludo triunfal de bienvenida al rey salvador. Aunque no entendían cabalmente por qué había sido enviado, ni qué clase de paz venía a traer, confesaban, sin embargo, que Jesucristo era un ser divino. Los únicos que no participaban de las aclamaciones de entusiasmo eran los fariseos.

Algunos de los fariseos de entre el gentío
le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.
Lc 19, 39

Era algo insólito que se dirigieran a Jesús, ya que estaban disgustados con Él por el homenaje de que le hacía objeto la muchedumbre. Con terrible majestad, nuestro Señor le respondió:

Os digo que si éstos callasen,
Las piedras clamarían.
Lc 19, 40

Si los hombres callaran, la naturaleza misma gritaría y proclamaría la divinidad de Jesucristo. Las piedras son duras, pero, si incluso ellas podrían clamar, ¡Cuánto más duros deben ser entonces los corazones de los hombres que no reconocen la bondad de Dios para con ellos! Si los discípulos callasen, nada ganarían con ello los enemigos, puesto que las montañas y los mares proclamarían la verdad.

La entrada había sido triunfal, pero Jesús sabía muy bien que los “hosannas” se convertirían en “¡Crucifícale”!, y las palmas se volverían lanzas. En medio de los gritos del pueblo, Jesús pudo percibir lo que murmuraba un Judas y las voces airadas que se levantarían delante del palacio del Pilato. El trono al que Él era exaltado era una cruz, y su coronación real sería una crucifixión. A sus pies extendían vestidos, pero el viernes le serían negados incluso los suyos propios. Desde un principio sabía lo que había en el corazón del hombre, y nunca sugirió que la redención de las almas humanas hubiera de realizarse por medio de una pirotecnia de palabras. Aunque era rey, y aunque ellos le aceptaban ahora como rey y Señor, Él sabía que la bienvenida que como rey podía esperar era el Calvario.

Sus ojos estaban arrasados en lágrimas, no a causa de la cruz que le aguardaba, sino debido a los males que amenazaban a aquellos que había venido a salvar y que no querían saber nada de él.

Al contemplar la ciudad,
Lloró sobre ella, diciendo:
¡Oh si hubieras conocido tú,
Siquiera en este tu día,
El mensaje de paz!
¡Más ahora está encubierto a tus ojos!
Lc 19, 41-12

Vio con exactitud histórica cómo se abatían sobre la ciudad las fuerzas de Tito, a pesar de que los ojos estaban contemplando el futuro se hallaban empañados por las lágrimas. Habló de sí mismo como si hubiera querido y podido evitar aquellos males recogiendo a los culpables bajo sus protectoras alas, tal como la gallina protege a sus polluelos, pero ellos no habían querido. Como el prototipo del gran patriota de todos los tiempos, miraba más allá de los propios padecimientos y fijaba los ojos en la ciudad que se negaba al Amor. Ver el mal y no poder remediarlo, debido a la humana perversidad, constituye la mayor de las angustias. Ver la maldad y no poder apartar al malhechor de su camino es suficiente para desanimar a cualquiera. Un padre siente que se parte el alma de angustia al ver el mal comportamiento de su hijo. Lo que hacía asomar lágrimas a los ojos de Jesús eran los ojos de los que no querían ver querían ver y los oídos de los que no querían oír.

En la vida de cada individuo y en la de cada nación hay tres momentos: un momento de visitación y privilegio, en que Dios derrama sus bendiciones; otro, en que el hombre rechaza a Dios y se olvida de Él, y otro, finalmente, en que la condena descarga sobre el hombre sus consecuencias desastrosas. El juicio condenatorio y la calamidad subsiguiente son fruto de las decisiones del hombre y demuestra que el mundo está guiado por la presencia de Dios. Las lágrimas de Jesús sobre Jerusalén mostraban a Jesús como el Señor de la historia, dando su gracia a los hombres y, sin embargo, sin destruir jamás su libertad de aceptarla o rechazarla. Pero, al desobedecer su voluntad, los hombres se destruyen a sí mismos; al darle muerte, mataban sus propios corazones; al negarle, llevaban a la ruina su propia ciudad y su propia nación. Tal era el mensaje de sus lágrimas, las lágrimas del rey que caminaba hacia la cruz.
(Fulton Sheen.Vida de Cristo, Herder, Barcelona, 1996. 288-292)



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Aplicación: Juan Pablo Magno - El “¡Hosanna!” y el “¡Crucifícalo!”

1. «Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8).

La celebración de la Semana santa comienza con el «¡Hosanna!» de este domingo de Ramos, y llega a su momento culminante en el «¡Crucifícalo!» del Viernes santo. Pero no se trata de un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que la liturgia quiere proclamar: Jesús se entregó voluntariamente a su pasión, no se vio obligado por fuerzas superiores a él (cf. Jn 10, 18). Él mismo, escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado su hora, y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres.

Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is 53, 5). A David, que buscaba al responsable del delito que le había contado Natán, el profeta le responde: «Tú eres ese hombre» (2 S 12, 7). La palabra de Dios nos responde lo mismo a nosotros, que nos preguntamos quién hizo morir a Jesús: «Tú eres ese hombre». En efecto, el proceso y la pasión de Jesús continúan en el mundo actual, y los renueva cada persona que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: «No a éste, sino a Barrabás. ¡Crucifícalo!».

2. Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo los sufrimientos de la humanidad, así como nuestras situaciones personales. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento y, por último, la muerte. En Cristo, Hijo del hombre humillado y sufriente, Dios ama a todos, perdona a todos y da el sentido último a la existencia humana.

Nos encontramos aquí, esta mañana, para recoger este mensaje del Padre que nos ama. Podemos preguntarnos: ¿qué quiere de nosotros? Quiere que, al contemplar a Jesús, aceptemos seguirlo en su pasión, para compartir con él la resurrección. En este momento nos vienen a la memoria las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: «El cáliz que yo voy a beber, también vosotros lo beberéis y seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado» (Mc 10, 39). «Si alguno quiere venir en pos de mí, (...) tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25).

El «Hosanna» y el «Crucifícalo» se convierten así en la medida de un modo de concebir la vida, la fe y el testimonio cristiano: no debemos desalentarnos por las derrotas, ni exaltarnos por las victorias, porque, como sucedió con Cristo, la única victoria es la fidelidad a la misión recibida del Padre: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9).

3. La primera parte de la celebración de hoy nos ha hecho revivir la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ¿Quién intuyó, en aquel día fatídico, que Jesús de Nazaret, el Maestro que hablaba con autoridad (cf. Lc 4, 32), era el Mesías, el hijo de David, el Salvador esperado y prometido? Fue el pueblo, y los más entusiastas y activos en medio del pueblo fueron los jóvenes, que se convirtieron así, en cierto modo, en «heraldos» del Mesías. Comprendieron que aquella era la hora de Dios, la hora anhelada y bendita, esperada durante siglos por Israel, y, llevando ramos de olivo y de palma, proclamaron el triunfo de Jesús.

Continuando espiritualmente ese acontecimiento, se celebra desde hace ya catorce años la Jornada mundial de la juventud, durante la cual los jóvenes, reunidos con sus pastores, profesan y proclaman con alegría su fe en Cristo, se interrogan sobre sus aspiraciones más profundas, experimentan la comunión eclesial, confirman y renuevan su compromiso en la urgente tarea de la nueva evangelización.

Buscan al Señor en el centro del misterio pascual. El misterio de la cruz gloriosa se convierte para ellos en el gran don y, al mismo tiempo, en el signo de la madurez de la fe. Con su cruz, símbolo universal del amor, Cristo guía a los jóvenes del mundo a la gran «asamblea» del reino de Dios, que transforma los corazones y la sociedad.

¿Cómo no dar gracias al Señor por las Jornadas mundiales de la juventud, que empezaron en 1985 precisamente en la plaza de San Pedro y que, siguiendo la «cruz del Año santo», han recorrido el mundo como una larga peregrinación hacia el nuevo milenio? ¿Cómo no alabar a Dios, que revela a los jóvenes los secretos de su reino (cf. Mt 11, 25), por todos los frutos de bien y de testimonio cristiano que ha suscitado esta feliz iniciativa?

(…)

4. Los jóvenes de Jerusalén aclamaban: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 9). Jóvenes, amigos míos, ¿queréis también vosotros, como vuestros coetáneos de aquel día lejano, reconocer a Jesús como el Mesías, el salvador, el maestro, el guía, el amigo de vuestra vida? Recordad: sólo él conoce a fondo lo que hay en todo ser humano (cf. Jn 2, 25); sólo él le enseña a abrirse al misterio y a llamar a Dios con el nombre de Padre, «Abbá»; sólo él lo capacita para un amor gratuito a su prójimo, acogido y reconocido como «hermano» y «hermana».

Queridos jóvenes, salid con gozo al encuentro de Cristo, que alegra vuestra juventud. Buscadlo y encontradlo en la adhesión a su palabra y a su misteriosa presencia eclesial y sacramental. Vivid con él en la fidelidad a su Evangelio, que en verdad es exigente hasta el sacrificio, pero que, al mismo tiempo, es la única fuente de esperanza y de auténtica felicidad. Amadlo en el rostro de vuestro hermano necesitado de justicia, de ayuda, de amistad y de amor.

(…) El mundo contemporáneo os abre nuevos senderos y os llama a ser portadores de fe y alegría, como expresan los ramos de palma y de olivo que lleváis hoy en las manos, símbolo de una nueva primavera de gracia, de belleza, de bondad y de paz. El Señor Jesús está con vosotros y os acompaña.

5. Todos los años la Iglesia entra con emoción, durante la Semana santa, en el misterio pascual, conmemorando la muerte y la resurrección del Señor.

Precisamente en virtud del misterio pascual, que la engendra, puede proclamar ante el mundo, con las palabras y las obras de sus hijos: «Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 11). ¡Sí! Jesucristo es el Señor. Es el Señor del tiempo y de la historia, el Redentor y el Salvador del hombre. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! Amén
(Juan Pablo II, Homilía en la Misa del Domingo de Ramos, 28 de marzo de 1999)



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Ejemplos Predicables


La Negación de Pedro
Conteniendo a duras penas sus lágrimas y su tristeza, Pedro se había acercado a la lumbre del atrio, silencioso y ensimismado. Pero para los hombres allí sentados, que alardeaban del mal trato que ellos habían dado a Jesús y contaban sus gestas, el silencio y la tristeza de Pedro lo hacían sospechoso. La portera se acercó al fuego escuchando las conversaciones y entonces, mirando a Pedro abiertamente, le dijo: «Tú estabas también con Jesús el Galileo.» Pedro, asustado, temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió: «Mujer, yo no lo conozco; no sé por qué dices eso.»

Entonces se levantó y queriendo apartarse de aquella compañía, se dirigió hacia el patio: en ese momento el gallo cantaba en la ciudad. No recuerdo haberlo oído, pero me parece que así fue. Cuando Pedro se iba, otra criada lo miró y dijo a los que estaban cerca: «Éste estaba también con Jesús de Nazaret», y los que estaban junto a ella dijeron también: «Es cierto. ¿No eres tú uno de sus discípulos?» Pedro, cada vez más alarmado, replicó de nuevo, y dijo: «Yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre.»

Atravesando el primer patio llegó al patio exterior. Lloraba y su angustia y su pena eran tan grandes, que apenas se acordaba de lo que acababa de decir. En el patio exterior había mucha gente, algunos se habían subido sobre la tapia para oír algo. Había allí también algunos amigos y discípulos de Jesús a quienes la inquietud había hecho salir de las cavernas de Hinnón.

Se acercaron a Pedro y le hicieron preguntas; pero éste estaba tan agitado que les aconsejó en pocas palabras que se retirasen, porque corrían peligro. En seguida se alejó de ellos, y ellos se fueron a su vez para volver a sus refugios. Eran dieciséis y, entre ellos reconocí a Bartolomé-Natanael, Saturnino, Judas Barnabás, Simeón (que fue después obispo de Jerusalén), Zaqueo y Manahén, el ciego de nacimiento curado por Jesús.

Pedro no podía hallar reposo y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que rodeaba el edificio. Lo dejaban entrar porque José de Arimatea y Nicodemo lo habían introducido al principio. No entró en el atrio, sino que torció a la derecha y entró en la sala ovalada de detrás del Tribunal, en donde la chusma paseaba a Jesús en medio del griterío.

Pedro se acercó tímidamente y, aunque vio que lo observaban como a un hombre sospechoso, no pudo evitar mezclarse con la gente que se agolpaba a la puerta para mirar.

Jesús llevaba su corona de espinas sobre la cabeza y miró a Pedro con tal tristeza y severidad que a éste se le partió el corazón. Pero no había superado su miedo y como oía decir a algunos «¿Quién es este hombre?», se volvió perturbado al patio; como allí también lo observaban, se acercó a la lumbre del atrio y se sentó un rato junto al fuego. Pero algunas personas que habían observado su agitación, se pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos.

Una de ellas le dijo: «Tú eres también uno de sus partidarios; eres galileo, tu acento te delata.» Cuando Pedro procuraba retirarse, un hermano de Malco, acercándosele, le dijo: «¿No eres tú el que estaba con ellos en el huerto de los Olivos, el que le ha cortado la oreja a mi hermano?» Pedro, casi enloquecido de terror, empezó a balbucear jurando que no conocía a aquel hombre, y se fue corriendo del atrio al patio interior. Entonces el gallo cantó de nuevo, y Jesús, que en ese momento era conducido a la prisión a través del patio volvió a mirar a su apóstol con pena y compasión.

Esa mirada le llegó a Pedro hasta lo más hondo, y recordó entonces las palabras de Jesús: «Antes de que el gallo cante dos veces tú me negarás tres veces.» Había olvidado sus promesas de morir antes que negarlo, y había olvidado sus advertencias; pero, cuando Jesús lo miró, sintió cuán enorme era su culpa y su corazón se consumió de tristeza. Había negado a su Maestro cuando estaba siendo ultrajado, cuando había sido entregado a jueces inicuos, mientras sufría en silencio y con paciencia todos sus tormentos. Abatido por el arrepentimiento, volvió al patio exterior, con la cabeza cubierta, llorando amargamente.

Ya no temía que le interpelaran; en esos momentos hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era. ¿Quién, en medio de tantos peligros, de la aflicción, la angustia, entregado a una lucha tan violenta entre el amor y el miedo, exhausto, asediado por el miedo y una pena enloquecedora, con una naturaleza ardiente y sencilla como la de Pedro, se atreve a decir que hubiese sido más fuerte que él? Nuestro Señor lo dejó abandonado a sus propias fuerzas y Pedro fue débil, como todos los que olvidan sus palabras: «Velad y orad para que no caigáis en la tentación.»
(Beata Ana Catalina Emmerick, La amarga pasión de Cristo, Editorial Planeta, Barcelona, 2004, p.55 - 56 )

(cortesía: iveargentina.org et alii)



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