[_Sgdo Corazón de Jesús_] [_Ntra Sra del Sagrado Corazón_] [_Vocaciones_MSC_]
 [_Los MSC_] [_Testigos MSC_
]

MSC en el Perú

Los Misioneros del
Sagrado Corazón
anunciamos desde
hace el 8/12/1854
el Amor de Dios
hecho Corazón
y...
Un Día como Hoy

y haga clic tendrá
Pensamiento MSC
para hoy que no
se repite hasta el
próximo año

Los MSC
a su Servicio

free counters

Solemnidad de la Ascensión del Señor B: Comentarios de Sabios y Santos II - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios  proclamada en la Misa de la Solemnidad

 

A su disposión

Párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sugeridos por Directorio Homilético

EXÉGESIS: Manuel de Tuya - Aparición a los Once Mc 16,14-18

SANTOS PADRES: San Agustín - La ascensión del Señor

APLICACIÓN: P. José A. Marcone, IVE - Tiempo de misión y lucha (Mc 16,15-20)

APLICACIÓN: Papa Francisco - Ascensión

 

 


Párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sugeridos por Directorio Homilético

Solemnidad de la Ascensión del Señor

CEC 659-672, 697, 792, 965, 2795: la Ascensión

Artículo 6 "JESUCRISTO SUBIO A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO"

659 "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).

662 "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote  de la Alianza nueva y eterna, no "penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo Sacerdote de los bienes futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).


RESUMEN

665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).

666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente.

667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.

Artículo 7 "DESDE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS"

I VOLVERÁ EN GLORIA

Cristo reina ya mediante la Iglesia ...

668 "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: Posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.

669 Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). "La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio", "constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra" (LG 3;5).
670 Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; cf. 1 P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (cf. Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

... esperando que todo le sea sometido

671 El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: "Ven, Señor Jesús" (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

672 Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la "tristeza" (1 Co 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia(cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt 25, 1-13; Mc 13, 33-37).

Los símbolos del Espíritu Santo

697 La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. El es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre "con su sombra" para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es El quien "vino en una nube y cubrió con su sombra" a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y "se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que "ocultó a Jesús a los ojos" de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27).

965 Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra" (LG 59).

2795 El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra "patria". De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo "ha bajado del cielo", solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

Volver Arriba

 


EXÉGESIS: Manuel de Tuya - Aparición a los Once  Mc 16,14-18

14 Al fin se manifestó a los Once, estando recostados a la mesa, y les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos. 1S Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. '6 El que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que no creyere, se condenará. '7 A los que creyeren les acompañarán estas señales: en mi nombre echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, 18 tomarán en sus manos serpientes, y, si bebieren ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y estos recobrarán la salud.

Resucitado Cristo, se apareció varias veces a los Once. En Lc (24:36-42) hay una escena que pudiera evocar ésta. Pero allí los apóstoles, si no "creen" aún en el resucitado, es en "fuerza del gozo y la admiración." Se piensa mejor en las primeras apariciones, en las que, al anuncio de las mujeres, no creyeron (Mar_24:10-11; Jua_20:25).
Luego se da la orden de predicar el Evangelio a todas las gentes, junto con el bautismo. Es la enseñanza que aparece en Mt. Se observa ya el universalismo cristiano en acción entre los gentiles. En el Comentario a Mt (c.28) se estudia el valor de estas expresiones.

A esto se añaden una serie de carismas, no directamente para confirmar la fe que se anuncia, sino como un don a los creyentes, aunque con un valor secundario apologético.

Las señales tienen un valor global, que no exigen que se vayan a cumplir en todos y cada uno de los creyentes. Estos carismas se realizarán "en mi nombre." Ya los apóstoles habían recibido estos carismas (Mt 10:1 par.). Hasta se lee: "Yo os he dado poder para andar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda potencia enemiga, y nada os dañará" (Luc_10:19). En la primitiva Iglesia se han visto muchos de estos casos: expulsión de demonios, el don de lenguas; San Pablo, a la mordedura de una serpiente, no le afectará; a San Juan en

Patmos le darán una bebida envenenada sin causarle daño. Y hasta se pensaría si la imposición de manos no podría estar relacionada aquí con los efectos de la unción con que se curaban los enfermos (Mar_6:13). En toda la larga historia de la Iglesia, el milagro ha tenido su realización en los fieles.
(…).
La ascensión del Señor
Mc 16:19-20

19 El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios. 20 Ellos se fueron, predicando por todas partes, cooperando con ellos el Señor y confirmando su palabra con las señales consiguientes.

Mc termina su evangelio afirmando que el Señor resucitado está en los cielos. Recuerda su lenguaje la "ascensión" de Elias (2Re_2:11; Eco_48:9). La proclamación de su gloria se expresa con el Sal_110:1, en que se reconoce a Cristo "sentado a la diestra de Dios". Es estar en su misma esfera divina y participando de sus poderes.

La expresión "Señor Jesús" es muy rara en los evangelios (Luc_24:3). En otros pasajes neotestamentarios se usa con frecuencia en Hechos y Pablo. Y tanto en varios de estos pasajes como en la Iglesia primitiva, el título de Señor, el ??????, aplicado a Cristo, era una confesión de su divinidad. Que es la confesión con que comienza el evangelio de Mc.
Un relato más detallado de la "ascensión" de Cristo se refiere en el evangelio de Lc (Luc_24:50.51 y
Hec_1:9-11).
El final del evangelio reconoce la obra misionera de los apóstoles y la confirmación de ella que
Cristo les hacía con milagros. Es ya la predicación y extensión de la fe, vista desde la perspectiva histórica de
la Iglesia con unas decenas de años.

(DE TUYA, M., Evangelio de San Marcos, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)



3. COMENTARIO TEOLÓGICO

San Juan Pablo II

Los frutos de la Ascensión: el reconocimiento de que Jesús es el Señor

1. El anuncio de Pedro en el primer discurso pentecostal en Jerusalén es elocuente y solemne: "A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado. (Hch 2, 32-33). "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros bebéis crucificado" (Hch 2, 36). Estas palabras ?dirigidas a la multitud compuesta por los habitantes de aquella ciudad y por los peregrinos que habían llegado de diversas partes para la fiesta? proclaman la elevación de Cristo ?crucificado y resucitado? "a la derecha de Dios". La "elevación", o sea, la ascensión al cielo, significa la participación de Cristo hombre en el poder y autoridad de Dios mismo. Tal participación en el poder y autoridad de Dios Uno y Trino se manifiesta en el "envío" del Consolador, Espíritu de la verdad el cual "recibiendo" (cf. Jn 16, 14) de la redención llevada a cabo por Cristo, realiza la conversión de los corazones humanos. Tanto es así, que ya aquel día, en Jerusalén, "al oír esto sintieron el corazón compungidos" (Hch 2, 37). Y es sabido que en pocos días se produjeron miles de conversiones.

2. Con el conjunto de los sucesos pascuales, a los que se refiere el Apóstol Pedro en el discurso de Pentecostés, Jesús se reveló definitivamente como Mesías enviado por el Padre y como Señor.

La conciencia de que Él era "el Señor", había entrado ya de alguna manera en el ánimo de los Apóstoles durante la actividad prepascual de Cristo. Él mismo alude a este hecho en la última Cena: "Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy" (Jn 13, 13). Esto explica por qué los Evangelistas hablan de Cristo "Señor" como de un dato admitido comúnmente en las comunidades cristianas. En particular, Lucas pone ya ese término en boca del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús a los pastores: "Os ha nacido... un salvador que es el Cristo Señor" (Lc 2, 11). En muchos otros lugares usa el mismo apelativo (cf. Lc 7, 13; 10, 1: 10, 41;
11, 39; 12, 42; 13, 15; 17, 6; 22, 61). Pero es cierto que el conjunto de los sucesos pascuales ha consolidado definitivamente esta conciencia. A la luz de estos sucesos es necesario leer la palabra "Señor" referida también a la vicia y actividad anterior del Mesías. Sin embargo, es necesario profundizar sobre todo el contenido y el significado que la palabra tiene en el contexto de la elevación y de la glorificación de Cristo resucitado, en su ascensión al cielo.

3. Una de las afirmaciones más repetidas en las Cartas paulinas es que Cristo es el Señor. Es conocido el pasaje de la Primera Carta a los Corintios donde Pablo proclama: apara nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 6; cf. 16, 22; Rm 10, 9; Col 2, 6). Y el de la Carta a los Filipenses, donde Pablo presenta como Señor a Cristo, que humillado hasta la muerte, ha sido también exaltado "para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 10-11). Pero Pablo subraya que "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Co 12, 3). Por tanto, "bajo la acción del Espíritu Santo" también el Apóstol Tomás dice a Cristo, que se le apareció después de la resurrección: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Y lo mismo se debe decir del diácono Esteban, que durante la lapidación ora: "Señor Jesús, recibe mi espíritu... no les tengas en cuenta este pecado" (Hch 7, 59-60).
Finalmente, el Apocalipsis concluye el ciclo de la historia sagrada y de la revelación con la invocación de la Esposa y del Espíritu: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

Es el misterio de la acción del Espíritu Santo "vivificante" que introduce continuamente en los corazones la luz para reconocer a Cristo, la gracia para interiorizar en nosotros su vida, la fuerza para proclamar que Él ?y sólo Él ? es "el Señor".

4. Jesucristo es el Señor, porque posee la plenitud del poder "en los cielos y sobre la tierra". Es el poder real
"por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación... Bajo sus pies sometió todas las cosas" (Ef 1,
21-22). Al mismo tiempo es la autoridad sacerdotal de la que habla ampliamente la Carta a los Hebreos, haciendo referencia al Salmo 109/110, 4: "Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec" (Hb 5, 6). Este eterno sacerdocio de Cristo comporta el poder de santificación de modo que Cristo "se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (Hb 5, 9). "De ahí que pueda también salvar perfecto lamente a los que por El se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor" (Hb 7, 25). Así mismo, en la Carta a los Romanos leemos que Cristo "está a la diestra de Dios e intercede por nosotros" (Rm 8,
34). Y finalmente, San Juan nos asegura: "Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo" (1 Jn 2, 1).

5. Como Señor, Cristo es la Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. Es la idea central de San Pablo en el gran cuadro cósmico histórico-soteriológico, con que describe el contenido del designio eterno de Dios en los primeros capítulos de las Cartas a los Efesios y a las Colosenses: "Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 22). "Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud" (Col 1, 19): en Él en el cual "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9).

Los Hechos nos dicen que Cristo "se ha adquirido" la Iglesia "con su sangre" (Hch 20, 28, cf. 1 Co 6, 20). También Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20), en realidad anunciaba el misterio de este Cuerpo que de él saca constantemente las energías vivificantes de la redención. Y la redención continúa actuando como efecto de la glorificación de Cristo.

Es verdad que Cristo siempre ha sido el "Señor", desde el primer momento de la encarnación, como Hijo de Dios consubstancial al Padre, hecho hambre por nosotros. Pero sin duda ha llegado a ser Señor en plenitud por el hecho de "haberse humillado 'se despojó de si mismo' haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (cf. Flp 2, 8). Exaltado, elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así toda su misión, permanece en el Cuerpo de su Iglesia sobre la tierra por medio de la redención operada en cada uno y en toda la sociedad por obra del Espíritu Santo. La redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia, como leemos en la Carta a los Efesios: "Él mismo 'dió' a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo... a la madurez de la plenitud de Cristo" (Ef 4, 11-13).

6. En la expansión de la realeza que se le concedió sobre toda la economía de la salvación, Cristo es Señor de todo el cosmos. Nos lo dice otro gran cuadro de la Carta a los Efesios: "Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo" (Ef 4, 10). En la Primera Carta a los Corintios San Pablo añade que todo se le ha sometido "porque todo (Dios) lo puso bajo sus pies" (con referencia al Sal 8, 5). "...Cuando diga que 'todo está sometido', es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas" (1 Co 15, 27). Y el Apóstol desarrolla ulteriormente este pensamiento, escribiendo: "Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo" (1 Co 15, 28). "Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad" (1 Co 15, 24).
7. La Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II ha vuelto a tomar este tema fascinante, escribiendo que "El Señor es el fin de la historia humana, 'el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización', el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones" (n. 45). Podemos resumir diciendo que Cristo es el Señor de la historia. En Él la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación, encuentra su cumplimiento trascendente. Es lo que en la tradición se llamaba recapitulación ("re- capitulatio", en griego: anakephalaiopoíese). Es una concepción que encuentra su fundamento en la Carta a los Efesios, en donde se describe el eterno designio de Dios "para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

8. Debemos añadir, por último, que Cristo es el Señor de la vida eterna. A Él pertenece el juicio último, del que habla el Evangelio de Mateo: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria... Entonces dirá el Rey a los de su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre. recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo'" (Mt 25, 31. 34).

El derecho pleno de juzgar definitivamente las obras dé los hombres y las conciencias humanas. pertenece a Cristo en cuanto Redentor del mundo. El, en efecto, "adquirió" este derecho mediante la cruz. Por eso el Padre "todo juicio lo ha entregado al Hijo" (Jn 5, 22). Sin embargo el Hijo no ha venido sobre todo para juzgar, sino para saldar. Para otorgar la vida divina que está en Él. "Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre" (Jn 5, 26-27).

Un poder, por tanto, que coincide con la misericordia que fluye en su corazón desde el seno del Padre, del que procede el Hijo y se hace hombre "propter nos homines et propter nostram salutem". Cristo crucificado y resucitado, Cristo que "subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre". Cristo que es, por tanto, el Señor de la vida eterna, se eleva sobre el mundo y sobre la historia como un signo de amor infinito rodeado de gloria, pero deseoso de recibir de cada hombre una respuesta de amor para darles la vida eterna.

(SAN JUAN PABLO II, Los frutos de la Ascensión: el reconocimiento de que Jesús es el Señor, Audiencia
General, Miércoles 19 de abril de 1989)

Volver Arriba



SANTOS PADRES: San Agustín - La ascensión del Señor

1. Después de resucitar de entre los muertos, nuestro Señor Jesucristo, queriendo mostrar con un testimonio seguro y digno de toda fe que había resucitado en el mismo cuerpo con el que colgó de la cruz, vivió cuarenta días con sus discípulos, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo. Así convenía, en efecto, que fuesen afianzados los vacilantes y que se predicase la verdad del Evangelio a la posteridad, que se mostrase a los creyentes la incorrupción e inmortalidad futura de su carne en aquella bienaventuranza eterna y se contradijese a los hombres perversos que piensan y enseñan acerca del Señor cosa distinta al contenido de la verdad. Efectivamente, una vez resucitado, subió al cielo en el mismo cuerpo en el que muerto visitó los infiernos. Colocó en el cielo la morada de su carne ya inmortal, que él mismo se había construido en el seno de la virgen madre.

2. A algunos les extraña lo que dice el Señor en el evangelio: Nadie ha subido al cielo sino el que ha bajado del cielo: el hijo del hombre que está en el cielo. ¿Cómo, dicen, descendió del cielo el hijo del hombre, si fue asumido aquí en el seno de la virgen? Quienes así hablan no han de ser despreciados, sino enseñados; pienso, en efecto, que ellos buscan piadosamente, pero aún no pueden comprender lo que buscan. Ignoran que la divinidad misma tomó aquella humanidad, de forma que Dios y el hombre constituían una sola persona y que
aquella humanidad de tal forma se unió a la divinidad, que el único Cristo era Palabra, alma y carne. Y por eso se dijo: Nadie ha subido al cielo sino quien ha bajado del cielo: el hijo del hombre que está en el cielo.

3. Una y otra sustancia se comunican los nombres que son de su propiedad: la divina a la humana y la humana a la divina, de modo que al Hijo de Dios se le llama hombre, y al hijo del hombre Dios, siendo en ambos casos el mismo e idéntico Cristo. En efecto, nuestro Señor Jesucristo se dignó tomar al hombre de manera que no desdeñó el llamarse hijo del hombre, como leemos en muchos textos evangélicos. El mismo dice al bienaventurado Pedro: ¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre? Pedro, inspirándoselo el mismo Cristo, la piedra, le respondió: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. He aquí presente aquel citarista simbolizado en David; ahora se manifestó, pues tocó los corazones de los suyos y produjo el sonido deseado y conocido por todos. Y en su pasión, llenando de terror a los judíos, dijo respecto a su última venida: Un día veréis al hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo. Y en otro lugar: Veréis a los ángeles subir y bajar hasta el hijo del hombre. Al decir subir manifestó estar en el cielo; al decir bajar mostró que tampoco faltaría nunca de la tierra, como lo prometió también a sus discípulos al subir al cielo con estas palabras: He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

4. Tanto amó Dios al género humano que entregó a su hijo unigénito por la vida del mundo. Si el Padre no nos hubiese entregado la vida, no tendríamos vida. Si la vida no hubiese muerto, no se hubiese dado muerte a la muerte. El mismo Cristo el Señor es la vida de la que dice el evangelista Juan: Este es el Dios verdadero y la vida eterna. El mismo dice a la muerte por boca del profeta, amenazándola con la muerte: ¡Oh muerte!, yo seré tu muerte; seré mordedura para ti, ¡oh infierno! Como si dijera: "Muriendo, yo te daré muerte, te destruiré, te privaré de todo poder y daré libertad a los que tienes cautivos. Quisiste apoderarte de mí, que soy inocente; justo es que pierdas a los demás, que quisiste tener en tu poder."

5. Así, pues, la vida murió, la vida permaneció, la vida resucitó, y, dando muerte a la muerte, con su muerte nos aportó la vida. Por tanto, la muerte fue absorbida por la victoria de Cristo, que es la vida eterna; como dice el Apóstol: Devoró a la muerte para que seamos herederos de la vida. Por Cristo nos hemos convertido en herederos de la vida eterna, pues hemos sido librados de la muerte eterna por él, de quien no dudamos ser también sus miembros. A los cuarenta días, es decir, hoy, el Señor Jesús subió al cielo en presencia de sus discípulos, llenos de admiración. Estando ellos en pie y hablando entre sí, repentinamente lo arrebató una nube y fue llevado al cielo.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 265B, 1-5, BAC Madrid 1983, p. 697-700)

Volver Arriba



APLICACIÓN: P. José A. Marcone, IVE - Tiempo de misión y lucha (Mc 16,15-20)

Introducción

El NT relata en tres lugares el hecho histórico (y a la vez trascendente) de la Ascensión de Cristo a los cielos: Mc 16,19; Lc 24,50-52 y Hech 1,9-11. En San Marcos, además de narrar el hecho, se da una interpretación teológica.

En efecto, San Marcos, después de narrar el hecho de la Ascensión, agrega: "Se sentó a la derecha de Dios" (Mc 16,19). Esta expresión bíblica pasará textualmente al Credo de la Iglesia Católica, en su sexto artículo: "Jesucristo subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso".
¿Qué significa 'la derecha' del Padre? La 'derecha del Padre' significa, fundamentalmente, la gloria de la divinidad del Padre y la potestad judicial o regia del Padre1. ¿Y qué significa 'sentarse' a la derecha del Padre? Es una expresión metafórica que significa que Jesucristo, en cuanto hombre, pasa a participar de esas dos prerrogativas del Padre recién mencionadas. "Por lo cual, estar sentado a la derecha del Padre no es otra cosa que compartir junto con el Padre la gloria de la divinidad (…) y la potestad judicial; y esto perpetuamente y como rey"2.

Es importante subrayar que se trata de la participación de Cristo 'en cuanto hombre' de esas dos prerrogativas. Y esto es así porque, en cuanto Dios, siempre participó de ellas. Respecto a esto el Catecismo de la Iglesia Católica es taxativo: "La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo" (CEC, 668)3.

En cuanto al plan de salvación, la Ascensión es la coronación final de toda la obra redentora. De esta manera se consuma y llega a su perfección toda la misión de Cristo sobre la tierra. Además, de esta manera el mundo del hombre entra en su última etapa. "Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la 'última hora' (1Jn 2,18; cf. 1P 4,7). 'El final de la historia ha llegado ya a nosotros'" (CEC, 670).

En estas palabras introductorias hemos presentado, muy brevemente, toda la realidad teológica de la Ascensión del Señor. Veamos ahora dos consecuencias importantes de la Ascensión.

1. Tiempo de misión…

Cada uno de los tres relatos de la Ascensión del Señor en el NT tiene un matiz especial. San Lucas resalta la labor sacerdotal que Cristo sentado a la derecha del Padre ejercerá a favor de los hombres. Esto queda de manifiesto en la bendición que imparte a sus discípulos extendiendo las manos hacia ellos, en un gesto eminentemente sacerdotal, que el evangelista señala dos veces4. Los Hechos de los Apóstoles insisten en el hecho que Cristo ascendido a los cielos enviará el Espíritu Santo. En la narración que se hace en ese libro hay, de una manera más patente, una tensión hacia Pentecostés. En San Marcos, en el evangelio que hemos leído hoy, se subraya con intensidad el hecho de que, con la Ascensión de Cristo a los cielos, comienza la misión de la Iglesia.

Es verdaderamente notable cómo el breve versículo donde San Marcos narra la Ascensión (Mc 16,19) está como incrustado en un contexto de misión. En efecto, en Mc 16,15-18, se expresa con claridad un doble mandato: 1. 'Id' (poreuthéntes, un participio con valor de imperativo). 2. 'Anunciad el evangelio' (kerýxate tò euangélion) (Mc 16,15). Luego se expresa el resultado que debe tener esa misión (creer - salvarse; no creer - condenarse) (Mc 16,16). Y luego, en dos versículos, se expresan cinco señales que acompañarán a los misioneros (Mc 16,17-18). Todo esto antes de la narración de la Ascensión del Señor.

Después de la narración de la Ascensión del Señor se relata que los discípulos efectivamente cumplieron con la orden de misionar dada por Jesucristo. Y se señala la exactitud con que los discípulos cumplieron esta orden. En efecto, retomando las mismas expresiones del mandato de Jesucristo se dice: 'fueron' (corresponde al 'id') y 'anunciaron' (ekéryxan; corresponde al 'anunciad', kerýxate).

"La Ascensión es el retorno definitivo de Cristo hacia el seno del Padre. (…) Con la Ascensión inicia el tiempo de la Iglesia. (…) El tiempo de la Iglesia se desenvuelve entre la Ascensión y la Parusía, cuando el Señor vuelva en forma visible y gloriosa. (…) Precisamente con la Ascensión de Jesús se inicia la actividad misionera de los discípulos y de la Iglesia"5. Por eso dice el Concilio Vaticano II: "El tiempo de la actividad misional discurre entre la primera y la segunda venida del Señor, en que la Iglesia, como la mies, será recogida de los cuatro vientos en el Reino de Dios. Es, pues, necesario predicar el Evangelio a todas las gentes antes que venga el Señor (Cf. Mc 13,10)"6.

El Cristo natural sube al cielo, pero el Cristo místico, que es la Iglesia, debe llenar esa ausencia predicando el evangelio a todos los hombres. El Leccionario en uso en Argentina y en otros países de Latinoamérica expresa el mandato de Jesús de esta manera: "Anuncien la Buena Noticia a toda la creación" (Mc 16,15). El término del original griego traducido como 'Buena Noticia', es una sola palabra: euangélion. Sería mejor, a nuestro parecer, traducirla directamente como 'Evangelio': "Anuncien el Evangelio a toda la creación".

Si traducimos así queda de manifiesto el contenido mismo del Evangelio. ¿Por qué? Porque el mismo San Marcos, en el primer versículo de su obra, expone cuál es el contenido del evangelio. En efecto, él dice: "Inicio del evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1). Estas palabras quieren decir que el contenido mismo del Evangelio es Jesús, que significa 'Yahveh salva'. Y que Jesús es el Mesías (= Cristo); y que es, al mismo tiempo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de Dios. Podríamos parafrasear ese primer versículo de San Marcos de la siguiente manera: "El contenido del Evangelio, lo cual es una muy buena noticia, es Jesús, el Salvador. Ahora bien, Jesús es el Mesías y es Dios. Es Dios porque es el Hijo de Dios, es decir, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad". Por eso, es mejor traducir la frase de hoy por: "Anuncien el Evangelio a toda la creación", porque de esta manera queda más claro que se está diciendo: "Anuncien a todo el mundo que Jesús es el Salvador, que es el Mesías y que es Dios".

Además, en esta profesión de fe se asentará la fundación de la Iglesia Católica. En efecto, cuando Pedro confiese a Jesús diciendo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16), Cristo le responderá: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra (que eres tú) edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18).

Así se entiende mejor el versículo que sigue inmediatamente: "El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará" (Mc 16,16). Podemos parafrasear ese versículo de la siguiente manera: "El que crea que Jesús es el Salvador, el Mesías y es Dios, y, de acuerdo a esto, reciba el Bautismo a través de la Iglesia Católica, se salvará y gozará de la vida eterna. El que, por culpa suya, no quiera creer en la divinidad de Cristo y en el origen divino de la Iglesia Católica, se condenará, es decir, irá al infierno por toda la eternidad".

Con la solemnidad que hoy estamos celebrando llega a nuestros oídos aquel apremiante llamado de San Pablo: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Cor 9,16).

Esta labor misionera se hace con el acompañamiento cercanísimo de Jesucristo para con sus misioneros. Dice el evangelio de hoy: "Ellos salieron y anunciaron por todas partes, colaborando el Señor con ellos" (Mc 16,20). La palabra que tradujimos por 'colaborando', en el original griego es synergoûntos, un participio del verbo synergéo. El verbo synergéo está compuesto por la preposición syn, que significa 'con'; y por el verbo ergádsomai, que significa 'trabajar', 'laborar'. Por lo tanto, syn-ergoûntos significa 'co-laborar', en el sentido de 'laborar con', 'trabajar con'. Quizá la mejor palabra castellana para traducir este término griego sea el verbo 'coadyuvar', que significa 'contribuir, asistir o ayudar a la consecución de algo' (DRAE). Literalmente habría que traducirla: 'Coadyuvante el Señor'.

Como lógicamente podía esperarse, este término se aplica tanto a la acción que hace Dios 'colaborante' o 'coadyuvante' con nosotros (Mc 16,120), como a la acción que hace el hombre 'colaborante' o 'coadyuvante' con Dios. En efecto, dice textualmente San Pablo: "Somos colaboradores (syn-ergoí) de Dios" (1Cor 3,9). Por este motivo, y con razón, Swanson dice que syn-ergéo significa 'ser colega', 'ser compañero de trabajo'7, en el sentido de 'trabajar juntos', 'hacer juntos una sola y misma acción, alcanzando un único y mismo fin'8. En nuestra labor misionera somos 'compañeros de trabajo de Dios'. Cristo se hace nuestro 'compañero de trabajo'9.

2. …en lucha contra el 'antagonista'

La Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, sobre la Iglesia, dice que esta actividad misionera se da "en una lucha cuerpo a cuerpo 'contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal' (Ef 6,12)"10.

Precisamente, es la misma Ascensión de Cristo la que nos proporciona el mejor auxilio para esta lucha contra el demonio. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, interpreta la Ascensión en ese sentido y en esa misma línea. Dice San Pablo: "Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación" (Ef 1,20-21).

Santo Tomás explica con precisión y profundidad el significado de este texto y pone en evidencia la enorme repercusión práctica que tiene en nuestras vidas para esa 'lucha cuerpo a cuerpo' con el demonio para poder anunciar el Evangelio. Presentamos aquí la doctrina de Santo Tomás11. En primer lugar, los términos 'Principado', 'Potestad', 'Virtud' y 'Dominación' denominan cuatro distintos Órdenes de esos espíritus puros llamados genéricamente 'ángeles'. Esos cuatro nombres denominan a distintos tipos de ángeles.

La segunda verdad importante es que "todas las cosas que se hacen en las creaturas se hacen por el ministerio de los ángeles"12. Por lo tanto, ordinariamente, Dios no hace nada en relación con los hombres o con el mundo de los hombres sino a través de sus ángeles. El gobierno del mundo Dios lo hace siempre, como norma ordinaria, a través de esos seres que son puro espíritu. Ahora bien, Dios le asigna a cada Jerarquía y a cada Orden dentro de su Jerarquía una misión particular. La Primera Jerarquía y sus tres Órdenes (Serafines, Querubines y Tronos) ejercen el gobierno del mundo en las cosas referentes a Dios. La Segunda Jerarquía y sus tres Órdenes (Dominaciones, Virtudes y Potestades) ejercen el gobierno del mundo en las cosas referentes a las causas universales. La Tercera Jerarquía y sus tres Órdenes (Principados, Arcángeles y Ángeles) ejercen el gobierno del mundo en las cosas referentes a los efectos particulares y concretos. San Pablo, en este texto de Ef 1,21, nombra los tres Órdenes de la Segunda Jerarquía y el primer Orden de la Tercera Jerarquía.

La tercera verdad importante consiste en conocer un poco más específicamente cuál es la función de los
Órdenes de la Segunda Jerarquía, que es la que nombra principalmente San Pablo. "Los Órdenes de esta Segunda Jerarquía son denominados con nombres que designan poder, porque las causas universales (sobre las que ellos tienen influencia) tienen fuerza y poder sobre las cosas inferiores y particulares"13. Por lo tanto, estos Órdenes son los que rigen el gobierno del mundo influyendo sobre las causas universales, que son las que, después de Dios, tienen más poder sobre las cosas particulares y concretas. Las Dominaciones ejercen su influencia sobre las causas universales mandando e imperando, y no reciben misiones exteriores. Las Virtudes ejercen su influencia sobre las causas universales quitando los impedimentos que puedan surgir para que se cumplan las órdenes o mandatos dados por las Dominaciones. Las Potestades ejercen su influencia sobre las causas universales obedeciendo y cumpliendo las órdenes y mandatos, normalmente emanados por las Dominaciones. Esto explica el gran poder que Dios ha puesto sobre los Órdenes de esta Segunda Jerarquía. Ellos gobiernan el mundo e influyen sobre la vida particular y concreta del hombre, pero influyendo en las causas universales.

Además, San Pablo nombra a los Principados, el Orden superior de la Tercera Jerarquía. Veamos cuál es el rol que Dios ha asignado a la Tercera Jerarquía. "Como dijimos, la Tercera Jerarquía está ordenada a la administración y gobierno de las cosas en relación con los efectos especiales, particulares y concretos. El Orden de los Ángeles, el más bajo de los tres, se llama así porque ejecutan aquellas cosas que tienen que ver con la salvación de los individuos singulares. El Orden de los Arcángeles se llama así porque ejecutan aquellas cosas que tienen que ver con la salvación y el aprovechamiento de los gobernantes, jefes o señores. Los Principados, el Orden superior de esta Tercera Jerarquía (el que nombra hoy San Pablo), se llama así porque son los que gobiernan las regiones singulares, provincias o reinos"14.

Finalmente, digamos que esos ángeles que nombra San Pablo hoy en Ef 1,21 son especialmente (aunque no únicamente) los ángeles caídos, es decir, los diablos. Esto queda de manifiesto en el versículo siguiente, Ef
1,22, donde dice que 'todo', incluidos esos Órdenes, 'lo sometió bajo sus pies'. El verbo 'someter' se usa especialmente para aquellos que no quieren sujetarse voluntaria y libremente, y, entonces, deben ser sometidos por Dios. Los ángeles buenos se someten voluntaria y libremente; los ángeles malos deben ser sometidos. Éste es el caso.

La consecuencia de todo esto que acabamos de decir es que, gracias a la Ascensión de Cristo y por la unión con Cristo a través del Bautismo, el cristiano-misionero vence al diablo en todos los niveles donde éste puede ejercer su influencia: en las causas universales, en el gobierno de los países o regiones, en los gobernantes y poderosos de la tierra y en los individuos singulares. Esto es un gran consuelo para el cristiano y una gran consecuencia práctica de la Ascensión del Señor.

Sin embargo, este triunfo se da en una 'lucha cuerpo a cuerpo'. Si bien, por la Ascensión de Cristo, ha quedado desactivado el poder del diablo, sin embargo, la vocación dada por Dios a esos Órdenes para que influyan en esos ámbitos determinados, no se anula. Ellos, por su misma naturaleza, se ven inclinados a querer influir en esos ámbitos. Pero ahora, después de su caída, lo hacen de una manera autónoma de Dios. No lo hacen para enseñorear todas las cosas para Dios, sino todo lo contrario: para tratar de sustraer del dominio de Dios todas esas realidades.

El diablo, que, en lo que depende de su voluntad y libertad, es un ser autónomo de Dios, de todas maneras, quiere seguir ejerciendo el poder que Dios le dio originariamente. Y lucha contra Dios. Las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades diabólicas, de la Segunda Jerarquía, quieren seguir ejerciendo su influencia sobre las causas universales en contra de Dios. Los Principados diabólicos quieren seguir ejerciendo su influencia sobre los reinos y países para ordenarlos y organizarlos en contra de Dios. Pero la Ascensión puso a Cristo por sobre todas estas intentonas desesperadas del demonio.


H. Schlier hace una exégesis detallada de los Órdenes diabólicos en el NT15. Queremos resaltar lo que este autor dice respecto a la influencia del diablo en el ámbito histórico y en el ámbito del Estado. Respecto al ámbito histórico dice: "Aquel espíritu se ha apoderado también de la vida histórica, y así situaciones e instituciones históricas se convierten en lugar y espacio, medios e instrumentos de aquellos poderes. (…) Por eso la constelación de determinadas circunstancias y relaciones se demuestra como satánicamente determinada. Por ellas y en ellas actúa Satanás"16. Esas 'situaciones históricas' o 'constelación de circunstancias y relaciones determinadas' correspondería con lo que Santo Tomás llama 'causas universales', que influyen muchísimo en la vida del hombre singular y concreto.

Respecto al ámbito del Estado dice: "El espíritu estatal anticristiano, que es absolutista, nivela todas las diferencias de los hombres. De esta manera, sólo queda la diferencia entre amigos y enemigos del sistema dominante. Tratan de establecer una distinción y separación neta entre los que llevan la marca de la esclavitud satánica (la cual marca toca el ser más profundo de ellos), y los que se niegan a llevar esa marca poniendo en juego su propia vida. La élite del partido estatal, que es esclavista y esclavizante, busca quitar los más profundos fundamentos, tanto espirituales como materiales, de los que son abiertos opositores y enemigos del dominio satánico. Esa élite está al servicio de la dominación de ese aparato estatal diabólico que, supuestamente al menos, se va fortaleciendo cada vez más. El diablo quiere ser como Dios: 'Todo en todo' (cf. 1Cor 15,28; Ef 1,23). El poder satánico puede apoderarse también de lo político. Esto lo hace insuflando su voluntad de poder en los que ejercen efectivamente el poder, e inspirándolos mediante su naturaleza espiritual, hasta hacerlos llegar a una efectividad asesina"17. Esto es, precisamente, lo que Santo Tomás dice que les corresponde a los Principados: influir sobre los reinos, regiones o países.

Conclusión

Si la Ascensión puso a Cristo 'por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación' (Ef 1,21), también nosotros, que estamos unidos a Cristo, en nuestra lucha por predicar el Evangelio, nos ponemos 'por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación'.

Pidámosle esta gracia a la Santísima Virgen.

Notas
1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III, q. 58, a. 2 c.
2 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, III, q. 58, a. 2 c.
3 Dice también el Catecismo: "Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: 'Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al
Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada' (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG
94, 1104C)" (CEC, 663).
4 La Iglesia percibió este matiz sacerdotal en la narración del evangelio de San Lucas. Por eso, en el Ciclo C, que es en el que se lee el evangelio de San Lucas, como segunda lectura la Iglesia pone un texto de la carta a los Hebreos donde se presenta a Cristo como Sumo Sacerdote de la liturgia del cielo (Heb 9,24-28;10,19-23).
5 MARCHESI, G., Il Vangelo della Speranza, Città Nuova Editrice, Roma, 1987, p. 214.215.209; traducción nuestra.
6 CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, nº 9.
7 SWANSON, Multiléxico del NT.
8 El DRAE dice que la palabra española 'colega' viene del latín, collega. La palabra collega en latín significa: 'compañero', 'camarada'. Collega en latín proviene de cum-ligo, es decir, 'ligar junto con'. Por eso el verbo colligo significa 'atar', 'unir'. De aquí viene la palabra collegium, que significa 'el hecho de ser colegas'; y también 'colegio', 'asociación' (cf. Dicc. Vox). Todo esto debe aplicarse a nuestra relación con Cristo en nuestra labor misionera.
9 De syn-ergéo proviene también la palabra española 'sinergia' (con acento prosódico, no gráfico sobre la 'e'). Esta palabra significa: "Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales. 2. En Biología se dice del concurso activo y concertado de varios órganos para realizar una función" (DRAE). Bien podríamos decir que, en el trabajo misionero, se da, entre Cristo y nosotros, una verdadera syn-ergia. Y esto, sencillamente, porque con Dios somos syn-ergoí (1Cor 3,9).
10 CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, nº 35. En la traducción española oficial dice "en un
forcejeo 'con los dominadores, etc'". Sin embargo, en la Editio Typica en latín dice: "Colluctatione 'adversus mundi rectores, etc'". El Diccionario Vox latino - español dice: "Colluctatio, -onis: lucha cuerpo a cuerpo". "Colluctator: antagonista".
11 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Super Epistolam B. Pauli ad Ephesios lectura, Caput 1, Lectio 7.
12 "Omnia quae fiunt in creaturis ministrantur per Angelos" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
13 "Ad mediam hierarchiam pertinet rerum administratio per comparationem ad causas universales. Unde denominantur ordines hierarchiae illius nominibus ad potestatem pertinentibus, cum causae universales sint virtute et potestate in inferioribus et particularibus" (SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra).
14 SANCTI TOMAE DE AQUINO, Ibidem; traducción nuestra.
15 SCHLIER, H., Poderes y dominios en el Nuevo Testamento, EDICEP, Valencia (España), 2008.
16 SCHLIER, H., Idem, p. 24.
17 SCHLIER, H., Idem, p. 26 - 27.

Volver Arriba


APLICACIÓN: Papa Francisco - Ascensión

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Ascensión de Jesús al cielo, acaecida cuarenta días después de la Pascua. Contemplamos el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terreno para entrar en la plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad. Es decir, nosotros, nuestra humanidad entra por primera vez en el cielo. El Evangelio de Lucas nos muestra la reacción de los discípulos ante el Señor que "se separó de ellos y fue llevado al cielo" (24, 51). No hubo en ellos dolor y desconsuelo, sino que se postraron "ante él, y se volvieron a Jerusalén con gran gozo" (v. 52). Es el regreso de quien no teme ya a la ciudad que había rechazado al Maestro, que había visto la traición de Judas y la negación de Pedro, había visto la dispersión de los discípulos y la violencia de un poder que se sentía amenazado. A partir de aquel día para los apóstoles y para todo discípulo de Cristo fue posible habitar en Jerusalén y en todas las ciudades del mundo, también en las más atormentadas por la injusticia y la violencia, porque sobre todas las ciudades está el mismo cielo y cualquier habitante puede alzar la mirada con esperanza. Jesús, Dios, es un hombre verdadero, con su cuerpo de hombre está en el cielo. Y esta es nuestra esperanza, es nuestra ancla, y nosotros estamos firmes en esta esperanza si miramos al cielo.

En este cielo habita aquel Dios que se ha revelado tan cercano que llegó a asumir el rostro de un hombre, Jesús de Nazaret. Él permanece para siempre el Dios-con-nosotros -recordemos esto: Emmanuel, Dios con nosotros- y no nos deja solos. Podemos mirar hacia lo alto para reconocer delante de nosotros nuestro futuro. En la Ascensión de Jesús, el crucificado resucitado, está la promesa de nuestra participación en la plenitud de vida junto a Dios.

Antes de separarse de sus amigos, Jesús, refiriéndose al evento de su muerte y resurrección, les había dicho: "Vosotros sois testigos de estas cosas" (v. 48). Es decir, los discípulos son testigos de la muerte y de la resurrección de Cristo, ese día, también de la Ascensión de Cristo. Y, en efecto, después de haber visto a su Señor subir al cielo, los discípulos regresaron a la ciudad como testigos que con gozo anuncian a todos la vida nueva que viene del Crucificado resucitado, en cuyo nombre "se predicarán a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados" (v. 47). Este es el testimonio -hecho no sólo de palabras sino también con la vida cotidiana-, el testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias para entrar durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles, en las casas para ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en las periferias de la ciudad... Este testimonio nosotros debemos llevarlo cada semana: ¡Cristo está con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!

Jesús nos ha asegurado que en este anuncio y en este testimonio seremos "revestidos de poder desde lo alto" (v. 49), es decir, con el poder del Espíritu Santo. Aquí está el secreto de esta misión: la presencia entre nosotros del Señor resucitado, que con el don del Espíritu continúa abriendo nuestra mente y nuestro corazón, para anunciar su amor y su misericordia también en los ambientes más refractarios de nuestras ciudades. Es el Espíritu Santo el verdadero artífice del multiforme testimonio que la Iglesia y cada bautizado ofrece al mundo. Por lo tanto, no podemos jamás descuidar el recogimiento en la oración para alabar a Dios e invocar el don del Espíritu. En esta semana, que nos lleva a la fiesta de Pentecostés, permanezcamos espiritualmente en el Cenáculo, junto a la Virgen María, para acoger al Espíritu Santo. Lo hacemos también ahora, en comunión con los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para la tradicional súplica.

(PAPA FRANCISCO, Regina coeli, Plaza de San Pedro, Domingo 8 de mayo de 2016)

(cortesía: iveargentina.org)

Volver Arriba


[_Principal_]     [_Aborto_]     [_Adopte_a_un_Seminarista_]     [_La Biblia_]     [_Biblioteca_]    [_Blog siempre actual_]     [_Castidad_]     [_Catequesis_]     [_Consultas_]     [_De Regreso_a_Casa_]     [_Domingos_]      [_Espiritualidad_]     [_Flash videos_]    [_Filosofía_]     [_Gráficos_Fotos_]      [_Canto Gregoriano_]     [_Homosexuales_]     [_Humor_]     [_Intercesión_]     [_Islam_]     [_Jóvenes_]     [_Lecturas _Domingos_Fiestas_]     [_Lecturas_Semanales_Tiempo_Ordinario_]     [_Lecturas_Semanales_Adv_Cuar_Pascua_]     [_Mapa_]     [_Liturgia_]     [_María nuestra Madre_]     [_Matrimonio_y_Familia_]     [_La_Santa_Misa_]     [_La_Misa_en_62_historietas_]     [_Misión_Evangelización_]     [_MSC_Misioneros del Sagrado Corazón_]     [_Neocatecumenado_]     [_Novedades_en_nuestro_Sitio_]     [_Persecuciones_]     [_Pornografía_]     [_Reparos_]    [_Gritos de PowerPoint_]     [_Sacerdocip_]     [_Los Santos de Dios_]     [_Las Sectas_]     [_Teología_]     [_Testimonios_]     [_TV_y_Medios_de_Comunicación_]     [_Textos_]     [_Vida_Religiosa_]     [_Vocación_cristiana_]     [_Videos_]     [_Glaube_deutsch_]      [_Ayúdenos_a_los_MSC_]      [_Faith_English_]     [_Utilidades_]