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Domingo 28 del Tiempo Ordinario A - 'Venid a la Boda' - Comentarios de Sabios y Santos I: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

Recursos adicionales para la preparación

 

A su disposición
Exégesis: Dr. Isidro Gomá y Tomás - Parábola de los convidados a una boda regia: Mt. 22, 1-14

Comentario: Hans Urs von Balthasar - La invitación del rey.

Santos Padres: San Agustín Mt 22,1-14: Nadie es pobre para llevar ese vestido nupcial

Aplicación: Elvira «Gato por liebre»

Aplicación: Benjamin Oltra Colomer - Sobrevivir no es vivir

Aplicación: P. Octavio Ortiz - Nexo entre las lecturas

Aplicación: Leonardo Castellani - Parábola del convite regio.

Aplicación: P. Juan B. Lehman - La comunión sacrílega

Ejemplos


La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Dr. Isidro Gomá y Tomás - Parábola de los convidados a una boda regia: Mt. 22, 1-14

Explicación. — Aunque ofrece esta hermosa parábola algunas semejanzas con la del gran convite. Lc. 14. 16-24, con todo, difiere ciertamente de ella, por su misma redacción, por el tiempo en que fue pronunciada, y hasta por el argumento que, siendo en la apariencia análogo, es en el fondo absolutamente distinto. En efecto, en esta parábola enseña Jesús claramente que los judíos, antes nación favorecida de Dios, no secundarán las repetidas invitaciones que se le hacen para que entre en el reino mesiánico; que maquinarán la muerte de los Apóstoles, por lo que perecerán ellos, y su ciudad será destruida por el fuego, siendo en su lugar llamados los gentiles; pero éstos, después de entrar en el reino mesiánico, deberán ser hallados por Dios sin pecado. Es una profecía que se ha realizado ya en casi todas sus partes.

Los convidados primero (1-7). — Habían los sinedristas formado el propósito de perder a Jesús tan luego hubo expuesto la parábola de los viñadores. Entrando en su intención maligna, les propone el Señor otra parábola, cuya doctrina es una explicación o desarrollo de la anterior: en ésta les había anunciado su reprobación; ahora les anuncia su suerte desgraciada. Y respondiendo Jesús a su pensamiento de venganza, les volvió a hablar en parábolas, diciendo...

Semejante es el Reino de los cielos, sucede en el reino mesiánico lo que le sucedió a un hombre rey, que celebró las bodas de su hijo: el rey es Dios Padre; el Mesías, Hijo de Dios, es el esposo (cf. Ps. 44; loh. 3, 29; Mt. 97 15); la esposa es la Iglesia (cf. 2 Cor. 11, 2; Eph. 5, 25-27); los convidados son todos los hombres llamados por Dios a los beneficios inmensos de estas bodas divinas.

Y, conforme era costumbre entre los judíos, envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, y estos no quisieron venir: estos siervos son el Bautista y los apóstoles y discípulos del Señor, que por aquellos tiempos habían llamado al reino mesiánico a los que ya de antiguo habían sido invitados a él por los profetas, esto es, el pueblo judío, que en su mayor parte fue refractario al llamamiento. El rey, Dios, apela a nuevos recursos de su bondad para que vengan los incorrectos convidados a las bodas: Envió de nuevo otros siervos, que fueron los mismos Apóstoles después de la ascensión del Señor, anunciando que estaba ya dispuesto todo lo relativo al gran banquete de las bodas del Hijo de Dios humanado con la Iglesia: inmolado el Cordero inmaculado para la redención y santificación del mundo, instituidos los sacramentos, abiertas las fuentes copiosas de la gracia, confirmándolo todo con milagros con que urgían los siervos de Dios la entrada de aquel pueblo en la Iglesia: Diciendo: Decid, a los convidados: Mirad que he preparado mi banquete, mis tesoros y los animales cebados están ya muertos, y todo está a punto: venid a las bodas.

Fue indigna la conducta de los invitados con tanta amabilidad a un convite tan regiamente preparado: Mas ellos no hicieron caso, altiva y groseramente despreciaron la invitación: Y marcharon, el uno a su granja, y el otro a su tráfico: prefirieron vivir despreocupados del reino mesiánico, entregados unos a sus placeres, y otros absorbidos por sus negocios terrenos. Hubo otros que fueron aún más malvados; se rebelaron contra los enviados del rey, que hicieron víctimas de su furor insano: Y los demás echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron: son los judíos de la primera generación cristiana, que hicieron víctimas de su odio a Esteban, a Santiago el Mayor y a Santiago el Menor, y movieron contra todos terribles persecuciones, como es de ver en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo.

Contra el crimen de los invitados fulminó Dios sanción terrible, efecto de su justa ira: Y el rey, cuando lo oyó, se irritó: y enviando sus tropas, acabó con aquellos homicidas y abrasó la ciudad de ellos. Es la predicción de la ruina de aquel pueblo y del incendio de Jerusalén por el ejército de Tito y Vespasiano, llamado ejército de Dios, aunque fuese reclutado entre los gentiles romanos, porque fue el instrumento de su justicia (cf. Is. 3, 13; Ez. 29. 18): cuéntase que el misino Tito atribuyó aquel hecho a la divinidad.

Vocación de los gentiles (8-14). — Aunque esta vocación fue simultánea con la de los judíos, se prescinde del tiempo, como ocurre a veces en las visiones proféticas, para el mejor ordenamiento de la parábola. No quiere el rey que por la descortesía y maldad de los primeros invitados, los judíos, se frustren sus planes y sea frustrada su generosidad: Entonces dijo a sus siervos, los predicadores posteriores y los mismos que sufren repulsa: Las bodas ciertamente están preparadas, mas los que habían sido convidados, no fueron dignos: es la definitiva exclusión de los judíos. Lo que posteriormente hará el Apóstol (Act. 13, 46), lo preludia ya Jesús: dejará a los judíos y llamará a los gentiles: Id, pues, a las salidas de los caminos, a las encrucijadas, a los lugares de las ciudades adonde confluyen las rutas de todo horizonte, y donde se juntan las multitudes, y a cuantos encontrareis, convidadlos a las bodas, a todos, sin distinción alguna.

Y habiendo salido sus siervos a los caminos, predicando los Apóstoles en todas las encrucijadas del mundo, reunieron cuantos hallaron, a todos, sin preocuparse de sus cualidades morales, malos y buenos, a saber: aquellos que vivían en el gentilismo vida honrada, siguiendo los dictados de la ley natural, y los que vivían abandonados a sus pasiones. El resultado fue magnífico; y la sala de las bodas se llenó de comensales, aun no pudiendo contarse con los judíos: es la eficacia de la palabra de Dios.

Pero no basta entrar en la Iglesia. Si Dios llama a todos los hombres a las bodas de su Hijo, ello es a condición de que los invitados trabajen en lograr su santidad personal: Y entró el rey para ver a los comensales, y vio allí a un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda: es tan diligente el anfitrión real, Dios, que entre tanta multitud no se le escapa un solo hombre que no ha hecho a sus bodas el honor debido, presentándose a ellas con el vestido ordinario. Y le dijo, sin aspereza, antes dejando al juicio del mismo réprobo su propia condenación: Amigo, buen hombre, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? El vestido de boda es la santidad cristiana, la vida ajustada a la ley de Jesús; nadie puede entrar en la Iglesia que no deje las malas obras de su pasada vida. El hombre, que bien sabía a qué le obligaba la asistencia al convite, calla, en lo que se reconoce culpable: Mas él enmudeció.

Entonces, convicto el reo, el rey dijo a sus ministros, a los ejecutores de su justicia: Atado de pies y manos, arrojadlo a las tinieblas exteriores. De pies y manos es atado forzosamente, sin que pueda huir de la justicia divina, el que voluntariamente se ligó al pecado. Las tinieblas exteriores se llaman así por oposición a la sala del festín, espléndidamente iluminada; las tinieblas representan la pena de daño, la exclusión del reino de la luz eterna; y la de sentido, las palabras siguientes: Allí será, el llorar y el crujir de dientes: sin alivio, sin esperanza, en medio de tormentos y dolor eterno.

Termina Jesús su parábola con estas palabras: Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos. Formulada esta parábola principalmente para indicar la reprobación del pueblo de Dios, debe entenderse la frase en el sentido de que, siendo llamados todos los judíos, sólo algunos respondieron a la invitación. Puede asimismo aplicarse a los gentiles, de los que sólo el menor número han entrado en la santa Iglesia. Y aun puede aplicarse el texto a los pocos que de la misma Iglesia se salvan, habida cuenta del inmenso número de creyentes.

Lecciones morales. — A) v. 2. — Semejante... a un hombre rey, que celebró las bodas de su hijo. — Estas bodas, regias de verdad, porque son bodas divinas, son las que contrajo el Verbo de Dios humanado con la santa Iglesia. ¡Qué dignidad la de los desposados! El Esposo es el mismo Hijo de Dios hecho hombre; una persona divina con dos naturalezas, la divina y la humana; Persona que es la santidad esencial como Dios, y que es la máxima santidad a que puede llegar una criatura en cuanto es Hombre-Dios. La Esposa no tiene mancha ni arruga; el mismo Jesús la adquirió con su sangre, de precio infinito. Tálamo de estos divinos desposorios es el seno inmaculado de María, la Madre de Jesús y la Madre de adopción de la misma Iglesia. Y el Padre, que hizo estas bodas, llama, hace ya siglos, a todos los hombres, y les dice: ¡Venid a las bodas! Es condición indispensable para vuestra felicidad ser partícipes de ellas; ellas son, no el símbolo, sino el camino único y verdadero para llegar a las bodas definitivas y eternas del cielo. ¡Qué sabiduría, y qué generosidad, y qué magnanimidad la de Dios al prepararnos estas bodas inefables!

B) v. 3. — No quisieron venir. — En su sentido directo, la frase se refiere a los judíos, que rechazaron la predicación de Jesús. Pero, ¿por qué no podemos quejarnos amargamente de que son los mismos cristianos, que ya aceptaron la invitación y entraron en el regio festín de la Iglesia, los que no quieren venir, no quieren estar en el festín, están en él indiferentes, no gustan los divinos manjares que en la Iglesia se les ofrecen, viven como pudiera vivir uno que no perteneciera al gremio de la santa Esposa del Hijo de Dios? ¿Qué les importan a muchos las voces de invitación de los ministros del Esposo, los sacramentos, la gracia, la ley cristiana, las Escrituras, el culto, todo aquello, en fin, que la espléndida generosidad de Dios preparó en la Iglesia de las almas?

c) v. 4. — Mirad que he preparado mi banquete... —Este banquete, dicen los Padres, es el opulentísimo banquete de la verdad divina que Dios nos ha revelado: banquete de robustos, porque en él se suministra al humano pensamiento cuanto hay en el mundo de más alto y fuerte en el orden del conocimiento. Banquete regaladísimo, donde los fuertes manjares de la inteligencia se aderezan en las formas más agradables y más fáciles de asimilar por toda criatura racional. ''Toros y aves: todo está preparado." ¡Y los hombres no vienen a: este banquete divino! Y con todo, sólo la palabra de Dios, en la que van envueltos estos manjares, es la que puede salvar nuestras almas (Iac. 1, 21). Es decir, que nadie puede sentarse en el banquete de la dicha eterna, donde se dará Dios a sí mismo en pasto a nuestras almas, que quedarán saciadas, si antes no se sienta en este banquete de la verdad, que es como preludio y degustación intelectual del banquete eterno de la gloria.

D) v. 9. — Id, pues, a las salidas de los caminos... —Los caminos, dice el Crisóstomo, son todas las profesiones de este mundo, como la filosofía, la milicia, etc.; y en este sentido, la invitación se refiere a la universalidad de estados o maneras de vivir. O bien se entiende por caminos las distintas maneras de vivir de los hombres, buenas o malas, como se dice que andamos por buenos o malos caminos; y así la invitación se refiere al orden moral en que cada uno vive. Que nadie desespere, pues. Ni hay condición ajena a la vida cristiana, porque ante Dios no hay acepción de estados ni personas (Act. 10, 34; Gal. 3, 28); ni vida tan infeliz que no sienta el llamamiento de Dios, que ha querido que a muchos precedieran los publícanos y meretrices en el Reino de los cielos (Mt. 21, 31).

E) v. 11. — Y entró el rey para ver a los comensales... — No que Dios deje de estar en alguna parte, dice el Crisóstomo, sino porque se dice presente donde quiere mirar para: juicio, y parece ausente de donde no quiere hacerlo. Y el día del escrutinio judicial es el día del juicio, cuando visitará a los cristianos que se sentaron a la mesa de sus Escrituras.

F) v. 12. — ¿Cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? — ¿Qué debemos entender por el vestido nupcial sino la divina caridad?, dice San Gregorio; porque ella fue la que vistió el Señor cuando vino para desposarse con su Iglesia. Entra en las bodas, pero sin vestido nupcial, el que tiene fe, pero carece de la caridad. O entra en la Iglesia sin el vestido nupcial el que no busca la gloria del Esposo, sino la suya propia, dice San Agustín. O el vestido nupcial son los preceptos del Señor y las obras realizadas según la ley y el Evangelio y que constituyen la vestidura del hombre nuevo, dice San Jerónimo.
(DR. ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS, “El Evangelio Explicado” Vol. IV, Ed Casulleras 1949, Barcelona, Pág. 45 y ss)


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Comentario: Hans Urs von Balthasar - La invitación del rey.

1. El rey del evangelio es Dios Padre, que prepara un banquete para celebrar la boda de su Hijo. Esta comida es descrita en la primera lectura como un festín del tiempo mesiánico, porque a él están convidados no solamente Israel sino todos los pueblos. El velo del duelo que cubría a los paganos ha sido arrancado, han desaparecido todos los motivos de tristeza, incluso la muerte. Sobre la imagen veterotestamentaria no planea sombra alguna. La imagen neo-testamentaria, por el contrario, está cubierta con múltiples sombras.

Preguntémonos primero qué tipo de comida prepara Dios Padre para su Hijo: un banquete de bodas; el Apocalipsis lo llama las bodas del Cordero (Ap 19,7; 21,9ss). El Cordero es el Hijo que, por su entrega perfecta, consuma no solamente como Esposo sino también en la Eucaristía su unión nupcial con la Iglesia-Esposa. El Padre es el anfitrión en la celebración eucarística: «Tengo preparado el banquete», y encarga a sus criados que digan a los invitados: «Venid a la boda». En la plegaria eucarística, la Iglesia da las gracias al Padre por su don supremo y más precioso: el Hijo como pan y vino. Y el agradecimiento viene de la Iglesia, que precisamente mediante este banquete se convierte en Esposa. El Padre da lo más precioso, lo mejor que tiene, no tiene nada más; por eso el que menosprecia este don preciosísimo no puede ya esperar nada más: se juzga a sí mismo y se condena.

2. Formas de rechazar la invitación son el desprecio de la invitación a la boda y la participación indigna en ella. Mateo une estas dos formas de ser indigno del don supremo del Padre. La primera es la indiferencia: los invitados no se preocupan de la gracia que se les ofrece, tienen cosas más importantes que hacer, sus tareas terrestres son más urgentes. Pero Dios, que ha pactado una alianza de gracia con el hombre, no puede permitir semejante desprecio de su invitación. Al igual que Jeremías tuvo que anunciar en la Antigua Alianza el fin de Jerusalén, así también el evangelista predice aquí el fin definitivo de la ciudad santa: los romanos «prendieron fuego» a la ciudad. La segunda forma de indignidad es, contrariamente a la indiferencia de los invitados, la indiferencia totalmente distinta del hombre que entra en la fiesta, en la celebración eucarística, como si entrara en un bar. ¿Para qué molestarse en llevar traje de fiesta?: el rey debería estar contento de que yo venga, de que todavía participe, de que me tome la molestia de salir de mi banco para meterme en la boca el trocito de pan. A éste ciertamente se le pedirán cuentas: ¿No te das cuenta de que estás participando en la fiesta suprema del rey del mundo y comiendo el más exquisito de los manjares, un manjar que sólo Dios puede ofrecer? «El otro no abrió la boca». Quizá sólo después de su expulsión del banquete se dé cuenta de lo que ha despreciado con su grosería.

3. Comprender el espíritu de la invitación.
Dios nos da dones inmensos. Pero nos los da en el fondo para que aprendamos de él a dar sin ser tacaños y calculadores. Pablo se alegra en la segunda lectura de que su comunidad lo haya comprendido. Se regocija no tanto por los dones que él ha recibido de ella cuanto porque la comunidad ha aprendido a dar. En este nuestro dar de todo aquello que nos ha sido regalado por el rey, se cumple plenamente el sentido de la Eucaristía. Ciertamente jamás podremos agradecer lo bastante a Dios los dones con que nos colma, pero la mejor forma de agradecérselo, la que a él más le gusta y alegra, es que aprendamos algo de su espíritu de entrega: que lo comprendamos y que lo pongamos en práctica.
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 110 s.)


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Santos Padres: San Agustín Mt 22,1-14: Nadie es pobre para llevar ese vestido nupcial

¿Qué cosa es el vestido nupcial? Investiguémoslo en la Sagrada Escritura. ¿Qué es el vestido nupcial? Sin duda alguna, se trata de algo que no tienen en común los buenos y los malos. Hallando esto, habremos hallado el vestido nupcial. Entre los dones de Dios, ¿cuál es el que no tienen en común los buenos y los malos? El ser hombres y no bestias es un don de Dios, pero lo poseen tanto buenos como malos. El que nos llegue la luz del cielo, el que las nubes descarguen la lluvia, las fuentes manen, los campos den fruto, es don de Dios, pero común a buenos y malos.

Entremos a la boda; dejemos de lado a quienes no vinieron a pesar de haber sido llamados. Centrémonos en los comensales, es decir, en los cristianos. Don de Dios es el bautismo; lo tienen buenos y malos. El sacramento del altar lo reciben tanto buenos como malos. Profetizó el inicuo Saúl, enemigo de aquel varón santo y justísimo; profetizó mientras lo perseguían (1 Re 19). ¿Acaso se afirma que sólo los buenos creen? También los demonios creen, pero tiemblan (Sant 2,19). ¿Qué he de hacer? He tocado todo y aún no he llegado al vestido nupcial. He abierto mi bolso, he revisado todo o casi todo y todavía no he llegado a aquel vestido. En cierto lugar el apóstol Pablo me presentó un gran bolso repleto de cosas extraordinarias; las expuso en mi presencia y yo le dije: «Muéstramelo, si es que has hallado el vestido nupcial». Comenzó a sacar esas cosas una a una, y a decir: Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si tuviera toda la ciencia y toda la profecía y toda la fe, hasta trasladar los montes, si distribuyere todos mis bienes a los pobres. Preciosos vestidos; sin embargo, aún no ha aparecido el vestido nupcial. Preséntanoslo ya de una vez. ¿Por qué nos tienes en vilo, ¡oh Apóstol!? Quizá es la profecía el don de Dios que no tienen en común los buenos y los malos. Si no tengo caridad -dijo- de nada me sirve (1 Cor 13,1-3).

He aquí el vestido nupcial; vestios con él, ¡oh comensales!, para estar sentados con tranquilidad. No digáis: «Somos pobres para llevar ese vestido». Vestid y seréis vestidos. Es invierno, vestid a los desnudos. Cristo está desnudo y a quienes no tienen el vestido nupcial él se lo dará. Corred a él, pedídselo. Sabe santificar a sus fieles, sabe vestir a los desnudos. Para que teniendo el vestido nupcial, no quepa el miedo a las tinieblas exteriores, a ser atado de miembros, manos y pies, nunca os falten las obras. Si faltan, cuando tenga atadas las manos, ¿qué ha de hacer? ¿Adónde ha de huir con los pies atados? Tened ese vestido nupcial, ponéoslo y sentaos tranquilos, cuando él venga a inspeccionar. Llegará el día del juicio. Ahora se concede un largo plazo; quien se hallaba desnudo, vístase de una vez.
(San Agustín, Sermón 95,7)



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Aplicación: Elvira «Gato  por liebre»

El evangelio de hoy nos produce, cuando menos, asombro. «¿Cómo es posible --nos preguntamos-- que este hombre que envía las invitaciones para la boda de su hijo se sienta, así, tan abrumadoramente desairado?» Nadie quiso ir al banquete, nadie. Vivimos en una época en la que, por el mínimo motivo, se multiplican los banquetes: bodas, bautizos, primeras comuniones... Y es tal el atractivo de estas expansiones que, el que más y el que menos, dejan cualquier otro compromiso para no perderse el festejo. Pues, ya véis. El Señor habla de unos hombre «invitados» que menospreciaron «lo que era más» por preferir «lo que era menos», es decir, esas otras cosas que parece que «podían esperar».

Y ésa es la intención de la parábola de hoy: poner de relieve nuestras desconcertadas «preferencias». Suele decirse que «sobre gustos, no hay nada escrito». Pero está claro que el saber discernir en las diferentes opciones de la vida, tener bien organizada una sabia jerarquía de valores, de más necesarios a menos, distinguir lo «auténtico» de lo «efímero», no pertenece al terreno de los «gustos», sino a la más elemental y necesaria sabiduría del hombre.

Eso es lo que planteó Ignacio de Loyola a Francisco de Javier: «¿Qué te importa ganar todo el mundo si...?» Es decir, ¿cómo puedes rechazar «el gran banquete» por otras aventuras más o menos subordinadas? Francisco Javier se convenció de que «no es oro todo lo que reluce». Y, a continuación, puso en juego dos cualidades que deberíamos imitar: la listeza y la decisión.

Porque es ahí donde nos atolondramos tanto los hombres de hoy. Una serie de «antivalores» están atrayendo a muchas gentes, con preterición alarmante de los «valores» fundamentales y eternos. El consumismo, la droga, la diversión, el placer físico, incluso la violencia, se han impuesto de tal manera en nuestro vivir moderno que, por seguir sus dictados, hemos vuelto la espalda al sueño de Dios, que quiso que fuéramos su imagen: «Creó Dios al hombre y a la mujer: a imagen de Dios los creó».

Ya sé que cada caso es cada caso. Y no se pueden hacer análisis globales. Y sólo Dios verá desde su omnipresencia los vericuetos, ramificaciones y revueltas que han llevado a este hombre determinado a su «opción» decidida por la droga, la violencia, el hedonismo o el atractivo consumista, olvidando otras llamadas superiores.

Por eso justamente hay que subrayar ese toque de atención de la parábola de hoy. Es como si Jesús nos dijera: «¡Ojo con los espejismos! ¡Ojo con las engañosas visiones del desierto! ¡Ojo, sobre todo, con aquel que quiera ofreceros «gato por liebre»!

Y para que nadie piense, por otra parte, que esa invitación al banquete del Reino está destinada a una especie de «jet-set» de cristianos, la segunda parte de la parábola pinta bien claramente esa llamada impresionante que hizo a continuación aquel señor: «Salid por las calles y plazas; y, a cuantos encontréis, hacedles entrar». Dándonos a entender que la llamada de lo alto es para todos.

Pero eso sí, todos han de presentarse «con el vestido nupcial», con la «marca de origen», con nuestro carné de identidad, que no es otro que nuestra «estima y aprecio de la divina gracia». Lo contrario lleva a las «tinieblas exteriores».
(ELVIRA-1.Págs. 86 s.)


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Aplicación: Benjamin Oltra Colomer - Sobrevivir no es vivir

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo: «El Reino de los cielos se parece a un rey que celebró la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda ". Los criados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos El rey montó en cólera, envió tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad».

El hombre es un ser contradictorio: tiene hambre de infinito pero la búsqueda de lo inmediato, de lo inminente, le absorbe hasta el punto de paralizar y ahogar en él su verdadera dimensión. Lo urgente le imposibilita lo importante; el ahora, el ya y el aquí le impiden ver en profundidad. Se enzarza en sus mil y un asuntos, lucha por sobrevivir y se olvida de vivir. . .

Hay un momento para cada cosa y lo que no se vive en su momento no consiente reediciones intempestivas, pasa. Sólo hay un momento para cada cosa. A veces lo urgente será saber esperar.

"Uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios. . .»

Las personas que se encierran en sus propios intereses, en su propia felicidad, acaban perdiéndola porque la causa de la felicidad es el amor y amar es participar, (tomar parte). Tratar de ser feliz sin amar es un imposible, como es imposible tratar de ser feliz sin participar de la vida con otras personas.

La vida es un misterio, es sublime, nos desborda; en ella participamos, tomamos parte, como invitados. La vida es pura gratuidad, la recibimos como regalo inmerecido y lo que ella espera de nosotros es un estilo o una actitud de agradecimiento. No se nos dio para que la explotáramos ni la tiráramos, sino para que creáramos armonía. La armonía de la vida, vivir acordes, es vivir en concierto con la creación y con el Creador, que es lo que produce la felicidad/salvación. Rebelarse y creer que uno solo puede y puede a solas es fuente de desdichas. Sólo uno puede, pero no puede solo; necesita de los demás: buenos y malos, sin discriminación alguna. Todos nos necesitamos porque todos somos llamados al mismo banquete que es la vida y todos, por igual, somos importantes.

«Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda". Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos"».

La salvación/felicidad que Dios ofrece es universal. («Para todos los pueblos» Is 25, 6). No importa tu ayer ni tu hoy, ni tu mañana, no importa nada. Importas tú, («En pobreza o en abundancia» Flp 4, 12). Dios te quiere a ti en particular, tal y como eres. Sólo tienes que colaborar con la Gracia, participar de la vida que es asistir plenamente al banquete de Dios.

Convertirte, cambiarte de traje para vestirte de fiesta: Dejar de ser como eres para ser como Dios manda.

Fiarte del Creador y dejar en sus manos tu vida, (la vida), aceptando lo que nos ocurra como lo mejor para ese momento. Procurando una lectura positiva de los acontecimientos.

«Muchos son los llamados y pocos los escogidos».

El precio de la Gracia es la conversión. Pero en religión Dios no se impone, se propone. En religión el hombre es el que dispone, porque Dios nos creó libres y acepta el juego de la libertad.

Pero recuerda que un excesivo interés por tus asuntos, por tus negocios, lo pagas siempre con el desinterés por ti mismo. Y eso es el peor negocio, es un desequilibrio personal. Fijaos y veréis cómo los muy interesados en sus asuntos acaban siendo poco interesantes para los demás, se descapitalizan, al final no hay quien pague nada por ellos. No valen la pena. Lo único que consiguen, la única ventaja que alcanzan, es no hacer cola cuando visitan al director de su banco, pues tienen lo que el director busca.

Para acabar: Amar es preferir y eso se traduce por dedicar tiempo. Quien ama y prefiere más a sus asuntos e intereses que a sí mismo se equivoca, pues quien dedica más tiempo a sus sueños, asuntos e intereses que a su propia realidad la destroza. Hay que divorciarse de los sueños para casarse con la realidad, la vida.

El peor pecado, la más grave equivocación en la búsqueda de la felicidad/salvación es no esperar nada de nadie, creer que sólo tú puedes y que tienes tiempo para todo, (campos, negocios. . .); pero al final no lo tienes para lo que es verdaderamente fundamental: para ti mismo.
(BENJAMIN OLTRA COLOMER, SER COMO DIOS MANDA, Una lectura pragmática de San Mateo,EDICEP. VALENCIA-1995. Págs. 117-120)


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Aplicación: P. Octavio Ortiz - Nexo entre las lecturas

La lectura del profeta Isaías es sumamente consoladora. Nos muestra la intención salvífica de Dios que prepara para los tiempos mesiánicos un festín suculento en el monte Horeb. Dios se dispone a enjugar las lágrimas de todos los rostros y se prepara para alejar todo oprobio y sufrimiento. La promesa de la salvación se verá cabalmente cumplida (1L). Por su parte, el evangelio también nos habla de un banquete, pero los tonos y circunstancias son distintos. Se trata de la parábola de los invitados descorteses, aquellos que no escucharon la invitación para participar en el banquete nupcial (Ev). En el texto del profeta Isaías se subrayaba, de modo especial, el don que Dios prepara para los tiempos mesiánicos invitando a todos los pueblos de la tierra. En la parábola evangélica, en cambio, se pone de relieve la libertad y la responsabilidad de los invitados al banquete. La boda estaba preparada, pero los invitados no se la merecían. De manera indigna habían echado mano a los criados y los habían cubierto de golpes hasta matarlos. ¡Qué extraño proceder de uno que ha sido invitado a un banquete! ¡Qué trágico y dramático el fin de aquellos invitados descorteses: las tropas del rey prenden fuego a la ciudad y acaban con los asesinos! Se trata, pues, de una parábola en relación con la que leímos el domingo precedente (Viñadores homicidas), e indica que aquellos elegidos para participar en el banquete se han comportado de modo indigno, no han reconocido su condición de invitados o de labradores predilectos. Han querido hacerse con la posesiones del rey, han querido suplantarlo desairarlo, y se han perdido, se han hecho asesinos.

Dios invita al hombre, en Jesucristo, al banquete eterno, le ofrece la salvación. Por parte de Dios todo está hecho; pero es el hombre quien libre y generosamente debe acudir al banquete. Como san Pablo, hay que hacer la experiencia de Cristo y de su amor para afrontar cualquier dificultad de la vida: Todo lo puedo en aquel que me conforta (2L).

Mensaje doctrinal
1. En los tiempos mesiánicos Dios enjugara las lágrimas de todos los rostros. Dice un himno de la liturgia de las horas: Señor, no sólo me diste los ojos para llorar, sino también para contemplar. En verdad, en algunos momentos de la vida, el hombre puede creer que su existencia no es sino un llanto y sufrimiento ininterrumpido. ¡Son tantos los sufrimientos de los hombres! Sufrimientos de pueblos enteros sumidos en la pobreza, en la miseria, azotados por la enfermedad del Aids o malaria; sufrimientos de miles de jóvenes aherrojados por las tenazas de la droga, del sexo, de la pérdida de sentido; sufrimientos de tantos enfermos incurables, en estado terminal, o en estado crítico; sufrimientos de familias desunidas. El Señor no es ajeno a todos estos sufrimientos. Él recoge nuestras lágrimas entre sus manos, como bien expresa el salmo 56:

De mi vida errante llevas tú la cuenta,
¡recoge mis lágrimas en tu odre! Sal 56,9

El Señor "ve nuestras lágrimas" (Cfr. 2 Re 20,5), "escucha nuestras lágrimas" (Sal 39, 13). El Señor se conmueve ante las lágrimas de los hombres. "Míralo en la palma de mis manos te tengo tatuada y tus muros están ante mí perpetuamente" (Is 49,16). El Señor nos cuida como un padre cuida a sus hijos: Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. 4 Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (Os 11,3-4)

El Señor prepara, pues, un banquete para el fin de los tiempos. En su Hijo, Él nos ha expresado todo su beneplácito; en Él nos ha hecho ver cuán valiosa es a los ojos de Dios la vida del hombre, pues ha enviado a su Hijo en sacrificio: para rescatar al esclavo, entregó al Hijo. Él se cuida de nosotros y ninguno de nuestros caminos le son desconocidos. Él va a buscarnos allá donde el pecado nos tenía despeñados. Sí, el Señor no sólo enjugará al final de los tiempos toda lágrima de quien a Él se acoge, sino que ya, desde ahora, es el consuelo y alegría del corazón contrito y humillado. Abramos a Él nuestro corazón, porque Él se cuida de nosotros.

En la profecía de Isaías, por primera vez, se postula el tema de la inmortalidad: El Señor de los ejércitos aniquilará la muerte para siempre.

2. Dios nos da las fuerzas para superar las adversidades. En la segunda lectura, Pablo se dirige a los Filipenses haciéndoles ver que él está acostumbrado a todo. Sabe vivir en pobreza y en abundancia. Conoce la hartura y la privación y se ha ejercitado en la paciencia de frente a las grandes dificultades de su ministerio. Todo lo puede en aquel que lo conforta. El cristiano, como Pablo, también es consciente de que en Cristo encuentra la fortaleza necesario para perseverar en el bien y cumplir su misión. Sabe que nunca está sólo en los avatares de la vida. Sabe que él va reproduciendo con su vida, con su sufrimiento y con su amor, el misterio de Cristo. Por ello, podemos decir que:

- El amor a Cristo nos da la constancia en el cumplimiento de nuestros deberes. Nuestro deber de estado constituye nuestra primera obligación. Por medio de esta fidelidad a las tareas diarias vamos construyendo el Reino de Cristo en el mundo. ¡Cuántos son los santos, religiosos o laicos, que llegaron a la santidad precisamente a través del cumplimiento ordinario de sus deberes.

- El amor a Cristo nos da la paciencia para tolerar las adversidades. No son pocas ni pequeñas las adversidades que debe afrontar un hombre, un cristiano, una persona amante de la justicia y la verdad. Adversidades de todo tipo, a veces, interiores, íntimas profundas; a veces, exteriores, ataques de los enemigos, incomprensión de los amigos, enfermedades, muerte, desuniones.... Sólo el amor de Cristo y el amor a Cristo son capaces de dar una respuesta convincente al misterio del mal.

- El amor a Cristo nos da el valor para vencer nuestros temores y desconfianzas. El Papa no cesa de repetir, ahora en su ancianidad, que no debemos temer; que debemos luchar por el bien, que debemos "remar mar adentro", que debemos ser los "centinelas de la mañana" que anuncian que la noche está pasando y que llega la esperanza de un nuevo día. En Cristo encontraremos la fuerza para superar nuestros miedos.

- El amor a Cristo nos da la fuerza para cumplir nuestra misión en la vida. Cada persona tiene su propia misión en esta vida. No siempre se sienten las fuerzas necesarias para llevarla adelante. Uno puede sentirse frágil o agotado o desalentado ante la magnitud de la misión. Pues bien, es Cristo quien fortalece al que está por caer. Son hermosas las palabras que el Papa pronunció el pontificado: "A Cristo Redentor he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día 16 de octubre del año pasado, cuando después de la elección canónica, me fue hecha la pregunta: «¿Aceptas?». Respondí entonces: «En obediencia de fe a Cristo, mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades, acepto». Juan Pablo II Redemptor hominis 2.


Sugerencias pastorales
1. La experiencia del amor de Dios. El 13 de mayo de 1981 el Santo Padre sufrió un atentado de manos de Alí Agca. Su vida estuvo en grave peligro. Aquel hecho, que ha ocasionado al santo Padre un largo y penoso sufrimiento que todavía no conoce fin, es, a los ojos del Pontífice, una gracia muy especial de Dios. A través de esta experiencia, ha llegado a una mejor comprensión del misterio del dolor y de la necesidad de ofrecer su sangre por Cristo y por su Iglesia. Sólo unos días después del atentado, estando su salud todavía bastante comprometida, el Papa grabó en la habitación del hospital Gemelli unas palabras para que fueran transmitidas en el Angelus. En ellas decía que ofrecía sus sufrimientos por el bien de la Iglesia y del mundo. Encuentran aquí un especial sentido el verso del cardenal Wojtyla tomado de su poesía Stanislaw: "Si la palabra no ha convertido, será la sangre la que convierta".

¡Maravillosa enseñanza la que nos ofrece el Santo Padre! Aprendamos como él a hacer experiencia de Dios y de su amor en las diversas circunstancias de la vida. Así, el dolor y las penas se convertirán en fuente de gracia, de purificación y transformación en Cristo. "Todo lo podemos en aquel que nos conforta"

2. La respuesta a la invitación de Dios y a las inspiraciones del Espíritu Santo. La parábola de los invitados al banquete nos alerta sobre la necesidad de responder a las invitaciones de Dios. El Señor llama a nuestra puerta a través de las mociones interiores y de las inspiraciones del Espíritu Santo. Seamos personas de vida interior, capaces de escuchar la voz suave del Espíritu Santo. Personas generosas que no dejan pasar las oportunidades para expresar a Dios su amor. Esto lo podemos hacer en nuestra vida cotidiana, en el esfuerzo de cada día, en las relaciones familiares o profesionales.
(P. Octavio Ortiz)


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Aplicación: Leonardo Castellani - Parábola del convite regio

Otra vez tenemos aquí la Parábola del Convite Regio, de que hablé no hace mucho; en la forma cruda y amenazante con que está en San Mateo; y situada al final de la prédica de Cristo, antes del Sermón Parusíaco. Esta situación posterior de la Parábola junto a la diferencia del auditorio, es lo que explica la diferencia en la forma de la Parábola (el fondo es el mismo) en Mateo y en Lucas. El fondo es un rechazo de Dios.

La Parábola en Mateo tiene dos partes, una sobre el rechazo nacional del pueblo judío, otra sobre el rechazo singular de un individuo. Los motivos son diferentes: en el rechazo del pueblo judío, el rechazo es motivado porque ellos no oyeron a los Profetas; más aún, los mataron; en el rechazo de un individuo, es que no tiene la vestidura nupcial y está en la sala del Convite; o sea, hablando hoy, está dentro de la Iglesia pero no tiene la gracia santificante, "no está en gracia", como decimos. Es decir, que de los que se pierden, algunos rechazan la fe, no creen; y otros no rechazan la fe pero no viven conforme a la fe. O sea, como decían antes, ateísmo teórico y ateísmo práctico.

Los antiguos predicadores tomaban aquí el segundo caso del hombre particular que por no tener o no haber conservado la gracia es arrojado a las "tinieblas de afuera", o sea al Infierno: procuraban pues suscitar en los oyentes el temor de Dios. ¿Por qué? Porque hablaban a oyentes que tenían la fe, pero vivían mal, simplemente. Hoy día existe ese caso por supuesto; pero ha surgido un problema más grave, la fe. Estamos tentados en la fe, dudamos o luchamos. Una inmensa cantidad de hombres hoy día dice en puridad: "Ese Dios que Ustedes predican no nos interesa: no nos ayuda en nada" —o repiten crudamente la frase de Nietzsche: "Dios ha muerto", o ni siquiera nombran o recuerdan a Dios.

Yo no les predicaré aquí el temor de Dios tratando de atemorizarlos con los posibles castigos de la vida futura, como Bourdaloue, Ségneri, Luis de Granada y tantos otros predicadores antiguos. Hoy día lo que necesitamos no es tanto angustia, aunque sea angustia religiosa, sino más bien consuelo y sobre todo coraje. Tomo pues la primera parte, el destino del pueblo judío, profetizado aquí con terrible precisión por Cristo; que aunque parece una cosa pasada y por ende, sin interés actual, es una cosa actual.

Este destino del pueblo judío es la tragedia más grande de la historia; Cristo mismo lo dijo, comparándolo con el Diluvio y también con la situación de los últimos tiempos, o sea con la Gran Apostasía. El Cardenal Newman y antes que él el P. Lacunza la han retratado con elocuencia.

La tragedia del pueblo hebreo es en suma la siguiente: he aquí un pueblo que durante 2.000 años giró en torno de la esperanza del Mesías; y cuando viene el Mesías, lo desconoce, rechaza y mata. Toda la razón de ser dése pueblo "elegido" está en la esperanza del Gran Rey Salvador, Rey de parte de Dios; esa esperanza religiosa creó la literatura religiosa más importante del mundo; los Salmos, los Profetas, los Libros Sapienciales que actualmente usamos nosotros en el servicio divino, en el Misal, el Breviario, los Sacramentos —en toda la Liturgia. Y con toda esa esperanza, que inspiraba toda la vida del pueblo hebreo; y con todos esos libros ("Biblia" significa libros), tenían que caer en el error horrible de matar al Mesías, una especie de suicidio, que se podría decir "confundir a Dios con el Diablo": "los milagros que tú haces los haces por virtud del Diablo". La causa dése error horrible es una corrupción horrible, una corrupción de la religión, el fariseísmo. Dije antes que los judíos vivieron de la esperanza del Mesías durante 2.000 años; durante 4.000 en realidad, porque han seguido lo mismo, esperando todavía con obstinación al Mesías que ya vino.

Esta situación debe movernos a una gran compasión; pero también a un gran respeto, pues siguen siendo el pueblo elegido aunque castigado, dice San Pablo. Que debe movernos a la judaización del Cristianismo, lo cual vemos hoy día, es otra historia. Un cristiano que se judaiza deja de ser cristiano sin llegar a ser judío: es simplemente una corrupción, que no tiene nombre adecuado en ninguna lengua. Bueno, es una singular apostasía.

—Bueno, los judíos cayeron, que se embromen. No. Lo grave y lo actual del asunto es que así como los judíos erraron respecto a la Primera Venida, los cristianos pueden errar respecto a la Segunda Venida; y está predicho que van a errar —la Gran Apostasía: "nisi venerit Discessio primum", profetiza San Pablo: primero vendrá la Apostasía, antes de la Parusía. Y por eso el peligro actual, como dije antes, no es tanto la vida inmoral, que Ustedes no llevan, sino el peligro de flaquear en la fe. Pero si está predicho que todos van a flaquear en la fe, entonces ¿qué podemos hacer? —Está predicho que muchos van a flaquear en la fe; pero no está predicho que yo tenga que flaquear en la fe; eso depende de mí.

He leído el Nº 23 de una revista teológica "CONCILIUM" que sale en 4 ó 5 idiomas, español incluso, dirigida por Rahner, un teólogo agudo no muy seguro, dedicada toda ella (200 páginas) al problema del ateísmo. Dicen que el ateísmo es un fenómeno actual, que debemos analizar el ateísmo, que la Iglesia debe convertir a los ateos, que hay que buscar un camino nuevo hacia los ateos —todo lo cual es verdad. Pero dice también que muchos ateos son inculpables, lo cual negaba la antigua teología; que gran parte de la culpa del ateísmo la tenemos los católicos romanos, lo cual es cargarnos demasiado la romana; que hay que establecer un diálogo con los ateos, por el cual diálogo algunos destos teologazos ya han sido arrollados o contaminados. Todo eso lo refieren al Concilio, pero confesando que el Concilio no lo dijo. Lo que dijo el Concilio es que hay ateos culpables; y puede haber, por excepción, ateos inculpables; y pare Ud. de contar. Pero esa cuestión de si Ateo Fulano tiene culpa o no, pertenece a Dios, que es el único que penetra en el fondo de los corazones; para nosotros es una cuestión ociosa. Lo que nosotros sabemos cierto es que el ateísmo en sí mismo es un tremendo pecado contra Dios, un pecado de impiedad, el peor que se puede cometer; y que el hecho de que cunda hoy día es un hecho del Diablo, y no un hecho de la Ciencia, o la Civilización Moderna, o nosotros los católicos. Esas pueden ser causas incidentales, pero nunca la causa principal. Si vemos que un tipo mata a otro, podemos pensar que quizá no tiene culpa ante Dios; pero el homicidio queda homicidio.

Al salir de los intrincadísimos análisis y los intrincadísimos remedios de la última palabra de la Nueva Teología que es esta revista "CONCILIUM", lo que se nota más fuerte que un dedo en un ojo es que:

1º- No recuerdan nunca la Gran Apostasía.

2º- No tienen en cuenta la Segunda Venida.

3º- Tienen como un dogma inconcuso que la Iglesia y el Mundo tienen que ir adelante, ir adelante, ir adelante siempre, lo menos durante 17 millones de años; y eso no solamente es un error en la fe sino un disparate ante la razón. No valía la pena sustituir la esperanza en la Parusía, que es un dogma de fe, por semejante macanazo.

Por supuesto que estos teólogos no lo dicen en la forma brutal en que lo he puesto: son de mucho talento y aun dicen muchas cosas buenas; incluso yo diría que todo lo que dicen es bueno pero no es bueno el enfoque general: la "connotación", como dicen los lógicos. Y así ya que me he olvidado del precepto del Cura Brochero de poner un chiste en cada sermón, recordaré el cuento del marido que al llegar a casa dice a su mujer: "Ha aumentado el precio de los tapados de visón" y ella dice: "Sí, ya sé: ya sé que no me querés más".

En este sermón he hecho lo de la mujer del cuento. La Iglesia vieja, que es la mía, dice: "Sí, ya sé: ya sé que lo que dicen Uds. es un hecho; pero Uds. no me quieren más".
(Leonardo Castellani, “Domingueras Predicas” Ed. Jauja, 1997, Pag. 263 y ss.)



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Aplicación: P. Juan B. Lehman - La comunión sacrílega

"Amigo, ¿cómo has entrado tú aquí sin vestido de boda?"
(Mat. 22, 12).
La cena nupcial del rey de que nos habla el Evangelio de hoy, representa en primer lugar la participación del reino de Dios en la tierra (la Iglesia Católica) y la posesión del reino de Dios en el cielo. Pero podemos también referirlo a la Sagrada Comunión, que es el banquete real, al que Dios nos convida diariamente, pero con una sola condición: la de no comparecer sin vestido nupcial.

En otras palabras: que comulguemos dignamente, y no sacrílegamente. Puesto que la Comunión sacrílega es:

1º La Comunión sacrílega es un terrible crimen .
— a) Sacrilegio de Baltasar. ¿Conocéis la historia del rey Baltasar de Babilonia? Con ocasión de un gran banquete, mandó buscar los vasos de oro y plata que su abuelo Nabucodonosor había robado del templo de Jerusalén, y los profanó bebiendo en ellos con sus mujeres y convidados. Entonces aparecieron unos dedos como de mano humana que escribieron en la pared, frente al rey: Mane, Técel, Fares. Asustado el rey, palideció y comenzó a temblar. Convocó a todos los sabios de su reino para interpretar las misteriosas palabras, pero ninguno supo hacerlo. Mandó entonces llamar al profeta Daniel, quien le dijo con toda franqueza: "Rey, tú te has levantado contra el dominador del cielo, y has hecho traer a tu presencia los vasos sagrados de su santo templo, y en ellos has bebido el vino tú, y los grandes de tu corte, y tus mujeres, y tus concubinas; has dado también culto a los dioses de plata, y de oro, y de cobre, y de hierro, y de madera, y de piedra, los cuales no ven, ni oyen, ni sienten; pero aquel Dios de cuyo arbitrio pende tu respiración y cualquiera movimiento tuyo, a ése no le has glorificado. Por lo cual envió El los dedos de aquella mano que ha escrito eso que está señalado. Mane: Ha numerado Dios tu reinado, y le ha puesto término. Técel: Has sido pesado en la balanza, y has sido hallado falto. Fares: Dividido ha sido tu reino, y se ha dado a los Medos y a los Persas". Aquella noche misma fue muerto Baltasar, rey de los Caldeos" (Dan., 5, 23-30).

El acto de Baltasar fue una profanación de los vasos sagrados. Pero el que comulga sacrílegamente comete una profanación, un crimen, contra el mismo Dios tres veces santo. Este acto es mucho peor, más impío y abominable que el de Baltasar. "Reo será del cuerpo y de la sangre del Señor", dice San Pablo (I Cor., 11, 27), del que comete un sacrilegio. Este tal fuerza al Señor a entrar en su alma, la cual por el pecado volvióse horrible, desfigurada, y hasta muerta y en putrefacción; procede como los soldados y sayones, que en el Huerto de las Olivas amarraron a Jesús con cuerdas y lo llevaron preso.

b) Torturas de Maximiano. Cuando el Emperador romano Maximiano, quería torturar especialmente a los cristianos, mandaba que los atasen a un cadáver en descomposición: ojos con ojos, boca con boca, pecho con pecho del muerto. Así hacía que permaneciera el cristiano hasta que muriera de repugnancia y terror. ¡Qué horror! Pues algo semejante hace el que comulga sacrílegamente. El alma en pecado mortal está muerta, tan horrible y detestable ante Dios, como un cadáver putrefacto. Y en tal estado obliga el pecador a Jesús a que se una a ella en la comunión sacrílega. ¡Jesús, la santidad misma, obligado a entrar en ese cubil de pecados! ¡Jesús, la suprema belleza, tiene que morar en ese antro horripilante! ¡Jesús, verdadero Dios, constreñido a morar con el demonio! ¡Oh! ¡Qué crimen contra la sagrada Carne y Sangre de Jesús! ¿Y cómo los ángeles del cielo no ahuyentan de la Sagrada Mesa al sacrílego criminal?

2º La Comunión sacrílega es una ruda ingratitud.
— a) Judas. El Apóstol Judas, cuando Jesús fue apresado en el Huerto de las Olivas, dio al Salvador un beso, en señal de amistad. Exteriormente procedía como si amase a Jesús; pero en realidad lo estaba vendiendo por treinta monedas de plata.

¡Qué felonía! ¡Qué bajeza! ¡Qué hipocresía! ¡Qué ingratitud! ¿Es ése, oh Judas, tu agradecimiento al Salvador por todo el amor y bondad que te manifestó durante tres años? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre? ¡Oh Judas! ¿Comulgaste en realidad sacrílegamente, o saliste antes del Cenáculo? ¡Oh! si allí comulgaste, cometiste una acción enormemente grave, que daría testimonio de la más negra ingratitud para con Jesús.

El que se aproxima indignamente a la Sagrada Mesa, es un perfecto imitador de Judas. Procede exteriormente como si amase a Jesús; se acerca al sagrado Banquete como los demás; recibe la Sagrada Hostia, pero su corazón está muy lejos de Jesús. ¡Se aprovecha del más santo de los Sacramentos para causar a Jesús la mayor afrenta, en lugar de agradecérselo de todo corazón! Olvídase de los beneficios del Señor y le ofende del modo más grosero. El Salvador le llama por medio de la conciencia, como en otro tiempo a Judas: "Amigo, ¿a qué has venido? Amigo, ¿cómo osaste entrar sin vestido nupcial?" Pero el infeliz no se deja ablandar por la gracia; arrodíllase hipócritamente en el Comulgatorio, y recibe en sus sacrílegos labios el Sagrado Cuerpo del Señor. ¡Oh! ¡Qué ingratitud! Que los infieles, que los enemigos de Cristo profanen el Santísimo Sacramento, es cosa horripilante; pero se puede decir, en ese caso: "¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!" Pero que lo hagan los Cristianos, los católicos, ¡oh! eso es infinitamente peor ¡Eso debe doler sobre toda ponderación al Corazón de Jesús!

b) Bruto. Refiere la historia que el emperador romano Cayo Julio César, fue atacado por una gavilla de conspiradores. Cuando los enemigos, puñal en mano, se precipitaron sobre él para matarle, César se defendió valientemente. De pronto, entre los conjurados divisa a Bruto, a Bruto, a quien había adoptado por hijo, a quien había amado paternalmente y colmado de beneficios. Tal ingratitud hirió su alma llevándole a exclamar: "Tu quoque, Brute!" ¡Oh Bruto, tú también...! Y cubriéndose con su toga, dejó de defenderse y cayó muerto. ¿No podría Jesús decir de igual manera al divisar al sacrílego que se acerca a recibirle: "¿Tú también, cristiano mío, amigo mío, hermano mío? ¡También tú, a quien colmé de favores! ¿Así me pagas ahora, con tal ingratitud y tal afrenta? ¡Qué horrible ingratitud!"

3º La Comunión sacrílega es una gran desgracia . La Comunión sacrílega es una gran desgracia, porque lejos de producir gracia alguna, no trae consigo más que castigos. Ya lo anunció el Apóstol (I Cor. 11, 29): "Porque quien lo come y bebe indignamente, se traga y bebe su propia condenación, no haciendo discernimiento del cuerpo del Señor"; es decir, castígase a sí mismo, porque sobre sí mismo atrae los castigos de Dios y la condenación eterna. Al sacrílego profanador ha de sucederle lo que a Heliodoro, que se atrevió a robar el tesoro del templo de Jerusalén, quien pisoteado por el caballo de un ángel, fue después terriblemente azotado hasta que cayó en tierra envuelto en oscuridad y tinieblas (II Ma. 3, 25.)

La Comunión dignamente recibida es la vida con Jesús. "Satanás se apoderó de Judas." (Lc. 22, 3.) "Era ya de noche." (Juan 13, 30.).

La Comunión dignamente recibida aumenta la vida de la gracia. La Comunión sacrílega destruye la gracia santificante. La Comunión digna produce en el alma gusto y vigor para practicar el bien; la indigna, en cambio, produce indiferencia y embotamiento para todo lo religioso, y la ceguera y endurecimiento del corazón.

La Comunión digna perdona los pecados veniales y preserva de los mortales; la indigna va añadiendo nuevos y terribles pecados mortales a los que el alma ya tenía.

La Comunión digna es prenda de la vida eterna del cielo. "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día." (Juan 6, 55.) La indigna, al contrario, acarrea la eterna condenación en el infierno. "Atado de pies y manos, arrojadle fuera a las tinieblas; donde no habrá sino llanto y crujir de dientes." (Mateo 22, 13.)

"Recíbenle los buenos y los malos, Mas con distinta y contrapuesta suerte De inmortal vida o de funesta muerte. Es vida para el bueno, y para el malo, Muerte. ¡Ved, de igual "pan", carne divina, Cuan diferente efecto se origina!"
(Sto. TOMÁS DE AQUINO.)

¿No os aterran los efectos de la Comunión sacrílega? Penetraos profundamente de este saludable temor, pues, en verdad, es lo más terrible: un crimen horrible, una ruda ingratitud, y una inmensa desgracia.

No temáis, sin embargo, por vuestras Comuniones pasadas, por si hubieran podido ser indignas ¡No! Sólo comulga sacrílegamente el que lo hace conscientemente, sabiendo que se halla en pecado mortal.

Aun más: aunque alguno hubiera venido en realidad comulgando indignamente muchas veces, no debe por eso desesperarse como Judas después de su traición; antes bien debe despertar en su alma un profundo dolor, —a imitación de San Pedro después que por tres veces negó a su divino Maestro—, confesarse sinceramente y comulgar dignamente. Así Jesús se le mostrará clemente y misericordioso.

Practiquemos todos las enseñanzas de San Pablo: "Examínese a sí mismo el hombre; y de esta suerte coma de aquel pan, y beba de aquel cáliz." (I Cor. 11, 28.) Si así lo hacemos no llegará a decirse: "Las prevenciones para las bodas están hechas, mas los convidados no eran dignos de asistir a ellas." (Mat. 22, 8.) Recibamos con frecuencia el celestial banquete; nos convida el Señor, y hasta nos fuerza; pero primero oremos con la Iglesia: "Señor mío Jesucristo, que este vuestro cuerpo que aunque indigno, pretendo recibir, no sea para mí causa de juicio y de condenación, sino que, por vuestra piedad, sirva de defensa para mi alma y cuerpo, y de remedio para todos mis males." (Ordinario de la Santa Misa.)
(R.P. JUAN B. LEHMANN V.D.,“Salió el Sembrador…” Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1947, Pág. 294 y ss.)


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EJEMPLOS

La invitación

La visita del rey a una ciudad.
Cuando una ciudad aguarda a su rey, las calles y plazas se limpian y atildan; por doquier se ven guirnaldas de follaje y cintas vistosas, se levantan arcos de triunfo en el curso que seguirá la comitiva real, en azoteas y balcones ondean banderas y gallardetes, las gentes se atavían con sus galas más lucidas y un aire de fiesta llena los ámbitos de la ciudad.
Cuando en la Sagrada Comunión el Rey de Cielos y Tierra se dispone a visitarnos recibámosle de manera semejante. Que nuestra alma esté limpia y sin mácula, una confesión bien hecha la tornará más lucida que un sol; adornémosla luego con nuestras buenas obras, con las guirnaldas de la fe, con las flores de la caridad, con las banderas y estandartes del amor a Jesucristo. No olvidemos el ayunar y el entregarnos a una oración profunda y detenida antes de recibir al Señor. Agustín nos enseña: "Nadie pruebe del Cuerpo de Jesús, si no estuvo antes en oración."
(Tomado de Catecismo en ejemplos, Ed. Políglota, Dr. F. Spirago)

Lo exterior signo de lo interior
-En ocasiones llega Dios a castigar con graves enfermedades a quienes indignamente le reciben en la Sagrada Comunión, como lo demuestra el hecho siguiente. Lotario II de Lorena (855-875) incurrió en censuras eclesiásticas, a causa de su vida escandalosa y desarreglada. Cuando murió el Papa Nicolás I, que había fulminado contra él sentencia de excomunión, Lotario fue a Roma rodeado de fastuoso séquito para pedir al Papa Adriano II la absolución de la censura. Como todos los miembros de su séquito corroboraran la sinceridad del monarca, el Papa le recibió y le administró la Sagrada Comunión. No podían sus ojos penetrar las conciencias del rey y de sus acompañantes, y mucho menos suponer que estaban representando una farsa. La absolución impartida al falso penitente fue, pues, inválida. El alma del rey quedó manchada con dos grandes sacrilegios. Regresó éste a su reino, mas llovieron sobre él los castigos del cielo. En el camino de regreso fueron enfermando y muriendo todos los miembros de su comitiva. Y el mismo rey, a poco de terminar su viaje, cayó gravemente enfermo y murió sin dar la menor señal de arrepentimiento. La Comunión sacrilega conduce a la impenitencia final.
(“Salió el Sembrador…” Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1947, Pág. 268)


(Cortesía NBCD e iveargentina)

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