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Domingo 6 de Pascua B - Iglesia del Hogar: en Familia, como Iglesia doméstica, preparamos la Acogida de la Palabra de Dios que nos viene al encuentro durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 

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¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Introducción a las lecturas del domingo

Primera Lectura: Hech 10, 25-26.34-36.43-48
La primera comunidad cristiana, guiada por los apóstoles, experimentaba una limitación muy seria: como judíos no debían tener contacto ni relación con los paganos. Pero Dios pensaba de otra manera. Por eso intervino guiando a Pedro a la casa del centurión Cornelio que era pagano. Y el Espíritu Santo actuará de la misma manera como ha actuado con los apóstoles: un signo inequívoco que Dios llamaba también a los paganos para que integren el reino de Jesucristo. Quizás convendría de leer todo el capítulo 10.

Segunda Lectura: 1 Jn 4, 7-10
San Juan ha sido el discípulo predilecto de Jesús. Así aprendió el mensaje fundamental del cristianismo: siendo amado por Jesús puede dar un testimonio desde su propia experiencia que Dios ama a los hombres. No se trata de emociones ni de sentimientos. El verdadero amor es una decisión. Y Dios ha decidido amarnos tanto hasta entregar a su propio Hijo para salvarnos. San Juan Pablo II, al describir la verdadera fe, explicó: Debemos dejarnos amar por Dios y así aprenderemos a amar como él ama.

Evangelio: Jn 15, 9-17
Éste Evangelio puede asustarnos porque nos anima a amar como Dios ama a Jesús, y como Jesús nos ha amado a nosotros. Parece imposible. Cuando sabemos perdonar, comprender, ser pacientes con los débiles, dar nuestro tiempo compartir lo que tenemos ¿acaso no es una manera de amar como Jesús? Eso es dar nuestra vida porque damos lo que somos y lo que tenemos. Eso no quita que siempre de nuevo necesitamos suplicar a Jesús que haga nuestro corazón semejante al suyo.



Reflexionemos los padres
Les compartimos las palabras del Papa Francisco (3 de mayo 2015) comentando el Evangelio del domingo pasado. Nos ayudarán a aprender a amar como Jesús ama:

"El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús durante la Última Cena, en el momento en el que sabe que la muerte está ya cercana. Ha llegado su hora. Por última vez Él está con sus discípulos, y entonces quiere imprimir bien en sus mentes una verdad fundamental: también cuando Él no estará más físicamente en medio a ellos, podrán permanecer aún unidos a Él de una manera nueva, y así dar mucho fruto. Todos podemos permanecer unidos a Jesús de manera nueva. Si por el contrario uno perdiese la comunión con Él, se volvería estéril, es más, dañino para la comunidad. Y para expresar esta realidad Jesús usa la imagen de la vid y de los sarmientos: "Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos" (Jn 15, 4-5). Y con esta figura nos enseña a permanecer unidos a Él.

Jesús es la vid, y a través de Él -como la linfa en el árbol- pasa a los sarmientos el amor mismo de Dios, el Espíritu Santo. Precisamente: nosotros somos los sarmientos, y a través de esta parábola Jesús quiere hacernos entender la importancia de permanecer unidos a Él. Los sarmientos no son autosuficientes, sino dependen totalmente de la vid, en donde se encuentra la fuente de su vida. Es así para nosotros cristianos. Injertados en Cristo con el Bautismo, hemos recibido gratuitamente de Él el don de la vida nueva; y gracias a la Iglesia podemos permanecer en comunión vital con Cristo. Es necesario mantenerse fieles al Bautismo, y crecer en la amistad con el Señor mediante la oración, la escucha y la docilidad a su Palabra, leer el Evangelio, la participación a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía y a la Reconciliación.

Si uno está íntimamente unido a Jesús, goza de los dones del Espíritu Santo, que -como nos dice san Pablo- son "amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia" (Gal 5,22); y en consecuencia hace tanto bien al prójimo y a la sociedad, como un verdadero cristiano. De estas actitudes, de hecho, se reconoce que uno es un verdadero cristiano, así como por los frutos se reconoce al árbol. Los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos: toda nuestra persona es trasformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Entonces, con su corazón, como Él lo ha hecho, podemos amar a nuestros hermanos, a partir de los más pobres y sufrientes, y así dar al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz.

Cada uno de nosotros es un sarmiento de la única vid; y todos juntos estamos llamados a llevar los frutos de esta pertenencia común a Cristo y a la Iglesia. Confiémonos a la intercesión de la Virgen María, para que podamos ser sarmientos vivos en la Iglesia y testimoniar de manera coherente nuestra fe, coherencia de vida y de pensamiento. De vida y de fe. Conscientes que todos, según nuestras vocaciones particulares, participamos de la única misión salvífica de Jesucristo."



Reflexionemos con los hijos
En medio de nuestras limitaciones, nuestras disputas, nuestras faltas de los unos contra los otros sabemos que nos amamos los unos a los otros. Esto es un regalo de Dios. De vez en cuando deberíamos dar gracias a Dios por este maravilloso don. Al mismo tiempo somos conscientes que fallamos muchas veces. Por eso también tenemos que pedirle muchas veces a Jesús para que nos envíe su Espíritu Santo, el gran maestro del amor. Y cada día nos ofrece un nuevo comienzo para hacer las cosas mejor con la ayuda de Dios. Ayudará también a crecer en el amor el aprender a pedir perdón cuando nos hemos dado cuenta que hemos fallado con el otro.
Nota: Depende del ambiente familiar si conviene aprovechar este momento para que nos pidamos perdón mutuamente los unos a los otros por cosas muy concretas .



Conexión eucarística
Solo un Dios que es amor ha podido inventar la celebración eucarística. Es Jesús que renueva en medio de la asamblea santa su entrega al Padre, su sacrificio por nuestros pecados para salvarnos, y su resurrección para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna. Más aún: no solamente nos regala su palabra sino también quiere ser hasta "físicamente" uno con nosotros en la Santa Comunión . ¡No puede dar más, nos lo ha dado todo!



Nos habla la Iglesia

Sintesis de la primera encíclica del Papa Benedicto XVI, "Deus Caritas est", sobre el amor cristiano

"Dios es amor; quien está en el amor, habita en Dios y Dios habita en él" (1 Jn 4, 16). Estas palabras, con las que comienza la encíclica, expresan el centro de la fe cristiana. En un mundo en el cual al nombre de Dios se le asocia a veces con la venganza o incluso el odio y la violencia, el mensaje cristiano del Dios Amor es de gran actualidad.

La Encíclica está articulada en dos grandes bloques. La primera ofrece una reflexión teológico-filosófica sobre el "amor" en sus diversas dimensiones -eros, philia, agape - precisando algunos datos esenciales del amor de Dios por el hombre y de la relación intrínseca que este amor tiene con el amor humano. La segunda parte trata del ejercicio concreto del mandamiento del amor al prójimo.

Primera parte

El término "amor", una de las palabras más usadas y de las cuales más se abusa en el mundo de hoy, abarca un vasto campo semántico. Sin embargo, en la multiplicidad de significados, emerge como arquetipo del amor por excelencia el que se da entre el hombre y la mujer, que en la antigua Grecia recibía el nombre de "eros". En la Biblia, y sobre todo en el Nuevo Testamento, se profundiza en el concepto de "amor" -un desarrollo que se expresa en la misa al margen de la palabra "eros", en favor del término "ágape", para expresar un amor oblativo. Esta nueva visión del amor, que es una novedad esencial del cristianismo, a menudo ha sido valorada de forma absolutamente negativa como rechazo del "eros" y de la corporeidad. Aunque ha habido tendencias de ese tipo, el sentido de esta profundización es otro.
El "eros", puesto en la naturaleza del hombre por su mismo Creador, tiene necesidad de disciplina, de purificación y de maduración para no perder su dignidad original y no degradarse en puro "sexo", convirtiéndose en una mercancía. La fe cristiana siempre ha considerado al hombre como un ser en el cual espíritu y materia se compenetran mutuamente, extrayendo de esto una nueva nobleza. El desafío del "eros" puede considerarse superado cuando, en el hombre, cuerpo y alma se encuentran en perfecta armonía.
Entonces el amor se convierte en "éxtasis"; pero "éxtasis" no en el sentido de euforia pasajera, sino como éxodo permanente del yo recluido en sí mismo, hacia su liberación en el don de sí, y precisamente de esta forma, hacia el encuentro de sí mismo, y también hacia el descubrimiento de Dios: de esta forma el "eros" puede elevar al ser humano "en éxtasis" hacia lo Divino. En definitiva, "eros" y "ágape" exigen que no se les separe nunca completamente al uno del otro, al contrario, cuano más ambos, aunque en dimensiones diversas, encuentran su justo equilibrio, tanto más se realiza la verdadera naturaleza del amor. A pesar de que el "eros" inicialmente es sobre todo deseo, al acercarse después a la otra persona, se preguntará cada vez menos sobre sí mismo, buscará cada vez más la felicidad del otro, si donará y deseará "ser para" el otro: así se inserta en él y se afirma el momento del "ágape".

En Jesucristo, que es el amor encarnado de Dios, el "eros"-"agape" alcanza su forma más radical. En a muerte en cruz, Jesús, donándose para levantar y salvar al hombre, expresa el amor de la forma más sublime. A este acto de ofrecimiento, Jesús le ha asegurado una presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía, en la que, bajo las especies del pan y del vino, se dona a sí mismo como nuevo maná que nos une a Él. Participando en la Eucaristía, también nosotros somos implicados en la dinámica de su donación. Nos unimos a Él y al mismo tiempo nos unimos a todos los otros a quienes Él se dona; nos convertimos así en "un solo cuerpo". De esta forma, el amor a Dios y el amor al prójimo están verdaderamente unidos. El doble mandamiento, gracias a este encuentro con el "ágape" de Dios, ya no es sólo exigencia: el amor puede ser "mandado" porque primero se ha donado.

Segunda parte

El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios, más que tarea para el fiel, lo es para la entera comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe reflejar el amor trinitario. La conciencia de tal deber ha tenido relevancia constitutiva en la Iglesia desde sus inicios (cfr Hch 2, 44-45) y bien pronto se manifestó también la necesidad de una cierta organización como presupuesto para su cumplimiento eficaz. Así, en la estructura fundamental de la Iglesia, emergió la "diaconía" como servicio del amor al prójimo ejercido de modo comunitario y de forma ordenada -un servicio concreto, pero al mismo tiempo también espiritual (cfr Hch 6, 1-6). Con la progresiva difusión de la Iglesia, este ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales. La íntima naturaleza de la Iglesia se expresa así en una triple tarea: el anuncio de la Palabra de Dios ("kerygma-martyria"), la celebración de los Sacramentos ("leiturgia"), y el servicio de la caridad ("diakonia"). Son tareas que se presuponen mutuamente y que no pueden separarse una de otra.

Desde el siglo XIX, contra la actividad caritativa de la Iglesia se ha levantado una objeción fundamental: ésta estaría en contraposición -se ha dicho- con la justicia, y acabaría por actuar como sistema de conservación del "status quo". Con el cumplimiento de obras individuales de caridad, la Iglesia favorecería el mantenimiento del sistema injusto existente, haciéndolo de alguna forma soportable y frenando así la rebelión y el cambio potencial hacia un mundo mejor. En este sentido el marxismo había puesto en la revolución mundial y en su preparación la panacea para la problemática social -un sueño que con el transcurrir del tiempo se ha desvanecido. El magisterio pontificio, empezando por la Encíclica "Rerum novarum" de León XIII (1891), hasta la trilogía de las Encíclicas sociales de Juan Pablo II ("Laborem exercens" [1981], "Sollicitudo rei socialis" [1987], "Centesimus annus" [1991]), ha afrontado con creciente insistencia la cuestión social, y en la confrontación con situaciones problemáticas siempre nuevas, ha desarrollado una doctrina social muy articulada, que propone orientaciones válidas más allá de los límites de la Iglesia.

Con todo, la creación de un orden justo de la sociedad y del Estado es la tarea central de la política, por tanto no puede ser el cometido inmediato de la Iglesia. La doctrina social católica no pretende conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo su propia contribución a la formación de las conciencias, de manera que las verdaderas exigencias de la justicia puedan ser percibidas, reconocidas y también realizadas. A pesar de ello no existe ningún ordenamiento del Estado, por justo que sea, que pueda hacer superfluo el servicio del amor. El Estado que quiere proveer de todo se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar la contribución esencial de la que el hombre que sufre - cada hombre- tiene necesidad: la amorosa dedicación personal. Quien quiere desembarazarse del amor, se dispone a desembarazarse del hombre en cuanto hombre.

En nuestra época, un efecto positivo colateral de la globalización se manifiesta en el hecho de que la solicitud por el prójimo, superando los confines de las comunidades nacionales, tiende a alargar sus horizontes al mundo entero. Las estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias secundan de diversas maneras la solidaridad expresada por la sociedad civil: así se han formado múltiples organizaciones con fines caritativos y filantrópicos. También en la Iglesia Católica y en otras Comunidades eclesiales han surgido nuevas formas de actividad caritativa. Entre todas estas instancias es de auspiciar que se establezca una colaboración fructífera. Naturalmente, es importante que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda su propia identidad, disolviéndose en la organización asistencial común y convirtiéndose en una simple variante, sino que mantenga todo el esplendor de la esencia de la caridad cristiana y eclesial. Por ello:

- La actividad caritativa cristiana, más allá de su competencia profesional, debe basarse en la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo.

- La actividad caritativa cristiana debe ser independiente de partidos e ideologías. El programa del cristiano - el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- es "un corazón que ve". Este corazón ve de dónde hay necesidad de amor y actúa de modo consecuente.

- La actividad caritativa cristiana, además, no debe ser un medio en función de lo que hoy viene señalado como proselitismo. El amor es gratuito; no viene ejercido para alcanzar otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por así decirlo, dejar a Dios y a Cristo aparte. El cristiano sabe cuando es el tiempo de hablar de Dios y cuándo es justo hacer silencio sobre Él y dejar hablar sólo al amor. El himno a la Caridad de San Pablo (cfr 1 Cor 13) debe ser la "Carta Magna" del entero servicio eclesial para protegerlo del riesgo de convertirse en puro activismo.

En este contexto, y frente la inminente secularismo que puede condicionar también a muchos cristianos empeñados en el trabajo caritativo, hay que afirmar la importancia de la oración. El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de la desmesuración de las necesidades y de los límites del propio trabajo puedan, por un lado, empujar al trabajador a la ideología que pretende realizar lo que Dios, aparentemente, no consigue o, por otro lado, convertirse en tentación a ceder a la inercia y a la resignación. El que reza no desperdicia su tiempo, aunque la situación parezca empujar únicamente a la acción, y no pretende cambiar o corregir los planes de Dios, sino que busca -con el ejemplo de María y de los Santos- alcanzar en Dios la luz y la fuerza del amor que vence toda oscuridad y egoísmo presente en el mundo.vocaciones particulares, participamos de la única misión salvífica de Jesucristo.


Leamos la Biblia con la Iglesia
Lunes:     Hechos 16,11-15                Jn 15,26-16,4a

Martes:     Hechos 16,22-34               Jn 16,5-11

Miércoles: Hechos 17,15.22- 18,1     Jn 16,12-15

Jueves:     Hechos 18,1-8                    Jn 16,16-20

Viernes:    Hechos 18,9-18                   Jn 16,20-23ª

Sábado:    Hechos 18,23-28                Jn 16,23b-28



Oraciones


Oración para encontrar el amor.
Señor guíanos en nuestro camino, necesitamos tu guía y protección en busca del verdadero amor y ayúdanos a ser sabios, en los momentos de duda permite que ésta sea nuestra oración, cuando perdamos el camino condúcenos a un lugar, guíanos con tu gracia hacia un sitio en donde estemos a salvo, donde podamos sentir tu paz y tu amor, protege nuestros corazones del engaño y de la ilusión, que solo podamos ver el verdadero amor. Te pido que encontremos tu luz y que ella permanezca en nuestros corazones, cada noche que salgan las estrellas. Amén.


ORACION AL ESPIRITU SANTO
Cardenal Verdier

Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del Hijo,

Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.

Espíritu Santo,
Dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.

Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén.



Ven Espíritu de Amor y de Paz
Compuesta por Juan Pablo II para el 1998, en preparación al gran jubileo

(Espíritu Santo, dulce huésped del alma,
muéstranos el sentido profundo del gran jubileo
y prepara nuestro espíritu para celebrarlo con fe,
en la esperanza que no defrauda,
en la caridad que no espera recompensa)

Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios, memoria y profecía de la Iglesia,
dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret el Señor de la gloria, el Salvador del mundo,
la culminación de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,
guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones
para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio
y llevar a las generaciones venideras
la luz de la Palabra que salva.

Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo,
ven y renueva la faz de la tierra.
Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad,
para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento
de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia,
haz que la riqueza de los carismas y ministerios
contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo,
y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados colaboren juntos en la edificación del único reino de Dios.

Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz,
suscita solidaridad para con los necesitados,
da a los enfermos el aliento necesario,
infunde confianza y esperanza en los que sufren,
acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón,
orienta el camino de la ciencia y de la técnica
al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones,
y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.

Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne
en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha,
haznos dóciles a las muestras de tu amor
y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos
que tú pones en el curso de la historia.

¡Ven, Espíritu de amor y de paz!

A ti, Espíritu de amor,
junto con el Padre omnipotente
y el Hijo unigénito,
alabanza, honor y gloria
por los siglos de los siglos. Amén.


 

 



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