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Domingo 21 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

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A su disposición
Exégesis: Manuel de Tuya - Efecto producido por el discurso en los “discípulos” y “apóstoles,” (Jn 6,60-71)

Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. Comentario a las 3 Lecturas

Comentario Teológico: Juan Pablo II -"Señor, ¡a quién vamos a acudir?

Comentario Teológico: Dr. D. Isidro Gomá y Tomás: Consecuencias del Discurso de Cafarnaúm

Santos Padres: San Juan Crisósotomo - “¿También vosotros queréis marcharos?”

Santos Padres: San Agustín - Desde este pasaje: "Esto lo dijo en una sinagoga de Cafarnaúm", hasta este otro: "Porque éste, uno de los doce, le había de entregar".

Santos Padres: San Cirilo - Muchos, pues, de los discípulos que lo oyeron dijeron: Duro es este lenguaje: ¿sufre el oírlo?

Aplicación: Mons. Fulton Sheen - No quiso ser un rey del pan

Aplicación: R.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - El Espíritu da vida

Aplicación: Giuseppe Ricciotti - El momento había llegado a proclamar el misterio

Aplicación: Juan Pablo II - A los jóvenes

Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - La protesta de los enemigos

Aplicación: Bossuet - Nuestros murmuradores cafarnaítas (Jn VI 63)

Aplicación: C.L. Fillion - ¡Qué vigor! ¡qué claridad en estas palabras!

Ejemplos predicables

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Comentarios a Las Lecturas del Domingo




Exégesis: Manuel de Tuya - Efecto producido por el discurso en los “discípulos” y “apóstoles,” (Jn 6,60-71)


La enseñanza de Cristo produjo, como era natural, sus efectos. En la muchedumbre los dejó ver el evangelista (v.41.42.52). Aquí va a recoger, por su especial importancia, el efecto producido en dos grupos concretos: 1) en los discípulos (v.60-66), y 2) en los apóstoles (v.67-71).

1) Efecto producido por el discurso en los “discípulos” (6,60-66)
60 Luego de haberle oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? 61 Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: ¿Esto os escandaliza? 62 Pues ¿qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí a donde estaba antes? 63 El espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida; 64 pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque sabía Jesús, desde el principio, quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle. 65 Y decía: Por esto os dije que nadie puede venir a mí si no le es dado de mi Padre. 66 Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían.

Esta doble enseñanza de Cristo produce “escándalo” en los “discípulos.” Estos están contrapuestos a los “apóstoles,” y por este pasaje se sabe que eran “muchos.” En diversas ocasiones, los evangelios hablan de “discípulos” de Cristo. Para ellos era esta enseñanza “dura,” no de comprender, sino de admitir; pues por comprenderla es por lo que no quisieron admitirla. Era doble: que él “bajó” del cielo — su preexistencia divina — y que daba a “comer” su “carne.”

Cristo les responde con algo que es diversamente interpreta-do. Si esto es “escándalo” para ellos, “¿qué sería si lo vieran subir a donde estaba antes?” Por la “communicatio idiomatum” hace ver su origen divino: donde estaba antes era en el cielo (Jua_17:5.24), de donde “bajó” por la encarnación. Esta respuesta de Cristo, para unos vendría a aumentarles el “escándalo,” al ver subir al cielo al que, por lo que decía y exigía, venían a considerar por blasfemo. Para otros, estas palabras que se refieren a la. ascensión serían un principio de solución: verían un cuerpo no sometido a ley de la gravedad; por lo que a un tiempo demostraba, “subiendo a donde estaba antes,” que era Dios, y que podía dar a “comer su carne” de modo prodigioso — eucarístico — sin tener que ser carne partida y sangrante.

Pero, en la perspectiva literaria de Jn, probablemente se refiere a ambas cosas.

Para precisar más el pensamiento, les dice que “el espíritu es el que da vida,” mientras que “la carne no aprovecha para nada.” De esta frase se dan dos interpretaciones:

Pudiera, a primera vista, parecer esta frase un proverbio, ya que Cristo no dice mi carne. Sin embargo, en la psicología judía, el principio vivificador de la carne, de la vida sensitivo-vegetativa — aunque no muy precisa — , no era el “espíritu” (p?e?µa ), sino el “alma” (???? ). Por eso, si la expresión procediese de un proverbio, éste estaría modificado aquí por Cristo, con objeto de que sobre él se aplicase esta sentencia.

Así como la carne sin vida no aprovecha, pues el alma, el espíritu vital, es el que la vitaliza, así aquí, en esta recepción de la carne eucarística de Cristo, que no es carne sangrante ni partida, ella sola nada aprovecharía; pero es carne vitalizada por una realidad espiritual, divina, que es el principio vitalizador de esa carne eucarística, y, en consecuencia, de la nutrición espiritual que causa en los que la reciben. Sería una interpretación en función de lo que se lee en el mismo Jn: “Lo que nace de la carne, es carne; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu” (Jua_3:6).

La Eucaristía es la “carne de Dios” (Dei caro), que, por lo mismo, vivifica. Por eso, el concilio de Efeso condenó al que negase que la “carne del Señor” no es “vivificadora,” pues fue hecha propia del Verbo poderoso para vivificar todas las cosas.

Otra interpretación está basada en que sólo se afirma con ello la imposibilidad humana de penetrar el misterio encerrado en estas palabras de Cristo. “Carne” o “carne y sangre” son expresiones usuales para expresar el hombre en su sentido de debilidad e impotencia (Jua_1:14; Mat_16:17, etc.). Aquí la “carne,” el hombre que entiende esto al modo carnal, no logra alcanzar el misterio que encierra; sólo se lo da la revelación del “Espíritu.”

En función de la interpretación que se adopte está igualmente la valoración del versículo siguiente: “Las palabras que Yo os he hablado, son espíritu y vida.”

En el segundo caso, el sentido de éstas es: aunque el hombre por sus solas fuerzas no puede penetrar el misterio de esta enseñanza de Cristo si no es por revelación del Espíritu, éste, por Cristo, dice que estas palabras son “espíritu y vida,” porque son portadoras o causadoras para el ser humano de una vida espiritual y divina. En Jn es frecuente que la expresión “es” tenga el sentido de “causar” (Jua_6:35ss).

En el primer caso, el sentido es que las enseñanzas eucarísticas de Cristo — “las palabras que Yo os he hablado” — son vida espiritual, porque esa carne está vitalizada por una realidad espiritual y divina, que es el Verbo hecho carne (Jua_1:14).

En la época de la Reforma se quiso sostener que estas palabras de Cristo corregían la interpretación eucarística del discurso sobre el “Pan de vida” de la segunda sección, insistiendo sobre el sentido espiritual de cuanto había dicho sobre su carne y su sangre. Pero esta posición es científicamente insostenible.

En primer lugar, porque la frase, en sí misma, es ambigua e incidental, y podría tomarse en diversos sentidos. Y, en segundo lugar, porque Cristo no iba a rectificar con una sola frase ambigua, e incidentalmente dicha, todo el realismo eucarístico, insistido, sistematizado y en un constante “crescendo,” de su segundo discurso sobre el “Pan de vida.”

Pero estas enseñanzas de Cristo no encontraron en “muchos” de sus “discípulos” la actitud de fe y sumisión que requerían. Y las palabras que ellos llamaron “duras,” les endurecieron la vida, y no “creyeron” en El; y “desde entonces,” sea en sentido causal (Jua_19:12), sea en un sentido temporal (Jua_19:27), aunque ambos aquí se unen, porque, si fue “entonces” o “desde entonces,” fue precisamente “a causa de esto,” abandonaron a Cristo. En un momento rompieron con El, retrocedieron, y ya “no le seguían.” El verbo griego usado (pe??pat??? ) indica gráficamente el retirarse de Cristo y el no seguirle en sus misiones “giradas” por Galilea. Pero el evangelista, conforme a su costumbre, destaca que esto no fue sorpresa para Cristo, pues El sabía “desde el principio” quiénes eran los “no creyentes,” lo mismo que quién le había de entregar. Es, pues, la ciencia sobrenatural de Cristo la que aquí destaca de una manera terminante. Este “desde el principio” al que alude, por la comparación con otros pasajes de Jn (Jua_15:4; 1Jn_2:24; 1Jn_3:11; 2Jn_1:5), hace ver que se trata del momento en que cada uno de ellos fue llamado por Cristo al apostolado.
Juan se complace en destacar frecuentemente la “ciencia” sobrenatural de Cristo.


2) Efecto producido por el discurso en los “apóstoles,” (6:67-71)
Jn, en este capítulo, tan binariamente estructurado, pone ahora la cuestión de fidelidad que Cristo plantea a los “apóstoles.”

El momento histórico preciso al que responde esta escena no exige que sea precisamente a continuación de esta crisis de los “discípulos.” Puede estar estructurado aquí por razón de un contexto lógico.

67 Y dijo Jesús a los Doce: ¿Queréis iros vosotros también? 68 Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, 69 y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios. 70 Respondióle Jesús: ¿No he elegido yo a los Doce? Y uno de vosotros es diablo. 71 Hablaba de Judas Iscariote, porque éste, uno de los Doce, había de entregarle.

Cristo plantea abiertamente el problema de su fidelidad ante El, a causa de esto, a sus “apóstoles.” La partícula interrogativa con que se lo pregunta (µ? ) supone una respuesta negativa. No dudaba Cristo de ellos, pero habían de hacer esta confesión en uno de esos momentos trascendentales de la vida.

Y le confiesa que no pueden ir a otro, pues sólo El tiene “palabras de vida eterna,” porque la enseñan y la confieren, como relatan los evangelios.

Y le confiesa por el “Santo de Dios,” que es equivalente al Mesías (Jua_10:36; Mar_1:24). No deja de ser un buen índice de fidelidad histórica, y del entronque de Jn con los sinópticos, el que aquí, en este evangelio del “Hijo de Dios” (Jua_20:31), se conserve esta expresión. Y ante el “Santo de Dios,” el Mesías, no cabe más que oírle y obedecerle. Ya no bastan Moisés ni los profetas.

Aquí se contrapone acusadamente su fe en El por los “apóstoles” — “nosotros hemos creído y sabido” — , frente a la incredulidad ligera de los “discípulos” que le abandonaron (Jua_17:8).

Si la confesión de Pedro en nombre de todos era espléndida, había, no obstante, entre ellos un miserable a quien el Padre notaría,” sino a quien arrastraba, como en otras ocasiones, el Diablo (Jua_13:2.27). La presencia de Cristo se muestra una vez más. El había elegido “doce,” pero uno “es diablo.” Este era diablo, no en el sentido etimológico de la palabra, de calumniador u hombre que pone insidias, sino en el sentido de ser ministro de Satanás, como lo dirá Jn en otros pasajes (Jua_13:2.27; Luc_22:3).

El evangelista no omitirá decir que del que hablaba era Judas Iscariote 53, destacando que, siendo uno de los Doce, había de entregarle a los enemigos y a la muerte. Es el estigma con que aparece en el evangelio.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)



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Exégesis: José Ma. Solé Roma O.M.F. Comentario a las 3 Lecturas


Primera lectura: (Josué 24, 1 2. 15 18)
Israel no acaba de purificarse de su proclividad a la idolatría. Los Profetas levantan sin cesar la voz. Esta tentación no ha sido del todo superada. Ni la de la idolatría ni la del sincretismo religioso:

En el marco histórico de una asamblea cultural celebrada en el Santuario de Siquem se nos presenta a Josué sucesor de Moisés en la jefatura de Israel, en su calidad de gran caudillo, exigiendo a todo el pueblo, representado en los cabezas de las doce Tribus, la fidelidad y rechazar todos los ídolos, o prestar culto a los ídolos y abandonar a Yahvé.

- En su discurso apoya la fidelidad a Yahvé en tres razones principales: Dios se les ha revelado en la maravillosa historia de la liberación de Egipto como Dios Omnipotente y Único (17). Dios es Dios Santo que ha hecho de ellos un pueblo santo, elegido, consagrado a su culto (19a). Dios es Dios celoso y no tolera que sus adoradores coqueteen con los ídolos. La doctrina tan exigente de Josué, expresada en antropomorfismos que luego repetirán los Profetas, permite al autor del Eclesiástico enumerar a Josué entre los Profetas en línea con Moisés: "Poderoso Josué sucesor de Moisés en la Profecía; grande en la salvación de los elegidos. Marchó siempre en pos de Dios Poderoso; y ya en los días de Moisés manifestó su piedad; se opuso a la asamblea; apartó al pueblo del pecado; e hizo cesar la murmuración de los malvados" (Ecl 46, 1. 7).

El pueblo siempre veleidoso oye cómo cierra Josué el inquietante dilema: Sea cual sea la elección que vosotros hagáis, "Yo y mi Casa serviremos a Yahvé". Josué ha obtenido con su sinceridad y su piedad el más rotundo éxito: "Respondió entonces el pueblo: Lejos de nosotros el abandonar a Yahvé para servir a otros dioses. Yahvé es nuestro Dios" (16). En la Nueva Alianza nos es útil recordar cómo Dios es Único, Poderoso, Fiel, Santo, Celoso. Son muchos los ídolos entronizados en el corazón humano, aun en el de los que nos llamamos cristianos. La Iglesia hoy nos hace pedir: "Da populis tuis id amare quod praecipis, id desiderare quod promittis; ut, inter mundanas varietates, ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia" (Collecta).


Segunda Lectura: Efesios 5, 21 32:
Nos ofrece el Apóstol una bella teología del sacramento del Matrimonio:

Esta teología se remonta a la narración del Génesis. Así como cuando Dios creaba a Adán tenía en su mente y corazón el "Adán Nuevo" = Cristo, así cuando instituía Dios el matrimonio preparaba como un esbozo y figura de los desposorios de Cristo con la Iglesia.

En la Cristología paulina es muy frecuente el tema Cristo Esposo e Iglesia Esposa. Tema por otra parte iluminado por los Profetas del Antiguo Testamento, que presentan las relaciones de Dios con Israel bajo el símbolo de un desposorio. Isaías, Jeremías, Oseas, Ezequiel, y sobre todo el Cantar de los Cantares, desarrollan a menudo el tema de los desposorios de Dios con Israel. En la Nueva Alianza, cuando las promesas, las figuras, los preanuncios, las sombras se convierten en realidad, Cristo Dios se escoge, purifica, embellece, enriquece, enjoya a la Iglesia, su Esposa (vv 26. 27).

De esta bellísima Cristología deduce Pablo la teología del matrimonio cristiano: El matrimonio entre cristianos es un "signo sagrado": representa el desposorio Cristo Iglesia. Los esposos cristianos deben ver en el desposorio Cristo Iglesia el modelo de sus derechos y deberes mutuos: "Varones, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia hasta entregarse a Sí mismo por ella. Los maridos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. Quien ama a su esposa a sí mismo se ama" (25. 28). El matrimonio cristiano adquiere con ello una dignidad y un dinamismo santificador maravilloso. Y dado que como sacramento realiza lo que significa, da a los esposos la gracia de reproducir, la fidelidad, la santidad, la totalidad, la fecundidad con que se aman Cristo y la Iglesia.


Evangelio: Juan 6, 61 70:
San Juan nos guarda el más bello de los discursos de Jesús. No halló entonces eco. El auditorio no tenía fe en El. Hoy lo leemos con fe y estallamos de amor:

En todo el discurso del "Pan de Vida" Jesús y su auditorio quedan en zona diversa. Al principio sus oyentes sólo piensan en el "pan" material, sustento corporal (v 34). Al final del discurso, más a ras de tierra, sólo piensan en un crudo y repugnante canibalismo (53. 61), expresado con todo desabrimiento: "¿Cómo puede Este darnos a comer su carne? Este lenguaje es intolerable" (60). "Les parecía doctrina dura. ¡Y éranlo ellos! Imaginan carne a bocados y a tajadas, no carne vivificada y vivificante de Espíritu Santo" (cfr. Avila, BAC 303, p 886).

La solución será la Carne de Cristo glorificada (27. 63). Nos dará Jesús su "carne" hecha "Espíritu vivificante" (1 Cor 15, 45). La manducación será real, pero "espiritual". Será el Verbo Encarnado el alimento que comeremos con la fe y el sacramento. El Verbo Encarnado y glorificado en su Carne es el vehículo por el que nos llega la vida divina (55. 58).

Los hombres, seres corpóreos, nos alimentaremos de vida divina a través del Cuerpo de Cristo. A través de El nos fue ganada la salvación y a través de El se nos comunica. Y eso es precisamente la Eucaristía, a la que llamamos muy propiamente: "Santísimo Cuerpo de Cristo". La fe de la Iglesia defiende una Eucaristía eminentemente pneumática a la vez que realista: "La Eucaristía es la Carne de Cristo, la que padeció por nuestros pecados, la que resucitó el Padre". "El pan eucarístico es el Cuerpo del Señor; y el cáliz, su Sangre" (Ireneo). El pan y el vino son el signo sensible de la realidad y de la presencia sustancial de Cristo. El pan y el vino no son "dones" de Cristo, sino Cristo mismo como "Don". ¡Negocio estupendo! Ofrecemos nuestro don: el pan... Ut, offerentes quae dedisti, teipsum mereamur accipere (Super Oblata).
(El material que presentamos está tomado de José Ma. Solé Roma O.M.F.,"Ministros de la Palabra", ciclo "B", Herder, Barcelona 1979).



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Comentario Teológico: Juan Pablo II -"Señor, ¡a quién vamos a acudir?


1. "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

Queridos jóvenes de la decimoquinta Jornada Mundial de la Juventud, estas palabras de Pedro, en el diálogo con Cristo al final del discurso del "pan de vida", nos afectan personalmente. Estos días hemos meditado sobre la afirmación de Juan: "La palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros" (Jn 1,14). El evangelista nos ha llevado al gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios, el Hijo que se nos ha dado a través de María "al llegar la plenitud de los tiempos" (Gal 4,4).

En su nombre os vuelvo a saludar a todos con un gran afecto. Saludo y agradezco al Cardenal Camillo Ruini, mi Vicario General para la diócesis de Roma y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, las palabras que me ha dirigido al comienzo de esta Santa Misa; saludo también al Cardenal James Francis Stafford, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos y a tantos Cardenales, Obispos y sacerdotes aquí reunidos; así mismo, saludo con gran deferencia al Señor Presidente de la República y al Jefe del Gobierno Italiano, así como a todas las autoridades civiles y religiosas que nos honran con su presencia.

2. Hemos llegado al culmen de la Jornada Mundial de la Juventud. Ayer por la noche, queridos jóvenes, hemos reafirmado nuestra fe en Jesucristo, en el Hijo de Dios que, como dice la primera lectura de hoy, el Padre ha enviado "a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad... para consolar a todos los que lloran" (Is 61,1-3).

En esta celebración eucarística Jesús nos introduce en el conocimiento de un aspecto particular de su misterio. Hemos escuchado en el Evangelio un pasaje de su discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, después del milagro de la multiplicación de los panes, en el cual se revela como el verdadero pan de vida, el pan bajado del cielo para dar la vida al mundo (cf. Jn 6,51). Es un discurso que los oyentes no entienden. La perspectiva en que se mueven es demasiado material para poder captar la auténtica intención de Cristo. Ellos razonan según la carne, que "no sirve para nada" (Jn 6,63). Jesús, en cambio, orienta su discurso hacia el horizonte inabarcable del espíritu: "Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida" (ibíd).

Sin embargo el auditorio es reacio: "Es duro este lenguaje; ¿Quién puede escucharlo?" (Jn 6,60). Se consideran personas con sentido común, con los pies en la tierra, por eso sacuden la cabeza y, refunfuñando, se marchan uno detrás de otro. El número de la muchedumbre se reduce progresivamente. Al final sólo queda un pequeño grupo con los discípulos más fieles. Pero respecto al "pan de vida" Jesús no está dispuesto a contemporizar. Está preparado más bien para afrontar el alejamiento incluso de los más cercanos: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67).

3. "¿También vosotros?" La pregunta de Cristo sobrepasa los siglos y llega hasta nosotros, nos interpela personalmente y nos pide una decisión. ¿Cuál es nuestra respuesta? Queridos jóvenes, si estamos aquí hoy es porque nos vemos reflejados en la afirmación del apóstol Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

Muchas palabras resuenan en vosotros, pero sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. El momento que estáis viviendo os impone algunas opciones decisivas: la especialización en el estudio, la orientación en el trabajo, el compromiso que debéis asumir en la sociedad y en la Iglesia. Es importante darse cuenta de que, entre todas las preguntas que surgen en vuestro interior, las decisivas no se refieren al "qué". La pregunta de fondo es "quién": hacia "quién" ir, a "quién" seguir, a "quién" confiar la propia vida.

Pensáis en vuestra elección afectiva e imagino que estaréis de acuerdo: lo que verdaderamente cuenta en la vida es la persona con la que uno decide compartirla. Pero, ¡atención! Toda persona es inevitablemente limitada, incluso en el matrimonio más encajado se ha de tener en cuenta una cierta medida de desilusión. Pues bien, queridos amigos: ¿no hay en esto algo que confirma lo que hemos escuchado al apóstol Pedro? Todo ser humano, antes o después, se encuentra exclamando con él: "¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna". Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano.

En la pregunta de Pedro: "¿A quién vamos a acudir?" está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y de su sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado.

4. Esta es la maravillosa verdad, queridos amigos: la Palabra, que se hizo carne hace dos mil años, está presente hoy en la Eucaristía. Por eso, el año del Gran Jubileo, en el que estamos celebrando el misterio de la encarnación, no podía dejar de ser también un año "intensamente eucarístico" (cf. Tertio millennio adveniente, 55).

La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura los días de nuestra existencia y también cuando, en el momento del dolor, permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las pruebas más duras, Él nos hace escuchar su voz.

Sí, queridos amigos, ¡Cristo nos ama y nos ama siempre! Nos ama incluso cuando lo decepcionamos, cuando no correspondemos a lo que espera de nosotros. Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia. ¿Cómo no estar agradecidos a este Dios que nos ha redimido llegando incluso a la locura de la Cruz? ¿A este Dios que se ha puesto de nuestra parte y está ahí hasta al final?

5. Celebrar la Eucaristía "comiendo su carne y bebiendo su sangre" significa aceptar la lógica de la cruz y del servicio. Es decir, significa ofrecer la propia disponibilidad para sacrificarse por los otros, como hizo Él.

De este testimonio tiene necesidad urgente nuestra sociedad, de él necesitan más que nunca los jóvenes, tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del sin-sentido, de la violencia. Es urgente cambiar de rumbo y dirigirse a Cristo, que es también el camino de la justicia, de la solidaridad, del compromiso por una sociedad y un futuro dignos del hombre.

Ésta es nuestra Eucaristía, ésta es la respuesta que Cristo espera de nosotros, de vosotros, jóvenes, al final de vuestro Jubileo. A Jesús no le gustan las medias tintas y no duda en apremiarnos con la pregunta: "¿También vosotros queréis marcharos?" Con Pedro, ante Cristo, Pan de vida, también hoy nosotros queremos repetir: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

6. Queridos jóvenes, al volver a vuestra tierra poned la Eucaristía en el centro de vuestra vida personal y comunitaria: amadla, adoradla y celebradla, sobre todo el domingo, día del Señor. Vivid la Eucaristía dando testimonio del amor de Dios a los hombres.

Os confío, queridos amigos, este don de Dios, el más grande dado a nosotros, peregrinos por los caminos del tiempo, pero que llevamos en el corazón la sed de eternidad. ¡Ojalá que pueda haber siempre en cada comunidad un sacerdote que celebre la Eucaristía! Por eso pido al Señor que broten entre vosotros numerosas y santas vocaciones al sacerdocio. La Iglesia tiene necesidad de alguien que celebre también hoy, con corazón puro, el sacrificio eucarístico. ¡El mundo no puede verse privado de la dulce y liberadora presencia de Jesús vivo en la Eucaristía!

Sed vosotros mismos testigos fervorosos de la presencia de Cristo en nuestros altares. Que la Eucaristía modele vuestra vida, la vida de las familias que formaréis; que oriente todas vuestras opciones de vida. Que la Eucaristía, presencia viva y real del amor trinitario de Dios, os inspire ideales de solidaridad y os haga vivir en comunión con vuestros hermanos dispersos por todos los rincones del planeta.

Que la participación en la Eucaristía fructifique, en especial, en un nuevo florecer de vocaciones a la vida religiosa, que asegure la presencia de fuerzas nuevas y generosas en la Iglesia para la gran tarea de la nueva evangelización.

Si alguno de vosotros, queridos jóvenes, siente en sí la llamada del Señor a darse totalmente a Él para amarlo "con corazón indiviso" (cf. 1 Co 7,34), que no se deje paralizar por la duda o el miedo. Que pronuncie con valentía su propio "sí" sin reservas, fiándose de Él que es fiel en todas sus promesas. ¿No ha prometido, al que lo ha dejado todo por Él, aquí el ciento por uno y después la vida eterna? (cf. Mc 10,29-30).

7. Al final de esta Jornada Mundial, mirándoos a vosotros, a vuestros rostros jóvenes, a vuestro entusiasmo sincero, quiero expresar, desde lo hondo de mi corazón, mi agradecimiento a Dios por el don de la juventud, que a través de vosotros permanece en la Iglesia y en el mundo.

¡Gracias a Dios por el camino de las Jornadas Mundiales de la Juventud! ¡Gracias a Dios por tantos jóvenes que han participado en ellas durante estos dieciséis años! Son jóvenes que ahora, ya adultos, siguen viviendo en la fe allí donde residen y trabajan. Estoy seguro de que también vosotros, queridos amigos, estaréis a la altura de los que os han precedido. Llevaréis el anuncio de Cristo en el nuevo milenio. Al volver a casa, no os disperséis. Confirmad y profundidad en vuestra adhesión a la comunidad cristiana a la que pertenecéis. Desde Roma, la ciudad de Pedro y Pablo, el Papa os acompaña con su afecto y, parafraseando una expresión de Santa Catalina de Siena, os dice: Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero! (cf. Cart. 368).

Miro con confianza a esta nueva humanidad que se prepara también por medio de vosotros; miro a esta Iglesia constantemente rejuvenecida por el Espíritu de Cristo y que hoy se alegra por vuestros propósitos y de vuestro compromiso. Miro hacia el futuro y hago mías las palabras de una antigua oración, que canta a la vez al don de Jesús, de la Eucaristía y de la Iglesia:

"Te damos gracias, Padre nuestro,
por la vida y el conocimiento
que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti la gloria por los siglos.
Así como este trozo de pan estaba disperso por los montes  y reunido se ha hecho uno,
así también reúne a tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino [...]
Tú, Señor omnipotente,
has creado el universo a causa de tu Nombre,
has dado a los hombres alimento y bebida para su disfrute,  a fin de que te den gracias
y, además, a nosotros nos has concedido la gracia
de un alimento y bebida espirituales y de vida eterna por medio de  tu siervo [...]
A ti la gloria por los siglos" (Didaché 9,3-4; 10,3-4).
Amén.

(Homilía de S.S. Juan Pablo II en la Misa de Clausura de la XV Jornada Mundial de la Juventud (Tor Vergata, Roma, 20 de agosto del 2000)



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Comentario Teológico: Dr. D. Isidro Gomá y Tomás: Consecuencias del Discurso de Cafarnaúm


Explicación. El discurso de Jesús había ya terminado con las solemnes palabras en que condensaba el divino Maestro todo su pensamiento, y que pronunciaría señalándose a sí mismo: "Este es el pan descendido del cielo..." Había sido un largo monólogo, sólo interrumpido por los murmullos de los presentes en la sinagoga de Cafarnaúm, donde lo pronunció: "Esto dijo en la sinagoga enseñando, en Cafarnaúm". Ya se ha dicho que Jesús tomaba con frecuencia la palabra en las sinagogas (Mt. 5, 23; 12, 9; Mc. 1, 21; Lc. 4, 16 sigs.; 13, 10). Creen algunos que los episodios siguientes, contenidos en este fragmento, tuvieron lugar a la salida de la sinagoga.

CONFIRMACIÓN DE LA DOCTRINA SOBRE LA EUCARISTÍA (60-64). - La insistencia de Jesús en afirmar que la comida de su carne era condición necesaria para la vida espiritual, soliviantó a aquellos espíritus groseros, que creyeron se trataba de descuartizar el cuerpo del Maestro y comer a pedazos su carne y beber su sangre, como pudiese hacerse en los banquetes de Tieste. El Evangelio no habla de la incredulidad de los judíos; es de suponer que fue completa, cuando muchos de los mismos discípulos de Jesús, de los que ordinariamente seguían, y el mismo Judas entre los doce, tomaron "sus discípulos que esto oyeron, dijeron: "Duro es este razonamiento"; es cosa intolerable, chocante contra todo sentido de humanidad, lo que enseña: "y ¿quién lo puede oír?" ¿Quién puede oír sin escándalo que ha bajado del cielo, y más aún que deba comerse su carne y beberse su sangre para tener vida eterna? Esto decían entre sí los discípulos del Señor.

El Maestro no rectifica, como lo hizo siempre que sus palabras fueron mal interpretadas (Mt. 6, 16; Ioh. 3, 5.6; 4, 32; 11; 16, 16 sigs.); antes al contrario, les demuestra, primero, que conoce las cosas ocultas, argumento de la verdad de lo que dice: "Y Jesús, sabiendo en sí mismo", por intuición, de una manera sobrenatural, "que murmuraban sus discípulos de esto...". En segundo lugar, les presenta un argumento a fortiori, directamente demostrativo de su divinidad, profetizando su ascensión a los cielos, que son morada suya de toda la eternidad, como Hijo unigénito del Padre, con lo cual confirma rotundamente la verdad de la manducación de su cuerpo: "Les dijo: ¿Esto os escandaliza? Pues ¿qué, si viereis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?". Como si dijera: si el Hijo del hombre es capaz de subir a los cielos, ¿no será capaz de hallar la manera de dar su carne en comida y su sangre en bebida? Con lo que les insinúa la posible solución de la dificultad que les escandaliza: si puedo subir al cielo, mi cuerpo será celeste, no estará sometido a las leyes de la naturaleza, y será posible darlo en comida sin hacerle pedazos.

Y lo que ha insinuado con su alusión a su ascensión a los cielos, lo confirma con una razón definitiva de la verdad que les ha propuesto y del sentido real, pero sobrenatural en que ha de entenderse: "El espíritu es el que da vida: la carne nada aprovecha". La carne muerta y separada del alma no puede ejercer ninguna acción vital, sino que tiene tendencia a la corrupción; si ha dicho que su carne dará, a quienes la coman, la vida eterna, no debe entenderse de su carne hecha pedazos, muerta, sino vivificada por su alma y substancialmente con ella unida a la divinidad.

Acaba Jesús su exposición doctrinal con esta sentencia en que se insinúa la forma en que se realizará el estupendo prodigio de dar en alimento su carne y sangre: "Las palabras que yo os he dicho, espíritu y vida son"; esto es, la doctrina que acabo de exponeros haré que sea espíritu y verdad, porque mi palabra es eficaz para convertir el pan en carne viva y el vino en sangre viva. Otros interpretan así: Lo que yo acabo de enseñaros no debe entenderse en el sentido de una comestión ordinaria de carne muerta, sino vivificada por el alma y la divinidad.

SE APARTAN MUCHOS DISCÍPULOS DE JESÚS: RAZÓN DE ELLO (65-67). - Pasando Jesús de la exposición objetiva de la doctrina a la situación psicológica de sus oyentes, hace esta reflexión dolorosa: "Mas hay algunos de vosotros que no creen"; ésta es la razón de escándalo que sufren: no creer en la divina misión de Jesús. A Jesús no se le oculta esta profunda razón del fracaso de sus enseñanzas, en muchos oyentes: "Porque Jesús sabía desde el principio", desde su encarnación, o desde el comienzo de su ministerio público, o desde el principio de este discurso, "quiénes eran los que no creían"; como asimismo conoce al traidor: "Y quién le había de entregar", Judas, cuya siniestra figura aparece aquí por primera vez, y que quizás tomaría parte en la protesta contra las enseñanzas de Jesús.

Como la incredulidad es la causa del escándalo que sufren, así la incredulidad viene de que el Padre, por su orgullo, que les predispone contra la divina doctrina, no les ha dado el don de la fe, que es siempre una gracia de Dios: "Y decía: Por esto os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado por mi Padre."

Propuesta la totalidad de la doctrina, y exigida la fe como condición para aceptarla, muchos de sus habituales discípulos abandonaron la escuela de Jesús, consumando su apostasía: "Desde entonces, o a causa de esto, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y no andaban ya con él". Esperaban un Mesías poderoso y lleno de gloria, que restaurase a Israel; y en vez de ello, les pide Jesús acatamiento a doctrinas que juzgan absurdas. Jesús no rectifica, ni templa la aparente dureza de su discurso: conserva en toda su integridad el sentido propio de la manducación de su carne y sorbción de su sangre. Quedaba definitivamente sentada la doctrina fundamental de la presencia real y de la comunión, tal como la enseña la Iglesia.

LOS APÓSTOLES PERMANECEN FIRMES (68-72). - Dispuesto estaba Jesús, afectado sin duda por la deserción de tantos discípulos, a quedar incluso sin sus Apóstoles, caso de que también ellos hayan recibido escándalo, pero él ya sabe que creen. Sólo para demostrarles que quiere una adhesión libérrima a sus enseñanzas, y para que con la confesión exterior se robustezca su fe, provoca en ellos una crisis, con esta apremiante pregunta: "Y dijo Jesús a los doce: Y vosotros, ¿queréis también iros? Y Simón Pedro le respondió", tomando la palabra en nombre de todos, como primero de todos y el más impetuoso: "Señor, ¿a quién iremos?" Palabra de profundo amor, que pone el Maestro sobre toda afección; fuera de él no hay refugio. Y sigue Pedro haciendo una confesión magnífica: "Tú tienes palabras de vida eterna", es decir, palabras que procuran la vida eterna (v. 64); "y nosotros hemos creído y conocido", experimentalmente, por tus obras y doctrina, "que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios", el Ungido para realizar la obra del verdadero Mesías que esperamos. Hemos creído y conocido, porque para profundizar en el conocimiento de las verdades cristianas, debe preceder el asentimiento de la fe.

A las palabras de Pedro, responde Jesús señalando, en un rasgo trágico, la figura del traidor; con ello demuestra otra vez que la fe es don de Dios, ya que en el mismo Colegio apostólico hay un apóstata; les previene el peligro de perder la fe; y profiere un vaticinio que será nuevo motivo de fe para los demás Apóstoles cuando se realice: "Jesús les respondió: ¿No os escogí yo a los doce, y el uno de vosotros es diablo?", es decir, lugarteniente del diablo con respecto a Jesús.

Añade por su cuenta el Evangelista un breve comentario: "Y hablaba de Judas Iscariote", "el hombre de Keriot", ciudad de la tribu de Judá, "hijo de Simón: porque éste, que era uno de los doce, le había de entregar". ¡ Qué paralelo horrendo entre la conducta de este "demonio", en la ocasión presente de la promesa, y la de un año más tarde, día por día, la noche de la institución de la Eucaristía! (Ioh. 6, 65.71.72; 13, 2.26.31).

Lecciones morales. - A) v. 61.-"Duro es este razonamiento..." - Para la inteligencia de los hombres altaneros y soberbios, es duro, difícil de soportar todo razonamiento de la fe. Porque las verdades de la fe exceden ordinariamente la capacidad mental del hombre, y éste es naturalmente celoso de los prestigios de su pensamiento, rechazando sistemáticamente aquello que no alcanza a comprender. Pero Dios nos pide el obsequio de la inteligencia, a cambio del inestimable beneficio de unas verdades de orden sobrenatural, semilla de una vida divina, y que hasta en el orden natural son garantía de rectitud y progreso para nuestro pensamiento. Y no nos pide este obsequio en forma autocrática, sin salvar los fueros de nuestra inteligencia: para ello están los motivos de credibilidad. Ningún razonamiento de la fe es duro si nosotros atendemos la autoridad y la veracidad de Dios, garantizados por los milagros, las profecías, el testimonio de los mártires, la perdurabilidad de la Iglesia, etc. Acatemos humildemente las verdades de la fe, y pensemos en lo que dice San Agustín: Si los discípulos de Jesús, dicen, "duro es este razonamiento", ¿qué harán sus enemigos?

B) v. 64. - "El espíritu es el que da vida..." - Contienen estas palabras la quintaesencia de nuestra religión. Porque ésta se diferencia de las demás precisamente por el espíritu que la informa, que es el mismo Espíritu de Dios. Jesús aplica estas palabras a la comunión eucarística: la carne de Cristo de nada aprovecharía sin el Espíritu de Cristo; éste es el que da vida sobrenatural al alma. La comunión sacramental es principalmente comunión espiritual; es la unión, por medio del sacramento, del espíritu del hombre con Cristo, lleno del Espíritu de Dios. Lo que Jesús dice de la comunión, podemos aplicarlo a todos los elementos de nuestra religión: a los demás sacramentos, al culto, a la palabra de Dios. Todo este complicado y espléndido sistema material de nuestra religión no es sino como el soporte del Espíritu de Dios, que así ha querido acomodarse a nuestra naturaleza. Prescindir del espíritu en nuestra religión es matar el sentido y la eficacia de sus factores. Y ¡cuántos cristianos no conocen ni practican de la religión más que la corteza, no pudiendo por ello ser vivificados por su espíritu!

c) v. 67. - "Muchos de sus discípulos volvieron atrás". - No quisieron oír a Jesús con el oído de la fe: por ello la perdieron. Volver atrás es del hombre; ser atraído a Jesús es de Dios. Para que temblemos de los malos pasos que puede dar nuestra libertad, que puede llevarnos a la separación definitiva de Dios; y nos acojamos a la misericordia de Dios, que nos puede llevar otra vez a Jesús. La Iglesia le pide a Dios que obligue hasta a nuestra voluntad rebelde a ser dócil a Dios; pidámosle nosotros que nos detenga y empuje adelante cuando nuestra voluntad vacile y quiera volver atrás.

D) v. 69. - "Tú tienes palabras de vida eterna..." - Tiene Jesús palabras de vida eterna, porque es el Verbo que esencialmente vive vida eterna, y vino al mundo, para darnos una participación eterna de aquella su vida eterna. Y como la palabra de Jesús es la expresión del pensamiento de Jesús, y por esta palabra hemos conocido a Jesús y al Padre que le envió, por esto la palabra de Jesús es palabra que produce la vida eterna; porque ésta, como dice San Juan, no es más que "el conocimiento del único Dios verdadero y de aquel a quien envió, Jesucristo" (Ioh. 17, 3).

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 696-701)



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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - “¿También vosotros queréis marcharos?”

Decían: Este lenguaje resulta intolerable. ¿Qué significa in­tolerable? Es decir áspero, trabajoso sobremanera, penoso. Pe­ro a la verdad, no decía Jesús nada que tal fuera. Porque no trataba del modo de vivir correctamente, sino acerca de los dogmas, insistiendo en que se debía tener fe en Cristo.

Entonces ¿por qué es lenguaje intolerable? ¿Por qué promete la vida? ¿Porque afirma haber venido Él del Cielo? ¿Acaso porque dice que nadie puede salvarse sino come su carne? Pero pregunto yo: ¿son intolerables estas co­sas? ¿Quién se atreverá a decirlo? Entonces ¿qué es lo que significa ese intolerable? Quiere decir difícil de entender, que supera la rudeza de los oyentes, que es altamente aterrador. Por esto decían: ¿Quién podrá soportarlo? Quizá lo decían en forma de excusa, puesto que lo iban a abandonar. ,

Sabedor Jesús por Sí mismo de que sus discípulos murmuraban de lo que había dicho (pues era propio de su divinidad manifestar lo que era secreto), les dijo: ¿Esto os escandaliza? Pues cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde antes es­taba... Lo mismo había dicho a Natanael: ¿Porque te dije que te había visto debajo de la higuera crees? Mayores cosas ve­rás. Y a Nicodemo: Nadie ha subido al Cielo, sino el que ha bajado del Cielo, el Hijo del hombre, ¿Qué es esto? ¿Añade dificultades sobre dificultades? De ningún modo ¡lejos tal cosa! Quiere atraerlos y en eso se esfuerza mediante la alteza y la abundancia de la doctrina.

Quien dijo: Bajé del Cielo, si nada más hubiera añadido, les habría puesto un obstáculo mayor. Pero cuando dice: Mi Cuerpo es vida del mundo; y también: Como me envió mi Padre que vive también Yo vivo por el Padre; y luego: He bajado del Cielo, lo que hace es resolver una dificultad. Puesto que quien dice de sí grandes cosas, cae en sospecha de mendaz; pero quien luego añade las expresiones que preceden, quita toda sospecha. Propone y dice todo cuanto es necesario para que no lo tengan por hijo de José. De modo que no dijo lo anterior para aumentar el escándalo, sino para suprimirlo. Quienquiera que lo hubiera tenido por hijo de José no habría aceptado sus palabras; pero quienquiera que tuviese la persua­sión de que Él había venido del Cielo, sin duda se le habría acercado mas fácilmente y de mejor gana.

Enseguida añadió otra solución. Porque dice: El espíritu es el que vivifica. La carne de nada aprovecha.

Es decir: lo que de Mí se dice hay que tomarlo en sentido espiritual; pues quien carnalmente oye, ningún provecho saca. Cosa carnal era dudar de cómo había bajado del Cielo, lo mismo que creerlo hijo de José, y también lo otro de ¿Cómo puede éste darnos su carne para comer? Todo eso carnal es; pero convenía entenderlo en sentido místico y espiritual. Preguntarás: ¿Cómo podían ellos entender lo que era eso de comer su carne? Respondo que lo conveniente era esperar el momento oportuno y preguntar y no desistir.

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida; es decir, son divinas y espirituales y nada tienen de carnales ni de cosas naturales, pues están libres de las necesidades que imponen las leyes de la naturaleza de esta vida y tienen otro muy diverso sentido. Así como en este sitio usó la palabra espíritu para sig­nificar espirituales, así cuando usa la palabra carne no entiende cosas carnales, sino que deja entender que ellos las tornan y oyen a lo carnal. Porque siempre andaban anhelando lo carnal, cuan­do lo conveniente era anhelar lo espiritual. Si alguno toma lo dicho a lo carnal, de nada le aprovecha.

Entonces ¿qué? ¿Su carne no es carne? Si que lo es. ¿Cómo pues Él mismo dice: La carne para nada aprovecha? Esta ex­presión no la refiere a su propia carne lejos tal cosa! sino a los que toman lo dicho carnalmente. Pero ¿qué es tomarlo car­nalmente? Tomar sencillamente a la letra lo que se dice y no pensar en otra cosa alguna. Esto es ver las cosas carnalmente. Pero no conviene juzgar así de lo que se ve, puesto que es necesario ver todos los misterios con los ojos interiores, o sea, espiritualmente. En verdad quien no come su carne ni bebe su sangre no tiene vida en sí mismo. Entonces ¿cómo es que la carne para nada aprovecha, puesto que sin ella no tenemos vida? ¿Ves ya cómo eso no lo dijo hablando de su propia car­ne, sino del modo de oír carnalmente?

Pero hay entre vosotros algunos que no creen. De nuevo, se­gún su costumbre reviste de alteza sus palabras y predice lo futuro y demuestra que Él habla así porque no intenta captar gloria entre ellos, sino mirar por su salvación. Cuando dice algunos deja entender que son de sus discípulos. Pues ya al principio había dicho: Me habéis visto, pero no creéis en Mí. Aquí en cambio dice: Hay entre vosotros algunos que no creen. Porque sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo entregaba. Decíales también: Por esto os he dicho: Nadie puede venir a Mí si no le es otorgado por el Padre.

Con estas palabras el evangelista da a entender lo espontáneo de su economía redentora y su paciencia. Y no se pone aquí sin motivo la expresión: Desde el principio; sino para que entiendas su presciencia, y que ya antes de pronunciar esas palabras, y no después de que ellos escandalizados habían murmurado, tenía conocimiento del traidor: cosa propia de la divinidad. Luego añadió: Si no le es otorgado por el Padre, persuadiéndoles de esta manera que tuvieran por Padre de Él a Dios y no a José; y declarando no ser cosa de poco precio el creer en Él. Como si dijera: No me conturban ni me ad­miran los que no creen. Ya lo sabía yo antes de que sucediera. Ya sabía a quiénes lo otorgaría el Padre. Y cuando oyes ese otorgó no pienses que se trata de una especie de herencia, sino cree que lo otorga a quien se muestra digno de recibirlo.

Desde aquel momento muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y dejaron definitivamente su compañía. Con exactitud no dijo el evangelista se apartaron, sino: Se volvieron atrás, manifestando así que retrocedieron en el camino de la virtud perdieron la fe que antes tenían, por el hecho de volverse. No procedieron así aquellos doce. Por lo cual Jesús les pregun­ta; ¿También vosotros queréis marcharos? Manifestó así que no necesitaba de su servicio y culto, y que no era esa la razón de llevarlos consigo. ¿Cómo podía tener necesidad de ellos el Señor que esto les decía?

Pero ¿Por qué no los alaba? ¿Por qué no los ensalza? Desde luego para conservar su dignidad de Maestro, y además para mostrar que así era como debían ser atraídos. Si los hubiera alabado, pensando ellos que le habían hecho algún favor, se habrían ensoberbecido; en cambio, con declarar que no los necesitaba, más los une consigo. Observa con cuánta prudencia ama. No les dijo: ¡Marchaos! pues hubiera sido propio de quien los rechazaba. Sino que les pregunta también vosotros queréis marcharos? Con esto suprimía toda violencia y coacción, y hacía que no se quedaran con Él por vergüenza, que incluso tomaran el quedarse como un favor. Con no acusarlos públicamente sino suavemente punzarlos, nos enseña
en qué forma conviene proceder en tales ocasiones. Pero nosotros procedemos al contrario, porque la mayor parte de las cosas las hacemos por nuestra gloria; y por esto pensamos que salimos perdiendo si se apartan de nosotros los siervos.

De modo que no los aduló ni tampoco los rechazó sino so­lamente les preguntó. No procedió como quien desprecia, sino como quien no quiere retenerlos por violencia y coacción. Per­manecer con Él de este segundo modo hubiera equivalido a dejarlo. Y ¿qué hace Pedro? Dice: ¡Señor! ¿A quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído que Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. ¿Ves cómo no fueron las palabras el motivo del escándalo, sino la desidia y pereza y perversidad de los oyentes? Aun cuando Cristo no les hubiera hecho ese discurso, ellos se habrían escandalizado y no habrían cesado de pedirle el alimento corporal y de continuar apega­dos a lo terreno.

Por el contrario, los doce oyeron lo mismo que los otros; pero como estaban con distinta disposición de ánimo, dijeron: ¿A quién iríamos?: palabras que declaran un grande afecto del alma. Significan que amaban al Maestro sobre todas las cosas, padres, madres, haberes; y que a quienes de Él se apar­tan no les queda a dónde acogerse. Y luego, para que no pa­reciera que ese: ¿A quién iríamos? lo habían dicho porque no habría quien los recibiera, al punto Pedro añadió: Tú tienes palabras de vida eterna. Los demás escuchaban de un modo carnal y a lo humano; pero ellos escuchaban espiritualmente y poniéndolo todo bajo la fe.

Por eso Cristo les decía: Las palabras que os he dicho son espíritu. Es decir, no penséis que mis enseñanzas están sujetas a lógica necesaria de las cosas humanas. No son así las cosas espirituales ni soportan que se las sujete a medidas terrenas. Es lo mismo que declara Pablo con estas palabras: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al Cielo? Se entiende para hacer descender a Cristo. O ¿quién bajará al abismo? Se entiende para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Tú tienes palabras de vida eterna. Ya habían ellos aceptado la idea de la resurrección y todo lo demás. Pero advierte, te ruego, la ca­ridad de Pedro para con sus hermanos, y cómo toma a su cargo todo el negocio del grupo. Porque no dijo: Yo conocí; sino: Nosotros conocimos. O mejor aún, advierte cómo penetra las palabras mismas del Maestro y habla de un modo distinto al de los judíos. Porque ellos decían: Este es hijo de José en cambio dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo; y también: Tú tienes palabras de vida eterna. Quizá lo dice porque muchas veces había oído a Cristo repetir: Quien cree en Mí tiene vida eterna.

Demuestra de este modo que va conservando en la memoria las palabras de Cristo, puesto que ya Él mismo las usa. ¿Qué hace Cristo? No alabó ni ensalzó a Pedro, como en otra ocasión lo hizo. Sino ¿qué dice?: ¿Acaso no os escogí yo a los doce? ¡Y uno de vosotros es un diablo! Puesto que Pedro hab­ía dicho: Nosotros hemos creído, Cristo exceptúa a Judas. En otra ocasión nada dijo Cristo acerca de sus discípulos habiendo Él preguntado: Pero vosotros ¿quién decís que soy yo? respondió Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Ahora, en cambio, como Pedro los englobó a todos y dijo: Nosotros hemos creído, justamente Cristo exceptuó del número a Judas. Y lo hace comenzando a revelar la perfidia del traidor con mucha antelación. Aunque sabía que nada le aprovechaba, sin embargo puso Él lo que de estaba de su parte.

Mira también su sabiduría. No lo descubrió, pero tampoco permitió que quedara del todo oculto, tanto para que no se tornara más imprudente y obstinado, como también para no pensar que quedaba oculto, más audazmente se atreviera a su crimen. Por esto en lo que sigue lo reprende más claramente. Pues primero lo mezcló con el grupo cuando dijo: algunos de entre vosotros que no creen, lo cual explica el evangelista diciendo: Porque desde el principio sabía bien Je­sús quiénes eran los que no creían y quién era el que lo entregaría. Como Judas persistía en su incredulidad, más acremente punza diciendo: Uno de vosotros es un diablo; pero con el objeto de mantener a Judas aún oculto, aterroriza a todos.

Razonablemente se puede aquí preguntar por qué ahora los discípulos nada dicen, ni dudan, ni temen, ni se miran unos a otros ni preguntan: ¿Acaso soy yo, Señor? Tampoco hace Pedro señas a Juan para que pregunte al Maestro quién es el traidor. ¿Por qué esto? Fue porque Pedro aún no había escuchado aquella palabra: ¡Apártate de mí, Satanás! y por lo que aún mismo no temía. Pero después de que se le increpó y de haber él hablado con crecido afecto, no recibió alabanza al­guna, sino que se le llamó Satanás, o sea, tropiezo. De modo que cuando escuchó aquella otra palabra: Uno de vosotros me va a entregar, entonces sí temió en su corazón. Por otra parte, en esta ocasión Jesús no dice: Uno de vosotros me va a entre­gar, sino: Uno de vosotros es un diablo. Así no comprendían lo que Él decía y pensaban que únicamente reprendía la per­versidad en general.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía LXVI, Ed. Tradición. México, 1981, pp. 26-34)



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Santos Padres: San Agustín - Desde este pasaje: "Esto lo dijo en una sinagoga de Cafarnaúm", hasta este otro: "Porque éste, uno de los doce, le había de entregar".

1. Hemos oído atentamente por la lectura del evangelio las palabras del Señor que siguen a mi sermón anterior. De aquí la obligación que tengo de hablar a vuestros oídos e inteligencias, y el día de hoy es muy a propósito. El asunto es acerca del cuerpo del Señor, que nos decía nos lo entregaba para comerlo por la vida eterna. El explica la manera de dársenos El y sus dones; la manera de darnos a comer su carne, diciendo: "Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre, está en mí y yo en él". La señal de que alguien lo come y lo bebe es si Cristo permanece en él y él en Cristo; si Cristo habita en él y él habita en Cristo, y si está unido a El para no ser abandonado. Esto nos enseña y avisa con palabras llenas de misterio: que estemos en su cuerpo con sus miembros bajo la cabeza, que es El, comiendo su carne y no separándonos de su unidad. Pero muchos de los presentes no entendieron y se escandalizaron; no pensaban, oyendo estas cosas, sino en la carne, porque eso eran ellos: carne. El Apóstol dice, y es verdad: "Entender según la carne es muerte". El Señor nos entrega su carne para que la comamos, y entender esto según la carne es muerte, siendo así que El dice de su carne que allí está la vida eterna; luego no debemos entender la carne según la carne, como de las palabras siguientes se deduce.

2. Muchos de los que le escuchaban, no de sus enemigos, sino de sus discípulos, dijeron: "¡Qué discurso este tan duro! ¿Quién puede oírlo?" Si los discípulos juzgaron tan duras estas palabras, ¿qué juzgarían de ellas sus enemigos? Sin embargo, era necesario que se expresara de tal modo que no lo entendieran todos. Los secretos de Dios deben excitar nuestra atención, no nuestra aversión. Estos se separaron de El en seguida, tan pronto como profirió el Señor Jesús tales palabras. No dieron crédito al que decía algo inmenso ni al que ocultaba gracias inefables en sus Palabras. Ellos las entendieron a su gusto, por cierto muy humano, a saber: Que Jesús quería o que Jesús disponía dar a quien creyese en El la carne de que el Verbo estaba revestido, hecha pedazos. ¡Qué duras, dicen, son estas palabras!, ¿qué oído puede soportarlas?

3. Conociendo Jesús en Sí mismo que murmuraban de eso sus discípulos (esto lo hablaban entre sí, de manera que El no lo oyese; pero como a El nada de ello se le ocultaba, oyendo en Sí mismo lo que decían), respondió y dijo: ¿"Os escandaliza eso", porque he dicho que os doy a comer mi carne y a beber mi sangre? ¿Eso es lo que os escandaliza? ¿Qué será, pues, sí conseguís ver al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? ¿Qué significa esto? ¿Hace desaparecer con esto lo que les alborotaba? ¿Descubre con esto el sentido de lo que les escandalizaba? Sí, ciertamente, con tal de que llegasen a entenderlo. Ellos creían que les iba a dar su cuerpo, y El les dice que subirá al cielo, y ciertamente todo entero. Cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba primero, entonces es cuando os daréis claramente cuenta de que no os da a comer su cuerpo como vosotros pensáis, entonces os daréis ciertamente cuenta de que su gracia no se come a mordiscos.

4. Y siguió diciendo: "El espíritu es el que da vida, mas la carne no sirve de nada". Antes de explicar esto, como el Señor nos da a entender, no se debe pasar a la ligera lo que antes dijo: ¿Qué sucederá, pues, cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? El Hijo del hombre, Cristo, nació de la Virgen María. Luego el Hijo del hombre comenzó a existir en la tierra en el momento mismo que tomó carne, que viene de la tierra. Por lo cual se dijo proféticamente: "La verdad nació de la tierra". ¿Cuál es el sentido, pues, de estas palabras: "Cuando viereis al Hijo del hombre que sube a donde estaba antes"? No habría problema si hubiera dicho: Si viereis al Hijo de Dios subir a donde estaba antes; más, como dijo que el Hijo del hombre subía a donde estaba antes, ¿será que el Hijo del hombre estaba en el cielo cuando comenzó a existir en la tierra? Aquí dice a donde estaba antes, como si en aquel entonces, cuando decía estas cosas, no estuviese allí. Más en otro pasaje dice: "Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo". No dice que estaba, sino que dice: "el Hijo del hombre, que está en el cielo". Habla en la tierra y dice que está en el cielo; y no dice de este modo: "Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo de Dios, que está en el cielo". ¿Para qué este modo de hablar sino para que comprendamos lo que ya expliqué yo a vuestra caridad en un sermón anterior: que Cristo, Dios y hombre, es una sola persona, no dos; no vaya a suceder que nuestra fe tenga por objeto no una trinidad, sino una cuaternidad? Luego Cristo es una sola persona; el Verbo, el alma y la carne son un solo Cristo; y el Hijo del hombre y el Hijo de Dios es un solo Cristo. Hijo de Dios eternamente, Hijo del hombre temporalmente, pero es un solo Cristo en la unidad de persona. Estaba en el cielo cuando hablaba en la tierra. El Hijo del hombre estaba en el cielo como el Hijo de Dios estaba en la tierra. Estaba el Hijo de Dios en la tierra por la carne que había tomado; estaba el Hijo del hombre en el cielo por la unidad de persona.

5. ¿Cuál es el sentido de las palabras que siguen: "El espíritu es el que da la vida, mas la carne no sirve para nada"? Digámosle (El nos 1o consiente con tal de no contradecirle, sino con deseos de aprender): ¡Oh Señor, Maestro bueno!, ¿cómo es que la carne no sirve de nada, siendo así que dices tú: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre, si no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros"? ¿No sirve para nada la vida? ¿No somos lo que somos para que tengamos la vida eterna, que nos prometes con tu carne? ¿Qué significa que "la carne no vale nada"? No vale nada la carne en el sentido en que lo entendieron ellos: carne muerta, hecha pedazos o como se vende en el mercado, no la carne vivificada por el espíritu. Se dice, pues, que "la carne no sirve para nada" en el mismo sentido que se dice que la "ciencia hincha". Pero ¿por eso se debe odiar la ciencia? No. ¿Qué significa que la "ciencia hincha"? Cuando está sola sin la caridad. Por eso añadió: "La caridad edifica". Junta la caridad con la ciencia, y la ciencia será útil, no por sí sola, sino por la caridad. Lo mismo aquí: "La carne no vale nada", es decir, la carne sola; pero júntese el espíritu con la carne, como se junta la caridad con la ciencia, y entonces vale muchísimo. Porque, si la carne no vale para nada, no se hubiese hecho carne el Verbo para vivir con nosotros. Si Cristo nos valió mucho por su carne, ¿cómo la carne no vale para nada? El espíritu realizó algo por nuestra salud mediante la carne. La carne es un recipiente; mira bien lo que contiene, no lo que es. Los apóstoles fueron enviados; su carne, ¿no nos vale para nada? Si la carne de los apóstoles nos sirvió para algo, ¿es posible que la carne del Señor no nos sirva para nada? ¿De dónde nos viene el sonido de su palabra sino por la voz de la carne? ¿De dónde la pluma y de dónde la escritura? Todo esto lo hace la carne, pero moviéndola el espíritu como órgano o instrumento suyo. "El espíritu es, pues, el que vivifica, mas la carne no vale nada"; pero es la carne como ellos la entendieron; yo no doy a comer mi carne en este sentido.

6. Por eso, dice, "las palabras que yo os digo, son espíritu y vida". Ya dijimos, hermanos, lo que nos recomienda el Señor cuando comemos su carne y bebemos su sangre, a saber: que permanezcamos en El y que El permanezca en nosotros. Moramos en El cuando somos miembros suyos, y El mora en nosotros cuando somos templo suyo. La unidad os junta para que podamos ser sus miembros; y la unidad es realizada por la caridad. ¿Y cuál es la fuente de la caridad? Pregúntalo al Apóstol: "La caridad de Dios, dice, es difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado". Luego "es el Espíritu quien vivifica", por que el Espíritu es quien hace que los miembros tengan vida. El Espíritu sólo da vida a los miembros que encuentra unidos al cuerpo, que informa y vivifica. Porque el espíritu que existe en ti, ¡oh hombre!, y por el que eres hombre, ¿vivifica, por ventura, los miembros que del cuerpo están separados? Yo llamo espíritu tuyo a tu alma; y tu alma sólo vivifica los miembros que están unidos con tu cuerpo. Si separas uno, ya no es vivificado por tu alma, porque ya no forma parte de la unidad de tu cuerpo. Se dicen estas cosas para que nos enamoremos de la unidad y temamos la división. Nada debe ser tan temible al cristiano como el separarse del cuerpo de Cristo, porque, si se separa del cuerpo de Cristo, ya no es miembro suyo; y si no es miembro suyo, no vive de su Espíritu. "El que no tiene, dice el Apóstol, el Espíritu de Cristo, este tal no es de Cristo. El Espíritu es, pues, quien vivifica, la carne no vale nada"; las palabras que yo os hablo son espíritu y vida. ¿Qué significa que son "espíritu y vida"? Que se deben entender espiritualmente. ¿Las has entendido espiritualmente? Entonces son "espíritu y vida". ¿Las has entendido carnalmente? Aun así entendidas, son "espíritu y vida", pero no lo son para ti.

7. "Pero hay algunos, dice, entre vosotros que no creen". No dice: Hay algunos entre vosotros que no entienden, sino que dice la causa porque no entienden. "Hay algunos entre vosotros que no creen", y por eso no entienden, por que no creen. Ya dice el profeta: "Si no creéis, no entenderéis". La fe nos une y la inteligencia nos vivifica. Constituyámonos en la unidad por la fe, para que tenga existencia lo que pueda ser vivificado por la inteligencia. Quien no se une, pone resistencia; y quien se opone, no cree. ¿Podrá ser vivificado quien resiste? Es enemigo del rayo de la luz, que le debía penetrar; no aparta los ojos, pero cierra su mente. "Hay, pues, algunos que no creen". Que crean y que abran, que abran su inteligencia y serán iluminados. "Sabía Jesús desde el principio quiénes serian los creyentes y quién le había de entregar". Pues Judas estaba también allí. Algunos se escandalizaron; mas él se quedó para armarle asechanzas, no para comprender. Y porque se quedó con ese fin, el Señor habló de él. No le nombró claramente, pero tampoco guardó silencio acerca de él, con el fin de infundir temor a todos, aunque uno solo fuera el que se había de perder. Y después de decir y distinguir los que creían de los que no creían, dio a conocer el porqué no creían: "Por eso os dije, añadió, que nadie puede venir a mí si no le es dado por mi Padre". Luego el creer se nos da también, por que el creer es alguna cosa. Si, pues, es una gran cosa, gózate porque creíste, pero no te enorgullezcas. Pues "¿qué tienes que no lo hayas recibido?".

8. "Desde aquel momento, muchos de sus discípulos retrocedieron y ya no le seguían". Echaron pie atrás, pero para ir tras Satanás, no tras Cristo. En una ocasión, el Señor llamó a Pedro Satanás, porque quería ir delante de El y darle el consejo de que no muriese el que había venido a la muerte para que no muriésemos todos nosotros eternamente. Y le dice: Anda detrás de mí, Satanás; no tienes gusto para las cosas de Dios, sino para las de los hombres. No le rechazó para que fuera tras Satanás, y, con todo, le llamó Satanás. Le hizo ir tras El, tras el Señor, para que dejase ya de ser Satanás. Estos retrocedieron al modo de aquellas mujeres de quienes dice el Apóstol: Algunas retrocedieron, pero para ir tras Satanás. Ya no le siguieron más. He aquí cómo, separados del cuerpo, perdieron la vida, porque, seguramente, jamás estuvieron unidos al cuerpo. Hay que contarlos entre los que no creen, aunque se llamen sus discípulos. Dejaron de ir tras El no pocos, sino muchos. Esto sucedió seguramente para nuestro consuelo. Acontece a veces decir un hombre la verdad, y sus palabras no son comprendidas, y los que las oyen se escandalizan y se van. Le duele al hombre haber dicho la verdad y reacciona así en su interior: No debí hablar así, no debí decir esto. Mira que al Señor le sucedió también esto. Habló y perdió a muchos y se quedó con pocos. Pero El no se turba; sabía desde el principio quiénes creerían y quiénes no creerían. Si nos sucede esto a nosotros, nos turbamos. Consolémonos con el Señor y tengamos mucha cautela cuando hablamos.

9. Y El se dirige a los pocos que se habían quedado con El. "Dijo Jesús a los doce", es decir, a los que se quedaron Con El: "¿Queréis por ventura vosotros huir también de mi compañía?". No se fue nadie, ni Judas siquiera. Pero el Señor ya sabía por qué no se iba, y nosotros lo supimos después. Pedro contesta, en nombre de todos, uno por muchos, la unidad por la universalidad. Contestó, pues, Simón Pedro: "Señor, ¿a quién iremos?" ¿Nos alejas de ti? Danos otro igual que tú. "¿A quién iremos?" Si nos vamos de tu compañía, "¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Mirad cómo comprendió esto Pedro con la ayuda de Dios y confortación del Espíritu Santo. ¿De dónde le vino esta inteligencia sino de su fe? "Tú tienes palabras de vida eterna". Porque tú das la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y sangre, nosotros hemos creído entendido. No entendimos y creímos, sino que creímos y entendimos. Creímos, pues, para llegar a comprender; porque, si quisiéramos en tender primero y creer después, no nos hubiera sido posible entender sin creer. ¿Qué es lo que hemos creído y qué es lo que hemos entendido? "Que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios"; es decir, que tú eres la misma vida eterna y que no comunicas en el servicio de tu carne y sangre sino lo que tú eres.

10. Sigue, pues, hablando el Señor Jesús: "No os he elegido yo a los doce, y uno de vosotros es un diablo"? Luego parece que debía decir que elegía a once. ¿Es acaso el diablo un elegido o se encuentra entre ellos? Elegido es nombre laudatorio. ¿O es que puede llamarse elegido también uno que, sin quererlo ni saberlo él, es utilizado para realizar una gran obra de bondad? Porque, así como los malos hacen mal uso de las obras buenas de Dios, así Dios, por el contrario, hace buen uso de las malas obras de los impíos. ¡Qué bueno es que los miembros del cuerpo estén tan bien dispuestos como sólo el artífice Dios lo puede hacer! ¡Qué mal usa de los ojos la inmodestia! Qué mal usa también de la lengua el doloso! ¿No mata primero cruelmente el testigo falso con la lengua su alma y, muerto él, intenta matar a los demás? Hace mal uso de la lengua, pero no por eso la lengua es cosa mala; la lengua es una obra de Dios. Pero es la iniquidad la que hace mal uso de esta obra de Dios. ¿Qué uso hacen de los pies los que van corriendo al crimen? ¿Qué uso hacen de las manos los homicidas? ¡Qué mal uso hacen todos los impíos de las buenas criaturas de Dios que forman nuestra circunstancia! Pervierten con el oro la justicia y matan la inocencia. Los malos usan mal de la luz, ya que, viviendo mal, utilizan la misma luz como instrumento de sus crímenes. El malo que va a hacer algún mal, quiere la luz para no tropezar, él, que ya dentro tropezó y cayó. En lo mismo que teme para su cuerpo, cayó ya su corazón. Luego de todos los bienes de Dios (recorrerlos uno por uno sería demasiado largo) usa mal el que es malo; el bueno, al contrario, usa bien de las maldades de los hombres impíos. ¿Qué bien mejor que Dios? En una ocasión dijo el mismo Señor: "Nadie es bueno sino Dios". Luego, cuanto es mejor El, tanto mejor usa de nuestras maldades. ¿Hay algo más malo que Judas? Entre todos los que seguían al Maestro, entre los doce, a él solo se le dio la misión de guardar el dinero y de distribuirlo a los pobres. El, sin embargo, ingrato a beneficio tan grande, a tan gran honor, recibió el dinero y perdió la justicia. Muerto él, entregó a la muerte al que es la vida y persiguió como enemigo a quien seguía como discípulo. Esta es toda la maldad de Judas. El Señor, sin embargo, de toda su perversidad usó bien. Sufrió ser entregado para redimirnos. ¡Mirad cómo la maldad de Judas se convirtió en bien! ¿A cuántos mártires atormentó Satanás? Si Satanás hubiese cesado en sus persecuciones, no solemnizaríamos hoy el triunfo, tan lleno de gloria, de San Lorenzo. Luego, si Dios convierte en servicio del bien las acciones mismas del diablo, el mal, que hace el que es malo, a sí mismo perjudica, no a la bondad de Dios. Se sirve de él como artífice; y como artífice supremo no permitiría ni su existencia si no supiese hacer buen uso de él. "Uno de vosotros es un diablo, dice, con haberos yo elegido doce". Puede entenderse también de esta manera lo que dijo: Elegí doce porque es sagrado el número doce. No porque haya perecido uno de los doce, pierde este número su honor. Permanece, pues, en su integridad el número consagrado, el número doce; y es por que los apóstoles debían predicar por todo el mundo, esto es, por los cuatro puntos cardinales, el misterio de la Santísima Trinidad. Por eso son cuatro grupos de tres. Judas, pues, se exterminó a sí mismo, pero sin deshonrar el número doce. El se fue de la compañía del maestro, pero Dios le asignó un sucesor.

11. Todo esto que habló el Señor acerca de su carne y de su sangre y la promesa que nos hizo de la vida eterna en virtud de su administración, y el querer que por esto se distinguiesen los que comen su carne y beben su sangre, a saber: por la permanencia de ellos en El y de El en ellos; y el decir que no entendieron porque no tuvieron fe y que se escandalizaron por su inteligencia terrena de las cosas espirituales; y que, mientras aquéllos se escandalizaban y se perdían, consoló el Señor a sus discípulos, a los cuales, como para probarles, pregunta: "¿Queréis iros también vosotros?", con el fin de que conociésemos nosotros su espíritu de fidelidad, pues ya sabía El que permanecían fieles; digo que todo esto nos sirve, amadísimos, para que no comamos y bebamos su carne y su sangre sólo sacramentalmente, como lo hacen también muchos que son malos, sino que la comamos y bebamos de tal modo que participemos de su Espíritu, con el fin de permanecer como miembros en el cuerpo del Señor y vivir de su Espíritu y no escandalizarse, aunque muchos ahora comen temporalmente con nosotros los sacramentos, que al fin tendrán eternos tormentos. Pues ahora hay mezcla en el cuerpo de Cristo, como la hay en la era; pero el Señor conoce quiénes son los suyos. Como tú sabes lo que trillas y que allí está oculto el grano y que no destruye la trilla lo que ha de limpiar el bieldo, así nosotros estamos ciertos, hermanos, que todos los que somos miembros del cuerpo del Señor y permanecemos en El, con el fin de que El permanezca también en nosotros, por necesidad tenemos que vivir en este mundo, hasta el fin de la vida, mezclados con los malos. No digo entre los malos que blasfeman de Cristo, pues ya hay pocos que blasfeman con la lengua, pero sí hay muchos que blasfeman con su vida. Necesaria es, pues, que vivamos entre ellos hasta el fin de nuestra vida.

12. ¿Qué significa lo que dice: "El que permanece en mí y yo en él"? ¿Qué otra cosa significa sino lo que oían los mártires: "El que persevere hasta el fin, éste será salvo"? ¿Cómo permaneció en El San Lorenzo, cuya fiesta celebramos hoy? Permaneció hasta la prueba, y hasta el interrogatorio del tirano, y hasta las más crueles amenazas, y hasta la muerte; y esto es poco aún: permaneció hasta las más inhumanas torturas. No le mataron de un tajo, sino que fue torturado por el fuego. Se le prolongó la vida; mejor dicho: no se le prolongó la vida, sino que se le obligó a morir más lentamente. Pero en aquella muerte lenta, en aquellos tormentos, no sintió los dolores: había comido y bebido bien, se había fortalecido y como embriagado con aquella comida y con aquella bebida. Allí estaba presente el que dijo: "El espíritu es el que da vida". La carne se quemaba, pero el espíritu daba vida a su alma. No se rindió, y entró en posesión del reino. El santo mártir Sixto, cuya fiesta celebramos hace hoy cinco días, le había dicho: No te aflijas, hijo. Aquél era obispo, y éste diácono. No te aflijas, dice; después de tres días me seguirás. Los tres días son el tiempo que media entre el día del martirio de San Sixto y el día de hoy, que es el martirio de San Lorenzo. El tiempo que media son tres días. ¡Qué alegría tan grande! No dice: No te aflijas, hijo; cesará la persecución y quedarás tranquilo; sino: No te aflijas, me seguirás tú a donde yo voy antes que tú; no tardarás en seguirme: sólo mediarán tres días y estarás conmigo. Creyó en la profecía y triunfó del diablo Y consiguió la victoria.
(San Agustín, Obras de San Agustín, Tomo XIII, BAC, Madrid, 1955, TRATADO XXVII, Pág. 679-693)

 

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Santos Padres: San Cirilo - Muchos, pues, de los discípulos que lo oyeron dijeron: Duro es este lenguaje: ¿sufre el oírlo?

Y sabiendo Jesús por sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo (Jn 6,60s).

Tal es la costumbre de los necios, porque siempre condenan lo más fino de las enseñanzas y destrozan, sin saber, la doctrina que supera su capacidad, porque no la entienden ellos; y, sin embargo, más debían aplicarse a aprender y más debían querer aguzarse con las cosas dichas; no, por el contrario, oponerse a palabras tan sabias y llamar duro lo que convenía hasta admirar. Les pasa lo mismo que si uno ve aguantarse a los que les faltan los dientes. Porque éstos se lanzan a los alimentos más blandos, y muchas veces desprecian los manjares más exquisitos, y lo que es mejor lo hacen malo, sin querer confesar la enfermedad por la que se ven forzados a rechazarlo. También los ignorantes y los de inferior inteligencia se horrorizan ante el conocimiento profundo, a caza del cual convenía ir con todo esfuerzo y con muchos trabajos, sin detenerse hasta alcanzarlo con incesante diligencia.

Por tanto, el varón espiritual tendrá sus delicias en las palabras de nuestro Salvador y clamará más bien con toda razón: ¡Cuán dulces son a mi paladar sus dichos; mas que miel y panal a mi boca! (Ps 118,103). Mas el judío animal, pensando neciamente ser locura el misterio espiritual e invitado por las palabras del Salvador a subir a una inteligencia digna del hombre, siempre cae en la locura habitual, llamando a lo malo bueno, y a lo bueno, malo, conforme al dicho del profeta (Es 5,20). Hará de nuevo como sus padres, y se encontrará también en esto imitando las ignorancias de sus progenitores, pues aquéllos, por su parte, recibiendo el maná que Dios les enviaba y participando de la bendición de arriba, eran arrastrados a la más grosera costumbre y echaban de menos los hedores que tenían en Egipto, anhelando ver cebollas, puerros y ollas de carne (cf. Num 11,5; Ex 16,3); y éstos, por su parte, exhortados a recibir la eficacia vivificante del Espíritu y siendo enseñados a alimentarse del pan verdadero, del que venía del Dios y Padre, se vuelven a su error, amigos del placer más que amigos de Dios (2 Tim 3,4); y como sus progenitores condenaban el alimento mismo del maná, atreviéndose a decir: Nuestra vida se marchita (Num 11,6) con este maná, así éstos, a su vez, rechazan el pan verdadero, no avergonzándose de decir: Duro es este lenguaje.

Conviene, por consiguiente, que sean sabios los que oyen los divinos misterios; conviene que sean peritos cambistas, para conocer la moneda legítima y la falsa, y ni en las cosas que se han de admitir por fe introduzcan investigaciones sin término ni en las cosas que necesitan investigación derrochen fe, que es, a veces, perjudicial, sino que den lo conveniente a cada cosa de las que se dicen y vayan por el camino recto, evitando el desviarse a una parte y a otra. Pues ha de ir por el camino real quien corre tras la fe recta de Cristo.

¿Esto os escandaliza? ¿Pues que si viereis al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? (Jn 6,61s).
Por una extremada ignorancia se escandalizaban de sus palabras algunos de los discípulos de Cristo Salvador. Pues como le oyesen decir: En verdad, en verdad os digo: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53), suponían que se les invitaba a una crueldad propia de fieras, que se les mandaba comer carne inhumanamente y sorber sangre y que se les obligaba a hacer cosas que sólo oírlas estremece. Porque no conocían la belleza del misterio y la bellísima disposición que había sido encontrada sobre él; por esto andaban diciendo entre sí aquello: ¿Cómo el cuerpo humano va a insertar en nosotros la vida eterna? ¿Qué va a aprovechar para la inmortalidad lo que es de la misma naturaleza que nosotros?

Conociendo, pues, Cristo sus deliberaciones, porque todo está desnudo y descubierto a sus ojos (Hebr 4,13), cuida de que comprendan las cosas que ignoran conduciéndolos aún de la mano de muchas maneras. Vosotros, dice, muy neciamente os escandalizáis de lo que me habéis oído. Porque si todavía no tenéis conocimiento para creer, a pesar de que frecuentemente os he iniciado en ello, que mi cuerpo os ha de meter vida, ¿qué disposición tendréis, dice, cuando lo veáis volar al cielo? Pues no sólo prometo que subiré al mismo cielo, para que no digáis de nuevo aquel cómo (cf. Io 6,52), sino que el espectáculo ha de darse ante vuestros ojos para confundir a todo el que contradiga.

Pues si veis, dice, subiendo al cielo al Hijo del hombre, ¿que diréis entonces? Porque quedaréis convencidos de obrar no poco neciamente. Porque si pensáis que mi carne no puede poner en vosotros la vida, ¿cómo subirá al cielo cual un ave? Porque si no puede vivificar, por no ser de su naturaleza el vivificar, ¿cómo marchará por los aires y cómo subirá a los cielos?; pues también esto es igualmente imposible a la carne. Mas si sube fuera de lo que le es natural, ¿qué impide todavía el que también vivifique, aunque no sea de su naturaleza el vivificar, por lo que hace (digo) a su propia naturaleza? Porque aquel que hizo celestial lo que es de tierra, lo hará también vivificante, aunque por su propio ser sea de tal naturaleza, que hubiera de corromperse...

El espíritu es el que vivifica; la carne de nada aprovecha (Jn 6,63). No con absoluta falta de inteligencia habéis atribuido a la carne la incapacidad de vivificar; porque cuando se considera la sola naturaleza de la carne en sí misma, evidentemente que no es vivificadora, ya que no vivificará en absoluto a cosa alguna de las que existen, antes tiene ella necesidad de quien pueda vivificarla. Mas examinando con empeño el misterio de la encarnación y aprendiendo entonces quién es el que habita en esta carne, estaréis enteramente en disposición de aceptar, a no ser que queráis contradecir al mismo Espíritu Santo, que puede vivificar, aunque de por sí la carne de nada aproveche.

Pues por estar unida al Verbo vivificador, se ha hecho toda vivificadora, levantada ella a la potencia del que es superior (el Verbo), no habiendo forzado ella hacia su propia naturaleza al que por ningún lado puede ser vencido. Y así, por más que la naturaleza de la carne sea impotente, por cuanto a ella hace, para vivificar, pero obrará esto teniendo al Verbo vivificador y llevando en sí toda la potencia del Verbo. Pues es cuerpo de la que es vida por naturaleza y no de uno cualquiera de los hombres, acerca del cual con razón valdría aquello: La carne de nada aprovecha. Porque no obrará en nosotros esto la carne de Pablo, por ejemplo, ni la de Pedro, o bien la de cualquier otro; la sola excepción es la carne de Cristo, nuestro Salvador, en el cual habitó toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9).

Y cierto que sería la cosa más absurda el que por una parte la miel pusiera su propia cualidad en lo que por naturaleza no es dulce y pudiera transformar en sí aquello con lo que se mezcla, y pensar, por otra parte, que la naturaleza vivificadora del Verbo no levanta a su propia bondad al cuerpo en el que habitó. Por consiguiente, de todos los demás es verdad lo de que la carne de nada aprovecha; fallará en solo Cristo, porque en aquella carne habita la vida, es decir, el Unigénito.

Y se llama a sí mismo espíritu: Pues Dios es espíritu (Jn 4,24); y según el bienaventurado Pablo: Porque el Señor es el Espíritu (2 Cor 3,17). Y no decimos esto por negar que el Espíritu Santo tenga subsistencia propia, sino que como se llama a sí mismo Hijo del hombre por haberse hecho hombre, así ahora se nombra por su propio espíritu. Porque no es ajeno de él su Espíritu.

Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6,63).
Todo su propio cuerpo llena (Cristo) con la potencia vivificadora del Espíritu. Y así llama ya espíritu a su carne, y no porque eche abajo el que es carne, sino por estar ésta sumamente unida a él y por revestir toda su fuerza vivificadora de él, debiendo ya ser llamada también espíritu. Y nada de extraño tiene esto, ni hay por qué te escandalices de ello. Pues si el que se adhiere al Señor, un espíritu es (1 Cor 6,17), ¿cómo el propio cuerpo de El (del Señor) no ha de ser, con más razón, dicho uno como algo de el?

Por tanto, con lo que antecede quiere significar esto: Por vuestros razonamientos interiores caigo en la cuenta, dice; estáis sin entender porque andáis discutiendo el que de mí haya salido el dicho de que el cuerpo terreno es por su naturaleza vivificadora; sin embargo, no es ése el fin adonde se dirigen mis palabras, porque toda la explicación que yo os hacía versaba sobre el Espíritu divino y sobre la vida eterna. Pues no es la naturaleza de la carne la que hace vivificador al espíritu, sino la fuerza del Espíritu hace al cuerpo vivificador. Por eso las palabras que os tengo dichas son espíritu, es decir, espirituales y que tratan sobre el Espíritu, y son vida, que está por vivificadoras y acerca de la vida por naturaleza.

Y no dice esto por destruir su propia carne, sino enseñándonos lo que es verdad. Así, lo que hace poco tenemos dicho, lo volveremos a repetir por la utilidad que en ello hay: la naturaleza de la carne, ella de por sí, no podría vivificar; pues ¿que más habría en el que es por naturaleza Dios? Pero no ha de entenderse que en Cristo está sola y en sí misma; tiene unido al Verbo, el cual es por naturaleza vida. Por eso, cuando Cristo la llama vivificadora, no atribuye a ella el poder vivificar tanto como a sí mismo o a su propio Espíritu. Porque por él es también vivificador su propio cuerpo, ya que lo transformó elevándolo a su propia fuerza; pero el modo, ni es comprensible para la mente ni puede expresarlo la lengua, sino que ha de ser honrado con silencio y con fe, que excede a la razón.

Mas que frecuentemente se nombre también el Hijo en las Escrituras, inspiradas por Dios, con el nombre del Espíritu, lo conoceremos por lo siguiente. Escribe, pues, el bienaventurado Juan: Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo; no en el agua solamente, sino en el agua y en el espíritu, y el espíritu es quien testifica, porque el espíritu es la verdad (1 Jn 5,6).

He aquí, pues, que llama espíritu a la verdad, y eso que Cristo clama en términos precisos: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Pablo a su vez, escribiéndonos, dice: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios; mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el espíritu de Dios habita en vosotros. Que si alguno no tiene el espíritu de Cristo, ese tal no es de él. Y si Cristo está en vosotros, el cuerpo, ciertamente, está muerto a causa del pecado, mas el espíritu es vida a causa de la justicia (Rom 8,8ss). Aquí también, después de haber dicho que el Espíritu de Dios habita en nosotros, dijo estar en nosotros el mismo Cristo. Porque es inseparable del Hijo su Espíritu, según la razón de identidad de naturaleza, aunque se entienda existir en la propia, hipóstasis.

Por esto con frecuencia procede indiferentemente; unas veces, nombrándose a sí mismo; otras, nombrando al Espíritu.
(Jesús Solano, Textos Eucarísticos Primitivos (San Cirilo de Alejandría), B.A.C., Madrid, 1979, pg. 406-413)


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Aplicación: Mons. Fulton Sheen - No quiso ser un rey del pan

El anuncio de la eucaristía produjo una de las mayores crisis de su vida. Su promesa de dar su cuerpo, sangre, alma y divinidad por el bien de las almas de los hombres le hizo perder mucho de lo que había ganado. Hasta entonces tenía casi a todo el mundo tras Él. En primer lugar, a las masas o al pueblo común; en segundo lugar, a la minoría, a los intelectuales, a los guías espirituales, y, finalmente, a sus propios apóstoles. Pero esta elevada doctrina espiritual era demasiado para ellos. El anuncio de la Eucaristía fue un impacto terrible sobre sus seguidores. Nada tiene de extraño que en el cristianismo haya habido tan grande división de sectas cuando cada persona decide por sí misma si ha de aceptar un segmento del círculo de la verdad de Cristo o el círculo entero. Nuestro Señor mismo fue el responsable de ello; pidió una fe que resultaba excesiva para la mayoría de las personas; su doctrina era demasiado sublime. Si Él hubiera sido de mente un poco más mundana, si hubiese permitido que sus palabras pudieran ser consideradas como figuras retóricas, y sólo con que hubiera sido menos autoritario, habría podido llegar a ser más popular.

Pero hizo vacilar a todos sus seguidores. El Calvario sería la guerra caliente que se desencadenaría contra Él; y esto era el comienzo de la guerra fría. El Calvario sería la crucifixión física; esto otro era la crucifixión social.

Perdió a las masas.
Creó un cisma entre sus discípulos.
Incluso debilitó su bando apostólico.

Perdió a las masas: las masas estaban generalmente interesadas tan sólo en los milagros y en la seguridad. Cuando multiplicó los panes y los peces, abrieron los ojos llenos de sorpresa. Llenando sus estómagos, satisfizo su sentido de justicia social. Ésta era la clase de rey que ellos querían, un rey del pan. “¿Qué otra cosa puede hacer la religión por el hombre, salvo darle seguridad social’?, parecían preguntar. Las masas intentaron obligarle a ser rey. ¡Esto era también lo que quería Satán! Llenar el estómago, convertir las piedras en pan y prometer prosperidad; esto es para la mayoría de los mortales el fin de la vida.

Pero nuestro Señor no quería una realeza basada en la economía de la abundancia. Llegar a ser rey era asunto de su Padre, y no de ellos. Su reinado sería de corazones y almas, no del aparato digestivo. Así el evangelio nos refiere que huyó a las montañas, Él solo, para escapar de la corona de oropel y a la espada de hojalata que querían ofrecerle.

¡Cuán cerca estaban de la salvación aquellas masas! Querían vida; Él quería darles vida. La diferencia estribaba en la interpretación que ellos daban a esta palabra. ¿Es acaso propio de Cristo granjearse seguidores por medio de elaborados programas sociales? Esto es una forma de vida. ¿O es propio de Cristo enajenarse a todos lo que sólo piensan en el estómago, a cambio de ganar a los pocos que tiene fe, a los cuales será dado el pan de vida y el vino que engendra vírgenes? A partir de aquel día Cristo jamás ganó a las masas; dentro de veinte días éstas vociferarían: “¡Crucifícale!” cuando Pilato les dijera: “Mirad a vuestro rey” Cristo no puede tener a todo el mundo unido a Él, la culpa es de Él, por ser demasiado divino, demasiado interesado en las almas, demasiado espiritual para la mayoría de los hombres.

Aquel día se enajenó, también un segundo grupo, a saber, la minoría, a los guías intelectuales y religiosos. Le aceptaría como un reformador suave y amable que no dejara las cosas de modo indiferente de como estaban, pero, al llegar a decirles que daría su propia vida de un modo más íntimo que como la madre da la vida a su hijo con la leche de su pecho, aquello era ya demasiado. Así nos dice el evangelio:

"Muchos de sus discípulos, al oír esto, dijeron:
“¡Dura es esta palabra! ¿Quién puede oírla?"" (Jn 6, 60)
"Por esto muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no andaban con Él" (Jn 6, 66)

Ciertamente, nuestro Señor o les habría permitido que se marcharan si no hubieran comprendido lo que Él les decía: que nos daría su propia vida para que nosotros pudiéramos vivir. Sólo podía tratarse de que, entendiéndolo rectamente, no pudieran tragar aquella verdad. Y por esto consintió que se fueran. Cuando se iban, Él les dijo:

"¿Os escandaliza?
¿Pues qué, si vieras al hijo del hombre subir a donde antes estaba?" (Jn 6, 23)

Por supuesto, estaba probando la fe de ellos. ¿No tienen los hombres razón para pensar? ¿Qué era lo que Él estaba esperando que creyeran? ¿Que era Dios? ¿Qué cada una de las palabas que decían era la Verdad absoluta? ¿Qué a las almas hambrientas les daría la misma vida divina que ahora estaban contemplando con sus ojos? ¿Por qué no olvidar este pan de vida y convertirlo en una figura del lenguaje? Así nuestro Señor los miraba marchar; y ellos nunca más volvieron. Algún día los encontraría azuzando a las masas contra Él; puesto que, no todos le habían abandonado por la misma razón, todos ellos coincidían en que habían de alejarse de Él.

Al hablar del pan de vida, Cristo perdió tanto el trigo como la paja. Pero ahora le llegaba la ruptura que le causó la mayor de sus aflicciones, una aflicción enorme que mil años antes había sido profetizada como una de las laceraciones humanas que habrían de torturar su alma; la pérdida de Judas. Muchos se extrañan que Judas rompiera con nuestro Señor; piensan que fue solamente hacia el fin de la vida de nuestro Señor, y que fue solamente el amor al dinero lo que le impulsó a la ruptura. Cierto es que se trataba de avaricia, pero el evangelio nos refiere la asombrosa historia de que Judas rompió con nuestro Señor el día en que éste anunció que daría su carne para la vida del mundo. En medio de esta larga historia del cuerpo y la sangre de Cristo, el evangelio nos dice que nuestro Señor sabía quién era el que había de entregarle. Para indicar que lo sabía, dijo:

"¿No os escogí yo a vosotros, los doce?
y uno de vosotros es diablo".(Jn 6, 61)

Esta promesa del pan celestial trastornó por completo a Judas, agrietó su alma, por así decirlo; y cuando el Maestro dio la eucaristía en la noche de la última cena, Judas quedó moralmente deshecho y le traicionó.

Ahora nuestro Señor estaba prácticamente solo. Solamente ciento veinte personas esperarían su Espíritu por pentecostés. Había perdido a los tres tipos de personas; vio como las masas le abandonaban, la minoría se alejaba de su lado y Judas se preparaba para entregarle. Así se volvió al único a quien había unido íntimamente consigo, a aquel cuyo nombre había él cambiado de Simón en Pedro, o Roca, y le dijo:

""¿No queréis iros vosotros también?"
Respondióle Simón Pedro:
"Señor, ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna;
y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo"". (Jn 6, 67- 69)

Pero el corazón de Cristo tenía ya una cruz en él. Uno de sus doce apóstoles era un traidor. La minoría, que estaba entre sí dividida, ahora se unirá par ir contra Él. Y los cinco mil que habían estado en contacto con su mano rehusaron estar en contacto con su corazón. Las fuerzas se estaban aprestando para “la hora”.
(FULTON SHEEN, Vida de Cristo, Herder, Madrid, 1996, pp. 151- 154)



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Aplicación: R.P. Ervens Mengelle, I.V.E. - El Espíritu da vida


Con la lectura de esta parte del evangelio de Juan termina la lectura del discurso del pan de vida. Sin duda que el realismo de las palabras de Cristo, tal como las pudimos apreciar el domingo pasado, ponía para los judíos un grave problema: ¿cómo puede darnos a comer su carne?. De manera semejante, también los antiguos romanos, por ejemplo, acusaban a los cristianos de practicar la antropofagia. Pero, como acabamos de leer, no sólo los judíos sino también entre los discípulos de Cristo hubo quienes se apartaron de Cristo a raíz de estas palabras. Jesús no los abandonó sino que les da elementos para que acepten creer: les brinda, de hecho, un nuevo signo de su divinidad: a la multiplicación de los panes y a la calma de la tormenta, ahora añade el conocimiento de los pensamientos íntimos. En última instancia, es un problema de fe, no se termina de aceptar la autoridad de Cristo: “Jesús mismo se ha manifestado diciendo del pan: esto es mi cuerpo. ¿Quién tendría el ánimo de dudar? Él mismo lo ha declarado diciendo: Esto es mi sangre ¿Quién lo dudaría...? Él por su voluntad una vez cambió en Caná de Galilea el agua en vino ¿y no es digno de fe si cambia el vino en sangre?... No los consideres como simples y naturales aquel pan y aquel vino... Incluso si los sentidos te inducen a esto, la fe, sin embargo, se mantenga firme...” (san Cirilo de Jerusalén, Cat. IV). Es, por el contrario, muy clara la actitud de Pedro que sí cree: “Observad de qué modo Pedro, con la gracia de Dios, vivificado por el Espíritu Santo, ha entendido la palabras de Cristo.¿Cómo es que ha entendido sino porque ha creído?...nosotros hemos creído y hemos conocido. No dice Pedro, “hemos conocido y hemos creído”, sino hemos creído y conocido. Hemos creído para poder conocer; en efecto si antes hubiésemos querido saber y después creer, no seríamos capaces ni de conocer ni de creer. ¿Qué cosa hemos creído y qué cosa hemos conocido? Qué tu eres el Cristo, Hijo de Dios, es decir que tú eres la misma vida eterna y tú nos das, en la carne y en la sangre tuyas, lo que tú mismo eres” (san Agustín, in Ioan. 27,9).

Pero, si por un lado uno cree en el misterio porque cree en Cristo, también es lícito, sin dudar del misterio, indagar cómo es posible ello. Y también para esto Jesús da una respuesta: es el Espíritu el que da la vida. Es así que, llegados al término de este discurso del Pan de Vida, se nos enseña de qué manera puede tener lugar lo que ha dicho. “En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del pueblo de Dios, el artífice de las ‘obras maestras de Dios’ que son los sacramentos de la Nueva Alianza... Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación” (1091). Si los discípulos de Cristo hubiesen prestado atención a esto no se habrían apartado de Él tan ligeramente.

Ahora, queda una pregunta: ¿cómo obra el Espíritu Santo en esto? “en esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la economía de la Salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo” (1092). Veamos estos pasos por separado.


1. El Espíritu Santo prepara a recibir a Cristo
Esta preparación tiene como dos aspectos:
a. tenemos en primer lugar una preparación “remota”, más lejana en el tiempo, que igualmente es recordada por la Iglesia en cada celebración que hace: “puesto que la Iglesia de Cristo estaba preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, la Liturgia de la Iglesia conserva como una parte integrante e irremplazable, haciéndolos suyos, algunos elementos del culto de la Antigua Alianza” (1093). Por ejemplo: lecturas del AT, oración de los Salmos, memoria de los acontecimientos salvíficos que alcanzaron su pleno cumplimiento en Cristo (el Diluvio, el Éxodo): “por esta relectura en el Espíritu de Verdad a partir de Cristo, las figuras son explicadas. Así, el diluvio y el arca de Noé prefiguraban la salvación por el Bautismo, y lo mismo la nube, y el paso del mar Rojo; el agua de la roca era la figura de los dones espirituales de Cristo; el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía, el verdadero pan del Cielo” (1094)

Incluso varios elementos de nuestra liturgia se inspiran en la liturgia veterotestamentaria y tienen su relación con ella: por ejemplo, la liturgia de la Palabra; o la Pascua (1096)

b. en segundo lugar, hay una preparación “próxima”: “En la Liturgia de la Nueva Alianza, toda acción litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos es un encuentro entre Cristo y la Iglesia.... La asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser un pueblo bien dispuesto. Esta preparación de los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la asamblea, en particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de vida nueva que está llamada a producir” (1098).


2. El Espíritu Santo recuerda el Misterio de Cristo
“El Espíritu y la Iglesia cooperan en la manifestación de Cristo y de su obra de salvación en la Liturgia. Principalmente en la Eucaristía, y análogamente en los otros sacramentos, la Liturgia es Memorial del Misterio de la salvación...” (1099). Esto lo hace por tres acciones:

- “el Espíritu Santo recuerda primeramente a la asamblea litúrgica el sentido del acontecimiento de la salvación dando vida a la Palabra de Dios que es anunciada para ser recibida y vivida” (1100; cf. 1101: da, según las disposiciones de sus corazones, inteligencia espiritual de la Palabra de Dios... a fin de que puedan incorporar a su vida el sentido de lo que oyen, contemplan y realizan en la celebración.” (1101)

- “El anuncio de la Palabra de Dios no se reduce a una enseñanza: exige la respuesta de fe, como consentimiento y compromiso... es también el Espíritu Santo quien da la gracia de la fe...” (1002)

- “La Anámnesis... En la liturgia de la Palabra el Espíritu Santo ‘recuerda’ a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros [y la] celebración ‘hace memoria’ de las maravillas de Dios en una Anámnesis más o menos desarrollada” (1103). Anámnesis es la parte de la misa que se dice luego de la consagración eucarística.


3. El Espíritu Santo actualiza el Misterio de Cristo y realiza la comunión
“La Liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace presentes. El Misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten; en cada una de ellas tiene lugar la efusión del Espíritu Santo que actualiza el único Misterio” (1104). De allí que, en toda celebración eucarística, se pida al Padre el envío del Espíritu Santo: es el rito de la epíclesis que se reconoce por la imposición de las manos sacerdotales sobre las ofrendas, “centro de toda celebración sacramental, y muy particularmente de la Eucaristía” (1105-6). “Preguntas cómo el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino... en Sangre de Cristo. Te respondo: el Espíritu Santo irrumpe y realiza aquello que sobrepasa toda palabra y todo pensamiento. Que te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana” (san Juan Damasceno; Cf. 1106).

Pero no sólo se trata de la actualización de los misterios del Cristo en su cuerpo físico, sino también de la realización del Cuerpo Místico: “La finalidad de la misión del Espíritu Santo en toda acción litúrgica es poner en comunión con Cristo para formar su Cuerpo... El espíritu de comunión permanece indefectible-mente en la Iglesia, y por eso la Iglesia es el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna” (1108). “Gran sacramento” es lo mismo que gran misterio (cf. 2ª lectura): precisamente en el sacramento del matrimonio se da una imagen de la unión entre Cristo y la Iglesia. Por ello, “la Epíclesis es también oración por el pleno efecto de la comunión de la asamblea con el Misterio de Cristo” (1109).


4. Conclusión
“El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado” (1091). “La Iglesia, por tanto, pide al Padre que envíe el Espíritu Santo para que haga de la vida de los fieles una ofrenda viva a Dios mediante la transformación espiritual a imagen de Cristo, la preocupación por la unidad de la Iglesia y la participación en su misión por el testimonio y el servicio de la caridad” (1109).

Ite, missa est... como Pedro y los apóstoles...
(MENGELLE, E., Jesucristo, Misterio y Mysteria , IVE Press, Nueva York, 2008. Todos los derechos reservados)



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Aplicación: Giuseppe Ricciotti - El momento había llegado a proclamar el misterio

EN CESAREA DE FILIPPO
Desde Bethsaida, Jesús se encaminó hacia el norte, alejándose más aún de las tierras judías, y llegó a la zona de Cesarea de Filipo. En aquella región, pagana en su mayor parte, Jesús y sus discípulos no se veían asediados por multitudes de pedigüeños ni hostigados por intrigas de fariseos y de vividores de la política. Aquello fue, pues, para Jesús una especie de retiro con sus predilectos.

Por otra parte, aquellos discípulos representaban el mejor resultado de su obra: podrían ser rudos unos, torpes otros y algunos tercos; se resentirían todos, más o menos, de las ideas mezquinas entonces predominantes en su raza, pero eran hombres de corazón, sinceramente afectos al maestro y llenos de fe en él. Las turbas que por lo general acudían a Jesús no tenían estos méritos, ya que sólo le buscaban en concepto de taumaturgo que curaba males, resucitaba muertos y multiplicaba panes. Les agradaba, sí, oírle hablar del reino de Dios e incluso se inflamaba con sus palabras; pero ello, en parte se debía a aquella llama nacionalista que Jesús fustigaba, y en parte era fuego de virutas que se apagaba poco después. Por eso Jesús sentía tal predilección por sus discípulos y se cuidaba particularmente de su formación espiritual, mirando al futuro.

Ahora, tras año y medio de actividad, podía hablarles confidencialmente de la cuestión más delicada para él y quizá más oscura para los propios discípulos su cualidad mesiánica. Aquel maestro tan amado; aquel predicador tan eficaz, aquel taumaturgo tan poderoso, ¿era en verdad el Mesías, predicho desde siglos antes a Israel, o sólo un profeta tardío, dotado de extraordinarios dones divinos? ¿Era un hijo de Dios o el Hijo de Dios? Sin duda los discípulos se habían formulado ya antes aquella pregunta, pero si personalmente se sentían inclinados a responder que él era realmente el Mesías, el Hijo de Dios, ¿no se sentirían apartados de tal idea por el escrupuloso cuidado que hasta entonces pusiera Jesús en que la respuesta afirmativa no se pronunciase en voz alta? ¿Por qué esta reticencia inexplicable? Tal punto era harto oscuro para los discípulos; pero, pensando que el maestro sabía sobre esto más que ellos, y confiando en él, a él se entregaban, esperando la aclaración de aquel punto oscuro a su debido tiempo.

Jesús juzgó que tal tiempo había llegado. El largo e íntimo trato con Jesús había abierto los ojos a los discípulos sobre muchas cosas, y de otra parte en tierra pagana no existía la posibilidad de tumultos nacionalistas cuando los discípulos tuviesen la certeza de que Jesús era el Mesías y pudieran hablar de ello libremente entre sí. Es probable también que, en los días de tranquilo retiro con sus discípulos, Jesús les hubiese predispuesto espiritualmente a la delicada confidencia eliminando de su imaginación mucha hojarasca política con que ellos adornaban aún en sus mentes al Mesías de Israel. Y, como solía hacer en los momentos decisivos de su misión, Jesús se había apartado a orar a solas (Lc 9, 18).

Reanudando el camino todos juntos, acercábanse a Cesarea de Filipo. Avanzaban siguiendo la calzada y estaban ya a la vista de la ciudad (Mc 8, 27). Frente a ellos se erguía la majestuosa roca en que señoreaba el templo de Augusto.

De pronto, pero refiriéndose, de cierto, a discursos anteriores, Jesús preguntó a los discípulos: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Le contestaron confusamente: ¡He oído decir que eres Juan el Bautista! -Y otro: ¡Hay quien dice que eres Elías! -Y otro más: ¡Según algunos, eres Jeremías! - No faltó quien expusiera la opinión más vaga, de que Jesús era algún antiguo profeta resucitado. Las opiniones referidas eran numerosas, pero Jesús no les dio importancia alguna ni se paró a discutirlas.

La investigación sobre el pensamiento ajeno era una introducción a la pregunta realmente importante la que tendía a conocer las opiniones personales de los discípulos. Así, terminada las respuestas Jesús les dijo:

"Y vosotros, ¿quién decís que soy?"

Los discípulos experimentaron de cierto un sobresalto: aquella pregunta les llegaba a lo más hondo y les hacía ver que Jesús entraba al fin en el terreno hasta entonces cuidadosamente evitado. Debió seguir un silencio impuesto más por gozo contenido que por verdadera vacilación, un silencio no desemejante al de una muchacha que se sabe pedida en matrimonio por el joven a quien secretamente amaba. Acaso los discípulos pensaron entonces en las palabras de Jesús cuando se parangonó a un esposo entre los "amigos del esposo". Y permanecieron mudos, en medio del camino, con un silencio elocuente, fijos los ojos en el templo de Augusto que dominaba campiña y ciudad desde lo alto de la roca.

Pasados algunos instantes, el silencio se tradujo en palabras por parte de Simón Pedro. Y no podían ser de otro que de aquél, el más impetuoso entre los adictos: "¡Tú eres el Cristo, el hijo de Dios Vivo! La traducción del silencio ruboroso había sido perfecta así se vio en aquellos barbudos rostros, que expresaban la felicidad de un asenso cordial y exteriorizaban una alegría largo tiempo contenida.

Jesús paseó su mirada por todos aquellos semblantes y, volviéndose luego a quien había hablado, dijo: "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque carne y sangre no te reveló (esto) a ti, sino mi Padre que está en los cielos". La afirmación de Pedro quedaba, pues, confirmada plenamente por aquel que se hallaba más interesado en ella. Y todos los circunstantes se sintieron confirmados en su fe antigua, tanto tiempo guardada en secreto. Aun debió seguir otro breve silencio, en el cual fue dirigida una mirada más al templo erigido sobre la roca. Luego Jesús declaró: "Y yo también te digo que tú eres Piedra, y sobre esa piedra construiré mi Iglesia, y (las) puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que hayas atado en la tierra será atado en los cielos, y lo que hayas desatado en la tierra será desatado en los cielos" (Mt 16, 16-19).

Ya anteriormente Simón había recibido de Jesús el nombre de Piedra o Roca, en arameo Kepha, mas entonces no había sido comunicada la razón y explicación del apelativo. Ahora la explicación se comunica y resulta tanto más clara cuanto que se manifiesta ante la visión de la roca o piedra material que sustenta el templo dedicado al señor del Palatino. El templo espiritual que Jesús había de construir al Señor de los cielos, es decir, su Iglesia, tendría por piedra de apoyo aquel su discípulo que primero le proclamara Mesías y verdadero Hijo de Dios. También las demás palabras de Jesús se evidencian claras a la luz de las circunstancias en que se pronunciaron. Los infiernos (en griego Hades) corresponden al hebreo Sheol, sin embargo, no como morada general de los muertos, sino como morada de los muertos réprobos, hostiles al bien y al reino de Dios. Las puertas de este lugar satánico, es decir, todas su máximas fuerzas (compárese con la Sublime Puerta), no prevalecerán contra la construcción de Jesús y contra la piedra que la sostiene.

Típicamente semitas son también el símbolo de las llaves y la expresión "atar y desatar". Aun hoy, en los países árabes circulan por las calles hombres con un par de gruesas llaves atadas a una cuerdecilla y ostentosamente colgadas a ambos lados de su espalda: son los dueños de casa, que alardean de tal modo de su autoridad. El símbolo del atar y desatar (comp. Mt 18, 18) conserva aquí el valor que tenía en la terminología rabínica contemporánea, donde se encuentra usado frecuentemente. Los rabinos "ataban" cuando prohibían algo, y "desataban" cuando lo permitían. Rabbi Nechonya, que floreció hacia el año 70 d.C., solía hacer preceder sus lecciones de la siguiente oración: "Haz, oh, Yahvé!, Dios mío y Dios de mis padres, que... no declaremos impuro lo que es puro y puro lo que es impuro; que no atemos lo que está suelto, ni desatemos lo que está atado".

El oficio del discípulo Piedra queda, pues, bien definido. Él será el fundamento que sostenga la Iglesia, y tan sólidamente que las adversas potencias infernales no prevalecerán contra ella. Él será, además, mayordomo de aquella casa, y por ello le serán confiadas sus llaves. Él, en fin, dictará leyes en el interior de aquella casa, prohibiendo o permitiendo y sus sentencias pronunciadas en la tierra serán ratificadas en los cielos.

La réplica de Jesús a Simón Pedro es de una claridad que se diría deslumbradora. No menor es su seguridad textual, ya que todos los documentos antiguos, sin excepción alguna, concuerdan en transmitirnos con precisión silábica el texto de hoy. Y, sin embargo, es notorio que ese texto ha hecho correr torrentes de tinta, y se ha negado rotundamente que Jesús confiriese a Simón el oficio de ser piedra fundamental de la Iglesia depositario de sus llaves y árbitro de atar y desatar. ¿Por qué esta negación?

Los antiguos protestantes ortodoxos aseguraban que Jesús no había hablado de Simón Piedra, sino de sí mismo, y que en cuanto a lo demás había aludido colectivamente a todos los apóstoles y a su fe. Cuando dice: Sobre esta piedra construiré mi Iglesia, etc., Jesús alarga un dedo hacia sí mismo, aunque habla con Simón y de Simón. Aquel dedo alargado lo resuelve todo y queda clarísimamente sobreentendido por el contexto y conviene espontáneamente con las palabras que siguen: "Te daré las llaves del reino de los cielos", etc. Como se ve, el razonamiento es perfecto, siempre que se parta del principio de que blanco significa negro y negro significa blanco: <lucus a non lucendo>.

Los negadores modernos del oficio de Simón han emprendido el camino precisamente opuesto. La explicación de los antiguos protestantes les parece de una ingenuidad inmediatamente delatora de la tendencia sectaria que les inspira. No, responden ellos, las palabras de Jesús tienen precisamente el significado que la tradición y el buen sentido les han dado siempre: sobre eso es inútil sutilizar... Uno de estos nuevos negadores se expresa así: Simón Pedro... vive, a los ojos de Mateo, con una potencia que ata y desata, que posee las llaves del reino de Dios y que es la autoridad de la Iglesia misma... Simón Pedro es la primera autoridad apostólica en lo que concierne a la fe, porque el Padre le ha revelado con preferencia el misterio del Hijo; en lo que concierne al gobierno de la comunidad, porque el Cristo le ha confiado las llaves del reino; en lo que concierne a la disciplina eclesiástica, porque tiene el poder de atar y desatar. No sin motivo la tradición católica ha fundado sobre esto el dogma del primado romano.

Así, pues, ¿Jesús confirió realmente a Simón Pedro el cargo en cuestión, según los nuevos negadores? ¡Nada de eso! Y la razón es que Jesús no pronunció nunca aquellas palabras. El texto que las contiene es todo o casi todo, falso o inventado y se interpone entre fines del siglo I y principios del II o en Roma, en beneficio de la Iglesia romana, o, tal vez en Palestina.

¿Cuáles son las pruebas de todo ello? No se aduce ningún códice antiguo, ninguna versión, ninguna cita, que muestren indicios, siquiera vagos, de interpolación. Se aduce el argumento <a silentio> (argumento que todos saben lo que vale), alegando que los escritores cristianos de los siglos II y III no citan el pasaje o sólo lo citan parcialmente. Se podría pensar que los antiguos protestantes ridiculizados por los modernos negadores causa del descubrimiento del dedo alargado de Jesús, están en condición de vengarse triunfalmente aplicando a los que se mofan de ellos las palabras de Horacio: Quodcumque ostendis mihi sic, incredulus odi!

Tales son las razones aducidas por una y otra parte para negar el oficio de Simón. Pero la razón verdadera y real, aunque no aducida franca y explícitamente es la previa "imposibilidad" de que Jesús confiriere aquel oficio. Esta "imposibilidad" es absoluta, indiscutible, trascendente y vale mucho más que la claridad del sentido y la seguridad textual.

Sólo desde aquella roca han brotado los torrentes de tinta aludidos antes y sólo sobre esa roca concuerdan, unánimes, los negadores antiguos y modernos. Pero al descender de ella al terreno exegético-documental, los concordes negadores caen en mutuo desacuerdo y se niegan recíprocamente.

Según ellos, tras el crítico que apela a la claridad del sentido y a certidumbre textual, se yergue la sombra del papismo. Con papismo o sin él, los negadores alzarían clamorosos gritos de triunfo si tuviesen a su disposición sólo la mitad de los argumentos estrictamente "históricos" de que disponen los "secuaces del papismo". ¿Acaso han pensado esos negadores en mirar también tras de sí, para ver si por azar no se yerguen a sus espaldas las sombras de Lutero o de Hegel, y si no son únicamente aquellas sombras las que les sugieren sus argumentos "históricos"?
(Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, Ed. Miracle, 3ª Ed., Barcelona, 1948, Pág. 436-441)


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Aplicación: Juan Pablo II - A los jóvenes

Amadísimos jóvenes:

1. "Ansío veros, a fin de comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, o más bien, para sentir entre vosotros el mutuo consuelo de la común fe: la vuestra y la mía" (Rm 1, 11-12).
Estas palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma resumen el sentimiento con que me dirijo a todos vosotros, al comienzo del itinerario de preparación para la XI Jornada mundial de la juventud.
En efecto, con ese mismo anhelo de veros, voy espiritualmente a vosotros, en todos los rincones del planeta, donde afrontáis la intensa aventura diaria de la vida: en vuestras familias, en los lugares de estudio y trabajo, en las comunidades en que os congregáis para escuchar la palabra del Señor y abrirle el corazón en la oración.
Mi mirada se dirige, en especial, a los jóvenes implicados directamente en los demasiados dramas que aún desgarran a la humanidad: los que sufren por la guerra, las violencias, el hambre y la miseria, y que prolongan el sufrimiento de Cristo, el cual con su pasión está cerca del hombre oprimido bajo el peso del dolor y la injusticia.
En 1996 la Jornada mundial de la juventud, como ya es costumbre, se celebrará en las comunidades diocesanas, a la espera del nuevo encuentro mundial que en 1997 nos llevará a París.

2. Nos encaminamos ya hacia el gran jubileo del año 2000, una cita que con la carta apostólica Tertio millennio adveniente he invitado a toda la Iglesia a preparar mediante la conversión del corazón y de la vida.
También a vosotros os pido desde ahora que comencéis esta preparación con el mismo espíritu y los mismos propósitos. Os encomiendo un proyecto de acción que, basado en las palabras del Evangelio y de acuerdo con los temas propuestos para cada año a toda la Iglesia, constituirá el hilo conductor de las próximas Jornadas mundiales:
Año 1997: "Maestro, ¿dónde vives? Venid y lo veréis" (Jn 1, 38-39).
Año 1998: "El Espíritu Santo os lo enseñará todo" (Jn 14, 26).
Año 1999: "El Padre os ama" (Jn 16, 27).
Año 2000: "El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 14).

3. A vosotros, jóvenes, os dirijo en particular la invitación a mirar hacia la frontera epocal del año 2000, recordando que "el futuro del mundo y de la Iglesia pertenece a las jóvenes generaciones que, nacidas en este siglo, alcanzarán la madurez en el próximo, el primero del nuevo milenio (...). Si (los jóvenes) saben seguir el camino que él indica, tendrán la alegría de aportar su propia contribución para su presencia en el próximo siglo" (Tertio millennio adveniente, 58).
En el camino de acercamiento al gran jubileo os acompañe la constitución conciliar Gaudium et spes, que deseo entregaros de nuevo a todos vosotros, como ya lo hice a vuestros coetáneos del continente europeo, en Loreto, el pasado mes de septiembre: es un "documento valioso y siempre joven. Releedlo atentamente. Encontraréis en él luz para descifrar vuestra vocación de hombres y mujeres llamados a vivir, en este tiempo maravilloso y a la vez dramático, como artífices de fraternidad y constructores de paz" (Angelus del 10 de septiembre de 1995: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de septiembre de 1995, p. 7).

4. "Señor, ¿a quién iremos?". La meta y el término de nuestra vida es él, Cristo, que nos espera, a cada uno y a todos juntos, para guiarnos más allá de los confines del tiempo en el abrazo eterno del Dios que nos ama.
Pero si la eternidad es nuestro horizonte de hombres hambrientos de verdad y sedientos de felicidad, la historia es el escenario de nuestro compromiso diario. La fe nos enseña que el destino del hombre está inscrito en el corazón y en la mente de Dios, que gobierna los hilos de la historia. Y nos enseña asimismo que el Padre pone en nuestras manos la tarea de comenzar ya desde aquí la construcción del reino de los cielos que el Hijo vino a anunciar y que llegará a su plenitud al final de los tiempos.
Así pues, tenemos el deber de vivir dentro de la historia, al lado de nuestros contemporáneos, compartiendo sus anhelos y esperanzas, porque el cristiano es, y debe ser, plenamente hombre de su tiempo. No se evade a otra dimensión, ignorando los dramas de su época, cerrando los ojos y el corazón a las inquietudes que impregnan su existencia. Al contrario, es un hombre que, aun sin ser de este mundo, está inmerso cada día en este mundo, dispuesto a acudir a donde haya un hermano a quien ayudar, una lágrima que enjugar, una petición de ayuda a la cual responder. En esto seremos juzgados.

5. Recordando la advertencia del Maestro: "Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36), debemos poner en práctica el "mandamiento nuevo" (Jn 13, 34).
Nos opondremos así a lo que parece hoy la derrota de la civilización, para reafirmar con energía la civilización del amor, la única que puede abrir de par en par a los hombres de nuestro tiempo horizontes de auténtica paz y de justicia duradera en la legalidad y en la solidaridad.
La caridad es el camino real que nos debe llevar también a la meta del gran jubileo. Para llegar a esa cita, es preciso saber analizarse, haciendo un riguroso examen de conciencia, premisa indispensable de una conversión radical, capaz de transformar la vida y de darle un sentido auténtico, que permita a los creyentes amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, y al prójimo como a sí mismos (cf. Lc 10, 27).
Confrontando vuestra vida diaria con el Evangelio del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, podréis convertiros en auténticos constructores de justicia, poniendo en práctica el mandamiento que hace del amor la nueva frontera del testimonio cristiano. Ésta es la ley de la transformación del mundo (cf. Gaudium et spes, 38).

6. Es preciso, ante todo, que vosotros, jóvenes, deis un gran testimonio de amor a la vida, don de Dios; un amor que se debe extender desde el inicio hasta el fin de toda existencia y debe luchar contra toda pretensión de hacer del hombre el árbitro de la vida del hermano, tanto del que aún no ha nacido como del que se halla en su ocaso, del minusválido y del débil.
A vosotros, jóvenes, que de forma natural e instintiva hacéis del deseo de vivir el horizonte de vuestros sueños y el arco iris de vuestras esperanzas, os pido que os transforméis en profetas de la vida. Sedlo con las palabras y con las obras, rebelándoos contra la civilización del egoísmo que a menudo considera a la persona humana un instrumento en vez de un fin, sacrificando su dignidad y sus sentimientos en nombre del mero lucro; hacedlo ayudando concretamente a quien tiene necesidad de vosotros y que tal vez sin vuestra ayuda tendría la tentación de resignarse a la desesperación.
La vida es un talento (cf. Mt 25, 14-30) que se nos ha confiado para que lo transformemos y lo multipliquemos, dándola como don a los demás. Ningún hombre es un iceberg a la deriva en el océano de la historia; cada uno de nosotros forma parte de una gran familia, dentro de la cual tiene un puesto que ocupar y un papel que desempeñar. El egoísmo vuelve sordos y mudos; el amor abre de par en par los ojos y el corazón, capacita para dar la aportación original e insustituible que, junto a los innumerables gestos de tantos hermanos, a menudo lejanos y desconocidos, contribuye a constituir el mosaico de la caridad, que puede cambiar el rumbo de la historia.

7. "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna".
Cuando, considerando demasiado duro su lenguaje, muchos de sus discípulos lo abandonaron, Jesús preguntó a los pocos que habían quedado: "¿También vosotros queréis marcharos?", le respondió Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 67-68). Y optaron por permanecer con él. Se quedaron porque el Maestro tenía palabras de vida eterna, palabras que, mientras prometían la eternidad, daban pleno sentido a la vida.
Hay momentos y circunstancias en que es preciso hacer opciones decisivas para toda la existencia. Como sabéis muy bien, vivimos momentos difíciles, en los que con frecuencia no logramos distinguir el bien del mal, los verdaderos maestros de los falsos. Jesús nos ha advertido: "Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca". No les sigáis" (Lc 21, 8). Orad y escuchad su palabra; dejaos guiar por verdaderos pastores; no cedáis jamás a los halagos y a los fáciles espejismos del mundo que luego, con demasiada frecuencia, se transforman en trágicos desengaños.
En los momentos difíciles, en los momentos de prueba se mide la calidad de las opciones. Así pues, en estos tiempos de dificultad cada uno de vosotros está llamado a tomar decisiones valientes. No existen atajos hacia la felicidad y la luz. Prueba de ello son los tormentos de las personas que, en el decurso de la historia de la humanidad, se han puesto a buscar con empeño el sentido de la vida, la respuesta a los interrogantes fundamentales inscritos en el corazón de todo ser humano.
Ya sabéis que estos interrogantes no son sino la expresión de la nostalgia de infinito sembrada por Dios mismo en el interior de cada uno de nosotros. Así pues, con sentido del deber y del sacrificio debéis caminar por las sendas de la conversión, del compromiso, de la búsqueda, del trabajo, del voluntariado, del diálogo, del respeto a todos, sin rendiros ante los fracasos, conscientes de que vuestra fuerza está en el Señor, que guía con amor vuestros pasos, dispuesto a acogeros de nuevo como al hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-24).

8. Queridos jóvenes, os he invitado a ser profetas de la vida y del amor. Os pido también que seáis profetas de la alegría: el mundo nos debe reconocer por el hecho de que sabemos comunicar a nuestros contemporáneos el signo de una gran esperanza ya realizada, la de Jesús, muerto y resucitado por nosotros.
No olvidéis que "la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar" (Gaudium et spes, 31).
Purificados por la reconciliación, fruto del amor divino y de vuestro arrepentimiento sincero, practicando la justicia, viviendo en acción de gracias a Dios, podréis ser en el mundo, a menudo sombrío y triste, profetas de alegría creíbles y eficaces. Seréis heraldos de la plenitud de los tiempos, cuya actualidad nos recuerda el gran jubileo del año 2000.
El camino que Jesús os señala no es cómodo; se asemeja más bien a un sendero escarpado de montaña. No os desalentéis. Cuanto más escarpado sea el sendero, tanto más rápidamente sube hacia horizontes cada vez más amplios. Os guíe María, estrella de la evangelización. Dóciles, al igual que ella, a la voluntad del Padre, recorred las etapas de la historia como testigos maduros y convincentes.
Con ella y con los Apóstoles sabed repetir en cada instante la profesión de fe en la presencia vivificante de Jesucristo: Tú tienes palabras de vida eterna.
(Mensaje de S.S. Juan Pablo II con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 1996, Ciudad del Vaticano, 26 de noviembre de 1995, solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, rey del universo )



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Aplicación: Fray Justo Pérez de Urbel - La protesta de los enemigos

Poco a poco ha ido cambiando el tono del discurso de Jesús. Al principio hablaba con los que le habían seguido durante las últimas veinticuatro horas. Después, nuevos interlocutores han entrado en escena. Son los judíos, doctores y fariseos del contorno, unidos a otros que han llegado de Jerusalén para espiar. Mientras Jesús habla, ellos murmuran, ríen, gritan: "¡El, pan del cielo! ¡Qué extravagancia! ¡Es una locura, es una blasfemia!" El escándalo se hace general, y de todos los lados salen rumores como éstos:

-¡Qué cosas se atreve a decir! ¿No es éste aquel Jesús, hijo de José, cuyos padres conocemos? Pues, ¿cómo nos dice: Yo he bajado del cielo?


Sin detenerse a refutar este argumento, Jesús reitera sus precedentes afirmaciones, y, ante todo, la necesidad de ser atraído por el Padre para llegar a Él.


-No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a Mí si no lo trajere el Padre que me ha enviado. En los profetas está escrito: Todos serán enseñados por Dios. Todo el que oyó a mi Padre y aprendió, llega a Mí. No es que nadie haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios, éste ha visto al Padre.


Jesús tiene empeño en afirmar sus relaciones únicas con el Padre; solo Él le conoce, solo Él puede revelarle y solo a través de Él se entra en comunicación con el Padre, fuente de vida:


-El que cree en Mí tiene vida eterna.
Y añade, ampliando esta idea:
-Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; mas he aquí el pan bajado del cielo, para que el que coma de él no muera, Yo soy ese pan vivo descendido del cielo: el que comiere de él no morirá jamás. Y cierto, el pan que Yo os daré es mi carne, que entrego por la vida del mundo.

Este es el tema fundamental del discurso de Jesús: Yo soy el pan de vida. El diálogo anterior no era más que el preludio. Ha llegado la revelación completa, la exposición del más consolador, del más inefable de nuestros misterios. Ha llegado gradualmente después de una larga preparación que había tenido en suspenso a sus oyentes. Al fin ha hablado con claridad, ha reafirmado su pensamiento en diversas formas y no es posible dudar. Lo que les propone es comer su carne, algo absurdo, escandaloso, abominable. Y empezaron a protestar diciéndose unos a otros:
-¿Cómo puede darnos éste a comer su carne?
Pero cuanto mayor es la oposición de los oyentes, más insiste Jesús, más claras, precisas y enérgicas son sus palabras:


"-En verdad, en verdad os digo si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene villa eterna, y Yo le resucitare en el último día. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en Mí mora y Yo en él. Como me envió el Padre que vive, y Yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por Mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como el maná del que comieron vuestros padres y murieron. Quien come este pan vivirá eternamente."

Consecuencias del discurso

Así termino aquel discurso de Jesús. Había sido largamente preparado por la oración, por la exhortación a la fe, por los milagros. La importancia del tema lo requería: tratábase en él de fijar para siempre la doctrina que debían aceptar sus discípulos de todos los siglos sobre el más augusto y difícil de los misterios: naturaleza, efectos y necesidad de la Eucaristía. "Y todas estas cosas-termina San Juan-las dijo Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm." Todavía se conservan hoy las ruinas de la sinagoga de esta ciudad, y en ellas, sobre un dintel, una escultura con el maná en un tarro cercado de racimos y de hojas de vid. No es seguro que estos restos formen parte del edificio mismo donde habló Jesús; pero ellos nos hacen pensar que Jesús pudo tener delante de los ojos una figura semejante mientras discutía con los judíos sobre el milagroso alimento que Dios había enviado a sus padres y el más milagroso todavía que Él iba a multiplicar en la tierra. Aquél no era más que un símbolo, una figura lejana del manjar misterioso que debía perpetuar la vida divina en el mundo. Declaración humillante para un judío, convencido de que Dios no podía hacer gracia más alta a los hombres que la que había hecho a sus padres, mientras anduvieron errantes por el desierto. Declaración humillante y enseñanza inadmisible para espíritus tercamente aferrados a sus ideas puramente materiales de la redención. Entre los mismos discípulos de Jesús, aun entre aquellos que hasta entonces no habían dudado en ponerse de su parte contra las asechanzas de los fariseos, había muchos que decían escandalizados: "Muy duro es este razonamiento; ¿quién lo puede oír?" Jesús, que había previsto ya las resistencias, y que ve ahora las objeciones, se esfuerza por retenerlos, poniendo ante sus ojos de una manera velada la gloria que había de envolver aquel cuerpo, cuya manducación los asusta, y el sentido misterioso y sobrenatural con que hay que interpretar sus palabras. Los milagros obrados el día anterior son ya una garantía de fe; pero a ellos se juntarán otras garantías y otras revelaciones. No obstante, persiste en su afirmación capital: Hay que comer realmente su cuerpo; hay que beber realmente su sangre. Y se ha podido decir, con razón, que su estilo no es inquietar a los hombres con grandes palabras para no conseguir ningún fin: "¿Esto os escandaliza?-exclama, respondiendo a las murmuraciones-. ¿Qué haríais si vierais al Hijo del hombre subir a donde antes estaba? El espíritu es el que da vida: la carne nada aprovecha. Las palabras que Yo os he dicho, espíritu y vida son." Y añade con el corazón desgarrado: "Hay entre vosotros algunos que no creen. Por eso os he dicho que nadie viene a Mi si mi Padre no se lo concede."

Actitud de los discípulos

Tal vez hubiera querido decir más, pero sus oyentes, muchos de ellos discípulos entrañables, gentes entusiastas, que le habían seguido desde el primer momento, salían a toda prisa del recinto: unos, desmoralizados y despechados echándose en cara mutuamente su excesiva credulidad; otros, silenciosos, entristecidos, convencidos de que en aquel momento se derrumbaba una de sus más grandes ilusiones. … Pero era Él quien la había provocado. Había hablado con tal claridad, que en adelante todos debían tomar una actitud clara con respecto a Él. Peor que los que se iban era el que se quedaba sin tener fe, Judas, el discípulo avaro, que aquel día debió ver cómo se desvanecían las brillantes perspectivas de su reino quimérico. Tal vez el contagio se dejaba ya sentir en algún otro de los Apóstoles cuando el Señor, envolviéndolos en una mirada de infinita ternura, les dirigió esta dolorida pregunta: "Y vosotros, ¿queréis también marcharos?" "¿Adónde iremos?-respondió Pedro, con frase de una clarividencia maravillosa, que repetirán hasta el fin de los siglos las almas fieles y enamoradas-. Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios." Habían creído, pero no todos. Aunque conmovido por aquel grito del alma, Cristo sabe que entre los doce hay un traidor. Su deseo sería verle desfilar con los desertores o sinceramente adherido a la confesión de Pedro. Y se lo insinúa con unas palabras, que son a la vez una terrible advertencia y un llamamiento apremiante: "Pues qué, ¿no soy Yo el que os escogí? Y, con todo, uno de vosotros es un demonio."
(Fray Justo Pérez de Urbel, Vida de Cristo, Ed. Rialp, Madrid, 1987, pg. 319-323)



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Aplicación: Bossuet - Nuestros murmuradores cafarnaítas (Jn VI 63)

Escuchemos por un rato a nuestros murmuradores. No digo a los judíos, ni a los cafarnaítas ni a los demás de quienes habla San Juan, sino más bien oigamos a los murmuradores cristianos que fingen que se apartan del parecer de los murmuradores de Cafarnaúm y dicen: Nosotros no nos parecemos a ellos. Sí los cafarnaítas hubieran comprendido que la comida y bebida de que les habla el Salvador era la fe, no hubieran murmurado ni abandonado a Jesucristo. Pero y los herejes ¿que dicen? Que es necesario tener fe y saber. Que todo lo demás no sirve de nada, abusando de aquellas palabras del Salvador: El espíritu vivifica; la carne a nada aprovecha. Las palabras que yo os digo son espíritu y vida (Jn VI 63).

Salvador mío: Yo no me he recogido en vuestra presencia para disputar ni controvertir; mas como no en vano permitís el que haya herejías, y queréis sacar de los contradictores mayor ilustración de vuestras verdades, oiré las murmuraciones de los herejes para entender y gustar mejor de vuestra verdad. Ellos Señor son, verdaderamente, por más que digan, unos nuevos cafarnaítas que vienen a perturbar vuestra Iglesia pacífica y modesta y vuestros hijos que no son altercadores ni rencillosos, sino fieles, con el ruido de esta pregunta: ¿Cómo puede éste darnos a comer su propia carne?

Los herejes, atrevidamente responden que no puede, así como suena; que es necesario entenderlo espiritualmente. Es decir, según se explican, que es necesario entender figuradamente todas estas palabras. ¡Qué grosero es, dicen, todo aquel que prepara otra cosa que la fe y el espíritu para comer vuestra carne y vuestra sangre! Oigamos, pues, con atención a estos hombres tan espirituales y tan elevados que miran con desdén vuestro humilde rebaño porque cree sencillamente vuestras palabras y no procura torcer el sentido ni la fuerza de ellas para contentar a la razón.

Concededme, Señor, la gracia de descubrir las vanas sutilezas y lazos que arman a los ignorantes que al mismo tiempo son soberbios, pues que llegan hasta el exceso de tenernos por verdaderos cafarnaítas porque no queremos creer con ellos que el haber dicho que el espíritu es el que vivifica, es haber dicho que no se come vuestra carne ni se bebe vuestra sangre sino con la fe. Tal es su explicación. La carne a nada aprovecha, es decir, que no sirve de nada comer realmente vuestra carne. Mis palabras son espíritu y vida. Esto es todo cuanto yo he dicho de mi carne y de mi sangre.
No es más que una figura. Ved Señor lo que dicen. Pero yo no hallo nada de esto en vuestro Evangelio.

Quiero, Señor, volver a leerlo y a meditar de nuevo todas sus palabras y espero, no solamente creer siempre en él con una fe firme, como creo, sino también oír claramente, si Vos lo permitís, que estos murmuradores se engañan y que os hacen decir lo que no decís. Más, Señor, yo guardo para otro día esta humilde lección, pues por hoy ya he ganado bastante con haberme humillado y sujetado mi entendimiento a la fe de vuestra Iglesia Católica.

Escándalo discípulos (Juan VI 60, 61, 62 y Sig.)

Jesús dijo esto en Cafarnaúm, en la sinagoga. Muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Y sabiendo Jesús dentro de sí que murmuraban de ella, les dijo: ¿Eso os escandaliza? Pues, ¿qué será si viereis al Hijo del hombre subir a donde estaba primero? El espíritu es el que da la vida. La carne a nada aprovecha. Las palabras que yo os hable son espíritu y vida. Pero hay entre vosotros quienes no creen en ellas. Sabía, a la verdad, quiénes eran los que no creían y quién era el que le había de entregar. Y por eso continuaba diciendo: Os he dicho que nadie puede venir a mí, si primero no se lo concediere mi Padre.

Ved aquí las palabras en donde se pretende que Jesús templó su sermón. Vosotros creéis que me habéis de comer con vuestra boca, pero no es así, porque me consumiríais y no podría volver entero y vivo al cielo de donde he venido. Vosotros os unís a mi carne y a mi sangre; creéis que para conseguir la vida es necesario comerla y beberla al pie de la letra; pero el espíritu es el que vivifica, no la carne; al contrario, ésta no sirve de nada. Las palabras que os digo son espíritu y vida, no carne y sangre como vosotros pensáis. Todo es figura y alegoría en mi sermón del cual nada se ha de tomar literalmente. De este modo todo queda apaciguado; el escándalo se desvanece y la murmuración cesa. Leamos, sin embargo, lo que se sigue: Desde entonces muchos de, sus discípulos se retiraron de su compañía y ya no andaban con El …

Desde entonces etc. Desde estas palabras que destacaban la, dificultad (a lo que se pretende) y que quitaban el escándalo, muchos de los discípulos se retiraron y no conversaban con Él. Vedlos ya perdidos. ¿Qué es lo que les obliga a retirarse? Es acaso el que había dicho: ¿Nadie puede venir a mí si primero, no se lo concede mi Padre? Pero antes la había dicho y nadie se retiró y Él mismo nota que no hace más que repetirlo. ¿Es por ventura porque había dicho: Hay entre vosotros quienes no creen? No fue esa la causa porque se retiraron; ni hay allí cosa increíble ni repugnante porque no reprendía sino a algunos y de esos no se podían agraviar los otros.

Y así lo que les disgusta es precisamente lo que precede: ¿Pues qué será si viereis al hijo del hombre subir adonde estaba primero? Y el espíritu es el que vivifica. Esto es, vuelvo a decir, lo que les disgusta. Esto es lo que pretenden que dijo para prevenir el enfado. Cuando más bien se ha explicado Jesús, tanto más ha quitado el escándalo… Nuestros murmuradores y nuestros incrédulos son los que dan mal sentido a vuestras palabras.

Cuál es la causa del escándalo (Juan VI 61, 62 y 63)

¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué será si viereis al Hijo del hombre subir donde estaba primero? ¿Os escandalizáis de oírme decir que comeréis verdaderamente mi carne y que beberéis verdaderamente mi sangre? ¿Qué será si os digo también que volveré entero y vivo al cielo en donde estaba? Nada tiene de maravilloso que aquel cuya carne no se come y cuya sangre no se bebe verdadera y realmente sino de una manera mística y espiritual se vuelve entero y vivo al cielo.

El espíritu no acostumbra a dividir su alimento, es decir, su objeto. La fe no consume lo que se apropia; solo el comer hace ese efecto y lo que admira a los cafarnaítas es ver que no sucederá con el cuerpo de Jesucristo. Luego no pensaron que el Salvador les hablaba únicamente de comida y bebida metafóricas puesto caso que éstas en nada se oponen a la ascensión y resurrección del Salvador y nadie soñará jamás que un beber y un comer que no sean más de meditar y creer estorben que un hombre vaya donde quiera aunque sea hasta el cielo si pudiese llegar allá. Creer empero que realmente se come la carne de este hombre y que todavía sube al cielo todo entero, es añadir al discurso una nueva dificultad que excede a todas las demás.

Bien se puede imaginar que un hombre devora a otro y que se alimenta de su carne, pero afirmar que una vez comida ésta quede viva y entera hasta subir y estar con ella en el cielo, es como decir que esta carne es indivisible e incorruptible y que la da de un modo espiritual, sobrenatural, invisible, incomprensible y, a un mismo tiempo, real y substancial. Porque de otro modo no sería nada de eso y no se necesitaría aturdir a las gentes con tanto énfasis de palabras ni alegar la realidad de la ascensión para explicar una metáfora. Y ved ahí porqué se retiran al oír semejantes palabras. Esta nueva dificultad los acaba de consternar y por tanto no pueden sufrir la alteza de tan augusto misterio.

¡Ah! ¡Y cuánto se ofende el Salvador cuando se miden dichas palabras con el sentido humano! Todo lo que es mío es tuyo y todo la que es tuyo es mío. Nadie conoce al Padre sino el Hijo. Nadie conoce al Hijo sino el Padre. Todo lo que hace el Padre no solamente lo hace el Hijo sino que también lo hace del mismo modo. Así como el Padre tiene vida por Sí mismo, también el Hijo tiene vida en Sí mismo. Quien me ve a mí, ve a mi Padre. Yo y mi Padre no somos más que uno. El Hijo de Dios es verdadero Dios, es el Dios bendito sobre todas las cosas y por quien todas las cosas han sido hechas. ¿Y qué importa todo esto? dicen los socinianos. Jesucristo es Dios en la representación. Dios y Él no son más que uno en amor y concordia. ¿Pues para qué son todas esas magníficas palabras si se habían de rebajar y reducir en fin y cosas tan tangibles? ¡Salvador mío! Tu y tus apóstoles no habéis venido al mundo para aturdirlo con vanas palabras y por lo mismo aquellos que debilitan el verdadero sentido que ellas tienen pretenden engañaros (Jn XVIII 10 - V 19, 26. - XIV 9, 10, 30.- Lc IX. 22. - Rom. IX. 5. - Heb, 1, 2 y Sig. - Aut. XIII. 53).

Del mismo modo, decir con tanta energía Si no coméis mi carne, sino bebéis mi sangre (Juan. VI. 54 y Sig.), repetirlo cuatro o cinco veces y repetirlo tantas cuantas lo extrañan los que le oyen y después de haberlo repetido tanto y de haber asombrado al mundo que no le quería creer, pasar a las obras y decir seriamente y con imperio: Tomad comed, esto es mi cuerpo; bebed, esto es mi sangre, el mismo cuerpo dado por vosotros, la misma sangre derramada en la cruz, añadir todavía que no se consumen esta carne y esta sangre comiéndolas y que está, en el cielo todo entero con todo lo que ha tomado del hombre y con toda la naturaleza humana entera, o todo ello es verdad como suena o todo es inventado para introducir turbaciones y divisiones en el mundo (Jn VI 54, 55 y sig. -- Mt XXVI. 26, 27, 28. - Lc XXII. 19).

Que Dios haga cosas altas e incomprensibles pase, pues en Él es natural. Que el mundo se disguste y resista a tan alta revelación, vaya, pues también es natural al hombre animal. Pero que se ofusque el entendimiento con dificultades que sólo se, hallan en las palabras; que lo que afirmen haya de ser hipérbole y exageración y que haya de ser necesario abatirlo a la capacidad del sentido del hombre, digo que eso no puede ser, no puede ser. Créanlo los que quieren quitarnos la vida que encierran las palabras de Jesucristo y reducir a nonada el Evangelio.


Qué quiere decir "la carne a nada aprovecha" (Juan VI 64).

Aun hay una palabra que descubrir en aquellas palabras del Salvador La carne a nada aprovecha. Me parece que Jesucristo, concebido en las benditas entrañas de María Santísima, me las va a explicar. Solicitémoslo, pidamos, llamemos y nos abrirán y oiremos qué es lo que hace bienaventurada a María.

Viene a anunciarla el Ángel, que será madre de Jesucristo. Créelo y se cumple en su bienaventurado vientre lo que le ha sido prometido. ¿Y qué es lo que le dijo acerca de esto su prima Santa Isabel? Bienaventurada eres por haber creído. Lo que te ha sido dicho de parte del Señor, se cumplirá. Ya se ha cumplido en parte pues habéis concebido, y aun falta que el infante que lleváis en vuestro servo nazca, lo cual se cumplirá a su tiempo como lo demás. Ved ahí lo que os hace feliz.

Pero para comprender toda vuestra dicha aun es preciso saber qué es lo que habéis creído del Salvador que lleváis en vuestras entrañas. ¿Os habéis unido a Él por la fe? ¿Habéis creído que vendrá sobre Vos el Espíritu Santo? ¿Creísteis en la infusión de la virtud del Altísimo; en el modo admirable e inaudito con que concebiríais el fruto bendito en vuestro vientre? Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. Bendita eres por ser feliz; bendita y feliz por dos cosas: bendita, por el gran misterio que se ha cumplido en Vos según la carne y feliz por la fe que os ha unido con él.

El mismo Jesucristo explicó esta verdad en otra parte. Una mujer, admirada del sermón que acababa de oír, exclamó en medio de la turba diciendo: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste. Y Jesús le dijo: Aún más bienaventurados son aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan (Lc. XI, 27-28). ¿Aún más bienaventurados...? ¿Acaso quiere decir que su madre no es bienaventurada por haberle alimentado y tenido por su Hijo? No por cierto. No es eso. Él no se opuso a lo que Santa Isabel había dicho por inspiración del Espíritu Santo: Bienaventurada eres, lo que se te ha dicho se cumplirá, sino que quiere que se reconozca con ella que la verdadera causa de la felicidad de su Santísima Madre, es el haber creído, no para destruir la verdad de lo que se ha cumplido en María según la carne, sino para juntar a ella el fruto interior que recibió creyendo. Del mismo modo es preciso juntar a lo que se ha cumplido en nosotros según la carne en la Eucaristía, lo que se debe cumplir en ella por la fe, y nos dará, la vida si creemos que la felicidad que nos esta prometida nos viene a la verdad de lo uno y de lo otro; pero como a María, más del espíritu y de la fe que de la carne y de la sangre.

Del mismo modo cuando le acaban de decir: Vuestra Madre y hermanos están ahí, respondió: Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la guardan (Lc VIII 20, 21). No fue porque renunciase a la unión de la sangre que había contraído con ellos haciéndose hombre y aun menos por negar que como los demás hubiese sido concebido de la sangre de su madre, sino para que le oyesen decir de dónde venía la unión verdadera que quería tuviésemos con Él y que su Madre, a quien con razón llamaba bienaventurada según lo que dijo Santa Isabel, no lo era tanto por haberlo concebido según la sangre cuanto por haber creído en la palabra del Ángel, le había antes concebido espiritualmente, como dicen los Santos Padres.

Hagámonos nosotros felices a ejemplo suyo. El Hijo de Dios quería tomar en ella cuerpo y sangre no solamente para dar uno y otro por nosotros sino también para dárnoslo a nosotros mismos tan verdaderamente como lo ha tomado María y tan realmente como lo ha dado por nosotros en la cruz. Y la propia substancia de su carne y de su sangre esta en nosotros cuando nos la da a comer y a beber, que estuvo en María cuando lo concibió y en la cruz cuando murió. Creamos con la Virgen lo que se ha cumplido en nosotros según la carne, pero tratemos con ella de que se cumpla también esto mismo y al propio tiempo según el espíritu. El espíritu nos vivificará como ha vivificado a la Virgen Santísima. No le habría servido el haberlo concebido según la carne, si no lo hubiera concebido según el espíritu, ni nos servirá tampoco de nada recibirlo como ella en nuestro cuerpo si al mismo tiempo no lo recibimos a ejemplo suyo en nuestra alma por medio de la fe.

Fue concebido de una manera admirable y por una operación particular del Espíritu Santo en el seno de María y por un modo admirable y una operación también maravillosa del Espíritu Santo, está todos los días como concebido y nacido en el Altar… María creyó que lo que concebía no sólo era el Hijo del hombre sino también Hijo de Dios. La misma creencia tenemos nosotros del Dios que se nos da. ¿Acaso seremos groseros y carnales porque creamos estas cosas como las creyó María Santísima?

¿Para qué entonces abandonaros, Salvador mío? María creyó y se cumplió en ella lo que le había sido dicho. Creamos también nosotros y veremos cumplido todos los días lo que no se nos ha prometido. María es llamada bienaventurada. Nosotros también lo seremos y sólo serán infelices los que os dejen.

La diferencia que hay entre los discípulos fieles y los incrédulos (Juan VII. 14, 15, 24, 25)

Salvador mío, callaré en vuestra presencia para considerar con silencio y temblando la prodigiosa diferencia que hay entre vuestros discípulos, de los cuales los unos quedan con Vos mientras os abandonan los otros. ¿Y quiénes son los que os dejan? Los mismos que antes habían dicho: Este es verdaderamente el Mesías. Los que os buscaban para haceros rey; los que después de vuestra retirada al otro lado del río pasaron allá para juntarse con Vos en Cafarnaúm (Juan VI 14,15 - 25). Semejantes hombres, como que desean aprovecharse de vuestra doctrina, sin embargo son los que os dejan. Los que murmuran de Vos y los que no pueden sufrir vuestra enseñanza.

¡Cuántos hay que parece creen en el Salvador y que interiormente no creen en Él, porque no creen como deben y buscan a Jesucristo por el interés como aquellos a quienes dijo: En verdad, en verdad os digo, que me buscáis por los panes de que os habéis hartado (Jn 11. 26) ¡A cuántos se les podía decir. Vosotros me buscáis para que contente vuestra ambición y vuestra avaricia!

He ahí lo que interiormente me pedís con tantos votos y tantas oraciones. No buscáis hacer mi voluntad, sino la vuestra y estáis descontentos conmigo porque no quito lo que repugna a vuestros sentidos y débil razón. Sondead vuestros corazones; ved vuestras obras y cuáles sean; examinaos y veréis cómo no hay nada que no sea carnal en vuestros pensamientos. Trabajad en buscar otra vianda y meditad en lo que os digo.

Pero Señor, si ellos eran carnales, vuestros apóstoles lo eran mucho más y no obstante se quedaron con Vos al mismo tiempo que los murmuradores se escandalizaron y os dejaron. Descubridme este terrible secreto: ¿Por qué luego que veis la murmuración de aquellos incrédulos les decís: No murmuréis. Nadie puede venir a Mí, si mi Padre que es quien me ha enviado, no le atrae? Y cuando los visteis determinados a dejaros, dijisteis: Algunos hay entre vosotros quo no creen y por esto os digo Yo, que nadie viene a Mí sin que primero le sea concedido por mi Padre.

Cuando San Pedro os dijo y los otros fieles con él: Señor, ¿A quién hemos de ir? Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, fue porque vuestro Padre ya los había atraído interiormente, puesto que les había concedido venir a Vos. Y no solamente venir sino aun habitar en Vos, porque eran del dichoso número de aquellos de quienes está escrito: Serán todos enseñados por Dios, de aquel Todo feliz de quien habéis dicho: Todo lo que me da mi Padre, viene a mí. Es decir, todos aquellos que atrae secretamente, que les hace venir a mí y les ha concedido que vengan. Este es el Todo feliz que os ha dado vuestro Padre, para que todos ellos vengan a Vos y a quienes no despediréis. Vos los admitís a vuestro íntimo secreto, a vuestras interiores dulzuras. Vos les decís lo que otro tiempo a San Pedro: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no es la carne y la sangre quien te lo ha revelado, sino mi Padre que está en, los cielos. Alégrate pueblo bendito; alégrate pequeñuelo rebaño, porque plugo a vuestro Padre el daros su reino, revelaros su secreto y atraeros a su Hijo (Mt XVII. 17. - XXV 34. - Lc XII. 32).

¿Y qué hacéis de los otros? ¡Me estremezco y me asusto! Los abandonáis por un justo castigo. Búscanse así mismos y los entregáis a su orgullo, a sus sentidos carnales, a su murmuración y a su escándalo. Y ellos se quedan voluntariamente en él y en su mala elección a que les habéis abandonado por un juicio oculto pero rectísimo. Por lo cual ya os he dicho quo nadie puede venir a mí si Padre primero no se lo concede (Jn VI 66). Nadie puede salir por sí mismo del atolladero de su presunción y orgullo, si vuestro Padre no lo saca de él para llevarle a Vos. Sacadme, Señor, a mí. Yo os entrego todo cuanto tengo.
(Jacobo Benigno Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio, Ed. Difusión, Buenos Aires, 1943, pg. 341-342; 353-356; 359-363)

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Aplicación: C.L. Fillion - ¡Qué vigor! ¡qué claridad en estas palabras! Y también ¡qué infinita bondad en esta promesa que fielmente se cumplirá!

Jesús amplía aquí su pensamiento. Para que sea completo el banquete eucarístico, al manjar celestial añade una bebida celestial; no contento con nutrir a sus discípulos de su propia carne, les dará a beber su misma sangre. No les hace una simple invitación para que vengan a sentarse a su mesa; les da una orden formal, con amenaza de que perderán la vida espiritual todos los que rehusaren el banquete. Por el contrario, las almas dóciles, obedientes, que de continuo se alimenten de estos sagrados manjares gozarán de inmensas ventajas, que el discípulo amado expresa en hermosísimo y tierno lenguaje. Primero, acá abajo, la "comunión": El morando en nosotros; nosotros morando en El, viviendo en Él y por Él, así como El vive en su Padre y por su Padre. ¿Quién podría soñar después de la muerte, la vida eterna, que perpetuará esta unión? ¿Cómo, en oyendo y meditando estas palabras del Buen Pastor, no desear nutrirse incesantemente de su carne y beber de continuo de la copa llena de su sangre?

Por desventura, muchos de los oyentes de Cristo estaban lejos de sentir este santo deseo. La cuarta y última parte de la conversación nos lo va a mostrar de un modo bien doloroso. Hasta ahora solo una fracción hostil del auditorio había murmurado y protestado; desde este momento la oposición vendrá aun de los discípulos propiamente dichos, de aquellos que con los apóstoles acompañaban a Jesús en sus viajes de predicación. Muchos de ellos -dícelo el texto claramente - protestaron en forma descompuesta y odiosa. "Duro es este lenguaje -exclamaron-, y ¿quién puede escucharlo?" También ellos interpretan las palabras del Salvador como si les ofreciese un atroz festín de Thyeste, cuyos manjares eran miembros humanos. Tal era su escándalo que querían separarse del mejor de los maestros. Duro era el trance para su fe, ¿Qué hará, Jesús, que ve y comprende cuanto pasa en el ánimo de aquellos discípulos? ¿No intentará atraerse de nuevo a aquellos tránsfugas aclarando su pensamiento, si es que lo han interpretado mal? Lo explicará, en efecto; mas no para desdecirse, sino para afirmar que nada le es imposible y que su promesa, aun siendo literalmente verdadera, no se había de entender en un sentido grosero y carnal. "¿Esto os escandaliza? -les dice- ¿qué si viereis al Hijo del hombre subir donde antes estaba? El Espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he hablado, espíritu y vida son. Pero hay entre vosotros algunos que no creen".

Con la expresión "subir adonde antes estaba" significa Jesús su ascensión, por la que volvería al cielo, revestido de su santa humanidad. Si aquellos discípulos que estaban a punto de apostatar hubiesen sido testigos por anticipado de este glorioso misterio, que acredita un poder infinito, creerían fácilmente que bien podía cumplir su promesa eucarística, convirtiendo el pan y el vino en su carne y en su sangre. Entonces pondrían en Él toda su confianza y cesarían de escandalizarse sin motivo. Las palabras "el espíritu es el que vivifica; la carne no aprovecha nada" contienen una sentencia de orden general, que significa que en el organismo humano el espíritu, el alma, es quien da la vida. La carne por sí sola sería cosa muerta, inerte, y pronto sería presa de la corrupción. Con este proverbio precisaba, pues, Jesús el sentido de sus palabras: nunca le había pasado por el pensamiento distribuir su carne separada del alma, como groseramente se habían imaginado. Su lenguaje era espíritu y vida, y debía interpretarse según el espíritu. La carne que El dare a comer y la sangre que El dará a beber serán la carne y la sangre del Hijo del hombre vuelto al cielo, transfigurado y para siempre viviente. No serán alimentos groseros, sino como espiritualizados; se nos ofrecerán de manera mística, aunque enteramente real.

Jesús añadió con tristeza: "Mas hay entre vosotros algunos que no creen. A propósito de esta ultima frase, tan trágica, hace el evangelista una profunda y dolorosa observación: "Porque desde el principio sabía Jesús quiénes eran los que no creían y quién era el que le había de entregar". No había errado, pues, el Divino Maestro respecto a los discípulos que había asociado a su persona. Desde el primer momento había entrevisto la fragilidad de su fe y la apostasía de algunos de ellos, y en particular conocía de antemano la traición de Judas. No le sorprendió la mudanza; de sus discípulos; antes bien, se la había anunciado a los suyos. Y así, al acabar su discurso, pudo añadir: "Por esto os he dicho que ninguno puede venir a mí si no le fuere dado de mi Padre".

Ni aun este último discretísimo llamamiento fue bastante a impedir que el cisma se consumase. Muchos discípulos se alejaron definitivamente de Jesús: "Volvieron atrás", escribe el evangelista, para condenar tamaña deserción e ingratitud. El momento era grave, decisivo, por lo que el Salvador, no obstante la pena que esta separación le causaba, quiso hacer experiencia de la fe de sus apóstoles, que en torno de El estaban. Dirigiéndose, pues, a ellos, hízoles sin ambages esta pregunta: "¿Y vosotros, queréis también iros?" No fue preciso aguardar mucho la respuesta. Encargóse de darla, en nombre de todos, Simón Pedro, que, tanto en el cuarto Evangelio como en los sinópticos, lleva la voz del Colegio apostólico. Una vez más se nos manifiesta su ardoroso temperamento, su fe y su amor hacia su Maestro. "Señor -exclamó- ¿a quién iremos tu tienes palabras de vida eterna? Y nosotros hemos creído y conocido que tu eres el Santo de Dios" Esta confesión de fe, digno preludio de aquella otra que el mismo apóstol hará, en circunstancias aun más solemnes, era tan explicita como entonces podía serlo, y el Salvador hubo de quedar satisfecho de ella. No; los apóstoles no se separarán de Jesús, pues en El han hallado el dechado más perfecto, el doctor capaz de satisfacer todas sus necesidades intelectuales y religiosas, al Mesías mismo. Digna de notarse es la expresión "nosotros hemos creído y conocido". Siguieron desde el principio al Divino Maestro por la fe; ésta les ha conducido a un conocimiento cada vez más perfecto merced a las continuas relaciones que tenían con Jesús. El "Santo de Dios"; ya hemos oído dar a Nuestro Señor este significativo título, y fue también en la misma sinagoga de Cafarnaúm. Denotaba al Mesías en cuanto consagrado a Dios de un modo eminente y dotado, por tanto, de extraordinaria santidad.

Pero esta confesión de los apóstoles no podía borrar la impresión de profunda tristeza que causaba al Salvador el desvió de tantos ingratos. "Por ventura -dice- no os escogí yo a los Doce? Y uno de vosotros es un demonio". Así, pues, aun entre sus discípulos más íntimos, entre los más privilegiados, entre los que deberían serle más fieles, había un germen de apostasía -pensamiento que acongojaba al corazón del buen Maestro-, y aun más, un germen de traición, que suponía en el futuro traidor una naturaleza verdaderamente diabólica. San Juan nos revela aquí de antemano el nombre de aquel demonio: "Hablaba (Jesús) de Judas Iscariote, hijo de Simón, porque él era quien le había de entregar, aunque era uno de los Doce". El traidor ocultó tan hábilmente su designio, que los otros se apóstoles, excepto quizá el discípulo amado, nada sospecharon hasta que consumó la traición.
(C.L. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, Ed. Poblet, Buenos Aires, 1950, pg. 191-193)



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Ejemplos Predicables

"Nosotros creemos...."
Dos horas de centinela al Rey de los reyes
Sor Faustina: Mi preparación a la Primera Comunión
Amistad


“Nosotros creemos…” (Jn 6, 69)
Defendía un joven en una tertulia los milagros ante un auditorio de incrédulos. Citó a Celso, a Juliano, a Porfirio, a Rouseau, a Voltaire, y a otros testigos nada sospechosos.
En vista de que no les convencía, cambió de táctica. En lugar de probar los misterios por los milagros, probó los milagros por los misterios.
- "Al menos confesarán ustedes –dijo- que es muy difícil creer en nuestros dogmas".
- "¿Cómo muy difícil? –contestaron todos a una- ¡Imposible!"
- "Pues si es imposible –arguyó el joven- ahí tienen ustedes un milagro; ¡hay muchos que creen!"
No supieron que contestar. Y tenía razón el joven. Cristo hizo el milagro de que se creyeran los misterios. Somos muchos los que nos ponemos delante de Él porque es la Verdad. Y esta verdad que nos hace libres en la tierra nos llevará al cielo.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 24)

 

Dos horas de centinela al Rey de los Reyes
Estando un regimiento de infantería de guarnición en Orleans, el párroco de la catedral obseraba que todos los días, de una a tres de la tarde, un soldado permanecía inmóvil y reverente en medio de la iglesia. Un día fue a visitar la catedral un capitán, y el párroco le contó el hecho. En esto, he aquí que llega el soldado. El capitán lo mira y exclama:

-¡Vaya si es mi ordenanza!- Y le pregunta-: - ¿Qué vienes a hacer aquí?-

-Dos horas de centinela- responde el honrado militar- A todo el mundo se le hace guardia: la tienen los ministros, los generales… Y el Rey de reyes, Jesucristo. ¿No la ha de tener? Yo vengo a hacerle la guardia; y el tiempo no me parece largo, porque amo a Jesucristo; y estoy aquí con toda reverencia, para reparar los ultrajes que el recibe de muchos.
(Mauricio Rufino, Vademécum de Ejemplos Predicables- -Ed.Herder - 1962; Pág. 60)



Mi preparación para la Santa Comunión (Cracovia, 10-1-1938) - Santa María Faustina del Santísimo Sacramento - Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia

-El momento más solemne de mi vida es cuando recibo la Santa Comunión. Anhelo cada Santa Comunión y agradezco a la Santísima Trinidad por cada Santa Comunión.
Si los ángeles pudieran envidiar, nos envidiarían dos cosas: primero, la Santa Comunión y segundo, el sufrimiento.
-Hoy me preparo para Tu llegada como la esposa para la llegada de su Esposo. Este Esposo mío es un gran Señor. Los cielos no logran contenerlo. Los serafines que están más cerca de El cubren sus rostros y repiten sin cesar: Santo, Santo, Santo.
Este gran Señor es mi Esposo. A Él le cantan los Coros, ante El se postran los Tronos, frente a su resplandor se apaga el sol. Y sin embargo este gran Señor es mi Esposo.
Corazón mío, sal de este profundo asombro sobre cómo lo adoran los demás, porque no tienes tiempo, visto que se acerca y ya está a tu puerta.

-Salgo a su encuentro y lo invito a la morada de mi corazón humillándome profundamente ante su Majestad. Pero el Señor me levanta del polvo y, como a su esposa, me invita a sentarme junto a El y a confiarle todo lo que tengo en mi corazón. Y yo, animada por su bondad, inclino mi sien sobre su pecho y le cuento todo. En primer lugar le digo lo que no diría jamás a ninguna criatura. Y luego hablo de las necesidades de la Iglesia, de las almas de los pobres pecadores, de cuánto necesitan su misericordia. Pero el tiempo pasa rápidamente. Jesús, tengo que salir de aquí a los deberes que me esperan. Jesús me dice que queda todavía un momento para despedirse. Una profunda mirada recíproca y por un rato nos separamos aparentemente, pero nunca realmente. Nuestros corazones están unidos continuamente; aunque por fuera estoy ocupada por distintos deberes, pero la presencia de Jesús me sumerge constantemente en un profundo recogimiento.

-Hoy mi preparación para la venida de Jesús es breve, pero marcada por un amor intenso. La presencia de Dios me penetra e inflama mi amor hacia El. No hay ninguna palabra, sólo hay un entendimiento interior. Me sumerjo toda en Dios a través del amor. El Señor se acerca a la morada de mi corazón. Después de recibir la Comunión apenas estoy consciente para volver a mi reclinatorio. En ese mismo momento mi alma se sumerge totalmente en Dios y no sé lo que pasa alrededor. Dios me da el conocimiento interior de su Ser Divino. Estos momentos son breves, pero penetrantes. El alma sale de la capilla profundamente recogida y no es fácil distraerla. Entonces me parece que toco la tierra con un solo pie. Ningún sacrificio durante el día resulta difícil ni pesado. Cada circunstancia despierta un nuevo acto de amor.

-Hoy invité a Jesús a mi corazón como al amor. Tú eres el amor mismo. Todo el cielo se enciende y llena de Tu amor. Por lo tanto mi alma Te desea como una flor anhela el sol. Jesús, ven rápidamente a mi corazón, por que ves que como la flor requiere el sol, así mi corazón se lanza hacia Ti. Abro el cáliz de mi corazón para acoger Tu amor.

-Cuando Jesús vino a mi corazón, todo vibró de vida y de calor en mi alma. Jesús, retira mi amor del corazón y llénalo con el Tuyo. Un amor ardiente y luminoso que sabe llevar el sacrificio, que sabe olvidarse completa mente de sí mismo.

Hoy mi día está marcado por el sacrificio...
-Hoy me preparo para la venida del Rey.

 

Amistad
“Qué tengo yo que mi amistad procuras.
Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de nieve
pasas las noches del invierno obscuras.
¡OH cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí!”.



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(cortesia: iveargentina.org et alii)


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