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Solemnidad de la Ascensión del Señor B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios

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Comentarios

Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. sobre las tres lecturas

Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - La Ascensión: misterio anunciado

Santos Padres: San Agustín - La Ascensión del Señor

Santos Padres: San Agustín II - La Ascensión del Señor.

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Ascensión del lSeñor, Lecturas: Hech. 1, 1-11 Ef. 1, 17-23 Mc. 16, 15-20

Aplicación: San Juan Pablo II - El misterio de la Ascensión de nuestra Cabeza.

Aplicación: SS. Benedicto XVI - Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - La Ascensión del Señor

Aplicación: Juan Taulero - Sigámosle, pues...

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a  Las Lecturas del Domingo




Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F. sobre las tres lecturas

Sobre la Primera Lectura (Hechos 1, 1-11)

La 'Ascensión' no es alejamiento de Cristo; es una 'Presencia' nueva: Más íntima que la de su vida mortal:

- San Lucas nos ha dejado dos relatos de la Ascensión del Señor. Tanto en su Evangelio como en los Hechos, la Ascensión es la culminación, la meta en la carrera del Mesías Salvador. El intermedio de cuarenta días que corren entre la Resurrección y la Ascensión gloriosa es sumamente provechoso para la Iglesia:

a) El resucitado con reiteradas apariciones deja a los discípulos convencidos de que ha vencido a la muerte (v. 3 a);

b) A la vez completa con sus instrucciones y sus instituciones el 'Reino'. La Iglesia (3 b) Les promete el inmediato Bautismo de Espíritu Santo, para el que deben disponerse.

- Todavía los Apóstoles sueñan en su 'Reino Mesiánico' terreno y político (v. 6). Jesús insiste en orientarlos hacia el Espíritu Santo. Van a recibir el 'Bautismo' del Espíritu Santo, y con el Él, luz: para comprender el sentido espiritual del 'Reino'; humildad, para ser instrumentos dóciles al Padre (v. 7), y vigor y audacia para ser los testigos del Resucitado en Palestina y hasta en los confines del orbe (8).

- La 'Nube' (v. 9) es el signo tradicional en la Escritura que vela y revela la presencia divina (Ex 33, 20; Nm 9, 15). En adelante sólo le veremos velado: en fe y en signos sacramentales. Esta partida no deja tristes a los Apóstoles. Saben que el Resucitado-Glorificado queda con ellos con una presencia invisible, pero íntima, personal, espiritual. La Ascensión más bien los inunda de gozo: 'Se volvieron a Jerusalén con grande gozo' (Lc 24, 52).

- Con gozo y con esperanza. En espera de su retorno: 'Volverá' (v. 11). San Pablo traduce la fe eclesial de esta esperanza, que será el retorno glorioso del Señor y nuestra 'Ascensión' gloriosa a una con Él: 'El Señor descenderá del cielo... Y resucitarán los muertos en el Señor... Y seremos arrebatados sobre las nubes hacia el encuentro del Señor. Y ya por siempre más estaremos con el Señor' (1Tes 4, 17). Pero entre tanto nos toca ser Testigos del Resucitado y constructores de su Reino (v. 11), en una duración y en unas vicisitudes que son un secreto del Padre (7). Siempre, empero, con la mirada y el amor tensos hacia donde mora Aquel que tomó nuestra sustancia.



Sobre la Segunda Lectura (Efesios 1, 17-23)

Sobre la base del hecho histórico de la Ascensión nos da San Pablo una rica teología del mismo:

- Para entender la gloria con la que el Padre de la Gloria ha glorificado a Cristo, y de la que vamos a ser copartícipes (18 b), es necesario tener los ojos del corazón iluminados por la luz del Espíritu Santo (18 a).

- A esta luz sabemos que Cristo Resucitado está a la diestra del Padre; es decir, comparte con el Padre honor y gloria, poder y dominio universal (20-23). Es la plenitud cósmica, premio que el Padre otorga al Hijo que se encarnó y se humilló hasta la muerte a gloria del Padre (Flp 2, 11).

- Y sobre todo, a esta luz sabemos de otra plenitud y soberanía que ejerce Cristo a la diestra del Padre: Es in Capitalidad de Cristo, su acción salvadora y santificadora que ejerce sobre todos los redimidos. Cristo, que es la 'Plenitud de Dios' (Col 1, 19), hinche de su vida eterna a la Iglesia. Y con ello, ésta, colmada de vida y gracia por Cristo, que es su Cabeza, puede ser, a su vez, digno Cuerpo y Plenitud de Cristo. Cristo, en quien reside la gracia salvífica y divinizadora (Plenitud de Dios), la diluvia sobre su lglesia (su Cuerpo-su Esposa). Y mediante la Iglesia (Sacramento de Cristo), la gracia de Cristo llega a todas las almas. Con esto la Iglesia se convierte en Plenitud y Complemento (pleroma) de Cristo.

- Cristo es, pues, Plenitud de la Iglesia; es su Cabeza y Jefe, su Piedra fundamental, su Esposo y su Salvador. Y la Iglesia es Plenitud de Cristo; es su Cuerpo y su Pueblo, su Edificio, su Esposa; la que Él se elige y hermosea para que sea su gozo y su gloria. Y ésta, 'exultante de gozo santo y en devota acción de gracias, celebra en la Ascensión del Hijo el anticipo de la nuestra, pues a donde tomó vuelo la Cabeza debe seguir el Cuerpo' (Colecta).



Sobre el Evangelio (Marcos 16, 15-20)

Cristo vencedor de la muerte vive en su Iglesia:

- El Evangelista nos sintetiza la postrera etapa de la obra salvífica de Cristo: Resurrección-Ascensión-Glorificación a la diestra del Padre-Desarrollo de la Iglesia por ministerio de los Apóstoles, a quienes Cristo ha confiado la prosecución de su obra y a quienes desde el cielo asiste.

- Con esto la Ascensión representa en la Historia de la Salvación la culminación, la victoria. Culminación de la obra salvífica de Cristo: la Redención. Culminación de la misión de Cristo: el Enviado del Padre retorna al Padre (Jn 13, 1; 14, 12; 20, 17). Culminación o Consumación de Cristo-Pontífice-Sacerdote-Hostia (Heb 2, 10; 8, 1; 9, 23). Culminación de su definitiva y eterna glorificación (Jn 13, 31; 17, 1. 15). Culminación de su triunfo en las almas: 'Yo cuando fuere levantado de la tierra atraeré a todos a Mí' (Jn 12, 32).

- Igualmente la Ascensión, más que su partida. es su presencia: 'Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos' (Mt 28, 30). Presencia espiritual e invisible, pero no menos real que la sensible. Presencia que por ser Espiritual trasciende tiempo y espacio. Desde la diestra del Padre envía al espíritu Santo (Jn 16, 7). Y viene Él mismo a establecer su morada en los corazones de quienes creen en Él y le aman (Jn 14, 23).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra, Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)



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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - La Ascensión: misterio anunciado

1. Los símbolos de fe más antiguos ponen después del artículo sobre la resurrección de Cristo, el de su ascensión. A este respecto los textos evangélicos refieren que Jesús resucitado, después de haberse entretenido con sus discípulos durante cuarenta días con varias apariciones y en lugares diversos, se sustrajo plena y definitivamente a las leyes del tiempo y del espacio, para subir al cielo, completando así el 'retorno al Padre' iniciado ya con la resurrección de entre los muertos.

En esta catequesis vemos cómo Jesús anunció su ascensión (o regreso al Padre) hablando de ella con la Magdalena y con los discípulos en los días pascuales y en los anteriores la Pascua.

2. Jesús, cuando encontró a la Magdalena después de la resurrección, le dice: 'No me toques, que todavía no he subido al Padre; pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios' (Jn 20,17).

Ese mismo anuncio lo dirigió Jesús varias veces a sus discípulos en el período pascual. Lo hizo especialmente durante la última Cena, 'sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre..., sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía' (Jn 13, 1-3). Jesús tenía, sin duda, en la mente su muerte ya cercana y, sin embargo, miraba más allá y pronunciaba aquellas palabras en la perspectiva de su próxima partida, de su regreso al Padre mediante la ascensión al cielo: 'Me voy a aquel que me ha enviado' ( Jn 16, 5): ' Me voy al Padre, y ya no me veréis' (Jn 16, 10). Los discípulos no comprendieron bien, entonces, qué tenía Jesús en mente, tanto menos cuanto que hablaba de forma misteriosa: 'Me voy y volveré a vosotros', e incluso añadía: 'Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo' (Jn 14, 28). Tras la resurrección aquellas palabras se hicieron para los discípulos más comprensibles y transparentes, como anuncio de su ascensión al cielo.

3. Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podemos ante todo advertir que la ascensión al cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena de Cristo. Hijo de Dios, consubstancial al Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación. Pero esta última etapa permanece estrechamente conectada con la primera, es decir, con su 'descenso del cielo', ocurrido en la encarnación Cristo 'salido del Padre' (Jn 16, 28) y venido al mundo mediante la encarnación, ahora, tras la conclusión de su misión, 'deja el mundo y va al Padre' (Cfr. Jn 16, 28). Es un modo único de 'subida' como lo fue el del 'descenso' Solamente el que salió del Padre como Cristo lo hizo puede retornar al Padre en el modo de Cristo. Lo pone en evidencia Jesús mismo en el coloquio con Nicodemo: 'Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo' (Jn 3, 13). Sólo Él posee la energía divina y el derecho de 'subir al cielo', nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa 'casa del Padre' (Jn 14, 2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Sólo Cristo puede abrir al hombre este acceso: Él, el Hijo que 'bajó el cielo', que 'salió del Padre' precisamente para esto. Tenemos aquí un primer resultado de nuestro análisis: la ascensión se integra en el misterio de la Encarnación, que es su momento conclusivo.

4. La Ascensión al cielo está, por tanto, estrechamente unida a la 'economía de la salvación', que se expresa en el misterio de la encarnación y, sobre todo, en la muerte redentora de Cristo en la cruz Precisamente en el coloquio ya citado con Nicodemo, Jesús mismo, refiriéndose a un hecho simbólico y figurativo narrado por el Libro de los Números (21, 4-9), afirma: 'Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado (es decir, crucificado) el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna' (Jn 3, 14-1 5).

Y hacia el final de su ministerio, cerca ya la Pascua, Jesús repitió claramente que era Él el que abriría a la humanidad el acceso a la 'casa del Padre' por medio de su cruz: 'cuando sea levantado en la tierra, atraeré a todos hacia mi' (Jn 12, 32). La 'elevación' en la cruz es el signo particular y el anuncio definitivo de otra 'elevación' que tendrá lugar a través de la ascensión al cielo. El Evangelio de Juan vio esta 'exaltación' del Redentor ya en el Gólgota. La cruz es el inicio de la ascensión al cielo.

5. Encontramos la misma verdad en la Carta a los Hebreos, donde se lee que Jesucristo, el único Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro' (Heb 9, 24). Y entró 'con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna: 'penetró en el santuario una vez para siempre' (Heb 9, 12). Entró, como Hijo 'el cual, siendo resplandor de su gloria (del Padre) e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas' (Heb 1, 3)

Este texto de la Carta a los Hebreos y el del coloquio con Nicodemo (Jn 3, 13) coinciden en el contenido sustancial, o sea en la afirmación del valor redentor de la ascensión al cielo en el culmen de la economía de la salvación, en conexión con el principio fundamental ya puesto por Jesús 'Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre' (Jn 3, 13).

6. Otras palabras de Jesús, pronunciadas en el Cenáculo, se refieren a su muerte, pero en perspectiva de la ascensión: 'Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y adonde yo voy (ahora) vosotros no podéis venir' (Jn 13, 33). Sin embargo, dice en seguida: 'En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar' (Jn 14, 2).

Es un discurso dirigido a los Apóstoles, pero que se extiende más allá de su grupo. Jesucristo va al Padre (a la casa del Padre) para 'introducir' a los hombres que 'sin Él no podrían entrar'. Sólo Él puede abrir su acceso a todos: Él que 'bajó del cielo' (Jn 3, 13), que 'salió del Padre' (Jn 16, 28) y ahora vuelve al Padre 'con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna' (Heb 9, 12). Él mismo afirma: 'Yo soy el Camino nadie va al Padre sino por mí' (Jn 14, 6).

7. Por esta razón Jesús también añade, la misma tarde de la vigilia de la pasión: 'Os conviene que yo me vaya.' Sí, es conveniente, es necesario, es indispensable desde el punto de vista de la eterna economía salvífica. Jesús lo explica hasta el final a los Apóstoles: 'Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré' (Jn 16, 7). Si. Cristo debe poner término a su presencia terrena, a la presencia visible del Hijo de Dios hecho hombre, para que pueda permanecer de modo invisible, en virtud del Espíritu de la verdad, del Consolador) Paráclito. Y por ello prometió repetidamente: 'Me voy y volveré a vosotros' (Jn 3. 28).

Nos encontramos aquí ante un doble misterio: El de la disposición eterna o predestinación divina, que fija los modos, los tiempos, los ritmos de la historia de la salvación con un designio admirable, pero para nosotros insondable; y el de la presencia de Cristo en el mundo humano mediante el Espíritu Santo, santificador y vivificador: el modo cómo la humanidad del Hijo obra mediante el Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia) verdad claramente enseñada por Jesús) permanece el envuelto en la niebla luminosa del misterio trinitario y cristológico, y requiere nuestro acto de fe humilde y sabio.

8. La presencia invisible de Cristo se actúa en la Iglesia, también de modo sacramental. En el centro de la Iglesia se así encuentra la Eucaristía. Cuando Jesús anunció su institución por vez primera, muchos 'se escandalizaron' (Cfr. Jn 6, 61), ya que hablaba de 'comer su Cuerpo y beber su Sangre'. Pero fue entonces cuando Jesús reafirmó: '¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada' (Jn 6, 61-63) .

Jesús habla aquí de su ascensión al cielo cuando su Cuerpo terreno se entregue a la muerte en la cruz, se manifestará el Espíritu 'que da la vida'. Cristo subirá al Padre, para que venga el Espíritu. Y, el día de Pascua, el Espíritu glorificará el Cuerpo de Cristo en la resurrección. El día de Pentecostés, el Espíritu sobre la Iglesia para que, renovado en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo, podamos participar en la nueva vida de su Cuerpo glorificado por el Espíritu y de este modo prepararnos para entrar en las 'moradas eternas', donde nuestro Redentor nos ha precedido para prepararnos un lugar en la te 'Casa del Padre' (Jn 14, 2).
(Catequesis del 5 de abril de 1989)


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Santos Padres: San Agustín - La Ascensión del Señor

1. Nuestro Señor Jesucristo ha subido hoy al cielo; suba con él nuestro corazón. Escuchemos al Apóstol, que dice: Si habéis resucitado con Cristo, gustad las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha del Padre; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra. Como él ascendió sin apartarse de nosotros, de idéntica manera también nosotros estamos ya con él allí, aunque aún no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que tenemos prometido. Él ha sido ensalzado ya por encima de los cielos; no obstante, sufre en la tierra cuantas fatigas padecemos nosotros en cuanto miembros suyos. Una prueba de esta verdad la dio al clamar desde lo alto: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y al decir: tuve hambre y me distéis de comer ¿Por qué nosotros no nos esforzamos en la tierra por descansar con él en el cielo sirviéndonos de la fe, la esperanza, la caridad, que nos une a él? Él está allí con nosotros; igualmente, nosotros estamos aquí con él. Él lo puede por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, aunque no lo podemos en virtud de la divinidad como él, lo podemos, no obstante, por el amor, pero amor hacia él. Él no se alejó del cielo cuando descendió de allí hasta nosotros, ni tampoco se alejó de nosotros cuando ascendió de nuevo al cielo. Que estaba en el cielo mientras se hallaba en la tierra, lo atestigua él mismo: Nadie, dijo, subió al cielo sino quien bajó del cielo, el hijo del hombre que está en el cielo. No dijo: «El hijo del hombre que estará en el cielo», sino: El hijo del hombre que está en él cielo.

2. El permanecer con nosotros incluso cuando está en el cielo es una promesa hecha antes de su ascensión al decir: Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Pero también nosotros estamos allí, puesto que él mismo dijo: Regocijaos, porque vuestros nombres han sido escritos en el cielo, a pesar de que con nuestros cuerpos y fatigas quebrantemos la tierra y la tierra nos quebrante a nosotros. Una vez que nos encontremos en su gloria después de la resurrección corporal, ni nuestro cuerpo habitará esta tierra de mortalidad ni nuestro afecto se sentirá inclinado hacia ella; todo él lo tomará de aquí quien tiene las primicias de nuestro espíritu. No hemos de perder la esperanza de alcanzar la perfecta y angélica morada celestial porque él haya dicho: Nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo: el hijo del hombre que está en el cielo. Parece que estas palabras se refieren únicamente a él, como si ninguno de nosotros tuviese acceso a él. Pero tales palabras se dijeron en atención a la unidad que formamos, según la cual él es nuestra cabeza y nosotros su cuerpo. Nadie, pues, sino él, puesto que nosotros somos él en cuanto que él es hijo del hombre por nosotros, y nosotros hijos de Dios por él. Así habla el Apóstol: De igual manera que el cuerpo es único y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. No dijo: «Así Cristo», sino así también Cristo.

A Cristo, pues, lo constituyen muchos miembros, que son un único cuerpo. Descendió del cielo por misericordia y no asciende nadie sino él, puesto que también nosotros estamos en él por gracia. Según esto, nadie descendió y nadie ascendió, sino Cristo. No se trata de diluir la dignidad de la cabeza en el cuerpo, sino de no separar de la cabeza la unidad del cuerpo. No dice «de tus descendencias», como si fueran muchas, sino: En tu descendencia que es Cristo. Así, pues, llama a Cristo descendencia de Abrahán; y, no obstante, el mismo Apóstol dijo: Pues vosotros sois descendencia de Abrahán. Por tanto, si no se trata de descendencias, como si fueran muchas, sino de una sola, y ésta la de Abrahán, que es Cristo; la de Abrahán, que somos nosotros, cuando él sube al cielo, nosotros no estamos separados de él. No mira con malos ojos el que nosotros vayamos allá quien descendió del cielo, sino que ciclo.» Por eso, robustezcámonos entre tanto; ardamos con todas las llamas del deseo por ello; meditemos en la tierra lo que contamos poseer en el cielo. Entonces nos despojaremos de la carne de la mortalidad; despojémonos ahora de la vetustez del alma: el cuerpo será elevado fácilmente a las alturas celestes si el peso de los pecados no oprimen al espíritu.

3. Por insinuación calumniosa de los herejes, a algunos les intriga el saber cómo el Señor descendió sin cuerpo y ascendió con él; les parece que está en contradicción con aquellas palabras: Nadie sube al cielo sino quien bajó del cielo. ¿Cómo pudo subir al cielo, preguntan, un cuerpo que no bajó de allí? Como si él hubiera dicho: «Nada sube al cielo sino lo que bajó de él.» Lo que dijo fue esto otro: Nadie sube sino quien bajó. La afirmación se refiere a la persona, no a la vestimenta de la persona. Descendió sin el vestido del cuerpo, ascendió con él; pero nadie ascendió, sino quien descendió. Si él nos incorporó a sí mismo en calidad de miembros suyos, de forma que, incluso incorporados nosotros, sigue siendo él mismo, ¡con cuánta mayor razón no puede tener en él otra persona el cuerpo que tomó de la virgen!

¿Quién dirá que no fue la misma persona la que subió a un monte, o a una muralla, o a cualquier otro lugar elevado por el hecho de que, habiendo descendido despojado de sus vestiduras, asciende con ellas, o porque, habiendo descendido desarmado, asciende armado? Como en este caso se dice que nadie subió sino quien descendió, aunque haya subido con algo que no tenía al descender, de idéntica manera, nadie subió al cielo sino Cristo, porque nadie sino él bajó de allí, aunque haya descendido sin cuerpo y haya ascendido con él, habiendo de ascender también nosotros no por nuestro poder, sino por la unión entre nosotros y con él. En efecto, son dos en una sola carne; es el gran sacramento de Cristo y la Iglesia; por eso dice él mismo: Ya no son dos, sino una sola carne.

4. Ayunó cuando fue tentado, a pesar de que, con anterioridad a su muerte, necesitaba el alimento, y, en cambio, comió y bebió una vez glorificado, a pesar de que, después de su resurrección, ya no lo necesitaba. En el primer caso mostraba en su persona nuestra fatiga; en el segundo, en nosotros su consolación; en ambas ocasiones, en el marco de cuarenta días. En efecto, según consta en el evangelio, cuando fue tentado en el desierto antes de la muerte de su carne había ayunado durante cuarenta días; y, a su vez, según lo indica Pedro en los Hechos de los Apóstoles, después de la resurrección de su carne pasó cuarenta días con sus discípulos, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo.

Bajo el número 40 parece estar simbolizado el transcurso de este mundo en quienes han sido llamados a la gracia por quien no vino a anular la ley, sino a darle cumplimiento 2. Diez son los preceptos de la ley cuando ya la gracia de Cristo se halla difundida por el mundo. El mundo consta de cuatro partes, y 10 multiplicado por 4 da 40, puesto que los que han sido redimidos por el Señor fueron reunidos de todas las regiones: de oriente y de occidente, del norte y del mar. Su ayuno de cuarenta días antes de su muerte equivalía, en cierto modo, a clamar: «Absteneos de los deseos mundanos»; y el comer y beber durante cuarenta días después de la resurrección de la carne equivalía a decir: Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. El ayuno, en efecto, tiene lugar en la tribulación del combate, porque quien compite en la lucha se abstiene de todo; el alimento, en cambio, es propio de la paz esperada, que no será perfecta hasta que nuestro cuerpo, cuya redención anhelamos, no se revista de inmortalidad; cosa que no nos gloriamos de haberla alcanzado ya, pero de la que nos alimentamos en la esperanza. Una y otra cosa hemos de hacer; así lo mostró el Apóstol al decir: Gozando en la esperanza y siendo pacientes en la tribulación, como si lo primero se hallase simbolizado en el alimento, y lo segundo en el ayuno. Una y otra cosa hemos de realizar cuando emprendemos el camino del Señor: ayunar de la vanidad del mundo presente y robustecernos con la promesa del futuro; en el primer caso no apegando el corazón, y en el segundo, poniendo su alimento en lo alto.
(SAN AGUSTÍN, Sermones sobre los tiempos litúrgicos, Sermón 263 A, O.C. (XXIV), BAC Madrid 1983, pp. 659-664)



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Santos Padres: San Agustín II - La Ascensión del Señor.

1. Muchos son los misterios ocultos en las Escrituras divinas. El Señor se ha dignado revelar a nuestra humildad algunos de ellos; otros están ahí para que los investiguemos nosotros, pero no tenemos tiempo suficiente para exponerlos a vuestra santidad. Sé que en estos días sobre todo suele llenarse la iglesia de gente que piensa más en salir que en venir y que nos tachan de pesados si alguna vez demoramos algo más. Esos mismos, si sus banquetes a los que se apresuran a llegar duran hasta la tarde, ni se cansan ni rehúsan la asistencia ni salen de ellos con el mínimo rubor. Sin embargo, para no defraudar a quienes vienen hambrientos, aunque sea brevemente, no pasaremos por alto el misterio encerrado en el hecho de que Jesucristo nuestro Señor ascendió al cielo con el mismo cuerpo en que resucitó.

2. Fue así en atención a la debilidad de sus discípulos, pues no faltaban, incluso dentro del número de los mismos, algunos tentados de incredulidad por el diablo hasta tal punto que uno prestó más fe a las cicatrices recientes que a los miembros vivientes por lo que respecta a la resurrección en el cuerpo que él conocía. Así, pues, para afianzarlos a ellos, se dignó vivir en su compañía cuarenta días íntegros después de su resurrección, es decir, desde el mismísimo día de su pasión hasta el presente, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo, como dice la Escritura, y asegurándoles que lo que se presentaba de nuevo a sus ojos después de la resurrección era lo que les había sido arrebatado por la cruz. Con todo, no quiso que se quedaran en la carne ni que les atase por más tiempo el amor camal. La motivación por la que querían que él estuviese siempre corporalmente con ellos era la misma por la que también Pedro temía que sufriese la pasión. Veían en él un maestro, un animador y consolador, un protector, pero humano, como se veían a sí mismos; y si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente, siendo así que él está presente por doquier con su majestad. En verdad, él los protegía, como la gallina a sus polluelos, según él se dignó afirmar; como la gallina, que, ante la debilidad de sus polluelos, también ella se hace débil. Como recordáis, son muchas las aves que vemos engendrar polluelos, pero no vemos que ninguna, salvo la gallina, se haga débil con sus polluelos. Esta es la razón por la que el Señor la tomó como punto de comparación: también él, en atención a nuestra debilidad, se dignó hacerse débil tomando la carne. Les convenía, pues, ser elevados un poquito y que comenzasen a pensar de él en categorías espirituales: en cuanto Palabra del Padre, Dios junto a Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, para lo cual era impedimento la carne que contemplaban. Les era provechoso el afianzamiento en la fe viviendo con él durante cuarenta días; pero les era más provechoso aún el que él se sustrajese a sus ojos y que quien en la tierra había vivido con ellos como un hermano, les ayudase desde el cielo en cuanto Señor y aprendiesen a considerarlo como Dios. Esto lo indicó el evangelista Juan; sólo hay que advertirlo y comprenderlo. Dice, en efecto, el Señor: No se turbe vuestro corazón. Si me amarais, dice, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Y en otro texto dice: Yo y el Padre somos una misma cosa. Vindica para sí tanta igualdad, no fruto de rapiña, sino igualdad de naturaleza, que a cierto discípulo que le decía: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta, le respondió: Felipe, llevo tanto tiempo con vosotros ¿y aún no conocéis al Padre? Quien me vio a mí, vio también al Padre. ¿Qué significa: Quien me vio? Si se refiere a verlo con los ojos de la carne, lo vieron también quienes lo crucificaron. ¿Qué significa, pues: Quien me vio, sino quien comprendió lo que soy, quien me vio con los ojos del corazón? En efecto, como hay oídos interiores —los que buscaba el Señor al decir: Quien tenga oídos, que oiga, a pesar de no haber allí sordo alguno—, así también hay una mirada interior del corazón. Si alguien hubiera visto al Señor con ella, hubiera visto al Padre, puesto que es igual que él.

3. Escucha al Apóstol, que quiere que consideremos la misericordia del Señor, quien se hizo débil por nosotros para reunimos bajo sus alas como a polluelos y enseñar a los discípulos a que si alguno, superada la debilidad común, se ha elevado a una cierta robustez, se compadezca también él de la debilidad de los otros, considerando que Cristo descendió de su celeste fortaleza a nuestra debilidad. Les dice el Apóstol: Tened vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Dignaos, dijo, imitar al Hijo de Dios en su compasión hacia los pequeños. El cual, existiendo en la forma de Dios. Al decir: existiendo en la forma de Dios, mostró que era igual a Dios. No es una forma menor que aquel de quien es forma, pues si es una forma menor, ya no es forma. Con todo, para que nadie dudare, añadió y puso la palabra capaz de tapar la boca a los sacrílegos. Quien existiendo en forma de Dios, dijo, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios. ¿Qué significan, hermanos amadísimos, estas palabras del Apóstol: No juzgó una rapiña? Que es igual por naturaleza. ¿Para quién era objeto de rapiña el ser igual a Dios? Para el primer hombre, a quien se le dijo: Probadlo, y seréis como dioses. Quiso llegar a la igualdad mediante la rapiña, y en castigo perdió la inmortalidad. Aquel, en cambio, para quien no era rapiña, no juzgó una rapiña el ser igual a Dios. Por tanto, si no hay que hablar de rapiña, hay que hablar de naturaleza, de total unidad y de suma igualdad. Pero ¿qué hizo? Se anonadó, dice, a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres y hallado como hombre en el porte exterior; se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Poco era mencionar la muerte, y por eso mencionó qué clase de muerte. ¿Por qué también esto? Porque son muchos los que están dispuestos a morir, muchos los que dicen: «No tengo miedo a morir, pero me gustaría morir en mi lecho, rodeado de mis hijos, nietos y de las lágrimas de mi esposa.» Ciertamente, parece que éstos no rehúsan la muerte; mas, al elegir el tipo de muerte, se sienten atormentados por cierto temor. Cristo, en cambio, eligió la clase de muerte, pero eligió la peor de todas. Como todos los hombres eligen para sí la mejor de las muertes, así eligió él la peor de todas, la más execrable para todos los judíos. El, que ha de venir a juzgar a vivos y a muertos, no temió morir a causa de falsos testigos, por sentencia de un juez; no temió morir en la ignominia de la cruz, para librar a todos los creyentes de cualquier otra ignominia. Por tanto, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Con todo, es igual a Dios por naturaleza; fuerte en el vigor de su majestad, y débil por compasión a la humanidad; fuerte para crear todo, y débil para recrearlo de nuevo.

4. Poned atención a lo que dice Juan: Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. ¿Cómo entonces es igual, según dice el Apóstol? El mismo Señor dice: El Padre y yo somos una misma cosa. Y en otro lugar: Quien me vio a mí, vio también al Padre. ¿Cómo dice aquí: Porque el Padre es mayor que yo? Estas palabras, hermanos, por cuanto el Señor pretende insinuarme, son, en cierto modo, palabras de reproche y de consuelo. Estaban anclados en el hombre, y eran incapaces de pensar en él como Dios. Pensarían en él como Dios cuando desapareciese de su presencia y de sus ojos en cuanto hombre, de manera que, eliminada la familiaridad habitual con la carne, aprendiesen a pensar en su divinidad al menos en ausencia de la carne. En consecuencia, esto les dice: —Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre. —¿Cómo? —Para que, cuando haya ido al Padre, podáis pensar que soy igual al Padre. Por esto es, pues, mayor que yo. Mientras me veis en la carne, el Padre es mayor que yo. Ved si lo habéis comprendido.—No sabían pensar en él más que en su condición de hombre. Esto voy a repetirlo con mayor calma en atención a nuestros hermanos más torpes de inteligencia; quienes ya lo han comprendido soporten la lentitud de los demás e imiten al Señor mismo, que, existiendo en la forma de Dios, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte. Si me amarais. ¿Qué quiere decir esto? Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre. Si me amarais: ¿qué es esto sino una forma de decir que no me amáis? ¿Qué es lo que amáis, pues? La carne que veis, y que no queréis que se aparte de vuestros ojos. Si, por el contrario, me amarais. ¿Qué quiere decir este me? En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios, según el mismo Juan. Si me amarais en mi condición de creador de todo, os alegraríais de que vaya al Padre. ¿Por qué? Porque el Padre es mayor que yo. Todavía, mientras continuáis viéndome en la tierra, el Padre es mayor que yo. Me alejaré de vuestra presencia; sustraeré a vuestras miradas la carne mortal que asumí en atención a vuestra mortalidad; comenzaréis a no ver este vestido que tomé por humildad. Pero ha de ser elevado al cielo para que aprendáis que debéis esperar. No dejó en la tierra la túnica que quiso vestir aquí, pues si la hubiese abandonado aquí abajo hubiesen perdido todos la esperanza en la resurrección de la carne. Aún ahora, después de haberla elevado al cielo, hay quienes dudan de la resurrección de la carne. Si Dios la manifestó en su misma persona, ¿va a negarla al hombre? Dios la tomó por compasión; el hombre, en cambio, por naturaleza. Y, con todo, la dejó ver, los robusteció a ellos y la elevó al cielo. Imposibilitada, por la ascensión, la mirada con los ojos de la carne, ya no volvieron a verlo como hombre. Si en su corazón había algo movido por deseos carnales, debió de entristecerse. Sin embargo, se juntaron en unidad y comenzaron a orar. Pasados diez días, había de enviarles el Espíritu Santo, para que él los llenara de amor espiritual, aniquilando los deseos carnales. De esta manera los hacía comprender ya que Cristo era la Palabra de Dios, Dios junto a Dios, por quien fueron hechas todas las cosas. Mas esta inteligencia no podía adueñarse de ellos en tanto no se hubiese alejado de sus ojos el amor carnal. Por eso dijo: Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Es mayor que yo, en cuanto soy hombre, e igual, en cuanto soy Dios; igual en cuanto a la naturaleza, mayor en atención a la misericordia que tuvo el Hijo. En efecto, lo humilló no sólo por debajo de sí mismo, sino hasta por debajo de los ángeles, según lo afirma la Escritura. No es menor, incluso cuando veis que, al tomar carne, el Hijo se apartó de la igualdad con el Padre, de la que nunca se alejó; pues, al recibir la carne, el hombre no cambió. El que se pone un vestido no se convierte en vestido, sino que dentro permanece siendo el mismo hombre íntegro; si un senador se viste de esclavo o de presidiario en el caso de que el vestido senatorial le impidiese entrar a la cárcel a visitar a alguien, su humanidad le hace vestirse sórdidamente, pero dentro su dignidad senatorial permanece tanto más íntegra cuanto mayor fue la misericordia por la que quiso revestirse de los hábitos de la humildad. De idéntica manera, el Señor, permaneciendo en su ser Dios, Palabra, Sabiduría, Poder de Dios, continuando como rector de los cielos, administrador de la tierra, llenando los ángeles, permaneciendo íntegro en todas partes —íntegro en el mundo, en los patriarcas, en los profetas, en todos los santos—, en el seno de la Virgen se revistió de carne para unírsela a sí mismo como a una esposa, para salir de su tálamo en condición de esposo, para desposar a la Iglesia, la virgen casta. Con esta finalidad era menor que el Padre en cuanto hombre e igual a él en cuanto Dios. Eliminad, pues, de entre vosotros los deseos carnales. Parece como si dijera a sus apóstoles: «No queréis abandonarme, como nadie quiere abandonar a un amigo, lo que equivale a decirle: Permanece con nosotros otro poco, que el verte es recreo para nuestra alma; pero es mejor que no veáis esta carne y penséis en la divinidad. Me aparto de vosotros externamente, pero internamente os lleno de mí mismo.» ¿Acaso entra Cristo al corazón con la carne? En cuanto Dios, posee el corazón; según la carne, habla al corazón por los ojos y llama la atención desde fuera. Habita dentro de nosotros para que se convierta nuestro interior y adquiramos vida y forma de él, porque es la forma no hecha de cuanto existe.

5. Por tanto, si pasó cuarenta días con sus discípulos, el que hayan sido precisamente cuarenta obedece a algo. Podían haber bastado, quizá, veinte o treinta. Los cuarenta días engloban la ordenación de todo este mundo. Ya lo he explicado alguna vez a propósito del número 10 multiplicado por 4 5. Os lo recuerdo a quienes lo habéis escuchado. El número 10 simboliza toda la sabiduría. Esta sabiduría se ha dispersado por las cuatro partes del mundo, por todo el orbe de la tierra. También el tiempo se divide en cuatro partes; en efecto, el año tiene cuatro estaciones, y el mundo entero cuatro puntos cardinales. Así, pues, 10 multiplicado por 4 da 40. Por eso, el Señor ayunó cuarenta días, mostrándonos que los fieles deben abstenerse de toda corrupción mientras viven en este mundo. Cuarenta días ayunó Elías, personificando a la profecía y mostrando que la misma enseñanza se encuentra en los profetas. Cuarenta días ayunó Moisés, personificando a la ley y mostrando que lo mismo enseña la ley. Cuarenta años pasó el pueblo de Israel en el desierto. Cuarenta días flotó el arca cuando el diluvio, arca que es la Iglesia, hecha de maderas incorruptibles. Estas maderas incorruptibles son las almas de los santos y de los justos; no obstante, tenía animales puros e impuros, puesto que, mientras se vive en este siglo y la Iglesia es purificada por el bautismo cual nuevo diluvio, no puede no tener buenos y malos; por eso aquella arca tenía animales puros e impuros. Pero Noé, una vez que salió de ella, ofreció sacrificios a Dios sólo de animales puros. De donde debemos deducir que en esta arca hay animales puros e impuros; pero que, después de este diluvio, Dios no acepta más que a los puros. Así, pues, hermanos, considerad el tiempo presente como los cuarenta días. Durante todo el tiempo presente, mientras nos hallamos aquí, el arca está en un diluvio; durante el tiempo en que los cristianos se bautizan y son purificados por el agua, se ve nadar en medio de las olas el arca que durante cuarenta días se halló sobre el agua. El Señor, al permanecer con sus discípulos durante cuarenta días, se dignó dar a entender que la fe en la encarnación de Cristo es necesaria a todos durante este tiempo, fe necesaria a los débiles. Si existiese ya el ojo capaz de ver en él principio existía la Palabra; capaz de ver, de poseer, de abrazar, de gozar de ella, no hubiera sido necesario que la Palabra se hubiera hecho carne y habitado entre nosotros; más como el ojo interior se había cegado con el polvo de los pecados e incapacitado para poseerla y gozar de ella, ya no había posibilidad de comprender la Palabra; Palabra que se dignó hacerse carne para purificar al ojo que luego pueda verla, cosa por ahora imposible. Puesto que la economía de la carne de Cristo es necesaria a los fieles para esta vida, para tender, mediante ella, a Dios, cuando se llegue a la realidad misma de la Palabra, toda economía de la carne dejará de ser necesaria. En consecuencia, era necesario que él viviese en la carne durante cuarenta días después de la resurrección para manifestar que la fe en la encarnación de Cristo es necesaria tanto tiempo cuanto en esta vida, según se nos enseña, fluctúa el arca en el diluvio. Atentos a lo que digo, hermanos: creed que Jesucristo, nacido de la virgen María y crucificado, resucitó. No es necesario que preguntemos por lo que habrá después de este mundo, pues ya lo hemos recibido por la fe; lo sabemos y es necesario a nuestra fe. Pensad ahora en el amor de aquella gallina que protege nuestra debilidad; pensad que es la cabalgadura de aquel viajero misericordioso que levantó al enfermo que había sido herido. Lo levantó. ¿Sobre qué? Sobre su cabalgadura. La cabalgadura del Señor es su carne. Por tanto, una vez que pase este mundo, ¿qué te dirá? «Puesto que creíste rectamente en la carne de Cristo, goza ahora de su majestad y divinidad.» Para un débil era necesario otro débil; para un robusto será necesario otro robusto.

6. También tú has de deponer esa misma debilidad, según oíste en el Apóstol: Conviene que este cuerpo corruptible se vista de incorrupción y que este mortal se revista de inmortalidad, puesto que, dice, ni la carne ni la sangre poseerán el reino de los cielos. ¿Por qué no lo poseerán? ¿Porque no resucitará la carne? En ningún modo; la carne resucitará. Pero ¿en qué se convertirá? Se transformará y convertirá en un cuerpo celeste y angélico. ¿Tienen los ángeles carne acaso? Lo importante es esto: que esta carne resucitará, esta que es sepultada, esta que muere; esta que se ve, se palpa; que tiene necesidad de comer y de beber para poder perdurar; esta que enferma, que sufre dolores; esta ha de resucitar: en los malos, para el castigo eterno, y en los buenos, para transformarse. Cuando se haya transformado, ¿qué sucederá? Se llamará ya cuerpo celeste, no carne mortal, porque conviene que este cuerpo corruptible se vista de incorrupción y este mortal se revista de inmortalidad. Se extrañan de que Dios convierta a la carne en cuerpo celeste, él que de la nada hizo todas las cosas. Cuando vivía en la carne transformó el agua en vino, ¿y resulta extraño que pueda hacer de la carne un cuerpo celeste? No dudéis que Dios tiene poder para hacerlo. Los ángeles nada eran, pero son lo que son por la majestad de Dios. Quien pudo hacerte a ti cuando aún no existías, ¿no puede rehacer lo que ya eras? ¿No puede otorgar a tu fe el honor de la gloria en virtud de su misma encarnación? Por tanto, cuando hayan pasado todas estas cosas, será realidad para nosotros lo que dice Juan: Amadísimos: somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos como es. Disponeos para esta visión; entretanto, mientras estáis en esta carne, creed en la encarnación de Cristo; y creed de forma que no os creáis seducidos por falsedad alguna. La verdad nunca miente, pues si miente, ¿adónde iremos a pedir consejo? ¿Qué podemos hacer? ¿A quién nos confiamos? Por tanto, la Verdad, la Palabra verdadera, la verdadera Sabiduría, el verdadero Poder de Dios, la Palabra se hizo carne, carne verdadera. Palpad y ved, dice, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Verdaderos eran los huesos, verdaderos los nervios, verdaderas las cicatrices; verdadero cuanto era tocado, verdadero cuanto era percibido. Se tocaba al hombre, y se percibía a Dios; se tocaba la carne, y se percibía la Sabiduría; se tocaba la debilidad, y se percibía el Poder. Todo era auténtico. Luego la carne, es decir, la cabeza, subió delante al cielo. Le seguirán los restantes miembros. ¿Por qué? Porque conviene que estos miembros duerman por un cierto tiempo y después resuciten todos en el momento oportuno. Si el Señor hubiera querido resucitar también entonces, no tendríamos en quién creer. Quiso, pues, liberar para Dios, en sí mismo, las primicias de los durmientes, para que, al ver en él cuál es la recompensa, esperes que se te done a ti. Todo el pueblo de Dios será igualado y asociado a los ángeles. Que nadie os diga, hermanos: «Los necios cristianos creen que la carne va a resucitar. ¿Quién resucita? ¿O quién ha resucitado? ¿O quién vino desde los infiernos a comunicároslo?» Cristo vino de allí. ¡Oh miserable! ¡Oh corazón humano desviado y al revés! Si resucitase su abuelo, le creería; resucitó el Señor del mundo, y no quiere darle fe.

7. Manteneos, pues, hermanos míos, en la fe auténtica, legítima y católica. El Hijo es igual al Padre; el Espíritu Santo, don de Dios, es igual al Padre, y, por tanto, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son un solo Dios, no tres dioses; no añadidos gradualmente el uno al otro, sino unidos en la majestad: un solo Dios. Sin embargo, por nosotros, el Hijo, la Palabra, se hizo carne y habitó entre nosotros. No juzgó una rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, y fue hallado como un hombre en el porte exterior. Y para que sepáis, hermanos, que esta Trinidad es verdaderamente igual y que si se dijo: El Padre es mayor que yo, fue en atención a la carne que tomó el Señor, ¿por qué nunca se dijo del Espíritu Santo que era menor sino porque él no tomó la carne? Ved lo que acabo de decir. Examinad las Escrituras, pasad todas las páginas, leed cada versillo: nunca encontraréis que el Espíritu Santo es menor que Dios. Se dice que es menor quien por nosotros se hizo menor para que por él nos hagamos mayores.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 264, 1-7, BAC Madrid 1983, 665-79)

 

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Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Ascensión del lSeñor, Lecturas: Hech. 1, 1-11 Ef. 1, 17-23 Mc. 16, 15-20

1. ASCENDIT

"Levantaos, puertas del cielo —canta la Iglesia aplicando el salmo 23 a nuestra fiesta—, que se abran para que entre el Rey de la gloria". San Gregorio de Nyssa, comentando el mismo salmo, nos describe a Cristo en el día de su Ascensión, pasando por las esferas jerárquicas de los ángeles. Abríos, puertas eternales. Los ángeles espectadores —dice— no reconocen a este hombre que viene con su ropa teñida en la sangre del lagar, y que lleva cicatrices en sus manos, el mismo que bajó revestido de humanidad, y se preguntan: ¿Quién es éste que asciende? Y los ángeles que acompañan al Señor responden: El Rey de la gloria, es el mismo Rey de la gloria. De esta manera, Cristo asciende al cielo en el marco de una liturgia celestial de imponente grandeza.

¿Quién asciende sino el que descendió? "Salí del Padre y vine al mundo —dijo Jesús—; ahora dejo el mundo y voy al Padre". Es el círculo de nuestra redención: "bajó del cielo" (es su anonadamiento), "subió al cielo" (es su exaltación). Aquel círculo que hace de Cristo un Pontífice, capaz de tender un puente entre Dios y los hombres.

Muchas veces pensamos con envidia en los contemporáneos de Cristo, que vieron al Señor con sus ojos visibles, que tocaron con sus manos al Verbo de la Vida. Sin embargo, Cristo nos quiere hacer comprender que su ausencia no debe ser para nosotros motivo de tristeza. Porque su oficio es prevalentemente interior. Por eso en los días de su vida mortal esquivó con frecuencia a la multitud, y en los momentos culminantes se retiraba a la soledad. Y nadie sabía a dónde iba. Lo que pretendía era que los hombres se fueran acostumbrando a su ausencia. Por eso también habló en parábolas, y desconcertó con extrañas paradojas. Nos quería preparar al "escándalo de la Ascensión": "el que vino" es también "el que se va".

Ha venido, es cierto, para excitar con su presencia nuestro amor. Y después se ha ido para que lo busquemos con nostalgia, como un imán necesita tomar distancia para poder atraer hacia sí. ¿Dónde te fuiste, Amado?, escribió el poeta. Como si quisiera jugar con nosotros a las escondidas. Me buscaréis y no me encontraréis. El escándalo de la Ascensión es la prueba de nuestra fe. El que nunca experimentó la amargura de su ausencia no será capaz de gustar el sabor de su venida. Debemos amar a Cristo, es cierto, pero nuestro amor debe ser "un amor que busca".

2. SEDET

Esto es lo que atañe a nosotros. Pero más importante resulta considerar lo que sucedió con Cristo después de su Ascensión. El Señor victorioso ingresó en el santuario del cielo, en el Sancta Sanctorum, una sola vez, de una vez para siempre. No como los pontífices judíos que cada año debían reiterar su entrada en el santuario.

El Padre, al contemplar a su Hijo encarnado redivivo, le dice solemnemente: "Siéntate a mi diestra", entronizándolo como Rey para que presida la historia desde el trono celestial. El Señor está, pues, "sentado", en la postura del guerrero que descansa luego de su victoria, en la actitud del sacerdote que ha terminado de ofrecer su sacrificio. "Nuestra Cabeza allí se sienta", escribe Santo Tomás, primera célula del nuevo mundo transfigurado. Al subir al cielo "llevó cautiva a la cautividad". Montado sobre la nube, asumió en El las aspiraciones más profundas de los hombres. Por eso el triunfo de Cristo es nuestro triunfo. Ahora el Señor está en la cumbre. Y donde está la Cabeza, allí tienden a estar los miembros de su Cuerpo. Debemos sentir hoy la emoción de saber que uno de nosotros ve al Padre cara a cara. Todo aquel que se le una en su movimiento ascensional, ya ha entrado en la nube de la Ascensión, ya está sentado con El en el cielo. Co-sentado con Cristo en el cielo, dice San Pablo. Que, como lo deseó el Apóstol en la segunda lectura de hoy, Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a que hemos sido llamados.

Cristo está, pues, sentado como un triunfador. Lo cual no significa que permanezca inactivo. Podemos aplicarle y cuán bien le cuadra, aquella frase de la Sabiduría: "Permaneciendo en sí, lo innova todo". El debe recapitular en sí la entera creación. Y para ello, antes de su Ascensión, comunicó su poder a la Iglesia, intimándole el encargo sublime de la predicación y de los sacramentos: "Id por todo el mundo, anunciad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea se condenará". El misterio de la Ascensión se prolonga, así, en el misterio de la Evangelización. Cristo resucitado comunicó su "misión" a la Iglesia, y tras ascender al cielo "se sentó", para mostrarnos de manera gráfica que el triunfo ya ha sido sustancialmente logrado, y que a nosotros sólo nos corresponde librar las escaramuzas finales.

El tiempo de la Iglesia —nuestro tiempo— es un tiempo de trabajo. Si Cristo está sentado, la Iglesia está de pie, con el Evangelio y la Eucaristía en las manos. Si el Señor, al decir del Apóstol, "ha subido a la cumbre de los cielos para colmar todas las cosas", nuestro cometido es hacer que la entera humanidad refleje el rostro resplandeciente del Señor victorioso.

3. VENTURUS EST

Pero no todo termina acá. Los ángeles de la Ascensión nos hicieron una promesa: "Este Jesús que os ha sido quitado y fue elevado al cielo vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir". Ya lo había insinuado el Señor cuando en la parábola de los talentos se comparó con un hombre noble que fue a un país lejano para tomar posesión de su reino y volver luego. Al fin de la historia, y por última vez, Cristo volverá a ponerse de pie, majestuosamente. Será la Parusía, cuando "de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos".

Son los tres momentos postreros de la historia

subió al cielo - está sentado - de nuevo vendrá.

Son también las tres afirmaciones de nuestra fe que pronto profesaremos en el Credo.
La Ascensión del Señor inaugura su gloria. E inaugura también nuestra caridad, que es su presencia viva entre nosotros. No nos quedemos mirando el cielo, como aquellos varones galileos, ya que Cristo así como se fue volverá, y en el entretanto continúa viviendo entre nosotros. Por eso el evangelio de hoy, después de haber transcrito el mandato de Cristo a sus Apóstoles: "Id por todo el mundo y anunciad el evangelio", añade: "Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía". Nosotros vivimos en medio de ese gran misterio, que debemos tratar de gustar por la contemplación y de vivir por el apostolado: el misterio de la evangelización, misterio que se extiende en el lapso de tiempo que va de la Ascensión a la Parusía, desde el "subió al cielo" hasta el "de nuevo vendrá con gloria" terminal.

El Espíritu que hoy el Señor prometió en la primera lectura, y que enviará desde el cielo, es fundamentalmente el Espíritu de caridad y de apostolado. Cristo vino a poner fuego en la tierra y "¿qué quiero —dijo— sino que se encienda?". Es el Espíritu del celo apostólico, ese calor interior, que primero se encendió en Cristo, y desde allí, como lenguas de fuego, se propagó al colegio apostólico y al mundo entero.

Ofreceremos hoy, amados hermanos, el Santo Sacrificio de Cristo, haciendo memoria de su pasión gloriosa, de su santa resurrección y de su admirable ascensión a los cielos. La Ascensión es la aceptación del Sacrificio de Cristo, su premio. Uniéndonos a ese Sacrificio, poniendo nuestra parte, también lo nuestro será grato al Padre a quien, después de la consagración, le pediremos hoy, según el Canon Romano, que así como dispuso que los ángeles acompañaran la Ascensión de su Hijo, de manera semejante envíe también un ángel a este altar de la tierra para que el sacrificio de Cristo —y también nuestra parte— sea llevado "hasta el altar del ciclo". El ángel portador del sacrificio de Cristo, del sacrificio total, el de la Cabeza ciertamente, pero también el de sus miembros, cuyo aporte vale tanto cuanto se integre en el Sacrificio de la Víctima divina, se unirá así a los ángeles innúmeros que acompañan al Señor en su Ascensión, y de ese modo, participando en aquella solemne procesión vertical hacia el cielo, "tengamos también parte en la plenitud de su Reino", y nos preparemos mejor para la próxima efusión de su Espíritu en la fiesta de Pentecostés.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 155-159)



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Aplicación: San Juan Pablo II - El misterio de la Ascensión de nuestra Cabeza.

Queridos hijos, hermanos y amigos en Jesucristo:
En esta solemnidad de la Ascensión de Nuestro Señor, el Papa se complace en ofrecer el Sacrificio eucarístico con vosotros y por vosotros.

Con gozo, por tanto, y con propósitos recién estrenados para el futuro, reflexionemos brevemente sobre el gran misterio de la liturgia de hoy. En las lecturas de la Escritura se nos resume todo el significado de la Ascensión de Cristo. La riqueza de este misterio se descubre en dos afirmaciones: "Jesús les dio instrucciones" y después "Jesús ocupó su puesto".

En la providencia de Dios —en el eterno designio del Padre— había llegado para Cristo la hora de partir. Iba a dejar a sus Apóstoles con su Madre, María, pero sólo después de haberles dado instrucciones. Ahora los Apóstoles tienen una misión que cumplir siguiendo las instrucciones que les dejó Jesús, instrucciones que eran a su vez expresión de la voluntad del Padre.

Las instrucciones indicaban ante todo que los Apóstoles debían esperar al Espíritu Santo, que era don del Padre. Desde el principio estaba claro como el cristal que la fuente de la fuerza de los Apóstoles. es el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad; se ha de extender el Evangelio por el poder de Dios; y no por medio de la sabiduría y fuerza humanas.

Además, a los Apóstoles se les instruyó para enseñar y proclamar la Buena Nueva en el mundo entero. Y tenían que bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Al igual que Jesús, debían hablar explícitamente del Reino de Dios y de la salvación. Los Apóstoles tenían que dar testimonio de Cristo "hasta los confines de la tierra". La. Iglesia naciente entendió claramente estas instrucciones y comenzó la era misionera. Y todos supieron que la era misionera no terminaría antes de que volviera de nuevo el mismo Jesús que había ascendido al cielo.

Las palabras de Jesús se convirtieron para la Iglesia en un tesoro que custodiar, proclamar, meditar y vivir. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo implantó en la Iglesia un carisma apostólico a fin de mantener intacta esta revelación. A través de sus palabras Jesús iba a vivir en su Iglesia: "Yo estaré siempre con vosotros". De este modo la comunidad eclesial tuvo conciencia de la necesidad de ser fieles a las instrucciones de Jesús, al depósito de la fe. Esa solicitud se transmitiría de generación en generación hasta nuestros días. La Palabra de Dios y sólo la Palabra de Dios, es el fundamento de todo ministerio, de toda actividad pastoral, de toda acción sacerdotal. El poder de la Palabra de Dios fue la base dinámica del Concilio Vaticano II, y Juan XXIII lo puso de manifiesto claramente el día de la inauguración: “Lo que principalmente atañe al Concilio es esto: que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz” (Discurso del 11 de octubre de 1962). Y si los seminaristas de esta generación han de estar adecuadamente preparados a asumir la herencia y el reto de este Concilio, deben estar formados sobre todo en la Palabra de Dios, en el “sagrado depósito de la doctrina cristiana”» (Discurso del 3 de marzo de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 1 de abril de 1979, pág. 6). Sí, queridos hijos, nuestro gran desafío es el de ser fieles a las instrucciones del Señor Jesús.

Y la segunda reflexión sobre el significado de la Ascensión se halla en esta frase: "Jesús ocupó su puesto". Después de haber pasado por la humillación de su pasión y muerte, Jesús ocupa su puesto a la diestra de Dios, ocupa su puesto junto a su eterno Padre. Pero también entró en el cielo como Cabeza nuestra. Según las palabras de San León Magno, "la gloria de la Cabeza" se convirtió en "la esperanza del cuerpo" (cf. Sermón sobre la Ascensión del Señor). Para toda la eternidad Jesús ocupa su puesto de "primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29): nuestra naturaleza está con Dios en Cristo. Y en cuanto hombre el Señor Jesús vive para siempre intercediendo por nosotros ente su Padre (cf. Heb 7, 25). Al mismo tiempo, desde su trono de gloria Jesús envía a toda la Iglesia un mensaje de esperanza y una llamada a la santidad.

Por los méritos de Cristo, a causa de su intercesión ante el Padre, somos capaces de alcanzar en él justicia y santidad de vida. Claro está que la Iglesia puede experimentar dificultades, el Evangelio puede encontrar obstáculos, pero puesto que Jesús está a la derecha del Padre, la Iglesia jamás conocerá el fracaso. La victoria de Cristo es la nuestra. El poder de Cristo glorificado, Hijo amado del Padre eterno, es superabundante para mantenernos a cada uno y a todos en la fidelidad de nuestra dedicación al Reino de Dios y en la generosidad de nuestro celibato. La eficacia de la Ascensión de Cristo nos alcanza a todos en la realidad concreta de la vida diaria. Por razón de este misterio la vocación de toda la Iglesia está en "esperar con alegre esperanza la venida de Nuestro Salvador Jesucristo".

Queridos hijos: Vivid imbuidos de la esperanza que es parte tan grande del misterio de la Ascensión de Jesús. Tened conciencia honda de la victoria v triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. Estad convencidos de que la fuerza de Cristo es mayor que nuestra debilidad, mayor que la debilidad del mundo entero. Procurad entender y tomar parte en el gozo que experimentó María al conocer que su Hijo había ocupado su lugar junto al Padre, a quien amaba infinitamente. Y renovad hoy vuestra fe en la promesa de Nuestro Señor Jesucristo que se fue a prepararnos un lugar, para venir de nuevo y llevarnos con El.

Este es el misterio de la Ascensión de nuestra Cabeza. Recordémoslo siempre: "Jesús les dio instrucciones", y después “Jesús ocupó su puesto”. Amén.
(Homilía dada a los alumnos del Colegio Inglés, Solemnidad de la Ascensión, Gruta de Nuestra Señora de Lourdes, en los jardines vaticanos, Jueves 24 de mayo de 1979)



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Aplicación: SS. Benedicto XVI - Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo

Queridos hermanos y hermanas:
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura. Inmediatamente después, el autor sagrado añade que "fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos" (Hch 1, 9). Es el misterio de la Ascensión, que hoy celebramos solemnemente. Pero ¿qué nos quieren comunicar la Biblia y la liturgia diciendo que Jesús "fue elevado"? El sentido de esta expresión no se comprende a partir de un solo texto, ni siquiera de un solo libro del Nuevo Testamento, sino en la escucha atenta de toda la Sagrada Escritura. En efecto, el uso del verbo "elevar" tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.

Pero hay un sentido más profundo, que no se percibe en un primer momento. En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús "fue elevado" (Hch 1, 9), y luego se añade que "ha sido llevado" (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que "lo ocultó a sus ojos" (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de "sentarse a la derecha de Dios". En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El "cielo", la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.

Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén "con gran gozo" (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios. Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se marcharon "con gran gozo". Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los "dos hombres vestidos de blanco", no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Queridos hermanos y hermanas, el carácter histórico del misterio de la resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni vive para suplir la ausencia de su Señor "desaparecido", sino que, por el contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús "ausente", sino que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su "presencia gloriosa" de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo recuerda el concilio Vaticano II—, mientras "prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva" (Lumen gentium , 8).

Hermanos y hermanas de esta querida comunidad diocesana, la solemnidad de este día nos exhorta a fortalecer nuestra fe en la presencia real de Jesús en la historia; sin él, no podemos realizar nada eficaz en nuestra vida y en nuestro apostolado. Como recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, es él quien "dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, (...) en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo" (Ef 4, 11-12), es decir, la Iglesia. Y esto para llegar "a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios" (Ef 4, 13), teniendo todos la vocación común a formar "un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que estamos llamados" (Ef 4, 4). En este marco se coloca mi visita que, como ha recordado vuestro pastor, tiene como fin animaros a "construir, fundar y reedificar" constantemente vuestra comunidad diocesana en Cristo. ¿Cómo? Nos lo indica el mismo san Benito, que en su Regla recomienda no anteponer nada a Cristo: "Christo nihil omnino praeponere" (LXII, 11).

Que os ayude y acompañe vuestro santo patriarca, con santa Escolástica, su hermana; y que os protejan vuestros santos patronos y, sobre todo, María, Madre de la Iglesia y Estrella de nuestra esperanza. Amén.
(Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Solemnidad de la Ascensión del Señor, Cassino, Plaza Miranda, Domingo 24 de mayo de 2009)



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - La Ascensión del Señor

Durante aquellos cuarenta días después de su resurrección, nuestro Salvador estuvo preparando a sus apóstoles a sobrellevar la ausencia de Él mediante el Consolador que había de enviarles.

"Por espacio de cuarenta días, fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios". Hech 1,3

No fue éste un período en el que Jesús dispensara dones, sino más bien durante el cual les dio leyes y preparó la estructura de su cuerpo místico, la Iglesia. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó durante cuarenta días antes de la restauración de la ley ; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentados los pilares de su Iglesia y estableció la nueva ley del evangelio. Pero los cuarenta días tocaban a su fin, y Jesús les invitó a que esperaran el día cincuenta o pentecostés, el día del jubileo.

Cristo los condujo hasta Betania, que era donde había de desarrollarse la escena de la despedida; no en Galilea, sino en Jerusalén, donde había sufrido; tendría efecto su ascensión a la morada del Padre Celestial. Terminado su sacrificio, en el momento en que se disponía a subir a su trono celestial, levantó las manos, que ostentaban la marca de los clavos. Aquel ademán sería uno de los últimos recuerdos que del Maestro conservarían los apóstoles. Las manos se elevaron primero hacia el cielo y bajaron luego hacia la tierra como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres. las manos horadadas distribuyen mejor las bendiciones. En el libro Levítico, después de la lectura de la profética promesa del Mesías, venía la bendición del sumo sacerdote; así también, tras mostrar que todas las profecías habíanse cumplido en Él, Jesús se dispuso a entrar en el santuario celestial. Las manos que sostenían el cetro de autoridad en el cielo y sobre la tierra dieron ahora la bendición final:

"Mientras los bendecía, separóse de ellos, y fue llevado arriba al cielo… Lc 24, 51
y sentó a la diestra de Dios Mc 16, 19
y ellos, habiéndole adorado, volviéronse a Jerusalén, con gran gozo; y estaban de continuo en el templo, alabando y bendiciendo a Dios". Lc 24, 52-53


Si Cristo hubiera permanecido en la tierra, la vista habría substituido la fe. En el cielo ya no habrá fe, porque sus seguidores verán; no habrá esperanza, porque poseerán; pero habrá caridad o amor, porque el amor dura eternamente. su despedida de este mundo combinó la cruz y la corona, como sucedía en cada detalle, por pequeño que fuera, de su vida. La ascensión se realizó en el monte Olivete, a cuyo pie se encuentra Betania. Llevó a sus apóstoles a través de Betania, lo que quiere decir que tuvieron que pasar por Getsemaní y por el mismo sitio en que Jesús había llorado sobre Jerusalén. No desde un trono, sino desde un monte situado por encima el huerto de retorcidos olivos teñidos con su sangre, Jesucristo no estaba amargado por la cruz, puesto que la ascensión era el fruto de aquella crucifixión. Como El mismo había declarado, era necesario que padeciera para poder entrar en su gloria.

En la ascensión el salvador no abandonó el ropaje de carne con que había sido revestido; porque su naturaleza humana sería el patrón de la gloria futura de las otras naturalezas humanas que le sería incorporada por medio de la participación de su vida. Era intrínseca y profunda la relación existente entre su encarnación y su ascensión. La encarnación o el asumir una naturaleza humana hizo posible que Él sufriera y redimiera. La ascensión ensalzó hasta la gloria a aquella misma naturaleza humana que había sido humillada hasta la muerte.

Si hubiera sido coronado sobre la tierra en vez de ascender a los cielos, los pensamientos que los hombres habrían concebido sobre Él habrían quedado confinados a la tierra. Pero la ascensión haría que las mentes y los corazones de los hombres se elevaran por encima de lo terreno. Con relación a Él mismo, era justo que la naturaleza humana que Él había usado como instrumento para enseñar y gobernar y santificar participara de la gloria, de la misma manera que había participado de su oprobio. Resultaba muy difícil de creer que él, el Varón de dolores, familiarizado con la angustia, fuese el amado Hijo en quien el Padre se complacía. Era difícil de creer que Él, que no había bajado de una cruz, pudiera subir ahora al cielo, o que la gloria momentánea que irradió su cuerpo en el monte de la Transfiguración fuera ahora una peculiaridad suya permanente.

La ascensión disipaba ahora todas estas dudas al introducir su naturaleza humana en una comunión íntima y eterna con Dios.

Habiánse mofado de aquella naturaleza humana que había asumido al nacer, cuando los soldados le vendaron los ojos y le pedían que adivinara quién le golpeaba. Burláronse de Él cuando como rey al ponerle un vestido real y por cetro una caña. Finalmente se burlaron de Él como sacerdote al desafiarle, a Él, que se estaba ofreciendo como víctima, a que bajase de la cruz. Con la ascensión se vindicaba triple ministerio de Maestro rey y sacerdote. Pero la vindicación sería completa cuando viniera en su justicia, como juez de los hombres, en la misma naturaleza humana que de los hombres había tomado. Ninguno de los que serían juzgados podría quejarse de que Dios ignora las pruebas que a que están sometidos los humanos. Su misma aparición como el Hijo del hombre demostraría que él había librado las mismas batallas que los hombres y sufrido las mismas tentaciones que los que comparecían ante el tribunal de la justicia divina. La sentencia que dictara Jesús hallaría inmediatamente eco en los corazones.

Otro motivo de la ascensión era que Jesús pudiera abogar en el cielo junto a su Padre con una naturaleza humana común al resto de los hombres. Ahora podía, por así decirlo, mostrar las llagas de su gloria no sólo como trofeos de victoria, sino también como insignias de intercesión. La noche en que fue al huerto de los Olivos oró como si ya estuviera en la mansión celestial, a la diestra de su Padre; la plegaria que dirigió al cielo era menos la de un moribundo que la de un Redentor ya ensalzado a la gloria.

"Para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo en ellos". Jn 17,26
En el cielo sería no solamente un abogado de los hombres delante del Padre, sino también enviaría al Espíritu santo como abogado del hombre delante de Él. Cristo, a la diestra del Padre, representaría a la humanidad ante el trono del Padre; El Espíritu santo, habitando con los fieles, representaría en ellos al Cristo que fue al Padre. En la ascensión Cristo elevó al Padre nuestras necesidades, merced al Espíritu, Cristo el Redentor sería llevado a los corazones de todos aquellos que quisieran poner fe en Él.

La ascensión daría a Cristo el derecho de interceder poderosamente por los mortales:
"Teniendo, pes, un gran sumo sacerdote, que ha pasado a través de los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.
Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado
en todo según nuestra semejanza, mas sin pecado". Heb 4, 14, ss.
(MONS. FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Ed. Herder, Barcelona, 1996, pp. 491- 494)

 

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Sigámoslo, pues

«Para ir donde me voy, ya sabéis el camino» 

"El Señor Jesús, después de haberles, ascendió al cielo "... Los miembros del Cuerpo de Cristo deben seguir a su maestro, su cabeza, que ascendió hoy. Nos precedió, para prepararnos un sitio (Jn 14,2), a nosotros que lo seguimos, de modo que pudiéramos decir con la novia del Cantar de los Cantares: "Correremos en pos de ti" (1,4)...

 Aunque todos los maestros hayan muerto y todos los libros quemados, encontraremos siempre, en su vida santa, una enseñanza suficiente, porque él mismo es el camino y no otro (Jn 14,6). Sigámoslo pues.

 De la misma manera que el imán atrae el hierro, así Cristo misericordioso, atrae todos los corazones que ha tocado. El hierro atraído por la fuerza del imán se levanta por encima de su ser natural, pasa por encima, aunque esto sea contrario a su naturaleza. No se detiene hasta que él mismo se haya elevado. Así es como todos aquellos que son atraídos en el fondo de su corazón por Cristo, no retienen más la alegría ni el sufrimiento. Ascienden hasta él...

 Cuando no se es atraído, no hay que imputárselo a Dios. Dios toca, empuja, advierte y desea por igual a todos los hombres, quiere por igual a todos los hombres, pero su acción, su advertencia y sus dones son recibidos y aceptados de un modo muy desigual... Amamos y buscamos otra cosa distinta a él, he aquí porque los dones que Dios ofrece sin cesar a cada hombre quedan a veces inútiles... Podemos salir de este estado de alma sólo con un celo valiente y decidido y con una oración muy sincera, interior y perseverante. (Juan Taulero, 1300-1361, dominico en Estrasbourgo Sermón 20, 3º para la Ascensión )





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Ejemplos Predicables

“¿Qué hacéis mirando el cielo?” (Hch 1, 10)
Los Apóstoles con los ojos clavados en el cielo contemplando al Maestro que se va. Los corazones de todos se van con Él. Están elevados; están suspensos, están arrebatados de admiración, de gloria, de amor.
Y de pronto unos ángeles les lanzan desde la altura estas extrañas palabras:
- "Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando el cielo? Este Señor que se va vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muertos".
¿Qué hacéis mirando el cielo? ¿Qué han de hacer sino mirar al Señor a quien pierden, a su Dueño, a su Amigo que les abandona? Y para que se vayan de allí ¿amenazan nada menos que con el juicio y con la cuenta?
Estar en un monte con Cristo, estar con los ojos fijos en el cielo, estar arrebatados en la contemplación de su gloria ¿es cosa como para que se extrañen los ángeles que no hacen otra cosa en la eternidad? ¿no estaban así en el Tabor y Pedro decía: -¡qué bien se está aquí!- ¡y pensaba en hacer tres tiendas para quedarse allí para siempre!?
Pero ¿quieren saber el por qué? Porque el oficio de los Ángeles es adorar a Dios, pero el oficio de los Apóstoles es predicar la fe y salvar las almas.
El mandato de Cristo era ir a Jerusalén a prepararse para la predicación con los dones del Espíritu Santo. Y dejar el Cenáculo por el monte de los olivos, y dejar las almas por la contemplación era lo que reprendían los Ángeles.
El mundo se pierde; se blasfema el Santo Nombre de Dios, hombres y mujeres ignoran a Cristo. ¿Y nos podemos quedar con los brazos cruzados? ¡A trabajar por el Nombre de Cristo, por su gloria!
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 79)

¿Dónde está Dios?
Un pececillo se acercó a un viejo pez: "Por favor señor, ¿me puede decir dónde se encuentra el océano?" "Estás nadando en él", le contestó el pez grande, "Sólo lo ven los que saben mirar".

(cortesía: iveargentina.org et alii)


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