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Solemnidad de la Santísima Trinidad B - Iglesia del Hogar: en Familia, como Iglesia doméstica, preparamos la Acogida de la Palabra de Dios proclamada durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 

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¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Introducción a la Palabra de Dios

Primera lectura: Dt 4, 32-34.39-40

No se necesita ver a Dios con nuestros ojos para poder creer en El. Moisés les recuerda a los israelitas los grandes rasgos de la historia de salvación que Dios se ha realizado con ellos. Esta realidad debe reflejarse en el comportamiento de los creyentes. También a nosotros Dios ha venido a buscar a fuerza de pruebas, milagros con mano firme y brazo extendido. El mismo Hijo de Dios se ha hecho hombre para buscarte a ti y a mí. Esta lectura debe animarte a descubrir la historia de salvación personal que Dios ha hecho contigo.

Segunda lectura: Rom 8, 14-17

La presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones es garantía y estímulo a la vez. Somos hijos de Dios y la presencia del Espíritu Santo nos asegura que ya estamos participando de la herencia de los elegidos. Que las palabras de San Pablo nos animen a estar más atentos al Espíritu Santo que nos orienta en todo momento y nos ayuda a adoptar posturas cristianas.

Evangelio: Mt 28, 16-20

Nuestra vida cristiana está sellada por la fe en la Trinidad de las personas y la unidad de su divinidad. En su nombre hemos sido bautizados. Esta fe debe impulsarnos a anunciar a todos los hermanos del mundo el amor de Dios para que puedan ellos también participar de las promesas del Señor. Escuchemos el encargo de Cristo y cobremos ánimo porque El estará con nosotros hasta el final de los tiempos.

 

Reflexionemos los padres

La encarnación del Hijo de Dios es un signo potente de que Dios quiere estar con nosotros. Pero Dios quiere que el hombre se sienta libre por eso se hizo invisible. Sin embargo, siempre camina con nosotros, nos protege, nos hace sonreír con confianza. ¿Cómo darnos cuenta de que esto es así? Pues Dios llena nuestra vida de signos de su presencia. Pensemos solamente en la Iglesia, en los sacramentos, en su palabra que nos acompaña todos los días si queremos. Pero también en nuestra vida personal hay acontecimientos y momentos donde nos damos cuenta cuánto Dios nos ama. Por eso necesitamos aprender a ser sensibles a estos signos. La oración diaria, la contemplación de la palabra de Dios diaria, el caminar juntos en la fe: todo ello nos sensibiliza cada vez más a percibir la presencia de Dios por medio de una fe cada vez más fuerte. Esto no significa que no haya momentos de oscuridad, de incertidumbre, de crisis. Aferrándonos firmemente a estos signos que hemos contemplado experimentaremos también la luz de la fe en la oscuridad del sufrimiento. Reflexionemos cómo hacer para que nuestra oración y la lectura y meditación diaria de un pasaje bíblico nos pueden ayudar a crecer en esta sensibilidad.

 

Reflexionemos con los hijos

Dios nos ama. Ha creado el universo y a nosotros también. A veces quisiéramos ver a Dios, comprenderlo y escuchar cómo nos habla y cómo contesta a nuestras preguntas.

Cuentan una hermosa leyenda de San Agustín. El gran sabio estaba meditando como era posible que la santísima Trinidad fuera un solo Dios en tres personas distintas. No encontraba respuesta. Se puso a caminar a la orilla del mar y observó como un niño había cavado un hoyo en la arena. Corría hacia el mar. Llenaba su baldecito de agua y echaba el agua al hoyo que había cavado. Iba y venía, iba y venía. San Agustín le preguntó al niño: “Niño, ¿qué estás haciendo?” El niño le contestó: “Voy a echar todo del mar en este hoyo”. El Santo le contestó: “¡Eso es imposible!” Cuenta la leyenda que el niño le contestó: “Más imposible es comprender el misterio de la Santísima Trinidad”.

Aunque sea invisible y no se puede comprender a Dios - porque si le podríamos meterlo en nuestra cabeza no sería Dios infinito y omnipotente. Pero nos ama tanto que se ha hecho niño. Y este niño ha crecido y se ha hecho hombre y nos ha contado cómo es el Padre celestial. Ha cargado con nuestros pecados y los ha estrellado en la cruz en su muerte. Y el Padre lo ha resucitado para que nosotros también podamos resucitar. Dios nos acompaña cada día con su amor. Por eso necesitamos abrir los ojos de nuestra fe para darnos cuenta de todo ello. Basta contemplar cómo sale el sol en la mañana para darnos cuenta lo maravilloso que es Dios. El está siempre cerca. Por eso podemos hablarle en la oración de la mañana y de la noche, darle las gracias y bendecir la mesa por los dones que nos da, pedir perdón por las faltas que hemos cometido y compartir nuestra fe con otros también.

 

Conexión eucarística

Cada celebración de la Santa Misa comienza con la señal de la cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Podemos celebrar la eucaristía porque el bautismo nos ha hecho hijos de Dios y la Santísima Trinidad mora en nuestro corazón. Por medio de la palabra Dios nos habla y por medio de la eucaristía podemos participar en el sacrificio eucarístico y la presencia trinitaria se hará cada vez más fuerte en nuestro corazón.

 

Vivencia familiar

Queremos insistir en lo que les hemos propuesto el año pasado acerca de la necesidad de crear en el hogar el lugar (el rincón) de Dios. Puede ser - como los vemos aun hoy en día en muchos lugares - un modesto crucifijo en la esquina del cuarto. La cruz aparece luego como inclinándose hacia el que lo contempla. O también algo más elaborado: en una mesita o repisa fijada en la pared se colocan velas, flores, una lucecita roja etc.  Encima se cuelgan la cruz y las imágenes de la Virgen y de los santos patronos de la familia. En la mesa o repisa pueden colocarse la Biblia y  un florero con flores. ¡Pero, por favor, nada de flores artificiales! Una manera muy económica de mantener siempre viva la luz roja como expresión de la fe del hogar, consiste en utilizar aceite. Se puede armar un flotador cortando un pedazo de corcho, pegar encima un pedazo de lata fina y atravesar todo con un clavo para pasar la mecha. El vaso que contiene el aceite se pinta de rojo. De esta manera existe en el hogar un lugar que concentra la fe, donde la familia  se reúne a rezar. Por turno los miembros de la familia (también el papá) se encargan de mantener el adorno y la lucecita prendida. Hay familias cuyos miembros tienen la costumbre de leer un pasaje de la Biblia antes de salir y después de regresar.

 

Nos habla la Iglesia

Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo 15 y 7: [… Los fieles, por medio de la Eucaristía], al tener acceso a Dios Padre por medio de su Hijo, el Verbo encarnado, que padeció y fue glorificado, en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la comunión con la Santísima Trinidad, hechos “partícipes de la divina naturaleza” (2 Pe 1, 4). […] Cuanto más estrecha sea su comunión [de los fieles] con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntimamente y más fácilmente podrán aumentar la mutua hermandad.

Vaticano II decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros 14: […]  hallarán la unidad de su propia vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así se unirán con su Señor, y, por El, con el Padre, en el Espíritu Santo, para que puedan llenarse de consolación y sobre apuntar de gozo.

 

Leamos la Biblia con la Iglesia

Vea la semana que corresponde en el tiempo ordinario.

 

Oraciones

Oh, Trinidad eterna

¡Oh Trinidad eterna! Tú eres un mar sin fondo en el que, cuanto más me
hundo, más te encuentro; y cuanto más te encuentro, más te busco
todavía. De ti jamás se puede decir: ¡basta! El alma que se sacia en
tus profundidades, te desea sin cesar, porque siempre está hambrienta
de ti, Trinidad eterna; siempre está deseosa de ver tu luz en tu luz.


Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes, así mi alma
ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo, para verte de verdad...


¿Podrás darme algo más que darte a ti mismo? Tú eres el fuego que
siempre arde, sin consumirse jamás. Tú eres el fuego que consume en sí
todo amor propio del alma; tú eres la luz por encima de toda luz...
Tú eres el vestido que cubre toda desnudez, el alimento que alegra con
su dulzura a todos los que tienen hambre. ¡Pues tú eres dulce, sin
nada de amargor!


¡Revísteme, Trinidad eterna, revísteme de ti misma para que pase esta
vida mortal en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima,
con la que tú has embriagado a mi alma!

 

Oración a la Santísima Trinidad

Creo en Ti Dios Padre, creo en Ti Dios Hijo, creo en Ti Dios Espíritu Santo, pero aumentad mi fe.
Espero en Ti Dios Padre, espero en Ti Dios Hijo, espero en Ti Dios Espíritu Santo, pero aumentad mi esperanza.
Te amo Dios Padre, te amo Dios Hijo, mi Señor Jesucristo Dios y hombre verdadero, te amo Dios Espíritu Santo, pero aumentad mi amor.
Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo, Gloria a la Santísima e indivisa Trinidad, como era en el principio, ahora y siempre, por todos los siglos de los siglos. Amen

Padre omnipotente, ayuda mi fragilidad y sácame del abismo de mi miseria. Sabiduría del Hijo, endereza todos mis pensamientos, palabras y obras de este día. Amor del Espíritu Santo, sé el principio de todas las obras de mi alma, para que sean siempre conformes con la Voluntad del Padre.
A Ti Padre Ingénito, a Ti Hijo Unigénito, a Ti Espíritu de Santidad, un solo Dios en Trinidad, de todo corazón te confieso, te bendigo , te alabo.
A Ti, Trinidad Santísima se te dé siempre, todo honor, gloria y alabanza por toda la eternidad.

 Amen.

 

ORACIÓN DE ROMANO GUARDINI

En Cristo se nos ha abierto la hondura de la vida escondida de Dios. Su naturaleza, palabra y obra tan llenas de la realidad de lo sagrado. Pero de ella brotan figuras vivas: el Padre, en su omnipotencia y bondad; el Hijo, en su verdad y amor redentor , y entre ellos, el desprendido, el creador, el Espíritu.

Es un misterio que supera todo sentido; y hay gran peligro de escandalizarse de él. Pero yo no quiero un Dios que se ajuste a las medidas de mi pensamiento y esté formado a mi imagen. Quiero el auténtico, aunque sé que desborda mi intelectual capacidad. Por eso, ¡oh Dios vivo!, creo en tu misterio, y Cristo, que no puede mentir, es su fiador.

Cuando anhelo la intimidad de la compañía, tengo que ir a los demás hombres; y por más honda que sea la ligazón y más hondo que sea el amor, seguimos, sin embargo, separados. Pero tú encuentras tu propio «tú» en ti mismo. En tu misma hondura desarrollas el diálogo eterno. En tu misma riqueza tiene lugar el perpetuo regalo y recepción del amor.

Creo, ¡oh Dios!, en tu vida una y trina. Por ti creo en ella, pues ese misterio cobija tu verdad. En cuanto se abandona, tu imagen se desvanece en el mundo. Pero también, ¡oh Dios!, creo en ella por nosotros, porque la paz de tu eterna vida tiene que llegar a ser nuestra patria. Nosotros somos tus hijos, ¡oh Padre!; tus hermanos y hermanas, Hijo de Dios, Jesucristo, y tú, Espíritu Santo, eres nuestro amigo y maestro.

 

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
DE JUAN PABLO II

1. Bendito seas, Padre, que en tu infinito amor nos has dado a tu Unigénito Hijo, hecho carne por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen María, y nacido en Belén hace ahora dos mil años.

Él se ha hecho nuestro compañero de viaje y ha dado nuevo significado a la historia, que es un camino hecho juntos, en el trabajo y en el sufrimiento, en la fidelidad y en el amor, hacia aquellos cielos nuevos y hacia aquella tierra nueva, en la que Tú, vencida la muerte, serás todo en todos.

¡Alabanza y gloria a Ti, Trinidad Santísima, único y sumo Dios!

2. Haz, Padre, que por tu gracia el este año sea un tiempo de conversión profunda y de alegre retorno a Ti; concédenos que sea un tiempo de reconciliación entre los hombres y de redescubierta concordia entre las naciones; tiempo en el que las lanzas se truequen en hoces, y al fragor de las armas sucedan cantos de paz. Concédenos, Padre, vivir el año dóciles a la voz del Espíritu, fieles en el seguimiento de Cristo, asiduos en la escucha de la Palabra y en la asiduidad a las fuentes de la gracia.

¡Alabanza y gloria a Ti, Trinidad Santísima, único y sumo Dios!

3. Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu, el empeño de la Iglesia en favor de la nueva evangelización y guía nuestros pasos por los caminos del mundo para anunciar a Cristo con la vida, orientando nuestra peregrinación terrena hacia la Ciudad de la luz. Haz, Padre, que brillen los discípulos de tu Hijo por su amor hacia los pobres y oprimidos; que sean solidarios con los necesitados, y generosos en las obras de misericordia, e indulgentes con los hermanos para obtener ellos mismos de Ti indulgencia y perdón.

¡Alabanza y gloria a Ti, Trinidad Santísima, único y sumo Dios!

4. Haz, Padre, que los discípulos de tu Hijo, purificada la memoria y reconocidas las propias culpas, sean una sola cosa, de suerte que el mundo crea. Otorga que se dilate el diálogo entre los seguidores de las grandes religiones, de suerte que todos los hombres descubran la alegría de ser tus hijos.

Haz que a la voz suplicante de María, Madre de las gentes, se unan las voces orantes de los apóstoles y de los mártires cristianos, de los justos de todo pueblo y de todo tiempo, para que el año sea para todos y para la Iglesia, motivo de renovada esperanza y de júbilo en el Espíritu.

¡Alabanza y gloria a Ti, Trinidad Santísima, único y sumo Dios!

5. ¡A Ti, Padre omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el Viviente, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu que santifica el universo, la alabanza, el honor, la gloria, hoy y en los siglos sin fin. Amén!

(De Juan Pablo II, para el Jubileo 2000)

 

 

 

 



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