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Domingo 14 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios


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A su disposición
Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Incredulidad y repudio de Jesús en su patria (Mc 6,1-6)

Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F sobre las tres lecturas

Exégesis: Manuel de Tuya - Cristo en Nazaret

Comentario Teológico: San Juan Pablo Magno - El milagro como llamada a la fe

Comentario Teológico: Benedicto XVI - LA IMPORTANCIA FUNDAMENTAL DE LA FE

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Un profeta no es rechazado sino en su patria y entre los suyos

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - Las bendiciones de Dios son respuesta a la fe del hombre

Aplicación: Cardenal Gomá - Jesús en Nazaret

Aplicación: Raniero Cantalamessa - Salió de allí y vino a su patria

Aplicación: José M. Bover - El escándalo de los suyos

Ejemplos Predicables

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo


Exégesis: Rudolf Schnackenburg - Incredulidad y repudio de Jesús en su patria (Mc 6,1-6)

El repudio incrédulo de Jesús en su patria de Nazaret está en contraste con los relatos precedentes, expuestos con la finalidad de suscitar la fe. La mujer sencilla del pueblo había creído y Jairo, el jefe de la sinagoga, había acudido a él lleno de confianza. Es precisamente en su patria donde Jesús choca con una incredulidad crasa. Históricamente no hay por qué dudar de ello -acerca de los «hermanos» de Jesús, cf. Jn 7:3 ss-; aunque el evangelista persigue además un interés teológico. El ministerio de Jesús no resulta evidente para sus contemporáneos, el misterio de su persona se les esconde más de una vez bajo sus grandes milagros. Muchos no salen de su asombro (cf. 5,20), y en la resurrección de la hija de Jairo la multitud se burla incluso de Jesús. La paradoja de la incredulidad no hace más que destacar con mayor relieve entre las gentes de Nazaret; son el caso típico de quienes «ven, pero no perciben; oyen, pero no entienden» (4,12). Se trata de la misma experiencia y enseñanza que expresa el cuarto evangelista al final del ministerio público de Jesús: «A pesar de haber realizado Jesús tantas señales en presencia de ellos, no creían en él» (Jn 12:37). Descubrimos aquí la otra línea que perseguía el evangelista mediante esta sección: el hecho de la incredulidad y su carácter incomprensible. Parece que Jesús se presenta ahora por vez primera en la sinagoga de su patria como maestro. La exposición rebosa ingenuidad y vida. Jesús, como ocurre en Lc 4:16-21 aunque todavía de un modo más gráfico e impresionante1, hace uso del derecho que asiste a todos los israelitas adultos de hacer la lectura bíblica y su exposición. Pero sus paisanos están asombrados de que tenga la capacidad de hablar tan bien y de interpretar la Escritura. Nada se dice aquí de la «autoridad» de Jesús (Lc 1:22), ni escuchamos nada acerca de su pretensión de que «hoy» se cumplan los vaticinios proféticos (Lc 4:21). Nada de ello le interesa aquí al narrador; le basta con que exista un asombro incrédulo. Se habla ciertamente de los prodigios realizados en otros lugares, pero a Jesús se le niega la fe. Los habitantes de Nazaret conocen a Jesús como «el carpintero» o -según otra lectura- «el hijo del carpintero»2. Jesús ha ayudado a su padre en el trabajo y con él ha aprendido el oficio manual. También se le conoce como «hijo de María» y «hermano» de otros hombres que forman su familia3. También sus «hermanas» habitan allí, como miembros más o menos lejanos del clan afincado en Nazaret. Por ello la gente no puede entender que Jesús tenga algo especial y se escandaliza en él. Es la palabra típica para indicar el tropiezo en la fe, y que también ha entrado en el lenguaje comunitario (Lc 4:17). Para cuantos lo leen, el episodio constituye una severa señal de advertencia: quienes piensan conocer a Jesús, no le comprenden y se alejan de él. Hay muchos tropezones y caídas en el terreno de la fe. Hasta los discípulos más allegados a Jesús han tomado escándalo de él en una hora oscura: cuando Jesús se dejó conducir sin resistencia alguna por sus enemigos (Lc 14:27-29). A sus paisanos incrédulos les lanza Jesús una palabra, que tal vez fuese proverbial entre ellos: «A un profeta sólo lo desprecian en su tierra.» La expresión nos la ha transmitido también Juan (Lc 4:44) en otro contexto, indicando siempre una experiencia amarga. Los enviados de Dios es precisamente en su patria donde encuentran la oposición y el repudio. Así. Jeremías no puede por menos de quejarse de que sus conciudadanos alimenten contra él intenciones malvadas y hasta atenten contra su vida (Jer 11:18-23). No otra es la suerte que espera al último enviado de Dios, que está por encima de todos los profetas. En la actitud de los nazarenos se anuncia ya a los lectores cristianos el misterio de la pasión de Jesús; pero en el destino de su Señor reconocen también su propio destino. Jesús se ha apartado de sus parientes y se ha creado una nueva «familia» (cf. 3,35) y también sus discípulos lo han abandonado todo por causa del Evangelio (10,30).

Los discípulos de Cristo tienen que comprender que habrá discordias en las familias por causa de la fe (cf. 13,12). A la sentencia del profeta que originariamente sólo es despreciado en su propia «tierra», ha añadido expresamente el evangelista «entre sus parientes y en su casa». Con frecuencia Dios no ahorra esa amargura a los que llama.

La consecuencia de la incredulidad es que Jesús no puede realizar en Nazaret ningún gran milagro, sino que cura simplemente a algunos enfermos imponiéndoles las manos. ¿Por qué no «pudo» Jesús actuar allí con plenos poderes? Nada se dice al respecto, aunque tampoco aparece por ninguna parte la salida apologética de que Jesús no pudo obrar porque no quiso. Según el pensamiento bíblico es Dios quien otorga el poder de hacer milagros. Habría, pues, que concluir que es el mismo Dios quien ha señalado el objetivo y los límites al poder milagroso de Jesús.

Jesús no debe llevar a cabo ningún portento allí donde los hombres se le cierran con una incredulidad obstinada. Todo su ministerio está subordinado a la historia de la salvación, al mandato del Padre. Las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan suenan como un comentario: «De verdad os aseguro: nada puede hacer el Hijo por sí mismo, como no lo vea hacer al Padre» (5,19). Los milagros ostentosos, que los incrédulos requerían de él, los ha rechazado siempre. La generación perversa que reclama un signo del cielo le hace suspirar (8,11s). Esto es también una enseñanza saludable para la fe que no debe impetrar ningún signo evidente ni pruebas definitivas. Jesús «quedó extrañado de aquella incredulidad». Con esta frase se cierra el relato haciendo que el lector siga meditando sobre el enigma de la incredulidad.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

[1] Lucas desplaza la escena al comienzo del ministerio público de Jesús y presenta un relato detallado que tomó de una tradición particular (4,16-30). Ese relato puede muy bien proyectar alguna luz sobre el ministerio de Jesús: el cumplimiento presente de la profecía de salvación (v. 18-21), una visión anticipada de la incredulidad de Israel y de la elección de los paganos (v. 25-27), tal vez incluso una alusión al destino profético de Jesús (v. 29: véase 13.33 Y 34).

2 El texto primitivo de Marcos sonaba probablemente así: «El carpintero, el hijo de María»; la otra lectura se explica por influencia del texto de Mateo donde aparece «el hijo del carpintero». El hecho de que se señale a Jesús como «el hijo de María» no supone ninguna tendencia teológica -nacimiento virginal-, sino que se explicaría si para entonces ya había muerto José.

3 Este pasaje es importante porque da algunos nombres personales; los hombres que aquí se nombran pueden identificarse en parte con personas que nos son conocidas por la tradición y que, por lo mismo. no pueden ser verdaderos hermanos carnales de Jesús. Así, Simón y Judas eran hijos de un Klopas o Cleofás, hermano de José; cf. J. SCHMID, Los «hermanos de Jesús», en El Evangelio según san Marcos. Herder. Barcelona 1967, p. 126-128.



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Exégesis: R.P. José María Solé Roma, C.M.F sobre las tres lecturas

Sobre la Primera Lectura (Ez 2, 2-5)

Ezequiel nos cuenta la vocación y misión que ha recibido de Yahvé:

- La Teofanía o aparición de la Gloria de Dios le ha hecho caer en tierra (Ez 1,29). Una voz del cielo le ordena ponerse en pie: 'Mantente en pie' (2, 1). Esta actitud ante Dios significa:
a) La disponibilidad del Profeta. Es la actitud de quien está presto para cumplir su misión.
b) El vigor y eficiencia que Dios le da al elegirle por su Profeta y mensajero.
c) La transformación que obra en él la Palabra de Dios; en el c. 37 vemos cómo al entrar el Espíritu de Dios en aquellos huesos áridos resucitan y se ponen en pie. Ezequiel al soplo del Espíritu de Dios será un nuevo hombre.

- La misión que Dios confía a Ezequiel es difícil. Es enviado a un pueblo rebelde, de frente dura y de corazón empedernido. Siempre los Profetas de Dios topan con la incomprensión, el desdén y la persecución.

- La razón de ser del Profeta y el secreto de su fuerza está en que es un enviado de Dios y se llega a los hombres con su mensaje de Dios: 'A ellos te envío para decirles: Así habla el Señor Yahvé' (4). 'Pues viviente es la Palabra de Dios, y eficiente, y más tajante que una espada de dos filos y que penetra hasta los linderos del alma y del espíritu (Heb 4, 12). Tomemos ejemplo de los Profetas quienes hemos recibido la misión y el carisma de anunciar la Palabra de Dios: 'Investidos de este misterio, con el que nos favoreció la bondad del Señor, no desmayamos. Antes bien, desechamos los artificios ruines y no procedemos astutamente ni falsearnos la Palabra de Dios, sino que manifestamos la verdad' (2Cor 4, 1-2).


Sobre la Segunda Lectura (2Cor 12, 7-10)

En la elección y vocación de Pablo, el Apóstol de Cristo por antonomasia, encontramos lecciones muy interesantes para cuantos van a recibir el carisma de la vocación apostólica:

- Esta vocación no es un mérito, es una gracia; no es de propia elección, sino por elección divina. San Pablo nos dice acerca de su vocación: Cuando le plugo a Aquel que me segregó del seno materno y me llamó por su gracia, revelarme su propio Hijo para que yo evangelizara a los gentiles' (Gal 1,16). El Apóstol de Dios lo es por gracia de Dios. El sello de esta vocación le marca desde el seno materno, bien que, como en el caso de Pablo, no sea conocido hasta muy tarde.

- Nunca le faltan al auténtico Apóstol las persecuciones y la dolorosa crucifixión. San Pablo nos habla de 'una espina hincada en su carne', de un emisario de Satanás. En la vida de Pablo esta 'espina' eran los 'judaizantes' o 'falsos hermanos', que le molestaban y atormentaban del modo más cruel. Es aleccionadora la respuesta que recibe al pedir a Dios que le libre de aquella dolorosa situación: 'Te basta mi gracia, pues el poder de ella se manifiesta en tus flaquezas' (9). Con el dolor y las persecuciones el Apóstol se mantiene humilde y aviva su conciencia de que no por su actuación, sino por la gracia de Dios, vence al mundo, al demonio y al pecado.

- Con esta certeza el Apóstol no desmaya ante ningún obstáculo. Es que no se apoya en sí mismo, sino en Dios Omnipotente. Pablo dice, hablando del carisma del apostolado: 'Llevamos este tesoro en. vasos de arcilla a fin de que reconozcamos que este sobreeminente poder nos viene de Dios, no de nosotros' (2Cor 4, 7). En vasos de arcilla pone Dios sus ricos tesoros, para humildad nuestra y gloria suya. Son oportunas consignas para cuantos tienen la vocación del apostolado estas de Pablo: 'Todo lo puedo en Aquel que me conforta'. (Flp 4, 13). 'Me glorío en mis flaquezas. Pues cuanto me siento endeble entonces soy fuerte. Porque cuando soy débil entonces se apodera de mí la fuerza de Cristo' (2Cor 12, 9.10). Por esto, hijos de Dios y heraldos de la luz pedimos: 'Concédenos, Señor, que nunca nos envuelvan tinieblas de error, sino que anegados en esplendores de verdad la irradiemos siempre'. (Colecta).



Sobre el Evangelio (Mc 6, 1-6)

Cristo, el Enviado del Padre, no es recibido por todos. Concretamente en Nazaret, donde ha pasado los años de la vida oculta y donde tiene muchos parientes, es rechazado:

- Recibir a Jesús es verlo con los ojos de la fe como Enviado del Padre, como Mesías y como Hijo de Dios. El Hijo de Dios para ser nuestro Maestro y nuestro Salvador se ha humillado y nivelado haciéndose en todo igual a nosotros. Los de Nazaret, que han conocido más de cerca este estado de humillación de Jesús, se cierran del todo a su mensaje y se niegan a reconocerle como Mesías. Jesús tiene que decirles: 'Donde más despreciado es un Enviado de Dios. es en su patria y entre sus parientes y familiares'. (5).

- La fe verdadera reconoce en Jesús su humildad y su divinidad, su humillación y su grandeza. Es verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios. A través de su humanidad, que vemos, llegamos por la fe a su divinidad, que no vemos. Las debilidades de su humanidad, cual la asumió por amor a nosotros, no deben escandalizarnos o hacer titubear nuestra fe, sino que deben acrecer nuestro amor.

- Referente al v. 3, del que tanto han abusado algunos herejes y hoy sobre todo abusan los Testigos de Jehová, baste decir: 'Hermanos de Jesús' no significa hijos de María, sino parientes próximos, como por ejemplo primos, que en hebreo y arameo se llamaban también 'hermanos' (Gén 13, 8; 14,16 ,29,15; Lv 10, 4; 1Cor 22, 22; Mt 27, 56; Mc 15, 40).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)


Exégesis: Manuel de Tuya - Cristo en Nazaret

La escena de Mc y MT responde a al primera parte del relato de Lc, pues en Mc y Mt Cristo "curó" algunos enfermos. Si no hizo allí más curaciones es que "no pudo hacer allí ningún (otro) milagro", cuya razón explicita Mt: "por su incredulidad" en El.

v.1) Cristo sale probablemente de Cafarnaúm, y vino a "su patria". Esta es Nazaret. (Mc 1,9.24; Lc 4,16).

v.2) "¿Cómo se hacen por su mano tales milagros?". Los nazarenos oyeron hablar de lo milagros de Cristo, y reconocen que los realiza, pero como un simple instrumento o intermediario. Por eso, la sabiduría que tiene "le ha sido dada", y los "milagros se hacen por su mano". Esto mismo se dice de Moisés (2 Par 35,6). Pero su creencia en El, aun como taumaturgo, es muy rudimentaria. Por conocer a sus familiares desestiman sus poderes y se "escandalizan" de El. Probablemente desconfían del valor de sus obras, mientras no sean reconocidas por tales en Jerusalén por los doctores (Jn 7,3-5). Es un caso de estrechez aldeana y familiar.

v.3) A Cristo se le hace "artesano" (tékton). La palabra griega usada significa un artesano que trabaja preferentemente en madera. Pero entonces, y en aquel villorrio, los oficios de un artesano no podían extenderse a otros pequeños menesteres. Se citan "hermanos" y "hermanas" de Cristo. Estos son "parientes" en grado diverso del mismo. Precisamente en el mismo evangelio se da el nombre de la madre de estos hermanos de Cristo. La razón de llamarlos "hermanos" y no parientes, o específicamente con el grado de parentesco que tuviesen se debe a que en hebreo no hay términos específicos para esto. Sólo se usa para todos los grados de parentesco la palabra hermano (´ah).

v.4) no deja de extrañar el que Cristo diga aquí que sólo en su patria y entre los suyos es desestimado un profeta, cuando precisamente viene de la región de los gerasenos, de donde le rogaron se marchase. Acaso las escenas que tienen esta contigüidad literaria no la tengan históricamente tan inmediata. Mt lo pone en otra situación literaria, sin que la condicione su sistema esquemático. La frase es un proverbio. En todo caso, Cristo en la región de Gerasa se presentó como un desconocido, mientras que en Nazaret vino precedido de la gran fama de los milagros.

v.6) Esta "admiración" verdadera que Cristo tiene a causa de la "incredulidad" que tenían en El, en nada va contra la plena sabiduría que tiene por su ciencia "beatífica" e infusa, ya que esto no es más que un caso del ejercicio de su ciencia "experimental" como la teología enseña.
(Manuel de Tuya, Biblia comentada, B.A.C., Madrid, 1964, pg. 670-671)



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Comentario Teológico: Beato Juan Pablo Magno - El milagro como llamada a la fe

1. Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él.

Es sabido que la fe es una respuesta del hombre a la palabra de la revelación divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta Palabra de Dios que se revela. Es una “señal” de su presencia y de su obra, un signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de modo suficiente el vínculo particular que existe entre los “milagros-signos” de Cristo y la fe: vínculo tan claramente delineado en los Evangelios.

2. Efectivamente, encontramos en los Evangelios una larga serie de textos en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable y sistemático de los milagros de Cristo.

Al comienzo de esta serie es necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, y aún antes y sobre todo en el momento de la Anunciación. Se podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su adhesión a la fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación: “Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor” (Lc 1, 45). Sí, María ha creído como ninguna otra persona, porque estaba convencida de que “para Dios nada hay imposible” (cf. Lc 1, 37).

Y en Caná de Galilea su fe anticipó, en cierto sentido, la hora de la revelación de Cristo. Por su intercesión, se cumplió aquel primer milagro-signo, gracias al cual los discípulos de Jesús “creyeron en él” (Jn 2, 11). Si el Concilio Vaticano II enseña que María precede constantemente al Pueblo de Dios por los caminos de la fe (cf. Lumen gentium, 58 y 63; Redemptoris Mater, 5-6), podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación se encuentra en el Evangelio que refiere los “milagros-signos” en María y por María en orden a la llamada a la fe.

3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús le dice: “No temas, ten sólo fe”. (Dice “no temas”, porque algunos desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36).

Cuando el padre del epiléptico pide la curación de su hijo, diciendo: “Pero si algo puedes, ayúdanos...”, Jesús le responde: “Si puedes! Todo es posible al que cree”. Tiene lugar entonces el hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: “¡Creo! Ayuda a mi incredulidad” (cf. Mc 9, 22-24).

Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto? “Sí, Señor, creo...” (cf. Jn 11, 25-27).

4. El mismo vínculo entre el “milagro-signo” y la fe se confirma por oposición con otros hechos de signo negativo. Recordemos algunos de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de Nazaret “no pudo hacer...ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes les impuso las manos y los curó. Él se admiraba de su incredulidad” (Mc 6, 5-6).

Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió una vez a Pedro: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”. Esto sucedió cuando Pedro, que al principio caminaba valientemente sobre las olas hacia Jesús, al ser zarandeado por la violencia del viento, se asustó y comenzó a hundirse (cf. Mt 14, 29-31).

5. Jesús subraya más de una vez que los milagros que Él realiza están vinculados a la fe. “Tu fe te ha curado”, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás, le había tocado el borde del manto, quedando sana (cf. Mt 9, 20-22; y también Lc 8, 48; Mc 5, 34).

Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: “(Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!” (cf. Mc 10, 46-52). Según Marcos: “Anda, tu fe te ha salvado” le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: “Ve, tu fe te ha hecho salvo” (Lc 18, 42).

Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan volver a ver, Jesús les pregunta: “¿Creéis que puedo yo hacer esto?”. “Sí, Señor”... “Hágase en vosotros, según vuestra fe” (Mt 9, 28-29).

6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mt 15, 21-28).

¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

7. Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cf. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a Él para que los socorra con su poder divino.

8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en Él” (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaúm, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: “¿Queréis iros vosotros también?”. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Cfr. Jn 6, 66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 30-31).
(JUAN PABLO II, Audiencia General del Miércoles 16 de diciembre de 1987)



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Comentario Teológico: Benedicto XVI - LA IMPORTANCIA FUNDAMENTAL DE LA FE


Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado; queridos hermanos y hermanas:
Me alegra reunirme, al final de su sesión plenaria, con la Congregación para la doctrina de la fe, Congregación que tuve la alegría de presidir durante más de veinte años, por mandato de mi predecesor, el venerado Papa Juan Pablo II. Vuestros rostros me traen a la memoria también los de todos aquellos que durante estos años han colaborado con el dicasterio: pienso en todos con gratitud y afecto. No puedo menos de recordar, con cierta emoción, ese período tan intenso y fecundo que pasé en la Congregación, que tiene la misión de promover y defender la doctrina sobre la fe y las costumbres en toda la Iglesia católica (cf. "Pastor bonus", 48).

En la vida de la Iglesia la fe tiene una importancia fundamental, porque es fundamental el don que Dios hace de sí mismo en la Revelación, y esta auto-donación de Dios se acoge en la fe. Aparece aquí la relevancia de vuestra Congregación que, en su servicio a toda la Iglesia, y en particular a los obispos como maestros de la fe y pastores, está llamada, con espíritu de colegialidad, a favorecer y recordar precisamente la centralidad de la fe católica, en su expresión auténtica. Cuando se debilita la percepción de esta centralidad, también el entramado de la vida eclesial pierde su vivacidad original y se gasta, cayendo en un activismo estéril o reduciéndose a astucia política de sabor mundano. En cambio, si la verdad de la fe se sitúa con sencillez y determinación en el centro de la existencia cristiana, la vida del hombre se renueva y reanima gracias a un amor que no conoce pausas ni confines, como recordé también en mi reciente carta encíclica "Deus caritas est".

La caridad, desde el corazón de Dios, a través del corazón de Jesucristo, se derrama mediante su Espíritu en el mundo, como amor que lo renueva todo. Este amor nace del encuentro con Cristo en la fe: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" ("Deus caritas est", 1). Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es resplandor de verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es él y a él remite. Jesús es la estrella polar de la libertad humana: sin él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con él, la libertad se reencuentra, se reconoce creada para el bien y se expresa mediante acciones y comportamientos de caridad.

Por eso Jesús dona al hombre la plena familiaridad con la verdad y lo invita continuamente a vivir en ella. Es una verdad ofrecida como realidad que conforta al hombre y, al mismo tiempo, lo supera y rebasa; como Misterio que acoge y excede al mismo tiempo el impulso de su inteligencia. Y nada mejor que el amor a la verdad logra impulsar la inteligencia humana hacia horizontes inexplorados. Jesucristo, que es la plenitud de la verdad, atrae hacia sí el corazón de todo hombre, lo dilata y lo colma de alegría. En efecto, sólo la verdad es capaz de invadir la mente y hacerla gozar en plenitud. Esta alegría ensancha las dimensiones del alma humana, librándola de las estrecheces del egoísmo y capacitándola para un amor auténtico. La experiencia de esta alegría conmueve, atrae al hombre a una adoración libre, no a un postrarse servil, sino a inclinar su corazón ante la Verdad que ha encontrado. Por eso el servicio a la fe, que es testimonio de Aquel que es la Verdad total, es también un servicio a la alegría, y esta es la alegría que Cristo quiere difundir en el mundo: es la alegría de la fe en él, de la verdad que se comunica por medio de él, de la salvación que viene de él. Esta es la alegría que experimenta el corazón cuando nos arrodillamos para adorar a Jesús en la fe. Este amor a la verdad inspira y orienta también el acercamiento cristiano al mundo contemporáneo y el compromiso evangelizador de la Iglesia, temas que habéis estudiado durante los trabajos de la plenaria. La Iglesia acoge con alegría las auténticas conquistas del conocimiento humano y reconoce que la evangelización exige también afrontar realmente los horizontes y los desafíos que plantea el saber moderno.

En realidad, los grandes progresos del saber científico realizados en el siglo pasado han ayudado a comprender mejor el misterio de la creación, marcando profundamente la conciencia de todos los pueblos. Sin embargo, los progresos de la ciencia han sido a veces tan rápidos que ha sido bastante complejo descubrir si eran compatibles con las verdades reveladas por Dios sobre el hombre y sobre el mundo. A veces, algunas afirmaciones del saber científico se han contrapuesto incluso a estas verdades. Esto ha podido provocar cierta confusión en los fieles y también ha constituido una dificultad para el anuncio y la recepción del Evangelio. Por eso, es de vital importancia todo estudio que se proponga profundizar el conocimiento de las verdades descubiertas por la razón, con la certeza de que no existe "competitividad alguna entre la razón y la fe" ("Fides et ratio", 17).

No debemos tener ningún temor de afrontar este desafío: en efecto, Jesucristo es el Señor de toda la creación y de toda la historia. El creyente sabe bien que "todo fue creado por él y para él, (...) y todo tiene en él su consistencia" (Col 1, 16. 17). Profundizando continuamente el conocimiento de Cristo, centro del cosmos y de la historia, podemos mostrar a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo que la fe en Él tiene relevancia para el destino de la humanidad: más aún, es la realización de todo lo que es auténticamente humano. Sólo desde esta perspectiva podremos dar respuestas convincentes al hombre que busca. Este compromiso es de importancia decisiva para el anuncio y la transmisión de la fe en el mundo contemporáneo. En realidad, ese compromiso constituye una prioridad urgente en la misión de evangelizar. El diálogo entre la fe y la razón, entre la religión y la ciencia, no sólo ofrece la posibilidad de mostrar al hombre de hoy, de modo más eficaz y convincente, la racionalidad de la fe en Dios, sino también la de mostrar que en Jesucristo reside la realización definitiva de toda auténtica aspiración humana. En este sentido, un serio esfuerzo evangelizador no puede ignorar los interrogantes que plantean también los descubrimientos científicos y las cuestiones filosóficas actuales.

El deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre, y toda la creación es una inmensa invitación a buscar las respuestas que abren la razón humana a la gran respuesta que desde siempre busca y espera: "La verdad de la revelación cristiana, que se manifiesta en Jesús de Nazaret, permite a todos acoger el "misterio" de la propia vida. Como verdad suprema, a la vez que respeta la autonomía de la criatura y su libertad, la obliga a abrirse a la trascendencia. Aquí la relación entre libertad y verdad llega al máximo y se comprende en su totalidad la palabra del Señor: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32)" ("Fides et ratio", 15).

La Congregación encuentra aquí el motivo de su compromiso y el horizonte de su servicio. Vuestro servicio a la plenitud de la fe es un servicio a la verdad y, por eso, a la alegría, una alegría que proviene de lo más íntimo del corazón y brota de los abismos de amor que Cristo ha abierto de par en par con su corazón traspasado en la cruz y que su Espíritu difunde con inagotable generosidad en el mundo. Desde este punto de vista, vuestro ministerio doctrinal puede definirse, de modo apropiado, "pastoral". En efecto, vuestro servicio es un servicio a la plena difusión de la luz de Dios en el mundo. Que la luz de la fe, expresada en su plenitud e integridad, ilumine siempre vuestro trabajo y sea la "estrella" que os guíe y os ayude a dirigir el corazón de los hombres a Cristo. Este es el difícil y fascinante compromiso que compete a la misión del Sucesor de Pedro, en la cual estáis llamados a colaborar. Gracias por vuestro trabajo y por vuestro servicio. Con estos sentimientos, os imparto a todos mi bendición.

(Discurso que dirigió Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de febrero de 2006. Entre líneas se puede percibir la experiencia del cardenal Joseph Ratzinger durante más de dos décadas de prefecto de ese dicasterio vaticano).

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Un profeta no es rechazado sino en su patria y entre los suyos

¿Por qué razón dice el evangelista estas parábolas? Porque aun tenía que decir otras más. ¿Por qué el Señor cambia de lugar? Porque quería sembrar por todas partes su doctrina. Y, viniendo a su propia patria, les enseñaba en la sinagoga. ¿A qué pueblo llama ahora el evangelista patria de Jesús? —A mi parecer, a Nazaret, pues allí—dice—no hizo muchos milagros, y en Cafarnaúm sí que los hizo. De ahí que Él mismo dijera: Y tú, Cafarnaúm, que te has levantado hasta el cielo, tú serás abatida hasta el infierno; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti se han realizado, Sodoma estaría en pie hasta el día de hoy1.

Viniendo, pues, allí, se abs­tuvo de obrar milagros, a fin de no encender más la envidia y te­nerlos que condenar más duramente por su incredulidad, que así hubiera aumentado. Sí, en cambio, les expone su doctrina, que no era menos maravillosa que sus milagros. Porque aquellos insensatos—unos completos insensatos—, cuando debieran admirarle y pasmarse de la virtud de sus palabras, hacen lo contrario, que es vilipendiarle por la humildad del que pasaba por padre suyo. Y, sin embargo, muchos ejemplos tenían en lo antiguo de hijos ilustres nacidos de padres oscuros. Así, David, hijo fue de Jesé, que no pasaba de humilde labrador, y Amós lo fue de un cabrero, y cabrero él mismo; y Moisés, el famoso legislador, tuvo un padre muy inferior a lo que él mismo era. Más bien, pues, de­bieran haber admirado al Señor de que, siendo de quienes se imaginaban, hablaba tan maravillosamente, pues era evidente que ello no podía ser obra de diligencia humana, sino de la gra­cia de Dios. Mas, por lo que debieran admirarle, ellos le des­precian.

Por otra parte, el Señor frecuenta su sinagoga, pues de haber vivido constantemente en el desierto, hubieran tenido pretexto para acusarle como a solitario y enemigo del trato humano. Sorprendidos, pues, y perplejos, decían sus paisanos: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esas virtudes? Virtudes llaman aquí o a sus milagros o a su misma sabiduría. ¿No es éste el hijo del carpintero? Luego mayor es la maravilla y mayor debiera ser vuestra admiración. ¿No se llama María su madre? ¿Y sus hermanos no se llaman Santiago y José y Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? ¿De dónde le viene a éste eso? Y se escandalizaban en ÉI. ¿Veis cómo es Nazaret en donde hablaba? ¿No son—dicen—hermanos suyos fulano y zutano? ¿Y qué tiene eso que ver? Ésa debiera ser para vosotros la mejor razón para creer en Él. Pero no. La envidia es cosa mala y muchas veces se contradice a sí misma. Lo que era sorprendente y maravilloso, lo mismo que debiera haber bastado a arrastrarlos al Señor, eso les escandalizaba. ¿Qué les contesta, pues, Cristo? Un profeta—les dice—no es despreciado sino en su propia patria y en su propia casa. Y no hizo—prosigue el evangelista—muchos milagros entre ellos por causa de su incredulidad. Lucas dice también: No hizo allí mu­chos milagros2. —Y, sin embargo—dirás—, era natural que los hubiera hecho. Porque si todavía tenía éxito para ser admirado (y, en efecto, también entonces se le admiraba), ¿por qué razón no los hizo? —Porque no miraba a su propia ostentación, sino al provecho de ellos. Ahora bien, como éste no se daba, prescindió también el Señor de su propia manifestación, a fin de no aumentar el castigo de sus paisanos. Y, sin embargo, mirad después de cuánto tiempo, después de cuántos milagros, volvió a ellos. Y ni aun así le soportaron, sino que se encendió más viva­mente su envidia.

Mas ¿por qué, si no muchos, todavía hizo algunos milagros? —Por que no le dijeran: Médico, cúrate a ti mismo3. Porque no dijeran tampoco: Es nuestro enemigo, nos tiene declarada la guerra, y desprecia a los de su propia casa. Porque, en fin, no pudieran decir: "Si hubiera hecho entre nosotros milagros, también nosotros hubiéramos creído". De ahí que los hizo y se detuvo entre ellos: por una parte, para cumplir lo que a Él le tocaba; por otra, para no condenarlos a ellos con más razón. Mas considerad la fuerza de sus palabras, cuando, aun do­minados por la envidia, todavía le admiraban. Sin embargo, así como en sus milagros no ponen tacha en cuanto a los hechos, pero se inventan causas fantásticas, diciendo, por ejemplo: En virtud de Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa los demonios; así ahora, no pudiendo poner tacha en su doctrina, le desprecian por lo humilde de su origen. Mas considerad, os ruego, la modestia del maestro, que no los vitupera, sino que con toda mansedumbre les responde: Un profeta no es despreciado sino en su propia patria. Y no se detuvo aquí, sino que prosiguió: Y en su propia casa. Con lo que, a mi parecer, aludía a sus propios hermanos.

Por lo demás, en el evangelio de Lucas el Señor aduce ejemplos semejantes y les dice que tampoco Elías fue a los suyos, sino a una viuda extranjera; ni fue otro leproso alguno curado por Eliseo, sino el extranjero Naamán. No fueron, pues, los israelitas quienes recibieron los beneficios y quienes a ellos correspondieron, sino los extraños. Al hablarles así no hace sino revelar su mala costumbre de siempre y que no era nuevo lo que con Él hacían.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 48, BAC Madrid 1956, pp. 30-33)

[1] Mt 11, 23
2 Lc 4, 16 ss
3 Lc 4, 23



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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - Las bendiciones de Dios son respuesta a la fe del hombre

Se comprende que el pueblo de Nazaret, que había visto crecer en medio de él a Jesús, se sorprendiera al oírle proclamarse a sí mismo el Ungido de Dios de que había hablado Isaías. Ahora se encontraban ante esta disyuntiva: o lo aceptaban como el que venía a dar cumplimiento a la profecía, o se rebelaban contra Él. El privilegio de ser la cuna del tan esperado Mesías y de aquel al que el Padre celestial había proclamado en el río Jordán como su divino Hijo, era demasiado para ellos, debido a la familiaridad que tenían con Él. Preguntaron:

"¿No es éste el carpintero, el hijo de María?" (Mc 6, 3)

Creían en Dios en cierta manera, pero no en el Dios que vivía cerca de ellos, se hallaba en estrecha familiaridad con ellos y con ellos compartía su vida cotidiana. El mismo género de esnobismo que encontramos en la exclamación de Natanael: “¿Puede salir algo bueno de Nazaret?”, se convertía ahora en el prejuicio que contra Él oponían los habitantes de su pueblo natal. Cierto que era el hijo de un carpintero, pero también lo era del carpintero que hizo el cielo y la tierra. Por el hecho de que Dios hubiera asumido una naturaleza humana y sido visto en la humilde condición de un artesano de aldea, dejó de granjearse el respeto de los hombres.

Nuestro Señor “maravillóse de la incredulidad de ellos” Dos veces en los evangelios se nos dice que se “se maravilló” y “se quedó atónito”: una vez a causa de la fe de un gentil; otra a causa de la incredulidad de sus propios paisanos. Debía de esperar algo más de simpatía de parte de los de su pueblo, cierta predisposición a recibirle amablemente. Su extrañeza era la medida de su dolor, al mismo tiempo que del pecado de ellos, al decirles:

"Un profeta sólo es menospreciado
en su tierra, entre sus parientes y en su casa". (Mc 6, 4)


Al fin que comprendieran que el orgullo de ellos era equivocado, y que si no le recibían llevaría a otro lugar la salvación de que Él era portador, se colocó en la categoría de los profetas del Antiguo Testamento, quienes no habían recibido un trato mejor. Citó dos ejemplos del Antiguo Testamento. Ambos era una predicción del rumbo que iba a tomar su evangelio, a saber, que abarcaría a los gentiles. Les dijo que había habido muchas viudas entre el pueblo de Israel en lo días de Elías, cuando la gran hambre vino a señorear el país y cuando los cielos permanecieron cerrados durante tres años. Pero Elías no fue enviado a ninguna de tales viudas, sino a una viuda de Sarepta, en tierra de gentiles. Tomando otro ejemplo, les dijo que había habido muchos leprosos en los tiempos de Eliseo, pero que salvo Naamán el sirio, había sido limpiado. La mención de Naamán era particularmente humillante, puesto que éste había sido incrédulo primero, pero más tarde llegó a creer. Puesto que tanto la viuda de Sarepta como Naamán el sirio eran gentiles, Jesús daba con ello a entender que los beneficios y las bendiciones del reino de Dios venían en respuesta de la fe, y no en respuesta de la raza.

Dios, vino a decirles Jesús, no tenía ninguna deuda para con los hombres. Sus mercedes serían concedidas a otro pueblo si el suyo las rechazaba. Recordó a sus paisanos que su expectación terrena de un reino político era los que impedía comprender la gran verdad de que el cielo les había visitado en la persona de Él. Su propia ciudad natal se convirtió en el escenario de donde se proclamó la salvación de una raza o nación, sino del mundo entero. El pueblo estaba indignado, ante todo, porque Jesús pretendía traer la liberación del pecado en su calidad del santo Ungido de Dios; en segundo lugar, a causa de la advertencia de que la salvación, que primero era de los judíos, al rechazarla estos pasaría a los gentiles. A menudo los santos no son reconocidos por los que lo rodean. Le arrojarían de entre ellos porque Él los había repudiado y había dicho que era el Cristo. La violencia que sobre Él obraron era un preludio de su Cruz.

Nazaret se halla situada entre colinas. A poca distancia de ella, hacia el sudeste, hay una roca escarpada a unos veinticinco metros de altura que se extiende unos novecientos metros hasta los llanos de Esdrelón. Es allí donde la tradición sitúa el lugar donde intentaron despeñar a Jesús.

"Mas él, pasando en medio de ellos, se fue". (Lc 4, 30)

La hora de su crucifixión no había llegado, pero los minutos se estaban marcando con una violencia espantosa cada vez que proclamaba que era enviado por Dios y que era Dios.
(FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Herder, Barcelona 1996, pp. 231 ss)

 

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Aplicación: Cardenal Gomá – Jesús en Nazaret

Explicación. — Ya se ha dicho en otra parte que no son pocos que identifican este viaje de Jesús a Nazaret con el que Lucas refiere en su cap. 4, 16-30. No parece difícil reducir las tres narraciones a un mismo momento histórico; Lc., coloca la suya en los comienzos de la vida pública de Jesús, y es el que se propone seguir el orden cronológico de los hechos; en cambio, Mt. y Mc. convienen en situar las suyas al fin del segundo año de la predicación del Señor, después de la serie de parábolas. Además, tiene la narración de Lc. características que no consienten su identificación con las de los otros dos sinópticos: en éstos no se habla de los conatos de los nazarenos para perder a Jesús, siendo cosa tan importante; y en Lc. nada se dice de los milagros a que aluden Mt. y Mc. Además, si la frase de Mt. 4, 13, «y dejada la ciudad de Nazaret», se interpreta, como parece más obvio, en el sentido de que «salió» de Nazaret, el primer evangelista mencionaría dos visitas de Jesús a esta ciudad. Desdoblamos, pues, los hechos, siguiendo a la mayor parte de los intérpretes modernos.

Y habiendo salido de allí, de la ciudad de Cafarnaúm, no se indica de un modo preciso el tiempo, se fue a su patria, Nazaret, así llamada porque en ella se había criado (Lc. 4, 16). Para que aprendiesen los apóstoles que no siempre acompaña el éxito a la predicación, y que a veces la rechazan aquellos que nos son más allegados, quiso que fuesen testigos de su aparente fracaso: Y le seguían sus discípulos

Entró el primer día de fiesta en la sinagoga de Nazaret para asistir con sus paisanos a los oficios sabáticos y dirigió la palabra a la concurrencia, como solían hacerlo aquellos a quienes invitaba el presidente y los que tenían prestigio para ello: Y llegando a su patria, cuando fue sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. El texto de la Vulgata de Mt. dice «en sus sinagogas»; el griego esta en singular, como en Mc. El efecto de la predicación del Señor fue de estupefacción en la asamblea: Y muchos que le oían se maravillaban de su doctrina, diciendo: ¿De dónde a este- no sin menos desprecio-, a este hombre de familia pobre y que ha llevado entre nosotros una vida vulgar, todas estas cosas? Con todo, no podían dejar de ponderar su gran sabiduría y los prodigios que con la imposición de sus manos obraba: Y ¿que sabiduría es esta que se le ha dado, y tales milagros que por sus manos se obran?

Y, como pasmados por el contraste que ofrecía la persona de «este» hombre con la alteza de sus enseñanzas y su fuerza de taumaturgo, analizaban los oyentes todas y cada una de las circunstancias de la vida humana de aquel su paisano. Su profesión, de simple artesano Bien conocido de todos, probablemente carpintero: ¿No es este el artesano...?; la profesión de su padre putativo: ¿Hijo de artesano?; el nombre de su madre: ¿El hijo de María?; sus parientes: ¿Hermano de Santiago, y de José, y de Judas, y de Simón? Ya se ha dicho que es la significación de «hermano» en el lenguaje ordinario de los hebreos: puede significar un sobrino, un primo, el mismo marido, un aliado, un amigo, etc.: Y todas sus hermanas ¿no están también aquí con nosotros? El hecho de que no se nombre tampoco aquí a José, el santo esposo de María, confirma la presunción de que habría ya fallecido por este tiempo. El efecto de sus consideraciones fue el escándalo, no pudiendo comprender como hombre conocidísimo por su humilde profesión y origen, igual a la mayoría de ellos, quisiese levantarse sobre los demás, por su doctrina y sus obras: Y se escandalizaban en él.

Jesús da a sus paisanos la razón del ánimo hostil que le manifiestan: Y Jesús les decía: No hay profeta sin honor sino en su patria, y en su casa, y entre sus parientes. Y ello por dos principales razones: la primera por cierta natural envidia entre los conciudadanos, que hace se lleven a mal los honores tributados a un igual, y más a un inferior; y luego porque la familiaridad engendra fácilmente menosprecio.

Consecuencia de esta actitud de recelosa envidia fue el escaso número de milagros, sobre todo de los más estupendos, que realizó Jesús entre sus paisanos: Y por la incredulidad de ellos no podía hacer allí milagro alguno: no por falta de poder, sino por falta de colaboración espiritual de los nazarenos; porque Dios quiere que el hombre acepte voluntariamente la gracia que se le ofrece para darle otras mayores. Solo obró algunas curaciones, equivalentes, por decirlo así, a la escasa fe de los que se las pedían: Sino solamente sanó algunos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

Jesús, que conoce los secretos de los corazones y a quien no se ocultan los motivos de la incredulidad de sus paisanos, demostró su admiración por la ciencia experimental que en aquel momento adquiría de la rebeldía de aquellos espíritus: Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos. Les había ofrecido la gracia, como a tantos otros, que tenían menos títulos de conversión que ellos, y la desprecian. Efecto de la esterilidad de su misión en su ciudad, es que Jesús sale de ella: Y andaba predicando por todas las aldeas del contorno.

Lecciones morales. —

A) v. 1.—Se fue a su patria... —Es indudable que Jesús tuvo un amor especial para la ciudad en que pasó la mayor parte de su vida, y en la que El, Verbo de Dios, se hizo carne: allí se celebraron los desposorios del Hijo de Dios con la humanidad. Con el corazón henchido de amor, iría por segunda vez el Hijo de María a predicar la buena nueva a sus paisanos. No ignoraba su fracaso; y, a pesar de ello, tuvo la abnegación de ofrecer de nuevo a los nazarenos su gracia. Para que aprendamos que el amor de patria es legitimo; que el que no la ama es, hasta cierto punto, un desnaturalizado; y que este amor reclama de nosotros a veces costosos sacrificios y particularmente nos exige especiales obras de apostolado.

a) v. 3.— ¿No es este el artesano...?— Es hecho absolutamente histórico que Jesús ejerció un oficio mecánico. La tradición cree que el de carpintero; solo San Ambrosio y San Hilario creen que pudo ser trabajador del hierro. Artesano e hijo putativo de artesano. La dignidad personal, y menos la santidad, no están ligadas a una noble prosapia ni a una noble profesión. En esto ha subvertido el cristianismo el concepto mundano de la grandeza. Está ésta en la propia persona y no en los adyacentes de sangre, de profesión, de fortuna, etc. Nacidos todos para ser grandes, con la grandeza de hijo de Dios, ha puesto Dios la grandeza al alcance de todos y cada uno de nosotros, porque desde cualquier estado y profesión y linaje podemos conquistarla, ya que depende solamente de nuestro esfuerzo, colaborando con la gracia de Dios.

c) v. 3. — ¿El hijo de María...? — Es de dulce y profundo sentido este apelativo que dan los nazarenos a su paisano Jesús. Demuestra que Jesús y María estaban unidos por vinculo especial no solo en el orden espiritual, sino hasta en el ciudadano, apareciendo a los ojos de todos como viviendo el uno para el otro. Jesús era el Hijo santísimo de María, como María era la amantísima Madre de Jesús. Es el ejemplo que deben dar todo hijo y toda madre de familia: porque estos íntimos y sagrados amores son como el núcleo de la vida social. El amor de madre e hijo es el más profundamente humano y el más regalado y fecundo: quiso Jesús consagrarlo con un amor ternísimo a su Madre. Como aparecieron en Nazaret ambos unidos, para ejemplo de sus conciudadanos, así aparecen en el plan de la redención y en la vida de la Iglesia, para consuelo y esperanza de cristianos.

d) v. 4. — No hay profeta sin honor sino en su patria... — Como es natural el amor patrio, y los hijos de una misma ciudad o patria se sienten como atados por vínculo especial, así viene a ser natural, dice San Beda, que los ciudadanos miren mal a sus ciudadanos: así ha sucedido no solo con el Señor de los profetas, sino con todos ellos, Elías, Jeremías y los demás. Es porque no miran los ciudadanos las obras grandes del varón maduro, sino las fragilidades de su infancia. Por ello es que debemos dar en nuestra consideración a cada uno lo que en justicia le corresponde, para no esterilizar prendas y ministerios de nuestros paisanos, no sea que, como los nazarenos, y en otro plano y proporción, nos veamos privados de las gracias que generosamente se han concedido a los demás.

(Cardenal Gomá, El Evangelio Explicado, Acervo, Tomo I, 6ª ed., Barcelona 1966;  pp. 630-631)

 

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Aplicación: Raniero Cantalamessa - Salió de allí y vino a su patria

San Agustín decía: "Tengo miedo de Jesús que pasa". Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Cuando ya se había hecho popular y famoso por sus milagros y su enseñanza, Jesús volvió un día a su lugar de origen, Nazaret, y como de costumbre se puso a enseñar en la sinagoga. Pero esta vez no suscitó ningún entusiasmo, ningún ¡hosanna!. Más que escuchar cuanto decía y juzgarle según ello, la gente se puso a hacer consideraciones ajenas: "¿De dónde ha sacado esta sabiduría? No ha estudiado; le conocemos bien; es el carpintero, ¡el hijo de María!". "Y se escandalizaban de Él", o sea, encontraban un obstáculo para creerle en el hecho de que le conocían bien.

Jesús comentó amargamente: "Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio". Esta frase se ha convertido en proverbial en la forma abreviada: Nemo propheta in patria, nadie es profeta en su tierra. Pero esto es sólo una curiosidad. El pasaje evangélico nos lanza también una advertencia implícita que podemos resumir así: ¡atentos a no cometer el mismo error que cometieron los nazarenos! En cierto sentido, Jesús vuelve a su patria cada vez que su Evangelio es anunciado en los países que fueron, en un tiempo, la cuna del cristianismo.

Nuestra Italia, y en general Europa, son, para el cristianismo, lo que era Nazaret para Jesús: "El lugar donde fue criado" (el cristianismo nació en Asia, pero creció en Europa, ¡un poco como Jesús había nacido en Belén, pero fue criado en Nazaret!). Hoy corren el mismo riesgo que los nazarenos: no reconocer a Jesús. La carta constitucional de la nueva Europa unida no es el único lugar del que Él es actualmente "expulsado"...

El episodio del Evangelio nos enseña algo importante. Jesús nos deja libres; propone, no impone sus dones. Aquel día, ante el rechazo de sus paisanos, Jesús no se abandonó a amenazas e invectivas. No dijo, indignado, como se cuenta que hizo Publio Escipión, el africano, dejando Roma: "Ingrata patria, ¡no tendrás mis huesos!". Sencillamente se marchó a otro lugar. Una vez no fue recibido en cierto pueblo; los discípulos indignados le propusieron hacer bajar fuego del cielo, pero Jesús se volvió y les reprendió (Lc 9, 54).

Así actúa también hoy. "Dios es tímido". Tiene mucho más respeto de nuestra libertad que la que tenemos nosotros mismos, los unos de la de los otros. Esto crea una gran responsabilidad. San Agustín decía: "Tengo miedo de Jesús que pasa" (Timeo Jesum transeuntem). Podría, en efecto, pasar sin que me percate, pasar sin que yo esté dispuesto a acogerle.

Su paso es siempre un paso de gracia. Marcos dice sintéticamente que, habiendo llegado a Nazaret en sábado, Jesús "se puso a enseñar en la sinagoga". Pero el Evangelio de Lucas especifica también qué enseñó y qué dijo aquel sábado. Dijo que había venido "para anunciar a los pobres la Buena Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lucas 4, 18-19).

Lo que Jesús proclamaba en la sinagoga de Nazaret era, por lo tanto, el primer jubileo cristiano de la historia, el primer gran "año de gracia", del que todos los jubileos y años santos son una conmemoración.


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Aplicación: José M. Bover - El escándalo de los suyos

«Se partió de allí»: a la región de los Gerasenos, donde ocurrió lo ya referido anteriormente (8, 28-34).

 «Y venido a su patria», Nazaret: después de la resurrección de la hija de Jairo, ya antes referida.

«Sus hermanos»: según el uso semítico equivale a «primos» o «parientes próximos». De dos de ellos, Santiago «el menor» y José, conocemos la madre, una de las piadosas mujeres llamada María (Mt. 27, 56; Mc. 15, 40). No consta que «Santiago, José, Simón y Judas», «hermanos» de Jesús en sentido semítico o impropio, lo fueran entre sí en sentido estricto. Lo mismo hay que decir de las «hermanas» mencionadas en el vers. 56. Tampoco consta con seguridad el grado de parentesco que todos estos «hermanos» tuvieran con el Salvador. Más interesante es saber si los «hermanos Santiago,... Simón y Judas» son los tres que con el mismo nombre aparecen juntos en la tercera cuaterna de la lista de los Doce. De Santiago no puede dudarse razonablemente: lo afirma San Pablo escribiendo a los Gálatas: «A otro de los demás Apóstoles no vi, a no ser a Santiago, el hermano del Señor» (Gal. 1, 19). Además la tradición cristiana consideró siempre como escrita por un Apóstol la Epístola católica escrita por Santiago el Menor (Denz. 84 y 784). Consiguientemente también Judas es el Apóstol Judas Tadeo o Lebbeo, que en su Epístola canónica, considerada por la tradición como apostólica (Denz. 784), se apellida a sí mismo «hermano de Santiago» (Jud. 1, 1). Ya no es tan segura, aunque no improbable, la identidad entre Simón el «hermano» del Señor y el Apóstol Simón Cananeo o Zelotes.

 «Y se escandalizaban en él»: el origen (humana y aparentemente) humilde de Jesús neutralizaba en estos Nazaretanos el efecto de la sabiduría y de los milagros por él obrados. Este escándalo es la más elocuente justificación de la parábola del granito de Mostaza: así de la verdad en ella encerrada como de la necesidad de envolverla discretamente con el velo de la parábola.

 La «incredulidad» humana si no mengua la omnipotencia divina, le ata en cierto modo las manos.

(José M. Bover, El Evangelio de San Mateo, Ed. Balmes, Barcelona, 1946, pg. 298-299)





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Ejemplos Predicables

Rechazado por su propia gente
Hace unos años estalló una persecución contra los cristianos en Sudán, África.
Un joven huyó y se refugió en Uganda. Allí entró en el seminario y terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote. Se llama Parida Taban.
Sus feligreses no podían creer que fuera de verdad un sacerdote. ¿Nos quieres hacer creer que tú, hombre negro, eres un sacerdote?
Nunca habían visto un sacerdote negro. Todos los anteriores habían sido misioneros blancos y les daban ropas, comida , medicinas… El joven P. Taban era pobre como ellos y no podía darles nada. Y empezó a decirles la misa en su propia lengua. La gente seguía diciendo: este hombre no puede ser sacerdote porque nunca hemos celebrado la misa en nuestra propia lengua. Era negro y pobre como ellos y hablaba su misma lengua.
Tuvo que pasar mucho tiempo y muchas pruebas hasta que fue aceptado por sus feligreses, por la gente de su raza y de su lengua.
Ser rechazado no es nunca agradable, pero cuando el rechazo viene de los que son más cercanos y más queridos la herida es mucho más profunda.

¡Porque brillas!
Un gusano de luz camina tranquilo por los senderos del bosque. Sus rayos azulados se extienden por el césped como los rayos de una estrella que se hubiera caído entre las flores. Cautelosamente caminando entre la hierba se acerca un sapo repugnante que le escupe su veneno.
- "¿Por qué has hecho eso?" - preguntó el pobre gusano muriendo.
Y el sapo le contestó:
- "¡Porque brillas!"
A cuántos hombres odiamos nosotros, mis hermanos, a cuántos cubrimos de veneno de la detracción y de la calumnia, y si ellos no preguntaran como el gusano de luz: ¿Por qué has hecho eso?, nuestra conciencia no les daría más que una respuesta: ¡porque brillas!
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 241)

1) En el colegio de San Carlos: Milagro de Pio IX
El 25 de agosto de 1878 se inauguró el Colegio Pio IX de "Artes y Oficios" en Almagro; puesto bajo la protección de aquel Papa angelical, el primer protector domboscano mientras vivió. Y continuó dispensándole gracias después de su muerte.
Diez meses después ocurrió un hecho milagroso: Lorenzo Escaso, alumno artesano de trece años, haciendo volar un barrilete en la azotea, perdió pie y cayó al patio de cabeza. Sin sentido llevado a la enfermería, le administraron los S. Óleos.
Vespignani, viendo la gravedad del caso, invocó a Pío IX rezando al pie de la cama cinco padrenuestros. Refiere él mismo en su "Cronología de S. Carlos", que el jovencito empezó a moverse; entró en calor. Y, a la mañana siguiente, despertó como de un profundo letargo. A los diez días, sano y vigoroso, volvió a tocar su instrumento en la banda colegial, siguiendo su vida regular en el taller y clase. Qué agradecidos quedaron al santo Papa.
(Rosalio Rey Garrido, Anécdotas y Reflexiones, Editorial Don Bosco, Buenos Aires, 1962, pg. 86)

2) Milagro inédito de D. Bosco en París con una paralítica
En su libro: "Un gran Educador", narra Aufray: "En el expreso Milán-Burdeos encontré al célebre escritor Frank Brentano; ya le conocía. Luego de saludarnos dijo: "Padre, si hubiera sabido que escribía la vida de don Bosco, hubiera colaborado en una página; una sola. Hubiérame causado sumo placer, pues constituye uno de los gratos recuerdos de mi vida estudiantil.
"Hay tiempo aún, repuse; acaba de tirarse el trigésimo millar; en el trigésimo primero irá sin falta su página". "Entonces aquí va el hecho. Subráyelo: es un testigo ocular quien lo narra. En 1883 vivía con mis padres en la casa Nº5 de la calle Baroulliere". "La conozco por la calle Sevres", repuse. "Precisamente; dos pisos más arriba, vea cómo particularizo, vivía una pobre mujer. Inmóvil y como embutida en una poltrona desde hacía años.
"Ignoro la naturaleza de sus achaques. Solo recuerdo que estos la tenían implacablemente en su sillón. Mi madre, siguió Brentano, era mujer llena de fe y compasión. Supo por los diarios la llegada de don Bosco a París. Enseguida pensó en la pobre tullida. La persuadió a confiar en el poder del hombre de Dios. Más, ¿cómo hallarlo?
"Felizmente unos vecinos informaron que al día siguiente el santo iría a la capilla de las Sevres. Pero se requerían los medios para transportar a la paralítica. Mi madre quiso utilizar mis servicios, y alquilamos un sillón con dos ruedas. Desde casa hasta la capilla hay un kilómetro. Con grandes precauciones, ayudado por amigos, ubicamos a la paciente en el sillón. Con sumo cuidado, en especial en las bocacalles, la llevé por la acera.
"En la capilla esperamos que acabase la función. Finalmente compareció el santo; lo recuerdo bien; su paso era más bien lento; los años ya parecían pesar sobre sus espaldas. Acercóse a madame Gerard que, en dos palabras contó sus esperanzas y su enfermedad. "Tened confianza en Dios", repuso el santo sacerdote. Una breve plegaria y bendijo a la enferma. Al momento, la vimos alzarse muy alegre. Al principio, como puede comprenderse, caminó con dificultad. Loca de contento dio gracias a Dios y al santo, dirigiéndose a pie al domicilio.

"Su curación nos afectó más de lo que se puede decir. Yo quedé como aturdido; aun permanecía al lado de mi sillón, y don Bosco había partido ya, madame Gerard salía del templo. Volví a la calle de Barrouilliere muy contento y con el vehículo vacío. "¿Y no tuvo recaída la enferma", pregunté. "Tan completa fue su curación que, a las pocas semanas, se empleó en Gragne-Petit, la gran tienda de novedades en la orilla derecha del Sena. Y por muchos años la he visto dirigirse allí"…

"¿Puedo decir en el libro que esta relación, señor Brentano, es de Ud.?" "Sí, señor; y estoy dispuesto a afirmarla en todas partes, pues es la pura verdad".
(Rosalio Rey Garrido, Anécdotas y Reflexiones, Editorial Don Bosco, Buenos Aires, 1962, pg. 104-105)


3)Fundador de los Escolapios - Nadie es profeta en su tierra...
Entre los suyos hubo un "trepa", sí uno de esos que hay en todas las épocas y en todos los estamentos que van medrando para conseguir triunfar y subir a costa de adular a los grandes o poderosos y de pisar a los pequeños o impotentes; esos que frecuentemente son gente de poca valía personal, envidiosos y carentes de escrúpulos morales que gozan adornándose con joyas ajenas. Comienzan por poco y terminan con traición. En este caso, dentro de la familia escolapia, se llamaba el P. Mario Sozzi. Se hizo amigo de los del Santo Oficio y consiguió con malentendidos, intrigas y calumnias la deposición del cargo de General a José Calazancio. Lo humilló hasta conseguir trasladarlo a él y a su Curia entre guardias a los tribunales como espía y malhechor y a desposeerlo de todo gobierno en la orden. Y con el agravante de tener ochenta años el fundador, usurpando él mismo el cargo de General. Cuando muere el papa Urbano VIII, una Comisión de cardenales, revisa el asunto y viendo la fragante injusticia cometida con el anciano fundador y con la Orden, se decide la reposición en su función y el restablecimiento de su fama. Pero las cosas habían llegado tan alto que eso supone la difamación del Santo Oficio y la puesta en ridículo de los que intervinieron en el asunto; total, que se queda la cuestión in statu quo prolongando la injusticia por tiempo indefinido hasta que el papa Inocencio X opta por la destrucción de la obra calasancia por aquello de que "muerto el perro se acabó la rabia"; aquella decisión papal del 1646 era la ruina y suponía la definitiva destitución del General. Lo verdaderamente admirable es que en todo este negro negocio de injusticia José permaneció en el ejercicio sublime de la paciencia, humildad, obediencia, sufriendo la calumnia y la desunión de los suyos, al tiempo que animaba como podía a los más próximos a la perseverancia, prometiéndoles una futura restauración.
¿Quieres saber cómo terminó? El P. Sozzi de marras murió de una horripilante sífilis. Y aún hoy no se sabe muy bien si está o no en el Purgatorio en compañía de los papas Urbano VIII e Inocencio X. Sí se sabe con certeza que José de Calasanz está en el Cielo como intercesor y propuesto como modelo de santidad. Y la familia calasancia está por esos mundos de Dios anunciando el Evangelio a la gente, instruyendo juventudes, formando hombres y aprendiendo de sus orígenes lo santo para hacerlo y lo aborrecible para detestarlo.



(cortesía: iveargentina.org et alii)


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