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Domingo 3 de Pascua C - Comentarios de Sabios y Santos II: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

 

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición

Comentario Teológico: J.R. - Benedicto XVI - Las apariciones de Jesús en los Evangelios

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - La Resurrección

Aplicación: San Juan Pablo II - ¿Qué quiere decir ser cristiano?

Aplicación: S.S. Francisco p.p.- anunciar, dar testimonio, adorar

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. . Jesús resucitado está presente entre los hombres Jn 21, 1-14

Aplicación: Directorio Homilético - Tercer domingo de Pascua

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

COMENTARIOS A Las Lecturas del Domingo



Comentario Teológico: J.R. - Benedicto XVI - Las apariciones de Jesús en los Evangelios

Las apariciones de las que nos hablan los evangelistas son ostensiblemente de un género diferente. Por un lado, el Señor aparece como un hombre, como los otros hombres: camina con los discípulos de Emaús; deja que Tomás toque sus heridas; según Lucas, acepta incluso un trozo de pez asado para comer, para demostrar su verdadera corporeidad. Y, sin embargo, también según estos relatos, no es un hombre que simplemente ha vuelto a ser como era antes de la muerte.

Llama la atención ante todo que los discípulos no lo reconozcan en un primer momento. Esto no sucede solamente con los dos de Emaús, sino también con María Magdalena y luego de nuevo junto al lago de Tiberíades: "Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús" (Jn 21,4). Solamente después de que el Señor les hubo mandado salir de nuevo a pescar, el discípulo tan amado lo reconoció: "Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: "Es el Señor"" (21,7).Es, por decirlo así, un reconocer desde dentro que, sin embargo, queda siempre envuelto en el misterio. En efecto, después de la pesca, cuando Jesús los invita a comer, seguía habiendo una cierta sensación de algo extraño. "Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor" (21,12). Lo sabían desde dentro, pero no por el aspecto de lo que veían y presenciaban.

El modo de aparecer corresponde a esta dialéctica del reconocer y no reconocer. Jesús llega a través de las puertas cerradas, y de improviso se presenta en medio de ellos. Y, del mismo modo, desaparece de repente, como al final del encuentro en Emaús. Él es plenamente corpóreo.

Y, sin embargo, no está sujeto a las leyes de la corporeidad, a las leyes del espacio y del tiempo. En esta sorprendente dialéctica entre identidad y alteridad, entre verdadera corporeidad y libertad de las ataduras del cuerpo, se manifiesta la esencia peculiar, misteriosa, de la nueva existencia del Resucitado. En efecto, ambas cosas son verdad: Él es el mismo -un hombre de carne y hueso- y es también el Nuevo, el que ha entrado en un género de
existencia distinto.

La dialéctica que forma parte de la esencia del Resucitado es presentada en los relatos realmente con poca habilidad, y precisamente por eso dejan ver que son verídicos. Si se hubiera tenido que inventar la resurrección, se hubiera concentrado toda la insistencia en la plena corporeidad, en la posibilidad de reconocerlo inmediatamente y, además, se habría ideado tal vez un poder particular como signo distintivo del Resucitado.

Pero en el aspecto contradictorio de lo experimentado, que caracteriza todos los textos, en el misterioso conjunto de alteridad e identidad, se refleja un nuevo modo del encuentro, que apologéticamente parece bastante desconcertante, pero que justo por eso se revela también mayormente como descripción auténtica de la experiencia que se ha tenido.

Una ayuda para entender las misteriosas apariciones del Resucitado pueden ser, creo yo, las teofanías del Antiguo Testamento. Quisiera señalar aquí brevemente sólo tres tipos de estas teofanías.

Ante todo la aparición de Dios a Abraham en la encina de Mambré (cf. Gn 18,1-33). Hay sencillamente tres hombres que se paran al lado de Abraham. Y, sin embargo, él se da cuenta inmediatamente desde dentro de que se trata del "Señor" que quiere ser su huésped. En el Libro de Josué se nos narra cómo Josué, levantando los ojos, de repente ve ante sí a un hombre con una espada desenvainada en la mano. Josué, que no lo reconoce, le pregunta: "¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?". Y la respuesta es: "No, sino que soy el jefe del ejército del Señor... Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es sagrado" (5,13ss).

 Son significativos también los dos relatos sobre Gedeón (cf. Jc 6,11-24) y sobre Sansón (cf. Jc 13), en los que "el ángel del Señor", que aparece bajo el aspecto de un hombre, es reconocido siempre como ángel solamente en el momento en que desaparece misteriosamente. En ambos casos, un fuego consume la comida ofrecida mientras "el ángel del Señor" desaparece. (…)

Éstas son ciertamente solamente analogías, porque la novedad de la "teofanía" del Resucitado consiste en el hecho de que Jesús es realmente hombre: como hombre, ha padecido y ha muerto; ahora vive de modo nuevo en la dimensión del Dios vivo; aparece como auténtico hombre y, sin embargo, aparece desde Dios, y Él mismo es Dios.

Son importantes, pues, dos acotaciones. Por una parte, Jesús no ha retornado a la existencia empírica, sometida a la ley de la muerte, sino que vive de modo nuevo en la comunión con Dios, sustraído para siempre a la muerte. Por otra parte -y también esto es importante- los encuentros con el Resucitado son diferentes de los acontecimientos interiores o de experiencias místicas: son encuentros reales con el Viviente que, en un modo nuevo, posee un cuerpo y permanece corpóreo. Lucas lo subraya con mucho énfasis: Jesús no es, como temieron en un primer momento los discípulos, un "fantasma", un "espíritu", sino que tiene "carne y huesos" (cf. Lc 24,36-43).

La diferencia con un fantasma, lo que es la aparición de un "espíritu" respecto a la aparición del Resucitado, se ve muy claramente en el relato bíblico sobre la nigromante de Endor que, por la insistencia de Saúl, evoca el espíritu de Samuel y lo hace subir del mundo de los muertos(cf. 1 S 28,7ss). El "espíritu" evocado es un muerto que, como una existencia-sombra, mora en los avernos; puede ser temporalmente llamado fuera, pero debe volver luego al mundo de los muertos.

Jesús, en cambio, no viene del mundo de los muertos -ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás-, sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida, viene realmente de Dios, Él mismo como el Viviente que es, fuente de vida. Lucas destaca de manera drástica el contraste con un "espíritu", al decir que Jesús pidió algo de comer a los discípulos todavía perplejos y, luego, delante de sus ojos, comió un trozo de pez asado.

(…).

Pienso que es útil examinar aquí los otros tres pasajes en que se habla de la participación del
Resucitado en una comida.

El texto antes comentado está precedido por la narración de Emaús. Ésta concluye diciendo que Jesús se sentó a la mesa con los discípulos, tomó el pan, recitó la bendición, lo partió y se lo dio a los dos. En aquel momento se les abrieron los ojos "y lo reconocieron. Pero Él desapareció" (Lc 24,31). El Señor está a la mesa con los suyos igual que antes, con la plegaria de bendición y la fracción del pan. Después desaparece de su vista externa y, justo en este desaparecer se les abre la vista interior: lo reconocen. Es una verdadera comunión de mesa y, sin embargo, es nueva. En el partir el pan Él se manifiesta, pero sólo al desaparecer se hace realmente reconocible.

Según la estructura interior, estos dos relatos de comidas son muy parecidos al que encontramos en Juan 21,1-14: los discípulos han faenado toda la noche sin éxito; sus redes no han capturado ningún pez. Por la mañana, Jesús está en la orilla, pero no lo reconocen. Él les pregunta: "Muchachos, ¿tenéis pescado?". Ante su respuesta negativa, les manda salir de nuevo a pescar, y esta vez vuelven con una pesca superabundante. Ahora, en cambio, Jesús, que ya ha puesto pescado sobre las brasas, los invita: "Vamos, almorzad". Y entonces ellos "supieron" que era Jesús.

El último pasaje particularmente importante y útil para comprender el modo en que el Resucitado participa en las comidas se encuentra en los Hechos de los Apóstoles.

Sin embargo, la singularidad de lo que se dice en este texto no se pone claramente de manifiesto en las traducciones corrientes. En la traducción alemana se dice: "... se les apareció durante cuarenta días y les habló del Reino de Dios. Mientras comía con ellos, les mandó que no se fueran de Jerusalén..." (Hch 1,3s). A causa del punto después de la palabra "Reino de Dios" -una exigencia redaccional para construir la frase-, queda en penumbra una conexión interior. Lucas habla de tres elementos que caracterizan cómo está el Resucitado con los suyos: Él se "apareció", "habló" y "comió con ellos". Aparecer-hablar-comer juntos: éstas son las tres auto- manifestaciones del Resucitado, estrechamente relacionadas entre sí, con las cuales Él se revela como el Viviente.

Para comprender correctamente el tercer elemento que, como los dos primeros, se extiende todo a lo largo de los "cuarenta días", es de capital importancia la palabra usada por Lucas: synalizómenos. Traducida literalmente, significa "comiendo con ellos sal". Indudablemente, Lucas ha elegido a propósito esta palabra. ¿Cuál es su significado?

En el Antiguo Testamento el comer en común pan y sal, o también sólo sal, sirve para sellar sólidas alianzas (cf. Nm 18,19; 2 Cro 13,5; Hauck ThWNT, I, p. 229). La sal es considerada como garantía de durabilidad. Es remedio contra la putrefacción, contra la corrupción que forma parte de la naturaleza de la muerte. Cada vez que se toma alimento se combate contra la muerte; es un modo de conservar la vida. El "comer sal" de Jesús después de la resurrección, que de este modo se nos muestra como signo de la vida nueva y permanente, hace referencia al banquete nuevo del Resucitado con los suyos. Es un acontecimiento de alianza y, por ello, está en íntima conexión con la Última Cena, en la cual el Señor había instituido la Nueva Alianza. Así, la clave misteriosa del "comer sal" expresa un vínculo interior entre la comida anterior a la Pasión de Jesús y la nueva comunión de mesa del Resucitado: El se da a los suyos como alimento y así los hace partícipes de su vida, de la Vida misma.

Finalmente, conviene recordar aquí todavía algunas palabras de Jesús que encontramos en el Evangelio de Marcos: "Todos serán salados a fuego. Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonaréis? Repartíos la sal y vivid en paz unos con otros" (9,49s). Algunos manuscritos, retomando Levítico 2,13, añaden además: "En todas tus ofrendas ofrecerás sal". El salar las ofrendas tenía también el sentido de dar sabor al don y de protegerlo de la putrefacción. Así se unen muchos sentidos: la renovación de la alianza, el don de la vida, la purificación del propio ser en función de la entrega de sí a Dios.

Cuando, al principio de los Hechos de los Apóstoles, Lucas resume los acontecimientos postpascuales y describe la comunión de mesa del Resucitado con los suyos usando el término "synalizómenos, comiendo con ellos la sal" (Hch 1,4), no se disipa el misterio de esta nueva comunión entre los comensales, pero, por otro lado, semanifiesta al mismo tiempo su esencia: el Señor atrae de nuevo a sí a los discípulos en la comunión de la alianza consigo y con el Dios vivo. Los hace partícipes de la vida verdadera, los convierte en vivientes y sazona su vida con la participación en su pasión, en la fuerza purificadora de su sufrimiento.

No nos podemos imaginar cómo era concretamente la comunión de mesa con los suyos. Pero podemos reconocer su naturaleza interior y ver que en la comunión litúrgica, en la celebración de la Eucaristía, este estar a la mesa con el Resucitado continúa, aunque de modo diferente.

(Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 308 - 316)


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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - La Resurrección

VII

No afrentéis, pues, la presente fiesta con la embriaguez; porque nuestro Señor lo mismo ha honrado a los ricos y a los pobres, a los siervos y a los señores; antes correspondámosle por su benignidad para con nosotros; y la mejor correspondencia es una vida pura y un corazón vigilante. Esta fiesta y solemnidad no necesita de dinero ni de gastos, sólo de voluntad fervorosa y alma muy limpia; estas son las cosas que aquí se venden.

 Ninguna cosa terrena se vende aquí, sino la atención a la divina palabra, las oraciones de los padres, las bendiciones de los sacerdotes, la unión de los entendimientos, la paz y la concordia: espirituales son estos dones, espiritual es el precio. Celebremos esta festividad gloriosísima y esplendorosa en que resucitó el señor; porque resucitó el Señor, e hizo resucitar juntamente a toda la tierra; resucitó él rompiendo todas las ataduras de la muerte, y nos hizo resucitar a nosotros deshaciendo todas las cadenas de los pecados.

 Pecó Adán, y murió. ¿Por qué? Para que el que pecó y murió pudiera en virtud del que no pecó y murió despojarse de las trabas del pecado.
Lo mismo suele suceder también con el dinero; debe uno a veces una cantidad, y no teniendo con qué pagarla, se ve preso en la cárcel; otro, que no debía y tiene con qué pagar, paga y deja libre al deudor. Pues he aquí lo que aconteció también con Adán: debía Adán, era presa del demonio, mas no tenía con qué pagar; no debía Cristo, ni era presa del mal espíritu, más podía pagar la deuda. Vino, pues, y dio en pago su propia vida por el que era presa de Satanás, para librarle de él.

VIII

¿No ves aquí las maravillas de la resurrección? Dos muertes morimos nosotros, esperamos pues, dos resurrecciones: Cristo murió una muerte; por esto resucitó con una resurrección. ¿Cómo así? Ahora voy a explicarlo: murió Adán en el cuerpo y en el alma, murió con la muerte del pecado y con la muerte natural. En el día en que comiereis del árbol, ciertamente moriréis (Gn 2, 17). Y no fue este el día en que murió según la naturaleza, sino según el pecado; según la naturaleza murió más tarde, pero fue más atroz su muerte por el pecado; esta era muerte del alma, la otra lo era del cuerpo.

Pero al oír muerte del alma, no creas que el alma muere, pues es inmortal; la muerte del alma consiste en el pecado y suplicio sempiterno. Por esta razón dice también Jesucristo: No temáis a los que matan el cuerpo, mas no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede hacer perder cuerpo y alma en el infierno (Mt 10, 28), y lo que una vez se pierde, subsiste todavía, es cierto, pero queda oculto a los ojos de quien lo perdió.

Mas, como decía, en nosotros hay dos muertes; por eso conviene que haya dos resurrecciones. En Cristo hubo sólo una muerte, porque Cristo no pecó, y aun aquella su muerte única fue por nosotros, porque él no debía sufrir la muerte por cuanto no era reo de pecado, y por consiguiente, tampoco de muerte. Por eso él resucitó con una resurrección correspondiente a su única muerte; más nosotros que morimos con doble muerte, resucitamos también con doble resurrección: con una hemos ya resucitado, con la resurrección de la muerte de la culpa, pues fuimos sepultados con Cristo en el bautismo, y por medio del bautismo resucitamos con Cristo.

Esta primera resurrección nos desata de los pecados; la segunda resurrección nos desata del cuerpo: nos ha concedido la mayor, espera que te concederá la menor; porque la resurrección de la muerte del pecado es mucho mayor que la otra; pues mucho más es verse libre de culpas, que ver el cuerpo resucitado. La caída del cuerpo fue por haber delinquido: luego si el principio de la caída fue el pecado, el principio de la resurrección será librarse del pecado. Hemos ya resucitado con la resurrección mayor, arrojando de nosotros la terrible muerte del pecado y desnudándonos de la vieja vestidura; por consiguiente, no desconfiemos de obtener la resurrección menor.

IX

Cuando fuimos bautizados, resucitamos también nosotros hace tiempo con la misma resurrección con que han resucitado los que esta noche han sido admitidos al bautismo, estos hermosos corderos del rebaño de Jesucristo. Antes de ayer fue Cristo crucificado, más ha resucitado la pasada noche; también éstos antes de ayer eran presa de la culpa, mas todos han resucitado con él. Cristo murió en el cuerpo y resucitó en el cuerpo; éstos estaban muertos por la culpa y han resucitado libres de ella. La tierra en este tiempo de primavera produce rosas, lirios y otras flores; más las aguas bautismales nos han ofrecido hoy un jardín mucho más ameno que la tierra.

 No te admires de que por las aguas hayan germinado flores, que tampoco la tierra produce el germen de las hierbas por su propia naturaleza, sino por el precepto de Dios. Produjo, también al principio la naturaleza del agua seres vivientes: Produzcan, dijo Dios, las aguas reptiles animados (Gn 1, 20); y el precepto tuvo efecto, y aquel ser inanimado comenzó a criar seres animados; así también ahora han producido las aguas, no reptiles animados, sino gracias espirituales. Produjeron entonces las aguas peces irracionales y sin habla; ahora peces racionales y espirituales, peces cogidos por los apóstoles: Venid, dice, y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19); de esta pesca hablaba entonces. Nueva manera, por cierto, de pescar; los pescadores sacan la pesca del agua, nosotros la hemos metido en el agua, y así hemos pescado.

Tenían antiguamente los judíos una piscina; mira lo que pudo aquella piscina, para que veas la pobreza de los judíos y entiendas los tesoros de la Iglesia. Era una piscina de agua, y allí descendía un ángel y agitaba el agua; después de agitada el agua, entraba en la piscina uno de los enfermos, y quedaba sano (Jn 5, 4). Uno solo sanaba cada año, no por pobreza de quien daba la salud, sino por falta de quienes la recibían. ¡Qué diferencia! Bajaba un ángel a la piscina, agitaba el agua, y quedaba sano un enfermo; bajó el Señor de los ángeles al Jordán, agitó el agua, y sanó a toda la tierra.

 Por eso allí, si después del primer enfermo entraba otro, no sanaba, porque aquellos a quienes se concedía la gracia eran los judíos, débiles, miserables; pero aquí aun cuando entre en la piscina tras el primero el segundo, tras el segundo el tercero, tras el tercero el cuarto, y aunque entren diez, y veinte, y ciento, y diez mil, y todo el mundo, no se consume la gracia, no se gasta el don, no se enturbian las corrientes. Extraordinaria manera de limpieza; como que no es limpieza corporal, porque en ésta cuantos más cuerpos lave el agua, tanto más suciedad recibe; pero en la espiritual, cuantos más sean aquellos a quienes lave, tanto más pura queda el agua.

X

¿Has visto la grandeza del don? Pues conserva bien la grandeza de este don, oh hombre. No te es lícito vivir de cualquiera manera; ponte a ti mismo una ley que guardes con todo cuidado; en tiempo estas de guerra y pugilato, y el luchador de todo se abstiene. ¿Quieres que te diga un modo excelente y seguro de guardar la virtud? Todo lo que parece indiferente, pero engendra el pecado, arrojémoslo de nuestra alma. Porque hay en las cosas de la vida unas que son pecado, otras que no son pecado, pero son causas de pecado; así, por ejemplo, la risa no es pecado por su naturaleza, pero se convierte en pecado cuando pasa sus límites; porque de la risa viene la chocarrería; de la chocarrería, la desvergüenza en las palabras; de la desvergüenza en las palabras, la desvergüenza en las obras; de la desvergüenza en las obras la pena y los castigos del infierno. Arranca, pues, la raíz misma, si quieres arrancar la enfermedad; porque si somos cautos en las cosas indiferentes, nunca caeremos en las prohibidas. Así, el mirar las mujeres parece a muchos cosa indiferente; más de aquí nace el deseo pecaminoso; del deseo, la fornicación; de la fornicación, a su vez, la pena y los castigos del infierno.

Asimismo, el darse a la satisfacción del gusto no parece malo, pero de aquí viene la embriaguez, y de la embriaguez innumerables males. Arranquemos, pues, siempre las raíces de los pecados. Por esto tenéis continua instrucción cada día; por esto celebramos el santo sacrificio siete días seguidos, poniéndoos delante esta mesa espiritual, haciendo que gocéis de la divina palabra, exhortándoos al combate cada día, armándoos contra Satanás; porque ahora es cuando nos urge con más furia; cuanto mayor es el don que se nos hace, tanto mayor es la guerra. Porque si con ver el demonio a uno solo en el paraíso no lo pudo sufrir, dime: ¿cómo podrá aguantar el ver a tantos en el cielo? Has irritado a la fiera, mas no temas; también has recibido más fuerzas, una espada bien afilada; traspasa con ella a la serpiente. Por esto ha permitido el Señor que se irrite contra ti, para que aprendas por experiencia hasta donde llega tu fortaleza.

Y así como un excelente maestro de luchadores, al encargarse de un atleta escuálido, enervado, descuidado, le unge, le ejercita, le robustece, y lejos de permitirle darse al ocio, le obliga a entrar en los certámenes, para enseñarle por experiencia cuánto es el vigor y robustez que le ha hecho cobrar; así también Cristo hizo lo mismo ni más ni menos con, nosotros, porque bien podía quitar de en medio a nuestro enemigo; pero para que vieras el exceso de la gracia que te dio, la grandeza de la fuerza espiritual que recibiste en el bautismo, le permite trabar lucha contigo, y te proporciona más y más ocasiones de ganar la corona del triunfo. Por esto van ya siete días seguidos en que estáis gozando de la instrucción espiritual para que aprendáis bien cómo haberos en los certámenes.

Es también lo que aquí pasa como una boda espiritual; en las bodas duran los convites hasta siete días. Por eso también nosotros os hemos mandado venir por siete días al sagrado convite. Más allí, pasados los siete días, se acaban los convites; aquí puedes, si quieres, presentarte siempre en la sagrada mesa. Además, en las bodas terrenales, después del primero o segundo mes ya no es la esposa tan amada del esposo; más aquí nada de eso acontece, antes si somos diligentes, cuanto más tiempo transcurre, tanto más nos ama el esposo, tanto más generosamente nos abraza, más espiritualmente nos une consigo.

 Además, en la vida terrenal, tras la juventud sigue la vejez; aquí, después de la vejez viene la juventud, y juventud tal, que si queremos, jamás tendrá fin. Grande es esta gracia, pero todavía será mayor si queremos. Grande era Pablo cuando se bautizó, pero mucho mayor llegó a ser después, cuando predicaba, cuando confundía a los judíos; después de esto fue arrebatado al paraíso y subió al tercer cielo.

De manera que bien podemos, si queremos, aumentar y engrandecer la gracia concedida por el bautismo y se acrecienta de hecho por las buenas obras, y adquiere nuevo brillo, y nos comunica luz más esplendorosa. Si tal hiciéremos, con grande confianza nos presentaremos en el tálamo del esposo, y gozaremos de los bienes preparados por él para los que le aman: ¡ojalá que los alcancemos todos nosotros por la gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea dada al Padre y al Espíritu Santo la gloria y la adoración por lo siglos de los siglos! Amén.
(San Juan Crisóstomo, Homilías selectas (t.2), Homilía para el día de resurrección, VII-X, Apostolado Mariano Sevilla 1991, 47-52)



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Aplicación: San Juan Pablo II - ¿Qué quiere decir ser cristiano?

Deseo llamar vuestra atención sobre tres expresiones de las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy.

La primera de estas frases se encuentra en el Evangelio de San Juan: “¡Es el Señor!”.

Así dice a Pedro “el discípulo que Jesús tanto quería” (21,7), como sabemos por el Evangelio. Y lo dice cuando, afanados en la pesca en el lago de Genesaret, oyeron una voz bien conocida que les llegaba desde la orilla. El personaje aparecido en la orilla les pregunta primero: “¿No tenéis nada que comer?” (21,5), y cuando contestan “no”, les manda que echen la red a la derecha de la barca (cf.21,6).

Se verifica el mismo hecho que había tenido lugar ya una vez cuando Jesús de Nazaret se hallaba en la barca de Pedro en el lago de Tiberiades. Entonces les mandó que echaran las redes para pescar y -si bien no habían cogido nada antes- la red se llenó de peces hasta el punto que no podían sacarla (cfr. Lc 5,1-11).

Esta vez dice Juan: “¡Es el Señor!”. Y lo dice después de la resurrección; por ello esta frase reviste un significado particular. Jesús de Nazaret había manifestado ya su dominio sobre lo creado cuando estaba con los Apóstoles como “guía” y “Maestro”. Pero en los inolvidables días transcurridos entre el Viernes Santo y la mañana del “día después del sábado”, reveló su dominio absoluto sobre la muerte.

Es decir, que ahora se acerca a los Apóstoles en el lago de Genesaret como el Señor de su propia muerte. Ha vencido la muerte padecida en la Cruz, ¡y vive! Vive con su propia vida, con una vida que es la misma que antes y, a la vez, de tipo nuevo.

A esto se refieren las palabras “es el Señor”. Estas palabras las pronunciaron los labios de los Apóstoles. La pronunció la primera generación de cristianos y después todas las generaciones sucesivas. También nosotros pronunciamos las palabras: “El Señor, Cristo-Señor”. Es Aquel que ha revelado en cuanto hombre un tremendo aspecto del poder divino, el poder sobre la muerte.

La segunda expresión de la liturgia de hoy hacia la que quiero atraer vuestra atención es la palabra “obedecer”: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Así se expresan Pedro y los Apóstoles ante el Sumo Sacerdote y el Sanedrín cuando estos les ordenaban que no continuaran enseñando en el nombre de Jesucristo (Hch 5,27-28).

De la respuesta de Pedro es preciso deducir que “obedecer” quiere decir “someterse a causa de la verdad” o simplemente “someterse a la verdad”.

Esta verdad, la verdad salvífica, está contenida en la misión de Cristo. Está contenida en la enseñanza de Cristo. Dios mismo la ha confirmado con la resurrección de Cristo. “La diestra de Dios lo exaltó para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen” (Hch 5,31-32).

Nosotros damos testimonio de esta verdad que Dios nos ha permitido conocer con nuestros ojos. Damos testimonio de esta verdad y no podemos obrar de otro modo. Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.

La tercera expresión de la liturgia de hoy es la palabra “sígueme” (Jn 21,19).

Cristo Señor la dirige a Simón Pedro de modo definitivo después de la resurrección. Antes ya le había llamado y le había hecho Apóstol; pero ahora, después de la resurrección, le vuelve a llamar. Primero hace esta pregunta tres veces a Pedro: “¿Me amas?”, y recibe la contestación. Tres veces la repite: “Apacienta mis corderos”, “Apacienta mis ovejas” (cfr. Jn 21,15-17). Y Cristo añade a continuación: “Te lo aseguro, cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (Jn 21,18).

Así habló Cristo Señor a Simón Pedro. Y el Evangelista prosigue: “Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios” (Jn 21,19). Y precisamente tras estas palabras, tras esta explicación, Cristo dice a Pedro “sígueme”.

En cierto sentido fue como llamado a Roma, a este lugar donde Pedro iba a dar la vida por Cristo.

Son tres frases de la liturgia de hoy: “Es el Señor”. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, “Sígueme”. Conviene que meditemos sobre ella dentro de nuestro corazón y de nuestra conciencia. Cada una de ellas nos indica qué quiere decir ser cristiano.

El tiempo de Pascua nos obliga a responder con fe renovada a este reto concreto: Cristo ha resucitado y yo soy cristiano.

Dios nos ha amado en Cristo Jesús no sólo de palabra, sino con el don tangible de su Hijo (cfr. Jn 3,16). Al mismo tiempo se nos recuerda el valor destructor del pecado, o sea, de nuestro alejamiento del Dios de la vida.

“Ha resucitado Cristo, el que ha creado el mundo y ha salvado a los hombres con su misericordia. Aleluya” (Canto del Evangelio).
(Roma, Parroquia San Felipe Apóstol, domingo 17 de abril de 1983)



Aplicación: S.S. Francisco p.p.- anunciar, dar testimonio, adorar

Queridos Hermanos y Hermanas: Estamos sobre la tumba de san Pablo, un humilde y gran Apóstol del Señor, que lo ha anunciado con la palabra, ha dado testimonio de él con el martirio y lo ha adorado con todo el corazón. Estos son precisamente los tres verbos sobre los que quisiera reflexionar a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado: anunciar, dar testimonio, adorar.

1. En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

2. Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Esta es una palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de nuestra vida.

Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad.

Hay santos del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad», como decía un escritor francés, esa «clase media de la santidad» de la que todos podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre.

Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que San Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia.

3. Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor».

¡Adorarlo! El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5,11-14). Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes.

Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia. Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros.

Esta tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él. Anunciar, dar testimonio, adorar. Que la Santísima Virgen María y el Apóstol Pablo nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros. Así sea.
(Basílica de San Pablo Extramuros, III Domingo de Pascua, 14 de abril de 2013)



Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. . Jesús resucitado está presente entre los hombres Jn 21, 1-14

“Se manifestó de esta manera” y relata Juan el suceso. ¿Pero cómo se manifiesta el Señor? Se manifiesta como un extraño que poco a poco va ganando amistad.

Primero como alguien que no los conocía y les pregunta: “Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?” Les pregunta siendo un extraño y en un momento no muy feliz porque no habían pescado en toda la noche.

Jesús irrumpe en nuestra vida cuando quiere y como quiere y a veces por un extraño o manifestándose Él mismo como un extraño y a veces en momentos difíciles de nuestro existir. No sé por qué pero cuando nos sentimos mal, cuando estamos pasando por momentos difíciles nos abrimos más a los demás como buscando una esperanza a nuestra difícil situación, incluso, a los extraños. Nuestros problemas a veces terminamos compartiéndolos con los extraños y no es lo más conveniente. Es mejor compartir nuestros problemas con los más cercanos, con los que nos quieren bien. Son ellos los más aptos para ayudarnos.

Jesús se acerca al problema de los discípulos, se hace cercano a su problema y a ellos mismos y les dice: “echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Hay un eco en estas palabras de la primera pesca milagrosa sino no le hubieran hecho caso aunque los pescadores son hombres de mucha esperanza pero en concreto hay una moción especial del mismo Jesús que los hace lanzar las redes a la derecha.

Se llenan las redes y Juan reconoce al Señor. Jesús se manifiesta a los ojos del alma de Juan y los demás también se dan cuenta de esta presencia y van al encuentro de Jesús resucitado.

Tenemos que tomar experiencia de los encuentros con Jesús. Estar atentos a sus mociones e inspiraciones, escuchar su palabra y ser dóciles a lo que nos manda, darnos cuenta de sus manifestaciones y agradecerlas, reconocer su mano en las maravillas que obra en nuestra vida.

Jesús pasa de una actitud de querer ser servido, cuando les pidió de comer, a una de servicio, les prepara la comida. Les dice “traed algunos de los peces que acabáis de pescar” y luego: “venid y comed”. Comparten los peces, comen juntos, hacen fraternidad. Saben que es el Señor pero no se atreven a decirlo.

Jesús resucitado quiere compartir su comida y su vida con nosotros. Quiere hacerse amigo pero principalmente en la comida de su Cuerpo.

Termina diciendo el evangelista que esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó después de la resurrección.

Su manifestación fue creciendo en intimidad que es el fin de sus manifestaciones: llegar al interior de nuestras almas y consolarlas con la alegría de su resurrección.

Hay que estar atentos a las consolaciones de Jesús. Ellas son un toque que nos dice que Él vive y que ha vencido la muerte. Nos toca para que nos congratulemos con Él y para que seamos sus testigos ante el mundo. Para que digamos al mundo que ha resucitado y que es el Señor de la Vida.

 


Aplicación: Directorio Homilético - Tercer domingo de Pascua

CEC 642-644, 857, 995-996: los Apóstoles y los discípulos dan testimonio de la Resurrección
CEC 553, 641, 881, 1429: Cristo resucitado y Pedro
CEC 1090, 1137-1139, 1326: la Liturgia celestial

642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles - y a Pedro en particular - en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos "testigos de la Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano(cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, los evangelios nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).

644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació - bajo la acción de la gracia divina- de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):
Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo de su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber comido y bebido con El después de su Resurrección de entre los muertos" (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como El, con El, por El.

996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). "En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne" (San Agustín, psal. 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

553 Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, "el Buen Pastor" (Jn 10, 11) confirmó este encargo después de su resurrección:"Apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17). El poder de "atar y desatar" significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los apóstoles (cf. Mt 18, 18) y particularmente por el de Pedro, el único a quien él confió explícitamente las llaves del Reino.

Las apariciones del Resucitado

641 María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10;Jn 20, 11-18).Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34).

881 El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). "Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro" (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

1429 De ello da testimonio la conversión de S. Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: "¡Arrepiéntete!" (Ap 2,5.16).

S. Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, en la Iglesia, "existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia" (Ep. 41,12).

1090 "En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra Vida, y nosotros nos manifestamos con El en la gloria" (SC 8; cf. LG 50).

La celebración de la Liturgia celestial

1137 El Apocalipsis de S. Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que "un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono" (Ap 4,2): "el Señor Dios" (Is 6,1; cf Ez 1,26-28). Luego revela al Cordero, "inmolado y de pie" (Ap 5,6; cf Jn 1,29): Cristo crucificado y resucitado, el único Sumo Sacerdote del santuario verdadero (cf Hb 4,14-15; 10, 19-21; etc), el mismo "que ofrece y que es ofrecido, que da y que es dado" (Liturgia de San Juan Crisóstomo, Anáfora). Y por último, revela "el río de Vida que brota del trono de Dios y del Cordero" (Ap 22,1), uno de los más bellos símbolos del Espíritu Santo (cf Jn 4,10-14; Ap 21,6).

1138 "Recapitulados" en Cristo, participan en el servicio de la alabanza de Dios y en la realización de su designio: las Potencias celestiales (cf Ap 4-5; Is 6,2-3), toda la creación (los cuatro Vivientes), los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (los veinticuatro ancianos), el nuevo Pueblo de Dios (los ciento cuarenta y cuatro mil, cf Ap 7,1-8; 14,1), en particular los mártires "degollados a causa de la Palabra de Dios", Ap 6,9-11), y la Santísima Madre de Dios (la Mujer, cf Ap 12, la Esposa del Cordero, cf Ap 21,9), finalmente "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas" (Ap 7,9).

1139 En esta Liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos.

1326 Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

 



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