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Domingo 5 de Pascua C  - Mandamiento nuevo - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios proclamada durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación

A su servicio
Exégesis: Manuel de Tuya - Comienzo de los discursos de despedida (Jn 13, 31-35)

Comentario Teológico: San Alberto Hurtado I - Amar
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Santos Padres: San Agustín I - "Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado"

Santos Padres: San Agustín II - Desea que sea tu igual

Aplicación: San Alberto Hurtado II - La orientación fundamental del catolicismo

Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa - El Espíritu hace nuevas todas las cosas

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El mandamiento nuevo

Aplicación: San Juan Pablo Magno - Resurrección esperanza y amor

Aplicación: Pere Tena - 'Yo hago nuevas todas las cosas'

Aplicación: Andrés Pardo - La novedad 'Como yo os he amado'

Aplicación: Antonio Luís Martínez - Un amor nuevo

Aplicación: CE de Liturgia, Peru - Amar es gozar de la alegría de la Pascua

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: Manuel de Tuya - Comienzo de los discursos de despedida (Jn 13, 31-35)


31 Así que salió, dijo Jesús: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en El. 32 Si Dios ha sido glorificado en El, Dios también le glorifícala a Él, y le glorificará en seguida.33 Hijitos míos, un poco estaré todavía con vosotros: me buscaréis, y como dije a los judíos: A donde Yo voy vosotros no podéis venir, también os lo digo a vosotros ahora. 34 Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado, que os améis mutuamente. 35 En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros.

Con estas palabras, sólo interrumpidas por la situación en que Jn pone la predicción de Pedro, comienza el gran discurso de despedida. (Como Jn no relata la institución de la Eucaristía, no se puede saber el momento histórico a que corresponden estas palabras.)

La salida de Judas significa la “glorificación” de Cristo y del Padre.

Glorificación del Hijo, porque va a dar comienzo en seguida su prisión y muerte, lo que es paso para su resurrección triunfal. Así decía a los de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías padeciese tales cosas y así entrase en su gloria?” (Luc_24:26). Frente a “glorificaciones” parciales que tuvo en vida con sus milagros (Jua_2:11; Jua_1:14, etc.), con esta obra entra en su glorificación definitiva (Flp_2:8-11). El ponerse la glorificación como un hecho pasado en aoristo (edoxásthe) es que, al estilo de usarse un presente por un futuro inminente, se considera tan inminente esta glorificación — “en seguida” (v.33) — que se da ya por hecha: “escatología realizada.” (Si no es debido a la redacción de Jn, que lo ve a la hora de los sucesos ya pasados.)

Esta “glorificación” del Hijo aquí va a ser “en seguida,” por lo que es el gran milagro de su resurrección. Va a ser obra que el Padre hace “en El.” ¿Cómo? La gloria de su resurrección descorrerá el velo de lo que El es, oculto en la humanidad; con lo que aparecerá “glorificado” ante todos. Así San Cirilo de Alejandría. Sería, pues, la glorificación del Hijo por su exaltación a la diestra del Padre, la que se acusaría en los milagros. Es lo que El pide en la “oración sacerdotal” (Jua_17:5.24).

Pero, si el Padre glorifica al Hijo, el Padre, a su vez, es glorificado en el Hijo. Pues El enseñó a los hombres el “mensaje” del Padre (Jua_17:4-6), y le dio la suprema gloria con el homenaje de su muerte; que era también el mérito para que todos los hombres conociesen y amasen al Padre.

Y con ello les anuncia, algún tanto veladamente, tan del gusto oriental, su muerte. Les vuelca el cariño con la forma con que se dirige a ellos: “Hijitos” (te??ía). En arameo no existe este diminutivo en una sola palabra. Pero Cristo debió de poner tal afecto en ella, que se lo vierte por esta forma griega diminutiva.

El va a la muerte. Por eso estará un “poco” aún con ellos. Pero ellos no pueden “ir” ahora. Las apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles fueron transitorias y excepcionales. Si la forma literaria en que El se refiere a lo mismo que dijo a los judíos es literariamente igual, conceptualmente es distinta, ya que aquéllos lo buscaban para matarle, por lo que morirán en sus pecados (Jua_8:21), mientras que a los apóstoles va a “prepararles” un lugar en la casa de su Padre (Jua_14:2).

Y Cristo les deja, no un consejo, sino un “mandamiento” y “nuevo”: el amor al prójimo.

Acaso surge aquí, evocado por las ambiciones de los apóstoles por los primeros puestos en el reino, lo que hizo que, con la “parábola en acción” del lavatorio de los pies, les enseñase la caridad.

Y este mandato de Cristo es “nuevo,” porque no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, cómo era el amor en Israel (cf. Lev_19:18), sino que es amor universal y basado en Dios: amor a los hombres “como Yo (Cristo) os he amado.” Y será al mismo tiempo una señal para que todos conozcan que “sois mis discípulos.” ¡Los discípulos del Hijo de Dios! Pues, siendo tan arraigado el egoísmo humano, la caridad al prójimo hace ver que viene del cielo: que es don de Cristo. Y así la caridad cobra, en este intento de Cristo, un valor apologético. Tal sucedía entre los primeros cristianos jerosolimitanos, que “tenían un solo corazón y una sola alma” (Hec_4:32). Tertuliano refiere que los paganos, maravillados ante esta caridad, decían: “¡Ved cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!” Y Minucia Félix dice en su Octavius, reflejando este ambiente que la caridad causaba en los gentiles: “Se aman aun antes de conocerse”.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)



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Comentario Teológico: San Alberto Hurtado - Amar


Grandeza del hombre: poderse dejar formar por el amor. El verdadero secreto de la grandeza: siempre avanzar y jamás retroceder en el amor. ¡Estar animado por un inmenso amor! ¡Guardar siempre intacto su amor! He aquí consignas fundamentales para un cristiano.

¿A quiénes amar?

A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme de sus alegrías.

Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio, en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes he causado dolor, amargura, daño... A todos aquellos a quienes he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado, me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos niños pálidos, de caritas hundidas... Esos tísicos de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los que he encontrado en Europa, en América... Todos los del mundo: son mis hermanos.

Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio, porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios.

Hacer en Cristo la unidad de mis amores: riqueza inmensa de las almas plenamente en la luz, y las de otras, como la mía, en luz y en tinieblas. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; movimiento de Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; movimiento de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!.

Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.

¿A quiénes más amar?

Pero, entre todos los hombres, hay algunos a quienes me ligan vínculos más particulares; son mis más próximos, prójimos, aquellos a quienes por voluntad divina he de consagrar más especialmente mi vida.

Mi primera misión, conocerlos exactamente, saber quiénes son. Me debo a todos, sí; pero hay quienes lo esperan todo, o mucho, de mí: el hijo para su madre, el discípulo para su maestro, el amigo para el amigo, el obrero para su patrón, el compañero para el compañero. ¿Cuál es el campo de trabajo que Dios me ha confiado? Delimitarlo en forma bien precisa; no para excluir a los demás, pero sí para saber la misión concreta que Dios me ha confiado, para ayudarlos a pensar su vida humana. En pleno sentido ellos serán mis hermanos y mis hijos.

¿Qué significa amar?

Amar no es vana palabra. Amar es salvar y expansionar al hombre. Todo el hombre y toda la humanidad.

Entregarme a esta empresa, empresa de misericordia, urgido por la justicia y animado por el amor. No tanto atacar los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.

Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó (cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro cada día, pero es también el proletariado oprimido, el rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte, toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.

La miseria, toda la miseria humana, toda la miseria de las habitaciones, de los vestidos, de los cuerpos, de la sangre, de las voluntades, de los espíritus; la miseria de los que están fuera de ambiente, de los proletarios, de los banqueros, de los ricos, de los nobles, de los príncipes, de las familias, de los sindicatos, del mundo...

Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males, pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía, de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez. Proveer a las necesidades inmediatas, es necesario, pero cambia poco su situación mientras no se abre las inteligencias, mientras no rectifica y afirma las voluntades, mientras no se anima a los mejores con un gran ideal, mientras que no se llega a suprimir o al menos a atenuar las opresiones y las injusticias, mientras no se asocia a los humildes a la conquista progresiva de su felicidad.

Tomar en su corazón y sobre sus espaldas la miseria del pueblo, pero no como un extraño, sino como uno de ellos, unido a ellos, todos juntos en el mismo combate de liberación.

Desde que no se lance seriamente, eficazmente, a preocuparse de la miseria, ella lloverá alrededor de uno; o bien, es como una marea que sube y lo sumerge. Quien quiera muchos amigos no tiene más que ponerse al servicio de los abandonados, de los oprimidos, y que no espere mucho reconocimiento. Lo contrario de la miseria no es la abundancia, sino el valor. La primera preocupación no es tanto producir riqueza cuanto valorar el hombre, la humanidad, el universo.

¿A quiénes consagrarme especialmente?

Amarlos a todos, al pueblo especialmente; pero mis fuerzas son tan limitadas, mi campo de influencias es estrecho. Si mi amor ha de ser eficaz, delimitar el campo –no de mi afecto– pero sí de mis influencias. Delimitarlo bien: tal sector, tal barrio, tal profesión, tal curso, tal obra, tales compañeros. Ellos serán mi parroquia, mi campo de acción, los hombres que Dios me ha confiado, para que los ayude a ver sus problemas, para que los ayude a desarrollarse como hombres.

Lo primero, amarlos

Amar el bien que se encuentra en ellos. Su simplicidad, su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador, sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan ante sus familias...

Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias... Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos en su miseria, mientras yo como tranquilamente y mientras nada me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas, su alimentación deficiente, la falta de educación de sus hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, me desgarre a mí también.

Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se expansione en ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados; que sepan usar correctamente de su razón, discernir el bien del mal, rechazar la mentira, reconocer la grandeza de la obra de Dios, comprender la naturaleza, gozar de la belleza; para que sean hombres y no brutos.

Que los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente. Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten; que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten; que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.

Y esto no es más que la traducción de la palabra “amor”. Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

Toda luz de la razón natural es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es la ciencia suprema. Desde que los abrimos a la verdad, comienza a realizarse en ellos la imagen de Dios. Cuando desarrollan su inteligencia, cuando comprenden el universo, se acercan a Dios, se asemejan más a Él.

Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas. ¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo, cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar su mirada hasta saciarse del mismo Dios.

Y este llamamiento es para cada uno de ellos: para los más miserables, para los más ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para ellos todos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán profundamente desgraciados.

Amarlos para que adquieran conciencia de su destino, para que se estimen en su valor de hombres llamados por Dios al más alto conocimiento, para que estimen a Dios en su valor divino, para que estimen cada cosa según su valor frente al plan de Dios.

Amarlos apasionadamente en Cristo, para que el parecido divino progrese en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se expansione en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil, para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).

Amarlos apasionadamente. Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada se pierde de lo que se hace en el amor.
(SAN ALBERTO HURTADO, La búsqueda de Dios, Ediciones de la Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, p. 59-63)

 

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Santos Padres: San Agustín - "Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado"

1. Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros: Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros. ¿No había sido dado ya este precepto en la antigua Ley de Dios, cuando escribió: Amaras a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándonos del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva, no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual, para distinguirla del amor carnal, añade el Señor: "Como yo os he amado". Porque mutuamente se aman los maridos y las mujeres, los padres y los hijos y todos aquellos que se hallan unidos entre sí por algún vínculo humano; por no hablar del amor culpable y condenable, que se tienen mutuamente los adúlteros y adúlteras, los barraganes y las rameras y aquellos a quienes unió, no un vínculo humano, sino una torpeza perjudicial de la vida humana. Cristo, pues, nos dio el mandato nuevo de amarnos como Él nos amó. Este amor nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor, carísimos hermanos, renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que de todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa del Hijo unigénito de Dios, de la que se dice en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es esta que sube blanca? Blanca, sí, porque está renovada, y ¿por quién sino por el mandato nuevo? Por esto en ella los miembros se atienden unos a otros, y si un miembro sufre, con él sufren los otros; y si un miembro es honrado, con él se alegran todos los miembros. Oyen y observan el mandato nuevo que os doy, de amaros unos a otros, no como se aman los hombres por ser hombres, sino como se aman por ser dioses e hijos todos del Altísimo, para que sean hermanos de su único Hijo, amándose mutuamente con el amor con que Él los ha amado, para conducirlos a aquel fin que les sacie y satisfaga todos sus deseos. Entonces, cuando Dios sea todo en todas las cosas, no habrá nada que desear. Este fin no tiene fin. Nadie muere allí adonde nadie llega sin morir antes a este mundo, no con la muerte común a todos, consistente en la separación del alma del cuerpo, sino con la muerte de los justos, por la cual, aun permaneciendo en la carne mortal, se coloca allá arriba el corazón. De esta muerte decía el Apóstol: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Y quizá por esta razón se ha dicho: Fuerte es el amor como la muerte. Este amor hace que muramos para este mundo aun cuando estemos en esta carne mortal, y nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios; aún más, el mismo amor es nuestra muerte para el mundo y nuestra vida con Dios. Porque, si la muerte es la salida del alma del cuerpo, ¿cómo no ha de ser muerte cuando del mundo sale nuestro amor? Fuerte como la muerte es el amor. ¿Qué puede haber más fuerte que aquello con que se vence al mundo?

2. No vayáis a pensar, hermanos, que, al decir el Señor: Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros, se excluya el precepto mayor, que manda amar a nuestro Dios y Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las facultades; como, si excluido éste, pareciera decirse que os améis unos a otros, como si no estuviera incluido en Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos dependen toda la Ley y los Profetas. Pero quienes bien entienden, hallan a ambos el uno en el otro. Porque quien ama a Dios, no puede despreciar su mandato de amar al prójimo. Y quien santa y espiritualmente ama al prójimo, ¿qué ama en él sino a Dios? Es éste un amor distinto de todo amor mundano, cuya distinción señala el Señor, diciendo: "Como yo os he amado". ¿Qué amó en nosotros sino a Dios? No porque ya le teníamos, más para que le tuviésemos, para conducirnos, como dije poco antes, allí donde Dios es todo en todas las cosas. De esta manera se dice que el médico ama a los enfermos; mas ¿qué otra cosa ama en ellos sino la salud, que desea restituirles en lugar de la enfermedad, que viene a echar fuera? Pues nuestro amor mutuo ha de ser tal, que procuremos por los medios a nuestro alcance atraernos mutuamente por la solicitud del amor, para tener a Dios en nosotros. Este amor nos lo da el mismo que dice: Como yo os he amado, para que así vosotros os améis recíprocamente. Por esto Él nos amó, para que nos amemos mutuamente, concediéndonos a nosotros, por su amor estrechar con el amor mutuo los lazos de unión; y enlazados los miembros con un vínculo tan dulce, seamos el cuerpo de tan excelente Cabeza.

3. Por esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis mutuamente. Como si dijera: Los que no son míos tienen también otros dones míos comunes a vosotros, no sólo naturaleza, vida, sentidos, la razón, y la salud, que es común a todos los hombres y a la bestias; sino también el don de lenguas, los sacramentos, el don de profecía, de ciencia, de la fe, de repartir su hacienda a los pobres, de entregar su cuerpo a las llamas; pero, porque no tienen caridad, hacen ruido como los címbalos, nada son, de nada les aprovecha. No por estos dones míos, que pueden tener también quienes no son discípulos míos; sino por esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros. ¡Oh Esposa de Cristo, hermosa entre las mujeres! ¡Oh la que subes blanqueada y apoyada en tu Amado!, porque con su luz eres iluminada para volverte blanca, y con su ayuda eres sostenida para que no caigas. ¡Oh cuan merecidamente eres loada en aquel Cantar de los Cantares, que es como tu epitalamio: Tus delicias están en el amor! El no pierde a tu alma con la de los impíos; él defiende tu causa y es fuerte como la muerte, y hace todas tus delicias. ¡Qué género de muerte tan admirable, que no sólo no es penoso, sino que es delicioso! Cerremos aquí este tratado, porque al siguiente hay que darle otro preámbulo.

(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 65, 1-3, BAC, Madrid, 1965, pp. 296-300)

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Santos Padres: San Agustín II - Desea que sea tu igual

En modo alguno podemos desear los males con el pretexto de hacer obras de misericordia. Tú das pan al que tiene hambre; pero mejor sería que ninguno tuviese hambre y que no tuvieses que darlo a nadie. Tú vistes al desnudo, pero ojalá que todos estuviesen vestidos y no existiera tal necesidad... Todos estos servicios, en efecto, responden a necesidades. Suprime a los desafortunados; esto será una obra de misericordia. ¿Se extinguirá entonces el fuego del amor? Más auténtico es el amor con que amas a un hombre feliz, a quien no puedes hacer ningún favor; este amor es mucho más puro y sincero. Pues si haces un favor a un desgraciado, quizá desees elevarte a sus ojos y quieras que él esté por debajo de ti, él que ha sido para ti la ocasión de hacer el bien... Desea que sea tu igual: juntos estaréis sometidos a aquel a quien nadie puede hacer ningún favor.
(SAN AGUSTIN, Comentario "In I Johannis", 5)



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Aplicación: San Alberto Hurtado - La orientación fundamental del catolicismo

“Seamos cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos”. En este pensamiento lapidario resume el gran Bossuet su concepción de la moral cristiana. Poco antes había dicho: “Quien renuncia a la caridad fraterna, renuncia a la fe, abjura del cristianismo, se aparta de la escuela de Jesucristo, es decir, de su Iglesia”.

Al iniciar este estudio sobre el deber social de los católicos nos ha parecido que la mejor introducción es recordar el pensamiento básico que funda toda la actitud moral del catolicismo. Sin una comprensión de esta actitud, y sin entender exactamente el sitio que ocupa la caridad en el pensamiento de la Iglesia, será muy difícil evitar una actitud de crítica, de amarga protesta, ante las exigencias sociales, cuya razón íntima no se podrá percibir.

Si llegamos a comprender a fondo el sitio que ocupa la caridad en el cristianismo, la actitud de amor hacia nuestros hermanos, el respeto hacia ellos, el sacrificio de lo nuestro por compartir con ellos nuestras felicidades y nuestros bienes, fluirán como consecuencias necesarias y harán fácil una reforma social. De lo contrario, cualquier petición a favor de los que llevan una vida más dura encontrará resistencias de nuestra parte, y sólo podrá ser obtenida con protestas y amargas quejas, y nunca con el gesto amplio del amor y de la comprensión, sino que contentándose con dar el mínimo necesario para tapar la boca de quienes exigen y amenazan.

Lo más interesante, por tanto, en un estudio del deber social de los católicos es comprender su actitud, el estado de ánimo para abordar este estudio; es poner al lector en el clima propio del catolicismo; es invitarlo a mirar este problema con los ojos de Cristo, a juzgarlo con su mente, a sentirlo con su corazón. No lograremos una visión social justa mientras el católico del siglo XX no tenga ante el problema social la actitud de la Iglesia que no es en el fondo sino, prolongado, Cristo viviendo entre nosotros. Una vez que el católico haya entrado en esta actitud de espíritu, todas las reformas sociales, todas las reformas que exige la justicia social están virtualmente ganadas. Será necesaria la técnica económica social, un gran conocimiento de la realidad humana, de las posibilidades de la industria en un momento determinado, de la vinculación internacional de los problemas sociales, pero todos estos estudios se harán sobre un terreno propicio si la cabeza y el corazón del cristiano han logrado comprender y sentir el mensaje de Cristo.

El Mensaje de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). El Mensaje de Jesús fue comprendido en toda su fuerza por sus colaboradores más inmediatos, los apóstoles: “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios” (1Jn 2,1). “Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano, mientes” (1Jn 4,20). “¿Cómo puede estar en él el amor de Dios, si rico en los bienes de este mundo, si viendo a su hermano en necesidad le cierra el corazón?” (1Jn 3,17). Con qué insistencia inculca Juan esta idea: que es puro egoísmo pretender complacer a Dios mientras se despreocupa de su prójimo. Santiago apóstol con no menor viveza que San Juan dice: “La religión amable a los ojos de Dios, no consiste solamente en guardarse de la contaminación del siglo, sino en visitar a los huérfanos y asistir a las viudas en sus necesidades” (Sant 1,27).

San Pablo, apasionado de Cristo: “Nacemos por la caridad, servidores los unos de los otros, pues toda nuestra ley está contenida en una sola palabra: Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14). “El que ama a su prójimo cumple la ley” (Rm 12,8). “Llevad los unos la carga de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Gal 6,2). Todavía con mayor insistencia, San Pablo resume todos los mandamientos no ya en dos, sino en uno que compendia los dos mandamientos fundamentales: “Toda la ley se compendia en esta sola palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,19). San Juan repite el mismo concepto: “Si nos amamos unos a otros Dios mora en nosotros y su amor es perfecto en nosotros” (1Jn 4,12). Y añade aún un pensamiento, fundamento de todos los consuelos del cristiano: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida sobrenatural si amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1Jn, 3,14).

Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos escogidos al azar entre los mucho más numerosos que podríamos citar, de cada uno de los apóstoles que han consignado su predicación por escrito, no podemos menos de concluir que no puede pretender llamarse cristiano quien cierra su corazón al prójimo.

Se engaña, si pretende ser cristiano, quien acude con frecuencia al templo pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero que son incapaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos, pero también ha de abrirse a los que son de caridad.

La enseñanza Papal

La primera encíclica dirigida al mundo cristiano por San Pedro encierra un elogio tal de la caridad que la coloca por encima de todas las virtudes, incluso de la oración: “Sed perseverantes en la oración, pero por encima de todo practicad continuamente entre vosotros la caridad” (1Pe 4,8-9).

Desfilan los siglos, doscientos cincuenta y ocho Pontífices se han sucedido, unos han muerto mártires de Cristo, otros en el destierro, otros dando testimonio pacífico de la verdad del Maestro, unos han sido plebeyos y otros nobles, pero su testimonio es unánime, inconfundible, no hay uno que haya dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del amor de los unos a los otros, como Cristo nos ha amado. Imposible sería recorrer la lista de los Pontífices aduciendo sus testimonios: tales citaciones constituirían una biblioteca.

La práctica del amor cristiano

Con mayor cuidado que la pupila de los ojos debe, pues, ser mirada la caridad. La menor tibieza o desvío voluntario hacia un hermano, deliberadamente admitidos, serán un estorbo más o menos grave a nuestra unión con Cristo. Por eso nos dijo el Maestro que “si al ir a presentar una ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23-24).

Al comulgar recibimos el Cuerpo físico de Cristo, Nuestro Señor, y no podemos, por tanto, en nuestra acción de gracias rechazar su Cuerpo Místico. Es imposible que Cristo baje a nosotros con su gracia y sea un principio de unión si guardamos resentimiento con alguno de sus miembros. Por esto San Pablo, que había comprendido tan bien la doctrina del Cuerpo Místico, nos dice: “Os conjuro hermanos... que todos habléis del mismo modo y no haya disensiones entre vosotros, sino que todos estéis enteramente unidos en un mismo sentir y en un mismo querer” (1Co 1,10).

Este amor al prójimo es fuente para nosotros de los mayores méritos que podemos alcanzar porque es el que ofrece los mayores obstáculos. Amar a Dios en sí es más perfecto, pero, más fácil; en cambio, amar al prójimo, duro de carácter, desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad para no desmayar. Por esto Marmión dice: “No temo afirmar que un alma que por amor sobrenatural se entrega sin reservas a Cristo en las personas del prójimo ama mucho a Cristo y es a su vez infinitamente amada. Cerrándose al prójimo se cierra a Cristo el más ardiente deseo de su corazón: ‘Que todos sean uno’”.

Este amor, ya que todos no formamos sino un solo Cuerpo, ha de ser universal, sin excluir positivamente a nadie, pues Cristo murió por todos y todos están llamados a formar parte de su Reino. Por tanto, aun los pecadores deben ser objeto de nuestro amor puesto que pueden volver a ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Que hacia ellos se extienda, por tanto, también nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo de hacerles el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.

El amor al prójimo ha de ser ante todo sobrenatural, esto es, amarlo con la mira puesta en Dios, para alcanzarle o conservarle la gracia que lo lleva a la bienaventuranza. Amar es querer bien, como dice Santo Tomás, y todo bien está subordinado al [bien] supremo; por eso es tan noble la acción de consagrar una vida a conseguir a los demás los bienes sobrenaturales que son los supremos valores de la vida.

Pero hay también otras necesidades que ayudar: un pobre que necesita pan, un enfermo que requiere medicinas, un triste que pide consuelo, una injusticia que pide reparación... y sobre todo, los bienes positivos que deben ser impartidos, pues aunque no haya ningún dolor que restañar, hay siempre una capacidad de bien que recibir.

San Pablo resume admirablemente esta actitud: “Amaos recíprocamente con ternura y caridad fraternal, procurando anticiparos unos a otros en las señales de honor y deferencia... Alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran, estad siempre unidos en unos mismos sentimientos... vivid en paz y, si se puede, con todos los hombres” (Rm 12,10-18). “Os ruego encarecidamente que os soportéis unos a otros con caridad; solícitos en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz; pues no hay más que un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación” (Ef 4,1-4).

El modelo del amor y su imitación por los cristianos

La ley de la caridad no es para nosotros ley muerta; tiene un modelo vivo que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su muerte, y continúa dán-donos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo.

Hablando de Él, dice San Pablo que es la Benignidad misma que se ha manifestado a la tierra; y San Pedro, que vivió con Él tres años, nos resume su vida diciendo que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hech 10,38). Como el Buen Samaritano, cuya caritativa acción Él mismo nos ponderó, tomó al género humano en sus brazos y sus dolores en el alma.

Viene a destruir el pecado, que es el supremo mal; echa a los demonios del cuerpo de los posesos, pero, sobre todo, los arroja de las almas dando su vida por cada uno de nosotros. Me amó a mí, también a mí, y se entregó a la muerte por mí (cf. Gal 2,20). ¿Puede haber señal mayor que dar su vida por sus amigos?

Junto a estos grandes signos de amor, nos muestra su caridad con los leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María en la pena de la muerte de su hermano, hasta bramar su dolor; se compadece del bochorno de dos jóvenes esposos y para disiparlo cambió el agua en vino; en fin, no hubo dolor que encontrara en su camino que no aliviara. Para nosotros, el precepto de amar es recordar la palabra de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). ¡Cómo nos ha amado Jesús!

Los verdaderos cristianos, desde el principio, han comprendido maravillosamente el precepto del Señor. Citar sus ejemplos sería largo, pero como resumen de todas estas realidades encontramos en un precioso libro de la remota antigüedad llamado La enseñanza del Señor por medio de los doce apóstoles a los gentiles: “Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte. La diferencia entre ambos es enorme. La ruta de la vida es así: Amarás ante todo a Dios tu Creador y luego a tu prójimo como a ti mismo; todo cuanto no quieres que se haga a ti, no lo hagas a otro. El contenido de estas palabras significa: bendecid a los que os maldicen, orad por vuestros enemigos, ayunad por los que os persiguen. ¿Qué hay en efecto de sorprendente si amáis a los que os aman? ¿No hacen otro tanto los gentiles? Pero vosotros amad a quienes os aborrecen y a nadie tendréis por enemigo. Absteneos de apetitos corpóreos. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuelve hacia él la otra y serás perfecto. Si alguien te contratare para una milla, acompáñalo por dos; si alguien te quitare la capa dale también la túnica... A todo aquel que te pidiere, dale, y no lo recrimines para que te lo devuelva, porque el Padre quiere que todos participen de sus dones”.

Esto fue escrito cuando Nerón acababa de quemar a centenares de cristianos en los jardines de su palacio, como lo narra Tácito; cuando imperaba Domiciano, mezquino y vil; cuando sangraba el anfiteatro por los miles de mártires despedazados por las fieras. Los hombres que escribían, enseñaban y aprendían la doctrina que acabamos de transcribir continuaban impertérritos amando a Dios y al prójimo. No perdían el ánimo ante los horrores del presente, ni se amedrentaban al tener siempre suspendida sobre la cabeza la amenaza del martirio. Por encima de todo estaba en su corazón la certeza del triunfo del amor. Cristo no sería para siempre vencido por Satán. No había de ser en vano vertida la sangre del Salvador.

En la esperanza de estos prodigiosos cristianos es donde hay que buscar la fuerza para retemplar nuestro deber de amar, a pesar de los odios macizos como cordilleras que nos cercan hoy por todas partes.

Muchas comisiones designan todos los países para solucionar los problemas de la post guerra, pero no podemos fiarnos demasiado en sus resultados mientras no vuelva a florecer socialmente la semilla del amor.

Al mirar esta tierra, que es nuestra, que nos señaló el Redentor; al mirar los males del momento, el precepto de Cristo cobra una imperiosa necesidad: Amémonos mutuamente. La señal del cristiano no es la espada, símbolo de la fuerza; ni la balanza, símbolo de la justicia; sino la Cruz, símbolo del amor. Ser cristiano significa amar a nuestros hermanos como Cristo los ha amado.
(SAN ALBERTO HURTADO, La búsqueda de Dios, Ediciones de la Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2005, pp. 128-134)


 

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Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa - El Espíritu hace nuevas todas las cosas


Hay una palabra que se repite varias veces en las lecturas de este domingo. Se habla de «un nuevo cielo y una nueva tierra», de la «nueva Jerusalén», de Dios, que hace «nuevas todas las cosas», y finalmente, en el Evangelio, del «mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado»

«Nuevo», «novedad» pertenecen a ese restringido número de palabras «mágicas» que evocan siempre significados positivos. Nuevo flamante, ropa nueva, vida nueva, nuevo día, año nuevo. Lo nuevo es noticia. Son sinónimos. El Evangelio se llama «buena nueva» precisamente porque contiene la novedad por excelencia.

¿Por qué nos gusta tanto lo nuevo? No sólo porque lo que es nuevo, no usado (por ejemplo, un coche), en general funciona mejor. Si sólo fuera por esto, ¿por qué daríamos la bienvenida con tanta alegría al año nuevo, a un nuevo día? El motivo profundo es que la novedad, lo que no es aún conocido y no ha sido aún experimentado, deja más espacio a la expectativa, a la sorpresa, a la esperanza, al sueño. Y la felicidad es precisamente hija de estas cosas. Si estuviéramos seguros de que el año nuevo nos reserva exactamente las mismas cosas que el anterior, ni más ni menos, nos dejaría de gustar.

Nuevo no se opone a «antiguo», sino a «viejo». De hecho, también «antiguo» y «antigüedad» o «anticuario» son palabras positivas. ¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que, con el paso del tiempo, se deteriora y pierde valor; antiguo es aquello que, con el paso del tiempo, mejora y adquiere valor. Por eso se procura evitar la expresión «Viejo Testamento» y se prefiere hablar de «Antiguo Testamento».

Ahora, con estas premisas, acerquémonos a la palabra del Evangelio. Se plantea inmediatamente un interrogante: ¿cómo se define «nuevo» un mandamiento que era conocido ya desde el Antiguo Testamento (cfr. Lev 19, 18)? Aquí vuelve a ser útil la distinción entre viejo y antiguo. «Nuevo» no se opone, en este caso, a «antiguo», sino a «viejo». El propio evangelista Juan, en otro pasaje, escribe: «Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio... Y sin embargo os escribo un mandamiento nuevo» (1 Jn 2, 7-8). En resumen, ¿un mandamiento nuevo o un mandamiento antiguo? Lo uno y lo otro. Antiguo según la letra, porque se había dado desde hace tiempo; nuevo según el Espíritu, porque sólo con Cristo se dio también la fuerza de ponerlo en práctica. Nuevo no se opone aquí, decía, a antiguo, sino a viejo. Lo de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado, a fuerza de ser trasgredido, porque la Ley imponía, sí, la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo.

Se necesita por ello la gracia. Y de hecho, per se, no es cuando Jesús lo formula durante su vida que el mandamiento del amor se transforma en un mandamiento nuevo, sino cuando, muriendo en la cruz y dándonos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, infundiendo en nosotros el amor que Él mismo tiene por cada uno.

El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevo, transforma todo. «Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo» (San Agustín). Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas»
(R. P. Raniero Cantalamessa - El Espíritu hace nuevas todas las cosas - cortesía ReL)

 

 


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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El mandamiento nuevo

Siempre que escuchamos el presente texto evangélico, viene a nuestro recuerdo aquella anécdota que cuentan del apóstol San Juan. Siendo éste anciano, se le acercaban sus discípulos para pedirle algún consejo, y el Apóstol reiteradamente respondía: "Amaos los unos a los otros". Un día le preguntaron por qué siempre respondía lo mismo, a lo que contestó: "Porque ese es el mandato del Señor y su solo cumplimiento basta". Al parecer, había quedado muy grabado en su mente aquel mandamiento nuevo que Cristo promulgó en la Última Cena.

No deja de llamar la atención que el Señor diga que se trata de un mandamiento "nuevo". El mandamiento del amor al prójimo ya existía en el Antiguo Testamento, ya tenía vigencia en el pueblo de Israel. ¿En qué consistía, pues, la novedad de este mandamiento? En el modo o la manera con que se debe amar. Por eso Jesús aclara: "Así como Yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros". Eso es lo nuevo: amar al prójimo hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él, si así fuera preciso.

El mandato de la caridad quedó tan grabado en el corazón no sólo de los discípulos sino también de los primeros cristianos, que su ejercicio constituyó el factor decisivo que hizo crecer la Iglesia naciente, según lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles, hasta terminar por convertir al Imperio Romano al cristianismo. De allí la famosa expresión que los paganos empleaban refiriéndose a los cristianos: "Mirad cómo se aman".

Y es que la caridad, esa virtud sobrenatural que infunde Dios en nuestras almas, por la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y a nosotros y al prójimo por Dios, es, a la vez, una fuerza de cohesión, ya que tiende a unificar el cuerpo de la Iglesia, y una fuerza de expansión o irradiación, ya que a lo largo de los siglos no deja de atraer a los hombres al seno de la Iglesia. Por eso la caridad fue una originalidad del cristianismo, dado que el mundo disperso por el pecado original y sus consecuencias no era capaz de establecer una sólida cohesión entre sus miembros.

Si la caridad es una fuerza, nada más opuesto a ella que la debilidad malsana. Bien decía San Agustín que "hay que amar al prójimo porque Dios está en él o para que Dios esté en él". Si se lo quiere amar para tratar de que Dios esté en él, se requiere que en el que ama haya esa fortaleza divina que busca el bien en el otro y que es la caridad. Muchas veces la debilidad de los buenos es por falta de caridad. La caridad no es complaciente ni permisivista a ultranza. Si así lo fuera, no sería verdadera caridad. Si un padre no corrige a su hijo que va por mal camino, en realidad no estaría buscando su bien. Es cierto que la corrección deberá brotar de la caridad y no del encono, y deberá hacerse buscando el modo y el momento, pero deberá hacerse.

Tampoco debe confundirse el amor sobrenatural con el amor puramente pasional, que fácilmente se desorbita y desordena. La caridad no es solamente afectiva sino, por sobre todo, efectiva, buscando el bien natural del amado pero considerándolo desde la óptica del bien sobrenatural.

Asimismo la caridad ha de evitar el error del ilusionismo, es decir, del amor puramente abstracto, amando a los que están lejos sin tener en cuenta a aquellos que nos rodean. Sería una evasión engañosa del verdadero concepto de la caridad, ya que si bien la caridad es universal y debe extenderse a todos, necesariamente habrá de concretarse en los que están más cerca, aquel con el cual comparto el tiempo y el lugar.

De este modo la caridad tendrá las características que señalara San Pablo: "es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa, no busca su interés..." Podríase decir que el amor de caridad concretado en el prójimo es algo así como el termómetro o el pulso de nuestro amor a Dios. Bien ha escrito San Juan: "El que dice que ama a Dios a quien no ve, pero odia a su hermano a quien ve, es un mentiroso". La caridad es efectiva, operante. Debemos amar "no de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad", como afirma el mismo San Juan. Si nuestra caridad con el prójimo se acrecienta, señal es de que ha aumentado en nosotros el amor a Dios.

Será preciso que tengamos especial cuidado por evitar todo lo que se oponga a la verdadera caridad, como el odio, el rencor, la calumnia, la difamación, el juicio temerario, la murmuración, el desear el mal a los demás...

Dentro de todas las posibles formas de caridad, el apostolado es la más eminente, ya que no se limita a atender las necesidades materiales del prójimo, sino que se dirige a subvenir su necesidad más apremiante que es la sobrenatural, busca darle a Dios, llevarlo a la gracia, conducirlo a Jesucristo. Precisamente en la primera lectura de este domingo hemos escuchado cómo el apóstol San Pablo y su compañero Bernabé, encendidos por el celo apostólico, recorrían pueblo tras pueblo, y retornaban una y otra vez a las ciudades donde ya habían predicado, para confesar y exhortar a sus discípulos a perseverar en la fe. Todo ello es una expresión de la caridad apostólica que los caracterizaba.

El apostolado es una exigencia para el cristiano, exigencia derivada del carácter bautismal. No se trata, por cierto, de un mero impulso proselitista o propagandístico, sino que debe constituir una verdadera expresión de la caridad, debe ser una especie de desborde de la caridad, de la contemplación, que vuelca en el prójimo aquello de lo que se ha tenido experiencia. Así lo entendía San Juan cuando escribía al comienzo de su primera epístola: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... eso es lo que os anunciamos". El celo apostólico es como un fuego interior. San Pablo, el apóstol por antonomasia, se lanzaba a la labor apostólica sin importarle las dificultades, amenazas, torturas, peligros de muerte, con tal de predicar a Cristo.

Para terminar, aludamos a lo que nos refiere San Juan, en la segunda lectura de hoy, tomada del Apocalipsis. Allí nos muestra cuál es el desemboque de la caridad: el cielo. "Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo". El discípulo amado nos muestra ese término para animamos a practicar aquí la caridad, para que las dificultades del camino no nos desalienten o enfríen nuestra caridad. Al término de la carrera está el cielo. Al fin y al cabo, ¿qué es la caridad sino el cielo que comienza aquí en la tierra? Allí, nos sigue diciendo el Apocalipsis, "Dios secará toda lágrima, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó". Lo de "antes" es lo de la tierra, cuando todavía vivimos en las penumbras de la fe, y en las ansiedades de la esperanza. Lo de allí sería el triunfo de la caridad. Como lo ha enseñado San Pablo: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad". La fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión, pero la caridad permanecerá en el cielo, jamás perecerá.

Dentro de algunos instantes recibiremos el Amor de los Amores, a aquel que "habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Pidámosle que nos dé la gracia para nos vayamos ejercitando en el amor al prójimo, para que hagamos nuestro su mandamiento y logremos amar a los demás como Él nos ha amado.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994)



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Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - Resurrección esperanza y amor

1. Razón de la esperanza cristiana
La vida a la luz de la Resurrección

Meditemos juntos sobre lo que nos dice la Iglesia en este domingo V de Pascua. Nos habla de la resurrección de Cristo, y al mismo tiempo nos hace ver nuestra vida a la luz de la resurrección.

La resurrección de Cristo es su glorificación en Dios. Jesús habla a sus Apóstoles de esta glorificación la víspera de la pasión.

La glorificación se cumplirá en la cruz y será confirmada por la resurrección. Mediante la cruz, Dios será glorificado en Cristo:

“Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en Sí mismo: pronto lo glorificará” (Jn 13,32). Esto se realiza mediante la resurrección.

En el momento en que Cristo dice estas palabras a los Apóstoles -y es la tarde del Jueves Santo- éstos todavía están con el Maestro. Pero son ya los últimos momentos en que están todos juntos. Cristo se lo anuncia claramente: “A donde yo voy, vosotros no podéis venir” (Jn 13,33).

El camino de la cruz y de la resurrección será la senda por la que Cristo irá completamente solo.

La resurrección tuvo lugar en Jerusalén, en la antigua ciudad israelita. Mediante la resurrección de Cristo comenzó a realizarse lo que el autor del Apocalipsis, Juan Apóstol, ve en su primera visión: “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo” (21,2).

La antigua Jerusalén se ha renovado. Juntamente con la resurrección de Cristo se ha hecho nueva, con una total novedad de vida. Se ha convertido en el comienzo del nuevo cielo y de la nueva tierra. En ella -en Jerusalén- se ha revelado el comienzo de los últimos tiempos.

Todo esto sucedió mediante la gloriosa resurrección de Cristo.

A la luz de la resurrección nuestra vida cristiana se construye sobre el fundamento de la esperanza que se abre en la historia de la humanidad con la nueva Jerusalén del Apocalipsis de Juan: “Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos” (21,3).

La esperanza que la resurrección de Cristo lleva consigo es esperanza de la morada de Dios con los hombres. La esperanza del eterno Emmanuel. Los hombres serán abrazados por Dios. Dios será todo en todos (cfr. Col 3,11).


2. La Resurrección y el mandamiento del amor

La esperanza que se abre ante la humanidad con la resurrección de Cristo es esperanza de la resurrección definitiva y perfecta, que se manifestará mediante la victoria sobre la muerte:

"Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» Entonces dijo el que está sentado en el trono: ‘Mira que hago un mundo nuevo.’ Y añadió: ‘Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas’"

A la luz de la resurrección de Cristo nuestra vida cristiana se construye sobre el fundamento de la esperanza de la vida nueva, que se abre ante el hombre por encima de los límites de la muerte y de la temporalidad.

Sin embargo, la luz de la resurrección del Señor no sólo llega a la esperanza del mundo futuro. Penetra simultáneamente nuestra vida y nuestra peregrinación terrena.

La penetra ante todo con el mandamiento del amor. En el Cenáculo del Jueves Santo Cristo recuerda a los Apóstoles este mandamiento y lo pone ante ellos como un compromiso principal:

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13:34-35).

La separación de Cristo, mediante la cruz y la resurrección debe, de una manera nueva, acercar recíprocamente a sus Apóstoles entre sí. El testimonio del amor supremo, dado en la cruz, debe hacer brotar en ellos un amor parecido. La resurrección proyecta sobre la vida cristiana la luz del amor. Si se dejan guiar por esta luz, los cristianos dan un auténtico testimonio de Cristo crucificado y resucitado.


3. La Resurrección y el apostolado

Al dar este testimonio, entran en el camino de la misión cristiana, o sea, del apostolado. De este camino nos habla la primera lectura del domingo actual, tomada de los Hechos de los Apóstoles, haciendo referencia a los trabajos apostólicos de Pablo y Bernabé en diversos lugares de Oriente Medio. Entre estos trabajos nacía la Iglesia y surgían las primeras comunidades cristianas. Efectivamente, Dios actuaba por medio de sus Apóstoles y abría “a los gentiles la puerta de la fe” (14,27).

Cuando la luz de la resurrección del Señor cae sobre nuestra vida, logra ciertamente que también ella se haga “apostólica”. “Pues la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado”, como enseña el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el apostolado de los laicos (n.2). El apostolado es fruto de este amor que nace en nosotros mediante la intimidad con la cruz de Cristo resucitado. Ayuda también a la esperanza del mundo futuro en el reino de Dios. Nosotros mantenemos esta esperanza incluso en medio de los sufrimientos, porque “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”, como leemos en la liturgia de hoy (Hch 14,22).

“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas” (Sal 144/145,10-11).

La potencia del reino de Dios en la tierra se ha manifestado en la resurrección de Cristo crucificado. Nosotros, como confesores de Cristo, queremos vivir y obrar en esa luz, que nos viene de la resurrección del Señor.

Roguemos a María, Madre del Resucitado, Madre de la Misericordia, a fin de que nos acompañe en todas las partes por los caminos de la fe, la esperanza y la caridad.
(Homilía del beato JUAN PABLO II en la parroquia romana de Santa María de la Misericordia)

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Aplicación: Pere Tena - 'Yo hago nuevas todas las cosas'

La segunda lectura suscita una imagen grandiosa: ¿cómo será finalmente esta Iglesia que ahora se va edificando entre las lágrimas de la tribulación presente? Será "nueva". Es decir, será totalmente según el mandamiento nuevo, porque Dios lo será todo en todos. Y he aquí, también, una llamada para la Iglesia presente: cuando los cristianos nos amamos como Cristo nos ha amado, entonces se anticipa en la tierra la "novedad"; y las lágrimas, la muerte, el duelo, los gritos y las penas, aunque no dejen de existir, quedan iluminadas con una nueva perspectiva, y en cierto modo superadas. Con una vida según el Espíritu Santo, la Iglesia vive "descendiendo del cielo, enviada por Dios". Este es el dinamismo del amor cristiano, que transforma proféticamente la sociedad, que hace solidarios a los hombres, que se preocupa por su pan, que elimina cualquier discriminación.

La homilía de hoy debería tener un tono muy alentador. Vivir en la Iglesia como comunidad del amor de Jesucristo, secando con el amor las lágrimas de los ojos de los hombres, ¿no debe ser una buena propuesta? Y, por otro lado, realizarlo con los ojos y el corazón puestos en el Evangelio, dejándose iluminar por el Espíritu de Jesús. Esto elimina cualquier disyuntiva entre "Iglesia del amor" e "Iglesia del derecho" (distinciones antiguas, que tienen sus traducciones actuales en "la Iglesia de la base" y "la Iglesia oficial"). Todo es la Iglesia de Jesucristo.

La celebración de la Eucaristía es la experiencia fontal de esta Iglesia. Es en la Eucaristía donde celebramos el amor de Cristo (por eso la plegaría eucarística IV es adecuada para hoy), y donde aprendemos constantemente a ser Iglesia del amor, "haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna" (Poscomunión).
(PERE TENA, MISA DOMINICAL 1990, 9)

 

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Aplicación: Andrés Pardo - La novedad 'Como yo os he amado'

Los textos bíblicos de este quinto domingo de Pascua hablan de "novedad". "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva" dice el Apocalipsis. "Os doy un mandamiento nuevo" afirma Jesús. Después de veinte siglos de historia de la Iglesia de práctica y vivencia del mandamiento primero y principal de la ley, ¿se puede hablar sinceramente de "novedad"? ¿No suena a tópico decir que la novedad cristiana se traduce en la palabra "amor", palabra tan exaltada y a la vez tan desgastada? ¿Cuál es la novedad del amor cristiano?

Evidentemente que el amor no es algo nuevo. El afecto, el gozo, el cariño, la pasión, el consentimiento son la expresión constante del amor humano. El amor es sentimiento imperecedero del hombre en la tierra. La novedad cristiana de amor está en la referencia "como yo os he amado", que manifiesta su perfección y su meta. El amor no es una fría ley, no se puede reducir a un organigrama caritativo y a una institución social, no debe someterse a un calendario con días fijos para amar, no admite límites cortados por un reglamento, una campana o un reloj. El amor auténtico germina y vive siempre en la libertad de poderse expresar siempre.

Cristo nos amó hasta dar su vida. Por eso tiene sentido que el cristiano se consagre al servicio exclusivo de sus hermanos hasta la muerte de uno mismo.
(Andrés Pardo, Mercaba.com)


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Aplicación: Antonio Luís Martínez - Un amor nuevo

La lectura litúrgica del evangelio de este domingo pascual la tenemos que hacer no en la cronología que supone san Juan ­la víspera de la muerte de Jesús­ sino desde los resplandores de su resurrección.

En la misma perspectiva hemos de interpretar el mandamiento nuevo pues el amor fraterno del que habla Cristo es un fruto más del Misterio Pascual.

Efectivamente, la novedad que atribuye Jesús al amor que debe presidir las relaciones de sus discípulos proviene de que no se trata de simple filantropía sino un amor muy especial: como yo os he amado, amaos también entre vosotros.

Esa novedad que Jesús exige al amor fraterno de los suyos no es otra que la Buena Noticia del amor gratuito de Dios a los hombres realizado, manifestado y comunicado a través de la muerte y resurrección de Jesús.

Por eso, quien tiene en su corazón un amor de tal calibre testifica ante los demás que pertenece a Jesús.

Así lo hace San Pablo ­según nos dice la primera lectura­ cuando por propia experiencia exhorta a la perseverancia a sus incipientes comunidades cristianas diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. El Apóstol alude a la dimensión pascual de la vida cristiana y del amor cristiano que comportan un morir a sí mismo o un llevar la cruz que son los signos de comulgar con el amor de Cristo que le llevó a entregarse hasta la muerte en cruz.

La segunda lectura presenta la riqueza del "amor nuevo" que atraviesa la frontera de la muerte y consigue la comunión total: Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios.
(Antonio Luis Martínez)


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Aplicación: CE de Liturgia, Peru - Amar es gozar de la alegría de la Pascua

Estamos celebrando la Pascua y gozando la salvación que nos ha traído Jesús. Tratemos de compartir la alegría plena de los apóstoles que se han lanzado a la tarea evangelizadora anunciando a los hermanos que Jesús vive ¡Ha resucitado!.

Pablo y Bernabé han dado un nuevo sentido a sus vidas desde que conocieron a Jesús y no se han guardado el secreto, antes bien comparten con los hermanos su experiencia de Dios, fortalecían a las comunidades, les anunciaban a Jesús.

¿Qué sucedió en la vida de Pablo y Bernabé? La respuesta la encontramos en el Evangelio de este domingo: es el amor a los hermanos con aquella fuerza y grandeza con que Jesús nos ha amado.

Durante la última cena, al irse Judas, el ambiente es de profunda intimidad con el Maestro, el cual como testamento les da el mandamiento nuevo; el último y definitivo "Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros" ¿Cómo medir este amor? "Ámense como yo les he amado". Seremos identificados como discípulos de Jesús por nuestra apertura al amor de Dios fuente del amor sincero y por nuestra capacidad de compartir este amor de manera concreta cada día.

Amor, pues, según el mandamiento de Jesús, significa administrar el pan a quien no lo tiene; significa administrar el pan que alimenta el cuerpo y la fe; es amarse entre los que somos hermanos, pero también se proyecta al enemigo.

Amar es gozar de la alegría de la Pascua, dejarse tocar por el Señor e inspirarse en Él para servir y darse a los demás; sobretodo al pobre, al enfermo, al débil.
(CE DE LITURGIA. PERU)

 
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Ejemplos


Mirar al Cielo

Un joven tuvo desde niño gran afición al mar, y a los doce años entró de aprendiz en un buque que viajaba para América. ¡Con qué ilusión vio salir el buque del puerto y perderse en la inmensidad! Saltaba y reía cuando la ola gigante barría la cubierta y la salpicaba de espumas.
A los pocos días de navegación el capitán le dijo:
- "Muchacho, ¿sabrás subir a ese palo tan alto?"
Él respondió con orgullo:
- "En mi pueblo subía a los árboles más elevados del bosque".
El capitán sonrió y le dijo:
- "¡Sube!"
El muchacho comenzó a elevarse con agilidad y llegó a la punta de mástil. El mástil se balanceaba llevando el compás del barco que mecían las olas. El muchacho miró abajo y no vio más que movimiento por todas partes. Le entró el vértigo. Los árboles de su pueblo estaban quietos apoyados en sus raíces bajo la tierra inmóvil. Tuvo miedo de caerse; se abrazó al mástil con ambas manos y comenzó a gritar. El capitán cuando vio el espanto reflejado en sus ojos le dijo:
- "¡Muchacho arriba! ¡No mires más que arriba!"
El pequeño marinero miró al cielo, se desvaneció el vértigo y perdió de pronto todo temor.
Así pasa con nosotros, en el mar de la vida surge la tentación como una tormenta; subidos en nuestra soberbia nos creemos seguros, pero pronto nos entra el vértigo, y estamos a punto de caer. ¿Remedio? ¡Miremos siempre arriba! Del cielo nos ha de venir la luz, la calma, la victoria. Mirando a la tierra no veremos más que movimiento, caducidad, torbellino de olas agitadas. Sólo en el cielo hallaremos quietud, estabilidad, firmeza. Mirad al cielo y no caeréis.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 278)

¿Es usted la esposa de Dios?
U
n niño de unos 1z años, descalzo y tiritando de frío, miraba a través de un escaparate. Viéndole una señora se le acercó y le preguntó: ¿Qué estás mirando con tanto interés? A lo que el niño respondió: Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de zapatos. La señora lo introdujo en la tienda, pidió agua y una toalla, lo lavó y le compró calcetines y zapatos. El niño se los puso radiante de felicidad. Al despedirse de la señora, tomó su mano, y mirándola con lágrimas en los ojos, le preguntó: ~¿Es usted la esposa de Dios?

 



(Cortesí­a: iveargentina.org et alii)

 

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