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Domingo 2 de Cuaresma C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Alois Stöger - Manifestación del Mesías Sufriente - (Lc 9, 28-43)

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La Transfiguración

Santos Padres: San Ambrosio - La Transfiguración (Lc 9, 28-36)

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Por la Cruz a la Luz (Lc 9, 28-36)

Aplicación: Beato Dom Columba Marmion - En la cumbre del Tabor

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - La Transfiguración

Aplicación: Benedicto XVI - La gloria de Cristo

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Escuchadle

#Ejemplos

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Alois Stöger - Manifestación del Mesías Sufriente - (Lc 9, 28-43)


28 Unos ocho días después de estos discursos, tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago, y subió al monte para orar.

La transfiguración se pone en relación con la confesión de Pedro y el subsiguiente anuncio de la pasión: ocho días después de estos discursos. La transfiguración representa y confirma lo que ha anunciado Jesús. El monte es el lugar de las epifanías de Dios. En el monte de Dios, Horeb, vio Moisés a Dios en la zarza ardiente (Ex 3). Israel vio el monte Sinaí completamente cubierto de humo porque el Señor había descendido a él en el fuego (Exo 19:18).

Para Lucas no tiene importancia dónde está situado el monte de la transfiguración ni cómo se llama. Lo que en cambio le importaba era decir que Jesús subió al monte para orar. Antes de recibir de los discípulos la confesión de Mesías y antes de comenzar la revelación de su pasión y muerte, había orado Jesús en la soledad. Ahora que va a hacerse visible aquello de que ha hablado, vuelve otra vez a orar. La proclamación y la manifestación de Jesús supone su oración, la comunión con el Padre. Aquello de que habla a los hombres lo trata primero con el Padre.

Los tres discípulos a los que toma consigo habían sido también testigos de la resurrección de la hija de Jairo. También serán testigos de su agonía en el huerto de los Olivos. Antes de que lo vean en su angustia mortal les hace el presente de contemplarlo como triunfador del poder de la muerte. Él tiene poder sobre la muerte de la muchacha; transfigurado, triunfa también de su propia muerte. Sólo elige tres, porque tres testigos son más que suficientes para la prueba de una verdad (Deu 19:15). Probablemente sólo toma a tres para que le acompañen al monte, porque la glorificación de Jesús debe ser un misterio de fe hasta su venida gloriosa, como también el resucitado sólo apareció a los testigos señalados de antemano por Dios (Hec 10:41).


29 Y mientras estaba orando, el aspecto de su rostro se transformó, y su ropaje se volvió de una blancura deslumbrante.

El mundo divino se muestra en resplandores de luz. «Tú te cubres de luz como con un manto» (Sal 104:2; 1Ti 6:16). La gloria de Dios brilla como un relámpago y penetra entera la persona de Cristo, hasta sus vestiduras. Jesús se manifiesta como el Cristo de Dios, como ha de venir un día con el poder y el esplendor de un soberano. Lo que confesó Pedro se hace ahora visible.

Dios manifestó a Jesús, mientras éste oraba. Durante la oración vino el Espíritu sobre él en el bautismo. Orando muere, y ya comienza a brillar su gloria en la confesión del centurión. Del bautismo arranca un arco que, pasando por la transfiguración, se extiende hasta la resurrección. El camino de la gloria es la confesión de la propia nada en la oración, la cual se experimenta sobre todo en la muerte. En la oración se expresa la prontitud para la entrega a la voluntad de Dios, se sientan las bases para el don de la glorificación por Dios.


30 Y he aquí que dos hombres conversaban con él; eran Moisés y Elías, 31 que, aparecidos en gloria, hablaban de la muerte que había de sufrir él en Jerusalén.

El resplandor de la gloria de Dios envuelve también a los dos hombres que se aparecen y los muestra como figuras celestiales. Los evangelistas ven en ellos a Moisés y Elías. De los dos se decían que habían sido trasladados al cielo. Ambos son «profetas, poderosos en obras y en palabras», ambos fueron puestos en estrecha relación con la venida del Mesías: Elías fue preparador del camino del Mesías, Moisés fue su imagen y modelo según el dicho de los doctores de la ley: Como el primer redentor (Moisés), así el segundo (el Mesías). Ambos son figuras de la pasión. Los Hechos de los apóstoles presentan a Moisés como siervo de Dios incomprendido y repudiado (Hec 7:17-44), Elías se queja ante Dios de que sus adversarios conspiran contra su vida (lRe 19,10). La imagen de Elías asoma ya en la resurrección del hijo de la viuda de Naím, la de Moisés en la multiplicación de los panes para dar de comer al pueblo en el desierto. Las dos grandes figuras del Antiguo Testamento brillan en el resplandor de la gloria de Dios, pero ambos tuvieron que pasar antes por el sufrimiento. En ellos se diseña el camino de Jesús: por la pasión a la gloria de Dios, por el destino del siervo de Dios al divino esplendor del Mesías. Las dos grandes figuras del Mesías hablaban de la muerte que había de sufrir él en Jerusalén. Ambos confirman el anuncio de la pasión y de la muerte. El sufrimiento y la muerte forman parte del designio trazado por Dios mismo, hacía mucho tiempo, en la Escritura, en la ley y en los profetas. Tenía que cumplirse en Jerusalén (Luc 9:51; Luc 13:22; Luc 17:11; Luc 18:31; Luc 19:11; Luc 24:36-53; Hec 1:4-13): la muerte y la glorificación. Allí termina su camino y comienza su gloria. La muerte de Cristo en Jerusalén es el punto central de la historia salvífica. Hacia este punto miran los grandes hombres del tiempo anterior, hacia él mira también la Iglesia. La muerte de Jesús en Jerusalén es el comienzo del tiempo final; este, en efecto, lleva a perfección lo que había comenzado en la muerte.


32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño. Pero, una vez bien despiertos, vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que con él estaban. 33 Y cuando éstos se disponían a separarse de él, dijo Pedro a Jesús: ¡Maestro! ¡Qué bueno sería quedarnos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Esto dijo sin saber lo que decía.

¿Hay que ver conexiones entre el monte de la transfiguración y el monte de los Olivos, en el que la pasión comenzó? En ambos lugares están dormidos los tres discípulos y testigos elegidos, mientras Jesús ora. Cuando «se levantó de la oración, fue hacia sus discípulos y los encontró dormidos por causa de la tristeza» (22,45). En el monte de la transfiguración despiertan y perciben su gloria; en el monte de los Olivos son despertados por el Señor, y a continuación aparece ya el traidor (22,47). El camino de la gloria pasa por el sufrimiento, por la pasión. Sólo los que velan en oración comprenden este camino.

Pedro quiere retener la aparición en tres tiendas. Cuando Dios viene al hombre, habita en la tienda. Así sucedía en el desierto cuando Dios moraba con su pueblo en el tabernáculo de la Alianza, y así se dice también en forma figurada con respecto al tiempo final: «Aquí está la tienda de Dios con los hombres; y morará con ellos: y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo con ellos estará» (Rev 21:3).

Pedro piensa que se ha iniciado ya el reino de Dios, que ha comenzado ya la era mesiánica, que Dios y sus santos habitan ya en su pueblo, por lo cual es conveniente que los tres discípulos estén allí. En efecto, ahora podían ellos construir las tiendas. ¡Cómo se reflejan en las representaciones humanas los grandes hechos salvíficos de Dios!

El apóstol no sabía lo que decía. Con Jesús ha aparecido la gloria mesiánica, pero sólo por pocos momentos. Todavía no se puede retener. Antes hay que andar el camino hasta Jerusalén, donde aguarda la muerte. Tampoco los discípulos pueden todavía retener la gloria, también a ellos les es necesario caminar: tienen que partir a través de la muerte. Esta ley se aplica, no sólo a los tres, sino a todos los discípulos a través del tiempo de la Iglesia. Todavía no podemos retener (Jua 20:17), sino que debemos seguir caminando con constancia decidiéndonos una y otra vez por la palabra de Dios...


34 Mientras él hablaba así, se formó una nube que los envolvió, y quedaron aterrados cuando se vieron dentro de ella. 35 Y de la nube salió una voz que decía. éste es mi Hijo, el elegido; escuchadlo.

La nube es señal de la presencia de Dios (Cf. 1,35; Exo 16:10; Exo 19:9), que confiere gracia o que castiga. Acompaña al pueblo de Dios en su peregrinación por el desierto (Exo 14:20), envuelve al monte Sinaí cuando desciende Dios en la figura del fuego para manifestar su voluntad (Exo 19:16 ss). Una nube llenó el templo cuando fue consagrado; en él se posa la gloria de Dios (1Re 8:10 ss). El comienzo del tiempo final está acompañado de nubes (Sof 1:15; Eze 30:18; Eze 34:12; Joe 2:2). La nube que en el monte de la transfiguración envuelve a Moisés y a Elías manifiesta la presencia de Dios, la gloria divina de Jesús, la anticipación del tiempo final. «Entonces aparecerá su gloria, y asimismo la nube, como se manifestó al tiempo de Moisés y cuando Salomón pidió que el templo fuese gloriosamente santificado» (2Ma 2:8). A los discípulos se ha dado a conocer el «futuro de Dios».

Sobre el monte de la transfiguración se alza un nuevo santuario. Dios establece en forma nueva su presencia entre los hombres, erige un nuevo templo. Ya no es el templo de Jerusalén el lugar de la manifestación y del culto de Dios, sino Jesús, al que apuntaba el Antiguo Testamento. Cristo, que pasando por la pasión y la muerte ha sido glorificado, es presencia, manifestación y centro del nuevo culto divino.

Desde esta nueva tienda de Dios entre los hombres da Dios mismo su revelación y con su palabra declara que Jesús es su Hijo, el elegido. En él se cumple lo que había profetizado Isaías acerca del siervo de Yahveh: «He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la ley a las naciones» (Isa 42:1). Los enemigos de Jesús se mofarán de él junto a la cruz diciendo: «Que se salve a sí mismo, si él es el ungido de Dios, el elegido» (Lc.23:35). La voz de los enemigos recusa la reivindicación mesiánica por causa de la pasión. Cristo es el elegido, no sólo en la pasión, ni tampoco sólo a pesar de la pasión, sino precisamente por la pasión. Dios lo ha elegido, lo ha hecho Hijo de Dios y ungido de Dios, porque él va a la gloria a través de la pasión y la muerte.

Escuchadlo. La voz de Dios repite lo que había dicho Moisés sobre el profeta venidero: «Un profeta os suscitará Dios, el Señor, de entre vuestros hermanos como a mí; lo escucharéis en todo lo que os hable. Todo el que no escuche a tal profeta será exterminado del pueblo» (Hec 3:22s; Deu 18:15.19). La ley que promulga Jesús a los tres apóstoles en el monte de la transfiguración reza así: Por la pasión y la muerte, a la resurrección y a la gloria. Esta es la ley de Cristo, la ley de sus discípulos, la ley de la Iglesia, la ley de los sacramentos y de la vida cristiana.


36 Y al acabarse de oír la voz, encontraron a Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por entonces, a nadie refirieron nada de lo que habían visto.

La epifanía dura poco. Encontró a Jesús solo. Jesús, «siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2:6s). Descendió del Padre a Nazaret, después de la epifanía del bautismo se dirigió al desierto, tras la gran revelación en Nazaret fue a Cafarnaúm... estaba solo, incomprendido...

Los discípulos, mientras estuvo Jesús con ellos, no hablaron a nadie de lo que habían visto. Ven el reino de Dios y sus misterios. Pero el mayor misterio es éste: que la gloria del reino se inicia con la muerte de Jesús, que el salvador da la salvación por el camino del sufrimiento.

¿Quién estaba maduro para soportar este misterio del reino de Dios?
(STÖGER, A., El Evangelio de San Lucas, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)



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Comentario Teológico: Benedicto XVI - La Transfiguración


En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a San­tiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después...» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exaltación» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fondo esa singular indicación temporal. Existen dos interpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra.

(...)

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9, 2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. La historia añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia de la pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguración del Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el monte la revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios en persona.

«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya pa­labras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29). La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo.

Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia: «Cuando Moisés bajó del monte Sinaí... no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y al mismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desde fuera, y que ahora le hace brillar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde el interior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz.

Al mismo tiempo, las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Ec 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

Ahora aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. Lo que el Resucitado explicará a los discípulos en el camino hacia Emaús es aquí una aparición visible. La Ley y los Profetas hablan con Jesús, hablan de Jesús. Sólo Lucas nos cuenta —al menos en una breve indicación—de qué hablaban los dos grandes testigos de Dios con Jesús: «Aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén» (9, 31). Su tema de conversación es la cruz, pero entendida en un sentido más amplio, como el éxodo de Jesús que debía cumplirse en Jerusalén. La cruz de Jesús es éxodo, un salir de esta vida, un atravesar el «mar Rojo» de la pasión y un llegar a su gloria, en la cual, no obstante, quedan siempre impresos los estigmas.

Con ello aparece claro que el tema fundamental de la Ley y los Profetas es la «esperanza de Israel», el éxodo que libera definitivamente; que, además, el contenido de esta esperanza es el Hijo del hombre que sufre y el siervo de Dios que, padeciendo, abre la puerta a la novedad y a la libertad. Moisés y Elías se convierten ellos mismos en figuras y testimonios de la pasión. Con el Transfigurado hablan de lo que han dicho en la tierra, de la pasión de Jesús; pero mientras hablan de ello con el Transfigurado aparece evidente que esta pasión trae la salvación; que está impregnada de la gloria de Dios, que la pasión se transforma en luz, en libertad y alegría.

En este punto hemos de anticipar la conversación que los tres discípulos mantienen con Jesús mientras ba­an del «monte alto». Jesús habla con ellos de su futura resurrección de entre los muertos, lo que presupone obviamente pasar primero por la cruz. Los discípulos, en cambio, le preguntan por el regreso de Elías anunciado por los escribas. Jesús les dice al respecto: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 9-13). Jesús confirma así, por una parte, la esperanza en la venida de Elías, pero al mismo tiempo corrige y completa la imagen que se habían hecho de todo ello. Identifica la Elías que esperan con Juan el Bautista, aun sin decirlo: en la actividad del Bautista ha tenido lugar la venida de Elías.

Juan había venido para reunir a Israel y prepararlo para la llegada del Mesías. Pero si el Mesías mismo es el Hijo del hombre que padece, y sólo así abre el camino hacia la salvación, entonces también la actividad preparatoria de Elías ha de estar de algún modo bajo el signo de la pasión. Y, en efecto: «Han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él» (Mc 9, 13). Jesús recuerda aquí, por un lado, el destino efec­tivo del Bautista, pero con la referencia a la Escritura hace alusión también a las tradiciones existentes, que predecían un martirio de Elías: Elías era considerado «como el único que se había librado del martirio durante la persecución; a su regreso... también él debe sufrir la muerte» (Pesch, Markusevangelium II, p. 80).

De este modo, la esperanza en la salvación y la pasión son asociadas entre sí, desarrollando una imagen de la redención que, en el fondo, se ajusta a la Escritura, pero que comporta una novedad revolucionaria respecto a las esperanzas que se tenían: con el Cristo que padece, la Escritura debía y debe ser releída continuamente. Siempre tenemos que dejar que el Señor nos introduzca de nuevo en su conversación con Moisés y Elías; tenemos que aprender continuamente a comprender la Escritura de nuevo a partir de Él, el Resucitado.

Volvamos a la narración de la transfiguración. Los tres discípulos están impresionados por la grandiosidad de la aparición. El «temor de Dios» se apodera de ellos, como hemos visto que sucede en otros momentos en los que sienten la proximidad de Dios en Jesús, perci­ben su propia miseria y quedan casi paralizados por el miedo. «Estaban asustados», dice Marcos (9, 6). Y entonces toma Pedro la palabra, aunque en su aturdimiento «... no sabía lo que decía» (9, 6): «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (9, 5).

Se ha debatido mucho sobre estas palabras pronunciadas, por así decirlo, en éxtasis, en el temor, pero también en la alegría por la proximidad de Dios. ¿Tienen que ver con la fiesta de las Tiendas, en cuyo día final tuvo lugar la aparición? Hartmut Gese lo discute y opina que el auténtico punto de referencia en el Antiguo Testamento es Éxodo 33, 7ss, donde se describe la «ritualización del episodio del Sinaí»: según este texto, Moisés montó «fuera del campamento» la tienda del encuentro, sobre la que descendió después la columna de nube. Allí el Señor y Moisés hablaron «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (33, 11). Por tanto, Pedro querría aquí dar un carác­ter estable al evento de la aparición levantando tam­bién tiendas del encuentro; el detalle de la nube que cubrió a los discípulos podría confirmarlo. (…)

(…)

Teniendo en cuenta esta panorámica, volvamos de nuevo al relato de la transfiguración. «Se formó una nube que los cubrió y una voz salió de la nube: Éste es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7). La nube sagrada, es el signo de la presencia de Dios mismo, la shekiná. La nube sobre la tienda del encuentro indicaba la presencia de Dios. Jesús es la tienda sagrada sobre la que está la nube de la presencia de Dios y desde la cual cubre ahora «con su sombra» también a los demás. Se repite la escena del bautismo de Jesús, cuando el Padre mismo proclama desde la nube a Jesús como Hijo: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido» (Mc 1, 11).

Pero a esta proclamación solemne de la dignidad filial se añade ahora el imperativo: «Escuchadlo». Aquí se aprecia de nuevo claramente la relación con la subida de Moisés al Sinaí que hemos visto al principio como trasfondo de la historia de la transfiguración. Moisés recibió en el monte la Torá, la palabra con la en­señanza de Dios. Ahora se nos dice, con referencia a Jesús: «Escuchadlo». Hartmut Gese comenta esta escena de un modo bastante acertado: «Jesús se ha convertido en la misma Palabra divina de la revelación. Los Evangelios no pueden expresarlo más claro y con mayor autoridad: Jesús es la Torá misma» (p. 81). Con es­to concluye la aparición: su sentido más profundo queda recogido en esta única palabra. Los discípulos tienen que volver a descender con Jesús y aprender siempre de nuevo: «Escuchadlo».

Si aprendemos a interpretar así el contenido del relato de la transfiguración como irrupción y comienzo del tiempo mesiánico—, podemos entender también las oscuras palabras que Marcos incluye entre la confesión de Pedro y la instrucción sobre el discipulado, por un lado, y el relato de la transfiguración, por otro: «Y añadió: "Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir con poder el Reino de Dios"» (9, 1). ¿Qué significa esto? ¿Anuncia Jesús quizás que algunos de los presentes seguirán con vida en su Parusía, en la irrupción definitiva del Reino de Dios? ¿O acaso preanuncia otra cosa?

Rudolf Pesch (II 2, p, 66s) ha mostrado convincentemente que la posición de estas palabras justo antes de la transfiguración indica claramente que se refieren a este acontecimiento. Se promete a algunos —los tres que acompañan a Jesús en la ascensión al monte— que vivirán una experiencia de la llegada del Reino de Dios «con poder». En el monte, los tres ven resplandecer en Jesús la gloria del Reino de Dios. En el monte los cubre con su sombra la nube sagrada de Dios. En el monte —en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley y los Profetas— reconocen que ha llegado la verdadera fiesta de las Tiendas. En el monte experimentan que Jesús mismo es la Torá viviente, toda la Palabra de Dios. En el monte ven el «poder» (dýnamis) del reino que llega en Cristo.

Pero precisamente en el encuentro aterrador con la gloria de Dios en Jesús tienen que aprender lo que Pablo dice a los discípulos de todos los tiempos en la Primera Carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos; pero para los llamados a Cristo —judíos o griegos—, poder (dýnamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1, 23s) Este «poder» (dýnamis) del reino futuro se les muestra en Jesús transfigurado, que con los testigos de la Antigua Alianza habla de la «necesidad» de su pasión como camino hacia la gloria (cf. Lc 24, 26s). Así viven la Parusía anticipada; se les va introduciendo así poco a poco en toda la profundidad del mis­terio de Jesús.
(JOSEPH RATZINGER-BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret (Primera Parte), Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2007, pp. 356-370)



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Santos Padres: San Ambrosio - La Transfiguración (Lc 9, 28-36)

¿Por qué afirmó el evangelista: a los ocho días de dichas estas palabras? ¿No será, acaso, porque quien oye las palabras de Cristo y cree en ellas, verá su gloria en el tiempo de su resu­rrección? En realidad, la resurrección se llevó a cabo en el octavo día, y, por eso muchas veces los salmos llevan como título: para la octava. Puede ser también que con ello nos quiera mostrar por qué Él había dicho que todo el que, por causa de la palabra de Dios, pierde su alma, la salvará, porque cumplirá en él sus promesas en el día de la resurrección.

Pero Mateo y Marcos mencionan que fueron conducidos seis días después. Y, por lo mismo, nosotros podemos decir que esto tuvo lugar después de seis mil años —pues mil años ante los ojos de Dios son como un día (Ps 89,4)—, pero se puede decir también que más de seis mil años, y preferimos ver los seis días como un símbolo, ya que en seis días fue creado todo el mundo, y esto para que por el tiempo comprendamos las obras y por éstas el mundo. Así es como se nos ha revelado la resurrección futura que tendrá lugar al fin del mundo, o puede ser también que aquel que ha ascendido sobre la tierra, espere, sentado en lo alto del cielo, el fruto eterno de la resurrección futura.

Por eso hemos de trascender las cosas del mundo para poder ver a Dios cara a cara. Sube a un monte, anuncia a Sión la buena nueva (Is 40,9). Si debe subir a un monte quien anuncia a Sión, ¿cuánto más el que predica a Cristo y a Cristo que resucita para la gloria? No hay duda que ha habido muchos que vieron su cuerpo; ya que muchos hemos conocido a Cristo según la carne, pero ahora ya no es así (2 Cor 5,16).

Muchos lo hemos conocido porque lo hemos visto —he aquí que lo hemos visto y no tenía figura ni hermosura (Is 53,2) — sin embargo, sólo tres, y éstos elegidos, fueron llevados al monte. Si no atendiese a la condición de elegidos, yo creería que en estos tres está simbolizado místicamente todo el género humano, ya que todos los hombres descienden de los tres hijos de Noé. Quizás quiera enseñarnos que, entre todos los hombres, solamente merezcan llegar a la gracia de la resurrección los que hubieren confe­sado a Cristo, ya que los impíos no resucitarán para el juicio (Ps 1,5), aunque serán castigados en virtud de un juicio, de algún modo celebrado. Tres, pues, son elegidos para subir al monte, y se escoge a dos para aparecer junto al Señor. Ambos números pa­recen sagrados. Y la razón es porque, seguramente ninguno puede contemplar la gloria de la resurrección, sin que haya creído perfectamente el misterio de la Trinidad con una fe pura y sincera. Así, pues, subieron Pedro, que fue quien recibió las llaves del reino de los cielos; Juan, a quien encomendó su Madre, y Santiago, que fue el primero en tomar posesión del trono sacerdotal.

Entonces aparecen Moisés y Elías, es decir, la Ley y la Profecía, con el Verbo; en realidad, ni la Ley puede existir sin el Verbo ni profeta alguno puede haber vaticinado algo que no se refiera al Hijo de Dios. Y con esa gloria corporal es, sin duda, como contemplaron a Moisés y a Elías los "Hijos del Trueno"; pero también nosotros vemos diariamente a Moisés con el Hijo de Dios, ya que, al leer amarás al Señor tu Dios, contemplamos la Ley en el Evangelio; como también vemos a Elías con el Verbo cuando leemos: He aquí que una virgen concebirá en su seno (Is 7,14) 8.

Por eso añade muy bien Lucas a este propósito que ha­blaban de su muerte, la cual había de cumplirse en Jerusalén. No hay duda que los misterios te instruyen acerca de su muerte. Y también hoy nos enseña Moisés y nos habla Elías, y hoy tam­bién podemos ver a Moisés en un alto grado de gloria. ¿Quién no va a tener esa posibilidad, cuando el mismo pueblo judío lo pudo ver y, aún más, lo vio? El contempló el rostro glorificado de Moisés, pero se les interpuso un velo, ya que no subió al mon­te, que fue la razón por la que cayó en el error. Quien sólo contempló a Moisés no pudo ver al mismo tiempo al Verbo de Dios.

Descubramos, por tanto, nuestro rostro para que podamos contemplar a cara descubierta la gloria de Dios y nos trans­emos en la misma imagen (2 Cor 3,18). Subamos al monte, imploremos al Verbo de Dios, que, "ya que es fuerte y avanza majestuosamente y reina" (Ps 44,3), se nos aparezca en su esplendor ­y belleza. Sin embargo, todo esto es un misterio y encierra en sí mismo una realidad más profunda; es decir, que para ti, el Verbo aumenta o decrece según tu capacidad, y, si no subes más alto de la prudencia, no se te aparecerá la Sabiduría ni entenderás los misterios, ni cuánta gloria y hermosura se encuentra es­condida en el Verbo de Dios, sino que para ti este Verbo será como un cuerpo desprovisto de todo esplendor y hermosura (Is 53,2ss), o un hombre hecho una llaga, que soporta nuestras enfermedades, o, finalmente, una especie de palabra pronunciada por un hombre que, aunque vestida con el ropaje de las letras, no tiene ningún fulgor, propio del poder del Espíritu. Pero, por el contrario, si, mientras contemplas al hombre, crees firmemente que ese cuerpo fue engendrado por la Virgen, y, poco a poco, la fe va penetrando en su procedencia del Espíritu de Dios, entonces es cuando comienzas a subir al monte. Si comprendes que el que pende de la cruz está como dominador de la muerte, y no como vencido, sino como vencedor, y que la tierra tembló, el sol se ocultó, las tinieblas invadieron los ojos de los incrédulos, los sepulcros se abrieron, los muertos resucitaron, y todo esto para que fuera una señal de que aquel pueblo gentil, que estaba muerto para Dios, procede, por así decirlo, de las, llagas abiertas de su cuerpo, y que El después resucitó, bañado por la luz de la cruz; si te das cuenta plena de este misterio, has subido a un monte muy alto y, allí, contemplarás otras grandezas del Verbo.

Se veían en El vestidos propios de la parte superior de la persona y otros de la inferior. Parece posible que los ves­tidos del Verbo simbolicen las palabras de la Escritura, como si fueran una especie de indumentaria del pensamiento divino, porque, del mismo modo que a Pedro, Juan y Santiago se les apareció con otro aspecto y su vestido resplandeció de blancura, así también el sentido de las divinas Escrituras se te hará transparente a los ojos de tu inteligencia. Así es como la palabra divina se vuelve como la nieve, y los vestidos del Verbo se blanquean con una intensidad como no lo puede blanquear lavandero alguno sobre la tierra (Mc 9,26).

Tratemos de buscar a este lavandero y a esta nieve. Leemos que Isaías subió a la finca de un lavandero (Is 7,3). Ahora bien, ¿quién es esté lavandero, sino Aquel que tiene casi por oficio lavar nuestros pecados? El mismo es quien ha dicho: aunque vuestros delitos fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve (Is 1,18). ¿Quién es este lavandero, sino el que, una vez que nos hubo borrado todos los pecados corporales, se dedicó a poner al sol divino los vestidos de nuestro espíritu y el ropaje de nuestras virtudes?

También tengo oído, y tomo con esto un argumento para refutar a los adversarios, que alguien ha comparado la elo­cuencia de dos hombres prudentes a la nieve y a las abejas. También he visto que David dijo: ¡Cuán dulce son a mi paladar tus preceptos, ellos son para mi boca más agradables que la miel! (Ps 118,103), y más adelante: Tu palabra es para mis pies como esa antorcha, es la luz de mis pasos (ibíd., 105). La palabra de Dios es luz y es nieve. La palabra de Dios supera a la miel del panal (Ps 18,11), porque de los labios divinos proceden palabras más dulces que la miel y su claro mensaje desciende suavemente como la nieve a llenar palabras vacías. En verdad, este lenguaje que, descendiendo del cielo a la tierra, fecundó los campos áridos de nuestros corazones, sólo puede ser comparado a la nieve. Y para ver que esto no es algo arbitrario, sino que es una deducción sacada del texto de la Escritura, el mismo Dios lo atestigua, diciendo: Caiga a gotas como la lluvia mi doctrina y desciendan mis palabras como el rocío, como la llovizna sobre la hierba, como la nieve sobre el césped (Deut 32,2).

¡Ojalá, Señor Jesús, reverdezca mi alma con el rocío lluvia! ¡Ojalá empapes mi tierra con el candor de esa nieve, para que las partes áridas de mi cuerpo en primavera no se agosten por un calor prematuro, antes bien, la semilla de la palabra celestial, oculta en la tierra, se fecundice al ponerse en contacto con esa nieve que alimenta! Cuando la nieve visita la tierra, las aves del cielo no tienen dónde habitar, pero gracias a ella la recolección del trigo se lleva a cabo con más exuberan­cia que de ordinario.

Pedro contempló este espectáculo, como también lo vie­ron los que con él estaban, aunque estuvieron dominados por el sueño; y es que, el esplendor incomprensible de la divinidad hace callar por completo los sentidos de nuestro cuerpo. En efec­to, si la pupila de los ojos de la carne no puede aguantar la incidencia de un rayo de sol de frente, ¿cómo la corrupción, pro­pia de los miembros humanos, podrá soportar la gloria de Dios? Y por eso el cuerpo, una vez desligado de las torpezas de los vicios, adquiere una forma más pura y sutil. Y quizás era por esto por lo que se dejaron dominar por el sueño, con el fin de contemplar la imagen de la resurrección después del descanso. Y así, al despertar, pudieron ver su majestad; pues para poder ver la gloria de Cristo hay que estar vigilando. Pedro se extasió de alegría, y los placeres de este mundo ya no le atraían, antes, por el contrario, fue conquistado por la belleza de la resurrección.

Y exclamó: ¡Qué agradable nos resulta estar aquí! —tam­bién otro ha dicho : En verdad, para mí es mucho mejor morir y estar con Cristo (Phil 1,23)—, pero, no contento con la alaban­za, ofrece el servicio de una entrega común y, cual laborioso obrero, no sólo llevado de un sentimiento, sino también con una disposición efectiva, que es más excelente, se presta a edificar tres tiendas. Y aunque es cierto que no sabía lo que decía, sin em­bargo, prometía su trabajo, en el cual no era una petulancia irre­flexiva, sino una entrega, a la verdad, poco madura, la que multi­plicaba los frutos de la piedad. Realmente lo que no sabía era fruto de su condición humana, pero lo que prometía era un pro­ducto de su deseo de entrega. Es cierto que la humana condición, mientras vive en este corruptible y mortal cuerpo, no sabe fabri­car una morada digna de Dios. Por tanto, no presumas entender lo que no te es lícito saber, sea en lo tocante al alma, al cuerpo o a otras realidades. Pues si Pedro no lo logró comprender, ¿cómo lo vas a poder entender tú? Si lo ignoró aquel que se había en­tregado y que, a causa de su grandeza de alma, no conocía los límites del cuerpo, ¿cómo lo vamos a comprender nosotros que, por una especie de torpor de la mente, nos encontramos prisioneros en la cárcel de la carne? Con todo, la completa entrega fue del agrado de Dios.

Y mientras decía esto, apareció una nube que los cubrió. Esta sombra procede del Espíritu divino, y es una sombra que no oscurece los corazones de los hombres, sino que les revela las cosas ocultas. Es la misma que aquella de la que se hace mención en otro lugar cuando dice el ángel: y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35). Y el resultado aparece cuando oye la voz que dice:

Este es mi Hijo muy amado, oídle, que es lo mismo que el Hijo no es ni Elías ni Moisés, sino solamente este que veis; pues aquéllos se retiraron hacia atrás cuando el Señor comenzó a señalar. Date cuenta, por tanto, cómo la fe perfecta, consiste en conocer al Hijo de Dios (Jn 17,3), no es sólo pro­pia de los principiantes, sino también de los perfectos y, aún más, de los bienaventurados. Pero, puesto que ya lo hemos tra­tado antes, date cuenta que esta nube no es una elaboración de la humedad nebulosa de montes humeantes (Ps 103,32) ni una sombra vaporosa de aire condensado que oscurece el cielo con el tinte apagado de las tinieblas, sino que es una nube luminosa que no daña con lluvias torrenciales ni con el aluvión de aguas que causan desperfectos, antes, por el contrario, su ro­cío, enviado por la voz del Dios omnipotente, impregna de fe las almas de los hombres.

Y apenas se había escuchado la voz, encontraron a Jesús solo. Este fue el hecho, que, siendo tres los que estaban presen­tes, no se vio más que a uno. Al principio se contempla a los tres, al final sólo a uno; y es que, en efecto, por la fe perfecta, los tres se hacen uno solo. Es el mismo Señor quien, al final de su vida, pide a su Padre que todos sean uno (Jn 17,2). Y no sólo Moisés y Elías son uno en Cristo, sino que también nos­otros somos el mismo cuerpo de Cristo (Rom 12,5). Y de la mis­ma manera que ellos fueron incorporados a Cristo, nosotros tam­bién lo seremos en Cristo Jesús; otra interpretación es que la Ley y los Profetas proceden del Verbo; y otra tercera es que todo aquello que tiene origen en el Verbo, en El encuentra tam­bién su fin, ya que el fin de la Ley es Cristo, para la justificación de todo creyente (Rom 10,4).
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1) nº 7-21, BAC, Madrid, 1966, pp. 349-356)



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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Por la Cruz a la Luz (Lc 9, 28-36)


El domingo pasado vimos cómo Jesús se dejó guiar al desierto por el Espíritu Santo para ser allí tentado, preparando de este modo su ministerio público. El Evangelio que hoy hemos leído se sitúa al final de dicho ministerio. El tiempo de la Pasión ya se aproxima. Jesús ha predicado incansablemente su buena nueva, confirmándola con milagros y refrendándola con la perfección de su conducta. Sin embargo, pocos son los que han escuchado su mensaje con docilidad de corazón. Los jefes religiosos del judaísmo lo han rechazado y comienzan a urdir planes para eliminarlo.

En este contexto, el Señor comienza a ocuparse con mayor intensidad de la formación de sus apóstoles, aquellos que llevarán su mensaje de salvación a todo el mundo cuando Él "vuelva al Padre". Es interesante destacar cómo Jesús amó con amor de predilección a tres de sus discípulos, a los cuales asoció de una manera especialmente íntima en los momentos culmi­nantes de su vida. A ellos les revelaría los secretos más recónditos de su divino corazón. Son ellos: Pedro, Juan y Santiago. Estos tres apóstoles parecen poseer en común un especial componente en su carácter: son lo que ya los filósofos antiguos llamaban "almas grandes" o, en otras palabras, hombres magnánimos. Aspiran, como lo demuestran sendos pasajes evangélicos, a la "mejor parte", poseen una fuerte personalidad, desean ardien­temente un lugar de privilegio en el Reino de Dios. Pedro respon­de afirmativamente y con gran seguridad ante la pregunta de Jesús que lo interroga: ¿Pedro, me amas más que éstos? Santia­go y Juan piden a Jesús, por intermedio de su madre, ocupar los dos lugares de privilegio, a la derecha y a la izquierda, en el futuro Reino que el Señor ha prometido instaurar; el Evangelio nos dice que por su carácter impetuoso y decidido eran llamados "hijos del trueno".

Almas grandes, pues, que aspiran a grandes empresas, dis­puestas para ello a pasar por las mismas pruebas que el Señor deberá afrontar, hasta "beber su mismo cáliz". Ciertamente que estas aspiraciones están aún impregnadas de miserias humanas, de falsa confianza en las propias fuerzas y no en la gracia de Dios. Jesús purificará por el dolor y la humillación esas tendencias pa­ra transformarlas en oro acrisolado. Sin embargo, podemos rete­ner como enseñanza que Dios ama a las almas generosas, ca­paces de aspirar a los bienes mayores, aborreciendo la chatura propia de la mediocridad. Hay quien no peca grandemente, ni ama tampoco con gran corazón. Jesús dice de María Magdalena: "Mucho se le ha perdonado porque mucho ha amado".

Si nuestro corazón es ardiente y magnánimo como el de Pe­dro, Santiago y Juan, Dios nos hará partícipes de los secretos de su Reino, que ha reservado a quienes lo aman. También noso­tros, muy probablemente, nos dejaremos muchas veces guiar por una falsa seguridad en nuestras propias fuerzas, nos decla­raremos dispuestos a beber el cáliz del Señor sin habernos re­tirado con Él al desierto al que el Espíritu Santo nos atrae para purificamos de las escorias del pecado, pero si sabemos escuchar la voz de Dios y unir a la magnanimidad la humildad de corazón, el Señor no dejará de saciar la sed que Él mismo ha suscitado en nosotros. "Si alguno me ama, mi Padre lo amará también, ven­dremos a él y haremos morada en él". Aquella "alma grande", que era San Pablo, terrible perseguidor de la Iglesia primero y ardiente apóstol luego, nos dice: "Hermanos, aspirad a los bienes más perfectos".

Por el misterio de la Transfiguración, el Señor quiere preparar a sus discípulos predilectos a la gran prueba que se avecina. Todo el odio del demonio y del mundo están por abatirse sobre el cor­dero que quita los pecados del mundo. La divinidad de Jesucristo quedará más que nunca invisible a los ojos demasiado hu­manos aún de sus apóstoles. ¿Cómo comprender que aquel que era capaz de curar a ciegos de nacimiento con una sola palabra de su boca, de resucitar a los muertos, de multiplicar pocos pedazos de pan y saciar a cinco mil hombres, deba morir es­carnecido, escupido y aparentemente impotente en el suplicio reservado a los peores criminales? ¿Qué designios misteriosos pueden justificar aquello que para los judíos es un escándalo y para los paganos una locura?

Los apóstoles no están preparados para soportar la prueba de la Fe, de una noche oscura que se hará más cerrada que nunca. El Señor los dispone a dicho trance mostrando a sus ojos aún carnales, sólo por un momento, la gloria de la divinidad que se esconde tras el velo de su naturaleza humana. Les hace gustar un instante de gloria para prepararlos a la cruz, que es el único camino hacia la misma. Por la cruz a la luz. La reacción de Pedro ante esta experiencia divina: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí!", es aquella que se verifica con frecuencia en cada uno de nosotros: "¿Por qué es necesaria la cruz? ¿Por qué no gozar desde ya de la visión cara a cara de aquel que puede saciar los deseos más recónditos de nuestro corazón? ¿Por qué un Mesías sufriente que busca discípulos que lleven su cruz?". En estas preguntas que el hombre se hace ante el misterio del dolor se esconde toda la nostalgia que tenemos de aquella presencia divina para la cual Dios ha creado nuestro corazón.

El evangelista San Lucas, que al escribir este evangelio ya había sido iluminado por la venida del Espíritu Santo en Pente­costés, comenta: "Él no sabía lo que decía". Como advertimos en el evangelio del domingo pasado, es propio del demonio pro­poner la gloría sin la cruz, prometer la felicidad sin pasar por el Calvario, por la purificación interior, por la noche oscura de la Fe.

Queridos hermanos, también a nosotros Jesucristo nos mues­tra su gloria para que comprendamos que lo que lo mueve a seguir caminando hacia Jerusalén es su deseo ardiente de glorificar a su Padre y de ganar nuestra salvación. Su muerte sería aceptada voluntariamente, su causa última no sería sino el amor. Un exceso de amor, como lo manifiesta su sed por tomar nuestro lugar en el altar del sacrificio.

El Señor nos invita a amarlo como Él nos amó primero, cuando aún éramos sus enemigos por el pecado. “Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”, dice San Pablo. Amor con amor se paga. Sin embargo, Jesús sabe de la debilidad de nuestra Fe, y por ello muchas veces, a lo largo de nuestro peregrinar en medio de las pruebas de esta vida terrena, nos ilumina con los resplandores de su gloria, hasta que por fin seamos semejantes a Él "porque lo veremos tal cual es".

Jesús nos ilumina de múltiples maneras. Lo hace en la oración, ofreciéndonos el regalo de su presencia, de su voz interior; en los sacramentos, concediéndonos su gracia; en la Sagrada Escritura, que esclarece el camino de nuestra vida; en la mano tendida de un hermano en la fe, que nos conforta con su testimonio de vida y nos aconseja con su palabra; en el amor de una familia cristiana; en el inocente resplandor de los ojos de un niño; en la maravilla de una obra de arte o de una puesta de sol. Demos gracias a Dios por todo ello. No le pidamos el reposo antes del buen combate. Pidámosle tan sólo su gracia hasta que nos llame para recibir de su misericordia la "corona de gloria" Amén.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C, Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pp. 99-102)



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Aplicación: Beato Dom Columba Marmion - En la cumbre del Tabor


Sigamos primero el relato evangélico, para ver luego de ahondar su sentido.

Corría el último año de la vida pública de Jesús. Hasta entonces habían sido muy raras las alusiones a su futura Pasión, mas, como dice San Mateo: “Jesús comenzó desde entonces a manifestar a sus discípulos que convenía fuese Él a Jerusalén, y que allí padeciese por parte de sus enemigos, y que debía morir y resucitar al tercer día". Y añadió: “Varios de los que aquí están, no han de morir hasta que no hayan visto al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino” (Mt 16, 21, 28)

Unos días después de esta predicción, toma consigo nuestro divino Salvador algunos de sus discípulos, los tres apóstoles preferidos: Pedro, a quien pocos días antes había prometido que fundaría sobre él su Iglesia: Santiago, que había de ser el primer mártir del Colegio Apostólico, y Juan, el discípulo amado.

Habíales ya elegido el Señor como testigos de la resurrección de la hija de Jairo, mas ahora los conduce a un monte elevado para hacerlos testigos de una manifestación mucho más espléndida de su divinidad. La tradición señala el monte Tabor, que se levanta a una legua al Este de Nazaret, monte aislado, de unos seiscientos metros de altura, alfombrado de rica vegetación, y desde cuya cumbre se divisan por todos los lados grandes horizontes.

En la cima, pues, de este monte, y huyendo del bullicio mundanal, “seorsum”, se dirige Jesús con sus discípulos; y conforme acostumbraba, se puso en oración, según registra San Lucas. Et facta est, dum oraret, species vultus ejus altera (Lc 9, 29) “ y mientras oraba apareció diversa la figura de su semblante, y su vestido se volvió blanco y radiante”, transfiguróse mientras oraba. Su rostro resplandece como el sol, tórnanse sus vestidos blancos como la nieve, y de pronto se ve envuelto en una atmósfera divina.

Al comenzar Jesús su oración, habíanse los Apóstoles dejado vencer del sueño, cuando un fuerte resplandor los despierta: entonces contemplan a su Maestro radiante de gloria, y ven a su lado a Moisés y a Elías conversando con Él. Pedro lleno de gozo al ver la gloria de Jesús, fuera de sí y sin saber lo que decía, exclama: Bonum est nos hic esse (Mt 17, 24; Mc 9, 4-5): "Maestro, bien se está aquí". ¡0h Señor, qué bien se está contigo! Cesen, pues, las luchas con los fariseos, los cansancios y fatigas de tantas correrías: basta de humillaciones y asechanzas; quedémonos aquí y pongamos tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Creíanse los Apóstoles ya como en el cielo; tanta era la gloria que inundaba a Jesús, que su sola vista bastaba para saciar los corazones de tres discípulos.

Todavía estaba Pedro hablando, cuando una nube refulgente vino a envolverlos, y al mismo tiempo resonó desde la nube una voz que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias; escuchadle". Al oírla, los Apóstoles quedaron sobrecogidos y llenos de miedo, y se postraron ante Dios para adorarle.

Mas tocólos Jesús al instante, y les dijo: "Levantaos y no hayáis miedo". Alzando ellos los ojos, "sólo vieron a Jesús": Neminem viderunt nisi solum Jesum (Mt 17, 5-8). Vieron entonces a Jesús cual le veían antes de subir al monte, cual estaban acostumbrados a verle; el mismo Jesús hijo del artesano de Nazaret, el mismo Jesús que poco tiempo después había de morir en la cruz.


II

He aquí el misterio tal como nos lo describe el Santo Evangelio. Veamos ahora su sentido oculto, pues que todo en la vida de Jesús, Verbo encarnado, tiene algún alto significado. Cristo, permitidme la expresión, es el gran Sacramento de la nueva Ley, porque, al fin, un Sacramento tomado en sentido lato, no es sino el signo sensible de una gracia interior; por consiguiente, se puede decir que Cristo es el gran sacramento de todas las gracias que Dios ha hecho al género humano.

Como dice el Apóstol San Juan: “Cristo apareció en medio de nosotros como Hijo único de Dios lleno de gracia y de verdad”, y añade a renglón seguido: "y todos debemos participar de su plenitud" (Jn 1, 14.16) . Jesús nos comunica en sus misterios las gracias, por habérnoslas merecido como Hombre Dios, y por haberle constituido el Padre Eterno único- pontífice y- supremo mediador.

Los misterios del Señor, corno ya os tengo dicho, deben servirnos como motivos de contemplación, de admiración y de culto; debemos ver en ellos como otros tantos sacramentos que producen en nosotros su gracia propia, en proporción de nuestra fe y de nuestro amor.

Esto mismo sucede con cada uno de sus estados, con cada tina de sus obras: porque, si Cristo es siempre el Hijo de Dios, si en todo cuanto dice y hace glorifica ante todas cosas a su Padre, sin separarnos jamás de su pensamiento, también asigna a cada uno de sus misterios una gracia, para ayudarnos a reproducir en nosotros su divina fisonomía y hacernos semejantes a Él.

Hablando de la Transfiguración, el gran San León, dice: "El relato evangélico que acabamos de oír nuestro espíritu, nos convida a indagar cuál sea el sentido de este gran Misterio”. Es gracia muy precisa la de poder penetrar el significado de los misterios de Jesús, porque –en ellos se halla la vida eterna": Haec est vita aeterna (Jn 17,3). Nuestro Señor mismo decía a sus discípulos que "esta gracia de espiritual inteligencia sólo la concedía a los que se unían consigo": Vobis datum est nosse mysterium regni Dei, caeteris in parabolis (Lc 8, 10).

Es tan importante para nuestras almas esta gracia, que la Iglesia, guiada aquí como en todo por el Espíritu Santo, la pide un modo especial en la Poscomunión de la fiesta.

Escuchad nuestra oración, Dios omnipotente, y haced que nuestras almas purificadas comprendan bien los santos misterios de la Transfiguración de vuestro Hijo, que acabamos de celebrar con solemne oficio. Ut sacrosancta Filii tui Transfigurationis mysteria quae solemne celebramus officio purificatae mentis intelligentia consequamur.

Veamos, pues, lo que significa este misterio primero para los Apóstoles, ya que tuvo lugar en presencia de tres de ellos.

¿Por qué se transformó Cristo ante ellos? El mismo San León nos lo declara: "El objeto principal de esta transfiguración era quitar del corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, y para Que las humillaciones de su Pasión, libremente aceptadas, no viniesen a turbar su fe, una vez que les fuera revelada la altísima, aunque oculta, dignidad del Hijo de Dios con los oídos corporales, y que ha cautivado la atención de fe, una vez que les fuera revelada la altísima, aunque oculta, dignidad del Hijo de Dios".

Los Apóstoles, que tenían íntimo trato con el divino Maestro y que, por otra parte, no habían perdido la mentalidad judía respecto de los destinos de un Mesías glorioso, no podían concebir que Cristo pudiese padecer. Ved a San Pedro, príncipe del Colegio Apostólico, que poco tiempo antes había proclamado, en presencia y en nombre de todos, la divinidad de Jesús: "Tú eres el Cristo Hijo del Dios vivo" (Jn 17, 3). El amor que tenía al Señor y la idea todavía rastrera que de su reino conservaba, le hacían rechazar la otra idea de la muerte de su Maestro. Por eso, al predecirles Jesús abiertamente su próxima Pasión, algunos días antes de la Transfiguración, Pedro se había conmovido sobremanera, y tomando aparte a Jesús, había protestado diciendo: “¿Ah, Señor, eso de ningún modo: no quiera Dios que tal suceda!” Entonces le represente nuestro divino Salvador, y le dice: “Apártate de, mí, Satanás (es decir, adversario), que quieres estorbar se cumpla la voluntad del que me envió; tú no sabes ni has gustado las cosas de Dios, sino que abrigas todavía pensamientos humanos (Lc 8, 10).

Tenía previsto, pues el Señor que sus Apóstoles no habían de conformarse con sus humillaciones, y que su cruz sería para ellos ocasión de tropiezo. Si eligió con preferencia a estos tres discípulos para que presenciaran su Transfiguración, fue porque dentro de poco tiempo habían de ser éstos mismos testigos de su flaqueza y congoja, de su inmensa tristeza y agonía en el Huerto de las Olivas.

Con esto, al verle ahora transfigurado, los pertrecha contra el escándalo que había de sufrir su fe al ver después a Jesús tan humillado: Por eso quiere afianzarlos en la fe. ¿Cómo? Primero por este mismo misterio.

Jesucristo durante su vida mortal tenía las apariencias de un hombre como los demás: Habitu inventus ut homo, dice San Pablo (Fp 2, 7), tanto que muchos de los que le veían le tomaban por un hombre ordinario, aún entre sus mismos parientes, sui, aún entre aquellos que, según costumbre de entonces, el escritor sagrado denomina fratres Dominio (Cf. Jn7, 3). Estos mismos, al oír su doctrina tan extraordinaria, le decían “que había perdido el juicio” (Mc 3, 21), y los que le habían conocido en Nazaret, en el taller de José, se preguntaban extrañados de dónde podía venirle tanta sabiduría. ¿Nonne hic es fabri filius? (Mt 13, 55).

Había en Jesús, a no dudarlo, una virtud interior divina que irradiaba de Él al obrar tantos prodigios: “Virtus de illo exibat et sanabat omnes” (Lc, 6 19); dejaba tras de sí un como perfume divino que atraía a las muchedumbres, pues ocurría, según leemos en el Evangelio, que los judíos, aunque groseros y carnales, hasta tres días sin comer, a trueque de seguirle (Mt. 15, 32)

La divinidad, sin embargo de ello, estaba en El velada por una carne mortal y flaca; Jesús se hallaba sometido, a las condiciones ordinarias y variadas de la vida humana débil y pasible: sujeto al hambre, y a la sed, al sueño y al cansancio, a la fuga y a la lucha. Tal era el Cristo de todos los días, tal la humilde existencia que los Apóstoles continuamente veían.

Mas ahora, en la montaña, le ven todo transfigurado, y los efluvios de la divinidad atraviesan los velos de su santa Humanidad. El rostro de Jesús se apareció radiante como el sol, y sus vestidos eran tan blancos cual copos de pura nieve (Mc 9,2).

Comprenden con esto los Apóstoles que aquel Jesús es verdadero Dios, puesto que los inunda la majestad de su divinidad y se les revela en toda su integridad la gloría eterna de su Maestro. Aún más, aparecen al lado de Jesús Moisés y Elías conversando con Él y adorándole.

Sabido es que para los Apóstoles, como para todos los Judíos fíeles, Moisés y Elías eran los dos personajes que resumían toda su religión y todas sus tradiciones patrias, como quiera que Moisés era su legislador y Elías representaba a los profetas todos. La Ley y los Profetas, representados por estos personajes, vienen a atestiguar que Cristo es el Mesías anunciado tantos siglos y esperado. Podrán los fariseos emprenderla contra El, podrán abandonarle sus discípulos, pero la presencia de Moisés y de Elías prueba a Pedro y sus compañeros que Jesús respeta la ley y va de acuerdo con los Profetas, que Cristo es el Enviado de Dios y el que ha de venir. En fin, para digno remate de todos estos testimonios, y manifestar de una vez la divinidad de Jesús, déjase oír la voz del Padre eterno, el cual proclama desde arriba que Jesús es su Hijo, y Dios como Él mismo. Todo esto contribuirá poderosamente a consolidar la fe de los Apóstoles en Aquel a quien Pedro había reconocido ya como a Cristo e Hijo de Dios vivo.
(COLUMBA MARMION, Cristo en sus misterios, ED. LUMEN, Chile, pp. 285-ss.)



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - La Transfiguración


Tres escenas importantes en la vida de nuestro Señor tuvieron efecto en las montañas. En una de ellas predicó las bienaventuran­zas, la práctica de las cuales acarrearía la cruz de parte del mundo; en la segunda manifestó la gloria que aguardaba detrás de la cruz; en la tercera se ofreció a sí mismo a la muerte como preludio de su gloria y la de todos aquellos que habrían de creer en su nombre.

El segundo incidente ocurrió sólo unas pocas semanas antes del acontecimiento del Calvario, cuando llevó a una montaña a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan; Pedro, la «Roca»; Santiago, al destinado a ser el primero de los apóstoles mártires, y Juan, el visionario de la futura gloria del Apocalipsis. Estos tres se halla­ban presentes en el momento en que Jesús resucitó de entre los muertos a la hija de Jairo. Los tres necesitaban aprender la lec­ción de la cruz y rectificar su falsa concepción del Mesías. Pedro había protestado con vehemencia contra la cruz, mientras que San­tiago y Juan habían ambicionado un trono en el futuro reino de los cielos. Los tres dormirían más adelante en el huerto de Get­semaní, durante la agonía del Señor. Para creer en su Calvario tenían que ver la gloria que resplandecía detrás del escándalo de la cruz.

En la cima de la montaña, después de orar, se transfiguró ante ellos cuando la gloria de su naturaleza divina atravesó los hilos de su ropaje terreno. No era tanto una luz que brillaba desde fuera como la belleza de la divinidad que refulgía desde dentro. No se trataba de la plena manifestación de la divinidad, que ningún hom­bre podía contemplar sobre la tierra, ni tampoco era su cuerpo glorificado, puesto que aún no había resucitado de entre los muer­tos, pero poseía una propiedad de gloria. Su pesebre, su oficio de carpintero, el oprobio recibido de sus enemigos fueron para Él otras tantas humillaciones, pero adecuadamente estuvo acompa­ñada cada una de ellas de epifanía de gloria cuando los ángeles cantaron en su nacimiento y se oyó la voz del Padre durante el bautismo en el Jordán.

Ahora que se está acercando al Calvario, una nueva gloria le circunda. Nuevamente la voz le inviste con los ropajes del sacerdocio, para ofrecer el sacrificio. La gloria que brilló a alrededor como al Templo de Dios, no era algo con que estuviera envestido externamente, sino más bien expresión natural de la hermosura inherente a aquel «que bajó del cielo». El milagro no era aquella irradiación momentánea de su persona, sino más bien el hecho que en el resto del tiempo aquella radiación estuviera reprimida. De la misma manera que Moisés, después de haber hablado con Dios, puso un velo sobre su rostro para ocultarlo a la vista del pueblo de Israel, así había velado Cristo su gloria a los ojos de la humanidad. Pero por aquellos breves instantes apartó el velo para que aquellos tres hombres pudieran contemplar su aspecto glorioso; y la radiación de aquella gloria fue la proclamación provisional del Hijo de la Justicia a todos los ojos humanos. A medida que la cruz se aproximaba, su gloria iba en aumento. Así, es posible que la venida del Anticristo, o la crucifixión final de la buena voluntad vaya acompañada de una gloria extraordinaria de Cristo en sus miembros.

En el hombre, el cuerpo es una especie de jaula del alma. En Cristo, el cuerpo era el templo de la Divinidad. En el jardín del Edén, sabemos que el hombre y la mujer estaban desnudos, pero no sentían vergüenza. Ello es debido a que antes del pecado lo gloria del alma atravesaba el cuerpo y le brindaba una especie de ropaje. De la misma manera, en la transfiguración la Divinidad brillaba a través de la naturaleza humana. Probablemente esto era para Cristo algo más natural que aparecer con otro aspecto, es decir, sin aquella gloria.

"Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se hizo otro, y sus vestiduras se tornaron blancas y resplandecientes ; y he aquí que dos hombres hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías, que aparecieron en la gloria, y hablaban de su muerte, que había de cumplirse en Jerusalén". (Lc 9, 29-31)

El Antiguo Testamento estaba acercándose al Nuevo. Moisés, el promulgador de la ley; Elías, el principal de los profetas. Ambos fueron vistos brillando en la luz del mismo Cristo, el cual, como Hijo de Dios, fue quien dictó la ley y envió a los profetas. El tema de la conversación de Moisés, Elías y Cristo no era lo que éste había enseñado, sino su muerte de sacrificio; esto era su deber como mediador, puesto que esta muerte de sacrificio era la consumación de la ley, los profetas y los eternos designios de Dios. Terminada su obra, Moisés y Elías señalaban hacia Él para ver cumplida la redención.

Así se mantuvo en el propósito de ser «contado entre los trans­gresores», como Isaías había ya profetizado. Incluso en este mo­mento de gloria, la cruz es el tema de la conversación con sus visitantes celestiales. Pero se trataba de una muerte vencida, de un pecado expiado y de una tumba vacía. La luz de gloria que en­volvía la escena era un gozo igual al del «ahora ya puedo morir» que Jacob pronunció al ver a José, o como el nunc dimittis pronun­ciado por Simeón al ver al divino Niño. ESQUILO, en su Agame­nón, describe un soldado que regresa a su tierra natal después de la guerra de Troya, el cual en su alegría dice que siente deseos de morir. SHAKESPEARE pone las mismas gozosas palabras en boca de Otelo después de los peligros de un viaje:

"Si ahora fuera preciso morir, sería éste el momento más dichoso; porque temo que mi alma posee ahora un gozo tan absoluto, que ninguna otra satisfacción como ésta le reserva el ignorado sino".

Pero en el caso de nuestro Señor, como dijo san Pablo, «te­niendo el gozo puesto ante sí, padeció la cruz».

Lo que los apóstoles observaron como algo particularmente her­moso y resplandeciente de gloria fueron su faz y su vestido; la faz, que más adelante quedaría teñida en la sangre que manaría de una corona de espinas; y sus vestiduras, que serían luego un ropaje de escarnio con que Herodes le vestiría para mofarse de El vestido de luz gloriosa que ahora cubría su cuerpo se con­vertiría en desnudez cuando su cuerpo fuera tan cruelmente maltra­tado en otra montaña.

Mientras los apóstoles se hallaban contemplando aquella visión lo que parecía ser el mismo vestíbulo del cielo, formándose una nube que los cubrió con su sombra.

"Y he aquí una voz de la nube que decía: 'Éste es mi amado Hijo, en quien tengo mi complacencia. Oídle a Él'". (Mt 17, 5)

Cuando Dios hace aparecer una nube es para manifestar que existen límites que al hombre no lees dado trasponer. En su bautismo, los cielos se abrieron; ahora, en la transfiguración se abrieron de nuevo para presentar a Cristo como el mediador y para distinguirle de Moisés y de los profetas. Era el cielo mismo el que le estaba enviando, no la perversa voluntad de los hombres. En el bautismo, la voz del cielo era para Jesús mismo, para los discípulos, en la colina de la transfiguración. Los gritos de “¡Crucifícale!” habrían sólo sido insoportables para los oídos de ellos si no hubieran sabido que era necesario que Hijo padeciera. No era Moisés y a Elías a quienes tenían que oír, sino a aquel que en apariencia moriría como un maestro cualquiera, pero que más que un profeta. La voz daba testimonio de la unión inquebrantable e indivisa de Padre e Hijo; recordaba también las palabras de Moisés de que a su debido tiempo suscitaría Dios de entre el pueblo de Israel a uno igual a Él mismo, al cual ellos tendrían que oír.

Al despertar los apóstoles de aquella radiante visión, hallaron a su portavoz, como casi siempre, en su compañero Pedro.

"Y sucedió que al tiempo que ellos se apartaban de Él, Pedro dijo a Jesús:
'Maestro, bueno es que nos estemos aquí. Hagamos, piles, tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías', sin saber lo que decía". (Lc 9, 31)

Una semana antes Pedro estaba tratando de encontrar un camino que condujera a la gloria sin necesidad de la cruz. Ahora imaginaba que la transfiguración era un buen atajo para llegar a la salvación, teniendo un monte de las Bienaventuranzas o un monte de la Transfiguración, sin el monte Calvario. Era la segunda y vez que Pedro intentaba disuadir a nuestro Señor de ir a Jerusalén a ser crucificado. Antes del Calvario, fue el que hablaba en nombre de todos aquellos que quisieran entrar en la gloria sin tener que comprarla mediante la abnegación y el sacrificio. En su vehemencia creía Pedro que la gloria que Dios hacía bajar del cielo y que los ángeles habían cantado en Belén podía establecer su tabernáculo entre los hombres sin necesidad de librar una guerra contra el pecado. Pedro olvidaba que, así como la paloma sólo después del diluvio pudo poner los pies en la tierra, también ahora la verdadera paz viene sólo después de la crucifixión.

Igual que un niño, Pedro trataba de capitalizar y hacer que fuera permanente aquella gloria transitoria. Para el Salvador, era una anticipación de lo que se reflejaba desde el otro lado de la cruz; para Pedro, era una manifestación de una gloria mesiánica terrena que era preciso almacenar y conservar. El Señor, que llamó a Pedro «Satán» porque quería una corona sin una cruz, le perdonó ahora este sentimiento humano exento de cruz porque sabía que él «no sabía lo que decía». Pero, después de la resurrección Pedro lo sabría. Entonces evocaría aquella escena con estas palabras:

"Con nuestros ojos hemos visto su majestad. Porque recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando una voz descendió a Él desde el esplendor de la gloria, diciendo:'Éste es mi amado Hijo, en quien tengo mi complacencia'.
Y esta voz la oímos nosotros enviada desde el cielo, estando con Él en el santo monte.

Y también tenemos, más firme, la palabra profética; a la cual hacéis bien en estar atentos, como a una lámpara que luce en lugar tenebroso, hasta que el día esclarezca, y el lucero de la mañana nazca en vuestros corazones". (II Ped 16-20)
(FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Ed. Herder, Barcelona, 1996, pp. 169-173)

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Aplicación: Benedicto XVI - La gloria de Cristo

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia está dominada por el episodio de la Transfiguración, que en Evangelio de san Lucas sigue inmediatamente a la invitación del Maestro: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" (Lc 9, 23). Este acontecimiento extraordinario nos alienta a seguir a Jesús.

San Lucas no habla de Transfiguración, pero describe todo lo que pasó a través de dos elementos: el rostro de Jesús que cambia y su vestido se vuelve blanco y resplandeciente, en presencia de Moisés y Elías, símbolo de la Ley y los Profetas. A los tres discípulos que asisten a la escena les dominaba el sueño: es la actitud de quien, aun siendo espectador de los prodigios divinos, no comprende. Sólo la lucha contra el sopor que los asalta permite a Pedro, Santiago y Juan "ver" la gloria de Jesús. Entonces el ritmo se acelera: mientras Moisés y Elías se separan del Maestro, Pedro habla y, mientras está hablando, una nube lo cubre a él y a los otros discípulos con su sombra; es una nube, que, mientras cubre, revela la gloria de Dios, como sucedió para el pueblo que peregrinaba en el desierto. Los ojos ya no pueden ver, pero los oídos pueden oír la voz que sale de la nube: "Este es mi Hijo, el elegido; escuchadlo" (v. 35).

Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está "Jesús solo" (v. 36). Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, "Jesús solo" es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día "transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3, 21).

"Maestro, qué bien se está aquí" (Lc 9, 33): es la expresión de éxtasis de Pedro, que a menudo se parece a nuestro deseo respecto de los consuelos del Señor. Pero la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que "Jesús solo" sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

En este periodo cuaresmal invito a todos a meditar asiduamente el Evangelio. Además, espero que en este Año sacerdotal los pastores "estén realmente impregnados de la Palabra de Dios, la conozcan verdaderamente, la amen hasta el punto de que realmente deje huella en su vida y forme su pensamiento" (cf. Homilía de la misa Crismal, 9 de abril de 2009: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de abril de 2009, p. 3). Que la Virgen María nos ayude a vivir intensamente nuestros momentos de encuentro con el Señor para que podamos seguirlo cada día con alegría.
(Ángelus, Plaza de San Pedro, Domingo 28 de febrero de 2010)

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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Escuchadle

1.- En el Evangelio de hoy se nos narra la Transfiguración de Jesucristo. Se oye una voz del Padre que dice: «Éste es mi amado hijo, ESCUCHADLE».

2.-Si escucháramos el mensaje de Jesucristo el mundo sería una maravilla. Decía el Papa Pío XII: «Si queremos un mundo mejor, hagamos mejores a los hombres». No son las estructuras las que hacen UN MUNDO MEJOR. Son los hombres que están en esas estructuras. Por eso dijo alguien con mucha gracia: «Vamos a ser tú y yo buenos, y habrá dos pillos menos». La gran obra en bien de la humanidad es hacer mejores a los hombres.

3.-Por eso fue un disparate lo que dijo en un mitin electoral el aspirante socialista a Presidente del Gobierno de España hablando a los jóvenes: «Si gano las elecciones habrá más deporte y menos religión».

4.- ¿Es que piensa que quitando la religión los hombres van a ser mejores?

5.-Por aquellos días nos estremeció la noticia de que en Murcia unos niños de doce años habían martirizado a un amigo subnormal. Si estos niños se hubieran formado católicamente no hubieran hecho eso.

6.-La falta de religión es la que fomenta la violencia, la lujuria, la corrupción y el terrorismo.

7.- Los enemigos de la Iglesia la atacan diciendo que es intolerante, porque no acepta el mal. Combatir el mal, es un bien. La Iglesia quiere hombres buenos que sean bienhechores de la humanidad como un San Juan de Dios, un San Vicente de Paúl, un San Pedro Nolasco, un San Pedro Claver, un San Juan Bosco, y tantos santos que han sido bienhechores de la Humanidad. Hagamos mejores a los hombres, y tendremos UN MUNDO MEJOR. Para eso, oigamos el mensaje de Jesucristo como pide el Padre.


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Ejemplos

"La reina de la noche"

"Conserva tu tenedor"

El camino de Jesús

"Conserva tu tenedor"
Había una mujer que había sido diagnosticada con una enfermedad incurable y a la que le habían dado solo tres meses de vida. Así que empezó a poner sus cosas "en orden", contactó a su sacerdote y lo citó en su casa para discutir algunos aspectos de su última voluntad. Le dijo qué canciones quería que se cantaran en su misa de cuerpo presente, qué lecturas hacer y con qué traje deseaba ser enterrada. La mujer también solicitó ser enterrada con su Biblia favorita. Todo estaba en orden y el sacerdote se estaba preparando para irse cuando la mujer recordó algo muy importante para ella.

- "Hay algo más", dijo ella exaltada.
- "¿Qué es?", respondió el sacerdote.
- "Esto es muy importante, -continuó la mujer- quiero ser enterrada con un tenedor en mi mano derecha".
El sacerdote se quedo impávido mirando a la mujer, sin saber exactamente qué decir.
- "Eso lo sorprende, ¿no?", pregunto la mujer.
- "Bueno, para ser honesto, estoy intrigado con la solicitud," dijo el sacerdote. La mujer explicó:
- "En todos los años que he asistido a eventos sociales y cenas de compromiso, siempre recuerdo que cuando se retiraban los platos del platillo principal, alguien inevitablemente se agachaba y decía, ’Quédate con tu tenedor’. Era mi parte favorita porque sabía que algo mejor estaba por venir... como pastel de chocolate o pay de manzana.
¡Algo maravilloso y sustancioso! Así que quiero que la gente me vea dentro de mi ataúd con un tenedor en mi mano y quiero que se pregunten '¿Para qué con el tenedor?'. Después quiero que usted les diga: 'Se quedó con su tenedor porque lo mejor está por venir'".
Los ojos del sacerdote se llenaron de lágrimas de alegría mientras abrazaba a la mujer despidiéndose. Él sabía que esta sería una de las últimas veces que la vería antes de su muerte. Pero también sabía que la mujer tenía un mayor concepto del Cielo que él. Ella sabía que algo mejor estaba por venir.
En el funeral la gente pasaba por el ataúd de la mujer y veían el precioso vestido que llevaba, su Biblia favorita y el tenedor puesto en su mano derecha. Una y otra vez el sacerdote escuchó la pregunta "¿Qué onda con el tenedor?" y una y otra vez el sonrió.
Durante su mensaje el sacerdote les platicó a las personas la conversación que había tenido con la mujer poco tiempo antes de que muriera. También les habló acerca del tenedor y qué era lo que simbolizaba para ella.
El sacerdote les dijo a las personas como él no podía dejar de pensar en el tenedor y también que probablemente ellos tampoco podrían dejar de pensar en él. Estaba en lo correcto. Así que la próxima vez que tomes en tus manos un tenedor, déjalo recordarte que lo mejor está aún por venir...



El camino de Jesús
El camino de quien sigue a Jesús es estrecho, pero vale la pena. Es como una vereda del bosque cuyas señales se pierden entre la maleza y requiere la experiencia de un buen scout para reconocerla. No es fácil hallar sus pistas. Son detalles, símbolos que hay que saber interpretar. A un caminante descuidado le pasan fácilmente desapercibidos. Siempre existe el peligro de desorientarse, y entonces hay que corregir la ruta y desandar lo andado...
Elegir la vía estrecha un día tras otro, ¡cuánta incomprensión nos causa! Y esto es más evidente porque cada día nos plantea la decisión.
En un mundo como el de hoy, donde la corriente arrastra con gran fuerza en dirección opuesta, empeñarse por recorrer este camino parece cosa de locos.
La alternativa es la opción mayoritaria: la que promete el gozo de placeres, el triunfo humano, el poseer y el aparecer. Pese a ello, Jesús no deja de asistirnos en la elección más difícil. No nos abandona jamás. Sufrir en silencio la injusticia, saber perdonar y no juzgar nunca; pagar bien por mal; vivir con generosidad, colaborando con quienes nos necesitan y desprendido de las cosas; todo esto es seguir la vereda estrecha.
En realidad es imposible perseverar en ella sino miramos a Jesús, si su ánimo no nos sostiene y su presencia y compañía no nos alienta. Él mismo es el camino, la puerta estrecha. No vamos por un camino más difícil sin sentido y sin recompensa. Por encima de todas las dificultades y encrucijadas, de todas las decisiones y de toda prueba, sabemos que encontrándole a Él lo tenemos todo.

Cortesía: iveargentina.org et alii







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