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´Domingo 14 del Tiempo Ordinario A - Soy manso y humilde de Corazón - Comentarios de Sabios y Santos II: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominicala

Recursos adicionales para la preparación

Los doce grados de humildad

 

A su disposición

Directorio Homilético: Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario

 Exégesis: W. Trilling - Se revela la salvación (Mt 11,25-27)

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe

Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - ‘Yo soy dulce y humilde de corazón’(Mt 11,25-30)

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E.- Reposemos en el corazón de Jesús Mt 11, 25-30

 

¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo



Directorio Homilético: Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario

CEC 514-521: el conocimiento de los misterios de Cristo, nuestra comunión con sus misterios
CEC 238-242: el Padre viene revelado por el Hijo
CEC 989-990: la resurrección de la carne

I TODA LA VIDA DE CRISTO ES MISTERIO

514 Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se narra (cf. Jn 20, 30). Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha sido "para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 31).

515 Los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que "en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el "sacramento", es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora.


Los rasgos comunes en los Misterios de Jesús

516 Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus misterios.

517 Toda la vida de Cristo es Misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1 P 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales "él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).

518 Toda la vida de Cristo es Misterio de Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tuvo como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación primera:

Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (S. Ireneo, haer. 3, 18, 1). Por lo demás, esta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios (ibid. 3,18,7; cf. 2, 22, 4).


Nuestra comunión en los Misterios de Jesús

519 Toda la riqueza de Cristo "es para todo hombre y constituye el bien de cada uno" (RH 11). Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25). Todavía ahora, es "nuestro abogado cerca del Padre" (1 Jn 2, 1), "estando siempre vivo para interceder en nuestro favor" (Hb 7, 25). Con todo lo que vivió y sufrió por nosotros de una vez por todas, permanece presente para siempre "ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24).

520 Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15); con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1); con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12).

521 Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que El lo viva en nosotros. "El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre"(GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:

Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia ... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que él quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn.)


II LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD

El Padre revelado por el Hijo

228 La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la alianza y del don de la Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente "el Padre de los pobres", del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).

229 Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

230 Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27).

231 Por eso los apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios invisible" (Col 1,15), como "el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia" Hb 1,3).

Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer concilio ecuménico de Nicea que el Hijo es "consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre" (DS 150).


989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que El los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

Si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990 El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

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Exégesis: W. Trilling - Se revela la salvación (Mt 11,25-27)

A continuación siguen tres versículos de gran alcance sobre la gloria de Dios. El evangelista los hace resaltar con la frase introductoria «en aquel tiempo». Los dos primeros versículos son una alabanza al gran Dios, que se ha revelado a los pequeños y a la gente sencilla (Mat_11:25 s). El tercer versículo da una profunda visión del íntimo misterio de Jesús (Mat_11:27).

25 En aquel tiempo tomó Jesús la palabra y exclamó: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. 26 Sí, Padre; así lo has querido tú.

En el evangelio solamente aquí encontramos el solemne tratamiento: Padre, Señor del cielo y de la tierra. Antes Jesús hablaba del Padre, de su Padre o de nuestro Padre, con el íntimo acento familiar que tiene este tratamiento. Aquí ahora se dice expresamente que el Padre también es el Creador omnipotente y el Señor del mundo. Es el Dios que «al principio creó» (Gen_1:1) el mundo, el cielo y la tierra, y ahora los conserva en su subsistencia. Fuera de él no hay otro Dios. Todo lo que todavía existe en el mundo universo, está subordinado a él, como a Señor supremo. El solemne tratamiento aquí muy significativo, porque nos hace apreciar en lo justo las siguientes palabras. En efecto, este Dios grande, que todo lo conserva, ha ofrecido su revelación a la gente sencilla. Dios no ha elegido la gente entendida y prudente. Jesús no dice lo que Dios ha dado a conocer, sino solamente «estas cosas». Por el Evangelio que hemos leído hasta ahora, sabemos que refiere todo el mensaje de Jesús anunciado con palabras y con milagros. Jesús ha dedicado la primera bienaventuranza a los pobres en el espíritu (5,3), ha buscado a los pequeños, a los desechados y despreciados, sobre todo a los incultos. A éstos ha llamado para ser sus discípulos, éstos han creído en él y le han rogado que hiciera milagros, como la mujer que padecía flujo de sangre, o los dos ciegos. Parece casi como una predilección de Dios, como una debilidad por los que no valen nada en el mundo.

Los sabios y entendidos se marchan vacíos. Ante ellos se oculta el misterio de Dios, de tal forma que no lo ven ni conocen, no lo oyen ni creen. Como en el Antiguo Testamento, así también aquí la aceptación o repudio se adjudica solamente a Dios. él es quien abre el corazón o bien lo endurece, como el caso del faraón. Pero eso no sucede sin la propia decisión del hombre, sino que en cierto modo es tan sólo la respuesta de Dios a su alma, ya cerrada, que se ha vuelto impenetrable para la palabra de Dios. Aunque por razón de sus dones espirituales, de sus conocimientos y de su inteligencia tendrían que ser especialmente adecuados para entender el lenguaje de Dios, se cierran ante este lenguaje, que permanece oculto para ellos. Jesús sobre todo ha de pensar en los escribas. Han utilizado su entendimiento para formarse una idea cerrada de Dios y del mundo, y no están dispuestos a oir y aprender de nuevo. Creen que conocen bien a Dios y que poseen la verdadera doctrina. Esta es la eterna tentación del espíritu humano desde el momento en que el tentador insinuó a Eva que se les abrirían los ojos y serían semejantes a Dios, si comieren del árbol del conocimiento... Así pues, Dios sólo puede contar con los sencillos que se descubren y creen con llaneza. ¡Qué singular trastorno del orden! Y sin embargo Dios elige este camino, porque es el único por el que puede llegar su mensaje. Este camino corresponde a su voluntad, le es muy agradable. ¡Cuántas cosas se entienden en el mundo, si se tienen en cuenta estas palabras!

27 Todo me lo ha confiado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.

Aquí se habla del conocimiento. No es una ciencia del entendimiento, una comprensión con sus ideas y consecuencias. Conocer en la Biblia tiene un significado mucho más extenso. La imagen del «árbol de la ciencia del bien y del mal» en el paraíso del Edén designaba unos conocimientos amplios, una inteligencia inmediata de las razones y causas de las cosas. Además el verbo conocer indica que se está familiarizado con otra cosa, designa la aceptación juiciosa y la apropiación amante de una cosa. Participan por igual en la acción de conocer la voluntad, los sentimientos y la inteligencia. Por eso la Escritura puede designar con el verbo «conocer» el encuentro más íntimo del hombre y de la mujer en el matrimonio. Si Dios conoce al hombre, lo penetra por completo con su espíritu y al mismo tiempo le abraza con amorosa propensión. Conocer y amar son entonces una misma cosa.

Dice Jesús: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, el mismo Padre, que acaba de ser ensalzado como Señor del cielo y de la tierra (11,25). El Hijo es el mismo Jesús, ya que llama a Dios su Padre. Aquí por primera vez nos enteramos de esta profunda relación entre Dios y Jesús, que aquí habla como un hombre entre los hombres. Las imágenes Padre e Hijo, tomadas de nuestra experiencia en el orden natural, soportan el misterio que hay en Dios. Sólo un ser comprende por completo al Hijo con un conocimiento amoroso, de tal forma que no quede nada por explorar: el Padre. Aún es más asombrosa la oración inversa: Y nadie conoce al Padre sino el Hijo. Jesús hasta ahora siempre había hablado de Dios con reverencia y humilde devoción, y así también lo continúa haciendo en adelante. También para él, que aquí habita como un hombre entre los hombres, Dios es el gran Dios y Padre bondadoso. Pero en la profundidad de su ser Jesús es igual al Padre, también le conoce plena y totalmente. Más aún, ni hubo ni hay nadie más en el mundo que tenga tales conocimientos, sino él. Jesús es Dios. Es el único pasaje en los evangelios sinópticos, en que esté tan claramente expresada la filiación divina del Mesías. Estas palabras están solitarias y grandiosas en este pasaje. Como a través de una rendija en las nubes estas palabras nos dejan dirigir la mirada a las profundidades del misterio de Dios. Debemos aceptar estas palabras respetuosamente y como «gente sencilla».

Pero el Hijo no posee este conocimiento para sí solo, sino que debe retransmitirlo. Su misión es revelar el reino de Dios. Lo que se acaba de decir de Dios, también es la obra del Hijo: Y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. Se le ha encomendado esta revelación, ya que el Padre se lo ha confiado todo. En último término parece ser indiferente que se declare algo del Padre o del Hijo. El Padre se lo ha encomendado todo, toda la revelación, luego el Hijo puede disponer libremente de ello, y comunicarlo a quien lo quiera comunicar. Y no obstante sigue siendo siempre la palabra y la obra del Padre. Porque ellos son un solo ser en su recíproco conocimiento y amor. Lo que dice Jesús, incluso de sí mismo, es como un obsequio que viene a nosotros de las profundidades de Dios. No es fácil penetrar en ellas. Entonces los judíos se escandalizan. Este escándalo también está al acecho en nosotros. ¿Cómo puede hablar así un hombre? ¿No es el hijo del carpintero? No se entiende nada, si se procede en este particular con la comprensión crítica, como ya hicieron los adversarios en el primer tiempo del cristianismo. Se entiende tan poco como entendió aquella «generación», que no pudo emprender nada ni con Juan el Bautista ni con Jesús. Aquí sólo viene a propósito la abierta disposición de la «gente sencilla», no la arrogante seguridad de un «sabio» y «entendido». «Quien no recibe como un niño el reino de Dios, no entrará en él» (/Mc/10/15).

El yugo llevadero (Mt 11,28-30)

28 Venid a mí todos los que estáis rendidos y agobiados por el trabajo, que yo os daré descanso. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vosotros; 30 porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

De nuevo Jesús tiene ante su vista las mismas personas a que estaba dedicado con todo el amor: los pobres y hambrientos, los ignorantes y la gente sencilla, los apenados y enfermos. Siempre le han rodeado, le han llevado sus enfermos, han escuchado sus palabras, y también han procurado tocar aunque sólo fuera una borla de su vestido. También ha ido a ellos por propio impulso y ha comido con los desechados. Ahora llama a sí a todos ellos y les promete aliviarlos. Son como ovejas sin pastor, están abatidos y desfallecidos (9,36). Están abrumados y gimen bajo el yugo. Esta es la carga de su vida agobiada y penosa, pero sobre todo la carga de una interpretación insoportable de la ley. Esta doble carga les cansa y les deja embotados. En cambio Jesús los quiere aligerar y darles alegría. Los escribas les imponen como yugo cruel y áspero las prescripciones de la ley, como un campesino impone el yugo al animal de tiro. Los escribas convierten en una carga insoportable de centenares de distintas prescripciones la ley que fue dada para la salvación y la vida (Eze_20:13). Nadie podía cumplir tantas prescripciones; ni ellos mismos eran capaces de cumplirlas.

Jesús tiene un yugo llevadero. Es un yugo que se adapta bien, se ciñe ajustado y se amolda fácilmente alrededor de la nuca. Aunque tiene exigencias duras, y enseña la ley de una forma mucho más radical (sermón de la montaña), este yugo de Jesús es provechoso al hombre. No le causa heridas con el roce, y el hombre no se desuella sangrando. «Sus mandamientos no son pesados» (/1Jn/05/03) porque son sencillos y sólo exigen entrega y amor. No obstante la voluntad de Dios es un yugo y una carga. Pero se vuelven ligeros si se hace lo que dice Jesús: Aprended de mí. Jesús también lleva las dos cosas: su misión para él es yugo y peso: Con todo, él los ha aceptado como siervo humilde de Dios. Se ha hecho inferior y cumple con toda sumisión lo que Dios le ha encargado, se hace servidor de todos. Aunque el Padre se lo ha entregado todo, se ha hecho como el ínfimo esclavo. Si se acepta así el yugo de la nueva doctrina, entonces se cumple la promesa: y hallaréis descanso para vosotros. Este descanso no es la tranquilidad adormecedora del bienestar burgués o la paz fétida con el mal (Jesús ha hablado de la espada [Eze_10:34]). Jesús promete el descanso para el lastre abrumador de la vida cotidiana, para el cumplimiento de la voluntad de Dios en todas las cosas pequeñas. El que vive entregándose a Dios, y ejercita incesantemente el amor, es levantado interiormente y se serena. Nuestra fe nunca puede convertirse en carga agobiante, en el yugo que nos cause heridas con el roce. Entonces se apreciaría la fe de una forma falsa. Si se procura realmente cumplir los mandamientos de Dios, entonces el yugo de Jesús nunca es una fuente menguante de consuelo y de apacible serenidad. En esto tendría que ser posible conocer al discípulo de Jesús.
(Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969)

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Por cuantos medios nos atrae el Señor a su fe

1. Mirad por cuántos medios trata el Señor de atraer a sus oyentes a la fe en Él. En primer lugar, por las alabanzas tribu­tadas a Juan Bautista, pues por el hecho de demostrarles que había sido varón grande y maravilloso afirmaba que eran dig­nas de crédito las cosas por, aquél dichas, por las que justamente el Precursor había tratado de llevarlos a su conocimiento. Se­gundo, por su propia sentencia de que el reino de los cielos su­fre violencia, y los violentos son los que lo arrebatan*1. Palabras con que el Señor quería incitarlos y aun empujarlos. Tercero, por el hecho de mostrarles que todos los profetas habían ya termi­nado, puesto que ello ponía bien de manifiesto que al era el que aquéllos habían de antemano anunciado. Cuarto, haciéndoles ver que cuanto al tenía que hacer, todo lo había hecho; que es lo que quiso significar por la comparación de los chiquillos que juegan en la plaza. Quinto, por medio de las maldiciones contra los que no creían, contra los que había dirigido tan terribles amenazas. Sexto, dando gracias, ahora, a su Padre, por los que creen. Porque aquí: Te confieso, Padre, tanto vale como: Te doy gracias, Padre: Te doy gracias, Padre- dice- porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes.

EL SEÑOR NO SE ALEGRA DE LA CEGUERA DE LOS SABIOS

-¿Cómo? ¿Es que el Señor se alegra de que se pierdan los sabios y prudentes y de que no conozcan esta cosas? — ¡De ninguna manera! No. Es que el mejor camino de salvación era no forzar a los que le rechazaban y no querían aceptar su en­señanza. De este modo, ya que por el llamamiento no habían querido convertirse, sino que lo rechazaron y menospreciaron, por el hecho de sentirse reprobados vinieran a desear su salva­ción. De este modo también, los que le habían atendido vendrían a ser más fervorosos. Porque el habérseles a éstos revelado estas cosas era motivo de alegría; más el habérseles ocultado a los otros, no ya de alegría, sino de lágrimas. Y también éstas derramó el Señor cuando lloró sobre Jerusalén. No se alegra, pues, por eso, sino porque lo que no conocieron los sabios, lo conocieron los pequeñuelos. Como cuando dice Pablo: Doy gracias a Dios, porque erais esclavos del pecado, pero obedecisteis de corazón a la forma de doctrina a que fuisteis entregados*2. No se alegra, pues, Pablo de que hubieran sido esclavos del pe­cado, sino de que, no obstante haberlo sido, gozaron luego de tan altos dones de Dios.

QUIÉNES SON LOS SABIOS QUE RECHAZA EL SEÑOR

Llama aquí el Señor sabios a los escribas y fariseos, y habla así para incitar el fervor de sus discípulos, al ponerles delante qué bienes se concedieron a los pescadores y perdieron todos aquellos sabios. Mas, al llamarlos sabios, no habla el Señor de la verdadera sabiduría, que merece toda alabanza, sino de la que aquéllos que imaginaban poseer por su propia habilidad. De ahí que tampoco dijo: "Se les ha revelado a los necios", sino: A los pequeños, es decir, a los no fingidos, a los sencillos. Y hace ver el Señor que no inmerecidamente, sino con toda razón, fueron privados aquellos presuntos sabios de gozar de estos bienes. Es una nueva lección que nos da de que nos apartemos de toda soberbia y sigamos la sencillez. La misma que Pablo nos reitera, con más energía, cuando escribe: Si alguno entre vosotros cree ser Sabio en este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio*3. Porque así se muestra la gracia de Dios.

POR QUÉ DIRIGE JESÚS SU ACCIÓN DE GRACIAS AL PADRE

—Mas ¿por qué dirige el Señor su acción de gracias al Pa­dre, cuando fue Él mismo quien hizo eso? —Por la misma razón porque en otras ocasiones ruega y suplica a su Padre. Es una manera de mostrarnos el infinito amor que nos tiene, y lo mismo hace aquí. Porque también aquí nos da pruebas de su infinito amor. Por otra parte, les da a entender a aquellos sabios y prudentes que no sólo le habían perdido a Él, sino también a su Padre. Porque lo mismo que Él había mandado a sus discípulos: No arrojéis lo santo a los perros*4, cumplíalo Él anticipadamente.

Además, de ahí demuestra el Señor que ello era obra princi­palmente de su propia voluntad y de la del Padre. De la suya propia, porque se alegra y da gracias por el hecho; de la de su Padre, pues tampoco éste lo hizo porque se le hubiera suplicado, sino porque de suyo se movió a ello. Porque así —dice—fue tu beneplácito. Es decir, porque a ti te plugo. Aho­ra, por qué, les fue esto oculto a escribas y fariseos, oye cómo lo dice Pablo: Porque, buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de Dios*5. Considerad, pues, qué sentirían naturalmente los discípulos al oír al Señor hablar así. Lo que los sabios no habían conocido, lo había conocido ellos, y lo habían conocido por permanecer pequeños, y lo habían conocido por revelación de Dios. Lucas, por su arte, cuenta que en el mismo momento en que llegaron los setenta y dos discípulos y le refirieron al Señor lo que les había pasado con los demonios, entonces fue cuando Él se regocijó y dijo estas palabras, que, a par que habían de incitar más su fervor, eran también un aviso a la humildad*6. Y es que, como naturalmente habían de sentir al­gún orgullo de haber expulsado a los demonios, también por ahí trata el Señor de reprimirlos. Lo que había sucedido, obra era de revelación divina, no fruto de su propio esfuerzo.

ADMONICIÓN CONTRA EL ORGULLO

2. Justamente, si escribas y fariseos, que se tenían por sa­bios, habían perdido aquella gracia, a su propio orgullo se lo debían. Luego, si por, su orgullo les fue ocultado este cono­cimiento, temed también vosotros—les dice—y manteneos pe­queñuelos. Vuestra pequeñez fue causa de que vosotros go­zarais de la revelación, como su orgullo los privó a ellos de ese conocimiento. Porque es de notar que cuando el Señor dice: Se lo escondiste, no por ello afirma que Dios lo hiciera todo; al modo que cuando dice Pablo: Dios los entregó a su de sentido reprobado y cegó sus pensamientos*7, no habla ahí de Dios como quien obró todo eso. No, fueron ellos los que tuvieron la culpa. Así hay que entender aquí lo de ocultar y revelar.

LA DIGNIDAD ÚNICA DEL HIJO

Ya que el Señor había dicho: Te confieso, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeñuelos; porque nadie pensara que hablaba así por no tener Él mismo aquel poder y no ser capaz de hacer lo mismo que el Padre, prosigue diciendo: Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre. Era como decirles a los discípulos, que se alegraban de haber expulsado a los demonios: "¿Por qué os maravilláis de que os obedezcan los demonios? Todo es mío, todo me ha sido entregado". Mas, ya que oyes la palabra en­tregado; no por ello te imagines una entrega a la manera huma­na. Si el Señor la emplea aquí es porque quiere que no nos imaginemos a dos dioses ingénitos. Porque, que Él es engen­drado y a par dueño soberano de todas las cosas, por otros mu­chos testimonios nos lo pone Él de manifiesto. Seguidamente, y para esclarecer aún más tu inteligencia, aún dice el Señor algo más grande: Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo. Los ignorantes pudieran pensar que no hay enlace entre esta sentencia del Señor y lo anteriormente dicho; sin embargo, lo hay y muy estrecho. Y, en efecto, como Él había dicho: Todo me ha sido entregado por mi Padre, pro­sigue: "¿Y qué maravilla es que sea dueño soberano de todas las cosa, cuando tengo algo más grande que esa soberanía, pues conozco al Padre y soy de su misma sustancia?

Porque, veladamente, también, esto lo da a entender el Señor por el hecho de ser Él solo quien de este modo conoce al Padre. Decir en efecto: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, eso es lo que quiere decir. Y notad el momento en que el Señor dice esto: cuando ya sus discípulos habían recibido en las obras una prueba de su poder, no sólo por haberle visto a Él hacer mila­gros, sino porque ellos mismos los habían hecho tan grandes en nombre suyo. Además, como había dicho: Lo has revelado a los pequeñuelos, ahora hace ver que también esta revelación es obra suya: Porque nadie—dice—conoce perfectamente al Pa­dre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiere revelar. A quien Él quisiere, no a quien se le ordene o se le mande. Ahora bien, si revela al Padre, también se revela a sí mismo. Esto, sin em­bargo, por evidente, lo pasó por alto, y sólo habló de la reve­lación del Padre, que es lo que hace en todas partes, como cuando dice: Nadie puede venir al Padre sino por mí*8. Mas, con esto, otra cosa pretendía también demostrar el Señor, a sa­ber, su perfecta armonía y acuerdo de sentir con el Padre.

Tan lejos estoy—parece decir a sus enemigos—de estar en pugna con el Padre, ni de hacerle la guerra, que ni posible es que nadie vaya a Él si no es por mí. Como quiera que lo que señalada­mente escandalizaba a los judíos era que, a su parecer, se mos­traba contrario a Dios, esa imaginación trata el Señor de qui­tarles por todos los medios, y no se preocupa de ello menos, sino más, que de los mismos milagros. Notemos, sin embargo, que al decir: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, no quiere decir que todos en absoluto le desconocieran, sino que el cono­cimiento que Él tenía del Padre no lo había alcanzado nadie. Lo cual puede igualmente decirse del Hijo. No hablaba aquí el Señor de un Dios desconocido, del que nadie hubiera tenido noticia, como opinara Marción, sino que aludía al cabal conocimiento que solo Él poseía. Y en este sentido, tampoco al Hijo lo conocemos como se le debe conocer. Es lo mismo que decla­ra Pablo, cuando dice: En parte conocemos y en parte profeti­zamos*9.

"VENID A MÍ TODOS LOS QUE TRABAJÁIS

Ahora, cuando con estas palabras ha excitado su deseo y les ha demostrado su inefable poder, convídalos a Sí, diciendo: Venid a mí todos los que estáis cansados y vais cargados, y yo os aliviaré. No éste o aquél, sino todos los que tenéis preocupaciones, sentís tristeza o estáis en pecado. Venid, no porque yo os quiera pedir cuentas, sino para perdonaros vuestros pecados. Venid, no porque yo necesite de vuestra gloria, sino porque anhelo vuestra salvación. Porque yo—dice—os aliviaré. No dijo solamente: os salvaré, sino lo que es mucho más: os pondré en seguridad absoluta.

EL YUGO SUAVE Y LA CARGA LIGERA

Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No os espantéis—parece decirnos el Señor—al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. —Pues ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto?*10 Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera.

— ¿Y cómo se cumplen sus palabras? —Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó. Y lo mismo hace aquí ahora, a par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo—dice—serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para tu alma. Encontraréis—dice el Señor—descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya aquí te ofrece la corona del combate, y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de acep­tar su doctrina.

EXHORTACIÓN A LA HUMILDAD

3. Porque ¿qué es lo que tú temes—parece decirte el Se­ñor?— ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a mí, con­sidera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evi­dencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad? Por lo mismo que Él hizo: Aprended de mí, porque yo soy manso y humilde de corazón. Por el provecho que de ello habían ellos mismos de sacar: Porque encontraréis—les dice—el descanso para vuestras almas. Por las gracias que Él mismo les concede: Porque también yo os aliviaré. Porque nos la hace fácil: Mi yugo es suave y mi carga ligera. Por modo semejante trata Pablo de persuadirnos diciendo: La presente momentánea tribulación nos produce, sobre toda ponderación, un eterno peso de gloria*11.

Pero ¿cómo puede llamar el Señor ligera su carga, cuando nos dice: El que no aborrece a su padre y a su madre; y: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; y: El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo*12; cuando nos manda desprendernos hasta de la propia vida? Que te responda Pablo, cuando dice: ¿Quién nos separaré de la caridad de Cristo? ¿Acaso la tribulación, o la estrechez, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Y aquello otro: No merecen los sufrimientos de este siglo entrar en parangón con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros*13.

Respón­dante los apóstoles, que salen del sanedrín de ser azo­tados, e iban alegres, porque habían merecido ser deshonrados por el nombre de Jesús*14. Y si tú tiemblas y te estremeces de sólo ir "yugo" y "carga", tu miedo no viene de la naturaleza misma de la cosa, sino de tu tibieza. Porque, si fueras decidido y fervorosos, todo se te haría fácil y ligero. De ahí que Cristo, para darnos a entender que también de nuestra parte hemos de trabajar algo, no habló sólo de lo fácil y se calló, ni tampoco sólo de lo pesado, sino que juntó lo uno y lo otro. Nos habló de yugo, pero lo llamó suave; nos habló de la carga, pero la cali­ficó de ligera. Así, ni por excesivamente trabajoso, lo huyeras; ni por excesivamente ligero, lo desdeñaras.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), homilía 38, 1-3, BAC Madrid 1955, 753-61)


*1- Mt 11, 12
*2- Rm 6, 17
*3- 1 Co 3, 18
*4- Mt 7, 6
*5- Rm 10, 3
*6- Lc 10, 17-21
*7- Rm 1, 28
*8- Jn 14, 6
*9- 1 Co 14, 9
*10- Mt 7, 14
*11- 2 Co 4, 17
*12- Lc 14, 26.27.33
*13- Rm 8, 35.18
*14- Hch 5, 41



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Aplicación: P. José A. Marcone, I.V.E. - ‘Yo soy dulce y humilde de corazón’(Mt 11,35-30)

Introducción

El capítulo 11 de San Mateo comienza relatando que Jesús salió a predicar en el entorno de Galilea. En esa predicación se realiza lo que Jesús había anunciado en el capítulo 10 y que leímos los dos domingos anteriores: el mundo se opuso firmemente a su predicación y no aceptó su mensaje.

Uno de los signos más claros de ese rechazo es la oposición al mensaje de Juan Bautista y su encarcelamiento (Mt 11,7-15). En San Juan Bautista se cumple, al pie de la letra, lo anunciado por Jesús en el capítulo 10: el rechazo del Evangelio por parte del mundo malo. Por eso, respecto a San Juan Bautista, dice Jesús: “El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,12). En este capítulo 11 se verifica la violencia contra el Evangelio de la que habló en el capítulo 10.

Pero además se trata del rechazo del mismo Cristo, Sabiduría encarnada, a quien acusan de falso profeta, que no muestra, según los judíos, la sobriedad de vida que es propia de un verdadero profeta, porque “es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19).

Las ciudades principales entorno al Lago de Galilea, al menos en términos generales, no recibieron el mensaje de Jesús: Corazaím, Betsaida y Cafarnaúm (Mt 11,20-24).

1. El himno de júbilo de Jesús

Jesucristo, luego de verificar el rechazo recibido a su predicación, sorpresivamente, explota de júbilo. Se trata del evangelio leído hoy, los versículos 25-30, sobre todo 25-27. ¿Cómo se entiende esa explosión de júbilo de Jesús después de verificar el rechazo de su mensaje evangélico? Se explica por la confianza absoluta que Jesús tiene en la acción del Padre sobre las almas, que mueve los corazones. Además, se explica por la confianza absoluta que Jesús tiene en la fecundidad y eficacia de su Palabra, en la fuerza del Evangelio. Y, por último, se explica por la confianza absoluta que tiene en el Espíritu Santo, que abre caminos donde parece que la selva cerrada impide cualquier intento de conquista. En vez de sentarse a llorar por los muchos que rechazan su Evangelio, exulta de júbilo por los pocos que lo aceptan.

Y en ese himno de exultación caracteriza claramente quiénes son los que rechazan su mensaje y quiénes son los que tienen las disposiciones necesarias para aceptarlo. Los que rechazan su mensaje son los sabios (en griego, sofós) e inteligentes (en griego, synetós) según el mundo. Son los que se sienten satisfechos con su propia inteligencia. Son los admiradores de su propia inteligencia. Son los escribas y fariseos que quieren modelar una revelación divina según la propia capacidad de su razón. Son los que tienen una sabiduría exclusivamente humana y, por lo tanto, necesariamente, demoníaca. Lo dice el Apóstol Santiago: “Una sabiduría así no desciende de lo alto, sino que es terrena, meramente natural, demoníaca” (Sant 3,15).

Esta sabiduría meramente humana rechaza las dos notas principales de la revelación sobre la persona de Jesús: que es Dios y que va a morir en la cruz. San Pablo va a identificar perfectamente a aquellos de los que habla Jesucristo en el evangelio de hoy: “Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría (sofía), nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1Cor 1,22-23). Pero, al igual que San Pablo, Jesucristo no retrocede ante esa sabiduría que es meramente humana y, por lo tanto, demoníaca: “Dice la Escritura: ‘Destruiré la sabiduría de los sabios (sofós), e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes (synetós)’” (1Cor 1,19).

Jesús caracteriza también a aquellos que tienen las disposiciones espirituales adecuadas para aceptar su Evangelio. En griego, Jesús los llama népioi. El sustantivo népios está compuesto de la negación né-, y de épos, que significa ‘palabra’. Por lo tanto, népios designa el niño que todavía no sabe hablar*1. Es aquel que todavía no tiene uso de razón, es decir, que todavía no sabe usar su inteligencia. En este caso, significa a aquel que somete su inteligencia a los dictados de la revelación divina predicada por Jesús. A pesar de lo que le dicen sus ojos corporales, aceptan que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, perfecto Dios y perfecto hombre. Y aceptan que Jesús no será un Mesías humanamente poderoso sino un Mesías sufriente.

Por eso, el paralelismo es clarísimo: se oculta (apo-krýpto) el misterio de Cristo a los sabios (sofós) e inteligentes (synetós), pero se revela (apo-kalýpto) dicho misterio a los que no aprecian desordenadamente su propia inteligencia (népios).

Los discípulos de Jesús deben ser népioi, es decir, pequeños que no confían en su propia inteligencia sino que se someten a ‘la obediencia de la fe’ (Rm 1,5; 16,26). Cuando Jesús está hablando, según lo narra el evangelio de hoy, tiene delante a sus discípulos y a ellos se dirige. La exultación de Jesús por los pequeños que han recibido su mensaje tiene un objeto muy concreto y son sus discípulos allí presentes. A ellos será a quienes Jesús les hará conocer quién es el Padre: “Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (apo-kalýpto)” (Mt 11,27).

2. ‘Venid a mí todos los que están cansados y sobrecargados’

Los versículos 28-30 están directamente relacionados con esta revelación que quiere hacer Jesús. Pero también están relacionados con la oposición demoníaca de los fariseos y con las disposiciones convenientes para recibir dicha revelación.

“Venid a mí todos los que están cansados y sobrecargados, y yo os haré reposar” (Mt 11,28). Para decir ‘cansados’ San Mateo usa el participio del verbo kopiáo que significa ‘fatigarse con el trabajo’*2. Por lo tanto, este llamado de Jesús se dirige a todos los hombres y no solamente a sus discípulos, y se refiere a los cansados por el trabajo cotidiano para conseguir el sustento diario; en resumen, todo lo que implica la vida civil.

Pero el término griego que hemos traducido por ‘sobrecargados’ es pephortisménoi, un participio pasivo del verbo phortídso, que significa ‘cargar’. En los evangelios se usa este verbo, precisamente, para aplicarlo a los escribas y fariseos que ‘sobrecargan’ a los hombres con sus pesadas ‘cargas’ (phortía) de miles de preceptos humanos. Así, por ejemplo, en Lc 11,46, Jesús les dice a los escribas y fariseos: “Ay de vosotros, legistas (nomikoîs), que cargáis (phortídsete) a los hombres cargas (phortía) insoportables”. Y en Mt 23,4 Jesús apostrofa a los escribas y fariseos porque “atan cargas (phortía) pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas”. Por lo tanto, hay una clara referencia al agobio espiritual del pueblo de la Alianza bajo la dictadura y la tiranía de los preceptos humanos de los fariseos.

Cuando decimos ‘miles de preceptos’ no usamos una metáfora. Dice el P. Castellani que uno de los vicios del fariseísmo es la exterioridad, consistente en “añadir a los 613 preceptos de la Ley de Moisés como 6.000 preceptos más y olvidarse de lo interior, de la misericordia y la justicia”*3.

Esto coincide perfectamente con el ‘yugo’ del que habla Cristo dos veces en el evangelio de hoy: “Cargad mi yugo (en griego, dsygós) sobre vosotros (…), porque mi yugo es suave y mi carga (phortíon) es ligera” (Mt 11,29.30). El ‘yugo’ en el NT es, fundamentalmente, la Ley de Moisés. Así se usa en dos momentos importantísimos de la historia de la Iglesia. En primer lugar, en el primer Concilio de la historia, el Concilio de Jerusalén. En efecto, en Hech 15,10 dice el primer Papa, San Pedro, refiriéndose a la Ley de Moisés: “¿Por qué, pues, ahora tentáis a Dios queriendo poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?”. En segundo lugar, cuando San Pablo lucha denodadamente contra los católicos judaizantes que no confiaban en la capacidad de la gracia de Cristo para justificar al pecador: “Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud. Soy yo, Pablo, quien os lo dice: Si os dejáis circuncidar, Cristo no os aprovechará nada” (Gál 5,1-2).

Por lo tanto, los ‘sobrecargados’ son los que llevan el doble peso consistente en la Ley de Moisés en sí misma y, además de eso, los miles de preceptos humanos agregados por los fariseos a partir de la Ley y al margen de la Ley.

En cambio, el yugo de Cristo, que es suave y que es liviano, es la gracia santificante. La Ley de Moisés era una ley externa que no daba la fuerza para cumplirla. La Ley Nueva es la participación en la naturaleza divina que nos justifica realmente y nos hace hijos de Dios y que, además, tiene una fuerza intrínseca que ayuda al hombre a cumplirla. Esa fuerza habría que escribirla, más bien, con mayúscula, porque esa Fuerza es, nada más y nada menos, que el Espíritu Santo. Por eso dice Santo Tomás: “La ley nueva principalmente es la misma gracia del Espíritu Santo, que se da a los fíeles de Cristo”*4. La ley nueva es el Espíritu Santo. El yugo que Cristo pone sobre nuestro cuello es suave y es liviano porque ese yugo es el Espíritu Santo.

Jesucristo, además, simplifica la vida espiritual. No es raro que en la misma espiritualidad católica se caiga en un formulismo que hace del Evangelio una carga insoportable, por no haber entendido la esencia de la relación del alma con Cristo. El P. Royo Marín dice respecto a la acción de gracias después de la comunión, pero puede aplicarse a toda la vida espiritual: “Son legión las almas devotas que ya tienen preconcebida su acción de gracias—a base de rezos y fórmulas de devocionario—y no quedan tranquilas sino después de recitarlas todas mecánicamente. Nada de contacto íntimo con Jesús, de conversación cordial con Él, de fusión de corazones, de petición humilde y entrañable de las gracias que necesitamos hoy, que acaso sean completamente distintas de las que necesitaremos mañana. ‘Yo no sé qué decirle al Señor’, contestan cuando se les inculca que abandonen el devocionario y se entreguen a una conversación amorosa con Él. Y así no intentan siquiera salir de su rutinario formulismo. Si le amaran de verdad y se esforzasen un poquito en ensayar un diálogo de amistad, silencioso, con su amantísimo Corazón, bien pronto experimentarían repugnancia y náuseas ante las fórmulas del devocionario, compuestas y escritas por los hombres. La voz de Cristo, suavísima e inconfundible, resonaría en lo más hondo de su alma, adoctrinándolas en el camino del cielo y estableciendo en su alma aquella paz que ‘sobrepuja todo entendimiento’ (Filp 4,7)”*5.

Es un error hacer consistir la espiritualidad católica en una multiplicación de devociones creyendo que de esa manera se es más grato a Dios. La espiritualidad de Cristo, el yugo suave y ligero, es la de la Virgen María: simplemente, fiat me secundum verbum tuum. Es la espiritualidad del Padre Nuestro: Fiat voluntas tua. Hacer la voluntad de Dios en cada instante de nuestra vida.

Pero hoy Jesucristo nos indica, además, otro modo de liberarnos del yugo de la Ley de Moisés y de la distorsión de los fariseos: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas” (Mt 11,29).

3. ‘Yo soy dulce y humilde de corazón’

Para decir ‘aprended’ San Mateo usa el verbo mantháno, del cual proviene la palabra mathetés, que significa ‘discípulo’. Por lo tanto, se trata de una exhortación hecha a los hombres para que se conviertan en sus discípulos o una exhortación hecha a sus discípulos para que lo sean de una manera más perfecta.

Para decir ‘humilde’ el original griego usa la palabra tapeinós, que “significa primariamente aquello que es bajo, y que no se levanta mucho de la tierra (…) y, de ahí, metafóricamente, significa humilde”*6. Por esta razón, traducir como ‘humilde’ está muy bien, pues ‘humilde’ viene de ‘humus’, que significa ‘tierra’. El humilde es el que no se alza mucho por encima de la tierra, es aquel que es bajo. Ser humilde significa no tener un afecto desordenado por la propia excelencia.

Lo que las biblias normalmente traducen por ‘manso’ es el término griego praýs, cuyo significado-base es, en realidad, ‘dulce’*7. San Jerónimo traduce por mitis, que encierra tanto la idea de ‘manso’ como de ‘dulce’, en el sentido de ‘tierno’, ‘suave’, ‘maduro’ (dicho de frutos)*8. Por lo tanto, praýs significa, fundamentalmente, ‘dulce’ y ‘manso’ al mismo tiempo. Jesús es ‘dulce y manso de corazón’ y nosotros debemos ser como Él para encontrar alivio en nuestras almas.

¿Qué significa ‘ser dulce’ aplicado al corazón de un hombre? Es aquella alma de condición suave, grata, gustosa y apacible; naturalmente afable, complaciente y dócil. Es todo lo contrario del amargo, que es el antónimo de dulce. Es todo lo contrario de aquel cuya alma sabe a agrio, salobre o ácido*9. Es todo lo contrario de aquel que tiene el alma desabrida y con una sensación desagradable; o que tiene el alma afligida o disgustada y que, por lo tanto, produce también en los demás sensación de desagrado, aflicción o disgusto. Es aquel que recibe todo al modo de su alma dulce, es decir, todo lo que recibe se convierte en dulzura al entrar en su alma. Es aquel que en el trato deja en el que conversa con él un gusto dulce en el paladar del alma.

El sustantivo que brota del adjetivo praýs es praýtes, que significa, obviamente, ‘dulzura’ y se ejerce, primordialmente, para con Dios. “La praýtes es aquella disposición de espíritu con la que aceptamos los tratos de Dios con nosotros como buenos, y por ello sin discutirlos ni resistirlos”*10. En efecto, implica una actitud de apertura, receptividad y docilidad del alma humana hacia la voluntad y la benevolencia divinas.

Pero en relación con los hombres, praýs es aquel que cohíbe la ira, es decir, el manso. Jesucristo es manso porque jamás asomaría a su rostro el más mínimo gesto de ira desordenada. En este sentido, Jesús es con todos sereno, afable y apacible. Tiene un corazón siempre dispuesto a perdonar.

Algunos autores de habla inglesa*11 proponen como la primera y principal traducción de praýs el adjetivo gentle, que significa, en primer lugar, tierno, delicado, suave, no en el sentido de ‘afeminado’ sino en el sentido de finura en el trato.

El praýs del NT es entonces, en primer lugar, el que guarda dulzura hacia Dios y hacia el prójimo; el manso, el apacible, el afable, el fino en el trato, el gentleman o el ‘caballero andante’ de la caballería española.

Sin embargo, no hay que confundirse. Jesucristo, Dios y hombre verdadero, unió en su persona divina la naturaleza humana con la divina. Por eso, en Él se dio una unión perfecta entre las virtudes aparentemente opuestas como son, en este caso, la dulzura-mansedumbre y la firmeza varonil. Baste recordar su actitud dulce, tierna y mansa con la mujer adúltera*12] (Jn 8,3-11) y su actitud llena de ira las dos veces que expulsó a los mercaderes del templo (Jn 2,14-17; Mt 21,12-13).

Jesucristo fue firme sin dejar de ser dulce, y fue dulce sin dejar de ser firme. En Jesucristo se dio la unión perfecta entre la virilidad y la dulzura. Se puede ser profundamente viril y al mismo tiempo profundamente dulce. Una cierta iconografía de Jesús confunde muchas veces el acaramelamiento y el afeminamiento con la dulzura. Jesús no es acaramelado ni afeminado, pero es dulce. El afeminamiento es una falsa dulzura, es una dulzura que no respeta las esencias, en este caso, la esencia de la virilidad de un varón. Y el ser afeminado es pecado mortal. No sólo el ser homosexual es causa de condenación eterna sino el ser afeminado. Lo dice San Pablo con todas las letras: “No os engañéis: (…) ni los afeminados ni los homosexuales (…) poseerán el Reino de Dios” (1Cor 6,9.10).

En el texto de Zacarías de la primera lectura (Zac 9,9) se nos presenta a Jesucristo que entra dulce y humilde sobre un asno, cabalgadura no apta para la guerra ni para elevar la honra. Sin embargo, Jesucristo entra para reinar, para ser cabeza de un pueblo, para gobernarlo con virilidad. Esa es una imagen clara de la unión entre dulzura, humildad y virilidad.

Conclusión

El rechazo del evangelio por parte del mundo acicatea y espolea a Jesucristo a alegrarse profundamente por aquellos que sí lo han aceptado. Y a los que tienen las disposiciones necesarias, los que no son de dura cerviz y saben inclinar sus cabezas (sus inteligencias) ante el misterio, les revela el núcleo del Evangelio: la bondad del Padre, la encarnación del Verbo y la redención hecha a través del sufrimiento y la muerte.

El mismo Cristo será quien asuma la responsabilidad de llevar paz y serenidad al alma del que se inclina con ‘la obediencia de la fe’. Él lo librará del yugo insoportable de los preceptos exteriores y le enseñará a amar en la gracia santificante y en el Espíritu Santo.

Entonces el mismo Cristo será la dulzura del alma creyente. Es muy elocuente aquel himno medieval: Iesu dulcis memoria / Dans vera cordis gaudia: / Sed super mel et omnia / Ejus dulcis praesentia. Nil canitur suavius, / Nil auditur iucundius, / Nil cogitatur dulcius / Quam Iesus Dei Filius. “Jesús, qué dulce es su recuerdo / que da verdadero gozo al corazón; / pero más que la miel y que todas las cosas / es dulce su presencia. Nada más suave puede cantarse / nada más jocundo puede oírse / nada más dulce puede pensarse / que Jesús, Hijo de Dios”.

Al Dulce Jesús solamente podemos llegar a través de aquella a la cual llamamos ‘dulzura nuestra’ y a la cual invocamos diciéndole: O Clemens, O Pia, O Dulcis Virgo Mari


*1- En 1Cor 13,11 San Pablo, en un solo versículo, la usa cinco veces y las cinco veces significa ‘niño que no conoce’. También en Mt 21,16 la usa Jesús y su explicación es que se trata de niños de pecho, que aún amamantan. Swanson trae como único significado: ‘niño pequeño’, ‘criatura’, ‘bebé’ (Multiléxico del NT, nº 3516).
*2- Se usa, por ejemplo, en Jn 4,38 donde Jesús habla de aquellos que no se fatigaron y van a cosechar de todas maneras. También se dice de los lirios del campo, que no se fatigan pero de todas maneras se visten magníficamente (Mt 6,28). También se dice de Pedro, que se fatigó pescando pero no pescó nada (Lc 5,5).
*3- Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 298.
*4- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, q. 106, a. 2 c.
*5- Royo Marín, A., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 200812, p. 457.
*6- Vine, en Multiléxico del Nuevo Testamento, nº 5011. En Ez 17,24 se usa para designar a los árboles bajos.
*7- Praÿs, eìa, û: dulce, tierno, humilde, manso, plácido; dicho de animales: doméstico; de hombres: dulce, benigno, amoroso, tierno, gracioso. Adverbio praôs: dulcemente, tiernamente, apaciblemente, plácidamente, voluntariamente. Praýtes, etos: dulzura, ternura (Shenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 735). Son muchos los datos etimológicos que nos indican que el matiz principal de praýs es el de dulzura y son muchos los diccionarios que avalan esta afirmación. Para una explicación más amplia de la etimología de praýs, ver Marcone, J., Los frutos del Espíritu Santo, Edición Digital, San Rafael (Argentina), 2015, p. 69-78.
*8- Cf. Diccionario Vox, Latín – Español.
*9- El DRAE dice respecto a dulce: “Que causa cierta sensación suave y agradable al paladar, como la miel, el azúcar, etc. || 2. Que no es agrio o salobre, comparado con otras cosas de la misma especie. ||. || 4. Grato, gustoso y apacible. || 5. Naturalmente afable, complaciente, dócil”. Y respecto a amargo: “Que tiene el sabor característico de la hiel, de la quinina y otros alcaloides; cuando es especialmente intenso produce una sensación desagradable y duradera. || 2. Que causa aflicción o disgusto. || 3. Que está afligido o disgustado. || 4. Áspero y de genio desabrido”.
*10- Vine, en Multiléxico del NT, nº 4240.
*11- Como, por ejemplo, Friberg, Low-Nida y Gingrich.
*12- Actitud propia de un caballero andante, para quien el primer mandamiento es ‘jamás reñir sin motivo y defender a la mujer maltratada’.
"Alegrémonos todos en el Señor al celebrar esta solemnidad en honor de todos los Santos, de la cual se alegran los ángeles y juntos alaban al Hijo de Dios",


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E.- Reposemos en el corazón de Jesús Mt 11, 25-30

Los misterios del reino ¿a quién los ha revelado Dios? El Padre los ha revelado a los pequeños, a los humildes, a los que creen, a los que inclinan la cabeza reconociendo la divinidad de Jesús. El Padre los ha revelado por Jesús y Jesús los ha revelado a los que el Padre ha querido y Jesús se congratula con el Padre porque conoce que la voluntad del Padre es adorable y su voluntad ha sido revelar los misterios del reino a los que se han hecho discípulos de Jesús y no a aquellos que llenos de soberbia han rechazado voluntariamente el discipulado y por tanto no han creído en Jesús, o sea, los escribas y fariseos.

La voluntad, el beneplácito del Padre ha sido este. Y el Padre conoce plenamente al Hijo y el Hijo plenamente al Padre porque son un único Dios y Jesús revela los misterios del reino a quién Él quiere en conformidad con la voluntad del Padre. El Padre dice a Jesús qué tiene que revelar y con qué obras manifestar la profundidad de su sabiduría y el Hijo obra en todo en conformidad con la voluntad del Padre.

Conocer los misterios del reino es una gracia del Hijo. Él ha querido por puro amor revelárnoslos. Es decir, nosotros somos de estos pequeños en los que el Padre y el Hijo se complacen. Si fuéramos de los sabios según el mundo no conoceríamos nada de la revelación de Dios. Nosotros también tenemos que congratularnos con esta voluntad del Padre y del Hijo y seguir, por medio de un auténtico discipulado, haciéndonos merecedores de la revelación de Dios.

Por otra parte, el evangelio se hace eco de la invitación que nos hace Jesús a descansar en Él. Jesús quiere que vayamos a Él cuando nos sintamos aplastados por los quehaceres de la vida, quiere que llevemos a su corazón amante todas nuestras angustias, tristezas, cansancios, dolores, miedos, fastidios, opresiones… ¡Qué amorosa invitación! Y nosotros que muchas veces sucumbimos solitarios bajo el peso de nuestros afanes cotidianos.

Jesús quiere que cambiemos el yugo de la vida mundana y de las cosas humanas, que nos agobia, por su yugo que es suave y por su carga que es ligera.

Desde que Jesús vino al mundo conocemos su yugo que consiste en amar al prójimo como Él nos amó y sólo en esto consiste su yugo y su carga.

Nosotros, sin embargo, ensayamos llevar otros miles de distintos yugos, muchos más pesado y asfixiantes, y no nos decidimos por cargar el yugo de Jesús.

Jesús nos dice que vayamos a Él cuando estemos cansados y en Él hallaremos descanso. ¿Por qué no le hacemos caso? ¿Por qué somos tan cabeza duras? Si queremos descansar busquemos el corazón santo de Jesús. Juan reposó en Él y fue fortalecido para seguirlo hasta el Calvario, en cambio, los otros discípulos sucumbieron por querer cargar sus yugos solos.

¿Cómo hallar descanso para nuestras almas fatigadas? Tomando el yugo de Cristo y aprendiendo de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Si hay algo que debe imitar el cristiano de Cristo son estas dos virtudes: la mansedumbre y la humildad. Un corazón manso y humilde es necesario para cargar el yugo de Cristo, para amar al prójimo como Cristo nos amó.

La humildad, esto es ser pequeños, nos dispone para conocer los misterios del reino y la mansedumbre para llevar nuestras cargas cotidianas con paciencia y alegría. Si las llevamos bien serán para nosotros descanso y refrigerio. Llevémoslas con Jesús. Él se ofrece a aliviar nuestras cargas y también debemos imitarlo en esto: ofrecernos para aliviar las cargas de nuestros hermanos.

¿Por qué nos inquietamos? ¿Por qué nos angustiamos? ¿Por qué nos deprimimos? Jesús está al lado nuestro ofreciéndonos ayuda. Quiere que reposemos en su corazón y aprendamos de Él a ser mansos y humildes. La mansedumbre disipa las angustias y las ansiedades y la humildad nos hace aceptar a cada momento la voluntad de Dios que es lo mejor para nosotros.

Nuestras angustias y contradicciones nos vienen de la división que se da en nuestro interior. División que no es otra cosa que la no aceptación del querer de Dios. Esta contradicción interior se arregla con un corazón humilde que acepta alegre el querer de Dios en todo momento y abandona por Dios el propio querer y que con mansedumbre hace las cosas que Dios quiere. El efecto de la humildad y la mansedumbre son la paz y la felicidad. Es el descanso que Jesús nos promete si recurrimos a Él.

(cortesía iveargentina)

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