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Domingo 5 de Cuaresma C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

A su disposición

Exégesis:· Manuel de Tuya - La mujer adúltera (Jn.8,1-11)

Comentario Teológico: P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. - El gran perdonador

Santos Padres: San Agustín - Jesús viene como redentor no como condenador

Aplicación: S.S. Francisco pp - Dios perdona con una caricia

Aplicación: P. Alfredo Saenz S.J. - Tirar la primera piedra

Aplicación: Benedicto XVI - Sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre

Aplicación: Directorio Homilético - Quinto domingo de Cuaresma

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis:· Manuel de Tuya - La mujer adúltera (Jn.8,1-11)

Se está en los días de la fiestas de los Tabernáculos (Jua_7:1.14; Jua_8:2.12). Cristo tenía costumbre de retirarse, cuando estaba en Jerusalén, a pasar la noche al monte de los Olivos (Mat_24:3; Mat_26:30 par.) y especialmente pernoctaba en Getsemaní (Jua_18:2). — Pero ya muy de mañana volvió otra vez al templo, para aprovechar el concurso de los peregrinos y enseñar. La frase de “todo el pueblo venía a El” es más de Lc que de Jn (Luc_21:37.38), y es una forma redonda de hablar del gran concurso de gentes que le escuchaban. Esta misma afluencia es una clara indicación de ser uno de los días festivos.

Cristo estaba en uno de los atrios del templo y enseñaba a las gentes estando “sentado.” No pretende decir el evangelista que estuviese sentado en las cátedras de los doctores, sino en uno de los escaños o pequeña alfombra en donde se sentaban los discípulos oyentes (Luc_2:46; Hec_22:3); y, aunque éste era el modo ordinario de enseñar allí, esta precisión mira, sin duda, a participar lo que se describe en el v.6: que Cristo escribía con su dedo en tierra.

En esta situación es introducido un grupo de “escribas y fariseos.” Juan nunca cita juntas estas dos expresiones, ni nunca cita a los escribas. Un nuevo índice del origen adventicio de este pasaje.

Traían una mujer que “fue sorprendida” en flagrante delito de adulterio. No se dice cuándo. La palabra “ahora” — modo — que pone la Vulgata, falta en el griego. Podría pensarse que la traían al tribunal para juzgarla y que, al pasar por allí y ver a Cristo, quisieron comprometerle. Pero tampoco sería improbable el que se la trajesen ex profeso para enredarle en su resolución.

Se la pusieron en “medio” del círculo de gentes que lo rodeaban. No dicen que ellos hayan sido los testigos (Dan_13:37). Pero, ya en sus manos, nadie duda que sea verdad el delito del que la acusan.

Propusieron algunos (Fouard, Parrar) que este caso se explicaría bien, puesto que la festividad de los Tabernáculos era ocasión de muchos desórdenes morales por acampar la gente al aire libre y haber grandes aglomeraciones: era la “fiesta más alegre”; pero otros (Edersheim) lo niegan.

Asegurado el hecho, le plantean una cuestión más que de derecho, pues lo decían “tentándole.” Le alegan lo que dice la Ley. Según Moisés, la adúltera debía ser apedreada (Lev_20:10ss; Deu_22:23ss; Eze_16:40). En época más tardía se legislará la estrangulación l. Y alegada la legislación mosaica, le hacen, “tentándole,” la siguiente pregunta: y ante este caso, “tú, ¿qué dices?” Con ello, resalta el evangelista, buscaban poder “acusarle” (cf. Mat_22:15-22; Mat_19:3ss par.). Era un dilema claro en el que querían meterle: si aprobaba la legislación mosaica en aquel caso, podrían desvirtuarle, ante el pueblo, su misericordia; si no la aprobaba, lo acusarían de ir contra la Ley de Moisés. La cuestión era malévolamente planteada y hasta incluso apuntando a posibles complicaciones con el poder civil romano, ya que la pena de muerte era de competencia exclusiva del procurador romano (Jua_18:31).

Cristo, que estaba “sentado,” sin duda, en un pequeño y bajo escabel de los oyentes, o sobre una estera o alfombra, “inclinándose, escribía con el dedo en tierra.” ¿Qué significado tiene esto? “El sentido de este gesto no ha sido dilucidado con certeza” 2.
San Jerónimo proponía, conforme a una interpretación material de Jeremías (Jer_17:13), que escribía en tierra los nombres de los acusadores y sus culpas 3.

El gesto podría muy bien ser el de una persona que no quería intervenir en un asunto que se le propone (Luc_12:13.14). Power ha citado diversos casos modernos tomados del ambiente árabe. Queriendo un tal Qasím hablar de la actitud de su tribu, decía: “Cuando les piden regalos, se ponen a escribir con sus bastones en el suelo, pretextando excusas.” 4

Sin embargo, en el evangelio “simbolista” de Jn, acaso pudiese estar superpuesta por el evangelista la sugerencia, por sola evocación, de la interpretación de Jeremías que daba San Jerónimo. El texto de Jeremías dice: “Todos cuantos te abandonan (Yahvé) quedarán confundidos; quienes se apartan de ti, serán escritos en la tierra porque abandonaron a Yahvé, fuente de aguas vivas” (Jer_17:13). También era apartarse de Yahvé la maldad de ellos contra Cristo y contra aquella mujer. Acaso en el detalle de este relato esté el intento de sugerir también el sentido de este pasaje de Jeremías, aunque no la interpretación material del mismo, por Cristo.

Y la prueba de esto es que nadie leyó lo que El escribía. Era, sin duda, el gesto de una persona que no quiere inmiscuirse en un asunto ajeno y menos aún en la celada que le tendían.

Por eso ellos “insistían en preguntarle.” Pero ante la malicia de su intento, Cristo les da una doble lección de justicia y de misericordia. E “incorporándose” en su asiento, pero sin ponerse de pie (v.8), mirándolos y acaso señalándolos con el dedo, les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele el primero la piedra.” En la represión de la apostasía mandaba la Ley que los testigos denunciadores arrojasen los primeros las piedras contra el condenado enjuicio (Deu_13:9; Deu_17:7). A esto es a lo que alude la frase de Cristo. No es que Cristo negase el juzgar ni que los jueces cambiasen su oficio; pues siempre está en pie el “dad al César lo que es del César” (Mat_22:21 par.). Pero condenaba, en los que eran “sepulcros blanqueados,” que estaban “llenos de hipocresía e iniquidad” (Mat_23:27.28), un falso celo por el cumplimiento de la Ley en otros cuando ellos no la cumplían.

Mas su palabra, que era acusación, pronto hizo su efecto. Empezaron a marcharse los acusadores, “uno a uno, comenzando por los más ancianos.” Rodeado de gentes que lo admiraban y que podían estallar abiertamente a su favor, máxime si la acusación proseguía contundente, vieron que el mejor partido era abandonar aquella situación enojosa. Y empezaron a salirse hábilmente, inadvertidamente, uno a uno, comenzando por los más “ancianos.”

Acaso los más jóvenes, con un celo más exaltado, eran los que querían mostrarse más celadores; pero, mientras, los más “ancianos,” con más experiencia de la vida y de las multitudes, y posiblemente de otras intervenciones del mismo Cristo, fueron los primeros en salirse de aquella situación torpe y peligrosa. Y también una vida más larga de “fariseísmo” les daba a su conciencia un mayor volumen de acusaciones.

Y “se quedó El solo, y la mujer en medio.” La contraposición se hace entre los acusadores y la mujer, por lo que este quedarse ellos solos no excluye la presencia de la turba que lo estaba escuchando (v.2) cuando le trajeron aquella mujer.

Y hecha la lección de justicia contra los acusadores, da ahora la gran lección de la misericordia. Si ellos no pudieron, en definitiva, “condenarla,” cuando era lo que intentaban, menos lo hará Cristo, que vino a salvar y perdonar. Por eso le dijo: “Ni yo te condeno.” Pero, contando con un arrepentimiento y un propósito en ella: “Vete, y desde ahora no peques más.” Y la adúltera encontró a un tiempo la vergüenza, el perdón, la gracia y el cambio de vida.

Tres cuestiones sobre este pasaje.
Este pasaje es una cuestión debatida entre los autores. Son tres las cuestiones que le afectan, y que se indican separadamente.

1. Inspiración — Que este pasaje está inspirado es doctrina de fe. Pues es una de las perícopas que el concilio de Trento quiere incluir, al definir el canon de los libros inspirados, en la expresión “libros íntegros cum ómnibus suis partibus” 5. Es, pues, un pasaje bíblicamente inspirado.

2. Genuinidad__Este pasaje, ¿fue redactado e incluido en el cuarto evangelio por el mismo San Juan? Hay razones muy serias que hacen pensar que no.
a) Argumentos Contra La Genuinidad. — 1) Falta en los códices griegos mayúsculos más antiguos, y entre ellos el Alef, B, A, C, T, W, X, etcétera; falta en muchos minúsculos.
2) En otros códices mayúsculos, v.gr., E, M, S, D, etc., y en muchos minúsculos, el pasaje es anotado con un asterisco, indicando dudas sobre él En el códice L y el Delta, queda espacio libre entre 7:52 y 8:12, lo que indica la duda sobre su genuinidad.

3) En los códices que traen esta perícopa, aparece ésta con innumerables vanantes, mucho más que en otros casos. Lo que indica una falta de fijeza en el texto. Incluso códices que la traen la ponen sin fijeza de lugar. Unos la ponen después de Luc_21:38; otros al fin del evangelio de Jn; otros después de Jua_7:36 o Jua_7:44.

4) Falta en los manuscritos de las versiones antiguas principales: sean latinas (a, 1, 1, q), sea en otras varías siríacas, en la versión sahídica, en los más antiguos códices armenios.

5) Los escritores griegos que comentaron a San Juan, no comentan esta anecdota, sino que Jn.7,52 pasan a 8:12. Así Orígenes, San Crisóstomo, San Cirilo A., Teodoro de Mopsuestia.

Los más antiguos escritores latinos tampoco citan este pasaje. Tertuliano silencia esta historia. También parece que fue desconocida por San Cipriano y San Hilario.
Taciano, sirio, omite Jn 7:53-8:1-11 en su Diatessaron.
Falta en el papiro Bodmer u (p 66) y Bodmer (p 75).

6) Razones internas. — La estructura de la narrativa es más sinóptica que yoannea, tanto por su contenido como por su lengua y estilo. Así la expresión “escribas y fariseos,” tan usual en los sinópticos, no se encuentra en Juan. Y su inserción aquí rompe la continuidad lógica de los discursos del Señor.

b) Argumentos A Favor De La Genuinidad. — 1) Lo traen varios códices griegos mayúsculos, entre ellos el D. Pero éste (siglo V-VI) se caracteriza por sus muchas adiciones. Otros códices griegos mayúsculos son códices más recientes. Y éstos lo traen, unas veces en el lugar en que hoy está, otros después de otros pasajes de, Juan, o incluso después de Luc_21:36.
2) La traen muchos minúsculos.
3) Aparece en códices de antiguas versiones latinas; en la Vulgata, en versiones siro-palestinense, etiópica, boaírica.
4) El pasaje es muy antiguo. Es ya conocido de Papías 6, por lo que llega al siglo i. Se lo cita como parte del evangelio de Jn por Paciano (muerto antes del 304), por San Ambrosio 7, San Jerónimo, que dice que figura “en muchos códices griegos y latinos” 8; San Agustín es gran defensor de su genuinidad 9. Posteriormente es conocida unánimemente por los autores latinos.
5) Esta anecdota figura en la liturgia de la Iglesia; tanto entre los latinos (evangelio de la misa del sábado después de la tercera dominica de Cuaresma) como entre los griegos (en los días que se conmemora la festividad de las Santas Pelagia, María Egipcíaca, etc.). De ahí el que se encuentre en casi todos los “evangeliarios”; sólo se exceptúan 30. Pero este uso litúrgico es ya tardío.

De lo expuesto, hoy se sostiene por la mayor parte de los autores lo siguiente: basándose sobre todo en la autoridad de los códices griegos, esta narracion no perteneció originariamente al evangelio de San Juan, sino que fue insertada posteriormente en el mismo.

El haber sido insertada en este lugar puede explicarse porque Cristo, en este capítulo octavo (v.15), dice que él no juzga — condena — a nadie. Y la escena de la mujer adúltera, en que se termina diciendo: “Tampoco yo te condeno,” venía a ser la introducción, con un hecho histórico, de esta enseñanza de Cristo, al tiempo que la relación material de las palabras las venía, materialmente, a aproximar 10.

3) Historicidad. — Esta narración es ya muy primitiva. Era conocida por Papías 11, por lo que ya debe de llegar al siglo i; parece que fue conocida por el Pastor de Hermas 12, también la citan el Evangelio según los Hebreos 13 y la Didascalia, sobre 250.

La histoncidad del pasaje nada tiene en contra. Los datos topográficos de los versículos 1 y 2 son completamente exactos. Se la califica como “un fragmento de la tradición apostólica” 14, y se dice que lleva ciertamente el sello de la verdad intrínseca, y no presenta la más mínima huella de una invención tardía (Weiss-Meyer).

Debe de provenir de la misma tradición apostólica. Y por su misma verdad histórica y belleza doctrinal, fue conservada en la tradición. Y así autorizada, se insertó, en un momento determinado, en el evangelio de Juan. Pudo muy bien pertenecer, en cuanto a la sustancia del hecho, al mismo Juan, y ser recogida por algún discípulo suyo o formulada por un escritor más cercano al estilo sinóptico. Ni hay repugnancia en que proceda, por literatura y contenido, de la misma tradición sinóptica. Pero ¿no habría sido incorporada a los evangelios provenientes de ella? Querer precisar su autor literario parece imposible en el estado actual.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)
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Comentario Teológico: P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.  - El gran perdonador

Probablemente ocurrió durante la octava de los Tabernáculos, mientras Jesús enseñaba en el Templo (cf. Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos interrumpieron la enseñanza de Jesús echándole al medio una mujer que había sido atrapada en flagrante adulterio; la habían arrastrado por la ciudad, mostrándose así como los celosos custodios de la Ley y de la moral. El Levítico, mandaba que tales mujeres fuesen lapidadas, es decir, apedreadas hasta morir. La mujer, siendo judía, conocía la ley y sabía que no tenía escapatoria humana: iba a ser condenada a muerte. Los escribas y fariseos, sin embargo, quieren que sea Jesús quien la juzgue: si la condena, respetando la ley mosaica, irá en contra de su predicación de misericordia con los pecadores; si la absuelve prevaricará contra la ley. Por eso dice san Juan: Decían esto para ponerle a prueba y tener de qué acusarlo. Jesús demostró que la ley estaba bien, pero que si hubiese de aplicarse estrictamente nadie tendría salvación: El que de vosotros esté sin pecado, arroje la primera piedra. Ninguno se animó a proclamarse justo e inocente delante de Cristo; era muy peligroso hacer eso delante del Rabí que leía las conciencias y los corazones. Por eso fueron yéndose uno a uno, empezando por los más ancianos, es decir, por los que cargaban con más delitos ante Dios.

Quedaron solos: Jesús y la mujer; la Misericordia y la miseria, dirá luego San Agustín. Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó? Y ella entonces dijo: Ninguno, Señor. Dijo entonces Jesús: Tampoco yo te condeno. Vete y desde este momento no peques más.

Séneca fue una de las mentes más lucidas del paganismo; sin embargo, él escribió en su obra sobre la clemencia lo siguiente: “Yo considero [la misericordia] un defecto del alma. Pertenece a aquel grupo de cosas que... debemos repudiar... Los hombres honestos han de huir de la misericordia, que es el vicio de la pusilanimidad respecto de los males ajenos... Suelen sentirla los hombres peores. Son las viejas y las mujerzuelas las que se conmueven con las lágrimas de los culpados, y ello hasta el punto que, de serles permitido, los sacarían de las cárceles... Es la misericordia una enfermedad del alma, originada por la apariencia de las miserias ajenas, o una tristeza por los males de los demás, nacida de creer que les ocurren sin merecerlo. Esta enfermedad no recae sobre el hombre sabio”. ¡Y el que así escribe no es Nerón, ni Dioclesiano, ni Calígula, sino Séneca, el gran moralista pagano!

En contraposición con esta oscura visión del paganismo, la figura de Cristo puede resumirse en una sola estampa: la del “Gran Perdonador”. Dios al Encarnarse se hizo Perdón. Sus actitudes y gestos más importantes son los del perdón, porque grande es su compasión e infinita su misericordia.

1. El perdón en los motivos de la Encarnación

¿Qué interés, qué ganancias saca Dios haciendo tanto por nosotros? Ninguno para Él; todo para nosotros. Lo que mueve a Dios a encarnarse son sólo sus entrañas de misericordia. Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios... nos visitará el Sol que nace de lo alto (Lc 1,78). La palabra misericordia viene de miseris-cor-dare, dar el corazón a los miserables, a los desgraciados, a los afligidos. El vocablo usado a menudo en el Antiguo Testamento es rahamim, derivado de rehem, el regazo materno; es decir, la misericordia divina es todo un conjunto de sentimientos entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, la disposición al perdón total; cualidades todas que identificamos con el amor maternal. Como dice Dios por el Profeta Isaías: ¿Puede acaso una mujer olvidarse de su pequeñuelo, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olvidaren, yo no te olvidaría (Is 49,15).

El Verbo se encarna para que tengamos Vida y en abundancia: Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Por eso dirá luego San Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó [por Cristo] la gracia (Rom 5,20). “Jesucristo con su muerte –confiesa San León Magno– nos trajo mayores bienes que los males que nos trajo el diablo por el pecado”.

La abundancia se muestra en la enormidad de cuanto hizo Jesucristo por nosotros. Para redimirnos, siendo Dios, le bastaba con un gesto, con una sola oración, con sólo quererlo, con una gota de su sangre, pero bebió todas las amarguras de la Pasión, del desprecio, de la ignominia, del dolor y finalmente la muerte.

Y lo hizo siendo nosotros enemigos de Dios por el pecado. Nadie ama a sus enemigos... salvo Dios y los hijos de Dios: Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios (Rom 5,10); Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos... os ha reconciliado (Col 1,21). Por eso dice San Pablo de Cristo que Él ha dado en sí mismo muerte a la enemistad (Ef 2,16).

Jesucristo fue el primero en cumplir lo que Él mismo enseñó: Se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan (Mt 5, 43-44). Por eso nos amó y hasta el extremo. “Oh amor inmenso de nuestro Dios –dice San Bernardo– que, para perdonar a los esclavos, ni el Padre perdonó al Hijo, ni el Hijo se perdonó a sí mismo”.

2. El perdón en los gestos hacia los pecadores

Jesús se manifestó en todo momento como defensor de los pecadores. Los hombres perdonan menos que Dios. Y aun cuando el hombre considera que algo es imperdonable, todavía allí Dios ofrece el perdón. Por eso defiende a los pecadores que son castigados y despreciados por los hombres: defiende a la mujer sorprendida en adulterio, defiende a los samaritanos que lo rechazan (El Hijo del hombre no vino a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas: Lc 9, 56), defiende a la pecadora que lava sus pies con sus lágrimas en casa del fariseo (cf. Lc 7,36ss), defiende a María de Betania de las murmuraciones de Judas (cf. Jn 12,4ss), defiende a sus verdugos durante su crucifixión: Perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,24).

Lo manifestó también saliendo a buscar a los pecadores, como el buen pastor cuando se le pierde una oveja deja las noventa y nueve que están a salvo y camina por el desierto hasta encontrar la descarriada (cf. Lc 15,4-7).

Lo manifestó también al afirmar que recibiría con ternura y generosidad a los que retornaran a Él: como el padre de la parábola hace con el hijo pródigo (cf. Lc 15,12). Porque hay más alegría en los cielos por un pecador que se convierte que por 99 justos que no necesitan conversión (Lc 15,7).

3. El perdón en los llamados a los pecadores

Jesucristo se describe casi suplicando a los pecadores que tengan compasión de sus propias almas. Todo aquél que venga a Mí, yo no lo echaré fuera (Jn 6,37). Ya estaba dicho en el Antiguo Testamento: No me complazco en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva (Ez 18,32). Con cuánta razón escribió San Juan de Ávila: “Este Señor crucificado es el que alegra a los que el conocimiento de sus pecados entristece, y el que absuelve a los que la ley condena, y el que hace hijos de Dios a los que eran esclavos del demonio. A éste deben procurar conocer y allegarse todos los adeudados con espirituales deudas de pecados que han hecho, y que por ello están en angustia y amargura de corazón cuando se miran, e irles ha bien... Quien sintiere desmayo mirando sus culpas, alce sus ojos a Jesucristo, puesto en cruz y cobrará esfuerzo”.

Cristo promete el perdón y da seguridad de su compasión a todos cuantos se le acercan y oyen su llamado: Venid a Mí todos los que estáis agobiados, que yo os aliviaré (Mt 11,28); Venid, hagamos cuentas, dice Yahvéh; aunque vuestros pecados fuesen como la grana, los dejaré más blancos que la nieve; aunque fuesen rojos como la púrpura, quedarán blancos como la lana (Is 1,18).

Ciertamente, más quiere Dios perdonar al hombre que el hombre ser perdonado. Por eso su mejor imagen es la de la Cruz: allí, con los brazos abiertos es el símbolo de la espera del pecador, de la misericordia, del perdón. Él es, como lo describe Pemán en El divino impaciente:

“...Un condenado de amor
que nos amó de tal suerte,
que nos dio vida en su muerte
y esperanza en su dolor;
... un generoso Señor
que para todos tenía
una palabra de miel,
y a los parias atendía
y a los niños les decía
que se acercasen a Él;
¡... un Dios que en la Cruz clavados
tiene ya por los pecados
de todos los pecadores,
de tanto abrirlos de amores
los brazos descoyuntados!”.

Pedro Malón de Chaide, teólogo y poeta agustino, catedrático en Huesca y Zaragoza, fallecido en 1589, discípulo de Fray de León, escribió una página maravillosa jugando con dos expresiones evangélicas: el Ecce homo, “he aquí al hombre” (Jn 19,5), que pronuncia Pilatos al mostrar a Cristo humillado ante los judíos, y el Ecce mulier, las palabras con que San Lucas introduce la aparición de la Magdalena arrepentida en casa del fariseo mientras Jesús comía (“He aquí que una mujer pecadora...”: Lc 7,37). Es irresistible transcribir su relato:

“Dos ecce hallo en la Sagrada Escritura que parecen contrapuestos el uno del otro: el uno es este Ecce mulier, y el otro, el Ecce homo que se dijo del Hijo de Dios...

Poned, pues, a una parte a Cristo llagado, atado, espinado, el rostro lleno de cardenales y salivas, el cuerpo cubierto de sangre de los azotes, aquellos divinos ojos llenos de lágrimas; poned a otra parte a Magdalena, suelta, profana, llena de pecados, infame, sin nombre, hecha una añagaza del demonio, un despeñadero de almas.

Oíd a Pilatos que dice: Ecce homo, y volved a San Lucas, que le contrapone: Ecce mulier, y mirad ahora el misterio tan galán que ahí está: Ecce homo, pues Ecce mulier. Para que haya un Ecce mulier, es menester que haya un Ecce homo, que si éste no hay, no habrá aquél. Ecce homo, que se hizo hombre por gracia; Ecce mulier, que es mujer flaca por naturaleza; Ecce homo, que es justo; Ecce mulier, que es pecadora; Ecce mulier, que peca, pues Ecce homo, que lo paga; Ecce mulier, culpada, pues Ecce homo, penado; Ecce mulier, que merece el castigo, pues Ecce homo, que es azotado; Ecce mulier, suelta, pues Ecce homo, atado; Ecce homo, que, siendo Dios, se hizo hombre, pues Ecce mulier, que, siendo pecadora, queda santa; Ecce homo, que muere porque ésta viva, pues Ecce mulier que vive porque éste muere; Ecce homo, que le presentan por esta mujer a Pilatos, pues Ecce mulier, que la presentan por este hombre al Padre. Pilatos da este Ecce homo a los hombres para su rescate; Cristo da este Ecce mulier al Padre para su regalo. ¡Oh trueque soberano! ¡Dulce bien nuestro, que te pones en competencia por una pecadora porque tu amor te fuerza y tu Padre te lo manda!

... Ecce homo, remedio de mis males, hombre que paga mis deudas, sangre con que se lavan mis culpas, precio con que se redime mi ofensa. Pilatos te me muestra, Redentor de mi alma; tu Padre te me da, tú mueres por mí. Tú dices: Esta es mi sangre, que derramo por vosotros. Tu padre dice: Así amo al mundo, que le di un solo Hijo que tenía. Pilatos me dice: Pues veis ahí al hombre que todo eso hace: Ecce homo. El me dice: Ecce homo; mas yo digo: Ecce Deus. Hombre te me muestran, mas Dios te conozco. Ecce homo, que muere por mí; Ecce Deus, que resucita por sí; Ecce homo, que muestra mi flaqueza padeciendo; Ecce Deus, que me da su fortaleza venciendo. ¡Dulce retrato de mi remedio, que así te había yo menester para mí, que te perdiese a Ti para hallarme a mí!”.

En una iglesia de Würzburg hay un crucifijo poco común. Los brazos del Salvador no están extendidos sobre el patíbulo sino hacia delante y cruzados. Dice la leyenda que cuando los suecos ocuparon la ciudad y se entregaron a amontonar el botín de guerra, un soldado penetró en el templo durante la noche y quiso quitar de la cabeza del Redentor la corona de oro. ¡Oh prodigio! Los brazos del Crucificado se desclavaron de su Cruz y abrazaron al sacrílego ladrón. Lo tenían sujeto; pero no lo apretaban con rencor sino con ternura infinita. Por la mañana sus compañeros lo encontraron todavía en la iglesia, entre los brazos del Cristo, bañado el rostro en lágrimas de vergüenza y con el corazón contrito.

¿Es sólo la historia de un soldado? Es la historia del hombre.
(Fuentes, M. A., I.N.R.I. Jesús Nazareno, Rey de los Judíos, Ediciones del Verbo Encarnado, Dushambé – San Rafael (Mendoza), 1999, p. 223 – 228)

___________________________________
1. Séneca, De clemencia, 2,4-5.
2. San Juan de Ávila, Audi filia, c. 68.
3. Pedro Malón de Chaide, La conversión de la Magdalena, P. 2ª, ca. XII.


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Santos Padres: San Agustín - Jesús viene como redentor no como condenador

4. ¡Señor, escucha mi oración! De esa calaña eran los judíos aquellos que leemos en el Evangelio. Su propia lengua les condujo a la muerte. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Se nos narra que los judíos presentaron a Jesús a una meretriz para tentarle diciendo: Maestro, esta mujer fue sorprendida hace un instante en adulterio. Conforme a la ley de Moisés hay que lapidar a cualquier mujer sorprendida en adulterio. Tú, ¿qué dices? La lengua hablaba así, pero no conocía a su Creador. Aquellos judíos no querían orar y decir: libera mi alma de la lengua mentirosa. Se habían acercado a Jesús de manera dolosa, intentando llevar a efecto su propósito.

El Señor no había venido a derogar la ley, sino a cumplirla y a perdonar los pecados. Se dijeron los judíos entre sí: «Sí dijere que hay que apedrearla le diremos: ¿dónde está el que perdona los pecados? ¿No eres tú el que dices: Perdonados te son tus pecados? Y si dijere: désele la libertad, diremos: ¿Cómo es que viniste a cumplir la ley y no a destruirla?» Contemplad una lengua mentirosa ante Dios. Jesús, que había venido como redentor, no como condenador —había venido a redimir lo que había perecido—, se apartó de ellos como no queriendo verlos.

No carece de sentido este alejamiento de ellos; algo especial se transparenta en esta acción. Como si dijera: « ¡Vosotros, pecadores, me traíais una pecadora! Si pensáis que debo condenar los pecados, comenzaré por vosotros mismos». Y el que vino a perdonar los pecados dice: El que de vosotros crea estar sin pecado, que lance la primera piedra contra ella. ¡Oh respuesta! Si hubiesen intentado lanzar la piedra contra la pecadora, en ese mismo instante se les hubiera dicho: Con el juicio que habéis juzgado seréis también juzgados. Condenáis, luego seréis condenados. Los judíos, sin embargo, aunque no conocían al Creador, conocían su propia conciencia. Por eso, volviéndose la espalda mutuamente, ya que avergonzados no querían ni verse a sí mismos, se fueron marchando todos, comenzando por los más ancianos hasta los más jóvenes, según se nos narra en el Evangelio. El Espíritu Santo había dicho: Todos se descarriaron; ya no hay quien haga bien, no queda siquiera uno.

5. Se marcharon todos. Quedaron solos Jesús y la pecadora. Permaneció el Creador con la criatura; permaneció la miseria con la misericordia; permaneció la que reconoció su pecado con el que se lo perdonó. Esto significa el escribir sobre la tierra. Cuando fue creado el hombre, se le dijo: Eres tierra. Cuando Jesús ofrecía el perdón a la pecadora, escribía sobre la tierra. Ofrecía el perdón; pero, al ofrecérselo, levantó hacia ella el rostro y le dijo: ¿Nadie te apedreó? Ante esto, ella no dijo: ¿Por qué? ¿Qué hice, Señor? ¿Acaso soy reo?

No habló la pecadora de ese modo, sino que dijo: Nadie, Señor. Se acusó, pues, a sí misma. Los judíos no pudieron probar el delito; y se marcharon. Ella confesó el pecado que el Señor no ignoraba; pero el Señor, a la vez, buscaba la fe y la confesión. ¿Nadie te apedreó? — Nadie, Señor, respondió ella. Dijo nadie a causa de la confesión de los pecados; y dijo Señor a causa del perdón. Nadie, Señor. Conozco ambas cosas: quién eres tú y quién soy yo. Ante ti me confieso, ya que escuché: Confesad al Señor porque es bueno. Reconocí mi culpa y reconocí tu misericordia. Y dijo: Guardaré mis caminos para que mi lengua no sea falaz.

Los judíos pecaron al obrar con dolo, pero la pecadora se liberó confesando. ¿Nadie te condenó? —Nadie, y calla. Jesús escribe de nuevo. Escribió dos veces, según se nos narra: Una, al otorgar el perdón; otra, al renovar los preceptos. Ambas cosas se hacen cuando recibimos el perdón. Firmó el emperador; y cuando se renueva esta formalidad, de nuevo se dan otros preceptos. Estos preceptos son aquellos que hemos escuchado en el Apóstol mandando observar la caridad. Anteriormente hemos escuchado esa lectura. Y el mismo Señor lo dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y amarás al prójimo como a ti mismo. En estos dos preceptos se encierra toda la ley y los profetas.

6. Para que no tuviéramos dificultad en entender fueron proclamadas solamente dos cosas: Dios y el prójimo; el que te hizo y con quien te hizo. Nadie te ha dicho: «Ama el sol, ama la luna, ama la tierra y todo lo que se ha hecho». En todas estas cosas Dios ha de ser alabado, el Creador ha de ser bendecido. ¡Cuán grandiosas son tus obras; todas las cosas las hiciste sabiamente! Son tuyas; tú las has hecho. ¡Gracias te sean dadas! Pero sobre todas las cosas nos hiciste a nosotros. ¡Gracias también!

Somos tu imagen y tu semejanza. ¡Gracias! Hemos pecado y fuimos buscados por ti. ¡Gracias! Te hemos abandonado, pero tú no nos abandonaste. Para que no nos olvidásemos de tu divinidad y te perdiésemos, tú tomaste nuestra humanidad. ¡Gracias te sean dadas! ¿Cuándo no hemos de darte gracias? Por eso dije: Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Aquella mujer, presentada a Jesús como adúltera, acogió el perdón y fue absuelta. ¿Nos será a nosotros trabajoso recibir el perdón de todos nuestros pecados mediante el bautismo, mediante la confesión y mediante la gracia?

Pero que nadie diga ahora: «Aquella mujer recibió el perdón. Yo todavía soy un catecúmeno. Cometeré adulterios, ya que recibiré también el perdón. Imagínate que soy como aquella mujer. Reconoció su pecado y fue absuelta.

 Nuestro Dios es bueno. Si llegare a pecar, se lo confesaré y me perdonará». Estás bien atento a su bondad, pero debes tener siempre presente su justicia; ya que, al igual que es bueno perdonando, es también justo condenando. Por eso dije: Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Me gustaría saber si ahora, mientras estoy predicando, nadie ha pecado con su lengua. Posiblemente, en el tiempo que llevamos aquí, ninguno de vosotros ha hablado mal; pero tal vez alguno haya pensado mal. ¡Estad atentos! Guardaré mis caminos para que no caiga con mi lengua. Di de verdad: Puse un candado a mi boca cuando el pecador se presentó contra mí.
(SAN AGUSTÍN, Sermones (1º) (t. VII). Sermón 16A, 4-7, BAC Madrid 1981, 261-65)

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Aplicación: S.S. Francisco pp - Dios perdona con una caricia

«Dios perdona no con un decreto sino con una caricia». Y con la misericordia «Jesús va incluso más allá de la ley y perdona acariciando las heridas de nuestros pecados». A esta gran ternura divina el Papa Francisco dedicó la homilía de la misa del lunes 7 de abril.

«Las lecturas de hoy —explicó el Pontífice— nos hablan del adulterio», que junto a la blasfemia y la idolatría era considerado «un pecado gravísimo en la ley de Moisés», sancionado «con la pena de muerte» por lapidación. El adulterio, en efecto, «va contra la imagen de Dios, la fidelidad de Dios», porque «el matrimonio es el símbolo, y también una realidad humana de la relación fiel de Dios con su pueblo». Así, «cuando se arruina el matrimonio con un adulterio, se ensucia esta relación entre Dios y el pueblo». En ese tiempo era considerado «un pecado grave» porque «se ensuciaba precisamente el símbolo de la relación entre Dios y el pueblo, de la fidelidad de Dios».

En el pasaje evangélico propuesto en la liturgia (Jn 8, 1-11), que relata la historia de la mujer adúltera, «encontramos a Jesús que estaba sentado allí, entre mucha gente, y hacía las veces de catequista, enseñaba». Luego «se acercaron los escribas y los fariseos con una mujer que llevaban delante de ellos, tal vez con las manos atadas, podemos imaginar». Y, así, «la colocaron en medio y la acusaron: ¡he aquí una adúltera!». Se trataba de una «acusación pública». Y, relata el Evangelio, hicieron una pregunta a Jesús: «¿Qué tenemos que hacer con esta mujer? Tú nos hablas de bondad pero Moisés nos dijo que tenemos que matarla». Ellos «decían esto —destacó el Pontífice— para ponerlo a prueba, para tener un motivo para acusarlo». En efecto, «si Jesús decía: sí, adelante con la lapidación», tenían la ocasión de decir a la gente: «pero este es vuestro maestro tan bueno, mira lo que hizo con esta pobre mujer». Si, en cambio, «Jesús decía: no, pobrecilla, perdonadla», he aquí que podían acusarlo «de no cumplir la ley». Su único objetivo era «poner precisamente a prueba y tender una trampa» a Jesús. «A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adulterios». Es más, «tal vez algunos de ellos eran adúlteros».

Por su parte, a pesar de que había mucha gente alrededor, «Jesús quería permanecer solo con la mujer, quería hablar al corazón de la mujer: es la cosa más importante para Jesús». Y «el pueblo se había marchado lentamente» tras escuchar sus palabras: «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».

«El Evangelio con una cierta ironía —comentó el obispo de Roma— dice que todos se marcharon, uno por uno, comenzando por los más ancianos». He aquí, entonces, «el momento de Jesús confesor». Queda «solo con la mujer», que permanecía «allí en medio». Mientras tanto, «Jesús estaba inclinado y escribía con el dedo en el polvo de la tierra. Algunos exegetas dicen que Jesús escribía los pecados de estos escribas y fariseos. Tal vez es una imaginación». Luego «se levantó y miró» a la mujer, que estaba «llena de vergüenza, y le dijo: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios. Sin acusaciones, sin críticas: tú y Dios».

La mujer no se proclama víctima de «una falsa acusación», no se defiende afirmando: «yo no cometí adulterio». No, «ella reconoce su pecado» y responde a Jesús: «Ninguno, Señor, me ha condenado». A su vez Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más, para no pasar un mal momento, para no pasar tanta vergüenza, para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo».

Así, pues, «Jesús perdona. Pero aquí hay algo más que el perdón. Porque como confesor Jesús va más allá de la ley». En efecto, «la ley decía que ella tenía que ser castigada». Pero Él «va más allá. No le dice: no es pecado el adulterio. Ni tampoco la la condena con la ley». Precisamente «este es el misterio de la misericordia de Jesús».

Y «Jesús para tener misericordia» va más allá de «la ley que mandaba la lapidación»; y dice a la mujer que se marche en paz. «La misericordia —explicó el Papa— es algo difícil de comprender: no borra los pecados», porque para borrar los pecados «está el perdón de Dios». Pero «la misericordia es el modo como perdona Dios». Porque «Jesús podía decir: yo te perdono, anda. Como dijo al paralítico: tus pecados están perdonados». En esta situación «Jesús va más allá» y aconseja a la mujer «que no peque más». Y «aquí se ve la actitud misericordiosa de Jesús: defiende al pecador de los enemigos, defiende al pecador de una condena justa».

Esto, añadió el Pontífice, «vale también para nosotros». Y afirmó: «¡Cuántos de nosotros tal vez mereceríamos una condena! Y sería incluso justa. Pero Él perdona». ¿Cómo? «Con esta misericordia» que «no borra el pecado: es el perdón de Dios el que lo borra», mientras que «la misericordia va más allá». Es «como el cielo: nosotros miramos al cielo, vemos muchas estrellas, pero cuando sale el sol por la mañana, con mucha luz, las estrellas no se ven». Y «así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura». Porque «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia». Lo hace «acariciando nuestras heridas de pecado porque Él está implicado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación».

Con este estilo, concluyó el Papa, «Jesús es confesor». No humilla a la mujer adúltera, «no le dice: qué has hecho, cuándo lo has hecho, cómo lo has hecho y con quién lo has hecho». Le dice en cambio «que se marche y que no peque más: es grande la misericordia de Dios, es grande la misericordia de Jesús: nos perdona acariciándonos».

(MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE.Lunes 7 de abril de 2014
Fuente: L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 15, viernes 11 de abril de 2014)


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Aplicación: P. Alfredo Saenz S.J. - Tirar la primera piedra


Este domingo es el último de Cuaresma, por lo que la Iglesia propone a nuestra consideración un relato evangélico que se sitúa en los días previos a los trágicos acontecimientos de la Semana Santa. Los miembros del Sanedrín seguían buscando la forma de matar a Jesús porque su presencia les resultaba insoportable. El Señor, como era su costumbre, especialmente a la vigilia de importantes eventos, se fue a orar al Monte de los Olivos. Este monte dista sólo un kilómetro de la ciudad, de la que lo separa el torrente Cedrón. Sin duda que desde ese punto elevado el Señor habrá contemplado, durante su oración nocturna, la Ciudad Santa en la que se consumaría pronto "su hora", la hora que tanto había deseado pero que al mismo tiempo lo llenaba de angustia. "Jerusalén, Jerusalén –había dicho un día el Señor–, tú que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise Yo reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y vosotros no lo habéis querido!". Al amanecer, Jesús volvió al Templo, donde ya eran seguramente muchos los peregrinos presentes, porque se acercaba la gran fiesta de la Pascua.

En este contexto, los escribas y fariseos seguían buscando algún pretexto que pudiese justificar lo injustificable, es decir, la condena del Justo. Como muchas veces ya lo habían hecho, tratan de poner a Jesús ante un dilema insoluble, la aparente contradicción entre un precepto bíblico y la enseñanza de Jesús mismo. Si Jesús elige dejar de lado el mandato bíblico podría ser acusado de quebrantar la ley de Dios y, por ende, condenado; si elige apartarse en este caso de lo que ha enseñado, contradiría sus propias enseñanzas, perdiendo así toda autoridad. Sin embargo, como a lo largo de todo el Evangelio, los enemigos se verán confundidos por la Sabiduría del Maestro que los deja sin respuesta y los pone ante la obligación de cambiar, ellos sí, de actitud ante la Verdad que les es anunciada.

La trampa que le es tendida a Jesús radica en la aparente oposición que existe entre el precepto divino que manda castigar con firmeza el pecado y su consabida misericordia hacia los pecadores. "Y tú, ¿qué dices?". El precepto divino era aquel en que Moisés mandaba que la mujer sorprendida en delito de adulterio fuera lapidada. Conocedores de la misericordia de Jesús, con la imputación de amigo de publicanos y pecadores, juzgaron los escribas y fariseos que se inclinaría, contra lo establecido por la ley, por una sentencia absolutoria, con la que tendrían ya el motivo para acusarlo y condenarlo. "Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo". Si por el contrario, optaba por la pena de la lapidación, se pondría contra el procurador romano que se reservaba el derecho de condenar a muerte; y si aconsejaba llevar el caso ante el tribunal romano se lo vería como amigo de los enemigos del pueblo judío, con lo que se enajenaría su simpatía, que era la finalidad de toda la táctica farisaica.

En un primer momento, el Señor responde a la maldad de sus adversarios por la indiferencia. "Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo". Ante la insistencia de sus acusadores, seguramente para salvar la vida de esa pobre mujer y enseñar la verdad a todos los allí presentes, Jesús da una habilísima respuesta que logra tres fines: ponerse del lado de la ley, con lo que no podrán acusarlo; perdonar a la pecadora, que es lo que su corazón quiere, y confundir la maldad de los hipócritas. "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra", les dijo con imperio.

Jesús los hace entrar dentro de sí mismos. Clavaban sus ojos en la adúltera pero no los clavaban en sí mismos. Siendo ellos transgresores de la ley, querían que se cumpliese la ley, y esto por medio de toda clase de astucias, no según las exigencias de la verdad. Todo el que dirige su vista al interior, se ve pecador. Quien es incapaz de juzgar con severidad sus propios pecados, será incapaz de juzgar con rectitud a los demás.

Nuevamente, el Señor pone de manifiesto el gran pecado de los escribas y fariseos: la soberbia. La ceguera de quienes negándose a entrar en su propio corazón, para no ver su propia miseria espiritual, rechazan la salvación que les es ofrecida. La desesperación de aquellos que siguen predicando una verdad que no creen posible de ser llevada a la práctica, escondiendo la propia impotencia en una justicia puramente exterior.

¡Qué gran lección para todos nosotros, queridos hermanos! Un día estaremos frente al Juez justo y veraz, que nos juzgará por lo que hay en nuestro corazón. El no discrimina según las apariencias o según los criterios de los hombres. Nos da tiempo para la corrección. No abusemos, sin embargo, de la misericordia divina. Por dos cosas están en peligro los hombres, dice San Agustín comentando este texto: por la pseudo esperanza y por la desesperación. Se engaña el que espera falsamente, diciendo en su corazón: Dios es bueno, puedo hacer lo que me plazca, porque es infinitamente misericordioso. Se engaña también aquel que, habiendo caído en graves pecados, cree que ya no hay perdón para ellos, aunque se arrepienta. El alma fluctúa entre la pseudo esperanza y la desesperación. Al que abusa de su misericordia, Dios le dice: "No demores tu conversión al Señor ni la difieras de un día para otro, porque pronto llegará la ira de Dios, y en el momento de la venganza será tu ruina" (Ecles. 5, 8); a los que están tentados por la desesperación, el Señor dice: "En el momento mismo en que el inicuo se convierta, olvidaré para siempre todas sus iniquidades" (Ez. 18, 27).

Los escribas y fariseos conocían la ley de memoria, pero no habían comprendido el espíritu del Legislador, no conocían el corazón ni las intenciones de Dios. Jesucristo es la Imagen visible del Dios invisible. Cuando lo vemos recibir con compasión a la pecadora, el corazón de Dios se nos manifiesta. Dios no promulgó su santa ley para complacerse en la perdición del pecador, sino para corregirlo como Padre y llevarlo a la vida. "Yo no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva, dice el Señor".

Como se ve, los fariseos utilizaban la ley de Dios con una finalidad opuesta a la que Dios mismo le había dado. En el plan de Dios la ley era un remedio, un correctivo, para llamar al hombre a la reflexión, a la conversión. Era como una luz que iluminaba su camino para que su juicio moral no se desviase, para que no llamase bien al mal y mal al bien. La finalidad de la ley era -y es- la gloria de Dios y la salvación del hombre. Quien la aplica sin caridad, sin buscar que el pecador se arrepienta y llegue a la dignidad de hijo de Dios, contradice la voluntad de Dios mismo.

¡Ay de nosotros, queridos hermanos, si con la excusa de defender la causa de Cristo nos gozamos en la vergüenza del pecador, en su castigo! ¡Ay de nosotros si a costa del buen nombre de nuestro prójimo intentamos satisfacer las bajas pasiones, los celos, las envidias, las conquistas miserables del puesto, del honor, de los bienes! Y esto cubriéndonos con la máscara de la justicia y de la virtud... Al contrario; que el Espíritu Santo modele nuestro corazón en la fragua del corazón de Cristo: "Vete y no peques más en adelante". Inflexible con el pecado, y lleno de misericordia con el pecador. Considerando mucho más grave la simulación farisaica, tras un velo de observancia de la ley, que los pecados de aquellos que se dejan arrastrar por sus pasiones. Que este pasaje evangélico nos llene de confianza en el amor generoso de Jesús, y nos haga más misericordiosos con los demás, pero sin debilidad para con el pecado. Tal será la medida de nuestro propio juicio, como bien nos lo dice el mismo Jesús: "Porque con la medida con que medís se os medirá también".
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 114-118)

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Aplicación: Benedicto XVI - Sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del  hombre

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa Felicidad e Hijos, mártires:
En la línea de lo que la liturgia nos propuso el domingo pasado, la página evangélica de hoy nos ayuda a comprender que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es, sobre todo, amor: si odia el pecado, es porque ama infinitamente a toda persona humana.

Nos ama a cada uno de nosotros, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro rechazo. Hoy, en particular, Jesús nos invita a la conversión interior: nos explica por qué perdona, y nos enseña a hacer que el perdón recibido y dado a los hermanos sea el "pan nuestro de cada día".

El pasaje evangélico narra el episodio de la mujer adúltera en dos escenas sugestivas: en la primera, asistimos a una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en flagrante adulterio y, según la prescripción contenida en el libro del Levítico (cf. Lv 20, 10), condenada a la lapidación. En la segunda escena se desarrolla un breve y conmovedor diálogo entre Jesús y la pecadora. Los despiadados acusadores de la mujer, citando la ley de Moisés, provocan a Jesús —lo llaman "maestro" (Didáskale)—, preguntándole si está bien lapidarla. Conocen su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas.

Pero Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer; en primer lugar, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el evangelista no revela, pero queda impresionado por ellas; y después, pronunciando la frase que se ha hecho famosa: "Aquel de vosotros que esté sin pecado (usa el término anamártetos, que en el Nuevo Testamento solamente aparece aquí), que le arroje la primera piedra" ( Jn 8, 7) y comience la lapidación. San Agustín, comentando el evangelio de san Juan, observa que "el Señor, en su respuesta, respeta la Ley y no renuncia a su mansedumbre". Y añade que con sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Por lo cual, "golpeados por estas palabras como por una flecha gruesa como una viga, se fueron uno tras otro" (In Io. Ev. tract. 33, 5).

Así pues, uno tras otro, los acusadores que habían querido provocar a Jesús se van, "comenzando por los más viejos". Cuando todos se marcharon, el divino Maestro se quedó solo con la mujer. El comentario de san Agustín es conciso y eficaz: "relicti sunt duo: misera et misericordia", "quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia" (ib.).

Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar esta escena, donde se encuentran frente a frente la miseria del hombre y la misericordia divina, una mujer acusada de un gran pecado y Aquel que, aun sin tener pecado, cargó con nuestros pecados, con los pecados del mundo entero. Él, que se había puesto a escribir en la tierra, alza ahora los ojos y encuentra los de la mujer. No pide explicaciones. No es irónico cuando le pregunta: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" (Jn 8, 10). Y su respuesta es conmovedora: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más" (Jn 8, 11). San Agustín, en su comentario, observa: "El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho: "Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras... Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento". Pero no dijo eso" (In Io. Ev. tract. 33, 6). Dice: "Vete y no peques más".

Queridos amigos, la palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece indicaciones concretas para nuestra vida. Jesús no entabla con sus interlocutores una discusión teórica sobre el pasaje de la ley de Moisés: no le interesa ganar una disputa académica a propósito de una interpretación de la ley mosaica; su objetivo es salvar un alma y revelar que la salvación sólo se encuentra en el amor de Dios. Para esto vino a la tierra, por esto morirá en la cruz y el Padre lo resucitará al tercer día. Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor.

Por tanto, también en este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia. Jesús despide a la mujer adúltera con esta consigna: "Vete, y en adelante no peques más". Le concede el perdón, para que "en adelante" no peque más. En un episodio análogo, el de la pecadora arrepentida, que encontramos en el evangelio de san Lucas (cf. Lc 7, 36-50), acoge y dice "vete en paz" a una mujer que se había arrepentido. Aquí, en cambio, la adúltera recibe simplemente el perdón de modo incondicional. En ambos casos —el de la pecadora arrepentida y el de la adúltera— el mensaje es único. En un caso se subraya que no hay perdón sin arrepentimiento, sin deseo del perdón, sin apertura de corazón al perdón. Aquí se pone de relieve que sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y "no pecar más", para dejarnos conquistar por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza. De este modo, la actitud de Jesús se transforma en un modelo a seguir por toda comunidad, llamada a hacer del amor y del perdón el corazón palpitante de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, en el camino cuaresmal que estamos recorriendo y que se acerca rápidamente a su fin, nos debe acompañar la certeza de que Dios no nos abandona jamás y que su amor es manantial de alegría y de paz; es la fuerza que nos impulsa poderosamente por el camino de la santidad y, si es necesario, también hasta el martirio. Eso es lo que les sucedió a los hijos y después a su valiente madre, santa Felicidad, patronos de vuestra parroquia.

Que, por su intercesión, el Señor os conceda encontraros cada vez más profundamente con Cristo y seguirlo con dócil fidelidad, para que, como sucedió al apóstol san Pablo, también vosotros podáis proclamar con sinceridad: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo" ( Flp 3, 8).

(Homilía en la Parroquia Santa Felicidad e hijos, mártires, Domingo 25 de marzo de 2007)

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 Aplicación: Directorio Homilético - Quinto domingo de Cuaresma

CEC 430, 545, 589, 1846-1847: Jesús manifiesta la misericordia del Padre
CEC 133, 428, 648, 989, 1006: la sublime riqueza del conocimiento de Cristo
CEC 2475-2479: el juicio temerario

III LAS OFENSAS A LA VERDAD

2475 Los discípulos de Cristo se han "revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4,28). "Desechando la mentira" (Ef 5,25), deben "rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias" (1 P 2,1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28).

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno deberá interpretar en cuanto sea posible en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 Maledicencia y calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad.

I JESUS

430 Jesús quiere decir en hebreo: "Dios salva". En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). Ya que "¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?"(Mc 2, 7), es él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre "salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.

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545 Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he venido a llamar a justos sino a pecadores" (Mc 2, 17; cf. 1 Tim 1, 15). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa "alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida "para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).

589 Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: "Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: "Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28).

1847 "Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros" (S. Agustín, serm. 169,11,13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. "Si decimos: `no tenemos pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1,8-9).

428 El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe por tanto, ante todo, buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo"; es necesario "aceptar perder todas las cosas ... para ganar a Cristo, y ser hallado en él" y "conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp 3, 8-11).

648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que "ha resucitado" (cf. Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad - con su cuerpo - en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

 

Ejemplos

Total, por un dedo...
El emperador Akbar fue de caza con el visir Birbal. Akbar se rompió un dedo. Birbal le dijo que no había que preocuparse: total, por un dedo... Esto enfadó a Akbar y tiró a su visir a un pozo. Él siguió, unos salvajes lo raptaron y lo llevaron a su jefe para sacrificarlo a su Dios. El hechicero lo rechazó por tener un defecto: el dedo roto. Akbar volvió al pozo, sacó a Birbal y le pidió perdón. Birbal replicó: «Si no me hubieras echado al pozo, me hubieran sacrificado a mí».

Por tanto, obremos con buena intención y confiemos en Dios. «¿Deseas la vida para tu amigo? Haces bien. ¿Deseas la muerte para tu enemigo? Haces mal, aunque es posible que la vida sea inútil para tu amigo y la muerte sea útil para tu enemigo. Nunca sabemos si el seguir viviendo es bueno o malo para alguien» (San Agustín). La divina providencia sabe bien lo que nos conviene.

 

El confesor
El confesor no es dueño, sino el servidor, del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo (cfr. PO 13). Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia la curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él, confiándolo a la misericordia del Señor (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1466).





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