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Domingo 2 de Pascua C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

A su disposición
Nota sobre las Lecturas del Tiempo Pascual: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.

Exégesis: Manuel de Tuya - Apariciones a los discípulos (Jn. 20,19-29)

Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Dichosos los que creyeron sin ver

Santos Padres: San Gregorio Magno - “La paz sea con vosotros: recibid el Espíritu Santo”

Santos Padres: San Basilio de Seleucia - «Hemos visto al Señor»

Santos Padres: San Agustín - Segundo domingo de Pascua

Aplicación: Papa Francisco - La valentía de volver a Dios

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Segundo domingo de Pascua Jn 20, 19-31

Aplicación: Benedicto XVI - La misericordia y la bondad divinas

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Segundo Domingo de Pascua - Año C Jn 20:19-31

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Resurrección y Sacramento de la Penitencia

Aplicación: San Juan Pablo II - La Pascua, Alianza Nueva y Eterna

Aplicación: R. P. Cantalamessa - El mensaje de la fe y la fe  en el resucitado llega hasta el día de hoy

Aplicación: San Juan Pablo Magno - Domingo de la Misericordia Divina

Aplicación: Sor Ma. Elizbieta Siepak - Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia

Aplicación: Directorio Homilético - Segundo domingo de Pascua

Ejemplos

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo




Nota sobre las Lecturas del Tiempo Pascual: P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.


Respecto a las lecturas de los domingos del Tiempo Pascual, dicen los Prenotanda del Leccionario:

“Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor después de la última cena.

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo, cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva.

“Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de san Pedro, el año B la primera carta de san Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo.” (Prenotanda del Leccionario, nº 100)


Para tener en cuenta entonces: en el Tiempo Pascual los evangelios de los domingos son los mismos para los tres ciclos. Las que sí varían según cada ciclo son la primera y la segunda lectura. La primera es siempre (para los tres ciclos) tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, pero en cada ciclo se presentan textos diferentes de ese mismo libro. La segunda lectura se toma, para el Ciclo A, de la primera carta de San Pedro; para el Ciclo B, de la primera carta de San Juan; para el Ciclo C, del Apocalipsis. Es necesario prestar atención al comentario que hacen los Prenotanda a estos tres libros del Nuevo Testamento: presentan una fe alegre y una firme esperanza, propias de este Tiempo Pascual. Por lo tanto, en el momento de preparar la homilía, esta indicación puede ser muy útil, ya que de esta segunda lectura pueden tomarse elementos que sirvan al oyente para captar el espíritu de este tiempo.


Respecto a las ferias del Tiempo Pascual dicen los Prenotanda del Leccionario:

“La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, como los domingos, de modo semi-continuo.

“En el Evangelio, dentro de la octava de Pascua, se leen los relatos de las apariciones del Señor. Después, se hace una lectura semi-continua del Evangelio de san Juan, del cual se toman ahora los textos de índole más bien pascual, para completar así la lectura ya empezada en el tiempo de Cuaresma. En esta lectura pascual ocupan una gran parte el discurso y la oración del Señor después de la cena”. (Prenotanda del Leccionario, nº 101).


El nº 102 de los Prenotanda explica en detalle la distribución de las lecturas para las solemnidades de la Ascensión y de Pentecostés.

Es necesario prestar atención al hecho de que tanto en los domingos como en las ferias del Tiempo Pascual se le da un lugar preferencial al discurso y oración del Señor después de la cena, que San Juan consignó en su evangelio. El estudio de este texto será un instrumento privilegiado para la preparación de las homilías del Tiempo Pascual.

Una última acotación sobre este Domingo II de Pascua. Dice el Beato Juan Pablo II Magno: “Este segundo domingo de Pascua a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia Divina"” (Homilía en la canonización de Santa Faustina, 30 de abril de 2000). Por lo tanto, el título de “Domingo de la Divina Misericordia” es un título litúrgico y canónico, no meramente piadoso y devocional. Por lo tanto, esto es también una clara indicación para la preparación y realización de la homilía de este domingo.
(P. Lic. José Antonio Marcone, I.V.E.)



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Exégesis: Manuel de Tuya - Apariciones a los discípulos (Jn. 20,19-29)


19 La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros. 20 Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. 21 Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío Yo. 22 Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. 24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. 25 El les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré. 26 Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús cerradas las puertas y, puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. 28 Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron.

Estas apariciones a los apóstoles son destacadas en Jn por su excepcional importancia.

La primera tiene lugar en la “tarde” del mismo día de la resurrección, cuyo nombre de la semana era llamado por los judíos como lo pone aquí Jn: “el primer día de la semana.”

Los once apóstoles están juntos; acaso hubiese con ellos otras gentes que no se citan. No se dice el lugar; verosímilmente podría ser en el cenáculo (Hec_1:4.13). Los sucesos de aquellos días, siendo ellos los discípulos del Crucificado, les tenían medrosos. Por eso les hacía ocultarse y cerrar las puertas, para evitar una intromisión inesperada de sus enemigos. Pero la consignación de este detalle tiene también por objeto demostrar el estado “glorioso” en que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante ellos.

Inesperadamente, Cristo se apareció en medio de ellos. Lc, que narra esta escena, dice que quedaron “aterrados,” pues creían ver un “espíritu” o un fantasma. Cristo les saludó deseándoles la “paz.” Con ello les confirió lo que ésta llevaba anejo (cf. Luc_24:36-43).

Jn omite lo que dice Lc: cómo les dice que no se turben ni duden de su presencia. Aquí, al punto, como garantía, les muestra “las manos,” que con sus cicatrices les hacían ver que eran las manos días antes taladradas por los clavos, y “el costado,” abierto por la lanza; en ambas heridas, mostradas como títulos e insignias de triunfo, Tomás podría poner sus dedos. En Lc se cita que les muestra “sus manos y pies,” y se omite lo del costado, sin duda porque se omite la escena de Tomás. (....) Esta, como la escena en Lc, es un relato de reconocimiento: aquí, de identificación del Cristo muerto y resucitado; en Lc es prueba de realidad corporal, no de un fantasma, contra griegos y docetistas. Naturalmente, el interés apologético en nada desvirtúa la realidad histórica. Sin ésta fallaría la otra.

Bien atestiguada su resurrección y su presencia sensible, Jn transmite esta escena de trascendental alcance teológico.

Les anuncia que ellos van a ser sus “enviados,” como El lo es del Padre. Es un tema constante en los evangelios. Ellos son los “apóstoles” (Mat_28:19; Jua_17:18, etc.).

El, que tiene todo poder en cielos y tierra, les “envía” ahora con una misión concreta. Van a ser sus enviados con el poder de perdonar los pecados. Esto era algo insólito. Sólo Dios en el A.T. perdonaba los pecados. Por eso, de Cristo, al considerarle sólo hombre, decían los fariseos escandalizados: Este “blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mar_2:7 par.).

Al decir esto, “sopló” sobre ellos. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gen_2:7; Eze_37:9-14; Sab_15:11). Por la penitencia, Dios va a comunicar su perdón, que es el dar a los hombres el “ser hijos de Dios” (Jua_1:12): el poder de perdonar, que es dar vida divina. Precisamente en Génesis, Dios “insufla” sobre Adán, el hombre de “arcilla,” y le “inspiró aliento de vida” (Gen_2:7) Por eso, con esta simbólica insuflación explica su sentido, que es el que “reciban el Espíritu Santo.” Dios les comunica su poder y su virtud para una finalidad concreta: “A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos.”

Este poder que Cristo confiere personalmente a los apóstoles no es ni Pentecostés ni la promesa del Espíritu Santo del Sermón de la Cena.

1) No es Pentecostés. Esta donación del Espíritu en Pentecostés es la que recoge Lc en la aparición de Cristo resucitado (Luc_24:49), preparando la exposición de su cumplimiento en los Hechos (Hec_1:4-8; c.2). Pero esta “promesa” es en Lc — Evangelio y Hechos — , junto con la transformación que los apóstoles experimentaron, la virtud de la fortaleza en orden a su misión de “apóstoles” “testigos.”

2) No es La “promesa” del Espíritu Santo que les hace en el evangelio de Jn, en el Sermón de la Cena (Jua_14:16.17.26; Jua_16:7-15), ya que en esos pasajes se les promete al Espíritu Santo, que se les comunicará en Pentecostés, una finalidad “defensora” de ellos e “iluminadora” y “docente.” Jn no puede estar en contradicción consigo mismo.

3) En cambio, aquí la donación del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de “perdón.” Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados. Este poder exige para su ejercicio un juicio. Si han de perdonar o retener todos los pecados, necesitan saber si pueden perdonar o han de retener. Evidentemente es éste el poder sacramental de la confesión.

De este pasaje dio la Iglesia dos definiciones dogmáticas. La primera fue dada en el canon 12 del quinto concilio ecuménico, que es el Constantinopolitano II, de 552, y dice así, definiendo:

“Si alguno defiende al impío Teodoro de Mopsuestia, que dijo... que, después de la resurrección, cuando el Señor insufló a los discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jua_20:22), no les dio el Espíritu Santo, sino que tan sólo se lo dio figurativamente., sea anatema.” 12

La segunda definición dogmática la dio el concilio de Trento, cuando, interpretando dogmáticamente este pasaje de Jn, dice en el canon 3, “De sacramento paenitentiae”:

“Si alguno dijese que aquellas palabras del Señor Salvador: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jua_20:22ss), no han de entenderse de la potestad de perdonar y retener los pecados en el sacramento de la penitencia, como la Iglesia católica, ya desde el principio, siempre lo entendió así, sino que lo retorciese, contra la institución de este sacramento, a la autoridad de predicar el Evangelio, sea anatema.” 13

En este pasaje de Jn es de fe: a) que Cristo les comunicó el Espíritu Santo (quinto concilio ecuménico); b) y que se lo comunicó al instituir el sacramento de la penitencia (concilio de Trento).

(...)

En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de sobrenombre Dídimo (= gemelo, mellizo). Si aparece, por una parte, hombre de corazón y de arranque (Jua_11:16), en otros pasajes se le ve un tanto escéptico, o que tiene un criterio un poco “positivista” (Jua_14:5). Se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo “positivamente”: necesitaba “ver” las llagas de los clavos en sus manos y “meter” su dedo en ellas, lo mismo que su “mano” en la llaga de su “costado,” abierta por el golpe de lanza del centurión. Sólo a este precio “creerá.”

Pero a los “ocho días” se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los diez apóstoles juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra vez, “cerradas las puertas.” Jn relata la escena con la máxima sobriedad. Y después de desearles la paz — saludo y don — se dirigió a Tomás y le mandó que cumpliese en su cuerpo la experiencia que exigía. No dice el texto si Tomás llegó a ello. Más bien lo excluye al decirle Cristo que creyó porque “vio,” no resaltándose, lo que se esperaría en este caso, el hecho de haber cumplido Tomás su propósito para cerciorarse. Probablemente no. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer la pertinacia de Tomás. Su exclamación encierra una riqueza teológica grande. Dice: “¡Señor mío y Dios mío!”

La frase no es una exclamación; se usaría para ello el vocativo (Rev_11:17; Rev_15:3). Es un reconocimiento de Cristo: de quién es El. Es, además, lo que pide el contexto (v.29). Esta formulación es uno de los pasajes del evangelio de Jn, junto con el “prólogo,” en donde explícitamente se proclama la divinidad de Cristo (1Jn_5:20).

(...)


La expresión binomio “Señor y Dios” es la traducción que hacen los LXX de Yahvé 'Eíohím. Este nombre pasará a la primitiva tradición cristiana (Hec_2:36). Acaso Jn lo toma del ambiente. El ?????? era confesión ordinaria para proclamar la divinidad de Cristo.

En el evangelio de Jn se dice de Cristo que se “ha de ir” (muerte/resurrección), que ha de “subir” al Cielo” — “ascensión” — como plan del Padre para “enviar” el E. S. Y aquí, ¿antes de la “ascensión” ya “envía” el Espíritu para el “perdón de los pecados”? Una vez que el alma de Cristo se separó del cuerpo, entró en su gloria: estaba en el cielo; al resucitar Cristo en su integridad gloriosa, estaba en el cielo. Las “apariciones” de los “cuarenta días,” de las que se habla en los Hechos de los Apóstoles, en nada impiden esta vida celestial y la “ascensión” de Cristo en su gloria. Jn ve toda una unidad — muerte-resurrección/ ascensión/venida del E.S., enviado por Cristo — por su profundo enfoque teológico de estos hechos. (...)

La respuesta de Cristo a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico, entre la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar “bienaventurados” a los que creen sin ver. No es censura a los motivos racionales de la fe y la credibilidad (cf. Rom), como tampoco lo es a los otros diez apóstoles, que ocho días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon exigencias ni condiciones para su fe: no tuvieron la actitud de Tomás, que se negó a creer a los “testigos” para admitir la fe si él mismo no veía. El ‘ver’ no sería posible a todos: tanto por razón de la lejanía en el tiempo, como por no haber sido de los “elegidos” por Dios para ser “testigos” de su resurrección (Hec_2:32; Hec_10:40-42). Es la bienaventuranza de Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron “elegidos” por Dios para ser “testigos” oficiales de su resurrección y para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la “oración sacerdotal”: “No ruego sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra” (Jua_17:20).

Interesaba destacar bien esto en la comunidad primitiva y como lección para el futuro en la Iglesia. El tiempo pasado en que está redactado el texto — lección mejor sostenida — supone una cierta queja o deseo insatisfecho en la comunidad cristiana por no haber visto a Cristo resucitado. Era una respuesta oportuna a esta actitud.


Conclusión, Jn 20, 30-31

30 Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; 31 y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Estos versículos tienen la característica de ser el final del Evangelio de Jn. Pero al insertarse luego el c.21, con otra terminación (Jua_21:24.25), dio lugar a tres hipótesis: 1) el c.21 sería un suplemento añadido a la obra primitiva por un redactor muy antiguo (Schmiedel, Réville, Mollat); 2) habría sido añadido por el mismo evangelista después de la primera redacción (Harnack, Bernard, ordinariamente los comentadores católicos); 3) el c.21 se uniría al c.20, y los v.30 y 31 del c.20 habrían sido traspuestos después del c.20, a continuación de la adición de un segundo epílogo (Jua_21:24-25), por un grupo de cristianos, probablemente los ancianos de Efeso (Lagrange, Durand, Vaganay) 16.

El evangelista confiesa que Cristo hizo “otras muchas señales,” milagros (Jua_21:25), que son “señales” probativas de su misión. No sólo fueron hechos y recibidos como dichos, sino “presenciados” por sus “discípulos.” Esta confesión hace ver que los milagros referidos por Jn en su evangelio son una selección deliberada de los mismos en orden a su tesis y a la estructura, tan profunda y “espiritual,” de su evangelio.

Están ordenados a probar que Jesús es el “Mesías” y es el “Hijo de Dios.”

Esta es la confesión de fe en El, pero esta fe es para que, “creyendo, tengáis vida en su nombre.”

Para Jn la fe es fe con obras. Es la entrega — fe y obras — a Cristo, para así tener “vida,” todo el tema del Evangelio, especialmente destacado en el de Jn. Pero esta “vida” sólo se tiene en “su nombre.” Para el semita, el nombre está por la persona. Aquí la fe es, por tanto, en la persona de Cristo, como el verdadero Hijo de Dios. Todo el tema del evangelio de Jn.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)



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Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Dichosos los que creyeron sin ver


“Makárioi oi mée ídontes kai pistéusantes”. (“Porque me viste, Tomás, creíste: dichosos los que no vieron y creyeron”), o más exactamente, “los no videntes y creyentes”; lo cual abarca el tiempo presente y el futuro1.

Esta es una sentencia muy importante porque contiene la definición misma de la fe; y su promulgación y su recompensa.

Algunos dicen: “¡Qué dichosos hubiésemos sido de haber vivido en los tiempos de Cristo y haberlo visto con nuestros ojos!”. Cristo dijo lo contrario. Esta es la exclamación ingenua del bárbaro Clodoveo, primer Rey de Francia: “¡Ah! ¡Si hubiese estado yo allí con mis francos!” Pero si hubiese estado, posiblemente hubiese ayudado a crucificarlo. De hecho, es muy posible que hubiese algún franco allí entre los sayones del Calvario: desde Augusto, los franceses andaban enganchándose en el Ejército Romano; y buenos soldados salieron, por cierto. El mejor regimiento romano, la Legión Décima, con el cual julio César conquistó la Inglaterra, estaba entonces, 86 años después, de guarnición en Jerusalén: y estaba llena de galos.

Para salvarse es necesario volverse contemporáneo de Cristo; eso es la Fe; es decir, que Cristo debe volverse para nosotros una realidad contemporánea y no una imagen histórica: no hay que creer en participio pasado sino en participio activo indefinido: en eternidad. Muchísimos de los coetáneos no fueron coetáneos espirituales de Cristo: estaba allí delante pero no lo vieron, lo vieron mal, vieron “la figura del siervo”, al hombre, al sedicioso; no fueron contemporáneos: en vez de mirar lo que estaba ahí, miraron atrás, miraron a David y a Salomón, a los Macabeos, a la figura histórica que ellos se habían hecho del Mesías. Saber historia es peligroso: quiero decir, saber poca historia.

Somos más dichosos nosotros, no porque “nuestra fe es más meritoria”, como dicen los libros de devoción, sino porque en cierto sentido es más fácil y más perfecta. “Os conviene a vosotros que yo me vaya; por eso me voy”, dijo Cristo a los Apóstoles antes de la Ascensión. En su Profesión de fe del Vicario Saboyano, Rousseau prácticamente exige a Cristo que venga Él en persona a instruirlo si quiere que crea en El; y probablemente saldría disparando como los Guardias del Sepulcro; y después contaría el caso, así como los mismos Guardias, todo al revés.

El evangelio de la Domínica In-Albis (Juan XX, 19-31) cuenta la doble aparición de Cristo a los Once en el Cenáculo; la primera sin Tomás Dídymo, después que la Magdalena anunció su encuentro de la mañana; la segunda, con Tomás presente el otro domingo... La Santísima Virgen no habló hasta que fue solemnemente interrogada por Pedro; y entonces respondió sencillamente “Sí”, arrebolándose toda.

Era el domingo (el primer día de la Semana judía) por la tarde, “estando fuertemente trancados por miedo a los Judíos”. Los protestantes adventistas dicen que los Papas cambiaron la Ley de Dios, porque sustituyeron el domingo como día de fiesta al sábado judío; por lo cual el Papado es el Anticristo. Ignoran que esa mutación remonta a los Apóstoles, o por mejor decir al mismo Cristo; el cual resucitó en domingo; y dio en aparecer resucitado los domingos a las Santas Mujeres, a la Magdalena, a Pedro, a los Discípulos de Emmaús y a los Once dos veces; y probablemente también a los siete Discípulos pescadores del Mar de Tiberíades, pues es seguro que no estaban pescando en día sábado. Y si Cristo no puede cambiar una fiesta, entonces Perón puede más que Cristo. La Resurrección de Cristo –que es recordada el domingo– es un acontecimiento más importante que la Creación del Mundo, que es recordada por el sábado judío.

En la primera aparición, el mismo Domingo de Pascua, Cristo instituyó solemnemente el Sacramento de la Confesión. “¡Paz a vosotros!” y parándose en medio de ellos les mostró las manos y el costado herido y glorificado. “Paz a vosotros” dijo otra vez: “Como el Padre me envió, así yo os envío.” Sopló sobre ellos, como lo había hecho en el rostro del sordomudo. “Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados les serán perdonados; y a los que retuviereis retenidas son”.

Los protestantes, que dicen la Confesión es invento de los curas, tienen que borrar este texto. Sí, pero ¿los confesionarios los inventó Cristo? Los confesionarios los inventó San José o algún Papa que haya sido carpintero, Sixto V pongamos. Pero los confesionarios no son la confesión. Los confesionarios los inventaron las mujeres. Absolutamente ningún cura es capaz de inventar el confesionario. Es que los protestantes no saben lo que es un confesionario: es un trabajo duro y una carga tremenda para el cura.

En la segunda Aparición estaba Tomás el Dídymo; ¿y en la primera, dónde andaba? No se sabe, pero probablemente andaba haciéndose el indio por Jerusalén; el cual se había negado rotundamente creer a los otros Diez, y quizás, a Nuestra Señora –esperemos que no–; y había puesto para creer una condición parecida a la del Vicario Saboyano. Cristo se plegó amablemente a la condición, y el discípulo porfiado cayó a sus pies exclamando: “¡Mi Señor y mi Dios!”. En lo cual creyó también sin ver –porque de no, no hubiese realmente creído– porque creyó en el Señor al cual veía y en el Dios que no veía. “Entra tu dedo aquí y mira mis manos y trae tu mano y ponla en mi costado; y no quieras ser “apistós” sino “pistós””. no increyente sino creedor.

Santo Tomás, llamado por sobrenombre Dídymo –que quiere decir medio indio– no era de ésos que creen a los diarios. Era un tipo medio indio, y la prueba está que después se fue a evangelizar las Indias; y algunos pretenden que llegó a América; de hecho los compañeros de Cortés encontraron entre los aztecas la extraña leyenda del Hombre Blanco enviado por Quezalcoatl, que les predijo para un tiempo muy lejano la llegada de los otros, blancos, que serían más indios que él2.

Pero si Santo Tomás no hubiese sido medio indio y hubiese creído enseguida a sus compañeros, Rousseau o Renán hubiesen dicho: “¿Ha visto cómo pasaron las cosas? Surgió un susurro entre las mujeres –ya sabemos cómo son las mujeres– de que había resucitado; y unos a otros lo iban propalando, a la manera de los rumores políticos; y enseguida lo creían, porque lo deseaban: y así se formó la leyenda de la Resurrección...”.

Tomás dudó para que nosotros creyéramos.
“Makárioi oi mée idóntes kai pistéusantes.”
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 204-207)

(1) Nuestra lengua no tiene el participio activo indefinido de los griegos.
(2) Ver Catholic Encyclopedia, v. X; y Cristus, de Huby, capítulo IV.



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Santos Padres: San Gregorio Magno - “La paz sea con vosotros: recibid el Espíritu Santo”


La primera cuestión que de esta lección asalta al pensamien­to es: ¿cómo después de la resurrección fue el verdadero cuerpo de Jesús el que, estando cerradas las puertas, pudo entrar a donde esta­ban los apóstoles?

Más debemos reconocer que la obra de Dios deja de ser admira­ble si la razón la comprende, y que la fe carece de mérito cuando la razón adelanta la prueba. En cambio, esas mismas obras de Dios que de ningún modo pueden comprenderse por sí mismas, deben cotejarse con alguna otra obra suya, para que otras obras más admi­rables nos faciliten la fe en las que son sencillamente admirables.

Pues bien, aquel mismo cuerpo que, al nacer, salió del seno cerrado de la Virgen, entró donde estaban los discípulos hallándose cerradas las puertas. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que después de la resurrección, ya eternamente triunfante, entrara estando cerradas las puertas el que, viniendo para morir, salió a luz sin abrir el seno de la Virgen? Pero, como dudaba la fe de los que miraban aquel cuerpo que podía verse, mostróles en seguida las manos y el costado; ofreció para que palparan el cuerpo que había introducido estando cerradas las puertas.

En lo cual pone de manifiesto dos cosas admirables y para la razón humana harto contrarias entre sí, y fue mostrar, después de su resurrección, su cuerpo incorruptible y a la vez tangible, puesto que necesariamente se corrompe lo que es palpable, y lo incorrup­tible no puede palparse.

No obstante, por modo admirable e incomprensible, nuestro Redentor, después de resucitar, mostró su cuerpo incorruptible y a la vez palpable, para, con mostrarle incorruptible, invitar a los pre­mios y, con presentarle palpable, afianzar la fe; además se mostró incorruptible y palpable, sin duda, para probar que, después de la resurrección, su cuerpo era de la misma naturaleza, pero tenía dis­tinta gloria.

Y les dijo: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío yo también a vosotros. Esto es, como mi Padre, Dios, me envió a mí, Dios también, yo, hombre, os envío a vosotros, hombres.

El Padre envió al Hijo, quien, por determinación suya, debía encarnarse para la redención del género humano, y el cual, cierto es, quiso que padeciera en el mundo; pero, sin embargo, amó al Hijo, que enviaba para padecer. Asimismo, el Señor, a los após­toles, que eligió, los envió, no a gozar en el mundo, sino a padecer, como Él había sido enviado. Luego, así como el Padre ama al Hijo y, no obstante, le envía a padecer, así también el Señor ama a los discípulos, a quienes, sin embargo, envía a padecer en el mundo. Rectamente, pues, se dice: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo también a vosotros; esto es: cuando yo os mando ir entre las asechanzas de los perseguidores, os amo con el mismo amor con que el Padre me ama al hacerme venir a sufrir tormentos.

Aunque también puede entenderse que es enviado según la naturaleza divina. Y entonces se dice que el Hijo es enviado por el Padre, porque es engendrado por el Padre; pues también el Hijo, cuando les dice (Is 15, 26): Cuando viniere el Paráclito, que yo os enviaré del Padre, manifiesta que Él les enviará el Espíritu Santo, el cual, aunque es igual al Padre y al Hijo, pero no ha sido encar­nado. Ahora, si ser enviado debiera entenderse tan sólo de ser encar­nado, cierto que no se diría en modo alguno que el Espíritu Santo sería enviado, puesto que jamás encarnó, sino que su misión es la misma procesión, por la que a la vez procede del Padre y del Hijo. De manera que, como se dice que el Espíritu Santo es enviado por­que procede, así se dice, y no impropiamente, que el Hijo es en­viado porque es engendrado.

Dichas estas palabras, alentó hacia ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Debemos inquirir qué significa el que nuestro Señor enviara una sola vez el Espíritu Santo cuando vivía en la tierra y otra sola vez cuando ya reinaba en el cielo; pues en ningún otro lugar se dice claramente que fuera dado el Espíritu Santo, sino ahora, que es recibido mediante el aliento, y después, cuando se declara que vino del cielo en forma de varias lenguas.

¿Por qué, pues, se da primero en la tierra a los discípulos y luego es enviado desde el cielo, sino porque es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo? Se da en la tierra el Espíritu Santo para que se ame al prójimo, y se da desde el cielo el Espíritu para que se ame a Dios.

Así como la caridad es una sola y sus preceptos dos, el Espíritu es uno y se da dos veces: la primera, por el Señor cuando vive en la tierra; la segunda, desde el cielo, porque en el amor del prójimo se aprende el modo de llegar al amor de Dios; que por eso San Juan dice (1 Jn 4, 20): El que no ama a su hermano, a quien ve, a Dios, a quien no ve, ¿cómo podrá amarle? Cierto que antes ya estaba el Espíritu Santo en las almas de los discípulos para la fe; pero no se les dio manifiestamente sino después de la resurrección. Por eso está escrito (Jn 7, 39): Aún no se había comunicado el Espíritu Santo, porque Jesús no estaba todavía en su gloria. Por eso también se dice por Moisés (Dt 32, 13): Chuparon la miel de las peñas y el aceite de las más duras rocas. Ahora bien, aunque se repase todo el Antiguo Testamento, no se lee que, conforme a la Historia, sucediera tal cosa; jamás aquel pueblo chupó la miel de la piedra ni gustó nunca tal aceite; pero como, según San Pablo (1 Co 10, 4), la piedra era Cristo, chuparon miel de la piedra los que vieron las obras y mila­gros de nuestro Redentor, y gustaron el aceite de la piedra durísima, porque merecieron ser ungidos con la efusión del Espíritu Santo después de la resurrección. De manera que, cuando el Señor, mortal aún, mostró a los discípulos la dulzura de sus milagros, fue como darles miel de la piedra; [4.] y derramó el aceite de la piedra cuando, hecho ya impasible después de su resurrección, con su hálito hizo fluir el don de la santa unción. De este óleo se dice por el profeta (Is 10, 27): Pudriráse el yugo por el aceite. En efecto, nos hallábamos sometidos al yugo del poder del demonio, pero fuimos ungidos con el óleo del Espíritu Santo, y como nos ungió con la gracia de la liberación, pudrióse el yugo del poder del demonio, según lo asegura San Pablo, que dice (2 Co. 3, 17): Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad...

Mas es de saber que los primeros que recibieron el Espíritu Santo, para que ellos vivieran santamente y con su predicación aprovecharan a algunos, después de la resurrección del Señor, le recibieron de nuevo ostensiblemente, precisamente para que pu­dieran aprovechar, no a pocos, sino a muchos. Por eso en esta dona­ción del Espíritu se dice: Quedan perdonados los pecados de aquellos a quienes vosotros se los perdonareis, y retenidos los de aquellos a quienes se los retuviereis.

Pláceme fijar la atención en el más alto grado de gloria a que fueron sublimados aquellos discípulos, llamados a sufrir el peso de tantas humillaciones. Vedlos, no sólo quedan asegurados ellos mismos, sino que además reciben la potestad de perdonar las deudas ajenas y les cabe en suerte el principado del juicio supremo, para que, haciendo las veces de Dios, a unos retengan los pecados y se los perdonen a otros.

Así, así correspondía que fueran exaltados por Dios los que ha­bían aceptado humillarse tanto por Dios. Ahí lo tenéis: los que temen el juicio riguroso de Dios quedan constituidos en jueces de las almas, y los que temían ser ellos mismos condenados condenan o libran a otros.

El puesto de éstos ocúpenle ahora ciertamente en la Iglesia los obispos. Los que son agraciados con el régimen, reciben la po­testad de atar y de desatar.

Honor grande, sí; pero grande también el peso o responsabilidad de este honor. Fuerte cosa es, en verdad, que quien no sabe tener en orden su vida sea hecho juez de la vida ajena; pues muchas veces sucede que ocupe aquí el puesto de juzgar aquel cuya vida no concuerda en modo alguno con el puesto, y, por lo mismo, con frecuencia ocurre que condene a los que no lo merecen, o que él mismo, hallándose ligado, desligue a otros. Muchas veces, al atar o desatar a sus súbditos, sigue el impulso de su voluntad y no lo que merecen las causas; de ahí resulta que queda privado de esta misma potestad de atar y de desatar quien la ejerce según sus caprichos y no por mejorar las costumbres de los súbditos. Con frecuencia ocurre que el pastor se deja llevar del odio o del favor hacia cualquiera prójimo; pero no pueden juzgar debidamente de los súbditos los que en las causas de éstos se dejan llevar de sus odios o simpatías. Por eso rectamente se dice por el profeta (Ez 13, 19) que mataban a las almas que no están muertas y daban por vivas a las que no viven. En efecto, quien condena al justo, mata al que no está muerto, y se empeña en dar por vivo al que no ha de vivir quien se esfuerza en librar del suplicio al culpable.

Deben, pues, examinarse las causas y luego ejercer la po­testad de atar y de desatar. Hay que conocer qué culpa ha precedido o qué penitencia ha seguido a la culpa, a fin de que la sentencia del pastor absuelva a los que Dios omnipotente visita por la gracia de la compunción; porque la absolución del confesor es verdadera cuando se conforma con el fallo del Juez eterno.

Lo cual significa bien la resurrección del muerto de cuatro días, pues ella demuestra que el Señor primeramente llamó y dio vida al muerto, diciendo (Jn 11, 43): Lázaro, sal afuera; y que después, el que había salido afuera con vida, fue desatado por los discípulos, según está escrito (Jn 11, 44): Cuando hubo salido afuera el que estaba atado de pies y manos con fajas, dijo entonces a sus discípulos: Desatadle y dejadle ir. Ahí lo tenéis: los discípulos desatan a aquel que ya vivía, al cual, cuando estaba muerto, había resucitado el Maestro. Si los discípulos hubieran desatado a Lázaro cuando estaba muerto, habrían hecho manifiesto el hedor más bien que su poder.

De esta consideración debe deducirse que nosotros, por la auto­ridad pastoral debemos absolver a los que conocemos que nuestro Autor vivifica por la gracia suscitante; vivificación que sin duda se conoce ya antes de la enmienda en la misma confesión del pecado. Por eso, al mismo Lázaro muerto no se le dice: Revive, sino: Sal afuera.

En efecto, mientras el pecador guarda en su conciencia la culpa, ésta se halla oculta en el interior, escondida en sus entrañas; pero, cuando el pecador voluntariamente confiesa sus maldades, el muerto sale afuera. Decir, pues, a Lázaro: Sal afuera, es como si a cualquier pecador claramente se dijera: ¿Por qué guardas tus pecados dentro de tu conciencia? Sal ya afuera por la confesión, pues por tu nega­ción estás para ti oculto en tu interior. Luego decir: salga afuera el muerto, es decir: confiese el pecador su culpa; pero decir: des­aten los discípulos al que sale fuera, es como decir que los pastores de la Iglesia deben quitar la pena que tuvo merecida quien no se avergonzó de confesarse.

He dicho brevemente esto por lo que respecta al ministerio de absolver, para que los pastores de la Iglesia procuren atar o desatar con gran cautela. Pero, no obstante, la grey debe temer el fallo del pastor, ya falle justa o injustamente, no sea que el súbdito, aun cuando tal vez quede atado injustamente, merezca ese mismo fallo por otra culpa.

El pastor, por consiguiente, tema atar o absolver indiscretamente; más el que está bajo la obediencia del pastor tema quedar atado, aunque sea indebidamente, y no reproche, temerario, el juicio del pastor, no sea que, si quedó ligado injustamente, por ensoberbecerse de la desatinada reprensión, incurra en una culpa que antes no tenía. Y dicho todo esto harto rápidamente, tornemos al orden de la exposición.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino el Señor. Únicamente este discípulo estuvo ausente, y cuando vino oyó lo que había sucedido y no quiso creer lo que oía. Volvió de nuevo el Señor y descubrió al discípulo incrédulo su cos­tado para que le tocase y le mostró las manos, y con presentarle las cicatrices de sus llagas curó la llaga de su incredulidad.

¿Qué pensáis de todo esto, hermanos carísimos? ¿Creéis que sucedió al acaso el que estuviera en aquella ocasión ausente aquel discípulo elegido y el que, cuando vino, oyera, y oyendo dudara, y dudando palpara, y palpando creyera? No; no sucedió esto al acaso, sino que fue disposición de la divina Providencia; pues la divina Misericordia obró de modo tan admirable para que, tocando aquel discípulo incrédulo las heridas de su Maestro, sanase en nos­otros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la incredu­lidad de Tomás ha sido más provechosa para nuestra fe que la fe de los discípulos creyentes, porque, decidiéndose aquél a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda.

En efecto, el Señor, después de resucitado, permitió que aquel discípulo dudara; pero, no obstante, no le abandonó en la duda; a la manera que antes de nacer quiso que María tuviera esposo, el cual, no obstante, no llegó a consumar el matrimonio; porque, así como el esposo había sido guardián de la integérrima virginidad de su Madre, así el discípulo, dudando y palpando, vino a ser testigo de la verdadera resurrección.

Y tocó y exclamó Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Díjole Jesús: Tú has creído, Tomás, porque me has visto. Diciendo el apóstol San Pablo que (Hb 11, 1) la fe es el fundamento de las cosas que se esperan y un convencimiento de las cosas que no se ven, resulta claro en verdad que la fe es una prueba decisiva de las cosas que no se ven, pues las que se ven, ya no son objeto de la fe, sino del cono­cimiento. Ahora bien, ¿por qué, cuando Tomás vio y palpó, se le dice: ¿Porque has visto has creído? Pues es porque él vio una cosa y creyó otra; el hombre mortal, cierto que no puede ver la divinidad; por tanto, él vio al hombre y creyó que era Dios; y así dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Luego, viendo, creyó, porque, conociéndole ver­dadero hombre, le aclamó Dios, aunque como tal no podía verle.

Causa mucha alegría lo que sigue: Bienaventurados los que sin haber visto han creído. Sentencia en la que, sin duda, estamos señalados nosotros, que confesamos con el alma al que no hemos visto en la carne. Sí, en ella estamos significados nosotros, pero con tal que nuestras obras se conformen con nuestra fe, porque quien cumple en la práctica lo que cree, ése es el que cree de verdad. Por el contrario, de aquellos que solamente creen con palabras, dice San Pablo (Tt 1, 16): Profesan conocer a Dios, más lo niegan con las obras; por eso dice Santiago (2, 57): La fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma; y, por lo mismo, el Señor dice al santo Job, refiriéndose al antiguo enemigo del género humano (Jb 40, 18): Mira cómo él se sorbe un río, sin que le parezca haber bebido mucho; aun presume poder agotar el Jordán entero. Y bien, por el río, ¿quién está significado sino el género humano, que va pasando?; esto es, el género humano, que corre desde el principio hasta el fin y que, como agua puesta en movimiento, corre por la declinación de la carne hasta su término señalado. ¿Y qué se designa por el Jordán sino la clase de los bautizados?; porque, como el Autor de nuestra redención se dignó ser bautizado en el río Jordán, rectamente con el nombre de Jordán se designa la multitud de los que están comprendidos en el sacramento del bautismo.

Así, pues, el antiguo enemigo sorbió el río del género humano, porque desde el principio del mundo hasta la venida del Redentor, salvándose apenas algunos pocos elegidos, tragó en el vientre de su malicia al género humano; por eso se dice bien de él: Se sorbe un río y no le parece mucho, pues no tiene por grande cosa el arrebatar a los infieles. Pero es harto grave lo que sigue: Y aun presume poder agotar el Jordán entero; porque, después de haber arrebatado a todos los infieles desde el principio del mundo, aún presume poder engañar también a los fieles; porque con el lenguaje de su pestífera persuasión diariamente devora a aquellos cuya vida réproba está en desacuerdo con la fe que profesan.

Por consiguiente, hermanos carísimos, temed esto y pres­tadle toda atención; meditadlo con toda solicitud. Ved que cele­bramos la solemnidad de la Pascua, pero debemos vivir de modo que merezcamos llegar a las fiestas de la eternidad.

Todas las fiestas que se celebran en el tiempo pasan; procurad cuantos estáis presentes a esta solemnidad no ser excluidos de la solemnidad eterna. ¿De qué sirve asistir a las fiestas de los hombres, si aconteciera faltar a las fiestas de los ángeles? La solemnidad presente es una sombra de la solemnidad futura, y anualmente celebramos ésta precisamente para ser llevados a aquella que no es anual, sino perdurable.

Cuando se celebra ésta en su tiempo determinado, confórtese nuestra memoria con el recuerdo de aquélla; con la repetición del gozo temporal, caliéntese y enfervorícese el alma en los gozos eter­nos, para que en la patria se goce realmente con alegría lo que de aquel gozo se piensa figuradamente durante la jornada.

Poned, pues, en orden, hermanos, vuestra vida y vuestras cos­tumbres. Considerad ahora cuán riguroso aparecerá en el juicio este que tan manso ha resucitado de entre los muertos. Cierto que en el día de su tremendo juicio aparecerá con los ángeles, con los arcángeles, con los tronos, con las dominaciones, con los princi­pados y con las potestades, ardiendo los cielos y la tierra, es decir, aterrorizados en su presencia todos los elementos. Así que tened presente siempre a este tan severo Juez; temed ahora a este que ha de venir, para que, cuando venga, le veáis, no temerosos, sino tran­quilos; se le debe temer ahora para no temerle después; sírvanos su temor para acostumbrarnos a obrar bien; el miedo que nos in­funde aparte de la perversión nuestra vida.

* * *

Creedme, hermanos, tanto más seguros estaremos enton­ces en su presencia, cuanto más hagamos ahora por recelarnos de la culpa. ¿Verdad que, si alguno de vosotros tuviera que presentarse mañana para informar ante mi tribunal en un pleito que tuviera con su adversario, tal vez pasaría toda la noche insomne, discu­rriendo para sí, solícito y anheloso, qué es lo que él podría decir y qué respondería a las objeciones; y temería mucho el encontrarme duro, y temblaría de aparecer culpable? Pero ¿quién o qué soy yo? Ciertamente, no tardando, después de ser hombre he de ser todo gusanos, y después de esto, polvo. Luego, si con tanto cuidado se teme el juicio de quien es polvo, ¿con qué solicitud se debe pensar, con qué miedo se debe proveer el juicio de tan soberana Majestad?

Mas, como hay algunos que dudan de la resurrección de la carne, y como la demostraremos mejor saliendo a la vez al paso a las dudas ocultas en vuestros corazones, debemos decir algo acerca de la fe de la resurrección.

Muchos, pues, están dudosos respecto a la resurrección, como nosotros lo estuvimos en algún tiempo, porque, como ven que en el sepulcro la carne se convierte en podredumbre y los huesos que­dan reducidos a polvo, no creen que del polvo sean formados otra vez la carne y los huesos; y, como discurriendo para sí, vienen a decir esto: ¿Cuándo ha surgido del polvo un hombre? ¿Cuándo ha sucedido animarse la ceniza?

A los cuales responderemos brevemente que, para Dios, rehacer lo que ya fue es mucho menos que el crear lo que no ha existido. ¿O qué maravilla es que quien creó todas las cosas de la nada torne a hacer del polvo al hombre?; porque más admirable es haber formado de la nada el cielo y la tierra que el volver a hacer de la tierra al hombre.

Pero se pone la atención en la ceniza y se duda de que pueda convertirse en carne, y se busca cómo comprender por medio de la razón el poder de la obra de Dios.

Tales cosas dicen éstos en sus pensamientos porque los diarios milagros de Dios, precisamente por su frecuencia, han desmerecido para ellos. Pero ahí lo tenéis: en el grano de una pequeñísima semilla está encerrada toda la magnitud del árbol que de ella ha de nacer. Imaginémonos, pues, la admirable magnitud de un árbol cualquiera; pensemos dónde comenzó al nacer ese árbol que, creciendo, ha llegado a ser tan grande, y hallaremos, sin duda, su origen en una pequeñísima semilla. Consideremos ahora dónde está oculta en aquel pequeño grano la fortaleza del leño, lo áspero de la corteza, su gran olor y sabor, la abundancia de los frutos y el verdor de las hojas; porque, si tocamos el grano de la semilla, hallamos que no es fuerte, ¿de dónde, pues, ha procedido la fortaleza del madero?; tampoco es áspero, ¿de dónde ha brotado lo áspero de la corteza?; ni tiene sabor, ¿de dónde el sabor de los frutos?; se le huele y no tiene olor, ¿de dónde el olor fragante de los frutos?; nada verde muestra en sí, ¿de dónde ha salido el verdor de las hojas?

Luego en la semilla están juntamente ocultas todas esas cosas qué, sin embargo, no brotan juntamente de la semilla; en realidad, de la semilla se produce la raíz, de la raíz procede el tallo, del tallo sale el fruto y del fruto otra vez la semilla,

Añadamos, en consecuencia, que también la semilla se oculta en la semilla; ¿qué tiene, pues, de extraño que del polvo rehaga los huesos, los nervios, la carne, los cabellos..., aquel que de una pequeña semilla renueva todos los días, en la gran corpulencia de un árbol, la madera, los frutos y las hojas?

Por lo tanto, cuando el alma busca dudosa la razón del poder resucitar, deben presentársele las cuestiones de estas cosas que su­ceden sin cesar y que, sin embargo, jamás puede comprender la razón; y ya que no puede comprender lo que está viendo con los ojos, crea lo que oye referente a las promesas del poder de Dios.

Meditad, hermanos, en vuestro interior las promesas que son perdurables, pero tened en menos las que pasan con el tiempo como cosa ya pasada. Apresuraos a poner toda vuestra voluntad en llegar a la gloria de la resurrección, que en sí ha puesto de manifiesto la Verdad. Ahuyentad los deseos terrenales, que apartan del Creador, porque tanto más alto llegaréis en la presencia de Dios omnipotente cuanto más os distingáis en el amor al Mediador entre Dios y los hombres, el cual vive y reina con el Padre, en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
(SAN GREGORIO MAGNO, Homilías sobre el Evangelio, Libro II, Homilía VII [XXVII], BAC Madrid 1958, pp. 660-668)



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Santos Padres: San Basilio de Seleucia - «Hemos visto al Señor»


Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra, con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos... Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. "Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea, dice. Pondré mi dedo en las marcas de los clavos, y estrecharé al Señor al que tanto deseo.

Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo, creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que contáis exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dais, sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor, si no le toco con mis manos. "

El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo. ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
(San Basilio de Seleucia, (?-v. 468), obispo Sermón para el día de Resurrección)

 

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Santos Padres: San Agustín - Segundo domingo de Pascua

4. "Vino María Magdalena anunciando a los discípulos: Vi al Señor y me dijo estas cosas. Aquel mismo día, primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban reunidos los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús y se puso de pie en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado". Los clavos taladraron sus manos, y la lanza abrió su costado, y en ellos conservó las señales de sus heridas para curar la duda de sus corazones. Las puertas cerradas no fueron obstáculos a la mole de aquel cuerpo, en el cual estaba la divinidad. Sin abrirlas solamente pudo entrar Aquel que en su nacimiento conservó intacta la integridad de la Virgen. Gozáronse los discípulos con la vista del Señor. Díjoles, pues, otra vez: La paz sea con vosotros.

Esta repetición es la confirmación. El mismo dio la paz sobre la paz, prometida por el profeta. Luego dice: Así como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Ya sabemos que el Hijo es igual al Padre, más aquí reconocemos las palabras del Mediador. Él se ha puesto en el medio, diciendo: El a mí y yo a vosotros.

Y habiendo dicho esto, sopló y díjoles: Recibid al Espíritu Santo. Con ese soplo manifestó que el Espíritu Santo es no sólo Espíritu del Padre, sino también suyo. A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. La caridad de la Iglesia, que por el Espíritu Santo es infundida en nuestros corazones, perdona los pecados de quienes de ella participan, reteniéndoselos a quienes de ella no participan; y por eso, después de decir: Recibid al Espíritu Santo, inmediatamente añadió esto sobre la remisión y retención de los pecados.

5. "Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Más él les dijo: Si no viere en sus manos las hendiduras de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no lo creeré. Y, pasados ocho días, de nuevo hallábanse dentro los discípulos y Tomás con ellos.

Vino Jesús estando las puertas cerradas, se puso de pie en medio de ellos y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y ve mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y dijo: Señor mío y Dios mío". Veía y tocaba al hombre y confesaba a Dios, a quien no veía ni tocaba; pero, arrancada ya la duda, por esto que veía creía aquello. Dícele Jesús: Porque me has visto, has creído. No le dice: Porque me has tocado, sino: Porque me has visto, ya que la vista es en cierta manera un sentido general.

Así suele emplearse ése por otro sentido, como cuando decimos: Escucha y ve qué bien suena, huele y ve qué bien huele, gusta y ve qué bien sabe, toca y ve qué caliente está. En todos estos casos se dice ve, aunque no negamos que la vista es propia de los ojos. Por eso aquí también el Señor dice: Mete aquí tu dedo y ve mis manos; ¿qué otra cosa quiere decir, sino toca y ve? No tenía ojos en los dedos. Luego, sea viendo, sea tocando, porque me has visto, has creído.

Aunque bien pudiera decirse que el discípulo no se atrevió a tocarle cuando para esto se le ofrecía, porque no está escrito que Tomás le tocó. Más, bien sea viéndole solamente, bien sea también tocándole, que vio y creyó; lo que sigue ensalza y recomienda más la fe de las gentes: Bienaventurados quienes no vieron y creyeron. Usa los verbos en pretérito, como quien en su predestinación conocía como ya hecho lo que aún era futuro. Más hay que cortar ya la extensión de este sermón. Dios nos concederá poder discutir lo que resta en otras ocasiones.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 121, 4-5, BAC Madrid 19652, 604-606)

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Aplicación: Papa Francisco - La valentía de volver a Dios

1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado.

¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve.

¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!

Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf.Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él.

Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa. Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.
(Basílica de San Juan de Letrán, II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Segundo domingo de Pascua
Jn 20, 19-31


Podemos considerar tres temas en el evangelio:

1. Jesús es nuestra paz.
2. Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados.
3. La fe.

Jesús es nuestra paz

Tres veces en el evangelio Jesús les da la paz a los apóstoles.

Los apóstoles tenían miedo. El miedo es la pasión que nace ante un peligro presente. Los apóstoles tenían miedo de morir en manos de los judíos, por eso están encerrados en el Cenáculo.
Jesús se aparece ante ellos y les muestra las señales de su pasión ahora transfiguradas. Ellos se alegran de verlo resucitado y pierden el miedo. El Maestro ha vencido la muerte, es decir, tiene poder sobre la vida y la muerte. Los puede librar de la muerte o los puede hacer resucitar. Desaparece el miedo que conturbaba sus corazones y vuelve la paz. Jesús resucitado tiene oficio de consolador y de pacificador. Se alegraron al verlo y pasaron de su estado de tristeza y desesperanza a un estado de alegría y esperanza. De la desolación a la consolación.

Sólo se alegra con una alegría verdadera el alma que está en paz.
Jesús con su presencia ordena sus pasiones y les da el poder de dar la paz.

La paz sólo nace de una conciencia tranquila.

Han recibido la paz y les da el poder de perdonar los pecados, es decir, de tranquilizar las conciencias para que tengan paz.

Jesús trasmite el poder de perdonar los pecados

Los apóstoles y sus sucesores tienen el poder de perdonar los pecados.
Los sacerdotes son los portadores de la misericordia de Dios.

La misericordia de Dios es infinita y quiere llegar a los hombres directamente. Cada uno conoce las manifestaciones de la misericordia de Dios en su vida. Pero, también, quiere derramarse en los hombres a través del sacramento de la penitencia y quiere darla por medio de los sacerdotes.

La misericordia de Dios se manifiesta en el evangelio sobre todo en las parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo.
Dios siempre perdona cuando estamos arrepentidos y quiere que confiemos en su misericordia por más extraviados que andemos.

Hoy celebramos el día de la misericordia pero la misericordia de Dios tenemos que celebrarla todos los días porque todos los días el Señor derrama en nuestra vida su misericordia.

Muchas veces creemos que la misericordia de Dios obra negativamente, p. ej. perdonando los pecados pero también obra positivamente dándonos fuerzas para no caer en el pecado.

Respecto del día de hoy:
El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen:

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).

La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas.

“Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculó a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma.
“Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (….) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

La fe

Jesús se apareció estando Tomás presente y le hizo meter los dedos en los agujeros de sus clavos y su mano en el costado abierto. ¡Qué paciencia la del Señor! Y le dijo: “no seas incrédulo sino creyente”. Tomás confesó: ¡Señor mío y Dios mío! La confesión de Tomás es muy importante para nosotros porque Tomás “tocó a un hombre y conoció a Dios—comenta San Agustín—, palpó la carne y creyó en el Verbo”. Una cosa vio, y otra creyó. Y gracias a Tomás tenemos una confesión de la divinidad de Cristo muy importante.

Luego Jesús dijo: “porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. Y con esto nos felicita a nosotros que no hemos visto a Cristo resucitado pero creemos en Él. Creemos en Él por otros ojos que han visto: los ojos de los apóstoles. Nosotros creemos a los testigos. Y son una multitud. Los testigos que vieron, tocaron y oyeron: Los doce apóstoles. Pero también creemos a los testigos que a lo largo de la historia dieron su vida por creer en Cristo.

Hay una definición de la fe que es muy ilustrativa al respecto: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”.

La fe es la garantía de lo que se espera. Es como el anticipo, el germen de lo que esperamos. El que vive en la fe vive ya el cielo, vive en Dios.

La fe es la prueba de las realidades que no se ven. Qué debo responder al que me pregunta: ¿por qué Cristo está bajo las apariencias de pan o por qué creo en la resurrección o en el cielo? Por la fe. ¿La fe en quién? En los testigos de lo que no veo. El principal testigo es Dios que no puede mentir. Él me ha revelado cosas que yo no veo, cosas que espero. Pero además como antes dijimos un montón de testigos que también me hablan de esas cosas y que han vivido de la fe. “Mi justo vivirá por la fe”.

Y en la lectura de la primera carta de San Juan leemos dos afirmaciones muy importantes sobre la fe:
“La victoria sobre el mundo es nuestra fe”.
“¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”.

Hb 11, 1
Hb 10, 38
1 Jn 5, 4
1 Jn 5, 5

 

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Aplicación: Benedicto XVI - La misericordia y la bondad divinas

Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo cierra la Octava de Pascua como un único día «en que actuó el Señor», caracterizado por el distintivo de la Resurrección y de la alegría de los discípulos al ver a Jesús. Desde la antigüedad este domingo se llama «in albis», del término latino «alba», dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días, o sea, hoy. El venerable Juan Pablo II dedicó este mismo domingo a la Divina Misericordia con ocasión de la canonización de sor María Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. En ella se narra que Jesús, después de la Resurrección, visitó a sus discípulos, atravesando las puertas cerradas del Cenáculo. San Agustín explica que «las puertas cerradas no impidieron la entrada de ese cuerpo en el que habitaba la divinidad. Aquel que naciendo había dejado intacta la virginidad de su madre, pudo entrar en el Cenáculo a puerta cerrada» (In Ioh.121, 4: CCL 36/7, 667); y san Gregorio Magno añade que nuestro Redentor se presentó, después de su Resurrección, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en un estado de gloria (cfr. Hom. in Evang., 21, 1: CCL141, 219). Jesús muestra las señales de la pasión, hasta permitir al incrédulo Tomás que las toque. ¿Pero cómo es posible que un discípulo dude? En realidad, la condescendencia divina nos permite sacar provecho hasta de la incredulidad de Tomás, y de la de los discípulos creyentes. De hecho, tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra.

La visita del Resucitado no se limita al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el «Soplo creador». En efecto, en dos ocasiones Jesús dijo a los discípulos: «¡Paz a vosotros!», y añadió: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos». Esta es la misión de la Iglesia perennemente asistida por el Paráclito: llevar a todos el alegre anuncio, la gozosa realidad del Amor misericordioso de Dios, «para que —como dice san Juan— creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (20, 31).

A la luz de estas palabras, aliento, en particular a todos los pastores a seguir el ejemplo del santo cura de Ars, quien «supo en su tiempo transformar el corazón y la vida de muchas personas, pues logró hacerles percibir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio semejante y un testimonio tal de la verdad del amor» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal). De este modo haremos cada vez más familiar y cercano a Aquel que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita Misericordia tenemos absoluta certeza. A la Virgen María, Reina de los Apóstoles, pedimos que sostenga la misión de la Iglesia, y la invocamos exultantes de alegría: Regina caeli...
(Regina Caeli, Castelgandolfo, Domingo 11 de abril de 2010)



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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - Segundo Domingo de Pascua - Año C Jn 20:19-31

1.- El Evangelio que acabo de leer me sugiere hacer tres consideraciones.

2.- Primero, Cristo entra en el Cenáculo estando las puertas cerradas. El cuerpo resucitado no está sometido a las leyes físicas. El cuerpo glorioso no está sometido a la impenetrabilidad de la materia. Yo sólo puedo entrar en una habitación si la puerta está abierta. El cuerpo glorioso atraviesa las paredes.

3.- Los Apóstoles se asustan y creen que es un fantasma. Cristo les tranquiliza de que no es un fantasma, y les pide algo de comer, y come con ellos para demostrar que no es un fantasma. Esta aparición confirma la resurrección de Cristo.

4.- Y Cristo les da poder de perdonar los pecados: «A quienes perdonéis sus pecados, Yo les perdono; y a quienes no les perdonéis, Yo tampoco». Cristo delega el perdón de los pecados a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores que son los sacerdotes.

5.- Muchos se saltan a la torera el sacramento del perdón y piden a Dios perdón directamente, sin confesarse. No vale. El modo de alcanzar el perdón de Dios es el que Él ha dispuesto, no lo que a mí me parezca, me guste o me convenga.

6.- La tercera consideración es sobre el acto de fe de Santo Tomás: «Señor mío y Dios mío».

7.- Es muy bonita costumbre decirlo en la ELEVACIÓN DE LA SAGRADA HOSTIA Y DEL SAGRADO CÁLIZ. Y yo suelo añadir: «Que tu SANTA REDENCIÓN que estamos celebrando en esta SANTA MISA consiga mi salvación eterna y la de todos los que van a morir hoy. Amén».

8.- Hoy pido por los moribundos de hoy, y mañana por los de mañana. El momento de la muerte es el más importante de la vida, pues de él depende la vida eterna.


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Directorio Homilético  -  Segundo domingo de Pascua

CEC 448, 641-646: las apariciones de Cristo resucitado
CEC 1084-1089: la presencia santificante de Cristo resucitado en la Liturgia
CEC 2177-2178, 1342: la Eucaristía dominical
CEC 654-655, 1988: nuestro nacimiento a una nueva vida en la Resurrección de Cristo
CEC 926-984, 1441-1442: “Creo en el perdón de los pecados”
CEC 949-953, 1329, 1342, 2624, 2790: la comunión de los bienes espirituales
CEC 612, 625, 635, 2854: Cristo, “el Viviente” posee las llaves de la muerte

448 Con mucha frecuencia, en los Evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación (cf. Mt 8, 2; 14, 30; 15, 22, etc.). Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús (cf. Lc 1, 43; 2, 11). En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!" (Jn 21, 7).

Las apariciones del Resucitado

641 María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34).

642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro en particular - en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos "testigos de la Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).

644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació - bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.


El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o "bajo otra figura" (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naim, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto momento, volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15, 35-50).

II LA OBRA DE CRISTO EN LA LITURGIA

Cristo glorificado...

1084 "Sentado a la derecha del Padre" y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por él para comunicar su gracia. Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual. Realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo.

1085 En la Liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su Hora (cf Jn 13,1; 17,1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre "una vez por todas" (Rm 6,10; Hb 7,27; 9,12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida.


...desde la Iglesia de los Apóstoles...

1086 "Por esta razón, como Cristo fue enviado por el Padre, él mismo envió también a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, no sólo para que, al predicar el Evangelio a toda criatura, anunciaran que el Hijo de Dios, con su muerte y resurrección, nos ha liberado del poder de Satanás y de la muerte y nos ha conducido al reino del Padre, sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica" (SC 6)

1087 Así, Cristo resucitado, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles, les confía su poder de santificación (cf Jn 20,21-23); se convierten en signos sacramentales de Cristo. Por el poder del mismo Espíritu Santo confían este poder a sus sucesores. Esta "sucesión apostólica" estructura toda la vida litúrgica de la Iglesia. Ella misma es sacramental, transmitida por el sacramento del Orden.


...está presente en la Liturgia terrena...

1088 "Para llevar a cabo una obra tan grande" -la dispensación o comunicación de su obra de salvación-"Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, `ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz', sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es El mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: `Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos' (Mt 18,20)" (SC 7).

1089 "Realmente, en una obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su esposa amadísima, que invoca a su Señor y por El rinde culto al Padre Eterno" (SC 7)


...que participa en la Liturgia celestial.


La eucaristía dominical

2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can. 1246,1).

"Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25).

La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración...Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida...Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

1342 Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:

Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones...Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

654 Hay un doble aspecto en el misterio Pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos ... así también nosotros vivamos una nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655 Por último, la Resurrección de Cristo - y el propio Cristo resucitado - es principio y fuente de nuestra resurrección futura: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron ... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En El los cristianos "saborean los prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquél que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).

Artículo10 "CREO EN EL PERDON DE LOS PECADOS"

976 El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).

(La IIª parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el Sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).


I UN SOLO BAUTISMO PARA EL PERDON DE LOS PECADOS

977 Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4).

978 "En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de Fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la falta original, sea de las faltas cometidas por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas... Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario, todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal" (Catech. R. 1, 11, 3).

979 En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? "Si, pues, era necesario que la Iglesia tuviese el poder de perdonar los pecados, también hacía falta que el Bautismo no fuese para ella el único medio de servirse de las llaves del Reino de los cielos, que había recibido de Jesucristo; era necesario que fuese capaz de perdonar los pecados a todos los penitentes, incluso si hubieran pecado hasta en el último momento de su vida" (Catech. R. 1, 11, 4).

980 Por medio del sacramento de la penitencia el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:

Los padres tuvieron razón en llamar a la penitencia "un bautismo laborioso" (San Gregorio Nac., Or. 39. 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados (Cc de Trento: DS 1672).


II EL PODER DE LAS LLAVES

981 Cristo, después de su Resurrección envió a sus apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47). Este "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:

La Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado (San Agustín, serm. 214, 11).

982 No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable, que no deba esperar con confianza su perdón siempre que su arrepentimiento sea sincero" (Catech. R. 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22).

983 La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores:

El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra (San Ambrosio, poenit. 1, 34).

Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles... Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo, sac. 3, 5).

Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don (San Agustín, serm. 213, 8).

Sólo Dios perdona el pecado

1441 Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra" (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados" (Mc 2,5; Lc 7,48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.

1442 Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5,18). El apóstol es enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica: "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).

 

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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Resurrección y Sacramento de la Penitencia


El evangelio de hoy nos relata la primera aparición de Jesús a sus discípulos. Sucedió en el día mismo de su resurrección, de su Pascua, pero por la tarde, "al atardecer de ese mismo día", nos dice el relato sagrado.

Cristo acaba de llevar a cabo su Pascua. Será conveniente, tras haber recorrido los misterios de la muerte y resurrección de Cristo, decir algunas palabras sobre el sentido general del Misterio Pascual. Como se sabe, la palabra "Pascua" significa "paso". Se trata de un paso de la muerte a la vida en virtud del poder de Dios. La Pascua de Cristo encuentra su antecedente más prefigurativo en el Antiguo Testamento, en la Pascua del pueblo elegido, cuando éste logró evadirse de la esclavitud a que los egipcios lo tenían sometido. Hubo allí una situación de muerte (cuando atraviesan milagrosamente el Mar Rojo, dejando un tendal de perseguidores en sus olas), de donde surgió una vida (la de los perseguidos que se salvan), y todo ello por obra del brazo poderoso de Dios. La Pascua judía fue, como lo acabamos de decir, una preparación de la pascua definitiva de Cristo, de su Misterio Pascual.

Cristo retoma, así, la vieja Pascua judía, que los miembros del pueblo elegido debían recordar litúrgicamente todos los años, pero en un nivel infinitamente superior. El Señor muere el Viernes Santo y se levanta triunfalmente el Domingo de Gloria. He ahí la muerte y la vida. Y el paso de una a otra se realiza por el poder milagroso de Dios. Tal es el sentido de la Pascua cristiana. Cristo ha vencido a la muerte, Cristo se ha levantado triunfador de su sepulcro, y es justamente en ese clima de victoria donde el Señor hace su primera aparición a sus discípulos, es allí donde instituye el sacramento de la Penitencia. No fue ello una ocurrencia de Cristo, ni una casualidad. Cristo es Dios, y en Dios no hay casualidad, sino causalidad. Como Dios que era, desde toda la eternidad pensó y eligió este momento para hacer su aparición a los discípulos e instituir allí el sacramento de la Penitencia. ¿Por qué? Porque el sacramento de la Reconciliación es un sacramento eminentemente pascual. Todos nosotros, es cierto, ya hemos hecho nuestra pascua, el día de nuestro Bautismo. Pero Dios sabía perfectamente que por la debilidad que nos caracteriza, y también por nuestra malicia, lamentablemente íbamos a recaer en el pecado. Tal fue la razón por la que el Señor nos dejó esta segunda tabla de salvación, donde poder amarrarnos, y arribar así al deseado puerto de salvación que es el cielo.

Ya en el Antiguo Testamento podemos encontrar ciertos antecedentes remotos de la Confesión. Así, por ejemplo, en el libro llamado de los Números, advertimos que Dios exhorta al pecador a "confesar", o sea, a reconocer públicamente el pecado cometido, y en el libro del Levítico se explica cómo debe hacerse la confesión de los pecados del pueblo. Asimismo, si vamos al Nuevo Testamento, se observa cómo los miembros del pueblo de Israel acudían a Juan Bautista para hacerse bautizar "confesando sus pecados". Según puede verse, la institución por parte de Cristo del sacramento de la Penitencia no es una novedad absoluta, sino que cuenta con antecedentes de siglos.

Sea lo que fuere de todo ello, el hecho es que la confesión pasó a formar parte sustancial de la vida de la Iglesia, ya desde sus comienzos. En el Concilio de Trento el Magisterio de la Iglesia declaró formalmente que integraba el conjunto de los sacramentos instituidos por Cristo.

El evangelio de hoy nos dice que Jesús, "poniéndose en medio de los discípulos, les dijo: «La paz esté con vosotros»". No es en vano que el Señor alude a la paz, ya que uno de los efectos del sacramento de la confesión es traer la paz al corazón del penitente. El pecado es el mal en el alma, y al convivir con el mal, el alma se turba, se llena de tristeza. Por eso cuando el pecador se reconoce como tal, cuando le pide perdón a Dios y se confiesa, recobrando así la amistad con el Señor, la paz invade su alma y la llena de gozo. No resulta, pues, extraño lo que dice el evangelio a renglón seguido: "los discípulos se llenaron de alegría". Es la alegría de la humildad, el gozo de quien ha sabido reconocer cabalmente sus miserias, yendo al encuentro de la Misericordia del Cristo resucitado, la alegría de haber recuperado la gracia, de haber vuelto a ser hijo de Dios.

Cuando el sacerdote imparte la absolución está continuando la obra salvífica del Hijo que vino a reconciliar a los hombres con el Padre celestial. El Hijo fue enviado por el Padre para la obra de la redención, y ahora el sacerdote, que en cierta manera encarna la misión salvadora de la Iglesia, es enviado por Cristo para hacerla efectiva. Por eso hemos oído en el evangelio lo que el Señor dijo a sus discípulos: "Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros". Si el sacerdote puede continuar la misión salvífica del Redentor no es en razón de sus méritos personales, sino porque –en la Iglesia– ha sido enviado por Cristo para restablecer las relaciones entre Dios y los hombres.

Nos dice luego el evangelio que el Señor "sopló sobre ellos", o sea, sobre los discípulos allí presentes. Este soplo nos recuerda el soplo inicial de la creación, cuando Dios creó a nuestros primeros padres, infundiéndoles el alma, la vida. Con el sacramento de la Penitencia sucede algo similar. El pecado mata la vida del alma, que es la gracia, y la Confesión la devuelve. La Iglesia ha recibido el poder de resucitar muertos. En la Confesión rehace, recrea al hombre. En última instancia, no es el sacerdote el que perdona, sino Cristo quien absuelve a través de él, insuflando el hálito de vida en las almas.

Tras soplar sobre los discípulos relata el evangelio que les dijo: "Recibid el Espíritu Santo". ¿En orden a qué? Para perdonar eficazmente los pecados: "Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a quienes vosotros se los retengáis". Dios podría haber hecho que los hombres nos confesáramos directamente con Él, que es la suma santidad, como sostienen generalmente los protestantes, o también con un ángel, que es de naturaleza superior a la nuestra y en quien no mora el pecado, pero quiso que fuera con un hombre, que es de nuestra misma naturaleza, y además es pecador. Quiso ligar su perdón a la confesión y a un instrumento humano. Quiso necesitar de un ministro deficiente, como es el sacerdote, para continuar de ese modo la obra salvífica. Por ser de su misma naturaleza, los fieles pueden encontrar en él un padre comprensivo, un amigo fiel, un juez benévolo, un consejero imparcial que los oriente de acuerdo con los principios eternos del Evangelio. Podríase decir que así como el artista se vale de un pincel para pintar un cuadro, de manera semejante Dios quiso valerse del sacerdote para seguir dibujando la historia de la salvación. Lo cierto es que cuando el sacerdote dice "yo te absuelvo", tenemos la certeza de que es Dios quien por medio de él perdona.

Uno de los grandes beneficios del sacramento de la Penitencia es que nos ayuda a practicar la humildad al reconocernos pecadores. El hombre, como consecuencia del pecado original, ha quedado herido, su amor a sí mismo se ha desordenado, y le cuesta reconocer sus miserias. El Señor, pedagogo divino, con el sacramento de la Confesión lo corrige en sus fibras más íntimas, logrando que humille su arrogancia.

Muchos hombres de nuestro tiempo se han alejado del sacramento de la misericordia, acudiendo en cambio al psicoanalista. La auténtica religión siempre tiene sus sucedáneos. Pero la diferencia es que en el psicoanálisis no reciben el perdón de Dios y, además, con frecuencia allí oyen consejos provenientes de principios que no conducen a la salvación, ni solucionan realmente sus problemas de fondo.

Pero volvamos a los Apóstoles. La alegría que manifiestan, no la alegría superficial y mundana, sino la alegría profunda que deriva de la fe en Cristo resucitado, una fe capaz de vencer la duda de Tomás, inspirándole la espléndida invocación "¡Señor mío y Dios mío!", nos muestra que todos ellos han resucitado espiritualmente con Cristo, han hecho su Pascua, se han preparado para el momento en que Cristo les diga: "Id a todas las naciones y predicad el Evangelio".

Dentro de unos instantes, el pan y el vino harán, ellos también, su Pascua, dejando así de ser tales y convirtiéndose en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Quedarán los accidentes, lo exterior, pero su sustancia será transformada. Quiera el Señor que algo similar suceda en nosotros, es decir, que también nosotros hagamos nuestra Pascua, nuestro paso de la muerte del pecado a la vida de la gracia, y que ella cale muy hondo en nuestra alma, que arraigue en nosotros, volviéndose desbordante y operosa.
(ALFREDO SÁENZ,S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Editorial Gladius, 1994, pp. 144-148)



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Aplicacion: Beato Juan Pablo II - Pascua, la Alianza Nueva y Eterna

1. La tradicional audiencia general del miércoles hoy se ve inundada por la alegría luminosa de la Pascua. En estos días la Iglesia celebra con júbilo el gran misterio de la Resurrección. Es una alegría profunda e inextinguible, fundada en el don, que nos hace Cristo resucitado, de la Alianza nueva y eterna, una alianza que permanece porque él ya no muere más. Una alegría que no sólo se prolonga durante la octava de Pascua, considerada por la liturgia como un solo día, sino que se extiende a lo largo de cincuenta días, hasta Pentecostés. Más aún, llega a abarcar todos los tiempos y lugares.

 

Durante este período, la comunidad cristiana es invitada a hacer una experiencia nueva y más profunda de Cristo resucitado, que vive y actúa en la Iglesia y en el mundo.

 

2. En este espléndido marco de luz y alegría propias del tiempo pascual, queremos detenernos ahora a contemplar juntos el rostro del Resucitado, recordando y actualizando lo que no dudé en señalar como "núcleo esencial" de la gran herencia que nos ha dejado el jubileo del año 2000. En efecto, como subrayé en la carta apostólica Novo millennio ineunte, "si quisiéramos descubrir el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja la experiencia jubilar, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Cristo (...), acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (n. 15).

 

Como en el Viernes y en el Sábado santo contemplamos el rostro doloroso de Cristo, ahora dirigimos nuestra mirada llena de fe, de amor y de gratitud al rostro del Resucitado. La Iglesia, en estos días, fija su mirada en ese rostro, siguiendo el ejemplo de san Pedro, que confiesa a Cristo su amor (cf. Jn 21, 15-17), y de san Pablo, deslumbrado por Jesús resucitado en el camino de Damasco (cf. Hch 9, 3-5).

 

La liturgia pascual nos presenta varios encuentros de Cristo resucitado, que constituyen una invitación a profundizar en su mensaje y nos estimulan a imitar el camino de fe de quienes lo reconocieron en aquellas primeras horas después de la resurrección. Así, las piadosas mujeres y María Magdalena nos impulsan a llevar solícitamente el anuncio del Resucitado a los discípulos (cf. Lc 24, 8-10, Jn 20, 18). El Apóstol predilecto testimonia de modo singular que precisamente el amor logra ver la realidad significada por los signos de la resurrección: la tumba vacía, la ausencia del cadáver, los lienzos funerarios doblados. El amor ve y cree, y estimula a caminar hacia Aquel que entraña el pleno sentido de todas las cosas: Jesús, que vive por todos los siglos.

 

3. En la liturgia de hoy la Iglesia contempla el rostro del Resucitado compartiendo el camino de los dos discípulos de Emaús. Al inicio de esta audiencia, hemos escuchado un pasaje de esta conocida página del evangelista san Lucas.

 

Aunque sea con dificultad, el camino de Emaús lleva del sentido de desolación y extravío a la plenitud de la fe pascual. Al recorrer este itinerario, también a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje. Durante el trayecto, Jesús se nos acerca, se une a nosotros en el punto donde nos encontramos y nos plantea las preguntas esenciales que devuelven al corazón la esperanza. Tiene muchas cosas que explicar a propósito de su destino y del nuestro. Sobre todo revela que toda existencia humana debe pasar por su cruz para entrar en la gloria. Pero Cristo hace algo más: parte para nosotros el pan de la comunión, ofreciendo la Mesa eucarística en la que las Escrituras cobran su pleno sentido y revelan los rasgos únicos y esplendorosos del rostro del Redentor.

 

4. Después de reconocer y contemplar el rostro de Cristo resucitado, también nosotros, como los dos discípulos, somos invitados a correr hasta el lugar donde se encuentran nuestros hermanos, para llevar a todos el gran anuncio: "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 25).

 

"En su resurrección hemos resucitado todos" (Prefacio pascual II): he aquí la buena nueva que los discípulos de Cristo no se cansan de llevar al mundo, ante todo mediante el testimonio de su propia vida. Este es el don más hermoso que esperan de nosotros nuestros hermanos en este tiempo pascual.

 

Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la resurrección de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a gustar plenamente la alegría pascual: una alegría que, según la promesa del Resucitado, nadie podrá arrebatarnos y no tendrá fin (cf. Jn 16, 23).
(Beato Juan Pablo II, Audiencia 18 de Abril de 2001)

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Aplicación: R.P. Cantalamessa - El mensaje del resucitado llega hasta el día de hoy

 El Evangelio del Domingo in Albis narra las dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles en el cenáculo. En la primera de estas apariciones Jesús dice a los apóstoles: «“¡La paz con vosotros! Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”». Es el momento solemne del envío. En el Evangelio de Marcos el mismo envío se expresa con las palabras: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

El Evangelio de Lucas, que nos acompaña este año, ha expresado este movimiento desde Jerusalén hacia el mundo con el episodio de los dos discípulos que van de Jerusalén a Emaús con el Resucitado, quien les explica las Escrituras y parte el pan para ellos. Emaús es una de las pocas localidades de los Evangelios que jamás se ha logrado identificar. Hay tres o cuatro pueblos que reivindican el título de ser la antigua Emaús del Evangelio. Tal vez también este particular, como todo el episodio, tiene valor simbólico. Emaús ya es todo lugar; Jesús resucitado acompaña a sus discípulos por todos los caminos del mundo y en todas las direcciones.

El problema histórico que queremos afrontar en esta última conversación de la serie se refiere precisamente al envío en misión de los apóstoles. Las cuestiones que nos planteamos son : ¿Jesús verdaderamente ordenó a sus discípulos que fueran por todo el mundo?, ¿pensó que de su mensaje debía nacer una comunidad?, ¿que aquél debía tener una continuación?, ¿que debía haber una Iglesia? Nos hacemos estas preguntas porque, como de costumbre, hay quien las responde negativamente, de forma contraria a los datos históricos.

El hecho indiscutible de la elección de los doce apóstoles indica que Jesús tenía la intención de dar vida a una comunidad suya y preveía que su vida y su enseñanza tuvieran una continuación. No se explican de otra manera todas aquellas parábolas, cuyo núcleo originario contiene precisamente la perspectiva de una ampliación a las gentes. Pensemos en la parábola de los viñadores homicidas, de los obreros de la viña, en el dicho sobre los últimos que serán los primeros, en los muchos que «vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham» mientras que otros serán excluidos, y otras innumerables palabras...

Durante su vida Jesús no salió de la tierra de Israel, excepto alguna breve visita a los territorios paganos del Norte; pero esto se explica con su convicción de estar enviado sobre todo para Israel, para después impulsarlo, una vez convertido, a acoger en su seno a todas las gentes, según las perspectivas universales anunciadas por los profetas.

Una afirmación frecuentemente repetida es que, en el paso de Jerusalén a Roma, el mensaje evangélico ha sido profundamente modificado. En otras palabras: que entre el Cristo de los Evangelios y el predicado por las diversas iglesias cristianas no hay continuación, sino ruptura.

Claro que existe entre ambas cosas una diversidad. Pero tiene explicación. Si comparamos la foto de un embrión en el seno materno con la persona de diez a treinta años nacida se podría concluir que se trata de dos realidades completamente distintas; se sabe en cambio que en lo que el hombre se han convertido estaba contenido en el embrión. Jesús mismo comparaba el reino de los cielos por Él predicado con una pequeña semilla, pero decía que estaba destinada a crecer y transformarse en un gran árbol sobre el que vendrían a posarse los pájaros del cielo (Mt 13, 32).

Si bien no son las palabras exactas utilizadas por Él, es importante lo que Jesús dice en el Evangelio de Juan: «Muchas otras cosas tengo que deciros, pero por ahora no podéis con ellas (esto es, comprenderlas); pero el Espíritu Santo os enseñará toda cosa y os guiará a la verdad plena». Por lo tanto Jesús preveía un desarrollo de su doctrina, guiado por el Espíritu Santo. No por casualidad en el Evangelio del día el envío en misión se acompaña del don del Espíritu Santo.

Y luego, ¿es verdad que el cristianismo actual nace en el siglo III, con Constantino, como se insinúa desde algún sector? Pocos años después de la muerte de Jesús, hallamos ya comprobados los elementos fundamentales de la Iglesia: la celebración de la Eucaristía, una fiesta de Pascua con contenido nuevo respecto al del Éxodo («nuestra Pascua», como la llama Pablo), el bautismo cristiano que toma pronto el lugar de la circuncisión, el canon de las Escrituras, que en su núcleo fundamental se remonta a las primeras décadas del siglo II, el domingo como nuevo día festivo que bien pronto toma, para los cristianos, el lugar del sábado judío. También la estructura jerárquica de la Iglesia (obispos, presbíteros y diáconos) está atestiguada por Ignacio de Antioquía a comienzos del siglo II.

Ciertamente no todo, en la Iglesia, se puede remontar a Jesús. Hay en ella muchas cosas que son producto humano de la historia y también del pecado de los hombres del que debe liberarse periódicamente, y jamás termina de hacerlo... Pero para las cosas esenciales, la fe de la Iglesia tiene todo el derecho de remitirse históricamente a Cristo.

Habíamos comenzado la serie de comentarios a los evangelios cuaresmales movidos por la misma intención declarada por Lucas al inicio de su Evangelio: «Para que se conozca la solidez de las enseñanzas recibidas». Llegados a la conclusión del ciclo, no me queda sino confiar en haber logrado, en alguna medida, el mismo objetivo, aunque es útil repetir: al Jesús vivo y verdadero no se llega, directamente, desde la historia, sino a través del salto de la fe. Pero la historia puede mostrar que no es insensato dar ese salto.

(R. P. R. Cantalamessa OFmCap)

 

 

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Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - Domingo de la Misericordia Divina


1. "No temas: yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 17-18).

En la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, hemos escuchado estas consoladoras palabras, que nos invitan a dirigir la mirada a Cristo, para experimentar su tranquilizadora presencia. En cualquier situación en que nos encontremos, aunque sea la más compleja y dramática, el Resucitado nos repite a cada uno: “No temas"; morí en la cruz, pero ahora "vivo por los siglos de los siglos"; "yo soy el primero y el último, yo soy el que vive".

"El primero", es decir, la fuente de todo ser y la primicia de la nueva creación; "el último", el término definitivo de la historia; "el que vive", el manantial inagotable de la vida que ha derrotado la muerte para siempre. En el Mesías crucificado y resucitado reconocemos los rasgos del Cordero inmolado en el Gólgota, que implora el perdón para sus verdugos y abre a los pecadores arrepentidos las puertas del cielo; vislumbramos el rostro del Rey inmortal, que tiene ya "las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1, 18).

2. "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 117, 1). Hagamos nuestra la exclamación del salmista, que hemos cantado en el Salmo responsorial: la misericordia del Señor es eterna. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, dejemos que la liturgia nos guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio de misericordia ha cambiado radicalmente el destino de la humanidad. Es un prodigio en el que se manifiesta plenamente el amor del Padre, el cual, con vistas a nuestra redención, no se arredra ni siquiera ante el sacrificio de su Hijo unigénito.

Tanto los creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la resurrección del Hijo de Dios, "habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (...) Creer en ese amor significa creer en la misericordia" (Dives in misericordia, 7).

Queremos dar gracias al Señor por su amor, que es más fuerte que la muerte y que el pecado. Ese amor se revela y se realiza como misericordia en nuestra existencia diaria, e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, "misericordia" hacia el Crucificado. ¿No es precisamente amar a Dios y amar al próximo, e incluso a los "enemigos", siguiendo el ejemplo de Jesús, el programa de vida de todo bautizado y de la Iglesia entera?

3. Con estos sentimientos, celebramos el II domingo de Pascua, que desde el año dos mil, el año del gran jubileo, se llama también domingo de la Misericordia divina. La elevación al honor de los altares de esta humilde religiosa, sor Faustina Kowalska, testigo y mensajera del amor misericordioso del Señor, representa un don para toda la humanidad. En efecto, el mensaje que anunció constituye la respuesta adecuada y decisiva que Dios quiso dar a los interrogantes y a las expectativas de los hombres de nuestro tiempo, marcado por enormes tragedias. Un día Jesús le dijo a sor Faustina: “La humanidad no encontrará paz hasta que se dirija con confianza a la misericordia divina" (Diario, p. 132). ¡La misericordia divina! Este es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad, en el alba del tercer milenio.

4. El evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista san Juan nos hace compartir la emoción que experimentaron los Apóstoles durante el encuentro con Cristo, después de su resurrección. Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasión, y les comunica: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). E inmediatamente después "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos"" (Jn 20, 22-23). Jesús les confía el don de "perdonar los pecados", un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

Revivamos este momento con gran intensidad espiritual. También a nosotros el Señor nos muestra hoy sus llagas gloriosas y su corazón, manantial inagotable de luz y verdad, de amor y perdón.

5. ¡El Corazón de Cristo! Su "Sagrado Corazón" ha dado todo a los hombres: la redención, la salvación y la santificación. De ese Corazón rebosante de ternura, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. "Los dos rayos -como le dijo el mismo Jesús- representan la sangre y el agua" (Diario, p. 132). La sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica simbología del evangelista San Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5; 4, 14).

A través del misterio de este Corazón herido, no cesa de difundirse también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo en él puede encontrar su secreto.

6. "Jesús, en ti confío". Esta jaculatoria, que rezan numerosos devotos, expresa muy bien la actitud con la que también nosotros queremos abandonarnos con confianza en tus manos, oh Señor, nuestro único Salvador.

Tú ardes del deseo de ser amado, y el que sintoniza con los sentimientos de tu corazón aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de abandono basta para romper las barreras de la oscuridad y la tristeza, de la duda y la desesperación. Los rayos de tu misericordia divina devuelven la esperanza, de modo especial, al que se siente oprimido por el peso del pecado.

María, Madre de misericordia, haz que mantengamos siempre viva esta confianza en tu Hijo, nuestro Redentor. Ayúdanos también tú, santa Faustina, que hoy recordamos con particular afecto. Fijando nuestra débil mirada en el rostro del Salvador divino, queremos repetir contigo: "Jesús, en ti confío". Hoy y siempre. Amén.
(JUAN PABLO II, Homilía del Domingo 22 de abril de 2001)



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Aplicación: Sor Ma. Elizbieta Siepak - Santa Faustina Kowalska y la devoción a la Divina Misericordia


La misión de Sor Faustina consiste, en resumen, en recordar una verdad de la fe, conocida desde siempre, pero olvidada, sobre el amor misericordioso de Dios al hombre y en transmitir nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, cuya práctica ha de llevar a la renovación religiosa en el espíritu de confianza y misericordia cristianas.

El Diario que Sor Faustina escribió durante los últimos 4 años de su vida por un claro mandato del Señor Jesús, es una forma de memorial, en el que la autora registraba, al corriente y en retrospectiva, sobre todo los “encuentros” de su alma con Dios. Para sacar de estos apuntes la esencia de su misión, fue necesario un análisis científico. El mismo fue hecho por el conocido y destacado teólogo, Padre profesor Ignacy Rózycki. Su extenso análisis fue resumido en la disertación titulada “La Divina Misericordia. Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia.” A la luz de este trabajo resulta que todas las publicaciones anteriores a él, dedicadas a la devoción a la Divina Misericordia transmitida por Sor Faustina, contienen solamente algunos elementos de esta devoción, acentuando a veces cuestiones sin importancia para ella. Por ejemplo, destacan la letanía o la novena, haciendo caso omiso a la Hora de la Misericordia. El mismo Padre Rózycki hace referencia a ese aspecto diciendo: “Antes de conocer las formas concretas de la devoción a la Divina Misericordia, cabe decir que no figuran entre ellas las conocidas y populares novenas ni letanías.”

La base para distinguir éstas y no otras oraciones o prácticas religiosas como nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, lo son las concretas promesas que el Señor Jesús prometió cumplir bajo la condición de confiar en la bondad de Dios y practicar misericordia para con el prójimo. El Padre Rózycki distingue cinco formas de la devoción a la Divina Misericordia.


a. La imagen de Jesús Misericordioso. El esbozo de la imagen le fue revelado a Sor Faustina en la visión del 22 de febrero de 1931 en su celda del convento de Plock. “Al anochecer, estando yo en mi celda – escribe en el Diario – ví al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. ( …) Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío (Diario 47). Quiero que esta imagen (…) sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” Diario, 49).

El contenido de la imagen se relaciona, pues, muy estrechamente con la liturgia de ese domingo. Ese día la Iglesia lee el Evangelio según San Juan sobre la aparición de Cristo resucitado en el Cenáculo y la institución del sacramento de la penitencia (Jn 20, 19-29). Así, la imagen presenta al Salvador resucitado que trae la paz a la humanidad por medio del perdón de los pecados, a precio de su Pasión y muerte en la cruz. Los rayos de la Sangre y del Agua que brotan del Corazón (invisible en la imagen) traspasado por la lanza y las señales de los clavos, evocan los acontecimientos del Viernes Santo (Jn 19, 17-18, 33-37). Así pues, la imagen de Jesús Misericordioso une en sí estos dos actos evangélicos que hablan con la mayor claridad del amor de Dios al hombre.

Los elementos más característicos de esta imagen de Cristo son los rayos. El Señor Jesús, preguntado por lo que significaban, explicó: “El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (….). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Purifican el alma los sacramentos del bautismo y de la penitencia, mientras que la alimenta plenamente la Eucaristía. Entonces, ambos rayos significan los sacramentos y todas las gracias del Espíritu Santo cuyo símbolo bíblico es el agua y también la nueva alianza de Dios con el hombre contraída en la Sangre de Cristo.

A la imagen de Jesús Misericordioso se le da con frecuencia el nombre de imagen de la divina Misericordia. Es justo porque la Misericordia de Dios hacia el hombre se reveló con la mayor plenitud en el misterio pascual de Cristo.

La imagen no presenta solamente la Misericordia de Dios, sino que también es una señal que ha de recordar el deber cristiano de confiar en Dios y amar activamente al prójimo. En la parte de abajo – según la voluntad de Cristo – figura la firma: “Jesús, en Ti confío”. “Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil” (Diario, 742).

Así comprendido el culto a la imagen, a saber, la actitud cristiana de confianza y misericordia, vinculó el Señor Jesús promesas especiales de: la salvación eterna, grandes progresos en el camino hacia la perfección cristiana, la gracia de una muerte feliz, y todas las demás gracias que le fueren pedidas con confianza. “Por medio de esta imagen colmare a las almas con muchas gracias. Por eso quiero, que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570).


b. La Fiesta de la Misericordia. De entre todas las formas de la devoción a la Divina Misericordia reveladas por Sor Faustina, ésta es la que tiene mayor importancia. El Señor Jesús habló por primera vez del establecimiento de esta Fiesta en Plock en 1931, cuando comunicó a Sor Faustina su deseo de que pintara la imagen: “Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49).

La elección del primer domingo después de la Pascua de Resurrección para la Fiesta de la Misericordia, tiene su profundo sentido teológico e indica una estrecha relación entre el misterio pascual de redención y el misterio de la Divina Misericordia. Esta relación se ve subrayada aún más por la novena de coronillas a la Divina Misericordia que antecede la Fiesta y que empieza el Viernes Santo.

La fiesta no es solamente un día de adoración especial de Dios en el misterio de la misericordia, sino también el tiempo en que Dios colma de gracias a todas las personas. “Deseo – dijo el Señor Jesús – que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores (Diario, 699). Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (Diario, 965).

Las promesas extraordinarias que el Señor Jesús vinculo a la Fiesta demuestran la grandeza de la misma. “Quien se acerque ese día a la Fuente de Vida – dijo Cristo – recibirá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario, 300). “Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre aquellas almas que se acercan al manantial de Mi misericordia; (….) que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata” (Diario, 699).

Para poder recibir estos grandes dones hay que cumplir las condiciones de la devoción a la Divina Misericordia (confiar en la bondad de Dios y amar activamente al prójimo), estar en el estado de gracia santificante (después de confesarse) y recibir dignamente la Santa Comunión. “No encontrará alma ninguna la justificación – explicó Jesús – hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia y por eso el primer domingo después de la Pascua ha de ser la Fiesta de la Misericordia. Ese día los sacerdotes deben hablar a las almas sobre Mi misericordia infinita” (Diario, 570).

c. La coronilla a la Divina Misericordia. El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina entre el 13 y el 14 de septiembre de 1935 en Vilna, como una oración para aplacar la ira divina (vea el Diario, 474 – 476).

Las personas que rezan esta coronilla ofrecen a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo como propiciación de sus pecados, los pecados de sus familiares y los del mundo entero. Al unirse al sacrificio de Jesús, apelan a este amor con el que Dios Padre ama a Su Hijo y en El a todas las personas.

En esta oración piden también “misericordia para nosotros y el mundo entero” haciendo, de este modo, un acto de misericordia. Agregando a ello una actitud de confianza y cumpliendo las condiciones que deben caracterizar cada oración buena (la humildad, la perseverancia, la sumisión a la voluntad de Dios), los fieles pueden esperar el cumplimiento de las promesas de Cristo que se refieren especialmente a la hora de la muerte: la gracia de la conversión y una muerte serena. Gozarán de estas gracias no solo las personas que recen esta coronilla, sino también los moribundos por cuya intención la recen otras personas. “Cuando la coronilla es rezada junto al agonizante – dijo el Señor Jesús – se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma” (Diario, 811). La promesa general es la siguiente: “Quienes recen esta coronilla, me complazco en darles todo lo que me pidan (Diario, 1541, (…….) si lo que me pidan esté conforme con Mi voluntad” (Diario, 1731). Todo lo que es contrario a la voluntad de Dios no es bueno para el hombre, particularmente para su felicidad eterna.

“Por el rezo de esta coronilla – dijo Jesús en otra ocasión – Me acercas la humanidad (Diario, 929). A las almas que recen esta coronilla, Mi misericordia las envolverá ( …….) de vida y especialmente a la hora de la muerte” (Diario, 754).


d. La Hora de la Misericordia. En octubre de 1937, en unas circunstancias poco aclaradas por Sor Faustina, el Señor Jesús encomendó adorar la hora de su muerte: “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (Diario, 1572).

El Señor Jesús definió bastante claramente los propios modos de orar de esta forma de culto a la Divina Misericordia. “En esa hora – dijo a Sor Faustina – procura rezar el Vía Crucis, en cuanto te lo permitan tus deberes; y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (Diario, 1572).

El Padre Rózycki habla de tres condiciones para que sean escuchadas las oraciones de esa hora:

1. La oración ha de ser dirigida a Jesús.

2. Ha de ser rezada a las tres de la tarde.

3. Ha de apelar a los valores y méritos de la Pasión del Señor.

“En esa hora – prometió Jesús – puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia” (Diario, 1572).

e. La propagación de la devoción a la Divina Misericordia. Entre las formas de devoción a la Divina Misericordia, el Padre Rózycki distingue además la propagación de la devoción a la Divina Misericordia, porque con ella también se relacionan algunas promesas de Cristo. “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas el Juez, sino el Salvador Misericordioso” (Diario, 1075).

La esencia del culto a la Divina Misericordia consiste en la actitud de confianza hacia Dios y la caridad hacia el prójimo. El Señor Jesús exige que “sus criaturas confíen en El” (Diario, 1059) y hagan obras de misericordia: a través de sus actos, sus palabras y su oración. “Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte” (Diario, 742). Cristo desea que sus devotos hagan al día por lo menos un acto de amor hacia el prójimo.

La propagación de la devoción a la Divina Misericordia no requiere necesariamente muchas palabras pero sí, siempre, una actitud cristiana de fe, de confianza en Dios, y el propósito de ser cada vez más misericordioso. Un ejemplo de tal apostolado lo dio Sor Faustina durante toda su vida.

f. El culto a la Divina Misericordia tiene como fin renovar la vida religiosa en la Iglesia en el espíritu de confianza cristiana y misericordia. En este contexto hay que leer la idea de “la nueva Congregación” que encontramos en las páginas del Diario. En la mente de la propia Sor Faustina este deseo de Cristo maduró poco a poco, teniendo cierta evolución: de la orden estrictamente contemplativa al movimiento formado también por Congregaciones activas, masculinas y femeninas, así como por un amplio círculo de laicos en el mundo. Esta gran comunidad multinacional de personas constituye una sola familia unida por Dios en el misterio de su misericordia, por el deseo de reflejar este atributo de Dios en sus propios corazones y en sus obras y de reflejar su gloria en todas las almas. Es una comunidad de personas de diferentes estados y vocaciones que viven en el espíritu evangélico de confianza y misericordia, profesan y propagan con sus vidas y sus palabras el inabarcable misterio de la Divina Misericordia e imploran la Divina Misericordia para el mundo entero.

La misión de Sor Faustina tiene su profunda justificación en la Sagrada Escritura y en algunos documentos de la Iglesia. Corresponde plenamente a la encíclica Dives in misericordia del Santo Padre Juan Pablo II.

¡Para mayor gloria de la Divina Misericordia!
Sor Ma. Elizbieta Siepak, de la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia (Cracovia – Lagiewniki)
(Santa María Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Editorial de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Maria, Edición cuarta autorizada, Stockbridge, Massachussets, 2001, tomado de la Introducción)



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Ejemplos


La certeza de la fe

Tenemos a veces dudas contra nuestra fe, porque pedimos a la fe más de lo que Dios nos ha prometido por ella.

La luz de la fe es una luz oscura. No digamos que esto es una paradoja y que es propia de la luz la claridad. En la tierra también hay luces que son oscuras.

Pongamos un ejemplo: El faro de los marineros, es una luz débil encendida en el acantilado de la costa; alumbra el puerto, pero no el camino; el mar sigue tan negro, las nubes tan sombrías, las olas tan oscuras. Pero si el marino dijera: - Yo desprecio esa luz débil que no me da claridad para la ruta; yo quiero otra luz más potente que me alumbre sin tinieblas el camino, y se desviara del rayo salvador, conocería el naufragio, pero no conocería nunca la salvación.

La luz de la fe es luz de faro; es una luz débil encendida en el acantilado de la eternidad; alumbra el puerto, pero no alumbra el camino; la verdad sigue a oscuras, el misterio sombrío, la doctrina en sombras; pero el hombre que la sigue sabe que llegará a salvarse. Y si el hombre soberbio dice: - Yo quiero la luz clara de la razón, ésta me basta; conocerá el naufragio de la verdad, pero no la eterna salvación.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II. Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 12)

Un trozo de cirio
Hace muchos años, en una casita humilde de una gran ciudad, vivían una pareja de ancianos, de piel arrugada, de ojos vivaces y de sonrisa fácil.
Ayer habían estado recordando sus tiempos pasados, como buenos abuelitos, y se contaban el uno al otro las cosas que habían hecho durante todos los años que fueron catequistas. Te acuerdas del día que empezamos? Y cuando aquel grupo nos dejo mudos sin saber que responder? Y así siguieron recordando tantas aventuras, alegrías, problemas y meteduras de pata. Recordaron a los curitas, a tantos y tantos papás y niños...
¿Te acuerdas de Carmen y Rafael? ¿Y de Pedro e Isabel? ¿Y de Juan y Maca que estaban separados y...? Oye, ¿te acuerdas de todo lo que sufrió Josefa? ¿Y de Claudia con su enfermedad y con tantos pequeños? ¿Y de lo mal que lo pasamos con todas las críticas? ¿Y de todo lo que tuvimos que hacer para que se pudiera operar Rosita?
Y así, se pasaron toda la tarde recordando y al final su rostro se fue llenando de silencio y de nostalgia, con un rasgo de tristeza. Los dos guardaron silencio, pues no querían preocupar al otro, pero en el adentro se preguntaban cada uno: ¿qué habrá sido de la vida de tantos papás y niños? ¿dónde estarán, qué harán, cómo será su vida? ¿Serán buenas personas y buenos cristianos? ¿Habrá servido de algo todo nuestro esfuerzo y privaciones, nuestra dedicación y entusiasmo, nuestro deseo de servir al Señor, de que conocieran su amor y fueran más felices?
Se hizo noche y esta vez se fueron a la cama con una arruga más en la frente y en el corazón.
A la mañana siguiente oyeron temprano el timbre de la puerta. Salió el abuelo y era el cartero que depositó en sus manos un pequeño paquete. Los ancianos, después de mirarlo unos minutos con asombro, se dispusieron a abrirlo con cuidado. Dentro había un trocito de cirio muy pequeño, viejo, amarillento y consumido, y una tarjeta del presidente de una importante empresa que decía: "Gracias. Esta luz ha iluminado siempre nuestra vida. Un abrazo, José y Juana".
(José Luis Fernández de V.)


(Cortesía: iveargentina.org et alii)

 

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