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Solemnidad de la Ascensión C - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

Recursos adicionales para la preparación



A su disposición
Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. - Ascensión es la culminación de la misión del Mesías

Comentario Teológico: Fray Justo Perez de Urbel - LA ASCENSION (Marcos 16,15-20; Lucas 24,44-51; Hechos de los Apóstoles 1,2-8)

Comentario Teológico: Manuel de Tuya - Ultimas apariciones e instrucciones a los apóstoles

Santos Padres: San León Magno - Misterios encerrados en la Ascensión del Señor.

Aplicación: Dr. D. Isidro Gomá - ULTIMAS ENSEÑANZAS DE JESUS y LA ASCENSION.

Aplicación: JUAN PABLO II - "REGINA CAELI" Domingo 27 de mayo de 2001

Aplicación: Fr. Luis de Granada - LA SUBIDA A LOS CIELOS

Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa OfmCap. - Seréis mis testigos

Ejemplos que iluminan la palabra

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo




Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. - Ascensión es la culminación de la misión del Mesías

Hechos 1, 1-11: San Lucas nos ha dejado dos relatos de la Ascensión del Señor: Act 1, 1-11 y Lc 24, 50-53:

- Tanto en su Evangelio como en los Hechos, la Ascensión es la culminación, la meta en la carrera del Mesías-Salvador. El intermedio de cuarenta días que corren entre la resurrección y la Ascensión gloriosa es sumamente provechoso para la iglesia: a) El Resucitado, con reiteradas apariciones, deja a los discípulos convencidos de que ha vencido a la muerte (v 3a). b) A la vez completa con sus instrucciones y sus instituciones el "Reino" = La iglesia (3b). c) Y les promete el inmediato Bautismo de Espíritu Santo, para el que deben disponerse.

- Todavía los Apóstoles sueñan con su "Reino Mesiánico" terreno y político (v 6). Jesús insiste en orientarlos hacia el Espíritu Santo. Van a recibir el "Bautismo" del Espíritu Santo; y con él: a) Luz para comprender el sentido espiritual del "Reino"; b) Humildad para ser instrumentos dóciles al Padre (v 7); c) Vigor y audacia para ser los Testigos del Resucitado en Palestina y hasta los confines del orbe (v 8).

- La "Nube" (v 9) es el signo tradicional en la Escritura que vela y revela la presencia divina (Ex 33, 20; Nm 9, 15). En adelante sólo veremos al Maestro velado: en fe y en signos sacramentales. Esta partida no deja tristes a los Apóstoles. Saben que el Resucitado Glorificado queda con ellos con una presencia invisible, pero íntima, personal, espiritual.


Efesios 1, 17-23:
Sobre la base del suceso histórico de la Ascensión nos da Pablo una rica teología del mismo:

- Para entender la gloria con la que el Padre de la Gloria ha glorificado a Cristo, y de la que vamos a ser copartícipes, es necesario tener los ojos del corazón iluminados por la luz del Espíritu Santo.

- A esta luz sabemos que Cristo Resucitado está a la diestra del Padre; es decir, comparte con el Padre honor y gloria, poder y dominio universal. Es la plenitud cósmica, premio que el Padre otorga al Hijo que se encarnó y humilló hasta la muerte a gloria del Padre (Flp 2, 11).

- Y sobre todo, a esta luz sabemos de otra plenitud y soberanía que ejerce Cristo a la diestra del Padre: Es la "Capitalidad" de Cristo, su acción salvadora y santificadora que ejerce sobre todos los redimidos. Cristo, que es la "Plenitud de Dios" (Col 1, 19), hinche de su vida divina a la Iglesia. Y con ello, está, colmada de vida y gracia por Cristo, que es su Cabeza, puede ser, a su vez, digno Cuerpo y Plenitud de Cristo. Cristo, en quien reside la gracia salvífica y divinizadora (Plenitud de Dios), la diluvia sobre su Iglesia (=su Cuerpo-su Esposa). Y mediante la Iglesia (Sacramento de Cristo), la gracia de Cristo llega a todas las almas. Con esto la Iglesia se convierte en Plenitud y Complemento (= Pleroma) de Cristo. Cristo es, pues, Plenitud de la Iglesia; es su Cabeza y jefe, su Piedra fundamental y angular, su Esposo y su Salvador. Y la Iglesia es Plenitud de Cristo = es su Cuerpo y su Pueblo, su Edificio, su Esposa; la Esposa que Él se elige y hermosea para que sea su gozo y su gloria.


Lucas 24, 46-53:

También en su Evangelio nos narra Lucas la Ascensión del Señor, bien que más compendiosa que en Hechos; en el Evangelio la presenta en la perspectiva de la jornada de la Resurrección y como apoteosis triunfal del Resucitado. Para Cristo es la jornada más feliz. Y también lo es para los Apóstoles: para su Iglesia.

- Jornada de luz: Cristo ilumina a los discípulos la Escritura (43-46); los envía a toda la tierra como mensajeros de salvación y como testigos calificados (47-48); y les otorga la plenitud de sus poderes salvíficos.

- Jornada de Plenitud: La Ascensión representa en la Historia de la Salvación la culminación, la victoria. a) Culminación de la Obra Salvífica de Cristo: la Redención. b) Culminación de la misión de Cristo: El Enviado del Padre retorna al Padre (Jn 13, 1). c) Culminación o Consumación de Cristo Pontífice-Sacerdote-Hostia (He 2, 10; 9, 23). d) Culminación de su definitiva y eterna glorificación (Jn 13, 31; 17, 15). e) Culminación de su triunfo en las almas: "Yo cuando fuere "levantado" de la tierra atraeré a todos a Mí" (Jn 12, 32).

- Jornada de Gozo: La Ascensión no deja tristes a los Apóstoles. Más bien, los inunda de gozo: "Se volvieron a Jerusalén con grande gozo" (Lc 24, 52). Más que su partida es su Presencia. Presencia espiritual e invisible, pero no menos real y eficiente que la sensible: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos" (Mt 28, 30). Presencia que, por ser espiritual, trasciende tiempo y espacio. Desde la Diestra del Padre nos envía el Espíritu Santo (Jn 16, 7). Y viene Él mismo a establecer su morada en los corazones de quienes creen en Él y le aman (Jn 14,23). De ahí que la esperanza incluye la Ascensión y glorificación con Cristo de todos los redimidos al final de los tiempos (1 Tes 4, 17).
(José Ma. Solé Roma O.M.F.,"Ministros de la Palabra", ciclo "C", Herder, Barcelona, 1979, p. 109-111)



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Santos Padres: San León Magno - Misterios encerrados en la Ascensión del Señor.

Los cuarenta días sirvieron para confirmar a los apóstoles y la duda de éstos ha sido provechosa para nosotros. Bienes de la presente festividad.

Hoy, carísimos, se ha cumplido el número de los cuarenta días sagrados, que han transcurrido después de la gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo, con la cual el poder divino restableció en tres días el verdadero templo que la impiedad judía había destruido. Este número de días lo señaló la Providencia santísima para provecho y enseñanza nuestra, para que al prolongarse en este tiempo la presencia corporal del Señor se afirmase la fe en la resurrección con las pruebas necesarias. La muerte de Cristo había turbado sobre manera los corazones de los discípulos, y como sus pensamientos estuvieran entristecidos por el suplicio de la cruz, por la muerte y la sepultura, cierta especie de desconfianza se había apoderado de ellos. Pues las mismas palabras de las santas mujeres, como nos declara la historia evangélica al anunciar que la piedra del sepulcro está rodada, el cuerpo fuera del sepulcro y los ángeles testigos de que el Señor vivía, fueron tenidas por los Apóstoles y demás discípulos como algo parecido a sueños. La cual duda, producto de la humana debilidad, nunca hubiera permitido el Espíritu de la verdad que se adueñase del pecho de sus predicadores si aquella misma preocupación y curiosa indecisión no hubiera levantado los cimientos de nuestra fe. Se tendía a curar nuestras perturbaciones y nuestros peligros en los Apóstoles; nosotros mismos éramos instruidos en aquellos varones contra las calumnias de los impíos y contra los argumentos de la terrena sabiduría. Lo que ellos vieron nos adoctrinó a nosotros, lo que oyeron nos enseñó y lo que tocaron nos confirmó. Demos gracias a la Providencia divina, a la, en cierto modo, necesaria tardanza en creer de los Santos Apóstoles. Dudaron ellos para que no tuviéramos que dudar nosotros.

Por eso los días que van, oh carísimos, entre la resurrección del Señor y su ascensión no pasaron infructuosamente, sino que en ellos recibieron su confirmación grandes sacramentos y se nos revelaron grandes misterios. En estos días se nos arranca el temor de la muerte cruel y no sólo del alma, sino también la inmortalidad del cuerpo se nos revela. En ellos, mediante el soplo del Señor, reciben los Apóstoles el Espíritu Santo, y al bienaventurado Apóstol Pedro, después de habérsele dado las llaves del reino de los cielos, se le encarga el pastoreo del rebaño del Señor. En estos días se juntó el Señor como compañero a dos discípulos que iban de camino, y para disipar la niebla de nuestra incertidumbre, reprende la tardanza en creer de estos hombres asustadizos y amedrentados. Sus corazones iluminados reciben la llama de la fe, y los que estaban tibios, al declararles el Señor las Escrituras se vuelven fervorosos. Asimismo se les abren los ojos al sentarse a la mesa y partir el Señor el pan. Mucho más felices fueron los ojos de éstos pudiendo contemplar la glorificación de la naturaleza humana del Salvador, que los de nuestros primeros padres, quienes hubieron de ver la confusión de su propio pecado.

En medio de éstos y otros milagros, como los discípulos temblasen sobrecogidos del temor, a pesar de aparecérseles el Señor en medio de ellos y de haberles dicho: La paz sea con vosotros (Lc. 24, 36) para alejar de sus pensamientos la duda que se enroscaba en su corazón (creían estar viendo un fantasma, no un cuerpo) el Salvador demuestra la falsedad de tales cavilaciones poniendo a su vista las señales de la crucifixión de sus manos y pies y les invita a que le toquen y examinen atentamente puesto que para curar las heridas de aquellos corazones incrédulos habían sido reservadas las huellas de los clavos y de la lanza y así pudiera creerse, no con fe dudosa, sino con ciencia ciertísima que la misma naturaleza que estuvo en el sepulcro había de sentarse juntamente con Dios Padre en su trono.

Durante todo este tiempo que transcurre entre la resurrección del Señor y su ascensión, oh amadísimos, esto procuró la providencia de Dios, esto enseñó y metió en los ojos y corazones de los suyos, que se reconociese por verdaderamente resucitado al Señor Jesucristo que era el mismo que había nacido y padecido y muerto. Por donde los dichosos Apóstoles y todos los discípulos que se habían alarmado por la muerte de cruz y vacilaba su fe en la resurrección, de tal modo fueron reafirmados ante la evidencia de la verdad, que al subir el Señor a lo más alto de los cielos en vez de experimentar tristeza se llenaron de una gran alegría. Y ciertamente había motivo para gozarse de modo extraordinario e inefable al ver cómo en presencia de aquella santa muchedumbre una naturaleza humana subía sobre la dignidad de todas las celestiales criaturas, elevándose sobre los coros de los ángeles y a más altura que los arcángeles, no teniendo ningún límite su exaltación, ya que recibida por su eterno Padre era asociada en el trono de la gloria de aquel cuya naturaleza estaba unida con el Hijo. Y puesto que la ascensión de Cristo constituye nuestra elevación, y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día donde le ha precedido la cabeza, por todo, alegrémonos, carísimos con dignos sentimientos de júbilo y gocémonos con piadosas acciones de gracias. Hoy hemos sido penetrado en lo interior de los cielos con Cristo, alcanzando cosas mayores por la gracia de Cristo, que lo habíamos perdido por la envidia del diablo. Pues a los que el terrible enemigo arrojó de la felicidad de su primera vivienda (del paraíso), el Hijo de Dios, haciéndolos de su misma clase, los colocó a la diestra del Padre, con el cual vive y reina en unión con el Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.


Alegría y bienes que produce la Ascensión del Señor: aumenta la fe, nos estimula a deseos del cielo, nos hace despreciar la tierra.

El misterio, amadísimos, de nuestra salvación, que el Creador del mundo compró con el precio de su sangre, se fue realizando desde el día de su nacimiento hasta el fin de la pasión, con gran derroche de humildad. Y aunque bajo la forma de siervo aparecieran muchos indicios de su divinidad, con todo, su manera de obrar durante aquel tiempo se encaminaba a demostrar la verdad de su naturaleza humana. Mas después de su pasión, rotas ya las ataduras mortales, que habían perdido su fuerza al sujetar a quien no conoció pecado, la debilidad se convirtió en valor, la mortalidad en eternidad, la ignominia en gloria, la cual el Señor Jesucristo manifestó con muchas y diversas pruebas delante de muchos, hasta que el triunfo de la victoria que había alcanzado sobre la muerte le llevase a los cielos. Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue causa de nuestra alegría, así su ascensión a los cielos es igualmente para todos nosotros motivos del gozo presente, al conmemorar aquel día y celebrarlo como es debido en el que la humildad de nuestra naturaleza, sentándose con Cristo, en compañía de Dios Padre, fue elevada sobre la milicia celestial y sobre los coros de los ángeles, y por encima de todas las potestades. Con semejante disposición de obras divinas fuimos fundados y edificados, para que se mostrase más admirable la gracia de Dios al desaparecer de la vista de los hombres aquella presencia visible que por sí misma imponía un justo sentimiento de respeto, y a pesar de lo cual, la fe no desfalleciese, la esperanza no vacilase ni la caridad se resfriase. La fuerza de las almas grandes y la luz de los entendimientos verdaderamente fieles, consisten en creer sin vacilar las cosas que no se ven con los ojos corporales y en fijar su deseo donde no pueden dirigir sus miradas. Mas esta piedad, ¿cómo podría nacer en nuestros corazones, o cómo podría nadie justificarse mediante la fe, si nuestra salvación estuviera supeditada únicamente a lo que nuestros sentidos alcanzan? Por lo cual a aquel Apóstol que parecía dudar de la resurrección de Cristo si no veía con sus ojos y tocaba con sus manos las señales de la pasión, le dijo el Señor: Porque me has visto, has creído: dichosos los que no vieron y creyeron (Jn. 20, 19).

Para que nosotros pudiéramos hacernos sujetos capaces de semejante dicha, habiendo nuestro Señor Jesucristo cumplido todas las cosas referentes a la predicación evangélica y a los misterios del Nuevo Testamento, a los cuarenta días de su resurrección y a la vista de sus discípulos se elevó a los cielos y allí está en presencia corporal, sentado a la diestra del Padre hasta que se cumplan los tiempos señalados por Dios para que la Iglesia se multiplique en sus hijos y venga a juzgar a los vivos y a los muertos con la misma carne en la cual subió a los cielos. Estos hechos de la vida de nuestro Redentor que eran bien patentes se convirtieron en misterios, y para que la fe fuera más excelente y firme, la enseñanza sucedió a la visión real, cuya autoridad seguirían los corazones de los creyentes iluminados por resplandores celestiales.

Esta fe, corroborada con la ascensión del Señor y fortalecida con los dones del Espíritu Santo, ni las cadenas, ni las cárceles, ni los destierros, ni el hambre, ni el fuego, ni los dientes de las fieras, ni los más exquisitos tormentos de los perseguidores la pudieron amedrentar. Por esta fe lucharon por todo el mundo y hasta derramar su sangre no sólo los varones, sino también las mujeres y ni sólo niños de poca edad, sino hasta las tiernas doncellas. Esta fe arrojó a los demonios, libró de las enfermedades, resucitó a los muertos. Así los mismos Apóstoles, que confirmados con tantos milagros e ilustrados con tantas enseñanzas, no obstante se atemorizaron ante la atrocidad de la pasión del Señor y que sólo después de muchas vacilaciones creyeron en la resurrección, se aprovecharon tanto de la ascensión del Señor, que todo cuanto antes les causaba miedo después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad, sentada a la diestra del Padre y ya no les era obstáculo la vista de su cuerpo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo, se había apartado del Padre, ni con su ascensión se había apartado de sus discípulos.

Entonces fue, amados hermanos, cuando el Hijo del hombre e Hijo de Dios, se dio a conocer mejor y más piadosamente, cuando se reintegró a la gloria de la majestad del Padre, empezando a estar de manera inefable más presente en la divinidad el que se alejaba en la humanidad. Entonces fue cuando la fe, más ilustrada, aprendió a elevarse por medio del pensamiento y a no necesitar ya del contacto de la sustancia corporal de Cristo, en la cual es menor que el Padre, puesto que permaneciendo la misma sustancia del cuerpo glorificado, la fe de los creyentes es invitada allí, donde no con mano terrena, sino con espiritual inteligencia, se palpa al Unigénito igual al que le había engendrado. Esta es la razón por la que el Señor, después de su resurrección, dice a la Magdalena, que representaba la persona de la Iglesia, al acercársele para tocarle: No me toques, pues todavía no he subido a mi Padre (Jn. 20, 17); es decir, no quiero que busques mi presencia corporal, ni que me reconozcas con los sentidos carnales; te emplazo para mayores cosas, te destino a bienes superiores Cuando suba a mi Padre me palparás más real y verdaderamente, tocando lo que no palpes y creyendo lo que no veas. Y estando los ojos de los discípulos llenos de admiración siguiendo sin pestañear al Señor que subía a los cielos, aparecieron ante ellos dos ángeles resplandecientes por la blancura de sus vestidos, que dijeron: Varones de Galilea, ¿qué hacéis ahí clavados mirando al cielo? Este Jesús que ha sido arrebatado al cielo, así vendrá, de la misma manera como le habéis visto irse al cielo (Hch. 1, 11). Cuyas palabras enseñaban a todos los hijos de la Iglesia a creer que Jesucristo vendría visible con la misma carne con que había subido y no pudiese dudarse de que todas las cosas estaban sujetas a Aquel que desde su mismo nacimiento corporal había tenido a su servicio las milicias angélicas. Lo mismo que el Ángel anunció a la bienaventurada Virgen la concepción de Cristo por obra del Espíritu Santo, así al nacer de una Virgen fue la voz del cielo la que avisó a los pastores; y como su resurrección de entre los muertos fue dada a conocer por testimonio de ángeles, así también cuando venga a juzgar al mundo en su propia carne será proclamado por obra de los mismos ángeles, para que tengamos entendido cuántas potestades celestiales asistirán a Cristo cuando venga a juzgar si tantas le sirvieron cuando vino a ser juzgado.

Así, pues, hermanos míos, rebosemos de gozo espiritual y alabando a Dios con digna acción de gracias levantemos los ligeros ojos del corazón hasta aquella altura en la cual se encuentra Cristo. No abatan afanes terrenos nuestros pensamientos invitados a lo alto, ni llenen las cosas caducas a los elegidos para las celestiales; no entretengan halagos engañadores a los que caminan por las sendas de la verdad, y de tal manera transiten los fieles por los bienes temporales, que entiendan son peregrinos en este valle del mundo, en el que, si hay cosas apetecibles que gustan, no se deben acariciar con daño, sino despreciarlas con resolución. A semejante disposición de alma nos incita el bienaventurado Apóstol Pedro y, exhortándonos conforme a aquella caridad, que concibió con su triple confesión de amor al hacerse cargo del rebaño de Cristo, nos dice: Carísimos, os suplico que como forasteros y peregrinos os abstengáis de los deseos carnales que pelean contra el espíritu (1P. 2, 11). ¿A quién sirven los deleites carnales, sino al diablo que intenta encadenar con placeres de bienes corruptibles a las almas que aspiran a lo alto y las que se alegran en privar de aquellas sillas de las que él cayó? Contra tales asechanzas deben vigilar sabiamente cualquier cristiano para que pueda burlar a su enemigo, con aquello mismo en que es tentado. Nada hay más eficaz, hermanos míos, contra los engaños del diablo que la mansedumbre y la caridad espléndida, con la que todo pecado o se evita o se vence. Pero la perfección de esta virtud no se alcanza mientras no se destruya lo que le es contrario. ¿Mas qué hay tan opuesto a la misericordia y a las obras de caridad como la avaricia, de cuya raíz brota todo germen de pecado? La cual, como no se la dé muerte en sus comienzos, es preciso que en el campo de aquel corazón donde creció la planta de este mal antes nazcan las espinas y abrojos de los vicios que semilla alguna de virtud reverdezca. Hemos pues, de resistir, oh carísimos, a tan dañino mal, y hemos de buscar la caridad, sin la cual ninguna virtud puede vivir, para que por este mismo camino del amor, por el que Cristo vino hasta nosotros, nosotros a la vez podamos subir hasta El, a quien se debe en unión de Dios Padre y del Espíritu Santo el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
(San León Magno, Sermones Escogidos, Apostolado Mariano, p. 81-87)



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Aplicación: Dr. D. Isidro Gomá - ULTIMAS ENSEÑANZAS DE JESUS y LA ASCENSION.

Explicación
San Lucas había narrado la aparición de Jesús a sus discípulos, reunidos y a puerta cerrada, el mismo día de la resurrección. Dejando la narración de las demás apariciones, peculiar de Mateo y Juan, y condensando extraordinariamente, ya que ha de volver sobre lo mismo en el libro de los Hechos Apostólicos, del que es autor, no hace aquí Lucas más que indicar los últimos documentos de doctrina que dio Jesús a sus discípulos. Aunque los pone a continuación de la historia de la aparición mentada, no se sigue que diera estas enseñanzas en el mismo día ni el mismo lugar. Suponemos que este pequeño discurso de Jesús tuvo lugar en Jerusalén, y el mismo día de la Ascensión.

ULTIMAS ENSEÑANZAS DE JESÚS (Lc. 45-49).

Había dicho el Señor que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que del Mesías estaban escritas en la Ley, en los Profetas y en los Salmos (cf. Núm. 230); lo que antes no habían podido entender, por sus falsos prejuicios sobre el Cristo (cf. Lc. 18, 34), ahora, realizado ya, y por indicación de Jesús y ayudados de su gracia, van a entenderlo: Entonces les abrió la inteligencia, les dio claridad y penetración especial de esta facultad, para que entendiesen las Escrituras. Por lo mismo, cuanto leemos en los escritos apostólicos aplicados a Jesús, de las Escrituras del Antiguo Testamento, debemos aceptarlo como interpretación del mismo Jesús o a lo menos hecha en virtud de este sentido intelectual que Jesús abrió y despertó en sus discípulos.

Prueba luego Jesús su mesianidad por el hecho de que se han realizado en él las profecías relativas a la pasión y resurrección: Y les dijo: Así está escrito, y así era menester, porque Dios lo tenía decretado, que el Cristo padeciese, y resucitase al tercer día de entre los muertos (cf. Is. 50, 6.7; 53, 2-12; Za. 12, 10; Sal. 21, 2 ss.; Is. 53, 11; Sal. 15, 10, etc.). Afirma asimismo que, según los antiguos oráculos, la redención mesiánica no debía reducirse al pueblo de Israel, sino que debía extenderse a todo el mundo; redención que debía significarse principalmente por la penitencia y consiguiente remisión de los pecados, en la fuerza del nombre del Cristo que con su pasión mereció la santificación de los pueblos: Y que se predicase en su nombre penitencia y remisión de los pecados a todas las naciones: debiendo, según los mismos vaticinios, empezar la irradiación de tantos bienes de la ciudad de Jerusalén, centro de la teocracia: comenzando desde Jerusalén, de donde deben derivar al mundo las aguas salutíferas de la redención (cf. Ez. 47, 1 ss.; Sal. 2, 6; Is. 2, 2).

Los Apóstoles deberán ser los heraldos de esta redención obrada por Cristo, verdadero Mesías; podrán anunciarla a todo el mundo, porque son testigos de la pasión y resurrección, de la institución del reino mesiánico, del cumplimiento de las profecías: Y vosotros testigos sois de estas cosas. A su cualidad de testigos, que será garantía de la verdad de su predicación, añadirá Jesús, para que puedan cumplir plenamente su misión, el Espíritu Santo que les tiene prometido (cf. Jn. 14, 16.17.26; 15, 26), y que también estaba prometido en los antiguos oráculos (cf. Is. 44, 3; Ez. 11, 19; 36, 26; Jl 2, 28): Y yo os envío lo que mi Padre os prometió. Antes de salir a predicar el nuevo reino, deberán permanecer en la ciudad, hasta el día en que la venida del Espíritu Santo les iluminará y confortará para predicar con intrepidez el reino de Cristo, trocándose en valor acérrimo su actual cobardía: Mas vosotros permaneced aquí en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la virtud de lo Alto.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (50-53).

Estas palabras serían casi las últimas que Jesús diría a sus Apóstoles en la intimidad de su última comida con ellos (cf. Hch. 1, 4).Todavía los Apóstoles no habían entendido la universalidad y espiritualidad del reino que iba a fundar Jesús, por cuanto le preguntan si será entonces, cuando dentro de pocos días les envíe el Espíritu, que restablezca el reino de Israel (cf. Hch. 1, 6-8). Jesús les responde con una evasiva, al tiempo que insiste en la misión del Espíritu Santo sobre ellos.

Y habiéndoles dado sus postreras enseñanzas, salió con ellos fuera de la ciudad, tomando la dirección de Betania, no llegando hasta el poblado, sino deteniéndose en el Monte de los Olivos, en el lugar donde dobla el camino hacia Betania: Y así el Señor Jesús, después que les hubo hablado, los sacó fuera camino de Betania (cf. Hch. 1, 12). Allí, como un padre que se despide definitivamente de sus hijos, y que al hacerlo implora sobre ellos las bendiciones del cielo, levantó Jesús sus manos en actitud de bendición y de plegaria: Y alzando sus manos los bendijo. Mientras estaba en esta actitud paternal, conmovedora, separóse de ellos, en sentido vertical, de ascensión a lo alto, partió de la tierra, remontándose al cielo: Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos, y era llevado al cielo, permaneciendo visible durante algún tiempo; y está sentado a la diestra de Dios, como había predicho a los sinedritas (Mc. 14, 62; cf. Hch. 1, 9; Ef. 4, 10; Hb. 6, 20; 7, 26; 1 P. 3, 22, etc.); es decir, está en el cielo junto a Dios, con igualdad de naturaleza y poder según su divinidad, y gozando de la máxima preeminencia y felicidad como hombre, Rey inmortal de los siglos que desde allí gobierna la Iglesia que fundó.

Dos sentimientos embargaron en estos momentos el corazón de los discípulos: el de la reverencia ante el poder y la majestad del Maestro, que en forma tan estupenda manifestaba su divinidad; y el de gozo, por el triunfo de Jesús, que no sólo ha vencido la muerte, sino que sube por su propia virtud al cielo, lo que es gaje del cumplimiento de las magníficas promesas que en varias ocasiones les ha hecho: va a prepararles el lugar: Y ellos, después de haberle adorado, es la única vez que se lee en el Evangelio que los Apóstoles adoraran a Jesús, se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Allí, y en el Templo, lugar ordinario de oración, se consagraron aquellos días de espera a alabar y bendecir a Dios, disponiendo sus almas para el gran advenimiento del divino Espíritu: Y estaban siempre, con mucha frecuencia, en el Templo loando y bendiciendo a Dios. Termina Lucas su Evangelio con un Amén, que muchos manuscritos no traen y que es considerado por algunos como apócrifo.

San Marcos termina el suyo indicando el cumplimiento de la misión universalista de los Apóstoles: Y ellos salieron, no inmediatamente después de la Ascensión ni de la venida del Espíritu Santo, sino después de haber dado testimonio de Jesús en Jerusalén, en la Judea y Samaria (cf. Hch. 1, 8), y predicaron en todas partes, obrando el Señor con ellos, según su divina promesa (cf. Mt. 28, 20), y confirmando su doctrina con los milagros que la acompañaban: ellos predicaban la doctrina en el nombre de Dios, y Dios ponía el sello de su aprobación con el milagro, que es la marca visible de la verdad.



Lecciones morales.

A) v. 45. - Les abrió la inteligencia, para que entendiesen las Escrituras. - Las divinas Escrituras son los libros de Dios, y sólo pueden ser entendidos con el sentido de Dios. Mirarlas y leerlas con el mismo criterio de los libros profanos, o que tienen por autores a solos hombres, es condenarse a no entenderlos jamás; no sólo a no entenderlos, sino a errar desdichadamente sobre su contenido. Ya sucedía esto en la primera generación cristiana, según atestigua San Pedro, que se queja de los indoctos inconstantes que depravan las cartas de San Pablo y demás Escrituras (2 P. 3, 16). Por esto Cristo quiso depositar "su sentido" en la Iglesia para la legítima interpretación de las Escrituras: ¿quién podría interpretarlas con garantía de verdad sino la institución a la que ha hecho Dios depositaria de su palabra? Ello debe enseñarnos a no separarnos un ápice de la interpretación que a las Escrituras de la Santa Iglesia, y a pedir a Dios sus luces, siempre que leamos la palabra de Dios escrita, para que nos haga penetrar en sus santísimos misterios.

B) v. 48. - Y vosotros testigos sois de estas cosas. - Los Apóstoles fueron testigos de las predicciones de Jesús y de su realización; testigos fueron asimismo de la interpretación que de los antiguos oráculos dio Jesús, aplicándoselos a sí mismo; testigos que predicaron la verdad que habían recibido y que la vieron nuevamente confirmada por los milagros que en su favor obraba Dios. En verdad que no puede haber prueba mayor de la divinidad de Jesús y de la verdad de su doctrina que el testimonio de estos Apóstoles, cada uno de los cuales puede decir las palabras de San Juan: Os atestiguamos lo que hemos visto y lo que nuestras manos palparon del Verbo de vida (1 Jn. 1, 1); testimonios que para colmo de su valor murieron por la verdad que predicaban. ¡Con qué fe debiéramos pronunciar aquellas palabras: "Creo en la Iglesia... apostólica..."! Fundada por la autoridad y sobre el testimonio de los Apóstoles, tiene todas las garantías que humanamente pueden exigirse a una institución que tiene la pretensión justísima de llamarse divina.

C) v. 50. - Y alzando sus manos los bendijo. - Y bendeciría con ellos a todos los que por su predicación debían creer en Él, como antes había orado por todos (Jn. 17, 20). Y bendeciría toda la tierra, en la que tanto había padecido, pero en la que había cumplido la voluntad del Padre y había logrado el espléndido triunfo del que va ahora a recibir el riquísimo premio. ¡Momento solemne el de esta bendición del Señor! Extendidas sus manos, quién sabe si trazando sobre el horizonte la señal triunfadora de la cruz, el Pontífice, de quien arranca todo poder de todo pontífice, enviaría al mundo, del que va a separarse, oleadas de bendiciones de toda suerte, porque los signos y las palabras de Jesús hacen lo que significan. Cuando el día de la Ascensión, ante nuestros altares, donde está expuesta la Hostia santa a la hora de Nona, como es piadosa costumbre en nuestras iglesias, estamos postrados ante Jesús sacramentado, pidámosle que renueve, cada año, cada día, esta su bendición, que es la única que puede hacer de la tierra un paraíso y un lugar de preparación para el paraíso definitivo de la gloria.

D) v. 51. -Se separó de ellos, y era llevado al cielo... - Mira cómo el Señor quiere se realicen ante los mismos humanos ojos las cosas, hasta inverosímiles, que había predicho, dice el Crisóstomo. Predijo la resurrección de los cuerpos; y él mismo resucita, y quiere certificar de ellos a sus discípulos, apareciéndoseles por espacio de cuarenta días. Predijo que seríamos llevados por los aires; y lo verifica él mismo con su ascensión. Dirás: ¿Y qué me interesa ello a mí? Mucho, porque harás lo que él hizo, porque tu cuerpo es de la misma naturaleza que el suyo. Tu cuerpo será tan ágil, que, como el suyo, podrá rasgar los aires: porque podrá el cuerpo lo que la cabeza, y el fin como el principio.

E) v. 52. - Se volvieron a Jerusalén con grande gozo... - Motivo de estar henchidos de gozo tenían los Apóstoles. Porque acaba Jesús de abrirles la inteligencia para que entendiesen las Escrituras; les había constituido heraldos y testigos de su verdad; les había prometido el Espíritu Santo; había subido en su presencia al cielo. Todo eran perspectivas luminosas para los Apóstoles: iban a ser robustecidos por la misma fuerza de Dios; fundarían el reino de Cristo como colaboradores suyos, y luego tenían el gaje de su entrada en el cielo, porque su Cabeza les había precedido para prepararles el lugar. Gozo análogo podemos sentir nosotros, cada uno dentro de nuestra vocación y manera de ser: pertenecemos al reino de Cristo; tenemos el sentido de Cristo (1 Cor. 2, 16); no nos falta la virtud del Espíritu de Cristo; nos anima la misma esperanza de seguir a Cristo en su ascensión de los cielos. Ante estas consideraciones, nuestro pobre ser no debería jamás sentirse agitado por el vaivén de las cosas caducas de la vida. Al cielo vamos, y en el cielo tenemos ya a nuestra Cabeza, que es Cristo.

F) Mc. 20. - Y ellos salieron, y predicaron en todas partes... - ¡Cosa estupenda! Mientras los grandes maestros de la ciencia humana no han sólido moverse de su cátedra, ni han tenido más fuerza que la de llevar, en la forma fría de sus escritos, a un reducido círculo de intelectuales, la pobre luz de sus ideas, los Apóstoles, idiotas, como les llama Teofilacto, reclutados en las capas inferiores del pueblo, y de un pueblo que no se distinguió por su ciencia, salvan los confines de su pequeña patria, penetran en el corazón de las grandes ciudades, se encaran con los poderosos y los sabios, remueven pensamiento y corazón de las multitudes y transforman el mundo. Es el efecto de la fuerza del Espíritu de Dios de que fueron revestidos, según la promesa de Jesús; es la fuerza del poder de Dios que se puso en la forma visible y clamorosa del milagro en favor de sus doctrinas. En verdad que el Cristianismo, que llena toda la tierra, y llena sobre todo los abismos del pensamiento y del corazón de millones de hombres, siendo obra de los Apóstoles pescadores, debe ser obra de Dios.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 741-746)



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Comentario Teológico: Manuel de Tuya - Ultimas apariciones e instrucciones a los apóstoles

Este pasaje, sin una conexión necesaria con lo anterior, debe de ser una síntesis de las conversaciones de Cristo con los apóstoles durante los cuarenta días que Le dice que se les apareció y les hablaba del reino de Dios (Act. 1,3).

Varios son los puntos que recoge Lc:

Hacerles ver por la Escritura-que enuncia en sus tres partes, y, sobre todo, al especificar los salmos, quizá por su especial valor mesiánico, ya que, generalmente, sólo se citaban la Ley y los Profetas-que el plan del Padre no era el mesianismo ambiental, nacionalista y político, sino que el Mesías había de morir y resucitar. Y entonces "les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo que así estaba escrito que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos".

La frase de "abrirles la inteligencia para que entendiesen las Escrituras", podría tener dos sentidos: o que Cristo les concede un carisma para que ellos penetren este sentido de las Escrituras, a diferencia de los de Emaús a los que él abiertamente se las explicaba (Lc 24,26.27), o que se trate de una frase fundamentalmente equivalente a la de los de Emaús, aunque la redacción literaria sea algo distinta, pues aquí mismo dice Lc que después de "abrirles la inteligencia", que es hacer comprender, "les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos". Es decir, explicación hecha por él mismo. Probablemente este segundo sentido sea preferible.

Que se predicase en "su nombre", del Cristo muerto y resucitado, la "penitencia" (metánoian) para la remisión de los pecados. Esta "penitencia" es cambiar el modo de ser, y ver en El, con su mesianismo de cruz y de resurrección, al único Salvador que Dios puso para la salvación. En los Hechos de los Apóstoles, dirá San Pedro ante el sanedrín: "En ningún otro (Cristo) hay salud, pues ningún otro nombre (semitismo por persona) nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos" (Act 4,12). Con la "conversión" a este Mesías y a su doctrina, se tiene la remisión de los pecados.

Esta predicación de Cristo Mesías y la salvación, aneja a su fe, es para "todas las naciones". Es el universalismo de la fe. Pero en el plan de Dios, será irradiada esta Buena Nueva comenzando por Jerusalén (Act 1,8). Era todavía la bendición del Mesías al pueblo que lo crucificó, y como gran beneficio, al tiempo que pasaba el privilegio de Israel a las gentes. El mismo San Pablo reconocerá estas "primacías" privilegiadas de Israel.

Los apóstoles serán "los testigos" de toda esta verdad y enseñanza. Pero van a ser preparados con la gran fuerza renovadora y fortalecedora de Pentecostés. Van a recibir el Espíritu Santo, de cuyo envío y obras tanto habló Jn en los discursos de la Cena, El complemento de esto lo expone Lc en los Hechos de los Apóstoles (Act 1,48; c.2).

La ascensión. 24,50-53 (Mc 16,19-20; Act 1,9-12)

La parte deuterocanónica de Mc sólo consigna el hecho de la ascensión del Señor en presencia de los apóstoles. Lc describe algo más. Acaso sólo pone un resumen de lo que pudiera ser ya en su propósito la escritura del libro de los Hechos, en donde da una más amplia descripción de la ascensión. El relato no tiene conexión cronológica con lo anterior.

Lleva un día Jesús a los apóstoles hacia Betania, en el monte de los Olivos (Act). La tradición señala un lugar en la cima del monte de los Olivos como lugar de la ascensión.

En su ascensión, Cristo, "levantando sus brazos" al modo de los sacerdotes en el templo, "los bendecía". Y, mientras los bendecía, "se separó (diéste) de ellos". Las palabras "y era llevado al cielo" son críticamente muy discutidas; se piensa puedan ser interpoladas. Era su postrera bendición en la tierra.

Ellos "se postraron" ante El. Esta frase es críticamente muy discutida. Era el acto de acatamiento ante la majestad de Cristo, que así subía a los cielos. Cuando, la pesca milagrosa (Lc 5,8ss), Pedro, admirado, "se postró" a los pies de Jesús, diciéndole que se apartase de él porque era pecador, ahora era la reacción espontánea ante Cristo subiendo a los cielos.

Volvieron a Jerusalén. Se comprende el "gozo" de ellos al ver este término apoteósico del Cristo crucificado. Lc, que comienza su evangelio en el templo con el oficio sacerdotal de Zacarías, lo termina igualmente en el templo, con la asidua oración de los apóstoles. Es una amplia construcción literaria de "inclusión semita". "Continuamente", que en Lc es una forma ordinaria totalitaria para indicar una gran frecuencia, asistían a los actos de culto en el templo. El cristianismo no rompió de golpe con ciertas prácticas judaicas. El templo era el lugar de la oración, y allí, siguiendo el plan de Dios, asistían asiduamente, preparándose para la recepción del Espíritu Santo prometido.
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 933-935)




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Aplicación: JUAN PABLO II - "REGINA CAELI" Domingo 27 de mayo de 2001

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Se celebra hoy en Italia y en otros países la Ascensión de Jesús al cielo. El día tradicional de esta fiesta era el jueves, pero, por razones pastorales, se ha trasladado a este domingo.

La Ascensión de Jesús es un acontecimiento que dejó una huella tan indeleble en la memoria de los primeros discípulos, que encontramos testimonio de ella en los evangelios y en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cuarenta días después de su resurrección, Jesús llevó a sus discípulos al monte de los Olivos, "hacia Betania", y, "mientras los bendecía, se separó de ellos y fue elevado al cielo" (Lc 24, 50-51). Naturalmente, ellos se quedaron mirando hacia las alturas, pero inmediatamente dos ángeles les preguntaron: "¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús (...) volverá como lo habéis visto marcharse" (Hch 1, 11).

2. "En la tierra como en el cielo": estas palabras, que repetimos todos los días en la oración del Padre nuestro, expresan muy bien la nueva condición de los discípulos, transformados por la experiencia del misterio pascual de Cristo. Son, al mismo tiempo, ciudadanos de la tierra y del cielo.

En efecto, Cristo creó en sí mismo el puente entre el cielo y la tierra: él es el Mediador entre Dios y el hombre, entre el reino de los cielos y la historia del mundo. Los creyentes, unidos a él en su mismo Espíritu, forman una comunidad nueva, la Iglesia, cuya naturaleza es al mismo tiempo visible y espiritual, peregrina en el mundo y partícipe de la gloria celestial (cf. Lumen gentium, 8 y 48-51).

3. María santísima fue asociada a este misterio más que cualquier otra criatura. Como nueva Eva, de la que nació el nuevo Adán, señala el camino de nuestro compromiso en la tierra; al mismo tiempo, habiendo sido elevada al cielo en cuerpo y alma, nos invita a tender hacia nuestra verdadera patria, donde nos espera la plenitud de la vida en el amor de Dios uno y trino.

La Iglesia, mientras rema mar adentro en el océano del nuevo milenio, no pierde de vista la estrella polar, que orienta su navegación. Esta estrella es Cristo, Señor de los siglos. Junto a él está su Madre, nuestra Madre, que no cesa de acompañar a sus hijos durante su peregrinación terrena. A ella dirigimos nuestra mirada con sincera esperanza. Le encomendamos las expectativas y los proyectos de la Iglesia, tal como se presentaron en el consistorio extraordinario recién concluido.

A ella le pedimos el don de la paz para el mundo entero, a la vez que con renovada confianza cantamos el Regina caeli.
(Sacado de: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/index_sp.htm)



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Aplicación: Fr. Luis de Granada - LA SUBIDA A LOS CIELOS

Acabados estos cuarenta días, sacó el Señor a sus discípulos fuera de la ciudad al monte de los Olivos, y despidiéndose allí dulcemente de ellos y de su benditísima Madre, levantadas las manos en alto, viéndolo ellos, subió al Cielo en una nube resplandeciente, llevando consigo sus prisioneros a su Reino y haciéndolos ciudadanos del Cielo y moradores de la casa de Dios.

Mas ¿qué lengua podrá aquí explicar con cuánta gloria, con qué alegría y con qué voces y alabanzas sería recibido aquel noble triunfador en la ciudad soberana? ¿Cuál sería ver allí ayuntados en unos hombres y Ángeles y todos a una caminar a aquella ciudad, poblar aquellas sillas desiertas de tantos años y subir sobre todos aquella Sacratísima Humanidad y asentarse a la diestra del Padre?
Todo esto es mucho de considerar; para que se vea cuán bien empleados son los trabajos padecidos por Dios, y cómo el que se humilló y padeció más que todas las criaturas, es aquí engrandecido y levantado sobre todas ellas.

Pues en este misterio tan glorioso, puedes primeramente considerar cómo dilató el Señor esta subida por espacio de cuarenta días; lo uno, para confirmar los discípulos en la fe y esperanza de la resurrección, y lo otro, para irlos poco a poco acostumbrando a vivir sin Él y sufrir la ausencia de su dulcísima compañía, la cual si súbitamente les quitara, no pudieran dejar de recibir grandísima desconsolación y tormento.

Y por esto, así como la madre va quitando poco a poco la leche al niño que cría, y no se la quita luego del todo la primera vez, porque la naturaleza no sufre estas súbitas mudanzas, así tampoco era razón que súbitamente se quitase del todo a los discípulos la leche suavísima de la conversación y compañía de Cristo, sino que poco a poco los fuese entreteniendo hasta la venida del Espíritu Santo, el cual los había del todo de destetar y hacer andar por su pie y comer pan con corteza.

En lo cual maravillosamente resplandece la providencia de este Señor y la manera que tiene en tratar a los suyos en diversos tiempos; cómo regala los flacos y ejercita los fuertes; da leche a los pequeñuelos y desteta los grandes; consuela los unos y prueba los otros, y así trata a cada uno según su necesidad.

Por donde ni el regalado tiene por qué presumir, pues el regalo es argumento de flaqueza; ni el desconsolado por qué desmayar, pues esto es muchas veces indicio de fortaleza.

Acabados, pues, estos cuarenta días, en presencia de los discípulos, y viéndolo ellos, subió al Cielo, porque ellos habían de ser testigos de estos misterios, y ninguno es mejor testigo de las obras de Dios que el que las sabe por experiencia.

Si quieres saber de veras cuán bueno es Dios, cuán dulce y cuán suave para con los suyos, cuánta sea la virtud y eficacia de su gracia, de su amor y de sus consolaciones y deleites, pregúntalo a los que lo han probado, que esos te darán de ello suficiente testimonio. Quiso también que le viesen subir al Cielo, porque le siguiesen con los ojos y con el espíritu, para que sintiesen su partida y les hiciese soledad su ausencia, porque éste era el más conveniente aparejo que había para recibir su gracia.

Pidió Eliseo a Elías su espíritu, y respondióle el maestro: "Si vieres cuando me parto de ti, será lo que pediste." Pues, según esto, aquéllos serán herederos del espíritu de Cristo, a quien el amor hiciere sentir la partida de Cristo: los que sintieren su ausencia y quedaren en este destierro suspirando siempre por su presencia.

Porque el Espíritu Santo ama a los amadores de Cristo, y de tal manera los ama, que el más conveniente aparejo que pide para comunicarles su gracia es este amor. Así lo hizo con aquella santa pecadora, de quien se dijo: "Fuéronle perdonados muchos pecados porque amó mucho."

Pues ¿cuál sería la soledad, el sentimiento y las lágrimas de la Sacratísima Virgen, del amado discípulo y de la santa Magdalena, y de todos los Apóstoles, cuando viesen írseles y desaparecer de sus ojos aquel que tan robados tenía sus corazones?

No se puede esto explicar con palabras. Mas con todo esto se dice que volvieron a Jerusalén con grande gozo, por lo mucho que lo amaban; porque el mismo amor que les hacía sentir tanto su partida, por otra parte les hacía gozarse mucho más de su gloria, porque el verdadero amor no busca a sí, sino al que ama.

Mas no pienses que porque este Señor se ausentó de los hombres y está reinando en el Cielo, se olvida de los hijos que dejó en este mundo; porque así como aquí nos ayudó con sus trabajos, así allí nos ayuda con su intercesión, haciendo en la tierra oficio de Redentor y en el Cielo de Abogado.

Porque tal convenía que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores y más alto que los cielos; el cual, asentado a la diestra de la Majestad, está allí presentando las señales de sus llagas al Padre por nosotros, gobernando desde aquella silla el cuerpo místico de su Iglesia y repartiendo diversos dones a los hombres, para incorporarlos consigo y hacerlos semejantes a Sí.

Por donde así como Él, que es nuestra cabeza, fue en este mundo afligido y martirizado con diversos trabajos, así también quiere Él que lo sea su cuerpo, porque no haya deformidad ni desproporción entre la cabeza y los miembros.

Porque gran fealdad y disonancia sería si, estando la cabeza atormentada, los miembros fuesen regalados, y si, estando ella tan humillada, ellos quisiesen ser adorados; y no teniendo ella sobre qué reclinarse, ellos quisiesen ser señores de todo.

Pues por esta causa ordenó la divina Sabiduría que todos cuantos Santos ha habido en la Iglesia desde el principio del mundo, fuesen con diversas maneras de trabajos probados y ejercitados: los Patriarcas, los Profetas, los Apóstoles, los Mártires, los Confesores, las Vírgenes y los Monjes, los cuales todos fueron en diversos tiempos examinados y purgados con muchos y muy grandes trabajos. Y por esta misma fragua han de pasar todos los otros miembros vivos de Cristo hasta el día del juicio, ordenándolo Él así desde lo alto, para que después vengan a cantar con el Profeta, diciendo: "Pasamos por fuego y por agua y trajístenos, Señor, a refrigerio."
De esta manera asentado nuestro Pontífice en aquella silla, gobierna todo este cuerpo místico de su Iglesia.
Gracias, pues, te dé, ¡oh Eterno Padre!, toda lengua por esta tan grande dádiva, en la cual nos diste tu Unigénito Hijo, para que fuese por una parte nuestro gobernador y, por otra, nuestro abogado; porque tales y tantas eran nuestras culpas, y tales y tantas nuestras miserias, que otro que Él no era bastante para remediarlas.
(Fr. Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, S.A., Madrid, 1956, pp. 231-237)

 

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Comentario Teológico: Fray Justo Perez de Urbel - LA ASCENSION (Marcos 16,15-20; Lucas 24,44-51; Hechos de los Apóstoles 1,2-8)

La cita en el monte
Diríase que Jesús quería visitar, ya glorioso, aquellos lugares que estaban vinculados con más vivo recuerdo a su carrera mortal. Había sorprendido a los discípulos entre el follaje del huerto, en el cenáculo, junto al lago de Genesareth, y si acaso a ellos se les olvida reunirse en algún lugar santificado por alguna de sus revelaciones más impresionantes o de sus obras más ruidosas, El se lo recuerda, con la orden expresa de encontrarse con ellos allí. Así sucede en la última de las apariciones de Galilea. Es una verdadera cita: "Los once discípulos fueron a Galilea al monte a donde Jesús les había mandado", un monte, sin duda, cercano al mar de Tiberíades, acaso el monte de las Bienaventuranzas, el de la Cuarentena o bien el de la Transfiguración. No es posible precisar más con los datos que hallamos en el Evangelio. Llegaron ellos, aguardaron, y Jesús acudió también. "Y viéndole, prosternáronse; mas algunos dudaron." Tal era su majestad, el halo de gloria que le rodeaba, que cayeron en tierra, tributándole el homenaje supremo de la adoración. Algunos, sin embargo, dudan, no tanto de la Resurrección como de la aparición. Temen una vez más ser juguetes de un fantasma. Nada ya de intimidades ni de confidencias, como en la mañana del lago. Toda la persona de Jesús despide reflejos de esplendor y de grandeza, que recuerda a los discípulos la escena del Tabor. Se aproxima y empieza a hablarles; pero sus palabras tienen una majestad soberana: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra." Nunca había afirmado con tal seguridad su dominio sobre el mundo. Otras veces lo había insinuado, había declarado que el Padre lo había puesto todo en sus manos; pero ahora ha sufrido ya, ha conquistado el imperio supremo con su muerte, y con su Resurrección ha recibido la investidura. Y tal vez era allí mismo donde oyó la promesa del tentador: "Todo esto te daré, si, cayendo, me adorares." Cristo conocía lo engañoso de esta proposición sacrílega, y prefirió desde entonces aceptar el cáliz amargo que le ofrecía su Padre. Como dice San Pablo, "se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le sublimó y le dio un nombre que está sobre todo nombre; para que ante El doblen la rodilla el cielo, la tierra y los infiernos".

Tiene un poder universal, pero sólo le reclama para salvar al mundo, para autorizar su misión y la de sus discípulos. Por eso, continúa: "Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a observar todas las cosas que os he mandado." Con estas palabras Jesús establecía el sacramento del Bautismo, que había de ser la puerta para entrar en su Iglesia y en la amistad de Dios, y, al mismo tiempo, confiaba a sus Apóstoles la misión más atrevida que se dio a hombre alguno en la tierra. En lo alto de aquel monte hay once hombres, gente humilde e ignorante, instrumentos débiles, que van a ser portadores de inmensos tesoros. Allí cerca se alzan las montañas de Judea: odio de fariseos, argucias de leguleyos, riquezas de plutócratas y sacerdotes. Más allá, los caminos del desierto, las rutas de las caravanas: comerciantes de lenguas diversas, hombres venidos del otro lado del Éufrates, que hablan de costumbres peregrinas, de reyes poderosos, de regiones inexploradas. Al otro lado, los sabios y traficantes y los encantadores de Alejandría, los filósofos de Grecia, la fuerza de aquel inmenso Imperio de Roma, con sus ejércitos, con sus procónsules, con su policía, con sus leyes, con sus dioses y sus diosas. Y aquellos once pescadores galileos recibían la orden de destruir aquellos dioses, conquistar aquellos reinos, convencer a aquellos gobernantes de que estaban engañados, y humillar a aquellos magos, a aquellos filósofos, a aquellos maestros orgullosos de su saber. Los Apóstoles quedaron espantados ante el panorama formidable que se abría de repente a sus ojos, pero a sus miradas interrogadoras y desconfiadas respondió el Señor con una promesa, que ya les había insinuado en otras ocasiones, pero que aquí tiene mayor alcance y una impresionante solemnidad: "Mirad, que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos." Con este episodio comienza la historia de la Iglesia.

El fin de la vida de Cristo, según la carne, es el principio de la vida de Cristo místico.
Obsesionados por esta idea, los evangelistas apenas se detienen a hablar de la desaparición material de su Maestro, es decir, de la Ascensión. Puesto que, en realidad, se quedaba con ellos, esta partida visible perdía importancia a sus ojos. San Mateo no habla siquiera de ella; San Marcos la recuerda de paso en el apéndice de su Evangelio; San Juan alude a ella en forma de profecía. San Lucas, es cierto, la narra más ampliamente, pero es porque la considera como el lazo que une el Evangelio con los Actos de los Apóstoles, la vida de Cristo con la de la Iglesia. Empieza la historia de la Iglesia con el relato de la Ascensión y con él termina su Evangelio.

La Ascensión
Estas fueron sus últimas palabras. "Después levantó las manos y les bendijo, y mientras les bendecía, se elevó al cielo." Todos le observaban sin perder el menor de sus gestos, y una profunda congoja se apoderó de todo su ser cuando advirtieron que se elevaba insensiblemente a los aires, que se alejaba, rodeado de un nimbo glorioso y que no tardaba en quedar vestido de una nube resplandeciente que le envolvía y le ocultaba a sus miradas. Fijos los ojos en lo alto, inmóviles de estupor, ellos miraban, miraban hacia la nube luminosa, y seguían mirando todavía cuando dos hombres vestidos de blanco aparecieron sobre sus cabezas, y les dijeron: "Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús, que de entre vosotros ha sido arrebatado al cielo, volverá de allí de la misma manera que le habéis visto subir."

Los discípulos comprendieron: les bastaba la presencia invisible. Adoraron en silencio, y rumiando su melancólica alegría, se volvieron a Jerusalén.

La obra estaba cumplida: redimido el hombre, fundada la Iglesia, abiertas las puertas del cielo. La semilla quedaba escondida en la tierra, y pronto empezaría a germinar: la explosión sobrenatural del día de Pentecostés, los cinco mil primeros convertidos, la dispersión de los Apóstoles, los viajes de San Pablo, y luego las persecuciones, los martirios, las victorias, un mundo convertido; el germen milagroso que se desarrolla siglo tras siglo en la jerarquía, en la doctrina, en las almas, en las sociedades, a pesar de las oposiciones, de las amenazas, de las luchas más encarnizadas. A la historia conmovedora de Cristo -el fenómeno religioso más grande de la Humanidad-, sucedía otra: la historia de su Iglesia, de la sociedad divina por El fundada, de El asistida, animada y fecundada por su Espíritu; esa sociedad que, en realidad, no era más que su prolongación y su complemento -el pleroma, según la expresión de San Pablo-, y en la cual debía seguir viviendo místicamente hasta el fin de los siglos, para que fuese una verdad eterna esta palabra suya: "Yo he vencido al mundo." El, y con estas palabras termina San Marcos su Evangelio, está sentado a la diestra de Dios en el cielo; ella continúa realizando la obra que El la encomendó sobre la tierra.
(Fray Justo Perez de Urbel, Vida de Cristo, Ed.Rialp 1987, p. 676-678 y 681-682)

 

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Aplicación: R. P. Raniero Cantalamessa OfmCap. - Seréis mis testigos

Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico "adiós" que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha "ausentado"; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle. En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

Pero surge una objeción. Si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos! Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: "Vosotros sois testigos de estas cosas" (Lc 24, 48). Ese "vosotros" señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir "oficial", esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel "vosotros" se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. "Cada seglar -dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo" (Lumen gentium 38).

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: "El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros". Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho... Los hechos, dice un refrán ingles, hablan con más fuerza que las palabras.

El testigo es quien habla con la vida. Un padre y una madre creyentes deben ser, para los hijos, "los primeros testigos de la fe" (esto pide para ellos la Iglesia a Dios, en la bendición que sigue al rito del matrimonio). Pongamos un ejemplo concreto. En este período del año muchos niños [y jóvenes] se acercan a la primera comunión y a la confirmación. Una madre o un padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo, explicarle el sentido de las palabras, ayudarle a memorizar las repuestas. ¡Hacen algo bellísimo y ojalá fueran muchos los que lo hicieran! Pero ¿qué pensará el niño si, después de todo lo que los padres han dicho y hecho por su primera comunión, descuidan después sistemáticamente la Misa los domingos, y nunca hacen el signo de la cruz ni pronuncian una oración? Han sido maestros, no testigos.

El testimonio de los padres no debe, naturalmente, limitarse al momento de la primera comunión o de la confirmación de los hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí, de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que pide limosna, con los comentarios que hacen en presencia de los hijos al oír las noticias del día, los padres tienen a diario la posibilidad de dar testimonio de su fe. El alma de los niños es una placa fotográfica: todo lo que ven y oyen en los años de la infancia se marca en ella y un día "se revelará" y dará sus frutos, buenos o malos.

 

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Ejemplo


Cierto Ermitaño
Yendo de caza, dos nobles caballeros encontraron a un ermitaño que en una miserable choza llevaba una vida muy penitente, y le preguntaron: -¿Cómo te arreglas para poder estar aquí? ¿No experimentas melancolía y malestar? Respondió el ermitaño: -¡Oh, sí que lo experimento!, pero cuando sufro o estoy triste voy a aquella ventana - y señalaba la de la choza - y al momento hallo consuelo y aliento. Uno de aquellos caballeros fue a aquella ventanilla para ver qué había allá fuera, y dijo al ermitaño: -Querido mío, no veo nada. ¿Qué ves tú? ¿Qué cosa es esa que viéndola tanto te consuela? -¿Cómo? ¿No ve usted el cielo? - añadió el santo hombre - Esto es mi consuelo en las penas: la vista del cielo.
(Tomado del libro "Vademécum de Ejemplos Predicables", Mauricio Rufino, Ed. Herder, 1962, nn. 453)

El ángel de cada niño
Cuenta la leyenda que a un angelito que estaba en el cielo le tocó el turno de nacer como niño, así que decidió hablar con Dios.
Ángel: Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra; ¿pero cómo podré vivir tan pequeño e indefenso como soy?
Dios: Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que te está esperando y te cuidará.
Ángel: Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír; eso basta para ser feliz.
Dios: Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
Ángel: ¿Y cómo entenderé lo que la gente habla, sino no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
Dios: Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar, y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
Ángel: ¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
Dios: Tu ángel juntará tus manitos y te enseñará a orar y podrás hablarme.
Ángel: He oído que en la tierra hay hombres malos, ¿quién me defenderá?
Dios: Tu ángel te defenderá a costa de su propia vida.
Ángel: Pero estaré triste porque no te veré más.
Dios: Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado en cada instante.
... Una gran paz reinaba en el cielo, pero ya se oían voces terrestres y el niño presuroso repetía con lágrimas en los ojitos sollozando...
Ángel: Dios mío, si ya me voy, dime su nombre... ¿Cómo se llama mi ángel?
Dios: Su nombre no importa, tu le dirás... "Mamá".


(Cortesí­a: iveargentina.org et alii)

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