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Solemnidad de Pentecostés A-B-C - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa parroquial

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. - Las lecturas de Pentecostés

Exégesis: Joseph Kurzinger - La venida del Espíritu Santo (Hech. 2,1-13)

Exégesis: Dr. Isidro Gomá - APARECE JESÚS A LOS DISCÍPULOS REUNIDOS

Comentario teológico: Manuel de Tuya - Apariciones a los discípulos. 20,19-29 (Lc 24,36-42)

Comentario teológico: Dom Columba Marmion - MISIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos

Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino - CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Comentario Teológico: Gran Enciclopedia RIALP - Pentecostés en la Sagrada Escritura

Santos Padres: San León Magno - El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad

Santos Padres: Basilio de Cesarea - El Espíritu es la luz de los creyentes

Santos Padres: San Agustín - A quienes perdonéis... Por qué no se da hoy el don de lenguas

Santos Padres: San Agustín: El don de Dios, la gracia de Dios y la abundancia de su misericordia

Aplicación: Juan Pablo II - Y se llenaron todos del Espíritu Santo

Aplicación: Juan Pablo II - En Pentecostés se cumple el proyecto de Dios

Aplicación: San Juan Pablo Magno - La Misión del Hijo, del Espíritu Santo, de la Iglesia

Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Pentecostés

Aplicación: Beato Columba Marmion - Nuestra devoción al Espíritu Santo: invocarle y ser fieles a sus inspiraciones

Aplicación: R.P. Carlos M. Buela, I.V.E. - El Espíritu Santo y la Misa

Aplicación: P. Alfonso Torres, S.I. - El Espíritu Santo muy olvidado

Aplicación: San Juan de Ávila - ¿Ha venido hasta ti este tal Consolador?

Aplicación: Juan Pablo II - El Espíritu Santo, principio vital de la apostolicidad de la Iglesia

Aplicación: R. P. Royo Marín - El Espíritu Santo desconocido

Aplicación: Papa Francisco - El Espíritu Santo que lleva a la Verdad, a Jesús

Aplicación: Papa Francisco - Abrirse a la novedad del Espíritu Santo

Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

 

Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. - Las lecturas de Pentecostés

HECHOS 2, 1-11
Resurrección-Apariciones- Ascensión: Son ya Era del Espíritu Santo: Qui (Jesus) post resurrectionem suam omnibus discipulis suis manifestus apparuit; et ipsis cernentibus este elevatus in coelum, ut nos divinitaris suae tribueret esse participes. San Lucas, que nos presentó en el Evangelio la vida de Jesús dirigida por el Espíritu, nos quiere, ahora demostrar cómo la Iglesia e Jesús tiene también el Espíritu como guía y motor:

-La Era Mesiánica es esperada como efusión del Espíritu Santo. Los Profetas así lo prometen: Joel es el más explícito: "Derramaré mi espíritu sobre toda carne. Obraré prodigios en los cielos y sobre toda la tierra" (Jl. 3, 1). Y Habacuc nos describe la nueva teofanía en luz y en fuego, en huracán y en terremoto (Hbc. 3, 3). Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia, el comienzo de una nueva Era; el Padre y el Hijo nos envían al Espíritu Santo. La Era Mesiánica, Era escatológica en la perspectiva de los Profetas, tiene como inauguración y primicias un diluvio de Espíritu Santo.

-Dios habla en "signos", que es el mensaje que todos entienden. Los "signos" que anuncian solemnemente la misión del Espíritu Santo a la Iglesia son: Un ruido del cielo; un viento impetuoso; un diluvio de fuego en forma de lenguas ígneas: Este fragor celeste, este huracán, esta lluvia de fuego son expresivos símbolos de la llegada y de la obra que va a realizar el Espíritu Santo: Fragor celeste que despierta; llama que enardece: viento que eleva, espiritualiza; fuego que ilumina, purifica, caldea. De hecho, los Apóstoles, recibido el Espíritu Santo, quedan transmudados, re-nacen. Son ya valientes, iluminados, puros, fieles, espirituales. A la luz del Espíritu Santo penetran el sentido de las enseñanzas de Cristo, hasta entonces enigmáticas para ellos.

-El Don de lenguas, o "glosolalia", es un carisma para alabar a Dios (Cf. 1 Cor 10, 14). Como en estado extático cantan los Apóstoles la Gloria de Dios en todas las lenguas. Los oyentes, a su vez, a la luz del Espíritu Santo, los comprenden y se unen a ellos. Este fenómeno sobrenatural quiere demostrar que han cesado las disgregaciones (de lengua, raza, cultura, religión) que pesaban como maldición sobre los hombres (Gn. 11, 1-9). El Espíritu Santo hará de todos los redimidos por Cristo un único Pueblo de Dios. La única condición para ser beneficiarios de esa gracia, en esa nueva creación, es la conversión y la fe: "Convertíos y recibid el Bautismo en el nombre de Jesucristo, en remisión de vuestros pecados. Y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch. 2, 38). Si el orgullo produjo discordia y frustración, la fe da armonía y salvación.

1 CORINTIOS 12, 3-7. 12-13
San Pablo nos presenta un cuadro muy interesante de la actuación interior del Espíritu Santo en las almas; y también de las manifestaciones carismáticas y maravillosas que enriquecieron desde los principios a la Iglesia y la mostraron: "Sacramento universal de Salvación" (L.G. 48)
-E don de la fe y la confesión de la fe son gracias del Espíritu Santo. Sin esta gracia no podemos llegar a la zona de la fe (3b). A la vez, la gracia del Espíritu Santo salvaguarda de todo error y desorientación de nuestra fe (3a). Si queremos que nuestra fe no sufra titubeos, confusionismo y desviaciones, pidamos humildemente la gracia del Espíritu Santo.

-En la primitivas Comunidades, en las que Jerarquía no podía actuar con la trabazón o institución que adquirió con el desarrollo de la iglesia, el Espíritu Santo suplía con una profusión de dones carismáticos: los que hoy llama la Teología: gratias gratis datas. Los carismas, de nuevo puestos de relieve por el Vaticano II, no se dan al fiel directamente para su santificación, sino para el bien inminente de la Comunidad (7). Fueron en las primeras Comunidades cristinas un factor importante para la consolidación de la fe y para su propagación. San Pablo nos da diferentes listas de los carismas más importantes (8-10; 12, 27.28: Rom 12, 6-8; Ef 4, 11). Siempre insiste que no se dan para provecho propio, ni menos para fomento de vanidad, ni como exhibicionismo religioso. Todos provienen del mismo Espíritu y van ordenados al bien de la Iglesia; y sobre todos ellos, está la caridad, don esencial del Espíritu Santo, al que todos debemos aspirar y que debemos valorizar más que los carismas.
-En la ordenación y regulación y uso de los carismas hay que tener presente: al defender la unidad de la Iglesia, no impedir la diversidad de los carismas, no dañar la Unidad de la Iglesia. E ilustra su enseñanza con el símil del cuerpo humano: uno con variedad de miembros; pero en el que todos los miembros actúan en razón de la unidad. En este Cuerpo Místico, que s la Iglesia, el Espíritu Santo es el Alma que lo informa, lo vivifica, lo santifica, lo vigoriza, lo unifica: "Bautizados en un espíritu para formar un Cuerpo" (13). Por la Eucaristía el Espíritu único de Cristo unifica y vivifica el que por eso es su ünico Cuerpo Místico: A te, Pater, missit Spiritum Sanctum primitias credentibus, qui opus tuum in mundo perficiens, omnem sanctificationem compleret (Prex Euc IV).

JUAN 20, 19-23
San Juan nos da en este contexto la misión del Espíritu Santo que San Lucas describe en Pentecostés:
-El Resucitado se presenta a sus Apóstoles y les enseña las cicatrices de sus llagas, precio con el cual nos ha ganado el Espíritu Santo. Y les da el "signo" de la misión del Espíritu Santo: "Sopla sobre ellos" (20). En hebreo, soplo y Espíritu se indican con la misma palabra. La Iglesia vive del Espíritu de Cristo.

-Con el don del Espíritu Santo les inunda de paz: "Paz a vosotros" (19.20). "Paz" en la Escritura es la síntesis de todos los bienes; y, ya en clave de Espíritu Santo, indica todos los dones, frutos y carismas del Paráclito. Los Apóstoles tendrán en todos primacía y plenitud.

-Para le Era del Espíritu Santo estaba prometida la remisión de los pecados (Jr 31, 34). Queda en manos de los Apóstoles el poder de perdonar (23), pues Cristo los envía como continuadores de su obra salvífica y les entrega la plenitud de sus poderes y autoridad (21).
(José Ma. Solé Roma O.M.F.,"Ministros de la Palabra", ciclo "C", Herder, Barcelona, 1979, p. 112-115)



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Santos Padres: San León Magno: El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad

Correspondencia entre el Pentecostés cristiano y el mosaico. Los Apóstoles son instruidos por el Espíritu Santo. Se declara el misterio de la Santísima Trinidad y se refutan los errores contra el Espíritu Santo.

Todos los católicos saben, mis amados hermanos, que la festividad de hoy merece celebrarse entre las principales y nadie discute la reverencia especial que este día se merece, puesto que fue santificado por el Espíritu Santo con un señaladísimo milagro de su bondad. Este es el día décimo a partir de aquel en que subió el Señor sobre lo más encumbrado del cielo para sentarse a la diestra de Dios Padre y es el quincuagésimo contando desde el día de su Resurrección, brillando ahora en todo su esplendor lo que entonces se anunció y encerrando en sí maravilloso cúmulo de antiguos y nuevos misterios, que finalmente en esta fiesta se aclaran al adivinarse ya la gracia en la antigua ley y aparecer ahora la ley plenamente cumplida por la gracia. Como en otro tiempo fue dada la ley al pueblo hebreo, libertado de los egipcios, en el día quincuagésimo después de la inmolación del cordero en el monte Sinaí, así también, después de la Pasión de Cristo, en que fue sacrificado el verdadero Cordero de Dios, el día quincuagésimo después de su Resurrección el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y sobre todo el pueblo de creyentes, para que fácilmente el cristiano sagaz conozca que los comienzos del Viejo Testamento prefiguraban ya los principios del Evangelio, estableciendo la segunda alianza el mismo Espíritu que instituyó la primera.

Pues como nos narran los Hechos apostólicos al cumplirse los días de Pentecostés y estando todos los discípulos en un mismo lugar, se percibió un ruido que venía del cielo, como de viento impetuoso que se acerca, y llenó toda la casa en donde estaban reunidos. Y aparecieron distribuidas entre ellos como lenguas de fuego que se posasen sobre las cabezas de cada uno, y fueron llenos del Espíritu Santo, comenzando a hablar con otras lenguas, conforme el Espíritu Santo hacía que hablasen (Hch 2,1). ¡Oh, cuán veloz es la palabra de la sabiduría, y siendo Dios el maestro que pronto se aprende lo que se enseña! No necesitaron de intérprete para entender, ni de práctica para hablar, ni de tiempo para consagrarse al aprendizaje, sino que iluminando cuando quiso el Espíritu de verdad los vocablos peculiares de las diversas lenguas se hicieron familiares en la boca de la Iglesia. En este día empezó a resonar la trompeta de la predicación evangélica y desde entonces las lluvias de carismas y los ríos de bendiciones cayeron sobre la tierra desierta y árida, porque para reanimar el aspecto del mundo el Espíritu Santo se cernía sobre las aguas (Gen., 1, 2), y para ahuyentar las viejas tinieblas refulgían los rayos de la nueva luz y con el brillo de las lenguas de fuego aparecía la palabra de Dios iluminada y su elocuencia como encendida, puesto que estaban dotadas de fuerza para iluminar el entendimiento y de fuego para consumir el pecado.

Mas aunque el mismo acontecimiento aparezca admirable, mis amados hermanos, y no quepa duda de que en aquel alegre concierto de todas las voces humanas estaba presente la majestad del Espíritu Santo, a nadie se le ocurra pensar, sin embargo, que en esto que ven los ojos corporales aparece su divinidad, pues es por naturaleza invisible e igual en este punto con el Padre y el Hijo, dando a conocer con la señal que le plugo la excelencia de su obra y don pero guardando en su misma Divinidad la propiedad de su esencia, porque como ni el Padre ni el Hijo así tampoco el Espíritu Santo pueden ser vistos por ojo humano. En la Trinidad divina nada es desemejante, nada es desigual, y todas las cosas que puedan pensarse de su ser ni en poder, ni en gloria, ni en eternidad son diferentes. Y siendo, en lo que se refiera a las propiedades de las divinas Personas, uno el Padre, otro el Hijo y otro el Espíritu Santo, empero no hay diversidad de Divinidad ni de naturaleza. Y procediendo el Hijo Unigénito del Padre y siendo el Espíritu Santo espirado por el Padre y el Hijo, no procede como las demás criaturas que dependen del Padre y del Hijo, sino que vive y reina con ambos y sempiternamente por subsistir juntamente con el Padre y el Hijo. Por donde al prometer el Señor antes de su Pasión a sus discípulos la venida del Espíritu Santo, dijo: Todavía tengo muchas cosas que deciros, mas no podéis ahora comprenderlas. Pero cuando venga aquel Espíritu de verdad él os llevará al conocimiento de la verdad. No hablará de su caudal, sino que dirá cuanto hubiere oído y os predecirá lo futuro. Todas las cosas que tiene el Padre son mías, por eso os dije que recibirá de mi caudal y os lo anunciará (Jn 16,13). No son distintas las cosas del Padre y del Hijo y del Espíritu, sino que todo lo que tiene el Padre también lo tiene el Hijo y el Espíritu Santo y nunca faltó esta mutua comunicación en aquella Trinidad, porque la razón de poseer todos los bienes es su preexistencia eterna. Allí nadie puede pensar en tiempos, jerarquías o distinciones, y si nadie es capaz de definir lo que es Dios, tampoco nadie ose decir que no es, pues más excusable parece no decir cosas dignas de una Naturaleza inefable que atribuirle las que le sean contrarias. Así, pues, cuanto sean capaces de concebir los corazones piadosos de la eterna e inmutable gloria del Padre, otro tanto atribuyen al Hijo y al Espíritu Santo, sin restricciones ni diferencias. Por tanto, confesamos a esta beatísima Trinidad como un solo Dios, pues en estas tres Personas no puede darse diversidad, ni sustancial, ni de poder, ni de voluntad, ni de modo de obrar.

Y como aborrecemos a los Arrianos que pretenden ver distancias entre el Padre y el Hijo, así también detestamos a los Macedonianos que aunque concedan la igualdad entre el Padre y el Hijo, sin embargo aseguran que el Espíritu Santo es de inferior naturaleza, no reparando que cometen una blasfemia tal que no se les perdonará ni en el siglo presente ni en el juicio futuro, pues dice el Señor: Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado, mas el que hablare contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este siglo ni el venidero (Mt 12,32). Así que quien persista en esta impiedad no será perdonado, pues arroja de sí a aquel por cuya virtud podía confesar su fe, de forma que nunca alcanzará el remedio del perdón quien no tiene abogado que interceda por él. De este divino Espíritu procede el poder invocar al Padre, de él las lágrimas de los penitentes, de él los gemidos de los que oran y nadie puede decir Señor Jesús, si no es por el Espíritu Santo (1Cor 12,4), cuya igual omnipotencia con el Padre y con el Hijo, formando con ellos una única Divinidad, la proclama claramente el Apóstol cuando dice: Danse, claro está, gracias diversas, pero es uno mismo el Espíritu. Y también hay diversidad de ministerios, pero es uno mismo el Señor, y diversidad de operaciones, mas es el mismo Dios quien obra en todas las cosas (1Cor 12,5).

Con éstos y con otros textos, queridísimos, con que brilla abundantemente la autoridad de las divinas Letras, debemos animarnos a reverenciar todos de consuno este día de Pentecostés, saltando de gozo en honor del Espíritu Santo, santificador de toda la Iglesia, maestro del alma fiel, inspirador de las creencias, doctor de la sabiduría, fuente de amor, símbolo de castidad y principio de toda virtud. Alégrense hoy las almas de los cristianos porque en todo el mundo es alabado el solo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con la general confesión de todas las lenguas y porque todavía ahora el misterio que se descubrió bajo la forma de lenguas de fuego aún sigue obrando y comunicando sus dones Este mismo Espíritu de verdad hace brillar su mansión con el esplendor de su gloria, y de su luz y no quiere que en su templo haya tinieblas ni tibieza. Para participar de su obra y doctrina usemos de la reparación de ayunos y limosnas, pues a este venerable día va unida la costumbre de una práctica saludable que experimentaron ser muy útil los santos de todos los tiempos, y a ejercitarla con interés os exhortamos con pastoral solicitud, para que si la incauta negligencia contrajo algunas manchas en los días pasados, las repare la aspereza del ayuno y las subsane la piadosa devoción. Así, pues, ayunemos las ferias cuarta y sexta y el sábado celebremos las vigilias con el fervor acostumbrado. Por Jesucristo nuestro Señor que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
(San León Magno, Sermones Escogidos, Apostolado Mariano, p. 88-91)



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Exégesis: Joseph Kurzinger - La venida del Espíritu Santo (Hech. 2,1-13)

El siguiente relato ocupa un puesto preeminente en el mensaje de la salvación, tal como san Lucas lo entiende y lo quiere proclamar. Hacia él va encauzada la conclusión del Evangelio (Luc_24:48s) y el principio de los Hechos de los apóstoles. La imagen de la Iglesia que a continuación se presenta ante nuestra mirada, recibe de dicho relato su profundo y verdadero fundamento y su decisiva declaración.

(...)

1. El acontecimiento de Pentecostés (Luc_2:1-13)

a) La manifestación del Espíritu (Hch 2,01-04)

1 Y al llegar el día de pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar, 2 cuando de repente vino del cielo un estruendo como de viento que irrumpe impetuoso, el cual llenó toda la casa donde estaban. 3 Y vieron sendas lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos; 4 se sintieron todos llenos de Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según que el Espíritu les concedía expresarse.

Se percibe la tensión expectante de la nueva comunidad. El bautismo en Espíritu debía tener lugar «dentro de no muchos días». Así lo había dicho el Señor en su última aparición. En pentecostés debía cumplirse la promesa, en el día que se designaba como el «quincuagésimo» después de pascua, exactamente: después del 16 de nisán. Era una de las tres grandes fiestas de peregrinos. Las otras dos eran la fiesta de pascua y la de los tabernáculos. Pentecostés, era, al principio del culto judío, una fiesta de la cosecha (cf. Deu_16:9-12; Lev_23:15-21). Más tarde también fue dedicada a recordar las revelaciones del monte Sinaí y la legislación que allí se dio. (…) Se han señalado en la tradición judía del Sinaí pormenores tales como los que también aparecen en nuestra narración de pentecostés. Es digno de notarse que en un escrito de Filón de Alejandría (muerto hacia el año 40 después de Cristo) se informa acerca de las revelaciones del Sinaí que fueron acompañadas de un estruendo sobrenatural y de misteriosas señales ígneas, que se transformaban en palabras divinas. También se dice en aquel escrito que las setenta naciones paganas percibieron la proclamación de la ley en la lengua de su propio país.

(…) En la historia de la revelación del Antiguo Testamento el viento y el fuego son símbolos de la divinidad. Sabemos que las palabras hebreas, griegas y latinas que significan «espíritu», tanto designan los fenómenos naturales del viento que sopla (exhalación, aliento) como también el mundo misterioso de la divinidad. Dios se revela en acontecimientos alegóricos. Eso también se indica en el relato con la manera de explicar por medio de comparaciones («como de viento..., como de fuego»).

(…)

Del fuego, símbolo de la vida y de la gloria divinas, descienden distintas lenguas luminosas como revelación gráfica de que todos, según su manera personal de ser, reciben del único Espíritu, como lo explica y expone san Pablo hablando de los dones carismáticos del Espíritu (1Co_12:4 ss). Este Espíritu, que Jesús ha prometido, dirige y hace efectivas las palabras y las acciones de los discípulos. Así tiene un especial sentido que se testifique que precisamente en pentecostés se hablaba en otras lenguas. Esto podía hacer pensar la palabra griega glossa. Con ello, el Espíritu, que se manifestaba en lenguas de fuego, capacitaría a los discípulos para hablar en otras lenguas que les eran desconocidas. Nuestro relato no excluye esta posibilidad, pero más bien parece, si hemos de ser fieles a la letra, que evoca una mutua comunicación de lenguas obrada por el Espíritu. Si principalmente se trata de un lenguaje ininteligible, extático, que debe explicarse con la ayuda de una interpretación profética, entonces el Espíritu en la revelación de pentecostés podría al mismo tiempo haber movido también el alma dispuesta de los oyentes a que gracias a un milagro de audición pudieran entender en su propia lengua nativa como mensaje de salvación lo que los discípulos decían «en lenguas».

b) Los testigos del acontecimiento (Hch 2,05-13)

5 Paraban entonces en Jerusalén judíos devotos procedentes de todos los países que hay bajo el cielo. 6 Al producirse este ruido, se congregó la muchedumbre, y no salían de su asombro al oírlos hablar cada uno en su propia lengua. 7 Estaban como fuera de sí y maravillados decían: «¿Pero no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Pues cómo nosotros los oímos hablar cada uno en nuestra propia lengua nativa? 9 Partos, medos, elamitas y los habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de la región de Libia que está junto a Cirene, 11 y los peregrinos romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes los estamos oyendo expresar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios.» 12 Estaban todos fuera de sí y perplejos, y se decían unos a otros: «¿Qué significa esto?» 13 Otros, en plan de burla, decían: «Están borrachos de mosto.»

(…) Cuando se habla de los «judíos devotos procedentes de todos los países que hay bajo el cielo», ¿se alude a quienes como antiguos judíos de la diáspora por interés religioso, impulsados por una particular expectación del Mesías, querían pasar en Jerusalén el ocaso de su vida? ¿No hay que pensar más bien en los muchos peregrinos venidos para la fiesta de pentecostés de todas las naciones de la tierra? Dejamos la cuestión en suspenso. El versículo 5 no sólo muestra la dispersión universal del pueblo judío, sino que también prepara la lista de países (Hech.2:9-11) y de este modo deja adivinar el gran campo de trabajo, ante el que se afanarán los apóstoles y la Iglesia.

La lista de países (…) quiere representar de una forma gráfica y viva la diversidad de los testigos de la fiesta de pentecostés, y así mostrar de un modo tan impresionante como sea posible el milagro lingüístico y auditivo. (…) La lista presentada es suficiente para la intención del autor. Se puede preguntar si la observación «tanto judíos como prosélitos» se refiere a todos los nombres precedentes o tan sólo a los «romanos», a quienes se acaba de nombrar. Dado el interés de los Hechos de los apóstoles por Roma y por los lectores romanos, no hay que desechar la suposición de que san Lucas con esta advertencia quiere indicar que los peregrinos romanos de pentecostés trajeron el mensaje cristiano a Roma y que la comunidad que allí se formó desde un principio constaba de judeocristianos y de etnicocristianos, aunque estos últimos vinieron a la Iglesia por el camino del proselitismo judío. Si se admite esta interpretación, se podrían considerar los dos nombres siguientes «cretenses y árabes» simplemente como continuación de la lista, en la que los nueve nombres de países están flanqueados probablemente a propósito, por tres nombres de pueblos al principio y por otros tres al final.

Las «grandezas de Dios» son el tema de que se habló el día de pentecostés. Debió ser una erupción de jubilosa alegría, una manifestación de la felicidad que se siente por la revelación salvífica de Dios, que le cupo en suerte al mundo en Cristo Jesús. Había llegado la primera ocasión y con ella el principio para dar el testimonio (según la orden de 1,8) de Cristo y de su gracia. Es la primera revelación de la «fuerza» del Espíritu Santo que se difunde en la Iglesia. ¿Cómo acogen los hombres esta fuerza? Un asombro perplejo conmovió a unos, otros hicieron una burla recusante. Puede ser que para las personas a quienes no se descubrió el sentido oculto de «hablar en lenguas», la pronunciación que les producía una impresión extraña les hiciera recordar el estado de embriaguez. Solamente los que habían sido penetrados por el Espíritu, percibieron en aquel hecho el mensaje de salvación en la lengua familiar de la patria. ¿Por qué este mensaje permaneció cerrado para otros? ¿No estaba bien dispuesto el corazón? Se denota el gobierno misterioso de la gracia. Pero también se deja ver la culpa y la complicidad del hombre. La Iglesia desde un principio experimenta lo mismo que experimentó el Verbo eterno. «Y esta luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron» (Jua_1:5).
(KURZINGER, J., Los Hechos de los Apóstoles, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Madrid, 1969)



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Exégesis: Dr. Isidro Gomá - APARECE JESÚS A LOS DISCÍPULOS REUNIDOS Y LES ENTREGA EL ESPÍRITU SANTO

Explicación
La relación de las santas mujeres, y aun la de Pedro, afirmando ante los discípulos que habían visto a Jesús resucitado, no disipó todas sus dudas. Ni la detallada descripción de los discípulos de Emaús mereció por un momento más crédito: "Ni a éstos creyeron" (Mc 16,13). Jesús va a coronar sus apariciones con la que aquí se narra, hecha en conjunto a todos los Apóstoles y algunos discípulos que con ellos estaban. Marcos no hace más que una alusión rápida a esta aparición; Lucas y Juan dan de ella preciosos detalles, que mutuamente se completan. Distinguimos en este relato: la aparición (Jn v.19; Lc v.37-39); pruebas que les da de la verdad de su resurrección (Jn v.20; Lc v.41-44); poderes que les confiere (Jn v.21-23).

La Aparición
Tuvo lugar en el mismo momento en que los discípulos de Emaús narraban a la asamblea de los Apóstoles y discípulos lo que acababa de ocurrirles aquella tarde: Y mientras hablaban de estas cosas..., sucedía ello el mismo día de la resurrección, al anochecer, y estando los discípulos congregados y encerrados por el miedo que los sinedritas les inspiraban, y con razón, pues estarían irritados con el supuesto robo del cuerpo del Señor: siendo ya tarde, aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas en donde se hallaban juntos los discípulos por miedo de los judíos... Acababan de cenar, cuando estaban a la mesa. La aparición de Jesús en medio de ellos fue súbita; el cuerpo de Jesús, glorificado ya, no necesitó se le abriese paso para entrar en el local cerrado: tenía las condiciones del cuerpo "espiritual", de que nos habla el Apóstol (1Cor 15,44):
Vino Jesús, y se puso en medio, y les saludó con la fórmula corriente entre los judíos: Y les dijo: Paz a vosotros. Esta paz es ya más fecunda: es la paz del Príncipe de la paz, la paz mesiánica, fecunda en toda suerte de bienes. Como si quisiese Jesús darles un presagio de los bienes de esta paz, añade: Yo soy, no temáis.

A pesar de las dulces palabras de Jesús, su aparición súbita les había llenado de terror; sin embargo, sin ruido, a través de paredes y puertas han visto a un hombre aparecer ante ellos; creyeron se trataba de un espectro o fantasma, no de un cuerpo real: Mas ellos, turbados y espantados, pensaban que veían algún espíritu: ¡tanto les costaba persuadirse de la resurrección del Señor, a pesar de ser ya la cuarta vez que se aparece! Jesús les tranquiliza, dándoles a entender que es él, único que puede leer en sus pensamientos: Y les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y por qué dais lugar en vuestro corazón a tales pensamientos?, haciendo conjeturas de si soy o no un espíritu? No lo soy; mirad, para convenceros, que conservo aún en mis manos y pies las señales de los clavos de la crucifixión: Ved mis manos y mis pies, que yo mismo soy: no me miréis ya sólo la cara, por la que se conoce el hombre, sino mis miembros con los vestigios de mi suplicio. Pero, por si temieseis engaño de la vista, os ofrezco mi cuerpo para que lo palpéis, y os convenzáis de que no soy fantasma o visión, sino que tengo carne y hueso como vosotros: Palpad y ved: que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
Pruebas de la verdad de la resurrección

De las palabras pasa Jesús a los hechos: les enseña aquellas partes del cuerpo en que quedaron más profundamente impresos los estigmas de la pasión: Y cuando esto hubo dicho, les mostró las manos, y los pies, y el costado: Los Apóstoles y discípulos mirarían y tocarían con atención y reverencia las cicatrices sagradas; es el primer argumento que les da: el de la vista y tacto, sentidos los más fidedignos. La certeza de que están viendo a Jesús les inunda de gozo: Y se gozaron los discípulos viendo al Señor: empiezan a realizarse las palabras que les había dicho, de que les vería otra vez y se alegraría su corazón (cf. Jn 16,22). Aprovecha Jesús estos momentos de santa expansión de sus discípulos para darles una lección de docilidad de espíritu, cuando hay motivos bastantes para creer: Y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón: porque no habían creído a los que lo vieron resucitado.

Pero les confirma en la verdad de su resurrección dándoles un segundo argumento. Es fenómeno psicológico universal que difícilmente creamos, por instintivo temor de que frustre el gozo, los faustísimos sucesos que nos atañen; esto les ocurre a los discípulos: han oído las referencias de los compañeros que han visto a Jesús resucitado; le tienen presente; han mirado y palpado su cuerpo sagrado; pero el mismo gozo es obstáculo a la fe completa: Mas, como aún no lo acaban de creer, y estuviesen maravillados de gozo, dándoles una prueba aún más fehacientes, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Los espectros y los espíritus no comen; si Jesús come, la prueba es decisiva: Y ellos le presentaron parte de un pez asado y un panal de miel, un trozo de panal, ambos manjares probablemente restos de la cena frugal que acababan de tomar. Jesús comió; los cuerpos glorificados no tienen necesidad de comer, pero pueden hacerlo y absorberlos en alguna manera: Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras, y se las dio.

Finalmente les da una razón sintética para acabar de disipar las dudas que sobre su resurrección pudiesen aún abrigar. La causa de su incredulidad ha sido la decepción o desengaño sufrido al ver padecer y morir a Cristo; como los discípulos de Emaús, habían creído las cosas gloriosas de Jesús, no las humillaciones; cuando éstas vinieron, se llamaron a engaño. Jesús afirma de un modo general que todo ello estaba ya predicho en los Libros Sagrados, y que El mismo se lo había advertido en tiempo, cuando convivía con ellos en su vida mortal: Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros, que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos: son las tres grandes divisiones de los Sagrados Libros, según los judíos: el Pentateuco, los Profetas y los Libros poéticos, de los que los principales son los Salmos.

Poderes que da Jesús a sus discípulos
En aquel recinto cerrado está la Iglesia naciente, con Cristo vivo y aun presente según su presencia visible; el gozo de que están inundados los discípulos va a transfundirse a toda la Iglesia, de todos los siglos, en virtud de los poderes que va a conferirles. Antes de hacerlo, vuelve Jesús a saludarles con solemnidad enfática: Y otra vez les dijo: Paz a vosotros. La palabra de Jesús es eficaz: Él vino para pacificar a los hombres con Dios; el primer poder que dará a sus Apóstoles será el de ser continuadores de esta obra de pacificación (cf. 2Cor 5,18-20): Como el Padre me envió, así también yo os envío: Jesús se hace igual al Padre en el poder de enviar; y envía a los Apóstoles para que sean, como Él, ministros de pacificación.

Para esta grande obra necesitan los Apóstoles y sus sucesores la fuerza vivificadora del Espíritu Santo. Jesús se lo da, por medio de una acción material simbólica, que podríamos llamar sacramental, porque obra lo que significa, la insuflación: Y dichas estas palabras, sopló sobre ellos. El soplo es símbolo del Espíritu: hálito y espíritu se designan en griego con la misma palabra "pneuma". Al soplo acompañó unas palabras expresivas del símbolo: Y les dijo: Recibid el Espíritu Santo: ya le tenían los discípulos al Espíritu Santo por la justificación, pero ahora lo reciben en orden a los oficios que deberán llenar; no con toda su plenitud y en forma solemne y visible, como el día de Pentecostés, sino para determinados fines y como preparación para la venida solemne. Por esta insuflación expresa Cristo que el Espíritu Santo procede del Padre y de El, y que como es del Padre, así también es suyo.
Parte principal de aquel ministerio de pacificación y fruto capital del Espíritu que acaba de darles es el perdón de los pecados, porque es el pecado el que pone la discordia entre Dios y el hombre. Jesús tenía este poder (cf. Mt 9,6); ahora se lo da a los Apóstoles: A quienes perdonareis los pecados, quédanles perdonados: y a quienes se los retuviereis, no desatándolos por el perdón, porque el perdón es el que libra del pecado, retenidos les quedan. Por lo mismo, los Apóstoles y sus sucesores serán jueces que deberán discernir los casos en que deberán retener o perdonar los pecados: luego éstos les deberán para ello ser declarados. Por esto la Iglesia ha visto siempre en estas palabras contenido el precepto de la confesión distinta de los pecados.

Lecciones morales
A) Jn v. 19 - Estando cerradas las puertas... vino Jesús... - Era de noche, cuando suele agravarse el miedo; los enemigos eran muchos, poderosos, enconados; los discípulos pocos e inermes; faltábales el sostén, que era Jesús; el recuerdo de los pasados sucesos había deprimido su espíritu: por todo ello, el temor sobrepuja a la esperanza y se encierran todos en un mismo lugar; tienen a lo menos el consuelo de estar juntos. En estos aprietos es cuando Jesús les visita; y con su visita les devuelve el gozo, la fuerza, la esperanza en días mejores. Antes de la visita de Jesús la cerrazón cubría los horizontes de su vida; ahora se ha abierto de par en par su corazón. Confiemos en la misericordia de Jesús, que tiene sus consuelos más llenos para nuestras horas más desoladas.

B) v. 19 - Paz a vosotros. - Avergoncémonos, dice San Gregorio Nacianceno, de abandonar este don precioso de la paz que nos dejó Cristo al salir de este mundo. La paz es nombre y cosa dulce: es de Dios (Flp 4,7), y Dios es de ella, porque El es nuestra paz (Ef 2,14). Y no obstante, siendo la paz un bien alabado y recomendado por todo, es conservado por pocos. ¿Cuál es la causa de ello? Quizá la ambición de dominio o de riquezas; tal vez la ira, el odio, el desprecio del prójimo, o alguna otra cosa análoga en que incurrimos ignorantes de Dios; porque Dios es la suma Paz que lo aúna todo; de quien nada es más propio que la unidad de naturaleza y el ser y vivir pacífico. De Él se deriva la paz y tranquilidad a los espíritus angélicos, que viven en paz con Dios y consigo mismos; de Él se difunde a toda criatura, cuyo principal ornato es la tranquilidad; a nosotros viene espiritualmente por la práctica de las virtudes y la unión con Dios.

C) Lc v. 39 - Palpad y ved: que el espíritu no tiene carne ni huesos... - Dijo esto Jesús, dice San Ambrosio, para que conociéramos la naturaleza de los cuerpos resucitados: porque lo que se palpa, cuerpo es. Siendo, pues, la resurrección de Jesús causa y modelo de la nuestra, estemos ciertos que resucitaremos en nuestra propia carne, según la misma naturaleza que actualmente tiene, y según sus mismos elementos, aunque con distintas propiedades. No será nuestro cuerpo una sombra impalpable, dice San Gregorio, más sutil que cualquier gas, como quiso Eutiques, sino que será sutil por la virtud espiritual que le informará, palpable por su naturaleza. Podemos decir lo del Apóstol: se siembra un cuerpo animal; se levantará o resurgirá un cuerpo espiritual (1Cor 15,44). Será la glorificación de la materia, levantada a la participación de las mismas cualidades del espíritu en lo que puede participarlas. Como el espíritu, será el cuerpo glorificado ágil, sutil, luminoso, permeable para todo y todo permeable para él. Todo ha querido restaurarlo Cristo Jesús.

D) v. 41 - ¿Tenéis aquí algo de comer? - Aparece aquí la gran misericordia de Jesús, para sus discípulos y para nosotros. Para ellos, porque multiplica ante ellos, que le habían visto muerto, las pruebas de su resurrección: han visto sus cicatrices, les ha dejado palpar las hendiduras de los clavos, les ha hablado, y le han visto como a cualquier otro mortal; ahora, para que se acaben de convencer de la verdad de su carne, ya que todavía titubeaban, les pide de comer; y come, no por necesidad, sino porque quiere, e ingiere una cantidad de alimentos y da a ellos las sobras. Tiene delante un hombre no de sola apariencia, sino tan real como ellos. Y para nosotros, porque la irresolución de los discípulos en creer y la prodigalidad de pruebas con que arranca definitivamente su asentimiento, son multiplicadas razones, de carácter absolutamente histórico, que nos inducen a nosotros a admitir una verdad que es fundamental en el cristianismo. Nunca es Dios avaro de luz cuando se trata de enseñarnos una verdad; y jamás ha tratado de violentar las condiciones naturales de nuestro conocimiento, hasta para darnos la doctrina sobrenatural.

E) Jn v. 21 - Como el Padre me envió, así también yo os envío. - Esta misión es uno de los misterios más profundos y consoladores de nuestra doctrina cristiana. Misión es apostolado, es legación, es poder representativo. El Padre destaca de su seno, si así puede hablarse, al Hijo para que se haga hombre Y redima al mundo y le enseñe la doctrina divina y funde su Iglesia. Y el Hijo destaca de sí a sus Apóstoles, y éstos a sus sucesores los Obispos, y éstos a los sacerdotes sus colaboradores, para que continúen su obra. Jesús, con la plenitud de los poderes que ha recibido del Padre, ha hecho lo fundamental; y luego comunica la plenitud de estos poderes a sus Apóstoles, en cuanto son necesarios para seguir su obra. Así nuestra misión sacerdotal sube, por Cristo quenos envía, al Padre que le envió a El. Acordémonos, los que somos enviados, de nuestra dignidad, de nuestra autoridad y de la santidad y celo que nuestra misión exige. Y aprenda el pueblo el respeto, la docilidad, el amor, el auxilio que debe a los ministros y enviados de Dios.

F) Jn v. 22 - Recibid el Espíritu Santo. - ¡Palabra fecunda la de Jesús en estos momentos! Apenas salido de la tumba, vivo y glorioso, da a sus discípulos el Espíritu Santo, que es el Espíritu vivificador. Es su propio Espíritu, el Espíritu de Jesús, que va a animar ya sobrenaturalmente a su Iglesia. Vendrá más tarde, el día de Pentecostés, de una manera solemne y en toda su plenitud; pero, interinamente, ya tienen los discípulos el Espíritu de Dios en ellos y con ellos. Y este Espíritu ya no estará ocioso; lo vivificará todo; renovará la faz de la tierra; será Dedo de Dios, Voz de Dios, Fuego de Dios: todo lo tocará, lo hará retemblar, lo purificará todo. ¡Ven, Espíritu Santo, y llena nuestros corazones!
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 714-719)

 

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Comentario teológico: Manuel de Tuya - Apariciones a los discípulos. 20,19-29 (Lc 24,36-42)

Estas apariciones a los apóstoles son destacadas en Jn por su excepcional importancia.
La primera tiene lugar en la "tarde" del mismo día de la resurrección, cuyo nombre de la semana era llamado por los judíos como lo pone aquí Jn: "el primer día de la semana".

Los once apóstoles están juntos; acaso hubiese con ellos otras gentes que no se citan. No se dice el lugar; verosímilmente podría ser en el Cenáculo (Act 1, 4.13). El temor a que la resurrección de Cristo, o su "desaparición" del sepulcro, hiciese tomar medidas de represalia a los dirigentes judíos, informados por los guardias de la custodia (Mt 28,11), les hacía cerrar bien las puestas y disimular su presencia allí. Pero la consignación de este detalle tiene también por objeto demostrar el estado "glorioso" en que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante ellos.

Inesperadamente, Cristo se apareció en medio de ellos. Lc, que narra esta escena, dice que quedaron "aterrados", pues creían ver un "espíritu" o un fantasma. Cristo les saludó deseándoles la "paz". Con ello les confirió lo que ésta llevaba anejo.

Jn omite lo que dice Lc: cómo les dice que no se turben ni duden de su presencia. Aquí, al punto, como garantía, les muestra "las manos", que con sus cicatrices les hacían ver que eran las manos días antes taladradas por los clavos, y "el costado", abierto por la lanza; en ambas heridas, mostradas como títulos e insignias de triunfo, Tomás podría poner sus dedos. En Lc se cita que les muestra "sus manos y pies", y se omite lo del costado, sin duda porque se omite la escena de Tomás. Ni quiere decir esto que Cristo tenga que conservar estas señales en su cuerpo. Como se mostró a Magdalena seguramente sin ellas, y a los peregrinos de Emaús en aspecto de un caminante, así aquí, por la finalidad apologética que busca, les muestra sus llagas. Todo depende de su voluntad.

Bien atestiguada su resurrección y su presencia sensible, Jn transmite esta escena de trascendental alcance teológico.

Les anuncia que ellos van a ser sus "enviados", como El lo es del Padre. Es un tema constante en los evangelios. Ellos son los "apóstoles" (Mt 28,19; Jn 17,58, etc.).

El, que tiene todo poder en cielos y tierra, les "envía" ahora con una misión concreta. Van a ser sus enviados, con el poder de perdonar los pecados. Esto era algo insólito. Sólo Dios en el A. T. perdonaba los pecados. Por eso de Cristo, al considerarle sólo hombre, decían los fariseos escandalizados: Este "blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2,7; par.).
Al decir esto, "sopló" sobre ellos. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gén 2,7; Ez 37,9-14; Sab 15,11). Por la penitencia Dios va a comunicar su perdón que es el dar a los hombres el "ser hijos de Dios" (Jn 1,12): el poder de perdonar, que es dar vida divina. Por eso, con esta simbólica insuflación, explica su sentido, que es el que "reciban el Espíritu Santo". Dios les comunica su poder y su virtud para una finalidad concreta; "A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos".

Este poder que Cristo confiere personalmente a los apóstoles no es:
1) Pentecostés. Esta donación del Espíritu en Pentecostés es la que recoge Lc en la aparición de Cristo resucitado (Lc 24,49) preparando la exposición de su cumplimiento en los Hechos (Act I, 4-8; c.2). Pero esta "promesa" es en Lc-Evangelio y Hechos-, junto con la transformación que los apóstoles experimentaron, la virtud de la fortaleza, en orden a su misión de "apóstoles"-"testigos".
2) La "promesa" del Espíritu Santo que les hace en el evangelio de Jn, en el sermón de la cena (Jn 14,16.17.26; 16,7-15), ya que en esos pasajes se le da al Espíritu Santo, que se les comunicará en Pentecostés, una finalidad "defensora" de ellos e "iluminadora" y "docente". Jn no puede estar en contradicción consigo mismo. En cambio, aquí la donación del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de "perdón". Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados. Este poder exige para su ejercicio un juicio. Si han de perdonar o retener todos los pecados, necesitan saber si pueden perdonar o han de retener. Evidentemente es éste el poder sacramental de la confesión.

De este pasaje dio la Iglesia dos definiciones dogmáticas. La primera fue dada en el canon 12 del quinto concilio ecuménico, que es el Constantinopolitano II, de 552, y dice así, definiendo:
"Si alguno defiende al impío Teodoro de Mopsuestia, que dijo.., que, después de la resurrección, cuando el Señor insufló a los discípulos y les dijo; "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,22), no les dio el Espíritu Santo, sino que tan sólo se lo dio figurativamente..., sea anatema"
La segunda definición dogmática la dio el concilio de Trento cuando, interpretando dogmáticamente este pasaje de Jn, dice en el canon 3, "De sacramento paenitentiae":
"Si alguno dijese que aquellas palabras del Señor Salvador: Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22ss), no han de entenderse de la potestad de perdonar y retener los pecados en el sacramento de la penitencia, como la Iglesia católica, ya desde el principio, siempre lo entendió así, sino que lo retorciese, contra la institución de este sacramento, a la autoridad de predicar el Evangelio, sea anatema".

En este pasaje de Jn, es de fe: a) que Cristo les comunicó el Espíritu Santo-quinto concilio ecuménico-; b) y que se lo comunicó al concederles el sacramento de la penitencia-concilio de Trento-.
En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de sobrenombre Dídimo (=gemelo, mellizo) Si aparece, por una parte, hombre de corazón y de arranque (Jn 11,16), en otros pasajes se le ve un tanto escéptico o que tiene un criterio un poco "positivista" (Jn 14,5) . Se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo "positivamente": necesitaba "ver" las llagas de los clavos en sus manos y "meter" su dedo en ellas, lo mismo que su "mano" en la haga de su "costado", abierta por el golpe de lanza del centurión. Sólo a este precio "creerá".

Pero a los "ocho días" se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los diez apóstoles juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra vez "cerradas las puertas". Jn relata la escena con la máxima sobriedad. Y después de desearles la paz-saludo y don-se dirigió a Tomás y le mandó que cumpliese en su cuerpo la experiencia que exigía. No dice el texto si Tomás llegó a ello. Más bien lo excluye al decirle Cristo que creyó porque "vio", no resaltándose, lo que se esperaría en este caso, el hecho de haber cumplido Tomás su propósito para cerciorarse. Probablemente no. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer la pertinacia de Tomás. Creyó al punto. Su exclamación encierra una riqueza teológica grande. Dice: " ¡Señor mío, y Dios mío!"

La frase no es una exclamación; se usaría para ello el vocativo (Apoc 11,17; 15,3). Es un reconocimiento de Cristo: de quién es El. Es, además, lo que pide el contexto (v.29). Esta formulación es uno de los pasajes del evangelio de Jn, junto con el prólogo, en donde más explícitamente se proclama la divinidad de Cristo (I Jn 5,20).

Dado el lento proceso de los apóstoles en ir valorando en Cristo su divinidad, hasta la gran clarificación de Pentecostés, acaso la frase sea una explicitación de Jn a la hora de la composición de su evangelio.

La respuesta de Cristo a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico, entre la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar "bienaventurados" a los que creen sin ver, No es censura a los motivos racionales de la fe y la credibilidad, como tampoco lo es a los otros diez apóstoles, que ocho días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon exigencias ni condiciones para su fe: no tuvieron la actitud de Tomás, que se negó a creer a los "testigos" para admitir la fe si él mismo no veía lo que no sería dable verlo a todos: ni por razón de la lejanía en el tiempo, ni por haber sido de los "elegidos" por Dios para ser "testigos" de su resurrección (Act 2,32; 10,40-42). Es la bienaventuranza de Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron "elegidos" por Dios para ser "testigos" oficiales de su resurrección y para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la "oración sacerdotal": "No ruego sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra" (Jn 17,20).
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, p. 1313-1318)



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Comentario Teológico: Gran Enciclopedia RIALP - Pentecostés en la Sagrada Escritura

Pentecostés etimológicamente significa quincuagésimo. Designa la fiesta que se celebra cincuenta días después de la Pascua (v.). Su origen se encuentra en el A. T., siendo allí una fiesta, al parecer, de origen agrícola. Su sentido, en el judaísmo extrabíblico, pasó a ser la conmemoración de la Alianza del Sinaí (v.). A partir del envío del Espíritu Santo en ese día por Cristo glorioso, la fiesta de P. tiene para los cristianos un sentido nuevo. En ella se celebra la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia cincuenta días después de la resurrección de Cristo.

1. La fiesta de Pentecostés en el Antiguo Testamento

En el A. T. esta fiesta recibe diversos nombres. Sólo tardíamente, y en los libros escritos en griego, se la denomina Pentecostés (Tob 2,1; 2 Mac 12,31 ss.; Act 2,1) debido al cómputo de tiempo con que se establecía (v. FIESTAS II, 2b).

a. La fiesta y el día de su celebración. En Ex 23,14-17, donde se enumeran las tres fiestas principales de los judíos, aparece, tras la fiesta de los Ázimos y con anterioridad a la fiesta de la recolección al término del año, la fiesta de la Siega. Esta designación indica, dentro del carácter religioso de tal fiesta, su origen agrícola: era la acción de gracias a Dios por la recogida de la cosecha. Ese día el verdadero israelita debía presentarse ante Yahwéh con las primicias de su trabajo, de lo que hubiese sembrado en el campo (Ex 23,16). También se la denomina fiesta de las Semanas (Ex 34,22; Dt 16,10; Num 28,26; 2 Par 8,13), nombre derivado del hecho de celebrarse siete semanas después que la hoz comience a cortar las espigas (Dt 16,9); así el día de la fiesta quedaría flotante, en dependencia del ritmo de la agricultura. Sin embargo, en Ley 23,15-16 se fija el día desde el que ha de empezarse a contar: «Contaréis siete semanas enteras a partir del día siguiente al sábado, desde el día en que habréis llevado la gavilla de la ofrenda mecida, hasta el día siguiente al séptimo sábado, contaréis cincuenta días...». Con todo, esta fijación reviste varias interpretaciones, según el sentido que se le dé a «sábado». Si éste se entiende como el día festivo -día de la Pascua-, se empezaría a contar al día siguiente (así Filón y Flavio Josefo); si se entiende como el séptimo día de la semana, se empezaría a contar el domingo siguiente a la Pascua (así los fariseos y una tradición samaritana). También queda la duda si se contaba a partir de la terminación de la semana de los Ázimos (Targúm Onqelos Lev 23,11.15) o a partir del domingo siguiente (libro de los Jubileos). Lo cierto es que el nombre de la fiesta, tal como ha prevalecido, procedente del griego, Pentecostés (Tob 2,1; 2 Mac 12,31-32; Act 2,1), indica que la fiesta guarda relación con el cómputo de las siete semanas o los cincuenta días después de la celebración de la Pascua, que venía a coincidir con el inicio de la siega.

b. Evolución del sentido de la fiesta en el judaísmo. La festividad daba, pues, un carácter religioso, al acontecimiento anual agrícola, la fiesta de la siega del trigo (Ex 23,16), explicable en el ambiente sedentario del pueblo de Israel en la tierra de Canaán. Las siete semanas marcan el tiempo transcurrido entre el inicio de la siega de la cebada y el fin de la siega del trigo. Este día se ofrecía a Yahwéh las primicias de la cosecha; de ahí que también reciba el nombre de «día de las primicias» (Num 28,26); éstas consistían en la presentación de los nuevos frutos: «Llevaréis de vuestra casa, para agitarlos, dos panes hechos con dos décimas de flor de harina, y cocidos con levadura. Son las primicias de Yahwéh» (Lev 23,17). Dado su carácter de fiesta de acción de gracias, los panes que se ofrecían eran fermentados y no los consumía el fuego, sino que únicamente se agitaban ante Yahwéh, junto con dos corderos de un año, como sacrificio de comunión de todo el pueblo, y se dejaban para los sacerdotes. Al mismo tiempo, se ofrecían también, como ofrenda de todo el pueblo, siete corderos de un año, un novillo y dos carneros como holocausto a Yahwéh, y un macho cabrío como sacrificio por el pecado. Era un día de descanso y alegría en el que se convocaba reunión sagrada (Lev 23,18-21; Dt 28,26-31).

Parece ser que fue en la época del destierro y a partir de ella cuando la fiesta de P. se relaciona con la Alianza (v.) del Sinaí (v.), adquiriendo el carácter de commemoración de un hecho histórico pasado de la historia sagrada. Un punto de apoyo para esta significación lo da Ex 19,1 que dice que los israelitas llegaron al Sinaí al tercer mes -aproximadamente cincuenta días- después de la salida de Egipto, pues ésta tuvo lugar a mitad del primer mes y llegaron a principios del tercer mes. En la S. E., no obstante, no se encuentra esta significación de la fiesta de P., pero sí en el libro de los Jubileos (s. II a. C.; v. APÓCRIFOS BÍBLICOS 1, 3,2), según el cual fue en esta fecha cuando se realizaron las Alianzas con Dios, y, por tanto, en esa misma fecha cuando había que celebrarlas. Otro indicio de esta tradición se encuentra en 2 Par 15,10-15, donde aparece la renovación de la Alianza y el juramento del pueblo de buscar a Yahwéh, que el Targúrn identifica con la fiesta de Pentecostés. (…)

En Qumrán (v.), la fiesta de las Semanas se celebraba en día fijo: el quince del tercer mes, y al mismo tiempo se celebraba también la renovación de la Alianza. Pero, por otra parte, tanto Filón como F. Josefo, testigos del judaísmo ortodoxo, no dan a P. otra significación que la religioso-agrícola. Es tras la destrucción del templo de Jerusalén en el a. 70, cuando la fiesta de P. celebra la entrega de la ley por Dios a Moisés en el Sinaí. Los rabinos y algunos escritos apócrifos judíos de ese tiempo afirman claramente que en P. fue dada la ley.

2. La fiesta de Pentecostés en el Nuevo Testamento

Para la Iglesia la fiesta de P. se llena de un significado distinto, pues es en ese día cuando le es enviado el Espíritu Santo. El relato del libro de los Hechos de los Apóstoles es, más que una narración minuciosa y detallada, un resumen significativo de lo ocurrido y de su repercusión para la Iglesia y para todo el mundo. Con el día de P. empieza la presencia activa del Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, en la vida de la Iglesia, infundiendo a ésta la fuerza de Cristo Salvador (V. ESPÍRITU SANTO II).

a. El acontecimiento del día de Pentecostés. Ese día se hallaban reunidos, al parecer en el Cenáculo (v.), losDoce y, sin duda, también María, la madre de Jesús (Act 1,13-14); ésta es la interpretación más aceptada del «todos» de Act 2,1. «De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa en que se encontraban» (Act 2,2). La primera de las señales de la presencia del Espíritu aparece en el viento; hay cierta identificación -incluso terminológica-, entre viento y Espíritu (ruaj, en hebreo; pneuma, en griego) (cfr. lo 3,8), y el viento aparece en el A. T. como una de las manifestaciones de la divinidad; a veces va investido del poder creador de Dios (Ps 104, 30; Gen 1,2; 2,7; Ps 33,6). «Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que dividiéndose se posaron sobre cada uno de ellos» (Act 2,3); también el fuego es uno de los signos teofánicos en el A. T. (cfr. Gen 15, 17; Ex 3,2; etc.); la forma de lenguas guarda cierta relación con el don de lenguas que entonces se les comunica (cfr. Is 5,24; 6,6-7). «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Act 2,4); este don de lenguas parece a primera vista similar al don de la glosolalia (v.) que aparece con frecuencia en otros lugares (Act 10,46; 19,6; 1 Cor 12,14; cfr. Mc 16,17), pero se distinguen en que el día de P. todos -partos, medos, elamitas, etc- entendían a los Apóstoles cada uno en su propia lengua, mientras que al que tenía el don de la glosolalia nadie le entendía, pues hablaba no para los hombres sino para Dios (1 Cor 14,2). En el milagro de P. el don de lenguas por el que todos los pueblos pueden oír hablar de las maravillas de Dios, además de ser una señal de la presencia del Espíritu Santo, encierra una honda significación; con ello se hace realidad la promesa del Señor (Act 1,8; Lc 24,47-48; Mt 28,10) de que los Apóstoles serán sus testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los extremos de la tierra; y se muestra así que la Iglesia fundada por Cristo está abierta a todos los pueblos; el entendimiento universal es a la vez el signo de la unidad de todos los pueblos en Cristo por el Espíritu, antítesis de la dispersión por la confusión de lenguas en Babel (Gen 11,1-9). La reacción de los que escuchan a los Apóstoles agraciados con este don es de admiración y sorpresa, aunque debido, sin duda, al entusiasmo y exaltación de sus palabras algunos piensan que están ebrios (Act 2,12-13). La fuerza del Espíritu Santo que han recibido impulsa a los Apóstoles a presentarse al pueblo y predicar, haciéndolo S. Pedro como cabeza de los once que le acompañan (Act 2,14).

El milagro de P. ha recibido diversas explicaciones. Puede pensarse que el Espíritu Santo comunica a los Apóstoles en aquel momento el conocimiento de otras lenguas que las propias y por eso pueden entenderles los oyentes; con ello les facilita la predicación del Evangelio a todas las gentes. Algunos exegetas piensan que el milagro se produjo en el escuchar de los oyentes; los Apóstoles habrían hablado una sola lengua, pero todos les comprendieron como si fuese en la propia de cada uno; esta opinión, sin embargo, no está de acuerdo con la afirmación de vers. 4 «se pusieron a hablar en otras lenguas». Representantes de la crítica liberal opinan que se trata de una leyenda inventada por el autor a imitación de otra existente en la literatura rabínica, según la cual, la voz de Dios cuando promulgó la ley en el Sinaí fue oída por todas las naciones, dividiéndose para ello en setenta lenguas, tantas como pueblos había; pero esta leyenda es, sin duda, posterior al libro de los Hechos de los Apóstoles, y nada tiene que ver con el relato de S. Lucas como muestran los testimonios rabínicos aducido por Strack Billerbeek, Kommentar zum Neuen Testament, II,605-606. Según el relato, se ha de aceptar el milagro de que en aquel momento, el Espíritu Santo comunicado a los Apóstoles les capacita para hablar diversas lenguas y de hecho las hablan, sin que ello suponga que este don de lenguas fuese permanente en lo sucesivo.

b. Significación del acontecimiento de Pentecostés. En primer lugar S. Pedro, en el discurso pronunciado el mismo día de P. (Act 2,14-36), es quien da su verdadero significado. Pentecostés ha sido el inicio de la efusión plena del Espíritu Santo, prometida por Dios para la plenitud de los tiempos: «Es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi espíritu sobre toda carne y profetizarán sus hijos y sus hijas... y Yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu... y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Act 2,16-18; Ioel 3,1-5; cfr. Ez 36,27). Los tiempos «últimos» han empezado ya con la venida, muerte y resurrección de Cristo; señal de ello es la efusión del Espíritu que hace hablar a los Apóstoles como verdaderos profetas, de lo cual son testigos quienes les escuchan. Esta efusión había sido también profetizada por Juan Bautista hablando del bautismo en Espíritu Santo que realizaría el Mesías (Mc 1,8; lo 1,26. 33); y el mismo Jesús la había prometido para después de su resurrección y ascensión al cielo (lo 14,26; 16,7; Act 1,5). Con la efusión del Espíritu Santo en P. culmina la Pascua de Cristo: la Resurrección (v.) y Ascensión (v.) han sido la exaltación de Cristo y «exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo y ha derramado lo que veis y oís» (Act 2,33). S. Pedro prueba primero la resurrección de Cristo por las palabras del Ps 16,8-11, y por el testimonio de los que han sido sus discípulos (Act 2,22-32); en Cristo se han cumplido las promesas divinas de resurrección (Ps 118,16; 110,1), y también de donación del Espíritu (Ez 36,27), pues Cristo, ascendido a los cielos es quien concede el don del Espíritu Santo a los suyos (Eph 4,8; cfr. Ps 68,19), para la edificación de su Cuerpo, la Iglesia.

P. marca el comienzo del tiempo de la Iglesia (v.), comunidad mesiánica, anunciada por los profetas, en la que serán congregados todos los que estaban dispersos (Ez 36,24; Is 42,1; cfr. lo 11,51-52). El milagro de las lenguas, la variedad de los oyentes; y la promesa de Jesús en Act 1,8, muestran la catolicidad de esta Iglesia animada por el Espíritu, para quien no existen fronteras, pues la promesa es para judíos y gentiles (Act 2,38-39; 10,44-48). P. supone, por tanto, la manifestación pública y el comienzo de la actividad misional de la Iglesia, confirmado a lo largo de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles por la presencia del Espíritu, que comunica la fuerza para anunciar a Jesucristo (Act 4,8.31; 5,32; 6,10; cfr. Philp 1,19) e interviene en las principales decisiones con respecto a los gentiles (Act 8,29.40; 10,19.44-47; 11,12-16; 15,8.28; 13,21; 16,6-7; 19,1).

Los Santos Padres han descubierto en el acontecimiento de P. además otras significaciones. Así establecen la relación entre P. cristiano y la donación de la Ley en el Sinaí. Escribe el Papa Siricio: «Fue en el mismo día, en el de Pentecostés, en el que se dio la Ley, y en el que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos para que éstos se revistieran de autoridad y supieran predicar la Ley evangélica» (PL X,200). Esta relación hace de la Ley del Sinaí una figura de la predicación evangélica, lo mismo que el cordero pascual, era figura de la pasión del Señor. Aunque no aparece explícitamente en el relato de Act 2 una referencia a la entrega de la Ley en el Sinaí, hay vestigios que pueden apoyar esta interpretación de los Padres. Tales son: a) el paralelismo entre Cristo y Moisés, ambos ocultados por la nube (Act 1,9; Ex 19,9); b) el que cada uno de los asistentes oyese hablar a los Apóstoles en su propia lengua -recordar la tradición rabínica de que la Ley se escuchó en setenta lenguas-; c) el que viese lenguas de fuego, que puede guardar relación con Ex 20,18: «todo el pueblo vio las voces», al menos tal como interpreta esta frase una tradición midráshica conservada por Filón: «la flama se convirtió en una palabra articulada, en un lenguaje familiar al auditorio»; d) el que los Apóstoles proclamasen «las maravillas de Dios» que en el A. T. significan los prodigios obrados por Dios con su pueblo a la salida de Egipto. (…)

Otra significación que la patrística encontró en P. es su carácter de nueva creación en la Iglesia, cuya imagen fue la creación antigua en la que también intervino el Espíritu de Dios (Gen 1,2; cfr. Is 32,15; Ez 13,7). Igualmente se ve en P. la solemne investidura de la Iglesia para su tarea apostólica en el mundo, de modo parecido a como fue investido Jesús en su bautismo en el Jordán (Mt 3,16; lo 1,32).

c. Pentecostés en la Iglesia. P., como suceso histórico se determina en un tiempo concreto de la vida de la Iglesia; pero el don del Espíritu Santo, que entonces se le otorga, queda como algo permanente. Desde aquel día la Iglesia recibe constantemente el Espíritu Santo que la congrega en la unidad de la fe y de la caridad (2 Cor 3,3; Eph 4,3-4; Philp 2,1); suscita en ella los carismas para su edificación (1 Cor 12,4-11; Act 6,6; 8,17; 19, 2-6); habita en los creyentes llevándoles a confesar a Cristo y a alabar al Padre (1 Cor 12,3; Eph 1,17; Philp 2,1). El Espíritu Santo queda íntimamente unido a la comunidad de la Iglesia como el principio dinámico que le ha dado origen y por el que se realiza (v. 11, 2). Al mismo tiempo el Espíritu Santo, enviado en P. va llevando a la Iglesia a preparar el gran día de Yahwéh al final de los tiempos (Act 2,20). Ese día será el de la vuelta gloriosa de Jesucristo (Math 24,1 ss.), y entonces se salvarán todos los que hayan invocado su nombre (Act 2,21; Rom 10,9-13), lo cual nadie puede hacer sino bajo la fuerza del Espíritu Santo derramado en Pentecostés (1 Cor 12,3).

Bibliografía:
- RAMOS, Significación del fenómeno del Pentecostés apostólico, «Estudios Bíblicos» 3 (1944) 469-494;
- F. FERNÁNDEZ, Pentecostés, en Enc. Bibl. VI,1009-1014; M. DELCOR, Pentecóte, en DB (Suppl.) VIII,858-883;
- U. Hotzmeister, Questiones pentecostales, «Verbum Domini» 20 (1940) 129-138;
- B. N. WAMBACQ, Pentecostés, en Diccionario Bíblico, dir. F. SPADAFORA, Barcelona 1959, 463-464.
G. ARANDA PÉREZ
(Gran Enciclopedia Rialp, Editorial Rialp, 1991)



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Santos Padres: Basilio de Cesarea - El Espíritu es la luz de los creyentes

¿Podrían los Tronos y las Dominaciones y las Potestades conducir a la vida Bienaventurada si no viesen continuamente el rostro del Padre que está en los cielos? (cf. Mt, 18, 10). Tal visión no se puede tener sin el auxilio del Espíritu. De hecho, si de noche tu alejas de ti la candela, y tus ojos quedan ciegos, las potencias inertes, y los valores indistintos, el oro parece hierro, lo cual ocurriría a causa de la ignorancia.
Análogamente, en el orden intelectual, es imposible conducir al fin una vida conforme a las leyes; así como es imposible, en verdad, observar la disciplina en el ejército sin un comandante o tener los acordes de un coro sin el maestro...
Razonando bien, se puede concluir, que también en el tiempo en el cual hará su esperada aparición de lo alto de los cielos el Señor, el Espíritu Santo os será asociado, al decir de algunos, estará presente también él en el día de la revelación del Señor. (cf. Rom.2,5), cuando el beato y único Soberano (cf. I Tm 6, 15) juzgará la tierra con justicia.
En efecto, ¿quién podría ser así de ignorante acerca de los bienes que Dios prepara para aquellos que le resultan dignos, de no ver en la corona de justicia la gracia del Espíritu Santo, entonces ofrecida más abundantemente y más perfecta, en el momento en cual la gloria espiritual vendrá distribuida a cada uno en relación a sus actos virtuoso?
(Basilio de Cesarea, De Spiritu Sancto, 16, 38. 40)

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Santos Padres: San Agustín - A quienes perdonéis... Por qué no se da hoy el don de lenguas.

Antes de la Pasión, como sabéis, selecciona el Señor Jesús a los discípulos, que denominó apóstoles, y, entre todos, sólo Pedro mereció personificar a la Iglesia casi en todas partes. Y por esta personificación que sólo él ostentaba, mereció al oír: Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Estas llaves no las recibió un hombre, sino la unidad de la Iglesia.

Lo que hace, pues, descollar la preeminencia de Pedro, es haber personificado la universalidad y unidad de la Iglesia cuando le fue dicho: Te doy a ti... lo que se le dio a los apóstoles todos. Para convencernos de haber sido la Iglesia quien recibió las llaves del reino de los cielos, oíd lo que dijo en otra ocasión el Señor a todos los apóstoles: Recibid el Espíritu Santo; y de seguida: A quienes le perdonéis los pecados, le serán perdonados, y a quien se los retuviereis, seránles retenidos. A las llaves aluden las palabras: Lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo, y lo que atareis en la tierra, atado será también en el cielo. Mas en esta ocasión sólo a Pedro se dirigió. ¿Quieres ver que Pedro cifraba entonces a la Iglesia toda? Oye lo que se le dice a él, y en él a todos los buenos fieles: Si te ofendiere tu hermano, anda y demuéstraselo a solas con él; mas si no te escuchare, toma contigo a otro o a otros dos, puesto que en boca de dos o tres testigos es firme toda palabra; pero si te desoyere, díselo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoyere, tenle por gentil y publicano. Digoos en verdad que cuanto atareis en la tierra, atado quedará en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra, desatado quedará en el cielo. Si, pues, la paloma liga y desliga, el edificio fundado en la piedra liga y desliga también. Teman los ligados, teman los sueltos. Los sueltos teman no ser atados; los atados imploren se les desate. Cada uno está ligado por los lazos de sus pecados, y fuera de la Iglesia nadie es desatado. A un muerto cuatriduano le dice: Lázaro, sal fuera, y salió del sepulcro, ligados pies y manos por las fajas. A ese modo, moviendo el alma a exteriorizar la confesión del pecado, excita el Señor al muerto a salir de su tumba; pero aún no está de todo punto desligado. El Señor, que había dicho a sus discípulos: Lo que desatareis en la tierra, queda desatado en el cielo, cuando Lázaro surge del sepulcro, dice: Desatadle y dejadle ir. Le resucitó por sí mismo y le desató por medio de sus discípulos.
(San Agustín,Sermón 295, 2.3)

¿Por qué no se da hoy el don de lenguas?
¿Por ventura no se da hoy el Espíritu Santo? Mereciera no recibirle que tal dijese. Se da, pues. Entonces ¿por qué nadie habla hoy en todas las lenguas como los fieles primitivos sobre los que descendió el Espíritu Santo? ¿Por qué? Por haberse ya cumplido lo por el don de lenguas simbolizado. Y ¿Qué simbolizaba? Acudid a vuestra memoria. Cuando festejamos el día cuarenta posterior a la Pascua, os hicimos ver que nuestro Señor Jesucristo, inmediatamente antes de subir a los cielos, encomendó nuestra piedad a su Iglesia (Serm. 265). Habíanle preguntado sus discípulos el fin del mundo, y la respuesta fue: Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaría, y hasta las extremidades de la tierra. Reunida en una sola casa, recibió después la Iglesia el Espíritu Santo. Contaba unos pocos miembros, mas ya se hallaba en las lenguas de todo el orbe. He ahí lo que simbolizaba. Aquella diminuta Iglesia naciente, que hablaba todos los idiomas, ¿no era figura inequívoca de la grande Iglesia de hoy, desde el oriente al ocaso ya difundida, que habla todas las lenguas? Ahora es el cumplimiento de aquella promesa. Hemos oído la promesa, y vemos su realización. Oye, hija, y ve; oye la promesa, mira su cumplimiento. No te ha engañado Dios, no ha engañado tu Esposo, no te ha engañado quien de fea te hizo hermosa, y de ramera, virgen. Hízote una promesa, y la promesa eres tú misma; hízotela cuando eras pequeñita, ya ves el cumplimiento en tu grandeza de ahora.
(San Agustín, Sermón 267-3)

 

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Santos Padres: San Agustín: El don de Dios, la gracia de Dios y la abundancia de su misericordia


1. Hoy celebramos la santa festividad del día sagrado en que vino el Espíritu Santo. La fiesta, grata y alegre, nos invita a deciros algo sobre el don de Dios, sobre la gracia de Dios y la abundancia de su misericordia para con nosotros, es decir, sobre el mismo Espíritu Santo. Hablo a condiscípulos en la escuela del Señor. Tenemos un único maestro, en el que todos somos uno; quien, para evitar que podamos vanagloriarnos de nuestro magisterio, nos amonestó con estas palabras: No dejéis que los hombres os llamen maestro, pues uno es vuestro maestro: Cristo. Bajo la autoridad de este maestro, que tiene en el cielo su cátedra —pues hemos de ser instruidos en sus escritos—, poned atención a lo poco que voy a decir, sí me lo concede quien me manda hablaros. Quienes ya lo sabéis, recordadlo; quienes lo ignoráis, aprendedlo. Con frecuencia estimula al espíritu dotado de una santa curiosidad el que la fragilidad y debilidad humana sea admitida a investigar tales misterios. Ciertamente es admitida. Lo que está oculto en las Escrituras, no lo está para negar el acceso a ello, sino más bien para abrirlo a quien llame, según las palabras del mismo Señor: Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Con frecuencia, pues, al espíritu de los interesados en estas cosas le intriga el por qué el Espíritu Santo prometido fue enviado a los cincuenta días de su pasión y resurrección.

2. Ante todo, exhorto a vuestra caridad a que no sea perezosa en reflexionar un poquito sobre las razones por las que dijo el Señor: Él no puede venir sin que yo me vaya. Como si —por hablar a modo carnal—, como si Cristo el Señor tuviese algo guardado en el cielo y lo confiase al Espíritu Santo que venía de allí, y, por tanto, él no pudiese venir a nosotros antes de que volviera aquél para confiárselo; o como si nosotros no pudiéramos soportar a ambos a la vez o fuéramos incapaces de tolerar la presencia de uno y otro; o como si uno excluyera al otro, o como si, cuando vienen a nosotros, sufrieran ellos estrecheces en vez de dilatarnos nosotros. ¿Qué significa, pues: Él no puede venir sin que yo me vaya? Os conviene, dijo, que yo me vaya; pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. Escuche vuestra caridad lo que estas palabras significan, según yo he entendido o creo haber entendido, o según he recibido por don suyo. Hablo lo que creo. Yo pienso que los discípulos estaban centrados en la forma humana de Jesús, y en cuanto hombres, el afecto humano los tenía apresados en el hombre.

El, en cambio, quería que su amor fuese más bien divino, para transformarlos de esta forma, de carnales, en espirituales, cosa que no consigue el hombre más que por don del Espíritu Santo. Algo así les dice: «Os envío un don que os transforme en espirituales, es decir, el don del Espíritu Santo. Pero no podéis llegar a ser espirituales si no dejáis de ser carnales. Más dejaréis de ser carnales si desaparece de vuestros ojos mi forma carnal para que se incruste en vuestros corazones la forma de Dios.» Esta forma humana, o sea, esta forma de siervo, por la que el Señor se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo; esta forma humana tenía cautivado el afecto del siervo Pedro cuando temía que muriese aquel a quien tanto amaba. Amaba, en efecto, a Jesucristo el Señor, pero como un hombre a otro hombre, como hombre carnal a otro hombre carnal, y no como espiritual a la majestad. ¿Cómo lo demostramos? Pues, habiendo preguntado el Señor a sus discípulos quién decía la gente que era él y habiéndole recordado ellos las opiniones ajenas, según las cuales unos decían que era Juan, otros que Elías, o Jeremías, o uno de los profetas, les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y Pedro, él solo en nombre de los demás, uno por todos, dijo: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¡Estupenda y verísima respuesta! En atención a la misma mereció escuchar: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Puesto que tú me dijiste, yo te digo; dijiste antes, escucha ahora; proclamaste tu confesión, recibe la bendición. Así, pues, también yo te digo: «Tú eres Pedro»; dado que yo soy la piedra, tú eres Pedro, pues no proviene «piedra» de Pedro, sino Pedro de «piedra», como «cristiano» de Cristo, y no Cristo de «cristiano». Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; no sobre Pedro, que eres tú, sino sobre la piedra que has confesado. Edificaré mi Iglesia: te edificaré a ti, que al responder así te has convertido en figura de la Iglesia. Esto y las demás cosas las escuchó por haber dicho: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo; como recordáis, había oído también: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, es decir, el razonamiento, la debilidad, la impericia humanas, sino mi Padre que está en los cielos. A continuación comenzó el Señor Jesús a predecir su pasión y a mostrarles cuánto iba a sufrir de parte de los impíos. Ante esto, Pedro se asustó y temió que al morir Cristo pereciera el Hijo del Dios vivo.

Ciertamente, Cristo, el Hijo del Dios vivo, el bueno del bueno, Dios de Dios, el vivo del vivo, fuente de la vida y vida verdadera, había venido a perder a la muerte, no a perecer él de muerte. Con todo, Pedro, siendo hombre y, como recordé, lleno de afecto humano hacia la carne de Cristo, dijo: Ten compasión de ti, Señor. ¡Lejos de ti el que eso se cumpla! Y el Señor rebate tales palabras con la respuesta justa y adecuada. Como le tributó la merecida alabanza por la anterior confesión, así da la merecida corrección a este temor. Retírate, Satanás, le dice. ¿Dónde queda aquello: Dichoso eres, Simón, hijo de Juan? Distingue sus palabras cuando lo alaba y cuando lo corrige; distingue las causas de la confesión y del temor. La de la confesión: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. La causa del temor: Pues no gustas las cosas de Dios, sino las de los hombres. ¿No vamos a querer, pues, que a los tales se les diga: Os conviene que yo me vaya. Pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. Hasta que no se sustraiga a vuestra mirada carnal esta forma humana, jamás seréis capaces de comprender, sentir o pensar algo divino. Sea suficiente lo dicho. De aquí la conveniencia de que se cumpliese su promesa respecto al Espíritu Santo después de la resurrección y ascensión de Jesucristo el Señor. Haciendo referencia al mismo Espíritu Santo, Jesús había exclamado y dicho: Quien tenga sed, que venga a mí y beba, y de su seno fluirán ríos de agua viva. A continuación, hablando en propia persona, dice el mismo evangelista Juan: Esto lo decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Pues aún no se había otorgado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado. Así, pues, una vez glorificado nuestro Señor Jesucristo con su resurrección y ascensión, envió al Espíritu Santo.

3. Como nos enseñan los libros santos, el Señor pasó con sus discípulos cuarenta días después de su resurrección, apareciéndoseles para que nadie pensara que era una ficción la verdad de la resurrección del cuerpo, entrando a donde estaban ellos y saliendo, comiendo y bebiendo. Más a los cuarenta días, lo que celebramos hace exactamente diez, en su presencia ascendió a los cielos, prometiendo que volvería tal como se iba. Lo que significa que será juez en la misma forma humana en la que fue juzgado. Quiso enviar el Espíritu en un día distinto al de su ascensión; no ya después de dos o tres días, sino después de diez. Esta cuestión nos compele a investigar y preguntarnos por algunos misterios encerrados en los números. Los cuarenta días resultan de multiplicar 10 por 4. En este número, según me parece, se nos confía un misterio. Hablo en cuanto hombre a hombres, y justamente se nos llama expositores de las Escrituras, no afirmadores de nuestras propias opiniones. Este número 40, que contiene cuatro veces el 10, significa, según me parece, este siglo que ahora vivimos y atravesamos, y en el que nos hallamos envueltos por el pasar del tiempo, la inestabilidad de las cosas, la marcha de unos y la llegada de otros; por la rapacidad momentánea y por cierto fluir de las cosas sin consistencia. En este número, pues, está simbolizado este siglo, en atención a las cuatro estaciones que completan el año o a los mismos cuatro puntos cardinales del mundo, conocidos por todos y frecuentemente mencionados por la Sagrada Escritura: De oriente a occidente y del norte al sur. A lo largo de este tiempo y de este mundo, divididos ambos en cuatro partes, se predica la ley de Dios, cual número 10. De aquí que, ante todo, se nos confía el decálogo, pues la ley se encierra en diez preceptos, porque parece que este número contiene cierta perfección.

El que cuenta, llega en orden ascendente hasta él, y luego vuelve a comenzar con el 1 para llegar de nuevo al 10 y volver al 13 , tanto si se trata de centenas como de millares o de cifras superiores: a base de añadir decenas, se forma la selva infinita de los números. Así, pues, la ley perfecta, indicada en el número 10, predicada en todo el mundo, que consta de cuatro partes, es decir, 10 multiplicado por 4, da como resultado 40. Mientras vivimos en este siglo, se nos enseña a abstenernos de los deseos mundanos; esto es lo que significa el ayuno de cuarenta días, conocido por todos bajo el nombre de cuaresma. Esto te lo ordenó la ley, los profetas y el Evangelio. Como lo manda la ley, Moisés ayunó cuarenta días; como lo mandan los profetas, ayunó Elías cuarenta días; y como lo manda el Evangelio, ayunó cuarenta días Cristo el Señor. Cumplidos otros diez días después de los cuarenta que siguieron a la resurrección, solamente diez días, no 10 multiplicado por 4, vino el Espíritu Santo, para que con la ayuda de la gracia pueda cumplirse la ley. En efecto, la ley sin la gracia es letra que mata. Pues, si se hubiese dado una ley, dice, que pudiese vivificar, la justicia procedería totalmente de la ley. Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa se otorgase a los creyentes por la je en Jesucristo. Por eso, la letra mata; el Espíritu, en cambio, vivifica; no para que cumplas otros preceptos distintos de los que se te ordenan en la letra; pero la letra sola te hace culpable, mientras que la gracia libra del pecado y otorga el cumplimiento de la letra. En consecuencia, por la gracia se hace realidad la remisión de todos los pecados y la fe que actúa por la caridad.

No penséis, pues, que por haber dicho: La letra mata, se ha condenado a la letra. Significa solamente que la letra hace culpables. Una vez recibido el precepto, si te falta la ayuda de la gracia, inmediatamente advertirás no sólo que no cumples la ley, sino que además eres culpable de su transgresión. Pues donde no hay ley, tampoco hay transgresión. Al decir: La letra mata; el Espíritu, en cambio, vivifica, no se dice nada en contra de la ley, cual si se la condenara a ella y se alabase al espíritu; lo que se dice es que la letra mata, pero la letra sola, sin la gracia. Tomad un ejemplo. Con idéntica forma de hablar se ha dicho: La ciencia infla. ¿Qué significa que la ciencia infla? ¿Se condena la ciencia? Si infla, nos sería mejor permanecer en la ignorancia. Mas como añadió: La caridad, en cambio, edifica, del mismo modo que antes había añadido: El Espíritu, en cambio, vivifica, y debe entenderse que la letra sin el Espíritu mata y con él vivifica, así también la ciencia sin caridad infla, mientras que la caridad con ciencia edifica. Así, pues, se envió al Espíritu Santo para que pudiera cumplirse la ley y se hiciese realidad lo que había dicho el mismo Señor: No vine a derogar la ley, sino a cumplirla. Esto lo concede a los creyentes, a los fieles y a aquellos a quienes otorga el Espíritu Santo. En la medida en que uno se hace capaz de él, en esa misma medida adquiere facilidad para cumplir la ley.

4. Estoy diciendo a vuestra caridad algo que también vosotros podréis considerar y ver fácilmente: que la caridad cumple la ley. El temor al castigo hace que el hombre la cumpla, pero todavía como si fuera un esclavo. En efecto, si haces el bien porque temes sufrir un mal o si evitas hacer el mal porque temes sufrir otro mal, si alguien te garantizase la impunidad, cometerías al instante la iniquidad. Si se te dijera: «Estáte tranquilo; ningún mal sufrirás, haz esto», lo harías. Sólo el temor al castigo te echaría atrás, no el amor a la justicia. Aún no actuaba en ti la caridad. Considera, pues, cómo obra la caridad. Amemos al que tememos de manera que lo temamos con un amor casto. También la mujer casta teme a su esposo. Pero distingue entre temor y temor. La esposa casta teme que la abandone el marido ausente; la esposa adúltera teme ser sorprendida por la llegada del suyo. La caridad, pues, cumple la ley, puesto que el amor perfecto expulsa el temor; es decir, el temor servil, que procede del pecado, pues el casto temor del Señor permanece por los siglos de los siglos. Si, pues, la caridad cumple la ley, ¿de dónde proviene esa caridad? Haced memoria, prestad atención, y ved que la caridad es un don del Espíritu Santo, pues el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Con toda razón, pues, envió Jesucristo el Señor al Espíritu Santo una vez cumplidos los diez días, número en que simboliza también la perfección de la ley, puesto que gratuitamente nos concede cumplir la ley quien no vino a derogarla, sino a cumplirla.

5. El Espíritu Santo, en cambio, suele confiársenos en las Sagradas Escrituras no ya bajo el número 10, sino bajo el 7; la ley, en el número 10, y el Espíritu Santo, en el 7. La relación entre la ley y el 10 es conocida; la relación entre el Espíritu Santo y el 7 vamos a recordarla. Antes que nada, en el primer capítulo del libro denominado Génesis se mencionan las obras de Dios. Se hace la luz; se hace el cielo, llamado firmamento, que separa unas aguas de las otras; aparece la tierra seca, se separa el mar de la tierra, y se otorga a ésta la fecundidad de toda clase de especies; se crean los astros, el mayor y el menor, el sol y la luna, y todos los demás; las aguas producen los seres que le son propios, y la tierra los suyos; se crea al hombre a imagen de Dios. Dios completa todas sus obras en el sexto día, pero no se oye hablar de santificación al enumerar a todas y cada una de tales obras. Dijo Dios: Hágase la luz, y la luz se hizo, y vio Dios que la luz era buena. No se dijo: «Santificó Dios la luz.» Hágase el firmamento, y se hizo, y vio Dios que era bueno; tampoco aquí se dijo que hubiera sido santificado el firmamento. Y para no perder el tiempo en cosas evidentes, dígase lo mismo de las demás obras, incluidas las del sexto día, con la creación del hombre a imagen de Dios; se las menciona a todas, pero de ninguna se dice que fuera santificada.

Mas, llegados al día séptimo, en el que nada se creó, sino que se hace referencia al descanso de Dios, Dios lo santificó. La primera santificación va unida al séptimo día; examinados todos los textos de la Escritura, allí se la encuentra por primera vez. Donde se menciona el descanso de Dios se insinúa también nuestro propio descanso. En efecto, el trabajo de Dios no fue tal que requiriera descanso, ni santificó aquel día en que está permitido no trabajar como congratulándose con un día de vacaciones después del trabajo. Esta forma de pensar es carnal. Aquí se hace referencia al descanso que ha de seguir a nuestras buenas obras, de la misma manera que se menciona el descanso de Dios después de haber hecho buenas todas las cosas. Pues Dios creó todas las cosas, y he aquí que eran muy buenas. Y en el séptimo día descansó Dios de todas las buenas obras que había hecho. ¿Quieres descansar también tú? Haz antes obras de todo punto buenas. Así, la observancia carnal del sábado y de las demás prescripciones se dio a los judíos como ritos llenos de simbolismo. Se les impuso un cierto descanso; haz tú lo que simboliza aquel descanso. El descanso espiritual es la tranquilidad del corazón, tranquilidad que proviene de la serenidad de la buena conciencia. En conclusión, quien no peca es quien observa verdaderamente el sábado. Y a los que se les ordena guardar el sábado, se les da también este precepto: No haréis ninguna obra servil. Todo el que comete pecado es siervo del pecado. Así, pues, el número 7 está dedicado al Espíritu Santo, como el 10 a la ley. Esto lo insinúa también el profeta Isaías allí donde dice: Lo llenará el Espíritu de sabiduría y entendimiento —vete contándolo—, de consejo y fortaleza, de ciencia y de piedad, el espíritu del temor de Dios. Como presentando la gracia espiritual en orden descendente hasta nosotros, comienza con la sabiduría y concluye con el temor; nosotros, en cambio, al tender o ascender de abajo arriba, debemos comenzar por el temor y terminar con la sabiduría, pues el temor del Señor es el comienzo de la sabiduría. Sería cosa larga y superior a mis fuerzas, aunque no a vuestra avidez, el recordar todos los testimonios acerca del número 7 en relación con el Espíritu Santo. Baste, pues, con lo dicho.

6. Considerad ahora con atención cómo era necesario que se nos trajese a la memoria y se confiase a nuestra reflexión, según hemos ya mostrado, el número 10, puesto que la ley se cumple mediante la gracia del Espíritu Santo, y el número 7 en atención a esa misma gracia del Espíritu Santo. Al enviar al Espíritu Santo diez días después de su ascensión, Cristo nos confiaba en el número 10 la misma ley que ordenaba cumplir. ¿Dónde encontraremos aquí que se nos confíe el número 7 en atención, sobre todo, al Espíritu Santo? En el libro de Tobías verás que la misma fiesta, es decir, la de Pentecostés, constaba de algunas semanas. ¿Cómo? Multiplica el número 7 por sí mismo, o sea, 7 por 7, como se aprende en la escuela; 7 por 7 dan 49. Estando así las cosas, al 49, que resulta de multiplicar 7 por 7, se añade uno más para obtener el 50 —Pentecostés—, y de esta forma se nos encarece la unidad. En efecto, el mismo Espíritu nos reúne y nos congrega, razón por la que dejó como primera señal de su venida el que cuantos lo recibieron hablaron también cada uno las lenguas de todos. La unidad del cuerpo de Cristo se congrega a partir de todas las lenguas, es decir, reuniendo a todos los pueblos extendidos por la totalidad del orbe de la tierra. Y el hecho de que cada uno hablase entonces en todas las lenguas, era un testimonio a favor de la unidad futura en todas ellas. Dice el Apóstol: Soportándoos mutuamente en el amor —esto es, la caridad—, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En consecuencia, puesto que el Espíritu Santo nos convierte de multiplicidad en unidad, se le apropia por la humildad y se le aleja por la soberbia. Es agua que busca un corazón humilde, cual lugar cóncavo donde detenerse; en cambio, ante la altivez de la soberbia, como altura de una colina, rechazada, va en cascada. Por eso se dijo: Dios resiste a los soberbios y, en cambio, a los humildes les da su gracia. ¿Qué significa les da su gracia? Les da el Espíritu Santo. Llena a los humildes, porque en ellos encuentra capacidad para recibirlo.

7. Como el interés de vuestra caridad es una ayuda para mi debilidad ante el Señor nuestro Dios, escuchad algo más, cuya dulzura, una vez expuesto, se corresponde con su oscuridad sí no le acompaña la explicación. Así al menos me parece a mí. Antes de su resurrección, cuando los eligió como discípulos, el Señor les mandó que echasen las redes al mar. Las echaron, y capturaron una cantidad innumerable de peces, hasta el punto de que las redes se rompían y las barcas cargadas sino que les dijo solamente: Echad las redes. Pues, si les hubiese mandado echarlas a la derecha, hubiese dado a entender que sólo se habían capturado peces buenos; si a la izquierda, sólo peces malos.

Puesto que se echaron indistintamente, ni sólo a la derecha ni sólo a la izquierda, se cogieron peces buenos y malos. Aquí está simbolizada la Iglesia del tiempo presente, es decir, la Iglesia en este mundo. En efecto, también aquellos siervos enviados a llamar a los invitados salieron y llevaron a cuantos encontraron, buenos y malos, y se llenó de comensales el banquete de bodas. Ahora, pues, están juntos buenos y malos. Si las redes no se rompen, ¿cómo es que hay cismas? Si las naves no están sobrecargadas de peso, ¿cómo la Iglesia está casi siempre agobiada por los escándalos de multitud de hombres carnales, en alboroto continuo y perturbador? Lo dicho lo hizo el Señor antes de su resurrección. Una vez resucitado, en cambio, encontró a sus discípulos pescando como la vez anterior; él mismo les mandó echar las redes; pero no a cualquier lado o indistintamente, puesto que ya había tenido lugar la resurrección.

Después de ésta, en efecto, su cuerpo, es decir, la Iglesia, ya no tendrá malos consigo. Echad, les dijo, las redes a la derecha. Ante su mandato, echaron las redes a la derecha, y capturaron un número determinado de peces. En aquellos otros de los que no se indica el número, en quienes se simbolizaba la Iglesia del tiempo presente, parece cumplirse el texto: Lo anuncié y hablé, y se multiplicaron por encima del número. Se advierte, pues, que había algunos que excedían del número, superfluos en cierta manera; más, con todo, se les recoge. En la segunda pesca, en cambio, los peces capturados son grandes y un número fijo. Quien así lo hiciere, dijo, y así lo enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos. Se capturaron, pues, 153 peces grandes. Esta cifra no se menciona en balde; ¿a quién no le causa intriga? Si en verdad no hubiera querido enseñarnos nada el Señor, o no hubiese dicho: Echad las redes, o nada le hubiese interesado a él el echarlas a la derecha. Este número 153 significa algo, y correspondió al evangelista decirlo, como poniendo los ojos en la primera pesca, en que las redes rotas simbolizaban los cismas, puesto que en la Iglesia de la vida eterna no habrá cisma alguno, porque no habrá disensión; todos serán grandes, porque estarán llenos de caridad; como, volviendo los ojos a lo que sucedió la primera vez, que simbolizaba los cismas, el evangelista tuvo a bien precisar, a propósito de esta segunda pesca, que, a pesar de ser tan grandes, no se rompieron las redes. El significado de la parte derecha ya está manifiesto al indicar que todos eran buenos. También está dicho qué simbolizaba el que fueran grandes: Quien así lo hiciere y así lo enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos. También se mencionó el significado de que no se rompieran las redes, a saber, que entonces no habrá cismas. ¿Y el número 153? Con toda certeza, este número no indica cuántos serán los santos. Los santos no serán 153, puesto que sólo contando los que no se mancharon con mujeres, se llega a 144.000. Este número, como si de un árbol se tratara, parece brotar de cierta semilla. La semilla de este número grande es un número menor, a saber, 17. El número 17 da 153 si, contando desde el 1 hasta el 17, sumas cada cifra a la anterior, pues si te limitas a enumerarlos todos sin sumarlos, te quedarás con sólo 17; pero si cuentas de la siguiente manera: 1 más 2 son 3; más 3, 6; más 4 y más 5, 15, etc., cuando llegues al 17 llevarás en tus dedos 153. Ahora haz memoria ya de lo que antes recordé y os indiqué y considera a quiénes y qué significa el número 10 y el 7. El 10, la ley; el 7, el Espíritu Santo. De todo lo cual, ¿no hemos de entender que han de estar en la Iglesia de la resurrección eterna, donde no habrá cismas ni temor a la muerte, puesto que tendrá lugar después de la resurrección; que han de estar allí, repito, y que han de vivir eternamente con el Señor los que hayan cumplido la ley por la gracia del Espíritu Santo y don de Dios, cuya fiesta celebramos
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 270, 1-7, BAC, Madrid, 1983, pp. 248-263, Fiesta de Pentecostés. Hacia el año 416)


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Aplicación: Juan Pablo II - En Pentecostés se cumple el proyecto de Dios


1. La Iglesia está hoy de fiesta por la solemnidad de Pentecostés, que recuerda la prodigiosa efusión del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles en el Cenáculo.

Cincuenta días después de la Pascua se cumplió lo que Cristo había prometido a los discípulos, es decir, que recibirían un bautismo en el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 5) y serían revestidos de poder desde lo alto (cf. Lc 24, 49), para tener la fuerza de anunciar el Evangelio a todas las naciones.
Animados por el fuego del Espíritu, los Apóstoles salieron del Cenáculo y comenzaron a hablar de Cristo, muerto y resucitado, a los fieles que habían acudido a Jerusalén de todas partes, y cada uno los oía hablar en su propia lengua materna.

2. En Pentecostés se cumple el proyecto de Dios, revelado a Abraham, de dar vida a un pueblo nuevo. Nace la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo esparcido por el mundo. Está compuesta por hombres y mujeres de todas las razas y culturas, reunidos en la fe y en el amor de la santísima Trinidad, para ser signo e instrumento de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).

Los creyentes, configurados por el Espíritu Santo con Cristo, hombre nuevo, se convierten en sus testigos, sembradores de esperanza, agentes de misericordia y de paz.

3. Nos dirigimos ahora a María santísima, a la que contemplamos en el Cenáculo mientras recibe con los Apóstoles y los discípulos el don del Espíritu Santo. Invocamos con confianza su intercesión materna, para que se renueven en la Iglesia los prodigios de Pentecostés y todos los hombres acojan la buena nueva de la salvación.
(Juan Pablo II - "REGINA CAELI" Solemnidad de Pentecostés Domingo 30 de mayo de 2004. Sacado de

 http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/index_sp.htm)


 

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Aplicación: Beato Juan Pablo Magno - La Misión del Hijo, del Espíritu Santo, de la Iglesia


1- La misión del Hijo y del Espíritu Santo

“Se llenaron todos del Espíritu Santo” (Hch 2,4).

Este es el día (haec est dies), en que el poder del misterio pascual se manifiesta en el nacimiento de la Iglesia.

Este es el día, en que ante Jerusalén -en presencia de los habitantes de la ciudad y de los peregrinos- se cumplen las palabras que dirigió Jesús a los Apóstoles después de la resurrección: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22).

Leemos en los hechos de los Apóstoles: “Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería” (Hch 2,4).

En este discurso, que comprendieron enseguida los que lo escuchaban, incluso los que provenían de distintos países del mundo entonces conocido, se manifiesta el inicio de la misión: “como el Padre me ha enviado, así os mando yo” (Jn 20,21). “Id (por todo el mundo) y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).


2- La misión de la Iglesia

La Iglesia lleva dentro de sí desde el día de su nacimiento la misión del Hijo y del Espíritu Santo, y, en virtud del Espíritu de verdad, el Espíritu-Paráclito, permanece en ella la misión del Hijo: el Evangelio de la salvación eterna.

“Les oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (Hch 2,11), exclaman totalmente desconcertados los que participaban en el Pentecostés de Jerusalén.

“¡Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas!... Envías tu aliento y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103,24.30).

Así se expresa el Salmista.

Sin embargo, “las maravillas de Dios”, que anuncian los Apóstoles el día de Pentecostés por medio de Pedro, tienen un solo nombre: “Jesucristo”. Y hay una sola expresión del poder de Dios, que se ha manifestado entre nosotros: “Jesús es el Señor” (1 Cor 12,3).

Esta gran obra de Dios, la mayor de todas en la historia de la creación y en la historia del hombre, está unida al nombre de Jesús de Nazaret, al Hijo de Dios que “se despojó de su rango tomando la condición de esclavo, que se sometió incluso a la muerte, y una muerte de Cruz, al que Dios levantó y al que Dios le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre": Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (cf. Flp 2,7-9.11).

Señor -Kyrios- significa Dios (Adonai).

3- El Espíritu Santo en la Iglesia

Precisamente esta verdad, esta “grande, la mayor obra de Dios” es la que anuncia Pedro el día de Pentecostés. Él habla por virtud del Espíritu Santo. “Nadie puede decir: "Jesús es el Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).

Desde el día de Pentecostés de Jerusalén la Iglesia pronuncia esta verdad salvífica: “Jesús es el Señor”. La anuncian los Apóstoles, la acogen los que los escuchan, procedentes de diversos pueblos y naciones de la tierra. Y confiesan: “¡Jesucristo -el crucificado y resucitado- es el Señor!”.

Desde el día de Pentecostés, en virtud del Espíritu Santo -que da la vida- comienza la peregrinación en la fe del nuevo Israel, del pueblo mesiánico.

La dignidad de hijos de Dios en cuyos corazones mora el Espíritu Santo como en un templo, se ha convertido en la herencia de este pueblo. El mandato nuevo de amar como Cristo nos ha amado (cf. Jn 13,34) se ha convertido en su ley. El reino de Dios, comenzado en la tierra por el mismo Dios, se ha convertido en su fin. Así enseña el Concilio Vaticano II: “Este pueblo mesiánico..., aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza de salvación” (LG 9).

“La Iglesia es en Cristo como un sacramento... de la unión íntima con Dios” (LG 1).
(Homilía del BEATO JUAN PABLO II el día 22 de mayo de 1988)

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Aplicación: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - Pentecostés


El domingo pasado celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesucristo a los cielos. Hoy la liturgia nos invita a recordar la promesa del Señor: "No os dejaré huérfanos”. El Verbo encarnado que ha ascendido a los cielos es el que envía el Espíritu Santo.

Fue el día de Pentecostés cuando el Espíritu bajó visiblemente sobre los Apóstoles. Recibieron ellos en toda su plenitud el Don de Dios por excelencia. Como Dios que es, al igual que el Padre y el Hijo, nos ha liberado de la esclavitud del pecado; pero también quiere vivir dentro nuestro como Dueño y Señor. Él es quien "vivifica" nuestras almas con su gracia. Él es quien nos enseña a vivir la caridad verdadera pues es el Amor que procede del Padre y del Hijo. Y por ser Dios, merece de nuestra parte "una misma adoración y gloria" que el Padre y el Hijo.

El Espíritu Santo viene de Dios Padre y de Dios Hijo con la misión de santificar, fortalecer y confirmar a la Iglesia en la esperanza.


1. El Espíritu Santo nos santifica

Ante todo, con la misión de santificar. Como recordábamos recién, el Paráclito es considerado como "Señor y Dador de vida", según se proclama en el Credo. Desde el día de nuestro bautismo se ha adueñado de nosotros, ha tomado posesión de nuestra alma. Ya no nos pertenecemos, somos "ovejas de su rebaño". Por el Crisma hemos sido ungidos con su sello para toda la eternidad.

El Espíritu Santo nos ha purificado por vez primera en el Bautismo, pero luego una y mil veces de nuestros innumerables pecados posteriores, porque el Amor divino es infinitamente más fuerte que todas nuestras ofensas.

Él nos ha elegido para vivir como el "Dulce Huésped del alma", queriendo habitar en nosotros por su gracia. Se ha hecho nuestro para que nos hagamos suyos. Por eso decía San Pablo: "El Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece".

El Paráclito nos ha escogido como apóstoles de la Buena Nueva en medio de un mundo adverso. Somos por Él "enviados" a conquistar el mundo para Dios, no a ser conquistados por el "mundo". Quiere que seamos la sal y la luz en este mundo. Sal que da sabor y luz que disipa las tinieblas.

El apóstol elegido debe corresponder inmediatamente a ese llamado amoroso. Debe abrir su alma para que el Espíritu lo llene de gracia; debe dejar de lado los propios criterios para que su inteligencia se deje iluminar por la luz del Espíritu, anidando así en su corazón "los mismos sentimientos de Cristo Jesús".

Tal es el designio del Espíritu Santo: aposentarse en el alma de cada cristiano y desde allí irradiarse a la sociedad eclesiástica y civil. No otro es el fin y la meta del apostolado en la Iglesia: que el Espíritu Santo sea Dueño y Señor de cada uno en particular, de cada familia, de cada parroquia, de las instituciones, de la Patria.


2. El Espíritu Santo nos fortalece

En segundo lugar, es propio del Espíritu Santo conferirnos fortaleza. Hemos aprendido, al estudiar el catecismo, que en el día de la confirmación, el Divino Paráclito nos hace soldados de Cristo. Bien decía Pablo VI: "El cristianismo es un ejército de almas valientes, que están prontas, que oran, que velan, que trabajan... No es un refugio de almas inútiles, sino que es plenitud de vida y de amor, e invitación diaria a la fortaleza, al dominio de sí mismo, e incluso al heroísmo".

Es el Espíritu Santo quien nos da las fuerzas necesarias para ser católicos militantes. Por eso decía San Pablo que "el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza". Nos ayuda para ser valientes confesando a Cristo, como lo hicieron los santos y los mártires a lo largo de la historia. Valientes para defender la verdad entera, sin silencios cómplices o recortes facilistas. Valientes para cumplir fielmente todo lo que nos enseña y exige el Evangelio, a pesar de las dificultades y las contrariedades, a pesar del sufrimiento que acarrea cumplir siempre la voluntad de Dios, a pesar del riesgo de ser incomprendidos o despreciados por quienes no tienen ni entienden el Espíritu de Dios.

Ciertamente que si consideramos la situación con ojos humanos, los tiempos presentes no son los más propicios para los que quieren vivir, como dice el Apóstol, "guiados por el Espíritu de Dios". Pero es cierto también que el Señor no nos abandona y que pone a nuestra disposición todos los medios para no claudicar y poder combatir hasta el final, sea éste cual fuere.

El apóstol San Pablo vivió en carne propia esta experiencia. Después de haber perseguido, hecho encarcelar y matar a los cristianos, fue convertido y lleno del Espíritu Santo. Desde entonces su vida sería continua reparación, un incansable trabajar por el Reino de Cristo. Fue un verdadero apóstol, y ya sabemos todas las dificultades por las cuales tuvo que pasar para ser fiel a la gracia de su vocación. A nada ni a nadie temió. "Todo lo puedo en Aquel que me conforta", dijo con espíritu magnánimo. Conocía perfectamente su debilidad, pero al mismo tiempo la capacidad de hacer "todo" con la ayuda de Dios.

San Pablo es un ejemplo entre miles que se podrían mencionar para ver lo que puede un hombre con la ayuda de la gracia. Pensemos en los Doce Apóstoles, los grandes fundadores. San Francisco Javier, San Vicente de Paul, Don Orione, la Madre Teresa, etc.

Ya que es tan imprescindible la ayuda del Espíritu Santo, quisiéramos señalar una deficiencia que encontramos en la actualidad. Si bien es cierto que hubo un vuelco importante respecto a la devoción del Espíritu Santo y a la conciencia de su importancia en la acción santificadora de la Iglesia (demasiado exagerada, quizás, en ciertas espiritualidades, grupos o movimientos), por otro lado se advierte la tendencia a postergar por años la administración del sacramento de la confirmación. En muchos colegios católicos ya no se confirma a los niños en edad temprana, con la idea de que primero deben ser plenamente "conscientes" y estar perfectamente "preparados" para ello. Así viven una adolescencia sin la ayuda del Divino Paráclito, sin el sostén de su fuerza, buscando por sus propios medios alcanzar un estado "ideal" para recibir la confirmación.


3. El Espíritu Santo confirma nuestra esperanza

Finalmente, el Espíritu divino da solidez a nuestra esperanza. Este don maravilloso que Dios nos ha dado ha hecho de nosotros "templos vivos del Espíritu Santo". Ya no somos esclavos del pecado, ni tampoco lo somos de la muerte, que es su salario, al decir de San Pablo.

Pues bien, la vida de la gracia, con la que el Espíritu vivifica nuestra alma, no es sino un anticipo de la gloria. La unión con Dios, que desde ya gozamos en la tierra, se hará definitiva en el cielo. La esperanza de llegar a alcanzar a Dios se acrecienta día a día en cada sacramento recibido, y también en los momentos de oración. La esperanza de ver a Dios nos lleva a vivir las cosas divinas, a pensar en ellas, a desearlas. No en vano somos ya ciudadanos del cielo.

Mientras tanto, llevamos dentro nuestro como dos vidas: la terrenal y la espiritual. Conocemos la doctrina paulina sobre esta dualidad y cuáles son las obras de la carne contrarias a las del espíritu. En esta época, vivir según "el espíritu" resulta realmente heroico. Tiene, por cierto, su recompensa, pero también su precio. Porque si vivimos en gracia, deseando el cielo, y fieles a las inspiraciones del Espíritu, seremos a los ojos del mundo unos insensatos.

Hemos sido elegidos apóstoles para conquistar el mundo para Dios. Cuales soldados de Cristo nos toca el combate, sabiendo que nuestra fuerza viene de los Alto. Como los primeros Apóstoles y el ejército de los mártires, debemos estar dispuestos a ofrendar nuestra vida. Ese será el mayor testimonio, nuestro mayor desprendimiento, la máxima de las pobrezas. Estar al servicio del Señor implica renunciar a todo. Santa Teresa dice que la perfección cristiana no es otra cosa sino unir nuestra voluntad con la de Dios hasta dejar que el Señor haga lo que quiera de nosotros y nos lleve a donde quiera; hasta sentir que nos dejamos gobernar por Él en lo pequeño y en lo grande.

Pidamos en esta misa que un nuevo Pentecostés "renueve la faz de la tierra" y llene nuestros corazones con la esperanza cristiana. Pidamos ser, desde ya, almas con deseos de cielo, que demos siempre testimonio de esa vida que es la verdadera. Que la fidelidad a la Verdad nos convierta en auténticos testigos, es decir, en mártires de Cristo.
(ALFREDO SÁENZ, S.J., Palabra y Vida - Homilías Dominicales y festivas ciclo C, Ed. Gladius, 1994, pp. 173-178)


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Aplicación: Beato Columba Marmion - Nuestra devoción al Espíritu Santo: invocarle y ser fieles a sus inspiraciones

Tal es, pues, la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas; acción santa como el principio divino de donde emana, acción que nos impulsa a santificarnos. Ahora bien, ¿cuál no será la devoción que hemos de tener a este Espíritu que mora en nuestras almas desde el Bautismo y cuya actividad en nosotros es de suyo tan honda y eficaz?

Ante todas las cosas, debemos invocarle con frecuencia. Él es Dios, como el Padre y el Hijo; Él también desea nuestra santidad, y es conforme al plan divino que acudamos al Espíritu Santo como acudimos al Padre y al Hijo ya que tiene el mismo poder y la misma bondad que ellos. La Iglesia, en esto, como en todo, nos sirve de guía, puesto que cierra el ciclo de las fiestas en las cuales se van como descorriendo los misterios de Cristo, con la solemnidad de la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, y emplea, para implorar la gracia del Espíritu divino, oraciones admirables aspiraciones caldeadas de amor, cual es el Veni Sancti Spiritus. Debemos acudir a Él y decirle: «Oh amor infinito, que procedes del Padre y del Hijo, concédeme el Espíritu de adopción; enséñame a portarme siempre como verdadero hijo de Dios; quédate conmigo, y ande yo siempre contigo para amar como Tú amas; sin Ti nada soy; de mí nada valgo; pero así y todo, mantenme siempre a tu lado, de modo que a través de Ti, esté siempre unido al Padre y al Hijo». Pidámosle siempre y con empeño creciente, participación más grande de sus dones, del Sacrum Septenarium.- Debemos también darle las más humildes y rendidas gracias. Si bien es verdad que Cristo nos lo mereció todo, también lo es que nos guía y nos dirige por su Espíritu, y de éste nos viene el raudal de gracias que nos hacen poco a poco semejantes a Jesús. ¿Cómo, pues, no hemos de demostrar a menudo agradecimiento a este Huésped cuya presencia amorosa y eficaz nos colma de riquezas y beneficios? He aquí el primer homenaje que hemos de tributar a ese Espíritu que es Dios con el Padre y el Hijo: creer con fe práctica que nos impulse a recurrir a Él; creer en su divinidad, en su poder, en su bondad.

“Al decir que Cristo nos gobierna por su Espíritu, no entendemos que el Espíritu Santo sea un instrumento, siendo como es Dios y causa de la gracia; antes queremos indicar que el Espíritu Santo es (en nosotros) principio de gracia, que procede a su vez de un principio, del Padre y del Hijo; Jesucristo, en calidad de Verbo, nos envía al Espíritu Santo”. Santo Tomás, I, q.45, a.6, ad 2

Así pues, cuidémonos de no contrariar su acción en nosotros.- «No extingáis el Espíritu de Dios» (Tes 5,19), dice San Pablo; y también: «No contristéis al Espíritu Santo» (Ef 4,30). Como os dije, la acción del Espíritu Santo en el alma es muy delicada, porque es acción de remate, de perfeccionamiento; sus toques son toques de delicadeza suma. Debemos, pues, hacer lo posible para no estorbar con nuestras ligerezas la actuación del Espíritu Santo, ni con nuestra disipación voluntaria, ni con nuestra apatía, ni con nuestras resistencias advertidas y queridas, ni con el apego desmedido a nuestro propio parecer: «No seáis sabihondos» (Rm 12,16). Al entender en las cosas de Dios, no os fieis de la humana sabiduría, porque el Espíritu Santo os abandonaría a vuestra prudencia natural, y bien sabéis que toda esta prudencia no es a los ojos de Dios sino pura «necedad» (1Cor 3,19).- La acción del Espíritu Santo es perfectamente compatible con aquellas flaquezas que se nos deslizan por descuido en la vida, de las cuales somos los primeros en lamentarnos; con nuestras enfermedades, nuestras servidumbres humanas, nuestras dificultades y tentaciones. Nuestra nativa pobreza no arredra al Espíritu Santo que es «Padre de los pobres» [Pater pauperum. Secuencia Veni Sancte Spiritus], como le llama la Iglesia.

Lo incompatible con su acción es la resistencia fríamente deliberada a sus inspiraciones. ¿Por qué? -Primero, porque el espíritu procede por amor, es el amor mismo; y con todo eso, aunque el amor que nos tiene no conozca límites, aun cuando su acción sea infinitamente poderosa, el Espíritu Santo es respetuosísimo con nuestra libertad, no violenta nuestra voluntad. ¡Tenemos el triste privilegio de poder resistirle! Pero nada contrista tanto al amor como el notar resistencia obstinada a sus requerimientos. Además, con sus dones, sobre todo, nos guía el Espíritu Santo por la senda de la santidad, y nos hace vivir como hijos de Dios; y precisamente con sus dones, impulsa y determina al alma a obrar.

«En los dones el alma, más que agente, es movida» [In donis Spiritus Sancti mens humana non se habet ut movens, sed magis ut mota]. Santo Tomás, II-II, q.52, a.2, ad 1, pero esto no quiere decir que deba permanecer enteramente pasiva, sino que debe disponerse a la acción divina, escucharla, serle fiel sin tardanza.- Nada embota tanto la acción del Espíritu Santo en nosotros como la falta de flexibilidad frente a esos interiores movimientos que nos llevan a Dios, que nos mueven a observar sus mandamientos, a darle gusto, a ser caritativos, humildes y confiados: un «no» deliberado y rotundo, aun cuando se trate de cosas menudas, contraría la acción del Espíritu Santo en nosotros; con eso resulta menos intensa, menos frecuente, y el alma entonces no remonta su vuelo, y toda su vida sobrenatural es lánguida: «No contristéis al Espíritu».

Si esas resistencias deliberadas, voluntarias y maliciosas se multiplican, si degeneran en frecuentes y habituales, el Espíritu Santo se calla. El alma entonces, abandonada a sí misma y sin más norte ni sostén interior en el camino de la perfección, corre inminente riesgo de ser presa del príncipe de las tinieblas, y se extingue en ella la caridad. No apaguéis el Espíritu Santo, que es a manera de fuego de amor que arde en nuestras almas [Spiritum nolite exstinguere; Ignis, Himno Veni Creator. Et tui amoris ignem accende. Misa de Pentecostés].

Seamos siempre generosos, fieles al «Espíritu de verdad», siquiera en la corta medida que es dado a nuestra flaqueza, porque Él es también Espíritu de santificación. Seamos almas dóciles y sensibles a los toques de este Espíritu.- Si nos dejamos guiar de Él, luego desarrollará plenamente en nosotros la gracia divina de la adopción sobrenatural que nos quiso dar el Padre, y que el Hijo nos mereció. ¡De qué alegría tan honda, de qué libertad interior gozan las almas que se entregan así a la acción del Espíritu Santo! Ese divino Espíritu nos hará rendir frutos de santidad agradables a Dios; artista divino como es de mano sumamente delicada, dará cima en nosotros a la obra de Jesús, o más bien formará a Jesús en nosotros, como formó un día su santa humanidad, a fin de que reproduzcamos en esta frágil naturaleza, mediante su acción, los rasgos de la filiación divina que recibimos en Jesucristo, para la gloria del Eterno Padre: «Jesucristo fue concebido en santidad, por obra del Espíritu Santo, destinado a ser Hijo de Dios por naturaleza; otros, en virtud del mismo Espíritu, se santifican para llegar a ser hijos de Dios por adopción» (Santo Tomás, III, q.32, a.1).
(DOM COLUMBA MARMION, O.S.B., Jesucristo, vida del alma. Fundación Gratis Date - Pamplona 1993, cuarta edición, pp. 103-105)



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Aplicación: R.P. Carlos M. Buela, I.V.E. - El Espíritu Santo y la Misa


Hoy es Pentecostés y recordamos la venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, en el mismo lugar donde Cristo había ordenado sacerdotes a los Apóstoles cuando celebró la Primera Misa del mundo en la Última Cena.


I- Las epíclesis o invocaciones.
Uno de los grandes e insustituibles protagonistas de la Misa es el Espíritu Santo. ¿Cuándo obra el Espíritu Santo en la Misa?

En rigor, la acción del Espíritu Santo se extiende a toda la Misa. Pero, de modo particular, la acción del Espíritu Santo en a Misa se realiza en dos aspectos: en las epíclesis (o invocaciones) y en la méthexis (o participación).

¿Qué es la epíclesis? Se llama epíclesis a la parte de la Misa en que se invoca al Espíritu Santo.

En las Plegarias Eucarísticas, anáforas o canon suelen haber dos epíclesis; una, antes de la consagración, invocando al Espíritu Santo para que obre la presencia de Cristo; y otra epíclesis, después de la consagración, sobre el pueblo invocando al Espíritu Santo para que lo colme de bienes.

Las primeras epíclesis se caracterizan por el gesto pneumatológico de imposición de manos sobre los dones que se van a consagrar, determinando así lo que constituye la materia del sacrificio y como apropiándose, los sacerdotes, de esa materia determinada. Por ejemplo, comienzan con las siguientes palabras:

-»Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda, haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti,..»1;

-» ...te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu...»2 ;

-»...te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti...»3 ;

-» ...te rogamos que este mismo Espíritu santifique estas ofrendas, para que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor»4 .

Las segundas epíclesis comienzan así:

-»Te pedimos humildemente ... que esta ofrenda sea llevada a tu presencia ... para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo ... seamos colmados de gracia y bendición»5 ;

-»Te pedimos ... que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo»6 ;

-»...para que ... llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu»7 ;

-»...concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria»8 .

Por eso enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La Epíclesis (=’invocación sobre’) es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para que las ofrendas se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo y para que los fieles, al recibirlos, se conviertan ellos mismos en ofrenda viva para Dios»9.

En rigor, la acción del Espíritu Santo se extiende a toda la Misa; en este sentido toda la Misa es epíclesis en sentido amplio. Y aún se extiende a antes de la Misa y a después de la Misa por medio de las epíclesis y paráclesis extracelebrativas. Es lo que hace que toda celebración sea nueva, inmensamente fecunda, única, irrepetible... porque el Espíritu Santo al conducir al cristiano a su madurez en Cristo10 , es el gran animador de la liturgia. Es Quien hace que la Misa nunca sea algo mecánico, rutinario, aburrido. Siempre extraemos algo nuevo de la Misa y siempre traemos algo nuevo a la Misa, y eso es por obra del Espíritu Santo. Él es el que hace que cada Misa sea singular.

Así como el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y «Si la Iglesia no es signo del Espíritu Santo, Ella es nada»11 , así el Espíritu Santo es el alma de la liturgia y si la liturgia no es signo del Espíritu Santo, la liturgia es nada.

Sin el Espíritu Santo no hay liturgia. Por eso, para que la liturgia sea viva y verdadera debe ser epliclética y paraclética:

-Epiclética porque se invoca el poder del Espíritu Santo:
-para que los dones se transformen en el Cuerpo y Sangre de Jesús; y
- para que sea causa de salvación para los que lo van a recibir;

-Y, a su vez, debe ser paraclética, o sea, animada por el Espíritu Santo:
- para convertir a cada hombre en Cristo;
- para hacer crecer progresivamente a cada cristiano;
- para manifestar en plenitud al Espíritu en el cristiano;


-porque a la kénosis del pan y del vino corresponde el don del Paráclito;
- para transfigurarnos con la presencia y acción del Espíritu;
- para que glorifiquemos a la Santísima Trinidad.

Toda Misa es una manifestación imperceptible, pero realísima del Espíritu Santo, quien de manera imprescindible obra en las acciones litúrgicas.


II- La méthesis o participación

La presencia de Jesucristo va unida a la presencia del Espíritu Santo, la acción de Jesucristo va unida a la acción del Espíritu Santo. De tal modo, que la presencia de Cristo se da por obra del Espíritu Santo, dicho de otra manera, el Espíritu Santo obra para manifestar a Cristo y, donde está Cristo, está el Espíritu Santo, como decía San Ireneo: «El Espíritu manifiesta al Verbo...; pero el Verbo comunica al Espíritu»12 , y San Bernardo: «Nosotros tenemos una doble prueba de nuestra salvación: la doble efusión de la Sangre y del Espíritu. Ningún valor tendría la una sin el otro: no me favorecería, por tanto, el hecho de que Cristo haya muerto por mí, si no me vivificara con su Espíritu»13 .

El Espíritu Santo vivifica todo el misterio litúrgico. Se lo invoca para que se vivifique siempre más la acción litúrgica y se constituya la Iglesia. Se lo invoca para que la vida de los fieles refleje, cada vez más, lo celebrado en la celebración14. De tal manera, que siempre se una, más y más, la celebración a la vida y la vida a la celebración. Y si es verdad que «la Eucaristía hace la Iglesia; y la Iglesia hace la Eucaristía»15, ello es posible por la presencia y acción del Espíritu Santo. La Iglesia está allí donde florece el Espíritu16 decía San Hipólito. Y el gran San Ireneo: «Allí donde está la Iglesia, está el Espíritu Santo; y donde está el Espíritu Santo, allí está la Gracia y todo don, porque es el Espíritu de Verdad»17.

Es siempre el Espíritu Santo el que mueve desde dentro a los participantes para que se unan al Misterio de Cristo que se celebra y aprovechen de la Palabra de Dios, del Sacrificio y del Sacramento. Toda Misa es una epifanía del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento, entre tantas prescripciones sobre los sacrificios, ocupaba un lugar indispensable el fuego, venido del cielo, que debía haber en el altar para la consumición de las víctimas y consumación de los sacrificios18, ya que así las víctimas eran separadas totalmente de la tierra y subían a Dios. Pero también hay fuego en el altar en el Nuevo Testamento, aunque infinitamente superior. En efecto, en el Apocalipsis el ángel llena el incensario «del fuego del altar» (8, 5)19. Por tanto, en los altares católicos hay «fuego». Ese fuego es el Espíritu Santo20 . Por eso, cuando entramos en los templos protestantes nos parecen fríos, no sólo por la ausencia de Sagrario, no sólo por la ausencia de la Madre, sino sobretodo por la ausencia «del fuego del altar» al no tener sacrificio. Por eso los que participan auténticamente en la Santa Misa, al igual que los discípulos de Emaús, experimentan que: «...ardían nuestros corazones dentro de nosotros... «21. ¡Hay fuego en nuestros altares! Sólo no se dan cuenta de ello quienes dejaron que «...se enfriara la caridad... «22.


III- La Misa es la gran forja de los cristianos y, en especial, de los sacerdotes

Nuestro prócer Fray Francisco de Paula Castañeda a quienes querían que dejase de polemizar y se contentase con limitarse a celebrar la Misa les decía: « es precisamente la Misa lo que me enardece, y me arrastra, y me obliga a la lucha incesante»23. En la Misa es donde se forjan los grandes gladiadores de Dios. Es la Misa la que enardece y arrastra a los jóvenes para que se entreguen totalmente al Señor y allí los va formando para que lleguen a ser grandes sacerdotes. Es la Misa la que forma los grandes líderes católicos laicos, enardeciéndolos. Es la Misa la que enardece a las jóvenes para ser fidelísimas Esposas de Cristo. Es la Misa la que enardece y empuja a los esposos a ser verdaderos evangelizadores de sus hijos.

En la Misa, Jesucristo nos habla con su Sacrificio. En un lenguaje conciso, pero ardiente. Para captarlo necesitamos al Espíritu Santo. Por eso los que dejan de lado al Espíritu Santo, creen que hacen interesante la Misa con novedades extra litúrgicas, usurpan el protagonismo inderogable que corresponde al Espíritu Santo y al rebajar a mero nivel humano el Santo Sacrificio lo hacen, de hecho, para los feligreses, prescindible. Lo que se necesita es que los ministros del altar sean hombres llenos del Espíritu Santo, que no sean membranas del mismo, sino transparentes, que dejan percibir su presencia y su acción. El sacerdote carnal y el mundano no deja transparentar al Espíritu Santo, porque no lo ve ni lo conoce ni lo ama. Podemos decir, dime cómo se celebra la Misa en el Seminario y te diré qué sacerdotes se forman. Ya lo había señalado nuestro Señor: «el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce» (Jn 14, 17).

Una gran docilidad al Espíritu Santo es el mejor medio para lograr una participación litúrgica verdadera y profunda. La piedad y devoción al Santo Espíritu de Dios nos lleva a aprovechar al máximo del Santo Sacrificio, así como el Santo Sacrificio nos lleva a amar más al Espíritu Santo, ya que Jesucristo en la cruz «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios» (Heb 9,14) y en la Misa se sigue ofreciendo por el mismo Espíritu.

Pidamos siempre la asistencia del Espíritu Santo para lograr en la Santa Misa una mayor participación litúrgica verdadera y profunda, más fructuosa, conciente y activa. ¡Ven Espíritu Santo...!. Y, desde aquí, démosle gracias ya que: «En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo ... lo ha hecho partícipe de su Espíritu»24.
(Homilía del padre CARLOS MIGUEL BUELA)

(1) Plegaria I.
(2) Plegaria II.
(3) Plegaria III.
(4) Plegaria IV.
(5) Plegaria I.
(6) Plegaria II.
(7) Plegaria III.
(8) Plegaria IV.
(9) Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1105.
(10) Cfr. Ef. 4, 13.
(11) Don Anscario Vonier, The Spirit and the Bride, London, 1935, pág. 33: «If She is not a sign of the Paraclete, She is nothing...».
(12) 12La consumación apostólica, n. 5, Patrología Orientalis 22, 663; cit. por Achille M. Triacca, Espíritu Santo y Liturgia, en Revista Liturgia, Comisión Episcopal Argentina de Culto, Año XI, n.47, Oct-Dic 1981, pag. 56.
(13) Epist.107, 9; PL. 182, 247 A.
(14) Cfr. Achille M. Triacca, Sfondo ‘Liturgico-vitale’ del Catechismo della Chiesa Cattolica, en Revista Notitiae, CCDDS, Cittá del Vaticano, Ian-Febr. 1992, 1-2, nº 318-319, pág. 34-47.
(15) Ideas que ya pueden encontrarse, v.g., en San Agustín, Contra Faustum 12, 20; PL 42, 265.
(16) San Hipólito, Traditio Apostolica, «...ad Eclesiam ubi floret Spiritus», n.35.
(17) Adversus haereses, 3, 24, 1; PL 7, 986 C.
(18) Cfr. Lev. 9, 24; 2 Cron 7, 1; 2 Mac 2, 10; el fuego era alimentado continuamente, Lev 6, 5-6.
(19) «Ignis altaris»(cfr. Ap 8, 5).
(20) Cfr. Albert Vanhoye, Sacerdotes antiguos, Sacerdote nuevo, Ed. Sígueme, Salamanca, 1992, pág. 208.
(21) Cfr. Lc. 24, 32.
(22) Cfr. Mt. 24, 12.
(23) Guillermo Furlong, S.J., Francisco de Paula Castañeda, en Revista Mikael, Paraná, Año 1, nº 1, Primer cuatrimestre de 1973, pág. 52.
(24) CELAM, Documento de Santo Domingo, 16.



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Aplicación: P. Alfonso Torres, S.I. - El Espíritu Santo muy olvidado

Vamos a hablar hoy del Espíritu Santo. Esta tercera persona de la Santísima Trinidad es muy olvidada de los hombres, y este olvido es sumamente injurioso a Dios y muy perjudicial para las almas. Al Padre Eterno es al que se le atribuye la obra de nuestra creación; al Hijo divino, nuestra redención; pero al Espíritu Santo debemos la santificación de las almas, que es obra de amor. Un gran amor supone el crearnos, un inmenso amor nos demostró Jesucristo al redimirnos; pero en la obra de nuestra santificación pone Dios nuestro Señor, por decirlo así, todo su afán, todo su anhelo, todas sus delicadezas, un incomprensible y amorosísimo desvelo.

Debe crecer nuestra devoción a la tercera persona de la Santísima Trinidad; los medios para que crezca en nosotros los podemos reducir hoy a tres: recogimiento interior y exterior, oración y limpieza de alma. El día de Pentecostés bajó el Espíritu Santo sobre los apóstoles visiblemente, y los apóstoles se prepararon a recibirle en el cenáculo con la oración y el retiro. A nuestras almas baja también invisiblemente, sin ruido; debemos prepararnos formando en nuestro corazón un pequeño cenáculo para oírle en nuestro recogimiento, apartados de todas las conversaciones inútiles y vanas de las criaturas que no nos llevan a Dios, evitando que nuestro corazón se derrame en las cosas del mundo y, por último, dándonos a la vida interior por medio de una conversación íntima con Dios nuestro Señor por una continua oración. Sea nuestra oración amorosa, tierna; roguemos con gemidos y hasta con lágrimas reales. Cuando ponemos nuestro corazón en las cosas triviales y terrenas, aunque esté Dios con nosotros, no le encontramos; nos rodea entonces un silencio de muerte, no le sentimos, no apreciamos su compañía. Jesús por su parte, viéndonos distraídos y entregados a las cosas terrenas, no nos habla al corazón, y nosotros, estando disipados y entregados a las cosas de la tierra, no nos acordamos de Dios. ¡Dichosa el alma que sabe encontrar a Dios en la soledad y en el silencio y que sabe desprenderse de todo afecto y consuelo para poner su confianza en sólo Dios! Esa alma logrará ese trato continuo y esa conversación íntima con Dios, y Dios se le dará por entero; a esa alma no le asustan las tentaciones y las luchas. ¿Qué puede temer estando con Dios? El tercer medio para que crezca en nosotros la devoción al Espíritu Santo es la limpieza de alma, que consiste en la renuncia de nuestras veleidades y pasiones, en sacrificar nuestro amor propio y cercenar nuestros caprichos. Preparémonos así a recibir la amorosa acción en nuestras almas de este divino Espíritu. Sus dones, ¿qué producen en nosotros? Por los dones de sabiduría, ciencia y entendimiento conocemos a Dios, de tal manera que una persona pobre e ignorantísima que ha recibido estos dones, tiene de Dios un conocimiento mucho más perfecto que el más sabio teólogo que estudió muy subida teología, pero que con menos virtud recibió en menos grado estos dones de Dios. ¿Y qué diremos de ese don con que nos enriquece el Espíritu Santo con el cual reverenciamos a Dios, acatamos sus órdenes y le obedecemos, y que llamamos el santo temor de Dios? ¿Y ese otro don por el cual somos útiles a nuestros hermanos, y que llamamos el don de consejo? Nadie dará nunca un buen consejo si no recibe ese don. ¡Oh, y cuán sublime es el don que nos hace acercarnos a Dios con caridad filial, como hijos muy amados suyos, y que llamamos el don de piedad! ¡Y qué grande y qué necesario aquel otro don que nos hace vencer nuestras dificultades, que nos empuja a los mayores vencimientos y sacrificios, que nos hace luchar y vencer, saliendo victoriosos del mundo y sus vanidades, del demonio y de sus pompas, y que llamamos la santa fortaleza de Dios!

El Espíritu Santo no deja de obrar en nuestras almas, el cuidado que tiene de nosotros es incesante. ¡Con qué delicadeza procede! Hemos practicado con su ayuda o cooperando a su gracia una virtud, y en seguida nos solicita para que avancemos en nuestra santificación, animándonos a practicar otras; si la aceptamos, su acción avanza con rapidez y multiplica sus toques; está a las puertas de nuestro corazón, nos llama, nos pide y nos suplica que le abramos. Él mismo dice en el Cantar de los Cantares: Ábreme, hermana mía, hermosa mía, paloma mía, mi inmaculada, porque está llena de rocío mi cabeza, y del relente de la noche mis cabellos (5,2). ¿Seremos sordos a este llamamiento? ¿Cerraremos las puertas de nuestro corazón a tan grande ternura y solícito amor? No, antes bien estemos atentos a su voluntad, con el propósito firme de conformar nuestra acción a la suya, para que veamos un día en el cielo cómo todo lo que Dios nos envía ha contribuido a nuestro bien.
(P. Alfonso Torres, S.I., Obras Completas, Tomo IV: Los caminos del Espíritu, BAC, Madrid, 1972, Pág. 499-501)

 

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Comentario teológico: Dom Columba Marmion - MISIÓN DEL ESPÍRITU SANTO


El Espíritu Santo vino por nosotros, como quiera que la asamblea del Cenáculo representaba a toda la Iglesia, vino para permanecer siempre con ella, conforme a la promesa de Jesús.

El día de Pentecostés descendió visiblemente sobre Apóstoles; desde aquel día venturoso comenzó a dilatarse la Iglesia, extendiendo sus ramas por todo el mundo e implantando por doquier el reinado de Jesús. El Espíritu Santo es quien gobierna ese reino juntamente con el Padre y el Hijo. Él es igualmente quien perfecciona y pule en almas la obra de santidad comenzada por la Redención y desempeña en la Iglesia el mismo servicio que el alma en el cuerpo. Es el espíritu que anima y vivifica a la Iglesia, que defiende su unidad, aun cuando su acción produzca efectos múltiples y variados; es el espíritu que la robustece y la hace hermosa y bella.

Considerad, si no, el torrente de gracias y carismas que inunda a la Iglesia al día siguiente Pentecostés. Leemos en los "Actos de los Apóstoles", que son la historia de los albores de la Iglesia, que el Espíritu Santo descendía de un modo visible sobre los que se bautizaban, y los colmaba de innumerables preciadísimos carismas. Enumera con particular complacencia Pablo estas maravillas, diciendo: "Hay diversidad de dones, aun cuando procedan de un mismo Espíritu; danse cada cual, para utilidad común de toda la Iglesia. Así, que el uno recibe del Espíritu Santo el don de hablar con mucha ciencia; éste, el don de una fe extraordinaria; otro, la gracia de curar enfermedades; otro, el poder de obrar milagros; quién, don de profecía; quién, el discernimiento de espíritus, o bien el hablar idiomas interpretarlos". Luego añade: "Mas todas estas cosas las causa el mismo e indivisible Espíritu, quien produce todos estos dones y los distribuye a cada cual según le place".

El Espíritu Santo, prometido y enviado por Padre y por el Hijo, es quien comunicaba esta plenitud e intensidad de vida sobrenatural a los primeros cristianos; con ser de diferentes razas y condición, con todo eso, no tenían más que un solo corazón y una sola alma, merced al Espíritu Santo que habían recibido. Después permanece el espíritu Santo en la Iglesia, de un modo constante e indefectible; influyendo sin cesar en su vida y santidad. Él la hace infalible en la verdad: "Cuando viniere el Espíritu de verdad, decía Jesús, os enseñará toda verdad" y os preservará de todo error. Él da a la Iglesia esa fecundidad sobrenatural y maravillosa y hace que nazcan y se desarrollen en las vírgenes, mártires y confesores todas aquellas virtudes heroicas, que son una de las notas de la santidad. En una palabra, el Espíritu es quien trabaja silencioso allá en el interior de las almas, mediante sus dulces inspiraciones, para que la Iglesia, que Él fundó a costa de su sangre, aparezca "pura y sin mancilla", digna de ser presentada al Padre el día del triunfo final.

Nótese que esta acción del Espíritu Santo es una acción continua. Pentecostés no ha terminado en realidad, aunque sí en su forma histórica, como misión visible. Su virtualidad perdura; la gracia que comunica y la misión del Espíritu Santo en las almas, no por ser ya invisible, es ya menos fecunda. Mirad qué oración eleva la Iglesia el día de la Ascensión, después de haber celebrado la glorificación de su divino Esposo y gozado de su triunfo: "Oh, Rey de la gloria y Señor de las virtudes, que subsiste hoy triunfante por encima de todos los cielos, no nos dejes huérfanos, sino envíanos el prometido del Padre, el Espíritu de verdad". ¡Oh Pontífice todopoderoso! Ahora que estás sentado a la diestra de tu Padre y que gozas de cumplidísimo triunfo y de inmenso crédito, ruega al Padre, según nos lo tienes prometido, que nos envíe otro Consolador. Harto merecida nos tienes esta gracia por los trabajos y dolores de tu Humanidad. El Padre, seguramente, te ha de escuchar por ser su Hijo muy amado; Él mismo enviará, juntamente contigo, el Espíritu que nos tenía prometido, cuando dijo: "Derramaré el Espíritu de gracia y de oración sobre todos los moradores de Jerusalén. Envíanosle para que more eternamente con nosotros".

Ora la Iglesia como si la festividad de Pentecostés debiera renovarse para nosotros, y repite esta misma oración durante la octava de la Ascensión, y luego, el día mismo de Pentecostés, multiplica sus alabanzas al Espíritu Santo en armonioso lenguaje, y no se cansa de invocarle, empleando los más tiernos y regalados afectos: "Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Ven y envíanos desde lo alto un rayo de tu luz. ¡Oh luz beatísima! alumbra con tu claridad lo más recóndito de los corazones de tus fieles. Fuente viva, fuego abrasador, ven ya con tu amor y espiritual unción. Ilumina nuestro espíritu con tu luz, derrama la caridad en nuestros corazones, robustece nuestra flaqueza con tu incesante fortaleza".

Si la Iglesia, nuestra Madre, excita tales deseos en nuestras almas y pone tales plegarias en nuestros labios, no es tan sólo para conmemorar la misión visible que tuvo lugar en el Cenáculo, sino también para que se renueve interiormente en todos nosotros ese mismo misterio.

Repitamos con la Iglesia aquellos fervientes suspiros, y pidamos sobre todo al Padre celestial que se digne enviarnos su Espíritu. Mediante la gracia santificante, somos ya sus hijos siendo esta cualidad de hijos la que le mueve a colmarnos de sus dones, y porque nos ama como a hijos, nos da su Hijo, el cual en la comunión es el pan de los hijos. Por eso mismo nos envía también su Espíritu, que es la dádiva más perfecta. ¿Qué nos dice de esto san Pablo? "Porque sois hijos, ha enviado Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo", que es el Espíritu del Hijo, porque procede del Hijo así como del Padre, y es el Hijo quien le envía juntamente con el Padre. Por eso, cantamos en el Prefacio de Pentecostés: "Es verdaderamente digno y justo... que te demos gracias ¡oh Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno! por medio de Cristo nuestro Señor; el cual; estando sentado a tu diestra, derramó en este día sobre sus hijos adoptivos el Espíritu Santo que les tenía prometido.

Así que el Espíritu Santo es don otorgado a todos los hijos adoptivos, a todos aquellos que son hermanos de Jesús por medio de la gracia santificante. Y por ser don divino que contiene en sí todos los dones más preciados de vida, y de santidad, su efusión en nosotros, que fue tan abundante el día de Pentecostés, es fuente de gozo que inunda de alegría al mundo entero.
(Dom Columba Marmion, Jesucristo en sus misterios, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1948, p. 327-330)

 

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Aplicación: San Juan de Ávila - ¿Ha venido hasta ti este tal Consolador?

A) Exordio
"Quien de tierra es, de tierra habla; el que viene del cielo, sobre todos es (Io. 3, 31). ¿Qué hará el hombre, que le está mandado que hable cosas del cielo?... Si hubiésemos de hablar de cosas de aquí abajo, daríamos buenas señas; pero hablar del Espíritu Santo… ¿Qué haremos para bien hablar? Es menester mucho la gracia del Espíritu Santo."

No en balde fue dada a los apóstoles para hablar… Fueron llenos de esta celestial gracia para dar a entender que nadie debe hablar ni predicar de este Santo Espíritu sino lleno y muy lleno de este don celestial y de este santo fuego… No han de ser las lenguas que han de hablar cosas de Dios y sus maravillas de agua, no de viento, no han de ser de tierra.

Venimos a oír la palabra de Dios, venimos a oír sus sermones, y venimos como a farsa, sin más amor y reverencia. Dignos de verdad que un gran riesgo corremos todos los que oímos sermones; gran peligro corremos si no oímos como debemos oír, con corazón encendido… Para tan gran negocio menester hemos la gracia, menester hemos el mismo Espíritu Santo, que se infunda en nuestros corazones y los ablande… La oración que nos es inspirada del mismo Espíritu Santo, poco vale.
(…)

B) Condiciones para su venida
a- Desearla y obrar según Él
"Si recibisteis al Espíritu Santo por la fe, creyendo, dijo una vez San Pablo a unos (Act. 19, 2): ¿Habéis recibido al Espíritu Santo? Respondieron: No sabemos si lo hay, cuánto más haberlo recibido… ¡Oh si dijeseis verdad! ¿Habéoslo recibido? ¿Amáoslo? ¿Habéoslo servido? ¿Deseáoslo? ¿Tenéis gran deseo que se infunda en vuestros corazones? Ni aún sabéis si lo hay. No aprovecha nada que lo deseéis; no basta que digáis que venga, que lo queréis recibir; todo no aprovecha si no hay obras dignas y que merezcan su venida. Factis autem negant (Tit. 1, 16)".

b- Gustar de su palabra
"Yo me voy, y rogaré a mi Padre que os envíe otro consolador en mi nombre (Io. 14, 16). Hasta aquí yo os he consolado; yo me iré, y yéndome yo, os enviaré otro consolador, otra persona… Dijo Jesucristo: El que me ama guardará mis palabras, y mi Padre lo amará, y a él vendremos y haremos morada en él (Io. 14, 23).

Que estudie y rumie sus palabras y las cumpla y guarde; esto os da por señal y prenda de su amor. Y, hermanos, decid, ¿cómo os va cuando oís la palabra de Cristo? ¿Holgáis os cuando os hablan de Él? ¿Alégrase os el corazón cuando le oís nombrar, cuando le predican, alaban y bendicen y glorifican en los púlpitos? Más os alegráis con invenciones, con novedades; esto oís de buena gana".

c- Renuncia
"El que guardare mi palabra, éste me ama. ¿Cómo es eso? ¿Cómo tengo de guardar sus palabras? ¿Cómo le tengo de amar?
Habéoslo de amar, y en esto mostraréis que verdaderamente le amáis, si por le amar olvidáredes y dejáredes todo cuanto os estorbare para lo amar y verdaderamente servir. Si vuestro ojo derecho, si al cosa que así la amáis como a vuestros ojos, os escandalizare, si vuestra mano derecha, si cualquier cosa que mucho la habéis menester os apartare este santo propósito, cortadla" (Cfr. Mt 5. 29; 18, 9).
(…)

C) Efectos del Espíritu en nosotros
a- Esfuerza
"Antes que venga el Consolador, antes que sople este viento del Espíritu Santo, estamos sentados, estamos pesados; pesará mucho nuestra ánima, todo se le hace dificultoso, todo le parece imposible… ¿Cómo los huesos muertos han de tener vida? ¿Cómo, estando secos, han de cubrirse de carne y resucitar? Claro está que ellos de su parte, y solos por sí, que no podrán nada…

Llamó Dios al profeta Ezequiel (37, 3-6) y díjole: Hijo de hombre, a tu parecer estos huesos que aquí ves, ¿podrán tener vida y ser cubiertos de carne y nervios? Respondió Ezequiel: Señor, eso que me preguntáis, vos lo sabéis. Dijo Dios: Diles así: huesos secos, yo echaré sobre vosotros espíritu de vida, y os cubriré de nervios, y haré crecer carne sobre vosotros, y extenderé pellejos también sobre vosotros y os daré vida, y sabréis que yo soy el Señor…"

Estabas tú malo, pesado, sin fuego de caridad, muerto, y no sabías hacer a nadie un poco de misericordia ni tenías ternura; estabas desmayado con flaqueza, sin esperanza de pode hacer cosa buena y pesado como muerto. Estando así, dísete Dios: Hombre, no desmayes. ¿Piensas que no has de poder resucitar? Esfuérzate, que más poderoso soy yo para te salvar y para te resucitar y dar vida y alegrarte, que todos tus males para derribarte, perderte y matarte y entristecerte. Más bondad es la mía para hacerte bueno que tu maldad para condenarte y hacerte malo.

¡Bendigan te, Señor Dios Todopoderoso, los cielos y la tierra! ¡Cuántos testigos veremos en el día postrero en esto, que sus naos iban ya para se perder, iban a se hacer pedazos, estaban para se hundir, y soplándolas tu soplo fueron salvas, y llegaron con tranquilidad y seguridad al puerto!..."

d- Alegra
"¿Qué más hace? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo podrá decir? Echan los apóstoles en la cárcel, azotan los y manda les que no prediquen, y ello sálense riendo gozosos y sintiéndose por bienaventurados, porque fueron dignos de padecer trabajos y afrentas por Cristo Nuestro Redentor (Act. 5, 41). Si no, mira que por medio de una mujercilla niega y reniega San Pedro tres veces de Jesucristo…" (Cf. Mt 26, 72; Mc 14, 71; Lc 22, 37).
"Dice Jesucristo en su santo Evangelio (Io. 7, 37): Quien tuviere sed venga… Viniendo a El, y bebiendo del agua de su Santo Espíritu, y recibiendo este Consolador y este soplo del Espíritu Santo, será harto, será consolado, será enseñado y lleno de abundancia, y guiado sin error y fuera de toda duda…"

e- Enseña
"Accende lumen sensibus - infunde amores cordibus, - infirma nostri corporis - virtute firmans perpeti (Cf. Himno Veni, Creador Spiritus). Alumbrad, Señor, con los rayos de vuestra lumbre y claridad eterna las tinieblas de mi entendimiento, para que pueda con claridad y certidumbre escoger a vos sólo por bien eternal mío y olvide y tenga en poco todas esotras cosas, pues son sombras falsas y apariencias engañosas. Y conociéndoos, haced, Señor y mi Dios, que mi corazón y toda mi voluntad se enciendan en amor vuestro y deseo vuestro, para que a vos sólo ame, a vos sólo quiera, a vos sólo me arrime, en vos sólo ponga mis ojos, y para siempre no consintáis que sea apartado de amaros. Y porque la flaqueza de estos cuerpos estorba a que esto no se haga tan libremente como es razón, esforzad, Señor, con vuestra fuerza la flaqueza de mi cuerpo, la bajeza de mi sensualidad y habilidad, para que todo lo que hay en mí os contente y agrade, y os entienda, ame y sirva… "

D) No contristéis al Espíritu Santo
a- Atención permanente al Huésped Divino
"El que espera o tiene este Huésped, así se ata, o para le recibir mejor o con mejor aparejo, o para, si fuere venido, conservarle para que no se vaya… ¿Por qué no hacéis como los otros? ¿Por qué no sois tan enojosos? Desenvolveos, sed para algo… -Si viere des así alguno que hace esto, y que traiga cuidado sobre sí, y no sabe responder por sí, no defenderse, aquél lo tiene en el corazón; con aquél posa este Huésped; señales son estas del Espíritu Santo. Nolite contristare Spiritum Sanctus (Ep. 4, 30). Mira cómo vives, no entristezcas al Espíritu Santo, que mora en nosotros. Vive con cuidado, como el que tiene un gran Señor por Huésped, que no osa ir ni a fiestas ni a juegos; luego se acuerda de su Huésped y dice: ¿Quién lo servirá?... Quiero ir a mi casa, no me haya menester, no me eche menos, no haga falta… Corres, y juegas, y burlas, y comes y bebes sin temor de perderlo y sin ningún cuidado de le esperar y de lo recibir. ¡Oh qué dolor! Si lo esperas, y quieres y deseas que venga, ¿qué es del cuidado? No hay hombre, por pobre que sea, que si le dicen que ha de venir el rey a reposar en su casa…"

b- Vida limpia
"Cuando te convidaren con algún pecado, con alguna mala tentación, responde luego: Estoy esperando a la limpieza; ¿cómo me ensuciaré? Estoy esperando a mi Señor, ¿cómo me iré fuera de casa?... Nescitis, quoniam membra vestra templum sunt Spiritus Santi? (1 Cor. 6, 19). Miraos bien, que vuestros ojos, vuestras manos y vuestra boca, son templo del Espíritu Santo; no ensuciéis la casa del gran Señor. Pasas un deleite en tu carne, luego se va el Espíritu Santo. No se puede sufrir en ninguna manera el Espíritu Santo en el espíritu sucio; no pueden vivir juntos. No hay medio: o has de tomar lo uno de lo otro. Si has de tomar el Espíritu Santo, todo pecado y suciedad has de echar fuera; y si con algo te quieres quedar, irse ha el Espíritu Santo. Mira, pues, ahora cuál vale más, tener al Espíritu Santo consolador en tu corazón con limpieza o perder tan gran bien por un deleite que lo pasan las bestias en el campo".

E) Cristo lo envía
Espanta el que Cristo enviase su Espíritu a los mismos que lo crucificaron. Por tanto, también nos lo enviará a nosotros.
"-Es limpio; ¿cómo ha de venir a mí, que soy sucio? -Ahí está el punto. ¿Por qué quiso tanto el Espíritu Santo a Jesucristo? Porque se puso Jesucristo tan de buena gana en la cruz, obedeciendo al Padre Eterno y al Espíritu Santo, por eso vendrá en nombre suyo a vosotros, y no tendrá asco de nuestra miseria; no dejará de venir; no se tapará las narices de ti. -¿Quién juntó oro con cieno, limpieza con la basura, rico con extrema pobreza, alteza con bajeza, tan grande bien con tanta flaqueza y poquedad? -Así es verdad que el hombre no es lugar propio para el Espíritu Santo, ni la cruz era lugar a donde pusieron a nuestro Redentor Jesucristo; mas por esta junta de Dios con la cruz esotra del Espíritu Santo con el hombre. El Espíritu Santo amonestó e inspiró a Jesucristo que se pusiere en aquel lugar tan bajo y tan hediondo de la cruz, y por eso el Espíritu Santo viene a este otro lugar tan hediondo y bajo, que es el hombre. Rogádselo, importunádselo, llamadle en nombre de Jesucristo Nuestro Señor, que cierto vendrá, y darse os ha con todos sus dones; esclareceros ha el entendimiento; encenderá vuestra voluntad en amor suyo y daros ha gracia y gloria".
(Tomado del libro "Verbum Vitae", BAC, 1954, tomo V, Pág. 73-80)


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Comentario Teológico: Santo Tomás de Aquino - CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Como ya se dijo, el Verbo de Dios, es el Hijo de Dios, así como el Verbo del hombre es una concepción de su inteligencia. Pero a veces sucede que el verbo del hombre es un verbo muerto, como cuando el hombre piensa lo que debe hacer, pero sin tener la voluntad de realizarlo; de manera semejante, cuando el hombre tiene fe pero no obra, se dice que su fe está muerta, según leemos en Santiago: así como el cuerpo sin alma está muerto, así la fe sin las obras está muerta (2,26). En cambio el Verbo de Dios es siempre vivo, como se lee en la Epístola a los Hebreos: ciertamente, es viva la Palabra de Dios (4,12); por lo cual necesariamente Dios tiene en sí voluntad y amor. San Agustín así lo afirma en su obra sobre la Santísima Trinidad: "el Verbo del que tratamos de dar una idea es un conocimiento acompañado de amor". Pues bien, así como el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, así el Amor de Dios es el Espíritu Santo. De donde se sigue que el hombre posee al Espíritu Santo cuando ama a Dios. Escribe el Apóstol a los Romanos: el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (5,5).

Hubo algunos cuya doctrina sobre el Espíritu Santo fue completamente errónea. Afirmaban, en efecto, que el Espíritu Santo era una creatura, que era inferior al Padre y al Hijo, y que era esclavo y servidor de Dios.

Para refutar tales errores, los Padres agregaron en otro Símbolo CINCO expresiones relativas al Espíritu Santo.
La PRIMERA es: Creo en el Espíritu Santo "SEÑOR". Porque aún cuando existen otros espíritus, a saber, los ángeles, éstos son, sin embargo, servidores de Dios, conforme a las palabras de la Escritura: Los ángeles son todos espíritus destinados a servir (Hebr 1,14); en cambio el Espíritu Santo es SEÑOR. En efecto, Jesús dijo a la samaritana: el Espíritu es Dios (Jo. 4,24), y el apóstol: el Espíritu es Señor (II Cor 3,17); por lo que San Pablo agrega que donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (II Cor 3,17). Y la razón de ello es que nos hace amar a Dios, y quita de nuestro corazón el amor del mundo.

La SEGUNDA es: Creo en el Espíritu Santo "VIVIFICADOR". En efecto, la vida del alma consista en su unión con Dios, puesto que Dios mismo es la vida del alma, así como el alma es la vida del cuerpo. Ahora bien, el que une a Dios por el amor es el Espíritu Santo, porque Él mismo es el Amor de Dios, y por eso vivifica, como lo enseña el mismo Jesús: el Espíritu es el que vivifica (Jo 6,64).
La TERCERA es: Creo en el Espíritu Santo "QUE PROCEDE DEL PADRE Y DEL HIJO". En efecto, el Espíritu Santo es de la misma sustancia que el Padre y el Hijo; porque así como el Hijo es el Verbo del Padre, así el Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo, y por lo mismo procede del uno y del otro; y así como el Verbo de Dios es de la misma sustancia que el Padre y el Hijo. También por esto se muestra que no es creatura.

La CUARTA es: Creo en el Espíritu Santo "QUE CON EL PADRE Y EL HIJO RECIBE UNA MISMA ADORACIÓN Y GLORIA". Porque debemos al Espíritu Santo el mismo culto que al Padre y al Hijo. En efecto, dijo el Señor: los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad (Jo 4,23). Y antes de subir al cielo dijo a sus discípulos: enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,29).

La QUINTA es: Creo en el Espíritu Santo "QUE HABLÓ POR LOS PROFETAS". Lo que muestra que el Espíritu Santo es igual a Dios es que los santos Profetas hablaron movidos por Dios. Es evidente que si el Espíritu no fuese Dios, no se diría que los profetas hablaron movidos por Él. Y eso, precisamente, es lo que afirma San Pedro: inspirados por el Espíritu Santo han hablado los santos hombres de Dios (II Pe 1,21), e Isaías declara: el Señor Dios y su Espíritu me han enviado (48,16).
Con esta última afirmación se rebaten dos errores. Ante todo, el error de los Maniqueos, los cuales dijeron que el Antiguo Testamento no era de Dios, lo cual es falso, porque por los Profetas habló el Espíritu Santo. Y también el error de Priscila y de Montano, los cuales dijeron que los Profetas no hablaron movidos por el Espíritu Santo, sino como dementes.

El Espíritu Santo produce en nosotros FRUTOS múltiples.
En PRIMER lugar, nos purifica de nuestros pecados. La razón es que a quien hace una cosa le corresponde rehacerla. Ahora bien, el Espíritu Santo es el que ha creado el alma del hombre. En efecto, por su Espíritu hace Dios todas las cosas, porque Dios al amar su propia bondad produce todo lo que existe. Amas todo lo que existe-dice el Libro de la Sabiduría-y nada de lo que hiciste aborreces (Sab 11,25); y Dionisio escribe en el capítulo cuatro de "Los Nombres divinos": "El amor divino no le permitió ser infecundo".

Conviene, pues, que sea el Espíritu Santo quien rehaga el corazón del hombre destruido por el pecado. Por eso el Salmista se dirigía a Dios diciendo: envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Ps 103,30). Ni es de admirar que el Espíritu purifique, porque todos los pecados se perdonan por el amor, según aquellas palabras del Señor referentes a la pecadora: sus numerosos pecados le han sido perdonados porque amó mucho (Lc 7,47). Algo semejante leemos en el Libro de los Proverbios: el amor cubre todas las faltas (10,12); enseñanza que retoma San Pedro: el amor cubre la multitud de los pecados (I Pe 4,8).

En SEGUNDO lugar, el Espíritu Santo ilumina nuestro entendimiento, porque todo lo que sabemos lo sabemos por el Espíritu Santo, según aquellas palabras de Jesús: El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, os lo enseñará todo, y os recordará cuantas cosas os tengo dichas (Jo 14,26). Y San Juan, hablando del mismo Espíritu, dice: su unción os enseñará acerca de todas las cosas (I Jo 2,27).

En TERCER lugar, el Espíritu Santo nos ayuda y en cierta manera nos obliga a guardar los mandamientos. Porque nadie podría guardar los mandamientos de Dios si no amara a Dios, según aquello que dijo Cristo: Si alguno me ama guardará mi palabra. (Jo 14, 23). Pues bien, el Espíritu Santo nos hace amar a Dios, por lo cual nos ayuda. Dice el Señor en la Escritura: Yo os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne; y pondré mi Espíritu dentro de vosotros; y haré que caminéis según mis preceptos, y observéis mis juicios y los pongáis en práctica (Ez 36, 26).

En CUARTO lugar, el Espíritu Santo confirma nuestra esperanza de la vida eterna, porque Él es como la prenda de su herencia, según aquello que dice el Apóstol a los Efesios: Habéis sido sellados con el Espíritu Santo prometido, que es la prenda de nuestra herencia (Ef 1, 13-14). En efecto, el Espíritu Santo es como las arras de la vida eterna. La razón de ello es que la vida eterna le es debida al hombre en cuanto es hecho hijo de Dios, y llega a serlo en cuanto se hace semejante a Cristo; ahora bien, el hombre se hace semejante a Cristo por la posesión del Espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. Escribe el Apóstol a los Romanos: No habéis recibido un espíritu de servidumbre para recaer en el temor, sino que recibisteis el Espíritu de adopción de lo hijos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre! Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (8, 15-16); y a los Gálatas: Porque sois hijos de Dios, ha enviado Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre (4, 6).

En QUINTO lugar, el Espíritu Santo nos aconseja en nuestras dudas y nos enseña cuál es la voluntad de Dios. Dice la Escritura: El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias (Ap 2, 7); y en otro lugar: lo escucharé como a un maestro (Is 1, 4).
(Tomado de:"El Credo Comentado", Santo Tomás de Aquino, Ed. Athanasius/Scholastica, 2ª ed. (bilingüe), 1991, Pág. 131-139)



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Aplicación: Juan Pablo II - Se llenaron todos del Espíritu Santo


1. "Se llenaron todos de Espíritu Santo" (Hch 2, 4).

Así sucedió en Jerusalén, en Pentecostés. Hoy, congregados en esta plaza, centro del mundo católico, revivimos el clima de aquel día. En nuestro tiempo, al igual que en el Cenáculo de Jerusalén, la Iglesia está impulsada por un "viento impetuoso". Experimenta el soplo divino del Espíritu, que la abre a la evangelización del mundo.

Por una feliz coincidencia, en esta solemnidad tenemos la alegría de acoger, junto al altar, los venerados restos mortales del beato Juan XXIII, que Dios modeló con su Espíritu, haciendo de él un admirable testigo de su amor. Este venerado predecesor mío falleció hace treinta y ocho años, el 3 de junio de 1963, precisamente mientras en la plaza de San Pedro oraba una gran multitud de fieles, reunidos espiritualmente en torno a su cabecera. A aquella plegaria se une esta celebración, y, a la vez que conmemoramos la muerte de este beato Pontífice, alabamos a Dios que lo dio a la Iglesia y al mundo.

Como sacerdote, como obispo y como Papa, el beato Angelo Roncalli fue docilísimo a la acción del Espíritu, que lo guió por el camino de la santidad. Por eso, en la comunión viva de los santos queremos celebrar la solemnidad de Pentecostés en singular sintonía con él, recordando algunas de sus profundas reflexiones.

2. "La luz del Espíritu Santo irrumpe desde las primeras palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles. (...) El viento impetuoso del Espíritu divino precede y acompaña a los evangelizadores, penetrando en el alma de quienes los escuchan y extendiendo la Iglesia católica hasta los confines de la tierra, transcurriendo a través de todos los siglos de la historia" (Discursos, mensajes y coloquios de Su Santidad Juan XXIII, II, p. 398).

Con estas palabras, pronunciadas en Pentecostés de 1960, el Papa Juan XXIII nos ayuda a captar el incontenible impulso misionero propio del misterio que celebramos en esta solemnidad. La Iglesia nace misionera, porque nace del Padre, que envió a Cristo al mundo; nace del Hijo que, muerto y resucitado, envió a los Apóstoles a todas las naciones; y nace del Espíritu Santo, que infunde en ellos la luz y la fuerza necesarias para cumplir esa misión.

También en su dimensión misionera originaria la Iglesia es imagen de la santísima Trinidad: refleja en la historia la sobreabundante fecundidad propia de Dios, manantial subsistente de amor que engendra vida y comunión. Con su presencia y su acción en el mundo, la Iglesia propaga entre los hombres este misterioso dinamismo, difundiendo el reino de Dios, que es "justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17).

3. El concilio Vaticano II, que el Papa Juan XXIII anunció, convocó e inauguró, fue consciente de esta vocación de la Iglesia.

Se puede afirmar que el Espíritu Santo fue el protagonista del Concilio, desde que el Papa lo convocó, declarando que había acogido como venida de lo alto una voz íntima que escuchó en su corazón (cf. constitución apostólica Humanae salutis, 25 de diciembre de 1961, n. 6). Aquella "brisa ligera" se convirtió en un "viento impetuoso", y el acontecimiento conciliar tomó la forma de un nuevo Pentecostés. "Con la doctrina y el espíritu de Pentecostés -afirmó el Papa Juan XXIII- es como el gran acontecimiento del Concilio ecuménico cobra vida y vigor" (Discursos, mensajes y coloquios, p. 398).

Amadísimos hermanos y hermanas, si hoy recordamos ese tiempo singular de la Iglesia es porque el gran jubileo del año 2000 se situó en continuidad con el concilio Vaticano II, recogiendo numerosos aspectos tanto de doctrina como de método. Y el reciente consistorio extraordinario ha reafirmado su actualidad y su riqueza para las nuevas generaciones cristianas. Todo esto constituye para nosotros un nuevo motivo de gratitud con respecto al beato Papa Juan XXIII.
4. En el marco de esta celebración, que a Pentecostés añade un acto solemne de veneración, quisiera subrayar de modo particular que el don más valioso que el Papa Juan XXIII ha dejado al pueblo de Dios es él mismo, es decir, su testimonio de santidad.

También puede aplicarse a su persona lo que él mismo afirmó de los santos, a saber, que cada uno de ellos "es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo" (ib., p. 400). Y al pensar en los mártires y en los Pontífices enterrados en San Pedro, añadía palabras que conmueven al volver a escucharlas hoy: "A veces las reliquias de sus cuerpos se reducen a poco, pero siempre palpita aquí su recuerdo y su oración". Y exclamaba: "¡Oh, los santos, los santos del Señor, que por doquier nos alegran, nos animan y nos bendicen!" (ib., p. 401).

Estas expresiones del Papa Juan XXIII, avaladas por el ejemplo luminoso de su vida, muestran muy bien la importancia de la elección de la santidad como camino privilegiado de la Iglesia al comienzo del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 30-31). En efecto, la generosa voluntad de colaborar con el Espíritu en la santificación propia y en la de los hermanos es condición previa e indispensable para la nueva evangelización.

5. La evangelización requiere la santidad y esta, a su vez, necesita la savia de la vida espiritual: la oración y la unión íntima con Dios mediante la Palabra y los sacramentos; en suma, necesita la vida personal y profunda en el Espíritu.

A este propósito, ¡cómo no recordar también la rica herencia espiritual que nos dejó el beato Juan XXIII en su Diario del alma! En sus páginas se puede admirar de cerca el esfuerzo diario con que él, ya desde los años del seminario, quiso corresponder plenamente a la acción del Espíritu Santo. Se dejó modelar por el Espíritu día a día, tratando con paciente tenacidad de conformarse cada vez más a su voluntad. Aquí reside el secreto de la bondad con que conquistó al pueblo de Dios y a tantos hombres de buena voluntad.

6. Encomendándonos a su intercesión, queremos pedir hoy al Señor que la gracia del gran jubileo se irradie sobre el nuevo milenio mediante el testimonio de santidad de los cristianos. Profesamos con confianza que esto es posible. Es posible por la acción del Espíritu Paráclito que, según la promesa de Cristo, permanece siempre con nosotros.

Animados por una firme esperanza, digamos con las palabras del beato Juan XXIII: "Oh, Espíritu Santo Paráclito, (...) haz fuerte y continua la oración que elevamos en nombre del mundo entero; apresura para cada uno de nosotros el tiempo de una profunda vida interior; impulsa nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. (...) Mortifica nuestra presunción natural, y llévanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios y de la generosa valentía. Que ningún vínculo terreno nos impida cumplir nuestra vocación; que ningún interés, por nuestra indolencia, disminuya las exigencias de la justicia; y que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad en las estrecheces de los pequeños egoísmos. Que en nosotros todo sea grande: la búsqueda y el culto de la verdad; la disposición al sacrificio hasta la cruz y la muerte; y, por último, que todo corresponda a la extrema oración del Hijo al Padre celestial; y a la efusión que de ti, oh Espíritu Santo de amor, el Padre y el Hijo quisieron hacer sobre la Iglesia y sobre sus instituciones, sobre cada alma y sobre los pueblos"
Veni, Sancte Spiritus, veni! Amen.
(Juan Pablo II: SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS Y TRASLADO DE LA URNA CON EL CUERPO DEL BEATO JUAN XXIII HOMILÍA Domingo 3 de junio de 2001, Discursos, mensajes y coloquios, IV, p. 350)

 

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Aplicación: Juan Pablo II - El Espíritu Santo, principio vital de la apostolicidad de la Iglesia

1. Al ilustrar la acción del Espíritu Santo como alma del "Cuerpo de Cristo", hemos visto en las catequesis precedentes que él es fuente y principio de la unidad, santidad, catolicidad (universalidad) de la Iglesia. Hoy podemos añadir que es también fuente y principio de la apostolicidad, que constituye la cuarta propiedad y nota de la Iglesia: "unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam" como profesamos en el Credo. Gracias al Espíritu Santo la Iglesia es apostólica, y eso quiere decir "edificada sobre el fundamento de los Apóstoles", siendo la piedra angular el mismo Cristo, como dice san Pablo (Ef 2, 20). Es un aspecto muy interesante de la eclesiología vista a la luz pneumatológica (cf. Ef 2, 22).

2. Santo Tomás de Aquino lo pone de relieve en su catequesis acerca del Símbolo de los Apóstoles, donde escribe: "El fundamento principal de la Iglesia es Cristo, como afirma san Pablo en la primera carta a los Corintios (3, 11): "Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo". Pero existe un fundamento secundario, a saber, los Apóstoles y su doctrina. Por eso se dice Iglesia apostólica" (In Symb. Apost., a. 9).

Además de atestiguar la concepción antigua ?de santo Tomás y de la época medieval? acerca de la apostolicidad de la Iglesia, el texto del Aquinate nos remite a la fundación de la Iglesia y a la relación entre Cristo y los Apóstoles. Esa relación tiene lugar en el Espíritu Santo. Así se nos manifiesta la verdad teológica ?y revelada? de una apostolicidad cuyo principio y fuente es el Espíritu Santo, en cuanto autor de la comunión en la verdad que vincula con Cristo a los Apóstoles y, mediante su palabra, a las generaciones cristianas y a la Iglesia en todos los siglos de su historia.

3. Hemos repetido en muchas ocasiones el anuncio de Jesús a los Apóstoles en la Última Cena: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26). Estas palabras de Cristo, pronunciadas antes de su Pasión, encuentran su complemento en el texto de Lucas donde se lee que Jesús "después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los Apóstoles (...), fue llevado al cielo" (Hch 1, 2). El apóstol Pablo, a su vez, escribiendo a Timoteo (ante la perspectiva de su muerte), le recomienda: "Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros" (2 Tm 1, 14). El Espíritu de Pentecostés, el Espíritu que llena a los Apóstoles y a las comunidades apostólicas, es el Espíritu que garantiza la transmisión de la fe en la Iglesia, de generación en generación, asistiendo a los sucesores de los Apóstoles en la custodia del "buen depósito", como dice Pablo, de la verdad revelada por Cristo.

4. Leemos en los Hechos de los Apóstoles el relato de un episodio en el que se trasluce, de modo muy claro, esta verdad de la apostolicidad de la Iglesia en su dimensión pneumatológica. Es cuando el apóstol Pablo, "encadenado en el Espíritu" ?como él mismo decía?, va a Jerusalén, sintiendo y sabiendo que aquellos a quienes ha evangelizado en Éfeso ya no lo volverán a ver (cf. Hch 20, 25). Entonces se dirige a los presbíteros de la Iglesia de aquella ciudad, que se habían reunido en torno a él, con estas palabras: "Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo" (Hch 20, 28). "Obispos" significa inspectores y guías: puestos a apacentar, por tanto, permaneciendo sobre el fundamento de la verdad apostólicaque, según la previsión de Pablo, experimentará halagos y amenazas de parte de los propagadores de "cosas perversas" (cf. Hch 20, 30) con el fin de apartar a los discípulos de la verdad evangélica predicada por los Apóstoles. Pablo exhorta a los pastores a velar por la grey, pero con la certeza de que el Espíritu Santo, que los puso como "obispos", los asiste y los sostiene, mientras él mismo guía su sucesión a los Apóstoles en el munus, en el poder y en la responsabilidad de guardar la verdad que, a través de los Apóstoles, recibieron de Cristo: con la certeza de que es el Espíritu Santo quien asegura la verdad misma y la perseverancia del pueblo de Dios en ella.

5. Los Apóstoles y sus sucesores, además de la tarea de la custodia, tienen igualmente la de dar testimonio de la verdad de Cristo, y también en esta tarea actúan con la asistencia del Espíritu Santo. Como dijo Jesús a los Apóstoles antes de su Ascensión: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8). Es una vocación que vincula a los Apóstoles con la misión de Cristo, quien en el Apocalipsis es llamado "el testigo fiel" (Ap 1, 5). En efecto, él en la oración por los Apóstoles dice al Padre: "Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo" (Jn 17, 18); y en la aparición de la tarde de Pascua, antes de alentar sobre ellos el soplo del Espíritu Santo, les repite: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21). Pero el testimonio de los Apóstoles, continuadores de la misión de Cristo, está vinculado con el Espíritu Santo quien, a su vez, da testimonio de Cristo: "El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15, 26-27). A estas palabras de Jesús en la Última Cena aluden las que dirige también a los Apóstoles antes de la Ascensión, cuando a la luz del designio eterno sobre la muerte y resurrección de Cristo, dice que "se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados (...). Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre" (Lc 24, 48-49). Y, de modo definitivo, anuncia: "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos" (Hch 1, 8). Es la promesa de Pentecostés, no sólo en sentido histórico, sino también como dimensión interior y divina del testimonio de los Apóstoles y, por consiguiente, ?se puede decir? de la apostolicidad de la Iglesia.

6. Los Apóstoles son conscientes de que han sido así asociados al Espíritu Santo al "dar testimonio" de Cristo crucificado y resucitado, como se desprende claramente de la respuesta que Pedro y sus compañeros dan a los sanedritas que querían obligarles a guardar silencio acerca de Cristo: "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen" (Hch 5, 30-32). También la Iglesia, a lo largo de toda su historia, tiene conciencia de que el Espíritu Santo está con ella cuando da testimonio de Cristo. Aún constatando los límites y la fragilidad de sus hombres, y con el esfuerzo de la búsqueda y de la vigilancia que Pablo recomienda a los "obispos" en su despedida de Mileto, la Iglesia sabe que el Espíritu Santo la guarda y la defiende del error en el testimonio de su Señor y en la doctrina que de él recibe para anunciarla al mundo. Como dice el Concilio Vaticano II, "esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad" (Lumen gentium, 25). El texto conciliar aclara de qué modo esta infalibilidad corresponde a todo el Colegio de los obispos, y en particular al Obispo de Roma, en cuanto sucesores de los Apóstoles que perseveran en la verdad heredada gracias al Espíritu Santo.

7. El Espíritu Santo es, pues, el principio vital de esta apostolicidad. Gracias a él, la Iglesia puede difundirse en todo el mundo, a través de las diversas épocas de la historia, implantarse en medio de culturas y civilizaciones tan diferentes, conservando siempre su propia identidad evangélica. Como leemos en el decreto Ad gentes del mismo Concilio: "Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevar a cabo interiormente (intus) su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma (...). Antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre. El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo" (Ad gentes, 4). Y la constitución Lumen gentium subraya que "esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia" (Lumen gentium, 20).

En la próxima catequesis veremos que, en el cumplimiento de esta misión evangélica, el Espíritu Santo interviene dando a la Iglesia una garantía celeste.
(AUDIENCIA GENERAL, Juan pablo II, miércoles 9 de enero de 199, Vatican.va)



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Comentario Teológico: Catecismo de la Iglesia Católica - El Espíritu y la Iglesia en los últimos tiempos


731 El día de Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud, Cristo, el Señor, derrama profusamente el Espíritu.

732 En este día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero todavía no consumado:

Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial,
hemos encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible
porque ella nos ha salvado. [Liturgia]

El Espíritu Santo, el Don de Dios

733 "Dios es Amor" (1 Jn 4,8.16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5,5).

734 Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo (2 Co 13,13) es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.

735 El nos da entonces las "arras" o las "primicias" de nuestra herencia: la Vida misma de la Santísima Trinidad que es amar "como él nos ha amado". Este amor es el principio de la vida nueva en Cristo, hecha posible porque hemos "recibido una fuerza, la del Espíritu Santo" (Hch 1,8).

736 Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos "el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza" (Ga 5,22-23). "El Espíritu es nuestra Vida": cuanto más renunciamos a nosotros mismos más "obramos también según el Espíritu" (Ga 5,25):

Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos
restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la
adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de
participar en la gracia de Cristo, ser llamados hijos de la luz y de
tener parte en la gloria eterna. [San Basilio de Cesarea]

El Espíritu Santo y la Iglesia

737 La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Esta misión conjunta asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su Comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den "mucho fruto" (Jn 15,5.8.16).

738 Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad (esto será el objeto del próximo artículo):

Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber,
el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios.
Ya que por mucho que nosotros seamos numerosos separadamente y que
Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de
nosotros, este Espíritu único e indivisible lleva por sí mismo a la
unidad a aquellos que son distintos entre sí... y hace que todos
aparezcan como una sola cosa en él. Y de la misma manera que el poder
de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que
ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la
misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e
indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual. [San Cirilo de
Alejandría]

739 Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo (esto será el objeto de la Segunda parte del Catecismo).

740 Estas "maravillas de Dios", ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu (esto será el objeto de la Tercera parte del Catecismo) .

741 "El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8,26). El Espíritu Santo, artífice de las obras de Dios, es el Maestro de la oración (esto será el objeto de la Cuarta parte del Catecismo).

RESUMEN

742 "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre" (Ga 4,6).

743 Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía siempre a su Espíritu: la misión de ambos es conjunta e inseparable.

744 En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, "Dios con nosotros" (Mt 1,23).

745 El Hijo de Dios es consagrado Cristo [Mesías] mediante la Unción del Espíritu Santo en su Encarnación.

746 Por su Muerte y su Resurrección, Jesús es constituido Señor y Cristo en la gloria (Hch 2,36). De su plenitud, derrama el Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Iglesia.

747 El Espíritu Santo que Cristo, Cabeza, derrama sobre sus miembros, construye, anima y santifica a la Iglesia. Ella es el sacramento de la Comunión de la Santísima Trinidad con los hombres.

 

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Aplicación: R. P. Royo Marín - El Espíritu Santo desconocido


La primera vez que San Pablo llegó a Atenas, entre los innumerables ídolos de piedra que llena­ban calles y plazas y que arrancaron al satírico Petronio su famosa frase de "ser más fácil encon­trarse en esta ciudad con un dios que con un hom­bre", le llamó poderosamente la atención un altar con la siguiente inscripción: "Al Dios desconocido", lo que le dio pie y ocasión para su magnífico discurso en el Areópago: "Ese Dios, al que sin conocerle veneráis, es el que vengo a anunciaros" (Act 17,23).

Más tarde, al llegar de nuevo el gran Apóstol a la ciudad de Éfeso, halló algunos discípulos que habían aceptado ya la fe cristiana y les preguntó: " ¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? " Ellos le contestaron: " Ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo " (Act 19,1-2).

Aunque parezca increíble después de veinte siglos de cristianismo, si San Pablo volviera a formular la misma pregunta a una gran muchedumbre de cristianos, obtendría una respuesta muy parecida a la tan desconcertante que le dieron aquellos prime­ros discípulos de Éfeso. En todo caso, aunque les suene materialmente su nombre, es poquísimo lo que saben de El la inmensa mayoría de los cristia­nos actuales.

Creemos oportuno, ante todo, exponer los prin­cipales motivos y las tristes consecuencias de este lamentable olvido de la persona adorable del Espí­ritu Santo.


a) Falta de manifestaciones

El primer motivo de la general ignorancia en torno a la tercera persona de la Santísima Trinidad obedece, quizá, a sus propias manifestaciones muy poco sensibles y, por lo mismo, muy poco percepti­bles para la inmensa mayoría de los hombres.

Se conoce bastante bien al Padre, se le adora y se le ama ¿Cómo podría ser de otra manera? Sus obras son palpables y están siempre presentes a nuestros ojos. La magnificencia de los cielos, las riquezas de la tierra, la inmensidad de los océanos, el ímpetu de los torrentes, el rugir del trueno, la armonía maravillosa que reina en todo el universo y otras mil cosas admirables repiten continuamente, con soberana elocuencia y al alcance de todos, la existencia, la sabiduría y el formidable poder de Dios Padre, Creador y Conservador de todo cuanto existe.

Conocemos, adoramos y amamos inmensamente también al Hijo de Dios. Sus predicadores no son menos numerosos ni elocuentes que los de su Padre celestial. La historia tan conmovedora de su naci­miento, vida, pasión y muerte; la cruz, los templos, las imágenes, el cotidiano sacrificio del altar, sus numerosas fiestas litúrgicas recuerdan a todos con­tinuamente los diferentes misterios de su vida di­vina y humana; la eucaristía, sobre todo, que per­petúa su presencia real, aunque invisible, en esta tierra, hace converger hacia Él el culto de toda la Iglesia católica.

Pero con el Espíritu Santo ocurren muy diversa­mente las cosas. Aunque es verdad que, como dice admirablemente San Basilio y como veremos ampliamente a través de estas páginas, "todo cuanto las criaturas del cielo y de la tierra poseen en el orden de la naturaleza y en el de la gracia, proviene de Él del modo más íntimo y espiritual" la san­tificación que obra en nuestras almas y la vida sobrenatural que difunde por todas partes escapan en absoluto a la percepción de los sentidos. Nada más visible que la creación del Padre y nada más oculto que la acción del Espíritu Santo.

Por otra parte, el Espíritu Santo no se ha encar­nado como el Hijo, no ha vivido ni conversado visiblemente con los hombres. Sólo tres veces se ha manifestado bajo un signo sensible, pero siempre secundario y pasajero: en forma de paloma sobre Jesús al ser bautizado en el río Jordán, de nube resplandeciente en el monte Tabor y de lenguas de fuego en el cenáculo de Jerusalén. A esto se reducen todas sus teofanías evangélicas, y ninguna otra, al parecer, ha tenido lugar a todo lo largo de la historia de la Iglesia; por lo que sabiamente prohibe la misma Iglesia representarlo bajo cual­quier otro símbolo. Los artistas no disponen aquí de variedad de posibilidades representativas: sólo dos o tres símbolos, y éstos bien poco humanos y nada divinos, son los únicos que pueden ofrecer a la piedad de los fieles para conservar la memoria de su existencia y sus inmensos beneficios.



b) Falta de doctrina

Otro de los motivos del gran desconocimiento que del Espíritu Santo y de sus operaciones sufren los fieles, y aun el mismo clero, depende de la escasez de doctrina, debida, a su vez, a la escasez de buenas publicaciones antiguas y modernas en torno a la misma divina persona:

" ¡Cuántas veces-escribe conforme a esto Monseñor Gaume -hemos oído lamentarse a nuestros venerables her­manos en el sacerdocio de la penuria de obras en torno al Espíritu Santo! Y, por desgracia, sus lamentaciones son demasiado fundadas. De hecho, ¿cuál es el tratado del Espíritu Santo que se haya escrito en muchos siglos?... E incluso las enseñanzas de la teología clásica sobre este asunto suelen reducirse a algunos capítulos del tratado de la Trinidad, del credo y de los sacramentos. Todos convienen en que estas nociones son del todo insuficientes. Y en cuanto a los catecismos diocesanos, que necesaria­mente son todavía más restringidos que los manuales de teología elemental, casi todos se limitan a algunas defini­ciones. No puede menos de convenirse, con vivo sentimien­to, que incluso en las primeras naciones católicas la en­señanza sobre el Espíritu Santo deja muchísimo que de­sear. ¿Quién creería, por ejemplo, que entre tantos ser­mones y panegíricos de Bossuet no se encuentra ni uno solo en torno al Espíritu Santo, ni uno solo en Masillon y apenas uno en Bourdaloue?

Es verdad que el medio de llenar esta laguna tan lamen­table sería el recurso a los Padres de la Iglesia y a los grandes teólogos del Medioevo, pero ¿quién tiene tiem­po y posibilidad de hacerlo? De aquí proviene una extrema dificultad para el sacerdote celoso, tanto para instruirse a sí mismo como para enseñar a los otros."

Y de lo poco que en general saben los maes­tros se puede deducir lo que sabrán los discípulos. Algunas breves y abstractas nociones, que dejan en la memoria palabras más que ideas, constituyen la instrucción de la primera infancia. Con ocasión del sacramento de la confirmación llegan a ser, es verdad, un poco más extensas y completas; pero, por una parte, la edad todavía demasiado tierna impide sacar el debido provecho y, por otra, se continúa en el terreno de las abstracciones. Bajo la palabra del catequista, el Espíritu Santo no toma cuerpo, no llega a ser persona, Dios mismo; y no sabiendo qué decir de su íntima naturaleza, se, pasa a hablar de sus dones. Pero incluso éstos, siendo como son puramente espirituales e internos, no son accesibles a la imaginación ni a los sentidos. Grande es, pues, la dificultad de explicarlos y mayor aún la de hacerlos comprender. En la enseñanza ordi­naria no se les muestra con claridad, ni en sí mis­mos, ni en su aplicación a los actos de la vida, ni en su oposición a los siete pecados capitales, ni en su necesaria concatenación para la vida so­brenatural del hombre, ni como coronamiento del edificio de la salvación. Por eso enseña la experien­cia que, de todas las partes de la doctrina cristiana, la menos comprendida y la menos apreciada es pre­cisamente la que debería serlo más, ya que-y esto lo sabe y comprende todo el mundo-conocer poco y mal la tercera persona de la Santísima Trinidad es conocer poco y mal este primero y principalisimo misterio de nuestra santa fe, sin el cual es impo­sible salvarse.


e) Falta de devociones

Un tercero y grave motivo concurre con los pre­cedentes a mantener el lamentable estado de cosas que estamos denunciando: la escasez de devociones, funciones y fiestas en torno al Espíritu Santo, mien­tras se van multiplicando sin cesar sobre tantas otras cosas.

Ciertamente, todas las devociones aprobadas por la Iglesia son muy útiles y santas, y hemos de admirar y alabar a la divina Providencia, que las ha ido suscitando de acuerdo con las varias exigencias de la vida religiosa y social. Algunas de ellas son del todo indispensables para el verdadero cristiano, tales como a la pasión del Señor, al Santísimo Sacramento, a la Virgen María, etc. Jesús mismo y su santa Madre se han complacido en revelarnos la importancia y las ventajas de algunas de esas devociones relativas a ellos mismos, tales como la del Sagrado Corazón y la del santísimo rosario. Pero todo esto no debería disminuir o hacernos olvidar una devoción tan importante y fundamental como la relativa al Espíritu Santo. Esta es la que habría que fomentar intensamente sin disminuir aquéllas.

La misma fiesta de Pentecostés, que en el rito litúrgico sólo tiene igual con las solemnísimas de Pascua y de Navidad-lo que significa la importan­cia extraordinaria que la santa Iglesia concede a la devoción a la tercera persona de la Santísima Trinidad-, no se celebra ordinariamente con el esplendor y entusiasmo que fuera de desear. Mien­tras en las otras dos solemnidades del año litúrgico, Navidad y Pascua, se nota claramente una adecuada correspondencia por parte de los fieles del mundo entero, la solemnidad de Pentecostés pasa completa­mente inadvertida, como si se tratase de una domí­nica cualquiera. Es un hecho indiscutible que se repite año tras año.

De este modo va transcurriendo casi todo el año sin una conveniente celebración del Espíritu Santo. Los cristianos reflexivos se maravillan y afligen, con toda razón.

Lo peor de todo es que la gran mayoría de los fieles ni siquiera se da cuenta de este inconveniente tan grande y no se acuerda que en el Dios que adora existe una tercera persona que se llama Es­píritu Santo. ¿Cómo podría ser de otra manera, si casi nunca oyen hablar de este Dios, y al que no ven comparecer jamás sobre nuestros altares? Podemos afirmarlo sin temeridad: para una innu­merable multitud de fieles, el Espíritu Santo es el Dios desconocido del que San Pablo encontró el altar al entrar en Atenas.

Conviene, sin embargo, observar-para no dar motivo a exageraciones o malentendidos que la fórmula paulina el Dios desconocido, tomada en su sentido obvio, quiere decir, no ya que los paga­nos ignoren completamente la existencia de Dios, sino que no tenían una idea justa de sus perfec­ciones y obras, y, sobre todo, que no le rendían el culto que le era debido. Aplicada al Espíritu Santo como hacemos nosotros, la fórmula Dios des­conocido no tiene nada de forzada. Conforme al concepto de San Pablo, quiere decir, no ya que los cristianos de nuestro tiempo ignoren la existen­cia y la divinidad del Espíritu Santo, sino que la mayor parte de ellos no tienen un conocimiento suficientemente claro de sus obras, de sus dones, de sus frutos, de su acción santificadora en la Iglesia y en las almas, y, especialmente, no le rinden el culto divino al que tiene derecho no menos que las otras dos personas de la Santísima Trinidad. En esto creemos que todos estaremos de acuerdo.

Veamos ahora las tristes y perniciosas consecuen­cias que se derivan de tamaña ignorancia.

Consecuencias funestas de este olvido

De todo cuanto acabamos de decir es evidente que el Espíritu Santo, en cuanto Dios, no puede experimentar ningún dolor o tristeza. Infinitamente feliz en sí mismo, no necesita para nada nuestro recuerdo o nuestros homenajes. Pero si, por un im­posible, fuese accesible al dolor, no podría menos de experimentarlo muy intenso ante nuestro increí­ble desconocimiento y olvido de su divina persona. Podría repetir las mismas palabras que el salmista pone en boca del futuro Mesías abandonado de su pueblo predilecto: "El oprobio me destroza el corazón y desfallezco; esperé que alguien se compa­deciese, y no hubo nadie; alguien que me consolase, y no lo hallé" (Sal 69,21).

Este lamento está tanto más justificado si tene­mos en cuenta el dolor-por decirlo así-que el Espíritu Santo debe de experimentar al no poderse expansionar, como quisiera ardientemente, sobre las almas y sobre el mundo cristiano. Nada hay ni puede haber de más difusivo que este divino Espí­ritu, que es personalmente el sumo bien; y, sin embargo, al tropezar con la rebeldía de nuestra libertad olvidadiza e indiferente, se siente como constreñido a replegarse y restringirse, a limitar su acción santificadora a muy contadas almas que le son enteramente fieles, a dar como con mano avara sus dones inefables, puesto que son muy pocos los que se los piden y menos todavía los que son dignos de ellos. Más aún: con frecuencia ve a los que son sus templos de carne y hueso-esos templos consagrados por El mismo con el agua del bautismo y santificados y embellecidos después de tantos mo­dos-miserablemente profanados con los más sucios y repugnantes pecados, y se ve arrojado vilmente de estos templos para dar lugar al espíritu de la fornicación, del odio, de la venganza, de la soberbia y de todos los demás pecados capitales.

Pero mucho más que el propio Espíritu Santo deberían dolerse los propios cristianos al verse tan poco instruidos y dignos de un Dios tan grande. Porque esto significa, ante todo, ignorar o despre­ciar la fuente misma de la vida sobrenatural y di­vina.

La Iglesia, en su Símbolo fundamental, reconoce expresamente al Espíritu Santo este estupendo atri­buto de conferir a las almas la vida sobrenatural: Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida ("Dominum et vivificantem"). La dependencia de la vida sobrenatural de la divina virtud del Pa­ráclito es un principio fundamental y eminente­mente dinámico del cristianismo. Este principio, o mejor, la orientación práctica que de él se deriva, constituye el punto de partida de todo progreso espiritual, de la ascensión progresiva desde la co­mún y simple vida cristiana hasta las formas más elevadas y sublimes de la santidad. Puede decirse que en esta palabra vivificante, referida al Espíritu Santo, está encerrada como en su germen toda la teología de la gracia. De donde resulta que, sin un adecuado conocimiento y culto del divino Es­píritu, el germen de la vida cristiana, sobrenatural­mente infundido por Él en el bautismo, se encuen­tra como paralizado o contrariado en su ulterior desenvolvimiento. El alma sufre, vegeta, se debi­lita y muy difícilmente podrá llegar jamás a la virilidad cristiana.

Los que no se preocupan-y son muchísimos, por desgracia-de conocer y adorar al Espíritu San­to, oponen entre Él y su vida sobrenatural un obs­táculo insuperable. Este mundo de la gracia, este verdadero y único consorcio del alma con Dios, con todos sus elementos divinos, con sus leyes ma­ravillosas, con sus sagrados deberes, con su incom­parable magnificencia, con su realidad eterna, con sus luchas, sus alegrías, sus alternativas y su fin; este mundo superior para el cual ha sido creado el hombre y en el que debe vivir, moverse y habi­tar, es como si no existiese para él. La noble emu­lación que de todo ello debería derivarse espontá­neamente se cambia en fría indiferencia; la estima, en desprecio; el amor, en disgusto; el entusiasmo, en tedio y aburrimiento. Creado para el cielo, no busca ni aprecia más que lo terreno, su vida se concentra en el mundo sensible y se convierte en puramente terrena y animal. No hay más que un medio para volverla práctica y profundamente cris­tiana: conocer, invocar, amar, vivir en unión íntima y entrañable con el Espíritu Santo, Señor y dador de vida: Dominum et vivificantem.
(El gran Desconocido, Antonio Royo Marín, BAC, 1977, Pag 3-12)


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Aplicación: Papa Francisco - El Espíritu Santo que lleva a la Verdad, a Jesús

Hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo "les guiará en toda la verdad" (Jn 16:13), él mismo es "el Espíritu de la Verdad" (cf. Jn 14:17, 15:26, 16:13).

Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Se plantean estas preguntas: ¿existe realmente "la" verdad? ¿Qué es "la" verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla?

Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: "¿Qué es la verdad?" (Jn 18,37.38). Pilato no entiende que "la" Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud del tiempo, "se hizo carne" (Jn 1,1.14), que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no te agarra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.

Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es "la" Palabra de la verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que "nadie puede decir: "Jesús es el Señor", si no está impulsado por el Espíritu Santo" (1 Cor 12:03). Es sólo el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la verdad. Jesús lo define el "Paráclito", que significa "el que viene en nuestra ayuda", el que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, en la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14,26).

¿Cuál es entonces la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? En primer lugar, recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo, y precisamente a través de estas palabras, la ley de Dios -como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento- se inscribe en nuestros corazones y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas, se convierte en un principio de vida.

Se realiza la gran profecía de Ezequiel: "Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo… infundiré mi espíritu en ustedes y haré que siga mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes". (36:25-27). De hecho, de lo profundo de nosotros mismos nacen nuestras acciones: es el corazón el que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía "en toda la verdad" (Jn 16,13); nos lleva no sólo para encontrar a Jesús, la plenitud de la Verdad, sino que nos guía "en" la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y ésta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial.

La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la fe" (sensus fidei), el sentido de la fe a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática. lumen Gentium, 12). Probemos a preguntarnos: ¿estoy abierto al Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?

Y ésta es una oración que tenemos que rezar todos los días: Espíritu Santo que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todo todos los días. Pero me gustaría hacer una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús: orar cada día al Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.

Pensemos en María que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón " (Lc 2,19.51). La recepción de las palabras y las verdades de fe, para que se conviertan en vida, se necesita que se realicen y crezcan bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido, debemos aprender de María, reviviendo su "sí", su total disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en su vida, que desde ese momento la transformó. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros: nosotros vivimos en Dios y para Dios. ¿Pero nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?

Queridos hermanos y hermanas, tenemos que dejarnos impregnar con la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la Fe preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos.

Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia. No se es cristiano "según el momento", sólo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones; ¡no, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente.

La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y forma parte para siempre y totalmente de nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia, para que nos guíe en el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días, hagamos esta propuesta: cada día invoquemos al Espíritu Santo. ¿Lo harán? No oigo, eh, todos los días, eh! Y así el Espíritu nos llevará más cerca de Jesucristo. Gracias.
(Audiencia general: Papa Francisco, 15-05-2013)

 

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Aplicación: Papa Francisco - Abrirse a la novedad del Espíritu Santo


En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo.

Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega adentro de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los Apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo, «como de viento que sopla fuertemente», y llenó toda la casa; luego, las «lenguas como llamaradas», que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, «se llenaron todos de Espíritu Santo», que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: «Empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse». Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca había sucedido: «Los oímos hablar en nuestra lengua nativa». ¿Y de qué hablaban? «De las grandezas de Dios».

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: novedad, armonía, misión.

1. La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad - Dios ofrece siempre novedad -, trasforma y pide confianza total en Él: Noé, del que todos se ríen, construye un arca y se salva; Abrahán abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés se enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el Evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2. Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provocan conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los Pastores, que tienen un especial carisma y ministerio, es signo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quien me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura - y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2Jn 1,9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3. El último punto. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión. Recordemos hoy estas tres palabras: novedad, armonía, misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: «Veni Sancte Spiritus! – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Amén.
(Homilía del papa Francisco en la Jornada con los movimientos 19 de mayo de 2013)


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Ejemplos

Novaciano el primer antipapa

No tengan prisa

San Felipe Neri ve un globo de fuego

Tu  corazón un nido

Novaciano, el primer antipapa
El emperador romano Decio (249-251) quiso restablecer el culto pagano en todos los ámbitos de su imperio. Para este fin ordenó que los cristianos fuesen compelidos a la apostasía por los medios más crueles y sanguinarios. Muchos cristianos huyeron al desierto, y allí vivían a la usanza de los eremitas. Otros acudían a los obispos y pedían la Confirmación, a fin de que el Espíritu Santo les infundiese valor para resistir las persecuciones que se aproximaban. No faltaron, empero, los que, renegando de la Fe verdadera, sacrificaban a los dioses falsos, sólo para salvar sus vidas, y aun más de uno, sin ofrecer sacrificios a los ídolos, compró a gentes paganas para que testimoniasen que así lo había hecho, y después de hecho tan vergonzoso acudía a los sacerdotes y obispos para implorar perdón. El Papa Cornelio fue muy benevolente con esta suerte de apóstatas que luego se arrepentían sinceramente de su fingida apostasía. La clemencia del Papa enojó fuera de medida a un sacerdote llamado Novaciano. Sostenía éste que, según las palabras de San Pablo (Efesio, 5, 27), la Iglesia era una comunidad de gentes puras (katharoi) y que, por lo tanto no debía admitir en su seno a los que renegaron, para los apóstatas no cabía perdón. Con sus engañosas predicaciones ganó muchos secuaces y fue consagrado Obispo por otros tres obispos de la misma Italia. En el año 251 se erigió en antipapa, entablando entonces una encarnizada lucha con la Iglesia Católica y sus ministros. No será de extrañar que muchos pregunten, al conocer este suceso: ¿Cómo explicarse que un sacerdote, en tan duro trance y tanta aflicción como se hallaba la Iglesia por aquel entonces, se revolviera, no en su defensa, antes en su enemigo y difamador? Los Padres de la Iglesia, que comentaron el hecho, nos aclaran el enigma cuando nos dicen que Novaciano sentía muy poco respeto por el Sacramento de Confirmación, hasta el punto que nunca quiso recibirle ni administrarlo. Huelga decir que como rehusó la Gracia del Espíritu Santo, el Espíritu Santo se apartó de él. Semejante historia debe movernos a no rehuir el Sacramento de la Confirmación.
(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 70-71)

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No tengan prisa

No tengan prisa para salir al mundo a la conquista de las almas. Fórmense antes, imitando a Cristo que estuvo tantos años oculto.

Una planta, una legumbre no produce semilla cuando chica, sino cuando ya es grande y perfecta; entonces la produce para multiplicarse en otras.

Los pichones de las aves, si quieren volar antes de que le crezcan las alas, en lugar de ir hacia arriba, van hacia abajo.

Así ustedes, mis hermanos, si salís al mundo antes de tiempo, encontrarán todos los peligros del mundo, pero no llevarán las almas a Dios
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Tomo II, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 80)

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San Felipe Neri ve un globo de fuego
"Llegado ya Felipe a la edad de veintinueve años y habiendo perseverado, como hemos visto, en una vida celestial más bien que terrena, todo su anhelo consistía en avanzar más y más en la perfección y gracia de su Dios. Aproximábase, pues, la pascua de Pentecostés, y con humildes y vehementes ruegos suplicó al divino Espíritu (de quien era tan devoto que, siempre que se lo permitía la rúbrica, decía en la misa a honra suya la oración: deus, cui omne cor patet, etc.) que se dignase concederle sus dones; cuando he aquí que vió un globo de brillante fuego, el cual, llegando a sus labios, fue a depositarse en su pecho, como morada y templo del Espíritu Santo. Cuál fuese el ardor que sintió entonces su corazón y cuál el amoroso incendio que dichosamente abrasó su alma, sólo él podría decirlo; lo cierto es que, apenas henchido de aquel ígneo y celestial globo, se vió en la necesidad de arrojarse al suelo y, desabrochándose los vestidos, buscar algún lenitivo a su dulce ardor; pero en vano, pues que mal puede el aura exterior y terrenal templar los interiores y celestiales fuegos. Desmayábase, por tanto, en aquel incendio, y, no pudiendo sufrirle, paréceme que diría quejándose dulcemente con Jeremías: factus est in corde meo quasi ignis exaestuans claususque in ossibus meis, et defeci ferre non sustinens; pero al fin, dándole alguna tregua, se sintió sorprendido al cabo de algún tiempo de una súbita alegría, y, conociendo que el santo amor le había dirigido aquel golpe, llevó su mano al costado izquierdo para cerciorarse acaso de si estaba herido. Mas como las heridas de amor, aunque penetran hasta el corazón, no dejan llaga ni cicatriz, en vez de herida notó un gran tumor en aquella parte del pecho que cubre el corazón...

La causa de este tumor no se conoció hasta que murió el Santo, pues abriéndole entonces, pudieron ver los médicos rotas y enteramente encorvadas dos costillas, que en los cincuenta años que estuvieron en tal estado jamás se juntaron, y lo que es aún más maravilloso, que ni cuando se le rompieron ni después le causaron dolor alguno, antes bien fue disposición divina; porque, como afirmaron Andrés Cesalpino, Angel Vittori y otros médicos experimentados, hubiera sido muy dañoso para el Santo que el corazón no hubiese tenido lugar suficiente para palpitar con la violencia que lo hacía desde que recibió este favor divino y aspirar con más facilidad el aire que necesitaba para templar su ardor. Y esto es tan cierto, que no solo se le abrasaba el pecho, sino todo el cuerpo, de tal modo que ni las manos ni aún sus fauces, siempre secas y como abrasadas, perdían algo de su ardor ni por la edad avanzada, ni por el vigor de las estaciones, ni por la flaqueza causada por la penitencia. De aquí es que aún en la vejez se veía obligado en la mitad del invierno a desnudarse el pecho, abrir la puerta y la ventana de su cuarto, quitar la ropa de su cama, y, en mejores términos, a procurar respirar un aire más fresco. Esta fue la razón de que, habiendo mandado el Sumo Pontífice Gregorio XIII que los confesores asistiesen con roquete al tribunal de la penitencia, Felipe se le presentase, no sé para qué negocio, con todo el vestido desabrochado; de lo que admirándose el Papa, le preguntó el motivo, y el santo anciano le contestó con la sumisión y gracia que acostumbraba: "yo no puedo tener abotonada ni aún la almilla, y Vuestra Santidad quiere que tenga además el roquete". Pero como aquel incendio en un viejo era superior a las leyes de la naturaleza, siendo la vejez el horrible invierno del pequeño mundo del hombre, el Papa le exceptuó de la orden promulgada, diciéndole: "no queremos hacer extensiva a vos nuestra orden; id, pues, como queráis".
(Tomado del libro "Verbum Vitae", BAC, 1954, tomo V, Pág. 133-135)

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Tu corazón un nido
Anoche soñé que estaba en el campo, jugando con mis primos a elevar volantines y a trepar por todos lados. Agotados de tanto correr y brincar, nos tendimos sobre el pasto verde y nos pusimos a observar los pájaros que volaban sobre nuestras cabezas. De repente sentí que mi corazón que latía muy rápido se transformaba en un nido, en un nido tibio, suave y mullido. "Mi corazón se quedó quieto, muy quieto", exclamaba yo sorprendido. "Mi corazón se quedó quieto, paró de latir y se convirtió en un nido; tiene forma de nido, tiene color de nido, tiene tamaño de nido y está esperando a que un pajarito venga a vivir en él".
¿Era yo un árbol acaso? ¿Era yo un niño? ¿Por qué en vez de corazón tenía yo un nido? En ese momento me asusté mucho porque yo quería seguir siendo niño no árbol. Estaba a punto de llorar cuando de repente sentí que a mi nido llegaba una palomita blanca, blanca como la nieve y muy linda.
¿De dónde vienes tú? Le pregunté todavía un poco asustado. Y curiosamente la paloma me respondió con una voz muy suave y amable: Vengo del cielo a vivir contigo, siempre que tú me invites a quedarme en tu corazón.
Y yo, muy afligido y confundido le contesté: Es que ahora en vez de corazón tengo un nido. Pareció que no le importaba mucho lo que le dije y continué. En realidad, pensándolo bien para ti que eres un pájaro resulta mejor un nido que un corazón verdad? "La verdad es que para mí resulta bien un corazón o un nido. La cosa es que aceptes que yo me instale a vivir contigo", me contestó la paloma.
Por supuesto que me gustaría que te quedaras conmigo para siempre, serías mi amiga y mi compañera, irías conmigo a todas partes, podríamos conversar en cualquier momento. Como vienes del cielo me aconsejarías cómo hacer las cosas bien y yo me podría convertir en un niño alegre, servicial, cariñoso, obediente, solidario y amable. Mis papás y mis profes estarían contentos conmigo y yo más contento con ellos.
A todo esto no te he dicho mi nombre. Me llamo Felipe y ¿tú tienes nombre?, le pregunté curioso. "Yo soy el Espíritu Santo, enviado por el Padre y tu amigo Jesús, para que viviendo conmigo no te olvides jamás de ellos".
En ese mismo momento desperté bruscamente y recordé la clase de ese día en que la tía nos había hablado de Pentecostés. No lo puedo explicar, pero luego de despertar sentí una alegría inmensa y una paz increíble en mi corazón. Me sentía un niño bueno, bueno y feliz.
Será que el Espíritu Santo nos transforma por dentro y nos hacer ser buenas personas?
(Eliana Araneda de Palet

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(Cortesía: iveargentina.org et alii)

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