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Solemnidad de la Santísima Trinidad B: Comentarios de Sabios y Santos II - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra proclamada durante la Celebración

 

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A su disposición

Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Santísima Trinidad

Aplicación: San Juan Pablo II - Este gran misterio de la fe

Aplicación: SS. Benedicto XV - El misterio de la fe cristiana

Aplicación: Mons. Díaz Díaz de San Cristobal de las Casas - Vivir la Trinidad

Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - Domingo de la Santísima Trinidad



 

 

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo


Aplicación: P. Alfredo Saenz, S.J. - La Santísima Trinidad

En este domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, la Iglesia lee las últimas líneas del evangelio de San Mateo, que contienen la misión que Cristo confió a sus Apóstoles de enseñar a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Dios trino. Después de haber recorrido, a lo largo del año litúrgico, la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta el envío del Espíritu Santo, se dedica este domingo a contemplar el misterio insondable de la Santísima Trinidad. La Trinidad, causa suprema de nuestra redención, y fin último de nuestra existencia, clausura este complejo proceso de la historia de la salvación, así como en la liturgia todas las oraciones se cierran con una alabanza trinitaria.

No se crea que este misterio es algo abstracto, que no interesa nuestro quehacer cotidiano. Trátase, por el contrario, de un misterio preñado de vida, como que expresa la intimidad misma de Dios, fuente inagotable de vida espiritual. Es, por cierto, el misterio más profundo de Dios que, lógicamente, excede de lejos los límites de nuestra pobre razón humana. Pero aun cuando reservemos para la vida futura la gracia de contemplarlo sin velos, intentemos ahora, con la ayuda de Dios, entreabrir un poco su telón.

¿Qué podemos decir acerca de la Trinidad? Dios es tan rico y fecundo que, al conocerse, desde toda la eternidad, engendra una Persona, su Imagen plena, el Hijo de Dios: si el Padre es fuente, el Hijo es río; si el Padre es sol, el Hijo es su resplandor. Y el amor entre el Padre y el Hijo es tan intenso que de él brota otra Persona, el Espíritu Santo. Poco más es lo que nuestra fe nos permitiría agregar acerca de esa inefable vida intratrinitaria. Dejemos, pues, esas alturas que dan vértigo, para considerar cómo cada una de las Personas han actuado en la historia de salvación. Es cierto que las acciones de las Tres Personas hacia afuera son comunes y conjuntas. Sin embargo, podemos atribuir a cada una de ellas una actividad específica. Incluso la revelación de las tres Personas ha sido progresiva, comportándose Dios como un pedagogo que se da a conocer al hombre paso a paso.

— El Antiguo Testamento nos revela especialmente la acción del Padre a quien, en su bondad inmensa, en un desborde de amor, se le atribuye de manera particular la creación.

— El Nuevo Testamento nos presenta la obra del Hijo de Dios hecho hombre. La Encarnación del Verbo nos permite, como es obvio, conocer mejor al Hijo, pero al mismo tiempo su luz nos descubre más al Padre, porque, según vimos, el Hijo es la Imagen del Padre, Imagen hecha visible a los hombres. El Hijo de Dios hecho carne nos reveló su infinita generosidad entregándose a sí mismo por nosotros y ofreciéndonos en herencia todos los misterios de su vida: para que su nacimiento purificase nuestro nacimiento, para que su muerte destruyese la nuestra, para que su resurrección precediese nuestra resurrección, para que su ascensión preparase la nuestra. Una vez cumplida su misión, retornó a la casa de donde había partido, al seno de su Padre, quien lo colocó a su diestra. Debemos agregar que Jesús no sólo nos reveló mejor al Padre sino que también nos dio un esbozo de la persona del Espíritu Santo, el cual tuvo ocasión de manifestarse acompañando a Cristo en sus misterios.

— Con la desaparición visible de Cristo, a raíz de su Ascensión, comienza propiamente la obra del Espíritu Santo en la Iglesia, complementando lo realizado por Jesús, quien antes de irse nos había dicho: "No os dejaré huérfanos". Pentecostés es el punto de partida de la acción del Espíritu. Esta acción se prolongará a lo largo de toda la historia de la Iglesia ya que, si bien es cierto que la revelación quedó concluida con la muerte del último Apóstol, sin embargo el Espíritu no cesa de ayudar a los fieles en la adquisición de una inteligencia más penetrante de esa misma revelación. El es el enviado del Padre y del Hijo, la alegría de Dios, porque es fruto del amor, del éxtasis divino. El nos hace pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte a la resurrección, es el germen de la vida divina, el que obra nuestra santificación. El es la solidez de nuestra vida espiritual, la fecundidad de nuestro apostolado, la fortaleza que pulveriza nuestra capacidad de cobardía.

Resumiendo podemos decir: Desde toda la eternidad, el Padre engendra al Hijo, y de ambos deriva el Espíritu. También en este orden la Santísima Trinidad se fue revelando progresivamente a lo largo de la historia de salvación. En cambio nuestra santificación sigue el proceso inverso al de la revelación divina, ya que comienza por obra del Espíritu, el cual nos conduce al Hijo, para hacernos hijos en el Hijo, de modo que desde allí podamos llamar a Dios "Abba", es decir, "Padre". Tal es la fórmula tradicional: en el Espíritu por Cristo al Padre. Aclarémoslo un poco más. El mismo Espíritu que llena el universo, penetra igualmente nuestra alma; la vivifica, haciéndola nacer a la vida "espiritual", en el sentido fuerte del término; en una palabra, como dice San Pablo en la epístola de hoy, "se une a nuestro espíritu, para dar testimonio de que somos hijos de Dios"; o sea, nos introduce en Cristo, el Hijo por antonomasia, gracias al cual alcanzamos la filiación divina. Y por Cristo llegamos al Padre. El Hijo y el Espíritu son como las dos manos por las que el Padre atrae a los hombres hacia sí. Tal es el circuito admirable de nuestra redención: todo viene de Dios —a partir del Padre por el Hijo en el Espíritu—, y todo retorna a Dios —a partir del Espíritu por el Hijo hasta llegar al Padre.

Así, pues, no solamente conocemos al Padre, al Hijo y al Espíritu por lo que nos dice el catecismo o la teología, sino también por la experiencia que tenemos de su presencia y de su acción en nosotros y en el conjunto de la Iglesia. Gracias al Bautismo hemos ingresado en la Iglesia, la familia de Dios. La Iglesia es la casa del Padre: en ella todos somos hijos de un Padre común; allí vivimos en contacto permanente con el Hijo —como los sarmientos con la Vid—, con el Hijo que es la cabeza de la Iglesia; allí el Espíritu está siempre rebrotando en santidad. Que todos sean uno, rogó Jesús, "como tú, Padre, y yo somos uno". Si antaño Dios pudo decir: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, ahora podría agregar: Así como nosotros somos Tres Personas en la unidad de un solo Dios, que también ellos, sin dejar de ser personas, se hagan uno en Cristo.

Sigamos la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Allí tributaremos "por Cristo, con él y en él, a Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria". Gracias a la Eucaristía, el cuerpo glorioso de Cristo, dominado por el Espíritu, penetrará más profundamente en nosotros para llevarnos al Padre. Gracias a ella, progresaremos un poco más en la intimidad de la familia divina, viviremos más entrañados en la Trinidad. Hasta que un día, hechos ofrenda eterna, podamos cantar en la eternidad el himno de los ángeles que ya comenzamos a entonar en la tierra: Santo, Santo, Santo; Santo el Padre, Santo el Hijo, Santo el Espíritu, exaltando las maravillas de aquella Trinidad cuya gloria llena los ciclos y la tierra.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 164-167)


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Aplicación: San Juan Pablo II - Este gran misterio de la fe


1. «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: al Dios que es, que era y que vendrá» (Aclamación del Aleluya).

La Iglesia repite sin cesar esta aclamación a la santísima Trinidad. En efecto, la oración cristiana comienza con el signo de la cruz: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y concluye a menudo con la doxología trinitaria: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, Padre, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos».

La comunidad de los creyentes eleva cada día una ininterrumpida aclamación trinitaria, pero hoy, primer domingo después de Pentecostés, celebramos de modo especial este gran misterio de la fe.

Gloria tibi, Trinitas, aequalis, una Deitas, et ante omnia saecula et nunc et in perpetuum! «Gloria a ti, Trinidad, en la igualdad de las Personas, único Dios, antes de todos los siglos, ahora y por siempre» (Primeras Vísperas de la solemnidad de la santísima Trinidad).

En esta fórmula litúrgica contemplamos el misterio de la unidad inefable y de la inescrutable Trinidad de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es lo que profesamos en el Credo apostólico:

«Creo en un solo Dios (...).
Creo en un solo Señor, Jesucristo (...).
Por obra del Espíritu Santo
se encarnó en el seno de María,
la Virgen,
y se hizo hombre».


El Credo niceno-constantinopolitano prosigue:

«Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas».


Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Este es el Dios de nuestra fe: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

2. La liturgia de la Palabra nos invita a profundizar nuestra fe trinitaria. En la primera lectura, tomada del Deuteronomio, hemos escuchado las palabras de Moisés, que nos recuerdan cómo Dios se eligió un pueblo y se le manifestó de modo especial. El concilio Vaticano II, después de afirmar que el hombre, por la creación, puede llegar a conocer a Dios como Ser primero y absoluto, anota que Dios mismo se reveló a la humanidad, en primer lugar a través de mediadores y, luego, por medio de su Hijo (cf. Dei Verbum, 3-4). El Dios que hoy confesamos es el Dios de la Revelación y creemos todo lo que él ha querido revelar de sí mismo.

Las lecturas bíblicas de este domingo ponen de relieve que Dios vino a hablar de sí mismo al hombre, revelándole quién es. Y eligió a Israel como destinatario de su manifestación. Dijo al pueblo escogido: «Pregunta (...) a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás (...) algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?» (Dt 4, 32-33). Con estas palabras Moisés quiere aludir a la manifestación de Dios en el monte Sinaí y a la entrega de los diez mandamientos, así como a su experiencia personal en el monte Horeb. En esa ocasión Dios le había hablado desde la zarza ardiente, encomendándole la misión de liberar a Israel de la esclavitud de Egipto y le había revelado su propio nombre: «Yahveh» «Yo soy el que soy» (cf. Ex 3, 1-14).

3. Estos textos bíblicos nos sirven de guía en un camino de profundización del misterio trinitario, que lleva desde Moisés hasta Cristo. El evangelista san Mateo refiere que, antes de subir al cielo, el Resucitado dijo a los discípulos: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19). El misterio manifestado a Moisés desde la zarza ardiente es revelado plenamente en Cristo en su aspecto trinitario. En efecto, por medio de él descubrimos la unidad de la divinidad, la trinidad de las Personas. Misterio del Dios vivo, misterio de la vida de Dios. Jesús es profeta de este misterio. Él se ofreció a sí mismo en sacrificio sobre el altar de este inmenso misterio de amor.


6. «Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15).

San Pablo, con estas palabras, pone de manifiesto que la Iglesia apostólica anuncia a la santísima Trinidad. Dios se revela como dador de vida por medio de Cristo, único Mediador.

Creemos en el Hijo de Dios, que trajo la vida divina como fuego, para que se encendiera sobre la tierra. Creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida. Por obra del Espíritu Santo los creyentes son constituidos hijos en el Hijo, como escribe san Juan en el Prólogo de su evangelio (cf. Jn 1, 13). Los hombres, engendrados por el Espíritu, se dirigen a Dios con las mismas palabras de Cristo, llamándolo: «¡Abbá, Padre! ».

Por el bautismo hemos sido injertados en la comunión trinitaria. Todo cristiano es bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; es inmerso en la vida de Dios. ¡Qué gran don y gran misterio!

Con mucha razón, por consiguiente, la Iglesia canta con profunda gratitud en el Te Deum su fe en la Trinidad:

«Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus sabaoth».
«Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria.
Te aclama el coro de los Apóstoles
y el blanco ejército de los mártires;
la santa Iglesia proclama tu gloria,
adora a tu único Hijo,
y al Espíritu Santo Paráclito». Amén.
(Solemnidad de la Santísima Trinidad, Domingo 25 de mayo de 1997)




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Aplicación: SS. Benedicto XV - El misterio de la fe cristiana

Queridos hermanos y hermanas:

Después del tiempo pascual, que culmina en la fiesta de Pentecostés, la liturgia prevé estas tres solemnidades del Señor: hoy, la Santísima Trinidad; el jueves próximo, el Corpus Christi, que en muchos países, entre ellos Italia, se celebrará el domingo próximo; y, por último, el viernes sucesivo, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Cada una de estas celebraciones litúrgicas subraya una perspectiva desde la que se abarca todo el misterio de la fe cristiana; es decir, respectivamente, la realidad de Dios uno y trino, el sacramento de la Eucaristía y el centro divino-humano de la Persona de Cristo. En verdad, son aspectos del único misterio de salvación, que en cierto sentido resumen todo el itinerario de la revelación de Jesús, desde la encarnación, la muerte y la resurrección hasta la ascensión y el don del Espíritu Santo.

Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia" (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el "nombre" de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

"¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del "nombre", la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el "tejido" del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. "En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su "genoma" la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.

La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.
(Solemnidad de la Santísima Trinidad, Ángelus del Domingo 7 de junio de 2009)



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Aplicación: Mons. Díaz Díaz de San Cristobal de las Casas - Vivir la Trinidad


Deuteronomio 4, 32-34. 39-40: “El Señor es el Dios del cielo y de la tierra, y no hay otro”.
Salmo 32: “Dichoso el pueblo escogido por Dios”.
Romanos 8, 14-17: “Ustedes han recibido un espíritu de hijos en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”.
Mateo 28, 16-20: “Bauticen a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Santísima Trinidad y Sagrada Familia

 
Hay un precioso mosaico que sirvió como símbolo del Encuentro Mundial de las Familias en Milán en 2012. Cuenta con hermosos colores que ofrecen una oportunidad para purificar nuestros ojos. La luz y el color inicialmente nos atraen. Luego distinguimos las formas, muy sencillas de tres personas: Jesús, José y María. Hay paz en estas tres personas. Una paz que se expresa en los colores y en la luz. José mira hacia lo alto como para tomar inspiración desde el cielo. El cielo se abre y “la Mano de Dios” hace descender una llama de Amor sobre el mundo. En particular “la Llama” baja sobre María que fija sus ojos sobre cada uno de nosotros como se mira a un hijo predilecto. Mientras tanto, con gesto de madre, sostiene los primeros pasos de Jesús que camina hacia nosotros y fija sus ojos en los nuestros como diciendo: “Aquí estoy para ti como un don, un don para tu corazón, un don de amor que nace del corazón de la Trinidad y se encarna en la Sagrada Familia”. Familia de carne y modelo de familia sostenida y cimentada en el Amor Trinitario.

Todos los días iniciamos nuestra jornada “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Todos los días queremos vivir a plenitud esa participación que nos ofrece nuestro Dios Trino y Uno. Pero hoy nuestra celebración tiene un sentido muy especial. Es cierto que cada día, y en especial los domingos, nuestra alabanza y contemplación están dirigidas a nuestro Dios, es cierto que siempre todo lo que hacemos tiene su origen y su finalidad en Él, pero hoy lo queremos hacer de un modo más consciente, detenernos un momento y contemplarlo, experimentar su vida interior, y dejarnos “bañar”, envolver, por su amor. Moisés, en la primera lectura de este domingo, se deshace en elogios y alabanzas a un Dios que ha mostrado su poder a favor del pueblo, que ha creado con amor especial al hombre, que le habla, que lo acompaña, que lo ha sacado de la esclavitud para hacerlo su pueblo. Dios es alguien que se ha revelado, se ha descubierto y ha dejado entrever su rostro en medio del fuego. Se vincula con toda la persona; ha convertido a Israel en su pueblo predilecto; ha pasado a ser su propiedad personal. Todos estos beneficios han sido gratuitos, inmerecidos por parte de los israelitas. Y por eso Moisés le pide al pueblo que no lo olvide, que su ley es ley de vida para mantener la relación con Dios, fuente de felicidad.

Cuando escucho a Moisés hablar y expresarse así de Dios, me resulta extraño oír a quienes afirman que el Dios del Antiguo Testamento es un dios cruel y castigador… Es cierto, es celoso, pero por amor. Pero más extrañas me resultan las imágenes que muchos de nosotros tenemos de Dios, reducido a caricatura de lo que no es. A una especie de tapagujeros para solucionar lo que nuestra ignorancia o pereza no han descubierto. Alguien a quien echarle la culpa de nuestros complejos y fracasos. Alguien lejano y al mismo tiempo inquisidor. Y entonces, cuando se tiene este concepto tan erróneo de Dios, se acaba por negarlo, aunque después se le busque en la belleza, en la justicia, en el deseo de comunidad y de amor.

Si ya en el Antiguo Testamento encontrábamos destellos de esta bondad y belleza de un Dios cercano, con Cristo, “el Verbo hecho carne”, Dios rompe los muros donde lo habíamos encerrado, el cielo, el templo y el santuario, y se hace caminante, compañero, amigo y hermano. Un rostro que descubre y devela un gran misterio y que nos llama a conocerlo y vivirlo: “Ven y lo verás”. “No los llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su amo, los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he aprendido del Padre.” Y nos invita a participar de esa vida, unidad y dinamismo que en compañía del Espíritu están viviendo. Su deseo es que: “todos sean uno como tú en mí y yo en ti somos uno”. Nuestro Dios en su misterio más íntimo no es soledad, sino una familia. Y a esta unidad y vitalidad nos invita el Señor Jesús. Es el misterio que nos quiere revelar, pero no para examinarlo científicamente, sino para vivirlo en amor y amistad. Los científicos ahora se preocupan de las glándulas y hormonas que ayudan o estorban a despertar el amor o la amistad, pero quien ama de verdad, quien es amigo de verdad, no necesita descripciones sino la experiencia del amor. Así también Jesús nos llama y nos invita a vivir en esta armonía, dinámica y creadora, de la Santísima Trinidad, donde todo es unidad, creación y explosión de amor. Como dice San Pablo podemos llamar cariñosamente a Dios “Abbá”, “Papá”, con la sencillez de un niño, guiados por el Espíritu y sostenidos por nuestro hermano Jesús.

¿Hemos vivido esta experiencia a la que nos invita Jesús? ¿Hemos exprimentado la unión y el amor trinitario en nuestras vidas? Entonces no podremos callarlo. El envío de Jesús en el evangelio no tendría ningún sentido si no hemos vivido el amor en primera persona. No tiene sentido “bautizarse”, sumergirse, perderse en la Trinidad, si no estamos llenos del Espíritu de Amor. No es cuestión de aprendizaje, es cuestión de vida, de dejarse amar, de perderse en el infinito de este Dios Trino que nos llena de toda su vida, de su amor y de su Espíritu creador. Nuestro envío tiene el mismo sentido y el mismo poder de Jesús: “Así como el Padre me ha enviado”. Entonces también nosotros somos enviados a proclamar, a vivir y a anunciar el amor que hay en nuestro Dios. Necesitamos compartir lo que nosotros hemos experimentado y a hacer partícipes de este amor a todos los hombres. Día de la Santísima Trinidad, día en que debemos vivir plenamente esta comunión con nuestro Dios, con nuestra familia y con todos nuestros hermanos ¿Cómo lo estamos viviendo?

Dios Padre, que al enviar al mundo al Verbo de verdad y al Espíritu de santidad, revelaste a los hombres tu misterio admirable, concédenos que al profesar la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la unidad de su majestad omnipotente. Amén.
(Mons. Enrique Díaz Díaz, San Cristóbal de las Casas, 29 de mayo de 2015, ZENIT.org)


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Aplicación: P. Jorge Loring S.I. - Domingo de la Santísima Trinidad

1.- San Juan dice que Dios es AMOR.

2.-A Dios no puede faltarle nada que le sea esencial.

3.- Si Dios es AMOR necesita ALGUIEN a quien amar.

4.- Y esto desde toda la eternidad.

5.- Por eso Dios es TRINO.

6.- Esto ilumina el misterio de LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

7.- El misterio consiste en que siendo un sólo DIOS VERDADERO, en Él hay tres personas distintas: EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU SANTO.

8.- Aunque no pretendemos entender a la perfección el misterio, hay comparaciones que que lo iluminan.

9.- Es tradicional lo del triángulo: en el triángulo cada ángulo abarca completamente el triángulo entero, lo mismo que cada persona de la SANTÍSIMA TRINIDAD es el mismo Dios.

10.- También es bonito lo de las tres cerillas: tres cerillas unidas y encendidas, cada cerilla posee la misma llama que las otras dos.

11.- Cada vez que nos santiguamos honramos a la Santísima Trinidad. Así empezamos las oraciones, la Santa Misa, los sacramentos y muchas obras. Y al persignarnos hacemos una cruz en la frente refiriéndonos al Padre que está sobre todo, otra en la boca indicando al Hijo que es la Palabra del Padre, y otra sobre el corazón simbolizando al Espíritu Santo que es Amor.


(Cortesía: NBCD e iveargentina.org)

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