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Domingo 11 del Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Ayudados por ellos preparemos la Acogida de la Palabra de Dios en la Celebración Eucarística

A su disposición

Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29)

Comentario Teológico: Santo Juan Pablo Magno - El crecimiento del reino de Dios según las parábolas evangélicas

Santos Padres: San Ambrosio - El grano de mostaza

Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Es Dios el que dirige la historia

Aplicación: R.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - Semilla de Bendición

Ejemplos

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo




Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4,26-29)

26 Dijo además: «El reino de Dios viene a ser esto: Un hombre arroja la semilla en la tierra. 27 Y ya duerma o ya vele, de noche o de día, la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. 28 La tierra, por sí misma, produce primero la hierba, luego la espiga, y por último el trigo bien granado en la espiga. 29 Y cuando el fruto está a punto, en seguida aquel hombre manda meter la hoz, parque ha llegado el tiempo de la siega.»

Narra el evangelista ahora una segunda parábola sobre el reino de Dios, que trata también de semilla, crecimiento y cosecha. Sólo se encuentra en Marcos; Lucas se contenta con la parábola del sembrador y las sentencias vinculadas; Mateo trae en este lugar la parábola de la cizaña entre el trigo, y ciertamente que no sin un propósito concreto.1

Marcos quiere esclarecer el mensaje del reino de Dios que irrumpe. Y ahora dirige su atención al tiempo que media entre la siembra y la recolección. Podría decirse que en las tres parábolas del capítulo 4 de Marcos el acento va desplazándose de la siembra (parábola del sembrador), al período intermedio (la semilla que crece) y al tiempo final (el grano de mostaza). Aunque los tres aspectos están presentes en cada una de ellas, pues siembra, maduración y cosecha no se pueden separar. La parábola narra un proceso evidente, conocido de todos los oyentes y que nadie discutía. Jesús quiere enseñar algo concreto sobre el reino de Dios y exhortar a los oyentes a una actitud adecuada a la acción de Dios en esta hora. Pero ¿cuál es la lección particular de esta parábola? Después de la siembra el campesino aguarda paciente y confiado que llegue el tiempo de la recolección. La tierra lleva fruto por sí sola. Llega indefectiblemente el tiempo de la siega y entonces el campesino puede recoger el fruto.

Se ha pensado que Jesús se consideraba aquí a sí mismo como el labrador y que expresaba su confianza de que su predicación no resultase inútil. No hay que excluir esta idea; pero Jesús quiere sobre todo dar aliento a los oyentes con esta parábola. Deben saber que la sementera se ha llevado a cabo con éxito, que las fuerzas de Dios siguen operando, aunque ocultas y desarrollándose de una forma callada. Todavía no ha llegado la cosecha, pero su llegada es segura. En este tiempo conviene esperar pacientes y tranquilos y confiar en el poder de Dios. No serán la propia actividad e inquietud las que consigan el objetivo; el reino de Dios no lo establecen los hombres por sus propias fuerzas. Por importante que sea la predicación, la acción de Dios sigue siendo lo más importante.

Mas, a pesar de la tranquilidad de la espera, la mirada se dirige a la cosecha. Tan pronto como el fruto lo permite, el labrador mete la hoz. Las últimas palabras son una cita de Joel2 y tienen su centro de gravedad en el anuncio jubiloso de «¡Ha llegado el tiempo de la siega!» Así tiene que estar preparada la comunidad para recoger la cosecha de Dios al fin de los tiempos. Jesús quería afianzar en su tiempo la confianza en Dios y en su obra: el reino de Dios llega ciertamente y está cerca. Llega por la fuerza de Dios y va creciendo calladamente, «por sí solo», sin que se advierta su crecimiento. En el tiempo post-pascual de la comunidad la idea volverá a ser actual de una manera nueva. La comunidad, que ya ha desplegado una predicación misionera, pero se ve asediada de fracasos y dificultades, tiene que poner en manos de Dios el desarrollo ulterior de una manera tranquila y confiada, paciente y firme y dirigir su mirada hacia el futuro. La espera inminente que invade a la comunidad (cf. 9,1; 13,30) y que se refleja en la parábola de la higuera (13,28s), se sitúa así en la perspectiva adecuada: lo decisivo no es la proximidad temporal, sino la proximidad siempre operante de Dios, que conoce el día y la hora (13,32). La parábola exige de nosotros una actitud fundamental parecida: confianza creyente en Dios, que opera en silencio y hace madurar su semilla y una serenidad que saca paz y fuerza de ese conocimiento.

Parábola del grano de mostaza (Mc 4,30-34)

30 Y proseguía diciendo: «¿A qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo describiremos? 31 Es como el grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que sobre la tierra existen; 32 pero, una vez, sembrado, se pone a crecer y sube más alto que todas las hortalizas, y echa ramas tan grandes, que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.» 33 Y con muchas parábolas así les proponía el mensaje, según que lo podían recibir. 34 Y sin parábolas no les hablaba. Pero, a solas, se lo explicaba todo a sus propios discípulos.

La última de estas parábolas relativas al crecimiento del reino de Dios empieza con una introducción detallada. La doble pregunta puede indicar lo difícil que resulta explicar a los oyentes la verdad y realidad del reino de Dios. Como sucede siempre en estas parábolas, el reino de Dios no debe identificarse sin más ni más con la imagen elegida -en este caso con el grano de mostaza-, sino que debe ilustrarse por el proceso general. Del minúsculo grano de mostaza crece un arbusto vigoroso, lo que constituye un proceso sorprendente. La parábola tiende a poner de relieve este crecimiento desde unos comienzos insignificantes hasta el máximo desarrollo. El grano de mostaza, proverbialmente pequeño (cf. Luc_17:6 = Mat_17:20), contiene en sí la fuerza para desarrollar un gran tronco y echar ramas a cuya sombra anidan los pájaros. A diferencia de lo que ocurre en la parábola de la semilla que crece por sí sola, aquí no se describe cada uno de los estadios del crecimiento, sino que la mirada se dirige al sorprendente resultado final. No otra cosa pretende exponer también la parábola de la levadura que en su origen debió formar una parábola paralela a la del grano de mostaza (Luc_13:18-21; Mat_13:31-33). El espléndido resultado final viene también indicado mediante «los pájaros del cielo», imagen bien conocida ya del Antiguo Testamento (Cf. Dan_4:9.11.18; Eze_17:23; Eze_31:6). La vivienda de las aves a la sombra o entre las ramas del árbol es como un símbolo del reino de Dios; que acoge a muchos pueblos y se convierte para ellos en su hogar. (…)

La parábola del grano de mostaza actúa como un poderoso aguijón alentando una fe inquebrantable y una esperanza que no puede engañarse. En contra de todas las apariencias exteriores el reino de Dios seguirá desarrollándose y al final obtendrá la victoria. Eso es también lo que quiere decir el evangelista a su comunidad. A pesar de su profundo interés misionero, el evangelista no cede a la tentación de alimentar sus esperanzas de un futuro terreno. Sabe, sin duda que, antes del fin, el Evangelio será anunciado a todos los pueblos (Eze_13:10); pero sabe también que antes de la venida del Hijo del hombre han de llegar muchas persecuciones, tentaciones y grandes angustias (Eze_13:5-23).

También para nosotros es sumamente importante esta mirada al triunfo final de Dios. Cierra así el evangelista este capítulo de parábolas, de las que sólo intenta presentar una selección. «Con muchas parábolas así» hablaba Jesús al pueblo. Para Marcos esto no es simplemente doctrina o instrucción, sino proclamación, que imprime en los oídos la palabra de Dios. Se trata de una expresión acuñada ya en el lenguaje misionero y en la catequesis de la Iglesia primitiva (cf. v. 14s).3

La palabra de Dios contiene una fuerza salvadora, pero se trueca en juicio para quienes la escuchan y no creen. En la palabra de la predicación se les brinda a los hombres el reino de Dios, y en el escuchar con fe y obediencia o con endurecimiento e incredulidad deciden los oyentes su salvación o su ruina. Teniendo en cuenta la sentencia del v. 11s, sorprende que el evangelista continúe: «según que lo podían recibir.» Tal vez el evangelista ha tomado esta observación de la tradición, testificando así que en un principio las parábolas no ocultaban sino que hacían patente el sentido de las palabras de Jesús. Pero la frase puede también poner de manifiesto la función crítica del lenguaje en parábolas: no todos podían escuchar del mismo modo. Al emplear las parábolas Jesús tiene en cuenta la capacidad de comprensión de los oyentes al tiempo que la sensibilidad de su fe. Así se comprende la última observación: «Pero, a solas, lo explicaba todo a sus discípulos.» Porque creen y se mantienen fieles a él, los adentra en la inteligencia más profunda del acontecimiento, en «el misterio del reino de Dios».

De este modo, sin embargo, también la comunidad queda invitada a una escucha y comprensión adecuadas. Quien reflexiona con fe sobre las parábolas obtiene luz sobre el acontecimiento enigmático que se desarrolla en el mundo, sobre la eficacia oculta de Dios tanto entonces como hoy. Entendido así, el v. 34 que cierra la perícopa se convierte asimismo en una enseñanza más profunda acerca de la revelación. Tal revelación se presenta siempre bajo un cierto velo -«Y sin parábolas no les hablaba»-, al tiempo que se descubre a los creyentes bien dispuestos: «A solas se lo explicaba todo.» La revelación divina encierra algunas obscuridades, aunque tiene la luz suficiente; es una alocución de Dios que reclama la respuesta y decisión del hombre. Su verdad no aparece en la superficie, sino que se oculta en las profundidades, como la sabiduría y la fuerza de Dios
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder, Comentario a Mc 4,27-34)

Notas:
[1] Mateo dirige la mirada a la época del crecimiento de modo particular a la comunidad en el mundo, todavía amenazada de peligros e influencias perniciosas. Hasta en ella existen miembros indignos que no responden a su vocación; al final serán arrojados del reino del Hijo del hombre todos los que cometen la maldad (13,41s; cf. también 7,22s; 22,11 ss.).
2 “Meted la hoz, porque la mies está madura; venid, pisad, porque el lagar está lleno, las cubas rebosan, ¡tan grande es su maldad!” (Jl 4,13).
3 La Iglesia primitiva ha desarrollado una teología de la «palabra de Dios». La palabra de la predicación no es palabra humana, sino palabra de Dios (1Te_2:13). Aunque se reciba entre tribulaciones externas, se realiza con la alegría del Espíritu Santo (1Te_1:6). El predicador sufre persecuciones por causa de esa palabra; pero «la palabra de Dios no está encadenada» (2Ti_2:9). Crece, se desarrolla, se fortalece (Hec_6:7; Hec_12:24; Hec_19:20) y lleva fruto (Col_1:6) Es «la palabra de la verdad» (Efe_1:13; Col_1:5), con la que «nos engendró» el Padre (Stg_1:18; cf. 1Pe_1:23); es la «palabra de vida» (Flp_2:16).



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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - El crecimiento del reino de Dios según las parábolas evangélicas


1. Como dijimos en la catequesis anterior, no es posible comprender el origen de la Iglesia sin tener en cuenta todo lo que Jesús predicó y realizó (cf. Hch 1, 1). Precisamente de este tema habló a sus discípulos, y nos ha dejado su enseñanza fundamental en las parábolas del reino de Dios. Entre éstas, revisten importancia particular las que enuncian y nos permiten descubrir el carácter de desarrollo histórico y espiritual que es propio de la Iglesia según el proyecto de su mismo Fundador.

2. Jesús dice: «El reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4, 26-29). Por tanto, el reino de Dios crece aquí en la tierra, en la historia de la humanidad, en virtud de una siembra inicial, es decir, de una fundación que viene de Dios, y de uno obrar misterioso de Dios mismo, que la Iglesia sigue cultivando a lo largo de los siglos. En la acción de Dios en relación con el Reino también está presente la «hoz» del sacrificio: el desarrollo del Reino no se realiza sin sufrimiento. Éste es el sentido de la parábola que narra el evangelio de Marcos.

3. Volvemos a encontrar el mismo concepto también en otras parábolas, especialmente en las que están agrupadas en el texto de Mateo (13, 3-50).

«El reino de los cielos, leemos en este evangelio, es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas» (Mt 13, 31-32). Se trata del crecimiento del Reino en sentido «extensivo».

Por el contrario, otra parábola muestra su crecimiento en sentido «intensivo» o cualitativo, comparándolo a la «levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13, 33).

4. En la parábola del sembrador y la semilla, el crecimiento del reino de Dios se presenta ciertamente como fruto de la acción del sembrador; pero la siembra produce fruto en relación con el terreno y con las condiciones climáticas: «una ciento, otra sesenta, otra treinta» (Mt 13, 8). El terreno representa la disponibilidad interior de los hombres. Por consiguiente, a juicio de Jesús, también el hombre condiciona el crecimiento del reino de Dios. La voluntad libre del hombre es responsable de este crecimiento. Por eso Jesús recomienda que todos oren: «Venga tu Reino» (cf. Mt 6, 10; Lc 11, 2). Es una de las primeras peticiones del Pater noster.

5. Una de las parábolas que narra Jesús acerca del crecimiento del reino de Dios en la tierra, nos permite descubrir con mucho realismo el carácter de lucha que entraña el Reino a causa de la presencia y la acción de un «enemigo» que «siembra cizaña (gramínea) en medio del grano». Dice Jesús que cuando «brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña». Los siervos del amo del campo querrían arrancarla, pero éste no se lo permite, «no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero» (Mt 13, 24-30). Esta parábola explica la coexistencia y, con frecuencia, el entrelazamiento del bien y del mal en el mundo, en nuestra vida y en la misma historia de la Iglesia. Jesús nos enseña a ver las cosas con realismo cristiano y a afrontar cada problema con claridad de principios, pero también con prudencia y paciencia. Esto supone una visión trascendente de la historia, en la que se sabe que todo pertenece a Dios y que todo resultado final es obra de su Providencia. Como quiera que sea, no se nos oculta aquí el destino final de dimensión escatológica? de los buenos y los malos; está simbolizado por la recogida del grano en el granero y la quema de la cizaña.

6. Jesús mismo da la explicación de la parábola del sembrador a petición de sus discípulos (cf. Mt 13, 36-43). En sus palabras se transparenta la dimensión temporal y escatológica del reino de Dios.

Dice a los suyos: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11). Los instruye acerca de este misterio y, al mismo tiempo, con su palabra y su obra «prepara un Reino para ellos, así como el Padre lo preparó para él [el Hijo]» (cf. Lc 22, 29). Esta preparación se lleva a cabo incluso después de su resurrección. En efecto, leemos en los Hechos de los Apóstoles que «se les apareció durante cuarenta días y les hablaba acerca de lo referente al reino de Dios» (cf. Hch 1, 3) hasta el día en que «fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). Eran las últimas instrucciones y disposiciones para los Apóstoles sobre lo que debían hacer después de la Ascensión y Pentecostés, a fin de que comenzara concretamente el reino de Dios en los orígenes de la Iglesia.

7. También las palabras dirigidas a Pedro en Cesarea de Filipo se inscriben en el ámbito de la predicación sobre el Reino. En efecto, le dice: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 19), inmediatamente después de haberlo llamado piedra, sobre la que edificará su Iglesia, que será invencible para las «puertas del Hades» (cf. Mt 16, 18). Es una promesa que en ese momento se formula con el verbo en futuro, «edificaré», porque la fundación definitiva del reino de Dios en este mundo todavía tenía que realizarse a través del sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección. Después de este hecho, Pedro y los demás Apóstoles tendrán viva conciencia de su vocación a «anunciar las alabanzas de Aquel que les ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (cf. 1 Pe 2, 9). Al mismo tiempo, todos tendrán también conciencia de la verdad que brota de la parábola del sembrador, es decir, que «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer», como escribió san Pablo (1 Cor 3, 7).

8. El autor del Apocalipsis da voz a esta misma conciencia del Reino cuando afirma en el canto al Cordero: «Porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes» (Ap 5, 9. 10). El apóstol Pedro precisa que fueron hechos tales «para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (cf. 1 P 2, 5). Todas éstas son expresiones de la verdad aprendida de Jesús quien, en las parábolas del sembrador y la semilla, del grano bueno y la cizaña, y del grano de mostaza que se siembra y luego se convierte en un árbol, hablaba de un reino de Dios que, bajo la acción del Espíritu, crece en las almas gracias a la fuerza vital que deriva de su muerte y su resurrección; un Reino que crecerá hasta el tiempo que Dios mismo previó.

9. «Luego, el fin ?anuncia san Pablo? cuando [Cristo] entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad» (1 Cor 15, 24). En realidad, «cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).

Desde el principio hasta el fin, la existencia de la Iglesia se inscribe en la admirable perspectiva escatológica del reino de Dios, y su historia se despliega desde el primero hasta el último día.
(JUAN PABLO II, Audiencia General, Miércoles 25 de septiembre de 1991)



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Santos Padres: San Ambrosio - El grano de mostaza

¿A qué es semejante el reino de Dios y a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que toma un hombre y lo arroja en el huerto, y crece y se convierte en un árbol y las aves del cielo anidan en sus ramas. La presente lectura nos enseña que en las comparaciones hemos de atender a la naturaleza y no a la apariencia. Veamos, pues, por qué el sublime reino de los cielos se compara a un grano de mostaza; pues recuerdo que también el grano de mostaza es comparado, en otro pasaje, a la fe, cuando dice el Señor : Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: arrójate al mar (Mt 12,20). Y, realmente, no es mezquina, sino verdaderamente grande esa fe que tiene tal potencia, que es capaz de imperar a un monte para que cambie de lugar; el Señor tampoco exige una fe mediocre a sus apóstoles, porque sabe que ellos deben combatir contra la potencia y soberbia del espíritu del mal. ¿Quieres saber por qué hace falta una gran fe? Lee lo que dice el Apóstol: Y si yo tuviera una fe tal que fuera capaz de trasladar los montes (1 Cor 13,2).

Luego, si tanto al reino de los cielos como a la fe se les compara al grano de mostaza, no se puede dudar que la fe es el reino de los cielos, y el reino de los cielos es una realidad que en nada difiere de la fe. Por tanto, quien tiene la fe posee el reino de los cielos, reino que está dentro de nosotros como está dentro de nosotros la fe; y así leemos: El reino de Dios está dentro de vosotros (Mc 11,22), y en otra parte: Guardad la fe en vuestro interior (Mt 16,19). Y por eso Pedro, que tanta fe tuvo, recibió las llaves del reino de los cielos y poder de abrir este reino también a los otros.

Ahora, a través de la naturaleza de la mostaza, examinemos el contenido de esta comparación. No hay duda de que su grano es algo vil y pequeñísimo; y solamente cuando se le tritura es cuando esparce su fuerza. También la fe parece al principio algo simple, pero, una vez puesta a prueba por la adversidad, expande la gracia de su valor, hasta tal punto que con su perfume embriaga a todos los que oyen o leen algo sobre ella. Grano de mostaza son nuestros mártires Félix, Nabor y Víctor, los cuales, aunque lo tenían oculto, llevaban en sí mismos el buen olor de la fe. Pero con la venida de la persecución depusieron sus armas, ofrecieron sus cuellos y, una vez muertos por la espada, derramaron por los confines de todo el mundo la belleza de su martirio; y por eso se dice con toda razón: Su eco se ha propagado por toda la tierra (Ps 18,5).

Pero la fe unas veces es triturada, otras oprimida y otras sembrada. El mismo Señor es también un grano de mostaza. Él estaba lejos de cualquier clase de falta, pero, al igual que en el ejemplo del grano de mostaza, el pueblo, por no conocerlo, no tuvo contacto con El. Y prefirió ser triturado, con el fin de que pudiéramos decir: Nosotros somos delante de Dios el buen olor de Cristo (2 Cor 2,15); prefirió también ser oprimido, y por eso dijo Pedro: Las turbas te oprimen (Lc 8,45); y, finalmente, prefirió ser sembrado como el grano que un hombre toma y lo arroja en su huerto. Y así fue, en efecto: Cristo fue apresado y sepultado en un huerto, en un huerto creció, y en un huerto resucitó y se hizo árbol, como está escrito: Como un manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los mancebos (Cant 2,3).

Por tanto, siembra tú también en tu huerto a Cristo —la realidad de un huerto no es otra que un lugar pletórico de gran variedad de flores y frutos—, en el cual florezca la belleza de tus obras y se respire el multiforme olor de las diversas virtudes. Y por eso, que allí donde haya algún fruto, esté presente Cristo. Siembra al Señor Jesús: Él es grano cuando es apresado, y en el momento de resucitar se convierte en ese árbol que da sombra al mundo; cuando es sepultado, es también grano, que se hace árbol cuando sube al cielo.

Coge también con Cristo la fe y siémbrala en ti. Siempre que creemos en Cristo crucificado, hemos cogido la fe. Pablo cogió cuando dijo: Y yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría; ya que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Cristo, y éste crucificado (1 Cor 2,1ss). Y porque él aprendió a apresar la fe, aprendió también a elevarse, y así dijo: porque a Cristo crucificado ya no le conocemos (2 Cor 5,16).

Y, finalmente, sembramos la fe, cuando, a través de la lectura del Evangelio y de los escritos apostólicos y proféticos, creemos en la pasión del Señor. Sembramos, pues, la fe, cuando la sepultamos en la tierra abonada y preparada de la carne del Señor, para que esta fe, con el espíritu y la dulce opresión de su cuerpo divino, se propague por su propia virtud. Y así todo el que crea que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, creerá que murió y resucitó por nosotros. Yo, pues, siembro la fe cuando la en­tierro dentro de mí.

¿Quieres saber mejor por qué Cristo es como un grano y por qué fue sembrado? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará consigo mucho fruto (Jn 12,24). Luego no nos hemos equivocado al decir que esto era algo que El mismo había dicho. Él es, a la vez un grano de trigo, porque fortalece el corazón del hombre (Ps 103,15), y de mostaza, porque infunde calor en el corazón del mismo hombre. Y aunque ambas especies de grano parecen cuadrar plenamente, sin embargo, resulta más exacto el grano de trigo cuando se trata de su resurrección; porque Él es el pan de Dios que ha bajado del cielo (Jn 6,33), y por eso, la palabra de Dios y la realidad de la resurrección alimenta las mentes, agudiza la esperanza, e intensifica el amor; mientras que el grano de mos­taza, por ser más amargo y áspero, se aplica mejor a la pasión del Señor, puesto que ese amargor invita a las lágrimas y esa aspe­reza a la compasión. Así, cuando leemos u oímos que el Señor ayunó, que tuvo hambre, que lloró, que fue flagelado y .que en el momento de su pasión dijo: Vigilad y orad para no caer en la tentación (Mt 26,4), agarrándonos, por así decirlo, al amargo sabor de su palabra y con su ayuda, lograremos renunciar aun a los más agradables placeres del cuerpo. Luego el que siembra el grano de mostaza, siembra el reino de los cielos.

Y no desprecies este grano de mostaza; es cierto que es el más pequeño de todos los granos, pero, cuando crece, llega a ser la mayor de todas las plantas. Si este grano de mostaza es Cristo, ¿cómo puede ser este Cristo el menor o estar sujeto a crecimiento? Realmente por naturaleza no puede crecer, pero lo hace según la apariencia. ¿Quieres saber en qué sentido es el más pequeño? Atiende: Le hemos visto y no tenía apariencia ni belleza (Is 53,2). Y mira ahora cómo es el mayor: Eres el más hermoso de los hijos de los hombres (Ps 44,3). En efecto, Aquel que no tenía apariencia ni belleza, ha venido a ser superior a los ángeles (Hebr 1,4), sobrepasando a toda la gloria de los profetas, a los que Israel, por estar enfermo, había comido como verduras; y es que unos no creyeron y otros no recibieron ese pan que fortalece los corazones.

Y Cristo es semilla, puesto que es descendiente de Abrahán; pues las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dijo a sus descendencias, como hablando de muchas, sino de una sola. Y a tu descendencia que es Cristo (Gal 116). Pero no solamente Cristo es semilla, sino también la más pequeña entre todas, porque no vino con poder temporal, ni entre riquezas, ni poseyendo la sabiduría de este mundo. No obstante, pronto consiguió, como si se tratara de un árbol, la más elevada cima de poder, para que pudiéramos decir: A su sombra he anhelado sentarme (Cant 2,3). Y son muchas veces, al parecer, las que El aparece al mismo tiempo como grano y como árbol. El grano, cuando decían de El: ¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero? (Mt 13,55; Lc 4,22). Pero pronto creció entre estas palabras, siendo testigos los mismos judíos, aun­que no podían comprender las ramas de un árbol de tal altura, y por eso decían: ¿De dónde le viene esta sabiduría? (Mt 13,54).

Por eso el grano es como un símbolo, mientras que el árbol representa a la sabiduría, en cuyas frondosas ramas ha encontrado su morada segura no sólo el ave nocturna que ya tenía su nido, y el pájaro solitario que vivía en el tejado (Ps 101,7), sino también el que fue arrebatado al paraíso (2 Cor 12,4) y el que será transportado sobre el aire y las nubes (1 Tes 4,16). Allí también descansan las potestades, y los ángeles del cielo y todos los que merecieron subir por haber sometido su conducta a las normas del espíritu. Allí descansó Juan, cuando se recostó sobre el pecho de Jesús; y aún mejor es decir que aquél brotó como una rama alimentada con la savia de este árbol. Otra rama es Pedro y otra Pablo, que, olvidando lo que ya quedó atrás, se lanza en persecución de lo que tiene delante (Flp 3,13). Nosotros que nos hemos sentido angustiados durante tanto tiempo en el vacío de este mundo, por la tempestad y la agitación del espíritu del mal, una vez congregados de todas las naciones y después de tomar las alas de la virtud, nos hemos levantado hasta el propósito de cumplir no sólo lo esencial, sino también lo accidental de la predicación apostólica, de la que antes estuvimos tan lejos, y esto para que la sombra de los santos nos defienda del calor asfixiante de este mundo, y así, ya habitemos en la tranquilidad de una morada segura.

Y una vez que esa alma nuestra, encorvada antes, como aquella mujer, bajo el peso de los pecados, al sentirse libre ahora, como el pájaro que ha sido liberado de la red de los cazadores (Ps 123,7), podrá levantar su vuelo hacia las ramas y los montes del Señor (cf. Ps 10,1). Así, pues, antes estábamos cautivos de las superfluas observancias de la vanidad y la ligereza del vicio, pero ahora, por el contrario, desatadas nuestras manos por la fe de Cristo y libres de las cadenas de la ley del sábado, nos esforzamos por hacer buenas obras, por lo cual, aun en los mismos banquetes, respetamos nuestra libertad y evitamos la intemperancia, para que, ya que estamos libres de la ley, no seamos esclavos de los placeres. Porque es cierto que la Ley nos ligó a ella para que no ambicionásemos los placeres. Pero la gracia que suprime una esclavitud menor, ordena cosas mucho más arduas: Todo me es lícito, pero no todo conviene (1 Cor 6,12); pues re­sulta verdaderamente bochornoso usar del poder para volver a ser esclavo suyo. Deja, por tanto, de ser súbdito de la Ley para que, por medio de la virtud, puedas estar por encima de la Ley.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), BAC, Madrid, 1966, pp. 437-443)



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Aplicación: R.P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Es Dios el que dirige la historia

Jesús enseña a la gente algunas parábolas. Dice el Evangelio que a la gente les hablaba sólo a través de ellas pero a sus discípulos les explicaba aparte todo sin parábolas.

Les ha dicho anteriormente1 que ellos están en el Reino porque son sus discípulos. En consecuencia, entre ellos habla claramente pero a los que todavía no están en el Reino les habla en parábolas.

¿Las parábolas contienen la verdad del Reino? Sí, pero según su expresión propia. La parábola es un estilo de enseñar. De la parábola hay que desentrañar la verdad. Para los espíritus bien dispuestos las parábolas serán como una luz tamizada2 que los llevará a descifrar el enigma que contienen. ¿Y cómo lo descifrarán? Pidiéndole a Jesús la explicación, es decir, haciéndose sus discípulos.

A los mal dispuestos para el Reino la luz tamizada se convertirá en tinieblas para que viendo no vean y oyendo no entiendan. La parábola será para ellos escándalo por su mala disposición.

Les habla Jesús del Reino de los cielos a través de dos parábolas: la de la semilla que crece sola, exclusiva de Marcos, y la del grano de mostaza.

Ambas parábolas dan a conocer el crecimiento del Reino desde su comienzo en el Reino terrenal con Jesús hasta que se convierta en el Reino definitivo en la Parusía.

El Reino en el mundo, que es la Iglesia y que está en cada alma en gracia, crece y se dirige según los planes divinos a su perfección y nada puede impedir su crecimiento. La historia verdadera, la única que no varía, es la historia que Dios ha trazado según sus planes eternos, la historia humana, que es un vaivén que sigue las acciones humanas y la libertad de los hombres, está subordinada a aquella historia y no la cambia sin conocimiento divino y según su plan providencial conocido eternamente por Dios. Igualmente sobre el alma de cada predestinado se va cumpliendo el plan providencial de Dios para que esa alma llegue infaliblemente a la perfección a pesar de sus libres desvíos del querer divino. Este camino es de crecimiento hasta la perfección cuando todos los predestinados lleguen al cielo.

El Reino de los cielos es mirado aquí, en las parábolas, desde la perspectiva divina. Mirando el plan divino cumpliéndose en la historia el Reino de Dios comenzó pequeño y se hizo grande, dio los frutos que Dios esperaba de él y en su sazón fue cegado porque los frutos se habían completado y estaban maduros.

También Jesús ha hablado del Reino desde la perspectiva terrena y mundana en la parábola de la cizaña3 donde las dos historias: la de Dios, la historia sagrada y la del hombre, la historia humana, se entrelazan. La historia humana termina definitivamente, la otra, la sagrada, llega a su cumplimiento pleno, a la perfección.

En cada alma se desarrolla también una doble historia y sólo los predestinados llegarán a la perfección para entrar en la gloria, a pesar, que también tuvieron una historia humana, incluso muchas veces, al margen de Dios.

En cada hombre se desarrolla una historia que es humana, pero esa historia puede hacerse divina desde el momento en que empalma con la historia divina. El empalme se da en la unión de voluntades, cuando el alma cumple en sí misma el plan divino eterno para ella, manifestado en su voluntad aquí y ahora, y se separa de esa historia, haciendo una historia paralela, cuando hace su voluntad al margen del plan divino sobre ella.

No sabemos si estamos predestinados, pero sí sabemos que si mi historia personal se une a la historia que Dios ha trazado sobre mí, y que se manifiesta en su querer cotidiano, estoy en camino hacia la perfección y esto es signo manifiesto de predestinación.

El grano de mostaza crece cuando sigue su curso natural, la semilla crece sola siguiendo su crecimiento natural. El hombre no puede cambiar la naturaleza de ese crecimiento. Por más que el hombre “duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo”. Así es el crecimiento del Reino, y por más que el hombre crea cambiar el curso de la historia personal o universal y hacerse su propia historia, el que maneja la historia es Dios. Las parábolas nos llaman a plegarnos a ese crecimiento del Reino en el mundo y en nuestra propia alma. Aceptación que no implica quedarnos con los brazos cruzados, pero sí, a tener una gran confianza en Dios sabiendo que si nos unimos a su voluntad llegaremos a gozar de la plenitud de su Reino y que la triste historia humana, la que se vive al margen de Dios no tiene consistencia alguna por más que algunos ilusos se muestren omnipotentes a nuestro ojos y a los ojos de la humanidad. Dios permite la historia de los que viven al margen de su historia para respetar su libertad pero esa historia no escapa a sus planes providenciales que inexorablemente se van cumpliendo hasta su completa realización.

1 Mc 4, 11.
2 Cf. Nota de la Biblia de Jerusalén a Mt 13, 13.
3 Mt 13, 24-43.



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Aplicación: R.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - Semilla de Bendición

Acabamos de escuchar en el evangelio y la primera lectura un lenguaje especial tomado, podemos decir, del mundo agrícola, pero con una clara significación espiritual. ¿Qué es la semilla?

1. Semillas de Dios

En una parábola anterior, la tan conocida del sembrador, la semilla es la palabra de Dios (cf. Lc 8,11). Pues bien ¿qué es, entonces, la palabra de Dios? Este término o expresión designa una realidad más compleja de lo que solemos entender a primera vista. Para tratar de comprender más profundamente, tratemos de recordar el relato de la creación al comienzo de la Biblia. Allí el sagrado texto repite con frecuencia la siguiente expresión: Dios dijo… y fue hecho (cf. Gn 1. Por ejemplo: Dijo Dios: sea la luz; y la luz fue). Algo semejante se puede apreciar en los profetas, como en la primera lectura: Yo Yahveh he hablado y lo haré (v. 24). O sea cuando Dios dice algo no es como cuando nosotros decimos algo. Su palabra tiene una fuerza particular.

Esto, en realidad, nosotros lo expresamos con un término cargado de significado, bendición, el cual literalmente significa “bien dicho” (decir bien = ben-decir). O, si tomamos su antecedente griego, eulogia, significa algo así como “legítimo o auténtico dicho”. El Catecismo de la Iglesia Católica define esta realidad por su naturaleza: “bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre. Su bendición es a la vez palabra y don (“bene-dictio”, “eu-logia”).” (1078)

Y desciende a ejemplos bien concretos y particulares para que se comprenda mejor qué es esto: “Desde el comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda la obra de Dios es bendición. Desde el comienzo, Dios bendice a los seres vivos, especialmente al hombre y la mujer. La alianza con Noé y con todos los seres animados renueva esta bendición de fecundidad… A partir de Abraham… la bendición divina penetra en la historia humana, que se encaminaba hacia la muerte, para hacerla volver a la vida, a su fuente… Las bendiciones divinas se manifiestan en acontecimientos maravillosos y salvadores: el nacimiento de Isaac, la salida de Egipto (Pascua y Éxodo), el don de la Tierra prometida, la elección de David, la Presencia de Dios en el templo, el exilio purificador y el retorno de un pequeño resto…” (1079-1081). Como una curiosidad interesante podemos añadir aquí que el libro del Génesis es el libro que contiene en mayor proporción el uso de la palabra bendición, como para señalar cual es el proyecto originario de Dios, que no es otro que comunicar su propia bondad.

“Bendecir, entonces, es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre” (1078). Y es lo dicho por Dios, la palabra de Dios, palabra que es obra.


2. Jesucristo, Palabra de Dios

En esta línea podemos comprender más profundamente lo que dice san Juan al comienzo de su evangelio y de sus cartas acerca del Lógos de Dios, es decir de la Palabra de Dios que es Jesús. Al decir de san Juan de la Cruz, Jesús es LA Palabra de Dios, al decirnos esa Palabra no tiene ya más nada que decir, porque en Él lo ha dicho todo: “porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra…; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad” (en 65).

Y tenemos que precisar que esto no tiene que ser entendido sólo en el sentido de que la Revelación ha alcanzado su grado máximo, sino también en el sentido de que, siendo la palabra la bendición de Dios, es decir la comunicación de vida, entonces significa que en Cristo se realiza la máxima “acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre” (1078).

San Pablo, al contemplar esta realidad, prorrumpe en un cántico de alabanza: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo… (Ef 1,3). San Clemente, en su carta a los Corintios, afirma que “la bendición de Dios debe ser nuestro objetivo, y la manera de obtenerla nuestra dedicación” (n. 31)

Y este es el quid de la cuestión ¿cómo hacemos para obtenerla? ¿cómo se produce la siembra en nuestros corazones de esa semilla que es la palabra que es Jesús? “En la Liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la Creación y de la Salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo” (1082).

¿Qué es, exactamente, la liturgia? Nuestra palabra liturgia viene de la combinación de dos palabras griegas, léitos y ergon, cuya combinación significa obra o quehacer público, obra pro populo, es decir, por el pueblo y para el pueblo. En la tradición cristiana quiere significar que el Pueblo de Dios toma parte en la obra de Dios (1069, cf. Jn 17,4). Es prudente señalar que el término usado aquí para pueblo indica una comunidad organizada, es decir con sus autoridades, no una simple multitud o masa amorfa.

¿Qué significa en concreto eso de participar en la obra de Dios? Recordemos que “el día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo. El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la dispensación del Misterio: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia… Durante este tiempo de la Iglesia, Cristo vive y actúa en su Iglesia y con ella… Actúa por los sacramentos; esto es lo que la Tradición común de Oriente y Occidente llama ‘la Economía sacramental’; ésta consiste en la comunicación (o ‘dispensación’) de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia ‘sacramental’ de la Iglesia” (1076). El mysterion de Cristo es comunicado, es participado a nosotros a través de los mysteria, es decir de los sacramentos.


3. Semilla que crece y da fruto

Esa siembra a través de los mysteria o sacramentos realiza en nuestros corazones, incluso de una manera imperceptible, una labor de crecimiento y desarrollo que lleva, finalmente, al reconocimiento de la benéfica acción divina en nosotros. “Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente es el Padre… Aplicado al hombre, ese término significa la adoración y la entrega a su Creador en la acción de gracias” (1078). “La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen… porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición. Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido) o bien implora la gracia del Espíritu Santo que por medio de Cristo, desciende de junto al Padre (es Él quien nos bendice)” (2626-2627)

Esta acción del hombre, que surge como respuesta a la acción de Dios, alcanza también su momento cumbre en la liturgia en donde, a través del mismo Cristo en el que el Padre nos ha bendecido, nosotros por nuestra parte bendecimos al Padre, solicitando paralelamente el desarrollo de esa semilla en nosotros. Así lo expresa el catecismo: “Se comprende, por tanto, que en cuanto respuesta de fe y de amor a las bendiciones espirituales con que el Padre nos enriquece, la liturgia cristiana tiene una doble dimensión. Por una parte, la Iglesia, unida a su Señor y bajo la acción del Espíritu Santo, bendice al Padre por su don inefable mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias [eu-charistía]. Por otra parte, y hasta la consumación del designio de Dios, la Iglesia no cesa de presentar al Padre la ofrenda de sus propios dones [los frutos producidos por la semilla] y de implorar que el Espíritu santo venga sobre esta ofrenda, sobre ella misma, sobre los fieles y sobre el mundo entero, a fin de que por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo-sacerdote y por el poder del Espíritu estas bendiciones divinas den frutos de vida para alabanza de la gloria de su gracia” (1083).


4. Conclusión
A la luz de estas consideraciones podemos entender cómo es que los grandes santos que iniciaron sorprendentes obras de caridad insistían en la necesidad de una profunda oración y una auténtica unión con Dios a través de la liturgia, es decir unión en el mysterion de Cristo a través de los mysteria. Pensemos en san Vicente de Paúl o en la Beata Teresa de Calcuta por mencionar tan sólo un par de los más conocidos.

Que María Santísima, venerada con el título de “Jardín Cerrado”, auténtico paraíso en donde floreció de manera magnífica toda clase de semilla divina, nos alcance a nosotros la gracia de permitir el crecimiento y desarrollo de la Palabra de Dios, para que también nosotros seamos llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (Fil 1,10)
(MENGELLE, E., Jesucristo, Misterio y Mysteria , IVE Press, Nueva York, 2008)



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Ejemplos Predicables

Vendemos la semilla

“¿Cómo será el cielo?”
Un mosquito nacido en el interior de un barril se puso a volar por dentro y se decía:
- ¡Cuánto espacio para mí solo!
En su ingenuidad se hallaba bien allí, aunque aquellas paredes estaban formadas de una madera negra y húmeda. Se aventuró a reposar en la extremidad de un agujero, y picado de la curiosidad, echó a volar, y se encontró con una estancia mucho más espaciosa que la anterior. Era la despensa donde se guardaba el barril. El mosquito decía para sí:
- Esto es un espléndido palacio en comparación con el barril donde nací.
Viendo que la luz venía de una abertura se acercó allá, y cuál fue la sorpresa al encontrarse en un espacio lúcido sin traba alguna.
- En mucho tenía yo el barril y la despensa -decía-, pero ahora reconozco que son nada comparados con la inmensidad del espacio en que me muevo.
¿No serán éstas, aunque lejos, las emociones del hombre al entrar en el cielo?
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 486)

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