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Viernes Santo: Preparemos la Acogida de la Palabra de Dios en Familia, en la Iglesia del Hogar

 

Recursos adicionales para la preparación

Nos preparamos en el hogar:


1. Introducción a la Palabra de Dios del día

2. Reflexionemos

2. 1 Los padres

2. 2 Con los hijos

3. Relación con la Santa Misa

4. Vivencia Familiar

5. Nos habla la Iglesia

6. Leamos la Biblia con la Iglesia

7. Oraciones: Viacrucis contemplando el Sagrado Corazón de Jesús

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 
1. Introducción a la Palabra de Dios

1. 1 Primera Lectura: Isaías 52, 13 -53, 12
Todos experimentamos nuestros momentos de crisis. Recuerdo que por mucho tiempo las representaciones del Corazón de Jesús han sido un problema para mí. Me era muy difícil rezar ante estas estatuas. Y eso que pertenezco a la Congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón. Ya pueden imaginarse mi dilema. Un día trajeron a mi atención el canto del siervo de Yahvé, justo este pasaje que toca ahora, la primera lectura del día Viernes Santo: "El soportó nuestros sufrimientos, aguantó nuestros dolores…, humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes…". En realidad toda la lectura describe al Señor que humildemente, amorosamente acepta la pasión para salvación nuestra. Desde entonces había yo encontrado para mi la expresión de lo que es Sagrado Corazón de Jesús: el crucificado con el corazón traspasado. Les deseo que esta lectura de Isaías también a ustedes les haga descubrir más profundamente hasta qué extremo llega el amor de Dios que no le basta hacerse hombre, compartir nuestra suerte como cualquier hijo de vecino. Quiere entregarlo todo, hasta la última gota de sangre para que el corazón humano pervertido descubra dónde está su salvación. Quizás uno descubre esta dimensión sólo después de haber sido golpeado por la vida, después de haber experimentado una y otra vez la debilidad humana, después de haber sentido la impotencia de poder amar de verdad. Sea como fuera, este siervo de Yahvé es precursor directo de lo que ha sufrido el Señor de acuerdo al Evangelio de San Juan. Que el día de hoy nos haga descubrir a todos que Dios es amor.

1. 2 Segunda Lectura: Hebreos 4, 14 -16. 5, 7 -9
Recordemos que todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo, del sacerdocio común. Cuando nos fijamos en esta lectura, la participación significa compasión, sufrimientos, súplicas con amor y lágrimas, con actitud reverente. El sendero de Cristo está marcado por ese tipo de entrega, sufriendo toda la debilidad y limitación humana. No se rebeló, más bien obediente hasta la muerte selló el sacrificio de su vida con la sangre redentora. Si queremos participar de la resurrección de Cristo tenemos que participar de alguna manera en su anonadamiento. Pienso que es este día del Viernes Santo que debería iluminar las oscuridades de nuestras penas, frustraciones y heridas. Es fácil ser hijo obediente de Dios cuando todos se nos da, cuando la vida nos conduce de cumbre en cumbre. La misma actitud de Jesús debe marcar nuestras horas de tinieblas de aparente desesperanza cuando parecemos estar encerrados en un abismo del cual no hay salida. Supliquemos con clamor y lágrimas al que nos puede salvar de la muerte, pero con actitud reverente, obedeciendo a los designios de Dios. "¿Por qué a mí?" Es la pregunta del que no se somete a la voluntad amorosa de Dios. Más bien deberíamos tomar prestada la frase de Job: "El Señor lo ha dado, el Señor lo ha quitado, bendito sea el nombre del Señor".
Si Dios no ha perdonado a su propio hijo ¿cómo vamos a reclamar que a nosotros nos ahorre todo sufrimiento? ¿Podremos protestar, resentirnos ante tal o cual hecho? Es verdad, el dolor humano, el sufrimiento angustioso nos hace gritar al cielo, clamar por justicia y ayuda. Jesús mismo también lo hizo. E hijo que fue, experimentó la obediencia. Por eso fue escuchado. Poder adquirir poco a poco la sumisión a la voluntad del Padre que todo lo dispone y eso es lo mejor para nosotros.

1. 3 Evangelio según San Juan 18, 1 -19, 42
San Juan nos enseña - como cada evangelista a su manera - a mirar con ojos de fe los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Alguien ha dicho: "ojalá tuviéramos una película que se haya tomada directamente de la pasión del Señor.". Pregunto: "¿Qué es lo que contemplaríamos?" La respuesta objetiva sería: "Veríamos el ajusticiamiento de un judío a manos de la soldadesca romana". Nada más. La fe no se da por el estar presente en un acontecimiento. La fe necesita otros ojos, los ojos del corazón, es decir, la capacidad de mirar y descubrir lo que hay detrás de lo visible. Así que nos basta el testimonio de San Juan que nos toma de la mano y nos ayuda a descubrir cuál es la realidad maravillosa que está detrás de hechos visibles. ¿Qué es lo que descubrimos? Se trata de una proclamación del rey, de su entronización y de su gloria. Los hechos visibles dicen aparentemente todo lo contrario: parece ser la muerte de un criminal que ha fracasado en todo. Es por eso que necesitamos de la ayuda de San Juan y de los demás evangelistas. Tomemos por ejemplo la escena del pretorio donde los soldados insultan a Jesús. Jesús es proclamado, coronado y aclamado como rey. En realidad no sabían lo que hacía porque sin saberlo se han convertido en proclamadores del reino, de una manera terrible pero verdadera. Fijémonos en las escenas alrededor de la Cruz: lo de "lo he escrito escrito está", la repartición de los vestidos, la entrega de María a Juan, el "todo está cumplido", el corazón traspasado, todas estas escenas son cumplimiento de profecías o anuncios de una nueva alianza, de un nuevo reino para con los hombres. Leamos este relato meditando y seguramente vislumbraremos como Dios puede hacer el aparente fracaso, del sufrimiento y del dolor un nuevo mundo colmado de amor, de misericordia y de perdón.

2. Reflexionemos
2. 1 Los padres
Para mí siempre ha sido algo sumamente difícil el aceptar que Dios haga sufrir tanto a su hijo. La Iglesia y los santos han sacado la conclusión que el pecado debe ser algo verdaderamente espantoso para que Dios en su amor proceda así. Esto no es una explicación evidente. Sabemos por el apóstol que Dios ha amado tanto el mundo que entregó a su propio hijo. Sacrificó a su hijo por amor nuestro. Ustedes los padres comprenden lo que es eso de entregar un hijo, de perderlo. Es como arrancarse un pedazo del propio corazón, es como renunciar a una parte de la vida. Y eso es para nosotros los humanos. En un rincón de nuestra alma pensamos que Dios no puede sufrir, y es verdad. No pueda acontecer en Dios algo que lo limite, algo que sea imperfección, sin embargo, ¿qué sabemos nosotros acerca de la dimensión del amor de Dios? ¿Acaso no era necesario una entrega total hasta lo más abyecto para que los hombres lográsemos vislumbrar, siquiera de manera lejana, cuánto Dios nos ama. No es que Dios utilice la entrega de su hijo como para hacer un chantaje como lamentablemente solemos los padres a veces hacerlo: "Mira, hecho tanto por ti, ahora te toca a ti". Dios ama sin condiciones, sin que le "paguemos". ¿Quién se atreve todavía a tenerle miedo a Dios? ¿Quién se atreve a ser indiferente ante este amor? No nos dejemos "aplastar" por ese amor como quien se coloca en desventaja ya que no puede devolver algo equivalente. Miren, Dios da según los deseos y la capacidad de cada uno. Y además, dejemos de ser unos malditos orgullosos que rechazan la felicidad porque no tienen nada equivalente para canjear. Digo maldito, porque nos lleva a la muerte. Seamos humildes y sepamos aceptar con gratitud lo que nunca merecemos. ¿Quedas obligado? Eso lo quedas ya desde antes de tu existencia. Así que baja de tu pedestal de autosuficiente y dile a Dios que no tienes nada que ofrecer, sólo tu pecado. Tu "insolvencia" será la mejor carta para jugar ante la misericordia de Dios. Los santos saben que todo, todo es gracia y a pesar de tus pecados. Deja tu terquedad de un lado y recibe de Dios lo que él quiera darte. Si te da vergüenza porque lo has ofendido tanto recuerda que Dios cargó a Jesús con todos nuestros pecados. La deuda ya está apagada. ¿Qué esperas? Híncate y dile a Dios lo que te dicta tu corazón.


2. 2 Con los hijos
Unos niños estaban ayudando a su padre a llevar la leña para la chimenea y así defenderse del frío. El más pequeño estaba abriendo sus débiles brazos y el padre los fue cargando de leña para que la transportara a su casa. Su hermano miraba y, cuando le pareció bastante peso, le dijo: "Ya basta.". El pequeño respondió: "Bien sabe mi padre el peso que puedo llevar. Déjale que cargue lo que él quiera".
También en nuestra vida a veces Dios nos pide esfuerzos y sufrimientos. Parece que a veces nos carga demasiado: una enfermedad dolorosa, la ausencia de un ser querido, una separación, la pérdida de algo o de alguien. Bien sabe Dios nuestro Padre lo que podemos llevar. Él nunca nos prueba por encima de nuestras fuerzas. Sabemos que todo lo que Dios hace o permite es para nuestro bien, lo hace y lo permite por amor nuestro, y por eso deberíamos ser capaces de darle las gracias y alabarle por todo lo que el nos envía. Es fácil darle gracias a Dios cuando sucede algo hermoso aunque hay muchas veces que nos olvidamos. En cambio es difícil expresar nuestro reconocimiento a Dios cuando estamos tristes o sufriendo. Pero justo ahí se muestra si tenemos fe, si creemos de verdad qué Dios nos ama en cada instante y en todo lo que hace por amor nuestro.

3. Relación con la Santa Misa
Cuando Jesús dijo: "hagan esto en memoria mía", había hablado antes del cuerpo suyo que será entregado y de la sangre que iba a ser derramada para el perdón de los pecados. Comemos su cuerpo sacrificado. Recuerdo a un Señor, amigo de mi padre que Dios lo tenga en su gloria supongo que habrá solucionado su problema de fe, que repetía su argumento: "Yo no soy antropófago" cuando hablábamos de la santa comunión. El mismo problema tuvieron los oyentes de Jesús cuando hablaba de darles a comer su carne. Las comunidades cristianas que han vivido bajo su la persecución sabían qué fuerza, qué consuelo, qué poder encierra la celebración de la Santa Visa. Se sabían parte de Jesús que cargaba la Cruz, se sabían miembros de Cristo crucificado. Sabían que este alimento da la fuerza para la vida eterna. ¿Necesitaremos nosotros una persecución para entender que Cristo ha muerto por nosotros y que su muerte es nuestra salvación, que la Misa es la renovación de la muerte en la Cruz?

El Viernes Santo no se celebra Misa. La liturgia del Viernes Santo es como sigue:
A. Liturgia de la Palabras
Se proclaman las lecturas arriba consignadas. Concluye con solemnes plegarias.
B. Adoración de la Cruz.
Todos los fieles se acercan para venerar la Cruz.
C. Comunión Eucarística.


4. Vivencia Familiar
Queremos animar a las familias a que este día tenga una característica especial. Además de participar en la liturgia, sugerimos que la familia durante la mañana haga una visita al templo para rezar juntos el viacrucis si no es organizado por la parroquia. Cuando los niños son pequeños es aconsejable recorrer con calma las estaciones, explicándoles a media voz los acontecimientos representados y contestando sus preguntas.

5. Nos habla la Iglesia
Cumpliendo el mandato recibido de su Padre, Jesús se entregó libremente a la muerte en la Cruz, meta del camino de su existencia. El portador de la libertad y del gozo del reino de Dios quiso ser víctima decisiva de la injusticia y del mal de este mundo. El dolor de la creación es asumida por el crucificado que ofrece su vida en sacrificio por todos: Sumo Sacerdote que puede compartir nuestras debilidades. Víctima pascual que nos redime de nuestros pecados. Hijo obediente que encarna ante la justicia salvadora de su Padre de el clamor de la liberación y de redención de todos los hombres (Puebla 194).

6. Leamos la Biblia con la Iglesia
Sugerimos a los adultos meditar los siguientes pasajes de la carta a los Hebreos: 10, 1 -18:12, 14 -29.


7. Oraciones: Viacrucis contemplando el Sagrado Corazón de Jesús

Oración preparatoria
Henos aquí, divino Salvador, deseosos de imitarte y de seguir tus huellas en tu camino hacia el calvario, cumplida escuela para los discípulos de tu Corazón. Concédenos la gracia de comprender las enseñanzas que nos dispensas en este camino doloroso
Oremos: oh Señor, en tu pasión conociste los dolores y sufrimientos humanos, la ingratitud de los hombres y el desprecio del mundo; por eso te seguimos muy de cerca para aprender a llevar la Cruz y para reparar con nuestras tribulaciones las faltas con que tantos con Cristo en tu Corazón

1. Estación: Jesús condenado a muerte
Te adoramos Señor y te bendecimos;
Por tu santa Cruz redimiste al mundo (así en todas las estaciones).
El odio arrastra al Amor ante el tribunal, pero el Corazón de Jesús palpita con igual caridad en su pecho dolorido, bajo el manto de burla y empapado de sangre. Alrededor de Cristo se levantan puños amenazadores y resuenan gritos blasfemos. En lugar de argumentos sólo se oyen acusaciones falsas e insidiosas contra el inocente. Mas, él guarda silencio.
Las manos cobardes de Pilatos quiebran la barra de la justicia; un aullido frenético se eleva de la muchedumbre, la injusticia sentencia a la Justicia. El odio triunfa y el amor calla.
No juzguen
Para no ser juzgados
Oremos: Jesús, salvador nuestro, te sometes al juicio de los pecadores para librarnos de la condenación debida a nuestros pecados. Estás pálido y exangüe, siendo la fuente de vida de nuestras almas. Llevas la corona de espinas, para que nosotros llevemos la joya de la gracia. Todos los miembros de tu cuerpo sufren, para que seamos miembros vivos de tu Cuerpo Místico, la Iglesia.
Jesús, manso y humilde de corazón.
Haz nuestro corazón semejante al tuyo (así en todas las estaciones).

2. Estación: Jesús cargado con la Cruz
La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos, abraza la Cruz. El inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni a la fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.
Cargó con nuestros dolores
Sobrellevó nuestros sufrimientos
Oremos: amado Salvador mío, vas con la Cruz precediéndonos en el camino, pues el cristiano, no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar, con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, la infidelidad de tantos cristianos tibios. Cuando la Cruz del dolor pesa sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu corazón, a fin de sacrificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

3. Estación: Jesús cae por primera vez
Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creyó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el cielo y los pensamientos en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al calvario y continuará hasta la consumación
Vine a poner fuego a la tierra,
Y qué quiero sino que arda.
Oremos: Salvador mío, ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes, sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu corazón. Ves en nosotros la mediocridad, la tibieza, causante de tu caída. En adelante pondremos fuerza a las obras, en nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades, te abandonaron.

4. Estación: Jesús se encuentra con su santísima madre
Jesús sigue adelante con paso tembloroso. ¿No habrá nadie que comprenda su dolor y lo compadezca? De pronto sus manos se sienten oprimidas con cálida emoción. Demasiado como la ternura de aquellas manos que lo estrechan. Su corazón se estremece de dolor y consuelo. Vuelve sus ojos y se encuentra con su desolada madre. ¡Qué encuentro! La amargura paraliza sus lenguas, las miradas se confunden, las almas se compenetran. Ahora, el mejor de los hijos y la mejor de las madres seguirán paso a paso el mismo camino, llevando a cuestas la misma Cruz.
Honra a tu padre de todo corazón.
No olvides los dolores de tu madre.
Oremos: Salvador mío, cuánta ternura humana alberga tu corazón en su grandeza divina. Amas a tu madre con profundo amor filial. Durante toda tu vida de esforzaste por librar a la familia del pecado y transformarla en la sociedad feliz de hijos de Dios. Por eso observaste el cuarto mandamiento desde la infancia hasta la muerte. Pero cuánto sufriste en este encuentro con tu madre, al prever que en los tiempos actuales los lazos de la familia serían deshechos y profanados. Ven en ayuda de las familias.

5. Estación: Jesús ayudado por Simón cireneo
Las mejillas del Sr. palidecen por momentos y sus pasos se hacen más vacilantes. Los verdugos se alarman: si falleciera Jesús en el camino, terminaría el gran acontecimiento del día. Los orgullosos soldados romanos no se rebajan a llevar la Cruz.
En aquel momento pasa por ahí un pobre labrador y le obligan a cargar el pesado madero. Los soldados y los fariseos se burlan. Jesús premia la bondad de Simón con una palabra de gratitud y más tarde con la gracia de la fe.
Ayúdense mutuamente a llevar sus cargas.
Así cumplirán la ley de Cristo.
Oremos: Buen Jesús, cuán comprensivo eres con nuestra naturaleza que en ciertas horas dolorosas se niega a proseguir luchando. Tú conoces las agonías de la vida y el consuelo de un amor abnegado. Las manos bienhechoras de Simón simbolizan las manos de quienes se dedican generosamente a la caridad, interviniendo ahí donde una Cruz deja de sentir su peso. Tu palabra nos anima: "Lo que han hecho al menor de mis hermanos a mí me lo han hecho".

6. Estación Verónica enjuaga el rostro de Jesús
Simón cabina de prisa y Jesús apenas puede seguirle. El sol ardiente del mediodía lo fatiga y un sudor copioso baña su frente. La sangre y el polvo ensombrecen el rostro divino y velan sus ojos. Una mujer atraviesa con pasos firmes las filas de los soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro con un blanco lienzo. ¡Que alivio para el Señor! Verónica al retirarse contempla emocionada en el velo que en los pliegues lleva impreso el rostro doloroso de Cristo.
Haz brillar sobre tu siervo tu rostro,
Y enséñale tus justísimos decretos.
Oremos: Amado Salvador mío, el odio te maltrata, y tú perdonas; encuentras amor reparador y lo recompensas generosamente. Haz que aprendamos de tu Corazón la gratitud y el amor, y de Verónica la caridad comprensiva; que así como tu Corazón está patente a todos, así el nuestro lo esté a ti y a nuestros hermanos. Verónica precede a las almas reparadoras que se esfuerzan en consolar tu Corazón afligido por la ingratitud humana; y nos enseña que comprender el dolor ajeno, vale más que la ayuda insensible.

7. Estación: Jesús cae por segunda vez
Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. ¡Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado! Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que velan sus ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y, mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.
Quien crea estar de pie,
Vigile y no caiga
Oremos: amable redentor, lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa pides penitencias y reparación, pues "más gozo te causa un pecador penitente, que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".
Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas.

8. Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén
Jesús, al contemplar a los niños en los brazos de sus madres, olvida un momento sus dolores; tanto era su cariño por aquellos inocentes pequeñuelos. Las madres miran compasivas las heridas, la sangre, la corona de espinas de Cristo. Pero él les insinúa las heridas de sus almas y los peligros espirituales que amenazan a sus hijos, por quienes padece y va a morir. Por eso les dice:
"Hijas de Jerusalén, no lloren por mí,
Lloren por ustedes mismas y por sus hijos.
Oremos: amado Salvador mío, al ver a los niños y a sus madres, piensas en la familia cristiana, la gran preocupación de tu Corazón. Por eso elevaste la unión de casados a la dignidad de alianza consagrada por las gracias sacramentales del matrimonio.
¡Con que pesar ves la profanación de este sacramento, consecuencia detestable del amor egoísta que rehúye todo sacrificio. Danos la gracia de respetar y santificar lo que fue santificado con la sangre de tu Corazón.

9. Estación Jesús cae por tercera vez
Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento golpean y maltratan a la agotada víctima, entre aclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del calvario donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!
El Señor cargó con las culpas de todos,
Fue maltratado y padeció por la muchedumbre.
Oremos: Amado Salvador mío, no la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio.
Querías, con tus caídas, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Ayúdanos a reparar tantas abominaciones y con tu ayuda dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta las cumbres de la virtud.

10. Estación: Jesús despojado de sus vestiduras
Ningún hombre hay ni habrá en la tierra tan puro y casto como Jesús. Dios y hombre verdadero por la unión íntima de la naturaleza humana con la divina, llevó una vida de sublime pureza. ¡Qué ignominia para el Señor, verse despojado de sus vestidos y soportar sobre si las miradas de aquella turba lasciva!
Sólo el alma generosa es capaz de comprender las amarguras de este nuevo dolor.
Bienaventurados los limpios de corazón,
Porque ellos verán a Dios.
Oremos: Amado Salvador mío, padeces el tormento de la vergüenza para preservarnos de la vergüenza eterna. Cuanto más se empeñen los impíos en desconocer los fines de la creación, tanto más con tu ayuda nos esforzaremos nosotros en reconocerlos. Su alma y también su cuerpo fueron creados a tu imagen y semejanza. Por eso seremos en la continencia y la honestidad una generación casta que brille por su virtud a despecho de tantos malvados que pecan contra el honor y la dignidad de su cuerpo.

11. Estación: Jesús clavado en la Cruz
Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el: "Perdónales Padre, porque no saben lo que hacen".
Estoy crucificado con Cristo.
Por eso ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.
Oremos: Salvador mío crucificado. "Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos". Lo escribiste con tu sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquella palabra "Dios es amor", que tan patente se manifiesta en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero sí grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora. El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y ten tu mirada sobre tus fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

12. Estación: Jesús muere en la Cruz
El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiendo durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrazado por la fiebre y la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira. El Corazón de Jesús deja de latir… la lanza del soldado lo abre para que derrame por nosotros las últimas gotas de su sangre.
Han taladrado mis manos y mis pies
Y se pueden contar todos mis huesos.
Oremos: Amado Salvador mío, tu sacrificio está cumplido y los hombres súperabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar a tu lado en aquellos momentos junto al altar de la Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día, en la Santa Misa, contemplar tu Cruz y coger tu sangre redentora. ¡Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar! En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes para recordar los dolores con una comunión reparadora.

13. Estación: descendimiento de la Cruz
El cuerpo de Cristo reposa en el regazo de su santísima madre como si su amor maternal hubiese de expiar las torturas de la Cruz. El Corazón de Jesús ya no palpita. Llegó para María la hora de recoger los frutos del sacrificio común para distribuirlos al mundo. ¿Qué título más apropiado para María que el de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, ya que los latidos de su corazón de madre no eran más que el eco de los de su divino Hijo?
Estaba junto a la Cruz de Jesús
Su madre, María.
Oremos: Acuérdate Nuestra Señora del Sagrado Corazón,
de las maravillas que Dios hizo en ti.
Te escogió como Madre de su Hijo
a quien seguiste hasta la Cruz.
Te glorificó con Él, escuchando con agrado
tus plegarias por todos los hombres.
Llenos confianza en el amor del Señor
y en tu intercesión, venimos contigo
a las fuentes de su corazón
de donde brotan para la vida del mundo,
la esperanza y el perdón,
la fidelidad y la salvación.
Nuestra Señora del Sagrado Corazón:
Tú conoces nuestras necesidades,
habla al Señor por nosotros y por todos
los hombres.
Ayúdanos a vivir en su amor,
para eso, alcánzanos las gracias
que le pedimos
y las que necesitamos.
Tu petición de Madre es poderosa:
Que Dios responda a nuestra esperanza.
Amén

14. Estación: Sepultura de Jesús
Los fieles discípulos, José de Arimatea y Nicodemo, depositan el cuerpo de Jesús en el sepulcro y le dirigen la última despedida. Los representantes de la ley sellan la losa. Los enemigos lanzan un alarido de triunfo: ¡Todo se acabó! Hasta en los corazones de los fieles el dolor es más grande que la esperanza. Solo María espera con ansia la llegada de la mañana de Pascua.
Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos.
Ya vivamos, pues, ya muramos, del Señor somos.
Oremos: Ha amado Salvador, quisiste morir para darnos la vida, ser sepultado para que participásemos de tu resurrección.
Concede a los paganos que viven en las sombras de la incredulidad, acoger la buena nueva de la Cruz, anima a los valientes misioneros, bendice a cuantos se rezan y se sacrifican por la obra misionera que te es de tanto agrado.
También te dirigimos una súplica por nuestros queridos difuntos: haz que, por el amor de tu corazón, de los dolores del purgatorio pasen a la patria eterna. A nosotros concédenos descansar un día bajo la sombra de tu Cruz. Sea nuestra sepultura la puerta por la cual entremos a la ciudad dichosa que ha preparado tu corazón a los que te aman.

Oración final
Amado Salvador, tu vía dolorosa ha terminado. Ahora sabemos con qué espíritu de abnegación y sacrificio has llevado tu Cruz. Así queremos llevar también la nuestra. En este viacrucis nos has mostrado la grandeza de tu Corazón. Te hemos prometido reparación y amor. ¡Haznos vivir y sufrir, morir y vencer contigo! Y que el fin de nuestro viacrucis terrestre sea para todos los que acabamos de presenciar tu muerte y tu sacrificio, el comienzo de nuestro triunfo celestial.
Jesús manso y humilde de Corazón
Haz nuestro corazón semejante al tuyo

 

 



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