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Domingo de Ramos C: Comentarios de Sabios y Santos - con ellos preparamos la acogido de la Palabra de Dios

Recursos adicionales para la prepación

 

A su disposición

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La entrada en Jerusalén

Santos Padres: San León Magno - La admirable virtud del Crucificado

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - Vayamos y muramos con él

Aplicación: San Juan Pablo II - Domingo de Ramos

Aplicación: Benedicto XVI - Domingo de Ramos

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Domingo de Ramos

Aplicación:P. Leonardo Castellani - Domingo de Ramos

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Año C Lc 22:14-23, 56

Aplicación: Directorio Homilético - Domingo de Ramos y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Ejemplos

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

Comentario Teológico: Benedicto XVI - La entrada en Jerusalén

El Evangelio de Juan refiere que Jesús celebró tres fiestas de Pascua durante el tiempo de su vida pública: una primera en relación con la purificación del templo (2,13-25); otra con ocasión de la multiplicación de los panes (6,4); y, finalmente, la Pascua de la muerte y resurrección (p. ej. 12,1; 13,1), que se ha convertido en «su» gran Pascua, en la cual se funda la fiesta cristiana, la Pascua de los cristianos. Los Sinópticos han transmitido información solamente de una Pascua: la de la cruz y la resurrección; para Lucas, el camino de Jesús se describe casi como un único subir en peregrinación desde Galilea hasta Jerusalén.

Es ante todo una «subida» en sentido geográfico: el Mar de Galilea está aproximadamente a 200 metros bajo el nivel del mar, mientras que la altura media de Jerusalén es de 760 metros sobre el nivel del mar. Como peldaños de esta subida, cada uno de los Sinópticos nos ha transmitido tres profecías de Jesús sobre su Pasión, aludiendo con ello también a la subida interior, que se va desarrollando a lo largo del camino exterior: el ir caminando hacia el templo como el lugar donde Dios quiso «establecer» su nombre, como se describe en el Libro delDeuteronomio (12,11; 14,23).

La última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos; es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios (9,24). Esta ascensión hasta la presencia de Dios pasa por la cruz, es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf.Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios.

Naturalmente, la meta inmediata de la peregrinación de Jesús es Jerusalén, la Ciudad Santacon su templo y la «Pascua de los judíos», como la llama Juan (2,13). Jesús se había puesto en camino junto con los Doce, pero poco a poco se fue uniendo a ellos un grupo creciente de peregrinos; Mateo y Marcos nos dicen que, ya al salir de Jericó, había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (Mt 20,29; cf. Mc 10,46).

En este último tramo del recorrido hay un episodio que aumenta la expectación por lo que está a punto de ocurrir, y que pone a Jesús de un modo nuevo en el centro de atención de quienes lo acompañan. Un mendigo ciego, llamado Bartimeo, está sentado junto al camino. Se entera de que entre los peregrinos está Jesús y entonces se pone a gritar sin cesar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc10,47). En vano tratan de tranquilizarlo y, al final, Jesús le invita a que se acerque. A su súplica —«Rabbuní, ¡que pueda ver!»—, Jesús le contesta: «Anda, tu fe te ha curado».

Bartimeo recobró la vista «y le seguía por el camino» (Mc10,48-52). Una vez que ya podía ver, se unió a la peregrinación hacia Jerusalén. De repente, el tema «David», con su intrínseca esperanza mesiánica, se apoderó de la muchedumbre: este Jesús con el que iban de camino ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? Con su entrada en la Ciudad Santa, ¿no habrá llegado la hora en que Él restablezca el reino de David?

Los preparativos que Jesús dispone con sus discípulos hacen crecer esta expectativa. Jesús llega al Monte de los Olivos desde Betfagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías. Manda por delante a dos discípulos, diciéndoles que encontrarían un borrico atado, un pollino, que nadie había montado. Tienen que desatarlo y llevárselo; si alguien les pregunta el porqué, han de responder: «El Señor lo necesita» (Mc 11,3; Lc 19,31). Los discípulos encuentran el borrico, se les pregunta —como estaba previsto— por el derecho que tienen para llevárselo, responden como se les había ordenado y cumplen con el encargo recibido. Así, Jesús entra en la ciudad montado en un borrico prestado, que inmediatamente después devolverá a su dueño.

Todo esto puede parecer más bien irrelevante para el lector de hoy, pero para los judíos contemporáneos de Jesús está cargado de referencias misteriosas. En cada uno de los detalles está presente el tema de la realeza y sus promesas. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad (cf. Pesch, Markusevangelium, II, p. 180). El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie ha montado todavía remite también a un derecho real. Y, sobre todo, se hace alusión a ciertas palabras del Antiguo Testamento que dan a todo el episodio un sentido más profundo.

En primer lugar, las palabras de Génesis 49,10s,la bendición de Jacob, en las que se asigna am Judá el cetro, el bastón de mando, que no le será quitado de sus rodillas «hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». Sc dice de Él que ata su borriquillo a la vid (49,11).Por tanto, el borrico atado hace referencia al que tiene que venir, al cual «los pueblos deben obediencia».

Más importante aún es Zacarías 9,9, el texto que Mateo y Juan citan explícitamente para hacer comprender el «Domingo de Ramos»: «Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila» (Mt 21,5;cf. Za 9,9; Jn 12,15).Ya hemos reflexionado ampliamente sobre el sentido de estas palabras del profeta para comprender la figura de Jesús al comentar la bienaventuranza de los humildes, de los mansos (cf. primera parte, pp. 108-112). Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y un rey de la sencillez, un rey de los pobres. Y hemos visto, en fin, que gobierna un reino que se extiende demar a mar y abarca toda la tierra (cf. ibíd., p. 109); esto nos ha recordado el nuevo reino universal de Jesús que, en las comunidades de la fracción del pan, es decir, en la comunión con Jesucristo, se extiende de mar a mar como reino de su paz (cf. ibíd., p. 112). Todo esto no podía verse entonces, pero lo que, oculto en la visión profética, había sido apenas vislumbrado desde lejos, resulta evidente en retrospectiva.

Por ahora retengamos esto: Jesús reivindica, de hecho, un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. El Antiguo Testamento habla de Él, y viceversa: Él actúa y vive de la Palabra de Dios, no según sus propios programas y deseos. Su exigencia se funda en la obediencia a los mandatos del Padre. Sus pasos son un caminar por la senda de la Palabra deDios. Al mismo tiempo, la referencia a Zacarías 9,9excluye una interpretación «zelote» de la realeza: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador.

Volvamos al desarrollo de la narración. Cuando se lleva el borrico a Jesús, ocurre algo inesperado: los discípulos echan sus mantos encima del borrico; mientras Mateo (21,7) y Marcos (11,7) dicen simplemente que «Jesús se montó», Lucas escribe: «Y le ayudaron a montar» (19,35). Ésta es la expresión usada en el Primer Libro de los Reyes cuando narra el acceso de Salomón al trono de David, su padre. Allí se lee que el rey David ordena al sacerdote Zadoc, al profeta Natán y a Benaías: «Tomad con vosotros los veteranos de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadle a Guijón. El sacerdote Zadoc y el profeta Natán lo ungirán allí como rey de Israel...» (1,33s).

También el echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Israel (cf. 2 R 9,13). Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que se ha desarrollado a partir de ella. Los peregrinos que han venido con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo de los discípulos; ahora alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,9s; cf. Sal 118,25s).

Esta aclamación la han transmitido los cuatro evangelistas, aunque con sus variantes específicas. Estas diferencias no son irrelevantes para la historia de la transmisión y la visión teológica de cada uno de los evangelistas, pero no es necesario que nos ocupemos aquí de ellas. Tratamos solamente de comprender las líneas esenciales de fondo, teniendo en cuenta, además, que la liturgia cristiana ha acogido este saludo, interpretándolo a la luz de la fe pascual de la Iglesia.

Ante todo, aparece la exclamación: «¡Hosanna!». Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como: «¡Ayúdanos!». En el séptimo día de la fiesta de las Tiendas, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían monótonamente para implorar la lluvia. Pero, así como la fiesta de las Tiendas se transformó de fiesta de súplica en una fiesta de alegría, la súplica se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo (cf. Lohse, ThWNT, IX, p. 682).

La palabra había probablemente asumido también un sentido mesiánico ya en los tiempos de Jesús. Así, podemos reconocer en la exclamación «¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel.

La palabra siguiente del Salmo 118, «bendito el que viene en el nombre del Señor», perteneció en un primer tiempo, como se ha dicho, a la liturgia de Israel para los peregrinos y con ella se los saludaba a la entrada de la ciudad o del templo. Lo demuestra también la segunda parte del versículo: «Os bendecimos desde la casa del Señor». Era una bendición que los sacerdotes dirigían y casi imponían sobre los peregrinos a su llegada. Pero con el tiempo la expresión «que viene en el nombre del Señor» había adquirido un sentido mesiánico. Más aún, se había convertido incluso en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo, de una bendición para los peregrinos la expresión se transformó en una alabanza a Jesús, al que se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.

La referencia específicamente davídica, que se encuentra solamente en el texto de Marcos, nos presenta tal vez en su modo más originario la expectativa de los peregrinos en aquellos momentos. Lucas, que escribe para los cristianos procedentes del paganismo, ha omitido completamente el «Hosanna» y la referencia a David, reemplazándola con una exclamación que alude a la Navidad: «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!» (19,38; cf. 2,14). De los tres Evangelios sinópticos, pero también de Juan, se deduce claramente que la escena del homenaje mesiánico a Jesús tuvo lugar al entrar en la ciudad, y que sus protagonistas no fueron los habitantes de Jerusalén, sino los que acompañaban a Jesús entrando con Él en la Ciudad Santa.

Mateo lo da a entender de la manera más explícita, añadiendo después de la narración del Hosanna dirigido a Jesús, hijo de David, el comentario: «Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: "¿Quién es éste?". La gente que venía con él decía: "Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea"» (21,10s). El paralelismo con el relato de los Magos de Oriente es evidente. Tampoco entonces se sabía nada en la ciudad de Jerusalén sobre el rey de los judíos que acababa de nacer; esta noticia había dejado a Jerusalén «trastornada» (Mt 2,3). Ahora se «alborota»: Mateo usa la palabra eseísthe (seíö), que expresa el estremecimiento causado por un terremoto.

Algo se había oído hablar del profeta que venía de Nazaret, pero no parecía tener ninguna relevancia para Jerusalén, no era conocido. La multitud que homenajeaba a Jesús en la periferia de la ciudad no es la misma que pediría después su crucifixión. En esta doble noticia sobre el no reconocimiento de Jesús —una actitud de indiferencia y de inquietud a la vez—, hay ya una cierta alusión a la tragedia de la ciudad, que Jesús había anunciado repetidamente, y de modo más explícito en su discurso escatológico.

Pero en Mateo hay también otro texto importante, exclusivamente suyo, sobre la acogida de Jesús en la Ciudad Santa. Después de la purificación del templo, algunos niños repiten en el templo las palabras del homenaje a Jesús: «¡Hosanna al hijo de David!» (21,15). Jesús defiende la aclamación de los niños ante los «sumos sacerdotes y los escribas» haciendo referencia al Salmo 8,3: «De la boca de los niños y de los que aún maman has sacado una alabanza». Volveremos de nuevo sobre esta escena en la reflexión sobre la purificación del templo. Tratemos aquí de comprender lo que Jesús ha querido decir con la referencia al Salmo 8, una alusión con la cual ha abierto una vasta perspectiva histórico-salvífica.

Lo que quería decir resulta muy claro si recordamos el episodio sobre los niños presentados a Jesús «para que los tocara», descrito por todos los evangelistas sinópticos. Contra la resistencia de los discípulos, que quieren defenderlo frente a esta intromisión, Jesús llama a los niños, les impone las manos y los bendice. Y explica luego este gesto diciendo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc10,13-15). Los niños son para Jesús el ejemplo por excelencia de ese ser pequeño ante Dios que esnecesario para poder pasar por el «ojo de una aguja», a lo que hace referencia el relato del joven rico en el pasaje que sigue inmediatamente después (Mc 10,17-27).

Poco antes había ocurrido el episodio en el que Jesús reaccionó a la discusión sobre quién era el más importante entre los discípulos poniendo en medio a un niño, y abrazándole dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,33-37). Jesús se identifica con el niño, Él mismo se ha hecho pequeño. Como Hijo, no hace nada por sí mismo, sino que actúa totalmente a partir del Padre y de cara a Él.

Si se tiene en cuenta esto, se entiende también la perícopa siguiente, en la cual ya no se habla de niños, sino de los «pequeños»; y la expresión «los pequeños» se convierte incluso en la denominación de los creyentes, de la comunidad de los discípulos de Jesús (cf. Mc 9,42). Han encontrado este auténtico ser pequeño en la fe, que reconduce al hombre a su verdad.

Volvemos con esto al «Hosanna» de los niños. A la luz del Salmo 8, la alabanza de los niños aparece como una anticipación de la alabanza que sus «pequeños» entonarán en su honor mucho más allá de esta hora.

En este sentido, con buenas razones, la Iglesia naciente pudo ver en dicha escena la representación anticipada de lo que ella misma hace en la liturgia. Ya en el texto litúrgico postpascual más antiguo que conocemos —en la Didaché, en torno al año 100—, antes de la distribución de los sagrados dones aparece el «Hosanna» junto con el «Maranatha»: «¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; el que no lo es, se convierta. ¡Maranatha! Amén» (10,6).

También el Benedictus fue incluido muy pronto en la liturgia: para la Iglesia naciente el «Domingo de Ramos» no era una cosa del pasado. Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino.

La Iglesia saluda al Señor en la Sagrada Eucaristía como el que ahora viene, el que ha hecho su entrada en ella. Y lo saluda al mismo tiempo como Aquel que sigue siendo el que ha de venir y nos prepara para su venida. Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su Cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo.
(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 11 – 22)

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Santos Padres: San León Magno - La admirable virtud del Crucificado

Ya llegó amadísimos, la fiesta, tan deseada y suspirada por nosotros y por todo el mundo, de la Pasión del Señor, que no sufre el que enmudezcamos entre los transportes de las alegrías espirituales, pues aunque es difícil hablar digna y convenientemente muchas veces del mismo tema, sin embargo, no es facultativo del sacerdote privar al pueblo fiel de su predicación, tratándose de un tan grave misterio de la divina misericordia. Siendo la materia en sí misma inefable, por lo mismo proporciona recursos para hablar, y nunca faltará qué decir no agotándose la materia del asunto que se trata. Humíllese, pues, la humana flaqueza ante la gloria de Dios y declárese siempre impotente para exponer las obras de la misericordia divina.

Agudicemos nuestros sentidos, quede en suspenso nuestro discurso y nos falten las palabras; es conveniente que nos demos cuenta de la pobreza de nuestro entendimiento para sentir rectamente la majestad de Dios. Por el hecho de decir el profeta: Buscad al Señor y esforzaos, buscad siempre su rostro (Sal 104, 4), nadie crea que hallará todo lo que busca, no sea que deje de acercarse a él, si deja de encaminarse hacia él. Ahora bien, entre todas las obras de Dios ante las cuales desfallece la admiración humana, ¿hay otra que tanto satisfaga a la contemplación del alma y que sea superior a sus fuerzas como la pasión del Salvador? Y cuantas veces meditamos en su omnipotencia, que le hace ser igual y de la misma esencia que el Padre, nos parece más admirable en Dios su humildad que su poder, y más difícilmente se comprende el anonadamiento de la divina majestad que la exaltación suprema de su forma de siervo. Pero mucho aprovecha para nuestra inteligencia el que aun siendo una cosa el creador y otra la criatura, una la divinidad inviolable y otra la carne pasible, las propiedades de cada naturaleza se junten en una sola persona, y por tanto, ya en sus desfallecimientos, ya en sus exaltaciones, del mismo es la afrenta del que es la gloria.

Con esta regla de fe, amados hermanos, que recibimos en el mismo comienzo del símbolo por la autoridad de los Apóstoles, confesamos que nuestro Señor Jesucristo, al que decimos Hijo único de Dios Padre Todopoderoso, es el mismo que nació también por virtud del Espíritu Santo de María virgen, ni nos apartamos de su majestad cuando creemos que fue crucificado, muerto y resucitó al tercer día.

Todas las cosas que son de Dios, y del hombre las cumplieron a su vez la Humanidad y la Deidad, y al juntarse la naturaleza impasible a la pasible ni el poder pudo sufrir mengua de la debilidad (de la naturaleza humana) ni la debilidad pudo llegar hasta donde el poder. Con razón Pedro fue alabado por el Señor al confesar esta unión (de naturaleza), pues, al preguntar el Señor, que pensaban de él sus discípulos, adelantándose rápidamente a todos dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Lo cual supo, no porque se lo revelaran la carne y la sangre, que suelen servir de obstáculo a los ojos interiores, sino el mismo Espíritu del Padre, que obra en el corazón del creyente, para que estando de antemano preparado para gobernar la Iglesia aprendiese primero lo que había de enseñar después y en confirmación de la firmeza de su fe mereciera oír: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. La fortaleza de la fe cristiana, que edificada sobre la roca inexpugnable no teme las puertas de la muerte 27, confiesa que nuestro Señor Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre; que el mismo es el Hijo de la Virgen, que el creador de la madre; el mismo el nacido en la plenitud de los siglos y el autor de los tiempos; el mismo el Señor de todos los poderes y el que pertenece a la raza de los mortales, el mismo el que jamás conoció el pecado y el que por haberse revestido con la carne pecadora murió en sacrificio por los pecadores.

El cual, para librar al género humano de las ligaduras de la primera prevaricación, encubrió al perverso y soberbio enemigo hubiese podido conocer la determinación de la divina misericordia, hubiese pretendido mejor sosegar los ánimos de los judíos con la mansedumbre, que encenderlos con el odio para no perder el dominio sobre tantos esclavos, que tan poco se preocupaban de su liberación. Más su misma maldad le engañó y condujo al suplicio al Hijo de Dios, que habría de convertirse en remedio para todos los humanos. Derramó la sangre del justo, que sería el precio del rescate del mundo. Tomó el Señor los trabajos que por su propia voluntad había elegido. Consintió que se posasen sobre él las manos de aquellos enloquecidos, que mientras servían a su propio crimen obedecían a los mandatos del Redentor. Siendo tan grandes los afectos de su piedad que pedía al Padre desde la cruz no venganza, sino perdón para ellos, mientras decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen (Lc 23, 34). Y fue tanto el poder de esta oración, que la predicación del Apóstol Pedro convirtió a penitencia a muchos de los que habían gritado: su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos (Mt 27, 25), y en un día fueron bautizados cerca de tres mil judíos y formaron una sola alma y un solo corazón, dispuestos ya a morir por aquel a quien poco antes pedían que fuera crucificado.

Tal perdón no llegó a alcanzarlo el traidor Judas, pues como hijo de la perdición, que tenía el diablo a su derecha, se entregó a la desesperación antes de que Cristo consumase el misterio de su redención. Pues habiendo muerto el Señor por todos los pecadores, seguramente que también éste hubiera podido conseguir remedio si no se hubiera dado tanta prisa a ahorcarse. Más en tan malvado corazón, y en aquellos momentos entregado a los fraudes y robos y a tratos parricidas, nunca llegaron a penetrar las muestras de la misericordia del Salvador. Escuchó con incrédulos oídos las palabras del Señor cuando decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. El Hijo del hombre ha venido a salvar y buscar lo que se había perdido (Lc 5, 32). Ni había llegado a comprender toda la clemencia de Cristo, quien no sólo curaba las enfermedades de los cuerpos sino las heridas de las almas debilitadas, cuando dijo al paralítico: Ten confianza, hijo mío, se te acaban de perdonar tus pecados (Mt 9, 3), e igualmente a la adúltera traída a su presencia: Tampoco yo te condenaré, vete y ya no peques más (Jn 8, 11) demostrando con todas sus acciones que aquella su venida al mundo era como Salvador y no como Juez. Pero lejos de entenderlo así el impío traidor, se revolvió contra sí mismo no con pensamientos de arrepentimiento, sino con furor de asesino, para que quien había vendido al autor de la vida a sus propios matadores, en agravante de su condenación muriese pecando.

Por lo tanto, cuanto los falsos testigos y los sanguinarios príncipes y los impíos sacerdotes hicieron cohorte inexperta es para que todas las edades lo reprueben y a la vez lo bendigan. La cruz de Cristo, así como era de cruel en el pensamiento de los judíos, así es de admirable por la virtud del Crucificado. Todo un pueblo se enfurece contra uno y es Cristo quien se compadece de todos. Lo que es causado por la crueldad es aceptado de buena voluntad, para que el mismo crimen cumpla los designios divinos. De donde síguese -que toda la serie de hechos narrados claramente en el Evangelio, con tal disposición los debe escuchar el oído, que, dando fe a los acontecimientos ocurridos al tiempo de la pasión del Señor, entendamos que no sólo hemos alcanzado la perfecta remisión de los pecados por Cristo, sino también hemos recibido un ejemplo de santidad para imitar.
(San León Magno, Sermones Escogidos, Sermón XI: De la Pasión del Señor. (62), Apostolado Mariano España 1990, 73-6)

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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, SJ. - Vayamos y muramos con él

La liturgia de este domingo nos pone en contacto con dos hechos de la vida de nuestro Redentor: su entrada triunfal en la Ciudad Santa —entrada procesional de un Rey de condición divino-humana— y el relato de la Pasión de este Rey. Pasión que no está desvinculada de la entrada triunfal, ya que por este camino, el de la humillación, será entronizado, tomará posesión de este reino.

Previo a este reconocimiento público de Cristo como Rey en medio de vivas y hosannas al Hijo de David, ángeles, judíos y gentiles habían ya dado testimonio de su entrada en este mundo. Es cierto que al encarnarse, ocultó su condición en la humildad. Sin embargo, ya desde entonces era verdadero rey. Así lo declaró el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen: "Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". Algo semejante se dijo a los pastores: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo, Señor". Y cuando los Magos se ponen en su busca, no dudan en calificarlo como rey: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?".

A lo largo de su vida y enseñanza pública, Jesucristo iría haciendo conocer la naturaleza de su reino y el modo como lo conquistaría y consolidaría. Ahora, en este día de su entrada triunfal en Jerusalén, se nos muestra lleno de majestad, marchando decidido y solemne hacia su trono, el de la Cruz, para que se cumpla lo profetizado: "Reinará desde un madero".

Al iniciar la Semana Santa debemos incorporarnos a todos aquellos que a lo largo de los siglos lo han aclamado como rey, así como confirmar nuestra decisión de seguirlo por el camino real de la santa Cruz. En estos días venerables de la Semana Santa, la Iglesia nos hace experimentar una serie de sentimientos paradojales. Gozo, por la presencia del Salvador que nos obtendrá el perdón; dolor ante el Cristo al que crucifican por nuestros pecados; tristeza, porque va a la cruz por nuestra culpa; alegría, porque con San Pablo cada uno de nosotros puede decir: "Me amó y se entregó por mí". Muere el justo e inocente para que nosotros obtengamos el perdón y la vida".

Toda la vida de Cristo es un marchar hacia Jerusalén, hacia el Templo, el lugar de los sacrificios. Él mismo es el Templo, la Víctima y el Sacerdote. Él mismo es nuestra Pascua. Sube a Jerusalén a celebrar la verdadera y definitiva Pascua anunciada por los Profetas, figurada en culto de la antigua alianza, y esperada ansiosamente por nuestros padres en la fe. Pascua verdadera y definitiva que es el paso de la esclavitud del hombre viejo a la libertad de los hijos de Dios, de la situación de enemigos a la de hijos del Padre eterno, de la muerte a la vida.

El Misterio Pascual, tema central de estos días, no fue algo imprevisto o improvisado en la vida de Cristo. No fue un obstáculo a su obra. Los evangelios nos refieren que varias veces lo había predicho a los que lo seguían. "A partir de ese día, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que debía ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día". No en vano, una vez resucitado, les diría a los de Emaús: "¿No era necesario acaso que el Mesías sufriese así para entrar en su gloria?".

Sus mismos enemigos lo profetizarían. Caifás, por ejemplo, haciendo conocer la voluntad del Padre con respecto a Cristo: "Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación". De este modo señalaba que Cristo "iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos".

Cristo lo sabía y lo deseaba. Lo había declarado directamente y también de modo figurativo. Él mismo había dicho que a Él se refería la serpiente elevada en alto por Moisés, que curaba a quienes la miraban, infectados por el veneno del pecado. Él era el Templo que sería destruido al ser crucificado y al tercer día sería reedificado. Él, como Jonás, estaría tres días en el seno de la tierra, para luego ser devuelto vivo. Claramente había profetizado que cuando fuera elevado en alto, atraería a todos hacia Él. De este misterio que nos aprestamos a revivir litúrgicamente brotan todos los beneficios obtenidos por Cristo, según lo señala San Pablo: "Como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida".

Toda la vida de Cristo fue un decidido caminar de Belén al Calvario. No faltaron, por cierto, quienes quisieron interferir en su decisión, evitando que diera cumplimiento a lo que Él llamaba "mi hora". En primer lugar, el mismo demonio, cuando lo tentó en el desierto; luego Pedro, después de reconocerlo como el Mesías, Hijo de Dios; asimismo las muchedumbres, cuando después de la multiplicación de los panes lo quisieron hacer rey, debiendo el Señor huir. También nosotros corremos el peligro de querer apartar a Cristo del camino de la Cruz. Si bien El ya lo recorrió cumplidamente, con frecuencia lo dejamos solo, no cargando nuestra propia cruz, bajándonos de ella, avergonzándonos de ser cireneos de Cristo, o pretendiendo inventar un cristianismo sin cruz.

Grande ha de haber sido la compasión que experimentó Cristo al contemplar la multitud que lo aclamaba y vitoreaba jubilosa. Eran sinceros en su alabanza, pero ignoraban la necesidad de ser redimidos, ignoraban el sentido del drama pascual. Así lo querían a Cristo, como rey vencedor, no como rey coronado de espinas. Mientras tanto, el Señor pensaría en su interior que "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos". Pero esto no podía ser entendido por ellos. Bien ha escrito el Kempis: "Tiene ahora Jesús muchos que quieren poseer su reino de los cielos, pero pocos que quieran llevar su cruz. Halla muchos amigos de su consolación; pocos, de su tribulación. Halla muchos compañeros de su mesa; pocos, de su ayuno. Todos quisieran gozar con Él; pocos quieren padecer algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan; pocos, hasta beber el cáliz de la Pasión. Muchos admiran sus milagros; pocos siguen la ignominia de la cruz".

Jesús se resiste a buscar otro camino, hecho "obediente hasta la muerte y muerte de cruz". Cristo no renunciará, por cierto, a ser Rey de los individuos, de las familias, de las ciudades y de los soberanos del mundo. Si desistiera de ello, estaríamos perdidos. Él no busca ser dueño de tierras, poder y riquezas, ya que todo es suyo. Lo que Él quiere es ganarse el corazón, tanto de los individuos como de las sociedades, a ver si de una vez por todas dejamos de oponerle resistencia. No quiere dominar por la fuerza, sino suscitando nuestro amor, porque es rey de amor. No quiere esclavos, sino seres y sociedades libres del pecado, de las pasiones y de las cosas. Quiere hacemos reinar con Él. Por eso desea que le sirvamos, ya que servirlo es reinar.

Pero para reinar con Él deberemos imitarlo en su gesto victimal, poniendo también sobre nuestros hombros la cruz de cada día, tomando cotidianamente sobre nuestras espaldas su yugo, que es suave, y su carga, que es ligera. Él nos da el ejemplo. Va delante nuestro. Siendo Dios se hizo hombre, siendo Rey se hizo servidor, siendo justo se hizo pecado, siendo inocente se hizo maldito por nosotros. Tomó nuestra cruz para que nosotros tomásemos la suya.

Hoy la Iglesia, como en otro tiempo Juan Bautista, nos lo señala diciéndonos: "He ahí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo". Si no lo reconocemos como Redentor, si no nos reconocemos pecadores, no podrá perdonamos. Su pasión se volverá ineficaz a causa de nuestra soberbia. En lugar de aquellas alfombras y ramas verdes, pongámonos nosotros mismos en su camino para que pisotee nuestros pecados, para que se enseñoree majestuosamente de nuestra persona y de nuestras obras con nuestro consentimiento amoroso.

Sube hoy el Señor a Jerusalén, acompañado de sus discípulos y de las multitudes atraídas por su fama, sus milagros, su enseñanza y su misericordia. Son las últimas manifestaciones de su gloria. Desde ahora en adelante su divinidad comenzará a eclipsarse y las multitudes a alejarse de Él, sin exceptuar a los discípulos, los de entonces y los de todos los tiempos. Deber nuestro es formar parte de aquel cortejo real, pero prosiguiendo nuestra marcha hasta el monte Calvario, permaneciendo allí no como acusadores, sino acusándonos; no pidiéndole que baje de la cruz, sino inmolándonos juntamente con Él, a semejanza de su Madre, María Santísima; no impidiendo su muerte, sino ofreciendo su sacrificio; acompañándolo en la pena para luego seguirlo en la gloria.

Continuaremos ahora el Santo Sacrificio de la Misa. Hagamos propios los sentimientos de Cristo, que se dirige al Calvario lleno de serenidad, pues no está haciendo otra cosa que la voluntad de su Padre. Hagamos menos pesada la tristeza que experimenta al considerar que su Pasión será ineficaz para muchos, a causa de la dureza de sus corazones. Y al recibir su cuerpo inmolado digamos con los apóstoles: "Vayamos y muramos con Él".
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 114-118)


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Aplicación: San Juan Pablo II - Domingo de Ramos

Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel, que en esta semana, precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán el animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. A los que preguntan por qué desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19,31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Las palabras de veneración según el Evangelio de San Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38).

El hecho de que Jesús sube hacia Jerusalén con sus discípulos asume un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19,37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en Él al Mesías.

Jesús al subir de este modo hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los ancianos de los representantes de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que Él sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, que a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19,37), como a esos Doce más cercanos a Él. A estos últimos, el amor por Cristo no les permite admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16,22).

En cambio, para Jesús las palabras del Profeta son claras hasta el fin, y se revelan con toda la plenitud de su verdad; y Él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is.50,5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50,6).

“Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza... me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21(22),8.17-19).

En medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en Él al Mesías, sólo Él, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre Él han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en Él con la verdad interior de su alma. Él, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, Él es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil.2,8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo que es de naturaleza divina, se despoja de Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cfr. Fil. 2,6-8). Y permanece en este abatimiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. ÉL, Hijo del hombre, va, con esta aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado del propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncien el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

En cierto momento se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19,39-40).

En esta ciudad (Roma) no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital del mundo antiguo.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que ellas.
(Domingo de Ramos, 30 de marzo de 1980)


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Aplicación: Benedicto XVI - Domingo de Ramos

Queridos hermanos y hermanas:
En la procesión del domingo de Ramos nos unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad.

La procesión es, ante todo, un testimonio gozoso que damos de Jesucristo, en el que se nos ha hecho visible el rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se nos ha abierto a todos. En el evangelio de san Lucas, la narración del inicio del cortejo cerca de Jerusalén está compuesta en parte, literalmente, según el modelo del rito de coronación con el que, como dice el primer libro de los Reyes, Salomón fue revestido como heredero de la realeza de David (cf. 1 R 1, 33-35). Así, la procesión de Ramos es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia.

Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad. La procesión de Ramos es —como sucedió en aquella ocasión a los discípulos— ante todo expresión de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque él nos concede ser sus amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también expresión de nuestro "sí" a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con él a dondequiera que nos lleve. Por eso, la exhortación inicial de la liturgia de hoy interpreta muy bien la procesión también como representación simbólica de lo que llamamos "seguimiento de Cristo": "Pidamos la gracia de seguirlo", hemos dicho.

La expresión "seguimiento de Cristo" es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto "seguir a Cristo"?

Al inicio, con los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro, dejarse guiar totalmente por él. Así, el seguimiento era algo exterior y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con
qué vivir, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro.

Estar a su disposición había llegado a ser ya una razón de vida. Eso implicaba renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios. Pero esto también pone claramente de manifiesto qué significa para nosotros el seguimiento y cuál es su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en Jesucristo, me precede y me indica el camino. Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han
convertido en persona. Siguiéndolo a él, entro al servicio de la verdad y del amor.

Perdiéndome, me encuentro.

Volvamos a la liturgia y a la procesión de Ramos. En ella la liturgia prevé como canto el Salmo 24, que también en Israel era un canto procesional usado durante la subida al monte del templo. El Salmo interpreta la subida interior, de la que la subida exterior es imagen, y nos explica una vez más lo que significa subir con Cristo. "¿Quién puede subir al monte del Señor?", pregunta el Salmo, e indica dos condiciones esenciales. Los que suben y quieren llegar verdaderamente a lo alto, hasta la altura verdadera, deben ser personas que se interrogan sobre Dios, personas que escrutan en torno a sí buscando a Dios, buscando su rostro.

Queridos jóvenes amigos, ¡cuán importante es hoy precisamente no dejarse llevar simplemente de un lado a otro en la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen, escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios se disuelva en nuestra alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo de conocerlo a él, su rostro...!

La otra condición muy concreta para la subida es esta: puede estar en el lugar santo "el hombre de manos inocentes y corazón puro". Manos inocentes son manos que no se usan para actos de violencia. Son manos que no se ensucian con la corrupción, con sobornos. Corazón puro: ¿cuándo el corazón es puro? Es puro un corazón que no finge y no se mancha con la mentira y la hipocresía; un corazón transparente como el agua de un manantial, porque no tiene dobleces. Es puro un corazón que no se extravía en la embriaguez del placer; un corazón cuyo amor es verdadero y no solamente pasión de un momento.

Manos inocentes y corazón puro: si caminamos con Jesús, subimos y encontramos las purificaciones que nos llevan verdaderamente a la altura a la que el hombre está destinado: la amistad con Dios mismo.

El salmo 24, que habla de la subida, termina con una liturgia de entrada ante el pórtico del templo: "¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria". En la antigua liturgia del domingo de Ramos, el sacerdote, al llegar ante el templo, llamaba fuertemente con el asta de la cruz de la procesión al portón aún cerrado, que a continuación se abría. Era una hermosa imagen para ilustrar el misterio de Jesucristo mismo que, con el madero de su cruz, con la fuerza de su amor que se entrega, ha llamado desde el lado del mundo a la puerta de Dios; desde el lado de un mundo que no lograba encontrar el acceso a Dios.

Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Y nos dice más o menos lo siguiente: si las pruebas que Dios te da de su existencia en la creación no logran abrirte a él; si la palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo; mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu Señor y tu Dios.

Este es el llamamiento que en esta hora dejamos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que él, el Dios vivo, pueda llegar en su Hijo a nuestro tiempo y cambiar nuestra vida. Amén.
(Plaza de San Pedro, XXII Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 1 de abril de 2007)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Domingo de Ramos


Muchos que aclamaron a Jesús como rey de Israel el domingo de ramos pidieron el viernes santo que Jesús fuera crucificado.

En Jerusalén la gente exaltada por los signos de Jesús lo aclama como el Mesías y aunque entró en Jerusalén con aspecto humilde, montado en un asno, el pueblo lo reconoció como el Enviado: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Y Jesús quiso ser aclamado rey y entrar en la Ciudad Santa y en su templo como el Mesías, el hijo de David.

La fe de la turba era una fe superficial tan superficial que pocos días después iba a desaparecer y se iba a volver incredulidad. La turba fue manejada por una minoría que ostentaba el poder, a la cual, Jesús estorbaba.

No ha cambiado mucho la situación hoy. Quizá se ha empeorado. La gente sigue siendo manejada, pero más sutilmente, por una minoría que ostenta el poder. En la gente también se incluyen no solo el pueblo sino también personas que deberían conocer el manejo que hace esta minoría y denunciarla. Esa minoría sigue crucificando a Jesús y a sus fieles seguidores.

Los medios masivos de comunicación influyen en la mentalidad de las personas, de tal manera, que hacen una verdadera inversión de valores.

La mayoría tiene la razón… Todos lo hacen, debe estar bien… Que tiene de malo si todos lo hacen… frases que se usan con mucha frecuencia. Son una falacia. La mayoría se puede equivocar y hoy mucho más porque la mayoría no piensa y se mueve por lo que le dan pensado.

Las decisiones que hay que tomar respecto de la sociedad deben buscar el bien común y no se pueden resolver por la opinión de la mayoría, porque la mayoría, es manejada por una minoría que busca el interés propio. Tampoco se pueden resolver por plebiscitos y referéndum que se hacen en el pueblo, sin saber el pueblo sobre lo que se trata, con cuestionamientos engañosos para lograr un objetivo que está determinado de antemano. Y aunque la resolución fuese contraria a lo que quiere esa minoría, la resolución suele ser tergiversada por el fraude. Estas concesiones que hacen los dirigentes para que participe el pueblo, son casi siempre, una mentira disfrazada de democracia.

Hay que tener cuidado para no dejarse engañar. Hay que preguntar al que debe responder con verdad y no dejarse llevar por cualquier viento de doctrina, evitar la información nociva y la superflua y ser críticos de las noticias que se escuchan si es que vale la pena escuchar alguna.

¿De dónde viene el cambio de mentalidad en casi todos los países del mundo? Del bombardeo permanente que hacen los medios de comunicación sobre las personas. Medios conducidos por un grupo que le conviene por propio interés manejar a las masas y con un objetivo concreto: crucificar a Cristo y sus enseñanzas. Hacerlo desaparecer y al cristianismo con Él.

El pueblo aclama a Jesús y lo entroniza en el templo. Jesús quiere ser reconocido como el “enviado del Padre” y por eso aunque callara la gente las piedras gritarían contra la voluntad de los que se oponen a su aclamación.

Frente a Pilatos Jesús se abandona a la voluntad del Padre y el Padre permite que pidan su crucifixión. Esta vez los fariseos se oponen a que viva y Dios lo permite para que se cumplan sus eternos designios. “Crucifícale” dicen a Pilatos. Lo hacen movidos por una minoría que quiere la muerte de Jesús y que la tiene determinada de antemano usando todos los medios para cumplir sus planes siniestros.

Aunque la mayoría pide la crucifixión la mayoría se equivoca y se pone del lado de la mentira, del error. Sólo Jesús posee la verdad porque es la Verdad y así lo confiesa ante Pilatos.

¡Cuántas veces hemos sido en nuestra vida aquel pueblo de Jerusalén! Hemos aclamado a Jesús delante de otros y delante de nosotros mismos como rey de nuestro corazón y otras tantas lo hemos negado con nuestros pecados y lo hemos crucificado. Nos hemos dejado llevar por los criterios del mundo, de la mayoría y hemos sido infieles a Cristo. Hemos preferido el error y la mentira a la Verdad y al Santo de Dios.

Gota tras gota se perfora la piedra. Escuchar uno y otro día las máximas mundanas termina por deshacer nuestras máximas cristianas. Es una realidad y la estamos viendo. Nuestra sociedad ha cambiado de manera de pensar y para mal. ¿Por qué para mal? Porque se ha alejado de Cristo y por tanto de la Verdad. Fuera de la Verdad sólo hay tinieblas y oscuridad y en ellas reina el que es mentiroso desde el principio, el padre de la mentira.


Notas
Lc 19, 38
Cf. Mt 21, 9
Cf. Meinvielle, De Lamennais a Maritain, Theoria Buenos Aires 1949, 213-214. Voy a poner la cita textualmente: “¿Quién forma la opinión pública en las sociedades modernas, quién es el motor que está detrás de las muchedumbres pasivas e inermes que no se agitarían si no hubiese quien las agite? ¿Qué respira el pueblo sino lo que le proporciona la propaganda?, y ¿quién maneja la propaganda sino los detentores misteriosos de la banca, de la opinión, de intereses internacionales? ¿A qué conduce esta pretensión quimérica de una muchedumbre autogobernándose sino a entregar todos los pueblos del mundo a oscuras fuerzas internacionales que, moviendo y agitando desde la sombra, los encontrados apetitos de la masa popular, quiebran la resistencia orgánica de las sociedades y permiten imponer en el universo el reinado legal de la fuerza y de la astucia?

¿Sostenemos entonces que hay que gobernar contra el consentimiento de la multitud, contra la opinión pública? No, precisamente; porque sobre todo, hoy que las sociedades secretas internacionales detentan el poder público efectivo, ello haría imposible el mantenimiento del poder que tal se propusiera. Pero sostenemos, sí, que únicamente se ha de enseñar como verdad católica que el bien común es la ley de la ciudad al cual debe someterse el pueblo, aunque no le guste; sostenemos también que sólo sobre esta base puede ser feliz un pueblo y que si llegase el caso en que se sintiera tan anarquizado y convulsionado que no aguantare su cumplimiento, sería un pueblo pervertido y desgraciado, sin otra suerte que consumirse en la anarquía o entregarse esclavo a un amo astuto y fuerte”.

Es una forma de intervención directa del pueblo en las decisiones políticas. Enciclopedia GER.

Institución radical de democracia directa y neta inspiración pactista roussoniana, por la que se somete a votación popular un acto normativo. Enciclopedia GER.
Cf. Lc 19, 40
Cf. Lc 21, 21
Cf. Mt 27, 20; Mc 15, 11
Cf. Jn 18, 37
Cf. Jn 14, 6
Jn 6, 69

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Aplicación:P. Leonardo Castellani - Domingo de Ramos

En la misa de hoy la Iglesia lee el "Passio", o sea la Pasión según San Mateo, empezando por la entrada de los Ramos, el Domingo, primer día laborable de la semana para los judíos.
La Pasión de Cristo se predica el Viernes Santo; y la verdad es que yo no me animo a predicar la Pasión en 10 minutos; de manera que hablaré solamente del comienzo, la entrada triunfal en Jerusalén públicamente y formalmente como "el Mesías".

Este es el final de la campaña de Cristo llevada a término con una singular energía. Como hombre y como héroe (digamos, como "jefe"), Cristo tenía tres cosas que hacer: 19) corregir y completar la Ley de Moisés; 2Q) manifestarse como el Mesías esperado; 39) redimir a los hombres del pecado por su Pasión y Muerte en Cruz; eso hizo durante su vida pública, y puso el broche apretado en esta última semana: las dos primeras, el Domingo, Lunes, Martes, Miércoles y Jueves; la última, el Viernes, en unas 15 horas.

Hay tantas cosas en estos días, que parece imposible haya habido tiempo; pero es que los Evangelistas en este punto anotaron simplemente TODO. En general, Cristo en estos días predicó en el Templo y por la noche se fue a orar al Oliveto; pero el Domingo se fue a Betania al atardecer, y el Miércoles parece haber permanecido oculto. El Martes Santo es el día colmado de cosas y también el Jueves.

Las cosas son principalmente éstas: la Segunda Limpieza del Templo y después milagros en el Templo y choque con los Sacerdotes — cuatro parábolas importantes, terminativas, acerca de la condena de Israel y del fin del mundo; el lloro sobre Jerusalén y el Sermón Parusíaco; cuatro discusiones con los Fariseos y los Saduceos que le hacen cuestiones insidiosas; la tremenda condena e imprecación contra el fariseísmo, llamada el Elenco contra Fariseos, o sea los Ocho Ayes; y después la preparación de la Última Cena al mismo tiempo que la condena a muerte, secreta, de los Pontífices, y el pacto con Judas. Los Magnates de Jerusalén habían encontrado por fin el modo satisfactorio de la perpetración del crimen.

Todas estas cosas no son casuales, siguen tranquilamente el designio de Cristo, Cristo cierra su campaña. La entrada triunfal en la Capital no fue casual: Cristo la preparó: mandó a sus discípulos a buscar la asna y el pollino sobre el cual montó; sabía dónde estaban, y los Discípulos fueron avisados de decir al dueño: "El Maestro los necesita"... "Mira, Jerusalén, tu Rey viene a ti - Pobre y manso - Montado en un pollino - Hijo de la que está bajo yugo", había predicho el Profeta Zacarías. El burro no era montura desdorosa en Palestina, donde no hay caballos, era incluso montura de los Reyes: burros y mulas de gran alzada: la mula del Rey David, la mula de Santa Teresa, la mula malacara del Cura Brochero.

Los Discípulos comenzaron la aclamación y comenzaron a avisar a las gentes, las cuales fueron aumentando en todo el camino desde el Cedrón, y al llegar al Centro eran "muchedumbre", dice el Evangelista. Y la aclamación era dirigida al Mesías: "Bendito el Hijo de David; he aquí que entra el Rey, el designado de Dios", frases que tenían un solo significado entre ellos. Los Discípulos creían que había llegado el Triunfo definitivo, la restauración del Reino de Israel con Cristo como Rey y ellos como Ministros.

Cristo no resistió a esta aclamación, antes bien al contrario la preparó: era necesaria a su misión. Dos veces los sacerdotes le mandaron que hiciese callar a su gente, que andaba profiriendo (según ellos) disparates y blasfemias. La primera vez Cristo respondió: "si yo acallo a éstos, hablarán las piedras". La segunda vez: " ¿No habéis leído en la Escritura: De la boca de los niños y de los lactantes yo sacaré una perfecta alabanza?", dando a entender que los que aclamaban eran gente sencilla y humilde comparable a niños; con, por supuesto, una cantidad de chiquilines barulleros y gritones, como suele suceder. Pero su alabanza era "perfecta", es decir, VERDADERA.

La multitud no era perfecta: nunca lo es. Aquí hay una cosa importante: no es la misma esta multitud que la otra del Viernes Santo que pide la muerte de Cristo. El exégeta de la Escritura tiene que ser un poco "detective", es decir, considerar el conjunto de los hechos y dese conjunto deducir otro hecho que no está allí, como Sherlock Holmes. Los autores dicen vulgarmente que era la misma muchedumbre "todo el pueblo de Jerusalén", como la revista "Esquiú": no fue así; los partidarios de Cristo se asustaron y se escondieron; por eso dije no eran perfectos.

Yo mismo puse en mi libro una reflexión que es falsa: "Vean cómo es el pueblo de voluble y cambiadizo; hoy aclama a uno como Rey y mañana desea asesinarlo, como a Hipólito Yrigoyen". Eso pasa a veces desde luego; y el poeta Robert Browning hizo un hermoso poema sobre este tema. Pero aquí no fue el caso: los que gritaron: "Crucifícalo, crucifícalo" el Viernes no eran los mismos que habían gritado: "Hijo de David" el Domingo. Eran dos fracciones del pueblo de Israel.

Aquí se ve una cosa importante: la gravedad de la cobardía de los Apóstoles y de San Pedro. Antes a mí me parecía que el pecado de San Pedro no era tan grave como para llorarlo toda la vida: haber negado a Cristo por miedo delante de una criada y cuatro soldados. Ahora no: pues si los partidarios de Cristo no se hubieran empavorecido podían haberlo librado de la Crucifixión, simplemente repitiendo lo del domingo pasado; ni siquiera era necesario derramar sangre. Pero la multitud no obra sino dirigida por jefes; los jefes naturales de los partidarios de Cristo eran los Apóstoles; y el jefe de los apóstoles era San Pedro. Si San Pedro en vez de huir después de cortar la oreja a Malco, hubiese dado instrucciones a los Apóstoles y ellos hubiesen corrido entre el pueblo avisando que habían aprehendido a Cristo con muy malas intenciones otro gallo nos cantara mejor que el que nos cantó.

Pedro era la cabeza de la Iglesia; y la ley que Cristo había puesto a su Iglesia era que sus discípulos debían dar testimonio dél. Si yo por caso dijere desde el púlpito un error o una herejía (Dios me guarde) no es lo mismo que si el Papa la dijera desde su cátedra —lo cual nunca sucederá. Si yo dijera por miedo que, por ejemplo, la supresión de la natalidad es permitida al cristiano (como dicen ahora algunos sacerdotes en Buenos Aires) no es lo mismo que Paulo VI —aunque éstos tienen la arrogancia de pequeños Paulos Sextos. Y dése modo, en la circunstancia, dado lo que era Cristo y dado lo que era Pedro (pues un jefe tiene responsabilidades que no tiene un soldado), la cobardía de Pedro tuvo consecuencias terroríficas. Sucedió lo que sucedió, lo que tenía que suceder por supuesto; y Cristo lo sabía. Pero el historiador sabe poco que sabe solamente lo que sucedió y no lo que hubiera podido suceder; porque lo que hubiera podido suceder descubre el sentido de lo que sucedió.

Así por ejemplo, si el Conde de Mirabeau no hubiese muerto temprano, probablemente envenenado por los masones, la revolución Francesa se hubiera evitado: hubiese podido ser evitada.

Así Cristo cumplió su campaña; y fue con tedio, temor y tristeza pero con firmísimo ánimo a la muerte. Este es el sentido de la penúltima palabra en la Cruz: "consummatum est", como dicen nuestras Biblias: "todo está acabado", pero como dice la palabra original "tetélestai" equivale a lo que decimos vulgarmente: "¡listo!" o "¡terminado!". Pero la palabra griega tiene más nutrido sentido, significa "concluido con perfección, lograda está la meta", "téleion". Cristo arrojó una mirada a toda su vida, desde Belén a la Cruz, mientras recitaba el Psalmo 21 que comienza:
"¡Dios mío, Dios mío!
¿Por qué me has abandonado?"
y vio que estaba hecha su campaña y cumplidas todas las profecías.

¿Por qué Dios lo había abandonado? ¿Por qué la Redención del Hombre tenía que hacerse a través dese torbellino de tormentos y orgía de horrores? Aquí hay que bajar la cabeza e incluso cerrar los ojos. ¿No podía Dios hacer la Redención de otra manera, a menos costo? Todos los teólogos dicen que sí podía: que una sola gota de sangre, una sola lágrima del Hombre Dios bastaba para limpiar de lacerias "el mundo, el mar y las estrellas", dice el himno de Santo Tomás: "terra, pontus, sidera". ¿Por qué entonces desa terrible manera?
Sólo podemos decir lo que dice un poeta argentino, Ignacio Anzoátegui: que Cristo dice a cada uno de nosotros:
"No temas, yo temeré por ti".

A los pecadores que absolvió, a la Magdalena, por ejemplo, Cristo nunca dijo: —Vete a hacer penitencia. Les dijo: —Vete y no peques más: la penitencia la hago YO.

En suma, Cristo tenía que hacer la imposible conjunción del invierno y de la primavera; y así juntó aquí en menos de tres días el invierno y la noche oscura con el amanecer de la alborada de la Resurrección. Que para Él no fue amanecer sino pleno día, pero para nosotros es amanecer.
(Castellani, DOMINGUERAS PRÉDICAS, Jauja Mendoza, 1997, 99-103)


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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Año C Lc 22:14-23, 56

1. Hoy el pueblo de Jerusalén aclama al Señor con gritos de HOSANNA, y con palmas de olivo.

2.- A los pocos días, ese mismo pueblo grita ¡¡CRUCIFÍCALE!!

3.- Es notable la volubilidad del pueblo. Cómo se deja manipular por los agitadores.

4.- Eso mismo pasa hoy día. Los mismo en conflictos sociales, políticos o anticatólicos.

5.- Es frecuente que en los MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL se ataque a la Iglesia, y se la calumnie.

6.- Hay que saber defenderse.

7.- A veces se nos quieren imponer modas opuestas a la moral cristiana: aceptación del adulterio o de los matrimonios homosexuales, etc.

8.- La iglesia no puede cambiar su moral según las modas de cada época.

9.- El Evangelio es para todas las épocas.

10.- La fidelidad al Evangelio puede exigirnos ir contracorriente, y a veces hasta sacrificar la vida.

11.- Así lo han hecho muchos mártires en la Historia de la iglesia. Dar la vida por Cristo merece la pena.

12.- Lo triste es que muchos católicos de hoy prefieren seguir las modas del tiempo aunque no supongan grandes sacrificios.

13.- Estamos necesitados de católicos que den testimonio de su fidelidad al Evangelio.


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Aplicación: Directorio Homilético - Domingo de Ramos y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

CEC 557-560: la entrada de Jesús en Jerusalén
CEC 602-618: la Pasión de Cristo
CEC 2816: el señorío de Cristo proviene de su Muerte y Resurrección
CEC 654, 1067-1068, 1085, 1362: el Misterio Pascual y la Liturgia

La subida de Jesús a Jerusalén

557 "Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén" (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: "No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33).

558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: "¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!" (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón:" ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos" (Lc 19, 41-42).

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de "David, su Padre" (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación ("Hosanna" quiere decir "¡sálvanos!", "Danos la salvación!"). Pues bien, el "Rey de la Gloria" (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad "montado en un asno" (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los "pobres de Dios", que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación "Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el "Sanctus" de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

2816 En el Nuevo Testamento, la palabra "basileia" se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

"Dios le hizo pecado por nosotros"

602 En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: "Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros" (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), Dios "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5, 21).

603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, "Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros" (Rm 8, 32) para que fuéramos "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).

Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal

604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10; cf. 4, 19). "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5, 8).

605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: "De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños" (Mt 18, 14). Afirma "dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: "no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo" (Cc Quiercy en el año 853: DS 624).

III CRISTO SE OFRECIO A SU PADRE POR NUESTROS PECADOS

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

606 El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).

607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).

"El cordero que quita el pecado del mundo"

608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14;cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).

Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en "la noche en que fue entregado"(1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28).

611 La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial" (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad" (Jn 17, 19; cf. Cc Trento: DS 1752, 1764).

La agonía de Getsemaní

612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz .." (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3, 15), de "el que vive" (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero" (1 P 2, 24).

La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del "cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con El por "la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28;cf. Lv 16, 15-16).

614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos con él (cf. Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

615 "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

616 El "amor hasta el extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.

617 "Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justif icationem meruit" ("Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación")enseña el Concilio de Trento (DS 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: "O crux, ave, spes unica" ("Salve, oh cruz, única esperanza", himno "Vexilla Regis").

Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2), él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). El llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21). El quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios(cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):

Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo
(Sta. Rosa de Lima, vida)

 

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Ejemplos

Respondió: «Os digo que si éstos se callan gritarán las piedras.

A medida que avanzaba, la gente se aglomeraba al lado del camino y comenzaron a alabar a Jesús diciendo: "¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! Estaban creando mucho alboroto y algunos de los líderes religiosos se molestaron. Le pidieron a Jesús que acallara a sus seguidores. Jesús les respondió: "Les aseguro que si ellos se callan, las piedras gritarán."

Me pregunto, ¿si estas rocas pudieran gritar en esta mañana, qué dirían? Una podría contar de cómo un pequeño pastor llamado David usó una piedra pequeña para matar a un gigante para demostrar que podemos llegar a hacer cualquier cosa cuando Dios está con nosotros.

Otra podría decirnos cómo el profeta Elías usó piedras para hacer un altar a Dios. El altar fue usado para probar, mediante un sacrificio ofrecido, que Dios es el único verdadero Dios.

Esta roca podría contarnos cómo Salomón usó rocas para construir un templo precioso para que la gente adorara a Dios.

Aún más, otra de las rocas podría recordarnos que Jesús contó una historia una vez sobre un hombre sabio que construyó su casa sobre una roca. Cuando vinieron las tormentas, la casa en la roca se mantuvo firme.

Pero también una persona puede ser roca. Cuando Pedro respondió a la pregunta de Jesús acerca de quién creían que era, diciendo: "Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Jesús le contestó: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". ¿Quién es hoy esta piedra, el sucesor de Pedro? ¡El Papa!

Sí, estas piedras podrían tener muchas historias que contarnos, pero no le permitiremos que lo hagan. Tú y yo fuimos creados para alabar y adorar a nuestro Dios y mientras lo hagamos no habrá necesidad de que estas rocas griten.

Querido Señor, sabemos que tu prefieres escucharnos alabarte que escuchar un concierto de rocas. Así que Señor, ¡exaltamos tu nombre en lo alto! Amén.

 

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