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Domingo de Ramos B: Comentarios de Sabidos y Santos II - Preparemos  con ellos la acogida de la Palabra de Dios

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A su disposición
Directorio Homilético: Nuevo Directorio Homilético - II. La interpretación de la Palabra de Dios en la Liturgia (Continuación)

Orientaciones: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - Orientaciones para las homilías de Semana Santa

Comentario Teológico: Directorio Homilético - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Santos Padres: San Jerónimo - Domingo de Ramos

Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - La entrada de Cristo en Jerusalén

Aplicación: San Juan Pablo II - Se cumplen las profecías

Aplicación: S.S. Benedicto XVI - Su reino no es de este mundo

Aplicación: San Juan XXIII - ¿Cómo no ver en este episodio de mansedumbre la expresión de la santa Iglesia de Jesús?

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Entrada triunfal a Jerusalén

Apliciación: P. Jorge Loring S.I. - La fidelidad

Ejemplos

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Directorio Homilético: Nuevo Directorio Homilético - II. La interpretación de la Palabra de Dios en la Liturgia (Continuación)


22. El Misterio Pascual, eficazmente experimentado en la celebración
sacramental, no sólo ilumina las Escrituras proclamadas sino que transforma
también la vida de cuantos las escuchan. De este modo, otra función de la
homilía es la de ayudar al pueblo de Dios a ver cómo el Misterio Pascual no
solo da forma a lo que creemos, sino que nos hace también capaces de actuar
a la luz de las realidades que creemos. El Catecismo, con las palabras de
san Juan Eudes, indica la identificación con Cristo como la condición
fundamental de la vida cristiana:

«Te ruego que pienses [...] que Jesucristo, Nuestro Señor, es tu verdadera
Cabeza, y que tú eres uno de sus miembros [...]. Él es con relación a ti lo
que la cabeza es con relación a sus miembros; todo lo que es suyo es tuyo,
su espíritu, su corazón, su cuerpo, su alma y todas sus facultades, y debes
usar de ellos como de cosas que son tuyas, para servir, alabar, amar y
glorificar a Dios. Tú eres de Él como los miembros lo son de su cabeza. Así
desea Él ardientemente usar de todo lo que hay en ti, para el servicio y la
gloria de su Padre, como de cosas que son de Él» (Tractatus de admirabili
Corde Iesu; cf. Liturgia de las Horas, IV, Oficio de las lecturas del 19 de
agosto, citado en CEC 1698).


23. El Catecismo de la Iglesia Católica es un recurso inestimable para el
homileta que utiliza los tres criterios interpretativos de los que hemos
hablado. Ofrece un apreciable ejemplo de «la unidad de toda la Escritura»,
de la «Tradición viviente de toda la Iglesia» y de la «analogía de la fe».
Esto se hace particularmente claro cuando nos damos cuenta de la relación
dinámica que hay entre las cuatro partes que componen el Catecismo, y que
corresponden a lo que creemos, a cómo celebramos el culto, a cómo vivimos y
a cómo rezamos. Se trata de cuatro ámbitos relacionados por medio de una
única sinfonía. San Juan Pablo II señaló esta relación orgánica en la
Constitución apostólica Fidei depositum:

«La Liturgia es en sí misma oración; la confesión de la fe encuentra su
lugar propio en la celebración del culto. La gracia, fruto de los
sacramentos, es la condición insustituible del obrar cristiano, del mismo
modo que la participación en la Liturgia de la Iglesia exige la fe. Si la fe
carece de obras, es fe muerta (cf. St 2, 14-26) y no puede producir frutos
de vida eterna. Leyendo el Catecismo de la Iglesia católica, podemos
apreciar la admirable unidad del misterio de Dios y de su voluntad
salvífica, así como el puesto central que ocupa Jesucristo, Hijo unigénito
de Dios, enviado por el Padre, hecho hombre en el seno de la bienaventurada
Virgen María por obra del Espíritu Santo, para ser nuestro Salvador. Muerto
y resucitado, está siempre presente en su Iglesia, de manera especial en los
sacramentos. Él es la verdadera fuente de la fe, el modelo del obrar
cristiano y el Maestro de nuestra oración» (2).

En relación a los pasajes que conectan entre sí las cuatro partes del
Catecismo, sirven de ayuda al homileta que, prestando atención a la analogía
de la fe, intenta interpretar la Palabra de Dios en la Tradición viva de la
Iglesia y a la luz de la unidad de toda la Escritura. Análogamente, el
Índice de las referencias del Catecismo muestra cuánto rebosa de la palabra
bíblica toda la enseñanza de la Iglesia. Podría ser utilizado correctamente
por los homiletas para poner en evidencia cómo ciertos textos bíblicos,
usados en las homilías, son utilizados en otros contextos para explicar las
enseñanzas dogmáticas y morales. El Apéndice I de este Directorio ofrece al
homileta una contribución para el uso del Catecismo.


24. Con todo lo apuntado hasta ahora, debería quedar claro que, mientras los
métodos exegéticos pueden revelarse útiles para la preparación de la
homilía, es necesario que el homileta preste atención, también, al sentido
espiritual de la Escritura. La definición de tal sentido, ofrecida por la
Pontificia Comisión Bíblica, sugiere que este método interpretativo es
particularmente apto para la Liturgia: «[El sentido espiritual es] como el
sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la
influencia del Espíritu Santo en el contexto del Misterio Pascual de Cristo
y de la vida nueva que proviene de él. Este contexto existe efectivamente.
El Nuevo Testamento reconoce en él el cumplimiento de las Escrituras. Es,
pues, normal releer las Escrituras a la luz de este nuevo contexto, que es
el de la vida en el Espíritu» (Pontificia Comisión Bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, II, B, 2 citado en VD 37). De
este modo, la lectura de las Escrituras forma parte del vivir católico. Un
buen ejemplo proviene de los Salmos que rezamos en la Liturgia de las Horas;
a pesar de las diferentes circunstancias literarias en las que florece cada
Salmo, nosotros los comprendemos en referencia al Misterio de Cristo y de la
Iglesia y también como expresión de los gozos, dolores y lamentaciones que
caracterizan nuestra relación personal con Dios.


25. Los grandes maestros de la interpretación espiritual de la Escritura son
los Padres de la Iglesia, en su mayoría pastores, cuyos escritos con
frecuencia contienen explicaciones de la Palabra de Dios ofrecidas al pueblo
en el curso de la Liturgia. Es providencial que, junto a los progresos
realizados por la investigación bíblica en el siglo pasado, se haya llevado
a cabo también un notable avance en los estudios patrísticos. Documentos que
se creían perdidos han sido recuperados, se han realizado ediciones críticas
de los Padres y ahora están disponibles las traducciones de grandes obras de
exégesis patrística y medieval. La revisión del Oficio de Lectura de la
Liturgia de las Horas ha puesto a disposición de los sacerdotes y de los
fieles muchos de estos escritos. La familiaridad con los escritos de los
Padres puede ayudar en gran medida al homileta a descubrir el significado
espiritual de la Escritura. De la predicación de los Padres es de donde
nosotros, hoy, aprendemos cuan íntima es la unidad entre el Antiguo y el
Nuevo Testamento. De ellos podemos aprender a discernir innumerables figuras
y modelos del Misterio Pascual que están presentes en el mundo desde el alba
de la creación y se revelan ulteriormente a lo largo de toda la historia de
Israel que culmina en Jesucristo. Es de los Padres de quien aprendemos de
qué modo todas las palabras de las Escrituras inspiradas pueden revelarse
como inesperadas e impenetrables riquezas si vienen consideradas en el
corazón de la vida y de la oración de la Iglesia. Es de los Padres de quien
aprendemos la íntima conexión existente entre el misterio de la Palabra
bíblica y el de la celebración sacramental. La Catena Aurea de santo Tomás
de Aquino permanece como un instrumento magnífico para acceder a las
riquezas de los Padres. El Concilio Vaticano II ha reconocido con claridad
que tales escritos representan un recurso valioso para el homileta:

«En el sagrado rito de la Ordenación el obispo recomienda a los presbíteros
que “estén maduros en la ciencia” y que su doctrina sea “medicina espiritual
para el pueblo de Dios”. Pero la ciencia de un ministro sagrado debe ser
sagrada, porque emana de una fuente sagrada y a un fin sagrado se dirige.
Ante todo, pues, se obtiene por la lectura y meditación de la Sagrada
Escritura, y se nutre también fructuosamente con el estudio de los santos
Padres y Doctores, y de otros monumentos de la Tradición» (Presbyterorum
ordinis 19).

El Concilio ha transmitido una renovada comprensión de la homilía como parte
integrante de la Celebración Litúrgica, método fructuoso para la
interpretación bíblica y estímulo, con el fin de que los homiletas se
familiaricen con las riquezas de dos mil años de reflexión sobre la Palabra
de Dios, que constituyen el patrimonio católico. ¿Cómo puede un homileta
traducir en la práctica esta visión?
(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Directorio Homilético, 2014, nº 22 - 25)



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Orientaciones: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E. - Orientaciones para las homilías de Semana Santa


Reunimos aquí las indicaciones litúrgicas para la celebración de la Liturgia
de la Palabra en las Misas de la Semana Santa. Están tomadas de los libros
litúrgicos aprobados canónicamente por la Iglesia. Con esta mirada de
conjunto podemos ya hacer un plan y un primer bosquejo de todos nuestros
sermones de Semana Santa.

Domingo de Ramos
“En el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, para la procesión se han
escogido los textos que se refieren a la solemne entrada del Señor en
Jerusalén, tomados de los tres Evangelios sinópticos; en la Misa se lee el
relato de la pasión del Señor”. (Leccionario, Prenotanda, nº 97)
“La misa de este domingo incluye tres lecturas, cuya proclamación mucho se
recomienda, a no ser que razones pastorales aconsejen lo contrario.
“Teniendo en cuenta la importancia de la lectura de la Pasión del Señor,
está permitido al sacerdote, en vista de las necesidades de cada comunidad,
elegir una sola de las lecturas que preceden al Evangelio, o leer únicamente
la historia de la Pasión, también en forma abreviada, si fuera necesario.
Esto vale exclusivamente para las misas celebradas con el pueblo.”
(Leccionario, Tomo I, p. 445; anotación en rojo antes de las lecturas de la
Misa del Domingo de Ramos)
“En los lugares en que pareciere oportuno, durante la lectura de la Pasión
se pueden incorporar aclamaciones” (Leccionario, Tomo I, p. 451; anotación
en rojo antes de la lectura de la Pasión)
Recordamos que el sacerdote celebrante, en las Misas del Domingo de Ramos
que se hagan con procesión o con entrada solemne, debe predicar tres veces.
La primera es una monición antes de la bendición de los ramos, monición que
puede leer también del Misal (Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión
del Señor, nº 5, p. 219). La segunda es después de la lectura del Evangelio
antes de iniciar la procesión. El Misal, respecto a esta predicación dice
textualmente: “Después del Evangelio, si se cree oportuno, puede hacerse una
breve homilía.” (Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nº
8, p. 223). La tercera predicación es ya dentro de la Misa, después de la
lectura de la Pasión (según San Marcos, en este Ciclo B). Dice el Misal
textualmente: “Después de la proclamación de la Pasión, si se cree oportuno,
hágase una breve homilía. Puede hacerse también un momento de silencio”
(Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nº 22, p. 228).
En algunas regiones el Domingo de Ramos es una de las misas más concurridas del año y, por lo tanto, la utilidad espiritual de la homilía es muy grande. En estos casos aconsejamos no omitirla.
En cuanto al tema de la homilía es preciosa esta indicación del
Ceremonial de los Obispos: “Con el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor,
la Iglesia entra en el misterio de su Señor crucificado, sepultado y
resucitado, el cual, entrando en Jerusalén, dio un anuncio profético de su
poder.
“Los cristianos llevan ramos en sus manos como signo de que
Cristo muriendo en la cruz, triunfó como Rey. Habiendo enseñado el Apóstol:
‘Si sufrimos con Él, también con Él seremos glorificados’ (Rm.8,17), el nexo
entre ambos aspectos del misterio pascual, ha de resplandecer en la
celebración y en la catequesis de este día” (Ceremonial de los Obispos, nº
263).
De acuerdo a esto podemos decir que el Domingo de Ramos
comprende, a la vez, el presagio del triunfo real de Cristo y el anuncio de
la Pasión. Por lo tanto, en la homilía debe quedar en evidencia la relación
entre estos dos aspectos del misterio pascual.



Ferias de Semana Santa

“Los primeros días de la Semana Santa, las lecturas consideran
el misterio de la pasión” (Leccionario, Prenotanda, nº 98)



Misa crismal
“En la Misa crismal, las lecturas ponen de relieve la función mesiánica de
Cristo y su continuación en la Iglesia, por medio de los sacramentos”.
(Leccionario, Prenotanda, nº 98)
Respecto a la predicación en la Misa crismal, dice el Misal textualmente:
“Después de la proclamación del Evangelio, el obispo pronuncia la homilía
inspirándose en los textos de la Liturgia de la Palabra, hablando al pueblo
y a sus presbíteros acerca de la unción sacerdotal, exhortando a los
presbíteros a conservar la fidelidad a su ministerio e invitándolos a
renovar públicamente sus promesas sacerdotales” (Misal Romano, Jueves Santo, nº 8, p. 233)



Sagrado Triduo pascual


Jueves Santo o Jueves de la Cena del Señor
“El jueves santo, en la Misa vespertina, el recuerdo del banquete que
precedió al éxodo ilumina de un modo especial el ejemplo de Cristo al lavar
los pies de los discípulos y las palabras de Pablo sobre la institución de
la Pascua cristiana de la Eucaristía” (Leccionario, Prenotanda, nº 99).
“Después de proclamar el Evangelio, el sacerdote pronuncia la homilía, en la
cual se exponen los grandes misterios que se recuerdan en esta Misa, es
decir, la institución de la sagrada Eucaristía y del Orden sacerdotal, y
también el mandato del Señor sobre la caridad fraterna” (Misal Romano,
Jueves de la Cena del Señor, nº 9, p. 240). Esta breve indicación del Misal
Romano es de gran valor, ya que nos indica con claridad cuál debe ser el
contenido de nuestra homilía para Misa de la Cena del Señor.



Viernes Santo
“La acción litúrgica del viernes santo llega a su momento culminante en el
relato según san Juan de la pasión de aquel que, como el Siervo del Señor,
anunciado en el libro de Isaías, se ha convertido realmente en el único
sacerdote al ofrecerse a sí mismo al Padre”. (Leccionario, Prenotanda, nº
99) “Concluida la lectura de la Pasión (según San Juan), hágase una breve
homilía, y terminada ésta, los fieles pueden ser invitados a hacer un tiempo
de oración en silencio” (Misal Romano, Viernes Santo de la Pasión del Señor,
nº 10, p. 245).


Viernes Santo: Memoria de los Dolores de la Santísima Virgen María junto a
la Cruz
El Misal Romano (Viernes Santo de la Pasión del Señor, nº 20 bis) contempla
dos posibilidades para la memoria de los dolores y la soledad de la Virgen
María: el “piadoso ejercicio tradicional” del Sermón de la Soledad o la
inclusión de “la memoria del dolor de María en la misma acción litúrgica con
la que se celebra la Pasión del Señor”. El Misal considera “más conveniente”
esta última porque “de esta manera aparecerá con más evidencia que la Virgen
María está unida indisolublemente a la obra de la salvación realizada por su
Hijo”.
Sin embargo resalta el Misal que en algunos lugares puede “considerarse
oportuno conservar” aquel piadoso ejercicio tradicional del Sermón de la
Soledad. El Misal lo describe de esta manera: “Según una antigua tradición,
en la tarde del Viernes Santo se realizaba en nuestras iglesias un piadoso
ejercicio en memoria de los dolores sufridos por la Santísima Virgen María
junto a la cruz de su Hijo, y de su estado de profunda soledad después de la
muerte de Jesús.” Debe tenerse el cuidado de realizarlo de tal manera que no
reste importancia a la Celebración litúrgica de la Pasión del Señor.
Mi experiencia de nueve años de párroco en la periferia de la gran ciudad de
Santiago de Chile me lleva a decir que es perfectamente posible realizar
este piadoso ejercicio sin que reste importancia a la Celebración de la
Pasión del Señor. Nosotros hacíamos la Celebración de la Pasión del Señor a
las 15 hs., aproximadamente. Luego hacíamos el Via Crucis por las calles de
la población, que duraba varias horas. Y el Via Crucis terminaba en el
templo con el Sermón de la Soledad, hecho a modo de Liturgia de la Palabra.
De ese modo, el Sermón de la Soledad no restaba importancia a la Celebración
litúrgica de la Pasión del Señor. Las ideas fundamentales de dicho sermón
están expresadas en el Misal Romano, citado recién. Era de mucho provecho
para los fieles.


Vigilia Pascual en la Noche Santa
“En la vigilia pascual de la noche santa, se proponen siete lecturas del
Antiguo Testamento, que recuerdan las maravillas de Dios en la historia de
la salvación, y dos del Nuevo, a saber, el anuncio de la resurrección según
los tres evangelios sinópticos, y la lectura apostólica sobre el bautismo
cristiano como sacramento de la resurrección de Cristo” (Leccionario,
Prenotanda, nº 99).
“En esta Vigilia, ‘Madre de todas las vigilias’, se proponen nueve lecturas:
siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo Testamento (Epístola y
Evangelio). En la medida de lo posible, y respetando la índole de la
Vigilia, debe proclamarse todas las lecturas.
“Si graves circunstancias pastorales lo exigen, puede reducirse el número de
las lecturas del Antiguo Testamento; con todo, téngase siempre presente que
la lectura de la Palabra de Dios es una parte fundamental de esta Vigilia
pascual. Por eso, deben leerse por lo menos tres lecturas del Antiguo
Testamento, que provengan de la Ley y los Profetas y se canten los
respectivos salmos responsoriales. Nunca debe omitirse la lectura tomada del
capítulo 14 del Éxodo con sus respectivo cántico” (Misal Romano, Vigilia
Pascual en la Noche Santa, nº 20 – 21, p. 275)
El Leccionario se expresa con términos semejantes.
Respecto a la homilía para esta celebración dice el Misal Romano: “Después
del Evangelio tiene lugar la homilía que, aunque breve, no debe omitirse”
(Misal Romano, Vigilia Pascual en la Noche Santa, nº 36, p. 279)

Misa del día de Pascua
“Para la Misa del día de Pascua se propone la lectura del Evangelio de san
Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También pueden leerse, si se
prefiere, los textos de los evangelios propuestos para la noche santa, o,
cuando hay Misa vespertina, la narración de Lucas sobre la aparición a los
discípulos que iban a Emaús. La primera lectura se toma de los Hechos de los
Apóstoles, que se leen durante el tiempo pascual en vez de la lectura del
Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua
vivido en la Iglesia” (Leccionario, Prenotanda, nº 99).




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Comentario Teológico: Directorio Homilético - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

77. «El domingo de Ramos en la Pasión del Señor: para la procesión, se han
escogido los textos que se refieren a la entrada solemne del Señor en
Jerusalén, tomados de los tres Evangelios sinópticos; en la Misa, se lee el
relato de la pasión del Señor» (OLM 97). Dos antiguas tradiciones conforman
esta Celebración Litúrgica, única en su género: el uso de una procesión en
Jerusalén y la lectura de la Pasión en Roma. La exuberancia que rodea la
entrada real de Cristo, pronto da paso a uno de los cantos del Siervo
doliente y a la solemne proclamación de la Pasión del Señor. Y esta liturgia
tiene lugar en domingo, día desde los comienzos asociado a la Resurrección
de Cristo. ¿Cómo puede el celebrante unir los múltiples elementos teológicos
y emotivos de este día, sobre todo por el hecho de que las consideraciones
pastorales aconsejan una homilía bastante breve? La clave se encuentra en la
segunda lectura, el hermosísimo himno de la carta de san Pablo a los
Filipenses, que resume de manera admirable todo el Misterio Pascual. El
homileta podría destacar brevemente que, en el momento en el que la Iglesia
entre en la Semana Santa, experimentaremos ese Misterio, de manera que
podamos hablarle a nuestros corazones. Diversos usos y tradiciones locales
conducen a los fieles a considerar los acontecimientos de los últimos días
de Jesús, pero el gran deseo de la Iglesia en esta Semana no es, únicamente,
el de remover nuestras emociones, sino el de hacer más profunda nuestra fe.
En las celebraciones litúrgicas de la Semana que se inicia no nos limitamos
a la mera conmemoración de lo que Jesús realizó; estamos inmersos en el
mismo Misterio Pascual, para morir y resucitar con Cristo.
(Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,
Directorio Homilético, 2014, nº 77)



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Santos Padres: San Jerónimo - Domingo de Ramos

Este pollino, que estaba atado, ¿cómo es que, según el Evangelio de Lucas,
tenía muchos dueños? ¿Por qué se les quita a muchos dueños y es llevado a
un solo señor? ¿Por qué estaba delante de la puerta y por qué en la calle?
Delante de la puerta significa que estaba preparado para la fe, mas no podía
entrar sin los apóstoles; y en la calle significa que estaba entre la
gentilidad y el judaísmo, no sabiendo a quién seguir. ¿Por qué en el
Evangelio de Marcos se dice que era un pollino, al que nadie había montado
nunca? Realmente nadie lo había montado nunca. Todos lo habían querido domar y montar, pero nadie había podido. No habían podido montarlo, evidentemente, porque no había sido domado. ¡Cosa sorprendente: había sido atado, sin haber podido ser domado! De muy diverso modo actúa Jesús: lo desata y así precisamente, lo doma.

Este mismo pollino es llevado desde Betania a Betfagé. Jesús estaba en
Betania, si bien los evangelistas hablan de modo diverso. Unos dicen que
estaba en Betania y otros que estaba en Betfagé. Betania es el lugar, la
aldea, donde hoy está Lázaro, la aldea de Marta y María, la aldea de Lázaro.
Tened en cuenta también todo esto. Aquel pollino indómito es llevado al
lugar donde Lázaro había sido resucitado, a Betania, que significa «casa de
obediencia». Era indomable y es llevado a la obediencia, a fin de que en él
pueda montar Jesús.

Hemos hablado de Betania, hablemos ahora de Betfagé. Betfagé significa «casa de la quijada». Fijaos en el proceso de la fe. Primero creemos y llegamos a Betania, es decir, a la casa de la obediencia; y después, a la casa de las
quijadas, casa de la confesión, o casa sacerdotal. Pues los sacerdotes, en
efecto, solían recibir la quijada. Tal vez alguien pregunte: ¿por qué los
sacerdotes reciben precisamente la siagona, esto es, la quijada? El
sacerdote no recibe otra cosa más que la siagona, el pecho y el hombro. Daos
cuenta de lo que reciben los sacerdotes: la quijada, el pecho, y el hombro.
Fijaos bien en ello. Lo propio del oficio sacerdotal es poder enseñar a los
pueblos. De ahí que diga el profeta: «Pregunta a los sacerdotes sobre la ley
de Dios.» Es propio de los sacerdotes, por tanto, responder a las preguntas
sobre la ley. Por ello, reciben la palabra, que está en la quijada; reciben
también el pecho, esto es, el conocimiento de las Escrituras, pues de nada
aprovecha tener las palabras, si no se posee este conocimiento. Y una vez
has recibido la siagona y el pecho, entonces recibes también los brazos, es
decir, las obras, pues de nada te aprovecha que tengas las palabras y que
tengas el conocimiento, si no tienes las obras. ¿Por qué he dicho todo esto?
A propósito de este pollino de asna, llevado a la «casa de las quijadas»,
que es lo que significa Betfagé. No es llevado primero a los brazos, ni es
llevado tampoco al pecho, sino a la quijada, a la palabra, para que de ella
reciba enseñanza.

Así, pues, sobre este pollino monta el Salvador: monta porque estaba
cansado. Desde Samaria de Galilea había venido a Jericó, y desde Jericó
hasta Betania; había subido incluso un monte y no se había cansado, y sin
embargo, en dos millas se cansa y pide el asno. De Jerusalén iba a Galilea,
caminando siempre a pie hasta Samaria, y no pudo caminar dos millas. Mas
todo lo que hizo Jesús es un sacramento, todo es nuestra salvación. Si el
apóstol nos dice: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis lo que sea, hacedlo todo
en el nombre del Señor», ¿cuánto más será para nosotros un signo que el
Salvador camine, o se siente, o coma, o duerma? Tenemos, pues, que monta una asna. Pero otro evangelista dice que monta un pollino, y otro que tanto una
asna como un pollino . Voy a decir una cosa ridícula: ¿podía poner un pie en
cada uno de los asnos? En todo esto hablo contra los judíos. Si, pues, vino
en una asna, no vino en un pollino. Sin embargo, las dos cosas ocurrieron en
realidad, aunque precedidas por un signo. Montó Jesús en un pollino de asna
indomable, al que no habían podido poner frenos, ni nadie había montado
nunca, en el pueblo gentil, y montó en una asna en aquellos creyentes, que
procedían de la sinagoga. Fíjate en lo que dice: Montó en una asna sujeta al
yugo, que tenía el cuello y la cerviz molidos por la ley.

Y se le acercó, dice el Evangelio, la multitud. Mientras estaba en el monte,
no podía acercársele la multitud: comienza a descender y la turba se le
acerca. Y la turba que lo precedía y lo seguía — dice— clamaba: Hosanna al
Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las
alturas. Tanto los que precedían, como los que le seguían, gritan a una sola
voz. ¿Quiénes son los que le preceden? Los patriarcas y profetas. ¿Quiénes
los que le siguen? Los apóstoles y el pueblo de los gentiles. Más, tanto en
los que le preceden como en los que le siguen Cristo es la única voz: a él
alaban, a él aclaman al unísono. ¿Y qué dicen? «Hosanna al Hijo de David,
bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas». Dicen
tres cosas: «Hosanna al Hijo de David», a los incipientes; «bendito el que
viene en el nombre del Señor», a los perfectos; «hosanna en las alturas», a
los que reinan.

Nadie piense que dividimos a Cristo. Sólo quienes nos calumnian suelen decir
que distinguimos en Cristo dos personas: el hombre y Dios. Nosotros creemos
en la Trinidad, no en una cuaternidad, como ocurriría en el caso de que en
Cristo hubiera dos personas. Pues si en Cristo hay dos personas, el Hijo, es
decir Cristo, es doble, y entonces las personas serían cuatro. Nosotros
creemos en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo. Respecto al Padre y
al Espíritu no hay ninguna duda, pues no tomaron un cuerpo, ni asumieron
ninguna debilidad. Mas ahora hablamos de Cristo, nuestro Dios, Hijo de Dios
e hijo del hombre, el Hijo único de Dios. El mismo Hijo de Dios es también
hijo del hombre. Lo que tiene de grande refiérelo al Hijo de Dios; lo que
tiene de humilde al hijo del hombre, pero, de todos modos, es un único Hijo
de Dios. ¿Por qué me veo obligado a decir esto? Porque he oído que nos
calumnian algunos, que probablemente tienen alma arriana. Porque no he
querido referir a Dios la bajeza de la humanidad, no por ello divido a
Cristo. Pues él mismo está simultáneamente en el infierno y en el cielo: en
un mismo instante descendió a los infiernos y entró con el ladrón en el
paraíso. Todos los elementos los tiene en su puño. Y si están en su puño,
¿dónde no va a estar el que lo sostiene todo?

Con la ayuda de vuestras oraciones hemos explicado todas estas cosas, como
hemos podido. A Él la gloria por los siglos de los siglos. AMEN.



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Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - La entrada de Cristo en Jerusalén


Con este domingo —domingo de Ramos— entramos en el corazón del año
litúrgico, que es la Semana Santa. Y entramos de una manera curiosa. Porque
la Iglesia junta hoy en su liturgia la procesión de Ramos, por una parte, y
el recuerdo de la Pasión, por otra. Reúne en un haz la procesión y la
pasión: la procesión incluye el aplauso victorioso; la pasión trae consigo
el llanto compartido. No deja de impresionarnos el hecho evangélico de la
entrada de Jesús en Jerusalén. El Señor ingresa triunfalmente en su ciudad
amada, montado en un asno, mientras la muchedumbre lo recibe tendiendo unos sus mantos por las calles, y otros cortando ramas de los árboles para cubrir con ellas el camino. Al tiempo que la multitud clamaba: Hosanna al Hijo de
David, bendito el que viene en nombre del Señor, Hosanna en las alturas. Y
ahora acabamos de escuchar el relato de la pasión del Señor. ¡Qué curioso
contraste! Pero es un contraste pretendido. Porque en verdad el Señor pasó
de la procesión a la pasión.

¡Terrible este tránsito de la procesión a la pasión! Porque por un mismo
pueblo, en la misma ciudad, interponiéndose poquísimos días, Jesús es
primero recibido con tantos honores, y luego lo llevan al Calvario. ¡Cuán
distintas las voces: "Bendito el que viene en nombre del Señor" y "¡Que
muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!". Hoy lo llaman "Rey de Israel" y el
viernes dirán: "No tenemos más Rey que al César". ¡Qué distintos son los
ramos verdes y la cruz reseca, qué diversas son las flores y las espinas! A
quien ahora tienden por tapiz los vestidos propios, de aquí a poco le
desnudarán de los suyos y se los sortearán. Oportunamente la liturgia de hoy
junta, pues, la pasión y la procesión, para que aprendamos por ello a no
descansar demasiado en nuestras alegrías terrenas; en este mundo es fácil
que los gozos se conviertan en llanto. No seamos como los insensatos, a
quienes mata su propia prosperidad, sino que en el día de los bienes no nos
olvidemos de los males, ya que nuestra vida está mezclada de unos y de
otros, según aquello que se lee en Job: "Le visitas cada día, y a cada
momento le pruebas".

Veamos, así, en la procesión, una imagen de la gloria que nos espera en el
cielo, y en la pasión, una figura del camino que es preciso transitar para
llegar al cielo. Si la procesión nos trae al pensamiento aquella gloria con
la que soñamos, y aquel gozo sobremanera grande que con la gracia de Dios
confiamos alcanzar, si con todo nuestro afán deseamos ver aquel día en que
Jesucristo nuestro Señor será recibido en la Jerusalén celestial, marchando
victoriosamente a la cabeza de todos sus miembros, aplaudido no ya por las
turbas populares sino por la corte celestial en pleno, ángeles y santos,
clamando por todas partes los pueblos de uno y otro Testamento: "Bendito el
que viene en nombre del Señor", si todo esto suscita en nuestra mente la
procesión, aprendamos a ver en la pasión el sendero de ida que conduce a esa
gloria anhelada. La tribulación presente es el camino de la vida, el camino
de la gloria, el camino de la ciudad que merece habitarse, el camino del
reino. La gloria que entrevemos desde ahora en la procesión hará llevaderos
los trabajos de la pasión.

Ya que el viernes santo contemplaremos de manera especial la Pasión y Muerte
de Jesús, reduzcámonos hoy a la consideración del misterio de Ramos. Jesús —lo sabemos— es el Rey del universo. Y sin embargo no ingresó en su Ciudad
Real con la solemnidad acostumbrada por los monarcas cuando tomaban posesión de su sede. El Rey de reyes no viene montado en carroza engalanada, ni avanza sobre tapices regiamente recamados, ni camina rodeado por una
brillante comitiva. Su corte la constituye esa muchedumbre con olor a
pueblo, que se pone a arrancar ramas de los árboles, que se quita sus
humildes vestidos para trenzar con ellos una alfombra en honor de su Señor.
Ni lo reciben a Jesús los jefes de la ciudad, los príncipes y los sacerdotes
judíos. Están, sí, presentes, pero rezumando odio y planeando la venganza,
la terrible venganza que consistiría en sustituir en los labios del pueblo
el Hosanna por el Crucifícalo.

El Señor quiere que esta entrada triunfal tenga lugar, porque es Rey de
Jerusalén y también Rey de todo el mundo. Aunque bien sabe que cinco días
más tarde, muchos de los allí presentes gritarían a Pilatos: ¡Crucifícalo!,
poco importa. Ello nada quita a sus derechos reales. El podía hacer ahora un
solo signo milagroso, y Jerusalén entera, incluidos sus jefes, se hubiesen
postrado sus pies, el trono de David sería su sede, y podría cubrir su
frente con una corona de diamantes. Pero Jesús no necesita de estas cosas
exteriores. No necesita. "probar" que es Rey. Lo es, simplemente. Haciendo
su entrada en Jerusalén, quiere mostrar que como Rey-Pastor no olvida a su
Pueblo ni a su Ciudad. Este solemne momento representa para Israel, tomado
en su conjunto, la última hora de gracia, la última vez que el Señor, antes
de dejar la tierra, intenta salvar colectivamente a los suyos, cubriéndolos
con su bondad, como una gallina que quiere poner a los pollitos bajo sus
alas maternales.

Pero el judaísmo oficial no lo acepta. Lo aceptan los humildes de corazón,
aquellos que al levantar en sus manos los ramos de olivo saludaron, sin
saberlo, la próxima victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el demonio.
Esa muchedumbre que extiende sus mantos sobre el camino es como una síntesis de todas las generaciones de la historia que esperaron y prepararon la
venida del Mesías, patriarcas, profetas y justos del Antiguo Testamento, que
tanto desearon ver la hora de su salvación.

Así, amados hermanos, la liturgia de este domingo en su conjunto nos
presenta esa ambivalencia que caracteriza al Misterio Pascual, muerte y
vida, pasión y triunfo. Pero hoy demos más bien rienda suelta a nuestros
Hosannas. Tomemos parte en el triunfo de nuestro Señor, proclamemos su
Realeza, pongámonos bajo su cetro. Jesús es Rey ahora y lo seguirá siendo
desde la Cruz, cuando la corona de ramos se vea reemplazada por la corona de
espinas. El Hosanna y el Crucifícalo son dos gritos que convienen a su
reyecía, y así sucederá también con su cuerpo místico, la Iglesia, que a lo
largo de los siglos está siempre pasando de la victoria a la agonía, y de la
agonía a la victoria. Quizás en esta época de crisis generalizada, de
apostasía universal, la Iglesia esté pasando por un momento de agonía, de
Crucifícalo. Pero no perdamos la esperanza: tarde o temprano volverá a
resonar el Hosanna, que será la última palabra, la que cierre la historia. Y
lo que sucede en la Iglesia pasa y pasará también en cada uno de nosotros,
que somos miembros de Cristo.

Hoy en la misa digamos de manera especial nuestro Sanctus, repitiendo las
palabras de los humildes: Hosanna en las alturas, bendito el que viene en
nombre del Señor. Hosanna en las alturas: porque gracias a la Eucaristía
entramos en comunión con los ángeles, con el cielo, con las alturas. Bendito
el que viene: porque pronto Jesús se hará presente de manera real y
sustancial sobre el altar. Cuando entre en nuestro corazón, despojémonos del
vestido de nuestros egoísmos y tendámoslo en nuestro interior para que Jesús
pise sobre ellos; que penetre en la ciudad de nuestra alma de tal modo que
sea reconocido como Rey por todos los poros de nuestro ser.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993,
p. 105-108)



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Aplicación: San Juan Pablo II - Se cumplen las profecías


El domingo de hoy permanece estrechamente unido con el acontecimiento que
tuvo lugar cuando Jesús se acercó a Jerusalén para cumplir allí todo lo que
había sido anunciado por los Profetas. Precisamente en este día los
discípulos, por orden del Maestro, le llevaron un borriquillo, después de
haber solicitado poder tomarlo prestado por un cierto tiempo. Y Jesús se
sentó sobre él para que se cumpliese también aquel detalle de los escritos
proféticos. En efecto así dice el Profeta Zacarías: “Alégrate sobre manera,
hija de Sión, grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu
Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino de asna”
(9,9).

Entonces, también la gente que se traslada a Jerusalén con motivo de las
fiestas -la gente que veía los hechos que Jesús realizaba y escuchaba sus
palabras- manifestando la fe mesiánica que Él había despertado, gritaba:
“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino
que viene de David, nuestro Padre! ¡Hosanna en las alturas!” (Mc 11,9-10).

Así, pues, en el camino de la Ciudad Santa, cerca de la entrada de
Jerusalén, surge ante nosotros la escena del triunfo entusiasmante: “Muchos
extendían sus mantos sobre el camino, otros cortaban follaje de los campos”
(Mc 11,8).

El pueblo de Israel mira a Jesús con los ojos de la propia historia; ésta es
la historia que llevaba al pueblo elegido, a través de todos los caminos de
su espiritualidad, de su tradición, de su culto, precisamente hacia el
Mesías. El reino de David representa el punto culminante de la prosperidad y
de la gloria terrestre del pueblo, que desde los tiempos de Abraham, varias
veces, había encontrado su alianza con Dios-Yahvé, pero también más de una
vez la había roto.

Y ahora, ¿cerrará esta alianza de manera definitiva? ¿O acaso perderá de
nuevo este hilo de la vocación, que ha marcado desde el comienzo el sentido
de su historia?

Jesús entra en Jerusalén sobre un borriquillo que le habían prestado. La
multitud parece estar más cercana al cumplimiento de la promesa de la que
habían dependido tantas generaciones. Los gritos: “¡Hosanna!” “¡Bendito el
que viene en nombre del Señor!”, parecían ser expresión del encuentro ahora
ya cercano de los corazones humanos con la eterna Elección. En medio de esta
alegría que precede a las solemnidades pascuales, Jesús está recogido y
silencioso. Es plenamente consciente de que el encuentro de los corazones
humanos con la eterna elección no sucederá mediante los “hosanna”, sino
mediante la cruz.

Antes que viniese a Jerusalén, acompañado por la multitud de sus paisanos,
peregrinos para la fiesta de Pascua, otro lo había dado a conocer y había
definido su puesto en medio de Israel. Fue precisamente Juan Bautista en el
Jordán. Pero Juan, cuando vio a Jesús, al que esperaba, no gritó “hosanna”,
sino que señalándolo con el dedo, dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Jesús siente el grito de la multitud el día de su entrada en Jerusalén, pero
su pensamiento está fijo en las palabras de Juan junto al Jordán: “He aquí
el que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

Hoy leemos la narración de la Pasión del Señor, según Marcos. La Iglesia no
cesa de leer nuevamente la narración de la Pasión de Cristo, y desea que
esta descripción permanezca en nuestra conciencia y en nuestro corazón. En
esta semana estamos llamados a una solidaridad particular con Jesucristo:
“Varón de dolores” (Is. 53,3).

Así, pues, junto a la figura de este Mesías, que el Israel de la Antigua
Alianza esperaba y, más aún, que parecía haber alcanzado ya con la propia fe
en el momento de la entrada en Jerusalén, la liturgia de hoy nos presenta al
mismo tiempo otra figura. La descrita por los Profetas, de modo particular
por Isaías: “He dado mis espaldas a los que me herían... sabiendo que no
sería confundido” (Is 50,6-7).

Cristo viene a Jerusalén para que se cumplan en Él estas palabras, para
realizar la figura de “Siervo de Yahvé”, mediante la cual el Profeta, ocho
siglos antes, había revelado la intención de Dios. El “Siervo de Yahvé”: el
Mesías, el descendiente de David, en quien se cumple el “hosanna” del
pueblo, pero el que es sometido a la más terrible prueba: “Burlanse de mí
cuantos me ven..., líbrele, sálvele, pues dice que le es grato” (Sal
21,8-9).

En cambio, no mediante la “liberación” del oprobio sino precisamente
mediante la obediencia hasta la muerte, mediante la cruz, debía realizarse
el designio eterno del amor.

Y he aquí que habla ahora no ya el Profeta, sino el Apóstol, habla Pablo, en
quien “la palabra de la cruz” ha encontrado un camino particular. Pablo,
consciente del misterio de la redención, da testimonio de quien “existiendo
en forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de siervo..., se humilló,
hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2,6-8).

He aquí la verdadera figura del Mesías, del Ungido, del Hijo de Dios, del
Siervo de Yahvé. Jesús, con esta figura, entraba en Jerusalén cuando los
peregrinos que lo acompañaban por el camino cantaban: “Hosanna”. Y extendían
sus mantos y los ramos de los árboles en el camino por el que pasaba.

Y nosotros hoy llevamos en nuestras manos los ramos de olivo. Sabemos que
después estos ramos se secarán. Con su ceniza cubriremos nuestras cabezas el próximo año, para recordar que el Hijo de Dios, hecho hombre, aceptó la
muerte humana para merecernos la Vida.
(Homilía del Domingo de Ramos, Plaza de San Pedro, 8 de abril de 1979)



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Aplicación: S.S. Benedicto XVI - Su reino no es de este mundo


Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:
Junto con una creciente muchedumbre de peregrinos, Jesús había subido a
Jerusalén para la Pascua. En la última etapa del camino, cerca de Jericó,
había curado al ciego Bartimeo, que lo había invocado como Hijo de David y
suplicado piedad. Ahora que ya podía ver, se había sumado con gratitud al
grupo de los peregrinos. Cuando a las puertas de Jerusalén Jesús montó en un
borrico, que simbolizaba el reinado de David, entre los peregrinos explotó
espontáneamente la alegre certeza: Es él, el Hijo de David. Y saludan a
Jesús con la aclamación mesiánica: «¡Bendito el que viene en nombre del
Señor!»; y añaden: «¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David!
¡Hosanna en el cielo!», (Mc 11,9s). No sabemos cómo se imaginaban
exactamente los peregrinos entusiastas el reino de David que llega. Pero
nosotros, ¿hemos entendido realmente el mensaje de Jesús, Hijo de David?
¿Hemos entendido lo que es el Reino del que habló al ser interrogado por
Pilato? ¿Comprendemos lo que quiere decir que su Reino no es de este mundo? ¿O acaso quisiéramos más bien que fuera de este mundo?

San Juan, en su Evangelio, después de narrar la entrada en Jerusalén, añade
una serie de dichos de Jesús, en los que Él explica lo esencial de este
nuevo género de reino. A simple vista podemos distinguir en estos textos
tres imágenes diversas del reino en las que, aunque de modo diferente, se
refleja el mismo misterio. Ante todo, Juan relata que, entre los peregrinos
que querían «adorar a Dios» durante la fiesta, había también algunos griegos
(cf. 12,20). Fijémonos en que el verdadero objetivo de estos peregrinos era
adorar a Dios. Esto concuerda perfectamente con lo que Jesús dice en la
purificación del Templo: «Mi casa será llamada casa de oración para todos
los pueblos» (Mc 11,17). La verdadera meta de la peregrinación ha de ser
encontrar a Dios, adorarlo, y así poner en el justo orden la relación de
fondo de nuestra vida. Los griegos están en busca de Dios, con su vida están
en camino hacia Dios. Ahora, mediante dos Apóstoles de lengua griega, Felipe
y Andrés, hacen llegar al Señor esta petición: «Quisiéramos ver a Jesús» (Jn
12,21). Son palabras mayores. Queridos amigos, por eso nos hemos reunido
aquí: Queremos ver a Jesús. Para eso han ido a Sydney el año pasado miles de
jóvenes. Ciertamente, habrán puesto muchas ilusiones en esta peregrinación.
Pero el objetivo esencial era éste: Queremos ver a Jesús.

¿Qué dijo, qué hizo Jesús en aquel momento ante esta petición? En el
Evangelio no aparece claramente que hubiera un encuentro entre aquellos
griegos y Jesús. La vista de Jesús va mucho más allá. El núcleo de su
respuesta a la solicitud de aquellas personas es: «Si el grano de trigo no
cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn
12,24). Y esto quiere decir: ahora no tiene importancia un coloquio más o
menos breve con algunas personas, que después vuelven a casa. Vendré al
encuentro del mundo de los griegos como grano de trigo muerto y resucitado,
de manera totalmente nueva y por encima de los límites del momento. Por su
resurrección, Jesús supera los límites del espacio y del tiempo. Como
Resucitado, recorre la inmensidad del mundo y de la historia. Sí, como
Resucitado, va a los griegos y habla con ellos, se les manifiesta, de modo
que ellos, los lejanos, se convierten en cercanos y, precisamente en su
lengua, en su cultura, la palabra de Jesús irá avanzando y será entendida de
un modo nuevo: así viene su Reino. Por tanto, podemos reconocer dos
características esenciales de este Reino. La primera es que este Reino pasa
por la cruz. Puesto que Jesús se entrega totalmente, como Resucitado puede
pertenecer a todos y hacerse presente a todos. En la sagrada Eucaristía
recibimos el fruto del grano de trigo que muere, la multiplicación de los
panes que continúa hasta el fin del mundo y en todos los tiempos. La segunda
característica dice: su Reino es universal. Se cumple la antigua esperanza
de Israel: esta realeza de David ya no conoce fronteras. Se extiende «de mar
a mar», como dice el profeta Zacarías (9,10), es decir, abarca todo el
mundo. Pero esto es posible sólo porque no es la soberanía de un poder
político, sino que se basa únicamente en la libre adhesión del amor; un amor
que responde al amor de Jesucristo, que se ha entregado por todos. Pienso
que siempre hemos de aprender de nuevo ambas cosas. Ante todo, la
universalidad, la catolicidad. Ésta significa que nadie puede considerarse a
sí mismo, a su cultura a su tiempo y su mundo como absoluto. Y eso requiere
que todos nos acojamos recíprocamente, renunciando a algo nuestro. La
universalidad incluye el misterio de la cruz, la superación de sí mismos, la
obediencia a la palabra de Jesucristo, que es común, en la común Iglesia. La
universalidad es siempre una superación de sí mismos, renunciar a algo
personal. La universalidad y la cruz van juntas. Sólo así se crea la paz.

La palabra sobre el grano de trigo que muere sigue formando parte de la
respuesta de Jesús a los griegos, es su respuesta. Pero, a continuación, Él
formula una vez más la ley fundamental de la existencia humana: «El que se
ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se
guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). Es decir, quien quiere tener su
vida para sí, vivir sólo para él mismo, tener todo en puño y explotar todas
sus posibilidades, éste es precisamente quien pierde la vida. Ésta se vuelve
tediosa y vacía. Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega
desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más grande, la
vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece. Así, este principio
fundamental que el Señor establece es, en último término, simplemente
idéntico al principio del amor. En efecto, el amor significa dejarse a sí
mismo, entregarse, no querer poseerse a sí mismo, sino liberarse de sí: no
replegarse sobre sí mismo —¡qué será de mí!— sino mirar adelante, hacia el
otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a mi lado. Y este principio
del amor, que define el camino del hombre, es una vez más idéntico al
misterio de la cruz, al misterio de muerte y resurrección que encontramos en
Cristo. Queridos amigos, tal vez sea relativamente fácil aceptar esto como
gran visión fundamental de la vida. Pero, en la realidad concreta, no se
trata simplemente de reconocer un principio, sino de vivir su verdad, la
verdad de la cruz y la resurrección. Y por ello, una vez más, no basta una
única gran decisión. Indudablemente, es importante, esencial, lanzarse a la
gran decisión fundamental, al gran «sí» que el Señor nos pide en un
determinado momento de nuestra vida. Pero el gran «sí» del momento decisivo
en nuestra vida —el «sí» a la verdad que el Señor nos pone delante— ha de
ser después reconquistado cotidianamente en las situaciones de todos los
días en las que, una y otra vez, hemos de abandonar nuestro yo, ponernos a
disposición, aun cuando en el fondo quisiéramos más bien aferrarnos a
nuestro yo. También el sacrificio, la renuncia, son parte de una vida recta.
Quien promete una vida sin este continuo y renovado don de sí mismo, engaña
a la gente. Sin sacrificio, no existe una vida lograda. Si echo una mirada
retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los
momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos grandes e importantes de mi vida.

Finalmente, san Juan ha recogido también en su relato de los dichos del
Señor para el «Domingo de Ramos» una forma modificada de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Ante todo una afirmación: «Mi alma está agitada» (12,27). Aquí aparece el pavor de Jesús, ampliamente descrito por los otros tres evangelistas: su terror ante el poder de la muerte, ante todo el abismo
de mal que ve, y al cual debe bajar. El Señor sufre nuestras angustias junto
con nosotros, nos acompaña a través de la última angustia hasta la luz. En
Juan, siguen después dos súplicas de Jesús. La primera formulada sólo de
manera condicional: «¿Qué diré? Padre, líbrame de esta hora» (12,27). Como
ser humano, también Jesús se siente impulsado a rogar que se le libre del
terror de la pasión. También nosotros podemos orar de este modo. También
nosotros podemos lamentarnos ante el Señor, como Job, presentarle todas las
nuestras peticiones que surgen en nosotros frente a la injusticia en el
mundo y las trabas de nuestro propio yo. Ante Él, no hemos de refugiarnos en
frases piadosas, en un mundo ficticio. Orar siempre significa luchar también
con Dios y, como Jacob, podemos decirle: «no te soltaré hasta que me
bendigas» (Gn 32,27). Pero luego viene la segunda petición de Jesús:
«Glorifica tu nombre» (Jn 12,28). En los sinópticos, este ruego se expresa
así: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Al final, la gloria
de Dios, su señoría, su voluntad, es siempre más importante y más verdadera
que mi pensamiento y mi voluntad. Y esto es lo esencial en nuestra oración y
en nuestra vida: aprender este orden justo de la realidad, aceptarlo
íntimamente; confiar en Dios y creer que Él está haciendo lo que es justo;
que su voluntad es la verdad y el amor; que mi vida se hace buena si aprendo
a ajustarme a este orden. Vida, muerte y resurrección de Jesús, son para
nosotros la garantía de que verdaderamente podemos fiarnos de Dios. De este
modo se realiza su Reino.

Queridos amigos. Al término de esta liturgia, los jóvenes de Australia
entregarán la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud a sus coetáneos de
España. La Cruz está en camino de una a otra parte del mundo, de mar a mar.
Y nosotros la acompañamos. Avancemos con ella por su camino y así
encontraremos nuestro camino. Cuando tocamos la Cruz, más aún, cuando la
llevamos, tocamos el misterio de Dios, el misterio de Jesucristo: el
misterio de que Dios ha tanto amado al mundo, a nosotros, que entregó a su
Hijo único por nosotros (cf. Jn 3,16). Toquemos el misterio maravilloso del
amor de Dios, la única verdad realmente redentora. Pero hagamos nuestra
también la ley fundamental, la norma constitutiva de nuestra vida, es decir,
el hecho que sin el «sí» a la Cruz, sin caminar día tras día en comunión con
Cristo, no se puede lograr la vida. Cuanto más renunciemos a algo por amor
de la gran verdad y el gran amor — por amor de la verdad y el amor de Dios
—, tanto más grande y rica se hace la vida. Quien quiere guardar su vida
para sí mismo, la pierde. Quien da su vida — cotidianamente, en los pequeños
gestos que forman parte de la gran decisión —, la encuentra. Esta es la
verdad exigente, pero también profundamente bella y liberadora, en la que
queremos entrar paso a paso durante el camino de la Cruz por los
continentes. Que el Señor bendiga este camino. Amén.
(Homilía del Domingo de Ramos, dada en la Plaza de San Pedro. XXIV Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 5 de abril de 2009)



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Aplicación: San Juan XXIII - ¿Cómo no ver en este episodio de mansedumbre la expresión de la santa Iglesia de Jesús

Venerables hermanos y queridos hijos:
A través de las notas de la Santa Liturgia, vamos viendo a Jesús que durante
su paso por la tierra se acerca a las moradas de los hombres. Los niños
inocentes son los primeros que le han salido al paso al aproximarse montado
sobre el humilde jumento, super pullum asinae. Agitan ramas de fresco olivo
en torno a Él y le cantan Hosanna, hosanna; mientras que los adolescentes y
los hombres maduros extienden sus mantos a su paso y le saludan también con
las notas del antiguo cántico.

¿Cómo no ver en este episodio de mansedumbre, de gozo interior y de paz
dulce y serena, la expresión de la santa Iglesia de Jesús sobre todos los
puntos de la tierra, de la Iglesia que aclama a su Salvador, a su Divino
Maestro, fuente de su vida y seguridad de su felicidad eterna?

Dice bien San Agustín: «Rami palmarum laudes sunt significantes victoriam».
Los ramos de olivo son himnos de victoria.

Que el Señor bendito, os decimos también nosotros, queridos hijos, os ayude,
os ayude a todos y a cada uno en particular para conservar en vuestras
familias su gracia que es pureza de vida, espíritu de doctrina evangélica,
gozo interior y efusión perenne de verdadera fraternidad y de caridad
sobrenatural en las relaciones domésticas y sociales. Os ayude a hacer honor
a vuestro carácter de cristianos perfectos; y a no tener miedo en el
crecimiento de la vida familiar, de los hijos, más aún, a pedirlos a la
bendita Providencia y a educarlos para consuelo y honor de vuestros años
viejos y, en todo caso, como mérito grande para la patria terrestre y para
la eterna patria que nos aguarda.

¡Oh, qué delicia estos pueri haebreorum portantes ramos palmarum seu
olivarum, et contantes osanna Christo: benedictus qui venit, qui venit in
nomine Domine!

Pero llegados a este punto de nuestra dulce contemplación, venerables
hermanos y queridos hijos, y aunque no saciados todavía de contemplar a
través de las notas de la liturgia el pacífico triunfo de Jesús entre las
almas inocentes y buenas, un triste pensamiento invade nuestro espíritu y
nos turba.

La misma realidad histórica de la narración evangélica que mirada, de una
parte, a la luz de la profecía nos asegura un triunfo cierto y de
proporciones inconmensurables del reino de Cristo con los suyos en la
consumación de los siglos, de otra parte, mientras este mundo visible se
mantiene en los contornos de la presente vida, ofrece a nuestra mirada
graves y tentadoras reflexiones de desaliento y de tristeza.

El mismo evangelista San Mateo, que nos alegra transmitiéndonos el eco de
los Hosannas al Hijo de Dios en la mañana de su entrada en Jerusalén, pocas
páginas después nos hace temblar transmitiéndonos como al oído el grito
desatinado del crucifige. El mismo Apóstol Pablo, junto a cuya tumba nos
encontramos, cuyo epistolario sigue todavía y siempre resonando después de
veinte siglos en exaltación de las enseñanzas de Jesús para luz, promoción y
triunfo de cada una de las almas y de todo el pueblo cristiano redimido y
santificado, describe a renglón seguido la dolorosa contracción del error,
de la protervia de cuantos él llama inimici crucis Christi, reos de todas
las maldades de la historia del mundo, caracterizada por los errores de los
diversos siglos; y en cuanto a su persona, ved cómo él, que se había
proclamado vaso de elección para llevar el nombre de Jesús a las naciones,
cantor de la libertad, vedle transfigurado en un esclavo; pues así se llamó
a sí mismo y como tal era reconocido: Paulus vinctus Christi Iesu.

La semana que hoy comienza nos congregará una vez más en torno a Jesús que sufre y renueva místicamente el sacrificio de su vida por nosotros y con
nosotros.

Nuestra participación en el sacrificio de la Cruz, hecha más viva mediante
un esfuerzo de elevada santificación de nuestras almas hará esplendoroso
nuestro testimonio de amor fraterno; y la transformación de los méritos de
nuestros hermanos de la Iglesia del Silencio, perseguidos y oprimidos en el
ejercicio de su libertad religiosa será también para ellos seguridad de
victoria, ya esté lejana todavía o próxima, pero victoria de Cristo y, por
tanto, bienhechora y triunfal.

Saber asociar a la inocencia de los niños que cantan hosannas a Cristo la fe
vigorosa y la práctica de la enseñanza evangélica en nuestra vida cotidiana,
el amor a la cruz en el ejercicio de la paciencia y del sacrificio con los
hermanos que sufren doquiera se encuentren, es ya un verdadero y gran
apostolado de paz.

También María, la bendita Madre de Jesús y dulcísima Madre nuestra, viene a
completar con su presencia y con su ejemplo este cuadro delicioso, en medio
de la tristeza por todo aquello que se anuncia para los días santos de la
Semana Mayor.

¡Oh, madre nuestra!, así te saludamos anteayer al filo de la liturgia
dedicada al culto de tus dolores. Sed siempre propicia con tus hermosos
ejemplos y dulces bendiciones a estos tus hijos: «Felices sensus beatae
Mariae Virginis, qui sine morte meruerunt martyrii palmam sub cruce Domini»
(Com. de la Misa de la Dolorosa).
(Homilía en la Basílica de San Pablo extramuros, Domingo 10 de abril de
1960)



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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Entrada triunfal a Jerusalén

Jesús se dirige desde Betania, donde había resucitado a Lázaro[1] y donde
había sido ungido por María, anticipando con este gesto su sepultura[2],
hacia Jerusalén pasando por Betfagé[3]. Cerca del Monte de los Olivos envió
a dos de sus discípulos a traer la cabalgadura en la que entraría
triunfalmente en la capital religiosa. Jesús es aclamado rey y recibe el
homenaje de la gente. Entra por las calles de Jerusalén hasta el templo.
Luego volverá a Betania.

La manifestación de su mesianismo es real pero a la vez humilde: sobre un
asno, lleno de mansedumbre, agasajado pobremente con estandartes naturales
cortados al paso y alfombras rústicas de mantos de gente sencilla. Bendecido
como enviado del Altísimo e Hijo del rey David. También como rey de Israel
(Jn).

Jesús había venido para dar testimonio de la verdad[4] y debía dar
testimonio público de su mesianidad y ser aclamado públicamente como el
Mesías. Así sucedió aunque solo fue un paso fugaz y humilde, sólo percibido,
como su nacimiento, por los pequeños.

Sus enemigos están allí. Una vez más la verdad se les manifiesta y las voces
de la gente la hacen llegar a sus oídos: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David!
¡Hosanna en las alturas!”.

Le dicen a Jesús: “Maestro reprende a tus discípulos”. Respondió: “Os digo
que si estos callan gritarán las piedras”[5].

Querer callar a Dios cuando se quiere revelar es como querer oscurecer el
sol con el dedo, es imposible. Jesús quería revelar su mesianismo porque así
lo quería el Padre. Si los hombres hubieran callado, lo más insensible de la
creación hubiera proclamado su mesianidad.

Así como los fariseos intentaron en vano ocultar la verdad y callar la
revelación, muchos hombres e instituciones han querido ocultar a Jesús y
callar su divinidad. No lo han logrado. La verdad es como la boya en el
agua, por más que se la quiera mantener oculta después de un tiempo aparece.
Al final del tiempo Jesús se manifestará gloriosamente delante de todos los
hombres, los que lo confesaron y los que lo negaron, para dar a cada uno el
premio o castigo merecidos.

Tenemos que cantar bendiciendo a Jesús, el Mesías esperado, el Salvador del
mundo. Hoy se manifiesta como Mesías para que con ánimo firme entremos con
Él en Jerusalén a consumar su obra redentora. La fe que confesamos hoy debe
mantenerse sin alteración, para que la cruz no sea para nosotros motivo de
escándalo, para que nuestro ánimo, hoy entusiasta, no se mude ante la
compasión que viviremos con Jesús sufriente.

La cruz es el camino necesario para llegar a la gloria. Confesar al Mesías
verdadero, es confesar el mesianismo de cruz.

En este domingo, triunfal para Jesús y sus discípulos, hay un gesto de Jesús
que empaña un tanto la alegría de la marcha hacia el monte Sión. Un gesto
muy humano que brotó del corazón amante del Salvador: “Al acercarse y ver la
ciudad, lloró por Jerusalén, diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día
el mensaje de paz! [...] No dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has
conocido el tiempo de tu visita”[6]. Jerusalén no ha conocido la paz
mesiánica, paz que se realiza en el corazón y no en la derrota de los
enemigos, paz en la humildad y no en lo espectacular, paz en la humillación
y no en el orgullo, paz que se realiza en la cruz por la muerte y no en la
vida exitosa. Y no alcanzar la paz de Cristo, es muerte, destrucción y
ruina. Jerusalén no conoció el tiempo de la visita del Mesías. Todavía hoy
lo espera. Jerusalén anhela la paz en vano. No la tendrá hasta que diga
“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”[7].

También Jerusalén es cada una de nuestras almas donde el Mesías quiere
entrar y ser en ella su templo. Esta semana, es semana de visita,
principalmente esta semana es donde Jesús quiere derramar abundantísimas
misericordias. Quiere traer a nosotros su paz, que sólo Él puede dar.

Debemos ser fieles. Hoy en el triunfo hemos confesado al Mesías Salvador. Es
fácil confesar al triunfador. Pero, Jesús asumirá la humillación y la
derrota, la muerte, el dolor y aquí no es tan fácil la fidelidad. ¡Cuántos
hombres confesaron a Jesús el domingo de Ramos y lo negaron el viernes de
Pasión, porque querían saltar del triunfo temporal, a la gloria de la
resurrección sin subir al Gólgota!

No así nosotros. Visita es el triunfo de Ramos, visita es la Pascua del
Señor, paso del dolor a la gloria. “Si hemos muerto con él, también
viviremos con él”[8].

Que Jesús llore por nuestros pecados y nosotros con Él. Compasión con Jesús
que se compadece de mí. Que no llore Jesús nuestro rechazo, nuestra torpe
distracción ante visita tan sublime. Que mi alma sea la Jerusalén fiel, en
donde Jesús hace su morada, para que se transforme en el día final en la
Jerusalén celeste para toda la eternidad.

Que mi alma sea el lugar donde Cristo muera y resucite y no como aquella
ciudad deicida que no quiso que la Sangre salvadora limpiara su pecado. Que
llevó a su Salvador fuera de ella, para contemplar su muerte en sarcástica
expectación y profiriendo burlas y blasfemias hacia aquel que había venido a
hacerla su Esposa.

[1] Jn 11, 1-44
[2] Jn 12, 1-11
[3] Mt 21, 1
[4] Jn 18, 37
[5] Lc 19, 38-40
[6] Lc 19, 41-42.44 (Cf. Nota de la Biblia de Jerusalén). Usamos la Biblia
de Jerusalén, Desclée de Brouwer Bilbao 19983. En adelante Jsalén.
[7] Mt 23, 39
[8] 2 Tm 2, 12




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Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - La Fidelidad

1.- Hoy se lee la Pasión aunque la muerte de Cristo será el VIERNES SANTO,
para dar continuidad a las lecturas bíblicas, porque el próximo domingo es
la resurrección del Señor.

2.- El entrar en Jerusalén montado en un borrico es una muestra más de la
mesianidad de Jesucristo, pues Zacarías (9:9) profetizó del Mesías:
«Alégrate Jerusalén porque tu Señor vendrá a ti montado en un borrico».

3.- La idea que brota espontánea al contemplar la entrada en Jerusalén de
Jesucristo aclamado por el pueblo es la volubilidad de las masas: hoy lo
aclaman con entusiasmo y a los tres días van a pedir que lo crucifiquen.

4.- Esto se repite hoy día: las masas se dejan manipular por los agitadores.
5.-Pero también tiene una aplicación a nosotros mismos: un día estamos
fervorosos, y entusiasmados en nuestro servicio al Señor, y a los pocos días
le ofendemos tranquilamente.

6.- La fidelidad es uno de los mayores valores de la persona humana.

7.- El haber sido fieles al Señor durante toda la vida será una de las
mayores alegrías que tendremos a la hora de la muerte.



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Ejemplos


HAAKON

Cuenta una antigua leyenda Noruega, acerca de un hombre llamado Haakon,
quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción.
En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a
Cristo algún milagro. Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor.

Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodillo ante la cruz y dijo:
"Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte
en la cruz". Y se quedó fijo con la mirada puesta en la efigie, como
esperando la respuesta. El Señor abrió sus labios y habló.

Sus palabras cayeron de lo alto. Susurrantes y amonestadoras: "Siervo mío,
accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición" - ¿Cuál, Señor?, -
preguntó con acento suplicante Haakon. - ¿Es una condición difícil? - ¡Estoy
dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!, - respondió el viejo ermitaño.
Escucha: "suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardarte en
silencio siempre". Haakon contesto: "Os, lo prometo, Señor" Y se efectuó el
cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los
clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y Éste por largo
tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. Pero un día, llegó un rico,
después de haber orado, dejo allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y
calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se
apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se
postro ante el poco después para pedirle su gracia antes de emprender un
largo viaje.

Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no
hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al
joven y le dijo iracundo: -¡Dame la bolsa que me has robado! El joven
sorprendido replicó: - ¡No he robado ninguna bolsa!- ¡No mientas,
devuélvemela enseguida! - ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa! Afirmó
el muchacho. El rico arremetió, furioso contra él.

Sonó entonces una voz fuerte: -¡Detente! El rico miró hacia arriba y vio que
la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó,
defendió al joven, increpo al rico por la falsa acusación. Este quedó
anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa
para emprender su viaje.

Cuando la Ermita quedo a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: -
"Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar
silencio" -"Señor, - dijo Haakon - ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?". Se
cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó
ante la Cruz.

El Señor, siguió hablando: - "Tu no sabías que convenía que el rico perdiera
la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven
mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien
en llevárselo, en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le
hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora,
hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no
sabías nada. Yo sí. Por eso Callo. Y el Señor nuevamente guardó silencio".

Muchas veces no preguntamos ¿Por qué razón Dios no nos contesta? ¿Por qué
razón se queda callado Dios? Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos
respondiera lo que deseamos oír. Pero, Dios no es así. Dios nos responde aún
con el silencio. Debemos aprender a escucharlo. Su Divino Silencio, son
palabras destinadas a convencernos de que, Él sabe lo que está haciendo. En
su silencio nos dice con amor:

¡CONFÍA EN MÍ, QUE SÉ BIEN LO QUE DEBO HACER!



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