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Viernes Santo: Comentarios de Sabios y Santos II - Preparemos con ellos la acogida de la Palabra de Dios

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - La crucifixión. Jesús en la cruz. (Lc 23, 33-46a; Mc 15, 22-36; Mt 27, 33-49; Jn 19, 17-30a)

Comentario Teológico: P. Carlos Miguel Buela, I.V.E. - La salida de Cristo de este mundo

Santos Padres: San Agustín - La pasión del Señor

Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - Viernes Santo, Inmolación del Señor

Apliclación: San Juan Pablo II - Alocución en el Via Crucis del Viernes Santo

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: P. Joseph M. Lagrange, O. P. - La crucifixión. Jesús en la cruz. (Lc 23, 33-46a; Mc 15, 22-36; Mt 27, 33-49; Jn 19, 17-30a)

Era costumbre de los romanos levantar las cruces a la entrada de las
ciudades, donde el espantoso espectáculo de los moribundos estaba expuesto a las miradas de cuantos entraban, o salían, o tomaban el aire. Allí, pues, se
pararon, para crucificar a los tres condenados.

La vista de un crucifijo es siempre conmovedora, pero los artistas
cristianos le han dado cierta dignidad. Cristo está levantado sobre un
zócalo firme, los brazos extendidos, pero en perfecto equilibrio; las
espinas de la corona están bien trenzadas sobre la cabeza, recta y sostenida
contra el bien ajustado madero.

Los primeros cristianos sentían verdadero horror de representar a Jesucristo
en la cruz, porque habían visto con sus propios ojos aquellos pobres cuerpos
completamente desnudos, fijos a un basto madero cruzado en forma de T por
otro transversal; las manos, clavadas en aquel patíbulo; los pies, fijos
también con clavos; el cuerpo, hundiéndose con el propio peso; la cabeza,
colgando; los perros, atraídos por el olor de la sangre, devorándoles los
pies; los buitres, volando en derredor de aquel campo de carnicería (2Sm 21,
10 s.), y el pobre paciente, agotado de torturas, muerto de sed, llamando a
la muerte con gritos inarticulados. Era el suplicio de esclavos y bandidos,
y fue ese que sufrió Jesús. Según una costumbre que quería aparecer
compasiva, último vestigio de humanidad en la barbarie, ofrecieron a Jesús
vino aromatizado con mirra o con incienso. Creían que aquella mezcla era
embriagante y hacía perder el conocimiento . Jesús humedeció los labios,
pero no la quiso gustar: no era aquél el cáliz que a su Padre prometiera
beber. Lo crucificaron, pues, clavando primero sus manos al patíbulo, que
levantaban luego sobre el pie derecho, sacudiendo, sin cuidado alguno, su
cuerpo dolorido. Los Santos Padres no se escandalizaron de la completa
desnudez; sin embargo, como los judíos la evitaban en los sentenciados, es
de creer que los romanos respetaran su costumbre. Cuando empezaron a
crucificar a Jesús era hacia el mediodía .

Crucificaron también a los dos bandidos, uno a la derecha y otro a la
izquierda. Ésta fue la última burla de los soldados para con el rey de los
judíos: los salteadores de caminos reales tenían al lado de Jesús puestos de
honor. Isaías había anunciado que sería contado entre los malvados (1s 53,
12) . No pudieran deducir de esto su exacto cumplimiento, pero muestra
claramente el desprecio que inspiraba.

Pilato ideó la manera de burlarse de los judíos, más bien que del justo, a
quien había condenado. Con toda solemnidad les había dicho si querían que
fuese crucificado su rey y, aunque ellos contestaron que no tenían más rey
que al César, prosiguieron en su demanda hasta conseguir la muerte de su
compatriota. Cuando vinieron a preguntar a Pilato el motivo por qué se
condenaba a Jesús a semejante suplicio, Pilato mandó escribir: «Jesús de
Nazaret, rey de los judíos». Redactaron el rótulo con esta inscripción, y
fue fijado sobre la cabeza del condenado: estaba escrito en tres lenguas: en
hebreo, la lengua del país; en latín, lengua del Gobierno, y en griego,
lengua de la gente culta. Los judíos mostraban mayor interés que los demás
en leer el rótulo, que atraía todas la miradas, y más estando tan cerca de
la ciudad. Los Sumos Sacerdotes se dieron por ofendidos, y se quejaron a
Pilato de aquella afrenta: no debía haber puesto rey de los judíos, sino que
aquel desventurado se había dado a sí mismo el título de rey de los judíos.
Era aún tiempo de enmendar la falta. No se había hecho aquello por
casualidad. Pilato, satisfecho de ver que los había herido en lo más
sensible, respondió fríamente: «Lo escrito, escrito está». Lo había hecho
con toda intención.

La primera palabra que Jesús habló en la cruz fue de perdón « ¡Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Los judíos creían saberlo, pero
estaban cegados por el orgullo, y siendo aquella ceguera voluntaria en su
origen, tenían gran necesidad de perdón. Jesús les concede el suyo y ahora,
desde lo alto de la cruz, ruega a su Padre por ellos, ya que había venido a
sufrir para obtener la gracia de los pecadores.

Otros eran más inconscientes: los soldados mercenarios que en aquellos
momentos estaban ocupados en dividir los vestidos del condenado, y que la
costumbre se los adjudicaba. Era la paga de su trabajo, lo único en que se
fijaban, porque una crucifixión no se hacía por sí sola. Eran cuatro, y así
hicieron cuatro partes de aquellos despojos. La túnica de Jesús era tejida
de alto abajo, sin costura alguna; sería una lástima hacerla pedazos; y la
echaron a suertes. Sin pensar en ello daban cumplimiento a la profecía del
salmista que dice: «Dividieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron
suertes» (Sal 21, 19). Una túnica sin costura tenía su valor el Sumo
Sacerdote llevaba una semejante. La habían tejido seguramente las manos de
una mujer, que creía en Jesús, alguna de las ricas galileas que le seguían,
tal vez había sido tejida por su Madre. Desde san Cipriano, los cristianos
vieron en ella el símbolo de la Iglesia, que debe ser siempre una. ¡Ay de
los culpables de cismas que la desgarran!

El cáliz de la Redención fue amarguísimo para Jesús. Atroces fueron sus
sufrimientos en la cruz. Su corazón estaba herido por el abandono de sus
discípulos, el desprecio de los jefes judíos, y sobre todo por la pesada
indiferencia de la mayoría. Hasta allí, aun en este misterio doloroso, el
Padre había derramado torrentes de alegría sobre el alma de Jesús por amor
de su Madre. Allí estaba ella, sufriendo con Él, aumentando sus torturas y,
sin embargo, consolándole en aquel doloroso abandono. Con ella estaba su
hermana, o su prima, que sería la madre de Santiago y de José, María, mujer
de Cleofás, María Magdalena, y, por fin, el discípulo amado . No hay ley que
prohibiera a los parientes acercarse a los ajusticiados: los soldados hacían
guardia a la cruz para evitar cualquier asalto, o impedir el excesivo
alboroto; pero no apartaban a los curiosos, ni a los enemigos, ni menos a
las personas amigas. Jesús, pues, viendo a su Madre y muy cerca al discípulo
amado, dijo a su Madre: «Mujer he ahí a tu hijo». El nombre de mujer, suena
más dulcemente a los oídos de un oriental que a los nuestros. Jesús, en el
momento en que va a separarse de su Madre, no quiere darle este dulcísimo
nombre; también esto era sacrificio para Él. Su pensamiento es concederla a
quien más quiere, para que sea mejor comprendida cuando haya de hablar de su
verdadero Hijo. Siendo muy joven, su afecto sería a la vez más respetuoso y
más tierno. Deberá, pues, mirarla como su madre. Por eso le dice: «He ahí a
tu Madre». Y desde aquel momento, el discípulo la tomó consigo. ¡Qué lazo de
unión se creó entre aquellos dos corazones por aquellas palabras y aquel
recuerdo! Todos los cristianos, hechos hermanos de Jesús por el bautismo,
son por lo mismo hijos de María. Acercándose a la cruz oyen estas palabras:
¡He ahí a vuestra Madre! Lo saben, y lo experimentan, que María los trata
verdaderamente como hijos.

Mientras estas cosas inefables eran dichas con voz lánguida por Jesús y
oídas solamente por unas pocas almas amigas, los soldados se divertían con
los chistes lanzados por los transeúntes. Tal vez gentes buenas a quienes
bastaba que la condenación fuera dada por el Sanedrín para tenerla por
justa, pasaban meneando sus cabezas como para subrayar más su burla: « ¡Ah!
Tú que destruías el Templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti
mismo y desciende de la cruz». Se marchaban después a sus negocios,
insensibles en presencia de un suplicio tan bien merecido, que procuraban
hacer más odioso con sus sarcasmos.

Los Sumos Sacerdotes y los escribas estaban más interesados en contemplar
aquel espectáculo. Estaban satisfechos de lo bien que había salido todo, y
que Jesús no cambiaría nada. Es verdad que había hecho muchos milagros; pero ahora permanecía clavado en la cruz. Y se burlaban entre sí de aquel
pretendido Mesías que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí
mismo. Éste sería el gran milagro. ¡Veamos ahora al Mesías, al rey de
Israel, descender de la cruz, y creeremos en Él! No querían que Pilato
denominara a Jesús en su cartel, rey de los judíos, pues era como autorizar
la creencia de él y no causaría buena impresión, si bien ellos sabían a qué
atenerse. ¡Aún faltaba la suprema injuria!

Se mofaban del amor de Jesús hacia su Padre. «Puso su confianza en Dios;
líbrelo ahora, si es que confía en Él, pues Él ha dicho: Soy Hijo de Dios».
Pero ellos estaban ciertos que Dios también lo había abandonado, o más bien
castigaba su blasfemia por los cuidados y merced al celo de ellos. Estaban,
pues, contentos y satisfechos de su obra. Podrían comer la Pascua con la
conciencia bien tranquila y, sobre todo, seguros; su dominación espiritual
sobre el pueblo nada tenía que temer ya de aquel innovador. De lejos creían
oír la voz de los bandidos formando coro con la de ellos, aunque menos
injuriosa, porque nada sabían y se contentaban con tomar parte en los
ultrajes por hábito de maldecir y de blasfemar . Uno de aquellos
desgraciados se burla aún estando en los últimos: « ¿No eres tú el Mesías?»
–lo acababa de oír–. «Sálvate a ti mismo». –También lo acababan de decir los
jefes–, después añadió por su cuenta, con risa forzada: «Y a nosotros
contigo». El otro ladrón, menos endurecido, entra dentro de sí un momento
antes de aparecer delante de Dios. Se hace justicia; su castigo es bien
merecido. Aquel toque de la gracia tan certero le hizo comprender también
que Jesús era inocente. Acaso otras veces había oído hablar de su compañero
de suplicio, cuando, seguido de las turbas, predicaba el reino de Dios, que
debía inaugurar como Mesías. Los sacerdotes acababan de reconocer sus
milagros. Y, a pesar de esto, aquel Jesús callaba. Sin duda esperaba su
hora, seguro de que soltaría después de aquellos sufrimientos, de que
también había hablado. Esforzándose por volver hacia Él la cabeza, el ladrón
balbució dulcemente estas palabras: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a
tu reino » Admirable acto de fe, que Jesús quiere esclarecer aún más,
reconcentrando todos los pensamientos del pecador arrepentido en su próxima
llegada cerca de Dios. «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el
paraíso». El buen ladrón, que era judío, habría oído hablar seguramente del
paraíso. Transportando a lo alto el paraíso terrestre, los doctores hacían
de él un lugar agradable, donde las almas esperaban el último juicio. En
efecto, Jesús debía hallarse, con el ladrón perdonado, entre los justos del
Antiguo Testamento, en el lugar que los cristianos llaman el limbo. Según
los salmos de Salomón, los mismos santos son el paraíso de Dios y los
árboles de la vida (Salmos de Salomón, 19, 3). Compañero de Jesús en la
cruz, el dichoso ladrón, en adelante, bajo la salvaguardia de Jesús, estará
cerca de Dios. El Salvador en su cruz era realmente el salvador de las
almas.

Por tres horas una densa obscuridad se extendió sobre el país; el sol estaba
velado: la atmósfera, pesada. Jesús guardó silencio hasta la hora nona:
sufría. Rechazado por los jefes de la nación como blasfemo, entregado a los
extraños, tratado por los romanos como un malhechor, escupido por el
populacho, escarnecido por un bandido y abandonado por los suyos, sólo una
pena le faltaba por sufrir a su alma, la más cruel de todas, el abandono de
Dios. Ni podemos dudar de ello, lo dicen los evangelistas, y su testimonio
es, sin duda, la prueba más indiscutible de veracidad. Los enemigos de Jesús
acababan de insultarle por su confianza en Dios: No, que se desengañe. ¡Dios
lo ha abandonado! Los cristianos debían tener este insulto como una
blasfemia contra el objeto de su culto, contra Jesucristo, Hijo de Dios.
Entonces, ¿por qué confesar que era verdad? Porque lo iba a confesar el
mismo Jesús a gritos en su desamparo: « ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me
has desamparado?» ¿No era esto invitar a sus lectores y a todos los siglos a
sacudir la cabeza como los doctores de Israel, en señal de incredulidad? Lo
dijeron, y lo dijeron sin atenuación, y sin explicación de alguna clase. En
éste como en otros casos dijeron lo que sabían; pero es también el más claro
testimonio de las fuertes razones que tenían para creer en Jesús. Conocían
estas palabras, pero en nada atenuaban la profunda convicción de su alma.
Eran misteriosas, pero no podían oscurecer la evidencia de los milagros y de
la resurrección.

El misterio no se ha aclarado aún; pero en los momentos en que el alma de
Jesús iba a abandonar el cuerpo, no debemos de suponer una especie de
desdoblamiento de su personalidad. El que habla es siempre el Hijo de Dios.
La voz humana, sin embargo, expresaba los sentimientos de su humanidad, los
sentimientos de su alma desolada, como si Dios se hubiera apartado de ella.
Declaración más completa que la de Getsemaní, pues aquí Jesús no dice: «
¡Padre mío!», sino sólo: «¡Dios mío!» ¡Eloi, Eloi! Como los demás dolores
suyos, también éste debía ser aceptado por nosotros; y éste es el refugio de
las grandes almas en las últimas purificaciones. Si alguien pudiera
comprender esta frase de Jesús, serían estas almas; pero si pueden sentirla,
no podrán jamás explicarla. Sólo san Pablo tuvo autoridad bastante para
decir de Jesús una palabra, que aún parece más fuerte, y que de alguna
manera explica aquel grito arrojado desde la cruz. Cargado en su patíbulo
con todos los pecados del mundo, Jesús se hizo maldición por nosotros (Ga 3,
13). Él nos libró así de la maldición echándosela sobre sí, y la desolación
se convirtió en gozo en los últimos versículos del salmo, cuyas primeras
palabras Él pronunciaba (Sal 21, 1) . Las aflicciones del justo, del
verdadero Mesías, tienen por término la gloria de Dios. El salmo reproducía
por adelantado el reto irónico de los doctores: « ¡Que espere en Yahvé! ¡Que
Él lo salve!» En efecto, el abandonado se abandona, sabe que a ese precio,
de todas las extremidades de la tierra se volverán a Dios y todas la
familias de las naciones se postrarán ante Él (Sal 22, 28) .

Entre los que allí estaban, sólo los doctores comprendieron que Jesús citaba
un salmo. Los demás, menos ilustrados, no oyendo apenas las primeras
palabras, imaginaron que Jesús llamaba a Elías. Pensaron que era la última
alucinación de aquella cabeza extraviada por los sufrimientos. Porque Elías,
según el sentir de los judíos, volvería para manifestar al Mesías, ¡pero no
lo buscaría de seguro levantado en una cruz!

Jesús, sin embargo, dejó oír esta palabra: «Tengo sed». Los soldados, para
apagar la sed, acostumbraban a llevar consigo un frasco de agua con vinagre,
con que se contentaban a falta de cosa mejor. Uno de ellos, tomando una
esponja, tal vez con la que tapaba la boca de su frasco, y fijándola
empapada en la punta de una lanza, la acercó a los labios de Jesús. Lo hacía
por compasión –daba lo que tenía–, pero los otros, divertidos por aquel
llamamiento desesperado al profeta Elías, querían impedírselo. «Aguarda, le
dicen, veamos si viene Elías a bajarlo» . Así, aquel valeroso joven no se
atrevía a mostrarse bueno, a no ser participando de las burlas de los demás.

Diciendo: «Tengo sed» cumplía Jesús una palabra de un salmo sobre el justo
paciente (Sal 68, 22). Ya había apurado el cáliz hasta la última gota.
Entonces exclamó: «Todo está consumado», como buen obrero que terminó su
tarea. Después, exclamó con gran voz: « ¡Padre mío, en tus manos encomiendo
mi espíritu!».
(Lagrange, J., Vida de Jesucristo, EDIBESA, Madrid, 1999, p. 500 – 507)



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Comentario Teológico: P. Carlos Miguel Buela, I.V.E. - La salida de Cristo de este mundo

a. Pasión

134. Según el plan de la Santísima Trinidad era preciso que Jesucristo
padeciese para salvar a todos los hombres: “A la manera que Moisés levantó
la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del
hombre para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida
eterna” (Jn 3,14-15), “¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y
entrase en su gloria?” (Lc 24,26), “Comenzó a enseñarles cómo era preciso
que el Hijo del hombre padeciese mucho... y que fuese muerto y resucitase
después de tres días” (Mc 8,31). Si en la actual economía salvífica fue
necesaria la Pasión de Cristo, también será necesario nuestro padecer. Si
hubiese otro camino para ir al Cielo, Jesucristo lo hubiese seguido y, es
más, lo hubiese enseñado. Pero no es así, Cristo fue por el camino regio de
la santa Cruz y nos enseñó a ir por él: “Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame” (Lc 9,23). Enseña
San Cirilo de Jerusalén: “Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado
por ti; y tú, ¿no te crucificarás por El, que fue clavado en la Cruz por
amor a ti?”[1].


La Cruz en nuestra vida

135. Por tanto debemos amar la cruz viva de los trabajos, humillaciones,
afrentas, tormentos, dolores, persecuciones, incomprensiones,
contrariedades, oprobios, menosprecios, vituperios, calumnias, muerte... y
poder decir con San Pablo: “Muero cada día” (1 Cor 15,31), para clavar en el
corazón al que por nosotros fue clavado en la cruz[2].

136. Debemos desear vehementemente la cruz: “que muera por amor de tu amor, ya que por amor de mi amor te dignaste mo­rir”[3]. Es una gracia que hay que pedir en la oración: “Dios os ha dado la gracia... de padecer por Cristo”
(Flp 1,29). De manera especial hay que pedir la gracia de la ciencia de la
cruz y de la alegría de la cruz, que sólo se alcanzan en la escuela de
Jesucristo.


Amor a la Cruz

137. Por eso debemos tener una muy grande devoción a la Pasión de Nuestro
Señor Jesucristo: “Todo está en la Pasión. Es allí donde se aprende la
ciencia de los santos”[4], el amor que no nace de la cruz de Cristo es
débil, “por cualquier parte que la miremos, ya sea por parte de la persona
que padece, ya de las cosas que padece o del fin porque las padece, es la
cosa más alta y la más divina y secreta que ha sucedido en el mundo desde
que Dios le creó, ni sucederá hasta el fin de él[5], la Cruz “fue la cátedra
donde enseñó, el altar sobre el que se inmoló, el templo de su oración, la
arena donde combatió, y como la fragua de donde salieron tantas
maravillas”[6]. Esta devoción se ha de concretar en el conocimiento y amor
de los relatos evangélicos sobre la Pasión (Mt 26; 27; Mc 14; 15; Lc 22; 23;
Jn 18; 19), en la teología de la Pasión y Redención, en la contemplación de
los Lugares Santos de Jerusalén, de los crucifijos, del Via Crucis, de los
hermosos textos de la Imitación de Cristo al respecto[7], de la Eucaristía
perpetuación de la Pasión y Cruz y segundo acto del único drama de la
Redención, de la cruz en nuestra vida tan bien enseñada en la Carta circular
a los Amigos de la Cruz de San Luis María Grignion de Montfort, y,
finalmente, en el fervor por llevar la gracia de la Redención a toda la
realidad: al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, al matrimonio y
la familia, a la cultura, a la vida político-económico-social, a la vida
internacional de los pueblos con especial referencia al tema de la paz, o
sea, a todos los grandes problemas contemporáneos analizados por la
Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” en su segunda parte[8].

138. En la Sagrada Escritura se nos enseña que muchos hombres se portan como
enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3,18). Esto se debe a que la rechazan: El
que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10,38), la
recortan[9], la rebajan: baje de la Cruz que creeremos en El (Mt 27,42),
evitan ser perseguidos a causa de la Cruz de Cristo (Gal 6,12), no predican
entero el mensaje: si aún predico la circuncisión... ¡se acabó el escándalo
de la Cruz! (Gal 5,11).

139. La misma Palabra Encarnada nos enseña a amar la Cruz: niégate a ti
mismo, toma tu cruz cada día y sígueme (Lc 9,23). De esto nos dan ejemplo
los santos que llevaron en sus cuerpos los sufrimientos de Jesús[10],
completando en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo[11].

140. No debemos querer saber nada fuera de Jesucristo y Jesucristo
crucificado (1 Cor 2,2). Esta doctrina de la Cruz[12] debe ser lo que
prediquemos: la locura de la predicación... de Jesucristo crucificado,
escándalo para los judíos y locura para los griegos (1 Cor 1,21-23). Es en
esta cruz en la que debemos gloriarnos, a imitación del Apóstol: yo sólo me
gloriaré en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está
crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo (Gal 6,14).

141. Esta Cruz nos prepara un peso eterno de gloria incalculable (2 Cor
4,17), pues los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación
con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8,18). De aquí que el
mismo Señor nos anima: Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan
y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegraos y
regocijaos porque grande será en los Cielos vuestra recompensa, pues así
persiguieron a los profetas que hubo an­tes de vosotros (Mt 5,11-12).

142. No hay otra escuela más que la Cruz, en la cual Jesucristo enseña a sus
discípulos cómo deben ser: Ella es “para nosotros la Cátedra suprema de la
verdad de Dios y del hombre”[13]. De aquí que “en la escuela del Verbo
encarnado comprendemos que es sabiduría divina aceptar con amor su Cruz: la
cruz de la humildad de la razón frente al misterio; la cruz de la voluntad
en el cumplimiento fiel de toda la ley moral, natural y revelada; la cruz
del propio deber, a veces arduo y poco gratificante; la cruz de la paciencia
en la enfermedad y en las dificultades de todos los días; la cruz del empeño
infatigable para responder a la propia vocación; y la cruz de la lucha
contra las pasiones y las acechanzas del mal”[14]. Y es Cátedra porque en
Ella “se ha revelado la gloria del Amor dispuesto a todo”[15]. La Cruz es el
único camino de la vida, la señal de los predestinados, el cetro del reino
de santidad, “... es la fuente de toda bendición, el origen de toda gracia;
por Ella, los creyentes reciben, de la debilidad, la fuerza, del oprobio, la
gloria, y, de la muerte, la vida”[16].

143. Los santos de todos los tiempos, verdaderas palabras de Dios[17], nos
muestran la necesidad de la cruz en nuestras vidas: “Justamente con Cristo
es glorificado aquel que, padeciendo por El, realmente padece con El”[18].
“Todo el que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que
despreciar lo que Cristo despreció en la Cruz y amar lo que Cristo amó en
ella”[19]. “A Jesús se le ama y se le sirve en la Cruz y crucificados con
El, no de otro modo”[20].

144. Ellos mismos ardían en deseos de la Cruz: “Si la cabeza está coronada
de espinas, ¿lo serán de rosas los miembros? Si la Cabeza es escarnecida y
cubierta de lodo camino del Calvario ¿querrán los miembros vivir perfumados
en un trono de gloria?”[21], “los que gustan de la Cruz de Cristo Nuestro
Señor descansan viviendo en estos trabajos y mueren cuando de ellos huyen o
se hallan fuera de ellos”[22]. “Padecer o morir”[23]. “Quiero y elijo más
pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que
honores, y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue
tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”[24]. “Yo sé bien lo
que me conviene... Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras,
desgarramientos, amputaciones, descoyuntamientos de huesos, seccionamientos
de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del
demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Cris­to”[25].
“Permitid que imite la Pasión de mi Dios”[26]. En una palabra, “ni Jesús sin
la Cruz, ni la Cruz sin Jesús”[27].

145. Y los santos nos recuerdan la alegría que es fruto de esta cruz: “He
llegado a no poder sufrir pues me es dulce todo sufrimiento”[28]. Debemos
esperar de tal modo, que toda pena nos dé consuelo. Ella “es el punto de
apoyo, sobre el que se hace palanca para servir al hombre, así como para
transmitir a tantísimos otros la alegría inmensa de ser cristianos”[29].

146. La Cruz de Cristo reclama de nosotros una respuesta generosa: “(la
Pasión y la Cruz)... son una aspiración perseverante e inflexible y un
grito: un inmenso grito de los corazones”[30]. “Jesús, que en nada había
pecado, fue crucificado por ti; y tú ¿no te crucificarás por El, que fue
clavado en la cruz por amor a ti?”[31]. De ahí que sea también -por la
imitación de Cristo que implica- “una corona, no una ignominia”[32]. Esta es
la idea clamorosa: sacrificarse. Así se dirige la historia, aun silenciosa y
ocultamente.


Conveniencias

147. De las muchas ventajas que nos ha traído el que Cristo nos redimiera
por su Pasión debemos descubrir:

148. a) cuánto nos ama Dios y, por tanto, cuánto debemos amarle: Dios probó
su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros
(Rom 5,8); Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo
por mí (Gal 2,20).

149. b) el ejemplo que nos dio de tantas virtudes necesarias para la
salvación humana, como ser, obediencia, humildad, constancia, justicia,
desprecio de las cosas mundanas... Cristo padeció por vosotros dejándoos
ejemplo para que sigáis sus pasos (1 Pe 2,21).

150. c) no sólo cómo nos redimió del pecado, sino la grandeza de la gracia
santificante y de la gloria eterna que nos mereció.

151. d) la mayor necesidad de conservarnos inmunes del pecado ¡Habéis sido
comprados a gran precio! (1 Cor 6,20).

152. e) la mayor dignidad del hombre, que si bien fue vencido por el diablo,
éste fue vencido por el hombre: ¡Gracias sean dadas a Dios que nos dio la
victoria por Cristo! (1 Cor 15,57).

153. En fin, mil misterios encontramos en la Pasión del Señor, de tal
manera, que su abundancia es inagotable.

154. Debemos, también, considerar atentamente que Cristo quiso libremente
sufrir todos los acerbos dolores de su Pasión y Muerte, no los impidió
pudiendo impedirlos: Yo doy mi vida... Nadie me la quita, soy yo quien la
doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar (Jn
10, 17-18). Y manifestando que conservaba todo el vigor de su naturaleza
corporal hasta el último momento, dando un fuerte grito, con una gran voz
dijo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Diciendo esto expiró (Lc
23,46).

155. Y libremente se sujetó a la obediencia para cumplir el mandato de su
Padre: Por la obediencia de uno muchos serán hechos justos (Rom 5,19).
Cierto es que la obediencia es mejor que el sacrificio (1 Sam 15,22), pero
el sacrificio realizado por obediencia es suma perfección. De aquí que
debemos aprender a vivir libremente el voto de obediencia y no caer nunca en
la dialéctica destructiva de oponer libertad a obediencia o libertad a
autoridad o viceversa.

156. De tal modo, que bien considerado todo, en la Pasión se manifiesta la
severidad de Dios, que no quiso perdonar sin la conveniente satisfacción: no
perdonó a su propio Hijo; y su infinita bondad: le entregó por todos
nosotros; de donde debe brotar en nosotros una confianza ilimitada en la
generosidad desbordante del Padre: ¿Cómo no nos ha de dar con El todas las
cosas? (Rom 8,32).
(Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Espiritualidad, nº 134 – 146)

Notas
[1] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, 13.
[2] Cf. San Agustín, De Sancta Virginitate, nnº 54-55.
[3] San Francisco de Asís, Oración Absorbeat.
[4] Citado por Carlos Almena, en San Pablo de la Cruz, Ed. Des­clée, Bilbao 1960, p. 282.
[5] Luis de la Palma, Historia de la Pasión, preámbulo.
[6] San Roberto Belarmino, Libro de las siete palabras, preámbu­lo.
[7] Cf. en especial, L. II, cap. XI: “Cuán pocos son los que aman la Cruz de Cristo”; y cap. XII: “Del camino real de la santa cruz”.
[8] Cf. GS, 11-90.
[9] Cf. 1 Cor 1,17.
[10] Cf. 2 Cor 4,10.
[11] Cf. Col 1,24.
[12] Cf. 1 Cor 1,18.
[13] Juan Pablo II, Homilía durante la Misa para los universitarios romanos (06/04/1979), 3; OR (29/04/1979), p. 6.
[14] Juan Pablo II, Homilía en la Parroquia de Santo Tomás de Castelgandolfo (15/09/1991); OR (20/09/1991), p. 4.
[15] Juan Pablo II, Homilía durante la concelebración euca­rística en la Basílica de San Francisco en Asís (12/03/1982), 4; OR (21/03/1982), p. 11.
[16] San León Magno, Sermón 8 sobre la Pasión del Señor, 6,8: PL
54,340-342.
[17] Cf. Apoc 22,6.
[18] San Ambrosio, Cartas, nº 35, 4-6.
[19] Santo Tomás de Aquino, Credo Comentado, IV, 60.
[20] San Luis Orione, Cartas de Don Orione, Carta del 24/06/1937, Ed. Pío XII, Mar del Plata, 1952, p. 89.
[21] San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz, nº 27.
[22] San Francisco Javier, Carta del 20 de septiembre de 1542, Documento 15, nº 15. Cartas y escritos de San Francisco Javier, Ed. BAC, Madrid, 1979, p. 91.
[23] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, XL, 20.
[24] EE, [167].
[25] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 5, 3.
[26] Ibidem, 6, 3.
[27] San Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría
Eterna, cap. XIV, 1.
[28] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. XII, 21.
[29] Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes (02/04/1979); OR (19/04/1979), p. 7.
[30] Juan Pablo II, Celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro y Vía Crucis en Coliseo (04/04/1980), 6; OR (13/04/1980), p. 8.
[31] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis, XIII, 23.
[32] Ibidem, XIII, 22.



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Santos Padres: San Agustín - La pasión del Señor.


1. Con toda solemnidad leemos y celebramos la pasión de quien con su sangre
borró nuestras culpas para reavivar gozosamente nuestro recuerdo a través de
estas prácticas anuales y hacer que, mediante la afluencia de gente, irradie
mayor claridad nuestra fe. La solemnidad me pide hablaros, en la medida que
el Señor quiera concedérmelo, de su pasión. Ciertamente, en cuanto sufrió de
parte de sus enemigos, nuestro Señor se dignó dejarnos un ejemplo de
paciencia para nuestra salvación, útil para esta vida por la que hemos de
pasar; de manera que, si así él lo quisiere, no rehusemos el padecer lo que
sea en bien del Evangelio. Puesto que aun lo que sufrió en esta carne mortal
lo sufrió libremente y no por necesidad, es justo creer que también quiso
simbolizar algo en cada uno de los hechos que tuvieron lugar y fueron
escritos respecto a su pasión.

2. En primer lugar, en el hecho de que después de entregado para la
crucifixión llevó él mismo la cruz, nos dejó una muestra de paciencia e
indicó de antemano lo que ha de hacer quien quiera seguirle. Idéntica
exhortación la hizo también verbalmente cuando dijo: Quien me ame, que tome
su cruz y me siga. Llevar la propia cruz equivale, en cierto modo, a dominar
la propia mortalidad.

3. Al ser crucificado en el Calvario, significó que en su pasión tuvo lugar
el perdón de todos los pecados, de los que dice el salmo: Mis maldades se
han multiplicado más que los cabellos de mi cabeza.

4. A su derecha y a su izquierda, respectivamente, fueron crucificados otros
dos hombres, mostrando con ello que todos han de padecer, lo mismo si se
hallan a su derecha que si están a su izquierda. De los primeros se dice:
Dichosos los que sufren persecución por causa de la justicia; de los
segundos, en cambio: Y aunque entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo
amor, de nada me sirve.

5. Con el rótulo puesto sobre la cruz, en el que estaba escrito: Rey de los
judíos, demostró que ni siquiera causándole la muerte pudieron conseguir los
judíos que no fuera su rey quien con sublime potestad y a todas luces dará a
cada uno lo que merezcan sus obras. Por esa razón se canta en el salmo: El
me constituyó rey sobre Sión, su monte santo.

6. El que el rótulo estuviese escrito en tres lenguas: hebreo, griego y
latín, indica que iba a reinar no sólo sobre los judíos, sino también sobre
los gentiles. Por eso, después de haber dicho en el mismo salmo: El me
constituyó rey sobre Sión, su monte santo, es decir, donde se hablaba la
lengua hebrea, añade a continuación, como refiriéndose a la griega y a la
latina: El Señor me dijo: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy;
pídemelo, y te daré los pueblos en herencia, y los confines de la tierra
como tu posesión.» No porque el griego y el latín sean las únicas lenguas
habladas por los gentiles, sino porque son las que más destacan; la griega,
por su literatura, y la latina, por la habilidad de los romanos. Aunque en
aquellas tres lenguas quedaba indicado que iba a someterse a Cristo la
totalidad de los pueblos, no por eso se escribió allí también: «Rey de los
gentiles», sino sólo: Rey de los judíos, para que ya el nombre manifestase
el origen de la raza cristiana. Está escrito: La ley saldrá de Sión, y la
palabra del Señor, de Jerusalén. ¿Quiénes son los que dicen en el salmo: Nos
sometió a los pueblos y puso a los gentiles bajo nuestros pies, sino
aquellos de quienes dice el Apóstol: Si los gentiles participaron de sus
bienes espirituales, deben servirles con sus bienes materiales?

7. Los príncipes de los judíos sugirieron a Pilato que en ningún modo
escribiera que él era el rey de los judíos, sino que él decía serlo. De esta
forma, Pilato simbolizaba al acebuche que iba a ser injertado en aquellas
ramas quebradas; siendo gentil, mandó escribir la profesión de fe de los
gentiles, de quienes con razón dijo el mismo Señor: Se os quitará a vosotros
el reino y se le entregará a un pueblo que cumpla la justicia. Pero no por
eso deja de ser rey de los judíos. Es la raíz la que sostiene al acebuche,
no el acebuche a la raíz. Y no obstante aquellas ramas desgajadas por la
infidelidad, Dios no repudió a su pueblo, al que conoció de antemano.
También yo soy israelita, dice el Apóstol. Aunque los hijos del reino que no
quisieron que el Hijo de Dios fuera su rey sean expulsados a las tinieblas
exteriores, vendrán, no obstante, muchos de oriente y de occidente y se
sentarán a la mesa, no con Platón y Cicerón, sino con Abrahán, Isaac y
Jacob, en el reino de los cielos. Pilato, en efecto, escribió: Rey de los
judíos, no «Rey de los griegos» o «Rey de los latinos», aunque iba a reinar
sobre los gentiles. Y lo que mandó escribir quedó escrito, sin que lograra
cambiarlo la sugerencia de los que no lo creían. Mucho tiempo antes se le
había ordenado en los salmos: No cambies la inscripción del rótulo. Todos
los pueblos creen en el rey de los judíos; reina sobre todos los gentiles,
pero es solamente rey de los judíos. Tanto vigor tuvo aquella raíz, que
puede cambiar el ser del acebuche injertado en ella, mientras que el
acebuche, en cambio, no puede cambiar ni el nombre del olivo.

8. Los soldados se quedaron con sus vestiduras después de haberlas dividido
en cuatro lotes. Con ello se simbolizó a los sacramentos que iban a
extenderse por las cuatro partes del orbe.

9. El hecho de que, en vez de partirla, echaron a suertes la única túnica
inconsútil, demuestra con suficiencia que los sacramentos visibles, aunque
también ellos son vestimenta de Cristo, puede tenerlos quienquiera,
independientemente de que sea bueno o malo; en cambio, la fe pura, que obra
la perfección de la unidad mediante la caridad, dado que la caridad de Dios
se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha
otorgado, no pertenece a quienquiera, sino a quien le sea donada como en
suerte por una misteriosa gracia de Dios. Por eso dijo Pedro a Simón, que
estaba en posesión del bautismo, pero no de la fe: No tienes lote ni parte
en esta fe.

10. Reconociendo a su madre desde la cruz, la encomendó al cuidado de su
discípulo amado: manifestación apropiada de su afecto humano en el momento
en que moría como hombre. Aún no había llegado la hora de que había hablado
a su madre cuando la conversión del agua en vino: ¿Qué nos va a ti y a mí,
mujer? Aún no ha llegado mi hora. No había recibido de María lo que tenía en
cuanto Dios, como había recibido de ella lo que pendía de la cruz.

11. Con las palabras Tengo sed reclama la fe de los suyos; pero como vino a
su propia casa, y los suyos no le recibieron, en lugar de la suavidad de la
fe, le dieron el vinagre de la infidelidad, precisamente en una esponja. Hay
motivos para compararlos con la esponja, pues no son macizos, sino
hinchados; en vez de estar abiertos con libre acceso a la profesión de la
fe, están llenos de escondrijos, de los tortuosos recodos de las insidias.
Además, aquella bebida tenía consigo también el hisopo, hierba humilde de la
que se dice que, mediante su poderosísima raíz, se adhiere a las piedras.
Había gentes en aquel pueblo para quienes tal crimen serviría como
humillación del alma, arrepintiéndose después de haberlo desechado. Bien los
conocía quien recibía el hisopo junto con el vinagre. También por ellos oró,
según testimonio de otro evangelista, cuando dijo desde la cruz: Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen.

12. Con las palabras: Todo está consumado, e, inclinada la cabeza, entregó
su espíritu, mostró que su muerte no era fruto de necesidad, sino de
libertad, al esperar a morir cuando estaba cumplido todo lo que habían
profetizado sobre él. En efecto, también esto estaba escrito: Y en mi sed me
dieron a beber vinagre. Todo lo hizo como quien tiene poder para entregar su
vida, según él mismo había afirmado. Y entregó el Espíritu por humildad; es
lo que significa el hacerlo con la cabeza inclinada; Espíritu que volvería a
recibir después de la resurrección con la cabeza erguida. Aquel patriarca
Jacob ya había anticipado, al bendecir a Judá, que esta muerte e inclinación
de cabeza era consecuencia de un gran poder, con estas palabras: Te
levantaste estando tumbado; dormiste como un león. Ese levantarse hace
alusión a la muerte, y el león a su poder.

13. El mismo evangelio indicó por qué a aquellos dos se le quebrantaron las
piernas, y a él, en cambio, no, dado que había muerto. Convenía, en efecto,
manifestar también, mediante este hecho, que la pascua de los judíos se
había establecido como profecía suya; estaba mandado que en ella no se
rompiese ningún hueso del cordero.

14. De su costado, traspasado por la lanza, brotó sangre y agua hasta llegar
a la tierra. En ello, sin duda alguna, hay que ver los sacramentos, que
constituyen la Iglesia, semejante a Eva, que fue formada del costado de
Adán, figura del Adán futuro, mientras él dormía.

15. José y Nicodemo le dieron sepultura. Según algunos que han averiguado la
etimología del nombre, José significa «aumentado»; en cambio, por tratarse
de un nombre griego, son muchos los que saben que Nicodemo está compuesto de
los términos «victoria» y «pueblo», puesto que níkos significa victoria, y
démos pueblo. ¿Quién fue aumentado al morir sino quien dijo: Si el grano de
trigo no muere, se queda él solo; si, en cambio, muere, se multiplica? ¿Y
quién al morir venció al pueblo que lo perseguía sino quien después de
resucitar será su juez?
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 218, 1-4, BAC Madrid 1983,
207-14)




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Aplicación: P. Alfredo Sáenz,S.J. - Viernes Santo, Inmolación del Señor


Si el Jueves es, ante todo, "la hora de Jesús", el Viernes es,
prevalentemente, "la hora del Príncipe de las tinieblas", dos "horas" que,
en el fondo, constituyen una sola "hora", la "hora del Misterio Pascual". La
hora del demonio no es sino la otra cara de la hora de Jesús. El Viernes se
explica por el Jueves, la hora del demonio por la hora de Jesús. Pero el
hecho, aunque trágico, permanece: el demonio tuvo su "hora". Y este momento
de victoria —de aparente victoria— es la quintaesencia del escándalo de la
Cruz. Hoy los textos, tanto de la celebración litúrgica como del Oficio
divino, están preñados de dramatismo: el velo del templo desgarrado, las
rocas que se agrietan, el ladrón crucificado con Jesús, el clamor del Señor:
Dios mío ¿por qué me has abandonado?, la desesperación de Judas, el abandono de los discípulos. Tal es el trágico telón de fondo de este día terrible,
que golpea nuestros corazones como antaño sacudiera incluso a la creación
material.

La liturgia que estamos celebrando comenzó con las lecturas. En la primera
de ellas, el profeta Isaías preanunció lo que sucedería con el Señor:
"Estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su
apariencia no era más la de un ser humano... Despreciado, desechado por los
hombres, abrumado de dolores... Nosotros lo considerábamos golpeado, herido
por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado
por nuestras iniquidades... Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera
abría su boca; como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante
el que lo esquilaba, él no abría su boca". ¡Cruel espectáculo! ¡Así dejaron
al Señor nuestros pecados! Como dijimos en otra ocasión, es el cordero que
"carga" los pecados del mundo. Pero es también el cordero que "quita" los
pecados del mundo: cargando los pecados, los quita.

Luego hemos escuchado la solemne lectura de la Pasión del Señor, proclamada
al modo de una tragedia griega, con el personaje doliente como protagonista,
con los malvados y cobardes que lo rodean, con los personajes compasivos —
pocos— que intuyen la profundidad del drama que se está viviendo. En esa
larga lectura impresiona la absoluta soledad del Cristo que muere por la
salvación de una multitud, condenado por todos los po¬deres humanos delante
de los cuales es conducido. Pasó primero ante el Poder Religioso,
representado por el Sanedrín, ese poder cuyo cometido principal era
proclamar ante el pueblo la llegada del Mesías esperado durante tantos
siglos; y ese Poder condena al Señor por declararse tal. Fue después
conducido ante el Poder de la Sensualidad, representado por Herodes, ese
hombre curioso, infame, libidinoso; no comprende a Jesús, que sólo atina a
callar, y lo viste con la túnica de los locos; es natural, porque no hay
diálogo posible entre Cristo y el espíritu del mundo. Luego comparece ante
el Poder Político, representado por Pilato, ese Poder que hubiera debido
reconocer en Jesús al Rey de los Reyes y al Señor de los Señores; pero ello
le habría costado caro, siendo mal visto no sólo por sus súbditos sino
principalmente por los jueces de Roma. Finalmente enfrenta el Poder del
Pueblo que democráticamente, por la mitad más uno, lo condena: No sueltes a
éste sino a Barrabás, Crucifícale. Pasan, pues, todos los poderes: el Poder
Religioso, el Poder de la Sensualidad, el Poder Político, el Poder Popular.
Pasan todos. Y todos, sin excepción, son unánimes en condenar al Inocente.

Esto es lo que acontece viendo las cosas desde afuera. Pero tratemos de
penetrar en el interior de Jesús, para considerar las disposiciones de su
corazón frente a este terrible momento "voluntariamente aceptado". El es
Dios y es hombre. Como Dios no puede dejar de sentir el asco del pecado, la
indignación, la cólera, la náusea que Dios siempre mostró experimentar ante
el pecado, sea el de Adán, sea el de sus descendientes, sean las reiteradas
infidelidades del pueblo elegido, su esposa adúltera, en la plena conciencia
del abismo que el pecado ha abierto entre su Padre y la humanidad. ¿Y como
hombre? Como hombre se siente quebrantado, dolorido, incomprendido,
abandonado por casi todos, incluidos sus apóstoles queridos, que huyen, lo
niegan, se desentienden; pero sobre todo se siente como si Dios lo hubiese
abandonado, según lo confesó al pronunciar las palabras más dramáticas que
se hayan escuchado en la historia: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado? Cristo, que es Dios y es hombre, experimenta en sí la terrible
separación de lo humano y lo divino, efecto del pecado. Dios hecho hombre se
siente, como Dios, abandonado de los hombres, y como hombre, abandonado de
Dios. Clavado en la Cruz, Jesús representa al mismo tiempo la causa de Dios,
que exige una reparación justa por el pecado; y representa también la causa
de los pecadores, porque "se hizo pecado", asumiendo la responsabilidad de
todo el género humano, y cargando sobre sí nuestros pecados para salvarnos.

Tales son las resonancias que suscita la lectura de la Pasión que hace poco
hemos escuchado. A esa lectura siguió otro importante momento: el de las
oraciones universales, en las que hemos rogado por los diversos estamentos
que componen la sociedad: por la Iglesia, por el Papa, por las autoridades;
etc. Después de la Pasión, la oración por todos aquellos en favor de los
cuales murió el Señor. Se subraya así el carácter sacerdotal del martirio de
Jesús. El Cristo que se dejó fijar en la cruz es ya desde allí Sumo y Eterno
Sacerdote. Verticalmente clavado sobre el madero reunió el cielo y la
tierra, divorciados hasta entonces por el pecado, y extendiendo
horizontalmente sus brazos sobre el travesaño, quiso señalar su designio de
abrazar a todos aquellos que aceptan ser salvados. En el corazón del Cristo,
fijado con los clavos del amor, y en el corazón de su Madre, espiritualmente
crucificada con El, late ya el corazón de la Iglesia, de esa Iglesia que
desde su nacimiento del costado abierto del Esposo divino, en esas bodas de
sangre, comienza a ser "católica", es decir, universal. Hoy también, en esta
renovación del Viernes Santo, metida en el corazón sacerdotal de Cristo, y a
partir del corazón sacerdotal de Cristo, la Iglesia ora por todos; por los
cristianos, para que sean fieles a Dios, y por los no cristianos, para que
se conviertan y se integren en la Iglesia.

Y así hemos llegado, amados hermanos; hasta este momento en que solemnementehemos descubierto el Árbol de la Cruz, del cual estuvo pendiente la salvación del mundo. Enseguida nos acercaremos para besarlo, mientras la
liturgia entona sus himnos más hermosos: "Señor, adoramos tu Cruz, alabamos
y glorificamos tu santa Resurrección. Porque gracias al- árbol de la Cruz el
gozo llegó al mundo entero". Veneraremos a esa Cruz que es, al mismo tiempo,
el patíbulo donde nosotros hemos puesto a Nuestro Señor, por lo cual
lloramos, y el "árbol fiel" e incomparable, causa de nuestra alegría, ya que
"ningún bosque produjo otro igual en ramas, flores y frutos" de santidad y
de gracia. Es el Árbol de la Cruz que sustituye al árbol maldito del
Paraíso, y preludia el Árbol futuro que se describe en el Apocalipsis,
plantado junto a las fuentes, y cuyas hojas sirven para curar a todas las
naciones. La Esposa-Iglesia ve en, su Esposo crucificado, al Emperador
celestial que gobierna desde el madero, según aquello que dijo el mismo
Jesús: "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Finalmente nos acercaremos a comulgar, a recibir esa misteriosa Eucaristía
colocada en la tangencia del pasado doloroso del Señor que sufre y del
futuro triunfal del Señor que ejerce su Sacerdocio eterno. Apoyemos hoy
nuestros labios en el costado de Jesús para beber su sangre fresca, esa
sangre que nunca deja de manar de su costado abierto en la Cruz.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993,
p. 115-119)



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Apliclación: San Juan Pablo II - Alocución en el Via Crucis del Viernes Santo

La cruz es una señal visible del rechazo de Dios por parte del hombre. El
Dios vivo ha venido en medio de su pueblo mediante Jesucristo, su Hijo
Eterno que se ha hecho hombre: hijo de María de Nazaret.

Pero “los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).

Han creído que debía morir como seductor del pueblo. Ante el pretorio de
Pilato han lanzado el grito injurioso: “Crucifícale, crucifícale” (Jn 19,6).

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del Hijo de Dios por parte
de su pueblo elegido; la señal del rechazo de Dios por parte del mundo. Pero
a la vez la misma cruz se ha convertido en la señal de la aceptación de Dios
por parte del hombre, por parte de todo el Pueblo de Dios, por parte del
mundo.

Quien acoge a Dios en Cristo, lo acoge mediante la cruz. Quien ha acogido a
Dios en Cristo, lo expresa mediante esta señal: en efecto se persigna con la
señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho, para manifestar y
profesar que en la cruz se encuentra de nuevo a sí mismo todo entero: alma y
cuerpo, y que en esta señal abraza y estrecha a Cristo y su reino.

Cuando en el centro del pretorio romano Cristo se ha presentado a los ojos
de la muchedumbre, Pilato lo ha mostrado diciendo: “Ahí tenéis al hombre”
(Jn 19,5). Y la multitud responde: “Crucifícale”.

La cruz se ha convertido en la señal del rechazo del hombre en Cristo. De
modo admirable caminan juntos el rechazo de Dios y el del hombre. Gritando
“crucifícale”, la multitud de Jerusalén ha pronunciado la sentencia de
muerte contra toda esa verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por
Cristo, Hijo de Dios.

Ha sido así rechazada la verdad sobre el origen del hombre y sobre la
finalidad de su peregrinación sobre la tierra. Ha sido rechazada la verdad
acerca de su dignidad y su vocación más alta. Ha sido rechazada la verdad
sobre el amor, que tanto ennoblece y une a los hombres, y sobre la
misericordia, que levanta incluso de las mayores caídas.

Y he aquí que este lugar, donde -según una tradición- a causa de Cristo los
hombres eran ultrajados y condenados a muerte -en el Coliseo-, ha sido
puesta la cruz, desde hace mucho tiempo, como signo de la dignidad del
hombre, salvada por la cruz; como signo de la verdad sobre el origen divino
y sobre el fin de su peregrinar; como signo del amor y de la misericordia
que levanta de la caída y que, cada vez, en cierto sentido, renueva el
mundo.

He aquí la cruz: He aquí el leño de la cruz (“ecce lignum crucis”). Es ella
el signo del rechazo de Dios y el signo de su aceptación. Es ella el signo
del vilipendio del hombre y el signo de su elevación. El signo de la
victoria.

Cristo dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra (sobre la cruz), atraeré
todos a mí” (Jn 12,32).

Nuestros pensamientos se detienen junto a la cruz, cuyo misterio permanece y
cuya realidad se repite en circunstancias siempre nuevas.

Este rechazo de Dios por parte del hombre, por parte de los sistemas, que
despojan al hombre de la dignidad que posee por Dios en Cristo, del amor que
solamente el Espíritu de Dios puede difundir en los corazones, este rechazo
-repito-, ¿quedará equilibrado por la aceptación, íntima y ferviente, de
Dios que nos ha hablado en la cruz de Cristo?

¿Quedará equilibrado este rechazo por la aceptación del hombre de esta su
dignidad y de este amor, cuyo comienzo está en la cruz?

Pero el Vía Crucis de Cristo y su cruz no son solamente un interrogante: son
una aspiración, una aspiración perseverante e inflexible y un grito:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

“Padre, en tus manos entrego mí espíritu” (Lc 23,46).

Gritemos y oremos, como haciendo eco a las palabras de Cristo: Padre, acoge
a todos en la cruz de Cristo; acoge a la Iglesia y a la humanidad, a la
Iglesia y al mundo.

Acoge a aquellos que aceptan la cruz; a aquellos que no la entienden y a
aquellos que la evitan; a aquellos que no la aceptan y a aquellos que la
combaten con la intención de borrar y desenraizar este signo de la tierra de
los vivientes.

Padre, ¡acógenos a todos en la cruz de tu Hijo!

Acoge a cada uno de nosotros en la cruz de Cristo.

Sin fijar la mirada en todo lo que pasa dentro del corazón del hombre; sin
mirar a los frutos de sus obras y de los acontecimientos del mundo
contemporáneo: ¡Acepta al hombre!

La cruz de tu Hijo permanezca como signo de la aceptación del hijo pródigo
por parte del Padre.

Permanezca como signo de Alianza, de la Alianza nueva y eterna.
(Alocución en el Vía Crucis, 4 de abril de 1980)

 



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