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Domingo 30 Tiempo Ordinario B: Comentarios de Sabios y Santos - Preparemos con ellos la Acogida de la Palabra de Dios en la Misa Dominical Parroquial

 

Páginas relacionadas

 

A su disposición

Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La curación del ciego Bartimeo

Exégesis: R.P. Leonardo Castellani - El ciego de Jericó

Comentario Teológico: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El tema de la luz

Comentario teológico: José Ma. Solé Roma O.M.F . - Comentarios a las tres lecturas del domingo

Comentarios Teológicos: Dr. D. Isidro Gomá - La curación del ciego Bartimeo Mc. 10, 46-52; Mt 20, 29-34

Comentarios Teológicos: Homilía del papa Benedicto XVI en la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos - Todos los hombres tenemos el derecho de conocer a Jesucristo.

Comentario Teológico: Manuel de Tuya Curación del ciego Bartimeo. 10,46-52 (Mt 20,29-34; Lc 18,35-43) Cf. Comentario a Mt 20,29-34.

Comentario Teológico: Giuseppe Ricciotti - El Ciego Bartimeo

Comentario Teológico: R. P. Raniero Cantalamessa OFMCap - Tomado de entre los hombres y constituido para los hombres

Santos Padres: San Agustín - Jesucristo, médico del alma y del cuerpo

Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Los dos ciegos de Jericó

Aplicación: R.P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E. - La Fe

Aplicación: José M. Bover, S.J - Los ciegos de Jericó. Mt 20, 29-34. (Mc. 10, 46-52; Lc. 18, 35-43).

Ejemplos Predicables

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

Las Lecturas del Domingo

Exégesis: Rudolf Schnackenburg - La curación del ciego Bartimeo

Jesús es reconocido como Mesías antes de morir (Mc 10, 46-52)

Comienza ahora una nueva sección, que podríamos llamar “Jesús en Jerusalén” (10,46 – 13,37). Con 10,46 Jesús alcanza Jericó, la ciudad en que los peregrinos que llegaban por el camino del Este (cf. 10,1) cruzaban el Jordán y entraban en la antigua vía hacia Jerusalén (cf. Luc_10:30). La curación del ciego Bartimeo, un antiguo relato firmemente localizado en Jericó, pertenece ya por su carácter a la nueva sección que trata de la entrada de Jesús en Jerusalén y de su último ministerio en la capital. Esta sección permite establecer tres subsecciones: 1) las obras simbólicas, de alcance mesiánico: curación del ciego Bartimeo, entrada bajo las aclamaciones del pueblo, purificación del templo y maldición de la higuera; 2) diálogos y discusiones de Jesús con distintos grupos en la capital judía; 3) vaticinio sobre la destrucción de Jerusalén y gran discurso escatológico. (…)

Las obras simbólicas de alcance mesiánico (10,46 – 11,25)

Lo que sorprende en estas perícopas, que externamente presentan una estrecha trabazón, es la repetida actividad de Jesús con una fin bien preciso. En la mente del evangelista esto empieza ya con la curación del ciego de Jericó: Jesús no impide la invocación a voz en grito de «Hijo de David», sino que da la vista a este hombre que cree y que le sigue con fe.

En la preparación de la entrada en Jerusalén Jesús da de antemano a los discípulos unas instrucciones clarividentes, elige con toda intención un borriquillo sobre el que nadie había aún montado y se deja acompañar por las multitudes del pueblo. El comportamiento de la muchedumbre, especialmente sus gritos de aclamación, subrayan la transparencia mesiánica de la escena de la entrada.

Al dirigirse al templo maldice una higuera que no lleva fruto, gesto aparentemente absurdo puesto que no era tiempo de higos, pero que constituye una acción simbólica al modo de las de los profetas.

Después expulsa a los mercaderes del atrio del templo, demostración que tiene también un sentido más profundo.

Finalmente, con ocasión de la higuera que entre tanto se ha secado, da a los discípulos unas instrucciones sobre la fe firme, la oración consciente de ser escuchada y el perdón fraterno.

Jesús y el pueblo, los discípulos y los enemigos aparecen en escena y desarrollan sus respectivos papeles; pero todo lo domina la figura de Jesús, que actúa con una majestad hasta entonces desconocida; pese a lo cual se ve rodeado por la malicia y el odio de sus enemigos y por los obscuros nubarrones de los acontecimientos inminentes. El propio Jesús ve acercarse su pasión y marcha decidido a su encuentro; los discípulos viven unos signos que sólo comprenderán más tarde y escuchan unas palabras cuyo pleno significado sólo descubrirán en las circunstancias y tribulaciones de la comunidad.


Curación del ciego de Jericó (Mc.10,46-52)

Las curaciones de ciegos desempeñan un papel especial ya en la tradición más antigua (cf. 8,22-26). Las muchas enfermedades oculares del Oriente tenían entonces pocas perspectivas de curación, y el destino de los pacientes era duro. Por lo general no les quedaba otra salida que la mendicación (cf. Jua_9:8), a lo que se sumaba la angustia interior derivada de semejante situación, de una vida en constantes tinieblas. De este modo los ciegos aparecen como los representantes de la miseria y desesperanza humanas.

Sin duda que el relato del ciego-Bartimeo contiene una tradición antigua. El nombre, que es una formación aramea con el nombre del padre -bar Timai-, no tiene ningún significado simbólico; también la fórmula de saludo Rabbuni («maestro», v. 51b; cf. Jua_20:16) es una antigua forma aramea. Tampoco tiene especial interés la localización del suceso en Jericó, la «ciudad de las palmeras» al Norte del mar Muerto, uno de los establecimientos humanos más antiguos de Palestina, con la que en los Evangelios sólo se conecta la tradición particular lucana del jefe de aduanas Zaqueo (Luc_19:1-10). Fuera de esto sólo se menciona a Jericó en la parábola del samaritano compasivo (Luc_10:30).

Marcos refiere esta curación -la única en la segunda parte de su libro- no porque haya tenido lugar en la última estación del viaje de Jesús a Jerusalén, ni siquiera para demostrar la no menguada fuerza curativa o la no disminuida misericordia de Jesús. Esta curación está narrada de distinto modo que la de Betsaida (Luc_8:22-26). Escuchamos los grandes gritos del mendigo en el camino, en los que resuena por dos veces la invocación «Hijo de David». Fuera del diálogo sobre la filiación davídica del Mesías en Mar_12:35-37, es la única vez que encontramos en el Evangelio de Marcos esta designación judía del Mesías... y Jesús la permite. Muchas personas de entre la multitud del pueblo reprendían al hombre, pero Jesús manda que se lo acerquen. Alaba su fe -«tu fe te ha salvado»- con las mismas palabras que había dirigido a la mujer de fe sencilla que sufría un flujo de sangre (Mar_5:34). El ciego sanado no se marcha sin más ni más sino que sigue a Jesús en su camino.

Considerando estos matices narrativos, puestos por el evangelista, es precisamente como descubrimos el sentido de la curación del ciego en este pasaje. Las turbas populares, cosa que ya sabían los lectores mucho antes, acompañan a Jesús, pero sin una fe profunda, ciegas por lo que respecta a su misión. El ciego Bartimeo, por el contrario, cree en él como Hijo de David y como Mesías, de manera firme e inconmovible, aunque las gentes se lo recriminan. Su fe está todavía tan poco iluminada como la de aquella mujer del pueblo que tocó la fimbria del vestido de Jesús; pero cree en la bondad y en el poder de Jesús en quien se le acerca la ayuda de Dios. Esa fe supera la perspicacia de los doctores de la ley (cf. 12,35-37) al igual que la torpeza de la multitud. El ciego se ha formado su propia idea sobre el «Nazareno» (cf. 1,24), su procedencia no le crea ningún obstáculo (cf. 6,1-6) y le habla lleno de confianza. Un hombre así de confiado puede haberse convertido en discípulo de Jesús y aceptado la posterior confesión de fe de la comunidad en Jesús, pero no, le sigue inmediatamente, y más tarde quizá perteneció de hecho a la comunidad, como aquel Simón de Cirene que ayudó a Jesús a llevar la cruz (15,21).

Para los lectores cristianos el ciego pasa a ser el modelo del creyente y discípulo que ante nada retrocede y que sigue a Jesús en su camino de muerte. Mas para Marcos tiene también importancia especial la conducta de Jesús: ¡Es sorprendente que no rechace el título de Mesías y ni siquiera el título de «Hijo de David», más peligroso políticamente! Pero una vez emprendido el camino de la muerte y cuando se acerca el fin en que debe cumplirse el designio divino, pueden caer las barreras y puede desvelarse el misterio mesiánico. La falsa interpretación de un libertador político no impedirá por lo demás que Jesús sea ejecutado como tal; eso no sólo no impide sino que da cumplimiento a los planes secretos de Dios: la muerte de Jesús a mano de los hombres le convierte por voluntad divina en verdadero portador de la salvación.

Jesús es el Mesías, aunque en un sentido distinto del que los judíos esperaban. Evidentemente hay una línea que va desde la invocación del ciego de Jericó a las aclamaciones del pueblo con motivo de la entrada en Jerusalén: «¡Bendito sea el reino, que ya llega, de nuestro padre David!» (11,10). Ese reino llega, pero de forma diferente de como lo esperaba el pueblo: como el reino de Dios que abraza a todos los pueblos, a «los muchos» por quienes es derramada la sangre de Jesús (14,24; cf. 10,45). Es un reino de paz, como lo testifica a los sabios la entrada real y pacífica de Jesús en Jerusalén sobre un pollino. Jesús permite al ciego Bartimeo y a la multitud que le acompañen en la entrada. La curación era sólo un signo de la fe salvadora. Así como la fe ha curado al ciego, le ha «salvado» con ayuda de Jesús, así también la fe, que conduce a la unión con Jesús y a su seguimiento por el camino de la muerte, proporciona la verdadera salvación, la redención definitiva.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)



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Exégesis: R.P. Leonardo Castellani - El ciego de Jericó

Este trozo, tomado del final de Lucas 18, contiene dos perícopas –como dicen– heterogéneas; de manera que habría que hacer propiamente dos homilías: una, donde Jesucristo profetiza por tercera vez a sus discípulos su Pasión y Muerte; y enseguida, la curación del ciego de Jericó, que no fue un ciego sino dos ciegos; y que estaban a la vez a la entrada y a la salida de Jericó... si ustedes me entienden.

Jericó, Jericó,
donde Jesús salió y no entró,
cantan los chiquillos en España...

Este evangelio es el mejor ejemplo de la “discors concordia et concors discordia”, como llamó San Agustín en el siglo IV a lo que en el siglo XIX llamaron los críticos la Cuestión Sinóptica: efectivamente, la cura del ciego Bartimeo está en Mateo, Marcos y Lucas con una coincidencia general y con dos divergencias parciales:

a. Mateo dice que curó a dos ciegos.

b. Marcos dice que curó a un ciego –cuyo nombre pone– al salir de Jericó.

c. Lucas dice que curó a un ciego al llegar a Jericó; y los tres hablan del mismo episodio.

Dando por supuesto que los tres hagiógrafos dicen verdad, se presenta al lector fiel una pequeña adivinanza que es más fácil de resolver que las de Damas y Damitas; y es mucho más provechosa, aunque a decir verdad, derrotó a San Agustín. Y detrás queda otra adivinanza grande, un problema científico (¿Cómo fueron compuestos los Evangelios?) que fue decisivamente resuelto en forma admirable por una memoria técnica del gran lingüista y psicólogo francés Marcel Jousse intitulada: El Estilo Oral Rítmico y Mnemotécnico en los Pueblos Verbomotores. Porque aquel que se imagine a esos cuatro singulares relatos como obras escritas de acuerdo a los cánones de la retórica grecolatina –como por ejemplo las historias de Tucídides o de Tito Livio– dará grandes tropezones si se pone a leerlos. Ya les digo que al mismo San Agustín...

Les diré que fueron dos los ciegos y que el milagro tuvo como dos partes; y que Jesús entró y salió de Jericó por la misma puerta –Ricciotti para resolver la dificultad acude a una cosa rebuscada: que había dos Jericó–. Y con esto ustedes, si leen las tres narraciones, verán cómo concuerdan entre sí, e incluso cobran más vida en la mente del que las ha concordado.

El ciego Bartimeo, como el Centurión Romano del Domingo segundo después de Epifanía, es un ejemplo de fe viva y actuante. Después de darle la vista, Jesús lo alabó diciendo: “Tu fe te ha curado”. Efectivamente, el “hijo de Timeo”, que pedía limosna junto al camino, primero preguntó, después escudriño, después creyó y después obró: ésta es la “fe actuosa”, que dice San Agustín: la fe con obras, diferente de la fe dormida o muerta.

Al llegar Jesús a Jericó, el ciego oyó el tropel y el cotorreo y preguntó qué era; y le dijeron era el profeta de Nazaret: que se quedase quieto. Al salir Jesús de Jericó al día siguiente –después de haber convertido al petiso Zaqueo, gran hombre de negocios, y haber compuesto y recitado la parábola de la Buena Inversión– Bartimeo ya había averiguado mucho, y ya sabía quién era en realidad el “profeta de Nazaret”. Empezó a dar gritos: “¡Compadécete de mí, Hijo de David!”. Decirle a Cristo “el Hijo de David” era reconocerlo Mesías. Como la gente quería a la fuerza hacerlo callar y quedarse quieto, saltó y dejó parte de su vestimenta en manos de los comedidos, y a tientas buscó a Cristo; el cual al mismo tiempo lo había hecho llamar. Se lo trajeron y lo curó. Pero aunque no lo hubiese curado, ese cieguito en su ceguera ya veía más que muchos, que se tienen por linces. Otro cieguito fue también curado que andaba con él, como solían andar de a dos en Palestina.

Éstas son las cualidades del acto de fe: primero preguntó sumisamente; después averiguó diligentemente; después confesó paladinamente; después obró valientemente. Y así obtuvo lo que pidió: “Señor, que yo vea”. ¿Por qué Cristo no me cura de mi ceguera, que hace hoy 31 años que se lo pido, y que lo reconozco como Mesías? Puede que le falte a mi fe una de esas cualidades. Puede también que no le falte ninguna, y que Dios se contente con responder como en otros casos: “Que te baste mi gracia; porque la virtud en la enfermedad se engrandece”. Cristo dijo que todo lo que pidiéramos creyendo nos será hecho; algunas veces uno pide creyendo, y nada es hecho. No, es un error: eso que pedimos a veces no es hecho, pero otra cosa mejor es hecha. La oración de la fe jamás termina en la nada.
(CASTELLANI, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, pp. 151-153)



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Comentario Teológico: R.P. Alfredo Sáenz, S.J. - El tema de la luz

Acabamos de escuchar en el evangelio el relato de la curación del ciego Bartimeo; gracias a su fe en Aquel a quien invocó como "hijo de David", recuperó el beneficio de la vista, la luz de la visión. Este milagro de Jesús, en apariencia tan simple, es, sin embargo, rico en enseñanzas. Y nos da pie para tratar un aspecto muy medular del cristianismo cual es el tema de la luz.

1. Cristo, nuestra luz
Porque si recorremos las páginas de las Escrituras nos topamos frecuentemente con dicho tema, más aún, toda la historia de la salvación es concebida en términos de iluminación y de entenebrecimiento. En el origen, la separación de la luz y de las tinieblas constituyó el primer acto de la creación. Al fin de los tiempos, según se nos dice en el Apocalipsis, Dios mismo será la luz de la nueva creación. Y la historia que se desarrolla entre estos dos términos, principio y fin, toma en la Biblia la forma de un conflicto entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte.

Claramente advertimos en las Escrituras que Dios quiso revelarse no sólo como el Creador de la luz, sino también como Aquel que habita en la luz inaccesible, como el que está vestido de luz, como el que se manifiesta en el resplandor del día, como Aquel cuyo juicio surgirá al modo de un fulgor. La " luz de su rostro" es una expresión que designa su providencia, su bondad y su revelación. Él es la lámpara cuyo resplandor guía los pasos de los hombres, y los conduce hacia las alegrías de un día luminoso.

También las tinieblas constituyen una imagen permanente en la Biblia. Al principio, las tinieblas envolvían la tierra. Las tinieblas simbolizan la locura, el ambiente propicio para la idolatría, la muerte, el infierno. Las tinieblas acompañan la muerte de Cristo: era la hora del poder de las tinieblas.

Sobre todo Jesucristo se revela como Luz: Yo soy la Luz del mundo, dice sin ambages en el evangelio de San Juan. Y luego de haber afirmado esto, devolvió la vista a un ciego de nacimiento, como para dar un signo de la verdad que acababa de proclamar. En ese mismo contexto se ubica el milagro del evangelio de hoy. Porque Cristo no solamente hizo milagros para favorecer a los enfermos y necesitados sino también para enseñanza nuestra, como signos de las realidades sobrenaturales que venía a revelar.

2. El bautismo: iluminación
Cabe ahora preguntarse: ¿Qué sentido encierra esta metáfora de la luz? ¿Qué significa: Dios es luz, Cristo es luz? ¿O, como decimos en el Credo, Luz de Luz? Decir que Cristo es luz es afirmar que Cristo es vida. Para los contemporáneos de Jesús este lenguaje era claro: nacer significaba pasar de las tinieblas a la luz, y la muerte era comparada con la puesta del sol. Ver la luz o ver el sol, eran sinónimos de vivir. Esa idea popular recibió una confirmación sublime y sobrenatural en la persona misma de Cristo, del cual nos dice San Juan: "En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres". Términos que podrían ser invertidos sin que variase el sentido: "En él estaba la luz y la luz era la vida de los hombres”. Decir, pues, que Cristo es la luz del mundo significa afirmar que Cristo es la vida del mundo.

Por eso el bautismo —sacramento gracias al cual recibimos la vida divina— era antiguamente llamado iluminación. A este respecto dice Clemente de Alejandría: "Cuando somos bautizados, desembarazados ya de las faltas que, a la manera de una nube , ponían un obstáculo al Espíritu divino, dejamos libre, sin velo y luminoso, a ese ojo del espíritu que es el único que nos permite contemplar lo divino...; el que acaba de ser regenerado ha sido iluminado". Porque el bautismo, amados hermanos, es el comienzo de nuestra fe. El que no tiene fe, anda en tinieblas.

Merced al bautismo, nuestro espíritu ha adquirido nuevos ojos, ojos de la fe, en virtud de los cuales nos hemos hecho capaces de percibir realidades que exceden el alcance de los ojos carne. Viene aquí al caso recordar aquel texto que escuchamos en la primera lectura de esta misa, que es palabra de Dios por boca de Jeremías: "Los reúno desde los extremos de la tierra; hay entre ellos ciegos y lisiados...; los conduciré a los torrentes de agua". Los ciegos irán a las aguas. Los catecúmenos al bautismo para recibir la vista, como el ciego Bartimeo fue a Jesús para que le diese la visión.

De ahí la hermosa expresión que utiliza San Pablo en su epístola a los tesalonicenses: "Vosotros sois todos hijos de la luz e hijos del día". Este privilegio, amados hermanos, es fuente de obligaciones. No podemos comportarnos como los malvados, o los hijos de la noche, como los súbditos del demonio, a quien Jesús llamó "Príncipe de las tinieblas". Porque, según dice bien San Pablo: "Antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz". Nuestro nacimiento bautismal, la nueva visión que hemos adquirido en el seno de las aguas, comporta una exigencia de vida cristiana, la de caminar como hijos de la luz. Llamados a ser, como Jesús, luz del mundo.

3. Carácter contemplativo de la vida cristiana
Finalmente, debemos recordar que la vida cristiana tiene un carácter contemplativo. Porque la luz sirve para ver. Y nosotros hemos sido llamados a ver. En eso consistirá precisamente la vida eterna, el cielo. Allí veremos a Dios cara a cara, lo veremos tal cual es. Pero esa contemplación, que será nuestro quehacer por toda la eternidad, ha de iniciarse ya en este mundo. Comienza aquí de hecho con la fe, con la meditación. Como María que, según nos dice el evangelio, contemplaba todos los misterios de su Hijo meditándolos en su corazón. Las preferen­cias de nuestra época van a la acción, a las ocupaciones exteriores. Pero debemos saber que en el cristianismo el primado corresponde a la contemplación. Lo más importante que podemos hacer en esta tierra es contemplar. Porque eso, de algún modo, inaugura el cielo.

Pronto nos adelantaremos a recibir el Cuerpo eucarístico de Jesús. Acerquémonos al Señor con la misma fe con que aproximó a Jesús el ciego de Jericó. Este, al enterarse que por allí pasaba Jesús comenzó a gritar: Hijo de David, ten piedad de mí. Y, advertido de que el Señor lo llamaba, dio un salto y fue hacia Él. Que su actitud sea para nosotros un ejemplo. En la Eucaristía no sólo vamos, como Bartimeo, hacia Jesús, sino que también Jesús viene a nuestro corazón. Nosotros, por la gracia de Dios, ya tenemos fe, ya hemos pasado de las tinieblas a la luz. No podemos, pues, dirigirle a Jesús la súplica que le dirigiera Bartimeo: "Maestro, que yo pueda ver". Pero quizás los ojos de nuestra fe estén enfermos. Quizás nuestra fe sea débil o mortecina. Quizás esté entenebrecida. En ese caso, pidamos al Señor que la acreciente. Que veamos más. De modo tal que la Eucaristía, que es precisamente el sacramento de la fe, nos prepare para las maravillas de la visión eterna, visión que irá de claridad en claridad. Encandilados en la contemplación de Dios por una eternidad.
(ALFREDO SÁENZ, SJ, Palabra y Vida, Homilías dominicales y festivas. Ed. Gladius, 1993, pp. 279-282)

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Comentario teológico: José Ma. Solé Roma O.M.F . - Comentarios a las tres lecturas del domingo

Primera lectura: JEREMÍAS 31, 7-9:
En los capítulos 30-33 Jeremías nos habla de la "Restauración" de Israel. La presente perícopa es un estallido de gozo por la "Salvación" de la Era Mesiánica:

El Señor "salva" a su Pueblo: El "Resto" que sobrevive siempre al castigo purificador, recibe la gracia del Señor y lleva la "salvación" a todas las naciones. Hay, pues, motivo de gozo.

Este "Retorno" o "Salvación" del "Resto" la obra el Señor con mayores prodigios que la del Éxodo de Egipto. Dios, Padre Misericordioso, inunda de consuelo a la muchedumbre que retorna: Los conduce por caminos llanos; los guía y los provee de aguas abundantes.

- Estas bondades del Señor llegan al colmo: "Seré un Padre para Israel. Efraim será mi primogénito"
- (v 9). Cuando el Mesías realice todas estas Promesas y profecías dándoles su plenitud, comprenderemos su rico contenido. Debemos, sí, estallar de júbilo. Júbilo porque gozamos la Salvación: La que por Cristo llega a todos los hombres. Júbilo porque esta Salvación sobrepasa como la sombra a la realidad, a la de Egipto y a la de Babilonia. La que nos trae Cristo es la espiritual; que es plena y definitiva. Júbilo porque en Cristo el Hijo Unigénito, el Hermano Primogénito, nos llamamos hijos de Dios, y verdaderamente lo somos.


Segunda Lectura: Hebreos 5, 1-6:
Se enumeran las cualidades o condiciones que debe tener todo sacerdote. Luego, haciendo la aplicación a Jesús, se constata cómo El las tiene en grado sumo. Y sólo El las posee perfectamente. De donde Jesús es el Sumo y Único Sacerdote:

El "Sacerdote" debe ser: a) Hombre; b) Representante de los hombres ante Dios y de Dios ante los hombres, mediador; c) Oferente de sacrificios y dones incruentos; d) Compasivo y misericordioso; e) Llamado por Dios al Sacerdocio.

Cristo, Sacerdote en razón de su naturaleza humana supeditada al Verbo, posee aventajadamente estas condiciones. Su "Compasión", es decir, su lote en el dolor humano, es el más rico, pues se ha solidarizado con todas nuestras miserias. Su "Mediación" Sacerdotal es la más eficiente. Perfectamente hombre nos representa ante el Padre; perfectamente Hijo de Dios no puede ser desoído del Padre. Es Mediador cualificado. Su "Sacrificio" es de eficacia redentora infinita, porque es el único Sacerdote que como Hostia se ofrece a Sí mismo. El Verbo Encarnado es Sacerdote en virtud ya de la encarnación (v 5). Le unge y consagra Sacerdote en su humana naturaleza el Verbo mismo cuando la asume personalmente. Y un decreto y juramento del Padre le da la investidura oficial (v 6). El Salmo 109 presenta a Melquisedec Rey y Sacerdote del Altísimo como el más logrado tipo del Mesías Rey Sacerdote.

-Por ser Cristo el Sumo y Único Sacerdote, su Sacerdocio es intransferible. El Sacerdote Cristo no tiene sucesores; sólo tiene vicarios o ministros. No se repite su Sacrificio; sólo se rememora, se actualiza, se aplica. "La ordenación sacerdotal capacita al presbítero para realizar actos que trascienden la eficacia natural y para obrar como en persona de Cristo Cabeza. Convierte al sacerdote en cauce necesario del Espíritu Santo y en instrumento de la gracia de Cristo" (Paulo VI: 30 11 69). Es propio y exclusivo de los presbíteros "obrar como en persona de Cristo Cabeza; ejercer el oficio de Cristo Pastor y Cabeza" (L. G. 38). Eso son los sacerdotes de Cristo: sus instrumentos, sus ministros y vicarios. Actúan in persona Christi. El Sumo Sacerdote Único: "El sacerdote en el altar representa a Jesucristo nuestro Señor, principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio" (Ávila).


Evangelio: Marcos 10, 46-52:
Es claro que en la curación de este cieguecito como en la que narra San Juan la intención de Jesús es enseñarnos que El es nuestra Luz:

Es aleccionador oír a este cieguecito que proclama a Jesús: Mesías Hijo de David. Con los ojos de la fe y con la valentía de la sinceridad ha visto y proclamado lo que los Jerarcas de Israel se resisten a ver y prohíben proclamar: "Ya habían declarado excomulgado de la Sinagoga a todo el que confesara que Jesús era el Mesías" (Jn 9, 22). Con esto los fariseos escogían las tinieblas. El ciego con su fe en Jesús entraba en la luz. La fe es "iluminación".

Jesús, movido a compasión, va a ocuparse del cieguecito que a gritos le invoca. Esta narración tan concisa de Marcos nos emociona con sólo leerla. Nos emociona el interés compasivo de Jesús: "Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo." Nos emociona la intuición de la multitud: " ¡Buen ánimo! ¡Levántate! ¡Te llama!" Nos emociona el diálogo entre el cieguecito y el Maestro. El Maestro, que es "Luz del mundo", a todos nos da gustoso su Luz y su Vida cuando le pedimos humildes: ¡Maestro, haz que yo vea!

Jesús, que siempre había rehuido las explosiones de entusiasmo mesiánico de las turbas, por el peligro de ganga política y nacionalista que lo enturbiaba, ahora, que va ya camino a Jerusalén a subir al trono de la Cruz, con lo que quedará a plena luz el sentido espiritual y redentor de su Mesianismo, acepta ser aclamado Mesías Hijo de David. La fe, y piedad cristiana guardarán en su repertorio esta bella jaculatoria del cieguecito: ¡Jesús, Hijo de David, apiádate de mí! La "Collecta" de la Misa de hoy la traduce en esta petición de sinceridad: Omnipotens sempiterne Deus, fac nos tibi semper et devotam gerere voluntatem, et majestati tuae sincero corde servire.
(José Ma. Solé Roma O.M.F .,"Ministros de la Palabra" , ciclo "B", Herder, Barcelona 1979).

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Comentarios Teológicos: Dr. D. Isidro Gomá - La curación del ciego Bartimeo Mc. 10, 46-52; Mt 20, 29-34


Explicación - Por la suma dificultad que ofrecen los dos textos son el objeto de este número a ser reducidos a una sola narra los insertamos íntegros, uno a continuación del otro. Insistimos en nuestra opinión expresada en el número 152: Los ciegos curados por Jesús en las inmediaciones de Jericó en su viaje a Jerusalén para la última Pascua, no nos parecen tres, ni uno, sino dos; narrado por Lucas, tal como se explicó en el citado número y el que aquí se refiere Marcos sobre Bartimeo. Podríamos decir tal que Mateo sobrepone las dos narraciones haciendo un solo relato de los dos hechos casi iguales, como agrupa a veces discursos o parábolas sin cuidar de la cronología, siguiendo su orden de redacción más sistemático que el de los demás Evangelistas. Aunque tampoco habría dificultad en que fueran dos y uno los ciegos curados en este caso a la salida de Jericó y que se fijara Marcos sólo en uno, Bartimeo, más conocido que el otro, quizá más ferviente discípulo de Jesús que el otro después de su curación. Tendríamos entonces un caso análogo al de la narración de los posesos de Gerasa (núm. 69). Por lo demás, como nota en este pasaje San Agustín, debe salvarse absolutamente la inspiración divina de ambos relatos, y dejar al secreto de las intenciones de Dios el que hallen en los Evangelios algunas oscuridades y dificultades orden histórico.

Por todo ello, siendo ambos relatos casi idénticos entre sí y con el de Lucas, salvadas las diferencias que notamos, sólo nos fijaremos en los matices distintos que nos ofrecen las narraciones de Marcos y Mateo, que son el argumento de este número.

Y fueron a Jericó según lo narrado ya en números preceden lo ocurrido en la entonces opulenta ciudad lo refiere (Lc. 19, 1) Y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, que hacían el mismo camino de Jerusalén con motivo de la Pascua, el hijo de Timeo, Bartimeo el ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Suponen algunos a Bartimeo muy conocido los cristianos de la primera generación, y que por ello le nombra el Evangelista; según San Agustín, Bartimeo habría venido a parar, después de una gran posición a la ceguera y a la mendicidad.

Otra particularidad presenta la narración de Mc. A las palabras de Jesús, que llama al ciego, los que antes le increpaban para callase, le transmiten la orden del Señor y se muestran atención compasivos con él. Llaman, pues, al ciego, y le dicen: Ten buen ánimo: confía, que te llama, y ello puede ser presagio de tu curación. Abrióse el pecho del ciego a la esperanza: El arrojó su capa, su manto, para correr más expedito, y, saltando, lo que demuestra ansias de mover a misericordia a Jesús, se fue a él. Al preguntarle Jesús qué quiere que le haga, le responde con la palabra "Rabboni" más respetuosa que la denominación de Señor, y que sólo se otra vez en los Evangelios (Ioh. 20, 16). Mateo añade que Jesús "compadecido de ellos", de los dos ciegos que dice curados al s de Jericó, "les tocó sus ojos", e inmediatamente vieron.

En los demás detalles convienen los tres Evangelistas.

Lecciones morales. - A) v. 46. - Bartimeo, el ciego, estaba sentado junto al camino... - Una de las significaciones que se atribuye a Timeo es la de "ciego": Bartimeo sería ciego de hecho, hijo de ciego por su nombre patronímico. ¿No es entonces adecua tipo de la humanidad, ya que todos somos ciegos e hijos de ciegos con la ceguera nativa de la ignorancia, de los errores de los prejuicios que sólo la luz del Hijo de Dios pudo disipar? ¡Venturosos ciegos los que, como el de Jericó, están sentados junto al camino de la vida, por donde pasan tantos viandantes que no son capaces de darnos la vista de la verdad, pero qué cuando pasa Jesús, Verdad substancial - para los ciegos que desean ver para siempre Jesús-, le llaman y le piden misericordia de la claridad espiritual! Jesús es la luz, que vino para que fuésemos hijos de la luz, que no quiere más que tocar nuestros ojos interiores para que veamos, pero que quiere que se lo pidamos. ¡Maestro mío, digámosle con Bartimeo, que se abran mis ojos! Si se abren ahora para la fe, los tendré abiertos para veros cara a cara en el cielo.

B) v. 48. -Y le reñían para que callase...- ¿Por qué le reñían? Llamaba a Jesús, Hijo de David, reconociéndole como Mesías; pedía la misericordia del Mesías, que es la forma más tangible, podríamos decir substancial, de la misericordia de Dios para con los hombres; y pedía la misericordia de la vista, de esta luz de los ojos, tan necesaria para la vida y de la que tan celosos estamos. No había de qué reñir al pobre ciego. Por esto Jesús sigue con él una conducta totalmente opuesta: se para ante él, le manda llamar, le pregunta con divina amabilidad lo que quiere, le toca los ojos, le cura, alaba su fe. ¡Cuántas veces lo que parece a los hombres una desviación, un error, una inconveniencia, es cosa laudabilísima ante Dios! Y ¡cómo debiéramos ponderar todos los elementos de juicio, que muchas veces no están en nuestra mano, antes de repudiar y re probar las obras de nuestros hermanos!

c) v. 49- Ten buen ánimo: levántate, que te llama. - La palabra de Jesús es reconfortante: nada es capaz de producir como ella la robustez, la agilidad, la resolución en el espíritu del hombre. Es la palabra de Dios, clara, que en un momento nos enseña la ruta que debemos seguir en nuestras oscuridades y vacilaciones; es la palabra de Dios, fuerte, a la que prestan acatamiento todas las pobres fuerzas de nuestra vida cuando quiere él llamarnos con eficacia, como rinde y troncha el aquilón los cedros del Líbano; es la palabra de Dios, íntima, que llega hasta el meollo del alma y que resuena, aunque no queramos, en las vastas concavidades de nuestro espíritu. ¡Oh, palabras de Jesús, que derribasteis a Saulo, que vencisteis a Agustín, que habéis obtenido los homenajes de las inteligencias más grandes y más rebeldes! Llamadme: mandad que me llamen en vuestro nombre vuestros heraldos, y sentiré reconfortarse mi espíritu, como el pobre Bartimeo, y me levantaré para venir a Vos.

D) v. 50 - El arrojó su capa, y, saltando, se fue a él. - Es el símbolo de lo que debemos hacer cuando nos llame Jesús, dice un interprete: no debemos dudar, ni diferir de día en día nuestra aproximación a Jesús, sino que, dejando de lado todo aquello que puede impedir o retardar nuestro acceso a él, hemos de correr a su encuentro presurosos; esta diligencia y abnegación facilitan la dispensación de las divinas misericordias que Jesús nos tiene siempre preparadas.
(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, 332 -335)


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Reflexión Teológica: Homilía del papa Benedicto XVI en la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos - Todos los hombres tenemos el derecho de conocer a Jesucristo.

Homilía del santo padre, leída en presencia de cerca de 330 concelebrantes, entre cardenales, representantes de las Iglesias orientales, arzobispos, obispos, presbíteros y diáconos, así como de cinco mil fieles que llenaron la Basílica domingo 28 octubre 2012.


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Venerables hermanos,
ilustres señores y señoras,
queridos hermanos y hermanas:
El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección. Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía «de Jericó con sus discípulos y bastante gente» (10, 46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa «hijo de Timeo», estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús.

Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn 9,39-41).

Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de él, responde: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho – al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13) – ha entrado en la tradición de la oración cristiana.
En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52).

San Agustín, en uno de sus escritos, hace una observación muy particular sobre la figura de Bartimeo, que puede resultar también interesante y significativa para nosotros. El Santo Obispo de Hipona reflexiona sobre el hecho de que Marcos, en este caso, indica el nombre no sólo de la persona que ha sido curada, sino también del padre, y concluye que «Bartimeo, hijo de Timeo, era un personaje que de una gran prosperidad cayó en la miseria, y que ésta condición suya de miseria debía ser conocida por todos y de dominio público, puesto que no era solamente un ciego, sino un mendigo sentado al borde del camino.

Por esta razón Marcos lo recuerda solamente a él, porque la recuperación de su vista hizo que ese milagro tuviera una resonancia tan grande como la fama de la desventura que le sucedió» (Concordancia de los evangelios, 2, 65, 125: PL 34, 1138). Hasta aquí san Agustín.

Esta interpretación, que ve a Bartimeo como una persona caída en la miseria desde una condición de «gran prosperidad», nos hace pensar; nos invita a reflexionar sobre el hecho de que hay riquezas preciosas para nuestra vida, y que no son materiales, que podemos perder. En esta perspectiva, Bartimeo podría ser la representación de cuantos viven en regiones de antigua evangelización, donde la luz de la fe se ha debilitado, y se han alejado de Dios, ya no lo consideran importante para la vida: personas que por eso han perdido una gran riqueza, han «caído en la miseria» desde una alta dignidad –no económica o de poder terreno, sino cristiana –, han perdido la orientación segura y sólida de la vida y se han convertido, con frecuencia inconscientemente, en mendigos del sentido de la existencia.
Son las numerosas personas que tienen necesidad de una nueva evangelización, es decir de un nuevo encuentro con Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1), que puede abrir nuevamente sus ojos y mostrarles el camino. Es significativo que, mientras concluimos la Asamblea sinodal sobre la nueva evangelización, la liturgia nos proponga el Evangelio de Bartimeo. Esta Palabra de Dios tiene algo que decirnos de modo particular a nosotros, que en estos días hemos reflexionado sobre la urgencia de anunciar nuevamente a Cristo allá donde la luz de la fe se ha debilitado, allá donde el fuego de Dios es como un rescoldo, que pide ser reavivado, para que sea llama viva que da luz y calor a toda la casa.

La nueva evangelización concierne toda la vida de la Iglesia. Ella se refiere, en primer lugar, a la pastoral ordinaria que debe estar más animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna. Deseo subrayar tres líneas pastorales que han surgido del Sínodo. La primera corresponde a los sacramentos de la iniciación cristiana. Se ha reafirmado la necesidad de acompañar con una catequesis adecuada la preparación al bautismo, a la confirmación y a la Eucaristía.

También se ha reiterado la importancia de la penitencia, sacramento de la misericordia de Dios. La llamada del Señor a la santidad, dirigida a todos los cristianos, pasa a través de este itinerario sacramental. En efecto, se ha repetido muchas veces que los verdaderos protagonistas de la nueva evangelización son los santos: ellos hablan un lenguaje comprensible para todos, con el ejemplo de la vida y con las obras de caridad.

En segundo lugar, la nueva evangelización está esencialmente conectada con la misión ad gentes. La Iglesia tiene la tarea de evangelizar, de anunciar el Mensaje de salvación a los hombres que aún no conocen a Jesucristo. En el transcurso de las reflexiones sinodales, se ha subrayado también que existen muchos lugares en África, Asía y Oceanía en donde los habitantes, muchas veces sin ser plenamente conscientes, esperan con gran expectativa el primer anuncio del Evangelio. Por tanto es necesario rezar al Espíritu Santo para que suscite en la Iglesia un renovado dinamismo misionero, cuyos protagonistas sean de modo especial los agentes pastorales y los fieles laicos.

La globalización ha causado un notable desplazamiento de poblaciones; por tanto el primer anuncio se impone también en los países de antigua evangelización. Todos los hombres tienen el derecho de conocer a Jesucristo y su Evangelio; y a esto corresponde el deber de los cristianos, de todos los cristianos – sacerdotes, religiosos y laicos -, de anunciar la Buena Noticia.

Un tercer aspecto tiene que ver con las personas bautizadas pero que no viven las exigencias del bautismo. Durante los trabajos sinodales se ha puesto de manifiesto que estas personas se encuentran en todos los continentes, especialmente en los países más secularizados. La Iglesia les dedica una atención particular, para que encuentren nuevamente a Jesucristo, vuelvan a descubrir el gozo de la fe y regresen a las prácticas religiosas en la comunidad de los fieles. Además de los métodos pastorales tradicionales, siempre válidos, la Iglesia intenta utilizar también métodos nuevos, usando asimismo nuevos lenguajes, apropiados a las diferentes culturas del mundo, proponiendo la verdad de Cristo con una actitud de diálogo y de amistad que tiene como fundamento a Dios que es Amor.

En varias partes del mundo, la Iglesia ya ha emprendido dicho camino de creatividad pastoral, para acercarse a las personas alejadas y en busca del sentido de la vida, de la felicidad y, en definitiva, de Dios. Recordamos algunas importantes misiones ciudadanas, el «Atrio de los gentiles», la Misión Continental, etcétera. Sin duda el Señor, Buen Pastor, bendecirá abundantemente dichos esfuerzos que provienen del celo por su Persona y su Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, Bartimeo, una vez recuperada la vista gracias a Jesús, se unió al grupo de los discípulos, entre los cuales seguramente había otros que, como él, habían sido curados por el Maestro. Así son los nuevos evangelizadores: personas que han tenido la experiencia de ser curados por Dios, mediante Jesucristo.

Y su característica es una alegría de corazón, que dice con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3). También nosotros hoy, nos dirigimos al Señor, Redemptor hominis y Lumen gentium, con gozoso agradecimiento, haciendo nuestra una oración de san Clemente de Alejandría: «Hasta ahora me he equivocado en la esperanza de encontrar a Dios, pero puesto que tú me iluminas, oh Señor, encuentro a Dios por medio de ti, y recibo al Padre de ti, me hago tu coheredero, porque no te has avergonzado de tenerme por hermano.

Cancelemos, pues, continúa san Clemente de Alejandría, cancelemos el olvido de la verdad, la ignorancia; y removiendo las tinieblas que nos impiden la vista como niebla en los ojos, contemplemos al verdadero Dios…; ya que una luz del cielo brilló sobre nosotros sepultados en las tinieblas y prisioneros de la sombra de muerte, [una luz] más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo» (Protrettico, 113, 2- 114,1). Amén.

 

 

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Comentario Teológico: Manuel de Tuya Curación del ciego Bartimeo. 10,46-52 (Mt 20,29-34; Lc 18,35-43) Cf. Comentario a Mt 20,29-34.

Mc difiere de Mt en que éste pone la curación de dos ciegos, y Mc de uno. Mc es el único que da el nombre de éste: Bartimeo, como su nombre indica, hijo de Timeo, acaso una traducción, detalla el ánimo que le da la gente cuando Cristo le llama, y cómo éste tira el manto y va corriendo a saltos hasta el Señor. También destaca el premio a la fe, aunque omite la forma imperiosa con que en Lc lo cura, o el tocarle los ojos, que pone Mt.

El llamarle "Hijo de David" es título mesiánico. A estas alturas ya se había corrido la creencia en el mesianismo de Cristo. Los tres sinópticos recogen esta aclamación.

Mt-Mc ponen que el milagro tiene lugar al "salir" Cristo de Jericó, Lc al "acercarse" Cristo a Jericó. Se han propuesto varias teorías, algunas inverosímiles o muy rebuscadas, para armonizar esto. Ni Mt ni Mc dan tampoco grandes precisiones: el ciego "estaba sentado junto al camino", sugiriendo que fuera de la ciudad, pues el ciego, curado, seguía a Cristo "por el camino", y la curación la pone a la "salida" de Jericó (Mc).
(Profesores de Salamanca, Manuel de Tuya, Biblia Comentada, B.A.C., Madrid, 1964, 702-703)



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Comentario Teológico: Giuseppe Ricciotti - El Ciego Bartimeo

Siguiendo el mencionado camino, Jesús llegó a Jericó. La aristocrática ciudad que era entonces Jericó constituía un verdadero lugar de delicias, en especial en invierno, ya que Herodes el Grande había desarrollado allí como en ningún otro sitio su pasión de gran constructor helenístico, imitándole después, aunque en menos escala, su hijo Arquelao.

Admirábanse en la población un anfiteatro, 'un hipódromo, una suntuosa mansión real totalmente reconstruida por Arquelao y amplías piscinas en que confluían las aguas de los contornos. Pero el emplazamiento de esta ciudad no coincidía con el de la antigua Jericó cananea, cuyas ruinas Se hallaban a unos dos kilómetros más al norte, junto a la fuente del Elíseo (A in es-sultan). Las execradas ruinas de la ciudad destruida por Josué habían permanecido mucho, tiempo deshabitadas, pero la vecindad de la preciosa fuente había, más adelante, hecho acudir gente y motivado la construcción de cierto número de viviendas, que en tiempos de Jesús equivalían a un suburbio de la Jericó contemporánea (v. Guerr. jud., IV, 459 y siguientes).

Así, pues, quien descendía desde el norte, como entonces Jesús, cruzaba primero aquel arrabal formado junto a la antigua Jericó y tras media hora escasa de camino entraba en la ciudad herodiana, erigida ante la embocadura del angosto valle (uadi el-Qelt) en el que se internaba el camino de Jerusalén. Al pasar Jesús por allí acaeció un hecho narrado con interesantes divergencias por los tres sinópticos (Mateo, 20, 20 y sigs.; Marcos, 46 y sigs.; Lucas, 18, 35 y sigs.).

Según Mateo y Marcos, el hecho sucedió después de salir Jesús de Jericó; según Lucas, cuando se acercaba. Además, el hecho, según Marcos y Lucas, consiste en la curación de un ciego, que en Marcos es llamado Bartimeo, hijo de Timeo". Por el contrario, según Mateo fueron dos los ciegos curados. La cuestión es antigua, y se han propuesto para ella varias soluciones, algunas poco o nada Fundadas. Una de las últimas admite que los ciegos fueran tres: uno a la entrada en Jericó y dos a la salida. La mejor solución parece ser la que tiene en cuenta la existencia de una doble Jericó, la antigua y la herodiana. Respecto a un caminante que hiciese el breve trayecto de la una a la otra, podía decirse lo mismo que salía de Jericó (la antigua), como que se acercaba a Jericó (la herodiana). En cuanto al número de ciegos curados, la divergencia no es nueva, puesto que ya la encontramos a propósito del energúmeno de Gerasa; quien, según Mateo, tenía también un compañero. En este caso es igualmente Mateo el que menciona dos ciegos anónimos. La divergencia se comprende bien si nos trasladamos mentalmente a aquellos tiempos. Ya hicimos notar que en Palestina los ciegos se unen a veces por parejas para prestarse mutua ayuda, y aquí el ciego más decidido de la pareja es como la personificación de los dos, mientras el otro permanece cual escondido a su sombra. Se tenía aquí la personificación representada por Bartimeo, pero el esmerado Mateo recuerda que esta personificación común estaba compuesta de dos individuos.

Bartimeo, pues, ayudado por su compañero menor, pedía limosna en el camino. Sintiendo por las pisadas que pasaba un numeroso grupo de gente, preguntó quiénes eran y se le contestó que pasaba Jesús el Nazareno, a quien sin duda Bartimeo conocía ya por la fama de sus milagros. Entonces ambos ciegos comenzaron a gritar: ¡Señor, hijo de David, ten piedad de nosotros! Los de la comitiva increpábanles para que callasen, pero los ciegos alzaban la voz cada vez más, porfiando en su súplica Jesús, oyéndoles, se paró y mandó que los acercasen a él. Los presentes llegáronse a Bartimeo, dirigiéndole palabras esperanzadoras: ¡Ánimo! Levántate. Te llama. El hombre, arrojando su manto, levantóse y, seguido de su compañero, se acercó a Jesús. Éste les preguntó: ¿Qué queréis que os haga? ¿Qué puede desear un ciego? Bartimeo respondió: Rabboní, que vea. Y los dos repitieron una vez y otra: Señor, que se abran nuestros ojos. Jesús dijo: Vete; tu fe te ha salvado. Esta era, en esencia, la misma contestación ya dada a los dos ciegos de Cafarnaúm. Una vez tocados sus ojos, los dos quedaron curados al instante y en seguida se unieron a la comitiva que seguía a Jesús.
(Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, Ed. Miracle, 3ª Ed., Barcelona, 1948, Pág. 547-549)




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Comentario Teológico: R. P. Raniero Cantalamessa OFMCap - Tomado de entre los hombres y constituido para los hombres

El sacerdote puede errar, pero los gestos que realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan por ello inválidos o ineficaces.


El pasaje del Evangelio relata la curación del ciego de Jericó, Bartimeo... Bartimeo es alguien que no deja escapar la ocasión. Oyó que pasaba Jesús, entendió que era la oportunidad de su vida y actuó con rapidez. La reacción de los presentes («le gritaban para que se callara») pone en evidencia la inconfesada pretensión de los «acomodados» de todos los tiempos: que la miseria permanezca oculta, que no se muestre, que no perturbe la vista y los sueños de quien está bien.

El término «ciego» se ha cargado de tantos sentidos negativos que es justo reservarlo, como se tiende a hacer hoy, a la ceguera moral de la ignorancia y de la insensibilidad. Bartimeo no es ciego; es sólo invidente. Con el corazón ve mejor que muchos otros de su entorno, porque tiene la fe y alimenta la esperanza. Más aún, es esta visión interior de la fe la que le ayuda a recuperar también la exterior de las cosas. «Tu fe te ha salvado», le dice Jesús.

Me detengo aquí en la explicación del Evangelio porque me apremia desarrollar un tema presente en la segunda lectura de este domingo, relativa a la figura y al papel del sacerdote. Del sacerdote se dice ante todo que es «tomado de entre los hombres». No es, por lo tanto, un ser desarraigado o caído del cielo, sino un ser humano que tiene a sus espaldas una familia y una historia como todos los demás. «Tomado de entre los hombres» significa también que el sacerdote está hecho de la misma pasta que cualquier otra criatura humana: con los deseos, los afectos, las luchas, las dudas y las debilidades de todos. La Escritura ve en esto un beneficio para los demás hombres, no un motivo de escándalo. De esta forma, de hecho, estará más preparado para tener compasión, estando también él revestido de debilidad.

Tomado de entre los hombres, el sacerdote es además «constituido para los hombres», esto es, devuelto a ellos, puesto a su servicio. Un servicio que afecta a la dimensión más profunda del hombre, su destino eterno. San Pablo resume el ministerio sacerdotal con una frase: «Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4,1). Esto no significa que el sacerdote se desinterese de las necesidades también humanas de la gente, sino que se ocupa también de éstas con un espíritu diferente al de los sociólogos o políticos. Frecuentemente la parroquia es el punto más fuerte de agregación, incluso social, en la vida de un pueblo o de un barrio.

La que hemos trazado es una visión positiva de la figura del sacerdote. No siempre, lo sabemos, es así. De vez en cuando las crónicas nos recuerdan que existe también otra realidad, hecha de debilidad e infidelidad... De ella la Iglesia no puede hacer más que pedir perdón. Pero hay una verdad que hay que recordar para cierto consuelo de la gente. Como hombre, el sacerdote puede errar, pero los gestos que realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan por ello inválidos o ineficaces. El pueblo no es privado de la gracia de Dios a causa de la indignidad del sacerdote. Es Cristo quien bautiza, celebra, perdona; el [sacerdote] es sólo el instrumento.

Me gusta recordar, al respecto, las palabras que pronuncia antes de morir el «cura rural» de Bernanos: «Todo es gracia». Hasta la miseria de su alcoholismo le parece gracia, porque le ha hecho más misericordioso hacia la gente. A Dios no le importa tanto que sus representantes en la tierra sean perfectos, cuanto que sean misericordiosos.



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Santos Padres: San Agustín - Jesucristo, médico del alma y del cuerpo

1. Cristo, Médico nuestro
—Sabéis como nosotros, hermanos míos, que nuestro Señor y Salvador Jesucristo es el médico de nuestra salud eterna, y que tomó nuestra enferma naturaleza para que nuestra enfermedad no fuera sempiterna. Porque asumió un cuerpo mortal para en él matar la muerte. Y aunque crucificado en nuestra enfermedad, como dice el Apóstol, vive por la virtud de Dios. Del mismo Apóstol son, además, estas palabras: Ya no muere ni está sujeto a la muerte. Todo esto bien notorio es para vuestra fe, pero debemos también saber que todos los milagros que obró en los cuerpos tienen por blanco hacernos llegar a lo que ni pasa ni tendrá fin. Devolvió a los ciegos los ojos que había de cerrar la muerte; resucitó a Lázaro, el cual morirá por segunda vez. Todo lo que hizo en beneficio de los cuerpos no lo hizo para hacerlos inmortales, bien que al mismo cuerpo le habrá de dar en el fin una eterna salud; mas, como no eran creídas las maravillas invisibles, quiso por medio de acciones visibles y temporales levantar la fe hacia las cosas que no se ven.

2. Elogio de la fe actual de la Iglesia
—Nadie, pues, hermanos, diga que ahora ya no hace nuestro Señor Jesucristo los milagros que antes; por donde los primeros tiempos de la Iglesia fueron mejores que los actuales. Pues en cierto lugar el mismo Señor pone a los que creen sin ver sobre los que creyeron porque vieron. La fe de los discípulos era por entonces en tal modo vacilante, que, aun viendo resucitado a su Maestro, no dieron crédito a sus ojos, antes necesitaron palparle. No los llenaba el verle con los ojos sin acercar a sus miembros las manos y tocar las cicatrices de las recientes llagas; y cuando sus manos le cercioraron de la realidad de las llagas, el discípulo incrédulo exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Quedaron las cicatrices como testimonio del que había sanado todas las llagas en otros. Sin duda podía el Señor resucitar sin cicatrices, pero conocía las llagas abiertas en el corazón de los discípulos, y conservó las de su cuerpo para sanarlos. ¿Qué dijo el Señor al discípulo que, reconociéndole por su Dios, exclamó: Señor mío y Dios mío? Creíste porque me haz visto; bienaventurados los que no ven y creen. ¿A quién se refiere sino a nosotros, hermanos? Y no solamente a nosotros, sino a todos los que vengan detrás de nosotros. Porque no mucho después, habiéndose alejado de sus ojos mortales para fortalecer la fe de sus corazones, cuantos en adelante creyeron en él creyeron sin verle, y su fe tuvo gran mérito, porque para conquistarla no usaron del tocamiento de las manos, sino del acercamiento de su piadoso corazón.

3. Grandes milagros que hace Cristo ahora
Las obras milagrosas del Señor eran, pues, un convite a la fe, y esta fe se conserva en la Iglesia, extendida por todo el mundo, y obra hoy curaciones más grandes, para obtener las cuales no se desdeñó él de hacer aquellas menores; porque tanto la salud del alma lleva ventaja a la del cuerpo cuando éste desmerece de aquélla. Si los ciegos no abren ahora los ojos bajo la mano del Señor, ¡cuántos corazones no menos ciegos los abren a su palabra! Ahora no resucita a un cadáver, pero resucita el alma que yacía muerta en un cadáver vivo; ahora no se abren los oídos sordos del cuerpo, pero ¡cuántos corazones se han abierto a la acción penetrante de la palabra de Dios y pasan de la incredulidad a la fe, de una vida desordenada a un honesto vivir y de la rebeldía a la sumisión! He ahí, nos decimos, uno que vino a la fe, y nos pasmarnos porque conocíamos su dureza. Mas ¿por qué te maravillas de su fe, de su inocencia y fidelidad a Dios, sino porque ves ha recobrado la vista el ciego, y la vida el muerto, y el oído el que sabías era sordo? Porque hay otro género de muertos, de los cuales habló el Señor, cuando a un joven que difería seguirle con el fin de enterrar a su padre, le dijo: Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Cierto que los muertos no pueden ser sepultureros de un muerto corporal, pues ¿cómo puede un cadáver enterrar a otro cadáver?; pero llámalos muertos y es fuerza lo sean en el alma; porque, según a menudo vernos muerto al dueño de la casa sin que la morada sufra detrimento, así también muchos llevan muerta el alma dentro de un cuerpo sano; y a éstos quiérelos despertar el Apóstol diciendo: Levántate tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará. El que ilumina al ciego y resucita al muerto es el mimo cuya voz clama: Levántate tú que duermes. El ciego será iluminado cuando resucite. ¿A cuántos sordos veía el Señor delante cuando dijo: El que tenga oídos para oír, que oiga? ¿Quién de los que allí estaban carecía del órgano del oído? Luego, ¿qué oídos pedía, sino los espirituales?

4. El ojo con que se ve a Dios
—Y ¿de qué ojos hablaba, dirigiéndose a hombres no corporalmente ciegos? Habiéndole dicho Felipe: Muéstranos, Señor, al Padre y nos basta, bien entendía que la vista del Padre podía bastarle; mas ¿podría bastar el Padre a quien no le bastaba el Igual al Padre? ¿Por qué? Porque no le veía. Y ¿por qué no le veía? Porque no estaba sano todavía el ojo por donde podía ser visto. Felipe veía en la humanidad del Señor lo que se mostraba a los ojos del cuerpo, lo cual veíanlo no solamente los fieles discípulos, sino también los judíos que le crucificaron. Pero Jesús podía ser visto de otra manera; de ahí el demandar otros ojos. Y por eso al que le dijo: Muéstranos el Padre, y tendremos bastante, le contestó: ¿Tanto tiempo como hace que estoy con vosotros, aún no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a Mí, ve también a mi Padre. A fin de sanarle los ojos de la fe, llámale hacia la fe para que pueda llegar a la visión; y para que no se imaginara Felipe que hay en Dios la misma figura corporal de Jesucristo nuestro Señor, añadió: ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Acababa de decir: Quien a Mí me ve, ve a mi Padre; mas los ojos de Felipe aun no estaban acomodados para ver al Padre, ni, por ende, para ver al Hijo, igual al Padre; y de ahí que, hallándose aún tierna la vista de su alma e incapaz de fijarse en tan viva luz, se pro­puso el Señor curarle y fortalecerle con el colirio y fomentos da la fe; y por eso le pregunta: ¿No crees que yo estoy en el Pa­dre y que el Padre está en mí? Así, pues, quien todavía no pueda ver lo que ha el Señor de mostrar al descubierto, en vez de buscar antes ver que creer, debe creer primero para sanar el ojo con que vea. A los ojos serviles mostrábaseles no más la naturaleza de siervo; igual a Dios sin haberlo usurpado, si hu­biera podido ser visto en lo que tiene de igual al Padre—en su misma igualdad—por los hombres, que vino a curar, ¿qué nece­sidad tenía de anonadarse a sí mismo tomando la naturaleza da esclavo? Pero, no habiendo modo de que fuese Dios visto—y habiéndolo de que fuera visto el hombre—, hízose hombre quien era Dios, para que lo que se veía en él nos dispusiera para ver lo que en él no se veía. Y así dice en otro lugar: Bienaventura­dos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Felipe, ciertamente, podía responder: Señor, estoy cierto de que te veo, ¿Es el Padre como lo que veo en ti?; porque nos dijiste: Quien me ve a mí, ve también a mi Padre. Antes de responder esto Felipe, tal vez antes de pensarlo, añadió Jesús: ¿No crees que estoy yo en el Padre y que está el Padre en mí? El ojo interior del discípulo no podía ver aún ni al Padre ni al Hijo, igual al Padre, y así, por que pudiera ver, era necesario lavárselo con el agua de la fe. Por donde, para que puedas ver algún día lo que hoy no puedes, cree lo que todavía no ves. Anda por el camino de la fe para llegar a la clara vista; porque, si la fe nos sostiene en el camino, la clara vista no será nuestra dicha en la patria, o como dice el Apóstol: Mientras vivamos en cuerpo, somos peregrinos de Dios; y para mostrarnos por qué somos peregrinos, aunque ya creemos, añade: Andamos por la fe y no en la realidad.

5. Nuestro único empeño en esta vida
—Así, pues, hermanos míos, todo nuestro empeño en esta vida ha de consistir sanar el ojo del corazón para ver a Dios. Ese fin tiene la celebración de los santos misterios, la predicación de la palabra divina, las amonestaciones morales de la Iglesia, o digamos, las que se proponen la enmienda de las costumbres y concupiscencias carnales y la renuncia, no sólo de palabra, sino de obra también, a este siglo; y el blanco de las divinas letras no es otro que purificar el interior de cuanto nos impide la vista de Dios. El ojo, hecho para ver esta luz corpórea, aunque celeste sin duda, pero material y sensible, no es peculiar del hombre; se ha concedido también a los más viles animales; y con estar hecho para eso, cuando algo entra en él se oscurece y queda privado de esta luz, y aunque ella le envuelve por doquier, el ojo la rehúye o tiene que privarse de ella; y no sólo le es extraña a luz, sino que le atormenta, bien que haya sido criado para verla; así el ojo del corazón, cuando está herido y oscurecido, él mismo se aparta de la luz de la justicia y no se atreve a contemplarla, ni puede hacerlo.

6. Agentes perturbadores del ojo del corazón
— ¿Que turba el ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la injusticia, el amor del siglo; esto es lo que turba, lo que cierra, lo que ciega el ojo del corazón. Ahora bien, cuando se lastima un ojo del cuerpo, es de ver la presteza con que se le avisa al médico para que nos lo abra, lo limpie y lo cure, y podamos ver la luz. No hay dilación ni sosiego, antes se corre a llamarle para que nos saque la pajita que se nos ha caído dentro. Pues aunque ese sol que deseamos gozar con ojos sanos lo hizo Dios, mucho más brillante es quien lo hizo; pero su esplendor, destinado a los ojos del alma, no es de la misma naturaleza que el sol; esta divina luz es la eterna Sabiduría. ¡Oh hombre! Dios te ha hecho a su imagen y, habiéndote dado con qué ver el sol que hizo, ¿te habrá negado con qué verle a él, que te hizo, y esto a su imagen y semejanza? No lo dudes; él te ha dado unos y otros ojos; sin embargo, tanto como amas los ojos exteriores, otro tanto descuidas el interior, que llevas averiado y ciego; y es para ti un sufrimiento el que tu Criador quiera mostrársete; un sufrimiento, sí, para tu ojo antes de ser curado y sanado. Pecó Adán en el paraíso, y escondióse de la cara de Dios. Cuando tenía el corazón y la conciencia puros, gozábase de la presencia divina; mas, en cuanto el pecado lastimó su ojo interior, co­menzó a espantarle la divina luz y se acogió a las tinieblas y a las espesuras del bosque, huyendo de la Verdad y apeteciendo las sombras.

7. Experiencia ejemplar de Cristo
—En resolución, hermanos míos; puesto que descendemos de él, y, come dice el Apóstol, Todos mueren en Adán, pues todos venimos de estos primeros padres, si hemos rehusado someternos al Médico para enfermar, obedezcámosle para librarnos de la enfermedad. Cuando estábamos sanos, nos dio prescripciones el Médico para que no lo necesitásemos, No son los sanos, dice, los que necesi­tan de médico, sino los enfermos. Cuando sanos, no le obedecimos, y bien a nuestra costa hemos aprendido cuánto mal nos trajo el menosprecio de aquel mandato. Ahora, pues, estamos en­fermos desde el principio, sufrimos, yacemos en el lecho del dolor; mas no desesperemos. No pudiendo nosotros ir al Médico, el Médico se ha dignado venir a nosotros. No abandonó al enfermo el que fue despreciado por el enfermo antes de enfermar, ni ha cesado de dar otras prescripciones a quien rehusó las primeras, para que no enfermase. Como si le dijera: "Ya sabes por experiencia con cuánta verdad te dije: No toques esto. Sana ya y vuelve a la vida. Yo cargo sobre mí tu enfermedad; toma esta copa; es amarga, pero tú fuiste quien te hiciste penosos aquellos preceptos míos, tan dulces cuando yo los di y tenías tú salud. Habiéndoles tenido en poco, empezaste a enferma­r, y ahora no puedes sanar si no bebes el cáliz amargo de tentaciones en que abunda esta vida, el cáliz de las tribulaciones, de las angustias, de los dolores. Bebe, dice, bebe para cobrar la vida". Y por que no le respondiera el enfermo: "No puedo, no lo tolero, no bebo", bebió primero el médico sano, para que sin vacilación bebiese también el enfermo. Porque ¿hubo amargura en aquel cáliz que el Médico no bebiera? ¿Ultrajes? El antes, cuando arrojaba los demonios, oyó decirle: Está endemoniado, y: En nombre de Belcebú echa los demonios. De donde, para consuelo de los enfermos, dice: Si han dicho del Padre de familias que era Belcebú, ¿cuánto más no lo dirán de los domésticos? Si son amargos los dolores, él fue atado, y azotado, y crucificado. Si es amarga la muerte, también murió Él. Si el enfermo se estremece ante la muerte, nada había entonces de más ignominioso que cierto género particular de muerte: la muerte de cruz; y no sin motivo, para encarecer su obediencia, dijo el Apóstol: Hízose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz
(SAN AGUSTÍN, Sermón 88, Ed. BAC, T VII. Madrid, 1964, pp. 200-208)

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Santos Padres: San Juan Crisóstomo - Los dos ciegos de Jericó

1. Mirad desde dónde se dirige a Jerusalén y dónde había pasado antes el tiempo. Es un punto, a mi parecer, muy digno de averiguarse. ¿Y por qué anteriormente no fue desde allí a Galilea sino pasando por Samaria? Mas esto lo dejaremos para los curiosos de saber, y el que quiera puntualmente investigarlo, en Juan hallará que se explica muy bien y allí pone el evangelista la causa. Nosotros atengámonos a nuestro propósito y escuchemos a estos ciegos, mejores indudablemente que muchos que gozan de buena vista. Porque fue así que, sin guía que los llevara al Señor y sin poderle ver cuando lo tenían delante, ellos se empeñaron en llegar hasta Él y empezaron a gritar a voz en cuello, Y cuando se les mandaba callar, ellos levantaban más la voz. Tal es, en efecto, un alma constante: las mismas dificultades la exaltan. Cristo, por su parte, consintió que se les mandara callar, a fin de que así apareciera mejor su fervor y vieran todos que eran dignos de la curación. De ahí que ni siquiera les pregunta si tienen fe, como solía hacer otras veces, pues sus gritos y su romper por entre la gente ponían bien de manifiesto su fe a los ojos de todos. Aprende de ahí, carísimo, que, por despreciables y desechados que seamos, si con fervor nos acercamos a Dios, aun por nosotros mismos podremos alcanzar cuanto le pidamos. Mira, si no, cómo estos ciegos, sin tener por abogado a ningún apóstol, teniendo más bien a muchos que les mandaban callar, lograron superar todas las dificultades y llegar a la presencia de Jesús mismo. Realmente, el evangelista no atestigua que por su vida tuvieran estos ciegos motivo especial de confianza con el Señor, Todo lo suplió su fervor, Buen modelo para nuestra imitación. Aun cuando Dios dilate el escucharnos, aun cuando hubiere muchos que traten de apartarnos de orar, no abandonemos nosotros la oración, pues así señaladamente nos atraemos a Dios. Mira, si no, cómo en el caso presente ni la pobreza, ni la ceguera, ni que el Señor no los oyera, ni las reprensiones de la gente; ni otra cosa alguna pudo contener impetuoso fervor de estos ciegos. Tal es por naturaleza el alma ardiente y esforzada. ¿Qué hace, pues, Cristo? Llámalos a sí y les dice ¿Qué queréis que haga con vosotros? Y ellos le responden: Señor; que se abran nuestros ojos. ¿Por qué les pregunta el Señor? Para que nadie pensara que querían ellos una cosa y Él les daba otra. Y es que el Señor tiene siempre costumbre de poner antes patente y descubrir a todos la virtud de los que va a curar, y sólo entonces realiza la curación. Lo uno, para mover a los otros a que los imiten; y luego por que vean todos que merecen la gracia les hace. Así por lo menos lo hizo con la mujer cananea, así con el centurión, así con la hemorroisa: o, mejor dicho; esta admirable mujer se adelantó a la pregunta del Señor. Y, sin embargo, tampoco a ésta la pasó de largo, sino que, aun después de la curación, la descubrió, a todos. Así se ve el interés que tenía siempre el Señor en proclamar los méritos de quienes se acercaban a Él. Que es puntualmente lo que aquí hace. Seguidamente, ya que le habían dicho que querían, movido a compasión, los tocó. Porque ésta-la compasión- es la causa única de a curación; la misma, por cierto, por la que vino al mundo. Sin embargo, aun cuando todo era compasión y gracia, Él busca a los son dignos. Y que estos ciegos eran dignos de la curación, bien lo mostraron, primero por sus gritos y porque, después de recibida la gracia, no se apartaran del Señor, que es lo que hacen muchos, ingratos después de recibir los beneficios. No así estos ciegos. Ellos antes de la dádiva se muestran constantes, y después de la dádiva, agradecidos, pues fueron siguiendo al Señor.
(San Juan Crisóstomo, Homilía 66, Obras de San Juan Crisóstomo, tomo II, B.A.C., Madrid, 1956, 354-357)




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Aplicación: R.P. Lic. Ervens Mengelle, I.V.E. - La Fe

Subiendo Jesús a Jerusalén para enfrentar su Pasión, en la última etapa de viaje, es decir, desde Jericó hacia la ciudad santa, realiza este milagro que acabamos de oír. “Nuestro Redentor, previendo que los ánimos de sus discípulos se turbarían a causa de su Pasión, les predijo con mucha anticipación sea el desgarramiento de la Pasión que la gloria de su Resurrección, para que, viéndolo morir, tal como había sido predicho, no dudasen que también había de resucitar. Y dado que los discípulos todavía eran carnales y totalmente incapaces de comprender las palabras del misterio, el Señor realizó un milagro. Delante de sus ojos, un ciego adquirió nuevamente la vista, para que aquellos que no entendían las palabras de los misterios celestes, por medio de hechos celestes fuesen consolidados en la fe. Sin embargo, queridísimos hermanos, los milagros del Señor y Salvador nuestro deben ser considerados de tal modo que se llegue a creer no sólo que realmente sucedieron, sino que quieren además enseñarnos algo con su simbolismo... El ciego es símbolo de todo el género humano, expulsado del Paraíso terrestre en la persona del primer padre Adán. Desde entonces, los hombres no ven más el esplendor de la luz superior, y padecen las aflicciones de su condena. Y no menos la humanidad es iluminada por la presencia de su Salvador, de tal modo que puede ver –al menos en el deseo- el gozo de la luz interior, y dirigir así los pasos de las buenas obras en el camino de la vida” (San Gregorio M, Hom in Ev. 2,1; PL 76, 1081-1086). ¿Qué nos enseña el evangelio con este milagro? “El ciego Bartimeo es un ejemplo de fe viva y actuante... Estas son las cualidades del acto de fe: primero preguntó sumisamente; después averiguó diligentemente; después confesó abiertamente; después obró valientemente. Y así obtuvo lo que pidió: Señor, que yo vea.” (P. L. Castellani, El ev. de Jesucristo, Dom. de Quincuagésima).

Aproximándonos al final de este año litúrgico en el que, siguiendo el evangelio, hemos profundizado el misterio de Jesús, san Marcos nos pone este ejemplo para enseñarnos cómo hemos de obrar nosotros: “la fe es la primera disposición de quien quiere seguir a Cristo; debe ser la disposición inicial del alma delante del Verbo Encarnado” (B. Columba Marmion, Jesucristo, ideal del monje, cap. “Esta es nuestra victoria...”)


1. La fe
a) “La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado” (150).

- “En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que Él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura” (150).

- La libertad de la fe: “El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe... Cristo invitó a la fe y a la conversión. Él no forzó jamás a nadie.” (160).

Estos dos elementos fundamentales del acto de fe aparecen claramente en el episodio del ciego Bartimeo. La firme adhesión se ve en la manera de actuar, que no se deja amedrentar por los que lo quieren hacer callar. Y en sentido espiritual, enseña san Gregorio que no se deja atemorizar de sus propios pecados: “Muchas veces, cuando queremos convertirnos a Dios después de haber cometido algunos pecados, cuando deseamos alcanzar el perdón de nuestras faltas, se presenta ante nuestra vida el recuerdo de los pecados que cometimos, ofuscan éstos la claridad de nuestro entendimiento, abaten nuestro ánimo y apagan la voz de nuestra oración. Los que iban delante le increpaban para que callase; porque antes que Jesús venga a nosotros, nuestros pecados antiguos, amontonándose con sus imágenes en nuestro interior, nos perturban la oración...” (íd. 3). Vemos que la firmeza de su adhesión le hizo superar los obstáculos externos e internos.

La libertad se ve en que el ciego acude voluntariamente a la invitación que le hace Cristo.

b) Es que “para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que Él ha enviado... El Señor mismo dice a sus discípulos: Creed en Dios, creed también en mí (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne...” (151). En el caso del ciego, este paso ya estaba dado, como se ve por la forma en que se dirige a Jesús. Pero al mismo tiempo exterioriza esa disposición interior acudiendo prontamente al llamado de Cristo: el arrojó su manto y saltando se acercó a Jesús (v.50). Se trata de dos gestos significativos de Bartimeo: 1) arroja la túnica. Para un pobre eso es la única riqueza y al mismo tiempo la cosa más necesaria. “Es la ‘casa’ que repara del frío (cf. Ex 22,25s; Dt 24,10-13.17) y representa todo el ‘mundo’ de Bartimeo”. Pero ahora le obstaculizaría en su corrida hacia Jesús; por ello se libera, repitiendo el acto de los primeros llamados: dejar todo para seguir al Maestro (cf. Mc 1,18-20; 10,28). 2) Se levanta de un salto: la respuesta al llamado es inmediata y gozosa, como el inmediatamente que caracteriza la obediencia del verdadero discípulo (cf. Mc 1,18).

Reitera la actitud de los primeros discípulos en seguir a Cristo, pero ahora ante el misterio pascual.


2. La acción interna del Espíritu Santo
Ahora, toda esta acción que realiza el ciego, no sería posible si no fuese Dios mismo quien nos auxiliase. En efecto, ¿cómo llegó el ciego a comprender quién y qué era Jesús? Por la acción interna de Dios: “No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino bajo la acción del Espíritu Santo (1Co 12,3)” (152). Es, por tanto, doble la acción, primero de Dios y luego del hombre:

- La acción de Dios: “La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (153).

- La respuesta del hombre: “Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas... En la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina ‘creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia’” (154-155). Por eso Cristo le dice al ciego: tu fe te ha salvado. Cristo subraya el elemento humano, porque es el que puede fallar. De parte de Dios ya sabemos que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y hay que notar que dice salvado y no “curado”, enseñando cuál es el sentido profundo de lo que sucede: “quedó curado de cuerpo y alma” (san Grez. M.)

3. Necesidad y perseverancia
El milagro recibido por el ciego, tanto en su cuerpo como en su alma, sólo fue posible por su fe en Cristo, indicio de la necesidad que hay de creer en Él: “Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación... nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que haya perseverado en ella hasta el fin, obtendrá la vida eterna” (161).

Al mismo tiempo, el ejemplo del ciego que luchó hasta alcanzar lo que buscaba, nos enseña a no dejar de combatir: “la fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; san Pablo advierte de ello a Timoteo: combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe (1Tim 1,18-19)” (162). Pero el ciego hizo más, ya que una vez curado de su ceguera y convertido en discípulo de Jesús por la fe, hizo lo que correspondía, siguió a Jesús por el camino: “Ve y sigue el que realiza el bien que ha conocido; ve, pero no sigue quien de modo semejante conoce el bien, pero desprecia el hacerlo... Observemos donde el Señor se dirige y, con la imitación, sigamos las huellas. En efecto, sigue a Jesús sólo quien lo imita...” (san Gregorio M.; íd 8). Obrando de este modo, alcanzaremos la victoria: Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1Jn 5,4-5).

4. Conclusión
En síntesis, el ciego de Jericó es ejemplo para nosotros: antes ciego, luego ve; antes sentado, después en movimiento; antes al costado del camino, después en el camino sube con Jesús hacia Jerusalén, hacia la Ciudad Santa, imagen de la Jerusalén celestial. “La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios cara a cara... Ahora, sin embargo, caminamos en la fe y no en la visión... La fe es vivida con frecuencia en la oscuridad”. Y, advierte el catecismo, “la fe puede ser puesta a prueba... las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de las muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, esperando contra toda esperanza (Ro 4,18); la Virgen María que ‘en la peregrinación de la fe’, llegó hasta la ‘noche de la fe’ participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro...” (163-165).
(MENGELLE, E., Jesucristo, Misterio y Mysteria , IVE Press, Nueva York, 2008. Todos los derechos reservados)



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Aplicación: José M. Bover, S.J - Los ciegos de Jericó. Mt 20, 29-34. (Mc. 10, 46-52; Lc. 18, 35-43).

49 Y al salir ellos de Jericó le siguió un gran gentío. 30 Y he aquí que dos ciegos, sentados junto al camino, en oyendo decir que Jesús pasaba por allí, se pusieron a gritar diciendo:
-Señor, ten piedad de nosotros, hijo de David.
31 Pero la gente les increpaba diciéndoles que callasen. Mas ellos gritaron más diciendo:
--Señor, ten piedad de nosotros, hijo de David.
32 Y deteniéndose Jesús llamólos y dijo:
- queréis haga con vosotros?
33 Dícenle:
-Señor, que se abran nuestros ojos.
34 Compadecido Jesús tocó sus ojos. Y al punto recobra ron la vista, y le siguieron.

30 "Dos ciegos " : en la primitiva catequesis oral, conservada en San Marcos y en San Lucas, se mencionaba un solo ciego, llamado Bartimeo; pero San Mateo, testigo presencial del hecho, completa la noticia diciendo que en compañía de Bartimeo andaba otro ciego, que fue también curado por el Señor.

31 digna de consideración la diferente manera como reaccionan ante los gritos de los ciegos la gente y Jesús. La gente, fastidiada de tanto grito, "les increpaba diciéndoles que callasen". Jesús, en cambio, se detiene, los llama, se pone a su disposición y, "compadecido", accede a su demanda.

La singular belleza de este milagro invita a considerar su dramatismo, su trascendencia y su simbolismo.

La fuerza propulsora del movimiento dramático es la oración de los ciegos. Están junto a Jericó, sentados, mendigando. De pronto por el vocerío que oyen se enteran de que pasa por allí un gran gentío. ¿Qué será?, preguntan; y oyen que pasa por allí Jesús de Nazaret. Ninguno de los Evangelistas indica que los ciegos preguntasen quién fuese Jesús. Sin duda le conocían de nombre, y sabían que había curado muchos ciegos. La conciencia de la propia desgracia y la esperanza de remediarla se tradujeron en una oración clamorosa, oración a gritos: "Señor, apiádate de nosotros, Hijo de David " . Se ha iniciado la acción dramática; pero luego le salen al paso los obstáculos. La turba se enfada de tanto grito, y manda a los ciegos que se callen. ¿Se acobardarán? Todo lo contrario.

Al chocar con los obstáculos la oración se hace más clamorosa. ¿La oirá aquél a quien va dirigida? ¿La escuchará? Ahí está el nudo. Pero comienza el desenlace. Jesús ha oído los gritos de los ciegos, se detiene, los llama. En la turba el enfado de antes se trueca en interés por los ciegos y también en expectación de un milagro que se presiente llegan los ciegos a la presencia de Jesús: la desgracia humana ante la pialad divina. La pregunta de Jesús en la corteza es delicadamente ambigua: " ¿Qué queréis de mí?" Podría significar, no sin enfado: "Pero ¿a qué vienen tantos gritos? ¿Qué de seáis de mí?" Pero en realidad significaba otra cosa muy diferente: "Aquí me tenéis: estoy a vuestra disposición, para hacer lo que deseáis". La oración ha comenzado a hacer su efecto: virtualmente ha alcanzado su objeto, que sólo falta precisar o concretar. Eso hace la respuesta de los ciegos: "Señor, ¡ver! ". ¿Qué otra cosa podían pedir unos ciegos? Esta angustiosa petición conmovió a Jesús: nuevo triunfo de la oración, con mover el Corazón de Jesús. Conmovido Jesús, blanda y amorosamente puso sus manos sobre los ojos de los ciegos; naturalmente, la derecha sobre el uno, la izquierda sobre el otro. ¡Qué emoción sentirían los pobres ciegos! ¡Y qué expectación toda la turba, que atentamente miraba! Y Jesús, con las manos sobre los ojos, de los ciegos, les dijo: "Ved: vuestra fe os ha salvado". Y al instante vieron: y sus ojos abiertos cruzaron sus primeras miradas con la dulce mirada de los ojos de Jesús. Y dejando su puesto y oficio de mendigos, siguieron a Jesús, glorificando a Dios.

La oración de los ciegos, si es la fuerza propulsora del dramatismo, es también una gran lección, en que se concentra toda la significación y trascendencia del hecho: lección, no especulativa y abstracta, sino concreta y viviente. Para poner de relieve esta lección bastará un sencillo análisis psicológico de la oración de los ciegos.

La base de todo y el punto de arranque del proceso de la oración, la conciencia y como la sensación viva de la propia desgracia y miseria. La desgracia sentida hará nacer el deseo ardiente de verla remediada. A más viva sensación más vivo deseo. Pero este deseo podría estrellarse en la imposibilidad del remedio. Si no se ve la posibilidad del remedio, los más ardientes deseos o se extinguen o se convierten en amarga desesperación. Y entonces no hay oración. Pero no toda posibilidad del remedio lleva a la oración. No habrían los ciegos recurrido a ella, si por sí mismos, por sus propios recursos o industrias hubieran podido curar su ceguera. La posibilidad de curarla se hallaba en otro, en Jesús, que podía, si quería, curarla, y era tan bueno y compasivo, que, si se le pedía humildemente, querría sin duda. Esta doble persuasión, esta doble fe de los ciegos en el poder y en la bondad de Jesús, fue el principio inmediato de su oración, el impulso decisivo que les hizo prorrumpir en su oración clamorosa. Conciencia de la propia indigencia, deseos de remediarla, convicción de la propia impotencia, fe ciega en el poder y en la bondad de Jesús: tales fueron los factores que determinaron la oración de los ciegos y le dieron su eficacia irresistible. Semejante oración tiene un solo objetivo: mover la voluntad omnipotente y misericordiosa de Jesús a que quiera poner remedio a nuestra indigencia. Y a esta oración de la fe Jesús jamás se resiste. Podrá diferir un tiempo el acceder a las súplicas; pero a estas dilaciones divinas responde la oración, como en los ciegos, con la constancia o insistencia y con la intensificación de la oración. Y, si es constante, la oración acaba por triunfar de las resistencias divinas, como triunfó naturalmente la oración de los ciegos. Un pormenor interesante ofrece esta oración, que no debe desperdiciarse. Los ciegos repiten dos veces, mejor, repetirían innumerables veces, la misma fórmula de oración. Esto quiere decir que la repetición de las mismas fórmulas, siempre que no sea rutinaria, no obsta al fervor y a la eficacia de la oración. Cincuenta veces se puede repetir la misma fórmula; pero si esta repetición nace siempre de la misma conciencia de la propia miseria e impotencia, lejos de entibiarla, enardece la oración. También el mismo Maestro en Getsemaní repitió muchas veces la misma fórmula de oración, y no por rutina.

Son, por tanto muy evangélicas las repeticiones litúrgicas de una misma oración, las letanías, el Rosario.

Otras significaciones, transcendentes encierra la curación de los ciegos. En ella resaltan, como generalmente en los milagros de Jesús, el poder de sus manos y la bondad inagotable de su Corazón. Pero semejante significación basta haberla apuntado. Otra significación más particular conviene recoger: el simbolismo del hecho. Estos ciegos son un símbolo viviente del hombre miserablemente ciego, espiritualmente ciego. Sentado junto al camino, mendigando satisfacciones pasajeras, tiene los ojos cerrados a las grandes realidades del mundo sobrenatural. Y no es lo peor su ceguera: lo peor es no tener conciencia de ella, no sentirla vivamente como una enorme desgracia. Muchos, ilusionados con los fuegos fatuos de la ciencia mundana o de la prudencia de la carne, repiten aquello de los fariseos "¿Por ventura también nosotros somos ciegos?" (Jn. 9, 40) ¡ Miserables ciegos que no conocen su ceguera! Y por esto desahuciados. ¡Ojalá que los ciegos de Jericó, que por su ceguera son símbolo del hombre ciego, lo sean también por la conciencia de su desgracia, por la fe y la clamorosa oración! Entonces el simbolismo de pesimista se trocará en optimista, los ciegos de Jericó simbolizarán al hombre, que, conocedor de su ceguera, clamará a Jesús, que es luz del mundo, y recobrará la vista perdida. Y verá a Jesús. Y verá la verdad. Y gozará la vida.
(José M. Bover, S.J., El Evangelio de San Mateo, Editorial Balmes, Barcelona, 1946, 370-374).



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Ejemplos Predicables

Hace falta la luz de Dios

Religiosa italiana, instrumento de la misericordia de Dios, a los altares



Hace falta la luz de Dios
Algunas veces se les habrá ocurrido a ustedes, y sobre todo a los jóvenes, este pensamiento. Ese sabio, ese catedrático insigne, ese médico famoso, ese abogado elocuente tienen una inteligencia privilegiada y sin embargo no creen. ¿Es que acaso la fe no será una verdad cuando ellos con su razón cultivada no la alcanzan?
Y es bien fácil dar una explicación a este hecho, que a ustedes, cristianos conscientes, no debe hacerlos titubear. Para ver las cosas que están muy cerca bastan unos anteojos sencillos; un solo cristal sujeto con un aro y nada más. Pero para ver las cosas que están muy lejos, para poder sorprender los misterios de los astros, un solo cristal no basta, se necesitan dos cristales, uno al principio y otro al fin del tubo telescópico, y luego la luz, la luz clara iluminándolo todo con su resplandor.
Así como en el mundo de la naturaleza, sucede en este otro mundo de la verdad. Para ver las cosas que están cerca, las cosas naturales, la hacienda, el negocio, la vida, a la pobre ciencia humana le basta un solo cristal. ¡Ah!, pero para ver las cosas que están lejos, para sorprender los misterios sobrenaturales, que están por encima de los astros, no basta ese cristal de la razón, se necesita además el cristal de la fe, iluminado todo por la luz increada de la gracia de Dios.
Esos hombres ilustres de que hablamos tienen unos perfectos anteojos con un claro cristal, pero no basta. Se empeñan en ver a Dios sin telescopio, y no lo ven. Y sobre todo les falta la luz de Dios y Dios para ellos queda a oscuras.
Ese catedrático insigne, ese médico eminente, ese abogado elocuente, no creen porque se contentan con el cristal de la razón y se ha roto en manos de su soberbia el cristal de la fe. Si la fe fuera obra de la razón, ellos podrían alcanzarla sin esfuerzo con su razón privilegiada, pero como es don de Dios, que, como todos sus dones, los da a los humildes y se los quita a los soberbios.
(ROMERO, F., Recursos Oratorios, Editorial Sal Terrae, Santander, 1959, p. 7)



Religiosa italiana, instrumento de la misericordia de Dios, a los altares
El amor al prójimo será un mensaje que resonará en la Iglesia universal el próximo 3 de octubre cuando Juan Pablo II proclame beata, en la Plaza de San Pedro (en el Vaticano), a la religiosa de origen italiano Sor María Ludovica de Angelis (1880-1962), quien con su entrega se hizo "incansable instrumento de la misericordia" de Dios para los demás.

Primera de ocho hermanos, la futura beata nació el 24 de octubre de 1880 en San Gregorio, un pueblecito de la región montañosa de los Abruzos, no lejos de la ciudad de L'Aquila (Italia). Fue bautizada ese mismo día con el nombre de Antonina.

El mismo año, el 7 de diciembre, fallecía en Savona la Madre María Josefa Rossello (canonizada por Pío XII en 1949), quien había dado vida en 1837 a la Congregación de la Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia inspirada en las palabras de Jesús: "Sed misericordiosos como es misericordioso el Padre... Cuanto hagáis a uno sólo de estos hermanos míos, a Mí me lo hacéis".

"Antonina sentía en su corazón que sus sueños encontraban eco en los sueños que habían sido los de la Madre Rossello", relata la biografía difundida por la Santa Sede.

Así que ingresó en las Hijas de la Misericordia el 14 de noviembre de 1904 tomando el nombre de Sor María Ludovica. Tres años después partió hacia Buenos Aires (Argentina).

"Desde ese momento -apunta la Santa Sede-- se da en ella un florecer ininterrumpido de humildes gestos silenciosos en una entrega discreta y emprendedora".

Sor María LudovicaSor Ludovica no poseía una gran cultura, pero era increíble todo lo que lograba llevar a cabo ante los ojos asombrados de quienes la rodeaban. No formulaba programas ni estrategias, pero se entregaba con toda su alma.

En el Hospital de Niños al que fue enviada --que "adoptó" como familia suya- fue cocinera y más tarde responsable de la Comunidad, "infatigable ángel custodio de la obra que, en torno a ella, se transforma gradualmente en familia unida por un único fin: el bien de los niños".

La Santa Sede describe a la futura beata como "serena, activa, decidida, audaz en las iniciativas, fuerte en las pruebas y enfermedades, con la inseparable corona del Rosario entre las manos, la mirada y el corazón en Dios y la sonrisa permanente".

Sor Ludovica llegó a ser "sin saberlo ella misma, a través de su ilimitada bondad, incansable instrumento de misericordia, para que a todos llegue claro el mensaje del amor de Dios hacia cada uno de sus hijos".

"Hacer el bien a todos, no importa a quién" era el único programa que expresaba.

En su labor, Sor María Ludovica obtuvo subvenciones, quirófanos, salas para los pequeños enfermos, nuevo instrumental, un edificio en Mar del Plata (Argentina) destinado a la convalecencia de los niños, una capilla --hoy parroquia--, y una floreciente estancia rural para que sus protegidos tuviesen siempre alimento genuino.

Durante 54 años fue amiga y confidente, consejera y madre, guía y consuelo de cientos y cientos de personas de toda condición social.

Falleció el 25 de febrero de 1962. El Hospital de Niños asumió el nombre de "Hospital Superiora Ludovica".

"Difundir en el mundo la Misericordia de Dios" y "ser, como María, instrumento de salvación" son las señas de identidad de la Congregación de la Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia -fundada por Santa María Josefa Rossello--, a la que pertenecía la futura beata.

(cortesia: iveargentina.org et alii)

 

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