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Domingo 24 del Tiempo Ordinario A - 'No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete'   - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

 


A su servicio
Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. sobre las tres lecturas

Comentario: Hans Urs von Balthasar - El Perdón

Comentario: Alessandro Pronzato - Sólo podemos ser salvados

Santos Padres: San Agustín Mt 18,21-35: Si te alegras de que se te perdone, teme el no perdonar por tu parte

Aplicación: Leonardo Castellani - Parábola del deudor desaforado. (1967)

Aplicación: P. Juan Lehman V.D. - Perdónanos nuestras deudas

Ejemplos

 

Recursos adicionales para la preparación

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios I a Las Lecturas del Domingo



Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. sobre las tres lecturas

Sobre la Primera Lectura (Sir 27, 33-28, 9)

El Sabio expone argumentos muy Convincentes para que renunciemos a todo rencor y venganza:
-Todos somos pecadores y tenemos muchas deudas pendientes con Dios. Si no perdonamos a los hombres las ofensas que de ellos hemos recibido, tampoco recibiremos de Dios el perdón de las nuestras (28, 1. 2). Jesús, en el Sermón del Monte, urgirá aún más este mutuo perdón que todos debemos generosamente practicar: "Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará vuestros pecados" (Mt 6, 14).

-Otra consideración muy convincente nos hace el Sabio: Si nosotros somos tan mezquinos que negamos el perdón a un hermano, ¿cómo nos atreveremos a pedir gracia alguna a Dios? (3-5). De ahí que también Jesús nos avise: "Si al presentar una ofrenda ante el altar te acuerdas de una enemistad con algún hermano, deja allí tu ofrenda y corre antes a reconciliarte con tu hermano; y torna luego a presentar tu ofrenda" (Mt 5, 23). Por donde se ve que los actos y las actitudes de religión no son gratos a Dios, ni oración alguna puede ser por El acogida, si proceden de un corazón que guarda rencor a un hermano,

-Por fin, el Sabio recomienda tengamos siempre presente tres recuerdos: a) "Acuérdate de tus postrimerías y deja ya de odiar" (5). Quien piensa en el juicio que le espera tras la muerte, es generoso en perdonar. b) "Acuérdate de los mandamientos y no tengas rencor a tu prójimo" (7a). En la Ley se decía muy claramente: "No odies en tu corazón a tu hermano. No te vengues ni guardes rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahvé" (Lev 19, 17). c) "Acuérdate de la Alianza del Altísimo y olvida toda ofensa" (7b). El Señor Altísimo ha hecho Alianza con los hombres pecadores; ¿rehusaremos nosotros hacerla con nuestros prójimos? Jesús ilumina también y refuerza este argumento: "amad a vuestros enemigos. Así seréis hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace salir el sol sobre buenos y sobre malos, y hace llover sobre justos y malvados" (Mt 5, 45).

Sobre la Segunda Lectura (Rom. 14, 7-9)

En Roma, entre los neófitos queda amenazada la convivencia, la paz y la unidad. Los convertidos al cristianismo procedían del judaísmo y de la gentilidad. Corrían el peligro de formar dos grupos debido a las diferencias de mentalidad, de costumbres y de leyes en que antes habían vivido. Pablo intenta zanjar toda esta problemática que podría menoscabar la caridad:

-Proceda cada uno según su conciencia recta y segura. Y respeten todos las decisiones de la conciencia de otro hermano (vv 5-6).

-En el seguir opiniones y convicciones de la propia conciencia atiendan todos a los prójimos con quienes conviven. Si algo puede escandalizar a un hermano yo debo abstenerme de hacerlo, aunque mi conciencia me lo permita (vv 1. 15). La caridad, por tanto, regula la libertad.

-Y sobre todo, todo su proceder debe estar inspirado por el amor de Cristo: "Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos" (7-8). Para Pablo es incuestionable que el amor a Cristo debe ser ley suprema de nuestra vida y de nuestra conducta. Y de modo especial de nuestras relaciones con el prójimo. Una vida consagrada a Cristo es siempre una vida entregada al amor de los hermanos. Y por eso en la Asamblea Litúrgica rezamos así: "Concédenos, Señor, que los que recibimos el cuerpo y la sangre de tu Hijo seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (Anáfora).

Sobre el Evangelio (Mt 18, 21-35)

Con una bellísima parábola, Cristo nos enseña cómo debemos perdonamos mutuamente las ofensas:
- Primariamente la parábola va dirigida a Pedro (21) y a los Apóstoles y sus sucesores (18), en cuyas manos Cristo ha puesto el poder de perdonar los pecados. Pedro se inclinaría a ejercer esta facultad a medida humana (21). Cristo quiere que la ejerciten a medida divina (22).

- Pero también la parábola quiere curar la mezquindad y egoísmo de nuestros corazones. A todos nos parece muy oportuno que Dios nos perdone nuestras inmensas e insaldables deudas .Y con esta ruindad y tacañería de corazón nos hacemos indignos de recibir el perdón de parte de Dios (35).

- En nuestra vida cristiana debemos valorizar como supremo tesoro la caridad: "Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4, 16). Caridad que nos exige aplicamos de manera constante a la propia abnegación y a un solícito y fraterno servicio de los demás (LG 42). Caridad que da sus latidos más relumbrantes cuando amamos y perdonamos a quienes nos ofenden u odian: "Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y haced bien a los que os aborrecen. Bendecid a los que os maldicen y orad por los que os atormentan. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 27. 36). ¿Cómo vamos a cumplir estas altas metas evangélicas si ni tan siquiera sabemos perdonar y olvidar pequeñas molestias? ¿Cómo pretendemos dar a los extraños a la Iglesia testimonio cristiano, si entre nosotros una diferencia de opinión o un leve agravio nos mantiene incordiados y enfrentados?
(José Ma. Solé Roma (O.M.F.),"Ministros de la Palabra", ciclo "A", Herder, Barcelona 1979)

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Comentarios: Hans Urs von Balthasar - El Perdón

1. Perdona nuestras ofensas.
Pocas parábolas hay en el evangelio con una fuerza tan impresionante como la de hoy: no se la puede poner la menor objeción. Y ninguna como ésta pone ante nuestros ojos de una manera más drástica las auténticas dimensiones de nuestra falta de amor, de la culpabilidad de nuestro desamor: continuamente exigimos a nuestros semejantes que nos paguen lo que en nuestra opinión nos deben, sin pensar ni por un instante en la enorme culpa que Dios nos ha perdonado a nosotros totalmente. Con frecuencia rezamos distraídos las palabras del «Padrenuestro»: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros...», sin pararnos a pensar cuán poco renunciamos a nuestra justicia terrestre, aunque Dios ha renunciado a la justicia celeste por nosotros.

La lectura de la Antigua Alianza sabe ya exactamente todo esto, hasta el más pequeño detalle: «No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?». Para el sabio veterotestamentario esto es ya una imposibilidad que salta a la vista. Y para demostrarlo remite no solamente a un sentimiento humanista general, sino también a la alianza de Dios, que era una oferta de gracia a la vez que una remisión de la culpa para el pueblo de Israel: «Recuerda la alianza del Señor y perdona el error».

2. Libre para perdonar.
La segunda lectura profundiza esta fundamentación cristológicamente. Nosotros, que juzgamos sobre lo que es justo e injusto, no nos pertenecemos en absoluto a nosotros mismos. En toda nuestra existencia somos ya deudores de la bondad misericordiosa del que nos ha perdonado y ha llevado por nosotros ya desde siempre nuestra culpa. Cuando se dice: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo», se quieren decir dos cosas: nadie debe su existencia a sí mismo, sino que cada uno de nosotros como existente se debe a Dios; pero se dice aún más: se debe más profundamente al que ha pagado ya por su culpa y del que sigue siendo deudor en lo más profundo. Esto no significa en modo alguno que él sería siervo o esclavo de un amigo, al contrario: el rey deja marchar en libertad al empleado al que ha perdonado la deuda. Si nosotros nos debemos enteramente a Cristo, entonces nos debemos al amor divino que llegó por nosotros «hasta el extremo» (Jn 13,1); y deberse al amor significa poder y deber amar. Y esto es precisamente la suprema libertad para el hombre.

3. Juzgarle y condenarse a si mismo.
«El furor y la cólera son odiosos: el pecador los posee», dice Jesús Ben Sirá. El evangelio, sin embargo, habla de la cólera del rey, que mete en la cárcel al «siervo malvado», es decir, le entrega a la justicia que él reclama para sí mismo. Pero entonces ¿qué es la cólera de Dios? Es el efecto que el hombre que actúa sin amor produce en el amor infinito de Dios. O lo que es lo mismo: el efecto que el amor de Dios produce en el hombre que obra sin amor. El hombre sin amor, el que no practica el amor, el que no deja entrar en él la misericordia divina porque entiende de un modo puramente egoísta la remisión de la falta, se condena claramente a sí mismo. El amor de Dios no condena a nadie, el juicio, dice Juan, consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios (Jn 3,18- 20; 12,47-48). Santiago resume muy bien todo esto en pocas palabras: «El juicio será sin corazón para el que no tuvo corazón: el buen corazón se ríe del juicio» (St 2,13). Y el propio Señor también: «La medida que uséis la usarán con vosotros» (Lc 6,38).
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 103 s)

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Comentarios: Alessandro Pronzato - Sólo podemos ser salvados

La lección es transparente. Cada uno de nosotros, frente a Dios, es un deudor insolvente. Si él no toma la iniciativa, si no interviene el acto gratuito de su perdón, desmedido, solos, con nuestros esfuerzos, con nuestras obras, no llegaríamos nunca a conquistar la salvación. La salvación es gracia. No nos salvamos solos. No existe otra posibilidad que la de "ser salvados". (...) He aquí la segunda lección: las deudas que los demás han contraído con nosotros, en relación con la deuda que nosotros tenemos con Dios, y frente a lo que hemos sustraído a Dios con el pecado y con nuestros rechazos, son menudencias.

Injurias, ofensas, groserías, indelicadezas varias: todo sin importancia si se compara con nuestro pecado.

Y nuestro comportamiento se hace mezquino, miserable, como el del empleado perdonado, cuando olvidamos esta desproporción. Pero la lección fundamental de la parábola es otra.

"Siervo malvado -le dice el señor cuando se lo encuentra delante- ¿no debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" He ahí la equivocación inexcusable del siervo perdonado e inhumano. Ha creído que el perdón podía convertirlo en posesión suya. No ha entendido que debía a su vez transmitirlo al colega que le suplicaba. No ha caído en la cuenta de que no tenía el derecho de "consumir" egoísticamente la gracia obtenida, sino que debía a su vez concederla a otro.

No ha comprendido que el perdón no podía "terminar" en él, pararse, sino que debía continuar, llegar hasta el hermano.

El señor había "olvidado"; anulado la deuda, roto el papel con aquella cifra enorme, pero él ciertamente no ha olvidado su miserable crédito, ha mantenido en el bolsillo aquel papel con una cifra ridícula. Y hasta se ha permitido el lujo de amenazar al propio deudor pasándole por la cara aquel papelucho acusador.

Qué bonito hubiera sido si, en respuesta al gesto de su amo, también él hubiera hecho trizas el documento en que constaba lo que el colega le debía.

Podía imitar el gesto magnánimo de su señor. Pero se ha dejado escapar esta estupenda ocasión.

Muchas veces también nosotros olvidamos que el perdón que recibimos de Dios es dado, compartido, participado con los hermanos.

Que el perdón exige tener una continuación en las relaciones con nuestros semejantes. Que el perdón obtenido de Dios ha de traducirse en paz, reconciliación, alegría que ofrecemos a todos, también a nuestros enemigos. Que podemos imitar el comportamiento de Dios. Que cuando Dios nos dice: -Yo te perdono, nos dice al mismo tiempo: -Perdona tú también.

El perdón se convierte así en una acción ininterrumpida de transformación del mundo. Nuestro pasado se transforma. Y nosotros tenemos, a su vez, la posibilidad de transformar el pasado de los otros. El perdón, en efecto, no consiste simplemente en enterrar algo que pertenece al pasado. No es una sepultura bajo el velo del olvido. El perdón es una resurrección. Es la novedad. Un acto de creación. Inauguración de una historia nueva. (...) Entendámonos. No es que tengamos que perdonar a los otros para obtener la salvación y obtener a su vez el perdón de Dios. No. La salvación ya se nos ha dado gratuitamente, el perdón ya se nos ha concedido.

Nuestro perdón es la consecuencia, no la causa de la salvación. Nuestro gesto de perdón es la respuesta, la "señal" manifiesta de que estamos perdonados. Rompemos nuestro miserable papelucho (en el que está escrito todo lo que nos debe el hermano), no para que Dios nos condone la deuda. Sino porque Dios ya ha roto el folio que se refería a nosotros...
(ALESSANDRO PRONZATO, EL PAN DEL DOMINGO CICLO A, EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1986.Pág. 202 ss)


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Santos Padres: San Agustín Mt 18,21-35: Si te alegras de que se te perdone, teme el no perdonar por tu parte

Por tanto, si tu hermano peca contra ti siete veces al día y viene a decirte que se arrepiente, perdónale (Lc 17,4). No te hastíes de perdonar siempre al que se arrepiente. Si no fueras también tú deudor, podrías ser impunemente un severo acreedor; pero si tienes un deudor, tú que eres también deudor y de quien no tiene deuda alguna, pon atención a lo que haces con el tuyo. Lo mismo hará Dios con el suyo. Escucha y teme: Llénese de gozo mi corazón -dijo- para que sienta temor a tu nombre (Sal 85,11). Si te alegras cuando se te perdona teme el no perdonar por tu parte. El mismo Salvador manifestó cuán grande debe ser tu temor al proponer en el evangelio la parábola de aquel siervo a quien su señor le pidió cuentas y le encontró deudor de cien mil talentos. Mandó venderlo a él y cuanto poseía para que le fuesen devueltos (Mt 18,25).

Aquél, postrado a sus pies, comenzó a rogarle que le diese tiempo y mereció que le fuesen perdonados. Él, en cambió, saliendo de la presencia de su señor después de haberle sido perdonada la deuda, encontró también a su deudor, siervo como él, que le debía cien denarios y, cogiéndolo por la garganta, comenzó a forzarlo para que pagara. Su corazón se alegró cuando le fue perdonada la deuda, pero no de manera que temiera al nombre del Señor su Dios. El siervo decía a su consiervo lo mismo que éste había dicho al señor: Ten paciencia conmigo y te lo devolveré. Pero contestó: «No, tienes que devolverlo hoy». Fue informado de ello el padre de familia y, como sabéis, no sólo le amenazó con que a partir de aquel momento no le perdonaría nada en el caso de hallarle otra vez deudor, sino que hizo caer de nuevo sobre su cabeza todo cuanto le había condonado y mandó que le devolviera cuanto le había perdonado. ¡Cuánto hemos de temer, hermanos míos, si tenemos fe, si creemos en el evangelio, si no creemos que el Señor es un mentiroso! Temamos, prestemos atención, tomemos precaución, perdonemos. ¿Pierdes acaso algo de aquello que perdonas? Otorgas perdón, no dinero...

¿Qué dirás cuando no quieras conceder el perdón al pecador? Si te apena otorgar dinero al indigente, otorga el perdón a quien se arrepiente. ¿Qué pierdes, si lo das? Sé lo que pierdes, sé lo que dejas; lo veo, pero lo abandonas para tu bien. Abandonas la ira, la indignación, alejas de tu corazón el odio hacia tu hermano. Si permanecen estas cosas donde están, ¿dónde irás a parar tú? La ira, la indignación, el odio permanente, ¿qué harán de ti? ¿Qué mal no harán en ti? Escucha la Escritura: Quien odia a su hermano es un homicida (1 Jn 3,15). «Entonces, ¿he de perdonarle aún cuando peque contra mí siete veces al día?». Perdónale. Lo mandó Cristo, lo mando la verdad a la que acabas de cantar: Guíame, Señor, por tu camino y caminaré en tu verdad (Sal 85,11). No tengas miedo, que no te engaña. «Pero así -dirás- no habrá corrección alguna; permanecerá siempre impune cualquier pecado. Siempre agrada pecar cuando aquel que peca piensa que le vas a perdonar siempre». No es así. Esté en vela la corrección, pero no dormite la benevolencia. ¿Por qué juzgas que devuelves mal por mal cuando das un correctivo al que peca? No pienses así; devuelves bien por mal, y no obrarías bien si no lo dieses. Eso si, suaviza de vez en cuando la corrección con la mansedumbre, pero haz la corrección. Una cosa es eliminarla por negligencia y otra suavizarla con la mansedumbre. Esté en vela la disciplina: perdona y castiga.

Ved y oíd al Señor en persona, pensad a quién decimos cada día las palabras propias de un mendigo: perdónanos nuestras deudas (Mt 6,12). Y tú ¿sientes hastío cuando un hermano te dice continuamente: «Perdóname, estoy arrepentido»? ¿Cuántas veces dices tú eso mismo a Dios? ¿Prescindes de esa súplica cada vez que rezas la oración? ¿Acaso quieres que te diga Dios: «Mira que ayer te perdoné, durante muchos días te perdoné, cuántas veces he de perdonarte todavía?». No quieres que te diga: «Siempre vienes con las mismas palabras, siempre dices: perdónanos nuestras deudas, siempre te golpeas el pecho, y, cual hierro duro no te enderezas». Mas, puesto que hablábamos de la corrección, ¿acaso no nos perdona el Señor cuando le decimos con fe: Perdónanos nuestras deudas? (Mt 6,12). Y, sin embargo, aunque nos las perdone, ¿qué se ha dicho de él? ¿Qué está escrito acerca de él? Dios corrige al que ama. Pero, ¿con sólo palabras tal vez? Azota a todo hijo que recibe (Heb 12,6). Para que no se moleste el hijo pecador al ser corregido con azotes, también él, Hijo único sin pecado, quiso ser azotado. Por tanto, aplica el correctivo, pero abandona la ira del corazón.

El Señor mismo, refiriéndose a aquel deudor al que exigió de nuevo toda la deuda por haber sido despiadado con su consiervo, dice así: Del mismo modo obrará vuestro Padre celestial con cada uno de vosotros si no perdona de corazón a su hermano (Mt 18,35). Perdona allí donde Dios ve. No pierdas allí la caridad; practica una saludable severidad. Ama y castiga, ama y azota. A veces acaricias y actuando as¡ te muestras cruel. ¿Cómo es que acaricias y te muestras cruel? Porque no recriminas los pecados y esos pecados han de dar muerte a aquel a quien amas perversamente perdonándole. Pon atención al efecto de tu palabra, a veces áspera, a veces dura y que ha de herir. El pecado desola el corazón, demuele el interior, sofoca el alma y la hace perecer. Apiádate, castiga.
(San Agustín, Sermón 114 A, 2.5)

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Aplicación: Leonardo Castellani - Parábola del deudor desaforado. (1967)

Jesucristo ilustró la quinta petición del Padrenuestro ( 'perdónanos nuestras deudas' ) con esta Parábola del Deudor Desaforado, que era muy mansito como deudor, pero desaforado como Acreedor.

Cristo nos da el Mandato de perdonar siempre al prójimo, comprometiendo en ese mandato el perdón de Dios a nosotros.

De modo que los que dicen: - ¿Ese es mandato o consejo? —Es mandato -¿Y en qué mandamiento está? —En el primero.

Con razón dicen que Dios al hacerse hombre nos dio todo lo que tenía; porque en este caso, el perdón del pecado, que es una cosa privativa de Dios, la hace depender de un acto de voluntad del hombre; y en el otro extremo, la felicidad del hombre, que es Dios mismo, la hace depender de otro acto relativamente fácil de voluntad: ' porque todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis —venid benditos de mi Padre '. Puso sus méritos a nombre nuestro, podemos decir.

A mi padre lo asesinaron cuando yo tenía 7 años —lo asesinó la policía del Régimen 'falaz y descreído', como decía Yrigoyen; y no se confesó antes de morir porque lo impidieron los masones sus amigos; y yo la consolaba a mi abuela, cuando me volví pequeño teólogo a los 13 años, diciéndole que habiendo sido la última palabra de mi padre ' perdono al que me mató para que Dios me perdone ' todo estaba en orden. Pero en estos días recibí una copia del certificado de defunción firmado por el Párroco Santiago Olessio, donde dice 'recibidos los Sacramentos'. Lástima que no viva mi abuela. Como no creo que el piamontés Olessio mintiera, resulta que los masones (Don Jerónimo Piazza) engañaron a mi abuela Doña Magdalena.

Jesucristo dio este mandato contra el vicio de la iracundia y todos sus parientes, hijos y entenados: como la cólera, el rencor, la venganza, la inquina, el odio y la desesperación, que encierra en sí no poca parte de ira impotente; contra la desesperación y contra el resentimiento. Dio otros dos mandatos contra ese vicio capital, éste está en el medio: primero no resistir al mal, la paciencia; tercero, amar a los enemigos, por amor de Dios. Contra los cuatro pecados capitales espirituales predicó directamente Cristo: Soberbia, Avaricia, Envidia, Ira; los tres pecados carnales no predicó en contra: la Lujuria, Gula y Pereza estaban condenados por la Moral Social o Convencional, incluso en demasía; y además ellos tienen ciertos límites naturales, mientras los vicios espirituales son infinitos: 'los vicios no tienen lindes - como tienen los terrenos' —dijo uno. Belloc decía que lo que lo aterraba en nuestra época no era la lujuria sino la crueldad —que pertenece a la ira: porque la crueldad no tiene límites. Un sultán podrá tener un harem de 200 concubinas pero no puede seguir aumentándolas indefinidamente; pero un asesino puede cometer un gran número de crímenes y seguir matando.

La ira entre las naciones, cosa tan actual, depende naturalmente de la ira de los particulares, de muchos particulares que no perdonan. Cuando estaba en Francia me llamaba la atención el odio que tenían (generalmente) los franceses a los alemanes; que nosotros no tenemos a los brasileros, por ejemplo. Yo decía: 'bueno, es que éstos del Norte, de la Champaña, han sufrido dos invasiones alemanas en 20 años...'. Pero después me fui al Sur, y me encontré con que los gascones odiaban a los alemanes más que los champañeses y además odiaban a España y a Italia. ¡Cataplún! Es que no perdonan la guerra; y con eso se preparan otra guerra.

Eso no quiere decir que hay que ir al otro extremo, al extremo del pacifismo, la buena vecindad y el amor a todas las naciones extranjeras menos la propia, que es una filfa inventada por la imbecilidad contemporánea para uso de los argentinos. Cuando vino el Cha de Persia, el Presidente habló en un discurso del 'gran afecto que liga nuestros dos pueblos'; y resulta que nuestro pueblo no sabía ni siquiera si existía el otro pueblo.

Por eso hay otro refrán que dice: 'Amigo reconciliado, enemigo redoblado'. Quiere decir que cuando dos amigos se han peleado y después se han re-amigado, nunca es como la antigua amistad, más bien es como una enemistad todavía más peligrosa que antes. Pero eso viene de que no se ha perdonado de corazón, el runrún de las ofensas permanece en el fondo del alma y se ha hecho una reconciliación de conveniencia; que es lo más común; porque perdonar de alma es sumamente difícil.

Perdonar del todo, de modo que no quede nada de la cólera ni siquiera en el fondo (en la subconciencia que dicen ahora), es difícil a par de muerte. Mas para conseguir eso hay un remedio que es ir más allá del perdón, hacer un bien al ofensor; que es el tercer mandato: lº, tener paciencia; 2º, perdonar; 3º, hacer el bien.

Después desto vienen una cantidad de bemoles en la práctica, distinciones sutiles, acerca del cómo, el cuándo y el hasta dónde; o sea, cómo debemos ser caritativos sin ser flojos, zonzos o borregos. Eso les enseñará el Espíritu Santo con la natural sindéresis (1) si hacen el firme propósito de 'perdonar nuestras deudas para que Dios no perdone nada a nuestros deudores ', como decía Durañona; porque no es el caso les espete el enorme sermón de 26 páginas del P. Paolo Ségneri (que está muy bien para los italianos) acerca del ' Perdón de las Injurias '.

( 1 ) La sindéresis es un hábito de nuestro intelecto que da a conocer los principios de la ley moral.

(Cf. "Domingueras Prédicas"; Ed. Jauja, Mendoza, 1997, págs. 275-278.)


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Aplicación: P. Juan Lehman V.D. - Perdónanos nuestras deudas

1. El administrador infiel. — El Divino Maestro, conocedor profundo de la naturaleza humana nos expone en el Evangelio de hoy el violento contraste de la maldad humana frente a la infinita misericordia de Dios.

Un administrador, después de haber dilapidado los bienes de su señor, es llamado por éste a rendir cuentas y no puede explicar el "déficit" de mil talentos, o sea de unos 60.000.000 de pesos. Conocedor de la bondad de aquel señor de quien tanto había abusado, a pesar de la severa sentencia que merece, espera el perdón. Espera, suplica, llora, apela ardientemente a la misericordia, y obtiene por fin lo que nunca hubiera osado pedir. Sólo se había atrevido a suplicar que se le concediera un plazo para poner sus cuentas en orden, para trabajar y resarcir la deuda; pero el rey, más generoso, y más humano de lo que el reo tenía derecho a esperar, le perdonó ampliamente toda la inmensa deuda.

¡Cuan conmovido y emocionado debiera haber quedado el corazón de aquel pobre hombre! El que momentos antes se encontraba sumido en el abismo de la ruina y el deshonor, podía mirar ahora con plena confianza el porvenir.

2. Bondad inmensa del Señor.—La bondad incomparable de su Señor debía haberlo dominado, compenetrado y regenerado. ¿No es verdad que ante el resplandor de la bondad, y de la misericordia, de la caridad y del perdón no hay alma que no se conmueva y se ensanche? La generosa actitud del Señor debía crear en aquel corazón el deseo de la enmienda, inmenso aborrecimiento de la propia maldad y anhelos de merecer nuevamente la confianza de dueño tan generoso. Debió sentir impulsos de contar a todos aquel acto de espléndida generosidad, y de imitarla. ¿Cómo no perdonar él, a su vez, a cualquier deudor que pudiera tener, cuando acababa de ver perdonada una deuda de tan fabulosa cuantía?

3. Encuentro con el compañero que le adeuda. — Al salir del palacio, cuando pudiéramos suponerle enternecido con el recuerdo del favor que acababa de dispensársele, se encuentra con un compañero que le debía una insignificancia. Era el momento de mostrarse digno del perdón generoso que en aquel instante se le había otorgado. A él se le había perdonado una suma inmensa; ¿qué significaba a su lado la niñería que aquel compañero le debía a él? Debió haberle abrazado. Debió haberle referido el hecho generoso de su Señor, y perdonarle en el acto la insignificante deuda. Pero no. Se lanzó, sí, al cuello de su infeliz compañero, lleno de furia, y estuvo a punto de ahogarlo, mientras gritaba desaforadamente: "Págame lo que me debes, hasta la última moneda, o pereces a mis manos." ¡Qué triste espectáculo!

4. Generosidad de Dios e ingratitud humana. — La narración evangélica nos revela gráficamente la inmensidad de la bondad de Dios y la enormidad de la ingratitud humana. Porque también a nosotros nos ha confiado el Señor un capital inmenso de bondades y de gracias, al que hemos correspondido con un proceder semejante al del administrador infiel.

Nuestra deuda es inmensa si miramos la infinita grandeza y munificencia de que Dios nos da tan palmarias muestras, y nuestra pequeñez e ingratitud para con El. Nuestro Señor es sabiduría infinita, amor eterno y bondad ilimitada; la dádiva que nos confió es el tesoro inexhausto de sus dones de naturaleza y de gracia: energías, talento, capacidad, agilidad, carácter, Redención, sacramentos, ejemplos, Evangelio, Iglesia... ¡Cuánto ha hecho el Omnipotente con el fin de enriquecer nuestras almas!

Cada día nos habla en la intimidad de la conciencia por la voz de las inspiraciones y por medio de los consejos y avisos de sus representantes. A cada paso nos ofrece promesas de perdón, de absolución y de misericordia.

Todo esto debiera crear en nuestras almas sentimientos de bondad y de compasión hacia nuestros deudores, semejantes a aquellos que resplandecen en la conducta de nuestro Señor para con nosotros. Y sin embargo, ¿qué es lo que acontece?

5. Ruindad del corazón humano. — Nosotros, que hemos sido tantas veces perdonados por Dios, somos miserables criaturas, tan poca cosa como nuestros deudores y tal vez peores que éstos. La distancia que media entre nosotros y Dios es infinita, y la que nos separa de nuestros deudores, insignificante. La suma que adeudamos a Dios es inmensa; la de los demás para con nosotros, insignificante, tal vez imaginaria. Sólo el recuerdo de estas diferencias nos habla de nuestra ruindad y de nuestra insensatez, puesto que somos tan exigentes para con nuestros prójimos, al mismo tiempo que experimentamos tanta indulgencia por parte de Dios. Nuestro corazón se parece bien poco al de nuestro Padre celestial. El nos perdona millares de veces, mientras nosotros somos incapaces de perdonar una sola vez a nuestros enemigos.

6. El castigo. — Por si estas consideraciones no hicieran demasiada mella en los corazones egoístas, la narración evangélica nos pone delante de los ojos el terrible castigo impuesto al administrador infiel y sin entrañas. "Fue entregado a los verdugos, hasta tanto que pagara todo lo que debía." Entregarlo a los verdugos valía tanto, como expulsarlo de su reino y encerrarlo en la cárcel, en medio de las tinieblas, donde imperan el llanto y el crujir de dientes.

Esta cláusula "hasta tanto que pagara todo lo que debía", es la más tremenda explicación de la eternidad malaventurada, reservada a los deudores insolventes de la justicia divina. De nada sirve argumentar sobre esta terrible amenaza, negando su realidad. La razón no halla el menor absurdo en ella. Si en el momento de la rendición de cuentas el hombre es hallado falto, y no puede presentar, como compensación de sus propias deudas, la penitencia por sus propios pecados y la compasión y misericordia hacia los propios deudores, la justicia divina se mostrará, tal como debe ser. Exigirá simplemente al hombre ruin y sin entrañas el pago completo de su deuda. Tal restitución, por la inmensidad de su cuantía, no podrá ser hecha por el culpable, máxime cuando el tiempo del arrepentimiento y del merecer ya pasó con la vida. Por eso la reparación de los derechos ofendidos de la justicia de Dios, no tendrá fin.

7. Apelemos a la bondad de Dios. — Felizmente para nosotros, la hora de la justicia no ha sonado todavía. Aun tenemos tiempo de apelar a la misericordia de Dios, que como buen Padre seguirá llamándonos hasta el fin con la suavísima voz de su misericordia.

Que la bondad sea una de nuestras grandes virtudes predilectas, a fin de que Dios se muestre con nosotros tan bondadoso, como nosotros con nuestros semejantes. Si ahora perdonamos, ahora y más tarde nos perdonará el Señor. Si hasta aquí hemos sido administradores indignos de los bienes que Dios nos ha confiado, sepamos al menos en adelante ser misericordiosos y compasivos con nuestros enemigos, y el juicio en que habremos de responder, será transformado en premio por la bondad infinita de nuestro Padre celestial.

Aprendamos a rezar de corazón la petición sugerida por Cristo: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores." En eso consiste todo. Porque Aquel que nos enseñó a rezar así, nos ha dicho: "Perdonad y seréis perdonados." "Con la misma medida que midiereis, seréis medidos." En nuestras manos está, pues, elegir la medida del juicio en que habremos de comparecer. Que la medida que elijamos sea amar, compadecer y perdonar sin medida.
(P. Juan Lehman V.D., "Salio el Sembrador… ", Tomo IV, Ed Guadalupe, Buenos Aires, 1947, Pag 489 y ss.).

 

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Ejemplos

LA BOLSA DE PATATAS
Una de mis profesoras nos hizo llevar una bolsa de plástico transparente y una bolsa de patatas. Por cada persona que nos rehusábamos a perdonar, debíamos elegir una patata, escribir en ella el nombre y fecha y ponerla en la bolsa de plástico. Algunas de nuestras bolsas, como podrán imaginar, eran bastante pesadas.
Nos dijeron que lleváramos con nosotros a todos lados esta bolsa durante una semana, poniéndola al lado de nuestra cama de noche, en el asiento del coche cuando manejáramos, y al lado del escritorio en el trabajo.
La molestia de cargar esto con nosotros nos mostraba claramente el peso espiritual que llevábamos; teníamos que prestarle atención todo el tiempo para no olvidarla y llevarla en lugares donde resultaba embarazosa.
Naturalmente, la condición de las patatas se deterioraba empezando a dar un hediondo olor. ¡Ésta fue la gran metáfora del precio que pagamos por mantener nuestra pena y pesada negatividad!
Demasiado a menudo pensamos que el perdón es un regalo hecho hacia otra persona, y aunque eso es verdad, también es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

Virtud
G.K. Chesterton: Amar es querer lo despreciable; si no, no es virtud; perdonar quiere decir excusar lo imperdonable; de otra manera no es virtud; tener fe es creer en lo increíble; si no, no es virtud,; la esperanza equivale a esperar cuando la situación es desesperada; si no, no es virtud.

 

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