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Domingo 3 de Pascua B: Comentarios de Sabios y Santos I - Preparemos con ellos la acogida de la Palabra de Dios

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Ejemplos que iluminan la participación
Recursos: Gráficos - Videos - Audios

 

 

A su disposición
Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. - Sobre las tres lecturas

Exégesis: Manuel de Tuya - Aparición a los apóstoles. 24,36-43 (Mc 16,14; Jn 20,19-23)

Exégesis: Josef Schmid - Aparición a los discípulos reunidos en Jerusalén

Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - Características de las apariciones de Cristo resucitado

Comentario Teológico: Juan Pablo II - Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la resurrección de Cristo.

Comentario Teológico: Pio XII - Bernardo, maestro eximio de la Caridad

Comentario Teológico: Royo Marín - La paz
efecto del amor

Aplicación: Raniero Cantalamessa - La resurrección de Cristo es también la nuestra

Santos Padres - San Agustín - Aparición a los apóstoles (Lc 24, 36-53)

Santos Padres: San Agustín -  Sermón  - La Aparición de Jesús Resucitado

Aplicación: San Luis Bertrán - "Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí" (Mc 16, 6)

Aplicación: R.P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E. . Cristo Resucitado: cualidades

Ejemplos Predicables

 

 


Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a las Lecturas del Domingo


Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. - Sobre las tres lecturas


Sobre la Primera Lectura (Hechos 3,13-15. 17-19)
Los Apóstoles cuentan con una fuerza infinita: El Espíritu Santo.

- Este discurso de Pedro en el Pórtico de Salomón nos permite constatar cómo el Espíritu Santo, que el Resucitado envió a sus Apóstoles, les dejó iluminados y valientes. Es un discurso apologético (12-18: Jesús es el Mesías prometido en las Escrituras); y parenético (19-26: debemos convertirnos: creer en El). La Resurrección ha probado claramente cómo le pertenecen los títulos Mesiánicos de Siervo de Yahvé (Is 52, 13-53), de 'Santo' y 'Justo' (Is 53, 11). La Liturgia ha recogido el título de 'Autor de la Vida', que Pedro otorga a Jesús, en aquella hermosa 'secuencia' pascual: “Dux vitae mortuus regnat vivus”.

- La curación del cojo de nacimiento que acaban de presenciar, obrada en el nombre de Jesucristo, a la vez que garantiza la Resurrección de Jesús que testifican sus Apóstoles, es 'signo' de la obra Redentora y Salvadora de Cristo. Es este NOMBRE el que salva. Jesús en hebreo significa: 'Dios-salva'. Aquella curación milagrosa nos lleva a conocer la verdadera Salvación que para todos trae Jesús = Dios-Salvador.

- Nosotros debemos aportar la conversión: la fe sincera. Cuanto más fervorosa, sincera y plena sea nuestra respuesta al Salvador, con mayor rapidez y plenitud se realizará la Redención (v. 21). 'Exulte siempre, Señor, tu pueblo en renovada juventud de alma para que quienes ahora se gozan restituidos al honor de la adopción, aguarden el día de la resurrección con la esperanza de la segura glorificación­' (Collecta).


Sobre la Segunda Lectura (1Juan 2, 1-5)

Los pecadores tenemos ya quien responda por nosotros: Cristo Hijo de Dios:

- 'Si alguno pecare Abogado tenemos ante el Padre, Jesucristo, justo' (v. 1). Bondadoso Abogado para pedir gracia, pues es nuestro Hermano. Poderoso Abogado para recabar perdón, pues es Hijo de Dios. ¡Cuánto debe colmarnos de paz y de gratitud el saber que Cristo Resucitado está a la derecha del Padre, 'Pontífice ya inmortal y Abogado nuestro' (Heb 7,26). 'Cristo Jesús, el que por nosotros murió, ahora, ya Resucitado, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros’ (Rom 8, 38). Orígenes pondera así el amor e interés que por nosotros tiene nuestro Abogado Jesús: 'El Hijo del amor, que se enajenó a Sí mismo por el amor que nos tuvo y no buscó lo suyo (ser igual a Dios), sino que buscó lo nuestro y por esto se enajenó, ¿no seguirá ahora buscando lo nuestro, no se apenara por nuestro amor, no llorará por nuestra perdición? El Médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que tomó sobre Si nuestras heridas, ¿no va a preocuparse de nuestras purulentas llagas?'.

- La intercesión de nuestro Abogado es de eficacia infalible: 'El mismo es Sacrificio expiatorio por nuestros pecados: por los pecados de todo el mundo' (v. 2). A la diestra del Padre está el Hijo que se ofreció a Sí mismo en sacrificio por nosotros: 'Habiendo ofrecido un solo sacrificio de eficacia eterna, se sentó a la diestra de Dios' (Heb 10, 13). Tal Hijo, que aboga a nuestro favor y presenta su sangre en defensa de nuestra causa, no puede ser desoído por el Padre.

- Jesús, Sacerdote y Sacrificio, Oferente y Oblación, Altar y Cordero, Víctima expiatoria e impetratoria en el Calvario, lo es por siempre: 'La virtud de esta Hostia ofrecida una vez perdura por siempre' (S. Th., III, 22, 3). Nunca cesa la oblación interior del corazón de Cristo, a gloria del Padre y para expiación de todos los pecados. Por esto cada Misa puede ser la renovación objetiva y perenne de la oblación de Cristo Sumo Sacerdote. Aquel su único, permanente e inmutable acto sacrificial del Calvario, al renovarse ritualmente en cada Misa, actualiza la Redención en nosotros y acrece sin medida la gloria del Padre: Cristo Pontífice presenta al Padre el valor eterno del sacrificio de la Cruz: 'Cristo Pontífice penetró en los cielos para presentarse ahora en el acatamiento de Dios a favor nuestro' (Heb 7, 26).

- 'Conocer', para los semitas, es más bien un acto del corazón que de la mente. 'Conocer a Dios', del v. 3, es la fe que compromete toda la persona. De ahí que para San Juan 'conocer a Dios', 'andar en verdad', 'estar en comunión con Dios', 'permanecer en Él', 'imitarle', 'cumplir su voluntad', son expresiones sinónimas o equivalentes.


Sobre el Evangelio (Lucas 24, 35-48)

Las Apariciones del Resucitado son para la Iglesia mensajes de fe y dádivas de Espíritu Santo:

- En Lucas, como en Juan, el Resucitado en sus apariciones no es conocido sino por sus palabras o signos. Es que su Cuerpo Glorificado, aunque idéntico al que tuvo en su vida mortal, tiene otro estado que modifica su forma externa y le libra de las leyes de los cuerpos materiales.

- Lucas, que escribe para los griegos muy reacios a admitir la resurrección de los cuerpos, insiste en la realidad física del cuerpo Glorificado. 'Soy Yo mismo. Palpadme, ¿Tenéis algo para comer?' (vv. 40. 41). No es aparición de un fantasma. Es el Jesús mismo que con ellos se sentó a la mesa. Si la Encarnación fue un misterio de 'condescendencia', lo sigue siendo en Cristo Glorificado. Se acomoda a las exigencias de Tomás, a la rudeza, a los titubeos de sus Apóstoles.

- El resucitado completa su obra: la institución de la Iglesia. A la luz de la resurrección les ilumina las Escrituras Mesiánicas (vv. 43-46); los envía al mundo mensajeros de Salvación y Testigos de la Verdad (vv. 47-48): les confiere la plenitud de sus poderes (v. 49). Comienza la hora de la Iglesia, que durará hasta la Parusía gloriosa de Cristo.

'Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu; y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente' (Dom. 3º de Pascua: Oración Colecta)

'Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de goza; y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno' (Dom. 3º de Pascua: Oración sobre las ofrendas).

'Mira, Señor, con bondad a tu pueblo; y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa' (Dom. 3º de Pascua: Postcomunión).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)

 

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Exégesis: Manuel de Tuya - Aparición a los apóstoles. 24,36-43 (Mc 16,14; Jn 20,19-23)

 

Mc, más sintético, y Lc dan el mismo enfoque a este relato. Cristo censura a los Once (Mc) porque no creyeron a los que se les había aparecido.

Este pasaje, sin una conexión necesaria con lo anterior, debe de ser una síntesis de las conversaciones de Cristo con los apóstoles durante los cuarenta días que Lc dice que se les apareció y les hablaba del reino de Dios (Act 1,3).

 

Varios son los puntos que recoge Lc:

Hacerles ver por la Escritura—que enuncia en sus tres partes, y, sobre todo, al especificar los salmos, quizá por su especial valor mesiánico, ya que, generalmente, sólo se citaban la Ley y los Profetas—que el plan del Padre no era el mesianismo ambiental, nacionalista y político, sino que el Mesías había de morir y resucitar. Y entonces «les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo que así estaba escrito que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos».

 

La frase de «abrirles la inteligencia para que entendiesen las Escrituras», podría tener dos sentidos: o que Cristo les concede un carisma para que ellos penetren este sentido de las Escrituras, a diferencia de los de Emaús a los que él abiertamente se las explicaba (Lc 24,26.27), o que se trate de una frase fundamentalmente equivalente a la de los de Emaús, aunque la redacción literaria sea algo distinta, pues aquí mismo dice Lc que después de «abrirles la inteligencia», que es hacer comprender, «les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos». Es decir, explicación hecha por él mismo. Probablemente este segundo sentido sea preferible.

 

Que se predicase en «su nombre», del Cristo muerto y resucitado, la «penitencia» (metánoian) para la remisión de los pecados. Esta «penitencia» es cambiar el modo de ser, y ver en El, con su mesianismo de cruz y de resurrección, al único Salvador Que Dios puso para la salvación. En los Hechos de los Apóstoles, dirá San Pedro ante el sanedrín: «En ningún otro (Cristo) hay salud, pues ningún otro nombre (semitismo por persona) nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos» (Act 4,12). Con la «conversión» a este Mesías y a su doctrina, se tiene la remisión de los pecados.

 

Esta predicación de Cristo Mesías y la salvación, aneja a su fe, es para «todas las naciones». Es el universalismo de la fe. Pero en el plan de Dios, será irradiada esta Buena Nueva comenzando por Jerusalén (Act 1,8). Era todavía la bendición del Mesías al pueblo que lo crucificó, y como gran beneficio, al tiempo que pasaba el privilegio de Israel a las gentes. El mismo San Pablo reconocerá estas «primacías» privilegiadas de Israel.

Los apóstoles serán «los testigos» de toda esta verdad y enseñanza.

 

Pero van a ser preparados con la gran fuerza renovadora y fortalecedora de Pentecostés. Van a recibir el Espíritu Santo, de cuyo envío y obras tanto habló en los discursos de la Cena. El complemento de esto lo expone Lc en los Hechos de los Apóstoles (Act 1,48; c.2).

 

(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, pp. 933-935)

 

 

 

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Exégesis: Josef Schmid - Aparición a los discípulos reunidos en Jerusalén

 

Esta tercera aparición del Resucitado significa, en un doble aspecto, un grado más frente a las dos anteriores. El número de los testigos presentes es mayor (antes Simón solo, después los dos discípulos de Emaús) y la forma en que Jesús les prueba la realidad de la resurrección es mucho más clara, más enérgica. A pesar de ello, esta perícopa no se diferencia de las anteriores por lo que respecta a la naturaleza del cuerpo resucitado de Jesús. La forma en que Jesús se aparece a los discípulos (v. 36) muestra que no está sometido ya a las leyes del espacio (cf. Jn 20,19).

 

La escena forma en el tiempo la continuación inmediata de la anterior, tiene lugar, por tanto, como destaca expresamente el texto paralelo de Jn 20,19, por la noche del día de la resurrección. Jesús aparece de pronto en medio de los discípulos. El v. 36b, que falta en los mismos manuscritos que 24,6a.12, es probablemente una interpolación posterior a partir del pasaje paralelo de Jn 20,19.

 

El sobresalto de los discípulos está motivado por la manera de presentarse Jesús, distinta de la de un hombre de carne y hueso. Por ello creen al principio, a pesar de las apariciones anteriores de que tienen noticia, que ante sus ojos hay un fantasma (cf. Mc 6,49).

 

Jesús los reprocha bondadosamente en su desconcierto por los pensamientos que «surgen en su corazón» y los exhorta después a convencerse de la realidad de su corporeidad, primero tocando sus manos y pies, donde hay que pensar probablemente (cf. Jn 20, 25.27) en las señales visibles en ellos de las heridas de los clavos, que ya excluyen toda duda si las tienen ante sus ojos. Pero por su tacto pueden todavía asegurarse de que sus ojos no les engañan.

 

El v. 40 falta en el texto occidental y es, sin duda, una interpolación a partir de Jn 20,20.

Sorprendente resulta (sobre todo si se considera auténtico el v. 40) que tampoco entonces quieran creer. Lucas da a entender por las palabras «la alegría» que no se trata ya de incredulidad en sentido estricto, sino que los discípulos no pueden volver en sí de gozo al ver al Señor realmente vivo entre ellos. Entonces «ayuda Jesús su falta de fe» (cf. Mc 9,24) comiendo en su presencia, a pesar de que su cuerpo, animado por espíritu (cf. 1 Car 15,44), no necesita ya alimento en el estado glorioso que le es propio tras la resurrección. La forma en que pudo tomar entonces aquellos alimentos es para nosotros un misterio, pero por ser su fin probar a los discípulos la realidad de la corporeidad de Jesús, no pudo tratarse de un acto solo aparente.

 

Con su relato sobre las apariciones del Resucitado se acerca Lucas sensiblemente al término y fin de su obra. Su texto podría ser entendido, y de hecho lo ha sido frecuentemente, como si esta última instrucción aquí referida, sin nueva determinación temporal alguna, el testamento del Señor a sus discípulos (v. 44-49), antes de marchar de este mundo, y su ascensión a los cielos (v. 50-53) hubieran seguido inmediatamente a la aparición de la noche del domingo de pascua, y, por tanto, según Lucas, la ascensión de Jesús a los cielos hubiera tenido lugar en la noche siguiente a su resurrección. Sin embargo, al comienzo de la segunda parte de su obra total, Act 1,3-14, Lucas ofrece un relato más detallado sobre estos mismos acontecimientos, relato que completa en algunos puntos esenciales el final de su Evangelio. En el queda dicho sobre todo (1,3) que Jesus, «con numerosas pruebas, se les mostró (a sus discípulos) vivo después de su pasión, dejándose ver de ellos y hablándoles durante cuarenta días del reino de Dios». Con ello, pues, queda claramente dicho, si no se quiere aceptar que cuando escribió el final de su Evangelio no sabía Lucas lo que iba a decir sobre los mismos hechos al comienzo de su segundo libro, que los v. 44-53 no son la continuación inmediata de los v. 36-43.

 

Jesus vuelve, una vez más, a referirse a las instrucciones dadas una vez a sus discípulos sobre la necesidad de su pasión, muerte y resurrección según la voluntad divina, expresa en la Escritura. Estas profecías del AT, a las que les había remitido ya largo tiempo atrás, han encontrado entonces su cumplimiento. El AT queda aquí nombrado según sus tres partes distinguidas en el canon judío ya en época pre cristiana, de las que los salmos forman la tercera.

 

Todo el AT en su conjunto va entendido aquí como obra profética.

 

Así como a los dos discípulos de Emaús (v. 27), el Resucitado abre aquí a todos los discípulos su entendimiento cerrado hasta entonces, para que puedan comprender la Escritura.

 

Los v. 46ss tienen ya la forma característica del kerygma cristiano primitivo (la predicación misional) y enumeran los hechos determinantes de la nueva interpretación de la Escritura: la pasión (en la que está incluida la muerte) y la resurrección del Mesías al tercer día, así como el mensaje en su nombre (esto es, predicando el nombre de Jesús como Mesías) a todo el género humano, de la conversión y del perdón de los pecados. Con ello se da una nueva interpretación de la persona de Jesús, que sobrepasa, con mucho, a la noción del Mesías que imperaba hasta entonces en los medios judíos. Jerusalén debe ser el punto de partida de esta predicación del mensaje salvífico por parte de los apóstoles. Con estas palabras finales del v. 47 se pasa de la enumeración de los hechos salvíficos anunciados por la Escritura al encargo de misión dado a los discípulos, los cuales, se transforman, con ello, en apóstoles. También la instrucción que antecede pasa así a integrarse en el encargo de misión.

 

El v. 48, análogamente, significa un hecho y constituye también un encargo. Los discípulos son testigos «de esto», es decir, del cumplimiento de estas profecías, y por lo mismo están predestinados a dar testimonio de ello ante todo el mundo. Estas palabras son de una importancia fundamental para la recta comprensión del sentido del término «evangelio». No se trata de especulación humana, de mito, sino su contenido esencial, consiste en hechos históricos determinados. Los discípulos son aquellos que han vivido personalmente tales hechos y han sido instruidos sobre su significación redentora por el Resucitado mismo, que ha abierto los ojos de su entendimiento. Por ello están capacitados y llamados a predicar estos hechos de redención como «apóstoles» al mundo entero. Ello es lo que hace de su predicación un mensaje, lo que motiva que sea algo más que simple testimonio de opiniones personales humanas. Estas palabras de Jesús corresponden por su contenido a la orden de misión y bautismo trinitarios de Mt 28,19ss. El que los discípulos las entendieron y las pusieron por obra, lo prueba el libro de los Hechos de los apóstoles. En el que se dice repetidamente que los apóstoles cumplieron su encargo de predicar como testigos enviados por Cristo.

 

Para que puedan cumplir su misión de testigos promete Jesús a sus discípulos el envío desde el cielo de la promesa del Padre (cf. Act 1,4), esto es, el Espíritu Santo prometido ya en el AT", y que él ha recibido de su Padre (cf. Act 2,33). Por ello no deben abandonar Jerusalén hasta el día en que, de esta forma, queden

 

investidos (cf. Act 1,8), del poder «de lo alto», esto es, de Dios. Pentecostés es el día del cumplimiento de esta promesa (cf. Act 2,1 ss). La opinión de muchos exegetas modernos, de que esta orden de Jesús a sus discípulos, de quedarse en Jerusalén hasta el envío de Espíritu en Pentecostés sería una prueba de que Lucas no solo no sabía nada de apariciones del Resucitado en Galilea y la marcha hacia allí de los discípulos, sino que las excluye directamente, sería sostenible solo si Lc 24,33-53 tuviera que ser considerado como una unidad histórica. Con su última orden a los discípulos y su promesa del Espíritu dirige Jesús definitivamente su mirada hacia el futuro, su obra está terminada y comienza la obra de los discípulos: la misión universal.

(Josef Schmid, El Evangelio según San Lucas, Editorial Herder Barcelona 1968, pp 517-522)

 

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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - Características de las apariciones de Cristo resucitado

1. Conocemos el pasaje de la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo, el primero cronológicamente, anota la verdad sobre la resurrección de Cristo: «Porque os transmití... lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras: que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce...” (1Co 15, 3-5). Se trata, como se ve, de una verdad transmitida, recibida, y nuevamente transmitida. Una verdad que pertenece al “depósito de la Revelación” que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.

2. Jesús reveló gradualmente esta verdad en su enseñanza prepascual. Posteriormente ésta, encontró su realización concreta en los acontecimiento de la pascua jerosolimitana de Cristo, certificados históricamente, pero llenos de misterio.

Los anuncios y los hechos tuvieron su confirmación sobre todo en los encuentros de Cristo resucitado, que los Evangelios y Pablo relatan. Es necesario decir que el texto paulino presenta estos encuentros ?en los que se revela Cristo resucitado? de manera global y sintética (añadiendo al final el propio encuentro con el Resucitado a las puertas de Damasco: cf. Hch 9, 3-6). En los Evangelios se encuentran, al respecto, anotaciones más bien fragmentarias.

No es difícil tomar y comparar algunas líneas características de cada una de estas apariciones y de su conjunto, para acercarnos todavía más al descubrimiento del significado de esta verdad revelada.

3. Podemos observar ante todo que, después de la resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del alma: pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios, asumiendo la actitud de vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles su “superioridad”, y todavía menos ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta que se haya presentado a alguno de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos lleva a excluir que se haya aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo había entregado a los sumos sacerdotes para que fuese crucificado (cf. Jn 19, 16), o a Caifás, que se había rasgado las vestiduras por la afirmación de su divinidad (cf. Mt 26, 63-66).

A los privilegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física: aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que habían visto traspasado; aquella voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo en el encuentro con Pablo en las cercanías de Damasco, la luz que rodea al Resucitado casi deja ciego al ardiente perseguidor de los cristianos y lo tira al suelo (cf. Hch 9, 3-8): pero es una manifestación del poder de Aquel que, ya subido al cielo, impresiona a un hombre al que quiere hacer un “instrumento de elección” (Hch 9, 15), un misionero del Evangelio.

4. Es de destacar también un hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer lugar a las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a los discípulos, y ni siquiera a los mismos Apóstoles, a pesar de que los había elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar un delicado rasgo de su humanidad, que consiste en la amabilidad y en la gentileza con que se acerca y beneficia a las personas que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo. Es lo que parece que se puede concluir de un texto de Mateo: “En esto, Jesús les salió al encuentro (a las mujeres que corrían para comunicar el mensaje a los discípulos) y les dijo: ‘¡Dios os guarde!’. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’” (28, 9-10).

También el episodio de la aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.

En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrá que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.

5. Algunas características de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o “visitado” por Él.

Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en el que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación...

Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20, 16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos (cf. Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.

6. Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo “transformado”. No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.

Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de El mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: “¿No estaba ardiendo nuestro Corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32). “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). “He visto al Señor” (Jn 20, 18). ¡Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio de dolor y de muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.

7. Hay que subrayar una última característica de las apariciones de Cristo resucitado: en ellas, especialmente en las últimas, Jesús realiza la definitiva entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de la misión de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su Palabra y el don de su gracia.

Recuérdese la aparición a los discípulos en el Cenáculo la tarde de Pascua: “Como el Padre me envió, también yo os envío...” (Jn 20, 21): ¡y les da el poder de perdonar los pecados!

Y en la aparición en el mar de Tiberíades, seguida de la pesca milagrosa, que simboliza y anuncia la fertilidad de la misión, es evidente que Jesús quiere orientar sus espíritus hacia la obra que les espera (cf. Jn 21, 1-23). Lo confirma la definitiva asignación de la misión particular a Pedro (Jn 21, 15-18): “¿Me amas?... Tú sabes que te quiero... Apacienta mis corderos.. Apacienta mis ovejas...”.

Juan indica que “ésta fue va la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos” (Jn 21, 14). Esta vez, ellos, no sólo se habían dado cuenta de su identidad: “Es el Señor” (Jn 21, 7); sino que habían comprendido que, todo cuanto había sucedido y sucedía en aquellos días pascuales, les comprometía a cada uno de ellos ?y de modo particular a Pedro? en la construcción de la nueva era de la historia, que había tenido su principio en aquella mañana de pascua.
(JUAN PABLO II, Audiencia General del miércoles 22 de febrero de 1989)

Comentario Teológico: Juan Pablo II - Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la resurrección de Cristo.

1. La tradicional audiencia general del miércoles hoy se ve inundada por la alegría luminosa de la Pascua. En estos días la Iglesia celebra con júbilo el gran misterio de la Resurrección. Es una alegría profunda e inextinguible, fundada en el don, que nos hace Cristo resucitado, de la Alianza nueva y eterna, una alianza que permanece porque él ya no muere más. Una alegría que no sólo se prolonga durante la octava de Pascua, considerada por la liturgia como un solo día, sino que se extiende a lo largo de cincuenta días, hasta Pentecostés. Más aún, llega a abarcar todos los tiempos y lugares.

Durante este período, la comunidad cristiana es invitada a hacer una experiencia nueva y más profunda de Cristo resucitado, que vive y actúa en la Iglesia y en el mundo.


2. En este espléndido marco de luz y alegría propias del tiempo pascual, queremos detenernos ahora a contemplar juntos el rostro del Resucitado, recordando y actualizando lo que no dudé en señalar como "núcleo esencial" de la gran herencia que nos ha dejado el jubileo del año 2000. En efecto, como subrayé en la carta apostólica Novo millennio ineunte, "si quisiéramos descubrir el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja la experiencia jubilar, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Cristo (...), acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (n. 15).

Como en el Viernes y en el Sábado santo contemplamos el rostro doloroso de Cristo, ahora dirigimos nuestra mirada llena de fe, de amor y de gratitud al rostro del Resucitado. La Iglesia, en estos días, fija su mirada en ese rostro, siguiendo el ejemplo de san Pedro, que confiesa a Cristo su amor (cf. Jn 21, 15-17), y de san Pablo, deslumbrado por Jesús resucitado en el camino de Damasco (cf. Hch 9, 3-5).
La liturgia pascual nos presenta varios encuentros de Cristo resucitado, que constituyen una invitación a profundizar en su mensaje y nos estimulan a imitar el camino de fe de quienes lo reconocieron en aquellas primeras horas después de la resurrección. Así, las piadosas mujeres y María Magdalena nos impulsan a llevar solícitamente el anuncio del Resucitado a los discípulos (cf. Lc 24, 8-10, Jn 20, 18). El Apóstol predilecto testimonia de modo singular que precisamente el amor logra ver la realidad significada por los signos de la resurrección: la tumba vacía, la ausencia del cadáver, los lienzos funerarios doblados. El amor ve y cree, y estimula a caminar hacia Aquel que entraña el pleno sentido de todas las cosas: Jesús, que vive por todos los siglos.

3. En la liturgia de hoy la Iglesia contempla el rostro del Resucitado compartiendo el camino de los dos discípulos de Emaús. Al inicio de esta audiencia, hemos escuchado un pasaje de esta conocida página del evangelista san Lucas.

Aunque sea con dificultad, el camino de Emaús lleva del sentido de desolación y extravío a la plenitud de la fe pascual. Al recorrer este itinerario, también a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje. Durante el trayecto, Jesús se nos acerca, se une a nosotros en el punto donde nos encontramos y nos plantea las preguntas esenciales que devuelven al corazón la esperanza. Tiene muchas cosas que explicar a propósito de su destino y del nuestro. Sobre todo revela que toda existencia humana debe pasar por su cruz para entrar en la gloria. Pero Cristo hace algo más: parte para nosotros el pan de la comunión, ofreciendo la Mesa eucarística en la que las Escrituras cobran su pleno sentido y revelan los rasgos únicos y esplendorosos del rostro del Redentor.

4. Después de reconocer y contemplar el rostro de Cristo resucitado, también nosotros, como los dos discípulos, somos invitados a correr hasta el lugar donde se encuentran nuestros hermanos, para llevar a todos el gran anuncio: "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 25).

"En su resurrección hemos resucitado todos" (Prefacio pascual II): he aquí la buena nueva que los discípulos de Cristo no se cansan de llevar al mundo, ante todo mediante el testimonio de su propia vida. Este es el don más hermoso que esperan de nosotros nuestros hermanos en este tiempo pascual.
Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la resurrección de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a gustar plenamente la alegría pascual: una alegría que, según la promesa del Resucitado, nadie podrá arrebatarnos y no tendrá fin (cf. Jn 16, 23).
(Juan Pablo II: Audiencia general: 18 de Abril de 2001)

 

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Comlentario Teológico: Pio XII - Bernardo, maestro eximio de la Caridad

 

De la divina caridad quizás nadie haya hablado tan bien, con tanta profundidad y vehemencia, como Bernardo. La causa de amar a Dios —dice— es Dios mismo; la medida, amar sin medida. Porque donde hay amor, no hay labor, sino sabor. Lo cual él mismo confiesa haberlo experimentado cuando escribe: ¡Oh amor casto y santo! jOh dulcísimo y suavísimo afecto!... tanto más dulce y suave, cuanto que es del todo divino lo que se siente. Amar así es estar endiosado.

 

Y en otro lugar: Mejor es para mí, Señor, abrazarte en la tribulación, en la hoguera tenerte conmigo, que estar sin Ti aun en el cielo. Y al llegar a la suma y perfecta caridad, por la que se une a Dios en el más intimo matrimonio espiritual, entonces ve inundada su alma de tal alegría y paz, como jamás se encontrara otra: jOh lugar del verdadero descanso... donde no se ve a Dios como turbado por la ira o como preocupado por solicitudes, sino que se saborean los efectos de su bondad y de su benevolencia! Esta contemplación no está llena de espanto, sino de delicias; no excita una curiosidad inquieta, sino que la sosiega. No cansa al sentido, sino que lo tranquiliza. Aquí verdaderamente se descansa. Dios tranquilo lo tranquiliza todo; y verlo pacifico es estar en paz.

 

Elogio de la perfecta quietud mística. Sin embargo esta perfecta quietud no es la muerte del alma, sino la vida verdadera. Muy al revés..., es un descanso vivificador y vigilante que alumbra los sentidos interiores y, desterrando la muerte, comunica una vida inmortal. Es verdaderamente pero tal que no embota los sentidos, sino que los transporta y los arroba. Lo diré sin vacilar; es una muerte; si os parece dura la frase, escuchad al Apóstol, el cual, escribiendo a algunos vivientes aun en carne mortal, decíales así. "Estáis ya muertos, y vuestra vida estar escondida con Cristo en Dios"

Esta perfecta quietud del alma, por la que gozamos devolviendo a Dios el amor con que El nos ama, y por la que dirigimos y encaminamos a Dios nuestra vida y todas nuestras cosas, no nos reduce al desaliento, a la pereza, a la inercia, sino todo lo contrario, nos empuja a una vida despierta, diligente, actuosa, con la que nos esforzamos por conseguir nuestra salvación, e incluso la de los demás, con el auxilio de la divina gracia. Pues esta excelsa contemplación y meditación, movida e impulsada por el divino amor, contribuye a gobernar los afectos, a dirigir los actos, a corregir los excesos, a regular las costumbres, a ordenar y ennoblecer la vida, a conseguir, en fin, la ciencia de las cosas humanas y divinas.

 

Ella hace suceder el orden a la confusión, sabe unir lo disperso y juntar lo desunido, penetra en lo más secreto, descubre las trazas de la verdad, averigua lo aparente y falso de las cosas, descubre finalmente, el engaño. Ella ordena de antemano las acciones que se han de llevar a efecto, no olvidándose de recapacitar sobre los actos realizados, para que no quede en el alma nada que necesite enmienda. Ella en las cosas prosperas presiente los peligros que nos amenazan, y en las adversas hace que casi no se sientan sus efectos; lo uno es propio de la fortaleza, lo otro de la prudencia.

(PP. Pío XII, Encíclica: “Doctor Mellifluus”, 1953)

 

 

 

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Comentario Teológico: Royo Marín - La paz efecto del amor

 

He aquí otro acto o efecto interior procedente de la caridad, cuyo estudio cobra actualidad palpitante en nuestra época moderna, tan agitada por violentas convulsiones que perturban la paz en el triple aspecto individual, familiar y social.

 

La paz, según Santo Tomas, es el complemento y la perfección del Gozo, sin la cual no puede el hombre gozar tranquila y duraderamente. Y esto por dos razones:

 

a) En primer lugar, por la quietud respecto de las perturbaciones exteriores, pues nadie puede gozar perfectamente del bien amado cuando es perturbado en su goce por otras cosas. Si bien es verdad que el que tiene su corazón perfectamente pacífico en un objeto, por ningún otro puede ser molestado, porque considera las demás cosas como nada. Por eso se dice en el salmo: «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo» (Ps. 118, 165), porque no son perturbados por las cosas exteriores en tal grado que les impidan gozar de Dios.

 

b) En segundo lugar, porque calma el deseo fluctuante, pues no goza perfectamente de una cosa aquel a quien no le basta lo que goza.

Siendo, pues, la paz el complemento y la perfección del gozo, exige la lógica que se la estudie a continuación de aquél, y así lo hace Santo Tomás. Expondremos aquí los puntos fundamentales de su doctrina en forma de conclusiones.

 

Conclusión 1ª: La paz, en general, no es otra cosa que la tranquilidad del orden.

 

Como as sabido, la maravillosa fórmula tranquillitas ordinis es de San Agustín en su inmortal obra De civitate Dei. Es la definición clásica de la paz, que ha sido aceptada por todos por su admirable precisión y exactitud. Donde reina el orden, hay tranquilidad y paz; si se produce el desorden, surge inmediatamente la inquietud y la guerra. La paz puede entenderse en sentido individual o en sentido social. En sentido individual, solo se producirá la paz cuando todas las tendencias y apetitos del hombre se orienten a Dios, como primer principio ordenador, de una manera tranquila y estable. Y en sentido social es preciso añadir, como elemento esencial, la unión o concordia de todos los corazones. Volveremos sobre esto en las siguientes conclusiones.

 

Conclusión 2ª: La paz interior no es lo mismo que la concordia exterior.

La primera incluye y supone la segunda, pero añade a ella el sosiego y quietud de los propios apetitos interiores.

 

Para la paz interior se requiere, como hemos dicho, que todas las tendencias y apetitos del hombre se unifiquen y orienten -de una manera tranquila y estable- hacia el supremo principio ordenador, que es Dios. Porque, si la voluntad del hombre se desvía hacia los bienes sensibles, en contra del dictamen de la razón, que la impulsa hacia el bien racional, se produce el desorden y la lucha entre la carne y el espíritu de que habla San Pablo (Gal. 5,57), que se opone diametralmente a la paz. Y si no se produce este desorden, pero la voluntad se dirige a distintos objetos apetecibles que no puede alcanzar a la vez, se produce también la confusión y la inquietud, y, por consiguiente, la pérdida de la paz. Por eso la unión de esos impulsos interiores y su orientación a un bien supremo, que los supere y unifique, es de esencia de la paz individual; de ahí que la Sagrada Escritura nos advierta expresamente que «no hay paz para los impíos» (Is. 48,22), puesto que no la puede haber en un corazón apartado de Dios. San Agustín lo dijo hermosamente: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón anda inquieto y desasosegado hasta que descansa en ti».

 

Conclusión 3ª: Hay una paz verdadera y otra aparente.

 

La verdadera paz solo está en el apetito del verdadero bien; porque todo lo malo, aunque parezca bueno en algo y en esa parte aquiete el apetito, está lleno de defectos y fallos que inquietan y turban el mismo apetito. De donde la paz verdadera no puede darse más que en cosas buenas y en los hombres buenos. En cambio, la paz de los malos es aparente y engañosa; por lo que dice de ellos la Sagrada Escritura (Sap. 14,22): "Viven en la magna guerra de la ignorancia; a tantos y a tan grandes males llaman paz".

 

Consistiendo la verdadera paz en el bien verdadero y pudiéndose poseer ese bien de una manera perfecta o imperfecta, hay también una doble paz verdadera. Una perfecta, que consiste en el goce perfecto del sumo Bien —último fin del hombre—, que aquieta y unifica todos los apetitos. Y otra imperfecta, que es la que puede alcanzarse en este mundo; pues aunque la tendencia principal del alma repose en Dios, hay, con todo, cosas interiores y exteriores que la contradicen y perturban.

 

Conclusión 4ª: La paz es efecto propio y directo de la caridad; Pero indirectamente es también obra de la justicia.

 

Que la paz sea efecto propio y directo de la caridad, lo prueba Santo Tomás con este sencillo razonamiento:

"Hemos dicho que es esencial a la paz una doble unión: la que resulta de la ordenación interior de los propios apetitos y la que tiene por resultado la unión exterior o concordia de los corazones. Ahora bien: es precisamente la caridad quien logra ambas uniones. La primera, al amar a Dios de todo corazón, de suerte que todo lo refiramos a El, teniendo así unificados todos nuestros impulsos y deseos. La segunda, al amar al prójimo como a nosotros mismos, que establece la perfecta concordia entre los corazones".

 

Luego es evidente que la paz es efecto propio y directo de la caridad.

Sin embargo—como advierte el mismo Doctor Angélico—, la paz es también, indirectamente, obra de la justicia, en cuanto que elimina los obstáculos que se opondrían a ella. Lo dice expresamente la Sagrada Escritura: La paz será obra de la justicia; y el fruto de la justicia, el reposo y la seguridad para siempre (Is. 32,17). La razón es porque la paz exterior afecta directamente al orden social, cuya existencia, es imposible si no se eliminan de él todas las injusticias. Sin embargo, la influencia de la caridad sobre la paz, tanto interior como exterior, es mucho más directa e inmediata, puesto que la causa lo produce en su misma esencia; la justicia, en cambio, se limita a remover los obstáculos que impedirían la concordia de los corazones.

 

De donde se deduce que están en un error los que quieren establecer la paz del mundo a base únicamente de la justicia social, prescindiendo de la caridad. Jamás se logrará por ese camino. La única formula viable consiste en inundar al mundo con una verdadera efusión de caridad, complementada por la justicia. Por otra parte, solo el amor de caridad puede impulsar a los hombres con fuerza suficiente al cumplimiento íntegro de los deberes de justicia, presentándonos al prójimo, no como un ser extraño con el que nada tenemos que ver, sino como un verdadero hermano, hijo del mismo Dios, miembro del mismo Cristo y coheredero con nosotros del mismo patrimonio eterno. Sin la caridad cristiana, que suprime y arranca de raíz el egoísmo, la justicia social es imposible; y, aunque se lograra, no resolvería por sí misma el problema.

 

Por eso es tan triste y lamentable contemplar los esfuerzos—a veces sinceros, a veces hipócritas —de los llamados "grandes" de la política mundial por encontrar una formula que permita implantar en el mundo una paz estable y duradera. No advierten, en su ceguera, que solo Cristo tiene la solución del pavoroso problema, y que cualquier formula que se arbitre de espaldas a El no puede conducir, a la corta o a la larga, sino a nuevos cataclismos y desastres.

En la solución de las dificultades añade Santo Tomás algunas ideas interesantes:

 

1. a Los pecadores no pueden disfrutar de verdadera paz, sino únicamente de una paz falsa y aparente. Porque, como el pecado destruye la gracia y la caridad, su apetito no se adhiere al verdadero bien final, sino tan solo al bien aparente; lo que establece un desorden y disonancia interior incompatible con la verdadera paz.

 

2. a No es obstáculo para la concordia de los corazones la no coincidencia intelectual en cosas opinables o de poca importancia, como se vio en el caso de San Pablo y San Bernabé, que se separaron amistosamente por tener diferente opinión en un asunto de poca monta (Act. 15,36-40). Sin embargo, esas disensiones en cosas opinables o de poca importancia constituyen un obstáculo para la paz perfecta, aunque puedan armonizarse con la paz imperfecta propia de esta vida. Y cabe el peligro, además, de que se distancien fácilmente los corazones por la disensión de los criterios, ya que casi siempre se mezcla el amor propio en la defensa de la propia opinión.

 

(Royo Marín, Teología de la Caridad, B.A.C., Madrid, 1963, pg. 147-151)

 

 

 

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Aplicación: Raniero Cantalamessa - La resurrección de Cristo es también la nuestra


Ésta no es sólo un gran milagro, un argumento o una prueba a favor de la verdad de Cristo. Es más. Es un mundo nuevo en el que se entra con la fe acompañada de estupor y alegría.


El Evangelio nos permite asistir a una de las muchas apariciones del Resucitado. Los discípulos de Emaús acaban de llegar jadeantes a Jerusalén y están relatando lo que les ha ocurrido en el camino, cuando Jesús en persona se aparece en medio de ellos diciendo: «La paz con vosotros». En un primer momento, miedo, como si vieran a un fantasma; después, estupor, incredulidad; finalmente, alegría. Es más, incredulidad y alegría a la vez: «A causa de la alegría, no acababan de creerlo, asombrados».

La suya es una incredulidad del todo especial. Es la actitud de quien ya cree (si no, no habría alegría), pero no sabe darse cuenta. Como quien dice: ¡demasiado bello para ser cierto! La podemos llamar, paradójicamente, una fe incrédula. Para convencerles, Jesús les pide algo de comer, porque no hay nada como comer algo juntos que conforte y cree comunión.

Todo esto nos dice algo importante sobre la resurrección. Ésta no es sólo un gran milagro, un argumento o una prueba a favor de la verdad de Cristo. Es más. Es un mundo nuevo en el que se entra con la fe acompañada de estupor y alegría. La resurrección de Cristo es la «nueva creación». No se trata sólo de creer que Jesús ha resucitado; se trata de conocer y experimentar «el poder de la resurrección» (Filipenses 3, 10).

Esta dimensión más profunda de la Pascua es particularmente sentida por nuestros hermanos ortodoxos. Para ellos la resurrección de Cristo es todo. En el tiempo pascual, cuando se encuentran a alguien le saludan diciendo: «¡Cristo ha resucitado!», y el otro responde: «¡En verdad ha resucitado!». Esta costumbre está tan enraizada en el pueblo que se cuenta esta anécdota ocurrida a comienzos de la revolución bolchevique. Se había organizado un debate público sobre la resurrección de Cristo. Primero había hablado el ateo, demoliendo para siempre, en su opinión, la fe de los cristianos en la resurrección. Al bajar, subió al estrado el sacerdote ortodoxo, quien debía hablar en defensa. El humilde pope miró a la multitud y dijo sencillamente: «¡Cristo ha resucitado!». Todos respondieron a coro, antes aún de pensar: «¡En verdad ha resucitado!». Y el sacerdote descendió en silencio del estrado.


Conocemos bien cómo es representada la resurrección en la tradición occidental, por ejemplo en Piero della Francesca. Jesús que sale del sepulcro izando la cruz como un estandarte de victoria. El rostro inspira una extraordinaria confianza y seguridad. Pero su victoria es sobre sus enemigos exteriores, terrenos. Las autoridades habían puesto sellos en su sepulcro y guardias para vigilar, y he aquí que los sellos se rompen y los guardias duermen. Los hombres están presentes sólo como testigos inertes y pasivos; no toman parte verdaderamente en la resurrección.

Icono de la Resurrección con Adán y Eva (descendió a los infiernos)

 
En la imagen oriental la escena es del todo diferente. No se desarrolla a cielo abierto, sino bajo tierra. Jesús, en la resurrección, no sale, sino que desciende. Con extraordinaria energía toma de la mano a Adán y Eva, que esperan en el reino de los muertos, y les arrastra consigo hacia la vida y la resurrección. Detrás de los dos padres, una multitud incontable de hombres y mujeres que esperan la redención. Jesús pisotea las puertas de los infiernos que acaba de desencajar y quebrar Él mismo. La victoria de Cristo no es tanto sobre los enemigos visibles, sino sobre los invisibles, que son los más tremendos: la muerte, las tinieblas, la angustia, el demonio.

Nosotros estamos involucrados en esta representación. La resurrección de Cristo es también nuestra resurrección. Cada hombre que mira es invitado a identificarse con Adán, cada mujer con Eva, y a tender su mano para dejarse aferrar y arrastrar por Cristo fuera del sepulcro. Es éste el nuevo y universal éxodo pascual. Dios ha venido «con brazo poderoso y mano tendida» a liberar a su pueblo de una esclavitud mucho más dura y universal que la de Egipto (R.P. Raniero Cantalamessa OFMCap)

 

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Santos Padres - San Agustín - Aparición a los apóstoles (Lc 24, 36-53)

1. La lectura del evangelio, sagrada e imperecedera, nos descubre al verdadero Cristo y a la verdadera Iglesia para que no caigamos en error respecto a ninguno de los dos o para que ni atribuyamos al santo esposo otra esposa en lugar de la suya, ni a la santa esposa otro esposo que no sea el propio. Así, pues, para no errar en ninguno de los dos, escuchemos el evangelio cual acta de su matrimonio.

2. No han faltado ni faltan quienes se engañan, respecto a Cristo el Señor, creyendo que no tuvo verdadera carne. Escuchen lo que acabamos de oír nosotros. Él está en el cielo, pero se deja oír aquí; está sentado a la derecha del Padre, pero conversa con nosotros. Indique él quién es, manifiéstese a sí mismo; ¿qué necesidad tenemos de buscar otro testigo para que nos hable de él? Escuchémosle a él mismo. Se apareció a sus discípulos, presentándose de forma repentina en medio de ellos. Lo oísteis cuando se leyó. Ellos se sintieron turbados y creían que estaban viendo un espíritu. Es lo mismo que piensan quienes creen que él no tuvo verdadera carne: los maniqueos, los priscilianistas y cualquier otra peste que ni siquiera merece ser nombrada. No es que piensen que Cristo no existió; no, no es esto; pero piensan que era un espíritu sin carne. ¿Qué piensas tú, oh Católica? ¿Qué piensas tú, su esposa, no una adúltera? ¿Qué piensas tú sino lo que aprendiste de su boca? En efecto, no has podido encontrar mejor testimonio sobre él que el dado por él mismo. ¿Qué piensas, pues, tú? Tú aprendiste que Cristo constaba de la Palabra, alma humana y carne humana. ¿Qué sabes respecto a la Palabra? En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio junto a Dios. ¿Qué aprendiste referente al alma humana? E, inclinada la cabeza, entregó su espíritu. ¿Qué te enseñó respecto a la carne? Escúchalo. Perdona a quienes piensan ahora lo que antes pensaron los discípulos que estaban en error; error en el que, sin embargo, no permanecieron.

Los discípulos pensaron lo mismo que hoy piensan los maniqueos, los priscilianistas, a saber, que Cristo el Señor no tenía carne verdadera, que era solamente un espíritu. Veamos si el Señor los dejó errar. Ved que el pensar eso es un perverso error, pues el médico se apresuró a curarlo y no lo quiso confirmar. Ellos, pues, creían estar viendo un espíritu; pero quien sabía lo dañinos que eran esos pensamientos, ¿qué les dijo para erradicarlos de sus corazones? ¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Contra cualquier pensamiento dañino, venga de donde venga, agárrate a lo que has recibido; de lo contrario, estás perdido. Cristo, la Palabra verdadera, el Unigénito igual al Padre, tiene verdadera alma humana y verdadera carne, aunque sin pecado. Fue la carne la que murió, la que resucitó, la que colgó del madero, la que yació en el sepulcro y ahora está sentada en el cielo. Cristo el Señor quería convencer a sus discípulos de que lo que estaban viendo eran huesos y carne; tú, sin embargo, le llevas la contraria. ¿Es él quien miente y tú quien dice la verdad? ¿Eres tú quien edifica y él quien engaña? ¿Por qué quiso convencerme Cristo de esto sino porque sabía lo que me es provechoso creer y lo que me perjudica no creer? Creedlo, pues, así; él es el esposo.

3. Escuchemos también lo referente a la esposa, pues no sé quiénes, poniéndose también a favor de los adúlteros, quieren alejar a la verdadera y poner en su lugar una extraña. Escuchemos lo referente a la esposa. Después que los discípulos hubieron tocado sus pies, manos, su carne y huesos, el Señor añadió: ¿Tenéis algo que comer? En efecto, la consumición del alimento era una prueba más de su verdadera humanidad. Lo recibió, lo comió y repartió de él; y, cuando aún estaban temblorosos de miedo, les dijo: ¿No os decía estas cosas cuando aún estaba con vosotros? ¿Cómo? ¿No estaba ahora con ellos? ¿Qué significa: cuando aún estaba con vosotros? Cuando era aún mortal, como lo sois todavía vosotros. ¿Qué os decía? Que convenía que se cumpliese todo lo que estaba escrito de mí en la ley, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo que convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día.

Eliminad la carne verdadera, y dejará de existir verdadera pasión y verdadera resurrección. Aquí tienes al esposo: Convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Retén lo dicho sobre la cabeza; escucha ahora lo referente al cuerpo. ¿Qué es lo que tenemos que mostrar ahora? Quienes hemos escuchado quién es el esposo, reconozcamos también a la esposa. Y que se predique la penitencia y el perdón de los pecados en su nombre. ¿Dónde? ¿A partir de dónde? ¿Hasta dónde? En todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ve aquí la esposa; que nadie te venda fábulas; cese de ladrar desde un rincón la rabia de los herejes. La Iglesia está extendida por todo el orbe de la tierra; todos los pueblos poseen la Iglesia. Que nadie os engañe: ella es la auténtica, ella la católica. A Cristo no lo hemos visto, pero sí a ella: creamos lo que se nos dice de él. Los apóstoles, por el contrario, le veían a él y creían lo referente a ella. Ellos veían una cosa y creían la otra; nosotros también, puesto que vemos una, creamos la otra. Ellos veían a Cristo, y creían en la Iglesia que no veían; nosotros que vemos la Iglesia, creamos también en Cristo, a quien no vemos, y, agarrándonos a lo que vemos, llegaremos a quien aún no vemos. Conociendo, pues, al esposo y a la esposa, reconozcámoslos en el acta de su matrimonio para que tan santas nupcias no sean objeto de litigio.
(Lugar: Hipona. Fecha: Probablemente, el miércoles de Pascua. Entre el 400 y 412)
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º), O.C. (XXIV), BAC Madrid 1983, pp. 438-42)



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Santos Padres: San Agustín: Sermón La Aparición de Jesús Resucitado

Como acabáis de escuchar, después de la resurrección el Señor se apareció a sus discípulos y los saludó con estas palabras: Paz a vosotros. Esta es la paz y este el saludo de la salud, pues el saludo trae su nombre de la salud. ¿Qué hay mejor que el hecho de que ella misma salude al hombre? Cristo es nuestra salud. En efecto, es nuestra salud aquel que por nosotros fue herido y fijado con clavos a un madero y, luego de ser bajado de él, colocado en un sepulcro. Pero resucitó del mismo con las heridas curadas, aunque conservando las cicatrices. juzgó que era conveniente para sus discípulos el mantenerlas, para que con ellas se sanasen las heridas de sus corazones. ¿Qué heridas? Las de la incredulidad. Se les apareció ante los ojos mostrándoles su verdadera carne, y ellos creyeron estar viendo un espíritu. No carece de importancia esta herida del corazón. A consecuencia de ella, quienes permanecieron en la misma dieron origen a una herejía maligna. ¿Acaso juzgamos que los discípulos no estuvieron heridos por el hecho de haber sido sanados inmediatamente? Reflexione vuestra caridad; si hubiesen permanecido con la herida, es decir, pensando que el cuerpo muerto no había resucitado, sino que un espíritu con apariencia corporal había engañado a los ojos humanos; si hubiesen permanecido en esta creencia, más aun, en esta falsa creencia, se debería llorar no sus heridas, sino su muerte.

Pero, ¿que les dijo el Señor Jesús? Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Si los pensamientos suben, proceden de la tierra. Es un bien para el hombre no el que el pensamiento suba al corazón, sino el que su corazón se eleve hacia arriba, hacia allí donde quería el Apóstol que lo colocasen los creyentes a quienes decía: Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios: cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con a en la gloria. ¿En qué gloria? En la de la resurrección. ¿En qué gloria? Escucha lo que dice el Apóstol refiriéndose a este cuerpo: Se siembra en la deshonra, resucitara en gloria.

Gloria esta que los apóstoles no querían otorgar a su Maestro, a su Cristo, a su Señor No creían que él hubiera podido resucitar su cuerpo del sepulcro. Pensaban que era un espíritu; veían la carne, pero ni a sus ojos daban crédito. Nosotros, en cambio, les creemos cuando nos lo anuncian sin manifestárnosla. Ellos no creían ni a Cristo que se les manifestaba a sí mismo. Grave herida; aplíquense los medicamentos a las cicatrices. ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies, taladrados por los clavos. Palpad y ved. Pero veis y no veis. Palpad y ved. ¿Qué cosa? Que un espíritu no tiene ni huesos ni carne, como veis que yo tengo. Mientras decía esto, según está narrado, les mostró las manos y los pies.

Había ya motivo de gozo, pero todavía permanecía el sobresalto. Lo ocurrido era increíble, pero efectivamente había ocurrido. ¿Acaso resulta increíble ahora el que resucitó del sepulcro la carne del Señor? Todo el mundo lo creyó y quien no lo creyó permaneció inmundo. Entonces era ciertamente increíble; por eso el hecho se hada patente no solo a los ojos, sino también a las manos, para que a través del sentido corporal descendiese al corazón la fe y, habiendo descendido allí, pudiera ser predicada por el mundo a quienes ni veían ni palpaban y, no obstante, creían sin dudar. ¿Tenéis aquí, les dijo, algo que comer? ¡cuántas cosas añade al edificio de la fe el buen constructor! No sentía hambre y buscaba comer. Y comió porque podía hacerlo, no porque tuviese necesidad. Reconozcan, pues, los discípulos como verdadero el cuerpo que reconoció el mundo entero por su predicación.

Si por casualidad hay aquí presentes algunos herejes que todavía mantienen en su corazón que Cristo se apareció a los ojos, pero que no era verdadera su carne, depongan tal pensamiento y convénzales el Evangelio. Nosotros les reprochamos el que piensen así; él les condenar si perseveran en este pensamiento. ¿Eres tú que no crees que un cuerpo colocado en un sepulcro pudo resucitar? ¿Eres acaso maniqueo que ni crees que fue crucificado, porque tampoco crees en su nacimiento, y pregonas que el exhibió solo falsedades? Mostró el cosas falsas y tú dices la verdad? No mientes tu con la boca y mintió el con el cuerpo? Piensas que se apareció a los ojos simulando lo que no era, que fue un espíritu y no carne. Escúchale a él. Te ama para no condenarte. Mira que se dirige a ti, desdichado; habla para ti. ¿Por qué estás turbado y suben esos pensamientos a tu corazón? Escúchale a el que dice: Ved mis manos y mis pies. Palpad y ved que un espíritu no tiene huesos y carne como veis que yo tengo. Diciendo esto la Verdad, podía engañarse? Era un cuerpo, era carne; lo que había sido sepultado, eso aparecía. Desaparezca la duda, surja una digna alabanza.

Así pues Cristo se manifestó a sus discípulos. ¿Qué significa el se? La Cabeza a su Iglesia. El preveía a la Iglesia futura extendida por el mundo; los discípulos aún no la veían. Mostraba la Cabeza, prometía el Cuerpo. ¿Qué añadió a continuación? Estas son las palabras que os he hablado cuando aún estaba con vosotros. ¿Qué significa cuando aún estaba con vosotros? Acaso no estaba entonces con ellos y con ellos hablaba? Significaba que cuando era mortal como vosotros, lo que ya no soy ahora. Lo que era con vosotros cuando aún tenía que morir. ¿Qué significa con vosotros? Que había de morir junto con quienes tienen que morir. Ahora ya no estoy con vosotros, presto qua ya no he de morir nunca más, como los otros han de hacerlo. Esto os decía: ¿Que? Os dije que convenía que se cumpliesen todas las cosas. Entonces les abrió la inteligencia. Ven, pues Señor, fabrica las llaves: abre para que comprendamos. Dices todo y no se te da crédito. Se te toma por un espíritu. Te tocan te palpan, y aún se sobresaltan quienes lo hacen. Los instruyes con las Escrituras y aún no comprenden. Están cerrados los corazones; abre y entra. Así lo hizo. Ábrela, Señor. Abre también el corazón a quien duda de Cristo; abre para que comprendamos.

6. Y les dijo. ¿Qué? Que así convenía. Que así estaba escrito y así convenía. ¿Qué? Que Cristo padeciera y resucitara entre los muertos al tercer día. Vieron esto. Le vieron sufriendo, le vieron colgando. Después de la Resurrección le veían presente, vivo. ¿Qué era lo que veían? El cuerpo, es decir, la Iglesia. Le veían a él, no a ella. Veían al esposo; la esposa aún permanecía oculta. Así está escrito y así convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día. Esto se refiere al esposo. ¿Qué hay sobre la esposa? Y que en su nombre se predique la penitencia y el perdón de los pecados en todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Esto aún no lo veían los discípulos; aún no veían a la Iglesia anunciada en todos los pueblos comenzando por Jerusalén. Veían la cabeza y respecto al cuerpo creían lo que ella decía. Por lo que veían creían en lo que no veían.

Semejantes a ellos somos también nosotros. Vemos algo que ellos no veían y no vemos algo que ellos veían. Del mismo modo que ellos le veían a él y creían lo referente al cuerpo, así nosotros que vemos el cuerpo creamos lo referente a la Cabeza. Sírvanos de ayuda recíproca lo que cada uno hemos visto. Les ayuda a ellos a creer en la Iglesia futura el haber visto a Cristo. La Iglesia que vemos nos ayuda a nosotros a creer en que Cristo ha resucitado. Lo que ellos creían se ha hecho realidad; realidad a también lo que nosotros creemos. Se cumplió lo que ellos creyeron de la cabeza; se cumple lo que nosotros creemos del cuerpo. Cristo entero se manifestó a ellos y a nosotros, pero ni ellos ni nosotros le vimos en su totalidad. Ellos vieron la Cabeza y creyeron en el cuerpo; nosotros vemos el cuerpo y creemos en la Cabeza.

A ninguno, sin embargo, le falta Cristo: en todos está integro, y todavía le falta el cuerpo. Creyeron ellos y por su mediación muchos habitantes de Jerusalén; creyó Judea, creyó Samaria. Acérquense los miembros, acérquese el edificio al cimiento. Nadie puede, dice el Apóstol, poner otro cimiento distinto del que está puesto, a saber, Cristo Jesús. Enfurézcanse los judíos; llénense de celos; apedreen a Esteban; guarde Saulo los vestidos de quienes arrojaban las piedras; Saulo, el futuro apóstol Pablo. Désele muerte a Esteban; alborótese a la Iglesia de Jerusalén; aléjense de allí los maderos ardiendo, acérquense a otros lugares y prendan fuego. En cierto modo ardían maderos en Jerusalén; ardían por obra del Espíritu Santo cuando tenían todos un alma sola y un solo corazón dirigido hacia Dios. A la lapidación de Esteban sucedió una multitud de persecuciones: los maderos se esparcieron y el mundo se incendió.

Luego aquel Saulo, persiguiendo lleno de furor a estos maderos, recibía cartas de los príncipes de los sacerdotes y rebosando crueldad, ansioso de muerte, sediento de sangre, emprendió viajes en todas direcciones, trayendo atados a cuantos podía, arrastrándolos al suplicio y saciándose con la sangre derramada. Pero ¿Dónde está Dios?, ¿Dónde Cristo, el coronador de Esteban? ¿Dónde sino en el cielo? Contemple también a Saulo, ríase de este despiadado y dame desde el cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo estoy en el cielo, tu en la tierra y, con todo, me persigues. No tocas mi cabeza, mas pisoteas mis miembros. Pero ¿qué haces? ¿Qué provecho sacas de eso? Es duro para ti dar patadas contra el aguijón. Patada que das, daño que te haces. Depón, pues, tu furor; acepta la curación. Depón tu mala determinación y desea una buena ayuda. Aquella voz le postró en tierra. ¿Quién fue postrado en tierra? El perseguidor. Mirad, fue vencido con solo una voz. ¿Qué te movía? ¿Por qué te mostrabas cruel? Ahora sigues a los que antes buscabas; de los que antes perseguías sufres persecución ahora. Se levanta predicador quien fue derribado siendo perseguidor. Pongo mi oído a la voz del Señor. Fue cegado, pero en el cuerpo, para ser iluminado en el corazón. Llevado a Ananías, catequizado por muchos, bautizado, acabó siendo apóstol. Habla, predica, anuncia a Cristo; siembra, ioh buen carnero! , lobo en otros tiempos. Míralo, contempla a aquel que se mostraba tan cruel: Lejos de mi el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Esparce el Evangelio; lo que concebiste en el corazón, dispérsalo con la boca. Crean los pueblos al oírte; pululen las naciones y nazca de la sangre de los mártires la esposa vestida de púrpura para el Señor. ¡Cuántos, a partir de ella, se acercaron! Cuán numerosos son los miembros que se adhirieron a la cabeza y siguen haciéndolo ahora con la fe. Fueron bautizados estos, serán bautizados otros y después de nosotros vendrán aún otros.

Entonces, digo, al final del mundo, se aproximarán las piedras al cimiento, las piedras vivas, las piedras santas, para que se complete el edificio que tuvo sus inicios en aquella Iglesia; mejor, en esta misma Iglesia que ahora, mientras se edifica la casa, canta el cántico nuevo. Así se expresa el mismo salmo: Cuando se edificaba la casa después del cautiverio. ¿Y que? Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor toda la tierra. Cuán grande es esta casa! Pero ¿cuándo canta el cántico nuevo? Mientras se edifica. ¿Cuándo será la inauguración? Al final del mundo. El fundamento de la misma ha sido ya inaugurado, porque subió al cielo y no muere. También nosotros, cuando resucitemos para nunca más morir, seremos entonces inaugurados.
(San Agustín, (Sermón 116) Obras Completas, BAC, Madrid, 1983, Tomo X págs.874-882)


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Aplicación: San Luis Bertrán - "Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí" (Mc 16, 6)

1. Cuenta el glorioso San Marcos que el domingo, muy de mañana, vinieron tres mujeres al monumento del Señor para ungirlo y que, cuando llegaron, hallaron la piedra del sepulcro levantada y a un ángel que les dijo: «¿Buscáis por ventura a Jesús Nazareno, el crucificado? Pues ha resucitado y ya no está aquí». Y se cree piadosamente que en ese mismo momento estaba Cristo con la santísima Reina de los ángeles, Madre suya y Señora nuestra, la cual debió permanecer mucho tiempo con sus ojos pendientes por ver de divisar la entrada de su Hijo en su retirado cuarto. Estando en esa profundísima consideración, se cree que Cristo, nuestro Señor, le envió al arcángel San Gabriel, pues como él fue el embajador de la encarnación, lo fuese también de la resurrección. Entró, pues, éste en el aposento de María santísima con un cuerpo brillante y resplandeciente más que el sol, y postrado con muchísima humildad debió decirle: «Alegraos, Virgen santísima, que en seguida os llegará el descanso y la alegría de vuestro corazón; luego vendrá el Justo de los justos, el Santo de los santos, acompañado de los santos padres de la Antigua Ley». Y no hubo acabado de decirle esto, cuando al punto llegó Cristo en compañía de los ángeles, de los arcángeles, de los patriarcas, de los profetas y de los santos.

2. ¿Qué lengua habrá que pueda explicar el acabado contento y singular gozo y alegría que debió sentir en este momento la santísima Virgen? ¡Cómo debió derribarse a los pies de Cristo y le diría: Oh pies santísimos! ¡Cuántos trabajos y amarguras me disteis, y cuánto contento, gozo y alegría me dais ahora! Pues, ¿qué lengua celestial puede haber tan afilada que sea capaz de declarar la singularísima satisfacción que recibiría la Virgen? Por eso, ¡alégrense los cielos, regocíjese la tierra, y salten de placer los ángeles! Además de esto, se cree muy piamente, que en este momento se le debió conceder también a la Virgen una visión de la divina esencia en la que vería y oiría aquellas músicas y melodías suavísimas, y aquellos cantares dulces y apacibles que continuamente están cantando delante de Dios los coros de los ángeles, de los arcángeles, de los querubines, de los serafines, de los tronos, de las dominaciones, de las potestades y de tantos santos padres, como en el cielo están rindiendo continuas alabanzas a Dios. Y todo eso fue para acrecentar el gozo y la satisfacción de María.

3. Estaba la madre de Tobías llorando y lamentándose por el hijo que se había ido, y dice el texto sagrado que lloraba inconsolable y decía: ¡Ay de mí! ¡Ay de mi hijo! (Tb 10,4). Pero que cuando luego vio que volvía tan rico y hacendado, y con tantos despojos él y su esposa, que la madre no cabía de contenta y de placer. Pues considerad que después del Viernes Santo la Madre de Cristo estaba llorando con tanta amargura y tantas lágrimas, que más bien parecía inconsolable. Mas, ¿qué gozo no sintió, tal día como hoy, cuando le vio venir con tanto gozo, tan rico, con tantos despojos, y que traía a la sinagoga de la mano y a cada alma, como si fueran su esposa? Pues de este singular contento que recibió María sacamos en limpio que, como las manos y el corazón corren siempre parejos, si su corazón estaba ancho por la alegría y la satisfacción, también sus manos estarán anchas, abiertas y extendidas para hacer mercedes y usar de liberalidad con todos. Porque, si el Viernes pasado, aún estando el corazón de la Reina de los ángeles tan estrecho y con tanta angustia y dolor, nos acogimos a ella para pedirle su favor y ayuda para recibir la gracia, y no nos la negó; con cuánta mayor confianza podemos hoy pedírsela estando tan contenta y regocijada, que no cabe de placer. Por tanto, lleguémonos con mucha confianza a pedirle el favor y la ayuda de la gracia. Y puesto que le pedimos gracia, démosle la enhorabuena con gracia cantándole: ¡Reina del cielo, alégrate, aleluya! Porque el Señor, a quien has merecido llevar, aleluya, ha resucitado, según su palabra, aleluya. ¡Ruega al Señor por nosotros, aleluya!

4. Dicen los cantores, y lo dicen con gran verdad, que el contrapunto, como es cosa dificultosa de interpretar, para que se haga con el orden y el concierto debidos, es menester que esté apoyado en el canto llano. Por eso, lo que os predique hoy acerca de esta fiesta de la santa resurrección del Señor, lo cual es, como el contrapunto, algo dificultoso—, es menester que esté apoyado sobre el canto llano de la resurrección, esto es, viendo cómo sucedió, porque parece que existe alguna contrariedad entre los evangelistas, aunque a decir verdad no existe ninguna, porque todos escribieron movidos por el Espíritu Santo. Por eso he decidido contaros llanamente la historia de los hechos de dicha resurrección.

5. Dice San Marcos que tres mujeres muy devotas y discípulas de Cristo, la noche de la Pascua andaban muy afanadas y ocupadas en comprar ungüentos y perfumes preciosos, para luego, a la mañana siguiente, ir a ungir el cuerpo de su Maestro (cfr. Mc 16,1-4). Y lo primero que cabe notar a este propósito es que, si estuvieron estas mujeres con María, la Madre de Jesús, al pie de la Cruz, bien vieron cómo José de Arimatea vino allí con permiso de Pilato para descender y bajar de la Cruz el cuerpo del Señor, y que con él venía otro noble caballero, llamado Nicodemo, que traía, como dice la Escritura, cien libras de ungüento y de mirra para sahumar y ungir el cuerpo de Cristo, y colocarlo en la sepultura (cfr. Jn 19,39). San Juan dice literalmente: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos limpios con aromas, como es costumbre sepultar entre los judíos (ibíd. 40). Pues si esas mujeres habían visto que el cuerpo de Cristo estaba ya sahumado y ungido con tantos ungüentos y mirra, ¿a qué fin vienen hoy con otros ungüentos? ¿Por ventura no estaba lo suficientemente ungido con cien libras de ungüentos olorosos?

6. Pues aquí debemos entender, hermanos, cuáles son las finezas del amor, al cual todo le parece poco, si él no mete las manos en lo que respecta a la persona amada. Por ejemplo, Marta tenía muchas criadas, las cuales hubieran podido ocuparse muy bien del servicio a Cristo como huésped cuando fue a su casa. Pero como ella le amaba tanto, no sólo se contentó que sus criadas se ocupasen de su servicio, sino que ella misma quiso poner sus manos en administrarle y servirle lo necesario. Más aún, era tanto el amor que le tenía, que no sólo ella y sus criadas se ocuparon de servir a Cristo, sino que incluso se quejó de que su hermana Magdalena no colaborara en dicho servicio; y es que todo le parecía poco para lo que se merecía su amado Maestro. Y por eso, según San Lucas, llega un momento en que se queja a Jesús, diciéndole: Señor, ¿no te importa nada que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude (Lc 10,40). ¿Qué es lo que le causaba esta inquietud?... El fino y verdadero amor. Pues esto mismo sucede hoy con estas santas mujeres. Bien habían visto que el día de la muerte habían ungido el cuerpo de Jesús con ungüentos muy olorosos, pero les parecía poco o casi nada, si ellas no metían sus manos en la labor y no lo ungían también ellas. Y que éste es el verdadero efecto que causa el auténtico amor de Dios. Pues os digo de verdad, que aunque los hospitales estuviesen bien provistos de lo necesario, y los encarcelados y las viudas bien proveídos de lo que han menester, todo eso debería pareceros poco si vos mismo no pusieseis vuestras manos en ayudarlos, esto es, si vos mismo no os pusieseis a servir y a visitar a los enfermos con vuestros propios pies y manos, porque al fin ésa es la obra y el efecto que produce el verdadero y fino amor de Dios, como lo mostraron estas santas mujeres en el día de hoy, las cuales no se contentaron con la unción de Nicodemo, sino que ellas mismas quisieron hacerla por sí mismas.

7. Así, pues, salieron de casa muy de mañana, y andando por el camino decían entre ellas: ¿Quién nos rodará la piedra de la puerta del sepulcro? (Mc 16,3). Mas, ¿cómo, santas mujeres, eso sólo es lo que os preocupa? ¿En eso radica toda vuestra dificultad? ¿No es mayor dificultad el temor al escuadrón de soldados que están delante del santo sepulcro, los cuales, en cuanto lleguéis, pensarán que sois ladrones y que venís a hurtar el cuerpo de Cristo, y os llevarán a la cárcel, en donde os aplicarán los mismos tormentos que a vuestro Maestro? ¿Cómo, pues, no decís: Quién nos librará de los soldados, en lugar de preguntaros sobre quién os quitará la piedra? Pues, entended, hermanos, que el amor todo lo pospone, y piensa que no hay cosa que se le resista ni que le impida realizar sus propósitos; más bien piensa que todo lo podrá vencer a trueque de alcanzar lo que ama y desea. Y estas santas mujeres van con tanto deseo de ver el santísimo cuerpo de Cristo y de ungirlo no sólo con ungüentos aromáticos sino con sus propias lágrimas, que por eso todo lo posponen, no sienten ningún temor, no les espantan los soldados, y si acaso las detuviesen están preparadas para morir allí junto al santo cuerpo del Señor. Pero, decidme, santas mujeres, aunque vuestro amor sea tan grande que todo lo pospone, ¿con qué fin os dirigís allí? ¿No sabéis que vosotras no podréis ladear la piedra, y que vuestra ida es en vano? Pues en esto conoceréis, hermanos, las espuelas del amor, que aquello que de por sí parece imposible, lo hace ligero y llano. Por eso, cuando queráis realizar una obra buena y santa, y el demonio os ponga tropiezos e impedimentos, pasad adelante, no os canséis, no os volváis desde mitad del camino, proseguidlo sin parar, como hicieron estas santas mujeres; pues cuando menos os percatéis, los impedimentos habrán desaparecido y lo hallaréis todo llano. ¡Oh, hermano!, si quisieres de verdad emprender la vida virtuosa al principio os parecerá que hay losas de piedra, que hay escuadrones de soldados, que hay grandes trabajos e impedimentos, pero cuando menos os percatéis hallaréis que todos ellos han sido quitados.

8. Al fin estas santas mujeres se fueron hacia el sepulcro, y aunque salieron muy de mañana, antes de que apareciese el día, sin embargo, cuando llegaron, el sol ya estaba muy alto, y eso, no porque caminasen perezosas, ni porque fuesen despacio por el camino, pues más bien fueron volando como las águilas. Entonces, ¿por qué tardaron tanto? Yo os lo diré. Yendo de Jerusalén hacia el sepulcro, pasaron por el monte Calvario, y hallaron allí la Cruz, porque como era día de fiesta no la habían quitado, y cuando llegaron a la Cruz se pararon, y renovaron y refrescaron en su memoria los dolores que allí había padecido Cristo; allí refrescaron todas sus llagas y todas las palabras que le oyeron pronunciar desde la Cruz. Comenzaron a rumiarlo y a contemplarlo todo de nuevo, y se entretuvieron tanto, que les amaneció el sol, y estaba ya muy alto, cuando recordaron adónde iban, y se pusieron en camino porque cerca estaba el huerto y el sepulcro en donde habían depositado el cuerpo del Señor. Cuando llegaron, encontraron a los guardas como muertos, y de nada se espantaron. ¡Ved qué animo y qué corazón de mujeres!

9. Pasaron más adelante, y hallaron a un ángel hermosísimo, vestido con una ropa blanca y sentado sobre la piedra del monumento, que estaba levantada, y éste les dijo: «No temáis, santas mujeres, porque los que buscan a Dios no tienen por qué temer; los que han de temer son los que le crucificaron, ésos han de temblar; pero vosotras que le buscáis con el ungüento del amor no tenéis por qué temer». Y después que las hubo alentado y animado, añadió: «Buscáis a Jesucristo resucitado; no está aquí; ya ha resucitado. Andad vosotras y llevad estas nuevas al Cenáculo de los Apóstoles y a San Pedro». Así, pues, se fueron hacia allá las santas mujeres, y comenzaron a contar lo que habían visto y oído. Los Apóstoles primero pensaron que deliraban y que estaban locas; pero como las oyeron contarlo con tanta persuasión, luego se fueron hacia allá San Juan y San Pedro, para comprobar si así era, y las tres mujeres volvieron tras ellos; y como al llegar vieron que el sepulcro estaba abierto y era verdad, se fueron de nuevo con estas noticias a los otros Apóstoles, y las Marías se quedaron en el huerto. María Magdalena estaba junto al sepulcro llorando y gimiendo continuamente; las otras dos se paseaban por el huerto, distrayéndose del trabajo y de la angustia que tenían; pero la Magdalena, como más enamorada, se mantuvo siempre en el sepulcro, porque, como suele decirse: El amor la hacía estar, y el dolor la hacía llorar. Observad cuánto puede la tristeza, que llega a agotar y endurecer el entendimiento, el juicio y la razón, hasta el punto que nada más volver de Jerusalén al sepulcro, ya se les había olvidado lo que les había dicho el ángel, que Cristo había resucitado y que no estaba allí. Pero ellas aún lloraban como si estuviera muerto, y pensaban que lo habían hurtado, y por eso estaban tristes.

10. María Magdalena pensaba: "Si me voy, cuando vuelva hallaré el sepulcro derribado; prefiero, pues, quedarme aquí junto al sepulcro de mi Maestro". Por eso no hacía más que ir y venir, apartábase un poquito y luego volvía; hasta que al final su perseverancia halló la perla que buscaba. Se le aparecieron dos ángeles que le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? (Jn 20,13). ¿A quién buscas? ¿Por qué buscas entre los muertos al que vive? (Lc 24,5) ¿Por qué lloras como muerto, al que ya ha resucitado? Ella les respondió: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto (ibíd.).

Mirad cuán turbada estaba aún por la tristeza, que no entendió lo que le habían dicho. Luego vio a otro hombre que le preguntó lo mismo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Y ella pensando que era el hortelano le dijo: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré (ibíd. 15).

¡Mira qué varonil ánimo el de esta mujer! Si tú te lo has llevado —le dice—, dime dónde está, que yo me atrevo a llevármelo. Viendo esto el Señor, no pudo contenerse por más tiempo, y abriendo su santísima boca, pronunció el nombre con el que solía llamarla, y le dijo: ¡María, María! ¿Esa es la fe que tienes en mí? ¿Esa es la memoria que guardas de las palabras que yo te dije? ¿Es ésta la eficacia que hicieron en ti mis milagros?

11. En cuanto María lo vio y reconoció, quiso derribarse a sus pies diciendo: ¡Maestro! Pero el Señor le dijo: Deja de tocarme, porque todavía no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (ibíd. 17). El glorioso Padre San Agustín explica estas palabras diciendo: Cristo no habla solamente de "mi Padre", sino de "mi Padre y vuestro Padre", pues de una manera es Padre mío, y de otra, vuestro. Es padre mío por naturaleza; y es Padre vuestro por gracia. Y tampoco habló de "nuestro Dios", sino de "mi Dios", bajo el cual estoy en cuanto hombre, y de "vuestro Dios" porque entre él y vosotros estoy yo como mediador1. Y le mandó que llevase esta buena noticia a San Pedro y a los otros Apóstoles, para que no perdiesen la confianza, antes bien recobrasen la esperanza.

12. En oyendo esta santa nueva, la Magdalena comenzó a caminar hacia el Cenáculo de los Apóstoles en Jerusalén, y encontrando por el camino a las otras mujeres, les anunció las buenas noticias. Y mientras andaban las tres en compañía, de nuevo se les apareció Jesús por el camino, para premiarles el buen servicio y la buena obra que habían hecho de acompañar a María Magdalena, y entonces les mostró un mayor amor, porque les dejó que le tocaran y adoraran, pues ya tenían más fe (cfr. Mt 28,9). Cuando al fin llegaron al Cenáculo, hallaron que los discípulos estaban muy alborotados, pues unos decían que el Maestro había resucitado, y otros que no. Estando en esta contienda, les dijeron las mujeres: «Hermanos, no tenéis que dudar. Nosotras lo hemos visto y lo hemos tocado con estas manos, y con esta boca hemos besado sus pies, y nos mandó que os trajésemos esta buena nueva». Y aunque la mayoría les dio crédito a lo que decían, su fe no fue total, hasta que llegó San Pedro, al cual también se la había aparecido el Señor, y llegaron los dos discípulos de Emaús con la misma noticia. Y fue entonces, estando todos comentando que había resucitado, y teniendo cerradas las puertas del Cenáculo, cuando Jesús entró en medio de ellos y les dijo: ¡Paz con vosotros! (Jn 20,21) Y de esta manera los consoló, los animó, los esforzó y los confortó, dándoles mucha gracia y poder para perdonar los pecados.

13. Hasta aquí, hermanos, la historia fidelísima y como la substancia de lo que los evangelistas nos cuentan acerca de la resurrección del Señor. (Éste es) el canto llano del relato de los hechos (…).

De esta santísima fiesta afirma Isaías: Me acordaré de las misericordias del Señor, y al Señor alabaré por todas las cosas que él ha hecho en favor nuestro (Is 63,7). Es decir, que siempre que celebramos alguna fiesta es para que nos acordemos de las misericordias del Señor, y las tengamos perpetuamente en la memoria, y las refresquemos, para darle gracias al Señor por ellas. Por otra parte, las fiestas también se celebran para que sean en nuestras almas como la leña que las encienda en fuego vivo de amor y de caridad. Pero entre todas las fiestas, la más principal e importante es la de hoy, por eso dice el Salmista: Este es el día que hizo el Señor (Sal 117,24). Pero, ¿acaso los otros días no los hizo el Señor?... Sí, por cierto, y en todos nos concede mercedes; pero en éste de una manera más particular, porque esta fiesta es nuestra gloria y nuestro contento. Hoy celebramos la fiesta de nuestra Cabeza, de donde se sigue, que si él está vivo, también nosotros; y si él dijo: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos (Jn 15,5), síguese también que si la vid y la cepa resucitan y tienen vida, necesariamente han de tenerla igualmente los pimpollos y los sarmientos. Por consiguiente, su resurrección es nuestra resurrección, y su vida es nuestra vida, que comienza en él como Cabeza y termina en nosotros como en sus miembros. Por tanto, hermanos, nuestra es la fiesta, la gloria, el contento y el regocijo, pues hoy se nos pone delante el modelo según el cual hemos de ser nosotros gloriosos un día2.
(SAN LUIS BERTRÁN, Obras y sermones, Vol. II, pp. 1-7)
[1] San Agustín, Tratado 121 sobre San Juan.
2 Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología III, q. 56.


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Aplicación: R.P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E. . Cristo Resucitado: cualidades

Una de las experiencias más frustrantes que tuvo que afrontar san Pablo en su tarea apostólica le tocó vivirla en Atenas, al hablar ante un selecto auditorio constituido por la Asamblea que gobernaba aquella ciudad. Todo el discurso que estaba desarrollando iba siendo escuchado con atención hasta que llegó el momento de hablar de la resurrección de los muertos. San Pablo dijo: “Dios... ha fijado el día en que va a juzgar al mundo según justicia, por el hombre que ha destinado, dando a todos una garantía al resucitarlo de entre los muertos. Y escribe san Lucas a renglón seguido que al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “sobre esto ya te oiremos otra vez”. Así salió Pablo de en medio de ellos” (He 17,31-33).

Recordemos que san Lucas fue compañero de san Pablo en muchas de sus andanzas apostólicas y sin duda esta experiencia que le tocó vivir al gran Apóstol, como otras semejantes, le impresionaron vivamente. Por eso se preocupó, al escribir su evangelio, de proveernos de pruebas bien claras en lo que se refiere a la resurrección de Jesucristo. El texto que acabamos de proclamar es, sin duda, el texto más denso, diría yo, que tenemos en el evangelio, en lo que se refiere a mostrar la realidad de la resurrección de Cristo.

1. El cuerpo de Cristo resucitado es verdadero cuerpo, el suyo propio e íntegro

La realidad de la resurrección de Cristo sigue siendo negada hoy en día. Hay incluso exégetas que utilizan expresiones que son muy confusas; por ejemplo M.E. Boismard dice: “Cristo resucitado se aparece a los discípulos bajo una forma corporal, pero se trata de una forma corporal ‘ficticia’” (en “¿Es necesario aún hablar de ‘resurrección’?”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996, p. 134). ¿Qué quiere decir eso de “ficticia”?

Mejor veamos, primero, cómo muestra las cualidades de Cristo resucitado, para indicar finalmente el papel central que tienen los apóstoles en la tarea de enseñar ese misterio al mundo entero. Tres elementos vemos que emergen claramente de los relatos bíblicos:

a) El cuerpo de Cristo resucitado es verdadero cuerpo: esto lo demuestra apelando a la experiencia misma de los sentidos: lo pueden oír, lo pueden ver, pero sobre todo lo pueden tocar: ‘tocadme y ved’.

b) Es su propio cuerpo, idéntico al que tenía antes de la crucifixión: ‘Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo’. Pueden además reconocer su propia voz. Recordemos lo de Marcos: ‘el crucificado ha resucitado’. ¿Cómo se podía identificar al crucificado sino por los signos mismos de la crucifixión?

c) Es un cuerpo humano íntegro: ‘Un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo’. Con la expresión carne y huesos se designa el cuerpo humano completo, es decir, el material blando y el material duro que lo componen.

Por ello dice el Catecismo: “Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así a reconocer que él no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión” (CEC, n° 645).

2. Es un cuerpo glorioso

Es el mismo, dice el catecismo. Pero, al mismo tiempo, hemos de distinguir. Que sea el mismo no significa que tenga exactamente las mismas propiedades: “Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso...”. El cuerpo es “de la misma naturaleza, pero de otra gloria” (San Gregorio; PL 76, 1198), lo cual se ve en el modo como Cristo aparece y desaparece de manera repentina, no siendo para él ningún obstáculo el que las puertas estén cerradas: “puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre. Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere...” (CEC, n° 645; cf. San Agustín, Ep. 95,7).

En esto podemos apreciar la gran diferencia que hay entre las resurrecciones realizadas por Cristo durante su vida (como por ejemplo, las de la hija de Jairo, la del hijo de la viuda de Naím y la de Lázaro) y su propia resurrección: “...las personas afectadas por el milagro volvían a tener una vida terrena ordinaria. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio... participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es ‘el hombre celestial” (CEC, n° 646)

De hecho, el verbo griego (ophthé) más empleado por los distintos autores para referirse a las apariciones (Lc 24,34; He 9,17; 26,16; 13,30-32) es un término técnico que se usaba ya en el AT para referirse a las apariciones de Dios o de los ángeles, es decir, seres celestiales (cf. Gn 12,7; 18,1-2; Lc 1,1; 22,43)

3. ¿Cómo puede ser esto?

Ahora, ¿qué es lo que pasó? ¿En qué momento sucedió esto? Son preguntas que naturalmente surgen y que hacen a lo que fue la “pascua” de Cristo, a su tránsito, a su paso de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1). Para estas preguntas, la respuesta no nos es todavía accesible. Ya en la noche de la Vigilia Pascual se cantó el Pregón que decía: ¡Oh noche tan dichosa! ¡Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos! Y comenta el Catecismo: “En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos...” (CEC, n° 647)

Pero eso no es motivo para dudar de la realidad del hecho: “Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de las encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado...”. He aquí la importancia que tienen todos esos elementos tan concretos que aparecen en los relatos.

Ahora ¿no hubiese sido más conveniente que se manifestase a otros hombres, además de a sus discípulos, como por ejemplo a los fariseos, a Pilatos...? “Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado, sin embargo no por ello la Resurrección es ajena al centro del Misterio de la fe en aquello que trasciende y sobrepasa a la historia...” (CEC, n° 647).

Por un lado, el problema hubiese permanecido sustancialmente el mismo, ya que al irse predicando el evangelio por el mundo, seguiría habiendo infinidad de personas que no habrían visto a Cristo. Por otra parte, de este modo se deja a los hombres la libertad suficiente para que su fe sea meritoria y creyendo puedan obtener la salvación eterna. San Agustín: “Si era cuerpo, si resucitó del sepulcro lo que colgó en el madero ¿cómo pudo entrar a través de las puertas cerradas? Si comprendes el modo, no es milagro. Donde no alcanza la razón, allí está la edificación de la fe”. (Serm. 247; PL 38,1157).

Dios, entonces, brinda los elementos suficientes para que la obediencia de nuestra sea conforme a la razón, es decir para que se advierta que creer no es un acto irracional; pero lo hace de tal manera que deja a nuestra voluntad en completa libertad de rechazar ese acto si así lo desea. De allí que el acto de fe sea un acto meritorio.

Por estas razones mencionadas, entonces, “Cristo resucitado no se manifiesta al mundo sino a sus discípulos, a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo (He 13,31)” (CEC, n° 647). “De todo esto, vosotros sois testigos” (Lc 24,48); “Dios lo ha resucitado de entre los muertos y de esto nosotros somos testigos” (He 3,15).

Y no nos olvidemos de los que hemos dicho el domingo pasado: testigos que entregaron su vida antes de renegar de esa verdad de la Resurrección de Cristo. No sólo abandonaron su familia, su patria, fueron deshonrados entre sus conciudadanos, considerados locos o ignorantes por doquiera en el mundo civilizado de entonces, sino que incluso entregaron su vida.

4. Conclusión
“La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios” (CEC, n° 656).

Manifestemos en nuestra vida la fe de nuestros corazones, mostremos que realmente poseemos esa vida que Cristo nos consiguió a precio de la suya propia, hagamos brillar ante los hombres la luz del resucitado para que todas puedan caminar guiados por esa luz.

Que María Santísima, primera entre todos de gozar de esa luz, nos conceda la gracia de imitarla en esto.
(MENGELLE, E., Jesucristo, Misterio y Mysteria , IVE Press, Nueva York, 2008. Todos los derechos reservados)



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Ejemplos Predicables

“Abrió sus inteligencias…”
San Francisco de Sales en una hospedería
San Ignacio de Loyola y los dos navíos.
La moneda escondida en el pan más pequeño
Bienaventurados los perseguidos
Aceptar la voluntad de Dios

“Abrió sus inteligencias…”
Le preguntan a un niño:
- “Dime, muchacho, vamos a ver si lo sabes ¿Qué es más importante, la luna o el sol?”
- “Naturalmente la luna” - respondió él sin vacilar.
- “¿Por qué?”
- “Porque la luna da luz por la noche, que es cuando hace falta; y el sol alumbra de día, que es cuando ya hay luz”.
Así algunos, mis hermanos, creen que es más importante la razón que alumbra las tinieblas de la noche de la tierra, que la Fe que es la luz del cielo. Pero la razón será siempre la luna que no tiene luz propia si no se la de la Fe que es el sol. Sin la Fe que vino Cristo a traer y a confirmar volveríamos a las aberraciones del paganismo y a las tinieblas tristes de los salvajes de la selva.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 26)


DIOS PROTEGE A LOS QUE ESTÁN ANIMADOS DEL ESPÍRITU DE LA PAZ

San Francisco de Sales en una hospedería
San Francisco de Sales, Obispo de Ginebra, en octubre de 1591 a Roma y alquiló una estancia en una hospedería situada junto al Tíber. Cierta noche que Francisco regresaba a casa para acostarse, halló al hospedero disputándose con el criado del Santo, y el motivo de la querella era la habitación. Aquella tarde habían parado en aquel mesón un grupo de forasteros, clientes acostumbrados de aquella casa y de los que suelen pagar bien. El hospedero, hombre desaprensivo y no muy leal, como no tenía sitio para todos, quería disponer de la estancia de Francisco para los recién llegados. San Francisco dio fin a la pelea diciendo a su sirviente: "No conviene que nos peleemos por cosa de tan poca monta, ven conmigo y de seguro hallaremos una habitación en alguna otra parte de esta ciudad". Después de mucho buscar, dieron al fin con una pieza corriente donde alojarse. Apenas se habían instalado en su nuevo refugio, comenzó a llover a mares. A causa del aguacero creció el Tíber desmesuradamente inundando las riberas y penetrando en muchas casas próximas, entre éstas aquella hospedería de donde el Santo fue expulsado, ocasionando grandes destrozos. Perecieron muchas personas y fueron incalculables las pérdidas de bienes. San Francisco conservó, pues, su vida como premio a su espíritu de paz. Todo lo referido nos demuestra muy claramente la verdad de aquellas palabras de Jesucristo: "Bienaventurados los pacíficos, porque podrán ser llamados hijos de Dios", lo que quiere decir que como a tales hijos de Dios nunca quedarán sin su altísimo amparo.

San Ignacio de Loyola y los dos navíos.
San Ignacio de Loyola había peregrinado a Tierra Santa y se disponía a regresar a Europa. Podía escoger entre dos navíos, el uno grande y bien aparejado, perteneciente a un mercader de Venecia, el otro pequeño y al parecer no muy seguro. San Ignacio optó por el bajel grande, pero el capitán veneciano no quiso admitirlo a bordo y encima le dijo en tono de chanza: "He aquí la gran fortuna de ser Santo, que se puede viajar por el mar sin necesidad de navío; basta con extender el manto sobre el agua y ponerse encima; todo anda a pedir de boca". San Ignacio no se alteró con semejante impertinencia, fuese sin añadir palabra y tomó plaza en el navío pequeño y destartalado, llegando con toda felicidad a las costas de Italia a los pocos días de navegación. El hermoso bajel veneciano se estrelló contra un arrecife junto a la isla de Chipre y se fue a pique con toda la tripulación. El espíritu pacífico de San Ignacio había tenido su premio y la burla sacrílega de aquel capitán su merecido castigo. Como se ye muy claramente en este ejemplo, el pacifico es siempre protegido por Dios.

La moneda escondida en el pan más pequeño
En tiempo de mucha carestía, un rico hacendado reunió en su casa a los niños de las familias más pobres del pueblo, y presentándoles un cesto lleno de panecillos, les dijo que cada uno tomase el suyo. En el acto comenzaron las peleas entre ellos porque todos querían los panes de mayor tamaño. Solo una niñita había permanecido alejada de aquel tumulto y pelea aguardando modestamente tomar el pan que no quisiera nadie. Y así fue, a la muchachita le quedó un panecillo sumamente pequeño y sin forma de tal. El generoso donante había dispuesto que se escondiese una moneda de plata en el panecillo más pequeño, ya exprofeso para premio del menos ambicioso, y fue aquella niñita quien lo alcanzó sin sospecharlo. Cuando ya en casa quiso comerse el panecillo, al partirlo, cayó la moneda; los padres, creyendo que ésta no les pertenecía, la devolvieron sin tardanza. El rico hacendado no aceptó la devolución y les dijo: "Escondí adrede aquella moneda en el panecillo más pequeño y más feo para recompensar al que demostrara más espíritu de paz y de moderación". El pequeño perjuicio que hubiese podido causar a la rapazuela el no pelearse para alcanzar un pan mayor, lo recuperó centuplicado con la moneda de plata. Cosa semejante hace Dios con los hombres; da al pacifico cien veces más de lo que hubiese ganado mostrándose belicoso. El manso y humilde hallará siempre el premio.
(Dr. Francisco Spirago, Catecismo en ejemplos, Editorial Políglota, Barcelona, 1931, pg. 230-236)

Bienaventurados los perseguidos
La madre Nicholl, autora de Memorias de una convertida, nos habla del señor Kenn, ministro protestante. Ella le vio triste en varias ocasiones. Pero Kenn se convirtió también al catolicismo, y la primera vez que la madre Nicholl le habló, ya convertida, le preguntó bruscamente aturdida:
-¿Es usted feliz?
-¡Oh -contestó él- , si pudiese darle parte de mi dicha y mi paz…!
"Hay que notar -advierte la madre Nicholl- que aquel mismo día había recibido una carta de su padre en la que le maldecía y le desheredaba".

Aceptar la voluntad de Dios
Un teólogo a un mendigo cubierto de úlceras:
-Buenos días, hermano.
-Todavía no he tenido día malo.
-Pues que Dios te los dé mejores.
-Mi suerte ha sido siempre la mejor.
- ¿Cómo es posible, si estás cubierto de pústulas y heridas?
-Es la bondad de Dios quien me las da: cuando luce el sol, me alegro con el sol; cuando hay tormenta, me regocijo con la tormenta, porque es Dios quien la envía.
-¿Quién eres tú?
-Yo soy rey.
-¿Dónde está tu reino?
-Mi reino es mi alma. En él no hay jamás rebeliones.
(Mauricio Rufino, Vademécum de Ejemplos Predicables, Editorial Herder, Barcelona, 1962, pg. 31 y 150)

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