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Domingo 28 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos II - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

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A su disposición

Exégesis: P. José A. Marcone, I.V.E. - La mirada de Jesús (Mc.10,17-30)

Santos Padres: San Agustín - Llamada a los ricos a la perfección (Mt 19,17-25).

Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S.J. - Los pobres del Señor

Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Los pobres de espíritu, Mc 10, 17-30

Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - ¡Qué difícil les va a ser a los ricos salvarse!

Directorio Homilético: Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario

 


¿Cómo acoger la Palabra de Dios?
La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
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Exégesis: P. José A. Marcone, I.V.E. - La mirada de Jesús (Mc.10,17-30)


En esta subida de Jesús a Jerusalén para sufrir con decisión la cruz nos encontramos con un episodio que ayuda mucho a conocer cómo era Jesús. Además, este episodio es paradigmático del actuar de Jesús, ya que se trata del llamado a un elegido, de una vocación a la vida religiosa y al sacerdocio.

Estamos en el capítulo 10 de San Marcos. El tercer y último año de la vida pública de Jesús está llegando a su fin. Más exactamente, estamos en enero o febrero del 782 U.c., es decir, en pleno invierno. Jesús se dirige con decisión y denuedo hacia Jerusalén (Mc.10,32), donde sabe que debe sufrir la pasión y muerte. Camina desde Galilea hacia Judea, de norte a sur, por el otro lado del Jordán, por el lado Este, el lado Oriental. Al llegar a la altura de Jericó, cruza el Jordán, y va camino a Jericó.

Mientras hacía este camino se le acerca un joven y lo saluda de un modo desacostumbrado al que se usaba para saludar a los rabíes. Se arrodilla ante Él y lo llama ‘maestro bueno’. Luego le pregunta qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús responde primero de una manera seca, o al menos extrañado. Por eso lo hace con una pregunta: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.” Con esta respuesta Jesús pretende dos cosas: en primer lugar hacerle una amable corrección al saludo demasiado lisonjero del joven. En segundo lugar, iniciar la revelación de su divinidad al joven; es como si dijera: “Sólo Dios es bueno. Si soy bueno como tú dices es porque soy Dios”.

La pregunta sobre lo que había que hacer para alcanzar la vida eterna era un tema del que se hablaba mucho entre los escribas. Pero no había ninguna duda que el camino eran los mandamientos. “Todos los judíos sabían que se llegaba a la vida eterna observando los mandamientos”. Jesús, sin embargo, responde con paciencia nombrándoles los mandamientos que miran al prójimo.

El joven responde diciendo que los había cumplido desde pequeño. Y entonces viene la frase que es el centro y el clímax de todo la perícopa evangélica que estamos tratando: “Jesús, mirándolo, lo amó”. En griego: emblépsas (…) egápesen.

Emblépsas: ‘mirándolo’. El verbo emblepo está formado por el verbo blepo y la partícula en. Blepo significa la acción física y sensible de mirar. La partícula en implica reduplicación (como en castellano: en-cubrir), y además intensidad, interioridad y sentido totalizante (en-amorarse, en-ardecerse). De esto podemos sacar la primera conclusión: la mirada de Jesús es una mirada intensa que envuelve completamente al joven y lo cubre interiormente.

Pero el verbo emblépo, como una unidad, tiene un significado propio en los diccionarios: significa mirar con atención, observar, mirar con concentración, con penetración, mirar contemplativamente, mirar asombrado, una mirada poética, podríamos decir. Por eso significa también ‘discernir’. La Vulgata traduce este término con el verbo intuere, que significa ‘intuir’, ‘mirar dentro’. Por lo tanto hace referencia al aspecto espiritual e interior de la mirada. Se trata de una mirada espiritual.

Más exactamente el verbo latino intueri significa: “mirar (atentamente), contemplar, fijarse. Considerar, pensar. Admirar, contemplar con asombro”. Por lo tanto, podemos decir que este verbo significa: “mirar dentro de (intus) con una mirada espiritual (contemplar), asombrándose”. La mirada de Jesús significa todo eso. Podríamos traducirla así: “Lo miró, es decir, penetró con una mirada espiritual y asombrada el interior del joven”. O también: “Clavó la mirada en los ojos del joven y, a través de ellos, contempló su alma con una mirada llena de gozoso asombro”.

De esto podemos sacar una segunda conclusión: se trata de una mirada con atención, con concentración, con penetración; mirada interior, mirada espiritual; mirada contemplativa, mirada poética; mirada que abarca a toda la persona, mirada intensa, mirada totalizante. En definitiva, significa que el alma de Cristo tocó y conoció el alma del joven a través de su mirar.

El mismo verbo en la misma forma aparece en la vocación de Pedro: “Jesús, mirándolo (emblépsas), le dijo: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas’ - que quiere decir, Piedra”. (Jn.1,42). Tenemos aquí, entonces, un ejemplo más de esta mirada de Jesús en el momento en que llama a alguien a la vocación sacerdotal.

Y aparece también el mismo verbo en aoristo indicativo (tiempo pasado perfecto), cuando Cristo mira a Pedro después de la traición de éste: “Y el Señor se volvió y miró (enéblepse) a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: ‘Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.’ Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,61-62). En estas dos miradas a Pedro, sobre todo en la segunda, se puede ver que esa mirada de Jesús es una mirada sobre todo espiritual y contemplativa que alcanza el centro del alma de aquel que es mirado.

Egápesen, “lo amó”. El verbo agapáo expresa el amor de amistad, de donde viene ágape, que es el coronamiento del amor cristiano. Además este verbo forma una unidad con el verbo anterior (‘mirándolo’) y con la frase que sigue: “Ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y luego ven y sígueme”. El mirarlo, amarlo y llamarlo a la vida sacerdotal es una misma y única acción. La mirada expresa el conocimiento profundo que Jesús tiene del joven, y la llamada al sacerdocio es el efecto primero y supremo del amor. Se podría también traducir: “Lo amó diciéndole: Ve, vende, etc.”. El llamado al sacerdocio es la forma más alta de amor hacia un joven.

Un leccionario castellano traduce: “Le quedó mirando con cariño”. Esta traducción castellana no coincide con la exigencia suma que le va a proponer: vende tus bienes, dalos a los pobres, sígueme. La mirada de Jesús no es ‘cariñosa’, no nos da un rostro cari-lindo, tipo muñeca Barbie; es viril. Esta frase de aquel leccionario nos presenta un falso rostro de Jesús. La mirada de Jesús es tremenda, es exigente, es destructora de todo lo que lo separe de Él, es incisiva, es punzante, es fuerte como la muerte, es fuerte como el amor (Cf. Cant.8,6-7). Esto no quita, por supuesto, el hecho de que, ciertamente, la mirada de Jesús también tenía como objetivo manifestar el amor, para que el joven, a través de un signo externo, pudiera intuir el amor interno.

A juzgar por las palabras de San Juan Pablo II no cabe ninguna duda que el joven del evangelio del que estamos hablando ha sido llamado al sacerdocio y a la vida religiosa. En efecto, dice Juan Pablo II: “En el Evangelio estas palabras se refieren ciertamente a la vocación sacerdotal o religiosa. (…) Aquellas palabras significan en este caso una vocación particular dentro de la comunidad del Pueblo de Dios. La Iglesia halla el «sígueme» de Cristo al comienzo de toda llamada al servicio en el sacerdocio ministerial, que en la Iglesia católica de rito latino está unida simultáneamente a la responsable y libre elección del celibato. La Iglesia encuentra el mismo «sígueme» de Cristo al comienzo de la vocación religiosa en la que, mediante la profesión de los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia), un hombre o una mujer reconocen como suyo el programa de vida que el mismo Cristo realizó en la tierra por el reino de Dios”.


La reacción del joven

Ante la llamada de Jesús al sacerdocio y a la vida religiosa, el Evangelio dice que el joven se entristeció, en griego, stugnásas, y se fue abatido (lupoúmenos). El verbo stugnádso significa: tener el rostro triste, contraer la frente. Y también: entristecerse, inmutarse; estar nublado, estar oscuro (referido al cielo). Y el verbo lupéo significa: afligir, entristecer, agraviar; en voz pasiva: entristecerse, afligirse; ser perjudicado.

Lo que se expresa entonces aquí con estas palabras es el cambio rotundo de ambiente espiritual. Hasta ese momento el rostro del joven había estado bañado de alegría espiritual, pero en el momento de recibir la vocación se le ensombreció el rostro, se le contrajo la frente y el alma se le llenó de tristeza. El llamado a la vida sacerdotal lo entristeció, pero además fue un sentimiento persistente porque se marchó con él y le provocó un peso en el alma: se fue pesaroso, se fue abatido. Stugnadso dice relación al ensombrecerse del rostro. Y lupéo al peso que lo hace ir agachado, pesaroso y abatido.

El joven no supo interpretar la mirada de Cristo, no supo ver o intuir todo el amor del mundo brillando en esa mirada. Solamente escuchó las palabras exigentes que lo impulsaban a dejar todo, a desprenderse de todo; solamente captó el tremendo arrancón que le estaban pidiendo. Si la comprensión del joven hubiera sido integral, hubiera captado que la mirada de Cristo y el amor que en ella brillaba, eran un complemento a las fuertes exigencias. Hubiera captado que valía la pena afrontar esas fuertes exigencias para corresponder al amor que Cristo le manifestaba, y después poder gozar de ese amor. Hubiera captado que el amor con el que iban acompañadas las exigencias era la primera fuerza motriz que le iba a ayudar a afrontar esas exigencias. No vio la mirada de Cristo. Solamente escuchó las palabras.

Esta pena del joven también pasó a Cristo. En efecto, el hecho del rechazo de la gracia de la vocación va a arrancar por dos veces una exclamación pesarosa de Jesús: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (v.23). E inmediatamente de nuevo: “¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!” (v.24). Y también los discípulos quedaron impactados por la reacción del joven y la pena de Jesús, y también por dos veces manifiestan este impacto: “Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. (…) Ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?»” (vv. 24. 26). El rechazo de una gracia de Dios es siempre motivo de tristeza y mucho más si se trata de una gracia tan grande como lo es la gracia de la vocación sacerdotal.

Pero inmediatamente Jesucristo se sobrepone a la pena causada por el joven e indica la victoria de la gracia en muchos que querrán cumplir la voluntad de Dios y salvarse. “Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios»” (v. 27). Es como si dijese: “Para el hombre es imposible vencer la concupiscencia de las riquezas, pero Dios puede vencer todas las resistencias y hacer triunfar la gracia de la vocación en muchísimos otros jóvenes”.

E inmediatamente Pedro reconoce que eso que dice Jesús había sucedido en ellos: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (10,28). Con esa frase Pedro, siempre vehemente y espontáneo, quiere además alegrar el corazón de Jesús. Es como si dijese: “Lo que no ha hecho el joven al que llamaste lo hemos hecho nosotros: lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Y de esa manera devuelve a la situación la alegría con que había comenzado. En efecto, aquello que había comenzado en un ambiente de gran alegría por el deseo de servir a Dios y por la llamada de Jesucristo, se había ensombrecido por la respuesta negativa del joven, pero ahora otra vez se llena de alegría con la perspectiva de una fecundidad extraordinaria como consecuencia de la respuesta positiva de sus discípulos, que lo han dejado todo y han seguido a Cristo: serán una gran familia donde los padres, las madres, los hermanos, las hermanas se multiplicarán por cien, y luego todos entrarán en la vida eterna.

Esa es la perspectiva de aquel que recibe con corazón dócil la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. De hecho, en la Familia Religiosa del Verbo Encarnado se ha realizado exactamente esto.


La mirada de Jesús a Pedro

Habíamos hecho ya mención a la mirada con que Jesús miró a Pedro cuando lo llamó y le cambió el nombre (Jn 1,42), y también a la mirada con que Jesús miró a Pedro luego de su traición (Lc 22,61-62). Digamos algunas palabras más acerca de estas miradas para conocer más profundamente la mirada de Jesús.

Cuando Jesús encontró por primera vez a Pedro, clavó en él la misma mirada que después clavaría también en el joven rico. Sólo que en el caso de Pedro esa mirada tocó el mismo fundamento de su ser, ya que fue acompañada de un cambio de nombre: “Jesús, mirándolo (emblépsas), le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» - que quiere decir, “Piedra” (Jn 1,42). Fue la misma mirada penetrante, contemplativa y poética con la que después miraría al joven rico; una mirada con la que conoce el fondo más recóndito del alma de Pedro. Y esto queda en evidencia con las palabras que acompañan la mirada: le pone a Simón un nombre nuevo: Cefas-Piedra. El término emblépsas es un participio que expresa que la acción de mirar y la acción de decir son concomitantes. Se podría también traducir: ‘al mismo tiempo que lo miró, le dijo…” La mirada de Jesús y el hecho de ponerle un nombre nuevo son casi una misma acción. La mirada de Jesús está en relación con la identidad de Pedro; la mirada de Jesús alcanzó la persona de Pedro.

Y por esta razón la mirada de Jesús está en relación con la vocación de Pedro, con la razón de su existir, el llamado que dará sentido a la existencia de Pedro. Aquí mirada y llamada a la vocación son una sola cosa.

Pedro va a aceptar esta mirada, que es al mismo tiempo una llamada. No así el joven rico, quien recibirá la misma mirada de Jesús, acompañada de un gran amor (‘lo miró y lo amó’). El joven rico no percibió la mirada llena de amor de Jesús, sino que percibió solamente la exigencia de sus palabras: “Ve, vende todo lo que tienes…” San Pedro, en cambio, percibió la mirada llena de amor de Jesús, y en base a esa mirada acepta todas las responsabilidades de su vocación, que serían mucho mayores que las que Jesús imponía al joven rico.

La misma mirada de Jesús la encontraremos en el momento de la negación de Pedro. “El Señor se volvió y miró (enéblepse) a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,61-62). Pero aquí la mirada de Jesús tiene todo el protagonismo (aoristo de indicativo). Ya no va acompañada de palabras de Jesús.

La misma mirada profunda de Jesús, que llegó hasta el alma de Pedro para llamarlo al sumo ministerio (Jn.1,42), ahora llega otra vez al alma de Pedro para contemplar interiormente su cobardía y hacerle reconocer a Pedro esa cobardía y su pecado. Esa mirada de Jesús, junto con darle las lágrimas, le da la seguridad del perdón y la paz del alma; y Pedro acepta plenamente, como la primera vez, esa mirada de Jesús. Aceptar la mirada de Jesús es también una condición de la vida espiritual para poder entrar en intimidad con Él. Pero al mismo tiempo esa mirada remite a la primera mirada de Cristo, cuando lo llamó. Es decir que, con esta mirada en el momento del pecado, Jesucristo reconstituye la llamada después del pecado, renueva la vocación, vuelve a llamar después del pecado. La primera mirada de Jesús a Pedro está relacionada con la identidad de Pedro, ya que Jesús le puso el nuevo nombre mientras lo miraba (tiempo en participio). Ahora, la segunda mirada remite también a la identidad de Pedro, es decir, re-constituye la identidad de Pedro; la mirada de Jesús después de la traición que provoca el arrepentimiento, vuelve a constituir a Simón en Cefas-Piedra. Jesucristo, con la mirada a Pedro después de su traición, le dijo las palabras que el Espíritu Santo dijo por boca de San Pablo: “Los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

Esa mirada de Jesús se repite en cada nueva llamada al sacerdocio o a la vida consagrada. Y esa mirada de Jesús vuelve a repetirse en el consagrado que ha pecado. Debemos aceptar ambas miradas de Jesús para poder permanecer en la intimidad con Él.


Que se trata de un joven lo dice explícitamente Mateo en Mt 19,22.
Cf. Lagrange, J. M., Vida de Jesucristo, Edibesa, Madrid, 2002, p. 354.
Lagrange, J. M., Ibidem.
Es muy sugestivo también el hecho de que este mismo verbo lo usa San Juan (emblépsas) para describir la mirada con que Juan Bautista miró a Jesús: “Fijándose en (emblépsas) Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.» Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús” (Jn.1,36-37). Es como si Juan Bautista les enseñara a mirar con amor a Jesús, y al mismo tiempo les enseña a interpretar la mirada amorosa de Jesús. La mirada de Juan Bautista se parecía mucho a la mirada de Jesús; ciertamente que en el parecido físico, pues eran primos, pero sobre todo en el amor y ternura con la que iba cargada esa mirada.
Es el mismo verbo que usa San Juan para expresar el pedido de amor que Jesús hace a San Pedro: “Pedro, ¿me amas?” (Jn.21,15-17). Vemos, entonces, que el amor con que Cristo ama al joven que llama al sacerdocio, es también el amor que Él exigirá al que ha sido llamado. Así como Jesús ama al que llamó, así también exige al que llama y le dice: “Yo te amo con amor de predilección y por eso te llamé. Y tu, ¿me amas más que el resto?”
San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dilecti Amici, en el Año Internacional de la Juventud, 1985, nº 9.
Zerwick, M., Analysis Philologica Novi Testamenti Graeci, Scripta Pontificii Instituti Biblici, Romae, 19844, p. 106.
Diccionario Conciso.
Da la impresión que el joven, aun siendo muy bueno y teniendo altas aspiraciones espirituales, estaba de alguna manera influido por la teología farisaica. Su modo lisonjero de tratar, la pregunta un poco superflua, su seguridad en que había sido fiel a los mandamientos y su amor a las riquezas hacen pensar en un alma buena, pero que ha bebido de la doctrina y, a juzgar por su reacción final, también del espíritu de los fariseos. De hecho, San Lucas dice que era ‘uno de los principales’ (Lc 18,18). Sin embargo, Jesús no considera que esos defectos fueran un impedimento para conversar con él, iniciar su formación espiritual y llamarlo al sacerdocio.


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Santos Padres: San Agustín - Llamada a los ricos a la perfección (Mt 19,17-25).

1. La lectura evangélica, hermanos, que hace poco golpeó nuestros oídos, pide, más que un expositor, un oyente que la ponga en práctica. ¿Qué hay más claro que esta luz: Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos? ¿Qué más voy a decir? Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos. ¿Quién hay que no quiera la vida? Y, sin embargo, ¿quién hay que quiera guardar los mandamientos? Si no quieres guardar los mandamientos, ¿por qué buscas la vida? Si eres perezoso para trabajar, ¿por qué te apresuras a recibir la recompensa? Aquel joven rico dijo que había cumplido los mandamientos; escuchó otros preceptos mayores: Si quieres ser perfecto, una sola cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y no lo perderás, sino que tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme. En efecto, ¿de qué te aprovecharía el hacerlo si no me sigues? Como habéis oído, se alejó triste y cabizbajo, pues tenía muchas riquezas. Lo que escuchó él, lo hemos escuchado también nosotros. El Evangelio es la boca de Cristo; está sentado en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra. No seamos, pues, sordos, dado que él clama. No seamos muertos, pues él atruena. Si no quieres hacer lo más, haz lo menos. Si es excesivo para ti el peso de lo mayor, toma lo menor al menos. ¿Por qué eres perezoso para lo uno y lo otro? ¿Por qué te opones a ambas cosas? Las mayores son: Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y sígueme. Las menores: No matarás, no adulterarás, no buscarás un falso testimonio, no robarás, honra a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Haz esto. ¿Qué sentido tiene invitarte a vender tus cosas si no consigo librarte de robar las ajenas? Escuchaste: No robarás, y las arrebatas. En la presencia de tan gran juez ya no te tengo por ladrón, sino por raptor. Perdónate a ti, ten compasión de ti mismo. Esta vida es para ti una dilación todavía, no rechaces la corrección. Fuiste ladrón ayer, no lo seas también hoy. Quizá hasta lo fuiste incluso hoy; no lo seas mañana. Acaba de una vez con el mal y exige el bien como recompensa. Quieres tener buenas cosas, pero no quieres ser bueno; tu vida es lo opuesto a lo que deseas. Si poseer una villa buena es un gran bien, ¡cuán grande mal es tener un alma mala!

2. El rico marchó entristecido, y dijo el Señor: ¡Qué difícil es que entre en el reino de los cielos quien tiene riquezas! Y por la comparación que propuso para demostrarlo, mostró que ese ser difícil equivale a ser completamente imposible. Todo lo que es imposible es difícil, pero no todo lo difícil es imposible. Para ver cuán difícil es, pon atención a la semejanza: En verdad os digo, es más fácil a un camello entrar por el hondón de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos. ¡Entrar un camello por el hondón de una aguja! Aunque hubiere dicho una pulga, ya sería imposible. Por ello, habiendo oído esto, se entristecieron los discípulos y dijeron: Si esto es así, ¿quién podrá salvarse? ¿Quién de los ricos? Pobres, escuchad a Cristo; hablo al pueblo de Dios. Sois muchos los pobres; alcanzadlo al menos vosotros; pero, con todo, oíd. Vosotros, los que os gloriáis de vuestra pobreza, evitad la soberbia, no sea que os superen los ricos humildes; evitad la impiedad, no sea que os superen los ricos piadosos; evitad las borracheras, no sea que os venzan los ricos sobrios. No os gloriéis de vuestra pobreza, si es que no deben ellos gloriarse de sus riquezas.

3. Escuchen los ricos, si es que hay alguno; escuchen al Apóstol: Ordena a los ricos de este mundo; señal de que existen ricos de otro mundo. Los ricos del otro mundo son los pobres, los apóstoles, que decían: Como no teniendo nada, y poseyéndolo todo. Para que supierais de qué ricos hablaba, añadió: de este mundo. Escuchen, pues, al Apóstol los ricos de este mundo: Ordena, dijo, a los ricos de este mundo que no se comporten soberbiamente. El primer gusano de las riquezas es la soberbia3. Como mala polilla, todo lo roe y lo reduce a cenizas. Ordénales, pues, que no se comporten soberbiamente ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, no sea que te acuestes rico y te levantes pobre. Ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas —son palabras del Apóstol—, sino en el Dios vivo. El ladrón te arrebata el oro, pero ¿quién te arrebatará a Dios? ¿Qué es lo que tiene el rico si no tiene a Dios? ¿Qué no tiene el pobre si tiene a Dios? Por tanto, no pongan su esperanza en las riquezas, dice, sino en el Dios que nos otorga abundantemente todas las cosas para disfrutarlas, entre las cuales también él mismo.

4. Sí, pues, no deben poner la esperanza en las riquezas ni confiar en ellas, sino en el Dios vivo, ¿qué han de hacer con las mismas? Escucha qué: Sean ricos en buenas obras. ¿Qué quiere decir esto? Expónnoslo, Apóstol. Muchos no quieren entenderlo porque no quieren emprenderlo. Expónnoslo, Apóstol; no des ocasión al mal obrar con la oscuridad de tu palabra. Dinos qué indicabas en estas palabras: Sean ricos en buenas obras. Escuchen, compréndalo; no se les permita buscar excusas; antes bien, comiencen a acusarse y a decir lo que hace poco escuchamos en el salmo: Pues yo reconozco mi pecado. Dinos tú qué significa: Sean ricos en buenas obras. ¿Qué quiere decir: Den con facilidad? ¿Acaso también esto es de difícil comprensión? Den con facilidad, repartan. Tienes tú y no tiene aquel otro, reparte para que repartan contigo. Da aquí y te darán allí. Reparte aquí pan y te repartirán allí pan. ¿Qué pan? El de aquí: el que recoges con tu sudor y fatiga a consecuencia de la maldición que cayó sobre el primer hombre; el de allí: Aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que he bajado del cielo. Aquí eres rico, allí serás pobre. Tienes oro, pero aún no tienes a Cristo presente. Da de lo que tienes para recibir lo que no tienes. Sean ricos en buenas obras, den con facilidad, repartan.

5. Entonces, ¿han de perder sus bienes? Dijo: Repartan, no «Denlo todo». Reserven para sí lo suficiente o más de lo suficiente. De esto demos una cierta parte. ¿Qué parte? ¿Una décima parte? Los diezmos los daban los escribas y los fariseos. Avergoncémonos, hermanos; la décima parte la daban aquellos por quienes Cristo aún no había derramado su sangre, Por si piensas que haces algo grande porque partes tu pan con el pobre, cosa que apenas significa una milésima parte de tus posibilidades sábete que los escribas y fariseos daban la décima parte. Con todo, no te reprendo; haz al menos eso. Tal es mi sed, tal es mi hambre, que me regocijo con estas migajas. Pero no callaré lo que dijo cuando estaba vivo quien murió por nosotros. Si vuestra justicia, dijo, no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Él no nos hace caricias; como médico va a lo vivo de la herida. Si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Los escribas y los fariseos pagaban los diezmos. ¿Qué significa esto? Haceos esta pregunta. Ved lo que hacéis, con cuánto contáis; lo que dais y lo que os reserváis; lo que empleáis en obras de misericordia y lo que dejáis para la lujuria. Por tanto, den con facilidad, repartan, atesórense un buen fundamento para el futuro, para alcanzar la vida verdadera.

6. He aconsejado a los ricos; oíd ahora los pobres. Los primeros, dad; los segundos, no robéis. Los unos dad de vuestra riquezas; los otros frenad vuestras apetencias. Escuchad los pobres al mismo Apóstol: Es una gran ganancia. La ganancia es la adquisición de alguna riqueza. Es una gran ganancia la piedad con lo suficiente. Tenéis en común con los ricos el mundo, pero no la casa. Tenéis en común con ellos el cielo y la luz. Buscad lo que basta; buscad eso, nada más. Las demás cosas oprimen, no elevan; cargan, no honran. Gran ganancia la piedad con lo suficiente. Ante todo la piedad. Piedad que es el culto de Dios. La piedad con lo que basta. Nada trajimos a este mundo. ¿O trajiste algo? Ni siquiera vosotros, los ricos, trajisteis nada. Aquí encontrasteis todo; nacisteis desnudos como los pobres. A ambos es común la debilidad del cuerpo, común el llanto, testigo de la miseria. Nada trajimos a este mundo —hablo a los pobres—; pero tampoco podemos sacar nada de él. Teniendo alimento y techo, démonos por contentos, pues quienes quieren hacerse ricos... Quienes quieren hacerse ricos, no quienes lo son. Quienes lo son, séanlo. Escucharon lo que se refiere a ellos: sean ricos en buenas obras, den con facilidad, repartan. Ellos ya lo oyeron. Oídlo vosotros que aún no lo sois. Quienes quieren hacerse ricos caen en tentaciones y lazos y en muchos y dañinos deseos. ¿No sentís miedo? Escuchad lo que sigue: Que sumergen a los hombres en la perdición y en la muerte. ¿No temes aún? ha avaricia es, en efecto, la raíz de todos los males. La avaricia consiste no en ser rico, sino en querer serlo. Eso es la avaricia. ¿No temes sumergirte en la muerte y la perdición? ¿No temes a la avaricia, raíz de todos los males? Arrancas las raíces de las zarzas de tu finca, ¿y no extirpas de tu corazón la raíz de todas las ambiciones? Limpias tu campo del que obtienes el fruto que sacia tu vientre, ¿y no purificas tu corazón para que lo habite tu Dios? La avaricia es, en efecto, la raíz de todos los males; siguiendo la cual algunos se extraviaron de la fe y vinieron a dar en muchos dolores.

7. Oísteis qué habéis de hacer, qué habéis de temer; escuchasteis con qué se compra el reino de los cielos y con qué se gasta. Poneos todos de acuerdo en la palabra de Dios. Dios hizo tanto al rico como al pobre. Habla la Escritura: El rico y el pobre se encontraron; a ambos los hizo el Señor. El rico y el pobre se encontraron. ¿Dónde sino en este mundo? Nació el rico, nació el pobre. Os encontrasteis caminando al mismo tiempo por un camino. Tú no oprimas; tú no engañes. Este necesita, aquél tiene. A ambos los hizo el Señor. A través del que tiene socorre al necesitado; a través de quien no tiene, prueba al que tiene. Lo hemos escuchado, lo hemos dicho; temamos, precavámonos, oremos, lleguemos.
SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (t. X). Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 85, 1-7, BAC Madrid 1983, 496-503


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Aplicación: P. Alfredo Sáenz, S.J. - Los pobres del Señor


El evangelio de hoy es una exaltación del espíritu de pobreza. "¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!": tal fue la terrible exclamación del Señor al comprobar el apego excesivo que aquel hombre manifestaba por los bienes terrenos.


1. EL "POBRE" EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Dediquemos, pues, esta homilía a la consideración del sentido de la pobreza. Cuando hablamos de "pobres", se hace necesario saber primero qué significa ese vocablo en el lenguaje de las Escrituras. Al comienzo, la palabra "pobre" quería decir, poco más o menos, lo que se entiende entre nosotros: una persona desposeída de bienes y, en ocasiones, explotada. Era "pobre", en este sentido, el pueblo judío oprimido por el Faraón en Egipto. Y Dios lo salvó de dicha opresión.

Pero con el tiempo la palabra fue tomando un sentido más espiritual, volviéndose sinónimo de "justo" o de "humilde". Se pasó, así, de un significado prevalentemente social a una acepción predominantemente religiosa. Los humildes aparecían como los predilectos de Dios no sólo por causa de su pobreza, sino sobre todo en razón de la actitud religiosamente despojada a la que su pobreza los inducía en relación con Dios. Los que buscaban al Señor, los que a El se dirigían con espíritu sencillo, ésos eran los pequeños, los pobres, los humildes. Aquellos que, según dice Jeremías, ponían su fe en el Señor porque en el Señor tenían su confianza. Claro que a ello los inclinaba el verse sin recursos; por el hecho de no tener bienes, se sentían proclives a apoyarse en sólo Dios, su única esperanza. Esta actitud de espíritu era personal. Pero también podía incubarse a nivel social. Por ejemplo, cuando el pueblo elegido conoció los días aciagos del exilio en Babilonia, al encontrarse tan humillado se hizo capaz de esperar anhelosamente la intervención del Señor. Los miembros de aquel pueblo constituirían lo que Isaías llamó "los pobres de Yavé".


2. JESUS, "EL POBRE" POR EXCELENCIA

Tal fue la preparación del Antiguo Testamento en relación con la enseñanza de Jesús acerca de la pobreza. Y no sólo en relación con su enseñanza sino también con sil persona. Porque Cristo mismo fue el Pobre por excelencia. El nació en la pobreza, durante treinta años se recluyó en el taller de Nazaret, a lo largo de su actuación pública vivió humildemente, no teniendo en ocasiones ni siquiera dónde reclinar su cabeza, enseñó de manera tajante que simultáneamente no se podía servir a dos señores, a Dios y a la riqueza. Especialmente en su Pasión, se mostró como “el pobre de Yavé”, aquel que Isaías había descrito proféticamente como un hombre sin belleza, objeto de desprecio, varón de dolores, que no grita, ni protesta, ni hace oír su voz a la multitud, cual oveja llevada al matadero que ni siquiera abre la boca. Su pobreza sería nuestra riqueza. Porque Dios que era rico se hizo pobre hasta la muerte, y resucitado de la muerte nos enriqueció con su pobreza.


3. CARACTERISTICAS DEL VERDADERO "POBRE"

Hasta aquí hemos considerado el desarrollo del tema de la "pobreza" a lo largo de las Escrituras, partiendo del Antiguo Testamento y culminando en Cristo, el Pobre por antonomasia. Pero la cosa no acaba acá. Porque también a nosotros Dios nos exige el desprendimiento, que es la base del espíritu de pobreza y, al parecer, nos lo exige como si fuera necesario para la salvación. ¿Cuáles son las características de la pobreza que nos pide el Señor?

Ser pobre no significa carecer de dinero. Las riquezas no son un mal en sí, ni Cristo solicita de los hombres el abandono de las mismas. Lo que Cristo nos exige a todos es el desapego afectivo de los bienes de la tierra. "Bienaventurados los pobres de espíritu —ha dicho el Señor—, porque de ellos es el reino de los cielos". Ya que aquel que se adhiere con exceso a las riquezas, fácilmente se hace incapaz de percibir el valor de las cosas sobrenaturales. Podemos, pues, decir que la primera característica del verdadero "pobre de espíritu" es la estima de los bienes superiores por encima de todos los bienes terrenos. El que ama desmesuradamente la riqueza, fácilmente se afinca en esta tierra, se siente en ella demasiado cómodo. Y olvida así su vocación trascendente. Es cierto que no le es imposible a un rico entrar en el reino de los cielos —"para Dios todo es posible", se nos dice en el evangelio de hoy—; pero considerando las cosas humanamente, aparece como algo en extremo dificultoso: "¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!... Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios", dijo el Señor.

También el rico podrá salvarse, pero a condición de que conserve su corazón libre del apego desordenado al dinero, que es una de las características del impío. Deberá guardarse de la avaricia, reconociendo la precariedad de las riquezas humanas, y tratando más bien de hacerse "rico a los ojos de Dios". Porque el reino de los cielos no ha sido hecho para los que tienen alma de esclavos. ¿Quiénes son estos esclavos? Los que se someten a las cosas, los que ponen sus posesiones por encima de Dios, los que veneran ídolos. Las verdaderas riquezas no son los bienes terrenos. Y el peligro del rico es que limite sus deseos a lo humano, que se contente con los consuelos que el dinero hace posibles. Cuando cada cristiano debería saberse un ser esencialmente peregrino. Porque su verdadero tesoro está en el cielo.

Tal es, pues, la primera característica del espíritu de pobreza: valorar más las cosas sobrenaturales que los bienes de la tierra. Para ello no es menester hacerse "pobre" en sentido clasista, volverse "proletario". Puede ser uno "millonario", rico en dinero, pero realmente desprendido, pobre de espíritu. Puede ser uno "proletario", pobre en dinero, pero rico de espíritu, ávido de ganancia, resentido contra los ricos, deseoso de ser como ellos, en el peor de los sentidos. No se trata, pues, de pertenecer a una clase o a otra. Esa sería una idea marxista: que basta ser proletario para ser bueno. El ideal cristiano es que todos —ricos y pobres— sean desprendidos, estén con las manos libres, no echen raíces demasiado profundas en esta tierra, se reconozcan peregrinos.

La segunda característica del verdadero "pobre de espíritu" es la humildad. Porque el pobre espiritual no es sólo el que pone en su verdadero lugar los bienes terrenos, sino también aquel que se sabe pequeño delante del Señor. Dios resiste a los orgullosos y da su gracia a los humildes, nos enseña San Pedro. Y el apóstol Santiago: Humillaos ante el Señor, y El os exaltará. ¿Por qué debemos ser humildes delante de Dios? Porque sabemos que no somos autosuficientes, autónomos, que hemos sido creados, y para colmo nos sabemos pecadores, conocemos nuestra miseria radical y nuestra debilidad congénita.

Es fundamentalmente humilde aquel que experimenta la necesidad de ser salvado. El que no se gloría, como aquellos judíos de antaño que, con repugnante espíritu farisaico, se jactaban: "Tenemos por padre a Abraham". Humilde es aquel que no se glorifica a sí mismo sino que se gloría en el Señor. El mundo moderno está lejos de esta actitud. Es un mundo que no espera la salvación de lo alto. Cree que a fuerza de músculos, de recetas psicológicas, de progreso científico indefinido, podrá llegar a su perfección. Hombres modernos que no se quieren pobres sino ricos y autónomos en su ciencia, en su técnica, en su libertad. Un mundo así es un mundo que se cierra a Dios, un mundo esencialmente orgulloso. No un mundo "adulto" sino un mundo "adúltero". No hagamos concesiones, amados hermanos, al mundo soberbio. Seamos humildes, corno María. Pidamos, a semejanza de ella, que Dios mire nuestra humildad de esclavo y que, si tal es su voluntad, sea El quien en nosotros haga grandes cosas.

Pronto nos acercaremos a recibir el Cuerpo de Jesús en la Sagrada Eucaristía. El vendrá a nosotros con aspecto pobre y despojado, tras las sencillas apariencias sacramentales. Pidámosle que nos enseñe el valor de la pobreza, de esa pobreza que es comparable a aquella sabiduría de que se nos hablaba en la primera lectura de hoy, preferible al cetro y al trono, y en cuya comparación nada es la riqueza, de esa pobreza que nos procurará un tesoro en el cielo.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 269-274)


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Aplicación: P. Gustavo Pascual, I.V.E. - Los pobres de espíritu, Mc 10, 17-30


“Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos”. Palabras que manifiestan la imposibilidad de los ricos para salvarse. ¿De qué ricos se habla? ¿Los ricos no se pueden salvar?

Pero ¿por qué los apóstoles dicen: “entonces quién podrá salvarse”? ¿Acaso el tener una barquichuela, unas redes, un oficio, como ellos tenían, es ser rico?

Para salvarse, para entrar en el Reino, es necesario ser pobre de espíritu y pobre de espíritu puede ser el pobre y el rico. Pobre de espíritu significa estar desprendido de las cosas terrenales.

Uno puede apegarse a unas sandalias, de tal modo, que sea lo más importante de su vida y que Dios y los hermanos tengan menor valor y se los coloque en segundo plano por ellas.

Hay pobres que envidian a los ricos y viven resentidos por ser pobres. En realidad no son pobres en el espíritu sino ricos y sin las riquezas. ¡Cuánta pobreza desperdiciada, diría un santo! Aquellos que por voluntad de Dios son pobres deberían agradecer a Dios porque su pobreza los asemeja a Jesús. La pobreza nos da un sentido más claro de lo que somos, de nuestra realidad, de nuestra indigencia, de nuestra creaturidad, de nuestra verdad existencial, de nuestra pobreza ontológica. Y el reconocimiento de esta pobreza existencial es la humildad, fundamento de la verdadera religiosidad.

Pero no siempre la constatación de la creaturidad, que es nuestra verdadera pobreza, conduce a la religión sino que a veces lleva a la desesperación y en la mayoría de los casos a la solicitud terrena.

Si bien la solicitud terrena es de todos los tiempos, en otros tiempos el hombre pensaba más y podía darse cuenta que iba por mal camino. Hoy la solicitud terrena es inducida y el hombre queda entrampado en ella, casi sin poder salir o con tanta posibilidad “como que un camello pase por el ojo de una aguja”.

La sociología y la psicología han creado técnicas muy sofisticadas en el manejo de las masas, de tal manera que el hombre es llevado casi inconscientemente a actitudes programadas por otros, entre ellas el consumismo. Y para consumir hay que tener poder adquisitivo y para esto hay que trabajar y, a veces sin restricciones, porque ahogan los créditos y entonces no hay tiempo para Dios, menos para la religión. Un nuevo artefacto, una nueva comodidad, un nuevo auto, un nuevo equipo de audio y la corriente no se detiene y los hombres tras ellos y sin poder salir… ¿Y estos son pobres? No, porque quieren tener y en su afán de tener dejan a Dios. Son ricos en el espíritu porque su corazón busca las cosas terrenas antes que a Dios.

¿Qué hacer? Quedarse al margen de la correntada. Tratar de evitar todo envenenamiento, tener lo necesario para vivir y servir a Dios y no endeudarse. Si tengo bienes y estoy apegado a ellos, desprenderme por la limosna.

Para seguir a Cristo hay que estar libre y los bienes materiales nos atan, nos esclavizan. La pobreza da libertad para buscar el cielo, además da paz verdadera y nos permite dormir tranquilos.

La salvación es una gracia de Dios y por eso hay que ser pobre para que sea Dios el que nos salve. El rico no necesita de Dios porque cree salvarse por sí mismo, por eso para él es “imposible” salvarse.

Así como en tiempos de Noé la gente vivía distraída en los afanes terrenos y los sorprendió el diluvio, así será en la Segunda Venida. La gente estará tan distraída por la solicitud terrena que no conocerá los signos y los cogerá de sorpresa la venida del Señor.

Ahora es tiempo propicio para prepararse.

La pobreza espiritual es una aptitud del corazón más que un bolsillo vacío. Sin embargo, el bolsillo vacío nos acerca más al conocimiento de nuestra realidad, a nuestra dependencia absoluta de Dios.

Debemos liberarnos del consumismo del mundo, de su vértigo por las cosas materiales y esto requiere una postura adulta. Debemos pensar en nuestro fin último y en la invitación que nos hace Jesús a seguirle: “si quieres ser perfecto” ve vende todo lo que tienes y luego sígueme.

No se trata de vender todo cuando lleguemos de regreso de la Iglesia a nuestra casa y darlo a los pobres, pero sí desprendernos de todo aquello que nos dificulta seguir con libertad a Jesús, que nos dificulta entregarnos a Él con total abandono, de todo aquello que es peligroso para nuestra libertad y puede condicionar nuestra manera de ser y obrar o el obrar de nuestros seres queridos.

Estamos en el mundo pero no somos del mundo y la solicitud terrena es una de las características del mundo y una de las estrategias de Satanás para llevar a las almas a separarse de Dios.


* * *


El evangelista Marcos relata, desde la Transfiguración a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos, dos anuncios de la pasión y tres características necesarias para los ciudadanos del Reino. Los ciudadanos del Reino deben ser como niños, es decir, totalmente abandonados en los brazos del Padre celestial, deben desprenderse de “todo” para entrar en el Reino y deben hacerse “siervos” de los hombres. Las tres condiciones se podrían resumir en el anonadamiento o en hacerse “los últimos”.

En el Evangelio que estamos explicando Pedro le pregunta a Jesús qué recompensa tendrán él y los demás discípulos que lo han dejado “todo”. Jesús le promete el ciento por uno en esta tierra, con persecuciones, y en el futuro la vida eterna.

Nosotros que lo hemos dejado “todo”. Es una buena pregunta para hacernos. ¿Lo hemos dejado “todo”?

Cuando el Señor nos llamó y escuchamos su voz, con seguridad que lo dejamos todo. Respondimos si con una entrega total, al menos afectivamente, aunque parcialmente efectiva. Hay cosas a las que no se puede renunciar en un momento si no es por una gracia divina, me refiero a lo interior y en especial al juicio propio. De hecho hicimos un acto de abandono y de desprendimiento suficiente para seguir a Jesús, según la madurez y conciencia de aquel momento. Decidimos entregarnos totalmente a Jesús para ser hombres religiosos.

¿Hoy, después de muchos años de ser hombres religiosos podríamos decir con Pedro “lo hemos dejado todo”? Hoy, con una conciencia y una madurez mayor que cuando decidimos seguir a Jesús ¿hemos hecho efectiva la respuesta a la vocación divina? Mientras que no hagamos efectiva la respuesta al Señor no seremos verdaderos seguidores de Jesús, hombres religiosos.

Preguntémonos sobre los tres aspectos “el que no se hace como niño no puede entrar en el Reino de los cielos”; “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” y finalmente lo del Evangelio de hoy “lo hemos dejado todo”.

“Dejar todo”. Lo exterior es lo más fácil, aunque no es del todo fácil. Pero negarse a sí mismo y entregar la vida por Jesús y el Evangelio ya es otra cosa. Sobre este segundo aspecto es sobre el que tenemos que esforzarnos en trabajar morir a nosotros mismos, anonadarnos, siguiendo el ejemplo de Jesús.

Pedro incluye en el “todo” el desprendimiento de lo material, buscando un consuelo a la tristeza causada por el joven rico, y Cristo le responde sobre ese desprendimiento pero quiere, y se los ha enseñado, un desprendimiento más profundo. Jesús responde a Pedro, el cual ha manifestado por sus palabras la pobreza que han aceptado al seguirlo, que la pobreza es el inicio del anonadamiento que les pide, el primer escalón. Jesús quiere de ellos la humildad pero en su grado más profundo: pobreza como la suya, humillación como la suya y ser menospreciado y perseguido como El.

Jesús enseñó el anonadamiento a los discípulos antes del gran anonadamiento de la Pasión, coronación del anonadamiento de la Encarnación. Se acercan a Jerusalén, el maestro va a hacer verdad lo que ha enseñado.

Cf. E.E. nº 142, 239.
Cf. Mc 10, 14-15
Mc 9,35; 10, 43-45
Mc 8, 34-35
Cf. Flp 2, 5 s



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Aplicación: P. Jorge Loring, S.J. - ¡Qué difícil les va a ser a los ricos salvarse!


1.- La frase de Jesús es dura: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos salvarse!

2.- Naturalmente que se refiere a los ricos que tienen apego al dinero, y lo ponen por encima de la salvación eterna.

3.- Sobre esto se hizo célebre en Madrid una obra de teatro titulada LA MURALLA. Se trataba de un señor que se había enriquecido injustamente. En la hora de la muerte quiere confesarse arrepentido. Pero la mujer y las hijas impiden que venga un sacerdote, pues si se confiesa tendrá que devolver lo robado, y ellas perderían su posición social. Para ellas valía más el dinero que la salvación eterna de su padre y marido.

4.- Pero los ricos que no tienen apego al dinero, no sólo pueden salvarse, sino llegar a la santidad.

5.- El Marqués de Comillas va a los altares por ser millonario. Dio muchísimas limosnas, y ayudó a muchísima gente. Si no hubiera tenido tanto dinero no hubiera podido hacer el bien que hizo. Para él el dinero le ayudó a santificarse.

6.- El dinero no es malo. Lo malo es usarlo mal. Pero usándolo bien puede ser un instrumento de santificación.

7.- Yo debo hacer examen del uso que hago de mi dinero. ¿Lo gasto en cosas necesarias? ¿Lo que gasto en caprichos es excesivo? ¿Doy de limosna una cantidad proporcionada a los ingresos que tengo? Todo esto es materia importante de examen de conciencia, y de consulta con una persona prudente.

8.- Otra frase importante de este Evangelio es: «si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos».

9.- Es evidente que las buenas obras son necesarias para salvarse. Ya dijo Cristo: «No el que dice SEÑOR, SEÑOR; sino el que cumple con la voluntad de Dios».

10.- Los protestantes dicen que lo importante es la fe, no las obras. Nosotros decimos que hacen falta las dos cosas. Las palabras de Cristo lo dicen claramente. Y es de sentido común: «obras son amores, no buenas razones».

11.- Tampoco valen las buenas obras sin fe. Hay gente buena que prescinde de Dios. Sus buenas obras le sirven para madurar su conversión. Pero si se hacen de espaldas a Dios, no sirven para la vida eterna.

12.- A no ser que ese desconocimiento de Dios sea inculpable. Pero en nuestra sociedad es difícil que alguien ignore a Dios y a Jesucristo con ignorancia invencible.


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Directorio Homilético: Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario


CEC 101-104: Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura
CEC 131-133: la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia
CEC 2653-2654: las Escrituras fuente para la oración
CEC 1723, 2536, 2444-2447: el amor a los pobres


Artículo 3: LA SAGRADA ESCRITURA

I CRISTO, PALABRA ÚNICA DE LA SAGRADA ESCRITURA

101 En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas: "La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres " (DV 13).
102 A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3):
Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).
103 Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21).
104 En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). "En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos" (DV 21).


V LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA

131 "Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual" (DV 21). "Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura" (DV 22).
132 "La Escritura debe ser el alma de la teología. El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado, la homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da frutos de santidad" (DV 24).
133 La Iglesia "recomienda insistentemente a todos los fieles...la lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3,8), 'pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo' (S. Jerónimo)" (DV 25).


La Palabra de Dios

2653 La Iglesia "recomienda insistentemente todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran 'la ciencia suprema de Jesucristo' (Flp 3,8)... Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues 'a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras' (San Ambrosio, off. 1, 88)" (DV 25).

2654 Los Padres espirituales parafraseando Mt 7, 7, resumen así las disposiciones del corazón alimentado por la palabra de Dios en la oración: "Buscad leyendo, y encontraréis meditando ; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación" (cf El Cartujano, scala: PL 184, 476C).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor:

El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: "No codiciarás", nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: "El ojo del avaro no se satisface con su suerte" (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2444 "El amor de la Iglesia por los pobres...pertenece a su constante tradición " (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de "hacer partícipe al que se halle en necesidad" (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: "No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos" (Laz. 1,6). "Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia" (AA 8):

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

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