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Domingo 3 de Pascua C - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Manuel de Tuya - Aparición de Cristo junto al lago y la pesca milagrosa

Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Las dos pescas milagrosas

Comentario Teológico: clerus.org - La Palabra debe irradiar y difundirse en el mundo entero

Santos Padres: San Gregorio Magno -  “Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago"

Santos Padres: San Agustín - La Iglesia militante y la Iglesia triunfante

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - El amor como condición de autoridad

Apliciación: Papa Francisco - La experiencia tan fuerte de Cristo les hacía ver las persecuciones como motivo de honor

Aplicación: San Juan Pablo II - LA PASCUA (18 de Abril de 2001)

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La pesca escatológica y la triple afirmación de Pedro

Aplicación: R.P. José A. Marcone, I.V.E. - Pedro y Juan, elementos constitutivos de la Iglesia Católica (Jn 21, 1-19)

Aplicación: R. P. R. Cantalamessa - ¿No ardía nuestro corazón?

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: Manuel de Tuya - Aparición de Cristo junto al lago y la pesca milagrosa


El capítulo 21 de Jn es admitido por la mayoría de los exegetas que es un “apéndice” a su evangelio. Este aparece concluido en el capítulo anterior (v.20-31). Sin embargo, a diferencia de la parte “deuterocanónica” de Mc (16:9-20), del evangelio de Jn no hay la menor huella o indicio, en la tradición manuscrita, de que haya sido publicado sin este “apéndice.” La integridad, en su origen, se impone.

(…)

Aparición de Cristo junto al lago y pesca milagrosa, Jn 21:1-14

1 Después de esto, se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades, y se apareció así: 2 Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo; Natanael, el de Cana de Galilea, y los hijos del Zebedeo, y otros discípulos. 3 Díjoles Simón Pedro: Voy a pescar. Los otros le dijeron: Vamos también nosotros contigo. Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no pescaron nada. 4 Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Jesús. 5 Díjoles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis a la mano nada que comer? Le respondieron: No. 6 EL les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la muchedumbre de los peces. 7 Dijo entonces a Pedro aquel discípulo a quien amaba Jesús: Es el Señor. Así que oyó Simón Pedro que era el Señor, se puso el sobrevestido, pues estaba desnudo, y se arrojó al mar. 8 Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra sino como unos doscientos codos, tirando de la red con los peces. 9 Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas, y pan. 10 Díjoles Jesús: Traed de los peces que habéis pescado ahora. 11 Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, liena de ciento cincuenta y tres peces grandes,y, con ser tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres? sabiendo que era el Señor. 13 Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pez. 14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

La narración comienza con una simple unión literaria con lo anterior, usual en el cuarto evangelio (Jua_5:1; Jua_6:1; Jua_7:1). La escena pasa en Galilea y “junto al mar de Tiberíades,” lo que antes se había precisado añadiendo que era el “mar de Galilea” (Jua_6:1). (…)

El que los apóstoles estén en Galilea, sin decirse más, es un tácito entronque histórico de la narración de Jn con los sinópticos. En éstos, Cristo primero les había anunciado (Mat_26:32; Mar_14:28) y luego les había ordenado por el ángel (Mat_28:7-10; Mar_16:7) ir a Galilea después de su resurrección, en donde le verían. Alejados de los peligros de Jerusalén, tendrían allí el reposo para recibir instrucciones sobre el reino por espacio de cuarenta días (Hec_1:3). Jn no trata de armonizar esta discrepancia antes registrada.

Los apóstoles debieron de volver, de momento, a sus antiguas ocupaciones. Separado de ellos Cristo, quedaban desconcertados hasta recibir nuevas instrucciones. Es lo que se ve en esta escena. Pedro debió de volver a su casa de Cafarnaúm (Mat_8:5.14 par.). Estaban juntos Simón Pedro y Tomás el Dídimo; Natanael, el de Cana de Galilea; “los hijos del Zebedeo,” Juan y Santiago el Mayor, y otros dos discípulos, probablemente también apóstoles, ya que allí estaban conforme a la orden sinóptica del Señor de volver a Galilea. Es extraño en este pasaje el que se diga de Natanael que era de Cana de Galilea, cuando ya antes lo expuso, con cierta amplitud el evangelista (Jua_1:45ss). Su presencia entre el grupo de los apóstoles se explicaría mejor si se admite, como muchos lo hacen, su identificación con el apóstol Bartolomé.

(...)

Pedro aparece también con la iniciativa. Al anuncio de ir a pescar, se le suman también los otros. Habían vuelto al trabajo. Debía de ser ya el atardecer cuando salieron en la barca, pues “aquella noche” no pescaron nada. La noche era tiempo propicio para la pesca. Al alba, Jesús estaba en la playa, pero ellos no lo conocieron, sea por la distancia, sea por su aspecto, como no le conoció Magdalena ni los de Emaús. “En la orilla vieron un hombre. En Oriente hay siempre espectadores para todo. Jesús se expresa como quien tiene gran interés por ellos, y les habla en tono animado”. Les pregunta si tienen algo de pesca para comer. Acaso piensan en algún mercader que se interese por la marcha de la pesca para comprarla. A su respuesta negativa, les da el consejo de tirar “la red a la derecha (…) de la barca, y hallaréis” pesca. Ante el fracaso nocturno, se decidieron a seguir el consejo. (…) En el Tiberíades hay verdaderos bancos de peces, no siendo raro que lleguen a ocupar unas 51 áreas.

(...)

Echada la red, ya no podían arrastrarla por la multitud de la pesca obtenida. Esta sobreabundancia o plenitud es un rasgo en el que Jn insiste en su evangelio: tal en Cana (Jua_2:6); en el “agua viva” (Jua_4:14; Jua_7:37ss); en la primera multiplicación de los panes (Jua_6:11); en la vida “abundante” que da el Buen Pastor (Jua_10:10); lo mismo que en destacar que el Espíritu había sido dado a Cristo en “plenitud” (Jua_3:34).

(...)

Ante esta aparición y en aquel ambiente de la resurrección, Jn percibió algo, evocado acaso por la primera pesca milagrosa (Luc_5:1-11), y al punto comprendió que aquella persona de la orilla era el mismo Cristo. Esto fue también revelación para Pedro. El dolor del pasado y el ímpetu de su amor — la psicología de Pedro — le hicieron arrojarse al mar para ir enseguida a Cristo. El peso de la pesca le hizo ver el retraso de la maniobra para atracar. Y se arrojó al mar.

Pero estaba en el traje de faena: “desnudo” (??µ???) — es la traducción material de la palabra — , por lo que “se ciñó” el “traje exterior” (t?? epe?d?t??), como la palabra indica. Debía de ser la amplia blusa de faena, el rabínico qolabiw.

Como ya hemos dicho, en el lago de Genesaret el agua y el aire se conservan calientes en aquella estación del año aun durante la noche. Los pescadores suelen quitarse los vestidos ordinarios y echarse encima una especie de túnica ligera de pescador, sin ceñírsela con el cíngulo; de ese modo, en caso de necesidad, están dispuestos a nadar.

Estos mismos orientales, que no tienen dificultad en dejar los vestidos ordinarios durante la faenas, evitan comparecer en traje de trabajo delante de los que no son iguales a ellos. Pedro estaba “desnudo,” es decir, no completamente vestido, cuando Jn le dijo: “El Señor es.” No sólo para nadar con más seguridad, sino también por cierto sentimiento de decencia, antes de echarse al agua se ciñó Pedro la túnica con el cíngulo”.

Los otros discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red cargada de pesca, ya que no estaban lejos de la costa. Estaban “como a unos 200 codos” sobre unos 90 metros.

Cuando llegaron a tierra, vieron “unas brasas encendidas y, puesto sobre ellas, un pez, y pan.”

Pero, cuando ya están estos discípulos en tierra, Cristo les manda traer los peces que acaban de pescar.

Para esto, Pedro, espontáneamente, acaso por ser el dueño de la barca, subió a ella y “arrastró la red a tierra.” Se hizo el recuento y habían pescado 153 peces “grandes.” Posiblemente se quiera decir con esto que, en el recuento global, éstas eran las mejores piezas. Sobre la interpretación de esta cifra se ha hecho una verdadera cabalística, sin consistencia. Solamente pudo haber tenido ciertos visos de probabilidad una sugerencia de San Jerónimo. Según éste, Oppiano de Cilicia (sobre el año 180) diría, en su obra Haliéutica, que eran “153 los géneros de los peces”. (…). Si esta cita que hace, de paso, San Jerónimo, se basase en una opinión corriente entre los especialistas de aquel tiempo, y estuviese, además, verdaderamente extendida entre el vulgo, podría aceptarse como número expreso simbólico de lo que va a ser, también genéricamente simbólico. Hecho el recuento, éste era el número de la pesca. Es lo que Jn quiere decir en otros lugares (Jua_6:9.13).

El evangelista destaca, sin duda con un valor “simbolista,” el que, con “ser tantos los peces capturados, no se rompió la red.”

Cristo les invita a comer. El mismo tomó “el pan” al que acaba de aludir, e igualmente “el pez,” y les dio ambas cosas para “comer.” ¿Qué significan este “pan” y este “pez” sobre esas brasas, que Cristo — milagrosamente — les preparara y que luego les da a comer? Se piensa en que tiene un triple sentido:

1) Afectivo: Cristo muestra su caridad;

2) Apologético: Cristo quiere demostrar con ello la realidad de su resurrección, como lo hizo en otras ocasiones (Luc_24:41-43; Hec_1:4), en las que El mismo comió como garantía de la verdad de su cuerpo; aquí, sin embargo, el evangelista omitió que Cristo hubiese también comido, para destacar el aspecto “simbolista”; esa comida dada por su misma mano a ellos les hacía ver la realidad del cuerpo de Cristo. Era el mismo Cristo que había multiplicado, en otras ocasiones, los panes y los peces, como seguramente aquí también multiplicó un pez y un pan para alimentar a siete discípulos; como allí era realmente El quien les daba el pan y peces que multiplicó, aquí también era realmente El mismo;

3) Simbólico: como se expondrá luego.

En todo esto destaca el autor que ninguno se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Era un motivo de respeto hacía El, como ya lo habían tenido, en forma igual, cuando hablaba con la Samaritana (Jua_4:27), máxime aquí, al encontrarse con El resucitado y en una atmósfera distinta. Por eso no se atreven a profundizar más el misterio (…).

Jn consigna que ésta fue la tercera vez que Cristo se apareció resucitado a sus discípulos, conforme al esquema literario del evangelio de Jn. Las otras dos veces fue en Jerusalén, la tarde misma de la resurrección, y la segunda, en las mismas condiciones, a los ocho días (Jua_20:19-29). Ni sería improbable que quiera precisarse que éstas son anteriores a las apariciones galileas relatadas en los sinópticos.


Valor "simbólista" de esta narración

El “simbolismo” del evangelio de Jn está muy acusado en este capítulo. La escena, que es relato histórico, está narrada en una forma tal, que se acusa en su estructuración toda una honda evocación “simbolista,” especialmente en torno a Pedro. Se puede sintetizar en los siguientes puntos:

1) Pedro se propone pescar. Suben a su barca otros discípulos. El número de los pescadores que van en la barca de Pedro es de siete, número de universalidad. Por sus solos esfuerzos nada logran en la noche de pesca.

2) Pero Cristo vigila desde lugar seguro por la barca de Pedro y de los que van en ella, lo mismo que por su obra. Por eso, les dice cómo deben pescar. El mandarles tirar la red a la derecha pudiera tener acaso un sentido de orientación a los elegidos (Mat_25:33).

3) La barca de Pedro sigue ahora las indicaciones de Cristo; Pedro es guiado por Cristo. Cristo orienta la barca de Pedro en su tarea, en su marcha. Y entonces la pesca es abundantísima. La Iglesia es guiada por Cristo. La “red” es símbolo de la del reino (Mat_4:19 par.), de la Iglesia, como la “pesca” milagrosa fue ya símbolo de la predicación de los apóstoles (Luc_5:10).

4) Terminadas sus faenas, en nombre de Cristo — faenas apostólicas — todos vienen a Cristo. Es a Él a quien han de rendírsele los frutos de esta labor de apostolado.

5) Cristo mira por los suyos, por sus tareas y fatigas. Pan y peces fue el alimento que El multiplicó dos veces. El les tiene preparado un alimento que los repara y los “apostoliza.” El mismo se lo da. Evoca esto la sentencia de Cristo: “Venid a mí todos los que estéis cansados y cargados, que yo os aliviaré” (Mat_11:28). El que El lo tomó y se lo dio parecería orientar simbólicamente a la eucaristía. El que esté un pez sobre brasas indica la solicitud de Cristo por ellos al asarles así la pesca, encuadrado también en el valor "histórico-simbolista” de la escena. Si les manda traer de los peces que han pescado y unirlos al suyo (v.10), hace ver que todo alimento apostólico se ha de unir al que Cristo dispensa (Jua_4:36-38).

6) Acaso también se pudiera ver un “simbolismo” en la frase de no preguntarle quién era, sabiendo todos que era el Señor. En la tarea apostólica, el apóstol sabe que Cristo está con él, lo siente y lo ve en toda su obra.

7) También se pensó si podría ser un rasgo simbolista el que no pesquen nada en la “noche,” sino en la “mañana”, a la luz de Cristo.


La prueba a Pedro, Jn 21:15-19

15 Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? El le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. 16 Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejuelas. 17Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas? Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús: Apacienta mis ovejuelas. 18 En verdad, en verdad te digo: Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. 19 Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Después añadió: Sígueme.

Se admite ordinariamente que esta triple confesión que Cristo exige a Pedro es una compensación a sus tres negaciones, lo mismo que es un rehabilitarle públicamente ante sus compañeros. Pedro debió de comprender esto, pues a la tercera vez que le pregunta si le ama, “se entristeció.” No en vano él las había “llorado amargamente” (Mat_26:75). Después de protestarle su amor dos veces, a la tercera, evocando sus pasadas promesas, desconfió de sí, para presentar un amor más profundo, por ser más humilde. Por eso apeló al conocimiento de la omnisciencia de Cristo. No le alegó sus palabras; remitió su corazón a la mirada omnisciente del Señor. Lo que es un modo de presentarle como Dios, ya que es en el A.T. atributo exclusivo de Dios (Hec_1:24). Además, al preguntarle si le ama más que los discípulos presentes, hace ver que para apacentar el rebaño espiritual supone esto un gran amor a Cristo. “El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jua_10:11).

Fuera de la triple forma de preguntarle por su amor a Él y de la triple respuesta de Pedro, dos son los elementos a valorarse: a) el sentido de las diversas expresiones de “apacentar”; y b) los diversos términos con que se expresan los fieles.


Profecía de la muerte de Pedro (v.18-19)

Sugerido por las “negaciones” de Pedro, que había prometido seguir a Cristo hasta la muerte y luego lo negó (Mat_26:31-35 par.), compensadas ahora con estas tres graves protestas de amor, Cristo le profetiza a Pedro que luego lo seguirá a la muerte. Ya en Jn, en el relato del anuncio de la negación de Pedro, Cristo, al vaticinarle la caída, se lo profetiza, al decir aquél que no duda “seguir ahora” a Cristo, que le “seguirá más tarde” a la muerte (Jua_13:36-38).

A esta sugerencia se une otra, que se presta para que Cristo le haga la profecía de su muerte. La profecía está presentada, al gusto oriental, en forma de un enigma, pero lo suficientemente clara y, por otra parte, muy del estilo de Jn (Jua_2:19; Jua_3:3; Jua_7:34; Jua_8:21-28.32.51; Jua_11:11.50, etc.).

Pedro, de “joven,” él mismo “se ceñía e iba a donde quería.” La imagen está tomada del medio ambiente. Los orientales acostumbran a recoger sus amplias túnicas con un cordón atado a la cintura, para caminar o trabajar, que es lo que hizo Pedro al echarse al mar para ir al encuentro de Cristo (Jua_21:7).

Pero, a la hora de la vejez, “extenderás tus manos y otro te ceñirá, y te llevará a donde tú no quieras.” Y el evangelista añade que esto lo dijo de la “muerte” de Pedro. A la hora de la composición de este evangelio, el evangelista había visto la profecía en el cumplimiento del martirio de Pedro, bajo Nerón (54-68), que murió crucificado, como ya lo afirmaba San Clemente Romano. Según algunos autores, habría sido crucificado con la cabeza abajo, pero este rasgo no afecta al vaticinio de la muerte de Pedro.

La imagen con que se vaticina esto es, en contraposición a la anterior, la de una persona anciana que, no pudiendo manejarse, necesita levantar los brazos para que otros le ciñan la túnica y le ayuden a moverse, llevándolo para que se mueva. No que le lleven a donde no quiera (…).

Este gesto de “extender tus manos” es la alusión a la crucifixión de Pedro. Lo decía un autor de la antigüedad, caracterizando la crucifixión por “la extensión de las manos”; y así la describen autores de esa época. Tertuliano aplica bien este ambiente al caso de Pedro, al escribir: “Fue entonces Pedro atado por otro cuando fue sujetado a la cruz” (“tune Petrus ab altero cingitur, cum cruci adstringitur”).

“Esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.” Pedro, al participar de esta muerte de Cristo y a su modo, viene también a “glorificar” a Dios (Jua_13:1). Es un reflejo del valor triunfal con que Jn considera la muerte de Cristo y su imitación en los mártires.

Después que Cristo hace este vaticinio a Pedro, añadió: “Sígueme.” Esta frase era muy evocadora, máxime en este momento. Fue la llamada vocacional a Pedro y a otros apóstoles (Mat_4:19ss; Mat_9:9). Era evocación de aquel “a donde Yo voy (Cristo), tú no puedes seguirme ahora,” que le dijo a Pedro, pero “me seguirás más tarde” (Jua_13:36); era evocar aquel “donde Yo esté, allí estará también mi servidor” (Jua_12:26), porque es trigo que ha de morir para fructificar (Jua_12:24ss); era evocar que “el buen pastor ha de dar la vida por sus ovejas” (Jua_10:11). Todo esto está sugerido en la perspectiva literaria de Jn.

Por eso, si esta frase tenía sentido de invitación para acompañar materialmente a Cristo, como se desprende del contexto (v.20), el sentido ha de prolongarse, al menos en un sentido “simbólico,” hasta seguirle en la muerte. Todo el contexto lo ambienta así. La frase tenía, seguramente, un doble sentido, de perspectiva homogénea.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)



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Comentario Teológico: R.P. Leonardo Castellani - Las dos pescas milagrosas

La Pesca Milagrosa es un milagro repetido, lo mismo que la Multiplicación de los Panes y la Echada de los Mercaderes del Templo. Cuando Cristo repita el mismo gesto, eso tiene misterio; y la segunda vez no significa lo mismo que la primera; porque de no, bastaba la primera. Este milagro significa el poder de Dios sobre los animales irracionales... y los racionales.

La Primera Pesca Milagrosa está junto con la Segunda Llamada de los Apóstoles (la llamada a ser Apóstoles y no ya meros creyentes) y la segunda “ricapesca” –como traduce Lutero– está después de la Resurrección en la penúltima –y no en la última, como dice Lagrange– ­aparición de Jesús: la última, antes de la Ascensión; junto con la confirmación de Pedro, pecador contrito, como jefe de la Iglesia: “Apacienta mis ovejas”.

Los milagros de Cristo tuvieron por fin mostrar Su poder, que es el poder de Dios: son la confirmación divina de lo que Él enseñó. Cristo mostró su poder sobre las cosas inanimadas (caminó sobre las aguas), sobre los productos del hombre (multiplicó el pan y el vino), sobre las plantas (secó la higuera maldita), sobre los animales (en este caso) y también sobre el cuerpo humano (curó enfermos), sobre los demonios (los exorcizó y dominó) y sobre la Muerte, el gran conquistador del género humano, como la llamó el poeta Schiller, “der Erobner”, resucitando tres muertos y resucitando El mismo. Pero ninguno de estos poderes podían hacer impresión tan inmediata sobre los Apóstoles, pescadores de profesión, como su poder sobre los peces: bicho que no tiene rey. Así, por ejemplo, usted puede ser el matemático, literato o filósofo más grande del mundo y su mujer de usted no se asombrará; pero si un día llega a mostrarle que sabe más que ella de cocina, se quedará impresionadísima. Y así Simón Pedro hijo de Juan se impresionó como nunca en su vida y sintió el pavor de la divinidad delante de Él: que eso significa claramente su extraño grito: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!”. Bueno, si era pecador, tenía que decir lo contrario: “¡Acércate a mí, Señor, salud de los pecadores!”, comenta Maldonado con bastante simpleza. No se trataba allí de devoterías, y San Pedro no era una beata. “No temas: desde hoy yo te haré ser pescador de hombres.”

Hay un sentimiento profundo y primordial en el ser humano, consistente en que, delante de lo infinito –es decir, de lo divino– el hombre se queda chuto. Los que han estado en una tempestad en el mar o en la cumbre de una alta montaña lo conocen; y muchos otros, además. Es el sentimiento que los ingleses llaman awe y que no tiene nombre en castellano: la palabra reverencia, que en latín equivale a awe y significa temer el doble (revereor) se ha gastado y no significa más temor al doble. Eso lo llaman hoy sentimiento de inferioridad, de indigencia o de anonadamiento; y constituye el fondo del sentimiento religioso, oh Maldonado ¿Es posible que nunca lo hayas sentido, oh ratón de biblioteca? Es lo que sintió San Pedro; sintió una sublimidad, una infinitud delante de Él; y se espantó. Y era para espantarse, porque en seguida Cristo le dijo que lo iba a hacer “pescador de hombres”. “Y enseguida, llevadas las canoas a la ribera, y abandonando allí todo, lo siguieron.” Algún tiempo después tras una noche de oración, bajó Cristo del Monte, se sentó entre ellos, y señalándolos y nombrándolos uno por uno, designó a los Doce. Hoy día todos somos “Apóstoles”, de labios afuera. Ser apóstol es difícil, es tremendo: pide muchas etapas y son pocos los verdaderos.

En la segunda pesca, Pedro no se espantó, Cristo resucitado apareció en un fiordo del Lago, haciéndose el forastero; y les gritó: “Muchachos ¿habéis pescado?”. Era demasiado evidente que no habían pescado nada en toda la noche, y así lo reconocieron bruscamente. Sucedió la otra pesca milagrosa, después de la instrucción del forastero: “Echad a estribor.” San Juan reconoció a Cristo y advirtió a San Pedro: “Es el Señor.” San Pedro, “que estaba desnudo, se puso la túnica y se tiró a nado”, dice la Vulgata latina; por donde se ve que el traductor de la Vulgata, a pesar de ser dálmata, no sabía nadar: no se puede nadar con una túnica. San Pedro estaba en traje de gimnasta –que es la palabra del texto griego: “éen gar gimnós”– es decir, en zaragüelles o shorts, como dicen ahora; y lo que hizo fue ceñírselos fuertemente (“se ciñó”, dice el griego) porque el agua es una gran quitadora de zaragüelles, si uno se descuida. San Pedro, pues, se pasó un cinturón sobre la vestidura sumaria que tenía para el trabajo. En esta ocasión después que comieron juntos, y después de preguntarle solemnemente tres veces si lo amaba más que los otros Cristo le dijo también por tres veces delante de todos: “Pastorea mis ovejas”, y le predijo su martirio.

Este doble milagro significa pues con toda claridad el milagro moral de la Iglesia. Mas la primera pesca representa la Iglesia en este mundo; y la segunda, la Iglesia de la Resurrección, la Iglesia Triunfante. Y así todas las diferencias entre los dos milagros apuntan a ese sentido: en la primera, Cristo no les dice: “Echad a la derecha”, como en la segunda: la derecha siendo la señal de los elegidos en la parábola del Juicio Final; en la primera se rompen las redes y en la segunda no; en la primera llenan los botes con la pesca y en la segunda la arrastran a tierra firme; en la primera Pedro se espanta y en la segunda salta al agua apresuradamente para ir a Cristo; en la primera no se cuentan los peces y en la segunda Cristo les manda contarlos muy cuidadosamente, rechazando los chicos; y el resultado son 153 peces grandes. Finalmente, la primera tiene lugar al comienzo del ministerio eclesiástico de Cristo; y la segunda a la vista de Cristo resucitado. Y Cristo no está más en la barquilla: está en la ribera.

En ningún otro Evangelio los símbolos son tan claros como en éste: la derecha es el lugar de los elegidos, ya lo hemos dicho; el romperse las redes significa las herejías y cismas que acompañan a la Iglesia en este mundo; la tierra firme en contraposición al mar significa siempre en los profetas lo divino con respecto a lo terrenal, la religión contrapuesta al mundo; el contar los peces significa el juicio y la elección; e incluso el número 153 significa algo. De modo que los pescadores de hombres pescarán dos veces: una durante la duración de este mundo y otra al final de él; la primera pesca llenará la barquilla de Pedro, la segunda el convite de la bienaventuranza y eso por virtud de lo Alto y no por virtud humana, porque “sin Mí nada podéis”; las dos pescas son milagrosas. Cristo figuró siempre en sus parábolas la alegría de la vida bienaventurada como un convite; y en afecto, allí al llegar a las márgenes del fiordo (la desembocadura del arroyo Hammán, según se cree) les tenía preparado un almuerzo no por modesto menos alegre; había un pez asado al fuego, pan y miel; y había sobre todo la presencia gloriosa del Maestro amado. Los ciento cincuenta y tres peces grandes resultaron pues un lujo. No dice el Evangelio que los tiraron de nuevo al mar; pero bien puede ser que hayan seguido a Cristo olvidados de todo y “abandonándolo todo”, como la primera vez –yo, conque Dios me dé en el cielo “olvidarlo todo”, me doy por satisfecho. ¡Qué convite de bodas! Dormir es lo que necesito–.

¿Es esto que hemos hecho con estos dos evangelios paralelos una alegoría? No es una alegoría, no es el sentido alegórico que llaman. Es el segundo sentido literal: o sea el sentido religioso, místico o anagógico, como dicen los pedantes. En la Encíclica Divino Afflante Spiritu, S. S. Pío XII recomienda mucho a los exégetas que busquen el sentido literal; y que sobre él, como es obvio, funden todos los demás; y los previene y desanima contra la “alegoría” o “sentido traslaticio”, como allí se llama; de la cual abusaron bastante, conforme al gusto de su época, que no es el nuestro, los exégetas antiguos. Para dar un ejemplo de estos diversos sentidos de la Escritura, legítimos en sí mismos pero subordinados entre sí, sirva este evangelio: en afecto, San Agustín interpretó alegóricamente el número 153; y San Jerónimo en el sentido literal segundo.

¿Quiere decir algo ese número? Ciertamente; porque no de balde Cristo hizo numerar los peces, y el Evangelista lo escribió. ¿Qué quiere decir? San Agustín nota que 153 es igual a la suma de todos los números enteros de uno hasta diecisiete; y el número diecisiete se descompone en diez más siete: diez significa los Preceptos del Decálogo y siete los dones del Espíritu Santo: he aquí juntas la Ley Antigua y la Nueva. Esta alegoría matemática es muy ingeniosa, pero si Cristo hubiera querido dar a entender eso, los Apóstoles se hubiesen quedado en ayunas; y todos los cristianos hasta el siglo IV; y los demás, también.

San Jerónimo, que estaba en Palestina en el mismo tiempo en que San Agustín profería su sermón N° 251 –el más hermoso de sus sermones– descubrió el acertijo quizá por un casual: averiguó que los pescadores palestinenses creían que 153 especies diversas de peces existían y nada más; y parece que esta creencia era general, puesto que Jerónimo cita como autoridad sobre ella a Oppiano de Cilicia, poeta que vivió 180 años después de Cristo. De ese modo, el símbolo era transparente, aun para los Apóstoles; significaba que en el Reino de los Cielos habría hombres de todas las especies –y hay una repetición del mismo símbolo en la visión que tuvo San Pedro en Joppe en el mismo sentido–, judíos y gentiles, orientales y occidentales, chinos y franceses, blancos y mulatos, inocentes y pecadores, empleados públicos y vendedores ambulantes de ojos artificiales; e incluso algún ex ladrón y alguna ex prostituta: excepto solamente los usureros y los politiqueros, gracias a Dios. Ésos, aunque solemos llamarlos pejes, son sapos y culebras en realidad –esto último es sentido alegórico; y no lo inventó San Agustín, sino yo–.

“Los hechos del Verbo también son verbos”, dice San Ambrosio: los milagros de Cristo, además de ser un beneficio a sus receptores son también y muy principalmente un símbolo, una parábola en acción: “uno eodemque sermone, dum narrat gestum, prodit mysterium”, dice Gregorio el Magno. De modo que este doble milagro, al mismo tiempo que significa el poder de Cristo sobre los animales, es también signo de la Iglesia en sus dos estados: Militante y Triunfante; y de la bienaventuranza. ¡Dichoso pues el que sea pescado de esa suerte y sea sacado de las tinieblas a la luz; y de animal salvaje se convierta en manjar sabroso, asado por el fuego de la tribulación, aderezado con la miel de la gracia divina, digno de la mesa de Dios!
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 259-264)


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Comentario Teológico: clerus.org - La Palabra debe irradiar y difundirse en el mundo entero

Act 5,27b-32.40b-41:            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9bjx4se.htm

                                                            www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9b3z35e.htm      

Ap 5,11-14:                          www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9araeee.htm          

Io 21,1-19:                             www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abt5xu.htm     

 

Nos encontramos en el clima gozoso del tiempo pascual, la nueva estación de gracia que Dios ha regalado al hombre por medio de Cristo.

En efecto, Dios Padre lo resucitó de entre los muertos y así realizó por completo su plan de salvación y manifestó, al mismo tiempo, su amor infinito por los hombres.

Como respuesta, el cristiano debe vivir este tiempo litúrgico alabando al Señor y con la conciencia de que todo nos es ofrecido por Dios por intercesión de Aquel que fue crucificado y después resucitado.

De este modo realizaremos el mensaje que la Iglesia, en este tercer Domingo de Pascua, quiere hacer llegar a todos los hombres de buena voluntad, poniendo de manifiesto que Jesús está siempre presente en medio de nosotros con la misma premura, con la misma fuerza prodigiosa de su Palabra.

Esto se ve mayormente en el pasaje evangélico en el cual Jesús, después de su Resurrección, se aparece por tercera vez a sus discípulos y ya no en el Cenáculo cerrado, como las dos primeras veces, sino en la orilla del mar, para significar que su Palabra está destinada a irradiarse más allá de los confines del antiguo Israel y a difundirse por los caminos del mundo.

Jesús se acerca a los apóstoles con un gesto de cariño y de premura, y se inserta en el contexto de la vida cotidiana de los discípulos con sencillez, afabilidad, interviniendo en sus problemas para poner en evidencia que las acciones no nacen de iniciativas personales, sino de la obediencia a la Palabra del Señor Resucitado: dándose cuenta de que no habían pescado nada aquella noche, les mandó echar nuevamente las redes.

Es la presencia del Señor la que da sentido a la vida que llevamos; la que da valor al cansancio de nuestro trabajo cotidiano, a las actividades que habitualmente llevamos a cabo, por lo cual sin Él todo es fatiga desaprovechada. Jesús está siempre en medio de nosotros, sobre todo cuando somos dóciles a su Palabra. Es entonces Él mismo el que interviene resolviendo toda dificultad: el Evangelio nos lo garantiza contándonos que Él mismo se puso a prepararles algo para comer e invitando a los discípulos, bendiciendo con ese gesto que ellos recordaban tan bien desde que lo había realizado en la Última Cena.

Y así como en aquella ocasión había advertido quién lo iba a traicionar, ahora proclama públicamente quién es el que deberá guiar a su Iglesia, único medio de salvación para los que creen en Cristo.

Es muy significativo y al mismo tiempo lleno de  pathos el diálogo de Jesús con Pedro, con la triple pregunta: "¿me amas más que éstos?".

Seguramente con ese diálogo, en su triple fórmula, Jesús quiso rememorar la triple negación de Pedro: el Señor le pide ahora una triple profesión de fe.

Jesús confirmó muchas veces que Él es el verdadero y único Pastor y, por tanto, no podía confiar a cualquier persona el cuidado de su grey, sino sólo a aquel que podía amarlo más que todos y que había estado dispuesto a seguirlo hasta la muerte.

Notamos que se da una delicadísima graduación en las preguntas de Jesús y una profunda humildad en las respuestas de Pedro: en cada testimonio de amor de Pedro, Jesús le confía la misión de guiar el rebaño que el Padre le ha confiado, comenzando por los más pequeños, a los que llama corderos porque tienen más necesidad de cuidados y de preferencias de parte de su Vicario.

Jesús no podía confiar su pueblo más que a una persona digna de su confianza, y Pedro supo confirmar este aprecio conformando su vida a la de Cristo y compartiéndola hasta la muerte.

A lo largo de los siglos, esta misión está confiada a su sucesor, el Papa. A él le debemos obediencia, dejándonos guiar por sus enseñanzas: éste es el único camino que nos llevará a la salvación que Jesús quiere para todos nosotros.

 

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Santos Padres: San Gregorio Magno -  “Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago"

El mar es el símbolo del mundo actual, agitado por la tempestad de los asuntos y la marejada de la vida caduca. La orilla firme es la figura del reposo eterno. Los discípulos trabajan en el mar ya que todavía siguen en la lucha contra las olas de la vida mortal. Pero nuestro Redentor, está en la orilla pues ya ha superado la condición de una carne frágil. Por medio de estas realidades naturales, Cristo nos quiere decir, a propósito del misterio de su resurrección: “No me aparezco ahora en medio del mar porque ya no estoy con vosotros en el bullicio de las olas”. (Mt 14,25)

Por esto dice a los discípulos: “Cuando aún estaba entre vosotros ya os dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí...” (cf Lc 24,44) De aquí en adelante, ya no estaba con ellos de la misma manera. Estaba allí, apareciendo corporalmente a sus ojos, pero...su carne inmortal distaba mucho de sus cuerpos mortales. Su cuerpo en la orilla, cuando ellos todavía navegaban por el mar, indica bien a las claras que él había superado aquel modo de existencia, pero que no obstante estaba con ellos.
(San Gregorio Magno (c. 540-604), papa y doctor de la Iglesia, homilías sobre el Evangelio, nº 24)

 

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Santos Padres: San Agustín - La Iglesia militante y la Iglesia triunfante


1. Después de la narración del hecho en que Tomás, su discípulo, por las cicatrices de las llagas, que fue invitado a tocar en la carne de Cristo, vio lo que no quería creer y lo creyó, inserta el evangelista lo siguiente: "Otras muchas maravillas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Más todas estas cosas han sido escritas para que vosotros creáis que Jesús es el Cristo, Hijo de Dios vivo, a fin de que, creyéndolo, tengáis la vida en su nombre". Este capítulo parece indicar el final de este libro, pero en él se narra aún la manifestación del Señor junto al mar de Tiberíades, y cómo en la captura de los peces se recomienda el misterio de la Iglesia, y cómo ha de ser la futura resurrección de los muertos. Creo que contribuye a dar valor a esta recomendación el que esta conclusión sirviese de prólogo a la narración siguiente, para dejarla, en cierto modo, en un lugar más destacado. Comienza así esta narración: "Después se manifestó Jesús junto al mar de Tiberíades, y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo, y Natanael, que era de Cana de Galilea, y los hijos del Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Díceles Simón Pedro: Voy a pescar. Ellos le replican: Vamos también nosotros contigo".

2. Con ocasión de esta pesca de los discípulos suele preguntarse por qué Pedro y los dos hijos del Zebedeo volvieron al mismo oficio que tenían antes de ser llamados por el Señor, pues eran pescadores, cuando les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Entonces ellos, dejándolo todo, le siguieron para entregarse a su magisterio; mientras tanto, se alejaba de El aquel rico a quien había dicho: Vete, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme; por lo cual le dijo Pedro: Nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido. ¿Por qué, pues, ahora, como abandonando el apostolado, vuelven a ser lo que eran y vuelven a tomar lo que habían dejado, como olvidados de las palabras que habían escuchado: Nadie que ponga sus manos en el arado y mire para atrás es apto para el reino de los cielos? Si hubiesen hecho esto después de haber muerto Jesús y antes de haber resucitado de entre los muertos (lo cual no hubieran podido hacerlo entonces, porque el día que fue crucificado los tenía suspensos hasta la hora de la sepultura, que fue antes de las vísperas, y al día siguiente era sábado, en que la costumbre de sus padres no les permite trabajo alguno; y en el día tercero ya resucitó el Señor y les devolvió la esperanza, que habían comenzado a perder), si entonces lo hubieran hecho, pensaríamos que lo hicieron en virtud de aquella desesperación que se había apoderado de sus ánimos. Mas ahora, después de tenerle entre los vivos, después de la evidencia de su carne, vuelta a la vida y ofrecida a sus ojos y a sus manos, no sólo para que la viesen, sino también para que la tocasen y palpasen; después de haber visto los lugares de las llagas, hasta llegar a la confesión del apóstol Tomás, que había dicho que de otra manera no creería; después de haber recibido al Espíritu Santo por su insuflación; después de aquellas palabras pronunciadas por su boca en sus mismos oídos: Como mi Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros: a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos, repentinamente se hacen pescadores, no de hombres, sino de peces, como antes lo fueron.

3. A quienes por esto se turban, hay que responderles que no les fue prohibido agenciarse lo necesario por medio de un arte lícito y concedido, conservando la integridad de su apostolado, si no tenían otro recurso para obtener lo necesario para vivir. A no ser que a alguno se le ocurra pensar o decir que San Pablo no tuvo la perfección de aquellos que, dejando todas las cosas, siguieron a Cristo, porque, para no ser gravoso a ninguno de aquellos a quienes predicaba el Evangelio, él mismo con sus manos se procuraba su manutención, siendo así que más bien en él se cumplía lo que dice: He trabajado más que todos ellos; añadiendo: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo; de manera que a la gracia de Dios atribuye el poder entregarse en cuerpo y alma más que todos ellos al trabajo, hasta el punto de no cesar en la predicación del Evangelio, y, no obstante, no tener necesidad del Evangelio para sostener su vida, cuando con mayor extensión y fruto lo sembraba en tantas naciones que no habían oído el nombre de Cristo. Allí demuestra que a los apóstoles no les fue impuesta la obligación de vivir, es decir, de sacar del Evangelio su sostenimiento, sino que se le dio esa facultad. De esta facultad hace mención el Apóstol cuando dice: "Si nosotros hemos sembrado en vosotros bienes espirituales, ¿será mucho que recojamos vuestros bienes materiales? Si otros participan de vuestras haciendas, ¿no tenemos nosotros mayor derecho? Yo nunca he usado de este derecho". Y poco después añade: "Quienes sirven al altar, en el altar tienen su parte; y así ordenó el Señor a los predicadores del Evangelio que vivan del Evangelio: yo no he hecho uso de estas facultades". Queda, pues, bien claro que no fue un precepto, sino una facultad concedida a los apóstoles no vivir de otra cosa que del Evangelio; y de aquellos en quienes con la predicación del Evangelio sembraban bienes espirituales, recogiesen los materiales, esto es, lo necesario para su corporal sustento, y, como soldados de Cristo, recibiesen de sus proveedores la soldada. Con este motivo, este mismo soldado de Cristo había dicho poco antes acerca de esto: ¿Quién sirve en la milicia a sus propias expensas? Y esto es lo que él hacía, porque trabajaba más que todos. Si, pues, San Pablo, por no hacer uso, como ellos, de aquella facultad que le era común con los otros predicadores del Evangelio, sino para militar a sus expensas y no escandalizar a los gentiles, tan ajenos al nombre de Cristo, pareciéndoles venal su doctrina y teniendo él otra educación, aprendió oficios que no conocía para no ser gravoso a sus oyentes y vivir del trabajo de sus manos, ¿cuánto mejor San Pedro, que antes había sido pescador, volvió a ejercer lo que ya conocía, si en aquella ocasión no hallaba otro modo de procurarse el sustento?

4. Quizá alguno pudiera objetar: ¿Cómo es que no tenía, si el Señor lo había prometido, cuando dijo: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura? En esta ocasión cumplió Dios su promesa. Porque ¿quién reunió allí los peces que pescaron? Y puede pensarse que El los redujo a aquella penuria que los obligó a pescar, porque quería hacer a su vista aquel milagro, con el que, a la vez que daba el alimento a los predicadores de su Evangelio, recomendaba el mismo Evangelio con el misterio encerrado en el número de los peces. Y ahora, con el favor de Dios, voy a deciros algo sobre esta pesca.

5. Dice Simón Pedro: Voy a pescar. Dícenle quienes con él estaban: Vamos también nosotros contigo. Salieron y subieron a la barca, y en aquella noche no pescaron nada. Hecha ya la mañana, se presentó Jesús en la playa, sin conocer los discípulos que era Jesús. Díceles, pues, Jesús: Muchachos, ¿tenéis algo para comer? Respondiéronle: No. Les dice: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, y no podían arrastrar la red por la cantidad de peces. Dice entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús a Pedro: Es el Señor. Pedro, habiendo oído que era el Señor, se vistió la túnica, porque estaba desnudo, y se lanzó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca (porque no estaban lejos de la tierra, como unos doscientos codos) arrastrando la red con los peces. Luego que tomaron tierra, vieron unas brasas preparadas y sobre ellas un pez, y un pan. Díceles Jesús: Traed de los peces que habéis cogido ahora. Subió Simón Pedro y arrastró la red a la tierra con ciento cincuenta y tres peces de gran tamaño. Y, con ser tantos, no se rompió la red.

6. Este es el gran misterio en el gran Evangelio de San Juan, y para más encarecerlo, escrito en el último lugar. El haber sido siete los discípulos que tomaron parte en esta pesca: Pedro, Tomás, Natanael, los dos hijos del Zebedeo y otros dos cuyos nombres calló, con su número septenario, indican el fin del tiempo. Todo el tiempo da vueltas en los siete días. A esto se refiere el estar Jesús en la playa ya hecha la mañana, porque la playa es el término del mar, y así significa el fin del tiempo, representado también por la extracción de la red hacia la tierra, esto es, hacia la playa por Pedro. Lo cual explicó el mismo Señor cuando expuso la parábola de la red lanzada al mar, y la traen, dice, al litoral. Y exponiendo el significado del litoral, dice: Así será el fin del tiempo.

7. Más aquélla era una parábola por vía de ejemplo: no era un hecho. Con este hecho quiso el Señor dar a entender cómo será la Iglesia en el fin del tiempo; y con aquella parábola, cómo es la Iglesia en el tiempo presente. Por haber dicho aquélla al principio de su predicación y haberse ejecutado esta pesca después de su resurrección, dio a entender que aquella captura de peces significaba a los buenos y a los malos que ahora hay en la Iglesia, y ésta representa solamente a los buenos, que tendrá siempre al fin del mundo y después de la resurrección de los muertos. En aquélla, finalmente, Jesús no estaba de pie en la playa, como en ésta, cuando mandó pescar, sino que, subiendo a una de las naves, que era la de Simón Pedro, le rogó que la retirase un poco de la tierra, y, sentándose en ella, enseñaba a las turbas. Cuando cesó de hablar, dijo a Simón: Rema hacia adentro y lanzad las redes para pescar. Lo que entonces pescaron, fue recogido en las naves, no como ahora, que fue extraída la red hacia la tierra. Por estas señales y otras que quizá puedan hallarse, aquélla representaba a la Iglesia en este mundo, y ésta a la Iglesia en el fin del mundo. Por eso aquélla tuvo lugar antes y ésta después de la resurrección del Señor, porque en aquélla representó Cristo nuestra vocación, y en ésta nuestra resurrección. Allí no se lanza la red, ni a la derecha, para no significar solamente a los buenos, ni a la izquierda, para no entender solamente a los malos; sino de un modo general: Lanzad, dice, las redes para pescar, dando a entender que están mezclados los buenos con los malos; más aquí dice: Echad la red a la derecha de la nave, para significar que a la derecha estaban solamente los buenos. Allí la red se rompía, recordando los cismas; más aquí, como entonces no habrá cismas en aquella paz suma de los santos, tuvo el evangelista cuidado de anotar que, siendo tantos, es decir, tan grandes, no se rompió la red; como acordándose de cuando se rompió, y encareciendo este bien en comparación de aquel mal. En aquélla fue tan grande la multitud de peces, que, llenas las dos naves, se sumergían, esto es, amenazaban sumergirse; no se hundieron, pero estaban en peligro. ¿De dónde hay tantos males en la Iglesia, sino de que no es posible hacer frente a la avalancha que para hundir la disciplina entra en sus costumbres, enteramente opuestas al camino de los santos? En ésta lanzaron la red a la derecha de la nave y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. ¿Qué significa que no podían arrastrarla sino que los que pertenecen a la resurrección de la vida, esto es, a la derecha, y terminan su vida dentro de las redes del nombre cristiano, no aparecerán sino en la playa, es decir, cuando hayan resucitado en el fin del mundo? Por eso no fueron capaces de arrastrar las redes y descargar en la embarcación los peces cogidos, como hicieron con los otros, que rompieron las redes y pusieron en peligro a las naves. A estos que salen de la derecha los guarda la Iglesia en el sueño de la paz, después de salir de esta vida mortal, como escondidos en lo profundo, hasta que llegue a la playa adonde es arrastrada como a unos doscientos pasos. Lo que allí era representado por las dos naves, es decir, la circuncisión y el prepucio, creo que aquí está representado por los doscientos codos en atención a las dos clases de elegidos, ciento de la circuncisión y ciento del prepucio, porque el número, sumadas las centenas, pasa a la derecha. Finalmente, en aquella pesca no se expresa el número de los peces, como si allí se verificase lo que dice el profeta: Prediqué y hablé y se multiplicaron sin número; más aquí no excede ninguno del número, que se fija en ciento cincuenta y tres. Con la ayuda del Señor os daré la razón de este número.

8. Si quisiéramos representar a la Ley por un número, ¿cuál sería sino el diez? Sabemos muy bien que el decálogo de la Ley, esto es, aquellos diez conocidísimos mandamientos, fueron primeramente escritos por el dedo de Dios en dos tablas de piedra. La Ley, sin la ayuda de la gracia, da origen a los prevaricadores, y se queda sólo en la letra. Por esto principalmente dice el Apóstol: La letra mata, más el espíritu vivifica. Júntese el espíritu a la letra para que la letra no mate a quien el espíritu no da vida. Cumplamos los preceptos de la Ley, apoyados no en nuestros méritos, sino en la gracia del Salvador. Cuando a la Ley se une la gracia, es decir, el espíritu a la letra, se añaden siete al número diez. Y que este número septenario significa al Espíritu Santo, lo atestiguan documentos de las Sagradas Escrituras dignos de consideración. La santidad o santificación pertenecen propiamente al Espíritu Santo; y así, siendo Espíritu el Padre y Espíritu el Hijo, porque Dios es Espíritu; y siendo Santo el Padre y Santo el Hijo, el nombre propio del Espíritu de ambos es Espíritu Santo. Y ¿dónde por primera vez sonó en la Ley la palabra santificación sino en el séptimo día? No santificó el día primero, en que creó la luz; ni el segundo, en que creó el firmamento; ni el tercero, en que separó el mar de la tierra, y la tierra brotó las plantas y los árboles; ni el cuarto, en el cual fueron hechos los astros; ni el quinto, en el cual dio el ser a los animales que viven en las aguas y vuelan por los aires; ni el sexto, en que creó los animales que pueblan la tierra y al mismo hombre; sólo santificó al día séptimo, en el cual descansó de todas sus obras. Convenientemente, pues, el número séptimo representa al Espíritu Santo. Asimismo, el profeta Isaías dice: Reposará en mí el espíritu del Señor. Y a continuación, recomendándolo bajo una operación o don septenario, añade: Espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y le llenará el Espíritu del temor de Dios. Y en el Apocalipsis, ¿no se mencionan los siete espíritus de Dios, no siendo más que un solo Espíritu, que reparte a cada uno sus dones cómo quiere? Esta operación septenaria fue así llamada por el mismo Espíritu, que asistía al escritor para mencionar a los siete espíritus. Uniéndose, pues, a la Ley el Espíritu Santo con el número septenario, se forma el número diecisiete; y este número, creciendo con la suma de todos los números que lo componen, da la suma de ciento cincuenta y tres. Así, si a uno le añades dos, dan tres; si a tres le sumas tres y cuatro, son diez; y si después vas añadiendo los números siguientes hasta diecisiete, se llega al número antes dicho; esto es, si a diez, formado por el tres y cuatro a partir del uno, le añades cinco, son quince; súmale seis, y tienes veintiuno; a éste añádele siete, y tendrás veintiocho; súmale sucesivamente ocho, nueve y diez, y serán cincuenta y cinco; añade ahora once, doce y trece, y tendrás noventa y uno; vuelve a sumarle catorce, quince y dieciséis, y sumarán ciento treinta y seis; a éste añádele el que queda, y del cual tratamos, que es el diecisiete, y se completará el número de los peces. Mas no quiere decir esto que sólo ciento cincuenta y tres justos han de resucitar a la vida eterna, sino todos los millares de santos que pertenecen a la gracia del Espíritu Santo. Esta gracia hace como un convenio con la Ley de Dios, como con un adversario, para que, dando vida el espíritu, no mate la letra, antes con la ayuda del espíritu sea cumplida la letra, y si en algo no se cumple, sea perdonado. Cuantos pertenecen a esta gracia son figurados por este número, es decir, son significados figurativamente. Ese número incluye además tres veces al quincuagenario, y tres más por el misterio de la Trinidad. El cincuenta se forma multiplicando siete por siete y añadiéndole uno, porque siete por siete son cuarenta y nueve. Y se le añade uno para indicar que es uno el que se manifiesta a través de las siete operaciones; y sabemos que el Espíritu Santo, cuya venida fue ordenado a los discípulos esperar, fue enviado cincuenta días después de la resurrección del Señor.

9. No de balde, pues, se dijo de estos peces que fueron tantos y tan grandes, esto es, ciento cincuenta y tres, y grandes. Y arrastró hasta la tierra la red con ciento cincuenta y tres grandes peces. Porque, habiendo dicho el Señor: No vine a abolir la Ley, sino a cumplirla, y debiendo dar al Espíritu Santo poder cumplirla, como sumando siete a los diez, interpuestas algunas pocas palabras, dijo: Quien desatare el más pequeño de estos preceptos y así lo enseñare a los hombres, éste será llamado mínimo en el reino de los cielos; mas quien los cumpla y enseñe a cumplirlos, será grande en el reino de los cielos. Ese mínimo que con su ejemplo destruye lo que dice con sus palabras, puede representar a la Iglesia, significada en aquella primera pesca, compuesta de los buenos y de los malos, pues a ella se la llama reino de los cielos; y así dice: El reino de los cielos es semejante a la red lanzada a la mar, que recoge toda clase de peces. Donde quiere incluir a los buenos y a los malos, que después en el litoral, esto es, en el fin del mundo, serán separados. Finalmente, para hacernos ver que estos mínimos son los réprobos, que predican el bien con la palabra y lo destruyen con su mala vida, y que no sólo como mínimos, sino que en manera alguna han de estar en el reino de los cielos; después de decir: Será llamado mínimo en el reino de los cielos, añade en seguida: Os digo que, si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Esos son los verdaderos escribas y fariseos, que se sientan en la cátedra de Moisés, de los cuales dice: Haced lo que dicen, mas no hagáis lo que ellos hacen, -porque dicen y no hacen; enseñan con sus predicaciones lo que deshacen con sus costumbres. Y, por consiguiente, quien es mínimo en el reino de los cielos, como entonces será la Iglesia, no entrará en el reino de los cielos, cual entonces será la Iglesia; porque, enseñando lo que no pone en práctica, no pertenecerá a la compañía de los que hacen lo que enseñan, y, por lo tanto, no estará en el número de los peces grandes, pues quien cumple y enseña a cumplir, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Y porque éste será grande, estará allí donde el mínimo no podrá estar. Allí serán tan grandes, que el menor de ellos es mayor que el más grande de acá. Sin embargo, quienes acá son grandes, es decir, en el reino de los cielos, donde la red coge a los buenos y a los malos, y hacen lo que enseñan, en aquella eternidad del reino de los cielos serán mayores, perteneciendo a la derecha y a la resurrección de la vida, significados por los peces de esta pesca. Sigue ahora la narración de la comida del Señor con los siete discípulos y de las palabras que dijo después de la comida y la conclusión de este Evangelio. De todo ello trataremos, si Dios nos lo permite; mas no he de abreviarlo en este sermón.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 122, 1-9, BAC Madrid 1965, pp. 606-618)



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - El amor como condición de autoridad


Después de lo sucedido en Jerusalén durante la semana de la pascua, los apóstoles regresaron a sus hogares de origen, particularmente a orillas del lago de Galilea, tan lleno para ellos de tiernos recuerdos. Mientras estaban pescando, el Señor les había llamado para que fueran «pescadores de hombres». Galilea sería ahora el teatro del último milagro del Señor, tal como lo había sido del primero, cuando convirtió el agua en vino. En la primera ocasión no había «vino»; en esta última no había «pescado». En ambas nuestro Señor formuló un mandato: en Caná, que fueran a llenar las tinajas; en Galilea, que echaran las redes al lago. En uno y otro caso el resultado fue abundancia de vino y de pescado respectivamente; Caná tuvo sus seis tinajas de agua llenas del vino de la mejor calidad, y fue servido al final de todo; Galilea tuvo repletas sus redes de pescado.

Los apóstoles que se hallaban en el lago eran esta vez Simón Pedro, nombrado, como siempre, el primero; a continuación, sin embargo, se menciona a Tomás, quien ahora, después de haber confesado que Cristo era el Señor y Dios, permanecía junto al que fue nombrado jefe de los apóstoles. También se encontraba con ellos Natanael de Caná de Galilea; e igualmente Santiago y Juan y otros dos discípulos. Es de notar que Juan, que en otro tiempo tuvo barca propia, ahora estaba en la de Pedro. Éste, asumiendo la iniciativa e inspirando a los otros, dijo: “Yo voy a pescar”. Le dicen ellos: “Nosotros también vamos contigo”. Jn 21, 3

Aunque habían estado afanándose toda la noche, no pescaron nada. Al clarear, vieron a nuestro Señor en la playa, pero no conocieron que era Él. Era la tercera vez que se acercaba a ellos como un desconocido a fin de despertar en ellos espontáneamente su afecto. Aunque lo suficientemente cerca de la playa para dirigirse a Él, al igual que los discípulos de Emaús, no lograron discernir su persona ni reconocieron su voz, tan envuelto en gloria estaba su cuerpo resucitado. Él estaba en la playa y ellos en el lago. Nuestro Señor les habló, diciéndoles: “Hijos, ¿tenéis algo de comer?”. Le respondieron:

“No”. Y Él les respondió: “Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis”. Jn 21,5 s

Los apóstoles debieron de acordarse de otra vez en que nuestro Señor les había mandado echar la red al agua, aunque sin especificar si a la derecha o a la izquierda de la barca. Entonces nuestro Señor estaba en la barca, ahora se hallaba en la playa. Habían terminado para él las agitaciones del mar de la vida. En seguida, obedeciendo al mandato divino, tuvieron tanta suerte en el trabajo, que les era imposible sacar la red debido a la gran cantidad de peces que con ella habían atrapado. En el primer milagro de pesca, efectuado durante la vida pública de Jesús, las redes se rompieron; asustado Pedro ante aquel milagro, dijo a nuestro Señor que se apartara de él, porque era hombre pecador. La misma abundancia de la misericordia divina le hacía darse cuenta de su propia insignificancia. Pero en esta otra pesca milagrosa los discípulos se sintieron fuertes, pues Juan dijo en seguida a Pedro: “Es el Señor”. Jn 21, 7

Tanto Pedro como Juan seguían siendo fieles a sus respectivos caracteres; así como Juan había sido el primero en llegar a la tumba vacía aquella mañana de pascua, Pedro fue el primero en entrar en ella; así como Juan fue el primero en creer que Cristo había resucitado, Pedro fue el primero en saludar al resucitado Señor; así como Juan fue el primero en ver desde la barca al Señor, Pedro fue el primero en zambullirse y correr a postrarse a sus pies. Desnudo como estaba en la barca, ciñóse rápidamente su túnica, renunció a toda comodidad personal, abandonó todo compañerismo humano y ansioso salvó a nado la distancia que le separaba del Maestro. Juan poseía mayor discernimiento espiritual, Pedro poseía mayor iniciativa. Juan fue quien aquella noche de la última cena estuvo reclinado en el pecho del maestro; fue él mismo quien, el único, estuvo al pie de la cruz, y a su cuidado le fue confiada la madre de Jesús; ahora también era el primero en reconocer al Señor, que se hallaba en la playa. Una vez, cuando nuestro Señor caminaba sobre las aguas, yendo en dirección a la barca, Pedro no pudo aguardar a que el Maestro llegara hasta él, y le pidió que le dejara caminar también a él sobre las aguas. Ahora nadaba hacia la playa después de ceñirse la túnica por respeto al Salvador.

Los otros seis permanecieron en la barca. Al llegar a la playa, vieron fuego encendido y un pescado puesto a asar, y pan, que les había preparado el Señor, compasivo. El Hijo de Dios estaba preparando una comida para Sus pobres pescadores; debió de recordarles el pan y los peces que había multiplicado cuando anunció que Él mismo era el Pan de Vida. Después de haber sacado la red y contado los ciento cincuenta y tres peces que habían pescado, se convencieron de que se trataba del Señor. Los apóstoles comprendieron que, habiéndolos llamado Jesús pescadores de hombres, aquella abundante pesca simbolizaba los fieles que al fin serían introducidos en la barca de Pedro.

Al principio de su vida pública, a orillas del Jordán, Cristo les había sido designado como el «Cordero de Dios»; ahora que se disponía a dejarlos, Él aplicaba este título a los que habrían de creer en Él. Él, que se había llamado a sí mismo el Buen Pastor, daba ahora a otros el poder de ser pastores. La escena que sigue tuvo efecto después de haber comido. De la misma manera que les dio la eucaristía después de cenar y el poder de perdonar pecados después de haber comido con ellos, también ahora, después de compartir con ellos el pan y el pescado, se volvió hacia uno que le había negado tres veces y le pidió una triple afirmación de amor. La confesión del amor debe preceder al acto de conferir la autoridad; autoridad sin amor es tiranía.

“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas tú más que éstos?”. Jn 21, 15

Era como si le preguntara: « ¿Me amas con aquel amor natural que es el distintivo de un mayoral?» Una vez Pedro había presumido de amar mucho al Maestro, diciéndole durante la noche de la última cena que, aun cuando todos los otros se escandalizaran de Él, él no le negaría nunca. Ahora Jesús interpelaba a Pedro con el nombre de Simón, hijo de Jonás, es decir, su nombre original. De esta manera nuestro Señor le recordaba su pasado, de cuando era hombre natural, pero especialmente le hacía memoria de su caída o negación. Había estado viviendo más bien conforme a la naturaleza que a la gracia. El nombre encerraba asimismo otra intención: la de recordar a Pedro que había confesado de manera gloriosa al Hijo de Dios, por lo cual éste le había dicho: «Bienaventurado, Simón, hijo de Jonás», y le dijo que era la Roca sobre la cual edificaría su Iglesia.

En respuesta a la pregunta que el Señor le hizo sobre si le amaba, dijo Pedro:

“¡Señor, tú sabes que te quiero!” Dícele: “Apacienta mis corderos”. Jn 21, 15

Pedro ya no pretendía ahora amar más que sus compañeros al Señor, puesto que los otros seis apóstoles estaban allí presentes. En el texto original griego, la palabra que nuestro Señor usó para indicar el verbo amar no era la misma que empleó Pedro en su respuesta; la palabra de Pedro indicaba un sentimiento más bien humano. Pedro no aprehendió todo el significado que las palabras de nuestro Señor encerraban, y que se referían a la clase más elevada de amor. En su desconfianza de sí mismo, Pedro afirmó solamente un amor natural. Habiendo hecho del amor la condición del servicio debido a Él, el Señor resucitado dijo ahora a Pedro:

«Apacienta mis corderos». El hombre que más bajo había caído y más había aprendido por medio de su propia flaqueza era ciertamente el mejor capacitado para fortalecer a los débiles y apacentar a los corderos.

Tres veces repitió Jesús a Pedro su nombramiento como vicario suyo sobre la tierra. La negación de Pedro no había cambiado el decreto divino de hacer de él la Roca de la Iglesia, puesto que nuestro Señor hizo a continuación la segunda y la tercera preguntas:

“Y le dijo por segunda vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Pedro le dice: “¡Sí, Señor, tú sabes que te amo!” Dícele: “Pastorea mis ovejas”.

Le dice por tercera vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Contristóse Pedro de que le hubiera dicho la tercera vez: ¿Me amas? Y le dijo: “¡Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que yo te amo!” Jn 21, 16 ss

La palabra griega original usada por nuestro Señor en la segunda pregunta encerraba el significado de amor sobrenatural, pero Pedro usó la misma palabra que antes, y que significaba un amor natural. En la tercera pregunta, nuestro Señor usó la misma palabra que empleara Pedro la primera vez, a saber, la palabra que indicaba solamente un afecto natural. Era como si el divino Maestro estuviera corrigiéndose a sí mismo con objeto de encontrar una palabra más apropiada a Pedro y al carácter de éste. Tal vez el que Jesús usara la misma palabra que él había usado en su respuesta fuera lo que más confuso y triste le dejó.

En su respuesta a la tercera pregunta, Pedro omitió su afirmación de amor, pero confesó la omnisciencia del Señor. En el griego original, la palabra que Pedro usó al decir al Señor que lo sabía todo implicaba un conocimiento por visión divina. Cuando Pedro dijo al Señor que éste sabía que él le amaba, la palabra griega que usó indicaba solamente conocimiento por observación directa. A medida que Pedro descendía peldaño a peldaño la escala de la humillación, peldaño a peldaño fue siguiéndole el Señor asegurándole la obra para la cual estaba destinado.

Nuestro Señor había dicho de sí mismo: «Yo soy la Puerta». A Pedro le había dado las llaves y la función de portero. La función del Salvador como pastor visible sobre el visible rebaño estaba tocando a su fin. Transfirió esta función al mayoral, antes de retirar su presencia visible al trono del cielo, donde sería la cabeza y pastor invisible.

El pescador galileo fue promovido a la jefatura y primacía de la Iglesia. Era el primero de todos los apóstoles en toda lista de los apóstoles. No sólo se nombraba siempre a él el primero, sino que tenía siempre la precedencia en el obrar; fue el primero en dar testimonio de la divinidad del Señor; y el primero de los apóstoles que testificó que Cristo había resucitado de entre los muertos. Como el mismo Pablo dijo, el que primero vio al Señor fue Pedro; después de la venida del Espíritu en Pentecostés, el primero en predicar el evangelio a sus semejantes fue Pedro. En la naciente Iglesia fue él el primero que desafió la ira de los perseguidores; el primero entre los doce que recibió a los gentiles creyentes en el Seno de la Iglesia, y el primero de quien se predijo que padecería muerte de martirio por la causa de Cristo.

Durante su vida pública, cuando nuestro Señor dijo a Pedro que éste era una roca sobre la que Él edificaría su Iglesia, el Maestro le profetizó que sería crucificado y resucitaría luego. Entonces Pedro trató de disuadirle de que muriera en la cruz. En reparación de aquella tentación, que nuestro Señor calificó de satánica, ahora, después de haber dado a Pedro la misión, con plena autoridad, de que gobernara sus corderos y ovejas, el Señor le predijo que él mismo moriría también en una cruz. Era como si Jesús dijera a Pedro: «Tendrás una cruz como la cruz en que a mí me clavaron, y de la que tú querías apartarme, impidiéndome, por lo tanto, mi entrada en la gloria. Ahora has de aprender lo que realmente significa amar. Mi amor es la antesala de la muerte. Yo te amaba; por esto me mataron; por el amor que tú me tienes, también te matarán a ti. Yo dije una vez que el Buen Pastor daba la vida por sus ovejas; ahora tú eres el pastor que ocupa mi lugar; por lo tanto, tú recibirás el mismo galardón por tus trabajos que yo recibí por el mío... los maderos de la cruz, cuatro clavos y, luego, la vida eterna».

“En verdad, en verdad te digo que, cuando eras joven, te ceñías tú mismo, y andabas por donde querías; mas cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá, y te llevará a donde tú no quieras”. Jn 21,18

Aunque en los días de su juventud fue impulsivo y obstinado, sin embargo, al llegar a la vejez Pedro glorificaría al Maestro muriendo en una cruz. A partir de Pentecostés, Pedro fue llevado a donde no quería ir. Fue obligado a abandonar la Ciudad Santa, donde le esperaban la cárcel y la espada. Luego fue conducido por su divino Maestro a Samaria, y a la casa del pagano Cornelio; después fue conducido a Roma, la nueva Babilonia, donde se vio confortado por los cristianos que no pertenecían a los de la dispersión judía y a los que Pablo había llevado al redil de la Iglesia. Finalmente fue llevado a una cruz y murió mártir en la colina del Vaticano. Pidió que le crucificaran cabeza abajo, por considerarse indigno de morir de la misma manera que el Maestro. Siendo como era la Roca, era propio que fuera enterrado en aquel lugar, como verdadero fundamento de la Iglesia.

Así, el hombre que siempre trataba de apartar al Señor de la cruz fue el primero de los apóstoles en subir a ella. La cruz a la que murió abrazado redundó más en gloria del Salvador que todo el celo y vehemencia de que hacía gala en sus años mozos. Cuando Pedro no comprendía aún que la cruz significaba redención del pecado, ponía su propia muerte delante de la del Maestro, diciendo que aunque los otros no le defendieran él le defendería siempre. Ahora Pedro veía claramente que sólo a la luz de la cruz del Calvario tenía significado y trascendencia la cruz que él abrazaría un día. Hacia el fin de su vida Pedro vería ante sí la cruz y escribiría:

“Sabiendo, como además nuestro Señor Jesucristo me lo ha manifestado, que próximo está el abandono de mi tienda. Mas emplearé mi celo para que en toda ocasión después de mi partida podáis conservar en la memoria estas cosas. Porque no fuimos seguidores de ingeniosas fábulas cuando os hicimos conocer el poder y advenimiento de nuestro Señor Jesucristo, sino que fuimos testigos de vista de su majestad”. 2 Pe 1, 14-16.
(MONS. FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Herder, Barcelona, 1959, pp. 473-478)



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Apliciación: Papa Francisco - La experiencia tan fuerte de Cristo les hacía ver las persecuciones como motivo de honor

 
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!:

Querría detenerme brevemente en la página de los Hechos de los Apóstoles que se lee en la Liturgia de este tercer domingo de Pascua. Este texto refiere que la primera predicación de los apóstoles en Jerusalén llenó la ciudad de la noticia de que Jesús verdaderamente había resucitado, según las Escrituras, y era el Mesías anunciado por los profetas. Los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad trataron de truncar nada más nacer a la comunidad de los creyentes en Cristo e hicieron apresar a los apóstoles, ordenándoles que no enseñaran más en su nombre. Pero Pedro y los otros Once respondieron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús… lo ha elevado a su derecha como cabeza y salvador… Y de estos hechos somos tesigos nosotros y el Espíritu Santo" (Hechos 5,29-32). Entonces hicieron flagelar a los apóstoles y les ordenaron de nuevo que no hablaran más en el nombre de Jesús. Y ellos se fueron, como dice la Escritura, "contentos de haber sido juzgados dignos de sufrir ultrajes en el nombre de Jesús" (v. 41).

Yo me pregunto: ¿dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para este testimonio suyo? No solo: de dónde les venían la alegría y el coraje del anuncio, a pesar de los obstáculos y los malos tratos? No olvidemos que los apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la ley, ni pertenecientes a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus límites y perseguidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza (cfr Hechos 5,28)? Está claro que solo la presencia con ellos del Señor Resucitado y la acción del Espíritu Santo pueden explicar este hecho. El Señor que estaba con ellos y el Espíritu que les impulsaba a la predicación explican este hecho extraordinario. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Cristo muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada ni de nadie, e incluso veían las persecuciones como un motivo de honor, que les permitía seguir las huellas de Jesús y asemejarse a El, testimoniando con la vida.

Esta historia de la primera comunidad cristiana nos dice una cosa muy importante, que vale para la Iglesia de todos los tiempos, también para nosotros: cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en El, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de su Resurrección, y no puede dejar de comunicar esta experiencia. Y si esta persona encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y con la fuerza de la verdad.

Rezando juntos el Regina Caeli, pidamos la ayuda de María Santísima para que la Iglesia en todo el mundo anuncie con franqueza y coraje la Resurrección del Señor y dé válido testimonio de ella con signos de amor fraterno. El amor fraterno es el testimonio más cercano que podemos dar de que Jesús está con nosotros vivo, que Jesús ha resucitado. Oremos en modo particular por los cristianos que sufren persecución; en este tiempo hay tantos cristianos que sufren persecución, tantos, tantos, en tantos países: recemos por ellos, con amor, desde nuestro corazón. Que sientan la presencia viva y confortadora del Señor Resucitado.

Después de algunos saludos particulares, el papa deseó: "¡A todos vosotros buen domingo y buen almuerzo!"
(Papa Francisco, 14 de abril de 2013, Regina Cæli)

 

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Aplicación: Beato Juan Pablo II - LA PASCUA (18 de Abril de 2001)

1. La tradicional audiencia general del miércoles hoy se ve inundada por la alegría luminosa de la Pascua. En estos días la Iglesia celebra con júbilo el gran misterio de la Resurrección. Es una alegría profunda e inextinguible, fundada en el don, que nos hace Cristo resucitado, de la Alianza nueva y eterna, una alianza que permanece porque él ya no muere más. Una alegría que no sólo se prolonga durante la octava de Pascua, considerada por la liturgia como un solo día, sino que se extiende a lo largo de cincuenta días, hasta Pentecostés. Más aún, llega a abarcar todos los tiempos y lugares.

 

Durante este período, la comunidad cristiana es invitada a hacer una experiencia nueva y más profunda de Cristo resucitado, que vive y actúa en la Iglesia y en el mundo.

 

2. En este espléndido marco de luz y alegría propias del tiempo pascual, queremos detenernos ahora a contemplar juntos el rostro del Resucitado, recordando y actualizando lo que no dudé en señalar como "núcleo esencial" de la gran herencia que nos ha dejado el jubileo del año 2000. En efecto, como subrayé en la carta apostólica Novo millennio ineunte, "si quisiéramos descubrir el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja la experiencia jubilar, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Cristo (...), acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (n. 15).

 

Como en el Viernes y en el Sábado santo contemplamos el rostro doloroso de Cristo, ahora dirigimos nuestra mirada llena de fe, de amor y de gratitud al rostro del Resucitado. La Iglesia, en estos días, fija su mirada en ese rostro, siguiendo el ejemplo de san Pedro, que confiesa a Cristo su amor (cf. Jn 21, 15-17), y de san Pablo, deslumbrado por Jesús resucitado en el camino de Damasco (cf. Hch 9, 3-5).

 

La liturgia pascual nos presenta varios encuentros de Cristo resucitado, que constituyen una invitación a profundizar en su mensaje y nos estimulan a imitar el camino de fe de quienes lo reconocieron en aquellas primeras horas después de la resurrección. Así, las piadosas mujeres y María Magdalena nos impulsan a llevar solícitamente el anuncio del Resucitado a los discípulos (cf. Lc 24, 8-10, Jn 20, 18). El Apóstol predilecto testimonia de modo singular que precisamente el amor logra ver la realidad significada por los signos de la resurrección: la tumba vacía, la ausencia del cadáver, los lienzos funerarios doblados. El amor ve y cree, y estimula a caminar hacia Aquel que entraña el pleno sentido de todas las cosas: Jesús, que vive por todos los siglos.

 

3. En la liturgia de hoy la Iglesia contempla el rostro del Resucitado compartiendo el camino de los dos discípulos de Emaús. Al inicio de esta audiencia, hemos escuchado un pasaje de esta conocida página del evangelista san Lucas.

 

Aunque sea con dificultad, el camino de Emaús lleva del sentido de desolación y extravío a la plenitud de la fe pascual. Al recorrer este itinerario, también a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje. Durante el trayecto, Jesús se nos acerca, se une a nosotros en el punto donde nos encontramos y nos plantea las preguntas esenciales que devuelven al corazón la esperanza. Tiene muchas cosas que explicar a propósito de su destino y del nuestro. Sobre todo revela que toda existencia humana debe pasar por su cruz para entrar en la gloria. Pero Cristo hace algo más: parte para nosotros el pan de la comunión, ofreciendo la Mesa eucarística en la que las Escrituras cobran su pleno sentido y revelan los rasgos únicos y esplendorosos del rostro del Redentor.

 

4. Después de reconocer y contemplar el rostro de Cristo resucitado, también nosotros, como los dos discípulos, somos invitados a correr hasta el lugar donde se encuentran nuestros hermanos, para llevar a todos el gran anuncio: "Hemos visto al Señor" (Jn 20, 25).

 

"En su resurrección hemos resucitado todos" (Prefacio pascual II): he aquí la buena nueva que los discípulos de Cristo no se cansan de llevar al mundo, ante todo mediante el testimonio de su propia vida. Este es el don más hermoso que esperan de nosotros nuestros hermanos en este tiempo pascual.

 

Por eso, dejémonos conquistar por el atractivo de la resurrección de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a gustar plenamente la alegría pascual: una alegría que, según la promesa del Resucitado, nadie podrá arrebatarnos y no tendrá fin (cf. Jn 16, 23).

 

 

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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - La pesca escatológica y la triple afirmación de Pedro


El evangelio de este domingo nos refiere la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos, junto al mar de Galilea. Posiblemente pocos pasajes evangélicos guarden tan profundo sentido simbólico como el que se encubre en este episodio, en donde se hace patente la clásica fórmula de San Ambrosio: "Los hechos del Verbo son también verbos".


1. Las dos pescas milagrosas

Notemos, en primer lugar, el hecho destacable de la repetición del milagro de la pesca abundante. Como dice el Padre Castellani, cuando Cristo repite un gesto, allí se encierra un misterio. Así, dos son las pescas maravillosas consignadas en los Evangelios, una durante la vida pública de Nuestro Señor (Lc. 5, 4-11), junto a la reiteración del llamado de los Apóstoles, y la segunda durante los cuarenta días en que Jesús resucitado se manifestó a sus discípulos.

Siguiendo a San Agustín, que predicó numerosos sermones sobre este tema, podemos decir que la primera pesca simboliza a la Iglesia de este siglo, y la segunda a la Iglesia después de la resurrección, o sea la Iglesia militante y la Iglesia triunfante en su plenitud.

Las dos pescas tienen rasgos similares y profundas diferencias. En la primera, Cristo manda echar las redes sin discriminación alguna; en la segunda, ordena arrojarlas a la derecha: la Iglesia de este siglo contiene en su seno a buenos y malos, trigo y cizaña; la Iglesia del siglo futuro contendrá sólo buenos, ya que la derecha significa escatológicamente la salvación.

Este simple hecho da pie a San Agustín para ofrecer profundas reflexiones sobre la realidad de la Iglesia en su faz temporal, preñadas de sinceridad y realismo, que pueden proporcionarnos gran consuelo en momentos de borrasca y de desorientación dentro de la Iglesia. Es esencial a la Iglesia militante el estar formada por buenos y malos. Por eso, como dice el santo, "al echar las redes no se nombra la derecha para que no se piense que son todos buenos, ni la izquierda para que no se entienda que hay sólo malos; en consecuencia hay mezcla de buenos y malos".

Además, en la primera pesca, las dos barcas (que según el doctor de Hipona simbolizan la circuncisión y el prepucio, el pueblo judío y el gentil) casi se hunden por la cantidad de peces, y las redes se rompen: signos claros de las herejías y cismas dentro de la Iglesia, y de sus trastornos y conmociones, que a veces parecen casi hundirla. Como dice San Pablo, "es necesario que haya herejías", para que mejor resplandezca la verdad. Nunca la defección ni la apostasía deberían asombrarnos ni escandalizarnos; son parte de la realidad de la Iglesia en su condición de peregrina de los siglos y expresión de las profundas consecuencias del pecado original que precisamente ella está para contrarrestar.

Por fin, en la primera pesca no se cuentan los peces, mientras que en la segunda se hace mención cuidadosa de su número: ciento cincuenta y tres peces grandes. Este guarismo da ocasión a San Agustín para proponer una de sus acostumbradas interpretaciones alegóricas basada en los números. Ciento cincuenta y tres, dice, es el resultado de sumar los diecisiete primeros números, y diecisiete es la suma del número diez y del número siete. Pues bien, el diez representa la Ley (los diez mandamientos) y el siete el Espíritu Santo (sus siete dones). Por lo tanto, concluye, el número ciento cincuenta y tres es un símbolo de la necesidad de la gracia, del Espíritu Santo, para el cumplimiento de la Ley, o sea, de los mandamientos: "Reconoce, pues, la Ley en el diez, y el Espíritu Santo en el siete. Súmese a la Ley el Espíritu, puesto que si recibes la Ley y te falta la ayuda del Espíritu, no cumples lo que lees, no cumples lo que se te ordena... Esos son los santos: los que cumplen la Ley de Dios con el auxilio de Dios".

Sin embargo, por ingeniosa que sea esta exégesis, no parece expresar satisfactoriamente el significado oculto en el símbolo del número ciento cincuenta y tres que, como nota el Padre Castellani, San Jerónimo sí dilucidó por haber vivido en Palestina: para los pescadores del lugar, ciento cincuenta y tres era el número de todas las especies de peces. Y aquí sí ya se ve con claridad el significado de este misterioso número: la segunda pesca, escatológica, significa que la Iglesia Triunfante, la Jerusalén Celestial, estará habitada por gentes de todas las naciones, razas, clases y condiciones. Y serán "peces grandes": la grandeza de los santos del Cielo, que llegarán a hacer compañía a los mismos coros angélicos.


2. El Primado de Pedro

El texto evangélico incluye asimismo un expresivo diálogo del Señor con Pedro. Ya anteriormente Cristo le había prometido a Simón hacerlo piedra, o sea fundamento de su Iglesia; aquí le confiere el primado de una manera bastante singular. Como a nadie se le puede escapar, la triple interrogación está encaminada a reparar la triple negación del apóstol en la madrugada del Viernes Santo. Es muy importante notar la delicadeza de Nuestro Señor: no enrostra con aspereza a Pedro su flaqueza, sino que suavemente le da la posibilidad de reparar su falta con una triple confesión de amor. Dios no obliga a nadie a obedecerlo, sino que quiere de sus creaturas un seguimiento amoroso y libre, propio de amigos y de hijos, como Él mismo nos ha llamado. Esa es la razón profunda de que el interrogatorio verse sobre el amor, o sea sobre la caridad, vínculo de perfección y la más grande de las virtudes.

Observemos también cómo Pedro ha aprendido la lección. La suficiencia y la seguridad en sí mismo, puestas de manifiesto en la Última Cena, han dejado lugar a una profunda humildad. En la primera interrogación, Cristo le pregunta si le ama más que los demás apóstoles, y Pedro simplemente le contesta que le ama, sin acotar nada más, por las dudas, no sea que vuelva a pecar de autosuficiencia.

Y es a este Simón Pedro, humillado y purificado por la caridad, a quien Nuestro Señor confiere solemnemente el primado y la conducción de su Iglesia. Esto puede verse en la distinción que establece Jesús entre corderos y ovejas, o sea la potestad de San Pedro de regir a la Jerarquía y a los fieles, respectivamente. Desde siempre la Iglesia ha sabido leer en este pasaje y en el texto de Mateo 16, 17-18, el Sumo Pontificado encomendado a San Pedro y a sus sucesores.

Pero para que nadie piense que el poder en la Iglesia es autocrático u omnímodo, y que el Papa o los obispos pueden disponer de las ovejas a su gusto, como si fueran propias, notemos que en sus tres respuestas Jesucristo le hace notar a Pedro que los corderos y las ovejas son de Él: apacienta mis corderos, mis ovejas. Ésta es la verdad: las ovejas y la Iglesia, todas, son de Cristo; tanto el Papa como sus sucesores, la jerarquía de la Iglesia, no hacen más que apacentarlas en lugar de su verdadero dueño, que las ha dejado a su cuidado hasta que Él vuelva al fin de los tiempos para establecer definitivamente el único rebaño bajo el único Pastor.

Pero junto con el cargo viene la carga. Y así como Jesucristo había dicho que el buen pastor debía dar la vida por sus ovejas, así también al conferirle a San Pedro el sumo pontificado, le profetiza simultáneamente el martirio. Ése es el destino de todo buen pastor del rebaño de Dios, empezando por Nuestro Señor, siguiendo por San Pedro y sus sucesores, y terminando por los obispos y sacerdotes: el martirio, el dar la vida en forma cruenta o incruenta, inmediatamente o a lo largo de toda una existencia, por las almas que Cristo le ha encomendado. El martirio es, pues, la confirmación, el sello del buen pastor, el signo que lo configura perfectamente con el Maestro, pues "nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos".

El versículo final de este evangelio tan sustancioso da la perspectiva última y más trascendente de lo que estamos diciendo. San Juan remata la profecía acerca del futuro martirio de Pedro diciendo: "De esta manera indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios". Así es, en definitiva. La razón de ser del martirio, del pastoreo y del apostolado no es otra cosa que la gloria de Dios. El Buen Dios se ha dignado hacer partícipes de sus dones a todas las creaturas; pero entre todas ellas son especialmente sus creaturas racionales quienes por su inteligencia y voluntad reflejan más perfectamente, aunque de modo limitado, sus atributos infinitos, entre ellos su gloria. De Dios todo lo hemos recibido y nada podemos darle o agregarle, excepto esto último que acabamos de nombrar, su gloria extrínseca, la que resplandece en sus creaturas.

Y a esto llegamos finalmente: podemos con nuestras obras glorificar al Señor, hacer brillar entre los hombres, los ángeles y el universo todo, las maravillas de la gracia y de la bondad de un Dios que se ha volcado amorosamente a sus creaturas en forma excesiva y desmesurada para nuestras débiles mentes. Que sea esta perspectiva sublime con que el discípulo amado cierra su Evangelio, la corriente que guíe nuestras vidas de humildes pececillos en su curso hacia las redes de la vida eterna.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 149-153)



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Aplicación: R.P. José A. Marcone, I.V.E. - Pedro y Juan, elementos constitutivos de la Iglesia Católica (Jn 21, 1-19)


Introducción

Hoy es domingo y estamos festejando con gran alegría la resurrección de Cristo. Ya han pasado dos semanas de este hecho y en este tramo son tres las veces que Jesús se apareció a sus apóstoles. Así lo dice explícitamente hoy el Evangelio de San Juan. Y así lo narra. El domingo pasado leímos las dos primeras apariciones: la primera el mismo domingo de la resurrección, sin el apóstol Tomás, y la segunda, el domingo siguiente, ya con Tomás presente.

Ahora los apóstoles han obedecido la orden que Jesús les había dado a través de María Magdalena y las mujeres: “Id a decir a mis discípulos que vayan a Galilea, que allí me verán” (Mt.28,10). Efectivamente, el evangelio de hoy se desarrolla no ya en Jerusalén, en Judea, sino al Norte, en Galilea, a orillas del Lago llamado Mar de Galilea o Mar de Tiberíades o Lago de Genesaret. Allí se les aparece Jesús. Y es muy probable que haya sido también en domingo. Primero porque Jerusalén dista de Tiberíades 198 km. y necesitaban por lo tanto unos 4 o 5 días para recorrer esa distancia. Segundo porque no podía ser sábado, dado que los apóstoles todavía se atienen al uso judío de no trabajar en sábado.1

Por lo tanto la Resurrección de Cristo y las tres apariciones de Jesús después de resucitado según narra San Juan sucedieron en domingo, lo cual nos habla a las claras que no tienen ningún fundamento las sectas llamadas ‘evangélicas’ (que de evangélicas tienen poco) para seguir festejando el sábado. Se han quedado en el Antiguo Testamento.

Y toda la narración de hoy es como la descripción de lo que es la Iglesia Católica.


1. Jesús Resucitado y Pedro

El primer rasgo clarísimo que estamos ante la descripción de lo que es la Iglesia o, mejor aún, ante su misma fundación es que Jesucristo resucitado establece un pastor supremo sobre todas las ovejas y ese pastor es Pedro. Un pastor supremo visible, porque Jesús ya está preparando su partida al cielo. Jesús seguirá siendo el Pastor Supremo, pero será un pastor invisible a los ojos corporales. Y por eso, en su inmenso amor, quiere dejarnos un pastor supremo que nosotros podamos ver, consultar, escuchar, recibir sus consejos, sus consuelos, sus directivas, sus orientaciones, su confirmación en la fe.

Jesús había dicho anteriormente: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn.10,11). Y sin embargo hoy le dice a Pedro: “Cuida mis ovejas”, es decir, “tú eres el pastor”. Ahora Jesucristo completa lo que ya había hecho en un lugar muy cercano al de hoy, cuando había puesto a Pedro como fundamento de su Iglesia y le había dado el poder de abrir y cerrar la puerta de los cielos, y la capacidad de decidir todos los asuntos judiciales entre los cristianos: “Tú eres Pedro y sobre ti, que eres Piedra, edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. A ti te daré la llave del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra será atado en el cielo; lo que desates en la tierra será desatado en el Cielo” (Mt.16,17-19).

Ahora, en el evangelio de hoy, Jesucristo resucitado, es decir, habiendo llegado ya al final de todo el desarrollo de su plan de salvación, confirma lo que había dicho aquella vez. Hoy por tres veces le dice a Pedro: “Cuida de mis ovejas, apacienta mis ovejas”. Es decir, que por tres veces, como para que no quede ninguna duda, Jesús le dice a Pedro: “Tu serás el Pastor Supremo de mi rebaño, que es la Iglesia”. A ningún otro apóstol o discípulo jamás Jesús dijo lo que dijo a Pedro.

Jesús hace esta confirmación de la autoridad de Pedro sobre toda la Iglesia en base a dos actitudes fundamentales de Pedro: 1. Porque él es un alma espiritual que sabe discernir lo que viene de Dios. Por eso la primera vez Jesucristo le dijo: “Bienaventurado Simón, hijo de Jonás, porque lo que dijiste no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el Cielo” (Mt.16,17). 2. Por el amor de Pedro: por eso tres veces le pregunta a Pedro si lo ama más que los demás. Para poder ejercer la autoridad por sobre todos, Jesús le pide que también su amor esté por sobre el de todos. Por eso es que no sólo le pregunta: “Pedro, ¿me amas?”; sino, “Pedro, ¿me amas más que estos?”

Pedro cumple con la condición, porque verdaderamente tiene un amor ardiente a Cristo, con un ardor que supera a los demás. Hoy lo demostró, no sólo respondiendo con sinceridad a las preguntas de Jesús, sino también con los hechos cuando, todavía medio desnudo, se lanzó al mar para encontrarse con Jesús. “El amor requiere la presencia”, dijo Santo Tomás. Ese acto de Pedro junto con sus respuestas nos hablan de que verdaderamente podía ser el pastor supremo visible porque tenía un amor que sobrepasaba al de los demás discípulos. Este amor queda demostrado también en este evangelio cuando se dice expresamente que Pedro va a dar la vida por Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los que se ama” (Jn.15,13).

¿Puede caber en este momento la tristeza en el corazón de Pedro? Tiene ante sus ojos al que ama, está compartiendo con él la comida, de Él mismo recibió el pescado y el pan; acaba de manifestarle por dos veces el amor y Jesucristo lo está confirmando como su Vicario en la tierra, el que hace las veces de Cristo en la tierra. ¿Puede existir una felicidad más grande? ¿Pueda caber en el corazón de Pedro la tristeza? Pareciera que no.

Y sin embargo dice textualmente el evangelio de hoy: “Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo amaba” (21,17). Para explicar esto es muy interesante notar que el último diálogo entre Jesús y Pedro había sido en la Última Cena (13,36-38), cuando Pedro le preguntó adónde iba y le aseguró que estaba dispuesto a dar la vida por Él; allí Jesús le predijo la triple negación, como de hecho sucedió. Ahora: triple pregunta sobre el amor y triple confiar la tarea de pastor de su rebaño.

Pedro se entristeció porque recordó su pecado. Jesucristo confía plenamente en el amor de Pedro, pero no quiere dejar de recordarle que es un ser frágil, que es un hombre débil y que puede pecar; que ese amor sincero que tiene por Jesús es un amor que está, como dice San Pablo, “en vasijas de barro”. Y también quiere recordarle que el amor que Pedro siente hacia Jesús, es fruto del perdón que Jesús dio a Pedro. Ya lo había dicho Jesús respecto a María Magdalena: “Mucho ama a quien mucho se le perdona”2. Por eso Jesús no duda en arrojar una sombra de tristeza sobre el alma de Pedro, pastor supremo, que recuerda su traición y renueva su dolor por haber negado a quien tanto ama. Y así se explica la frase que asombra tanto: “Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo amaba”.

Ese es el gran misterio de la Iglesia Católica: es el instrumento de salvación,3 pero está formada por hombres débiles y pecadores. Y a pesar de eso Jesucristo no renuncia a fundarla sobre esos hombres frágiles.


2. Jesús Resucitado y Juan

Los otros elementos que nos hablan que la narración de hoy es una descripción de la Iglesia católica, es la barca, la presencia de los otros apóstoles, la pesca abundante por obra de Jesús resucitado…

Pero hay algo más en este evangelio que nos habla de la vida de la Iglesia. La Iglesia, si bien está fundada sobre Pedro, no se agota en eso. Está fundada sobre la Piedra, pero tiene mil manifestaciones más de vida. Y la manifestación de vida más notable es la vida de contemplación de Dios.

Por eso dice San Agustín: “La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas una se desenvuelve (…) en el esfuerzo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación”. Y dice inmediatamente: “La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan”.

El otro rasgo del evangelio de hoy que nos describe a la Iglesia Católica es la rapidez con que Juan reconoce a Jesucristo. Apenas ve que la pesca es grande dice: “¡Es el Señor!”. Y recién después Pedro se arrojará al mar.

Algo muy parecido pasó la mañana de Pascua. Corrieron ambos, llegó primero el apóstol Juan, pero no entró, dando la preeminencia a Pedro. Pedro entró primero, pero es de San Juan de quién se dice: “Entonces, entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó” (Jn.20,8). También ahora, en el Mar de Tiberíades, es el discípulo que Jesús amaba, el primero en reconocer a Jesús con plenitud de fe. Tiene una gran sensibilidad hacia Jesús, algo así como un sexto sentido especialmente configurado para captar a Jesús. Así como los otros cinco sentidos tienen un objeto determinado, este sentido de Juan tiene como objeto propio a Jesús. Evidentemente que se trata de un don del Espíritu Santo, el don de inteligencia, el don de sabiduría, juntos con aquellos que también podemos llamar dones, el don de la fe, el don de la contemplación.

La vida activa se desarrolla en el “Sígueme” que Jesús dice a Pedro y que se refiere al seguimiento hasta la muerte, como lo dice explícitamente San Juan. La vida contemplativa se inicia en esta vida pero, con vista de águila, penetra hasta las profundidades de Dios y llega hasta la vida eterna.

El seguimiento de Cristo en la vida activa “consiste en una amorosa y perfecta constancia en el sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte” (San Agustín). La sabiduría de la vida contemplativa consiste en entrar ya desde ahora en la eternidad de Dios por el ejercicio siempre actualizado de la fe y la esperanza.

“Por esto, Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos, con el poder de atar y desatar los pecados, para que fuese el piloto de todos los santos, unidos inseparablemente al cuerpo de Cristo, en medio de las tempestades de esta vida; y, por esto, Juan, el evangelista, se reclinó sobre el pecho de Cristo, para significar el tranquilo puerto de aquella vida arcana”. (San Agustín)


Conclusión

Pidamos a la Virgen María la gracia de tener un gran amor al Vicario de Cristo, al “Dulce Cristo sobre la tierra”, como lo llamaba Santa Catalina de Siena al Papa. Y pidamos también la gracia de tener una fe y esperanzas profundas, tanto que podamos contar con Jesucristo como nuestro contemporáneo.

(1) Es una distancia que se puede recorrer razonablemente en 5 o 6 días, a un promedio de 30 o 40 km. por día. Un hombre camina normalmente cinco km. por hora. Ellos, fuertes y acostumbrados a grandes esfuerzos físicos, es probable que pudieran hacerlo un poco más rápido. Sobre todo ante el gran acontecimiento que estaban viviendo y que los impulsaba a hacer las cosas con gran corazón.
(2) Cf. Lc.7,47; la frase no es literal; pero pone en positivo lo que la frase literal pone en negativo: “A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.
(3) Como dice la Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II.




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Ejemplos


Servir a Dios

En una comida de viernes en un ayuntamiento francés empiezan a servir carne. El alcalde se levanta y dice con decisión:
- "Señores: Yo observo las leyes de la Religión lo mismo que las leyes de la República, y he gritado suficientes veces ¡viva la libertad! para tener derecho a practicar mis creencias. Mozo, ¡sírvame comida de pescado!"
Al final de la comida el general que asistía a ella le tendió la mano y le dijo:
- "¡Sois un hombre, y hubierais sido un bravo soldado!"
Defendamos así nuestro derecho a servir a Dios y no nos importe lo que digan los demás.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II. Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 12)

Otros ejemplos

Seguir las huellas de Jesús

 

Ella dio todo lo que tenia
El hombre estaba tras el mostrador, mirando la calle distraídamente.
Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul.
"Es para mi hermana. Puede hacer un paquete bien bonito?" -dijo ella.
El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó: Cuánto dinero tienes?
Sin dudar, sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Lo colocó sobre el mostrador y dijo feliz: " Esto alcanza?" Eran apenas algunas monedas las que exhibía orgullosa.
" ¿Sabe?, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella.
Es su cumpleaños y estoy segura que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos".
El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. "Tome, dijo a la niña. Llévelo con cuidado".
Ella salió feliz, corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una linda joven entró en el negocio.
Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó: " Este collar fue comprado aquí? Cuánto costó?"
"¡Ah!", -habló el dueño del negocio- "el precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente".
La joven exclamó: "Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo".
El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven y le dijo: "Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: ELLA DIO TODO LO QUE TENÍA".
El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio.


(Cortesía: iveargentina.org et alii)



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