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Domingo 6 de Pascua B -  Comentarios de Sabios y Santos II: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 

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A su disposicón

Exégesis: P. Manuel de Tuya, O. P. - El Precepto de la Caridad

Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Dios es Amor y La Caridad

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Caridad

Aplicación: San Juan Pablo II - "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado"

Aplicación: S.S. Benedicto XVI - Testigos auténticos del amor de Dios hacia todos

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El que me ama guardará mis mandamientos

Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - Guardar los mandamientos


Ejemplos

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: P. Manuel de Tuya, O. P. - El Precepto de la Caridad

Esta sección aunque vinculada íntimamente a lo anterior, por referirse explícitamente a la caridad del prójimo y por ir encerrada entre dos sentencias, paralelas e explícitas de la caridad al prójimo, se puede considerar como una sección con individualidad peculiar y propia.

12. Este es mi precepto: que os améis unos a otros: como yo os he amado. 13. Nadie tiene amor mayor que éste de dar la vida por sus amigos. 14. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. 15. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. 16. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que cuando pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. 17. Esto os mando: que os améis unos a otros.

La situación histórica o literaria, de este pasaje aquí se puede explicar por una doble razón. Una por razón del "encadenamiento semita". En el v. 10 habló de la observancia de sus "preceptos" y ahora, evocado por la palabra, habla de un tema reiteradamente insistido por él: de su gran "precepto". Pero al "encadenamiento semita" se le une una evocación conceptual, de un tema tratado ya en el primer discurso de la Cena : así como todos deberán estar unidos, como sarmientos a la Vid, así deberán estos "sarmientos" amarse entre sí, ya que son todos miembros de un mismo cuerpo .

Su situación histórica en la última Cena queda bien sugerida por el lugar paralelo sobre el amor al prójimo, del capítulo 13 (v. 34.35), y éste a su vez por la escena del lavatorio de los pies ; y ésta, probablemente, por el motivo de rivalidades que surgieron allí entre los Apóstoles .

Este precepto que Cristo les da es el amor mutuo. Pero no de cualquier modo, sino calcado en el ejemplo y en el modo sobrenatural como él los ha amado. Precisamente por este modo es por lo que él llamó a este precepto, "mandamiento nuevo" .

Y como ejemplo clarificado de esto les pone lo que es prueba humana suprema: dar la vida por los amigos. Esta cita hecha en este lugar es una alusión subyacente a su muerte, que es la prueba máxima que él dio de su amor por ellos. También este detalle evocado aquí es una fuerte indicación de que su situación literaria corresponde a su situación histórica. El hecho de aludirse sólo a la muerte por los "amigos", no indica que Cristo reduzca el valor universal de su muerte. Ya dijo que da su vida por todos . Es que es el término supremo en la comparación usual humana .

La comparación del amor por los "amigos", hace que, por el "encadenamiento semita", desarrolle y llame "amigos" a los Apóstoles. En el fondo, el encadenamiento es también conceptual, ya que esta amistad sobrenatural, está basada en la caridad, lo mismo que ésta está basada en Cristo-Vid.

Se considera esta amistad por una doble razón: una por razón de la intimidad de Cristo con sus Apóstoles. Lo cual no quiere decir que comience ahora a llamarlos "amigos", pues ya antes aparecen con este título . Los siervos no saben lo que hacen sus señores: Pero Cristo los hace amigos, porque les abrió su secreto: el mensaje del Padre. El mensaje del Padre se lo comunicó. Y lo resalta diciendo que "todas las cosas" que oyó del Padre las transmitió. Naturalmente no hay oposición con lo que dirá en el capítulo siguiente. En él les anuncia que "muchas cosas" tiene aún que decirles, pero que como ahora no pueden "llevarlas", será el Espíritu Santo el que se las hará comprender . En el plan del Padre estaba el que les comunicase directamente una serie de enseñanzas, que eran "todas las cosas" que él tenía directamente que enseñarles; pero otras "muchas", estaban reservadas, en el mismo plan del Padre, a la acción del Espíritu, que sería el que los "llevaría a la verdad completa". Pero también les llama amigos "si hacéis lo que os mando". La amistad de Cristo es intimidad, pero no suprime su dignidad. Él siempre es el Maestro. Es siempre la verdadera Vid en la que han de fructificar sus enseñanzas y sus mandatos.

Si ellos son "amigos" de Cristo, son predilectos. Y el concepto evoca la elección que se hizo de ellos. No sólo para la amistad, sino para el apostolado. Filológicamente el término usado aquí es el que se usa para indicar su elección al apostolado . Pero es esto mismo lo que exige el contexto. Fue una elección que él hizo de ellos, por una vocación que les hizo en su día , y no por eterna predestinación. Y así elegidos, los "constituyó", sea en una dignidad , o en una misión . Esta elección y colación de dignidad y autoridad que les dio es para que "vayáis". El sentido es: ir a sus negocios, a sus asuntos, seguir su camino . Estos, que son los Apóstoles, irán a "su misión, que es la de "dar mucho fruto". Esta alusión entronca, literariamente, y posiblemente históricamente, con la doctrina de la Vid. Ya que la frase de suyo es una frase hecha y usual . Y además, que se logre en su misión que este fruto "permanezca". "Se comprende que los frutos son obras sólidas y duraderas; y puesto que ellos se producen durante las correrías de los discípulos, son más bien frutos de apostolado que obras personales. Tenemos, pues, en este pasaje, la clave de todo este discurso. En cualquier momento que haya sido pronunciado es un programa de apostolado: el principio es la unión con Jesús, pero los Apóstoles tendrán una obra que cumplir” . Este sentido de apostolado es a lo que lleva la sección siguiente, en la que les anuncia la persecución por causa de su nombre. Y donde se remite explícitamente a un pasaje, en el que se habla de la "elección" de los Apóstoles.

A propósito de la promesa que Cristo hace a los Apóstoles de que su fruto de apostolado permanezca, Hubi hace el siguiente comentario: "Bajo esta imagen del fruto que permanece, Jesús promete la perpetuidad de la Iglesia”.

Pero todavía en esa elección para el apostolado, va incluido un medio y una garantía. "Que vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dé".

¿Cuál es el sentido de esta proposición? ¿"Es una proposición final, o bien consecutiva, o simplemente declarativa?… La coherencia interna del pensamiento, mejor que con minucioso análisis gramatical, determinará las ambigüedades. Habla Jesús de peticiones apostólicas, esto es, referente al fruto del apostolado, al feliz logro de sus afanes apostólicos, que los apóstoles deberán encomendar a Dios con la oración. Este feliz logro es en realidad el fruto permanente mencionado en la frase anterior. Ambas frases por tanto, son coordinadas y dependen paralelamente de la frase principal os destiné para que vayáis: Dice, pues, el Maestro: "Os destiné para que vayáis y llevéis fruto permanente, que es decir, para que realicéis plenamente vuestros ideales y planes apostólicos con el favor de Dios, implorado con la oración". Es substancialmente el mismo pensamiento expresado anteriormente en 15, 7-8. En ambos casos la oración no es el tema principal que por sí mismo se recomienda, sino más bien una condición expresada incidentalmente. Pero esta mención incidental, lejos de restar importancia a la oración más bien la encarece, por cuanto la presenta como el medio providencial, normalmente necesario, para alcanzar los dones y el favor de Dios, sin el cual nada bueno puede hacer o tener el hombre”.

"Instruidos para predicar la palabra de Cristo, los Apóstoles tienen como parte integrante de su misión el deber de atraer las gracias necesarias a su ministerio, pidiéndolas en nombre de Jesús (14, 13.14; 15, 7)… Así la finalidad de la elección de los apóstoles es la fecundidad apostólica de su vida. Esta última idea nos conduce a la alegoría de la vid. Si los apóstoles son llamados más que otros por vocación especial, a producir frutos, ellos también deben vigilar a permanecer unidos a la verdadera vid. Por el hecho mismo, se mostrarán particularmente atentos a observar bien el precepto de la caridad. Todas estas recomendaciones se unen. Practicando la caridad fraternal, probarán su amistad hacia Jesús, permanecerán en él, llevarán fruto, y cumplirán su vocación”.

La universalidad de conexión a esta oración se ve que está limitada por ser la oración para el fruto del apostolado, como se ha visto al exponer el pasaje de san Juan 15, 7.

La sección se cierra con la misma frase del principio: que se amen los unos a los otros. En la perspectiva inmediata se tiene en cuenta a los Apóstoles, a quienes se dirige.

La formulación literaria es un poco chocante. Dice así: "Estas cosas os mando: que os améis mutuamente". Pero la forma plural -"estas cosas"- resulta chocante ya que el sólo precepto considerado y preceptuado es la caridad entre ellos. Puede ser esto debido o a que estas cosas fuesen la suma de los preceptos que han de tener ellos para ejercer esta caridad; o, acaso, a que toda su doctrina se incluye en este precepto de la caridad, ya que es amor al prójimo por amor a Dios Padre y a su Hijo, pues es a imitación del amor del Padre a Cristo y de Cristo a nosotros.
(Manuel de Tuya, Del Cenáculo al Calvario, San Esteban Salamanca 1962, p. 199-204)



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Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - Dios es Amor y La Caridad

143 A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito (cf. Dt 4,37; 7,8; 10,15). E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo (cf. Is 43,1-7) y de perdonarle su infidelidad y sus pecados (cf. Os 2)

144 El amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo (Os 11,1). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49,14-15). Dios ama a su Pueblo más que un esposo a su amada (Is 62,4-5); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11); llegará hasta el don más precioso: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único" (Jn 3,16).

145 El amor de Dios es "eterno" (Is 54,8). "Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará" (Is 54,10). "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti" (Jr 31,3).

146 Pero S. Juan irá todavía más lejos al afirmar: "Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16); el ser mismo de Dios es Amor. Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él.


La caridad

1822 La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13,34). Amando a los suyos "hasta el fin" (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15,9). Y también: "Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn 15,12).

1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: "Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor" (Jn 15,9-10; cf Mt 22,40; Rm 13,8-10).

1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (cf Rm 5,10). El Señor nos pide que amemos como él hasta nuestros enemigos (cf Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10,27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9,37) y a los pobres como a él mismo (cf Mt 25,40.45).

El apóstol S. Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa. no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Co 13,4-7).

1826 "Si no tengo caridad -dice también el apóstol- nada soy...". Y todo lo que es privilegio, servicio, virtud misma..."si no tengo caridad, nada me aprovecha" (1 Co 13,1-4). La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: "Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad" (1 Co 13,13).

1827 El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es "el vínculo de la perfección" (Col 3,14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

1828 La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del "que nos amó primero" (1 Jn 4,19):

O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda...y entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus. prol. 3).

1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión:

La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; haci a él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep. Jo. 10,4).
(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 143 – 146. 1822 – 1829)


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Santos Padres: San Agustín - Tratados 83 - 84 - 85


TRATADO 83

SOBRE ESTAS PALABRAS: "OS HE DICHO ESTAS COSAS PARA QUE MI

GOZO ESTÉ CON VOSOTROS, Y EL VUESTRO SEA COLMADO. ESTE ES MI

PRECEPTO: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS COMO YO OS HE AMADO"

1. Habéis oído, carísimos, al Señor decir a sus discípulos: Estas cosas os he dicho para que mi gozo esté con vosotros, y el vuestro sea colmado. ¿Qué gozo puede tener Cristo en nosotros si no es que Él se digna gozarse con nosotros? ¿Cuál es ese nuestro gozo que ha de ser colmado, sino tener participación con El? Por eso había dicho al bienaventurado Pedro: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Su gozo en nosotros es la gracia, que nos ha dado; y esa gracia es nuestro gozo. De esta gracia ya se gozaba El desde la eternidad, cuando nos escogió antes de la formación del mundo, sin que podamos decir que su gozo no era completo, ya que Dios no tiene cosas imperfectas. Pero ese gozo no estaba entonces en nosotros, porque aún no existíamos para tenerlo, ni tampoco con él nacimos cuando comenzó nuestra existencia. El, en cambio, lo tuvo siempre, porque por su infalible presciencia se gozaba ya de nuestra futura existencia. Su gozo, por lo tanto, de nosotros ya era perfecto cuando en su presciencia éramos destinados a la existencia y a la predestinación. No podía haber en su gozo sombra de temor de no poder ejecutar lo que preveía como futuro, ni tampoco creció su gozo cuando inició la ejecución de lo que había determinado realizar, porque, en este caso, sería más dichoso después de habernos creado. No, hermanos; la felicidad de Dios no era menor sin nosotros ni recibe aumento de nosotros. Pero ese gozo suyo de nuestra salvación, que Él tuvo siempre desde que nos previó y predestinó, comenzó a estar en nosotros cuando nos llamó; y con razón llamamos nuestro a este gozo, que nos ha de hacer dichosos a nosotros, y este gozo nuestro crece y se va perfeccionando hasta llegar a su perfección con la perseverancia. Se incoa con la fe de los que renacen y se colma con el premio de los que resucitan. Aquí creo hallar la explicación de estas palabras: Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros, y el vuestro sea colmado; esté en vosotros el mío, sea colmado el vuestro. Porque el mío fue siempre pleno, aun antes de ser vosotros llamados, en presciencia de vuestro llamamiento; pero nace en vosotros al realizar en vosotros lo que de vosotros había yo previsto. Sea el vuestro colmado, porque seréis bienaventurados, lo cual aún no sois, así como fuisteis creados vosotros, que antes no erais.

2. Este es mi precepto: que os améis unos a los otros como yo os he amado. Ya se diga precepto, ya mandato, ambos vocablos son traducción de la misma palabra griega entole. Ya antes había pronunciado esta frase, sobre la cual debéis recordar que diserté lo mejor que pude. Entonces dijo: Un nuevo mandato os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, así amaos unos a otros. La repetición de este mandato no es más que una recomendación. Sólo que allí dice: Un mandato nuevo os doy; y aquí: Este es mi mandato. Allí, como si antes no hubiera existido tal mandato; y aquí, como si no hubiera otro mandato suyo. Allí dijo nuevo, para sacarnos de lo anticuado, y aquí dice mío, para que lo tengamos en veneración.

3. En cuanto a que aquí haya dicho: Este es mi mandato, como si no hubiera otro, ¿pensaremos, hermanos, que sólo es suyo este mandato del amor con que debemos amarnos unos a otros? ¿No hay otro mayor, que es el de que amemos a Dios? ¿O es que Dios solamente nos dio el precepto del amor para que no nos preocupemos de los otros? Tres cosas nos recomienda el Apóstol cuando dice: Permanecen ahora estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad. Y, aunque en la caridad se encierran aquellos dos preceptos, de ella ha dicho que es la mayor, no la única. ¿Quién podrá enumerar la cantidad de recomendaciones acerca de la fe y de la esperanza? Pero notemos lo que dice el mismo Apóstol: La plenitud de la Ley es la caridad. ¿Qué es lo que falta donde hay caridad? Y donde no hay caridad, ¿qué puede haber de provecho? El demonio cree, pero no ama; nadie ama si no cree. El que no ama puede esperar, aunque inútilmente, el perdón; pero el que ama no puede desesperar de alcanzarlo. Por lo tanto, donde está la caridad, están también la fe y la esperanza; y allí donde está el amor al prójimo, necesariamente está también el amor a Dios. Porque quien no ama a Dios, ¿cómo ha de tener amor al prójimo como a sí mismo? Quizá ni a sí mismo se ama. Este es un perverso y un impío, ya que el que ama la maldad no ama en modo alguno, sino que odia a su alma. Observemos, pues, este mandato del Señor de amarnos unos a otros, y con éste cumpliremos todos sus mandatos, porque en éste están encerrados todos los demás. Esta dilección es distinta de aquella con que se aman los hombres como hombres, y para hacer notar esta diferencia añadió: como yo os he amado. Y ¿para qué nos ama Cristo a nosotros, sino para que podamos reinar con El? Con este fin arriémonos unos a otros, para que nuestro amor sea diferente del de aquellos que no se aman con este fin, porque ni siquiera aman. Quienes se aman con el fin de poseer a Dios, se aman a sí mismos; aman a Dios para amarse a sí mismos. No todos los hombres tienen este amor. Pocos son los que se aman con el fin de que Dios sea en todos todas las cosas.


TRATADO 84

SOBRE AQUELLAS PALABRAS: "NADIE TIENE AMOR MÁS GRANDE QUE EL

QUE DA SU VIDA POR SUS AMIGOS"

1. El ápice del amor mutuo que nos debemos unos a otros, hermanos carísimos, lo definió el Señor, diciendo: Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Y como antes había dicho: Este es mi mandato, que os améis unos a otros como yo os he amado, añadiendo ahora estas palabras que habéis escuchado: Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos, se saca la conclusión que sacó el mismo evangelista San Juan en su epístola, diciendo que, así como Cristo dio su vida por nosotros, así nosotros debemos dar la nuestra por los hermanos, amándonos unos a otros como nos amó El, que llegó a dar su vida por nosotros. Esto es lo que se lee en los Proverbios de Salomón: Que cuando te sientes a la mesa de un rico para cenar, observes cuidadosamente los alimentos que te sirven y metas la mano en ellos, considerando que tú debes preparar otros semejantes. Y ¿cuál es esta mesa del rico sino aquella en que se toma el cuerpo y la sangre de Aquel que dio su vida por nosotros? Y ¿qué significa sentarse a esta mesa sino acercarse a ella con humildad? Y ¿qué se entiende por observar y considerar los alimentos servidos sino pensar dignamente de tan alto favor? Y ¿qué otra cosa es meter la mano para darse cuenta de la obligación de preparar otros semejantes, sino lo que ya dije antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, así también nosotros debemos dar la nuestra por los hermanos? Lo mismo viene a decir San Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto es preparar otros semejantes. Esto hicieron los mártires con amor ferviente, con cuyo ejemplo debemos animarnos a preparar, como ellos, cosas semejantes, si es que no celebramos su memoria de un modo vano y no nos acercamos inútilmente a la mesa del Señor, en cuyo convite ellos quedaron hartos. Porque, al acercarnos a la mesa, no celebramos su memoria al modo que recordamos a otros fieles que descansan en la paz del Señor, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros y nos animemos a seguir sus ejemplos, porque ellos llenaron la medida de la caridad, de la cual dijo el Señor que no podía haberla mayor. Proporcionaron a los hermanos cosas semejantes a las que ellos recibieron en la mesa del Señor.

2. Esto no quiere decir que podamos ser iguales a Nuestro Señor Jesucristo, aunque lleguemos a derramar la sangre por El en el martirio; porque Él tenía en su mano dar la vida y volverla a tomar, pero nosotros no vivimos cuanto queremos, y morimos aun cuando no queramos. El, muriendo, dio en sí mismo muerte a la muerte, y nosotros por su muerte nos libramos de la muerte. Su carne no vio la corrupción; la nuestra, después de la corrupción, en el fin del mundo se vestirá de la incorrupción. El no necesitó de nosotros para salvarnos; nosotros, sin El, nada podemos hacer. Él se hizo vid para que nosotros fuésemos los sarmientos; nosotros no podemos tener vida fuera de Él. Finalmente, aunque los hermanos mueran por los hermanos, no obstante, ninguno de los mártires derrama su sangre por la remisión de los pecados de sus hermanos, como lo hizo El por nosotros; y en esto no nos dejó ejemplo que imitar, sino motivo para congratularnos con El. En cuanto los mártires derraman su sangre por los hermanos, no hicieron más que dar lo que recibieron de la mesa del Señor. En las otras cosas que dije, aunque no pude decirlas todas, el mártir está lejos de ser igual a Cristo. Y, aunque alguno pudiera comparársele, no digo en el poder, sino en la inocencia, no diré en salvar arrancando el pecado ajeno, sino en no tener ningún pecado propio; aun así es mayor su deseo que la exigencia de la naturaleza; es mucho para él, que no es capaz de tanto. Está muy bien el aviso que da la sentencia que a continuación añade: Si es mayor tu apetito, no codicies sus manjares, pues te es mejor que no tomes nada que tomes más de lo que te conviene. Estas cosas tienen una vida engañosa, es decir, están llenas de hipocresía; porque, diciendo que él está sin pecado, no puede ser justo, sino que se finge justo. Por eso dice que estas cosas tienen una vida falaz. Solamente uno pudo tener la carne humana y no tener pecado alguno. Con razón, pues, en lo siguiente se nos da un saludable mandato, reconviniendo con tal palabra y proverbio la humana flaqueza, diciéndole: Siendo pobre, no te levantes contra el rico. Rico es Cristo, que, sin estar ligado a deudas propias ni hereditarias, es justo y puede justificar a otros. No pretendas levantarte contra El tú, que eres tan pobre, que diariamente en la oración mendigas el perdón de tus culpas. Por tu bien, dice, abstente. ¿De qué sino de una engañosa presunción? El, que es Dios, además de ser hombre, nunca es reo del pecado. Si pusieres tus ojos en El, no lo hallarás. Si pusieres tus ojos, es decir, los ojos con que ves las cosas, en él, no aparecerá, porque no puede ser visto como tú puedes ver. Tomará alas como de águila y se irá a la casa de su Señor, desde donde viene a nosotros, pero no nos halla tales como El viene. Arriémonos, pues, unos a otros como nos amó Cristo, que se entregó por nosotros, porque nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos. Imitémosle con piadosa sumisión, y no presumamos atrevidamente compararnos con El.



TRATADO 85

SOBRE ESTAS PALABRAS SUYAS: "VOSOTROS SOIS MIS AMIGOS, SI CUMPLÍS

LO QUE OS ORDENO. YA NO OS LLAMO SIERVOS, PORQUE EL SIERVO

IGNORA LO QUE HACE SU SEÑOR"

1. Después de haber encarecido Jesús el amor, que nos manifestó muriendo por nosotros, con aquellas palabras: Nadie tiene caridad mayor que el que da su vida por sus amigos, dice: Vosotros sois mis amigos, si observáis lo que yo os mando. Magnífica condescendencia. El siervo no es bueno si no cumple las órdenes de su señor. Jesús, en cambio, quiso que fuesen sus amigos quienes ejecutasen las pruebas a las que es sometida la fidelidad de los siervos. Pero ésta, como dije, es una condescendencia del Señor en dignarse llamar amigos a quienes son sus siervos. Para que sepáis que es obligación de los siervos ejecutar las órdenes de su señor, increpa a los siervos en otra parte con estas palabras: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo? Cuando, pues, decís Señor, manifestad lo que decís, ejecutando lo que se os ordena. Después dirá al siervo obediente: Bien, siervo bueno, porque fuiste fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor. Por lo tanto, el que es siervo bueno puede ser siervo y amigo.

2. Pero prestemos atención a lo que sigue: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. ¿Cómo hemos de entender que el siervo bueno es siervo y amigo, si dice: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor? De tal modo les da el nombre de amigos, que les retira el nombre de siervos, no para que permanezcan ambos en una misma persona, sino que un nombre sustituya al otro que se retira. ¿Qué significa esto? ¿Dejaremos de ser siervos cuando cumplimos los mandatos del Señor? ¿Dejaremos de ser siervos cuando seamos siervos buenos? Más ¿quién osará ir en contra de la Verdad, que dice: Ya no os llamo siervos? Y señala la razón de sus palabras, diciendo: Porque el siervo no sabe lo que hace su señor. ¿Acaso el señor no confía sus secretos al siervo bueno y fiel? ¿Por qué, pues, dice que el siervo ignora lo que hace su señor? Supongamos que sea verdad, que ignore lo que hace, ¿dejará de saber lo que manda? Porque, si esto ignora, ¿cómo puede servirlo? ¿O cómo puede ser siervo el que no sirve? No obstante, el Señor dice: Vosotros sois mis amigos, si hiciereis lo que os mando. Ya no os llamo siervos. ¡Oh prodigio! No pudiendo ser siervos sin cumplir los preceptos del Señor, ¿cómo dejaremos de ser siervos cumpliendo sus mandatos? Si no seré siervo ejecutando las órdenes, y, si no ejecutare las órdenes, no podré servir; luego sirviendo dejaré de ser siervo.

3. Entendamos, hermanos, y comprendamos. El Señor nos conceda entenderlo y haga que ejecutemos lo que hayamos entendido. Si sabemos esto, sabemos, sin duda, lo que el Señor hace; porque nadie nos hace saber sino el Señor, y por ello pertenecemos a sus amistades. Así como hay dos temores, que forman dos suertes de temerosos, así hay dos clases de servidumbres, que forman dos tipos de siervos. Hay un temor que es arrojado fuera por la caridad, y hay otro temor casto, que permanece por los siglos de los siglos. A aquel temor que está fuera de la caridad aludía el Apóstol cuando decía: No habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar de nuevo bajo el temor. Y al temor casto se refería cuando decía: No te engrías, más bien teme. En aquel temor que es echado fuera por la caridad, está también la servidumbre, que con el temor será excluida por la caridad; pues ambas cosas juntó el Apóstol, diciendo: No recibisteis el espíritu de servidumbre otra vez en el temor. Y al siervo que pertenece a esta servidumbre se refería también el Señor cuando dijo: Ya no os llamo siervos, porque el siervo ignora lo que hace su señor. Este siervo no es ciertamente aquel que tiene el amor casto, al cual dice: Muy bien, siervo bueno, entra en el gozo de tu Señor, sino el siervo que tiene aquel temor que ha de ser desterrado por la caridad, del cual dice en otro lugar: El siervo no permanece para siempre en la casa, pero el hijo permanece siempre. Y ya que nos dio la facultad de hacernos hijos de Dios, seamos hijos y no siervos, a fin de que por un modo inefable, no menos que verdadero, los siervos podamos ser no siervos, es decir, siervos con el temor casto, de los cuales es el siervo que entra en el gozo de su señor, y no siervos con el temor que ha de ser excluido por la caridad, a cuyo número pertenece el siervo que no permanece en la casa por siempre. Y para que seamos tales siervos no siervos, sepamos que esto lo hace el Señor. Esto lo ignora el siervo, que no sabe lo que hace su Señor; y, cuando hace algo bueno, se engríe como si fuera hechura suya y no del Señor, y se gloría en sí mismo y no en el Señor, engañándose cuando de este modo se gloría, como si no lo hubiese recibido. Y nosotros, hermanos carísimos, para poder ser amigos del Señor, sepamos lo que El hace. No solamente nos hace hombres, sino también hace que seamos justos: no nos hacemos nosotros mismos. Y, que sepamos esto, ¿quién sino El mismo lo hace? Porque no habéis recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha dado. Por Él es dado todo lo bueno; y como esto es bueno, ciertamente es dado por El, para que se sepa de quién procede todo bien, a fin de que absolutamente en todos los bienes el que quiera gloriarse se gloríe en el Señor. Las palabras siguientes: A vosotros os llamé amigos, porque os he hecho conocer todo cuanto oí a mi Padre, son tan profundas, que no pueden ser abarcadas en esta plática, sino aplazadas para otra.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratados 83-85, BAC Madrid 19652, 374-84)


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Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Caridad

Las dos últimas lecturas de esta Misa están tomadas de San Juan, sea de la primera de sus epístolas, sea del capítulo 15 de su evangelio, que continúa aquello que comentáramos el domingo pasado acerca de la vid y de los sarmientos. Unidos a Cristo de manera orgánica, vital, como los sarmientos se adhieren a su tronco, corre por nuestras almas la savia de Cristo, es decir, la gracia de Dios, la vida divina. En el texto de hoy se insiste sobre el mismo tema, pero considerado desde el punto de vista de la caridad. "Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros, como yo os he amado".

Hablemos, pues, de la caridad, del amor de Dios a nosotros, de nuestro amor a Dios, de nuestro amor al prójimo. En cierto modo todo ello es una sola cosa. Empecemos diciendo, amados hermanos, que la caridad no es un sentimiento filantrópico que nace en nuestro corazón, como el que se experimenta cuando uno ve a una persona que necesita ayuda. Eso es más bien compasión. Cuando se habla de la caridad, se está hablando de una virtud teologal, es decir, de una virtud que no proviene de abajo (0?2 sino que viene de lo alto, del seno de Dios. Es un movimiento que viene de arriba hacia abajo. Proviene de Dios y concluye en Dios. Así lo enseña San Juan en su primera epístola: "Amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios". Texto difícil y profundo, que resume la quintaesencia de la caridad.

Porque, como acabamos de decir, el amor nace de Dios, nace en Dios. Dios es amor en su vida íntima. Desde toda la eternidad, el Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, y de este mutuo amor proviene el Espíritu Santo, fruto del amor. Es decir que Dios es amor, en su misma naturaleza, en su misma esencia.

Pues bien, el Dios uno y trino es tan generoso que ha querido derramar fuera de sí ese amor, se ha desbordado, ha rebosado de amor, que no otra cosa es la creación. Y así nos hizo a su imagen, poniendo en nosotros vestigios suyos, y haciéndonos partícipes de su misma vida, lo cual es propio del amor: no sólo regalar cosas sino comunicar la propia existencia, no sólo dar lo suyo sino darse a sí. Pero Dios no es sólo amor creador. Es también amor redentor. Lo hemos oído de San Juan en la segunda lectura: "Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos vida por medio de él". Nos envió a Cristo, ese mismo Cristo que hoy nos dijo en el evangelio: "Como el Padre me amó, también yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi amor". Cristo es el Amor hecho carne. El Amor se hizo carne y habitó entre nosotros. Sufrió con nosotros. Lloró con nosotros. Se rodeó de nosotros aun cuando a veces lo hartábamos con nuestra presencia. Sufrió por nosotros. Y para darnos la mayor prueba de su amor, murió en la Cruz en lugar de nosotros, según aquello que El mismo nos aseguró hoy: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos". Realmente Cristo es Amor, el Amor encarnado, que nos amó hasta el colmo, hasta la exageración. Siendo rico se hizo pobre para que nosotros, que éramos pobres, nos hiciéramos ricos en El.

Todo esto es muy hermoso. Y consolador. Pero no sería justo que nos limitásemos a quedarnos contemplando las maravillas del amor divino. Porque ese mismo Señor que nos amó hasta el delirio nos ha dado un mandato bien concreto: "Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros, como yo os he amado".

A ello somos convocados.-A que el amor que viene de Dios hasta nosotros, se encarne en nosotros, se entrañe en nuestras almas, y de allí hagamos que se derive hacia nuestros hermanos. Amar a los demás de la manera con que Dios nos ha amado en su Hijo —"como yo os he amado"—, es decir, hasta entregar la vida por ellos, si fuera menester. Deberemos aprender a amar con amor de caridad, a amar no sólo con el sentimiento, sino con el amor mismo de Dios. Aprender a ver en el otro la imagen de Dios, ver al otro como lo ve Dios. Amarlo, incluso, gratuitamente, como nos amó El antes que nosotros lo conociésemos; antes de que aprendiésemos a nombrarlo, el agua de su amor bautismal cayó sobre nuestra cabeza de niños recién nacidos para convertirnos en sus hijos, hijos de Dios, que luego, ya de grandes, tendríamos la osadía de llamarlo: Padre nuestro.

Es difícil amar al prójimo. En cambio es muy fácil reconocer los defectos del prójimo. Porque los defectos se advierten a simple vista: bastan para ello los ojos de la carne. En cambio para reconocer en el prójimo, a veces tan defectuoso, la imagen de Dios, se requieren los ojos de la fe. Y ello no es fácil. Nos cuesta reconocer en el otro la imagen de Dios, al menos la imagen potencial de Dios, es decir, que ese otro, aun en el caso de que sea perverso, ha sido originalmente modelado por las manos de Dios, ha sido llamado a ser semejante a Dios, ha sido invitado, como nosotros, a un destino común, a la gloria del cielo. Así nos amó Dios. Nos amó aun cuando éramos pecadores. Dios no nos amó porque fuésemos amables, sino que al amamos nos hizo amables. Porque su amor es en nosotros creador de bondad.

Hoy Cristo nos invita a un ejercicio formidable, amados haer-manos. Vivir siempre mirando las cosas desde el punto de vista de la fe. Este me es antipático. Está bien. Pero lo amaré igual porque ha sido hecho a imagen de Dios. Este otro me ha ofendido. Está bien. Pero lo amaré igual porque Cristo nos amó cuando lo clavábamos en la Cruz. Este me ha traicionado. Está bien. Pero lo amaré igual porque Jesús miró a Pedro con ojos de misericordia. Este otro es un pecador. Está bien. Pero lo amaré igual porque Cristo perdonó a la Magdalena pecadora. Esto es amar a los demás como Cristo nos ha amado.

¡Qué noble y espléndida la virtud de la caridad! Cuantas veces amo a otro con caridad verdadera, teologal, y no por mera simpatía, Dios ama en mí, Dios ama a través de mí. Cuantas veces una persona es amada por otra con caridad verdadera, teologal, Dios es amado en esa persona. Amo yo, es cierto, pero mi acto de amor no es sólo mío: es el Amor infinito y eterno de Dios que ama aquí y ahora a través de mí. ¡Qué admirable! Poder ser como el canal del amor de Dios. Ofrecer a Dios un instrumento que le permita seguir amando a los hombres. Y amando no sólo al que me resulta amable, o inteligente, o virtuoso; sino amando al hombre tal cual Dios lo vio en su miseria cuando decidió encarnarse y morir por él. Nos impresiona cuando leemos que San Francisco de Asís besaba las llagas purulentas de un leproso: no lo hacía, por cierto, en pos de una victoria heroica sobre sí, al modo de un faquir, sino que era la expresión más pura de quien ha llegado a trascender las miserias del otro para ver en él la pura imagen de Dios. Amar al otro por Dios no es amarlo como medio, es amarlo realmente, en lo más profundo de su ser, es quererlo como lo quiere Dios.

Tales son las maravillas de la caridad. Un círculo perfecto: el amor viene de lo alto, de Dios, es Dios mismo que se da, que desciende hasta nosotros en Cristo, pasa a través de nosotros, germinando en nuestro interior, para volcarse sobre los demás, y por ellos volver a Dios. Viene de Dios, y retorna a Dios. Eso es propiamente una virtud teologal.

Pronto nos vamos a acercar a recibir la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, la prueba suprema del amor de Cristo. El mismo nos ha dicho que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, que se deja comer por sus amigos. Pidámosle la gracia de llevar a la práctica su mandamiento principal, ejerciendo la caridad efectiva, para que podamos "permanecer en su amor".

Al aproximarnos al altar oremos de esta manera: "Señor, cuando te apoyes sobre mis labios, enciende en ellos la brasa de tu caridad para que aprenda a reconocerte en el prójimo. No permitas, Señor, que un día me atreva a hacer mi ofrenda eucarística con el alma envenenada por el odio. Deposita en mi corazón la semilla de tu amor, de ese amor brotado del seno de tu Padre, y que, engendrándote desde toda la eternidad, te llevó a morir por nosotros, y a darte en alimento en el sacramento de la caridad. Haz, Señor, que complete mi circuito: que perciba en mis hermanos, los hombres, tu imagen celestial de tal manera que, amándolos en esta tierra, me identifique con el amor que Tú les has tenido, y de este modo pueda, al cabo de mis días, ingresar de lleno en el amor eterno de la Trinidad. Así sea".
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 149-153)



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Aplicación: San Juan Pablo II - "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado".


1. Queridos hermanos y hermanas, en el ambiente de alegría del tiempo de Pascua, al celebrar la plenitud del amor de Dios por la humanidad, expresado y comunicado a nosotros en su Hijo, muerto y resucitado, la liturgia de hoy nos lleva a la consideración de esta gran "don", del cual proviene el mandamiento de amar a nuestros hermanos.

Contemplamos, en primer lugar, el amor de Dios por el hombre, que se ha revelado plenamente en Cristo, su Hijo.

"Dios es amor", ha recordado el apóstol Juan. Es amor porque es "comunión" que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en la vida trinitaria. Es amor porque es "don". El amor de Dios, en efecto, no permanece cerrado en sí mismo, sino que se difunde y llega al corazón de todos los que ha creado, llamándolos a ser sus hijos.

El amor de Dios es un amor gratuito, que antecede la espera y la necesidad del hombre. "No fuimos nosotros a amar a Dios, sino que él nos amó." Nos amó primero, Él tomó la iniciativa. Esta es la gran verdad que ilumina y explica todo lo que Dios ha hecho y conseguido en la historia de la salvación.

El amor de Dios, por otra parte, no está reservado a algunos, unos pocos, sino que quiere abrazar a todos, invitándolos a ser una sola familia. El apóstol Pedro dice lo mismo en su discurso de evangelización que tuvo lugar en la casa del centurión Cornelio, donde se encontraban muchas personas: Dios - dice - "no hace acepción de personas, sino el que le teme y practica la justicia, perteneciendo al pueblo que pertenezca, es aceptable a él".

El amor de Dios por la humanidad no conoce fronteras, no se detiene delante de alguna barrera de raza o cultura: es universal, es para todos. Pide sólo disponibilidad y la acogida; sólo exige un terreno humano para fecundar, hecho de conciencia honesta y buena voluntad.

Es, finalmente, un amor concreto hecho de palabras y gestos que llegan al hombre en diferentes situaciones, incluidas las de sufrimiento y de opresión, porque es amor que libera y salva, ofreciendo amistad y creando comunión. Todo esto por la fuerza del don del Espíritu, derramado como don de amor en los corazones de los creyentes, para que puedan glorificar a Dios y proclamar sus maravillas a todos los pueblos.


2. De la contemplación del amor de Dios viene la necesidad de una respuesta, de un compromiso. ¿Cuál? Es un deber preguntárselo. Y la palabra de Dios, apenas escuchada, colma nuestras expectativas.

Se requiere antes que nada que el hombre se deje amar por Dios. Esto sucede cuando se cree en su amor y se lo toma en serio, aceptando el don en la propia vida para dejares transformar y moldear por él, especialmente en las relaciones de solidaridad y fraternidad que unen a los hombres unos con otros.

Jesucristo, en efecto, pide a aquellos que han sido alcanzados por el amor del Padre amarse unos con otros y amar a todos como Él los amó. La originalidad y la novedad de su mandamiento residen precisamente en aquel "como", que dice gratuidad, apertura universal, concreción en palabras y gestos verdaderos, capacidad de donación hasta al supremo sacrificio de sí mismos. De esta manera, su vida puede difundirse, transformar el corazón humano y hacer de todos los hombres de una comunidad reunida en su amor.

Jesús pide a sus seguidores que permanezcan en su amor, es decir, que vivan permanentemente en comunión con él, en una relación constante de amistad y de diálogo. Y esto para gustar de la alegría plena, para encontrar la fuerza para observar sus mandamientos y, finalmente, para producir frutos de justicia y de paz, de santidad y de servicio.


4. Acoged con renovada conciencia el Evangelio del amor que Jesucristo revela con su palabra y con su vida.

Él los ha elegido y, con el don del Espíritu Santo, los ha "constituido" y establecido en Él, haciéndolos sus amigos y partícipes, con el bautismo, de su propia vida. Permanezcan en su amor, perseveren en él, cultiven el diálogo de la oración con Él, crezcan en la comunión a través de la participación en los sacramentos y en la liturgia, custodien fielmente su palabra en el corazón, observen sus mandamientos.

Y entonces ámense el uno al otro, porque "todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios." El amor fraternal, en efecto, testimoniado y experimentado, hace creíble el Evangelio del amor de Dios de "los de fuera" y se convierte así en la primera forma de evangelización para los hombres de nuestro tiempo.

Este amor mutuo, en la realidad de su comunidad parroquial, está destinado a expresarse en múltiples formas de compromiso y servicio.

Exige disponibilidad y acogida a todos, especialmente a los niños, a los pobres, a los que sufren; pide una cooperación activa y armoniosa a las diversas iniciativas en miras a crear y fortalecer la comunión; incluye la valoración del carisma personal y de grupo, con el objetivo de orientar al bien común y la edificación de la comunidad, superando el impulso fácil del individualismo y la búsqueda de intereses particulares. Nos demanda, en una palabra, "caminar juntos", guiados por quien es pastor de la Iglesia, con el objetivo común del Reino de Dios.


5. El Evangelio del amor, por último, pide a todos y a cada uno que vayan y den fruto, y un fruto que permanezca.

Es el deber de la "misión", que nos insta a llevar la reconciliación y la paz allí donde hay división y enemistad; a crear la solidaridad allí donde hay marginación y soledad; a promover la vida allí donde se propagan los signos de la muerte; a compartir allí donde el egoísmo levanta barreras y prejuicios: en la familia, en el trabajo, en la vida del barrio.

"Con voces de júbilo den el gran anuncio, hacedlo llegar a los confines de la tierra: el Señor ha liberado a su pueblo. Aleluya".

Queridos, vivan en el amor de Dios y en la alegría.

La liturgia de hoy es "alegría": es la alegría de ir juntos, es la alegría de estar juntos como familia de Dios reunida alrededor de su altar, de su Eucaristía. Es una alegría especial ver a estos niños vestidos tan solemnemente, niñas vestidas de blanco, para recibir la Sagrada Comunión. Es, sobre todo, la alegría de los corazones de estos niños, ya que deben abrirse a Jesucristo Eucaristía y convertirse en su casa como él les ha dicho. Es alegría para las familias que viven así un gran día en su camino de la vida cristiana. Siempre es alegría en su comunidad eclesial, en su comunidad parroquial este día de la Primera Comunión de los niños, día de gran alegría pascual. Es alegría para mí, que he podido encontrarme en su parroquia en este día en que sus hijos reciben la Primera Comunión y yo personalmente puede dar a Jesús Eucaristía a cada uno de ellos. Que el Señor los bendiga y les ayude en el camino parroquial cristiano, especialmente en este mes de mayo, y a lo largo de nuestras vidas.

Alabado sea Jesucristo.
(Homilía en la parroquia romana de Santa María del Olivo en Settecamini, 5 de mayo de 1991)



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Aplicación: S.S. Benedicto XVI - Testigos auténticos del amor de Dios hacia todos


Queridos amigos, la primera lectura nos ha presentado un momento importante en el que se manifiesta precisamente la universalidad del mensaje cristiano y de la Iglesia: san Pedro, en la casa de Cornelio, bautizó a los primeros paganos. En el Antiguo Testamento Dios había querido que la bendición del pueblo judío no fuera exclusiva, sino que se extendiera a todas las naciones. Desde la llamada de Abrahán había dicho: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gn 12, 3). Y así Pedro, inspirado desde lo alto, comprende que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea» (Hch 10, 34-35). El gesto realizado por Pedro se convierte en imagen de la Iglesia abierta a toda la humanidad. Siguiendo la gran tradición de vuestra Iglesia y de vuestras comunidades, sed testigos auténticos del amor de Dios hacia todos.

Pero, ¿cómo podemos nosotros, con nuestra debilidad, llevar este amor? San Juan, en la segunda lectura, nos ha dicho con fuerza que la liberación del pecado y de sus consecuencias no es iniciativa nuestra, sino de Dios. No hemos sido nosotros quienes lo hemos amado a él, sino que es él quien nos ha amado a nosotros y ha tomado sobre sí nuestro pecado y lo ha lavado con la sangre de Cristo. Dios nos ha amado primero y quiere que entremos en su comunión de amor, para colaborar en su obra redentora.

En el pasaje del Evangelio ha resonado la invitación del Señor: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Son palabras dirigidas de modo específico a los Apóstoles, pero, en sentido amplio, conciernen a todos los discípulos de Jesús. Toda la Iglesia, todos nosotros hemos sido enviados al mundo para llevar el Evangelio y la salvación. Pero la iniciativa siempre es de Dios, que llama a los múltiples ministerios, para que cada uno realice su propia parte para el bien común. Llamados al sacerdocio ministerial, a la vida consagrada, a la vida conyugal, al compromiso en el mundo, a todos se les pide que respondan con generosidad al Señor, sostenidos por su Palabra, que nos tranquiliza: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (ib.).

Queridos amigos, conozco el compromiso de vuestra Iglesia para promover la vida cristiana. Sed fermento en la sociedad, sed cristianos presentes, emprendedores y coherentes. La Palabra de Dios que hemos escuchado es una fuerte invitación a vivir el amor de Dios a todos, y la cultura de estas tierras, entre sus valores distintivos, la solidaridad, la atención a los más débiles, el respeto de la dignidad de cada uno. Es muy conocida la acogida, que también en tiempos recientes habéis sabido dar a quienes han venido en busca de libertad y de trabajo. Ser solidarios con los pobres es reconocer el proyecto de Dios Creador, que ha hecho de todos una sola familia.

Ciertamente, también vuestra provincia está fuertemente probada por la crisis económica. La complejidad de los problemas hace difícil encontrar las soluciones más rápidas y eficaces para salir de la situación actual, que afecta de modo especial a los estratos más débiles y preocupa mucho a los jóvenes. La atención a los demás, desde siglos remotos, ha impulsado a la Iglesia a hacerse solidaria concretamente con quienes sufren necesidad, compartiendo recursos, promoviendo estilos de vida más esenciales, contrastando la cultura de lo efímero, que ha engañado a muchos, produciendo una profunda crisis espiritual. Esta Iglesia diocesana, enriquecida por el testimonio luminoso del Poverello de Asís, debe seguir siendo atenta y solidaria con quienes sufren necesidad, pero debe saber también educar para superar lógicas puramente materialistas, que a menudo caracterizan a nuestro tiempo, y acaban por anublar precisamente el sentido de la solidaridad y de la caridad.

Testimoniar el amor de Dios en la atención a los últimos se conjuga también con la defensa de la vida, desde su primer instante hasta su término natural. En vuestra región asegurar a todos dignidad, salud y derechos fundamentales se siente con razón como un bien irrenunciable. La defensa de la familia, a través de leyes justas y capaces de tutelar también a los más débiles, ha de constituir siempre un punto importante para mantener un tejido social sólido y ofrecer perspectivas de esperanza para el futuro. Como en el Medievo los estatutos de vuestras ciudades fueron instrumento para asegurar a muchos los derechos inalienables, así también hoy ha de proseguir el esfuerzo por promover una ciudad de rostro cada vez más humano. En esto la Iglesia ofrece su contribución para que el amor a Dios vaya siempre acompañado por el amor al prójimo.

Queridos hermanos y hermanas, proseguid el servicio a Dios y al hombre según la enseñanza de Jesús, el luminoso ejemplo de vuestros santos y la tradición de vuestro pueblo. Que en este compromiso os acompañe y sostenga siempre la materna protección de la Virgen del Consuelo, a la que tanto amáis y veneráis. Amén.
(Homilía en Parque "Il Prato", Arezzo, Domingo 13 de mayo de 2012)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - El que me ama guardará mis mandamientos


“Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”

¿Pero es que el amar a otro se puede mandar? ¿Y si el otro no lo conozco o no me cae bien lo tengo que amar porque me lo manda Jesús?

Obedecemos a las personas que amamos y a Jesús lo amamos y por eso nos puede mandar y por eso lo queremos obedecer. Y ¿por qué amamos a Jesús? Lo amamos porque se entregó por nosotros. Porque entregó su vida por nosotros y por eso nos manda amar como El nos amó. “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”[1].

Pero ¿puede ser amor el sufrimiento y la muerte? El amor tiene un doble aspecto: el inicial que es buscar la felicidad en el amado. Pero si el amor es auténtico, la felicidad que se busca, se deriva en búsqueda de la felicidad del otro y por tanto en una entrega recíproca. Amamos a Jesús porque se entregó a nosotros y nos hace felices al darnos el cielo, si amamos a Jesús lo obedecemos y nos entregamos a su voluntad. El quiere que nos amemos unos a otros como El nos ha amado.

En la Eucaristía notamos este doble aspecto del amor. Comemos a Jesús inmolado por amor, Jesús se da como pan, a mí y a los demás, todos comemos de un mismo pan, todos nos alimentamos del mismo cuerpo de Cristo y por eso todos entramos en comunión con Cristo y entre nosotros.

La razón de amarnos sin discriminación y aun a los que no conocemos es porque Jesús ha muerto por todos. “Tomad y comed todos de Él, tomad y bebed todos de Él”, cuerpo que es entregado, sangre que es derramada por todos, “haced esto en memoria mía”. Así como El se entregó debe ser la entrega de los sacerdotes ministeriales y comunes, es decir, de todos los bautizados. Imitar a Cristo en la entrega por los demás hombres, mis hermanos.

Esta es la razón por la cual debo amar a todos. Pero, ¿ir y amar a un pobre de la calle, o a un enfermo del hospital que ni conozco? Lo amo porque Cristo me amó y lo amo a él también por Cristo porque quiero imitar a Jesús, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

El amor implica comunicación, dar y recibir. No se puede amar y sólo buscar recibir. Tampoco está en dar sin recibir. Ambos movimientos se complementan. Si amo a Jesús porque El me da la felicidad, debo darme a mis hermanos. Si sólo amo a los hombres y mujeres pero ese amor no se enraíza en el amor a Jesús, no se da caridad cristiana sino simple filantropía.

Jesús se identifica con el necesitado, y el criterio para juzgar en el juicio final será el amor hacia Jesús en el hermano, “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”[2].

Este amor de unos con otros es el mejor testimonio que podemos dar. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”[3].

Jesús puede mandarnos a amar porque nos amó primero, nos amó con obras y nos amó hasta el extremo.


El gozo de amar


Los Apóstoles ¿fueron hombres felices? Claro que sí. ¿Cuándo es feliz un Apóstol? Cuando da fruto. Y ¿de qué depende el fruto apostólico? De la unión con Jesús.

La clave de la felicidad está en la unión con Jesús: “permaneced en mi amor”. ¿Para qué? “para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado”.

Jesús nos elige a cada uno de nosotros para dar muchos frutos y para ser felices.

El amor de Jesús es eterno. Con amor eterno te amé y te elegí para ser cristiano. El amor de Jesús es infinito porque es amor de Dios y es como el amor entre Él y el Padre. El amor de Jesús es un amor de amistad que implica benevolencia, ¡cuántas gracias que nos ha concedido Jesús! La benevolencia de Jesús debe llevarnos a corresponder, de lo contrario, dejaría de ser amor de amistad.

El amor de Jesús se manifiesta en las obras “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por el amigo”.

Nuestro amor a Jesús se manifestará en el cumplimiento de sus mandamientos, condición sin la cual, no podemos permanecer en su amor, y se manifestará también en los frutos “os he destinado para que vayáis y deis fruto”, las buenas obras.

Los apóstoles fueron felices. En el ministerio en vida de Jesús, “regresaron los setenta y dos, y dijeron alegres…”[4] porque habían hecho maravillas por la gracia de Jesús.

La felicidad es un edificio que se construye por el amor. La argamasa del edificio de la felicidad es el amor a Jesús.

La base del edificio es el contento. ¿Qué significa vivir contento? Significa aceptar la elección de Jesús, la vocación que a cada uno le ha dado, aceptar su voluntad manifestada principalmente en los mandamientos. Se está contento o se está infeliz, se tiene base en el edificio o no se puede construir, en esto no hay grados. O se acepta la voluntad de Dios o no. Si se acepta se pone la base de la felicidad.

Notemos desde ya que esta aceptación por amor ya implica de nuestra parte renuncia a nuestro yo por amor a Jesús.

Las paredes son las alegrías y los gozos pequeños que se dan en la vida. A mayor entrega al querer de Jesús, mayor alegría. Cuánto más salimos de nuestro propio querer para querer a Jesús mayor felicidad.

La cúspide de la felicidad es el júbilo en la que el hombre vive todo él entregado al amor de Jesús. No sólo las palabras confiesan el amor sino todo el hombre. Y el júbilo se da en el éxtasis que es salir fuera de sí para vivir donde se ama. Esta es la máxima felicidad, la felicidad plena y por tanto la vida plena. Vivir en acto el amor a Jesús.

Los Apóstoles llegaron a vivir este júbilo en Pentecostés, júbilo manifestado en su embriaguez de amor, causada por el Amor increado.

Ese amor se manifestó en frutos, frutos apostólicos. Y se selló con la entrega de la vida por Jesús, el amigo que les enseñó cómo se debe amar.

Todos somos apóstoles, todos estamos llamados a dar a conocer el Evangelio, todos estamos llamados a dar frutos, todos estamos llamados a una vida plena desde aquí, todos tenemos la vocación de la felicidad desde esta tierra y plenamente en la vida eterna.


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Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - Guardar los mandamientos

1.- En este Evangelio el Señor nos dice que guardemos sus mandamientos.
2.- En este Evangelio el Señor nos dice que el amor al prójimo es la señal del cristiano.
3.- Así se distinguían los primeros cristianos; y así deberíamos distinguirnos nosotros.
4.- Debemos amarnos y ayudarnos, aunque sea con sacrificio.
5.- Cristo se puso como ejemplo, y Él dio la vida para salvarnos.
6.- En el amor al prójimo mostramos nuestro amor a Dios. Dice San Juan que el que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso.
7.- Y también mostramos nuestro amor a Dios guardando los mandamientos.
8.- Hay que ser coherentes. Si somos católicos debemos cumplir como católicos. Es absurdo decir: «soy católico, pero no practico».
9.- Esto es tan ridículo como el que dice: «soy futbolista, pero jamás le he dado una patada a un balón».
10.- El vivir coherentemente la fe da una paz espiritual, una alegría y una felicidad que el mundo no puede dar.
11.- Porque la felicidad del hombre está en el espíritu. Lo espiritual es muy superior a lo sensitivo. Una bofetada en público duele más por lo que tiene de humillación que por el dolor en la cara.
12.- Lo mismo pasa con la felicidad: El hombre disfruta más por el goce espiritual que por el sensitivo.
13.- Pidamos al Señor que nos ayude a vivir nuestro catolicismo coherentemente, pues eso nos hará más felices en este mundo, y sobre todo nos alcanzará la felicidad eterna.


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Ejemplos

DOS AMIGOS

Dos amigos se encontraban tomando un café y uno le comenta en tono de queja al otro:
- Mi mamá me llama mucho por teléfono para pedirme que vaya a conversar con ella.
Yo voy poco y en ocasiones siento que me molesta su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos:
Cuentan las mismas cosas una y otra vez. Además, nunca me faltan compromisos: que el trabajo, que los amigos...
Yo en cambio - le dijo su compañero- converso mucho con mi mamá. Cada vez que estoy triste, voy con ella; cuando me siento solo, cuando tengo un problema y necesito fortaleza, acudo a ella y me siento mejor.
- Caramba - se apenó el otro -. Eres mejor que yo.
- No lo creas, soy igual que tú - respondió el amigo con tristeza -.
Visito a mi mamá en el cementerio. Murió hace tiempo, pero mientras estuvo conmigo, tampoco yo iba a conversar con ella y pensaba lo mismo que tú. No sabes cuánta falta me hace su presencia, cuánto la echo de menos y cuánto la busco ahora que ha partido.
Si de algo te sirve mi experiencia, conversa con tu mamá hoy que todavía la tienes, valora su presencia resaltando sus virtudes que seguro las tiene y trata de hacer a un lado sus errores, que de una forma u otra ya forman parte de su ser. No esperes a que esté en un cementerio porque ahí la reflexión duele hasta el fondo del alma, porque entiendes que ya nunca podrá hacer lo que dejaste pendiente, será un hueco que nunca podrás llenar. No permitas que te pase lo que me paso a mí.
En el automóvil, iba pensando en las palabras de su amigo. Cuando llegó a la oficina, dijo a su secretaria: Comuníqueme por favor con mi mamá, no me pase más llamadas y también modifique mi agenda porque es muy probable que este día, ¡¡se lo dedique a ella!!
¿Tú crees que esto sólo se refiere a los padres?
Desafortunadamente no.
Siempre estamos devaluando el cariño o la amistad que otras personas nos ofrecen y en ocasiones los perdemos porque no sabíamos cuán importantes eran, hasta que ya no están a nuestro lado.


(Cortesía: iveargentina.org y otros)


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